224 – EN EL EXILIO REAL

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EN EL EXILIO REAL

—¡Rayoz y centellaz! —gritó Elora mientras sudaba y respiraba fuertemente—, ¿dónde diabloz está mi zable?

—Majestad, relajáos —dijo la comadrona—. No debéis alteraros en vuestro estado. Además, ¿para qué queréis un sable ahora?

La pirata se incorporó sobre la cama mirando a los ojos de aquella mujer con una expresión iracunda y apremiante.

—Yo no pregunto zobre vueztroz azuntoz, ¿verdad? ¡Dadme mi zable, brujaz del demonio!

La más joven de las comadronas salió de la estancia y entró al instante con el sable de la reina. Ella lo cogió con decisión y se introdujo la empuñadura en la boca mordiéndola con fuerza. Zora, desde la distancia, contemplaba la escena con cierta sorpresa.

—Reina Madre, Elora es fuerte, pero me temo que el parto será difícil, pues el niño se resiste a salir— expuso la comadrona preocupada.

—No es un niño, es un futuro rey de Calamburia y fluye por sus venas la sangre de los Rodrigo  —dijo Zora—. El bebé debe vivir, os jugáis todas la vida —añadió en tono amenazante.

 —Elora hará bien su parte, querida  —dijo Mairim con tono tranquilizador mientras entraba en la habitación. Su porte ya no era el de la niña-pirata que buscaba una corona. Había crecido y se había hecho más sabia

—Reina Mairim —dijo la Zora von Vondra haciendo una sutil reverencia a la monarca de los piratas y, por tanto, la anfitriona de lo que quedaba de la Corte de Ámbar.

—Mi hija tiene una fuerza que supera a la de diez marineros experimentados —explicó con confianza la reina pirata.

 —El Titán Oscuro os oiga, Majestad…  —murmuró Zora sin convencimiento.

Su mente, siempre tendente a ver varias jugadas por delante del resto en el tablero del poder, seguía estando inquieta. En los últimos meses, tras el exilio y su apresurada boda, la Reina Madre había visto a Doddy caer en la más profunda de las melancolías y había terminado por poner todas sus esperanzas en la nueva vida que estaba por venir. No soportaría perder a un miembro más de su familia y mucho menos que la única esperanza que le quedaba a su dinastía se truncara antes siquiera de haber visto la luz.


Doddy contemplaba taciturno la puesta de sol desde el embarcadero mientras tiraba migas de pan a los peces. Sabía que a esas horas la reina Elora ya debería estar dando a luz. Las comadronas no le habían permitido quedarse en la alcoba. Según ellas, la presencia del padre en el parto traía mala suerte. Intentó rebatir esa opinión, pero ni siquiera su recién heredado título de rey logró que aquellas mujeres transigieran. Quizás, como monarca en el exilio, carecía ya de la autoridad para hacer que su voluntad imperara; o quizás, tras tanto luchar, había batallas que había decidido dar por perdidas.

Ya hacía un año que Doddy y lo que quedaba de su corte habían abandonado el palacio dejando el Trono de Ámbar a merced de la Emperatriz de los Dos Mundos. Pensó en su madre y su hermana e incluso dedicó un recuerdo a su hermano Sancho. A veces pensaba en cómo hubiera sido la historia del reino si tan solo Sancho, el valiente y luchador Sancho, no hubiera dado su vida por salvarlo en aquella ocasión. ¿Sería ahora el rey de Calamburia? Con su instinto de salvaje, su arrojo y gallardía, ¿habría logrado Sancho resistir a las huestes infernales? Nunca lo sabría. La realidad era la que era y no había más. De pronto, vio a lo lejos una nube de gaviotas. Era la señal de que un barco se acercaba. Le extrañó, en las últimas semanas muy pocos barcos habían abandonado o arribado al puerto. Ahora que el continente entero era pasto de los demonios, no tenía mucho sentido abandonar el refugio que suponía Kalzaria. Sin embargo, al atisbar el estandarte del barco que llegaba, algo recorrió su espinazo. Fue una sensación extraña. Quizás se tratara de un espejismo, pero la bandera que ondeaba sobre el palo mayor no era otra que el estandarte de los Rodrigo. ¿Era aquello posible o era fruto de su destrozada imaginación?

Doddy se acercó al barco mientras este atracaba y pudo ver los uniformes, aunque algo raídos, del antiguo cuerpo de Hombres del Rey que un día sirvieron a su bisabuelo, el rey Rodrigo V. En el centro del puente de mando observó a un viejo lobo de mar que ocultaba parte de su cabello rizado y gris bajo un gorro pirata algo raído. Llevaba ropajes de marinero y tenía el rostro moreno y cuarteado, como si hubiera pasado años en alta mar. Su barba era abundante y entrecana, pero su cuerpo aún fuerte y su imponente porte hacían de él un personaje extrañamente carismático. Además, Doddy pudo comprobar cómo todos los soldados parecían tratarle con un respeto especial. Casi hipnotizado por el carisma de aquel marinero, el rey subió por la pasarela y se plantó frente a aquel hombre con mirada curiosa.

 —¿Quién sois?  —preguntó Doddy apreciando un aire familiar en aquel viejo navegante.

El hombre rió con una sonrisa abierta y sincera.

 —Debería haceros la misma pregunta, joven. ¿Con quién tengo el placer de estar hablando? Si respondéis a mi pregunta primero, tendré a bien satisfacer vuestra curiosidad —dijo el lobo de mar con aire divertido.

 —Con Doddigo V, dey de toda Calambudia —sentenció con menos convicción de la que le gustaría.

 —Oh, comprendo  —sonrió el misterioso marinero—. Así que tú eres aquel al que vengo buscando.

 —¿Me buscáis a mí?  —dijo Doddy extrañado— ¿Pada qué?

 —Para conoceros en persona y presentaros mis respetos —expuso el desconocido quitándose el viejo sombrero pirata en señal de respeto—. Pero no debería sorprender tanto a un rey que alguien le busque.

—Últimamente no he decibido muchas… visitas… —dijo Doddy compungido.

—Pues eso acaba de cambiar. Tened a bien acompañadme a mi camarote, joven rey y quizás os pueda levantar el ánimo con una botella del mejor ron y alguna historia de este viejo lobo de mar. Bailan —dijo a uno de sus hombres en tono afable—, podéis ir a la taberna esta noche. Retomad fuerzas antes de nuestro próximo viaje.

—¿Y vos? —dijo el soldado preocupado.

—Estaré bien, parece que mi amigo y yo tenemos mucho que contarnos —dijo el marino mientras seguía a sus hombres con la mirada

—Como deseéis, señor —respondió Balian Renoir—. Aprovecharé para pasar cuentas con el Ladrón de Barlovento; a ese filibustero que aún nos debe una caja de botellas del mejor ron de Kalzaria por el último cargamento que le trajimos. ¡Ya me decía mi abuelito que no me fiara de ese viejo zorro!

Dicho esto, abandonó el barco con sus compañeros. Cuando el marino se quedó solo en cubierta con Doddy, le habló con sincero afecto.:

—Quizás, mi querido tocayo, si tenéis tiempo podáis escuchar los humildes consejos de alguien que arrastró la misma carga que hoy arrastráis vos…


—¡Es una niña! —gritó la comadrona mientras el llanto de la bebé estallaba llenando de vida la estancia—. ¡Una niña sana y fuerte!

—¿Una niña? —preguntó Zora arrugando la nariz. Sabía que era algo probable, pero lo cierto es que no se lo esperaba.

—¿Qué hay de malo? —preguntó Mairim—. Hace años que nos conocemos Zora, ¿acaso después de todo lo que habéis vivido seguís creyendo que el sexo determina la capacidad de un gobernante?

—No me preocupa su capacidad —dijo la Reina Madre—. Es solo que el mundo es especialmente cruel con las mujeres. Debemos luchar más que cualquier hombre para conseguir alcanzar las mismas metas. Además, estando como están las cosas, ya sabéis que esta niña no lo va a tener fácil.

Ambas mujeres fueron interrumpidas de nuevo por los intensos resoplidos de Elora que apretaba fuertemente con los dientes el mango de su sable.

—¡Viene otro! ¡Son mellizos! —se oyó gritar a otra comadrona.

Los ojos de Zora se iluminaron de repente. «¡Claro —se congratuló la Reina Madre—, la sangre de los Rodrigo suele obrar este tipo de milagros!».

—¡Es otra niña! ¡Y también parece que está sana! —gritó la misma comadrona.

La recién nacida arrancó a llorar sumándose a coro al llanto de su hermana, mientras la tierna esperanza que había brotado se marchitaba en el pecho de Zora Von Vondra. «Mis niñas… mis pobres niñas… No saben el mundo que reciben en herencia».


—¡Es un placed conocedos en pedsona! —estalló con repentina alegría el joven Doddy mientras alzaba la copa a la salud de su antepasado—. He oído tantas leyendas sobde vos. La historia os ha tdatado tan injustamente…

—Es cierto que fui un juguete del destino pero, si algo debo decir en mi defensa, es que espero que se me recuerde como alguien que supo cuál era su momento —suspiró y dió un trago a su vaso de ron—. Alguien que supo retirarse a tiempo y dejar paso a las nuevas generaciones.

—Hablando de nuevas genedaciones —dijo el joven visiblemente emocionado—. Quedido bisabuelo, ¿sabes? ¡Voy a sed papá!

—Eso he oído y te felicito por ello. Debes esforzarte en ser un buen padre para tu hijo. Es importante —respondió Rodrigo V con los ojos vidriosos por la emoción.

La ilusión del joven Doddy le recordó al antiguo rey su propia sensación cuando, años atrás, supo que iba a tener un descendiente. Sin embargo, visto con perspectiva, Rodrigo V sabía que no fue el padre que su hijo Comosu necesitó. En parte, se seguía culpando por su locura y seguía barruntando si, de haber sido una figura paterna más presente, habría logrado que su hijo no acabara como acabó. Sin embargo, les había abandonado para emprender sus viajes. Había llegado a asfixiarse con el opresivo ambiente de rencor y paranoia que reinaba entre Comosu y Petequia. Ese era uno de los motivos por los que Rodrigo prefería la libertad del mar y la compañía de sus hermanos de armas.

Sin embargo, hacía un par de semanas que otro barco con bandera de Kalzaria les encontró y les comunicó la trágica noticia: Comosu había muerto de unas fiebres. Según le dijeron, poco después, la pena se había llevado a Petequia tras pasar días negándose a comer. Visitar la tumba de su hijo y de la única mujer a la que llegó a amar de verdad era uno de los motivos por los que Rodrigo había vuelto a la isla tras su última aventura. La otra razón era conocer personalmente al último de sus descendientes, el joven Doddy, y tener ocasión de prestarle consuelo por sus no pocas pérdidas.

—Mis hombres y yo hace tiempo que nos convertimos en cazadores de tesoros —explicó Rodrigo con pasión en la mirada—. Viajamos por lo ancho y largo de este mundo en busca de aventuras, matamos demonios y nos enfrentamos a las inclemencias del Kal-a-Mar. Ya no echo de menos los tiempos en los que el peso de la corona cayó sobre mis hombros, ni aquellos en los que me vi obligado a mendigar por las calles de Instántalor… pero de una cosa sí que estoy contento.

—¿De qué?

—De que mi sangre haya seguido en el mundo como legado, de que ahora tenga un bisnieto alto, fuerte, valiente y dispuesto a seguir la estela de lo que un día empezaron sus ancestros —dijo el antiguo rey con solemnidad—. Además, ¿sabes una cosa?

Doddy lo miró expectante.

—Si algo he aprendido en mis años de marino; algo que me hubiera gustado que alguien me contara cuando fui rey por un breve periodo de mi existencia, es que…

—¿Qué? —preguntó el joven rey con sus ojos refulgentes con la avidez por atesorar la sabiduría de su predecesor.

—Que en la vida hay que tener el empuje de una vela —dijo con la pose misteriosa de un viejo lobo de mar.

—¿De una vela? ¿Una vela… pada dad luz… al deino? —el joven parecía algo confuso.

—No, mi pequeño descendiente —sonrió bondadoso Rodrigo V señalando en dirección al palo mayor de su nave—. La vela de un barco. A veces el viento soplará a favor y otras en contra, Doddy. Sin embargo, siempre tienes que tener claro que el único barco que nunca llega a puerto es el que nunca se atreve a desplegar las velas.

Compdendo… —dijo Doddy rascándose la barbilla—. Lo que quedéis decid es que no puedo quedadme de brazos cduzados lamiéndome las hedidas podque eso solo hadá que mi badco se hunda. ¡Tengo que decuperad el tdono! —añadió con convicción.

—¡Así me gusta Doddy! Eres digno de tu sangre —apreció el antiguo rey con orgullo.

—No me llames Doddy, bisabuelo. Doddy ha muedto —sentenció el monarca exiliado—. Ahora soy Rodrigo VII y voy a recuperar el Trono de Ámbar.


Elora sostenía a una de sus hijas con cada brazo mientras sonreía con plenitud.

—Será mejor que nos dejéis a las niñas, Majestad —le aconsejó la nodriza—. Habéis hecho un gran esfuerzo y debéis reposar.

Tonteríaz, ellaz quieren eztar conmigo y yo con ellaz —sentenció cortante la reina pirata.

Luego miró con ternura a una de sus hijas, que ya esbozaba lo que parecía una sonrisa y le habló como si la comprendiera.

—A tí, que erez tan travieza y juguetona, te llamaré Urraca. Ez un nombre de reina. Una mujer ambicioza, pero también decidida. Y ahora mizmo corren buenoz tiempoz para la gente que tiene dezizión y arrojo.

La niña pareció hacer una mueca de agrado ante la sonoridad del nombre. Luego, Elora volvió el rostro hacia su otra hija que parecía hacer pucheros con el ceño fruncido.

—A ti, que haz nacido con la energía de un trueno en mitad de la tormenta y la ira de un huracán, te llamaré Petequia —la recién nacida rompió a llorar con toda la fuerza de sus pulmones y su madre la meció para tranquilizarla—. Petequia era mi abuela, triztemente fallecida. Nació para zer reina y también tuvo que luchar por reinar. Ambaz fueron mujeres fuertez que cargaron en zuz hombroz con el pezo del deztino de un reino. ¿Y sabéis? Ambaz fueron hermanaz, como vozotraz. Zolo que, zi ellaz nacieron con el nefazto destino de dividir al reino; vozotraz habéis nacido con el deztino de volver a juntarlo.

A varios metros, Zora y Mairim contemplaban la escena con ternura y emoción, por lo que la entrada de Minerva en la habitación les sentó como un jarro de agua fría. La erudita se colocó al lado de ellas y contempló la escena, pero su gesto era mucho más adusto que el de las dos mujeres. Habló en voz baja para que la recién parida no la escuchara.

—¿Lo sabe ya? —dijo con frialdad.

—No lo sabe aún, Minerva. Cree que podrá criarlas ella —dijo Zora con una voz que mostraba cierto reproche velado.

—Es necesario —expuso implacable la directora de Skuchaín—. Además, siendo dos, hay el doble de posibilidades de que mi plan dé resultado, pero todo debe de hacerse tal y como está trazado. Es la única forma de que la sangre de los Rodrigo perdure.

—¿No podría quedarse con ellas al menos hasta mañana? —preguntó Mairim con aire melancólico.

—Sea, pero mañana el barco partirá y las princesas y yo iremos en él. Es extremadamente importante que nadie nos siga —sentenció Minerva con un tono que no parecía admitir réplica—. Es por su bien y por el bien del reino —añadió con un destello de humanidad del que logró librarse antes de dar la vuelta y abandonar la sala.

223 – EL CUERNO OSCURO II

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EL CUERNO OSCURO II

—¡Este es un lugar sagrado, no se puede derramar sangre aquí! —gritó Breena, el Espíritu del Bosque, tratando infructuosamente de detenerles.

Pero fue inútil. Carlín alzó el vuelo y cargó con toda su furia en dirección a la Dama Blanca, con sus ojos imbuídos en pura sed de venganza. Quercus, que era un guerrero fuerte y de grandes reflejos, lo embistió a tiempo con sus cuernos desviando su trayectoria y lanzándolo por los aires.

Airlía, la Dama Turquesa, se concentró y utilizó su poder de evocación para envolver a al líder de los enanos en una ilusión con el objetivo de descabezar al batallón. En la mente de Otalan se generó una lluvia torrencial que le hizo creer que el túnel que había cavado se inundaba por momentos. Al instante, el anciano Señor de los Túneles creyó estar ahogándose rodeado de peces, pulpos y caballitos de mar.

—¡No sé nadar! ¡Hijos míos, ayudadme! —gritaba con la voz temblorosa mientras Isaz y Dagaz le ayudaban algo confusos por la extraña situación. El anciano enano movía los brazos en el aire como si tratara infructuosamente de salir a flote.

Édera, la Dama Esmeralda de los faunos, utilizó su voz para conjurar una cúpula protectora de espinos alrededor de la Dama Blanca y su hijo.

—¡Así estaréis más seguros, Karianna! —gritó ella.

Sin embargo, Sïyah, el efreet, aprovechó la ocasión para lanzar sus llamas sobre aquel escudo de vegetación. El espino empezó a arder.

—¡Ahora probaréis la justicia de los efreets, Dama Blanca! —sonrió él.

Por fortuna, una ondina reaccionó a tiempo. Con sus poderes extrajo una gran cantidad de agua del arroyo del claro y apagó el incendio evitando que la dama y su vástago sufrieran ningún daño.

—¡Mamá, tengo miedo! —gritó Yardan mientras su madre le envolvía en un abrazo cargado de magia protectora.

Las ancianas, por su parte, concentraron su magia en atacar al grueso de los ejércitos enemigos. Tyria conjuraba piñas piñoneras envueltas en resina mientras Kyara las cargaba con un fuego azulado que las hacía prender de inmediato. Al lanzarlas sobre los enemigos, estallaban sonoramente aturdiendo a todo el mundo e incluso causando alguna baja entre los enanos. En una ocasión, Isaz logró devolver una de las piñas golpeándola con su inmenso martillo. El proyectil salió disparado hacia el bando rival alcanzando a un fauno que cayó en combate perdiendo una de sus pezuñas.

Por su parte Drëgo, Kárida y Karkaddan, en vez de participar en la contienda, parecían observalo todo desde la barrera con una mueca de satisfacción. ¿Tendrían los traidores acaso un as bajo la manga?

Kyara, la antigua Dama Blanca, corrió a socorrer al fauno con sus poderes curativos evitando que se desangrara. Al contemplar a su compañero caído, el batallón de la Dama Esmeralda alzó sus escudos de roble y, a la señal de Quercus, cargaron contra los enanos, que contuvieron su embestida blandiendo sus hachas. Se produjo una escaramuza que terminó con la retirada de los faunos, que también estaban siendo atacados desde el cielo por las hadas con sus rayos. El claro del bosque se estaba convirtiendo en una batalla mágica campal ante los impotentes ojos de Breena que, como espíritu protector del lugar, sentía como propio todo dolor que estaban infringiendo al Bosque Mágico.

Karianna, que hasta el momento solo había dedicado su magia a garantizar la seguridad de su pequeño, miró a Breena a los ojos:

—Cuida de él. Mi pueblo me necesita.

—Sí, Dama Blanca, podéis confiar en mí —respondió el Espíritu Protector—. Nunca dejaré que nada malo le pase.

Karianna agarró con fuerza su báculo, que pareció tomar una bocanada de magia faérica, apuntó al aire donde las hadas revoloteaban lanzando su magia contra los pobres faunos que se batían en retirada y lanzó un fuerte hechizo. El rayo de su báculo salió a una vertiginosa velocidad fulminando el ala de un hado al que cogió completamente desprevenido. Trató de realizar un aterrizaje de emergencia, pero no pudo controlar su trayectoria y vino a caer a los pies de Drëgo. Una mueca retorcida parecida a una sonrisa se dibujó en su sádico rostro.

—Esto no acaba aquí, Karianna —sentenció Drëgo con una mirada llena de oscuridad—. Drëgo ha estado robando magia durante años, ¿creíais que no iba a hacer uso de ella?

—¡Déjate de palabrería, druida! —le interrumpió la Dama Añil con avidez—. Dame lo que me prometiste para que pueda encargarme de la mequetrefe de mi hermana de una vez por todas.

—Será un placer —convino en druida cuyos ojos parecían rebosar energía mágica mezclada con vetas de oscuridad—. ¿Qué pasaría si canalizo parte de la magia que he acumulado todo este tiempo a vuestra nueva señora? ¡Magia condita tenebris dominabitur creabit! —pronunció alzando el báculo de su maestro con las dos manos y apuntando con decisión hacia Kárida. De pronto, una sombra siniestra comenzó a brotar y a rodear a la unicornia.

—¡Sí! —gritó ella extasiada mientras la oscuridad penetraba en ella por todos los poros de su cuerpo. Estaba alcanzando su objetivo—. El Mundo Faérico será mío, como debió haber sido desde el principio si la mequetrefe de mi hermana no se hubiera inmiscuido. ¡Ya siento el poder en mí, que va creciendo poco a poco! 

—¡Madre, tienes que detenerla! —suplicó Yardan.

—Con mucho gusto —respondió la Dama Blanca tomando con fuerza su báculo—. ¡No corras tanto hermanita, no permitiré que te utilicen para sus malvados fines!

Un rayo certero y luminoso salió del báculo de Karianna y alcanzó a su hermana, que fue arrojada por los aires para acabar impactando en el suelo.

—¡Lo conseguiste! —celebró Breena sin dejar de abrazar a Yardan. 

—¡Maldita metomentodo! —dijo Drëgo borrando la sonrisa de su rostro—, ¿cómo te atreves a interrumpir lo inevitable? ¡Te has ganado ser la primera en morir!

Tomó de nuevo el báculo del Druida Supremo con fuerza y lanzó un oscuro rayo en dirección a la Dama Blanca; pero ella, con sus rápidos reflejos, lanzó otro rayo de luz pura en su misma dirección. Ambos poderes se encontraron y pugnaron durante unos segundos: a veces avanzaba el oscuro y otras el de la luz. El suelo del claro empezó a vibrar ante el choque de semejantes poderes como si se estuviera produciendo un terremoto parecido a los que asolaron el reino durante el último cataclismo. Tal fue la agitación de la propia tierra que todos los presentes tuvieron que echarse al suelo. La unicornia y el druida siguieron haciendo fluir su magia ante los atónitos ojos de los presentes. Sin embargo, tras unos instantes, el tenaz rayo de energía luminosa que emanaba del báculo de Karianna empezó a hacer retroceder al de Drëgo, que observaba contrariado cómo su poder se debilitaba.

—No puede ser… —maldijo el malvado druida—. He empleado demasiada magia en mi proyecto y ahora no puedo doblegar a esa maldita unicornio.

—Haberlo pensado antes —lanzó Karianna triunfante mientras hacía retroceder a su enemigo y lograba desarmarlo—. No te preocupes, tendrás mucho tiempo para meditar sobre tu traición en las mazmorras de la torre arcana. Kórux, el Archimago, se alegrará de volver a verte.

A unos metros de distancia, Karkaddan trataba de reanimar a Kárida.

—Querida, ¿estás bien? —preguntó ante el cuerpo inmovil de su esposa caído al suelo tras el impacto del rayo lanzado por su hermana.

—No siento a la Dama Añil, no percibo su energía —dijo Tyria a Kyara mientras ambas se parapetaban tras un árbol—. Es como si hubiera… desaparecido.

—¿Mi hija ha muerto? ¡Yo os maldigo a todos y cada uno de vosotros! —espetó la antigua Dama Blanca apretando los dientes con rabia.

Sin embargo, en ese mismo momento, la silueta de Kárida comenzó a flotar en el aire envuelta por un halo de oscuridad que parecía haberla hecho tan ligera como una pluma. Sus ropas, lejos del añil que antes lucía, estaban ahora teñidas de negro y su cuerno, antes azulino y resplandeciente, brillaba ahora con un relucía oscuro y tenebroso.

—¡Drëgo lo ha logrado, admirad su creación final! Dad la bienvenida a… —anunció con gesto teatral mientras entregaba con una reverencia el báculo del Druida Supremo a su nueva creación—. ¡La Dama Negra!

La majestuosa unicornia había cambiado su tradicional elegancia por una mirada sádica repleta del más profundo de los odios. Caminó con la suavidad de una pantera hacia su hermana, que aún sostenía el báculo de la Dama Blanca. Tras ella, las damas y sus ejércitos se preparaban para lo peor.

—¿Quién es ahora la que corre demasiado? —murmuró la antigua Dama Añil justo antes de elevar el arma que había recibido de manos de Drëgo. Una onda expansiva de energía oscura lanzó a todo el mundo por los aires e incluso partió algunos troncos de los árboles cercanos. Todas las Damas saltaron por los aires, a excepción de la Dama Blanca, que se mantenía dentro de un escudo protector que los protegía a ella, a su hijo Yardan y a Breena.

—No puede ser, Kárida… —se sorprendió Karkaddan ante el inmenso poder que ahora poseía su esposa.

—Ha derribado a las damas de un solo golpe —advirtió Dagaz mientras se levantaba y se sacudía el polvo.

—Suerte que madre está de su bando —le respondió Isaz utilizando su maza de guerra para levantarse.

—Razas fieles —profirió la Dama Negra tras su evidente muestra de poder—, seguidme. Ignoremos a estos seres insignificantes. Para empezar, acudiremos todos a la Morada de los Druidas donde Drëgo podrá recargar su magia. Allí, las damas reorganizarán su ejército. Luego nos dirigiremos hacia la Aguja de Nácar y tomaremos el trono. La Dama Negra gobernará el Reino Faérico en una nueva era de gloria.

El príncipe Carlin se acercó a algunos de sus compañeros que aún se estaban poniendo en pié:

—Un hado siempre está del lado de los vencedores —sonrió con gesto macabro—. ¡Vamos efreet, avisa a la Dama Carmesí! —dijo a Sîyah, que asintió con rapidez y desapareció en un remolino de llamas—. Y vosotros, enanos, volved a la Forja Arcana y avisad a la Dama de Acero. Yo correré a llevar la gran noticia a la dama de las hadas.

Kárida, Drëgo y sus seguidores abandonaron el claro dejando tras de sí un paisaje desolado. Cuando se hubieron retirado, Karianna clavó una rodilla en el suelo y la barrera protectora se disipó. Estaba agotada y no solo físicamente.

—Es muy poderosa, es necesario que nos reagrupemos —aconsejó Breena ayudando a Édera a ponerse en pie. 


—Nos ha atacado a traición —dijo la Dama Esmeralda—. No hemos podido defendernos, pero la próxima vez estaremos preparadas

—Debemos volver a la Aguja de Nácar antes de que estén listos para su siguiente ataque —sentenció Kyara—. Es necesario alertar al resto de ancianas faéricas. Nos apoyarán en esta guerra.

—Un ataque contra sus iguales, las damas faéricas e incluso contra su anciana madre… —se lamentó Airlia, la Dama Turquesa, mirando con ternura a la Dama Blanca—. Definitivamente vuestra hermana ha cruzado una línea de no retorno.

—Creo que hace tiempo que la cruzó —reflexionó la Dama Blanca, que no solo había confirmado las sospechas respecto a la traición de Kárida, sino que había comprobado que su fidelidad a Drëgo era inquebrantable y su ambición infinita—, pero no será fácil vencerlos ahora que cuentan con tanto poder —dijo cabizbaja.

—Pero es necesario que lo intentemos, madre —dijo Yardán con una convicción que su madre nunca antes había percibido en sus ojos—. El futuro de nuestro mundo está en juego.

222 – EL CUERNO OSCURO I

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EL CUERNO OSCURO I

La luz del sol, filtrada por el denso dosel de árboles centenarios, dibujaba sombras en el manto de hojas del Bosque Mágico. El aire, cargado de magia ancestral, murmuraba historias tan antiguas como el mundo. La Dama Blanca avanzaba con paso firme. Su vestido blanco y vaporoso se movía al compás del viento y su melena dorada, que caía como una cascada de oro sobre sus hombros, brillaba con un resplandor casi etéreo. A su lado, su hijo, el joven Yardan, andaba con más temor que convicción. Miraba a izquierda y derecha a cada rato como si temiera que en cualquier momento fueran atacados por fuerzas oscuras. Frente a ellos, Breena, el Espíritu del Bosque, se deslizaba con elegancia adoptando la forma de un majestuoso ciervo espectral. Su cuerpo, traslúcido y resplandeciente, parecía flotar sobre la hojarasca del suelo iluminando su camino como una estrella errante. 

El claro estaba cerca. Karianna podía sentirlo en el aire: una sensación de tensión que presagiaba la inminente reunión. Kárida, la Dama Añil y hermana mayor de Karianna, aguardaba en aquel lugar. Tal y como se habían desarrollado los hechos en las últimas jornadas, aquel encuentro era más que una simple charla entre hermanas; era una reunión decisiva para tratar de evitar lo que para muchos ya parecía inevitable: que el Reino Faérico se sumiera en una guerra total.

El corazón de Karianna latía con fuerza por una mezcla de miedo y esperanza. Sospechaba que Kárida se habría unido al bando de los druidas, pero aún albergaba en su corazón un rayo de luz. Si podía hablar con ella a solas, si pudiese abrirle su corazón… Las cosas no habían ido muy bien entre ellas en los últimos tiempos, pero, en el fondo, eran hermanas y ese era un vínculo que estaba más allá de cualquier malentendido. Había conseguido, con la mediación de Breena, convocar la audiencia en un claro del Bosque Mágico, a medio camino entre la Aguja de Nácar y la Morada de los Druidas: un territorio neutral. Allí, aunque no sabía aún cómo, trataría de volver a atraer a su hermana hacia su bando antes de que estallara definitivamente aquella guerra fratricida. Sabía que si conseguía que Kárida regresara a su lado, las cicatrices de su pueblo podrían empezar a sanar. «Le contaré la verdad. Le hablaré desde el corazón y tendrá que escucharme». Como muestra de confianza en ella y también para tratar de ablandar su corazón, había llevado a la reunión a su hijo Yardan. 

Cuando finalmente llegaron al borde del claro, donde había un pequeño arroyuelo cristalino, Breena se detuvo. El Espíritu Protector inclinó su majestuosa cabeza, sus ojos brillando con sabiduría ancestral y adoptó su forma humana.

—Es aquí —sentenció.

Karianna respiró hondo sintiendo cómo el peso de la historia, del destino, caía sobre sus hombros. Estaba lista. Frente a ella, las hojas del claro se apartaban lentamente revelando la figura de Kárida. A su lado, como siempre, se dibujaba la silueta del fiel Karkaddan.

—Hermana —dijo la Dama Blanca—. He venido en son de paz a implorarte que me escuches. Sé bien que aprecias a Drëgo, pero créeme: los druidas no son lo que parecen. Los druidas nos han traicionado.

—Puede que seas tú la que no ve las cosas con propiedad —lanzó Kárida con un gesto cínico—, ¿nunca lo has pensado, verdad?

—Dí que sí, querida. Los estrechos de mente siempre creen tener la razón —le apoyó Karkaddan, su consorte.

—¡Tía Kárida, tío Karkadann! —gritó Yardan—. Nos han estado engañando todo este tiempo. En vez de gestionar los flujos de energía mágica, se estaban aprovechando de ellos. 

—Dama Añil —expuso Breena con todo suplicante y conciliador—. Algunas de las razas faéricas se han dejado envenenar, es muy importante que mantengamos la unidad en estos tiempos difíciles. No debe romperse la armonía faérica. Si vos, como dama de los unicornios, os mantenéis fiel a la Aguja de Nácar, muchos os seguirán.

El matrimonio rió abiertamente como si todo aquello les pareciera gracioso. 

—Ya lo sé —expuso Kárida con aire trivial—. Lo he sabido todo este tiempo. No eres la única que está bien informada de lo que pasa en el reino.

—¿Lo sabías y no nos dijiste nada? —murmuró Yardan confuso. Su madre, sin embargo, no se sorprendió. Tan solo confirmó sus peores sospechas.

—Lo sabía —repitió la Dama Añil—. Sabía que los druidas, nuestros bienamados protectores, absorbían la energía de los canales mágicos para su propio beneficio. En un principio me pareció sospechoso, pero al hablar con Drëgo… él me contó la verdad. ¿Y sabes cuál es la verdad? Crees saberla, pero no la sabes.

—No sé qué te han contado, pero…

Toda la verdad —enfatizó Kárida—; que tus amados amiguitos del otro lado, liderados por ese Archimago al que tanto respetas, son los primeros en aprovecharse de nuestra magia; que la Aguja de Nácar es un invento realizado con el propósito de drenar la energía de nuestro mundo y que los verdaderos traidores siempre han sido los impromagos y su retorcido líder con el que pareces haber congeniado tanto ultimamente.

—Eso no puede ser cierto —lloró Yardan—. ¡El archimago es bueno! Nunca nos engañaría…

—Tranquilo hijo —respondió la Dama Blanca—. Tu tía no está en sus cabales. 

—Oh, sí. Sí lo estoy. De hecho, parece que soy la única que está en sus cabales. Porque tú, hermanita, te has dedicado a asesinar a nuestra gente cuando nadie miraba.

—Yo nunca haría… —comenzó a pronunciar Karianna, pero fue interrumpida.

—¡När, la Anciana Carmesí! ¿Acaso niegas que tú la mataste?

—Fue un… accidente… yo no…—titubeó Karianna mientras una lágrima resbalaba por su mejilla— Yo no quería…

—Así que por fin lo reconoces —dijo su hermana elevando la dureza de su tono—. ¿No sería acaso que la antigua dama había descubierto tus planes con el Archimago para someternos a todos?

—¿Cómo puedes pensar que yo…? —Karianna se sentía desarmada.

—Drëgo fue razonable —prosiguió Kárida—. Me dijo que si le guardaba el secreto compartiría conmigo su nuevo poder. Y que juntos devolveríamos el órden al reino. ¿Te imaginas? —preguntó retóricamente—. Un mundo donde yo fuera la que guiara los destinos de mi pueblo. Y díme, ¿quién en su sano juicio iba a resistirse a poder hacer justicia de una vez por todas?

—Así que era eso, siempre ha sido eso, ¿no? Es la envidia y la ambición la que te han cegado hasta el punto de creer a esa sabandija mentirosa antes que a alguien de tu propia sangre.

Justo en ese momento un portal se abrió detrás de Kárida y Karkadann y Drëgo apareció con expresión exultante.

—No es solo eso, Dama Blanca —se relamió el druida con una sonrisa sádica—. Drëgo tiene que reconocer que no podría haber avanzado tan rápidamente en la acumulación si no hubiera contado con la inestimable ayuda de los unicornios.

—Ya entiendo, no sólo lo sabías. ¡Les has estado ayudando! —dijo Karianna con gesto acusador.

En ese momento apareció un grupo de seres faéricos de entre la maleza.

—El Círculo de las Ancianas Faéricas nos envía para detener esta traición, Kárida —pronunció la Tyria, la anciana fauna—. Lucharemos al lado de la Dama Blanca.

Tras ella apareció Kyara, la madre de las hermanas unicornias, que miró a la Dama Añil con gesto severo.

—¿Tú también, madre? —dijo Kárida con gesto de hastío al verla. 

—Como antigua Dama Blanca no puedo permitir que unos humanos codiciosos rompan nuestro equilibrio —dijo ella—. Y como madre tengo que implorarte que entres en razón.

—¿En serio creéis que necesitábamos el apoyo de esos carcamales? —rió Karkaddan mirando de reojo a la Dama Blanca—. Señoras, retiráos y dejad el mundo a las nuevas generaciones —añadió con fingido respeto hacia las dos ancianas.

Kárida, con una malévola sonrisa que ninguno había visto antes en su rostro, tomó la posición central del claro y habló:

—Con el poder que los druidas han acumulado, seré invencible y me convertiré en la dama que gobierne los destinos del Reino Faérico. Restableceré el orden natural de las cosas y, ¿sabes algo, hermanita? —añadió con una media sonrisa—. Voy a disfrutar con ello como tú disfrutaste manipulando al Espíritu Faérico, a las damas y a nuestra pobre madre. Voy a disfrutar como tu lo hiciste rompiendo la Ley Druídica que prohíbe la mezcla de razas, fornicando con un hado y pariendo a ese engendro —añadió señalando a su sobrino que tembló aferrándose a la pierna de Breena.

Del pequeño arroyo que atravesaba el claro emergieron entonces varias formas acuáticas que tomaron el aspecto de un destacamento de ondinas. A la cabeza del grupo se hallaba de Airlia, la Dama Turquesa.

—Ya hay un orden natural de las cosas y también hay una Dama Blanca. —sentenció. Luego se volvió hacia Karianna haciendo una reverencia—. Todas las ondinas os apoyan.

De entre los árboles apareció un destacamento de faunos ataviados con armaduras de madera, hachas y lanzas. Estaban comandados por Quercus, Pezuña de roble, y la mismísima Dama Esmeralda.

—También los faunos —sentenció Édera con su melodiosa voz—. No nos gusta que los unicornios gobiernen, pero nos gusta menos que lo haga una desequilibrada y unos humanos con ansias de poder. Quercus, habrá que acabar con ellos.

—Pero, mi dama Esmeralda, ¿con todos? —dijo rascándose la cabeza y mirando a todos los presentes—. Si ni siquiera tengo claro cuales son los bandos…

—Los faunos sois valientes; vuestra fama os precede. Agradezco vuestro apoyo —respondió cortésmente la Dama Blanca.

Los soldados faunos y las ondinas se acercaron a Drëgo, Kárida y su consorte con gesto hostil, pero éstos no retrocedieron ni un ápice.

—Madre, ordénales que se rindan —sugirió Yardan—. Los superamos en número.

—Eso tiene solución —rió el druida enseñando sus dientes blancos en una mueca macabra. Alzó su mano hacia el cielo y un báculo se materializó como de la nada. Era la poderosa arma que había pertenecido por siglos a su difunto maestro Öthyn. De repente, su punta brilló lanzando un rayo de luz verdosa que se elevó sobre las copas de los árboles. Era una señal. La tierra sufrió una sacudida y, al instante, se formó una oquedad de la que salió un destacamento de enanos liderados por Otalan, Señor de los Túneles, ataviado con su corona y su báculo. Entre los soldados se encontraban sus fieros hijos, Isaz y Dagaz, cuyas enormes armas relucieron al ver la luz.

—Los enanos también son fieles a la tradición —sentenció Otalan—. No toleraremos que pongáis vuestras sucias manos encima de los druidas.

Isaz y Dagaz entrechocaron sus armas y gritaron con gesto amenazador respondiendo a la proclama de su padre. De pronto, empezó a oírse un revoloteo lejano que se iba acercando. A los pocos instantes aterrizó en el claro del bosque un batallón de hadas pertrechadas para la batalla. Estaban comandadas por el príncipe Carlín, que lanzó una mirada furibunda a la Dama Blanca.

—Aún quedan razas fieles al verdadero orden natural de las cosas. Las hadas lucharán al lado de los druidas, nuestros bienamados benefactores —dijo Carlin con una reverencia que encerraba un profundo rencor.

Sîyah, seguido por otros tres efreets, penetró en el claro como una exhalación, dejando tras de sí un rastro de hierba chamuscada. Se cruzó de brazos y miró a Karianna con gesto acusado.

—También los efreets darán su vida si es necesario. Mi Dama Carmesí así me lo ha encomendado.

—Parece que ahora nuestras fuerzas están igualadas —observó Drëgo satisfecho—. Veamos quién debe decidir el devenir del Mundo Faérico.

221 – EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS II

Personajes que aparecen en este Relato

EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS II

Al otro lado de las defensas, las fuerzas del Inframundo preparaban su golpe definitivo. El antiguo rey Rodrigo IV, padre de Amunet, se congratulaba admirando cómo las tropas combinadas de demonios y zíngaros habían conseguido, con sus artes oscuras, abrir una pequeña brecha en la barrera mágica de los impromagos. Varios demonios de pequeño tamaño habían conseguido entrar y estaban empezando a picar en los muros del palacio una pequeña grieta. Al percatase de ello, los arqueros del desierto comandados por el Escorpión de Basalto comenzaron a lanzar una lluvia de flechas que logró acabar con varios de los diablillos. Sin embargo, cada vez entraban más y más diablillos por la pequeña apertura, agrandando la rendija del muro.

—Vaya, vaya, qué orgulloso estoy de mi prole —dijo Rodrigo IV divertido ante lo paradójico de la situación—. Está claro que la semilla de los Rodrigo es fuerte. Lo bueno es que, pase lo que pase, mi prole gobernará —se volvió hacia Van Bakari que estaba a su lado mirando la escena con mucho menos entusiasmo que su compañero—. ¿Qué me dices, traficante? Tu plan ha salido a la perfección: pase lo que pase, gana la banca. 

—No os creáis, ex-Majestad —dijo el traficante que acariciaba su anillo mientras reflexionaba en voz alta—, la aparición de ese segundo demonio ha decantado la balanza demasiado rápido… Mi idea era aprovechar la carnicería para hacerme con el mayor número posible de almas, pero esa emperatriz y sus ejércitos infernales lo están acaparando todo.

—¿Y no es lo mejor que nos ha pasado? —sonrió pletórico el antiguo rey mientras arengaba a las tropas demoníacas—. ¡Vamos, vamos! ¡Atacad con fuerza! ¡Hay que ensanchar esa brecha para que puedan entrar los demonios más grandes! 

—Los hombres de negocios y, en esto incluyo a los traficantes de almas —expuso enigmático Van Bakari—, no estamos precisamente a favor de los monopolios. No sé si me explico.

Detrás de él aparecieron, como de la nada, dos sombras susurrantes que se colocaron detrás de cada hombro del traficante.

—Uy, uy, uy… qué feo decir esas cosas de nuestra emperatriz… —murmuró Érebos en tono de reproche juguetón.

—Deberían arrancarte la lengua por eso, Van Bakari… —sonrió Barastyr mientras zarcillos de oscuridad rezumaban por su ojo derecho. 

El traficante de almas, ligeramente sobresaltado por las oscuras presencias, se arrepintió casi al acto de haber hablado de más. ¿Cómo harían los consejeros para aparecer siempre en el momento más incómodo?

—Yo solo hacía una apreciación de tinte… económico, nada más. Recordad que no soy más que un humilde hombre de negocios —se excusó haciendo una reverencia teatral tratando de no perder su habitual aplomo.

—No te preocupes por eso, nuestra señora es benevolente y no olvida los servicios que le has prestado —respondió Barastyr tratando de tranquilizarlo—. Tendrás tu recompensa cuando el palacio caiga.

—La Oscuridad te debe mucho, traficante de almas —añadió Érebos con algo que, de no haber sido proferido por un ser tan siniestro, podría parecer un elogio—. Sin tu idea de utilizar el alma de Rodrigo IV para engendrar a la nueva emperatriz, nada de esto hubiera sido posible.

—¡Eh, que estoy aquí! —dijo el antiguo rey con aire indignado—. A veces hacéis que me sienta como una simple cabeza de ganado… ¡Vosotros! —añadió con rabia dirigiéndose a unos diablillos que no lograban entrar por la recientemente abierta brecha—. ¡Echadle más ganas! ¡Es una orden!

—Bueno, bueno —irrumpió la Emperatriz Tenebrosa con una sonrisa triunfante—. Mis infernales amiguitos haciendo piña. ¡Así me gusta!

Venía seguida de sus dos demonios de confianza: Xezbet, su consorte y Áxbalor, su nueva mano derecha. Parecía que tras la liberación de este último, las tiranteces entre Amunet y sus demonios no solo habían desaparecido, sino que su relación atravesaba un momento de acaramelado cariño mutuo. Los dos Altos Demonios, por su parte, no se separaban de su señora ni un solo momento.

—Mi señora, —anunció Xezbet, Señor del Engaño, como quien entrega un presente fruto del más puro amor— os hemos traído frente a las murallas para que contempléis la conquista final del Palacio de Ámbar.

—Es el regalo de los Altos Demonios para nuestra Emperatriz de los Dos Mundos —apostilló seductor Áxbalor, el demonio de la lujuria.

—Haréis que me ruborice… —respondió ella, quién parecía haber vuelto a la adolescencia que el destino le había arrebatado—. Esperad, ¿quiénes son esas figuras de aspecto siniestro?

A lo lejos, cerca de la pequeña brecha abierta por los demonios, el Supremo Benevolente Inocencio I y sus más cercanos fieles se acercaron hasta la barrera mágica. El Sumo Pontífice apoyó sus manos desnudas sobre aquella mágica barrera de brillo anaranjado y de sus palmas empezó a brotar una oscuridad que abrió una grieta aún más grande que la que habían logrado abrir los demonios. De ella, ante la atónita mirada de Amunet y sus demonios, comenzaron a salir Inocencio y sus acólitos gritando consignas religiosas sobre el Titán Oscuro. Los dos altos demonios se pusieron en guardia, ponderando si aquella irrupción podía ser una amenaza. Sin embargo, Amunet les hizo una señal para que bajaran las armas.

—Vaya, vaya. ¿Esto es otro regalo para mí? —dijo la emperatriz divertida.

Inocencio, que presidía la comitiva, se postró ante ella como acto de vasallaje. 

—La Iglesia del Titán Oscuro ha visto la luz, o mejor dicho, la Insondable Oscuridad —pronunció con su voz profunda y todos los demás le imitaron arrodillándose tras él—. Hemos entendido que vuestra victoria es inevitable y que, por tanto, complace al Titán Oscuro. A partir de ahora contad con mis fieles entre vuestras filas: seremos vuestro ejército.

—Uy, me encanta la gente que sabe cambiar de chaqueta a tiempo —murmuró con ironía Rodrigo IV, el Resurrecto, lanzando una mirada de complicidad que Van Bakari le devolvió con una sonrisa forzada.

—Estimado Inocencio, eres bienvenido a las filas de la Oscuridad —aprobó Érebos con satisfacción.

—Donde siempre debiste estar. El Titán Oscuro está satisfecho —convino Barastyr con el mismo regocijo que su compañero.

—Bueno, no tengo nada en contra de que me rindan pleitesía. Además, estos amables señores han abierto una brecha aún más grande en las defensas —dijo Amunet a sus demonios—. Ahora que nuestros enemigos están expuestos y la oscuridad del Titan se ha extendido por el reino, tomemos el castillo. Tengo un Trono de Ámbar sobre el que sentarme.

Los ejércitos infernales comenzaron a penetrar en masa por las brechas creadas y alcanzaron rápidamente la muralla. Las flechas de los nómadas volaron raudas ensartando a más de un diablillo, pero demonios más grandes empezaron a penetrar en el recinto a medida que las rendijas se abrían. La propia Amunet, seguida por su séquito personal, comenzó a dirigirse rumbo al palacio con paso firme y decidido. No obstante, al alcanzar el patio de armas, un pintoresco grupo de enemigos les hizo frente. Eran dos impromagos: aquel que se hacía llamar Archimago y un joven pelirrojo cuyo nombre no recordaba. 

—¡Un momento, demonios! —rugió Grahim sacando fuerzas de su flaqueza—. Habréis derribado nuestra barrera y la muralla, pero aún no habéis acabado con todos nosotros.

El impromago comenzó a formular un conjuro creando una enorme bola de fuego en el aire.

—Amunet, ahora probarás todo el poder de Skuchaín —dijo el archimago sumándose al hechizo de Grahim,  agrandando la enorme bola incandescente.

—¡Abraxas! —gritó Amunet lanzando un rayo hacia la inmensa bola de fuego que estalló haciendo saltar a los dos impromagos por los aires disipando el hechizo que estaban preparando—. ¿Cuándo aprenderán a no jugar con fuego?

Para sorpresa y regocijo de Amunet, pudo ver que, tras los dos cuerpos que ahora yacían en el suelo algo chamuscados, se encontraba la mismísima Reina Melindres que, al ver a su escolta en el suelo, dió un paso al frente y habló con decisión:

—Amunet, sabes que hemos luchado con valor incluso sabiendo que era inútil oponerse a tu poder. Espero que, al menos, valores nuestra determinación. Has vencido, por lo que te entrego mi corona y mi vida si la quieres tomar —sentenció la reina con solemnidad quitándose la corona de la cabeza y extendiéndola hacia la nueva Emperatriz de los Dos Mundos—.  ¡Ahora deja que mis hijos se marchen en paz! 

—Bla, bla, bla, bla… —dijo Amunet con soniquete burlón—. Siempre con tus monólogos y discursos. ¿Sabes qué, reina de pacotilla? Me he cansado de oírte.

Cogió su báculo con fuerza y lo elevó al cielo gritando un antiguo y poderoso nombre:

—¡Luxanna!

Apuntó hacia la reina lanzándole un rayo oscuro con brillos rojizos. Melindres abrió la boca para pronunciar una nueva súplica, pero no salió de ella ni un leve susurro. Sus labios temblaron en un esfuerzo inútil por formar palabras que ya no existían. Llevó una mano a su garganta sintiendo la piel fría, como si el propio silencio se hubiera enroscado en su interior. Intentó gritar, pero fue en vano. Era como si su lengua hubiera desaparecido, como si jamás hubiera existido. Sus ojos, antes llenos de autoridad, ahora reflejaban puro terror.

Los infantes, que habían visto la escena desde la ventana, salieron al patio de armas corriendo hacia su madre, pero Suhaila y Shuleyma lograron retenerlos. Naisha, a su vez, se interpuso entre la familia real y la emperatriz apretando las palmas de sus manos.

—No vais a cruzar este umbral —dijo Naisha con serenidad mientras en su interior los elementos se preparaban para protejer el último bastión de esperanza de la amenaza definitiva.

Zoraida, sin embargo, se zafó del brazo de Shuleyma. Dio un paso al frente y se encaró a Amunet. 

—¡No puedes matarla, cruel emperatriz! Ni a ella ni a ninguno de los míos —sentenció como si una razón ancestral la amparara y no temiera a aquella mujer.

—Es cierto, Nexara hizo un buen trabajo permitiéndome entrar en esa cabecita tuya a través de tus sueños —dijo acariciando su báculo donde aún guardaba a la menor de las tres súcubas— Has sido la mejor espía que cabría imaginar.

—¡Pero hicimos un pacto inquebrantable! Te entregué mi alma y te dejé entrar en mis pensamientos para que mis ojos y oídos fueran los tuyos a cambio de la protección de la vida de mi familia.

La Emperatriz Tenebrosa dedicó una sonrisa sádica a la joven. 

—Soy consciente de lo que te prometí y eso he hecho querida —dijo Amunet con fingida clemencia—. Ningún miembro de tu familia morirá esta noche. Pero, creo recordar que nadie dijo nada de sus lenguas.

Lanzó una risotada maligna que fue coreada por sus demonios,  su padre y sus consejeros. Sólo  Van Bakari observaba la escena desde las sombras con expresión circunspecta.

Zoraida corrió hasta su madre y la abrazó.

—Madre, siento no haber sido la mejor hija que una reina podía desear, pero no podía soportar perder de nuevo a alguien tan importante para mí… —murmuró la infanta con lágrimas en los ojos—. Por eso ofrecí mi alma al Inframundo a cambio de que no os matara como hizo con Sancho.

Comenzó a andar hacia la Emperatriz y, justo antes de alcanzarla, se volvió hacia su madre.

—Siempre os querré —dijo con voz tierna mientras extendía su mano hacia Amunet y ella la tomó. La pequeña Zoraida desapareció dejando tan solo tras de sí un humo oscuro.

—Bien, su alma ya me pertenece —se congratuló la emperatriz.

Melindres, con lágrimas en los ojos, se quitó la corona y dio un paso al frente. Las damas escorpión se dispusieron a acudir,  pero ella señaló hacia su heredero, su único hijo vivo: Rodrigo. Sin mediar palabra, pero con una mirada dura como el acero, recordó a sus medio-hermanas que su prioridad era proteger el linaje de Ámbar. Avanzó hacia la emperatriz y dejó la corona a sus pies.

—Así es mejor, no es necesaria la violencia si vienes conmigo por las buenas —concluyó Amunet satisfecha—. Ahora te enviaré a tu nueva celda en la Sala de la Condenación; allí podrás ver a tus hijos, pero ya nunca más hablarás con ellos.

Se dispuso a tocar a la reina para mandarla junto a su hija, pero en el último momento lanzó:

—Uy, se me olvidaba. ¡Qué estúpida soy! —dijo la emperatriz fingiendo un descuido—. El rayo con el que maté a tu hijo Sancho maldijo su alma y lo dejó ciego, con lo que él no podrá verte. Va a ser una condena eterna muy divertida, Melindres. Seguro que acabarás deseado haberme dado lo que era mío cuando tuviste la oportunidad.

Melindres se acercó a Amunet con los ojos vidriosos. Nunca, en su larga trayectoria causando sufrimiento ajeno, la pequeña Melindres Von Vondra hubiera imaginado para sí un final tan cruel. Ofreció su mano a la Emperatriz Tenebrosa en señal de derrota, pero antes lanzó a su hijo Doddy una última mirada de ternura. Este último sacrificio lo hacía por sus retoños, por el último que le quedaba; la esperanza de su linaje. Daba su vida por lo único que alguna vez había amado: la sangre de su sangre. Doddy, a su vez, le devolvió la mirada con una expresión de desasosiego que transmitía un sordo y desvalido: «Madre, no me abandones».

Con un toque de su delicada mano, Amunet mandó a la antigua reina al lugar más oscuro del mundo, donde le esperaba el mayor sufrimiento posible.

Imperturbable, Naisha, seguía concentrando su poder en silencio y con los ojos cerrados, focalizada en su único propósito.

—¡Te prometo, madre, que os sacaré del Inframundo! —gritó Doddy con furia tras oír la cruel sentencia de la Emperatriz Tenebrosa.

Desde la distancia, Van Bakari, lanzó una mirada lacónica a Rodrigo IV:

—Madre mía, qué grado de maldad. Hemos creado un monstruo, me horroriza hasta a mí… —dijo tratando de tapar el horror con una máscara de redomado cinismo.

—A mí las hijas siempre me han salido de armas tomar… —se lamentó Rodrigo IV.

—Y ahora me cobraré mi última gran presa: el heredero —se relamió Amunet—. No puedo matarlo, es cierto, pues he firmado ese absurdo pacto —añadió con hastío—. Pero ya habéis visto que todo contrato tiene ciertas lagunas legales. Quizás pueda quitarle también la vista, el oído o incluso dejarlo ciego como a su hermano. ¿Quién querrá un rey en esas condiciones? —preguntó con una sonrisa mientras preparaba el báculo— A ver, ¿por dónde empezaré?

La Emperatriz Tenebrosa invocó de nuevo el poder de Luxanna, pero ningún rayo emanó de su báculo. Parecía muerto, sin vida.

—¡Maldita Sacerdotisa! —gruñó mirando a Naisha con gesto acusador—. ¿Qué magia es esta?

—El poder de los Elementos es impenetrable incluso para ti, Emperatriz Tenebrosa —la voz de Naisha, como un estanque en calma, pronunció las palabras adecuadas y todo el poder que había estado acumulando se desató en un instante—. Totum exiliat.

Ante los ojos nerviosos de Amunet, Doddy se volatilizó, como también lo hicieron las damas escorpión y los maltrechos magos: Grahim y Kórux.

—¡La Oscuridad te lleve, Naisha!, ¿qué has hecho con el heredero? —profirió la emperatriz con una mirada furibunda.

—Ahora el infante y sus guardianas, así como Kórux y Grahim,  se encuentran muy lejos de aquí y fuera de tu alcance. Tienes tu trono, Emperatriz —dijo recogiendo la corona de Melindres del suelo y entregándosela—, pero algún día el legítimo heredero, descendiente de los elegidos por el Titán de la Luz, volverá para recuperar lo que es suyo.

Acto seguido, y antes de que Amunet o sus demonios tuvieran tiempo de reaccionar, el cuerpo de Naisha se desvaneció como si fuera una llama de fuego que se apaga de un simple soplido.

—¡Maldición! —rugió la emperatriz.

—No te preocupes, hija. Era lo que querías, ¿no? —trató de consolarla su padre.

—Tienes tu corona, querida —convino Xezbet— y podremos gobernar Calamburia desde el Trono de Ámbar. Hemos vencido.

—Es cierto, no hay que olvidar que hemos conseguido nuestro objetivo. Todo va bien, si acaba bien —sonrió Áxbalor pensando en todas las almas que ahora podría corromper.

—Y la Iglesia del Titán Oscuro—añadió Inocencio— preparará la Ceremonia de la Coronación, mi tenebrosa señora. La Santa Hermandad velará por implementar un nuevo régimen en que el altar y el trono sean uno. ¡Eterna es la crueldad del Titán Oscuro! —clamó con sus ojos ardiendo con fervor—. ¡Eterna es su justicia! ¡Y que eterno sea también vuestro reinado!

La oscura comitiva de Amunet se alejó del patio de armas rumbo a la sala del trono. El único que se mantuvo quieto y pensativo en el patio de armas fue Van Bakari, el traficante de almas.
«He creado un monstruo ambicioso e insaciable —se lamentó como si la situación hubiera excedido sus cálculos iniciales—. Puede que, por el bien del negocio, alguien deba pararle los pies a la Emperatriz de los Dos Mundos y quizás… —añadió rascándose la barbilla—. Se me está ocurriendo quiénes y cómo podrían hacerlo.