245 – UN VÍNCULO IRROMPIBLE II

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UN VÍNCULO IRROMPIBLE II

—Por aquí, Majestad —urgió Periandro Sibyla, conduciendo a Doddy por el pasillo del bastión—. Refugiaos, sus muros son inexpugna…

Pero la frase no llegó a completarse.

Una bruma negra descendió del cielo como si el crepúsculo se hubiese acelerado de golpe. El aire se tornó espeso. El suelo vibró.

Amunet apareció en el centro del patio, rodeada por una nube de oscuridad palpitante. El báculo impactó contra la piedra y la resonancia sacudió las ventanas del bastión. En su interior, las súcubas Nexara, Luxanna y Xantara se agitaban con furia contenida, como si supieran que pronto serían llamadas. El metal del báculo vibraba con impaciencia, no por voluntad propia, sino por la de quienes vivían atrapadas en su núcleo.

A su lado, emergiendo del mismo torbellino de sombras, Arnaldo caminaba con aplomo. El turbante azul celeste enmarcaba su rostro sombrío. Brazaletes de cuentas tintineaban mientras acariciaba la empuñadura curva de su daga zíngara, ornamentada con filigranas oscuras. El chaleco púrpura brillaba con reflejos espectrales. Su mirada no dejaba lugar a dudas: venía dispuesto a conseguir algo.

—Uy, perdón —dijo Amunet con una sonrisa tan afilada como el acero—. Debería haber mandado una nota. ¡Qué torpe soy! Pero ya que estoy aquí, mago erudito… ¿no quieres que nos divirtamos un poquito?

Periandro alzó la varita y, al hacerlo, el aire pareció inmovilizarse a su alrededor. No fue magia visible, ni conjuro inmediato, sino la pausa previa a lo inevitable, ese segundo suspendido en que el mundo aguanta el aliento. A su lado, Doddy dio un paso adelante. Lo hizo con decisión, casi con orgullo, y empuñó la espada de los Rodrigo como quien recoge un legado, no un arma. No brillaba, no ardía, no murmuraba conjuros antiguos. Pero pesaba. Pesaba con siglos de historia, con juramentos olvidados, con el linaje de un reino entero que aún latía en la empuñadura. A veces, pensó el joven, eso era suficiente.

—¡No os dejaremos pasar! —proclamó Periandro, su voz atravesando la bruma con firmeza, como una sentencia escrita en piedra. Al pronunciarlo, sus ojos se clavaron en la figura que emergía lentamente del humo: Amunet.

Ella no respondió de inmediato. Inclinó la cabeza con suavidad y una sonrisa le curvó los labios con la despreocupación de quien se sabe inevitable. Había en su gesto una arrogancia tan pulida que no necesitaba palabras, pero aun así las ofreció.

—¿No? Entonces necesitaremos… una pequeña ayuda —susurró Amunet mientras alzaba el báculo con parsimonia, como quien activa un mecanismo que conoce demasiado bien—. Nexara.

Y fue entonces cuando lo invisible se volvió tangible.

No hubo estallido. No hubo fuego ni sombras. Fue peor: una oleada de pensamiento, intangible pero brutal, barrió el patio como una tormenta sin rostro. Periandro sintió cómo su mente se fragmentaba de inmediato, como un espejo resquebrajado por dentro. Voces que no eran suyas comenzaron a taladrarle el pensamiento, susurrando con la crueldad de lo familiar. “No eres suficiente”. “Ella ya lo sabe”. “Tus errores han costado vidas”. Palabras que no reconocía, pero que resonaban como si fueran suyas.

Se tambaleó, dio un paso atrás. La varita le tembló en la mano, no por miedo, sino porque el equilibrio interior se deshacía como agua entre los dedos. Era una batalla que no podía ganar con hechizos, porque el enemigo estaba en su propia cabeza. Doddy lo notó al instante.

—¿Pedianddo?

Periandro no respondió. No podía. Solo se gritó a sí mismo con todas sus fuerzas.

—¡Silencio!

Pero el grito fue inútil. Una lágrima se deslizó por su mejilla, involuntaria, y no de dolor físico, porque Nexara no hería la carne. Su veneno era más sutil, más profundo. Envenenaba la mente.

Y justo entonces, como si aquel instante de vulnerabilidad hubiese sido la señal convenida, Arnaldo se abalanzó sobre el heredero. El zíngaro se movía con la precisión de un bailarín de guerra y cada golpe de su daga curva era una afirmación, un mensaje letal. Doddy apenas tuvo tiempo de alzar su espada, pero lo hizo. Y resistió.

—¡Soy el hedededo! —bramó mientras desviaba un tajo que habría abierto su costado de parte a parte.

Arnaldo sonrió, frío, como si todo formara parte de una danza conocida.

—Pero no por mucho tiempo —murmuró, y retrocedió un paso justo cuando Amunet, avanzando un poco más, volvió a hablar con la misma calma letal.

—Luxanna.

La palabra fue como una campana que nadie escuchó, y sin embargo, lo cambió todo.

Una nube oscura se cerró en torno a Doddy. No era negrura ordinaria, sino un velo húmedo y opresivo que robaba los sentidos uno a uno. Primero el sonido. Luego la visión. Después, el equilibrio. El mundo entero colapsó a su alrededor, y en el abismo donde fue arrojado no había arriba ni abajo, ni luz ni sombra. Solo la sensación perpetua de caída, una caída infinita, silenciosa, imposible de detener.

La espada se le resbaló de entre los dedos. Cegado, desorientado, privado de todo sentido, Doddy cayó de rodillas sobre la piedra agrietada del bastión. A su alrededor, el mundo ya no tenía forma ni sonido. Era oscuridad líquida, temblorosa, un abismo sin fondo que lo tragaba todo, incluso el miedo. Solo el tacto áspero del suelo bajo sus manos y el vértigo que le estallaba en las sienes lo mantenían anclado a una realidad que ya no sentía como suya.

Desde unos pasos más atrás, Periandro percibió el derrumbe y reaccionó con un grito.

—¡Majestad!

Con un esfuerzo colosal, se sacudió de encima las voces intrusas que seguían taladrándole el pensamiento. “No eres suficiente”, “ella ya lo sabe”, “es tu culpa”… Nexara aún se aferraba a los bordes de su mente, pero él la apartó con una voluntad que ya no nacía de la magia, sino del amor a lo que debía proteger. Alzó la varita. Durante un segundo eterno, el aire se congeló. Todo se detuvo.

—Flammae Veritatis.

El hechizo brotó de su garganta como un canto sagrado. La llamarada de luz blanca cruzó el patio como un juicio inapelable, y se lanzó directa al pecho de Amunet. Pero la emperatriz, inmóvil, giró su báculo con elegancia y desvió el impacto como quien aparta una hoja caída de su hombro.

—Estás mermado, erudito —dijo con una dulzura envenenada, casi maternal—. El orbe ha hecho mella en ti.

—No tanto… como para rendirme —replicó Periandro con voz ronca, aún en pie, aunque el suelo comenzaba a fallarle.

A su lado, Arnaldo susurró un conjuro en zíngaro. No fue un grito, ni un canto ritual: fue una orden discreta, peligrosa. Y de inmediato, de entre las grietas del patio, brotaron raíces negras que se enroscaron con violencia en los tobillos de Periandro, lo atraparon como cadenas vivas. El mago forcejeó. Intentó romperlas. Pero su poder flaqueaba. El suelo, que momentos antes respondía a su voz, ahora parecía escucharlo a medias.

Amunet, sin prisa, giró su báculo una vez más.

—Xantara.

La ráfaga no se vio, pero el resultado fue inmediato. Doddy, aún de rodillas, se irguió de pronto como si una cuerda invisible tirara de su espalda. Sus músculos estaban tensos, sus ojos vacíos. El cuerpo se movía, sí… pero ya no le pertenecía. Como una marioneta sin voluntad, alzó el brazo con lentitud, y la espada —esa reliquia que no contenía magia, pero sí memoria— giró en su mano hasta apuntar a Periandro.

—¡No…! —gimió el joven, con la voz atrapada en su garganta, consciente del horror, incapaz de detenerlo.

—Te tengo… —susurró Xantara desde lo más hondo de su mente. Nadie más oyó su voz, pero él la sintió reptar como una serpiente bajo la piel.

El acero descendió. Doddy, movido como un mísero títere por efecto del poder de la súcuba, estaba atacando a su amigo Periandro.

El mago erudito intentó retroceder, pero no fue lo bastante rápido. La hoja le rozó la sien con un corte limpio, y un hilo de sangre cálida descendió por su mejilla. El segundo golpe venía en camino, más rápido, más certero.

Y entonces, con la serenidad del sabio que sabe perder sin odio, murmuró:

—Perdóneme… su majestad.

No gritó. No tembló. Solo agitó la varita y conjuró una onda de choque que, sin violencia, alejó a Doddy de su alcance. No lo hirió. Solo lo salvó.


Entre los rosales hechos jirones, Hilario de Duff Colby abrió un ojo. Vio fuego. Vio columnas de luz surgiendo del suelo. Vio a su Rey, espada en alto, a punto de hundirla en el pecho de su maestro.

—¿Pero esto qué es…? Yo es que no puedo con tanto drama —susurró, con la voz quebrada por la indignación.

Y se desmayó de nuevo, con la dignidad de quien ha sido educado para las intrigas cortesanas, pero no para presenciar batallas infernales.


Periandro se incorporó despacio, con el cuerpo entumecido por el esfuerzo y la sien marcada por la hoja de la espada real. La sangre, ya tibia, le surcaba el rostro, mientras su varita seguía firme en su mano, como si no hubiera fuerza en el mundo capaz de arrebatársela. Cansado, sí, pero no vencido, elevó la voz y pronunció las palabras con la solemnidad de un sabio que conoce que cada sílaba puede pesar más que una espada.

—Sapientia… Perennis… Excelsa Ratio.

El bastión entero pareció contener el aliento. Bajo sus pies, el suelo tembló con un pulso antiguo y profundo, y desde las raíces de la piedra comenzaron a surgir columnas de luz dorada, alzándose hacia el cielo como ramas de un árbol invisible. Aquella magia no era violenta ni arrogante. Era majestuosa. No buscaba herir, sino proteger. El saber se hizo forma. La memoria se convirtió en defensa. Y, por un instante, el Bastión de los Colby resplandeció como una catedral del pensamiento.

Amunet entrecerró los ojos, cegada por la claridad. Dentro del báculo, Nexara aulló, frustrada; Luxanna rugió, exigiendo liberación; y Xantara, debilitada, se quebró como si hubiera sido ahogada por el poder del mismo báculo que la contenía, como si el resplandor del hechizo la hubiera obligado a replegarse dentro de su prisión de magia y metal. Arnaldo, por su parte, retrocedió un paso. No se pronunció, pero tensó la mandíbula, midiendo en silencio la energía que acababa de desplegarse, como un jugador que descubre que el tablero ha cambiado.

—¡Y ahora márchate, Emperatriz del demonio! —exclamó Periandro con un grito que llevaba consigo todo el peso de su linaje, de los tomos estudiados, de las noches sin sueño—. ¡Sin tus huestes no podrás tomar estas tierras!

Amunet respiró hondo, y aunque su rostro reflejaba el poder del hechizo, en sus labios seguía dibujada esa sonrisa ladeada que nunca se permitía perder.

—No vengo a tomar nada —dijo con calma—. Solo os he visitado para obtener cierta información.

Sus ojos buscaron a Doddy, que trataba de ponerse en pie mientras se sujetaba el costado. Le temblaban las manos y aún tenía el cuerpo marcado por el dominio de Xantara, pero su mirada ya era de nuevo la suya. En ese instante, Amunet supo que era su oportunidad para conseguir la información que tanto ansiaba

—Por última vez… ¿dónde están las niñas?

Periandro, sin moverse un ápice, respondió con la voz clara y sin adornos.

—Puedes torturarnos, incluso matarnos, pero siempre te quedará la certeza, en lo más hondo de tu alma, de que hay herederas al trono con mayor legitimidad que la tuya. Y de que tu reinado es un coloso con los pies de barro.

Doddy levantó la cabeza, con esfuerzo, y habló con un hilo de voz que no temblaba.

—Bien dicho, Pedianddo. Ni siquieda los poderes de tus demonios sedían capaces de sonsacad la veddad a quien no la sabe —sentenció con suficiencia—. ¡El plan de Minerdva es infalible!El 

Periandro cerró los ojos, exhalando con resignación.

—Oh no… lo ha dicho…

La carcajada de Amunet se alzó como un trueno que rebotó en cada columna del bastión. Sonaba antigua, cruel y auténtica. La risa de quien no necesitaba fingir sorpresa porque, una vez más, el mundo le entregaba lo que necesitaba sin pedirlo.

—Nunca pensé que sería tan fácil —murmuró, girándose hacia Arnaldo con una mirada encendida de ambición—. Así que lo único que tengo que hacer es dar con la directora de la Torre de Magia.

Su sonrisa, ahora sin disimulo, se convirtió en una orden silenciosa. Arnaldo asintió.

—Vámonos. Entraré en Skuchaín cuando menos se lo esperen y conseguiré lo que he venido a buscar.

El aire se quebró con un estallido de niebla negra. Un remolino oscuro los envolvió y, en un instante, ambos desaparecieron.


Doddy cayó sentado sobre las losas, agotado. Su cuerpo, todavía estremecido por el esfuerzo y la posesión, apenas respondía. Respiraba con dificultad, y había en sus ojos un atisbo de vergüenza que no sabía cómo verbalizar.

—Lo siento, Pedianddo… ¿He hecho algo mal?

Periandro, con la varita aún en la mano, se acercó a él y le posó una mano sobre el hombro. Su gesto fue lento, medido, no como quien reprende, sino como quien consuela.

—Ahora irán a por mi tía Minerva.

Se incorporó con dificultad, tambaleándose al principio, pero decidido.

—¡Rápido! Tengo que llegar antes que ellos a la Torre Arkhana. La directora de la escuela y vuestras hijas están en peligro.

Periandro rebuscó en su túnica con manos temblorosas hasta encontrarlo: un pequeño cubo de cristal, apenas del tamaño de una nuez, delicado como el alma de un recuerdo. Lo sostuvo con firmeza, lo acercó a sus labios y habló con voz contenida:

—Tía Minerva. No sé dónde os encontráis. Si estáis oyendo esto, es que el tiempo se nos ha acabado. Rodrigo ha caído. Amunet ha descubierto el plan. Sabe que ocultasteis a las niñas. No sé cuánto sabrá. Ni hasta dónde llegará. Pero escuchadme: ya no estáis seguras. Voy en busca de mi hermana Carmélida. También debe conocer la verdad. No localizo a Aurora.

El cubo emitió un leve zumbido. Una luz azulada brotó de su interior y, al soltarlo, se elevó en el aire. Vibró un instante y desapareció en un parpadeo, dejando tras de sí un hilo de luz que se deshilachó con el viento.

Solo entonces, sin esperar respuesta, Periandro cerró los ojos un instante, concentrando la poca energía mágica que le quedaba. La varita tembló en su mano, aún manchada de sangre, y trazó en el aire un signo que conocía bien, aprendido años atrás en las clases de Gónagan, maestro severo y experto en invocaciones. En aquel tiempo, le pareció un hechizo ornamental, una reliquia académica más que un recurso real. Ahora entendió para qué lo habían obligado a repetirlo: para que el cuerpo no dudara cuando todo duda; para que el gesto exacto apareciera incluso con la sangre aún fresca y la varita temblando.

—Equus Temporae.

El suelo vibró bajo sus pies y, en medio de un remolino de viento y luz, surgió un caballo etéreo. Tenía la piel color ceniza y los ojos brillaban como carbones vivos. No relinchó. Solo aguardó. Periandro montó con agilidad, ocultando el dolor de su costado bajo una capa de compostura.

—Cuídese, su majestad —dijo, girando brevemente la cabeza hacia Doddy—. Lo que se cierne sobre nosotros reclamará hasta el último aliento de quienes aún luchamos por esta tierra.

Espoleó al animal, que respondió con un galope silencioso y certero. El conjurado corcel atravesó el patio como una sombra veloz, dejando tras de sí un rastro de chispas plateadas y polvo flotante. Las piedras del Bastión parecieron estremecerse a su paso.

Y entonces, al tomar el desvío hacia el este, cuando aún no había recorrido ni una legua, algo rompió el ritmo de la huida. A lo lejos, en el sendero que descendía desde la torre del vigía, un clamor rasgó el aire como un presagio.

Un jinete real, herido y cubierto de sangre, se acercaba tambaleándose, con el estandarte de la casa Von Vondra desgarrado sobre el brazo. Su caballo resoplaba extenuado. Periandro detuvo el galope. El viento les cruzó en silencio… y entonces comprendió: llegaban tarde.

Apretó los dientes y siguió adelante. El mensaje no era para él. El mensaje era para Tilaria.


En el patio del bastión, Lady Tilaria abrió los ojos con un sobresalto. El conjuro de Arnaldo comenzaba a disiparse y el frío del atardecer le devolvió la conciencia. Incorporándose con dificultad, apoyó una mano en el suelo para no perder el equilibrio y se levantó con la elegancia de quien, incluso al caer, sabe mantenerse digna y erguida ante el mundo. Alzó el rostro con gesto firme.

Fue entonces cuando el jinete, casi sin aliento, llegó hasta ella. Cayó de rodillas al suelo, el rostro pálido y la voz quebrada por el dolor.

—¡Mi señora…! —jadeó—. Los demonios… han cruzado el río. El avance… el avance es incontrolable. Arrasan aldeas, consumen los caminos. Vienen directos hacia aquí. ¡No queda tiempo!

Tilaria no necesitó más.
—¡Hilario! —vociferó con autoridad renovada—. Da la orden. Que la guardia se retire. Abandonamos de nuevo el Bastión.

—¿Nos retirarnos? —musitó Hilario con incredulidad, limpiándose la sangre del labio—. Pero si apenas acabábamos de llegar…

—Debemos partir —corrigió ella, la voz quebrada pero resuelta—. Esto se va a convertir en una ratonera. Nos reagruparemos en Instántalor con Elora y el ejército de la flota pirata.

Hilario asintió sin añadir palabra. Mientras los soldados recogían con premura sus pertrechos, Lady Tilaria volvió la vista una última vez hacia las almenas del Bastión Colby. La piedra que había jurado proteger. El lugar que había llamado suyo. Y que ahora… volvía a dejar atrás. Otra vez.

Su Bastión. Su orgullo. Su pérdida.

✦✦✦

Y entonces, el tiempo habló.

No con estruendo, ni con palabras que pudieran escribirse en piedra, sino con la cadencia de lo inevitable. Tres voces, antiguas como el mundo, tejieron su veredicto entre los silencios que deja una batalla incompleta.

La primera fue Urd, la que recuerda:
«Hubo un día, no tan lejano, en el que una sacerdotisa elemental salvó a un joven infante del filo de la muerte. Aquel acto, que pareció una retirada, fue en verdad una siembra: del valor, del linaje… y del error que hoy lo ha traicionado».

Luego habló Verdandi, con la verdad suspendida en la garganta del presente:
«En Azarcón, la confusión todavía respira. La piedra vuelve al silencio, pero el eco no se apaga. Un bastión se vacía mientras cree que se salva. El nombre de Minerva sigue ardiendo en el aire. Y, en este mismo ahora, Amunet afila la sonrisa y palpa la cercanía de su presa»

Y por último, Skald, con el aliento contenido de lo que aún no ha sucedido:
«El nombre de Minerva se convertirá en ruta. Volarán hacia Skuchaín con el humo en los dedos y el hambre en la boca. La Torre Arkhana se cerrará tarde o se abrirá a la fuerza. Periandro cabalgará hacia la verdad y pagará el precio de llegar antes. Y cuando el saber sea puesto a prueba, la sangre valiente elegirá si resiste… o arde».

Después, el silencio.

244 – UN VÍNCULO IRROMPIBLE I

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UN VÍNCULO IRROMPIBLE I

Cuando la realidad se fracturó, tres voces antiguas atravesaron el tejido del tiempo.

Urd habló primero, y su sentencia se sintió como un relámpago en la médula del mundo:
«Cuando la confusión se hizo carne, los hilos del destino se desenredaron como madejas en manos de un niño».

Le siguió Verdandi, firme en el vértice del ahora, con una verdad que no admitía réplica:
«Y mientras el Orbe resuena entre planos entrelazados, algunos lazos se tensan, vibran… pero no se rompen».

Y entonces Skald, la que ve lo inevitable, selló el presagio:
«Pronto, una línea azul, tallada en zafiro, marcará el camino hacia el abismo… o hacia la salvación».

El eco de sus voces no dejó lugar a duda: el destino ya se había puesto en marcha.


—¡Hilario! Acaba de llegar tu hermano —exclamó Lady Tilaria, entrando con el gesto agotado, como si la indignación fuera parte de su atuendo—. Ha reaparecido en mi vestíbulo tras una de sus absurdas teletransportaciones desde el desierto… ¡y no ha parado de recitar tragedias en verso desde entonces! Que si la arena le arañó el alma, que si la luna susurró su nombre… Estoy tentada de encerrarlo en la bodega con una lira y un espejo.

—Ya sabéis cómo es Gadeslao —respondió Hilario de Duff Colby, sin molestarse en levantar la vista de su cuaderno—. Se emociona con una brizna de viento y dramatiza como si Calamburia entera dependiera de su próxima metáfora. Pero os seré sincero, mi señora… estoy agotado. Agotado de oír al joven Rodrigo repetir ese discurso con la misma entrega con la que uno repite un mal conjuro esperando que funcione por aburrimiento.

El Bastión de los Colby, enclavado en las tierras altas de la comarca de Azarcón, había resistido guerras, inviernos y generaciones de nobles en decadencia. Su piedra antigua hablaba con ecos de historia. Sus tapices, descoloridos por el sol y el orgullo, colgaban en salones que ahora se usaban más para refugiar conversaciones que para celebrar banquetes.

Allí, en uno de esos salones, oculto entre cortinas de terciopelo rancio y vajillas heredadas de otro tiempo, un joven ensayaba cargado de empeño cómo hablar como un rey.

—Quedido pueblo de Calambudia… La Deina Eloda y yo, como vuestros sobedanos en el exilio…

Doddy ensayaba con ardor, proyectando su discurso por los pasillos como si pudiera vencer la guerra a fuerza de voluntad y dicción.

Desde el salón contiguo, donde aún compartía té y resignación con Lady Tilaria, Hilario se llevó una mano al rostro.

—“Elora”. Por favor. Es Elora. Si vuelve a llamarla “Eloda”, me voy al puerto, me alisto con los piratas y me lanzo al Kal-a-Mar.

Lady Tilaria resopló, pero no sin cierto afecto.

—Tiene tenacidad, Hilario. Y eso ya es más de lo que pudo decirse nunca de su difunto padre. Sancho era… bueno, era un buen hombre. No un lumbreras, desde luego, pero su sangre era noble. La inteligencia la aportábamos otras. Su madre, por ejemplo… mi sobrina Melindres… mi querida Melindres, era de una lucidez implacable. Qué fuerza, qué genio, qué capacidad para sostener el mundo cuando se caía a pedazos.

Hilario alzó una ceja con su característica elegancia envenenada.

—Lo reconozco, mi señora. De entre todos los colapsos del linaje, Melindres fue siempre una columna. Una verdadera Von Vondra y ahora que no está… el edificio se tambalea.

La puerta del salón se abrió con cuidado y Periandro Sibyla asomó el rostro, pulcro como siempre, con un tomo bajo el brazo y una seriedad que no invitaba a dilaciones.

—Vizcondesa —dijo con una leve inclinación hacia Lady Tilaria—. Señora. Os ruego disculpéis la intromisión.

Al instante, Doddy apareció tras él, sujetando aún la espada de madera como si fuera una rama de laurel.

—¡Pedianddo! —saludó, entusiasmado—. He pedfeccionado la pdimeda frase. ¿Quedéis oídla de nuevo? Venid dápido a la sala contigua, estoy ensayando.

Hilario dejó escapar un suspiro largo, dramático, estudiadamente resignado.

—Mi señora —dijo cerrando con delicadeza su cuaderno—. Si la escena va a repetirse, os propongo un paseo por los jardines. Quizá entre las adelfas encuentre más esperanza que entre los discursos de nuestro pequeño monarca.

Tilaria reprimió una sonrisa y asintió con gravedad.

—Un paseo nos hará bien. Y el aire fresco nos aclarará las ideas —dijo mientras se abanicaba de camino al exterior.

Tilaria saludó a los guardias que protegían la fortaleza, que le devolvieron el saludo con gesto marcial. Se había encargado personalmente de que sus mejores hombres —seleccionados de entre las huestes de la casa Von Vondra— les protegieran a ella y al rey. Tras la toma del Bastión de los Colby, era cuestión de tiempo que toda la comarca de Azarcón volviera a estar controlada por la Corona. Tras años de exilio, parecía que al fin la usurpadora Amunet comenzaba a tener los días contados, pero Lady Tilaria no era de las que esperan sentadas.

Salió al exterior acompañada de su secretario personal. El ambiente de los jardines, lejos de llenarles de calma, les produjo cierto desasosiego. Las flores estaban algo marchitas y, cuando soplaba viento del norte, les llegaba el rumor de la batalla y una leve lluvia de ceniza caía como si fuera nieve.

Tilaria habló sin ambages.

—Esta guerra va para largo. Necesito pensar en el siguiente paso estratégico. Hilario, informe de situación —ordenó, provocando que el Colby se tensara como si se hubiera activado un resorte en su cuerpo.

—Sí, mi señora. La corona ha cosechado notables éxitos —informó el secretario mientras sacaba su cuaderno de notas y lo leía—. El desembarco que vos y vuestra hermana Zora planteasteis ha sido un éxito. Las tropas reales avanzan hacia el norte. Instántalor ha sido liberada y hemos recuperado esta fortaleza, el Bastión Colby.

—Sí, mi querido Bastión Colby es sin duda la joya de mi corona —sonrió satisfecha Tilaria mirando a su alrededor.

“Mi Bastión…”, pensó Hilario de Duff Colby para sí tratando de poner buena cara. 

—Bueno, qué desafortunado eso que he dicho, ¿no? Quería decir “de la corona de mi sobrino-nieto”. Si es que todo esto lo hago por él —apuntó con forzada afectación.

—Y porque tantos años viviendo entre piratas amenazan con hacer que perdamos las buenas costumbres, ¿verdad, mi señora? —añadió el secretario a modo de chanza para ocultar su creciente mal humor. Había que reconocer que tenía estilo, pero no podía evitar odiar a aquella vieja harpía.

—Sí, Hilario, también por eso. No aguantaba en esa isla ni un minuto más. Además, yo soy una mujer de acción, no nací para vivir en el exilio —dijo, y su imaginación la llevó a verse cabalgando sobre un rocín blanco, mientras cercenaba con su espada las cabezas de los demonios de Amunet.

—Por otra parte —prosiguió en tono informativo Hilario de Duff—, el ejército real se está enfrentando a las huestes de Amunet en las Marismas de la Confusión. Pero… —anunció adquiriendo la postura de comunicar un chisme— algo extraño ha pasado recientemente.

—¿Qué es eso que ha pasado? —preguntó ella, aguijoneada súbitamente por un repentino interés.

—Han desaparecido bastantes demonios.

—Oh, eso es bueno. 

—Pero también varios de nuestros hombres. También aquí en el Bastión parece que varios soldados se han volatilizado —concluyó el Colby.

—¿Habrán desertado? No es posible. Pero si eran mis mejores hombres… —se cuestionó Lady Tilaria visiblemente contrariada.

—He oído hablar a Periandro con su Majestad. No es que ande yo escuchando detrás de las puertas, ya sabéis… 

—¡Desembucha, truhán! —le apremió ella golpeándole con el abanico.

—Ha hablado de la activación de un poder arcano que ha sembrado la confusión en toda Calamburia. Según se rumorea, nada es lo que parece… —dijo como quien cuenta un secreto vergonzante de una vecina.

—Eso explicaría la desaparición y posterior reaparición de mi esposo. Poco ha durado…

—El caso es que nuestra guarnición está algo mermada y, hasta que lleguen los refuerzos, las defensas de este Bastión son vulnerables. 

—¿Dices que algún enemigo podría intentar atravesar los muros?

—Sí, lo digo —respondió Hilario con convicción.

Mientras Hilario y Tilaria maquinaban cuál había de ser la reacción a los últimos acontecimientos, Doddy, en la sala contigua, contemplaba el retrato de su padre. Frente a la imagen imponente del antiguo monarca, alzó su espada de madera —como si al imitar el gesto de sus antepasados pudiera convocar algo más que valor— y volvió a intentarlo.

—Quedido pueblo de Calambudia… —recitó con voz engolada—. La Deina Eloda y yo…

Carraspeó. Frunció el ceño. Corrigió:

—La Reina Elora. Eso es. Elora… Lo sé, lo he memodizado. Pedo en cuanto dejo de declamad… vuelvo a sed yo —dijo el monarca con tristeza.

Sus palabras se deshacían con el viento que entraba por los postigos carcomidos. La hacienda, antaño esplendorosa, era ahora un mero enclave estratégico de una guerra que ya duraba demasiado.

Pero Doddy seguía en pie. Con el corazón firme. Con la torpeza propia del que ha heredado un peso demasiado grande… y, sin embargo, lo sostiene.

Desde que la sacerdotisa elemental lo desmaterializó de Ámbar, salvándolo de aquella batalla contra Amunet —más de una década antes de la activación del Orbe de la Confusión—, muchos lo habían dado por desaparecido. Pero ahora aquí estaba. Vivo. Y aún aferrado a su propósito. Gracias a los barcos piratas de Elora, había podido llevar a su ejército a tierra firme. Tras recuperar Instántalor, cuyos habitantes se alzaron con gallardía contra los demonios invasores al verle llegar, avanzaba con sus huestes rumbo al palacio de Ámbar, pero el trayecto era largo y albergaba peligros e inclemencias: marismas, demonios, zíngaros…

—Soy el hedededo —murmuró, apoyando la frente en el pomo de la espada—. Y algún día, todos lo sabdán.

Entonces, un leve toque en la puerta interrumpió al monarca.

—¿Majestad? —dijo Periandro, con esa calma envolvente que solo da el conocimiento… o el peso de una familia con demasiadas verdades que ocultar.

Al ver la escena, añadió:

—Oh… ¿Estabais ensayando?

—Sí —respondió Doddy, bajando la mirada—. Pedo no puedo salidme del texto. En cuanto dejo de concentdame… todo mi esfuedzo se desmodona.

Periandro le sonrió con afecto, sin rastro de burla.

—Majestad, el pueblo os querrá por vuestra verdad, no por vuestras erres.

Se acercó un paso.

—Pero ahora, he de comunicaros algo. Tras la desaparición de parte de la guardia, me temo que algunos escuadrones enemigos hayan penetrado en la zona asegurada.

Doddy parpadeó.

—¿Es pod el odbe?

—Eso parece, Majestad. El Orbe de la Confusión está afectando por igual a los dos bandos —repuso Periandro—. Y ninguna posición será segura mientras no nos reorganicemos. Hemos perdido a la mitad de nuestras tropas y nos han separado de Elora y del resto de los piratas. Nuestra posición es débil y me temo que alguno de los esbirros de la oscuridad aproveche la confusión para atentar contra vuestra vida.

Hizo una pausa. La mirada se le endureció.

—Además… han desaparecido más de la mitad de los alquimistas que se encontraban en el bastión. Entre ellos… mi hermana, Aurora. 

Doddy asintió con gravedad.

—Debemos abandonad el Bastión antes de que nos encuentden. ¿No es así?

—Sí, majestad. Vuestra seguridad es la máxima prioridad. Si algo os ocurriera… 

—Si algo me ocudre, siempre quedadán mis hedededas legítimas —sentenció el rey.

—Minerva mantiene a vuestras hijas en secreto —convino Periandro—. Nadie sabe dónde se encuentran. Ni siquiera vos. Y eso es lo que las mantiene con vida.

Doddy esbozó una sonrisa agradecida.

—No lo entiendo del todo, Pedianddo. Pedo Minedva… ella sí lo sabe. Es la edudita más lista de Calambudia. Mucho más que tú.

—Eso no me cuesta admitirlo. Mi tía siempre ha tenido una cabeza prodigiosa; por eso mismo, conviene escucharla. Vamos, Majestad. El tiempo se acaba. Y hay quien ya ha empezado a moverse.

Mientras Doddy y Periandro se preparaban para partir, los jardines del Bastión de los Colby, encaramados a una terraza natural sobre las colinas de Azarcón, se cubrían de una bruma suave. El perfume de los jazmines se mezclaba con la humedad del atardecer. Allí, donde el musgo crecía entre esculturas erosionadas y fuentes apagadas por siglos de olvido, Hilario paseaba con la dignidad de quien se sabe parte de un linaje que resiste más por terquedad que por poder.

—Estoy convencido —comentaba Hilario— de que el orbe ha afectado a todos menos a mí. Claro, teniendo un gemelo como Froilán… uno se acostumbra al desorden. Siempre en tratos con marqueses lunáticos o desapareciendo durante semanas sin previo aviso. Para mí, su ausencia es rutina.

—Lo dices como si no le tuvieras aprecio a tu hermano gemelo —replicó Tilaria, sin apartar la vista del sendero de grava blanca.

—No, no. Lo adoro —dijo Hilario con una sonrisa irónica—. Es el pequeño. Y como buen pequeño… hace lo que le da la gana.

—Ah, él es el pequeño, hubiera apostado por que eras tú —dijo Tilaria como quien lanza un halago.

—Aunque naciéramos el mismo día, yo nací seis minutos antes —precisó el secretario—. Él es el menor y parece que eso le da licencia para ser un imprudente encantador.

Tilaria soltó un leve resoplido, mitad cansancio, mitad diversión.

Fue entonces cuando, al girar la esquina del seto de magnolias, una figura solitaria apareció avanzando por el sendero contrario. Iba encapuchada, con los bordes de la capa decorados en hilo carmesí, y cada paso parecía medido al compás de un secreto.

Arnaldo.

—¿No es ese…? —murmuró Tilaria, entrecerrando los ojos.

—El heredero del clan del Cuervo, hijo de Kálima, la matriarca —respondió Hilario en voz baja—. Y una espina zíngara clavada en la espalda de este reino.

Arnaldo se detuvo al verlos. Luego se inclinó con una cortesía que no era vacía, pero tampoco plena.

—Vizcondesa. Dignísimo Colby —saludó—. Pasear por estos jardines al caer la tarde es una visión que ni el Orbe ha logrado confundir.

—Qué galantería tan… inesperada —respondió Tilaria—. ¿Os trae aquí la casualidad o debo llamar a la guardia?

—Ya sabéis que en nuestro pueblo no creemos en la casualidad —dijo Arnaldo—. Solo en señales, destinos… y deudas.

Hilario, cruzando los brazos con lentitud, arqueó una ceja.

—¿Y qué deuda os ha traído hasta Azarcón esta vez? ¿Una familiar? ¿O una más… pragmática?

Arnaldo sonrió con la comisura del labio apenas levantada.

—La más antigua de todas —susurró.

—Sea como fuere, a mi sobrino-nieto le encantará el regalito que le voy a brindar: un patriarca zíngaro sazonado con grilletes reales —sonrió Lady Tilaria con gesto de estratega—. ¡A mí la guard…!

Pero antes de poder concluir su órden, Arnaldo extendió los dedos. Un susurro en zíngaro —áspero, rítmico— se deslizó entre las palabras. Una ráfaga de magia oscura brotó de sus labios, envolviendo a los dos nobles en un velo de humo estrellado.

Lady Tilaria intentó levantar el abanico, Hilario apenas alcanzó a alzar la voz. Pero el conjuro fue certero.

En un segundo, sus párpados pesaban como plomo.
En dos, sus rodillas cedieron.
En tres, estaban dormidos sobre la hierba. Silenciosos. Fuera del mundo.

Arnaldo se volvió hacia el centro del jardín interior del Bastión, donde una antigua glorieta, legado de los primeros Colby, esperaba entre columnas rotas y hiedra silvestre. Allí, se decía, los fundadores del linaje recibían inspiración antes de cada duelo, y hoy el eco de la traición y la sangre resonaba con más fuerza que cualquier recuerdo noble.

Colocó con cuidado una piedra azulada sobre una losa agrietada. El Zafiro Vincular brilló al contacto con la piedra, pulsando como si respirara.

—Este es el sitio que indicó el mensaje —dijo, con voz contenida—. El jardín de la mansión Colby. Colocaré aquí la piedra y pronunciaré las palabras que me enseñó madre. Espero que la Emperatriz de los Dos Mundos esté satisfecha con mi trabajo.

Elevó las manos. Sus dedos dibujaron en el aire antiguos gestos de rituales zíngaros. Un murmullo gutural surgió de su garganta. El viento giró sobre sí mismo. Las sombras se alargaron. La temperatura cayó en picado.

Un trueno sin nubes desgarró el cielo. Humo negro emergió desde la piedra. Estrépito. Niebla. Y en medio del torbellino…

Amunet.

La Emperatriz de los Dos Mundos emergió del vórtice como un espectro coronado. Sus ojos, dos lunas de obsidiana. Su capa, hecha de ceniza y ecos. Su báculo, un fragmento del Inframundo forjado en antiguo y oscuro metal.

—Bueno, bueno… —dijo con una sonrisa que cortaba—. Pero si es mi zíngaro favorito.

Arnaldo cayó de rodillas y bajó la cabeza.

—Su Malignidad, soy vuestro más humilde siervo.

—Veo que has cumplido tu misión a la perfección. Has recuperado el Zafiro Vincular.

—Madre me contó que es una reliquia de mi pueblo, que una antigua Emperatriz Tenebrosa le regaló a nuestro patriarca Arnaldo. Pero… ¿cuál es su verdadero poder?

Amunet se acercó. No lo miraba, lo medía.

—Puede crear un vínculo entre un mortal y el Inframundo. Tu sangre es antigua y poderosa, por eso la piedra te ha obedecido. Y gracias a eso, has conseguido invocarme. De esta forma podremos comunicarnos y, llegado el caso, podré acudir allá donde se me necesite. O tú y los tuyos seréis llamados a mi presencia, estés donde estés.

—Es un gran honor del que sin duda no soy digno. Como futuro patriarca del pueblo zíngaro, lo llevaré siempre conmigo. Le doy las gracias por su regalo en nombre de mi linaje.

—No lo hago por vosotros —dijo ella, sin sonreír—. Ahora que Van Bakari nos ha traicionado y he sido separada de mis demonios, debo cubrirme las espaldas.

Arnaldo alzó la cabeza, los ojos encendidos.

—Me encargaré de degollar a quien ose cuestionaros. A quien pretenda arrebataros el trono. A pesar de que esas niñas tengan sangre real, el trono os pertenece, Emperatriz de los Dos Mundos.

—Pero, mi querido Arnaldo —susurró ella, girando despacio el báculo entre los dedos—, no se puede matar a quien no se sabe dónde está. Creo que los decadentes reyes exiliados me ocultan el paradero de sus hijas. Por eso estamos aquí. Tenemos que sonsacarles información crucial. Para ello aún tengo a mis súcubas —añadió dando un golpecito al báculo—. Y tú… tú me vas a ayudar.

243 – EL HAYA DE LOS LAZOS

Personajes que aparecen en este Relato

EL HAYA DE LOS LAZOS

La humedad de la arboleda la envolvía como una promesa. Gorrión conocía bien aquel lugar. Había acampado allí con su familia más de una vez, en los veranos o en las estaciones confusas, cuando los pícaros regresaban a Catch-Unsum para ocultarse de los impuestos, del pasado o del peso de la justicia sobre sus propios nombres.

Su padre, el pícaro Drawets, le había enseñado los caminos ocultos entre los arbustos, el modo en que el musgo crece siempre en el lado más fresco de los troncos y cómo orientarse si las estrellas aparecían entre las copas.

—Si te pierdes —le decía mientras la cargaba sobre los hombros, hablando hacia el cielo, hacia ella—, sigue el olor a savia. El musgo te guiará. Y si ves fuego sin humo… es que alguien te está esperando.

Ella no respondía. Estaba muy atenta, aunque sus manos se entretenían jugando con los rizos de su padre, enredando los dedos en su cabello revuelto como si fueran lianas o crines de un animal fantástico. A veces se los trenzaba sin que él se diera cuenta; otras, simplemente los acariciaba, concentrada en su voz, como quien escucha una historia que quiere recordar para siempre.

—¿Y si no hay fuego? —preguntaba Gorrión siempre, con la seriedad de quien desea todas las respuestas del mundo.

—Entonces ve al claro de la Daga Rota —decía él, bajando la voz como si compartiera un secreto ancestral—. ¿Ves? Está escondido tras tres robles y un zarzal torcido, el que huele a canela mojada. Nadie va allí si no es de los nuestros. Ni siquiera los espíritus.

Avanzaban juntos hacia allí en sus paseos, y él le mostraba las raíces entrelazadas de los árboles más viejos, hasta llegar a una en particular: dos hayas que habían nacido separadas pero, con los años, sus troncos se habían fundido en uno solo. La llamaban el Haya de los Lazos.

—En medio del claro crece este haya —le decía su padre—. Allí podrás esconderte. Su tronco tiene un hueco donde cabes tú entera y el musgo es tan blando que parece respirarte mientras duermes.

—¿Por qué se llama así? —preguntaba ella, tocando la corteza unida de los árboles.

Drawets sonreía y contestaba:

—Porque son dos árboles que decidieron no separarse nunca más. Nacieron lejos, pero el bosque los trajo de vuelta. Se abrazaron. Y ahora ya no pueden vivir el uno sin el otro. ¿Ves? Algunas cosas están hechas para reencontrarse. Incluso si el bosque las separa.

—¿Y tú me buscarás si me pierdo? —preguntaba Gorrión en voz baja.

—Siempre —respondía él sin dudar, apretándola contra su nuca—. Siempre sabré cómo volver a ti.

Y luego la abrazaba fuerte, como si temiera que algún día olvidara el camino.

Ahora estaba sola. 

Desde que los cazademonios despertaron el Orbe de la Confusión, el mundo se le había partido en dos y su hermano y su padre habían quedado al otro lado, lejos, fuera de alcance.

Estaba viendo la entrada del claro de la Daga Rota. Allí, en el centro, el Haya de los Lazos seguía en pie. Majestuosa. Su tronco fusionado abría un hueco natural a ras de suelo, cubierto de hojas secas. Un escondrijo seguro. Un corazón hueco donde, alguna vez, una niña se acurrucó a cantar con los ojos cerrados, creyendo que todo estaría bien.

La noche descendía despacio. El bosque se había vuelto más denso, más vertical. El cielo se asomaba entre ramas y las estrellas dibujaban sendas que solo los pícaros sabían leer.

Gorrión estaba acurrucada en el corazón del haya cuando un sonido seco, casi un crujido contenido, le hizo girar la cabeza de golpe.

Fue entonces cuando, a lo lejos, lo vio.

—Papá… —susurró.

Una figura avanzaba entre los árboles. Era alta, de hombros estrechos, con una túnica oscura que le caía hasta el suelo. Caminaba sin prisa y, aun así, la hojarasca crujía solo lo justo, como si el bosque le concediera ese ruido. La luz de las estrellas no alcanzaba su rostro.

Gorrión se quedó inmóvil, con el corazón golpeándole el pecho.

—¿Papá? —preguntó, con un hilo de voz.

La figura se detuvo.

Por un instante, el bosque contuvo el aliento. Y la niña, sin pensarlo, echó a correr hacia él.

—¡Papá! Sabía que me encontrarías. Sabía que… —la voz se le quebró—. Estoy siguiendo el musgo, como dijiste. No me he ido lejos, lo juro. Solo un poco.

Cuando estuvo a un paso, alzó la mirada.

Los ojos que la observaban no eran los de su padre. Eran más hondos. Más viejos. Y estaban demasiado quietos.

—Gorrión —dijo el hombre, y pronunció el nombre como si lo hubiera guardado para este momento.

La niña frenó en seco y retrocedió un paso.

—Tú… no eres él.

El desconocido sonrió apenas. No fue una sonrisa amable. Fue una señal.

—No —admitió—. Y aun así has venido.

Gorrión tragó saliva. Le temblaron los dedos sobre la tela de la capa.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Porque Drawets lo pronunció aquí por primera vez —respondió Érebos—. Y la arboleda recuerda.

Gorrión apretó los dientes.

—No lo nombres.

—¿Por qué? —preguntó, y su voz sonó limpia, casi cordial—. ¿Porque es tu padre… o porque te duele que alguien lo desenmascare? Drawets convierte el peligro en un cuento y el cuento en un truco. Hace reír cuando el suelo arde, desaparece cuando conviene y vuelve con una frase bonita para que todo parezca parte del plan. Incluso cuando juega a ser enviado del Titán, se le hincha el pecho con el título… y se le olvida mirar si los suyos siguen detrás.

Gorrión dio otro paso atrás. El hueco del haya le rozó la espalda, y la madera dejó de sentirse cálida.

—Me va a encontrar.

Érebos dejó la frase suspendida un instante, como si escuchara algo que no estaba allí.

—Ojalá —dijo al fin—. Porque entonces podría mirarte y explicarte por qué sus promesas no valen de nada. Pero me parece a mí que llega tarde… porque yo te he encontrado antes.

El silencio se apretó. El claro se volvió más estrecho.

—¿Quién eres? —preguntó Gorrión, con la voz rota.

Érebos miró un segundo hacia los árboles, con una contrariedad breve, como si aquel lugar no estuviera en su ruta. Después volvió a ella y la miró de otra manera: ya no evaluaba el camino; evaluaba la oportunidad.

—Me llamo Érebos —dijo—. Y no tendría que estar aquí. El Orbe ha mezclado los anclajes y me ha arrojado donde no tocaba.

Hizo una pausa.

—Pero ya que estoy… —añadió, y su tono bajó un grado— voy a aprovecharlo.

Gorrión sintió el peligro antes de entenderlo.

—No…

—Dime tu nombre… —ordenó él.

Los zarcillos oscuros que le nacían desde el contorno del ojo empezaron a moverse, lentos, como si buscaran una grieta en ella.

—Pero ahora, el de verdad.

—Ya te lo he dicho. Soy Gorrión.

Érebos sonrió despacio, como si eso confirmara algo.

—Ese es el nombre que te dieron para que fueras una pícara de callejones —dijo Érebos—. Para que pasaras desapercibida, para que corrieras cuando tocaba y para que sobrevivieras con poco ruido. Tú tienes otro. Lo has tenido siempre. Y si no quieres decirlo, no pasa nada: me encargaré yo de ponértelo. Aurobinda va a estar encantada.

El nombre de Aurobinda apagó algo en el aire. Gorrión había oído ese nombre en cuentos para asustar a los niños, y siempre había pensado que servía para que se callaran. Ahora lo escuchaba en la boca de Érebos y el miedo le subió por la espalda, frío y rápido, porque sonó a verdad. El claro se oscureció un grado, las estrellas quedaron más lejos, y el consejero alzó la mano.

—Tenebris… —susurró.

La tierra respondió. Entre raíces y hojas, una sombra más densa que la noche se deslizó hacia su palma, y una hebra negra se enroscó en su muñeca, viva, obediente.

—…nomen ligare.

Gorrión sintió que algo le tiraba de la lengua desde dentro, como si una palabra empezara a formarse sin pedirle permiso.

Érebos se inclinó hacia ella.

—Dilo —susurró—. Di: “Soy Cuervo”.

La niña negó con la cabeza, pero el temblor ya le había tomado la garganta.

—Soy… —logró decir, con la voz rota—. Cu…

Entonces, una chispa de luz cortó el aire.

—¡Praesidium lux! —gritó Kórux, y una barrera de energía dorada brotó entre ellos.

Érebos retrocedió justo a tiempo y el resplandor del conjuro le quemó la mano. Gorrión cayó de espaldas, sin aliento.

—¡Ahora, Grahim! —ordenó el Archimago, alzando la varita.

—¡Exspiravit tenebris! —recitó Grahim, conjurando un rayo plateado que rozó la túnica de Érebos, haciéndola arder por un instante.

Desde un lateral, Ukarin activó un artefacto con tres dientes metálicos.

—¡A ver cómo resistes esto, sombra con patas! —y lo lanzó.

El artefacto rodó hasta Érebos, soltando un clic seco. Una esfera de energía se expandió con un estruendo sordo, como si la arboleda entera se quejara de aquel estallido.

—¡Archimago, ya! —gritó Ukarin—. ¡Ahora puedes acabar con él!

Kórux avanzó. Tenía la varita empuñada con fuerza. Las runas brillaban en su madera antigua. Apuntó directo al pecho de Érebos.

—¡Reductum vitalis! —exclamó.

Pero no llegó a lanzar el hechizo.

Desde el borde del claro, una silueta emergió entre los helechos.

—¡Eh, maguito! —dijo una voz ronca y burlona.

BOOM.

El disparo retumbó. Un proyectil de pólvora impactó en el hombro del Archimago. Kórux cayó al suelo con un gemido ahogado.

—¡Kórux! —chilló Grahim.

Morgana, con el trabuco aún humeante, se acomodó el cinturón y le guiñó un ojo a Érebos.

—Espero que esto suba el precio. Dicen que herir a un Archimago cuesta el doble.

Érebos no perdió más tiempo. Se giró hacia la niña.

—¿Cuál es tu nombre? —susurró.

Ella lo miró. Desnuda de certezas. Hueca.

—No lo sé… —musitó.

De su espalda brotaron las primeras plumas. Negras, lustrosas. Pequeñas al principio, apenas asomando por la piel, como si los huesos bajo la carne buscaran una nueva forma. Sus pupilas se dilataron hasta ocupar casi todo el ojo. Su cuerpo tembló. Se dobló ligeramente, como si sus costillas intentaran replegarse hacia el centro.

Era el principio del proceso. El sendero hacia Yatagarami. Aquello que Aurobinda había ideado para transformar niños en heraldos oscuros, a través de un conjuro que desgajaba poco a poco la humanidad y la reemplazaba por obediencia animal. En los viejos relatos se decía que, con cada día al servicio de la oscuridad, las palabras se volvían graznidos, las uñas en garras, y los recuerdos en ecos que no sabían pronunciar nombres.

Érebos sonrió.

—¿Quién eres?

Y ella respondió:

—Soy Cuervo, mi señor consejero. Y solo sirvo al Titán Oscuro.

Pero justo en ese momento, algo inesperado ocurrió.

Una luz brotó desde su hombro izquierdo. No fue un hechizo aprendido ni una defensa mágica conocida. Fue… una respuesta. Instintiva. Antigua. Algo que no procedía de la voluntad, sino de un lugar más profundo: como si una llama remota, escondida desde el nacimiento, hubiese sentido el peligro y decidido arder.

Durante un segundo, la piel brilló con un resplandor suave, de tono ámbar, casi dorado. No quemaba, no cegaba, pero lo atravesaba todo. Su fulgor parecía pulsar al ritmo de un corazón lejano, de una fuerza que no pertenecía ni al bosque ni al mundo visible.

Érebos se detuvo, frunciendo el ceño.

Ukarin, desde la distancia, murmuró:

—¿Eso… ha salido de ella?

Nadie supo qué era.

La luz no deshizo el ritual.

Solo dejó claro que alguien —o algo— aún se resistía.

A Érebos no pareció molestarle. Observó los restos de ese brillo fugaz y sonrió con aún más interés.

—Vaya… parece que alguien no ha terminado de vaciarse —murmuró.

Grahim intentó correr hacia ella, pero una red de espinas mágicas emergió de los árboles, impidiéndole el paso.

Kórux sangraba. Ukarin se arrodilló junto a él. Su guantelete emitió un pitido suave, su mecanismo de emergencia activado.

—No podemos quedarnos —dijo ella—. Grahim, agarra mi hombro.

—¿Qué? ¡Tenemos que rescatar a esa niña!

—Confía en mí. ¡Ahora!

La inventora golpeó el suelo con el puño, activando un mecanismo inserto en su brazal. El mineral brilló con un fulgor azulado y crujiente: prolita pura, tallada con precisión para romper el espacio-tiempo.

Un estallido de luz cegó el claro. Y cuando la niebla se disipó… ellos ya no estaban.

Érebos se giró hacia Morgana, mientras Cuervo le tomaba la mano con docilidad.

—Gracias por el favor, mercenaria.

—Lo apuntaré en tu cuenta  —respondió ella—. Aunque me parece que esta chiquilla va a valer más que todos los tesoros de Kalzaria.

Érebos asintió, y su sonrisa se torció apenas.

—Aunque llegas tarde.

—Tú también me prometiste que estarías aquí antes de que se ocultara el sol —replicó Morgana—. Dijiste que me esperarías en el claro.

—Intenté llegar —gruñó él—. Pero el orbe ha confundido los anclajes. Mirad.

Se agachó y apoyó una mano sobre la tierra. El suelo, envenenado por la magia residual del orbe, exhalaba sombra.

—Tenebris surrectum…

Una espiral negra brotó del suelo. Vibró, se tensó… y colapsó en silencio.

—Todo está roto —dijo—. El teletransporte no funciona. No puedo llegar a Barastyr y mi poder es menor cuando no estamos juntos.

Morgana lo observó en silencio y alzó una ceja.

—¿Y ahora?

Érebos miró hacia el oeste, donde las ramas del bosque se volvían más espesas, y un soplo de aire frío salía de un claro oculto.

—El Palacio de Ámbar.

—Un camino peligroso —advirtió Morgana— pero necesario.

—Barastyr me espera. El orbe nos ha separado, y no nos gusta estar el uno sin el otro demasiado tiempo.

Érebos bajó la mirada hacia Cuervo, que seguía aferrada a su mano, con las plumas negras creciendo en la piel.

 —Y este será el regalo para mi señora Aurobinda —dijo—, para que recuerde que sigo a su servicio. Un consejero nunca pone todos los huevos en la misma cesta.

Y juntos se alejaron del claro de la Daga Rota, dejando atrás la majestuosa haya sobre la que el tiempo parecía haberse dormido.

Cuervo mantenía la expresión ausente, los ojos ennegrecidos y fijos en algún punto que no existía. Pero sus labios, apenas perceptiblemente, murmuraron un nombre.

—…Tinín…

El viento se lo llevó antes de que nadie pudiera oírlo.

242 – LA CARTA QUE CRUZA LAS DUNAS

Personajes que aparecen en este Relato

LA CARTA QUE CRUZA LAS DUNAS

El desierto de Al-Yavist no perdona. Bajo su sol abrasador, incluso las piedras parecen susurrar advertencias a los viajeros. Y allí, entre dunas infinitas y caminos desdibujados, avanzaba un niño con la capa raída, las sandalias llenas de arena y la determinación ardiente en el pecho.

—Debes encontrarla, Tinín… —le había dicho su padre, Drawets, en un susurro que aún resonaba con claridad en su mente—. Cuando la tormenta lo cubre todo, las pequeñas aves se esconden, y cuesta volver a verlas. Recuerda lo que pasó con el Maelström… o con la maldición de las brujas. No podemos perderla también a ella.

Le había entregado entonces una carta. No le explicó su contenido, solo le pidió que la guardara bien, como si fuera más valiosa que el agua del desierto o el último recuerdo de una noche feliz. La había doblado con cuidado, la había protegido con un pañuelo bordado por su madre y la había escondido, entre sus ropas, junto a su pecho.

— Cuando encuentres al Archimago, dásela tú mismo. No confíes en nadie más. Él sabrá qué hacer.

Tinín había asentido, con la garganta cerrada.

—Y si… si vieras a tu madre —añadió Drawets en voz aún más baja—. Si la vieras por ahí, dile que se esfuerce en volver a casa. Que se lo digo yo. Que anda por todos lados, menos donde tiene que estar.

No hubo reproche en sus palabras, solo un cansancio sereno, como quien ya ha amado demasiado tiempo en silencio. Tinín no entendía del todo aquel tono, pero lo grabó en su memoria como grababa los mapas del cielo.

Desde que Gorrión desapareció tras la activación del Orbe de la Confusión, Tinín no había dejado de caminar. Su padre le había dicho que si alguien sabía algo, era el Archimago, y que la Torre Arkhana de Skuchaín debía ser informada cuanto antes. Nadie más había desaparecido tan rápido, tan silenciosamente, tan… sin rastro. Era como si se la hubiese llevado el mismísimo viento. El mismo viento que ahora golpeaba su rostro con ráfagas secas. 

El joven pícaro caminaba encorvado, con su tirachinas amarrado al cinto y la cabeza cubierta por una bufanda deshilachada. Su sombra apenas se dibujaba sobre la arena abrasadora cuando un grito le hizo detenerse en seco.

Se asomó tras una duna. Abajo, un grupo de bandidos de las arenas rodeaban una figura translúcida que flotaba a unos centímetros del suelo. Llevaba una capa ajada, una espada ceremonial… y una expresión entre asustada y ofendida.

—¡Dejadme en paz, bellacos! ¿Sabéis con quién estáis tratando? ¡Soy Lord Gadeslao Colby, vizconde de la comarca de Azarcón!

Pero los bandidos reían. El hecho de que fuese incorpóreo no parecía disuadirles de burlarse. Uno, con un tatuaje de escorpión en el cuello, lanzó una red que brillaba con polvo de obsidiana.

—¿Y este qué es? —se burló otro, mientras afilaba su alfanje—. ¿Un djinn del viento? ¿O un efreet sin fuego?

—Sea lo que sea, si lo atrapamos y lo vendemos en la Plaza del Eclipse, nos forramos —rió otro, relamiéndose.

Tinín apretó los puños. Sabía que no debía intervenir, pero aquella escena le revolvía el estómago.

Se deslizó por la duna y se escondió tras un promontorio. Sacó su tirachinas y apuntó con una piedrecita envuelta en trapo. Zaz. Un golpe certero a uno de los bandidos en la frente. Recargó rápidamente y Zaz. Otro más, esta vez al que blandía la red.

—¿Eh? ¿Qué ha sido eso?

Pero antes de que pudiera disparar una tercera vez, Tinín lo sintió en la nuca: una presencia pegada a su espalda. La sombra del bandido se deslizó sobre la arena y el brillo del cuchillo apareció por encima de su hombro, listo para caerle en el cuello.

Tinín se giró a medias. El aire se le atascó en la garganta. No tuvo tiempo de gritar.

El golpe no llegó.

Una figura surgió de entre las dunas, vestida con ropajes negros y dorados. El velo le enmarcaba el rostro y sus pasos dibujaban una danza precisa, ardiente, con la belleza peligrosa de una flor de fuego. Su daga cruzó el aire en un arco limpio, y el bandido que iba a matar a Tinín se desplomó sin emitir un solo sonido.

Después, la mujer se movió entre los demás con la misma calma feroz. Un corte. Un giro. Otro destello. Uno tras otro, los atacantes fueron cayendo hasta que el silencio volvió a ocupar la hondonada.

No dejó a ninguno en pie.

—Vaya —dijo la recién llegada, mientras limpiaba la hoja de su daga en la túnica del último asaltante—. Creía que eran demonios… y solo eran idiotas con ambición y poca cabeza.

—¡Nashel! —exclamó Tinín, aún con la respiración entrecortada.

—En carne y hueso —respondió ella—, aunque cada vez cueste más encontrar algo así en este mundo. Desde que el Inframundo se desbordó, hay demonios en caminos, aldeas y fronteras. La gente huye, se esconde o vende lo que sea por sobrevivir, y hasta los vivos empiezan a parecer sombras.

Nashel le recorrió el rostro con la mirada, rápida y calculadora.Luego el gesto se le endureció y la vista se le fue al horizonte, clavada en las dunas.

—Has tenido suerte de encontrarme, joven pícaro —añadió—. No suelo caminar por las inmediaciones de estas ruinas… pero hoy busco a unas de las mías. Desde lo del Orbe han desaparecido varias hermanas. Algo se ha roto.

Nashel lo miró de arriba abajo, como si midiera el polvo de su capa y el cansancio de sus ojos.

—¿No te habrás cruzado con ninguna Hija del Escorpión?

Tinín negó con la cabeza, aún intentando que el corazón le bajara de la garganta.

—No. No he vizto a nadie dezde hace horaz —dijo Tinín—. Zolo arena… y viento.

A unos pasos de allí, la figura translúcida se irguió con dignidad recuperada. Levantó la barbilla, avanzó flotando hacia ellos y se recolocó la capa con solemnidad, con un movimiento amplio, propio de un escenario y no de una emboscada.

—Mi buena dama de las arenas, permítame agradecerle su oportuna intervención. Estaba a punto de ser reducido a polvo por una pandilla de salvajes sin decoro.

La voz de Gadeslao sonó clara y medida, como si cada palabra hubiera sido recitada cientos de veces en salones de gala y tribunales de poesía. Hablaba con seguridad, con el ritmo cadencioso de los grandes oradores, modulando cada sílaba como si se tratase de una nota en una sinfonía.

—La verdad es que me hallaba en la mansión de los Von Vondra, recitando una elegía dedicada a mi palomita, la noble Lady Tilaria, en el salón de los espejos. Todo transcurría con decoro y sentimiento cuando un zumbido quebró el aire.

Hizo una pausa, llevándose una mano al pecho como quien revive una tragedia personal.

—Yo creí que era una bofetada de mi esposa, lo confieso… Ella es una mujer hermosísima, y su furia le queda tan bien que hasta da miedo; además tiene un temperamento tan resuelto que a veces me “premia” la elocuencia con un aplauso en la cara, con la mano abierta y sin previo aviso. Pero aquella sacudida no venía de su muñeca: era una fuerza desconocida. Un remolino de energía me rodeó y, sin entender cómo, fui proyectado más allá del velo de la muerte y de la lógica. No fui llevado por voluntad propia a las ruinas del Templo del Viento de las Arenas, sino arrancado de un instante poético por una fuerza desconocida.

Al decir esto, Gadeslao extendió ambos brazos y giró sobre sí mismo con lentitud, dibujando un remolino en el aire. Su capa se agitó con el gesto y añadió un leve bufido final, como si la energía invisible aún lo persiguiera. El efecto fue inmediato: Nashel, que le observaba con recelo, dio un pequeño respingo y posó la mano sobre el mango de su arma, confundida entre la actuación y una posible amenaza. No obstante, cuando el hombre se quedó quieto de nuevo, con la pose de un cisne herido por la melancolía, no pudo evitar quedarse escuchando. Su historia, absurda y fascinante, le tenía atrapada.

—Me vi de pronto allí, sobre una columna rota, en mitad de aquel sol cegador, sin más compañía que mi lira, mi capa de poeta y el eco de mis propios versos. Fue entonces cuando apareció un sanador errante. Iluso él, trató de devolverme a la vida. Me hizo beber pociones amargas, me cubrió con vendas de loto negro pronunciando letanías que habrían hecho reír a cualquier espíritu decente.

Suspiró, dramático.

—Mi hermano Clemente ya me había advertido de que el Titán Oscuro no permitiría tal cosa. “Lo que ha muerto, muerto debe permanecer”, me decía. Pero… ¿cómo iba a desperdiciar la oportunidad? Yo solo quería volver con mi pichoncito, abrazarla una vez más o, al menos, oírla reír.

Un leve temblor recorrió su voz, aunque era evidente que lo fingía . Un actor sabe cuándo flaquear.

—Por desgracia, todo salió mal. Agradecí al sanador su esfuerzo y, mientras recogía sus ungüentos, me confesó que buscaba a su grupo, al que él llamaba los Cazademonios. Se habían separado porque un tal Amatís de Mora les había tendido una trampa… o eso entendí, porque no le presté demasiada atención: el hombre hablaba con la pasión de quien espera que el mundo se impresione, y a mí me cuesta fingir interés cuando no hay, al menos, un poco de belleza, un buen verso o una tragedia con estilo. Apenas nos habíamos despedido cuando estos bellacos me emboscaron. Me insultaron, intentaron atraparme, ¡y uno me llamó “efreet frustrado”! ¡Efreet, a mí! Y yo ahí, entre esos bandidos, sin más delito que existir con este porte elevado y esta elegancia natural… Yo solo quería que me dejaran tranquilo para poder volver con mi pichoncito…!

Y entonces, con un lamento etéreo que parecía arrastrar siglos de desdicha, rompió a llorar. Se cubrió el rostro con ambas manos y dejó escapar un sollozo contenido, agudo y dolorosamente artificioso.

Tinín asintió con los ojos muy abiertos. —Zería Aldric, el zanador. Él, junto a Ona y Ramia, activó el Orbe  que robaron a laz Amazonaz, el de la Confuzión… 

Nashel alzó una ceja. —Ese orbe… lo conozco. Es ancestral, sagrado para las Amazonas del clan de la Serpiente. Siempre ha estado custodiado por ellas. Su poder nunca debió liberarse.

—Por ezo te dezvanecizte —dijo Tinín, mirando a Gadeslao—. Pero zi dezaparezizte y ahora eztáz aquí… entoncez hay ezperanza para Gorrión.

Luego lo observó en silencio y algo en su interior se quebró. Pensó en Gorrión, en sus risas, en su manera de inventarse palabras y en cómo le daba miedo la oscuridad. Las lágrimas acudieron sin pedir permiso y él no hizo nada por contenerlas.

Nashel los observó a ambos. Se acercó, se arrodilló entre ellos y, sin decir nada, sacó de su zurrón unos dátiles, pan seco y un odre de agua fresca. Les ofreció comida y compañía, y su gesto, sencillo y humano, fue el primer consuelo verdadero en medio de aquel desierto implacable.

—Os escoltaré hasta Skuchaín —dijo por fin—. No podemos permitir que la desesperanza se instale en nuestros corazones. Si hay alguien que tiene respuestas, está en esa torre.

Y así, los tres —el niño con el corazón de oro, el fantasma altivo y la flor del fuego— se adentraron juntos en las arenas, con rumbo a la Torre de Skuchaín. La noche les cayó encima con un frío cortante, y el día siguiente volvió a encender el horizonte. Caminaron entre dunas que cambiaban de forma, compartieron dátiles y silencios, y dejaron atrás un rastro que el viento borró con la misma rapidez con la que lo habían dibujado. Porque cuando la oscuridad amenaza con tragarlo todo, es en las alianzas más inesperadas donde nace la esperanza.


Tras horas de camino, el desierto cedió de pronto, y ante ellos se alzó una torre de magia majestuosa. A su alrededor brillaban estanques de agua quieta, y una arboleda fresca extendía sombras verdes, algo tan inesperado en mitad de Al-Yavist que Tinín se quedó clavado un instante, con la boca entreabierta. La humedad le acarició la piel y el olor a hojas vivas le pareció un milagro. Tinín la contempló con fascinación. Él nunca había pisado una escuela y mucho menos un lugar tan grande, tan distinto a los caminos de polvo y a los refugios improvisados. 

Al llegar a las puertas de Skuchaín, los tres caminantes fueron recibidos por un joven mago de capa verde. Era menudo, con un aspecto frágil y unos ojos decididos. Tenía el cabello azabache, la piel dorada por el sol y una varita que apenas sabía usar, aunque la sostenía con dignidad.

—Mi nombre es Zïru —dijo con una voz más grave de lo que uno esperaría de su cuerpo—. Soy impromago de la casta Natura y de mayor seré un famoso druida. El Archimago me envía a escoltaros.

Era muy pequeño, pero tenía una ilusión desbordante y unos ojos verdes enormes que brillaban como hojas recién nacidas. Apretaba entre sus dedos una varita bastante corta, con la madera aún por pulir, como si acabara de salir del tallado mágico. Su capa verde le caía un poco grande, lo que le daba un aspecto todavía más tierno.

Tinín parpadeó. Gadeslao murmuró algo sobre «si mi hermano Hilario de Duff viera esos ropajes se desmayaría y no podríamos despertarle ni con todos los soplidos de un leviatán borracho…» Nashel se limitó a asentir.

La Torre de Skuchaín era aún más imponente de cerca: sin puertas, sin ventanas, sin sombra. Solo un temblor sutil en el aire marcaba el acceso.

Zïru levantó su varita, la apoyó contra la piedra y susurró una palabra antigua. El muro tembló. Los ladrillos comenzaron a desplazarse con un sonido sordo y profundo, y un portal se abrió ante ellos. Entraron.

Al fondo de una sala cubierta de runas, iluminada por orbes flotantes, aguardaban tres figuras.

Kórux, el Archimago de Skuchaín, con su túnica granate bordada en hilos dorados, observaba un mapa astral suspendido en el aire. Su cabellera rubia, recogida hacia atrás, quedaba sujeta por una cinta de pelo natural oscuro, ceñida a la frente como un lazo salvaje que ondeaba ligeramente con cada movimiento. A juego, llevaba unos brazales formados por mechones del mismo pelo, unidos por una base firme que los mantenía agrupados. Ambos elementos, rudos y primitivos, hablaban de su herencia salvaje, latente bajo la compostura de su figura arcana. A su costado colgaba su varita: un mango en espiral blanco, semejante al nácar. Su porte era imponente, pero su mirada, surcada de cansancio, hablaba de décadas de estudio y vigilancia mágica.

A su derecha, Ukarin K-bum —la viajera del multiverso— ajustaba un artefacto repleto de engranajes y anillos rotatorios. Su rostro estaba cubierto de manchas de hollín y grasa. Llevaba unas gafas de cristal grueso, con montura de latón y correa, apoyadas sobre un gorro de cuero negro y su pelo castaño oscuro caía sobre los hombros, electrizado por algún fallo cuántico reciente. Vestía camisa blanca arrugada, un chaleco marrón con reflejos dorados y correas que sujetaban extrañas herramientas multiversales, y una falda-pantalón robusta. Cruzaba los brazos con firmeza, como quien ya ha sobrevivido a varios cataclismos y no tiene tiempo para explicarlos.

A la izquierda, Grahim, joven impromago con la marca arcana trepando por su sien, giraba entre los dedos una semilla grande y cambiante, cuyo color mutaba con el pulso de la sala. Su túnica era naranja con ribetes negros. Estaba tenso, los labios apretados, los ojos encendidos por la incertidumbre y una determinación que solo quienes conocen el caos pueden cultivar.

Grahim miró a Zïru y le dedicó una sonrisa leve, aunque algo condescendiente.

—Gracias por traerlos, pequeño aprendiz —le dijo—. Sé que la torre puede ser imponente, pero lo has hecho bien. Quédate cerca. Escuchar también es parte del aprendizaje.

Zïru enrojeció, bajó un instante la mirada… y luego la volvió a alzar con dignidad.

—Sí, maestro Grahim —respondió con voz contenida.

—Ha llegado más gente afectada —dijo entonces el Archimago, sin girarse.

—Y cada nuevo caso parece más imposible que el anterior —añadió Ukarin, con voz cansada—. He revisado todas las realidades posibles. El orbe ha creado fisuras incluso en líneas que jamás debieron cruzarse.

—No es el orbe —intervino Grahim con gravedad, sin dejar de observar la semilla—. Es lo que hicieron con él. Nadie lo activó con respeto. Lo forzaron. Y eso tiene consecuencias.

Tinín dio un paso al frente y  sacó un pergamino, cuidadosamente doblado.

—Ezta carta me la dio mi papá, Drawets el pícaro —dijo, extendiéndola al Archimago—. Me dijo que confiara en zu palabra. Que uzted no le debía nada a nadie… ezcepto a él.

El Archimago tomó la carta. La leyó en silencio. Sus labios se apretaron y, por un instante, el brillo de sus ojos pareció más antiguo que la torre misma. Luego, se agachó un poco y sostuvo la mirada del niño.

—Esa niña… Gorrión —dijo al fin—. Si está en algún lugar de este mundo o de los otros, la encontraré.

—¿Lo promete? —susurró Tinín.

—Lo juro por todo lo que aún tiene sentido en este plano —respondió el Archimago—. Lo juro como deuda antigua. Y como viejo amigo de tu padre.

Los presentes guardaron silencio. Incluso Zïru, que no entendía del todo lo que ocurría, bajó la mirada con respeto.

—No estás solo —dijo Nashel, posando con suavidad una mano en el hombro de Tinín—. Tu padre debe saber que estás bien. Y tú necesitas descansar. Yo te escoltaré hasta el final del desierto. No dejaré que nada te ocurra.

Tinín bajó la mirada, indeciso. Le costaba soltar la esperanza recién encendida. Pero, tras unos segundos, asintió en silencio. Luego giró el rostro hacia Zïru. Se acercó a él y lo abrazó con torpeza, pero con un afecto sincero.

—Volverás pronto —dijo el pequeño impromago, aferrándolo con fuerza—. Y yo… yo habré crecido.

Nashel se ajustó el pañuelo sobre la cabeza y, antes de marcharse, alzó la vista hacia la gran cúpula de Skuchaín. Por un instante, se permitió contemplar la majestuosidad de la torre. Luego, con gesto resuelto, tomó a Tinín en brazos, caminó hasta la ventana y, sin pensarlo dos veces, saltó al vacío.

No hubo grito. Solo el sonido de su cuerpo deslizándose con precisión por la pared encantada, rebotando con agilidad entre los salientes mágicos, con una certeza que parecía guiada por la propia torre. Unos segundos después, desaparecieron entre la bruma cálida del amanecer.

El desierto les aguardaba.

—Por mi parte, puedo ayudar también —intervino Ukarin—. Tengo un dispositivo dimensional de recogida retardada. Si lo ajusto bien, puedo devolver a nuestro caballero incorpóreo a la Comarca de Azarcón. Su cuerpo quizá no… pero sí su esencia.

—¿Volver con mi pichoncito? —interrumpió Gadeslao, alzando ambas manos—. ¡Oh, Ukarin! Que el Titán bendiga tus tornillos y resortes. ¡Llévame, sí, llévame ya!

—No es inmediato —puntualizó la inventora—. Tardarás un día o dos en materializarte… pero estarás en casa.

Gadeslao hizo una reverencia flotante, algo exagerada. Luego, desapareció poco a poco entre destellos azulados, como una promesa difuminada por el viento.

El Archimago se volvió entonces hacia Grahim.

—Tú vienes conmigo, partimos al amanecer. Y también tú, Ukarin. Hay cosas que solo podremos resolver sobre el terreno.

Grahim inclinó la cabeza, serio.

—¿Y hacia dónde vamos?

El Archimago giró su varita lentamente entre los dedos. Cuando habló, lo hizo con voz profunda, como si la torre misma hablara a través de él:

—A donde se cruzan las huellas de la confusión con las del alma. Donde se gestó la primera separación.

Ukarin sonrió, encajando sus gafas de aviador sobre los ojos.

—Perfecto. Me encantan los sitios inestables.

Los tres se quedaron en silencio, contemplando cómo la runa de la carta que Drawets había entregado a Tinín comenzaba a desvanecerse en el aire, dejando una estela de ceniza dorada.

Zïru se quedó en el fondo, observando. Sabía que no lo llevarían aún, pero los contempló con los ojos muy abiertos, grabando cada gesto, cada palabra. En su interior, la promesa de convertirse en druida latía más fuerte que nunca.El amanecer traería respuestas.

O nuevas preguntas.