208 – JAQUE DE DAMAS I

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JAQUE DE DAMAS I

Cuna de oscuridad se alzaba como una pesadilla esculpida en piedra: sus torres rasgaban el cielo con una arrogancia imponente. En lo más profundo de este lugar de sombras y traiciones, Aurobinda aguardaba envuelta en una penumbra que parecía moverse a su alrededor como una entidad viva. En su mano, el anillo que había robado de las cenizas de När brillaba débilmente; aún conservaba rastros de la poderosa magia efreet y no de cualquier genio de fuego, sino de una anciana faérica que se había extinguido en sus propias cenizas. Sin embargo, lo que realmente encendía la chispa de su alegría era el nuevo poder que ahora controlaba: el báculo del Druida Supremo.

—Caila ha cumplido su parte —anunció acariciando la vara con una sonrisa satisfecha—. El equilibrio de poder entre las damas y el Reino Faérico está a punto de desmoronarse. Ahora es nuestro momento.

Drëgo, su aliado más fiel, se adelantó desde las sombras observando con una mezcla de respeto y ansia el objeto arcano que sostenía la bruja.

—¿Cómo habéis logrado que ella robara el báculo de la torre arcana? —preguntó el druida.

Aurobinda sonrió, pero no respondió directamente. Sabía que Caila había perpetrado el robo gracias a su propia sed de poder y reconocimiento, pero no era algo que Drëgo necesitara saber.

—Con este báculo en nuestro poder, no solo alteraremos el equilibrio entre las damas, sino que le daremos un arma a nuestro «experimento» —explicó la hechicera—. Cuando Kárida acepte este báculo, sabremos que está lista para convertirse en la Dama Negra.

El druida asintió lentamente comprendiendo la profundidad del plan.

—¿Y qué hay del anillo? —preguntó.

Aurobinda levantó el anillo frente a sus ojos, admirando el leve resplandor que aún emanaba de él.

—Este anillo será la prueba —dijo entregándoselo a Drëgo—. Llévaselo a Kárida. Que lo vea como el símbolo de la traición de su hermana. Karianna debe ser vista como lo que es: una asesina, una traidora. No solo ha matado a una anciana, sino que también ha roto el orden natural. El espíritu faérico la eligió a ella en lugar de su hermana y eso no pudo ocurrir sin manipulación de su parte.

—¿Insinuais que Karianna manipuló el ritual?

Aurobinda sonrió.

—Eso es lo que debemos hacer creer. Siembra la idea de que la Dama Blanca utilizó su magia para convencer al espíritu faérico de que la eligiera a ella frente a su hermana. No fue un accidente ni una elección divina… fue su ambición la que la llevó a manipular el destino. Y ahí es donde entra Kárida.

Drëgo tomó el anillo sintiendo su peso en la palma de su mano.

—Kárida es el receptáculo perfecto —continuó la bruja—. Le han quitado su título de dama y ahora, después de perder la Esencia de la Divinidad en el torneo, está más frágil que nunca. Está llena de resentimiento y esa vulnerabilidad es lo que nos dará el poder que necesitamos.

El druida asintió una vez más y, con el báculo en una mano y el anillo en la otra, se dio la vuelta para cumplir su misión. Antes de que desapareciera en las sombras, Aurobinda sonrió con satisfacción y dijo:

—Hay una leyenda antigua que quizá debas conocer.

Drëgo se detuvo y se dio la vuelta con una mirada de ávida curiosidad.

—Hace muchos siglos —comenzó ella a explicar—, un ser faérico de gran ambición deseaba controlar la magia de los reinos. Para lograrlo, absorbió la energía para su propio bien, sin importarle el destino de los demás. Solo un pegaso fue capaz de detenerlo. El animal irradiaba una luz tan pura que neutralizó sus oscuros poderes. Sin embargo, no hay pegasos ahora. Están extintos… y eso juega a nuestro favor.

El druida asintió comprendiendo que el caos entre las damas solo fortalecería su posición. Con el anillo y el báculo en su poder, todo estaba listo para ejecutar el plan que cambiaría el destino de Calamburia. Finalmente, se desvaneció en las sombras de Cuna de Oscuridad y atravesó un portal que lo transportó directamente al palacio azul cristalino más majestuoso del Reino Faérico: el Casco Añil, un imponente cuerno gigante que coronaba las praderas del reino de los unicornios. La transición fue abrupta, como si el aire mismo se retorciera a su alrededor. Al instante, sintió la diferencia entre ambos mundos: el aire de aquel mundo era denso, impregnado de magia pura; mientras que en Cuna de Oscuridad la magia era una energía sofocante, oscura y opresiva.

El viento fresco que soplaba a través de los corredores del Casco Añil. Los cristales azulados que adornaban el lugar reflejaban la luz en un caleidoscopio de tonos celestes en perfecta armonía con el resplandor etéreo del palacio. Drëgo avanzó manteniendo la calma, consciente de la importancia de su misión. Encontró a Kárida en una de las terrazas que se asomaban hacia las vastas praderas de hierba azulada. A su lado estaba Karkaddan, su compañero, cuyos afilados y desconfiados ojos se posaron inmediatamente sobre el druida. La bella unicornio tenía la mirada perdida en la distancia, como si esperara una respuesta que nunca llegaba. Su silueta reflejaba debilidad, pero también una sombra de resentimiento que había empezado a apoderarse de su corazón.

—Kárida —la llamó Drëgo con voz suave pero firme.

Karkaddan levantó la cabeza, pero se mantuvo en silencio Ella se giró lentamente, recelosa al reconocer a su visitante. Él avanzó con paso decidido y, sin más preámbulos, sacó el anillo que llevaba consigo y se lo mostró.

—Este anillo —dijo Drëgo sosteniéndolo con delicadeza— es la prueba de que Karianna ha matado a una anciana faérica. Ella asesinó a När, la anciana dama de los efreets desaparecida tiempo atrás. Decidme, mi dama, ¿qué clase de persona es capaz de matar a una anciana? ¿Qué no haría alguien con semejante ambición? Si tuvo el valor de asesinarla en vez de traerla de nuevo a su hogar, ¿cómo podemos descartar que haya sido capaz de alterar el Ritual del Espíritu Faérico para arrebataros lo que era vuestro?

Kárida frunció el ceño observando el anillo en las manos de Drëgo. A su lado, Karkaddan dejó escapar un profundo suspiro rompiendo el silencio.

—¿Qué clase de truco es este, druida? —intervino con el ceño fruncido y los ojos clavados en el anillo—. Karianna no es capaz de algo así. No puedes esperar que creamos semejante acusación sin pruebas reales.

El druida mantuvo su compostura, impasible.

—Drëgo no miente —respondió firme, manteniendo su posición ante la desconfianza—. El espíritu faérico la eligió, sí, pero Drëgo os pregunta: ¿fue una elección justa? Después de ver lo que ha hecho, ¿realmente creéis que no pudo haber manipulado el ritual?

La Dama Añil parpadeó dubitativa con sus ojos fijos en el anillo, pero su mente luchaba por aceptar lo que escuchaba. El resentimiento que había acumulado hacia su hermana se agitaba como un torrente de incredulidad y rabia.

—Karianna siempre ha sido ambiciosa, pero… —dudaba y su voz temblaba con la incertidumbre—. ¿Cómo puedo saber que esto es verdad? ¡Es mi hermana!

El druida se acercó un paso más levantando el anillo para que captara la luz que caía sobre ellos.

—Llevad este anillo a los efreets. Ellos conocen el poder que quedó atrapado en su interior. Ellos saben qué ocurrió con När. Que comprueben la magia que permanece en este anillo. Solo entonces sabréis toda la verdad.

—No confío en lo que estás diciendo, Drëgo, pero es cierto que los efreets pueden confirmar si el anillo contiene el rastro de la anciana —dijo Karkaddan cruzando los brazos y observando a su esposa con seriedad—. Si esto es una trampa, él lo pagará caro, pero debemos saber la verdad.

Sintiendo la presión del momento y las palabras de Karkaddan resonando en su mente, la unicornio tomó el anillo con manos temblorosas. Su rabia crecía, pero las dudas la carcomían por dentro.

—No puedo creerlo… ¿Karianna capaz de esto? —murmuró casi para sí misma.

—¿Quién más podría? —sonrió el druida inclinándose ligeramente—. Quien mata a una anciana no tiene límites. Haced lo que debéis hacer y, cuando volváis… la verdad estará clara para vos.

Kárida apretó el anillo asintiendo lentamente.

—Iré con los efreets. Si lo que dices es cierto, volveré con la verdad.

Karkaddan habló con expresión decidida y voz firme.

—Iré contigo, querida. No dejaré que vayas sola al Desierto Carmesí. 

Drëgo sonrió satisfecho. No entregó el báculo aún. Sabía que debía esperar; solo cuando el odio y la desconfianza de Kárida llegaran a su clímax, estaría lista para recibir el poder del Druida Supremo.

—Hacedlo y, cuando lo comprobéis, sabréis cuál es vuestro verdadero destino. Drëgo os esperará —dijo el druida.

Antes de que la unicornio pudiera decir más, el hechicero desapareció en las sombras dejando el anillo en sus manos y un mar de dudas en el ambiente.

El Desierto Carmesí se extendía como un océano de fuego bajo el implacable cielo abrasador. Kárida y Karkaddan avanzaban por las interminables dunas, el calor envolviéndolos como una manta sofocante. Su destino era el Oasis del Sensum Privatum, el sagrado refugio donde los efreets guardaban sus secretos más antiguos. El viaje había sido largo y agotador, pero la dama añil sabía que la verdad aguardaba entre las llamas del desierto.

Al llegar al oasis fueron recibidos por Sörkh, la Dama Carmesí y una poderosa genio del fuego. Junto a ella, vigilante, estaba Sîyah, su guerrero y protector, que les recibió con mirada desconfiada y postura firme. Sus ojos se fijaron de inmediato en los recién llegados  con una mezcla de recelo y desprecio.

—He oído que traéis noticias de mi madre —dijo Sörkh, su voz grave resonando como el calor que latía en el aire a su alrededor. Sus ojos ardían con una intensidad que delataba tanto su poder como una expectación cargada de cautela.

Kárida respiró hondo sintiendo el peso de la tensión en el ambiente. Sabía que si no tenía cuidado, lo que iba a decir podía desatar la ira de la temperamental dama. Karkaddan permanecía a su lado, firme pero alerta, consciente de la tensión creciente en el ambiente.

—Es cierto —respondió la unicornio con suavidad intentando mantener la compostura—. Hemos venido a hablar sobre När… y lo que ocurrió con ella.

Sörkh avanzó un paso con su mirada fija evaluando a la visitante. Sin embargo, fue Sîyah quien intervino, rompiendo el silencio con un tono cargado de desconfianza.

—Los unicornios traen problemas consigo. Nunca ha sido buena señal vuestra presencia entre nosotros. ¿Qué buscáis aquí? ¿Creéis que vuestras mentiras y tretas tienen cabida en nuestro desierto?

Karkaddan, que hasta entonces había observado en silencio, alzó la cabeza para mirar directamente al guerrero. Aunque su postura permanecía firme, sus palabras fueron mesuradas.

—No venimos buscando conflicto, guerrero —respondió con firmeza—. Hemos venido en busca de la verdad. No es necesario que confiéis en nosotros, mas deberíais confiar en lo que este anillo tiene que decir.

Sörkh levantó la mano deteniendo cualquier réplica que Sîyah pudiera dar. A pesar de su desconfianza, sabía que el anillo que traía consigo era la clave para desvelar lo que había sucedido con su madre.

—Hablad —ordenó la Dama Carmesí sin apartar la vista de Kárida.

La Dama Añil, consciente de la gravedad del momento, tomó el anillo que Drëgo le había dado. El metal resplandecía débilmente bajo el sol abrasador del desierto, como si aún guardara los últimos vestigios del poder de När.

—Este anillo contiene fragmentos de la esencia de vuestra madre, la antigua Dama Carmesí —explicó con cautela mostrándoselo a Sörkh—. Me dijeron que fue atrapada y traicionada, pero no sé la historia completa. He venido aquí porque solo los efreets podéis revelar la verdad.

Por un momento, Sörkh no dijo nada y mantuvo su mirada fija en el anillo. Finalmente, extendió la mano en un gesto tenso.

—Dadme el anillo —ordenó con un tono cortante—. Si realmente contiene algo de mi madre, lo descubriré.

Kárida vaciló por un instante, pero, finalmente, depositó el anillo en la mano de la genio del fuego, observando cómo lo sostenía con reverencia. La dama cerró los ojos y comenzó a recitar una antigua invocación, sus palabras resonando en el aire como el crepitar de una hoguera. Las llamas que rodeaban el oasis comenzaron a moverse al compás de su voz creciendo en intensidad al tiempo que el anillo brillaba con un resplandor ardiente. Poco a poco, una imagen comenzó a formarse en medio de las llamas: la figura de una anciana y desvanecida När atrapada en un destello de magia oscura.

Los ojos de Sörkh se abrieron de golpe llenos de asombro y una furia contenida.

—Es ella… —murmuró mientras sostenía el anillo con fuerza en sus temblorosas manos—. Pero… ¿qué es esto?

Kárida y Karkaddan observaron en silencio, sabiendo que la verdad estaba emergiendo ante ellos con cada palabra del antiguo conjuro.

El resplandor de las llamas comenzó a apagarse lentamente dejando tras de sí una dolorosa revelación: När estaba muerta y atrapada en ese anillo. Había sido traicionada por una poderosa magia que había sellado su destino en una explosión blanca. Los ojos de Sörkh brillaban con una mezcla de ira y tristeza contenida y su cuerpo permanecía inmóvil ante la verdad que acababa de descubrir.

—La han asesinado… —murmuró con voz temblorosa pero firme. Mi madre… la han asesinado y ahora sabremos cómo ocurrió. Debemos averiguar quién lanzó esa magia, esa devastadora explosión blanca.

Los unicornios intercambiaron una mirada cargada de tensión. En lo más profundo, ambos sabían la verdad que habían estado intentando evitar: Karianna. Todo encajaba: el anillo, el destello de magia oscura que envolvía a När y, ahora, la certeza de que una explosión blanca había sellado el destino de la anciana. Karianna era la responsable.

Kárida apretó los puños luchando por mantener la calma ante lo que acababan de confirmar. El dolor que sentía iba más allá del simple hecho de descubrir una traición. Su hermana, a quien había defendido en más de una ocasión, se había mostrado tal como era. Karkaddan se inclinó hacia ella susurrando con gravedad:

—Sabíamos que sería así… ya no hay marcha atrás.

A su lado, Sîyah se mantenía erguido con los puños apretados. Aunque su rostro permanecía impasible, una única lágrima rodó por su mejilla y se evaporó antes de tocar el suelo. När no solo había sido la antigua Dama Carmesí, sino su madre adoptiva, la que lo había acogido tras la muerte de sus propios padres. Ella lo había cuidado, lo había educado y ahora estaba perdida para siempre.

Sörkh se entregó al dolor que sentía en su interior, pero, tal como su madre le había enseñado, guardó sus emociones manteniéndose estoica. När siempre le había dicho que una dama no debía mostrar debilidad, pues las emociones eran un lujo que no podían permitirse. Así, nadie podría ver el vacío que acababa de abrirse en su corazón, ni el trozo de su alma que acababa de morir junto con su madre.

Después de unos largos minutos de silencio en los que solo el crepitar de las llamas rompía la calma, los efreets se sobrepusieron. Había rituales que debían llevar a cabo y un legado que preservar. Era el momento de despedirse de sus visitantes. Sörkh se acercó a Kárida y Karkaddan. Aunque el dolor era evidente, su voz permaneció firme.

—Os agradezco que nos hayáis traído esta verdad, aunque nos haya infligido tanto dolor. El pueblo efreet queda en deuda con vos. Sé que buscáis respuestas para vuestro propio destino. No olvidaremos vuestro favor y, llegado el momento, podréis contar con nosotros en vuestras filas.

Kárida asintió solemnemente. 

—Lamento lo que ha ocurrido. No era nuestro deseo causar tanto sufrimiento.

Sörkh mantuvo su mirada fija en la unicornio sin dejar entrever más de lo necesario.

—Lo sé, pero mi madre merece descansar. Ahora debéis partir. Hay cosas que necesitamos hacer para honrarla.

Con esas palabras, los unicornios se despidieron de los efreets y comenzaron su viaje de regreso. El silencio del desierto los envolvía mientras se alejaban, pero las revelaciones recientes seguían retumbando en sus mentes como el eco de las llamas en el oasis. Mientras avanzaban sobre las dunas, Karkaddan rompió el silencio, su voz grave resonando en el aire cálido.

—Así que era cierto —murmuró sin apartar la vista del horizonte—. La dama När… fue asesinada por tu hermana.

Kárida no respondió de inmediato. Su mente seguía procesando la verdad que habían descubierto, luchando por aceptar que Karianna pudiera haber sido responsable de semejante traición.

—Si fue capaz de asesinar a När, entonces también es cierto que debió manipular al Espíritu del Bosque —añadió el unicornio apretando los dientes—. No la eligieron por derecho, Kárida. Karianna ha hechizado al espíritu y esa traición debe darse a conocer.

La Dama Añil no respondió de inmediato, pero su mente ya no luchaba por justificar a su hermana. Por fin lo entendía todo: el odio, el poder desmedido y la manipulación sutil pero destructiva de Karianna. No había nada inocente en su ascenso: había envenenado el propio equilibrio del Reino Faérico.

—Ella ha manipulado todo desde el pincipio, Karkaddan. El ritual, el espíritu… lo ha conseguido todo con engaños. Ahora lo sé —apretó los dientes, su voz cargada de amargura—. Es una traición que no puede quedar impune.

Su consorte asintió lentamente manteniendo su mirada en el camino.

—Lo que descubrimos no se puede deshacer, querida. Ahora debes decidir qué hacer con esta verdad. No podemos permitir que el sacrificio de När quede sin respuesta. Si fue capaz de esto, ¿qué más podría estar dispuesta a hacer?

La unicornio cerró los ojos brevemente sintiendo el peso de las palabras de su esposo. No había marcha atrás: ya no se trataba de entender por qué Karianna había hecho lo que había hecho, sino de cómo detenerla antes de que su poder creciera aún más.

—La verdad será revelada, pero todo a su tiempo —dijo con un tono más firme—. Karianna ha mostrado su verdadera cara. Esto es una traición y no puedo permitir que siga adelante; lo que ha hecho no quedará impune. Me reuniré con ella en cuanto lleguemos.

El viento del desierto envolvía sus palabras llevándolas lejos mientras se adentraban en el vasto mar de arena. Ya no había dudas. Kárida no se enfrentaría a su hermana por respuestas, sino por justicia.

Tardaron varias jornadas en llegar a la gran Aguja de Nácar, donde la fría brisa acariciaba el rostro de Kárida mientras avanzaba con paso decidido hacia las puertas de la sala del trono. Su corazón latía con fuerza impulsado por una mezcla de rabia y urgencia. No podía esperar más; Karianna debía darle explicaciones. Todo lo que había descubierto en el desierto le había convencido de que la Dama Blanca no solo era una traidora, sino que estaba tramando algo mucho más oscuro. Al llegar, se encontró con dos guardias delante de la puerta. Su mirada se endureció:

—Necesito ver a Karianna —exigió con tono firme—. Ahora.

—Lo siento, Dama Añil —respondió uno de los guardias preocupado—, pero la Dama Blanca está reunida con el archimago. No puede ser interrumpida.

Kárida apretó los puños; su paciencia llegaba al límite. No podía permitir que su hermana siguiera manipulando a todos a su antojo.

—No me importa con quién esté reunida. Hablaré con ella. Ahora.

Antes de que los guardias pudieran reaccionar, usó su magia lanzando una ola de energía que hizo que las puertas se abrieran de golpe. Entró en la sala con furia, pero, justo cuando sus ojos buscaron a Karianna, vio cómo ella y el archimago se desvanecían en un destello de luz atravesando un portal que desapareció en el aire.

—¡No! —gritó Kárida, su voz reverberando en la sala vacía.

Sin aliento, observó el portal por el que su hermana  había desaparecido y se giró de inmediato hacia el sirviente que permanecía en la sala.

—¿Qué está ocurriendo? —preguntó inquisitiva.

—Nada que deba preocuparos, mi señora… asuntos triviales —murmuró esquivando su mirada.

La dama levantó una ceja y se acercó con frialdad. El sirviente tragó saliva intentando mantener la compostura, pero su silencio solo la enfureció más. Sin advertencia, el cuerno plateado de la dama comenzó a brillar con una luz azul resplandeciente. La magia llenó la sala y el aire a su alrededor se volvió denso y asfixiante, oprimiendo el pecho del sirviente.

—Habla —ordenó con un tono gélido.

Jadeando bajo el peso de la magia, confesó al fin:

—¡Es por Drëgo! Vuestra hermana ha convocado a las damas para una reunión urgente, pero vos… no habéis sido llamada. Porque sabe que… vos admiráis mucho al druida. Yo… no debía decíroslo, no sé nada más, lo juro…

—¿Y el archimago? —inquirió intensificando el poder del cuerno que brillaba aún más fuerte, cegador.

—¡Por favor! No sé nada más… —suplicó con voz quebrada, ahogado por la presión que ejercía la magia de Kárida. Su cuerpo temblaba mientras el resplandor añil del cuerno intensificaba el aire sofocante a su alrededor. Cada segundo bajo el poder de Kárida era una agonía insoportable y sus palabras apenas lograban escapar de su garganta.

—Habla o morirás lentamente —amenazó aumentando el brillo de su cuerno.

Finalmente, con un hilo de voz, confesó:

—Durante estos días… nos ha visitado más que de costumbre… por el flujo mágico entre mundos. ¡Juro que no sé nada más!

La luz del cuerno se apagó lentamente liberando al guardia, que cayó de rodillas temblando y recuperando el aire con dificultad. Kárida, inmóvil, comprendió que su hermana estaba jugando con los destinos del Reino Faérico y que la había dejado fuera deliberadamente.

—No confiaré en nadie que esté bajo el mando de mi hermana —murmuró para sí misma con una firme resolución.

Sin perder más tiempo, salió de la sala con un único propósito: desenmascarar a la Dama Blanca y restaurar el equilibrio que había roto.

207 – EL VINO NO ES ELEMENTAL

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EL VINO NO ES ELEMENTAL

El prado estaba sumido en un silencio tenso, apenas roto por el susurro del viento. La luz del día desaparecía rápidamente al tiempo que una densa bruma comenzaba a levantarse entre las hierbas más altas. Laurencia y Drawets, los hermanos pícaros, hicieron una pausa en su camino hacia el Templo de los Elementos, interrumpiendo temporalmente su búsqueda de la Sangre del Titán. Algo en la distancia llamó su atención. Se acercaron con cautela y se agazaparon para no ser vistos. Delante de ellos, algunos de los héroes más poderosos de Calamburia estaban enfrascados en una discusión acalorada.

Camila –con su arco en la mano– se mantenía alerta, sus ojos afilados como sus flechas. Gadeslao –el noble fantasma de los Colby– flotaba con un aire de superioridad, su forma etérea apenas visible bajo la luz menguante. Shuleyma –la guerrera escorpión de las arenas– observaba a todos con la mirada fija, blandiendo sus cuchillos con una precisión letal. Céfiro –el joven príncipe de los seres del aire– mantenía la calma, aunque la energía de la batalla parecía agitarse a su alrededor. Inocencio –rodeado por una luz dorada– murmuraba plegarias, invocando la fuerza divina del Titán.

Kórux, el Archimago, llegó en ese momento seguido por Jack, el enterrador, quien avanzaba con una mueca sombría en el rostro.

—Apreciado Jack, los enterradores son fundamentales para la corona —dijo Kórux mientras avanzaba—, pero no estoy seguro de que su papel sea el que necesitamos ahora mismo…

—Si ya sabemos lo que va a pasar, Archimago —respondió en tono sombrío—. Los demonios nos llevarán al otro lado. Tarde o temprano, ¡todos iremos al hoyo! Deberíamos ser nosotros los que liderasen esta defensa… aunque, claro, ¿quién nos escucha?

Kórux le lanzó una mirada dura, pero asintió con la cabeza.

—Penélope te ha dicho que vengas, ¿no? —añadió mirando a Jack, que asintió y se encogió de hombros.

—Ya sabes cómo es —explicó el enterrador—. Si no vengo, ¡zas!, el siguiente al que entierre seré yo mismo. Aunque, con los demonios invadiéndonos, no faltará mucho para que todos acabemos en el hoyo.

El Archimago lanzó un suspiro antes de girarse hacia el resto de los presentes.

—Caballeros y damas, os preguntaréis por qué he convocado esta reunión en un momento tan oscuro —saludó tratando de simular seguridad, pero su tono estaba lleno de preocupación.

—Archimago, ¡estaba a punto de derribar a mi demonio número cien! —lo interrumpió Camila alzando la voz—. No sé si tenemos tiempo para discursos cuando deberíamos estar en el campo de batalla.

Kórux levantó una mano intentando calmarla.

—Escuchadme. Algo más peligroso que los demonios se cierne sobre nosotros. La Guardiana del Inframundo ha extendido su poder más allá de lo que habíamos previsto: No solo envía sus legiones, también ha encontrado la forma de penetrar en el corazón de las personas, confundiéndolas ycorrompiendo sus emociones. Lo que estáis sintiendo ahora; esa agresividad, ese impulso de luchar entre vosotros, no es normal. Es su poder. Está manipulando nuestras mentes, sembrando el caos entre los nuestros —dijo con gravedad.

La tensión se palpaba en el aire. La mirada de cada héroe se endureció al comprender la advertencia de Kórux.

—¿Corrompiendo nuestros corazones? —preguntó Céfiro con una mezcla de confusión y rabia—. ¿Es eso lo que está pasando?

—Exactamente —respondió el Archimago—. Quiere debilitarnos desde dentro, hacer que nos destruyamos antes de tener la oportunidad de unirnos.

Inocencio, con su voz cargada de autoridad, dio un paso al frente.

—La fe nos guiará, cazadora. No venceremos solo con fuerza, sino con la bendición del Titán. He sentido su poder, y los capellanes y devotos del monasterio están preparados para liderar nuestras tropas con la luz divina.

—¿Fe? —preguntó Gadeslao, el noble fantasma, que flotaba cerca con su rostro impasible—. ¡La batalla no se gana con oraciones! Los von Vondra y los Colby hemos ofrecido nuestras huestes y nuestras tierras. ¡Es la nobleza la que debería comandar, no los fervorosos seguidores de un mito!z

Camila, al escuchar las palabras del etéreo ser, no pudo contenerse más. Con un movimiento rápido, tensó su arco y disparó una flecha directamente hacia el noble fantasma. La flecha atravesó el aire en un susurro mortal, pero al alcanzar el pecho de Gadeslao, simplemente pasó a través de su forma fantasmal sin causarle daño alguno.

—Tu ira es inútil, cazadora —sonrió el fantasma con desdén—. No puedes matar lo que ya está muerto.

La tensión estalló en ese momento. Shuleyma, con sus cuchillos brillando bajo la luz menguante, se lanzó hacia adelante blandiendo sus armas con la precisión de una guerrera de las arenas. Percibiendo el peligro, Céfiro levantó una ráfaga de viento con un gesto de su mano, alejando a la hija del escorpión antes de que pudiera atacar.

—¡Deteneos! —gritó el aiseo, pero su tono de calma apenas lograba imponerse ante la furia desatada.

Inocencio, al ver a Gadeslao avanzar, extendió sus manos hacia el cielo.

—¡Por el Titán! —exclamó—. Que su luz divina juzgue a los muertos.

Una energía dorada envolvió a Gadeslao de inmediato. El noble fantasma intentó resistir, pero la fuerza del Titán lo sujetó con cadenas de luz, atrapándolo en su lugar. A pesar de su etérea naturaleza, el poder del Titán lo mantenía prisionero.

Mientras tanto, Jack —que observaba el caos desatarse a su alrededor— comenzó a esquivar los ataques colaterales con una destreza inusitada, usando su pala para desviar golpes y proyectiles. De vez en cuando, murmuraba para sí mismo:

—Un día más en el hoyo, un día menos en el mundo… ¿Quién me mandaría meterme en estos líos?

La pelea alcanzó su clímax cuando Shuleyma, llena de furia, logró acercarse lo suficiente a Céfiro para lanzar un ataque directo con sus cuchillos. El joven príncipe esquivó el primer golpe, pero el segundo filo rozó su brazo cortando su túnica y dejando un corte sangrante en su piel.

—¡Maldita sea! —exclamó el príncipe de los cielos retrocediendo mientras el viento se arremolinaba con más fuerza a su alrededor, intentando mantener a la escorpiona a raya. La sangre manchaba la tela mientras sus ojos brillaban con una mezcla de dolor y furia.

Laurencia y Drawets observaban desde un lado con sus manos cerca de sus armas, sabiendo que no pasaría mucho tiempo antes de que también se vieran arrastrados al conflicto.

—¡Basta! —irrumpió Kórux levantó su varita con gesto firme y lanzando un poderoso hechizo: 

Tempus frangere!

De pronto, una poderosa ola de energía mágica recorrió el prado. La onda de choque fue tan fuerte que todos los combatientes fueron empujados hacia atrás, obligados a detenerse.

—¡Basta ya con esta insensatez! —rugió con la voz retumbando en el aire—. ¡Sois los héroes de Calamburia, no sus destructores! Si seguís luchando entre vosotros, la Emperatriz Tenebrosa nos vencerá sin esfuerzo.

La energía mágica del archimago envolvió a cada uno de los presentes, calmando la furia que se había desatado. Camila bajó su arco lentamente, mientras Shuleyma, aún jadeando, retrocedió un paso con sus cuchillos aún temblando en sus manos. Inocencio, cuya luz divina seguía brillando, inclinó la cabeza en señal de respeto hacia Kórux. Céfiro, aún sintiendo la herida en su brazo, aterrizó suavemente en el suelo con sumirada pensativa pero tranquila; yGadeslao, liberado del poder del Titán, volvió a flotar en silencio con una expresión de resentimiento. Poco a poco, las mentes de los héroes empezaron a aclararse, y comprendieron que habían sido víctimas del engaño y la manipulación de la Guardiana del Inframundo.

Jack, que había estado esquivando con pericia los golpes y flechas durante toda la batalla, finalmente bajó su pala y se acercó a Kórux con una sonrisa sarcástica.

—¿Sabéis, Archimago? Todo este follón no servirá de nada si acabamos todos en el hoyo. Pero bueno, supongo que estaréis contento de que no tenga que cavar hoy para ninguno de nosotros.

El archimago suspiró dirigiéndose hacia el grupo.

—Cada uno de vosotros es necesario en esta guerra —prosiguió Kórux—. No podemos permitir que nuestras diferencias nos destruyan. Si queremos salvar Calamburia, debemos luchar juntos, no unos contra otros.

Laurencia, que había observado todo en silencio, asintió y se giró hacia Drawets.

—Bien, parece que finalmente lo han entendido —murmuró.

Su hermano asintió, pero su expresión seguía tensa. Sabía que la tregua era frágil y que la verdadera batalla aún estaba por llegar.

—Es hora de marcharnos, Drawets —dijo Laurencia, más para sí misma que para su hermano—. Tenemos un templo que alcanzar y quiero llegar antes de que caiga la noche.

—Queda poco tiempo —le recordó el pícaro mientras comenzaban a alejarse del grupo.

Kórux los observó por un momento, antes de volverse hacia los demás.

—Preparad vuestras fuerzas. La batalla por Calamburia no ha terminado, pero ahora, al menos, lucharemos como uno solo.

Los hermanos se adentraron en la bruma del prado, dirigiéndose al Templo de los Elementos. Una hora después llegaron a su destino

Oculto tras una majestuosa cascada, el sagrado santuario  se alzaba ante ellos, un coloso de piedra y magia que parecía respirar gracias a la energía de los cuatro elementos. Laurencia y Drawets llegaron al borde de la entrada, agotados, pero decididos. La bruma que los había acompañado hasta ahora se disipaba lentamente, revelando un lugar de poder ancestral donde gua, Fuego, ierra y Aire se entrelazaban en armonía.

—Aquí es —murmuró la pícara con una sonrisa astuta, mostrando su pequeña botella vacía.

—¿Seguro que quieres hacer esto? —susurró su hermano con la mirada fija en las imponentes figuras que adornaban la entrada—. Los custodios no nos dejarán salir de rositas.

—Sólo unas gotas, Drawets, y nos largamos de aquí. No hay marcha atrás ahora —dijo antes de empujar las puertas del templo.

Cruzaron el umbral del Templo de los Elementos, sus pasos resonando en la vasta sala iluminada por la luz de los cuatro altares. Allí, las esencias de los elementos descansaban, conectadas por hilos de energía que pulsaban como nervios vivos. El aire olía a magia ancestral, una mezcla de poder que parecía resonar en el aire.

Los hermanos pícaros avanzaron cautelosamente por los pasillos, ocultos entre las sombras. Sabían que no podían entrar como si fueran invitados. A lo lejos, un par de custodios vigilaban la entrada a la sala donde fluía el agua elemental.

—No podemos llamar la atención —masculló Drawets.

Laurencia sonrió sacando un pequeño vial de polvo adormecedor de su bolsillo. Con un rápido movimiento, dispersó el polvo frente a los dos custodios, que cayeron en un profundo sueño sin darse cuenta de lo que ocurría.

Drawets la observó incrédulo.

—¿De dónde has sacado esos polvos? —preguntó frunciendo el ceño.

—Es lo que tiene tener un ex comerciante —respondió con una astuta sonrisa mientras guardaba el vial—. Tengo muchas cosas útiles… como la pensión compensatoria.

Drawets bufó, incapaz de contener la mezcla de asombro y burla.

—¡Qué cara dura tienes! Si los has abandonado tú.

—Calla, gordunflas, y vamos a por mi vino. Que tu hijo tiene antojo —asestó Laurencia fulminando a su hermano con la mirada mientras avanzaba  hacia la sala del agua elemental.

De pronto, algo cambió en el aire. Una fuerza invisible despertó, y antes de que pudieran avanzar más, una voz atronadora resonó en el templo.

—¡Intrusos! —rugió Nimai apareciendo al final del pasillo. Sus dos espadas brillaban con la furia de los elementos, y el viento comenzó a girar violentamente a su alrededor—. ¡Habéis profanado este lugar sagrado!

El suelo comenzó a temblar bajo los pies de Laurencia y Drawets, mientras Nimai avanzaba con pasos firmes. El rugido del viento aumentaba con cada zancada.

—No podíamos esperar otra cosa —murmuró Drawets preparándose para la batalla.

El guardián, envuelto en un torbellino de poder elemental, lanzó su primer ataque. Con una velocidad vertiginosa, sus dos espadas cortaron el aire, dificultando a Drawets esquivar los golpes. Sin embargo, uno de los filos fue demasiado rápido:  una de las espadas atravesó el cuerpo del pícaro, dejando profundas heridas que lo hicieron caer al suelo, aparentemente sin vida.

—¡Drawets! —gritó Laurencia corriendo hacia su hermano.

Nimai, con una fría mirada de satisfacción, retrocedió observando cómo el cuerpo del pícaroyacía inmóvil. Pero, entonces, algo extraño ocurrió. Las heridas de Drawets comenzaron a cerrarse ante los ojos del guerrero y Laurencia. Su cuerpo se regeneraba, sus tejidos volvían a unirse, y la vida volvía a él.

—¿Qué clase de brujería es esta? —murmuró el ser elemental incrédulo.

La pícara, con una sonrisa irónica, ayudó a su hermano a ponerse en pie; mientras Nimai, frustrado, alzaba sus espadas nuevamente. De repente, una voz calmada interrumpió la tensión:

—Detente, Nimai —irrumpió Naisha en la sala, seguida de Kesia. La Sacerdotisa de los Elementos los observaba con una mezcla de compasión y fatiga—. No necesitamos más destrucción.

Los hermanos intercambiaron miradas cautelosas mientras las recién llegadas avanzaban acercándose lentamente. Naisha alzó la vista hacia Drawets y lo miró con una mezcla de dolor y comprensión.—Hemos perdido demasiado en estas batallas —murmuró Naisha—. Tú perdiste a tu hijo… y yo… a mi hermano.

El pícaro frunció el ceño y alzó la vista hacia su interlocutora. Poco a poco, las palabras de la sacerdotisa lograron suavizar su mirada.. El recuerdo de su hijo perdido en la batalla anterior resonó en su mente, pero la tristeza en los ojos de Naisha le sorprendió: ella también había sufrido.

Laurencia, sin prestar demasiada atención al dolor de la sacerdotisa, frunció el ceño y avanzó un paso más.

—Qué conmovedor —dijo con ironía—. Pero yo no he venido aquí para recordar las pérdidas, Naisha. He venido por lo que necesito: el vino.

Naisha apretó los puños y los elementos a su alrededor comenzaron a agitarse.

—¿Eso es todo lo que te importa? —preguntó, su voz cargada de furia contenida.

—Exactamente. —afirmó mientras esbozaba una sonrisa desafiante—. ¿Vas a dejarme hacerlo por las buenas o…?

Nimai, aún con las espadas en alto, gritó:

—¡Por supuesto que no lo permitiremos! —y lanzó un nuevo ataque hacia Laurencia.

La pícara saltó hacia un lado, esquivando los golpes con agilidad, mientras Drawets, ya completamente regenerado, intervino rápidamente, bloqueando al guerrero con su daga.

Kesia, con sus cuchillos brillando en las manos, avanzó hacia Laurencia intentando frenar su avance. Sin embargo, ésta se zafó de sus ataques y llegó a la fuente sagrada, donde el agua elemental fluía con un brillo celestial.

—¡No puedes hacer esto! —gritó Naisha invocando un torrente de agua que se elevó en espiral desde la fuente hasta rodear a Laurencia.

Pero la imperturbable pícara  sacó su botella y vertió unas gotas de Sangre del Titán en el agua. En cuestión de segundos, el líquido comenzó a transformarse. Lo que antes era agua pura y cristalina, ahora se tornaba rojo oscuro, burbujeando mientras el vino reemplazaba el elemento sagrado.

—¡Lo tengo! —exclamó triunfante sin prestar atención a la batalla en la que se hallaba inmersa. Justo al terminar de llenar su botella, el agua recuperó su pureza original y aspecto cristalino. 

Nimai, furioso, lanzó otro ataque hacia Drawets, sus espadas cortando el aire con una rabia elemental. A pesar de que cada corte era mortal, el pícaro se regeneraba una y otra vez burlando a su adversario.

Kesia, viendo que la batalla no iba a acabar como esperaba, retrocedió, observando con impotencia cómo Laurencia lograba lo que había venido a buscar. La pícara llevó la botella a sus labios y bebió un gran trago del ansiado vino. Al tragar, un brillo intenso iluminó sus ojos mientras el poder del líquido mágico recorría su cuerpo.

—¿De verdad crees que eso es todo? —rió Naisha amargamente—. El agua de este templo no solo sacia la sed… deja una marca en el alma. No volverás a tener sed por mucho tiempo. Beber de ella te cambiará a ti y a aquellos que vienen contigo —dijo  señalando con un leve gesto el vientre de Laurencia.

—Ya veremos —respondió con una sonrisa de satisfacción.

—Pero recuerda esto, Laurencia. Lo que has hecho aquí tendrá un precio… —le advirtió la sacerdotisa con mirada fija y voz solemne—. Los elementos del templo dejan huellas más profundas de lo que imaginas.

Antes de que la pícara pudiera replicar, Naisha levantó una mano y una poderosa corriente de aire surgió de repente, envolviendo a los intrusos. El viento los arrastró hacia la salida del templo mientras luchaban por mantenerse en pie.

—¡No volváis a alterar el equilibrio de los elementos! —advirtió la sacerdotisa con voz firme—. Os perdono la vida, pero esta será vuestra única advertencia.

Tambaleante, Laurencia se sacudió el polvo y, en lugar de mostrarse preocupada, se llevó la mano al vientre con una sonrisa satisfecha.

—Bueno, ahora que estoy saciada por una buena temporada… —murmuró paladeando el sabor del vino con una expresión exageradamente satisfecha—. Me ha entrado un antojo de jamón.

Drawets, con la boca entreabierta y los ojos llenos de desesperación, lanzó las manos al aire.

—¡¿Jamón?! ¡Laurencia, acabas de enfurecer a los elementos y casi nos convierten en carbón! ¡¿Y ahora te entra antojo de jamón?! ¡¿Qué sigue, una fiesta de frutas y quesos mientras los demonios arrasan Calamburia?!

La aludida lo fulminó con la mirada y le dio un manotazo en el brazo.

—¡Ni me hables de quesos, Drawets! —dijo levantando las manos y haciendo un gesto exagerado con los dedos mientras adoptaba una voz grave y lenta—. Me recuerda demasiado a cierto comerciante y, francamente, no estoy de humor para dramas de exparejas ahora mismo.

Drawets soltó un gemido de frustración, pasándose la mano por la cara.

—Por el Titán… ¡no sé cómo seguimos vivos!

Laurencia se encogió de hombros con una sonrisa traviesa, mientras ambos se alejaban del templo. Detrás de ellos, los protectores observaban en silencio, sabiendo que el equilibrio había sido alterado, pero también que el destino de Calamburia y de los pícaros bendecidos por el Titán estaba ligado a la batalla final que se avecinaba.

206 – LAURENCIA, LA PÍCARA DE SIEMPRE

Personajes que aparecen en este Relato

LAURENCIA, LA PÍCARA DE SIEMPRE

El sol comenzaba a descender sobre el horizone tiñendo el cielo de tonos cálidos mientras Laurencia y Drawets caminaban por el estrecho sendero. El aire fresco del atardecer traía consigo el aroma de la hierba húmeda, pero el ambiente entre los dos hermanos no podía ser más tenso.

—No puedo creer que hayamos conseguido escabullirnos —resopló Drawets con un tono que mezclaba alivio y frustración—. ¿Todo esto solo para que fueras a comprobar si la taberna estaba cerrada de verdad?

Laurencia se encogió de hombros, con una sonrisa descarada.

—¿Y si no lo hubiese estado? ¿Y si hubiera estado abierta? —respondió agitando las manos—. No iba a quedarme con la duda. Necesitaba asegurarme.

—¡Casi no lo contamos, Laurencia! —exclamó el pícaro gesticulando exageradamente—. Nos hemos topado con el mismísimo comendador, ¡Don Beltrán en persona! y su fiel secretario, Don Lope. ¿Recuerdas lo que dijo el comendador? No se detendría hasta ajusticiarme de una forma en la que ni siquiera mi inmortalidad podría salvarme.

Laurencia hizo una mueca, pero su tono seguía despreocupado.

—Ah, sí. Ese «encuentro fortuito». Lo pasamos bastante mal, lo admito. Pero hay que ver lo serio que es Don Beltrán con sus antiguos edictos. Me recordó a esos nobles de las viejas historias que no saben cuándo parar.

—Lo que no sabes es que si no fuera por Don Lope, quien modificó uno de esos edictos, ¡ya estaríamos en prisión o algo peor! —replicó Drawets visiblemente molesto—. Don Lope es lo único sensato en ese lugar. Aun así, casi no salimos de Instántalor con vida.

Laurencia lo miró con una sonrisa maliciosa, claramente disfrutando de la situación más de lo que debería.

—Sí, sí, casi no lo contamos. Pero, oye, estamos vivos, ¿no? Además, te encanta cuando las cosas se ponen tensas.

Drawets soltó un suspiro profundo, frotándose las sienes.

—Laurencia, te lo digo en serio, algún día no tendremos tanta suerte.

Bah, no te preocupes tanto. Ya conseguimos escapar de los comendadores una vez hace muchos años, podemos hacerlo todas las veces que sean necesarias.

El silencio cayó entre ellos por unos momentos. Mientras caminaban, Drawets no podía evitar pensar en todos los problemas recientes que habían tenido, en especial por las decisiones de su hermana.

—Hablando de sobrevivir… —murmuró él—. ¿Cómo es que siempre acabamos en situaciones como esta? No es la primera vez que debemos escapar de líos por tu culpa. Y esto me recuerda… lo de Banjuló… —agregó entrecerrando los ojos.

La pícara frunció el ceño, visiblemente irritada, y se detuvo bruscamente.

—¡Ya basta, Drawets! ¡Te lo he dicho mil veces! —exclamó parando en seco y cruzando los brazos.

—¿Otra vez con lo mismo? —resopló él frotándose la frente—. ¡Lo de Banjuló es un lío tuyo, Laurencia, no mío!

La aludida lanzó una carcajada sarcástica.

—Pues claro que es mi problema. Por eso lo he dejado.

Drawets se detuvo en seco, su ceja se levantó lentamente mientras la miraba con una mezcla de incredulidad y diversión.

—Espera, espera, espera… ¿Lo has dejado? ¿Has abandonado a Banjuló y a tu hija? —preguntó él arrastrando las palabras con tono burlón—. Vaya, no esperaba menos de ti.

Laurencia lo fulminó con la mirada.

—¡No me mires así! —protestó—. ¡Ya no soportaba su manía de oler queso antes de acostarse! ¡Y su hija es insoportable! —hizo una pausa pensando—. Bueno, técnicamente también es mi hija, pero ya sabes… cosas que pasan.

Drawets se echó a reír.

—¡Cosas que pasan! ¡Cosas que pasan! Laurencia, lo que a ti te pasa no le pasa a nadie. Deja a su pareja, abandona a la hija, y ahora… ¿qué sigue? ¿Te vas a casar con un unicornio esta vez?

Laurencia respiró hondo con las mejillas enrojecidas, pero intentando mantener la compostura.

—Pues resulta que…— farfulló entre dientes.

—Oh no, ¿qué más hay? —preguntó su hermano con una mezcla de anticipación y horror fingido.

—Estoy embarazada otra vez —soltó Laurencia cruzando los brazos y esperando la reacción de su hermano.

Drawets se quedó boquiabierto, con los ojos muy abiertos y las manos en alto como si le hubieran lanzado un hechizo paralizante.

—¡Pero si hace solo seis meses que…! ¡No puede ser! —exclamó señalándola como si hubiera cometido un crimen.

Laurencia asintió mirando hacia el cielo con fingida resignación.

—Pues sí, ¡mala suerte! Ya ves… aunque claro, en esta ocasión la cosa es… un poco más complicada.

—¡No me digas que el padre es…! —empezó Drawets, pero se detuvo al ver cómo Laurencia desviaba la mirada, mordiéndose el labio inferior.

—Es tuyo —dijo ella finalmente soltando las palabras como si fueran una flecha envenenada.

Hubo un momento de silencio absoluto. Los grillos que solían acompañarles en el camino parecieron callarse por primera vez en horas. Drawets la miraba boquiabierto, con una mezcla de confusión, asombro y… una pizca de orgullo mal colocado.

—¡Espera, espera! —gritó finalmente—. ¡¿Mi hijo?! Laurencia, ¡esto es un giro digno de las leyendas!

—Tampoco te vengas arriba, Drawets. — lo miró con los ojos entrecerrados—. No es algo sobre lo que vaya a escribir una epopeya. Es más bien… un pequeño inconveniente.

—¡Un pequeño inconveniente! —repitió el pícaro con una carcajada—. ¡Somos la peor familia de Calamburia! ¡Esto no lo arregla ni el Titán!

Laurencia no pudo evitar reírse a su pesar, y el ambiente entre los hermanos se alivió un poco mientras seguían caminando por el sendero. Claro, ahora tenían una nueva complicación: un embarazo en medio de una misión que apenas comenzaba. Los hermanos se mantuvieron pensativos hasta que, tras unos minutos de silencio, Laurencia, como siempre, no tardó en romper la calma.

—Bueno, ¿no te estás preguntando por qué te arrastro hasta el Templo de los Elementos? —dijo ella con un tono juguetón, sin mirar a su hermano.

Drawets, que hasta ese momento había estado perdido en sus propios pensamientos, la miró de reojo con un suspiro.

—Oh, sí. ¡No puedo dejar de pensar por qué estamos cruzando media Calamburia en medio de una invasión demoníaca! —respondió con sarcasmo—. ¡Estoy ansioso por saber cuál es tu brillante idea esta vez!

Laurencia sonrió de lado.

—Tengo un antojo —dijo, como si fuera lo más normal del mundo.

Drawets parpadeó incrédulo.

—¿Un antojo? —repitió mirando a su hermana como si hubiera perdido la cabeza—. ¿Me estás diciendo que en plena invasión del Inframundo te ha entrado un antojo?

La pícara asintió tranquilamente, como si estuviera hablando del clima.

—Exactamente, un antojo. Y no cualquier antojo. Necesito beber Sangre del Titán.

Su hermano la miró en silencio por unos segundos, y luego estalló en una carcajada.

—¡La Sangre del Titán! ¡Es solo un vino, Laurencia! ¡Un vino común y corriente que se vendía en la taberna Las Dos Jarras hasta que cerraron! ¿Eso es lo que nos tiene corriendo por toda Calamburia? ¿Un antojo de vino barato?

La mujer se cruzó de brazos, ofendida.

—No es un vino, Drawets. Es el vino. ¡El mejor que he probado! Y desde que cerraron la taberna no lo he vuelto a probar. Además, Sangre del Titán no es cualquier vino, tenía su toque mágico… aunque claro, no tanto como tu inmortalidad.

El pícaro bufó entornando los ojos.

—¿Vas a sacar el tema del pacto otra vez? —preguntó con ironía.

—¡Pues claro que sí! —exclamó Laurencia señalando a su hermano—. ¡Eres inmortal, Drawets! ¡Nada puede matarte! Y, sinceramente, después de lo que hemos pasado, me merezco una copa de vino decente.

Él se encogió de hombros, recordando el pacto que había sellado con el Titán hacía años. Su inmortalidad era una bendición en algunos casos, y una maldición en otros. Había sobrevivido a más ataques mortales de los que podía contar, especialmente los de la Guardiana del Inframundo, que lo había perseguido por toda Calamburia.

—Por si lo has olvidado —dijo Laurencia mientras seguían caminando—, gracias a mí saliste del mismo Infierno, ¿o no? Nadie más podría haber sobrevivido a lo que pasamos allí abajo, y todo lo que me pides es que no tenga antojos de vino. ¡Qué injusto!

Drawets sacudió la cabeza, frustrado.

—Laurencia, sobrevivimos al Inframundo porque teníamos la suerte de nuestro lado. Y sí, tal vez mi inmortalidad ayudó un poco. Pero, ¡¿en serio estamos arriesgando la vida por una copa de vino?! ¡Hay una guerra en marcha! ¡Los demonios están invadiendo Calamburia para tomar el Palacio de Ámbar!

Laurencia se encogió de hombros.

—¿Qué quieres que te diga? —respondió sin inmutarse—. El vino no espera, Drawets, y con todo este caos… es lo único que me calmará.

—¿Lo único? —miró a su hermana con incredulidad—. ¿El Palacio de Ámbar cayendo en manos de los demonios, y tú te preocupas por un vino?

La pícara asintió con una expresión perfectamente seria.

—Exactamente. Si voy a enfrentarme a hordas de demonios, lo mínimo que merezco es una copa de Sangre del Titán para animarme.

Drawets suspiró profundamente, claramente resignado.

—Lo que no entiendo es cómo hemos llegado hasta aquí. Somos unos pícaros, Laurencia. Esto de enfrentarnos a demonios y andar buscando templos no es lo nuestro. ¿De verdad crees que vale la pena todo esto por una copa de vino?

Laurencia se detuvo y lo miró directamente a los ojos.

—No es solo por el vino, Drawets. Si los demonios conquistan el palacio, nos quedamos sin Calamburia… y sin nuestras pequeñas aventuras. Y tú sabes bien que somos los mejores cuando se trata de aprovecharnos de las situaciones.

Drawets la miró de reojo y no pudo evitar una sonrisa. Su hermana tenía razón, como siempre. Entre tantas tramas y guerras, ellos eran expertos en sacar ventaja de cualquier caos que se presentara.

—De acuerdo, de acuerdo —dijo finalmente, con una sonrisa resignada—. Vamos al templo. Pero cuando estemos rodeados de demonios, quiero que recuerdes que todo esto es por un antojo de vino barato.

La pícara le dio una palmadita en la espalda.

—No te preocupes, hermano. Si nos rodean demonios, te dejaré que seas tú quien negocie. Después de todo, eres mucho más convincente que yo cuando se trata de persuadir a los seres infernales.

El aludido resopló negando con la cabeza.

—Esto es ridículo —murmuró mientras seguían caminando—. Todo por un vino… Pero explícamelo, Laurencia… ¿Cómo demonios piensas sacar vino de un templo dedicado a los elementos?

Laurencia sonrió astutamente y lo miró de reojo. Entonces, de forma teatral, cambió su tono, engolando la voz como si estuviera impartiendo una lección:

—Es bastante simple, hermano. Los elementales responden a aquello que entra en contacto con su esencia. Si introduces una sustancia en el entorno adecuado, el elemental toma su naturaleza temporalmente. Agua, fuego, tierra o viento… cualquiera de ellos puede transformarse momentáneamente en aquello que lo toca, adaptándose a esa sustancia.

Drawets arqueó una ceja, incrédulo.

—¿Y cómo demonios sabes eso?

Laurencia se encogió de hombros, abandonando el tono dramático y recuperando su sonrisa traviesa.

—Me lo contó un alquimista muy simpático hace tiempo. Digamos que compartimos un par de copas… nos emborrachamos un poco, y bueno… cabalgamos en el caballo de las sábanas blancas, ¿entiendes? —lanzó una taviesa risita—. Al final, me acabó contando ciertos secretillos de sus artes, especialmente los relacionados con el vino. Era un buen alquimista… y un excelente amante.

Drawets soltó una risa incrédula.

—¡Claro! Siempre con tus contactos, Laurencia. Me pregunto qué más te habrás «ganado» en ese trato. Bueno, vamos, entonces, a por ese vino antes de que los demonios acaben con lo que queda de este reino.

205 – EL RAPTO DEL UNICORNIO

Personajes que aparecen en este Relato

EL RAPTO DEL UNICORNIO

El viento salado soplaba con suavidad sobre la playa de Kalzaria mientras las gaviotas y los cuervos se disputaban los restos de pescado esparcidos por la arena. Las aves chocaban sus picos en una lucha silenciosa, tratando de hacerse con lo poco que quedaba. Railey estaba sentado en la arena, observando la escena con ojos apagados junto a las ascuas aún humeantes que había cocinado el pescado que se acababa de comer. Se apartó un poco, murmurando para sí mismo, como si las aves pudieran entender su dolor.

—No debí dejarla ir sola al Palacio de Ámbar —su voz apenas se oía sobre el ruido del mar—. Mi misión era cuidar de Elora aquí, en la isla… pero ¿en qué demonios estaba pensando? Deberíamos haber ido los dos, o al menos quedarse uno…

Las gaviotas, intrépidas, se acercaron a lo que quedaba de su comida, pero él las espantó con un rápido movimiento de la mano. Railey se inclinó hacia adelante, clavando su mirada en el mar infinito, buscando respuestas en las olas que rompían sobre las rocas.

—¿Soy mal padre? —reflexionó mientras se recostaba, sintiendo el aplastante peso del remordimiento—. Le regalé a Elora un unicornio falso, un simple caballo con una concha pegada en la frente… ¡Qué ridículo! Y para colmo, ni siquiera fui capaz de pedirle matrimonio a Mairim.

Sacó de su bolsillo un pequeño anillo de rubí. Lo sostuvo en la mano con los dedos tensos, recordando el momento en que lo consiguió. Lo había intercambiado con una misteriosa dama, quien le había ofrecido la joya a cambio de un trozo de piedra que en Kalzaria usaban como simple decoración. Ella lo llamó «mágico», pero él nunca llegó a creer en esas historias.

—¿Qué hago ahora con esto?» —se preguntó con el rubí brillando débilmente bajo la luz del sol—. Ni siquiera sé si alguna vez tendré el valor de dárselo.

Railey se quedó un momento en silencio. El anillo aún estaba en su mano, pero su mente ya había viajado hacia otro pensamiento incómodo que lo atormentaba: John Nathaniel. No podía evitar compararse con él. Con un suspiro profundo, tomó una decisión y deslizó el anillo en su dedo, sintiendo el peso del rubí mientras recordaba todas sus inseguridades.

—Es más apuesto que yo —dijo con un deje de amargura en la voz—. Más listo también. Siempre con esa actitud elegante y encantadora… Railey suspiró sintiendo cómo cada una de sus palabras pesaba más que la anterior—. Nunca parece dudar de nada: siempre sabe qué hacer y qué decir. Y aquí estoy yo, incapaz de pedirle matrimonio a Mairim después de todo este tiempo.

De repente, lleno de frustración, dio un golpe seco en la arena. Las gaviotas se alzaron de inmediato volando en círculos sobre su cabeza, asustadas por el ruido. Los cuervos siguieron su pelea, ignorando el estallido de rabia del bucanero. Él se quedó un momento en silencio mirando el suelo con los dedos apretando el anillo que tenía en la mano.

—¿Cómo voy a competir con alguien como John Nathaniel? —se preguntó en voz baja—. ¿Y si ella… y si Mairim prefiere finalmente estar con él? ¿Y si ante la disputa decide dejar de estar con los dos?

El viento continuaba acariciando la orilla mientras Railey permanecía inmerso en sus pensamientos, con la mente anclada en sus dudas. Sin embargo, más allá del murmullo del mar y el batir de las alas de las gaviotas, un sonido diferente comenzó a oírse, apenas perceptible al principio. Entre el denso bosque de palmeras, una voz femenina resonaba a lo lejos interrumpiendo el silencio que lo rodeaba. El eco de esa voz cruzaba los árboles, cada vez más cercano, rompiendo la calma del lugar.

—¡Yardan! —vociferó Karianna emergiendo de un portal que se había abierto entre el reino faérico y el terrenal—. ¡Hijo, ¿dónde estás?!

Breena apareció a su lado a través del mismo portal, siguiendo a su señora con pasos apresurados. Karianna, la Dama Blanca, mantenía su porte habitual, imponente como siempre. Su larga cabellera dorada brillaba bajo la luz que, como de costumbre, parecía fundirse con su túnica etérea. Había algo en su presencia que, incluso en los momentos más tensos, conservaba la serenidad propia de alguien que ha gobernado el Reino Faérico durante los últimos años.

Breena, por su parte, no ocultaba su preocupación. La fiel espíritu protectora, que tantas veces había estado a cargo de misiones importantes, caminaba con rapidez. Vestía el mismo traje elegante y ligero que solía usar cuando adoptaba su forma humana y, aunque reflejaba el brillo del sol, su mirada estaba claramente oscurecida por la angustia que sentía en ese momento. Ambas sabían que no había tiempo que perder.

—Las pisadas están recientes, no puede haberse ido muy lejos —comentó Breena con su mirada fija en el suelo.

Karianna suspiró visiblemente irritada.

—¿Pero cómo has podido perderle? —preguntó la hastiada madre—. ¡Para un minuto que lo dejo a tu cargo! Se supone que eres un espíritu protector… algún día nos va a dar un disgusto.

—Lo lamento, señora —contestó el espíritu agachando la cabeza—. Pero en cuanto me giro, se mete en cualquier portal. Es un diablillo desde el cuerno hasta las pezuñas. Le juro que en mis cientos de años de existencia nunca me había pasado algo así… Ese pequeño unicornio es demasiado escurridizo incluso para mis poderes.

Karianna suspiró de nuevo, pero esta vez su tono se suavizó.

—Bueno, bueno, no te preocupes, lo encontraremos. Es solo un niño, no ha podido ir muy lejos.

Ambas mujeres seguían avanzando visiblemente preocupadas. La historia que envolvía al pequeño Yardan era compleja. Titania, la dama de las hadas, al descubrir que su hijo había engendrado un potrillo con una unicornio, lo consideró una deshonrosa traición. Juró vengarse y perseguir al pequeño, bromeando amargamente con la idea de colgar su cuerno en el salón. Desde aquel día, Yardan no podía salir de casa sin escolta y Breena tenía la tarea de protegerlo constantemente. Pero el pequeño siempre encontraba la manera de escapar.

Mientras caminaban, la mirada de Breena se desvió hacia los portales. Algo no estaba bien.

—Los portales están cambiando —murmuró con preocupación—. Antes, su color era aguamarina, un reflejo del espíritu arcano que siempre acompañaba a la reina faérica. Pero ahora… —su rostro se endureció mientras observaba el portal por el que habían cruzado, que ahora mostraba un siniestro tono violáceo—. Algo oscuro está pasando.

De repente, entre las palmeras, la princesa Elora apareció corriendo con una sonrisa traviesa en el rostro.

—¡Me he ezcapado de mi padre porque ez muy aburrido! —exclamó la niña pronunciando la zeta de manera adorable.

—Bueno, al menos conmigo no te aburres, ¿verdad? —respondió Railey con un gesto cómplice, satisfecho de que su hija prefiriera estar con él. 

Elora asintió con entusiasmo, pero su expresión cambió al recordar algo importante.

—He ezcuzado una zeñora gritando entre la maleza. Padeze preocupada.

Railey frunció el ceño. Las voces debían venir de las cercanías del portal. Pensó que sería una buena idea investigar, así que decidió ir con la pequeña Elora por si podían ser de ayuda.

—Vamos a ver qué pasa, pero tú mantente cerca —dijo tomándola de la mano mientras se adentraban en la espesura.

Después de caminar unos metros, Railey divisó algo que lo llenó de alivio: la elegante cola de un potro dorado. Su mente empezó a trabajar rápidamente. ¿Podría ser un nuevo regalo para su hija? ¿Tal vez uno que enmendara su anterior fracaso? Seguro que eso le granjearía muchos puntos, tal vez incluso conseguiría que lo viera como el mejor padre del mundo.

—¡Hoy es mi día de suerte! —susurró para sí mismo disimulando su entusiasmo. Con un gesto rápido, hizo que Elora esperara detrás de unos arbustos—. Quédate aquí, pequeña. Esto será rápido.

Se acercó al potro dorado y, con destreza, lo atrapó con la cuerda que llevaba como cinturón, aunque el animal se revolvió intentando escapar. Finalmente, Railey lo inmovilizó y regresó triunfante con su captura.

Al volver, se encontró con una escena inesperada: Elora estaba radiante de felicidad. No solo porque él había atrapado al potro, sino porque también se había hecho amiga de un unicornio muy grande y un ciervo que estaban a su lado. Parecían estar en perfecta armonía con la niña, como si fueran viejos conocidos.

—Mira, hija, ¡un pony salvaje para que lo domes y le des de comer! —dijo con entusiasmo.

Elora abrió los ojos de par en par y exclamó emocionada:

—¡Oh, un unicorrnio bebé, ez lo que yo quería! —dijo sin poder contener la emoción—. ¡Ya veraz, zeremoz grandez amigoz y te peinaré y te daré de comer!

—Hombre, a un buen plato caliente no me negaría, la verdad —respondió el unicornio resignado.

Railey soltó una carcajada y añadió:

—Ya decía yo que tenías algo raro en la frente. Pero si realmente vienes del mundo faérico, ¿por qué no te muestras con tu forma humana?

—Porque aún no controlo mi transformación —admitió el unicornio con un toque de vergüenza.

—Pero nosotras sí —dijo la Dama Blanca, justo cuando un estruendo profundo resonó en el aire.

El sonido no fue más que el eco de su transformación. Tanto Karianna como Breena, que hasta entonces habían estado junto a Elora en sus formas mágicas, cambiaron de inmediato. La energía liberada por el cambio llenó el espacio y, en cuestión de segundos, las dos figuras que habían sido un unicornio y un ciervo ahora se erguían en sus majestuosas y poderosas formas humanas, alarmadas al ver lo que sucedía. ¡Yardan había sido capturado por unos insolentes humanos! Sin perder más tiempo, Breena lanzó un poderoso escudo mágico mientras la Dama Blanca se adelantó y, con la gracia y precisión de su cuerno, cortó las ataduras que sujetaban a su hijo. Tras liberarlo, regresó rápidamente junto a su compañera y comenzó a examinar que su pequeño estuviera bien. Inspeccionó sus cascos, patas, grupa, lomo, crines y cuerno. Estaba perfecto, salvo por un poco de barro en sus cuartos traseros, seguramente por revolcarse, como solía hacer.

Una vez que aseguró que Yardan estaba sano y salvo, lo puso detrás de ella y se giró con furia hacia los humanos.

—¡¿Cómo habéis osado, insignificantes humanos, secuestrar a mi hijo?! —vociferó con voz imponente.

—No, madre, no me han secuestrado —intentó explicar el cansado Yardan—. Estos amables señores se han confundido, pero ya me iban a…

—Deja hablar a los mayores, que bastantes diabluras has hecho hoy —intervino Breena con firmeza.

En ese momento, Elora gritó emocionada:

—¡Ay papá! ¡Papá! ¡Un unicornio mamá! ¡Quiero el grande para que cuide del bebé! ¡Y azí podré montarlo cuando zea reina! Pero quiero que se conviertan en unicornios otra vez, no quieron que tengan su forma humana. ¡No me gusta!

Karianna lanzó una severa mirada hacia la niña. ¿Cómo osaba dirigirse a ella de esa forma? ¿Acaso no sabía que estaba hablando con la mismísima Dama Blanca del Mundo Faérico?

—No sé si podremos quedarnos con tantos animales, hija. Luego comen mucho y hay que sacarlos de paseo —comentó Railey con cara de circunstancias.

Breena comenzó a mover lentamente sus manos mientras murmuraba algo en voz baja y el cuerno de su señora empezaba a brillar intensamente. Con una velocidad asombrosa, la Dama Blanca se lanzó hacia el captor de su hijo dispuesta a atacar. Su cuerno brillaba con un poder cegador y, en un solo movimiento, cortó el aire con una fuerza destructiva dirigida a liberar a Yardan.

En ese mismo instante, Railey se adelantó para proteger a su hija de lo que pudiera ocurrir. El anillo de rubí que llevaba en su mano comenzó a brillar con una intensidad inesperada. Lo levantó con determinación y, para sorpresa de todos los presentes, de él emergió un halo de fuego que se expandió rápidamente, envolviendo a todos los presentes y formando una barrera de llamas que envolvió a los piratas. 

La dama blanca intentó embestir la barrera, pero el fuego que la envolvía la quemaba cada vez que lo hacía. No se rindió. Volvió a cargar por segunda vez. Tercera. Cuarta. El escudo seguía intacto, pero tras un quinto y violento golpe, su poderoso cuerno logró abrir una pequeña grieta. La barrera comenzaba a debilitarse.

Breena se dio cuenta de que esa magia no era de ese mundo. Era una magia que le resultaba familiar, como si la hubiera visto anteriormente. ¿Sería magia faérica? Cuando comprendió lo que estaba ocurriendo, se quedó paralizada por un instante, helada ante la revelación. Tan pronto pudo reaccionar, gritó desesperadamente para detener el ataque insistente de su señora.

—¡Deteneos, mi señora! ¡Esa magia es… diferente! ¡Pertenece a…! —Breena intentó advertir, pero no logró terminar la frase.

Antes de que pudiera acabar, Karianna ya había decidido. Unió todas sus fuerzas y, con un gesto firme, hizo aparecer su báculo. Transformándose rápidamente en su forma humana, canalizó todo su poder y, con una energía arrolladora, golpeó la barrera una vez más. El escudo cedió, quebrándose con un estruendo ensordecedor. Todos cayeron al suelo arrastrados por la explosión de magia liberada.

Karianna abrió los ojos lentamente. Apenas tenía fuerzas y no recordaba con claridad lo que había ocurrido. A su lado dormían Yardan, Breena y los piratas. Se incorporó con esfuerzo, pues su cuerpo aún estaba débil por el esfuerzo. Lo primero que notó fue que el anillo en la mano de Railey, que seguía tendido en el suelo, volvía a relucir, aunque esta vez de manera más tenue. Un halo sutil emanaba de él.

El bucanero, sintiendo una quemazón en su piel, reaccionó rápidamente. Se incorporó levemente y, con gesto brusco, lanzó el anillo al suelo. El rubí brillaba débilmente mientras él observaba su mano con sorpresa.

—¿Qué está pasando? —murmuró Karianna mientras se acercaba despacio.

Esta vez, la llama que antes brotaba del anillo estaba fría. Algo extraño sucedía: poco a poco, una figura comenzó a formarse desde el anillo. Piernas, vientre, brazos, torso, cuello y, finalmente, una cabeza. La dama blanca se aproximó aún más, incrédula. Su corazón se encogió cuando finalmente reconoció lo que veía.

—No… —murmuró mientras un grito sordo escapaba de su garganta—. No puede ser….

Frente a ella yacía När, la anciana carmesí, que había emergido del propio anillo.

Breena, al tomar control de la situación, fijó su mirada en la sortija que aún permanecía en el suelo. Con un gesto rápido, invocó una poderosa magia. El aire de su alrededor pareció densificarse mientras canalizaba la energía necesaria. El cadáver de När, que yacía inmóvil ante ellos, comenzó a rodearse de un resplandor etéreo de color rojizo que parecia llamas y se desvaneció.

Karianna permaneció en silencio un instante como intentando apartar la pesadumbre que la embargaba. Finalmente, respiró hondo y habló con una voz más suave de lo habitual, pero aún cargada de autoridad.

—Hemos terminado. Seguir luchando no tiene sentido ahora… demasiadas vidas ya se han perdido hoy —dijo, sin mirar directamente a los piratas, con un leve temblor en su voz que enseguida reprimió—

Con un gesto casi imperceptible, como si la carga de lo sucedido aún pesara sobre ella, Karianna desvió la mirada.

—Hijo, Breena… vámonos —concluyó, su voz firme de nuevo, aunque sus ojos mostraban rastros de lo que intentaba ocultar.

Con esas palabras, los tres seres faéricos desaparecieron regresando a su mundo en un susurro de magia.

—¡Qué aventura, papá! ¡He vizto un unicornio y ezta vez de verdad! ¡Y hemoz hecho trez nuevoz amiguitoz y hemoz tenido un inolvidable y apazionante combate! —exclamó Elora con entusiasmo—. ¡Volvamoz al barco a contárzelo a papá!

Antes de que pudieran hacer el más mínimo movimiento, un grupo de piratas bucaneros irrumpió corriendo, sus rostros desfigurados por la preocupación.

—¡El capitán John Nathaniel ha desaparecido! —gritó uno de los piratas jadeando tras la carrera—. No está en los barcos ni en las tabernas… ¡ni en ningún sitio!

El corazón de Railey dio un vuelco. La desaparición de Nathaniel era lo último que esperaba oír después de todo lo que había sucedido. Sin perder un segundo, él y su hija Elora se lanzaron a correr junto a los filibusteros, dirigiéndose al barco con la esperanza de encontrar alguna pista que revelara el paradero de su capitán.

La playa, que antes estaba llena de estruendo y caos, quedó envuelta en un silencio inquietante. Las gaviotas y los cuervos, siempre oportunistas, empezaron a regresar poco a poco, reanudando su habitual lucha por los restos de comida esparcidos en la arena. El eco de sus alas y sus graznidos rompían la calma momentánea.

Sin embargo, uno de los cuervos no se unió a la habitual pelea por los despojos. Con un vuelo elegante, se posó suavemente junto al anillo que yacía en la arena olvidado tras la intensa batalla. Sus ojos, inusualmente brillantes, emitieron un destello rojizo, casi como si algo oscuro lo impulsara. Con un movimiento preciso, el cuervo recogió el anillo con su pico y, sin titubear, extendió sus alas en un poderoso batir.

El ave alzó el vuelo, alejándose velozmente en dirección a Calamburia donde, en la distancia, su señora le aguardaba.