204 – EL RESURGIR DEL INFRAMUNDO

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EL RESURGIR DEL INFRAMUNDO

De repente, el gran portón de nogal se abrió y apareció la comitiva de Kalzaria, encabezada por Cristóforo, uno de los piratas más valorados de la isla. Tras él caminaban Mairim, la Reina Pirata, su tío Efraín y Pierre Leblanc, miembro de la antigua orden de los Hombres del Rey Rodrigo.

Mientras Pierre avanzaba, una figura conocida lo detuvo en seco. Era Hernand de Lohan, el capitán de los Hombres de la Reina. Hernand, astuto y consciente de las dificultades económicas de su antiguo compañero Pierre, se había aprovechado de su situación en más de una ocasión. Sabía que, tras la caída de la orden de los Hombres del Rey, Leblanc y los pocos leales que quedaban a Rodrigo V, Petequia y su hijo Comosu, se encontraban en una posición precaria, obligados a aceptar trabajos al margen de su antigua gloria.

El episodio más reciente había tenido lugar en los calabozos de Tilaria von Vondra, donde de Lohan había manipulado a Pierre para llevar a cabo un oscuro encargo. Sin embargo, aquella vez fue diferente. Hernand, en su urgencia por cumplir la misión, le dejó a deber un favor importante, uno que Pierre no había olvidado. Ahora, aunque ambos seguían caminos opuestos, esa deuda seguía pesando en el aire y en el recuerdo de los soldados. Sin decir una palabra,  el capitán agachó levemente la cabeza, reconociendo que la obligación seguía vigente.

—Majestad —saludó Mairim inclinándose profundamente en señal de respeto, seguida por el resto de su comitiva. Su tono grave reflejaba el respeto que sentía—. Lamento profundamente vuestra pérdida. No puedo imaginar el dolor que debéis estar sintiendo. Si alguna vez necesitáis una confidente, contad conmigo.

Mientras asentía con un gesto leve, los ojos de Melindres se detuvieron en el pecho de la reina pirata. Al inclinarse, Mairim dejó al descubierto una marca que llamó la atención de Melindres. Era la señal del Titán, el mismo emblema que una vez había brillado en el torso de su difunto esposo y que, tal vez algún día, aparecería en sus propios hijos. Verla ahí despertó en Melindres una mezcla de sentimientos. Aquella marca simbolizaba el poder y la promesa de algo mucho más grande, algo que vinculaba a Mairim con un destino ancestral.

—Sabéis tan bien como yo que los tiempos que se avecinan no serán sencillos —dijo Melindres eligiendo cuidadosamente sus palabras. Apreciaba el gesto de Mairim, pero su dolor la mantenía distante. Este encuentro, lo sabía, trascendía el simple pésame—. Por eso os propongo una alianza defensiva —declaró Mairim con firmeza, consciente del peso que la reina Melindres cargaba y de lo que estaba por venir—. Los mares ya no son seguros y lo que amenaza a Calamburia pronto llegará a nuestras costas. Si unimos fuerzas, podremos proteger nuestros reinos y enfrentar lo que está por venir. No podemos permitir que la guerra nos divida: debe fortalecernos.

Melindres la observó en silencio, sopesando las implicaciones de la propuesta. Sabía que Mairim tenía razón y que el futuro requeriría más que simples alianzas políticas; se necesitarían guerreros dispuestos a sacrificarlo todo. Antes de que pudiera responder, Pierre Leblanc dio un paso adelante.

—Mi reina —intervino Pierre con un tono solemne—, en nombre de la antigua orden de los Hombres del Rey, juro lealtad hacia vos y vuestra familia. Aquellos de nosotros que permanecemos leales ahora nos comprometemos a unirnos a los Hombres de la Reina. Protegeremos este reino hasta nuestro último aliento.

Melindres asintió con mayor firmeza, reconociendo la importancia de sus palabras. Sin embargo, antes de que las reinas pudieran concluir su conversación, el gran portón se abrió de nuevo, revelando a los oscuros invitados del Inframundo. Amunet, con paso firme y una mirada que desafiaba a la corte, avanzaba bajo las miradas recelosas de los presentes. A su lado caminaba su esposo, Xezbet, seguido por los consejeros Barastyr y Érebos, cuyas sombras parecían alargarse a cada paso.

—Altezas —saludó Amunet con una reverencia elegante; su tono era suave, pero en sus palabras se deslizaba una sutil ironía—. Reina Mairim, es un honor conoceros. He escuchado historias sobre vuestras últimas gestas en los mares, y debo decir que vuestra reputación crece a pasos agigantados.

Dirigiendo entonces su atención a Melindres, su tono cambió levemente, cargado de una simpatía que no podía sino sentirse vacía:

—Reina Melindres, lamento profundamente la pérdida que habéis sufrido. Aunque me imagino que mi presencia aquí es, cuanto menos, incómoda para vos, os aseguro que no he venido para acrecentar vuestro sufrimiento. Más bien, mi intención es ofrecer un camino hacia el entendimiento… y, quizás, la paz.

Las palabras apenas habían salido de su boca cuando Zora, la reina madre, se levantó de golpe. Su rostro reflejaba una mezcla de ira contenida y dolor y su voz retumbó en la sala.

—¿¡Cómo osáis hablar de paz cuando habéis asesinado a mi nieto?! —exclamó Zora fulminando a Amunet con la mirada—. ¡Nos traéis promesas vacías, cuando vuestras manos están manchadas con la sangre de nuestra familia!

—¿Y estos son los modales de los famosos y nobles von Vondra? —rió Barastyr buscando la mirada cómplice de su compañero Érebos, quien respondió con una sonrisa siniestra, disfrutando del caos que se desataba.

—¡La reina madre tiene razón! —gritó Arishai poniéndose de pie al lado de Zora, su mano ya descansando sobre la empuñadura de su puñal—. ¡No hay tregua posible con quienes traen muerte y oscuridad!

Amunet permaneció imperturbable; su sonrisa apenas temblaba ante la reacción. Érebos, su consejero, soltó una risa sibilante.

—¿Qué os pasa, nobles guerreros? —dijo Érebos con sorna—. ¿Acaso os tiemblan las manos al recordar que ya habéis perdido a uno de los vuestros?

—¡Silencio, sabandijas! —gritó Kórux avanzando un paso con sus ojos brillando de furia—. ¡Cómo os atrevéis a insultar a la Corona! ¡Ya habéis causado demasiado dolor!

—Querido Kórux, siempre tan apasionado —respondió Barastyr con una voz suave pero gélida—. Hace mucho tiempo que ya no tienes autoridad sobre nosotros. Deberías aprender a aceptar tu derrota.

Minerva, que hasta ahora había permanecido en silencio, dio un paso adelante, decepcionada.

—Hace tiempo fuisteis mis alumnos —dijo con voz firme mirando a Érebos y Barastyr—. Nunca imaginé que llegaríais a esto. Aun con la oscuridad invadiendo vuestros corazones, podéis luchar por lo que un día fuisteis. El orgullo que sentí por vosotros es un recuerdo lejano, pero la redención aún es posible.

—¿Redención? —Érebos soltó una carcajada sarcástica mientras su voz resonaba en la sala.

—¡Qué ingenua sigues siendo, Minerva! —añadió Barastyr con tono mordaz—. No hay vuelta atrás para aquellos que han abrazado el poder verdadero.

En ese momento, Hernand de Lohan, capitán de los Hombres de la Reina, avanzó hasta quedar frente a Amunet y sus consejeros.

—Esta sala es un lugar de respeto y protocolo —dijo con severidad—. No permitiré que quienes traicionan la paz insulten a quienes la defienden. Si esto es una negociación, comportaos como es debido o ateneos a las consecuencias.

El silencio que siguió fue opresivo, pero no duró mucho. Amunet alzó su mano y habló con un tono que helaba la sangre.

—¡Basta! —la voz de Amunet cortó el aire, tan clara y fría como el hielo—. No he venido a luchar, ni tampoco mis consejeros. Estoy aquí para hablar de paz. Y si no podéis soportar escucharme, entonces esta reunión ha terminado antes de comenzar.

Un silencio tenso siguió a sus palabras. Los rostros de la corte reflejaban enojo y desconfianza, pero todos sabían que no era el momento de atacar. Melindres, con los ojos entrecerrados, se incorporó y ordenó cortante:

—Hablad entonces. Decidnos por qué habéis venido.

Amunet mantuvo su sonrisa, pero en su mirada se reflejaba una frialdad que igualaba la de Melindres.

—Es simple: tengo una propuesta —dijo con una voz suave, casi encantadora—. Sé que nuestras disputas pasadas han traído mucho dolor, pero el futuro podría ser diferente. Os propongo una tregua, un pacto que unirá nuestras familias y reinos de manera indisoluble —hizo una pausa deleitándose en el suspenso—. Propongo la unión de nuestra descendencia.

Un murmullo recorrió la sala. Mairim entrecerró los ojos y un destello de ira cruzó su rostro.

—¿Pretendéis que casemos a nuestros hijos con los vuestros? —escupió Mairim, incrédula.

—Exactamente —asintió la guardiana del Inframundo con tranquilidad—. De esta manera, nos aseguramos de que el Trono de Ámbar y el Inframundo estén siempre unidos. Vuestra sangre y la mía reinando juntas, garantizando la paz para Calamburia.

—¡Esto es una burla! —bramó Melindres furiosa, golpeando la mesa con el puño—. ¿Casar a mis hijos con los vuestros, Amunet? ¡Jamás! Jamás permitiré que la sangre de mi familia se mezcle con la de una asesina.

—¡Por encima de mi cadáver! —rugió la reina pirata, sus ojos brillando con una rabia contenida—. Mi pequeña Elora jamás se casará con esos… esos monstruos del Inframundo. Ni en esta vida ni en la próxima.

Mientras hablaba, la marca en forma de C que tenía grabada en su pecho comenzó a iluminarse, rodeándose de un aura dorada que irradiaba poder. El resplandor creció con intensidad, reflejando la furia y la determinación de la reina pirata. Junto a ella, Efraín entrecerraba los ojos, reconociendo al instante la señal. Sabía lo que aquello significaba: el poder del Titán estaba despertando en su sobrina.

Amunet, manteniendo su compostura, alzó una ceja en un gesto de ligera burla.

—Os pido que lo consideréis. Ninguna nacisteis para reinar, y ninguna quería hacerlo. Pero mirad dónde estáis ahora. Reináis porque alguien más lo quiso, porque otros os pusieron en ese lugar —hizo una pausa, observando el efecto de sus palabras—. Yo nací de la unión de todos los reinos: nací para gobernar. Si me dejáis hacerlo, seré la emperatriz de los dos mundos. Sólo así evitaremos más sangre y sufrimiento…

—Estáis realmente desquiciada —intervino Periandro visiblemente estupefacto.

Amunet giró su mirada hacia Periandro, sus ojos centelleando con un brillo peligroso.

—Desquiciada, dices —respondió con tono gélido—. No creo que quieras entender lo que verdaderamente está en juego. La paz que os ofrezco es el único futuro sin más derramamiento de sangre. Vuestra negativa solo traerá más muerte, más pérdidas para ambas partes. ¿Es eso lo que queréis?

—No tenéis derecho a hablar de paz —intervino Arishai con su voz resonando en la sala como un trueno—. Habéis traído oscuridad y destrucción a nuestras tierras. Vos y los vuestros —añadió mirando con desdén a los consejeros— no conocéis la lealtad ni la compasión. Solo venís por lo que podéis tomar por la fuerza o el engaño.

Barastyr, siempre listo para la confrontación, se inclinó hacia delante con una sonrisa burlona.

—La compasión es un lujo para los débiles. Y la lealtad… bueno, depende de a quién consideres digno de ella.

Mairim dio un paso hacia delante con los ojos clavándose en Amunet y sus consejeros.

—No se trata de fuerza o engaño. Se trata de defender lo que es nuestro. Y no os equivoquéis, Amunet, no vais a tomar lo que pertenece a mi familia, ni a la de Melindres, ni a Calamburia. No mientras yo siga respirando.

Xezbet, que hasta entonces había permanecido en silencio, alzó su voz con una calma perturbadora.

—Lo que pertenece a una familia o un reino es algo que se puede discutir, reina pirata. El poder cambia de manos constantemente. Lo que hoy es vuestro, mañana puede no serlo. ¿Por qué aferrarse a algo que el tiempo acabará tomando de todas formas?

Melindres se inclinó hacia la mesa, mirando fijamente a Amunet.

—Lo que es nuestro no será tomado por la fuerza ni por vuestras manipulaciones, Amunet. No habrá alianza, ni tregua. No con la sangre de mi hijo todavía fresca. No con vuestros monstruos invadiendo nuestras tierras.

Amunet se mantuvo impasible, pero la tensión en la sala era palpable. Finalmente, rompió el silencio con una sonrisa apenas perceptible.

—Lo entiendo. —Hizo una pausa, permitiendo que el silencio recobrara su dominio antes de continuar—. Pero recordad mis palabras: habrá un momento en el que no tendréis otra opción que aceptar mi oferta… o perecer.

En ese instante, Inocencio I, que había observado la discusión con seriedad, intervino por primera vez.

—No más amenazas veladas, Amunet. Si habéis venido a ofrecer paz, hacedlo, pero no con condiciones que mancillen el honor de estas familias.

Amunet lo miró fijamente mientras su sonrisa se desvanecía con lentitud.

—Tenéis razón  —asintió levemente. La decisión estaba tomada—. Esto no es una amenaza, sino una advertencia. Escoged si este será el final de vuestras dinastías o el comienzo de algo más grande. Solo espero que, cuando llegue el momento, no sea demasiado tarde para cambiar de opinión.

La tensión en la sala era insoportable. Todos los presentes estaban en guardia, listos para cualquier movimiento. Melindres, con el rostro endurecido por la ira, se levantó lentamente de su asiento.

—No voy a cambiar de opinión —sentenció—. Ni ahora, ni nunca. Podéis mantener vuestras promesas vacías y vuestras amenazas. No habrá alianza. No habrá tregua. Y si pretendéis seguir insistiendo, lo único que os espera es una guerra que no podréis ganar.

Amunet permaneció en silencio por un momento, evaluando las palabras de la reina. Luego, se levantó enfrentando a Melindres con una calma perturbadora.

—Una guerra que, creéis, no puedo ganar… —dijo Amunet dejando que sus palabras fluyeran con suavidad—. Pero el tiempo siempre juega a favor de aquellos que tienen paciencia.

—Basta ya de palabrería, Amunet —intervino Mairim dando un paso hacia delante—. Si estáis aquí para pelear, no nos hagáis esperar. Pero si aún creéis en vuestra oferta de paz, demostrad que sois capaz de algo más que amenazas veladas y manipulación.

Mientras hablaba, la luz de la marca del Titán se intensificaba cada vez más. Desde el otro lado de la sala, Inocencio I cambió su expresión al instante, reconociendo el poder que emanaba de ella. La energía que irradiaba ya no solo era palpable, sino que parecía alterar el aire a su alrededor, como si la misma esencia del Titán respondiera a su llamada.

Impresionado por la creciente intensidad del aura de su sobrina, Efraín retrocedió un paso. El resplandor, más fuerte y vibrante, llevaba consigo una advertencia inconfundible: el despertar del Titán era inminente y su poder se canalizaba a través de Mairim.

A pesar de todo, la reina pirata no retrocedió ni un ápice. Su mirada, fija en Amunet, reflejaba no solo ira, sino también una determinación implacable. La intensidad del aura dorada que la rodeaba era el eco de su promesa: proteger lo que le pertenecía a ella y a los suyos, sin importar el costo.

—Escuchadme bien, porque no lo volveré a repetir —Melindres se levantó con una furia incontrolable, dando por terminadas las negociaciones—. Jamás permitiré que volváis a pisar Calamburia. Regresad al infierno al que pertenecéis y no volváis a poner un pie en mis tierras.

El silencio que siguió a sus palabras era como el instante antes de la tormenta y, en un solo segundo, la sala se convirtió en un campo de batalla. De pronto, fue Xezbet quien hizo el primer movimiento, sin necesidad de alzar la voz ni el báculo. Se acercó a Periandro susurrando suavemente con su voz seductora y peligrosa:

—No tienes por qué seguir luchando por ellos. No lo merecen. Acaba con esto ahora mismo…

Periandro, con su mente nublada por el hechizo, levantó su varita. Sus ojos, vacíos, se dirigieron a la reina Melindres y un destello de magia oscura brilló en la punta de su varita antes de que un rayo de energía saliera disparado directamente hacia ella.

—¡No! —gritó Minerva desde el fondo de la sala, intentando reaccionar.

Antes de que el rayo alcanzara a Melindres, Hernand de Lohan se lanzó hacia ella, interponiendo su cuerpo en el camino del ataque. La centella lo golpeó en su pierna, haciéndolo caer de rodillas. En ese momento, un recuerdo cruzó la mente de Melindres. No había estado presente, pero las palabras de Periandro, aquel que ahora lanzaba el ataque, resonaban en su mente. Él había sido quien le contó la desgarradora historia de su hijo Sancho, meses atrás. Le habló de cómo el pequeño se había arrojado con valentía delante de Rodrigo, su hermano mayor, protegiéndolo de un destino fatal y perdiendo su propia vida en el proceso de salvar la del primogénito. Aquella historia volvió a atormentarla. Hernand, ahora caído frente a ella, recreaba de manera cruel ese mismo sacrificio. La impotencia la paralizaba, atrapada entre el pasado y el presente. Sancho ya no estaba, y ahora Hernand seguía el mismo destino.

—¡De Lohan! —exclamó Melindres sobresaltada, mientras el capitán de los Hombres de la Reina luchaba por mantenerse en pie.

A pesar de la herida, Hernand no dejó caer su mosquete. Con una determinación feroz, levantó el arma, apuntó directamente hacia Xezbet y disparó. La bala voló hacia su objetivo pero, justo antes de impactar, desapareció en una nube de magia demoníaca, esfumándose con un retorcido susurro que resonó por la sala.

—¡Maldito seas, engendro! —rugió Hernand tambaleándose, pero aún en pie, mientras las sombras se desvanecían donde el demonio había estado. Sin embargo, el demonio no había desaparecido del todo. Otro susurro oscuro volvió a invadir la sala cuando Xezbet reapareció en otro rincón, observando desde las penumbras con una sonrisa torcida, preparándose para su siguiente movimiento.

Mairim sentía cómo la energía del Titán seguía fluyendo a través de ella, envolviéndola en su aura dorada. Con esa fuerza sagrada canalizada, la elegida del Titán dirigió todo su poder hacia Xezbet en un devastador ataque luminoso. El demonio, consciente del peligro, reaccionó al instante conjurando un escudo mágico que lo rodeó, manteniéndolo a salvo mientras su energía se regeneraba.

El impacto del ataque resonó en la sala, liberando una oleada de poder que sacudió el aire a su alrededor. Aprovechando ese momento, Inocencio I alzó su brazo al cielo y comenzó a entonar palabras sagradas al Titán. Su invocación llenó el aire de una vibración poderosa, sincronizándose con la energía que Mairim había liberado. El sumo pontífice canalizó esa energía sagrada para proteger a Melindres con una luz cálida que descendió sobre ella, formando una barrera luminosa que defendía a la reina de las oscuras influencias que la rodeaban.

Tras el éxito de su ataque, la reina pirata dio un pequeño salto de alegría que recordaba a la Mairim despreocupada de su juventud. La felicidad de saber que era la elegida del Titán la envolvía. Estaba lista para seguir luchando al lado de su tito Efraín con todo el poder que la energía del Titán le otorgaba.

En medio del caos, Cristóforo, siempre ágil y con la rapidez de los piratas, se lanzó a la acción. Con un salto veloz, desenfundó su sable y se dirigió hacia Érebos, que estaba sumido en la oscuridad. El filo de su arma cortó el aire, buscando hacer retroceder al consejero del Inframundo.

—¡Atrás, sombra vil! —gritó Cristóforo con unos movimientos precisos que intentaban abrir una brecha en las defensas del enemigo.

Sin embargo, antes de que pudiera asestar un golpe decisivo, Barastyr y Érebos intercambiaron una mirada rápida y, en un instante, Érebos lanzó una oleada de sombras para desorientar al pirata, mientras su compañero Barastyr invocaba un rayo de energía oscura que golpeó al filibustero directamente en el pecho, derribándolo con fuerza.

Cristóforo cayó al suelo, inconsciente, y su sable rodó por la sala lejos de él. En ese momento, los consejeros aprovecharon la confusión para desatar todo su sombrío poder. La sala se oscureció rápidamente, las sombras comenzaron a arremolinarse alrededor de los pies de sus enemigos y pronto empezaron a engullir a los presentes.

Pierre Leblanc, con el mosquete en mano, intentó ayudar al pirata disparando contra Érebos, pero las sombras desdibujaban su objetivo, haciendo imposible apuntar con precisión. A su lado, Hernand intentaba poner a resguardo a Zora, mientras la oscura nube parecía aumentar en fuerza, envolviéndolos como una marea negra.

En medio de la confusión, la reina madre, con la ayuda de de Lohan y con movimientos rápidos y precisos, consiguió ocultarse detrás de la majestuosa mesa, protegiéndose de los embates de las sombras que se arremolinaban a su alrededor. Aunque a salvo, podía sentir el peligro cada vez más cerca, mientras los demoníacos poderes del Inframundo seguían extendiéndose por toda la sala.

—¡Abraxas! —gritó Amunet alzando su báculo. Un rayo cayó del techo y golpeó a Kórux, quien se tambaleó, aunque su poder le permitió resistir el impacto inicial.

—¡No podemos permitir que caiga el archimago! ¡Formad un perímetro a su alrededor! —ordenó Arishai con la firmeza de un estratega veterano. Avanzó con su daga en alto y, con la precisión de un escorpión acechando a su presa, se lanzó directamente hacia Érebos. La cuchilla brillante cruzó el aire y, aunque el consejero intentó desvanecerse en la penumbra, Arishai logró darle un corte en el brazo. De la herida brotó sangre oscura, que cayó al suelo y empezó a borbotear, mientras Érebos retrocedía con una risa envenenada.

—¡Vaya, el escorpión ha clavado su aguijón! —rió Érebos con venenosa  ironía, observando la sangre que brotaba de su herida—. Pero déjame mostrarte lo que sucede cuando juegas con la Oscuridad.

Con un movimiento rápido y un murmullo en una lengua arcana, Érebos extendió su mano hacia Arishai. De su palma surgió una ráfaga de sombras que envolvió al líder de los escorpiones y lo lanzó por los aires. El cuerpo de Arishai voló violentamente hacia atrás, golpeando las paredes del salón con un estruendo, antes de caer al suelo, inconsciente.

—La Oscuridad siempre reclama su venganza —añadió Érebos con una sonrisa torcida, mientras las sombras a su alrededor volvían a agitarse.

—¡Áxbalor! —exclamó con ira la guardiana del Inframundo, invocando el poder del demonio de los afectos. De pronto, los aliados de la Corona comenzaron a enfrentarse entre sí. Celos, desconfianza y antiguas rivalidades afloraron con una violencia brutal, pero también surgieron pasiones desbocadas y deseos irracionales.

En ese momento, Mairim miró a Efraín con una mezcla de furia y resentimiento que nunca antes había sentido tan intensamente. Su voz salió afilada como un puñal.

—¡Siempre has querido quitarme el mando! —gritó la reina pirata a su tío con rabia— ¡Eres igual que el resto de la familia, incapaz de aceptar que soy mejor capitana que tú!

—¡¿Mejor capitana?! —respondió el aludido, enfurecido por el encantamiento del demonio—. ¡No durarías ni un solo día sin mí, niña arrogante! ¡Te lo he dado todo!

Mientras tanto, Pierre Leblanc, que intentaba proteger a Zora, sintió cómo el hechizo de Áxbalor se apoderaba de sus emociones. Incapaz de resistir la atracción que ejercía sobre él, volvió la mirada hacia Hernand de Lohan, quien, herido pero todavía en pie, lo observaba con una mezcla de dolor y deseo.

—Siempre has sido el favorito de los reyes —murmuró Pierre, pero esta vez sus palabras no contenían rencor—. ¿Es esto lo que querías? ¿Verme arrodillado ante ti?

Hernand, también dominado por el hechizo, sintió un impulso incontrolable de acercarse a Pierre. A pesar de la confusión que lo envolvía, no pudo resistir el embrujo. Tomó a Pierre por los hombros con una mezcla de pasión y desconcierto.

—Pierre… —murmuró con las palabras fluyendo entre la atracción y el caos de la batalla—. Siempre he sentido que tú y yo éramos más que compañeros de armas. Tal vez la guerra no sea lo único que nos une…

El hechizo de Áxbalor distorsionaba la realidad, desdibujando la línea entre odio y deseo, mientras antiguos rencores se transformaban en deseos irracionales. La tensión entre los dos hombres se hizo palpable, atrayéndolos inevitablemente el uno hacia el otro en medio del caos de la batalla.

Mairim y Efraín continuaban gritándose, mientras Kórux, sacudido por el rayo de Abraxas, intentaba recuperar el control de la situación. Sus ojos ardían con una furia controlada, pero el poder de Amunet estaba acorralando a todos sus aliados.

—¡Luxanna! —gritó la emperatriz del Inframundo invocando al súcubo que quitaba los sentidos. Al instante, una neblina oscura cegó a varios de los presentes.

—¡Maldita sea, no puedo ver! —gritó Mairim disparando a ciegas.

Efraín, todavía cegado por la rabia inducida por Áxbalor, disparó su trabuco en una dirección errática, casi golpeando a Minerva, quien tuvo que agacharse rápidamente para evitar el proyectil. Mientras tanto, Kórux, con sus sentidos aún intactos, concentró toda su magia para intentar contrarrestar el caos que Amunet había desatado. Levantó su varita con firmeza,  y su voz resonó clara por encima del tumulto.

—¡Esto no ha terminado! —gritó liberando una oleada de luz blanca que empezó a disipar la maldición de Luxanna y el influjo de Áxbalor.

Sin embargo, Amunet ya tenía a todos atrapados. Sus poderes, invocados con precisión y crueldad, habían debilitado a los defensores. Uno a uno, los miembros de la Corte de Ámbar comenzaron a caer. Finalmente, sólo quedaban Amunet y Kórux, enfrentándose cara a cara mientras los demás yacían desmayados, atrapados o heridos.

—Esto se acaba aquí —dijo el archimago, firme y plantado frente a la emperatriz del Inframundo.

—No, Archimago —sonrió Amunet con una calma perturbadora—. Esto es solo el comienzo.

El enfrentamiento entre ambos alcanzó su punto álgido cuando la señora del Inframundo, con el báculo elevado y el poder de los demonios girando a su alrededor, lanzó una última amenaza.

—¡Esto no termina aquí, archimago! Seré la emperatriz de los dos mundos —gritó Amunet—. ¡Abraxas, Luxanna, Xantara, todos conmigo!

Sin embargo, antes de que pudiera invocar a más demonios, Kórux, con una determinación feroz, concentró todo su poder en un solo ataque. Con un rápido movimiento de su varita, lanzó una esfera de pura magia blanca directamente hacia Amunet. El impacto fue tan violento que su poderoso báculo tembló entre sus manos y, durante un breve instante, los demonios atrapados en su interior se desvanecieron en silencio. La oscuridad que la rodeaba comenzó a disiparse y Amunet, sorprendida e incrédula, dio un paso atrás.

Aunque debilitada, la emperatriz no estaba derrotada. Miró a su contrincante con sus ojos llenos de odio y una promesa de venganza. No era el momento de continuar. Con un suspiro contenido, su cuerpo empezó a envolverse en sombras.

—Parece que finalmente hoy no será vuestro último día —dijo, su voz suave pero teñida de una condescendencia calculada—. Este lugar está envuelto en luto por el príncipe fallecido, y sería una pena que alguien más tuviera que unirse a ese duelo tan… pronto. Me retiraré… por ahora.

Una sonrisa cargada de falsa piedad se dibujó en sus labios mientras miraba a su alrededor. Sabía que, aunque no había logrado imponer su pacto, había conseguido lo que de verdad buscaba.

Amunet desapareció junto a su séquito, dejando tras de sí un aire de amenaza y promesas rotas.

En la sala, los presentes empezaron a recuperar la consciencia lentamente, sin pronunciar palabra. El duelo por el príncipe ahora se mezclaba con la sensación de que algo más oscuro y profundo estaba en marcha. Melindres, con el semblante endurecido, fue la única en hablar.

—Puede que te hayas retirado hoy —murmuró mirando el lugar donde Amunet había estado—, pero cuando regreses no habrá tregua, ni negociación. Solo quedará mi venganza.

Con esa declaración, selló la certeza de que la próxima batalla no sería de palabras, sino de sangre; aunque tuviera que morir en el intento.

Mientras los presentes asimilaban las palabras de la reina, Kórux intentó avanzar hacia la salida, buscando el rastro de los invasores, pero una mano lo detuvo. Era Minerva, que se acercó con cautela y le susurró con voz baja y calculada:

—Quédate, viejo amigo. Lo que ha comenzado aquí no se resolverá con simples hechizos. Tengo un plan, uno que nos permitirá anticiparnos a Amunet. Es tan audaz, tan cercano a sus propias artimañas, que jamás lo verá venir. Y lo más poético es que ha sido ella misma la que ha hecho que se me ocurra —añadió con una sonrisa que al archimago se le antojó ligeramente sádica.

Kórux se detuvo fijando su mirada en su compañera. Comprendió entonces que la verdadera batalla aún estaba por librarse, no solo en los campos de Calamburia, sino en las mentes y corazones de aquellos que aún resistían. Y si alguien tenía un plan capaz de salvar el reino, esa mente brillante y astuta solo podía ser la de su querida Minerva.

203 – REQUIEM POR UN NIÑO

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REQUIEM POR UN NIÑO

El Palacio de Ámbar había perdido su brillo. La piedra, antaño resplandeciente, ahora se apagaba lentamente, al igual que las preciosas hortensias de los jardines, marchitándose bajo un cielo que ya no bailaba alegremente al son del viento. En lo alto de la torre, la bandera de Calamburia ondeaba a media asta, señalando la desolación que envolvía tanto el paisaje como el interior del castillo. En lo más profundo de aquel recinto sombrío, una madre devastada intentaba sobrevivir a su propia tormenta.

Melindres, la implacable reina de Calamburia, siempre había considerado a sus hijos como los hilos de una delicada trenza. Doddy, Sancho y Zoraida eran las tres hebras que, entrelazadas, habían dado forma y sentido a su vida. Pero ahora, con Sancho arrancado de su lado, la trenza se deshacía, quedando suelta y frágil en sus manos. Sin uno de esos hilos, todo lo que había tejido con amor y cuidado se desmoronaba. Aunque sabía que debía mantener su entereza por Doddy y Zoraida, el vacío que dejaba Sancho pesaba demasiado. Sin él, el equilibrio de su vida se deshacía, y el amor que una vez había compartido con sus hijos se teñía del insoportable dolor de la pérdida.

Aunque sabía que debía mantenerse firme por Doddy y Zoraida, en su interior crecía un anhelo más oscuro, uno que le susurraba con fuerza en los momentos de mayor debilidad. Quería retroceder en el tiempo, deshacer cada elección y cada paso que la habían llevado hasta allí. Hubiera preferido no haber conocido el amor que sus hijos le ofrecieron, si eso significaba también evitar el abismo de dolor en el que se encontraba. Sin el amor, no habría vacío; sin el apego, no habría pérdida. En su corazón, el deseo de borrar su propia historia palpitaba con fuerza, como una llama que titilaba en medio de la tormenta, apagándose poco a poco.

Arishai, el poderoso líder de los clanes nómadas del desierto de Al-Yavist, buscaba desesperado a su querida hija. Aunque no hubiese podido verla crecer, el temido guerrero sentía debilidad por su primogénita. De entre todas sus hijas, Melindres era su flor más preciada: la que había nacido de la semilla del amor. Nunca había olvidado la primera vez que vio a Zora von Vondra, una joven marquesa que viajaba en su elegante carruaje para contraer nupcias con un estirado erudito. El nombre de Arishai siempre había infundido temor entre los habitantes de Calamburia, pues de todos era sabido que ningún forastero que se adentraba en el desierto escapaba al veneno de su aguijón, pero Zora era diferente. Con una única mirada, la marquesa encandiló al fiero guerrero, quien no dudó en hacerla suya. Durante su confinamiento, la marquesa empezó a enamorarse de su captor y lo que comenzó como un ultraje, rápidamente se tornó en una tórrida relación. Sin embargo, ella nunca llegó a olvidar sus aspiraciones y abandonó al nómada portando consigo la prueba de su pasión.

—Hija —dijo Arishai al encontrarla—, sé que es un momento muy duro, pero debes recomponerte. Es importante que nuestros enemigos no noten nuestra debilidad. No podemos perder el trono por el que tanto hemos luchado.

Melindres lo miró con una furia que le ardía en el pecho, como si, finalmente, el muro de frialdad y compostura que había construido a su alrededor se hubiera desmoronado.

—”¿Hemos luchado?” —dijo con una amargura que hizo eco en las paredes de la habitación—. ¡Yo no he luchado por esto! —exclamó con voz colérica—. ¡Yo no he pedido nada de lo que me habéis dado! ¿Por qué habríais de creer que yo quería ser parte de vuestras miserables ambiciones? Yo solo deseaba una vida normal: una madre que no me mirase como el recordatorio de todo lo que perdió y un padre que estuviese conmigo, no un fantasma que aparece cuando le conviene, como un viento en el desierto. ¡Pero en lugar de eso, todo lo que he tenido es soledad, manipulaciones y mentiras!

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero su voz no temblaba. Era una tormenta que por fin había encontrado su momento para explotar.

—Vosotros queríais el poder, no yo —continuó—. ¿Y ahora qué? ¡Mi hijo está muerto! ¡Peor que muerto! Está en el infernal reino de aquella maldita criatura que me lo arrebató. ¿Qué crees que le harán en el Inframundo? ¡Dímelo! ¿Qué piensas que está sufriendo allí mientras nosotros seguimos con este juego de poder absurdo?

Zora, que había estado observando desde el umbral de la puerta, se acercó con paso firme y rostro inmutable, pero con una tensión que se filtraba en cada palabra.

—Precisamente por eso debes salir y tomar las riendas de la situación —irrumpió estoica—. Debes mostrar al mundo que la Corona sigue siendo fuerte, que no se tambalea, y que no permitirás que ninguna niña pretenciosa te arrebate tu futuro ni el de tus hijos.

Melindres se volvió hacia ella como una bestia acorralada, sus palabras ahora llenas de veneno.

—¿Futuro? —rió con amargura—. ¿Qué futuro? El futuro ya me ha sido arrebatado. Sancho está muerto, y no me hables de mis otros hijos. ¡Tú no sabes lo que es perder a un hijo! Tú no sabes lo que se siente cuando te arrancan un trozo de tu propia alma, sin ninguna razón. Vosotros dos me habéis quitado todo lo que una vez fui. Jamás me quisisteis; solo queríais lo que yo representaba para vuestros intereses. Y ahora queréis que finja que todo está bien, que soy fuerte, mientras mi vida se desmorona…

Zora la miró con dureza.

—Ya ha matado a Sancho, ¿crees que le temblará el pulso a la hora de deshacerse del resto de la familia? Levántate y prepárate: Amunet habrá ganado la primera batalla, pero por el Titán que no ganará la guerra —sentenció la reina madre sin rastro de ternura en sus palabras.

Ajenos a la acalorada discusión, Minerva y Periandro trataban de calmar a los infantes, que apenas entendían lo que había sucedido.

—¿Pod qué Amunet quiede matadme? —preguntó el príncipe desolado.

—Desea el Trono de Ámbar —explicó Minerva Sibyla, la directora de la escuela de Skuchaín—. Como legítima hija de Rodrigo IV, afirma estar por encima de vuestra madre en la línea de sucesión.

—¡Pero si nuestros padres son los reyes! —exclamó Zoraida tan triste como confundida—. Madre siempre nos ha contado que padre era descendiente de los Rodrigo y ella de los Von Vondra.

—Eso es cierto —explicó Periandro—, pero los Von Vondra eran enemigos de los Rodrigo, y las antiguas reinas, Sancha III y Urraca, nunca aceptaron que vuestra madre naciese fuera del matrimonio. De hecho, vuestros padres, los actuales reyes, nada más casarse las exiliaron a ambas a Villaolvido.

—¿Nuestda madde es una bastadda? —preguntó Doddy, al que apodaban así por no saber pronunciar la erre.

—¡Pues claro que sí! —declaró Zoraida—. ¡Si ya sabes que los abuelos Zora y Arishai nunca se casaron, pues es bastarda!

—¡No digáis eso de vuestra madre! —los reprendió Minerva—. Zora había crecido con Petequia y Urraca, las hijas de Rodrigo IV y Sancha III y herederas al trono. De niña, era íntima amiga de Petequia, con quien fantaseaba que algún día sus hijos se casarían y podrían ser familia. Sin embargo, Urraca, ávida de poder, traicionó a su hermana y le usurpó el trono. Como necesitaba la ayuda de los nobles para mantener la paz en el reino, recurrió a Zora en varias ocasiones para poder protegerse de los constantes ataques de la Emperatriz del Inframundo, los zíngaros y Petequia, a cambio de unir a sus familias en matrimonio.

—Para poder tener una descendencia de alta alcurnia y reputación intachable —prosiguió Periandro—, Zora se comprometió con Félix, el erudito más prestigioso de Skuchaín y actual archimago de la torre.

—Bueno, técnicamente el archimago Kórux no es solo Félix —intervino Minerva adoptando un tono reflexivo pero ligeramente condescendiente—. El archimago que conocemos hoy como Kórux es algo… más complejo. Es la fusión de dos seres: Félix, el gran erudito, y el salvaje Corugán, un guerrero cuya mente y cuerpo fueron fundidos, literalmente, con los de Félix mediante una magia sumamente avanzada. Así se creó un ser único, que combina la profunda sabiduría de Félix con la fuerza y la poderosa magia de Córugan. Algo que, por supuesto, solo unos pocos podrían comprender completamente —añadió con aire de superioridad.

Zoraida frunció el ceño claramente sorprendida por la idea.

—¿Entonces, Kórux es… dos personas en una? —preguntó fascinada.

—Exactamente. Una fusión arcana extremadamente poderosa —corrigió la directora con su típico tono pedante.

—Solo aquellos con un dominio profundo y sofisticado de la magia podrían haber sobrevivido —dijo Periandro asintiendo con respeto.

Minerva alzó la vista, fingiendo un aire soñador.

—Ah, cómo me encantaría tener una varita mágica, y hacer cosas tan… interesantes como esas —suspiró, pero enseguida su tono se volvió más literal y pragmático—. Claro que, de momento, me conformo con la dirección de Skuchaín y con llevar la capa dorada (ya sabéis, un símbolo de autoridad…) Pero quién sabe, tal vez algún día me veáis lanzando hechizos desde lo alto de la torre. Aunque, por ahora, lo dejo en manos de aquellos que nacieron para ello. Yo no tuve la suerte de ser agraciada con la marca arcana…

—Entonces… ¿La abuela Zoda iba a casadse con Kódux? ¿Y cómo acabó con el abuelo Adishai? —intervino Doddy cada vez más desconcertado.

—Os explico —comenzó Minerva—. Cuando emprendió el camino hacia la Torre de Skuchaín, los nómadas asaltaron la caravana y Arishai retuvo a la marquesa en el campamento y, sin escrúpulos, la…

—Sin escrúpulos la… retuvo hasta que ella… logró huir —interrumpió Periandro apresuradamente lanzando una mirada de advertencia a su tía—. Y de ese encuentro nació el amor, y… una semilla del desierto entró en la abuelita Zora, aunque, bueno, ella al principio no fuera consciente de ello.

El mago-erudito sonrió nerviosamente, intentando suavizar la realidad para los pequeños y evitando que supieran la cruel verdad de la concepción de su madre en cautiverio.

—Cuando al fin llegó a Skuchaín, Félix se dio cuenta de que la abuela tenía una… semilla del desierto en su interior —prosiguió poniendo especial énfasis en sus palabras, como si las envolviera en comillas— y, bueno, la rechazó. Es decir —corrigió rápidamente—, decidió que prefería esperar a otra mujer que no tuviera una semilla. La abuela Zora, un poco triste, volvió a Síahuevo de Abajo, donde dio a luz a vuestra madre.
—Pero si Urraca y la abuela eran amigas, ¿por qué no la acogieron en el palacio? —preguntó la infanta.
—Urraca nunca tuvo verdaderos amigos —respondió Minerva con voz seca—. Para ella, Zora siempre fue inferior, especialmente teniendo una hija ilegítima. Sin embargo, cuando la Oscuridad volvió a amenazar Calamburia, Urraca y Sancha tuvieron que pedirle ayuda una vez más, forzándola a casar a vuestra madre con Sancho I, el heredero al trono.

—Pero ¿el padre de Amunet no es un redivivo? ¡No está vivo! Lo mató la villana de la tatarabuela vieja pelleja Sancha —dijo Zoraida frunciendo el ceño.

—Sí, así fue, pero antes de morir, Rodrigo IV hizo un trato con Van Bakari, el traficante de almas —explicó Periandro con calma, adoptando el tono de un maestro que narra una lección compleja—. Poco antes de su matrimonio, Rodrigo IV, débil y ambicioso por las intrigas de la corte, vendió su alma a Van Bakari en un trato secreto para escapar de la muerte y conseguir el trono.

—Sancha III —prosiguió Minerva—, cansada de los desmanes y la debilidad de su esposo, comenzó a envenenarlo en secreto mientras tramaba un golpe de estado junto a su hija Urraca. Su plan era desterrar a Petequia, que cada vez le recordaba más a su tedioso marido. Lo que Sancha no sabía era que el alma de Rodrigo ya no le pertenecía, pues el rey la había entregado al traficante. Cuando los consejeros umbríos conjuraron Cuna de Oscuridad tras ganar el IV Torneo, Van Bakari liberó al antiguo rey de su cárcel y urdió un plan para que contrajera matrimonio con Évolet, la Emperatriz del Inframundo.

—¿Qué pinta todo eso en lo que pasa ahora? —preguntó la infanta agrandando sus ojos de asombro.

—Como hija legítima del primer rey de Calamburia, Amunet reclama el trono —respondió Minerva acercándose a la niña—. Se autoproclama emperatriz de los dos mundos y, para ella, vuestra familia es lo único que se interpone entre ella y su objetivo. Como sanguinaria hija de Évolet, no dudará en matar a quien sea necesario para alcanzarlo.

En ese momento, llegaron las damas escorpión, Shuleyma y Shuaila, ataviadas con elegantes trajes de corte, pero preparadas para cualquier ataque con sus ocultas armas y poderosos ardides del desierto.

—Os esperan en la Sala del Consejo —dijo Shuleyma con voz firme, sin perder un segundo.

—Nosotras protegeremos a los infantes —añadió Shuaila mientras ajustaba discretamente una daga oculta bajo su manto.

Minerva y Periandro dejaron a los jóvenes príncipes, ahora custodiados por las hermanas de las arenas, reflexionando sobre todo lo que acababan de escuchar. Mientras salían al pasillo, Minerva miró de reojo a Periandro, preocupada por lo que estaba por venir.

—No te olvides de lanzar el hechizo de protección —susurró apretando los labios—. Ya sabes que yo no puedo hacerlo, y si la magia falla como la última vez, Melindres se cobrará su venganza. No soportará otro error.

Periandro asintió rápidamente y sacó su varita. Con una concentración visible en su rostro, comenzó a murmurar el encantamiento.

Exsilum Occultis —recitó en voz baja. Las palabras flotaron en el aire y, casi de inmediato, la sala comenzó a temblar levemente y los muros se desvanecieron. En cuestión de segundos, la estancia donde estaban los infantes se esfumó de los pasillos del palacio, quedando oculta a cualquier mirada o hechizo.

—Más te vale que funcione —advirtió ella con seriedad.

—Lo sé. Lo sé, tía Minerva. Que Melindres no tendrá piedad si Amunet los encuentra  —respondió él nervioso—. Esta vez no fallará.

Llegaron a la Sala del Consejo Privado, un lugar antiguo destinado a reuniones en momentos de crisis. Al entrar, el ambiente estaba cargado de tensión. La reina Melindres estaba sentada en el extremo de la gran mesa de piedra ámbar. A su lado, estaban sus progenitores: Arishai, el líder nómada, y Zora, la reina madre. Hernand de Lohan, capitán de los Hombres de la Reina, e Inocencio I, la máxima autoridad religiosa de Calamburia, ocupaban sus asientos a cada lado de la mesa. Kórux, el archimago, permanecía de pie, imponente y vigilante. Su corona y brazaletes de pelo, distintivos de su fusión, reflejaban el poder y la magia que ahora lo diferenciaban del antiguo Félix. Al verlo, Minerva recordó cómo esa transformación lo había convertido en un ser más imponente y poderoso.

—Ya era hora —gruñó Melindres sin molestarse en ocultar su impaciencia—. Estamos perdiendo un tiempo valioso.

Los recién llegados se sentaron alrededor de la mesa de piedra ámbar, mientras Kórux, con su mirada fija en ellos, asintió con lentitud antes de comenzar a hablar.

—La situación es crítica. Amunet ya ha tomado demasiada ventaja. El joven príncipe… — Kórux se detuvo, y su voz grave resonó en la sala como un eco doloroso—. El joven está muerto. La magia falló.

Un pesado silencio se instaló en la sala, roto rápidamente por Melindres.

—¡No podemos permitirnos que la magia vuelva a fallar! —exclamó Melindres, su voz cargada de furia y determinación—. Las manos de la guardiana del Inframundo están manchadas con la sangre de mi hijo. Y lo mismo ocurrirá con los vuestros si no actuamos.

—El poder de Amunet es mayor de lo que pensábamos —intervino Hernand de Lohan, su rostro marcado por la preocupación—. Los enviados de la Torre de Skuchaín no pudieron prever la magnitud de su magia oscura. 

—Debisteis haber reforzado el círculo con mayor precaución. Sabíais que Amunet no es cualquier adversaria —intervino Arishai con dureza y un tono lleno de reproche.

—La Oscuridad tiene sus raíces en ella. Sabe quiénes son los descendientes de los elegidos por el Titán, y eso la hace aún más peligrosa —sentenció Inocencio I con una frialdad que parecía cortar el aire—. Y, por mucho que os pese, Escorpión de Basalto —añadió dirigiéndose a Arishai—, deberíamos recuperar la función de los porteros para la reina Melindres, como lo hizo en su día la reina Urraca. La defensa de la Puerta del Este es crucial para proteger el Palacio de Ámbar; agradeciendo siempre la excelente fuerza de los ejércitos de las arenas, que tan buena obra están haciendo ahora que se han alineado con la corona.

—Lo excelente que fue la actuación de las guerreras de las arenas en la protección del joven príncipe… ah no, que se habían vuelto a palacio en vez de estar donde se las necesitaba —dijo de Lohan con un aire irónico y burlón.

Arishai, con el rostro endurecido, se levantó de su asiento y se encaró al capitán de los Hombres de la Reina. Tocó el puñal en su cinturón, pero no lo sacó. La tensión en la sala creció de inmediato.

—Cuidado con tus palabras, soldado —gruñó Arishai—. Hay límites que ni siquiera tú deberías cruzar.

—Basta. Tranquilizaos —intervino el archimago con tono imperioso y voz calmada, percibiendo el peligro inminente—. Esta reunión está pactada en el palacio y debe haber paz.

La reina madre, que había permanecido en silencio hasta ese momento, se levantó del asiento con autoridad.

—Debemos evitar una guerra entre nosotros —dijo Zora alzando la voz, de pie ante los asistentes—. No puede morir más gente. Ya hemos perdido demasiado, y si no controlamos nuestras emociones, Amunet se aprovechará de nuestra debilidad.

Arishai, aunque furioso, respiró hondo y se retiró lentamente, volviendo a sentarse. La tensión en el ambiente seguía latente, pero las palabras de la reina madre habían calmado momentáneamente los ánimos.

—Estaremos preparados para lo que venga —continuó Periandro retomando el hilo con firmeza—. Pero tened claro que Amunet no se detendrá por nada. Su hambre de poder va más allá de lo que imaginamos. Si no actuamos con precisión, será nuestro fin.

—Entonces será mejor que no falléis esta vez —gruñó Melindres con la frialdad de quien ha perdido todo lo que le importa—. Amunet ya me ha quitado a uno de mis hijos. Incluso si fracasa en reclamar el Trono de Ámbar, no permitirá que Doddy y Zoraida sobrevivan.

—No fallaremos —intervino Minerva con una determinación poco común—. Esta vez no dejaré ningún cabo suelto. Tendremos listas las barreras y el ataque. Si Kórux se une a la batalla, podremos retenerlas el tiempo suficiente para que no lleguen al trono.

De pronto, la calma del palacio se vio interrumpida por un leve murmullo y el sonido de unos pasos decididos. Trompetas resonaron en el aire, anunciando la llegada de los visitantes.

—¡Están entrando al palacio! —irrumpió Cristóforo en la habitación—. Hay que prepararse.

Todos se pusieron de pie, nerviosos, tensos. La atmósfera se volvió densa, y cada mirada reflejaba la ansiedad que precedía al inminente encuentro.

Mientras tanto, los niños permanecían escondidos en la sala oculta, sus corazones latiendo con fuerza. Sabían lo que estaba a punto de ocurrir. Shuleyma y Shuaila, se encontraban junto a ellos, preparadas para un ataque en caso de que la mágica protección fallara. A través del resquicio de la puerta, los pequeños observaron el paso de unos piratas ataviados con elegantes ropajes blancos y morados, similares a los que Cristóforo había llevado cuando llegó al palacio. Tras ellos, un robusto soldado cerraba la formación. Poco después, vieron pasar una nueva comitiva, esta vez vestida de negro. Al frente de ella, la persona a la que más odiaban: Amunet.

De repente, la guardiana del Inframundo giró su mirada hacia la pared en la que se ocultaba la sala, sin detener su paso. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios y Zoraida sintió un repentino y fuerte dolor de cabeza, como si supiera que Amunet estaba al otro lado del muro. El príncipe intentó levantarse para salir al pasillo a atacar a la asesina de su adorado Sancho, pero las guerreras le detuvieron con firmeza, sujetándole para evitar que cometiera una imprudencia.

Al otro lado del Palacio de Ámbar, la tensión en la Sala del Consejo era palpable. No había margen de error. Mairim y Amunet estaban en camino y todos sabían que su llegada decidiría el destino de Calamburia.

Cristóforo, con miedo contenido, mantuvo su porte protocolario mientras se dirigía a la reina.

—¿Les doy paso, Majestad? —preguntó con voz temblorosa pero controlada.

—Que así sea —sentenció Melindres, sus ojos ardiendo de odio—. Mairim, Amunet, el Inframundo… que todos se enfrenten a mi ira. No tendré piedad. Ni ahora, ni nunca.

202 – ESCUELA DE PIRATAS

Personajes que aparecen en este Relato

ESCUELA DE PIRATAS

Quietud. Silencio. Calma.

Tras meses de agonía burocrática, Mairim, la Reina Pirata, había vuelto a embarcarse en la Niña II, su majestuoso velero, junto a su querido tío Efraín. Largos años habían pasado desde su última travesía, cuando aún suspiraba por su primer amor: Walter Kennedy. El idealizado recuerdo del colono sólo se desvanecía de su mente tras la sonrisa de Elora, su pequeña y adorable hija. Sin embargo, un nuevo tsunami amenazaba las tranquilas mareas del Kal-a-Mar, pues la infame Amunet, guardiana del Inframundo, había asesinado a uno de los infantes en la final del VI Torneo de Calamburia. Al enterarse de la funesta noticia, la reina pirata decidió acudir al continente a presentar sus respetos a la reina Melindres y, siguiendo el consejo de su madre, negociar un acuerdo de protección mutua contra la inminente invasión demoníaca.Con el fin de proteger a su hija, la pirata había confiado su cuidado a sus dos padres, John Nathaniel y Railey.

Mientras sus ojos se perdían en el vaivén del océano, los pensamientos de Mairim vagaban inquietos entre las decisiones que debía tomar y las oscuras sombras que se cernían sobre el horizonte. Algo profundo en su interior le advertía de que esta travesía marcaría un cambio en su propia vida. Su madre, Petequia, volvía a colarse en sus pensamientos, pero no como la figura admirada que recordaba de su infancia. Con los años, el orgullo que había sentido por su madre se había transformado en rechazo. Petequia, siempre absorta en su primogénito, Comosu, había descuidado a Mairim, y el carácter agrio que desarrolló a lo largo de los años no había hecho más que aumentar esa distancia. Además, la influencia de su tío Efraín, quien nunca había ocultado su desdén por Petequia, había profundizado ese abismo entre madre e hija.

El exilio de Petequia a la Isla Kalzaria, donde se refugió junto a su hijo y Rodrigo V, padre de Comosu, tras la caída del Trono de Ámbar, marcó un punto de no retorno. Mientras Rodrigo pasaba largas temporadas navegando en alta mar, buscando alguna oportunidad para restaurar su reino, la desterrada se hundía cada vez más en la soledad. Fue durante una de esas largas ausencias de Rodrigo cuando Petequia encontró consuelo en el Capitán Flick, un renombrado filibustero. De esa unión nació Mairim. Aquellos años en Kalzaria dejaron una marca imborrable en la relación entre Rodrigo y Petequia, que nunca volvió a ser como antes. Allí, rodeada de un ejército leal a Rodrigo V, que aguardaba su regreso, Petequia se quedó atrapada en una existencia de amargura mientras cuidaba de un hijo completamente desquiciado y lamentaba un destino que parecía haberse vuelto en su contra.

—Mi señora, debemos volver al camarote para preparar la audiencia —una voz desdibujó la imagen de su desestructurada familia, trayéndola de vuelta a la realidad.

—Capitán Leblanc, ¿es que no puedes descansar ni cinco minutos? ¿Acaso no has mirado la inmensidad de nuestro precioso mar, las relucientes estrellas o sentido el arrullo del viento en tu cuerpo? ¡No todo es trabajo!

—Así es para un hombre del rey en misión oficial. Vuestra madre me ha encomendado un importante cometido y yo, como su leal servidor, debo cumplir con mi deber.

Mairim dejó escapar una risa amarga antes de responder:

—Mi madre y sus tejemanejes… Siempre metida en intrigas, moviendo hilos ocultos como si el mundo entero fuera una partida de Tákhel, ese viejo juego de tablero que jugaban los ancianos en las plazas de Kalzaria. No me sorprende que te haya enredado también a ti en uno de sus movimientos estratégicos.

En efecto, poco antes de partir, Petequia mandó llamar a su hija y Pierre Leblanc para una reunión privada. Como antigua princesa de Calamburia, había residido en el Palacio de Ámbar y conocido todas las intrigas y estratagemas del reino; vivencias que había ocultado a su hija hasta el momento, pues ya había visto a su primogénito sucumbir a la locura a causa de su sed de poder y no quería perder también a su pequeña. Aunque su relación con Mairim se hubiese enfriado, no podía permitir que partiese hacia tierras hostiles sin protección o sin conocer toda la verdad. Por ello, nombró a Pierre Leblanc, uno de los soldados que la había custodiado en su niñez, como guardia personal de la reina Mairim. No solo debía protegerla físicamente, sino también prepararla para los desafíos políticos que la aguardaban. Petequia encomendó al sabio soldado la tarea de instruir a su hija en la compleja historia de Calamburia y de guiarla en los complicados protocolos de las audiencias a las que tendría que enfrentarse, asegurándose de que Mairim estuviera lista para enfrentar cualquier trampa o intriga que pudiera cruzarse en su camino. 

​​Antes de partir, Petequia tomó las manos de su hija mirándola con una mezcla de orgullo y tristeza. La reina percibió algo nuevo en su madre: una vulnerabilidad que durante años había estado oculta tras su firmeza. Con un suspiro profundo y una voz que temblaba por momentos, habló:

—Mairim, sé que el Titán te ha elegido, igual que a tu hermano. Estoy llena de orgullo al saber que fuiste uno de los seres de luz que detuvieron a la Oscuridad. No hay mayor gloria que esa… pero debes saber que ni siquiera tú eres tan poderosa o tan inteligente como a veces crees ser. Yo también pensaba que iba a comerme al mundo, pero ahora entiendo que nadie puede escapar del destino que el Titán le tiene reservado. Yo no pude y sé que tú tampoco lo harás.

El dolor en sus palabras envolvía el ambiente. Aunque la distancia entre ambas era palpable, Mairim no pudo evitar sentir una chispa de compasión por su madre, pero ese abismo seguía siendo difícil de cruzar.

—Haré lo que deba, madre —respondió manteniendo la compostura para no mostrar sus verdaderos sentimientos. Sus palabras, cargadas de responsabilidad, resonaban con una adultez que pocos le habrían atribuido en su juventud. Durante años, muchos creyeron que nunca maduraría, que seguiría siendo esa joven impetuosa y rebelde que no se tomaba nada en serio. Pero ahora, el peso de su papel como reina y madre había forjado una versión de ella misma que ni siquiera su madre parecía reconocer del todo. Mientras se despedía, Mairim solo podía pensar en una cosa: sería mejor madre para Elora de lo que Petequia jamás había sido para ella.

—Quédate un momento, Leblanc. Tengo otro cometido para ti —dijo Petequia con tono firme.

Mairim salió con paso decidido, dejando a solas a su madre con su guardia. Aunque su rostro permanecía impasible, por dentro la invadía una mezcla de emociones. Al cruzar la puerta, la reina sintió el viento rozar su rostro, pero no podía sacudirse la sensación de que algo estaba por cambiar.

Petequia observó a su hija alejarse, sintiendo cómo su corazón se hundía con el peso de una despedida que llevaba años fraguándose en el silencio. Ninguna de las dos sabía con certeza que aquel adiós sería el último, pero Petequia, en lo más profundo de su ser, lo intuía. Jamás volverían a verse. Aquel pensamiento oscuro y doloroso la acompañaba mientras veía a Mairim desaparecer de su vista. Le habría gustado detenerla, pedirle perdón por los años de distancia y por no haber sido la madre que merecía. Pero eligió el silencio, como tantas otras veces, dejando que esas palabras no dichas se convirtieran en una carga que pesaría sobre su conciencia hasta el final de sus días. Al volverse hacia Pierre, el cansancio acumulado en sus ojos se hizo más evidente y las arrugas en su rostro se profundizaron, como si el tiempo y el arrepentimiento hubieran comenzado a desgastarla de manera irreversible.

—Leblanc, necesito confiarte algo más —comenzó a decir con voz más serena, pero cargada de gravedad—. Necesito que seas mis ojos y oídos en el continente. No me fío de Efraín; ese filibustero ya utilizó a mi hija para satisfacer sus ambiciones y, si encuentra la más mínima debilidad, lo hará de nuevo.

—Por supuesto, señora —respondió sin vacilar—. Contad conmigo.

Petequia, con la mirada fija en el horizonte, continuó:

—Además, necesito que permanezcas en Calamburia. He recibido una misiva de una vieja amiga, que me informa de que mi hermana está al borde del abismo. Su fiel amigo y protector la visita a menudo y, entre suspiros, le ha confesado que Urraca está completamente desquiciada: aún se cree reina y pasa los días comandando ejércitos de ratas —rió con amargura—. Quiero que le lleves esta carta a mi amiga y que la visites con regularidad. Ella regenta un lupanar en la Aldea Libre, así que tu presencia no parecerá extraña ni indeseable. Si todo va bien, te entregará una pequeña reliquia de gran valor. Tráemela en cuanto la consigas.

—Como ordenéis —se despidió el capitán con una inclinación.

Las palabras de Petequia se desvanecieron como un eco lejano y, de pronto, el peso del presente volvió a caer sobre Pierre. El murmullo del viento y el suave crujir de la Niña II lo devolvieron a la realidad mientras entraba en el camarote real junto a Mairim, quien lo observaba esperando continuar con sus lecciones. No tenía un segundo que perder, pues de todos era sabido que la reina pirata se distraía con el simple aleteo de una mosca. El tiempo apremiaba.

—Repasemos, señora. ¿Recordáis quién reina ahora en el Inframundo? —preguntó Pierre con tono paciente.

—Amunet, ¿no? —respondió Mairim algo insegura.

—Correcto —asintió el capitán—. ¿Y qué relación tiene con vos?

—¿Somos primas lejanas? —aventuró la reina pirata, aún sin estar del todo segura.

Pierre lanzó un largo y cansado suspiro. Habían repasado el linaje durante días y su dispersa alumna apenas recordaba quién era su abuelo.

—Lo volveremos a repasar —afirmó colmándose de paciencia—. Todo empieza con vuestro abuelo, Rodrigo IV. Él tuvo dos hijas: Petequia, vuestra madre, y Urraca, vuestra tía. Vuestra madre era la legítima heredera al Trono de Ámbar, pero su hermana la traicionó y desterró.

—¡A Kalzaria! —interrumpió Mairim impetuosa.

—No, a Villaolvido —le corrigió Leblanc—, donde dio a luz a vuestro hermano, Comosu.

—Mi hermano el loco, lo conozco bien —comentó Mairim con tono más reflexivo.

—Más que loco, fue embrujado por Kashiri, la primera guardiana del Inframundo, con la ayuda de Nexara, un temible súcubo con la habilidad de manejar el mundo de los sueños. La emperatriz se apoderó de su mente, obligándolo a desterrar a vuestra madre, quien huyó a Isla Kalzaria —explicó Pierre retomando la lección.

—Donde conoció al capitán Flick y me engendraron —declaró la alumna comprendiendo al fin.

—¡Eso es! —aplaudió satisfecho—. No obstante, una vez logrado su objetivo, la pérfida emperatriz destronó a vuestro hermano y lo liberó de su cautiverio. Aterrado, volvió a buscar a su madre y jamás recuperó la cordura.

—¿Y cómo recuperaron el trono? —preguntó  finalmente, interesada por la lección.

—Fue vuestra cuñada, Dorna, con la ayuda de vuestra abuela, Sancha III. Sin embargo, quien nace traidor, traidor envejece. Sancha aprovechó la debilidad de la Corona para desterrar a Dorna y hacerle creer que había matado a su vástago.

—¡El Día de la Conquista! —exclamó Mairim—. ¡Cuando me cedieron Isla Kalzaria!

—Eso es —asintió el capitán organizando de nuevo sus pensamientos—. Sancha trajo de vuelta a su querida hija Urraca y a su sucesor, Sancho I, a quien criaron como hijo de Urraca y heredero al Trono de Ámbar.

—¿Pero Sancho no era mi sobrino? El hijo de Comosu y Dorna —preguntó algo confundida.

—Exacto —afirmó Pierre—. El Día de la Conquista, Sancha ejecutó a otro bebé en su lugar y lo escondió, pero Dorna descubrió la verdad en la misma boda de Sancho y Melindres von Vondra.

—¡Por las barbas del Leviatán! La dinastía de los Rodrigo es más convulsa que la desembocadura de las Marismas de la Confusión —comentó Mairim atónita.

—¡Tenéis razón, señora! —rió el capitán—. El árbol genealógico de los Rodrigo es denso, pero el jovial carácter de la reina endulza hasta la más amarga cerveza.

De pronto, alguien llamó a la puerta del camarote. Era Efraín Jacobs, el astuto tutor de la reina, que desde pequeño había ansiado el trono. Su padre, Rodrigo II, había sido el rey de Instántalor antes de que se uniera al Reino de Ámbar, creando así Calamburia. En uno de sus viajes, se enamoró perdidamente de Kasandra, la pirata más intrépida de Isla Kalzaria. Embelesado por su amante, abandonó su castillo y se hizo a la mar con su verdadero amor, con quien engendró a Efraín. Rodrigo III, primo de Rodrigo II, no dudó en tomar el trono, negando a Efraín el lugar que le correspondía por nacimiento. El pirata había odiado a su padre tanto como a su tío. Temeroso por una nueva guerra, Rodrigo III decidió casar a su vástago, Rodrigo IV, con Sancha III, uniendo así los reinos de Instántalor y Ámbar en uno solo: Calamburia.

—¿Aún seguís con las clases de historia? —preguntó el recién llegado— ¡¿Qué más da quién haya hecho qué?! ¡Todos son unos asquerosos gusanos a los que algún día lograré pisotear!

—Claro, tito… todos gusanos, sí… —murmuró Mairim con tono indulgente, dándole la razón como se hace con los locos.

La tripulación y los piratas que rodeaban a Efraín pensaban que las historias que contaba sobre el árbol familiar de los Rodrigo no eran más que batallitas de un antiguo lobo de mar. Muchos creían que esas aventuras eran producto de su imaginación y que no podían ser ciertas. Sin embargo, la verdad de sus palabras era tan innegable como el día en que el Leviatán intentó ahogar toda Calamburia. Jacobs lo sabía mejor que nadie, y sus relatos, aunque cuestionados, escondían más realidad de la que los demás podían admitir.

—¡Ah, esos ignorantes! No tienen ni idea de lo que significa cargar con la sangre de los Rodrigo —respondió Efraín orgulloso de su historia, inflando el pecho—. Mis palabras no son simples cuentos, niña, ¡yo estaba allí!

—Espero que no te comportes así en la recepción —le reprendió Mairim cambiando de tema—. Melindres acaba de perder a uno de sus queridos hijos y no me imagino nada peor.

—¡Aún tiene a su primogénito, el valedoso Doddigo! —se mofó el filibustero con una carcajada—. ¡Menudo destino aguarda a una nación cuyo rey parece no tener dos dedos de frente! Aunque la otra opción no es más deseable: ¿quién dejaría a Zoraida, una niñita malcriada, al mando de un país? Sancho II era el más capaz de los trillizos y, ahora que Amunet lo ha matado, no queda esperanza alguna.

Mientras se burlaba, el pirata no pudo evitar reflexionar para sí mismo que todo era culpa de la dinastía de esa rama de los Rodrigo. Siempre había pensado que sus descendientes serían reyes más inteligentes, pero Doddigo parecía la prueba viviente de lo contrario. Si sus propios antepasados hubieran tomado el timón del reino en lugar de sus primos lejanos, las mareas habrían sido mucho más favorables para Calamburia.

—¡Tan optimista como siempre, tío! —respondió Mairim con una sonrisa sarcástica.

El capitán Leblanc se inquietaba cada vez más, pues a lo lejos ya se divisaba el gran campanario de Instántalor y aún quedaba gran parte de la dinastía por repasar.

—Si me permitís, voy a resumir —dijo con urgencia, divertido.

—Amunet es la heredera de los dos tronos porque es hija de la guardiana del Inframundo, Évolet, y de Rodrigo IV —añadió adelantándose para no perder más tiempo—. Rodrigo IV se casó con Évolet, la sucesora de Kashiri.

—Sé que derroté a esa hija de los infiernos, pero siempre me hago esta pregunta: ¿Évolet es entonces la hija de Kashiri? —preguntó Mairim aún dudando.

—¡Pues claro que no! —le reprendió su impaciente tío—. Kashiri murió sin descendencia y a manos de los inventores. Además, el trono del Inframundo no pasa de padres a hijos: son los altos demonios los que escogen a su gobernante.

—Cierto —asintió el capitán suavizando el ambiente—. Cuentan las leyendas que el imperio del Inframundo ha de ser gobernado por un alma tan desgarrada por el dolor que solo puede albergar oscuridad en su corazón. Los orígenes de Évolet son inciertos, aunque se murmura que era una simple campesina.

—¡¿Me estáis diciendo que la hija de una insignificante campesina es la que ha puesto en jaque a todo nuestro mundo?! —gritó la reina exasperada.

—Disculpad mi osadía, pero ¿vuestro padre tiene sangre real? —preguntó Pierre.

Mairim levantó el mentón con orgullo, y una sonrisa traviesa se asomó a sus labios.

—Mi padre es un valeroso pirata, el mismísimo capitán Flick —dijo con teatralidad—. Aunque, bueno, a veces está un poco… indispuesto por culpa del ron. Pero que quede claro —añadió clavando la mirada en Pierre—, no tolero que nadie hable mal de él, y mucho menos en presencia de mi hermana Morgana. Si estuviera aquí, te arrancaría la lengua por atrevimiento. Y si no fuese porque le prometí a mi madre que no te haría nada, ahora mismo estarías paseando por la tabla.

—Perdonad, mi señora —se disculpó contrito el soldado—. Retomo mi historia. La Oscuridad, tras perder la batalla contra los seres de luz, la que usted ayudó a ganar porque es tan fuerte y poderosa…

—¡Déjate de tonterías y apremia, que estamos a punto de atracar en Instántalor! —interrumpió Efraín con impaciencia.

—Lo dicho —prosiguió Pierre tragando saliva con una forzada sonrisa—: tras esa batalla, Van Bakari, el traficante de almas, urdió una nueva conjura para que la Oscuridad pudiera tomar el control de Calamburia: casar a Rodrigo IV, legítimo y primer rey de Calamburia, con Évolet, emperatriz del Inframundo. De esta forma, su descendencia, Amunet, podría heredarlo todo.

—Pero yo soy la primera y única reina de Isla Kalzaria. ¡Nadie puede quitarme el trono! —exclamó Mairim.

—¿De verdad lo dudas? —preguntó el capitán Jacobs con sorna—. Isla Kalzaria era solo una isla de Calamburia, ¡formaba parte de su reino! ¡Claro que Rodrigo IV era su rey!

—Y, por ende, Amunet puede arrebatarle el trono a vuestra hija Elora —concluyó Leblanc ante la atónita mirada de la reina.

Mairim lo entendió por fin: Amunet quería gobernar la Calamburia de su padre, ¡incluyendo la nación pirata!
—¡Jamás lo permitiré! —sentenció con la ira propia de una reina—. ¡Juro por el todopoderoso Titán que no consentiré que esa niñita de los infiernos usurpe el trono de mi hija!

201 – HISTORIA PARA MENTES CONFUSAS

Personajes que aparecen en este Relato

HISTORIAS PARA MENTES CONFUSAS

En el corazón del Inframundo, la vasta sala del trono resonaba con ecos de conversaciones pasadas y futuros inciertos. Las paredes de basalto negro, talladas con runas antiguas, brillaban bajo la luz de los braseros en forma de dragones, proyectando sombras danzantes. La atmósfera estaba cargada con el aroma del azufre, y los lamentos lejanos de las almas condenadas susurraban un recordatorio constante del poder oscuro que allí residía.

Grilix y Trillox, dos demonios domésticos, estaban inmersos en una discusión, rodeados de antiguos pergaminos y polvorientos documentos.

—Empiezo de nuevo —dijo Trillox con paciencia mientras organizaba un montón de papeles y pergaminos—. Rodrigo IV, heredero de Instántalor, se casó con Sancha III, princesa de Ámbar, y juntos forjaron una nueva nación: el Reino de Calamburia. Tuvieron dos hijas: Urraca I, la menor, que era estéril, y Petequia, la mayor, quien se enamoró de un noble llamado Rodrigo.

—Pero aunque también se llamara Rodrigo, este no tenía sangre real, ¿no? —preguntó Grillix.

—Eso es —asintió Trillox—. Era tan solo un noble de la familia de los Haines, pero se convertiría en el rey Rodrigo V al casarse con Petequia y reinar a su lado.

—Hasta aquí lo entiendo: el noble se prometió con la princesa heredera —dijo Grilix rascándose la cabeza.

Trillox continuó:

—Pero el problema surgió cuando, antes de las nupcias, Petequia quedó encinta de Rodrigo. Su hermana pequeña, Urraca, consumida por la envidia y la ambición, urdió un plan para deshacerse de su hermana. Con la ayuda de las zíngaras, descubrió un antiguo conjuro que necesitaba el ojo de Petequia. Una noche, Urraca y las zíngaras irrumpieron en la habitación de la heredera, le arrancaron el ojo y lo echaron en una poción. Ese brebaje era en realidad un filtro mágico que haría que Rodrigo se enamorara perdidamente de Urraca y olvidara a su prometida. Petequia fue desterrada, estando encinta y sin recordar el atroz acto que ocurrió esa noche.

—¿Y qué pasó con Petequia después? —preguntó Grillix intrigado.

—Petequia dio a luz a su hijo en el exilio y, para protegerlo, lo llamó Comosu. El niño creció en secreto, lejos de los peligros de la corte. Era conocido por ser «especial», marcado por el Titán, lo que le hacía diferente y le dificultaba ciertas cosas. Fue el primero al que le apareció la ‘C’ marcada en el cuerpo, iniciando una larga estirpe de personas con habilidades especiales —explicó Trillox.

—Vamos, que el chaval era faltuco, cortito de entendederas, ¿no? Bien, vamos encajando las piezas…. Entonces, en ese exilio fue cuando Comosu… Por cierto, ¿por qué se llamaba así? Es un nombre muy poco regio…

—No se llamaba así. Realmente se llamaba Rodrigo, pero su madre, para mantenerlo en secreto hasta que estuviera preparado para reclamar el trono, le puso el pseudónimo de Comosu, de «como su padre» —continuó Trillox.

—¡Me fascina esa Petequia! —manifestó Grilix muy emocionado—. Entonces, como hemos repasado esta mañana y si no recuerdo mal… el niño creció y, después de descubrir sus orígenes, lideró un ejército de tropas rebeldes y recuperó el Trono de Ámbar. Comosu, después de derrocar a su tía y su padre, fue coronado como Rodrigo VI y, consolidando su poder al casarse con la princesa de los salvajes, se volvió un tirano. Sin embargo, su único hijo murió joven, dejando la estirpe sin heredero directo. Ah, claro, entonces… ¡ya lo entiendo! ¡Si no hay descendencia, mi señora es indudablemente la emperatriz de Calamburia!

—No, bobo. El bebé que murió defenestrado por Sancha en el Palacio de Ámbar….

—¿Su abuela lo mató tirándolo por una ventana? —preguntó perplejo cortando a su compañero—. ¡Qué brutalidad!

—Déjame terminar —suspiró Trillox exasperado—. El bebé que murió defenestrado por Sancha en el Palacio de Ámbar…. no era realmente el hijo de Dorna, heredero de Comosu. Ese era un niño robado del populacho. El verdadero hijo de Dorna fue criado como vástago de Urraca y creció en palacio, donde lo educaron como el heredero Sancho I. 

—¿Pero no sabía todo el mundo que Urraca era estéril? —preguntó el desconcertado demonio frunciendo el ceño—. ¿Cómo se creyeron esa patraña?

—Dijeron que había sido un milagro del Titán o algo así —explicó quitando hierro al detalle—. Entonces, Sancho I se desposó con Melindres, la marquesa, y luego murió en extrañas circunstancias. Por lo visto, estaba maldito por las brujas —explicó Trillox.

—Ah, claro. Y muerto el rey Sancho, se pierde la saga y, por eso, ¡Amunet es la emperatriz de Calamburia! —concluyó Grilix satisfecho—. ¡Ahora sí que lo he entendido!

—¡No! —gritó el hastiado diablillo golpeando la mesa. Su ataque de frustración casi generó un tornado de desesperación como los que antaño invocaba Lady Ventisca—. Tuvieron tres hijos mellizos: Rodrigo, el séptimo de su nombre y heredero, Sancho, el segundo, y Zoraida.

—Pero al heredero lo mató nuestra señora —insistió Grilix.

—No, recuerda que su hermano Sancho II se interpuso y murió en un «valeroso acto de sangre». Lo decía la profecía —respondió Trillox.

—¿Pero la profecía no decía que «no llegará a adulto y que, por sus acciones, morirá ejecutado por alguien de sangre real»? ¡Pero si lo mató nuestra emperatriz! 

—¿Acaso no es de sangre real? —Trillox golpeó la mesa impaciente—. Es que como no he terminado la historia de reyes, no te has enterado. Esto es largo y algo lioso, pero muy importante.

Grilix asintió lentamente tratando de comprender. 

—Y ese es al que apodan Dodigo porque habla mal y eso, ¿no será porque el heredero también está “tocado por el Titán”?

—Exactamente, «es especial». Y ahora vamos al otro reino: Kalzaria. ¿Recuerdas a Petequia, verdad? Pues la desterrada, después de Comosu, tuvo una nueva hija con un famoso pirata y la llamó Mairim. Ella, siendo aún una niña, se levantó en armas con una flota de barcos piratas contra su abuela Sancha III. Esta rebelión resolvió la separación del reino en dos: Calamburia para Sancha III, Urraca I y Sancho I, y Kalzaria para la pirata. Así, la pequeña isla quedó bajo el dominio de la reina Mairim y su descendencia, la princesa Elora, la hija que tuvo con dos valerosos piratas —explicó Trillox, mientras su compañero escuchaba con fascinación.

—¿Con dos a la vez? 

—No, bobo. Sería solo uno, pero no se sabe bien cuál de los dos. Pues esa niña, Elora, heredará la otra parte de la superficie —precisó Trillox.

—Ah, esa es… la niña que también habla mal —comentó.

—Y eso es porque… 

—¡También está tocada por el Titán! —afirmó Grilix.

—Exactamente. 

—Entonces, nuestra señora… ¿ni siquiera hereda la isla pirata? —dedujo Grilix con tono de perplejidad.

—Sí, ¡estúpido! Remóntate a lo que hemos estudiado al principio. Al ser hija de Rodrigo IV, ocupa el mismo lugar en la línea de sucesión que sus hermanas Urraca y Petequia, por lo que antecede a sus tatarasobrino-nietos —respondió Trillox.

—Ahhh, y es la Emperatriz de los Dos Mundos porque es hija de Évolet, la anterior guardiana.

—¡Eso es! —dijo Trillox llenándose de paciencia—. Es la hija de nuestra segunda señora, la que tuvo el báculo después de Kashiri y que murió a manos de los hermanos de su propio marido.

—¿Del marido de Évolet? —dijo Grilix asombrado.

—¡No, imbécil, del marido de su hija Amunet, nuestra señora, consorte del Inframundo. Los hermanos de Xezbet mataron a su suegra y por eso ahora están encerrados —aclaró Trillox desesperado.

—¡Es verdad! Y después se desposó con nuestra señora —asintió Grilix entendiéndolo por fin.

—Exacto, ya lo tenemos descifrado —concluyó Trillox.

—¿Y quién era Juliok entonces? —preguntó confuso el otro demonio rascándose la cabeza.

—¡Por todos los condenados de la Sala del Lamento! Es el nombre que le puso Dorna a su hijo antes de creer que estaba muerto y ser rebautizado con el nombre de Sancho I, hijo de Urraca —explicó una vez más Trillox sin ganas de seguir viviendo.

—¿La estéril?

En ese momento, la puerta de la sala del trono se abrió de golpe, y Amunet, Rodrigo IV y los consejeros umbríos entraron, sus pasos resonando con autoridad. Los diablillos tiraron los papeles y se acercaron al trono para inclinarse y reverenciar a su señora que se sentó con aires de desesperación.

—Amunet, ya hemos discutido esto antes —dijo Rodrigo IV con paciencia, su voz resonando en la sala—. Por tu sangre corre la herencia de dos mundos. Como hija de Évolet y mía, te corresponde no solo el Inframundo, sino también Calamburia, antes de que se dividiera en Calamburia y Kalzaria. Debes reclamar lo que es legítimamente tuyo.

La joven reflexionaba sobre las palabras de su padre mientras ajustaba su diadema. Aunque estaba convencida de que podía evitar más derramamiento de sangre, su tono reflejaba un matiz caprichoso y egoísta.

—Padre, sé que cometí un error al matar al infante —aceptó cruzando los brazos con desdén—. A veces me puede mi mal genio. Me enciendo tan rápido como un mortal que toca nuestro suelo, pero es que creo que podemos recuperar el trono de manera pacífica. Debemos mostrar que somos capaces de gobernar con justicia y equidad.

Xezbet, siempre a su lado, inclinó la cabeza hacia su esposa y susurró con su voz mágica.

—Hiciste bien al matarlo. Era un obstáculo y eliminaste a uno de nuestros enemigos.

Amunet sonrió orgullosa y satisfecha.

—Es cierto, ¿verdad? —preguntó  mirando a su padre orgullosa y desafiante—. Matar al infante demostró nuestra determinación. Que todos sepan que no dudaremos en usar la fuerza si es necesario.

Xezbet sonreía con una mezcla de orgullo y astucia. Sabía que el camino de su reina no sería fácil, pero él se encargaría de acompañarla hacia el ansiado premio.

—Mi señora, vuestra sabiduría es digna de una verdadera emperatriz —comentó el alto demonio—. Pero no olvidéis que siempre debemos estar preparados para la traición y la resistencia. La paz debe ser nuestro objetivo, pero la fuerza, nuestra herramienta.

Los consejeros umbríos intercambiaron miradas cómplices, sus intervenciones siempre cargadas de un humor macabro.

—¡Oh, la diplomacia! —exclamó Barastyr con una sonrisa torcida—. Siempre es tan… ¿cómo decirlo? ¡Tediosa!

—Exactamente —añadió Érebos—. Pero, a veces, las palabras pueden ser tan afiladas como las espadas. Sólo asegúrate de no cortar a alguien demasiado importante.

Amunet lanzó una severa mirada a los consejeros, recordándoles la seriedad de la situación. Ellos, aunque divertidos, sabían que el momento exigía un equilibrio delicado entre astucia y fuerza.

—Vamos a reunirnos con los líderes de Calamburia y Kalzaria —anunció la emperatriz con decisión—. Debemos mostrarles que nuestra intención es gobernar con justicia y unidad. Pero si se oponen, no dudaremos en usar la fuerza necesaria para asegurar nuestro dominio.

Rodrigo IV, vestido con ropas reales, permanecía a su lado, una figura imponente que representaba la antigua gloria de Calamburia. Había cambiado desde que su hija había comenzado a reclamar su lugar legítimo. Ya no era el pelele que había sido en el pasado. Ahora, con el peso de la historia sobre sus hombros, recuperaba el estatus y el esplendor de cuando era rey. Su mirada era firme y sus palabras acumulaban el peso de la experiencia y la autoridad.

—Recuerda, hija, esta reunión es crucial —advirtió el monarca—. Debemos convencerlos de que nuestro gobierno traerá estabilidad y prosperidad. Pero también deben saber que estamos preparados para cualquier desafío.

En ese momento, una figura oscura se deslizó en la sala. Van Bakari, el infame traficante de almas, con su presencia siempre inquietante, se acercó esbozando una sonrisa astuta.

—Qué afortunado que Évolet ya no esté entre nosotros —dijo van Bakari con sorna—. Los matrimonios están para romperse y nada une más que un objetivo común. ¿Verdad, Rodrigo?

Rodrigo lanzó una mirada al recién llegado, entendiendo la insinuación pero sin perder la compostura.

—Sabes bien que nuestras alianzas se forjan en el fuego de la necesidad. Y ahora más que nunca necesitamos unidad —respondió reafirmando su posición.

Amunet asintió comprendiendo la importancia del momento. Sabía que el destino de los dos mundos dependía de su habilidad para navegar por las peligrosas aguas de la diplomacia y el conflicto. Mientras el reloj avanzaba, el futuro de Calamburia se tornaba cada vez más incierto y las sombras del Inframundo se cernían sobre todo el reino, listas para desatar el caos.

—He movido mis hilos para que podáis tener un paso seguro hacia el Palacio de Ámbar —continuó el traficante de almas con una voz cargada de conspiración—. Tendréis que salir antes del alba y no podréis utilizar magia, ya que esto alertaría a los guardianes.

—Gracias, van Bakari. Tu ayuda es invaluable en estos momentos —agradeció Rodrigo IV.

—Gracias a vos, majestad, por cuidarnos a mi hija y a mí en las mejores condiciones. Al fin y al cabo, ambos tenemos una hija que ha perdido un ojo. No hay nada que no se arregle con un buen parche, ¿verdad, Rodri? —respondió van Bakari con una sonrisa irónica.

Rodrigo sonrió levemente reconociendo la mordacidad en sus palabras. Barastyr intervino con una mueca de resignación.

—Iremos en carruaje, entonces. No es la manera más rápida, pero es segura.

—Un carruaje tirado por caballos —añadió Érebos con un toque de sarcasmo—. Y el de la emperatriz, como es pequeña, tendrá que ser tirado por… ¡ponys! Así tendremos un viaje lento pero… pintoresco.

Amunet lanzó una mirada divertida a los consejeros y, por un momento, la tensión pareció disiparse ligeramente. Con todos los detalles discutidos y los planes trazados, los presentes comenzaron a retirarse para cenar algo antes de acostarse.

—Vaya, Grilix, parece que las clases de historia acaban por hoy, tenemos que preparar el Gran Salón para la cena —murmuró Trillox a su compañero mientras se dirigían a la salida.

—Pero si todavía no me has contado nada sobre las otras hijas del padre de nuestra señora, Beatrice y Anabella. Al ser también descendencia de Rodrigo IV, ¿heredan algo? —preguntó el otro diablejo con curiosidad.

—¡Ay, zopenco! No, no cuentan porque ya te he dicho en numerosas ocasiones que son bastardas, y además su madre es una zíngara. Recuerda bien nuestras lecciones de hoy —dijo Trillox negando con la cabeza mientras atravesaban la puerta, dejando a la emperatriz con su consorte.

La sala del trono quedó en un silencio total, sordo y tenso, en el que solo se pudo escuchar un tétrico murmullo.

—Mi querida esposa Amunet, seréis la emperatriz de los dos mundos y yo me sentaré junto a vos en el Trono de Ámbar —susurró Xezbet. Sus palabras resonaban como un eco sombrío que parecía envolver la sala en una marea de oscuridad y obediencia.