207 – EL VINO NO ES ELEMENTAL

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EL VINO NO ES ELEMENTAL

El prado estaba sumido en un silencio tenso, apenas roto por el susurro del viento. La luz del día desaparecía rápidamente al tiempo que una densa bruma comenzaba a levantarse entre las hierbas más altas. Laurencia y Drawets, los hermanos pícaros, hicieron una pausa en su camino hacia el Templo de los Elementos, interrumpiendo temporalmente su búsqueda de la Sangre del Titán. Algo en la distancia llamó su atención. Se acercaron con cautela y se agazaparon para no ser vistos. Delante de ellos, algunos de los héroes más poderosos de Calamburia estaban enfrascados en una discusión acalorada.

Camila –con su arco en la mano– se mantenía alerta, sus ojos afilados como sus flechas. Gadeslao –el noble fantasma de los Colby– flotaba con un aire de superioridad, su forma etérea apenas visible bajo la luz menguante. Shuleyma –la guerrera escorpión de las arenas– observaba a todos con la mirada fija, blandiendo sus cuchillos con una precisión letal. Céfiro –el joven príncipe de los seres del aire– mantenía la calma, aunque la energía de la batalla parecía agitarse a su alrededor. Inocencio –rodeado por una luz dorada– murmuraba plegarias, invocando la fuerza divina del Titán.

Kórux, el Archimago, llegó en ese momento seguido por Jack, el enterrador, quien avanzaba con una mueca sombría en el rostro.

—Apreciado Jack, los enterradores son fundamentales para la corona —dijo Kórux mientras avanzaba—, pero no estoy seguro de que su papel sea el que necesitamos ahora mismo…

—Si ya sabemos lo que va a pasar, Archimago —respondió en tono sombrío—. Los demonios nos llevarán al otro lado. Tarde o temprano, ¡todos iremos al hoyo! Deberíamos ser nosotros los que liderasen esta defensa… aunque, claro, ¿quién nos escucha?

Kórux le lanzó una mirada dura, pero asintió con la cabeza.

—Penélope te ha dicho que vengas, ¿no? —añadió mirando a Jack, que asintió y se encogió de hombros.

—Ya sabes cómo es —explicó el enterrador—. Si no vengo, ¡zas!, el siguiente al que entierre seré yo mismo. Aunque, con los demonios invadiéndonos, no faltará mucho para que todos acabemos en el hoyo.

El Archimago lanzó un suspiro antes de girarse hacia el resto de los presentes.

—Caballeros y damas, os preguntaréis por qué he convocado esta reunión en un momento tan oscuro —saludó tratando de simular seguridad, pero su tono estaba lleno de preocupación.

—Archimago, ¡estaba a punto de derribar a mi demonio número cien! —lo interrumpió Camila alzando la voz—. No sé si tenemos tiempo para discursos cuando deberíamos estar en el campo de batalla.

Kórux levantó una mano intentando calmarla.

—Escuchadme. Algo más peligroso que los demonios se cierne sobre nosotros. La Guardiana del Inframundo ha extendido su poder más allá de lo que habíamos previsto: No solo envía sus legiones, también ha encontrado la forma de penetrar en el corazón de las personas, confundiéndolas ycorrompiendo sus emociones. Lo que estáis sintiendo ahora; esa agresividad, ese impulso de luchar entre vosotros, no es normal. Es su poder. Está manipulando nuestras mentes, sembrando el caos entre los nuestros —dijo con gravedad.

La tensión se palpaba en el aire. La mirada de cada héroe se endureció al comprender la advertencia de Kórux.

—¿Corrompiendo nuestros corazones? —preguntó Céfiro con una mezcla de confusión y rabia—. ¿Es eso lo que está pasando?

—Exactamente —respondió el Archimago—. Quiere debilitarnos desde dentro, hacer que nos destruyamos antes de tener la oportunidad de unirnos.

Inocencio, con su voz cargada de autoridad, dio un paso al frente.

—La fe nos guiará, cazadora. No venceremos solo con fuerza, sino con la bendición del Titán. He sentido su poder, y los capellanes y devotos del monasterio están preparados para liderar nuestras tropas con la luz divina.

—¿Fe? —preguntó Gadeslao, el noble fantasma, que flotaba cerca con su rostro impasible—. ¡La batalla no se gana con oraciones! Los von Vondra y los Colby hemos ofrecido nuestras huestes y nuestras tierras. ¡Es la nobleza la que debería comandar, no los fervorosos seguidores de un mito!z

Camila, al escuchar las palabras del etéreo ser, no pudo contenerse más. Con un movimiento rápido, tensó su arco y disparó una flecha directamente hacia el noble fantasma. La flecha atravesó el aire en un susurro mortal, pero al alcanzar el pecho de Gadeslao, simplemente pasó a través de su forma fantasmal sin causarle daño alguno.

—Tu ira es inútil, cazadora —sonrió el fantasma con desdén—. No puedes matar lo que ya está muerto.

La tensión estalló en ese momento. Shuleyma, con sus cuchillos brillando bajo la luz menguante, se lanzó hacia adelante blandiendo sus armas con la precisión de una guerrera de las arenas. Percibiendo el peligro, Céfiro levantó una ráfaga de viento con un gesto de su mano, alejando a la hija del escorpión antes de que pudiera atacar.

—¡Deteneos! —gritó el aiseo, pero su tono de calma apenas lograba imponerse ante la furia desatada.

Inocencio, al ver a Gadeslao avanzar, extendió sus manos hacia el cielo.

—¡Por el Titán! —exclamó—. Que su luz divina juzgue a los muertos.

Una energía dorada envolvió a Gadeslao de inmediato. El noble fantasma intentó resistir, pero la fuerza del Titán lo sujetó con cadenas de luz, atrapándolo en su lugar. A pesar de su etérea naturaleza, el poder del Titán lo mantenía prisionero.

Mientras tanto, Jack —que observaba el caos desatarse a su alrededor— comenzó a esquivar los ataques colaterales con una destreza inusitada, usando su pala para desviar golpes y proyectiles. De vez en cuando, murmuraba para sí mismo:

—Un día más en el hoyo, un día menos en el mundo… ¿Quién me mandaría meterme en estos líos?

La pelea alcanzó su clímax cuando Shuleyma, llena de furia, logró acercarse lo suficiente a Céfiro para lanzar un ataque directo con sus cuchillos. El joven príncipe esquivó el primer golpe, pero el segundo filo rozó su brazo cortando su túnica y dejando un corte sangrante en su piel.

—¡Maldita sea! —exclamó el príncipe de los cielos retrocediendo mientras el viento se arremolinaba con más fuerza a su alrededor, intentando mantener a la escorpiona a raya. La sangre manchaba la tela mientras sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y furia.

Laurencia y Drawets observaban desde un lado con sus manos cerca de sus armas, sabiendo que no pasaría mucho tiempo antes de que también se vieran arrastrados al conflicto.

—¡Basta! —irrumpió Kórux levantó su varita con gesto firme y lanzando un poderoso hechizo: 

—Tempus frangere!

De pronto, una poderosa ola de energía mágica recorrió el prado. La onda de choque fue tan fuerte que todos los combatientes fueron empujados hacia atrás, obligados a detenerse.

—¡Basta ya con esta insensatez! —rugió con la voz retumbando en el aire—. ¡Sois los héroes de Calamburia, no sus destructores! Si seguís luchando entre vosotros, la Emperatriz Tenebrosa nos vencerá sin esfuerzo.

La energía mágica del archimago envolvió a cada uno de los presentes, calmando la furia que se había desatado. Camila bajó su arco lentamente, mientras Shuleyma, aún jadeando, retrocedió un paso con sus cuchillos aún temblando en sus manos. Inocencio, cuya luz divina seguía brillando, inclinó la cabeza en señal de respeto hacia Kórux. Céfiro, aún sintiendo la herida en su brazo, aterrizó suavemente en el suelo con sumirada pensativa pero tranquila; yGadeslao, liberado del poder del Titán, volvió a flotar en silencio con una expresión de resentimiento. Poco a poco, las mentes de los héroes empezaron a aclararse, y comprendieron que habían sido víctimas del engaño y la manipulación de la Guardiana del Inframundo.

Jack, que había estado esquivando con pericia los golpes y flechas durante toda la batalla, finalmente bajó su pala y se acercó a Kórux con una sonrisa sarcástica.

—¿Sabéis, Archimago? Todo este follón no servirá de nada si acabamos todos en el hoyo. Pero bueno, supongo que estaréis contento de que no tenga que cavar hoy para ninguno de nosotros.

El archimago suspiró dirigiéndose hacia el grupo.

—Cada uno de vosotros es necesario en esta guerra —prosiguió Kórux—. No podemos permitir que nuestras diferencias nos destruyan. Si queremos salvar Calamburia, debemos luchar juntos, no unos contra otros.

Laurencia, que había observado todo en silencio, asintió y se giró hacia Drawets.

—Bien, parece que finalmente lo han entendido —murmuró.

Su hermano asintió, pero su expresión seguía tensa. Sabía que la tregua era frágil y que la verdadera batalla aún estaba por llegar.

—Es hora de marcharnos, Drawets —dijo Laurencia, más para sí misma que para su hermano—. Tenemos un templo que alcanzar y quiero llegar antes de que caiga la noche.

—Queda poco tiempo —le recordó el pícaro mientras comenzaban a alejarse del grupo.

Kórux los observó por un momento, antes de volverse hacia los demás.

—Preparad vuestras fuerzas. La batalla por Calamburia no ha terminado, pero ahora, al menos, lucharemos como uno solo.

Los hermanos se adentraron en la bruma del prado, dirigiéndose al Templo de los Elementos. Una hora después llegaron a su destino

Oculto tras una majestuosa cascada, el sagrado santuario  se alzaba ante ellos, un coloso de piedra y magia que parecía respirar gracias a la energía de los cuatro elementos. Laurencia y Drawets llegaron al borde de la entrada, agotados, pero decididos. La bruma que los había acompañado hasta ahora se disipaba lentamente, revelando un lugar de poder ancestral donde gua, Fuego, ierra y Aire se entrelazaban en armonía.

—Aquí es —murmuró la pícara con una sonrisa astuta, mostrando su pequeña botella vacía.

—¿Seguro que quieres hacer esto? —susurró su hermano con la mirada fija en las imponentes figuras que adornaban la entrada—. Los custodios no nos dejarán salir de rositas.

—Sólo unas gotas, Drawets, y nos largamos de aquí. No hay marcha atrás ahora —dijo antes de empujar las puertas del templo.

Cruzaron el umbral del Templo de los Elementos, sus pasos resonando en la vasta sala iluminada por la luz de los cuatro altares. Allí, las esencias de los elementos descansaban, conectadas por hilos de energía que pulsaban como nervios vivos. El aire olía a magia ancestral, una mezcla de poder que parecía resonar en el aire.

Los hermanos pícaros avanzaron cautelosamente por los pasillos, ocultos entre las sombras. Sabían que no podían entrar como si fueran invitados. A lo lejos, un par de custodios vigilaban la entrada a la sala donde fluía el agua elemental.

—No podemos llamar la atención —masculló Drawets.

Laurencia sonrió sacando un pequeño vial de polvo adormecedor de su bolsillo. Con un rápido movimiento, dispersó el polvo frente a los dos custodios, que cayeron en un profundo sueño sin darse cuenta de lo que ocurría.

Drawets la observó incrédulo.

—¿De dónde has sacado esos polvos? —preguntó frunciendo el ceño.

—Es lo que tiene tener un ex comerciante —respondió con una astuta sonrisa mientras guardaba el vial—. Tengo muchas cosas útiles… como la pensión compensatoria.

Drawets bufó, incapaz de contener la mezcla de asombro y burla.

—¡Qué cara dura tienes! Si los has abandonado tú.

—Calla, gordunflas, y vamos a por mi vino. Que tu hijo tiene antojo —asestó Laurencia fulminando a su hermano con la mirada mientras avanzaba  hacia la sala del agua elemental.

De pronto, algo cambió en el aire. Una fuerza invisible despertó, y antes de que pudieran avanzar más, una voz atronadora resonó en el templo.

—¡Intrusos! —rugió Nimai apareciendo al final del pasillo. Sus dos espadas brillaban con la furia de los elementos, y el viento comenzó a girar violentamente a su alrededor—. ¡Habéis profanado este lugar sagrado!

El suelo comenzó a temblar bajo los pies de Laurencia y Drawets, mientras Nimai avanzaba con pasos firmes. El rugido del viento aumentaba con cada zancada.

—No podíamos esperar otra cosa —murmuró Drawets preparándose para la batalla.

El guardián, envuelto en un torbellino de poder elemental, lanzó su primer ataque. Con una velocidad vertiginosa, sus dos espadas cortaron el aire, dificultando a Drawets esquivar los golpes. Sin embargo, uno de los filos fue demasiado rápido:  una de las espadas atravesó el cuerpo del pícaro, dejando profundas heridas que lo hicieron caer al suelo, aparentemente sin vida.

—¡Drawets! —gritó Laurencia corriendo hacia su hermano.

Nimai, con una fría mirada de satisfacción, retrocedió observando cómo el cuerpo del pícaroyacía inmóvil. Pero, entonces, algo extraño ocurrió. Las heridas de Drawets comenzaron a cerrarse ante los ojos del guerrero y Laurencia. Su cuerpo se regeneraba, sus tejidos volvían a unirse, y la vida volvía a él.

—¿Qué clase de brujería es esta? —murmuró el ser elemental incrédulo.

La pícara, con una sonrisa irónica, ayudó a su hermano a ponerse en pie; mientras Nimai, frustrado, alzaba sus espadas nuevamente. De repente, una voz calmada interrumpió la tensión:

—Detente, Nimai —irrumpió Naisha en la sala, seguida de Kesia. La Sacerdotisa de los Elementos los observaba con una mezcla de compasión y fatiga—. No necesitamos más destrucción.

Los hermanos intercambiaron miradas cautelosas mientras las recién llegadas avanzaban acercándose lentamente. Naisha alzó la vista hacia Drawets y lo miró con una mezcla de dolor y comprensión.—Hemos perdido demasiado en estas batallas —murmuró Naisha—. Tú perdiste a tu hijo… y yo… a mi hermano.

El pícaro frunció el ceño y alzó la vista hacia su interlocutora. Poco a poco, las palabras de la sacerdotisa lograron suavizar su mirada.. El recuerdo de su hijo perdido en la batalla anterior resonó en su mente, pero la tristeza en los ojos de Naisha le sorprendió: ella también había sufrido.

Laurencia, sin prestar demasiada atención al dolor de la sacerdotisa, frunció el ceño y avanzó un paso más.

—Qué conmovedor —dijo con ironía—. Pero yo no he venido aquí para recordar las pérdidas, Naisha. He venido por lo que necesito: el vino.

Naisha apretó los puños y los elementos a su alrededor comenzaron a agitarse.

—¿Eso es todo lo que te importa? —preguntó, su voz cargada de furia contenida.

—Exactamente. —afirmó mientras esbozaba una sonrisa desafiante—. ¿Vas a dejarme hacerlo por las buenas o…?

Nimai, aún con las espadas en alto, gritó:

—¡Por supuesto que no lo permitiremos! —y lanzó un nuevo ataque hacia Laurencia.

La pícara saltó hacia un lado, esquivando los golpes con agilidad, mientras Drawets, ya completamente regenerado, intervino rápidamente, bloqueando al guerrero con su daga.

Kesia, con sus cuchillos brillando en las manos, avanzó hacia Laurencia intentando frenar su avance. Sin embargo, ésta se zafó de sus ataques y llegó a la fuente sagrada, donde el agua elemental fluía con un brillo celestial.

—¡No puedes hacer esto! —gritó Naisha invocando un torrente de agua que se elevó en espiral desde la fuente hasta rodear a Laurencia.

Pero la imperturbable pícara  sacó su botella y vertió unas gotas de Sangre del Titán en el agua. En cuestión de segundos, el líquido comenzó a transformarse. Lo que antes era agua pura y cristalina, ahora se tornaba rojo oscuro, burbujeando mientras el vino reemplazaba el elemento sagrado.

—¡Lo tengo! —exclamó triunfante sin prestar atención a la batalla en la que se hallaba inmersa. Justo al terminar de llenar su botella, el agua recuperó su pureza original y aspecto cristalino. 

Nimai, furioso, lanzó otro ataque hacia Drawets, sus espadas cortando el aire con una rabia elemental. A pesar de que cada corte era mortal, el pícaro se regeneraba una y otra vez burlando a su adversario.

Kesia, viendo que la batalla no iba a acabar como esperaba, retrocedió, observando con impotencia cómo Laurencia lograba lo que había venido a buscar. La pícara llevó la botella a sus labios y bebió un gran trago del ansiado vino. Al tragar, un brillo intenso iluminó sus ojos mientras el poder del líquido mágico recorría su cuerpo.

—¿De verdad crees que eso es todo? —rió Naisha amargamente—. El agua de este templo no solo sacia la sed… deja una marca en el alma. No volverás a tener sed por mucho tiempo. Beber de ella te cambiará a ti y a aquellos que vienen contigo —dijo  señalando con un leve gesto el vientre de Laurencia.

—Ya veremos —respondió con una sonrisa de satisfacción.

—Pero recuerda esto, Laurencia. Lo que has hecho aquí tendrá un precio… —le advirtió la sacerdotisa con mirada fija y voz solemne—. Los elementos del templo dejan huellas más profundas de lo que imaginas.

Antes de que la pícara pudiera replicar, Naisha levantó una mano y una poderosa corriente de aire surgió de repente, envolviendo a los intrusos. El viento los arrastró hacia la salida del templo mientras luchaban por mantenerse en pie.

—¡No volváis a alterar el equilibrio de los elementos! —advirtió la sacerdotisa con voz firme—. Os perdono la vida, pero esta será vuestra única advertencia.

Tambaleante, Laurencia se sacudió el polvo y, en lugar de mostrarse preocupada, se llevó la mano al vientre con una sonrisa satisfecha.

—Bueno, ahora que estoy saciada por una buena temporada… —murmuró paladeando el sabor del vino con una expresión exageradamente satisfecha—. Me ha entrado un antojo de jamón.

Drawets, con la boca entreabierta y los ojos llenos de desesperación, lanzó las manos al aire.

—¡¿Jamón?! ¡Laurencia, acabas de enfurecer a los elementos y casi nos convierten en carbón! ¡¿Y ahora te entra antojo de jamón?! ¡¿Qué sigue, una fiesta de frutas y quesos mientras los demonios arrasan Calamburia?!

La aludida lo fulminó con la mirada y le dio un manotazo en el brazo.

—¡Ni me hables de quesos, Drawets! —dijo levantando las manos y haciendo un gesto exagerado con los dedos mientras adoptaba una voz grave y lenta—. Me recuerda demasiado a cierto comerciante y, francamente, no estoy de humor para dramas de exparejas ahora mismo.

Drawets soltó un gemido de frustración, pasándose la mano por la cara.

—Por el Titán… ¡no sé cómo seguimos vivos!

Laurencia se encogió de hombros con una sonrisa traviesa, mientras ambos se alejaban del templo. Detrás de ellos, los protectores observaban en silencio, sabiendo que el equilibrio había sido alterado, pero también que el destino de Calamburia y de los pícaros bendecidos por el Titán estaba ligado a la batalla final que se avecinaba.

206 – LAURENCIA, LA PÍCARA DE SIEMPRE

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LAURENCIA, LA PÍCARA DE SIEMPRE

El sol comenzaba a descender sobre el horizone tiñendo el cielo de tonos cálidos mientras Laurencia y Drawets caminaban por el estrecho sendero. El aire fresco del atardecer traía consigo el aroma de la hierba húmeda, pero el ambiente entre los dos hermanos no podía ser más tenso.

—No puedo creer que hayamos conseguido escabullirnos —resopló Drawets con un tono que mezclaba alivio y frustración—. ¿Todo esto solo para que fueras a comprobar si la taberna estaba cerrada de verdad?

Laurencia se encogió de hombros, con una sonrisa descarada.

—¿Y si no lo hubiese estado? ¿Y si hubiera estado abierta? —respondió agitando las manos—. No iba a quedarme con la duda. Necesitaba asegurarme.

—¡Casi no lo contamos, Laurencia! —exclamó el pícaro gesticulando exageradamente—. Nos hemos topado con el mismísimo comendador, ¡Don Beltrán en persona! y su fiel secretario, Don Lope. ¿Recuerdas lo que dijo el comendador? No se detendría hasta ajusticiarme de una forma en la que ni siquiera mi inmortalidad podría salvarme.

Laurencia hizo una mueca, pero su tono seguía despreocupado.

—Ah, sí. Ese «encuentro fortuito». Lo pasamos bastante mal, lo admito. Pero hay que ver lo serio que es Don Beltrán con sus antiguos edictos. Me recordó a esos nobles de las viejas historias que no saben cuándo parar.

—Lo que no sabes es que si no fuera por Don Lope, quien modificó uno de esos edictos, ¡ya estaríamos en prisión o algo peor! —replicó Drawets visiblemente molesto—. Don Lope es lo único sensato en ese lugar. Aun así, casi no salimos de Instántalor con vida.

Laurencia lo miró con una sonrisa maliciosa, claramente disfrutando de la situación más de lo que debería.

—Sí, sí, casi no lo contamos. Pero, oye, estamos vivos, ¿no? Además, te encanta cuando las cosas se ponen tensas.

Drawets soltó un suspiro profundo, frotándose las sienes.

—Laurencia, te lo digo en serio, algún día no tendremos tanta suerte.

—Bah, no te preocupes tanto. Ya conseguimos escapar de los comendadores una vez hace muchos años, podemos hacerlo todas las veces que sean necesarias.

El silencio cayó entre ellos por unos momentos. Mientras caminaban, Drawets no podía evitar pensar en todos los problemas recientes que habían tenido, en especial por las decisiones de su hermana.

—Hablando de sobrevivir… —murmuró él—. ¿Cómo es que siempre acabamos en situaciones como esta? No es la primera vez que debemos escapar de líos por tu culpa. Y esto me recuerda… lo de Banjuló… —agregó entrecerrando los ojos.

La pícara frunció el ceño, visiblemente irritada, y se detuvo bruscamente.

—¡Ya basta, Drawets! ¡Te lo he dicho mil veces! —exclamó parando en seco y cruzando los brazos.

—¿Otra vez con lo mismo? —resopló él frotándose la frente—. ¡Lo de Banjuló es un lío tuyo, Laurencia, no mío!

La aludida lanzó una carcajada sarcástica.

—Pues claro que es mi problema. Por eso lo he dejado.

Drawets se detuvo en seco, su ceja se levantó lentamente mientras la miraba con una mezcla de incredulidad y diversión.

—Espera, espera, espera… ¿Lo has dejado? ¿Has abandonado a Banjuló y a tu hija? —preguntó él arrastrando las palabras con tono burlón—. Vaya, no esperaba menos de ti.

Laurencia lo fulminó con la mirada.

—¡No me mires así! —protestó—. ¡Ya no soportaba su manía de oler queso antes de acostarse! ¡Y su hija es insoportable! —hizo una pausa pensando—. Bueno, técnicamente también es mi hija, pero ya sabes… cosas que pasan.

Drawets se echó a reír.

—¡Cosas que pasan! ¡Cosas que pasan! Laurencia, lo que a ti te pasa no le pasa a nadie. Deja a su pareja, abandona a la hija, y ahora… ¿qué sigue? ¿Te vas a casar con un unicornio esta vez?

Laurencia respiró hondo con las mejillas enrojecidas, pero intentando mantener la compostura.

—Pues resulta que…— farfulló entre dientes.

—Oh no, ¿qué más hay? —preguntó su hermano con una mezcla de anticipación y horror fingido.

—Estoy embarazada otra vez —soltó Laurencia cruzando los brazos y esperando la reacción de su hermano.

Drawets se quedó boquiabierto, con los ojos muy abiertos y las manos en alto como si le hubieran lanzado un hechizo paralizante.

—¡Pero si hace solo seis meses que…! ¡No puede ser! —exclamó señalándola como si hubiera cometido un crimen.

Laurencia asintió mirando hacia el cielo con fingida resignación.

—Pues sí, ¡mala suerte! Ya ves… aunque claro, en esta ocasión la cosa es… un poco más complicada.

—¡No me digas que el padre es…! —empezó Drawets, pero se detuvo al ver cómo Laurencia desviaba la mirada, mordiéndose el labio inferior.

—Es tuyo —dijo ella finalmente soltando las palabras como si fueran una flecha envenenada.

Hubo un momento de silencio absoluto. Los grillos que solían acompañarles en el camino parecieron callarse por primera vez en horas. Drawets la miraba boquiabierto, con una mezcla de confusión, asombro y… una pizca de orgullo mal colocado.

—¡Espera, espera! —gritó finalmente—. ¡¿Mi hijo?! Laurencia, ¡esto es un giro digno de las leyendas!

—Tampoco te vengas arriba, Drawets. — lo miró con los ojos entrecerrados—. No es algo sobre lo que vaya a escribir una epopeya. Es más bien… un pequeño inconveniente.

—¡Un pequeño inconveniente! —repitió el pícaro con una carcajada—. ¡Somos la peor familia de Calamburia! ¡Esto no lo arregla ni el Titán!

Laurencia no pudo evitar reírse a su pesar, y el ambiente entre los hermanos se alivió un poco mientras seguían caminando por el sendero. Claro, ahora tenían una nueva complicación: un embarazo en medio de una misión que apenas comenzaba. Los hermanos se mantuvieron pensativos hasta que, tras unos minutos de silencio, Laurencia, como siempre, no tardó en romper la calma.

—Bueno, ¿no te estás preguntando por qué te arrastro hasta el Templo de los Elementos? —dijo ella con un tono juguetón, sin mirar a su hermano.

Drawets, que hasta ese momento había estado perdido en sus propios pensamientos, la miró de reojo con un suspiro.

—Oh, sí. ¡No puedo dejar de pensar por qué estamos cruzando media Calamburia en medio de una invasión demoníaca! —respondió con sarcasmo—. ¡Estoy ansioso por saber cuál es tu brillante idea esta vez!

Laurencia sonrió de lado.

—Tengo un antojo —dijo, como si fuera lo más normal del mundo.

Drawets parpadeó incrédulo.

—¿Un antojo? —repitió mirando a su hermana como si hubiera perdido la cabeza—. ¿Me estás diciendo que en plena invasión del Inframundo te ha entrado un antojo?

La pícara asintió tranquilamente, como si estuviera hablando del clima.

—Exactamente, un antojo. Y no cualquier antojo. Necesito beber Sangre del Titán.

Su hermano la miró en silencio por unos segundos, y luego estalló en una carcajada.

—¡La Sangre del Titán! ¡Es solo un vino, Laurencia! ¡Un vino común y corriente que se vendía en la taberna Las Dos Jarras hasta que cerraron! ¿Eso es lo que nos tiene corriendo por toda Calamburia? ¿Un antojo de vino barato?

La mujer se cruzó de brazos, ofendida.

—No es un vino, Drawets. Es el vino. ¡El mejor que he probado! Y desde que cerraron la taberna no lo he vuelto a probar. Además, Sangre del Titán no es cualquier vino, tenía su toque mágico… aunque claro, no tanto como tu inmortalidad.

El pícaro bufó entornando los ojos.

—¿Vas a sacar el tema del pacto otra vez? —preguntó con ironía.

—¡Pues claro que sí! —exclamó Laurencia señalando a su hermano—. ¡Eres inmortal, Drawets! ¡Nada puede matarte! Y, sinceramente, después de lo que hemos pasado, me merezco una copa de vino decente.

Él se encogió de hombros, recordando el pacto que había sellado con el Titán hacía años. Su inmortalidad era una bendición en algunos casos, y una maldición en otros. Había sobrevivido a más ataques mortales de los que podía contar, especialmente los de la Guardiana del Inframundo, que lo había perseguido por toda Calamburia.

—Por si lo has olvidado —dijo Laurencia mientras seguían caminando—, gracias a mí saliste del mismo Infierno, ¿o no? Nadie más podría haber sobrevivido a lo que pasamos allí abajo, y todo lo que me pides es que no tenga antojos de vino. ¡Qué injusto!

Drawets sacudió la cabeza, frustrado.

—Laurencia, sobrevivimos al Inframundo porque teníamos la suerte de nuestro lado. Y sí, tal vez mi inmortalidad ayudó un poco. Pero, ¡¿en serio estamos arriesgando la vida por una copa de vino?! ¡Hay una guerra en marcha! ¡Los demonios están invadiendo Calamburia para tomar el Palacio de Ámbar!

Laurencia se encogió de hombros.

—¿Qué quieres que te diga? —respondió sin inmutarse—. El vino no espera, Drawets, y con todo este caos… es lo único que me calmará.

—¿Lo único? —miró a su hermana con incredulidad—. ¿El Palacio de Ámbar cayendo en manos de los demonios, y tú te preocupas por un vino?

La pícara asintió con una expresión perfectamente seria.

—Exactamente. Si voy a enfrentarme a hordas de demonios, lo mínimo que merezco es una copa de Sangre del Titán para animarme.

Drawets suspiró profundamente, claramente resignado.

—Lo que no entiendo es cómo hemos llegado hasta aquí. Somos unos pícaros, Laurencia. Esto de enfrentarnos a demonios y andar buscando templos no es lo nuestro. ¿De verdad crees que vale la pena todo esto por una copa de vino?

Laurencia se detuvo y lo miró directamente a los ojos.

—No es solo por el vino, Drawets. Si los demonios conquistan el palacio, nos quedamos sin Calamburia… y sin nuestras pequeñas aventuras. Y tú sabes bien que somos los mejores cuando se trata de aprovecharnos de las situaciones.

Drawets la miró de reojo y no pudo evitar una sonrisa. Su hermana tenía razón, como siempre. Entre tantas tramas y guerras, ellos eran expertos en sacar ventaja de cualquier caos que se presentara.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo finalmente, con una sonrisa resignada—. Vamos al templo. Pero cuando estemos rodeados de demonios, quiero que recuerdes que todo esto es por un antojo de vino barato.

La pícara le dio una palmadita en la espalda.

—No te preocupes, hermano. Si nos rodean demonios, te dejaré que seas tú quien negocie. Después de todo, eres mucho más convincente que yo cuando se trata de persuadir a los seres infernales.

El aludido resopló negando con la cabeza.

—Esto es ridículo —murmuró mientras seguían caminando—. Todo por un vino… Pero explícamelo, Laurencia… ¿Cómo demonios piensas sacar vino de un templo dedicado a los elementos?

Laurencia sonrió astutamente y lo miró de reojo. Entonces, de forma teatral, cambió su tono, engolando la voz como si estuviera impartiendo una lección:

—Es bastante simple, hermano. Los elementales responden a aquello que entra en contacto con su esencia. Si introduces una sustancia en el entorno adecuado, el elemental toma su naturaleza temporalmente. Agua, fuego, tierra o viento… cualquiera de ellos puede transformarse momentáneamente en aquello que lo toca, adaptándose a esa sustancia.

Drawets arqueó una ceja, incrédulo.

—¿Y cómo demonios sabes eso?

Laurencia se encogió de hombros, abandonando el tono dramático y recuperando su sonrisa traviesa.

—Me lo contó un alquimista muy simpático hace tiempo. Digamos que compartimos un par de copas… nos emborrachamos un poco, y bueno… cabalgamos en el caballo de las sábanas blancas, ¿entiendes? —lanzó una taviesa risita—. Al final, me acabó contando ciertos secretillos de sus artes, especialmente los relacionados con el vino. Era un buen alquimista… y un excelente amante.

Drawets soltó una risa incrédula.

—¡Claro! Siempre con tus contactos, Laurencia. Me pregunto qué más te habrás «ganado» en ese trato. Bueno, vamos, entonces, a por ese vino antes de que los demonios acaben con lo que queda de este reino.

205 – EL RAPTO DEL UNICORNIO

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EL RAPTO DEL UNICORNIO

El viento salado soplaba con suavidad sobre la playa de Kalzaria mientras las gaviotas y los cuervos se disputaban los restos de pescado esparcidos por la arena. Las aves chocaban sus picos en una lucha silenciosa, tratando de hacerse con lo poco que quedaba. Railey estaba sentado en la arena, observando la escena con ojos apagados junto a las ascuas aún humeantes que había cocinado el pescado que se acababa de comer. Se apartó un poco, murmurando para sí mismo, como si las aves pudieran entender su dolor.

—No debí dejarla ir sola al Palacio de Ámbar —su voz apenas se oía sobre el ruido del mar—. Mi misión era cuidar de Elora aquí, en la isla… pero ¿en qué demonios estaba pensando? Deberíamos haber ido los dos, o al menos quedarse uno…

Las gaviotas, intrépidas, se acercaron a lo que quedaba de su comida, pero él las espantó con un rápido movimiento de la mano. Railey se inclinó hacia adelante, clavando su mirada en el mar infinito, buscando respuestas en las olas que rompían sobre las rocas.

—¿Soy mal padre? —reflexionó mientras se recostaba, sintiendo el aplastante peso del remordimiento—. Le regalé a Elora un unicornio falso, un simple caballo con una concha pegada en la frente… ¡Qué ridículo! Y para colmo, ni siquiera fui capaz de pedirle matrimonio a Mairim.

Sacó de su bolsillo un pequeño anillo de rubí. Lo sostuvo en la mano con los dedos tensos, recordando el momento en que lo consiguió. Lo había intercambiado con una misteriosa dama, quien le había ofrecido la joya a cambio de un trozo de piedra que en Kalzaria usaban como simple decoración. Ella lo llamó «mágico», pero él nunca llegó a creer en esas historias.

—¿Qué hago ahora con esto?» —se preguntó con el rubí brillando débilmente bajo la luz del sol—. Ni siquiera sé si alguna vez tendré el valor de dárselo.

Railey se quedó un momento en silencio. El anillo aún estaba en su mano, pero su mente ya había viajado hacia otro pensamiento incómodo que lo atormentaba: John Nathaniel. No podía evitar compararse con él. Con un suspiro profundo, tomó una decisión y deslizó el anillo en su dedo, sintiendo el peso del rubí mientras recordaba todas sus inseguridades.

—Es más apuesto que yo —dijo con un deje de amargura en la voz—. Más listo también. Siempre con esa actitud elegante y encantadora… Railey suspiró sintiendo cómo cada una de sus palabras pesaba más que la anterior—. Nunca parece dudar de nada: siempre sabe qué hacer y qué decir. Y aquí estoy yo, incapaz de pedirle matrimonio a Mairim después de todo este tiempo.

De repente, lleno de frustración, dio un golpe seco en la arena. Las gaviotas se alzaron de inmediato volando en círculos sobre su cabeza, asustadas por el ruido. Los cuervos siguieron su pelea, ignorando el estallido de rabia del bucanero. Él se quedó un momento en silencio mirando el suelo con los dedos apretando el anillo que tenía en la mano.

—¿Cómo voy a competir con alguien como John Nathaniel? —se preguntó en voz baja—. ¿Y si ella… y si Mairim prefiere finalmente estar con él? ¿Y si ante la disputa decide dejar de estar con los dos?

El viento continuaba acariciando la orilla mientras Railey permanecía inmerso en sus pensamientos, con la mente anclada en sus dudas. Sin embargo, más allá del murmullo del mar y el batir de las alas de las gaviotas, un sonido diferente comenzó a oírse, apenas perceptible al principio. Entre el denso bosque de palmeras, una voz femenina resonaba a lo lejos interrumpiendo el silencio que lo rodeaba. El eco de esa voz cruzaba los árboles, cada vez más cercano, rompiendo la calma del lugar.

—¡Yardan! —vociferó Karianna emergiendo de un portal que se había abierto entre el reino faérico y el terrenal—. ¡Hijo, ¿dónde estás?!

Breena apareció a su lado a través del mismo portal, siguiendo a su señora con pasos apresurados. Karianna, la Dama Blanca, mantenía su porte habitual, imponente como siempre. Su larga cabellera dorada brillaba bajo la luz que, como de costumbre, parecía fundirse con su túnica etérea. Había algo en su presencia que, incluso en los momentos más tensos, conservaba la serenidad propia de alguien que ha gobernado el Reino Faérico durante los últimos años.

Breena, por su parte, no ocultaba su preocupación. La fiel espíritu protectora, que tantas veces había estado a cargo de misiones importantes, caminaba con rapidez. Vestía el mismo traje elegante y ligero que solía usar cuando adoptaba su forma humana y, aunque reflejaba el brillo del sol, su mirada estaba claramente oscurecida por la angustia que sentía en ese momento. Ambas sabían que no había tiempo que perder.

—Las pisadas están recientes, no puede haberse ido muy lejos —comentó Breena con su mirada fija en el suelo.

Karianna suspiró visiblemente irritada.

—¿Pero cómo has podido perderle? —preguntó la hastiada madre—. ¡Para un minuto que lo dejo a tu cargo! Se supone que eres un espíritu protector… algún día nos va a dar un disgusto.

—Lo lamento, señora —contestó el espíritu agachando la cabeza—. Pero en cuanto me giro, se mete en cualquier portal. Es un diablillo desde el cuerno hasta las pezuñas. Le juro que en mis cientos de años de existencia nunca me había pasado algo así… Ese pequeño unicornio es demasiado escurridizo incluso para mis poderes.

Karianna suspiró de nuevo, pero esta vez su tono se suavizó.

—Bueno, bueno, no te preocupes, lo encontraremos. Es solo un niño, no ha podido ir muy lejos.

Ambas mujeres seguían avanzando visiblemente preocupadas. La historia que envolvía al pequeño Yardan era compleja. Titania, la dama de las hadas, al descubrir que su hijo había engendrado un potrillo con una unicornio, lo consideró una deshonrosa traición. Juró vengarse y perseguir al pequeño, bromeando amargamente con la idea de colgar su cuerno en el salón. Desde aquel día, Yardan no podía salir de casa sin escolta y Breena tenía la tarea de protegerlo constantemente. Pero el pequeño siempre encontraba la manera de escapar.

Mientras caminaban, la mirada de Breena se desvió hacia los portales. Algo no estaba bien.

—Los portales están cambiando —murmuró con preocupación—. Antes, su color era aguamarina, un reflejo del espíritu arcano que siempre acompañaba a la reina faérica. Pero ahora… —su rostro se endureció mientras observaba el portal por el que habían cruzado, que ahora mostraba un siniestro tono violáceo—. Algo oscuro está pasando.

De repente, entre las palmeras, la princesa Elora apareció corriendo con una sonrisa traviesa en el rostro.

—¡Me he ezcapado de mi padre porque ez muy aburrido! —exclamó la niña pronunciando la zeta de manera adorable.

—Bueno, al menos conmigo no te aburres, ¿verdad? —respondió Railey con un gesto cómplice, satisfecho de que su hija prefiriera estar con él. 

Elora asintió con entusiasmo, pero su expresión cambió al recordar algo importante.

—He ezcuzado una zeñora gritando entre la maleza. Padeze preocupada.

Railey frunció el ceño. Las voces debían venir de las cercanías del portal. Pensó que sería una buena idea investigar, así que decidió ir con la pequeña Elora por si podían ser de ayuda.

—Vamos a ver qué pasa, pero tú mantente cerca —dijo tomándola de la mano mientras se adentraban en la espesura.

Después de caminar unos metros, Railey divisó algo que lo llenó de alivio: la elegante cola de un potro dorado. Su mente empezó a trabajar rápidamente. ¿Podría ser un nuevo regalo para su hija? ¿Tal vez uno que enmendara su anterior fracaso? Seguro que eso le granjearía muchos puntos, tal vez incluso conseguiría que lo viera como el mejor padre del mundo.

—¡Hoy es mi día de suerte! —susurró para sí mismo disimulando su entusiasmo. Con un gesto rápido, hizo que Elora esperara detrás de unos arbustos—. Quédate aquí, pequeña. Esto será rápido.

Se acercó al potro dorado y, con destreza, lo atrapó con la cuerda que llevaba como cinturón, aunque el animal se revolvió intentando escapar. Finalmente, Railey lo inmovilizó y regresó triunfante con su captura.

Al volver, se encontró con una escena inesperada: Elora estaba radiante de felicidad. No solo porque él había atrapado al potro, sino porque también se había hecho amiga de un unicornio muy grande y un ciervo que estaban a su lado. Parecían estar en perfecta armonía con la niña, como si fueran viejos conocidos.

—Mira, hija, ¡un pony salvaje para que lo domes y le des de comer! —dijo con entusiasmo.

Elora abrió los ojos de par en par y exclamó emocionada:

—¡Oh, un unicorrnio bebé, ez lo que yo quería! —dijo sin poder contener la emoción—. ¡Ya veraz, zeremoz grandez amigoz y te peinaré y te daré de comer!

—Hombre, a un buen plato caliente no me negaría, la verdad —respondió el unicornio resignado.

Railey soltó una carcajada y añadió:

—Ya decía yo que tenías algo raro en la frente. Pero si realmente vienes del mundo faérico, ¿por qué no te muestras con tu forma humana?

—Porque aún no controlo mi transformación —admitió el unicornio con un toque de vergüenza.

—Pero nosotras sí —dijo la Dama Blanca, justo cuando un estruendo profundo resonó en el aire.

El sonido no fue más que el eco de su transformación. Tanto Karianna como Breena, que hasta entonces habían estado junto a Elora en sus formas mágicas, cambiaron de inmediato. La energía liberada por el cambio llenó el espacio y, en cuestión de segundos, las dos figuras que habían sido un unicornio y un ciervo ahora se erguían en sus majestuosas y poderosas formas humanas, alarmadas al ver lo que sucedía. ¡Yardan había sido capturado por unos insolentes humanos! Sin perder más tiempo, Breena lanzó un poderoso escudo mágico mientras la Dama Blanca se adelantó y, con la gracia y precisión de su cuerno, cortó las ataduras que sujetaban a su hijo. Tras liberarlo, regresó rápidamente junto a su compañera y comenzó a examinar que su pequeño estuviera bien. Inspeccionó sus cascos, patas, grupa, lomo, crines y cuerno. Estaba perfecto, salvo por un poco de barro en sus cuartos traseros, seguramente por revolcarse, como solía hacer.

Una vez que aseguró que Yardan estaba sano y salvo, lo puso detrás de ella y se giró con furia hacia los humanos.

—¡¿Cómo habéis osado, insignificantes humanos, secuestrar a mi hijo?! —vociferó con voz imponente.

—No, madre, no me han secuestrado —intentó explicar el cansado Yardan—. Estos amables señores se han confundido, pero ya me iban a…

—Deja hablar a los mayores, que bastantes diabluras has hecho hoy —intervino Breena con firmeza.

En ese momento, Elora gritó emocionada:

—¡Ay papá! ¡Papá! ¡Un unicornio mamá! ¡Quiero el grande para que cuide del bebé! ¡Y azí podré montarlo cuando zea reina! Pero quiero que se conviertan en unicornios otra vez, no quieron que tengan su forma humana. ¡No me gusta!

Karianna lanzó una severa mirada hacia la niña. ¿Cómo osaba dirigirse a ella de esa forma? ¿Acaso no sabía que estaba hablando con la mismísima Dama Blanca del Mundo Faérico?

—No sé si podremos quedarnos con tantos animales, hija. Luego comen mucho y hay que sacarlos de paseo —comentó Railey con cara de circunstancias.

Breena comenzó a mover lentamente sus manos mientras murmuraba algo en voz baja y el cuerno de su señora empezaba a brillar intensamente. Con una velocidad asombrosa, la Dama Blanca se lanzó hacia el captor de su hijo dispuesta a atacar. Su cuerno brillaba con un poder cegador y, en un solo movimiento, cortó el aire con una fuerza destructiva dirigida a liberar a Yardan.

En ese mismo instante, Railey se adelantó para proteger a su hija de lo que pudiera ocurrir. El anillo de rubí que llevaba en su mano comenzó a brillar con una intensidad inesperada. Lo levantó con determinación y, para sorpresa de todos los presentes, de él emergió un halo de fuego que se expandió rápidamente, envolviendo a todos los presentes y formando una barrera de llamas que envolvió a los piratas. 

La dama blanca intentó embestir la barrera, pero el fuego que la envolvía la quemaba cada vez que lo hacía. No se rindió. Volvió a cargar por segunda vez. Tercera. Cuarta. El escudo seguía intacto, pero tras un quinto y violento golpe, su poderoso cuerno logró abrir una pequeña grieta. La barrera comenzaba a debilitarse.

Breena se dio cuenta de que esa magia no era de ese mundo. Era una magia que le resultaba familiar, como si la hubiera visto anteriormente. ¿Sería magia faérica? Cuando comprendió lo que estaba ocurriendo, se quedó paralizada por un instante, helada ante la revelación. Tan pronto pudo reaccionar, gritó desesperadamente para detener el ataque insistente de su señora.

—¡Deteneos, mi señora! ¡Esa magia es… diferente! ¡Pertenece a…! —Breena intentó advertir, pero no logró terminar la frase.

Antes de que pudiera acabar, Karianna ya había decidido. Unió todas sus fuerzas y, con un gesto firme, hizo aparecer su báculo. Transformándose rápidamente en su forma humana, canalizó todo su poder y, con una energía arrolladora, golpeó la barrera una vez más. El escudo cedió, quebrándose con un estruendo ensordecedor. Todos cayeron al suelo arrastrados por la explosión de magia liberada.

Karianna abrió los ojos lentamente. Apenas tenía fuerzas y no recordaba con claridad lo que había ocurrido. A su lado dormían Yardan, Breena y los piratas. Se incorporó con esfuerzo, pues su cuerpo aún estaba débil por el esfuerzo. Lo primero que notó fue que el anillo en la mano de Railey, que seguía tendido en el suelo, volvía a relucir, aunque esta vez de manera más tenue. Un halo sutil emanaba de él.

El bucanero, sintiendo una quemazón en su piel, reaccionó rápidamente. Se incorporó levemente y, con gesto brusco, lanzó el anillo al suelo. El rubí brillaba débilmente mientras él observaba su mano con sorpresa.

—¿Qué está pasando? —murmuró Karianna mientras se acercaba despacio.

Esta vez, la llama que antes brotaba del anillo estaba fría. Algo extraño sucedía: poco a poco, una figura comenzó a formarse desde el anillo. Piernas, vientre, brazos, torso, cuello y, finalmente, una cabeza. La dama blanca se aproximó aún más, incrédula. Su corazón se encogió cuando finalmente reconoció lo que veía.

—No… —murmuró mientras un grito sordo escapaba de su garganta—. No puede ser….

Frente a ella yacía När, la anciana carmesí, que había emergido del propio anillo.

Breena, al tomar control de la situación, fijó su mirada en la sortija que aún permanecía en el suelo. Con un gesto rápido, invocó una poderosa magia. El aire de su alrededor pareció densificarse mientras canalizaba la energía necesaria. El cadáver de När, que yacía inmóvil ante ellos, comenzó a rodearse de un resplandor etéreo de color rojizo que parecia llamas y se desvaneció.

Karianna permaneció en silencio un instante como intentando apartar la pesadumbre que la embargaba. Finalmente, respiró hondo y habló con una voz más suave de lo habitual, pero aún cargada de autoridad.

—Hemos terminado. Seguir luchando no tiene sentido ahora… demasiadas vidas ya se han perdido hoy —dijo, sin mirar directamente a los piratas, con un leve temblor en su voz que enseguida reprimió—

Con un gesto casi imperceptible, como si la carga de lo sucedido aún pesara sobre ella, Karianna desvió la mirada.

—Hijo, Breena… vámonos —concluyó, su voz firme de nuevo, aunque sus ojos mostraban rastros de lo que intentaba ocultar.

Con esas palabras, los tres seres faéricos desaparecieron regresando a su mundo en un susurro de magia.

—¡Qué aventura, papá! ¡He vizto un unicornio y ezta vez de verdad! ¡Y hemoz hecho trez nuevoz amiguitoz y hemoz tenido un inolvidable y apazionante combate! —exclamó Elora con entusiasmo—. ¡Volvamoz al barco a contárzelo a papá!

Antes de que pudieran hacer el más mínimo movimiento, un grupo de piratas bucaneros irrumpió corriendo, sus rostros desfigurados por la preocupación.

—¡El capitán John Nathaniel ha desaparecido! —gritó uno de los piratas jadeando tras la carrera—. No está en los barcos ni en las tabernas… ¡ni en ningún sitio!

El corazón de Railey dio un vuelco. La desaparición de Nathaniel era lo último que esperaba oír después de todo lo que había sucedido. Sin perder un segundo, él y su hija Elora se lanzaron a correr junto a los filibusteros, dirigiéndose al barco con la esperanza de encontrar alguna pista que revelara el paradero de su capitán.

La playa, que antes estaba llena de estruendo y caos, quedó envuelta en un silencio inquietante. Las gaviotas y los cuervos, siempre oportunistas, empezaron a regresar poco a poco, reanudando su habitual lucha por los restos de comida esparcidos en la arena. El eco de sus alas y sus graznidos rompían la calma momentánea.

Sin embargo, uno de los cuervos no se unió a la habitual pelea por los despojos. Con un vuelo elegante, se posó suavemente junto al anillo que yacía en la arena olvidado tras la intensa batalla. Sus ojos, inusualmente brillantes, emitieron un destello rojizo, casi como si algo oscuro lo impulsara. Con un movimiento preciso, el cuervo recogió el anillo con su pico y, sin titubear, extendió sus alas en un poderoso batir.

El ave alzó el vuelo, alejándose velozmente en dirección a Calamburia donde, en la distancia, su señora le aguardaba.

204 – EL RESURGIR DEL INFRAMUNDO

Personajes que aparecen en este Relato

EL RESURGIR DEL INFRAMUNDO

De repente, el gran portón de nogal se abrió y apareció la comitiva de Kalzaria, encabezada por Cristóforo, uno de los piratas más valorados de la isla. Tras él caminaban Mairim, la Reina Pirata, su tío Efraín y Pierre Leblanc, miembro de la antigua orden de los Hombres del Rey Rodrigo.

Mientras Pierre avanzaba, una figura conocida lo detuvo en seco. Era Hernand de Lohan, el capitán de los Hombres de la Reina. Hernand, astuto y consciente de las dificultades económicas de su antiguo compañero Pierre, se había aprovechado de su situación en más de una ocasión. Sabía que, tras la caída de la orden de los Hombres del Rey, Leblanc y los pocos leales que quedaban a Rodrigo V, Petequia y su hijo Comosu, se encontraban en una posición precaria, obligados a aceptar trabajos al margen de su antigua gloria.

El episodio más reciente había tenido lugar en los calabozos de Tilaria von Vondra, donde de Lohan había manipulado a Pierre para llevar a cabo un oscuro encargo. Sin embargo, aquella vez fue diferente. Hernand, en su urgencia por cumplir la misión, le dejó a deber un favor importante, uno que Pierre no había olvidado. Ahora, aunque ambos seguían caminos opuestos, esa deuda seguía pesando en el aire y en el recuerdo de los soldados. Sin decir una palabra,  el capitán agachó levemente la cabeza, reconociendo que la obligación seguía vigente.

—Majestad —saludó Mairim inclinándose profundamente en señal de respeto, seguida por el resto de su comitiva. Su tono grave reflejaba el respeto que sentía—. Lamento profundamente vuestra pérdida. No puedo imaginar el dolor que debéis estar sintiendo. Si alguna vez necesitáis una confidente, contad conmigo.

Mientras asentía con un gesto leve, los ojos de Melindres se detuvieron en el pecho de la reina pirata. Al inclinarse, Mairim dejó al descubierto una marca que llamó la atención de Melindres. Era la señal del Titán, el mismo emblema que una vez había brillado en el torso de su difunto esposo y que, tal vez algún día, aparecería en sus propios hijos. Verla ahí despertó en Melindres una mezcla de sentimientos. Aquella marca simbolizaba el poder y la promesa de algo mucho más grande, algo que vinculaba a Mairim con un destino ancestral.

—Sabéis tan bien como yo que los tiempos que se avecinan no serán sencillos —dijo Melindres eligiendo cuidadosamente sus palabras. Apreciaba el gesto de Mairim, pero su dolor la mantenía distante. Este encuentro, lo sabía, trascendía el simple pésame—. Por eso os propongo una alianza defensiva —declaró Mairim con firmeza, consciente del peso que la reina Melindres cargaba y de lo que estaba por venir—. Los mares ya no son seguros y lo que amenaza a Calamburia pronto llegará a nuestras costas. Si unimos fuerzas, podremos proteger nuestros reinos y enfrentar lo que está por venir. No podemos permitir que la guerra nos divida: debe fortalecernos.

Melindres la observó en silencio, sopesando las implicaciones de la propuesta. Sabía que Mairim tenía razón y que el futuro requeriría más que simples alianzas políticas; se necesitarían guerreros dispuestos a sacrificarlo todo. Antes de que pudiera responder, Pierre Leblanc dio un paso adelante.

—Mi reina —intervino Pierre con un tono solemne—, en nombre de la antigua orden de los Hombres del Rey, juro lealtad hacia vos y vuestra familia. Aquellos de nosotros que permanecemos leales ahora nos comprometemos a unirnos a los Hombres de la Reina. Protegeremos este reino hasta nuestro último aliento.

Melindres asintió con mayor firmeza, reconociendo la importancia de sus palabras. Sin embargo, antes de que las reinas pudieran concluir su conversación, el gran portón se abrió de nuevo, revelando a los oscuros invitados del Inframundo. Amunet, con paso firme y una mirada que desafiaba a la corte, avanzaba bajo las miradas recelosas de los presentes. A su lado caminaba su esposo, Xezbet, seguido por los consejeros Barastyr y Érebos, cuyas sombras parecían alargarse a cada paso.

—Altezas —saludó Amunet con una reverencia elegante; su tono era suave, pero en sus palabras se deslizaba una sutil ironía—. Reina Mairim, es un honor conoceros. He escuchado historias sobre vuestras últimas gestas en los mares, y debo decir que vuestra reputación crece a pasos agigantados.

Dirigiendo entonces su atención a Melindres, su tono cambió levemente, cargado de una simpatía que no podía sino sentirse vacía:

—Reina Melindres, lamento profundamente la pérdida que habéis sufrido. Aunque me imagino que mi presencia aquí es, cuanto menos, incómoda para vos, os aseguro que no he venido para acrecentar vuestro sufrimiento. Más bien, mi intención es ofrecer un camino hacia el entendimiento… y, quizás, la paz.

Las palabras apenas habían salido de su boca cuando Zora, la reina madre, se levantó de golpe. Su rostro reflejaba una mezcla de ira contenida y dolor y su voz retumbó en la sala.

—¿¡Cómo osáis hablar de paz cuando habéis asesinado a mi nieto?! —exclamó Zora fulminando a Amunet con la mirada—. ¡Nos traéis promesas vacías, cuando vuestras manos están manchadas con la sangre de nuestra familia!

—¿Y estos son los modales de los famosos y nobles von Vondra? —rió Barastyr buscando la mirada cómplice de su compañero Érebos, quien respondió con una sonrisa siniestra, disfrutando del caos que se desataba.

—¡La reina madre tiene razón! —gritó Arishai poniéndose de pie al lado de Zora, su mano ya descansando sobre la empuñadura de su puñal—. ¡No hay tregua posible con quienes traen muerte y oscuridad!

Amunet permaneció imperturbable; su sonrisa apenas temblaba ante la reacción. Érebos, su consejero, soltó una risa sibilante.

—¿Qué os pasa, nobles guerreros? —dijo Érebos con sorna—. ¿Acaso os tiemblan las manos al recordar que ya habéis perdido a uno de los vuestros?

—¡Silencio, sabandijas! —gritó Kórux avanzando un paso con sus ojos brillando de furia—. ¡Cómo os atrevéis a insultar a la Corona! ¡Ya habéis causado demasiado dolor!

—Querido Kórux, siempre tan apasionado —respondió Barastyr con una voz suave pero gélida—. Hace mucho tiempo que ya no tienes autoridad sobre nosotros. Deberías aprender a aceptar tu derrota.

Minerva, que hasta ahora había permanecido en silencio, dio un paso adelante, decepcionada.

—Hace tiempo fuisteis mis alumnos —dijo con voz firme mirando a Érebos y Barastyr—. Nunca imaginé que llegaríais a esto. Aun con la oscuridad invadiendo vuestros corazones, podéis luchar por lo que un día fuisteis. El orgullo que sentí por vosotros es un recuerdo lejano, pero la redención aún es posible.

—¿Redención? —Érebos soltó una carcajada sarcástica mientras su voz resonaba en la sala.

—¡Qué ingenua sigues siendo, Minerva! —añadió Barastyr con tono mordaz—. No hay vuelta atrás para aquellos que han abrazado el poder verdadero.

En ese momento, Hernand de Lohan, capitán de los Hombres de la Reina, avanzó hasta quedar frente a Amunet y sus consejeros.

—Esta sala es un lugar de respeto y protocolo —dijo con severidad—. No permitiré que quienes traicionan la paz insulten a quienes la defienden. Si esto es una negociación, comportaos como es debido o ateneos a las consecuencias.

El silencio que siguió fue opresivo, pero no duró mucho. Amunet alzó su mano y habló con un tono que helaba la sangre.

—¡Basta! —la voz de Amunet cortó el aire, tan clara y fría como el hielo—. No he venido a luchar, ni tampoco mis consejeros. Estoy aquí para hablar de paz. Y si no podéis soportar escucharme, entonces esta reunión ha terminado antes de comenzar.

Un silencio tenso siguió a sus palabras. Los rostros de la corte reflejaban enojo y desconfianza, pero todos sabían que no era el momento de atacar. Melindres, con los ojos entrecerrados, se incorporó y ordenó cortante:

—Hablad entonces. Decidnos por qué habéis venido.

Amunet mantuvo su sonrisa, pero en su mirada se reflejaba una frialdad que igualaba la de Melindres.

—Es simple: tengo una propuesta —dijo con una voz suave, casi encantadora—. Sé que nuestras disputas pasadas han traído mucho dolor, pero el futuro podría ser diferente. Os propongo una tregua, un pacto que unirá nuestras familias y reinos de manera indisoluble —hizo una pausa deleitándose en el suspenso—. Propongo la unión de nuestra descendencia.

Un murmullo recorrió la sala. Mairim entrecerró los ojos y un destello de ira cruzó su rostro.

—¿Pretendéis que casemos a nuestros hijos con los vuestros? —escupió Mairim, incrédula.

—Exactamente —asintió la guardiana del Inframundo con tranquilidad—. De esta manera, nos aseguramos de que el Trono de Ámbar y el Inframundo estén siempre unidos. Vuestra sangre y la mía reinando juntas, garantizando la paz para Calamburia.

—¡Esto es una burla! —bramó Melindres furiosa, golpeando la mesa con el puño—. ¿Casar a mis hijos con los vuestros, Amunet? ¡Jamás! Jamás permitiré que la sangre de mi familia se mezcle con la de una asesina.

—¡Por encima de mi cadáver! —rugió la reina pirata, sus ojos brillando con una rabia contenida—. Mi pequeña Elora jamás se casará con esos… esos monstruos del Inframundo. Ni en esta vida ni en la próxima.

Mientras hablaba, la marca en forma de C que tenía grabada en su pecho comenzó a iluminarse, rodeándose de un aura dorada que irradiaba poder. El resplandor creció con intensidad, reflejando la furia y la determinación de la reina pirata. Junto a ella, Efraín entrecerraba los ojos, reconociendo al instante la señal. Sabía lo que aquello significaba: el poder del Titán estaba despertando en su sobrina.

Amunet, manteniendo su compostura, alzó una ceja en un gesto de ligera burla.

—Os pido que lo consideréis. Ninguna nacisteis para reinar, y ninguna quería hacerlo. Pero mirad dónde estáis ahora. Reináis porque alguien más lo quiso, porque otros os pusieron en ese lugar —hizo una pausa, observando el efecto de sus palabras—. Yo nací de la unión de todos los reinos: nací para gobernar. Si me dejáis hacerlo, seré la emperatriz de los dos mundos. Sólo así evitaremos más sangre y sufrimiento…

—Estáis realmente desquiciada —intervino Periandro visiblemente estupefacto.

Amunet giró su mirada hacia Periandro, sus ojos centelleando con un brillo peligroso.

—Desquiciada, dices —respondió con tono gélido—. No creo que quieras entender lo que verdaderamente está en juego. La paz que os ofrezco es el único futuro sin más derramamiento de sangre. Vuestra negativa solo traerá más muerte, más pérdidas para ambas partes. ¿Es eso lo que queréis?

—No tenéis derecho a hablar de paz —intervino Arishai con su voz resonando en la sala como un trueno—. Habéis traído oscuridad y destrucción a nuestras tierras. Vos y los vuestros —añadió mirando con desdén a los consejeros— no conocéis la lealtad ni la compasión. Solo venís por lo que podéis tomar por la fuerza o el engaño.

Barastyr, siempre listo para la confrontación, se inclinó hacia delante con una sonrisa burlona.

—La compasión es un lujo para los débiles. Y la lealtad… bueno, depende de a quién consideres digno de ella.

Mairim dio un paso hacia delante con los ojos clavándose en Amunet y sus consejeros.

—No se trata de fuerza o engaño. Se trata de defender lo que es nuestro. Y no os equivoquéis, Amunet, no vais a tomar lo que pertenece a mi familia, ni a la de Melindres, ni a Calamburia. No mientras yo siga respirando.

Xezbet, que hasta entonces había permanecido en silencio, alzó su voz con una calma perturbadora.

—Lo que pertenece a una familia o un reino es algo que se puede discutir, reina pirata. El poder cambia de manos constantemente. Lo que hoy es vuestro, mañana puede no serlo. ¿Por qué aferrarse a algo que el tiempo acabará tomando de todas formas?

Melindres se inclinó hacia la mesa, mirando fijamente a Amunet.

—Lo que es nuestro no será tomado por la fuerza ni por vuestras manipulaciones, Amunet. No habrá alianza, ni tregua. No con la sangre de mi hijo todavía fresca. No con vuestros monstruos invadiendo nuestras tierras.

Amunet se mantuvo impasible, pero la tensión en la sala era palpable. Finalmente, rompió el silencio con una sonrisa apenas perceptible.

—Lo entiendo. —Hizo una pausa, permitiendo que el silencio recobrara su dominio antes de continuar—. Pero recordad mis palabras: habrá un momento en el que no tendréis otra opción que aceptar mi oferta… o perecer.

En ese instante, Inocencio I, que había observado la discusión con seriedad, intervino por primera vez.

—No más amenazas veladas, Amunet. Si habéis venido a ofrecer paz, hacedlo, pero no con condiciones que mancillen el honor de estas familias.

Amunet lo miró fijamente mientras su sonrisa se desvanecía con lentitud.

—Tenéis razón  —asintió levemente. La decisión estaba tomada—. Esto no es una amenaza, sino una advertencia. Escoged si este será el final de vuestras dinastías o el comienzo de algo más grande. Solo espero que, cuando llegue el momento, no sea demasiado tarde para cambiar de opinión.

La tensión en la sala era insoportable. Todos los presentes estaban en guardia, listos para cualquier movimiento. Melindres, con el rostro endurecido por la ira, se levantó lentamente de su asiento.

—No voy a cambiar de opinión —sentenció—. Ni ahora, ni nunca. Podéis mantener vuestras promesas vacías y vuestras amenazas. No habrá alianza. No habrá tregua. Y si pretendéis seguir insistiendo, lo único que os espera es una guerra que no podréis ganar.

Amunet permaneció en silencio por un momento, evaluando las palabras de la reina. Luego, se levantó enfrentando a Melindres con una calma perturbadora.

—Una guerra que, creéis, no puedo ganar… —dijo Amunet dejando que sus palabras fluyeran con suavidad—. Pero el tiempo siempre juega a favor de aquellos que tienen paciencia.

—Basta ya de palabrería, Amunet —intervino Mairim dando un paso hacia delante—. Si estáis aquí para pelear, no nos hagáis esperar. Pero si aún creéis en vuestra oferta de paz, demostrad que sois capaz de algo más que amenazas veladas y manipulación.

Mientras hablaba, la luz de la marca del Titán se intensificaba cada vez más. Desde el otro lado de la sala, Inocencio I cambió su expresión al instante, reconociendo el poder que emanaba de ella. La energía que irradiaba ya no solo era palpable, sino que parecía alterar el aire a su alrededor, como si la misma esencia del Titán respondiera a su llamada.

Impresionado por la creciente intensidad del aura de su sobrina, Efraín retrocedió un paso. El resplandor, más fuerte y vibrante, llevaba consigo una advertencia inconfundible: el despertar del Titán era inminente y su poder se canalizaba a través de Mairim.

A pesar de todo, la reina pirata no retrocedió ni un ápice. Su mirada, fija en Amunet, reflejaba no solo ira, sino también una determinación implacable. La intensidad del aura dorada que la rodeaba era el eco de su promesa: proteger lo que le pertenecía a ella y a los suyos, sin importar el costo.

—Escuchadme bien, porque no lo volveré a repetir —Melindres se levantó con una furia incontrolable, dando por terminadas las negociaciones—. Jamás permitiré que volváis a pisar Calamburia. Regresad al infierno al que pertenecéis y no volváis a poner un pie en mis tierras.

El silencio que siguió a sus palabras era como el instante antes de la tormenta y, en un solo segundo, la sala se convirtió en un campo de batalla. De pronto, fue Xezbet quien hizo el primer movimiento, sin necesidad de alzar la voz ni el báculo. Se acercó a Periandro susurrando suavemente con su voz seductora y peligrosa:

—No tienes por qué seguir luchando por ellos. No lo merecen. Acaba con esto ahora mismo…

Periandro, con su mente nublada por el hechizo, levantó su varita. Sus ojos, vacíos, se dirigieron a la reina Melindres y un destello de magia oscura brilló en la punta de su varita antes de que un rayo de energía saliera disparado directamente hacia ella.

—¡No! —gritó Minerva desde el fondo de la sala, intentando reaccionar.

Antes de que el rayo alcanzara a Melindres, Hernand de Lohan se lanzó hacia ella, interponiendo su cuerpo en el camino del ataque. La centella lo golpeó en su pierna, haciéndolo caer de rodillas. En ese momento, un recuerdo cruzó la mente de Melindres. No había estado presente, pero las palabras de Periandro, aquel que ahora lanzaba el ataque, resonaban en su mente. Él había sido quien le contó la desgarradora historia de su hijo Sancho, meses atrás. Le habló de cómo el pequeño se había arrojado con valentía delante de Rodrigo, su hermano mayor, protegiéndolo de un destino fatal y perdiendo su propia vida en el proceso de salvar la del primogénito. Aquella historia volvió a atormentarla. Hernand, ahora caído frente a ella, recreaba de manera cruel ese mismo sacrificio. La impotencia la paralizaba, atrapada entre el pasado y el presente. Sancho ya no estaba, y ahora Hernand seguía el mismo destino.

—¡De Lohan! —exclamó Melindres sobresaltada, mientras el capitán de los Hombres de la Reina luchaba por mantenerse en pie.

A pesar de la herida, Hernand no dejó caer su mosquete. Con una determinación feroz, levantó el arma, apuntó directamente hacia Xezbet y disparó. La bala voló hacia su objetivo pero, justo antes de impactar, desapareció en una nube de magia demoníaca, esfumándose con un retorcido susurro que resonó por la sala.

—¡Maldito seas, engendro! —rugió Hernand tambaleándose, pero aún en pie, mientras las sombras se desvanecían donde el demonio había estado. Sin embargo, el demonio no había desaparecido del todo. Otro susurro oscuro volvió a invadir la sala cuando Xezbet reapareció en otro rincón, observando desde las penumbras con una sonrisa torcida, preparándose para su siguiente movimiento.

Mairim sentía cómo la energía del Titán seguía fluyendo a través de ella, envolviéndola en su aura dorada. Con esa fuerza sagrada canalizada, la elegida del Titán dirigió todo su poder hacia Xezbet en un devastador ataque luminoso. El demonio, consciente del peligro, reaccionó al instante conjurando un escudo mágico que lo rodeó, manteniéndolo a salvo mientras su energía se regeneraba.

El impacto del ataque resonó en la sala, liberando una oleada de poder que sacudió el aire a su alrededor. Aprovechando ese momento, Inocencio I alzó su brazo al cielo y comenzó a entonar palabras sagradas al Titán. Su invocación llenó el aire de una vibración poderosa, sincronizándose con la energía que Mairim había liberado. El sumo pontífice canalizó esa energía sagrada para proteger a Melindres con una luz cálida que descendió sobre ella, formando una barrera luminosa que defendía a la reina de las oscuras influencias que la rodeaban.

Tras el éxito de su ataque, la reina pirata dio un pequeño salto de alegría que recordaba a la Mairim despreocupada de su juventud. La felicidad de saber que era la elegida del Titán la envolvía. Estaba lista para seguir luchando al lado de su tito Efraín con todo el poder que la energía del Titán le otorgaba.

En medio del caos, Cristóforo, siempre ágil y con la rapidez de los piratas, se lanzó a la acción. Con un salto veloz, desenfundó su sable y se dirigió hacia Érebos, que estaba sumido en la oscuridad. El filo de su arma cortó el aire, buscando hacer retroceder al consejero del Inframundo.

—¡Atrás, sombra vil! —gritó Cristóforo con unos movimientos precisos que intentaban abrir una brecha en las defensas del enemigo.

Sin embargo, antes de que pudiera asestar un golpe decisivo, Barastyr y Érebos intercambiaron una mirada rápida y, en un instante, Érebos lanzó una oleada de sombras para desorientar al pirata, mientras su compañero Barastyr invocaba un rayo de energía oscura que golpeó al filibustero directamente en el pecho, derribándolo con fuerza.

Cristóforo cayó al suelo, inconsciente, y su sable rodó por la sala lejos de él. En ese momento, los consejeros aprovecharon la confusión para desatar todo su sombrío poder. La sala se oscureció rápidamente, las sombras comenzaron a arremolinarse alrededor de los pies de sus enemigos y pronto empezaron a engullir a los presentes.

Pierre Leblanc, con el mosquete en mano, intentó ayudar al pirata disparando contra Érebos, pero las sombras desdibujaban su objetivo, haciendo imposible apuntar con precisión. A su lado, Hernand intentaba poner a resguardo a Zora, mientras la oscura nube parecía aumentar en fuerza, envolviéndolos como una marea negra.

En medio de la confusión, la reina madre, con la ayuda de de Lohan y con movimientos rápidos y precisos, consiguió ocultarse detrás de la majestuosa mesa, protegiéndose de los embates de las sombras que se arremolinaban a su alrededor. Aunque a salvo, podía sentir el peligro cada vez más cerca, mientras los demoníacos poderes del Inframundo seguían extendiéndose por toda la sala.

—¡Abraxas! —gritó Amunet alzando su báculo. Un rayo cayó del techo y golpeó a Kórux, quien se tambaleó, aunque su poder le permitió resistir el impacto inicial.

—¡No podemos permitir que caiga el archimago! ¡Formad un perímetro a su alrededor! —ordenó Arishai con la firmeza de un estratega veterano. Avanzó con su daga en alto y, con la precisión de un escorpión acechando a su presa, se lanzó directamente hacia Érebos. La cuchilla brillante cruzó el aire y, aunque el consejero intentó desvanecerse en la penumbra, Arishai logró darle un corte en el brazo. De la herida brotó sangre oscura, que cayó al suelo y empezó a borbotear, mientras Érebos retrocedía con una risa envenenada.

—¡Vaya, el escorpión ha clavado su aguijón! —rió Érebos con venenosa  ironía, observando la sangre que brotaba de su herida—. Pero déjame mostrarte lo que sucede cuando juegas con la Oscuridad.

Con un movimiento rápido y un murmullo en una lengua arcana, Érebos extendió su mano hacia Arishai. De su palma surgió una ráfaga de sombras que envolvió al líder de los escorpiones y lo lanzó por los aires. El cuerpo de Arishai voló violentamente hacia atrás, golpeando las paredes del salón con un estruendo, antes de caer al suelo, inconsciente.

—La Oscuridad siempre reclama su venganza —añadió Érebos con una sonrisa torcida, mientras las sombras a su alrededor volvían a agitarse.

—¡Áxbalor! —exclamó con ira la guardiana del Inframundo, invocando el poder del demonio de los afectos. De pronto, los aliados de la Corona comenzaron a enfrentarse entre sí. Celos, desconfianza y antiguas rivalidades afloraron con una violencia brutal, pero también surgieron pasiones desbocadas y deseos irracionales.

En ese momento, Mairim miró a Efraín con una mezcla de furia y resentimiento que nunca antes había sentido tan intensamente. Su voz salió afilada como un puñal.

—¡Siempre has querido quitarme el mando! —gritó la reina pirata a su tío con rabia— ¡Eres igual que el resto de la familia, incapaz de aceptar que soy mejor capitana que tú!

—¡¿Mejor capitana?! —respondió el aludido, enfurecido por el encantamiento del demonio—. ¡No durarías ni un solo día sin mí, niña arrogante! ¡Te lo he dado todo!

Mientras tanto, Pierre Leblanc, que intentaba proteger a Zora, sintió cómo el hechizo de Áxbalor se apoderaba de sus emociones. Incapaz de resistir la atracción que ejercía sobre él, volvió la mirada hacia Hernand de Lohan, quien, herido pero todavía en pie, lo observaba con una mezcla de dolor y deseo.

—Siempre has sido el favorito de los reyes —murmuró Pierre, pero esta vez sus palabras no contenían rencor—. ¿Es esto lo que querías? ¿Verme arrodillado ante ti?

Hernand, también dominado por el hechizo, sintió un impulso incontrolable de acercarse a Pierre. A pesar de la confusión que lo envolvía, no pudo resistir el embrujo. Tomó a Pierre por los hombros con una mezcla de pasión y desconcierto.

—Pierre… —murmuró con las palabras fluyendo entre la atracción y el caos de la batalla—. Siempre he sentido que tú y yo éramos más que compañeros de armas. Tal vez la guerra no sea lo único que nos une…

El hechizo de Áxbalor distorsionaba la realidad, desdibujando la línea entre odio y deseo, mientras antiguos rencores se transformaban en deseos irracionales. La tensión entre los dos hombres se hizo palpable, atrayéndolos inevitablemente el uno hacia el otro en medio del caos de la batalla.

Mairim y Efraín continuaban gritándose, mientras Kórux, sacudido por el rayo de Abraxas, intentaba recuperar el control de la situación. Sus ojos ardían con una furia controlada, pero el poder de Amunet estaba acorralando a todos sus aliados.

—¡Luxanna! —gritó la emperatriz del Inframundo invocando al súcubo que quitaba los sentidos. Al instante, una neblina oscura cegó a varios de los presentes.

—¡Maldita sea, no puedo ver! —gritó Mairim disparando a ciegas.

Efraín, todavía cegado por la rabia inducida por Áxbalor, disparó su trabuco en una dirección errática, casi golpeando a Minerva, quien tuvo que agacharse rápidamente para evitar el proyectil. Mientras tanto, Kórux, con sus sentidos aún intactos, concentró toda su magia para intentar contrarrestar el caos que Amunet había desatado. Levantó su varita con firmeza,  y su voz resonó clara por encima del tumulto.

—¡Esto no ha terminado! —gritó liberando una oleada de luz blanca que empezó a disipar la maldición de Luxanna y el influjo de Áxbalor.

Sin embargo, Amunet ya tenía a todos atrapados. Sus poderes, invocados con precisión y crueldad, habían debilitado a los defensores. Uno a uno, los miembros de la Corte de Ámbar comenzaron a caer. Finalmente, sólo quedaban Amunet y Kórux, enfrentándose cara a cara mientras los demás yacían desmayados, atrapados o heridos.

—Esto se acaba aquí —dijo el archimago, firme y plantado frente a la emperatriz del Inframundo.

—No, Archimago —sonrió Amunet con una calma perturbadora—. Esto es solo el comienzo.

El enfrentamiento entre ambos alcanzó su punto álgido cuando la señora del Inframundo, con el báculo elevado y el poder de los demonios girando a su alrededor, lanzó una última amenaza.

—¡Esto no termina aquí, archimago! Seré la emperatriz de los dos mundos —gritó Amunet—. ¡Abraxas, Luxanna, Xantara, todos conmigo!

Sin embargo, antes de que pudiera invocar a más demonios, Kórux, con una determinación feroz, concentró todo su poder en un solo ataque. Con un rápido movimiento de su varita, lanzó una esfera de pura magia blanca directamente hacia Amunet. El impacto fue tan violento que su poderoso báculo tembló entre sus manos y, durante un breve instante, los demonios atrapados en su interior se desvanecieron en silencio. La oscuridad que la rodeaba comenzó a disiparse y Amunet, sorprendida e incrédula, dio un paso atrás.

Aunque debilitada, la emperatriz no estaba derrotada. Miró a su contrincante con sus ojos llenos de odio y una promesa de venganza. No era el momento de continuar. Con un suspiro contenido, su cuerpo empezó a envolverse en sombras.

—Parece que finalmente hoy no será vuestro último día —dijo, su voz suave pero teñida de una condescendencia calculada—. Este lugar está envuelto en luto por el príncipe fallecido, y sería una pena que alguien más tuviera que unirse a ese duelo tan… pronto. Me retiraré… por ahora.

Una sonrisa cargada de falsa piedad se dibujó en sus labios mientras miraba a su alrededor. Sabía que, aunque no había logrado imponer su pacto, había conseguido lo que de verdad buscaba.

Amunet desapareció junto a su séquito, dejando tras de sí un aire de amenaza y promesas rotas.

En la sala, los presentes empezaron a recuperar la consciencia lentamente, sin pronunciar palabra. El duelo por el príncipe ahora se mezclaba con la sensación de que algo más oscuro y profundo estaba en marcha. Melindres, con el semblante endurecido, fue la única en hablar.

—Puede que te hayas retirado hoy —murmuró mirando el lugar donde Amunet había estado—, pero cuando regreses no habrá tregua, ni negociación. Solo quedará mi venganza.

Con esa declaración, selló la certeza de que la próxima batalla no sería de palabras, sino de sangre; aunque tuviera que morir en el intento.

Mientras los presentes asimilaban las palabras de la reina, Kórux intentó avanzar hacia la salida, buscando el rastro de los invasores, pero una mano lo detuvo. Era Minerva, que se acercó con cautela y le susurró con voz baja y calculada:

—Quédate, viejo amigo. Lo que ha comenzado aquí no se resolverá con simples hechizos. Tengo un plan, uno que nos permitirá anticiparnos a Amunet. Es tan audaz, tan cercano a sus propias artimañas, que jamás lo verá venir. Y lo más poético es que ha sido ella misma la que ha hecho que se me ocurra —añadió con una sonrisa que al archimago se le antojó ligeramente sádica.

Kórux se detuvo fijando su mirada en su compañera. Comprendió entonces que la verdadera batalla aún estaba por librarse, no solo en los campos de Calamburia, sino en las mentes y corazones de aquellos que aún resistían. Y si alguien tenía un plan capaz de salvar el reino, esa mente brillante y astuta solo podía ser la de su querida Minerva.