171 – LA DAMA BLANCA IV

Personajes que aparecen en este Relato

LA DAMA BLANCA IV

La ceremonia en el sagrado círculo de piedra había capturado la atención de todos los presentes, dejándolos en un estado de asombro colectivo. La elección del Espíritu del Bosque había desafiado todas las expectativas: en lugar de seguir la tradición de confirmar a la candidata predestinada por su raza, había otorgado el título a una candidata inesperada. Aunque la elegida era, efectivamente, una unicornio, conforme al resultado de la votación, no se trataba de la que había ocupado el cargo de Dama Añil, sino de su hermana menor. Este inusual giro de los acontecimientos sembró desconcierto entre las congregaciones faéricas, que no lograban comprender la decisión tomada por el venerado espíritu.

En el corazón palpitante del claro, bajo la bóveda celeste que se teñía con los últimos destellos del atardecer, se alzaba la figura imponente de Öthyn. A su alrededor, el aire vibraba con la magia ancestral que fluía libre y salvaje en el Mundo Faérico. El cuello de Öthyn, adornado con una cascada de plumas verdes, cada una capturando y reflejando la luz en un espectro de tonalidades vivas, proclamaba su estatus único: él era el Druida Supremo. Este distintivo, junto con su regia capa y su báculo de poder, era portado únicamente por aquellos que habían alcanzado el cenit de la sabiduría y el poder druídico. Su cuello de plumas era más que un adorno; era un símbolo de su unión inquebrantable con las fuerzas primordiales de la naturaleza, que le daba autoridad y poder para controlar y gestionar los flujos de magia entre los reinos, una promesa de protección y guía para todos los seres faéricos.

Heredero de las responsabilidades mágicas del ritual tras el lamento por la muerte de Alfrid, el último Archimago, su figura se erigía como un pilar de sabiduría y calma. Su presencia era un faro de luz en tiempos de incertidumbre, un recordatorio de que incluso en la más profunda oscuridad, la sabiduría y el coraje podían forjar un camino hacia el amanecer.

Cuando su voz resonó en el claro, cada palabra cargada de poder y promesa, hizo evidente que no solo dictaba el destino de una nueva Dama Blanca, sino que también tejía el futuro del Mundo Faérico. Y con la solemnidad que el momento requería, proclamó:

—El Espíritu del Bosque ha hablado, ¡tenemos nueva Dama Blanca!

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el viento que susurraba entre las hojas. Todos los ojos estaban ahora puestos en Karianna, cuyo destino acababa de tomar un rumbo inesperado, marcando el comienzo de una nueva era para el Mundo Faérico bajo su liderazgo. La conmoción de Kárida y el desvanecido orgullo de Karkaddan se entrelazaban con el asombro generalizado, mientras el Mundo Faérico se enfrentaba a la revelación de su nueva guardiana. En ese momento de tensión y sorpresa, el curso del futuro se había trazado con la elección inesperada del Espíritu del Bosque.

La euforia de la coronación de Karianna como Dama Blanca se extendió durante semanas, sumiendo al Palacio de Nácar en un remanso de júbilo y celebración.

El momento de la despedida había llegado, teñido de solemnidad y emoción contenida. Kyara y Karianna, madre e hija, se encontraban frente a frente en los vastos jardines del Palacio de Nácar, bajo el etéreo resplandor de una luna llena que parecía más grande de lo habitual. La brisa nocturna, cargada de los aromas del bosque, envolvía la escena en un abrazo suave y frío. Kyara, con la dignidad y la gracia que la caracterizaban, posó sus manos sobre los hombros de Karianna, mirándola directamente a los ojos, esos espejos del alma que tanto habían compartido y que ahora reflejaban una mezcla de orgullo, tristeza y esperanza.

—Recuerda, hija mía —comenzó Kyara, con una voz firme pero cargada de emoción—, en cada decisión que tomes, en cada camino que elijas recorrer, deja que este consejo ancestral de nuestro linaje te guíe: ‘Que la verdad de tu corazón sea el faro en la oscuridad y la compasión, tu escudo ante la adversidad’. Los unicornios hemos vivido por eones bajo este precepto, permitiéndole a nuestra esencia permanecer pura y justa.

Las palabras resonaron en el aire, como un legado vivo que trascendía generaciones. Karianna asintió, las lágrimas asomando en sus ojos, consciente del peso de la responsabilidad que ahora recaía sobre sus hombros y del amor incondicional de su madre. Kyara le ofreció una última sonrisa, un gesto de infinito amor y confianza, antes de girarse y caminar hacia el Círculo de Ancianas Faéricas, lugar donde continuaría su viaje espiritual.

Karianna permaneció en silencio, observando la silueta de su madre desvanecerse entre los árboles, sintiendo la fuerza de sus palabras anidar en su alma. Ahora, como la nueva Dama Blanca, estaba lista para liderar a su gente con el corazón y la sabiduría, custodiando el Mundo Faérico hacia un futuro prometedor.

La despedida de Kyara, marcada por la entrega de sabiduría y confianza, contrastaba profundamente con el secreto que Karianna guardaba. La joven Dama Blanca se encontraba ahora en una encrucijada de emociones, luchando por reconciliar su deber con el deseo de su corazón. El consejo de su madre resonaba en ella, pero ¿cómo seguir el faro de su verdad cuando esa misma verdad podría llevarla a la perdición?

La relación con Hábasar, que continuaba floreciendo en la clandestinidad, se había convertido en su refugio y su tormento. Cada encuentro, cada momento compartido, era un recordatorio de lo que estaba en juego. El amor que sentía por el hado era un desafío a las antiguas leyes que regían el Mundo Faérico, un desafío que podría desencadenar consecuencias devastadoras para ambos.

Así, con la luna como único testigo, Karianna se prometió a sí misma encontrar un camino que pudiera unir su destino con el de Hábasar sin traicionar el legado de su linaje ni el bienestar del Mundo Faérico. La tarea no sería fácil, pero el amor y la verdad que compartían le daban esperanza. En la profundidad de su ser, Karianna sabía que el amor verdadero era una fuerza poderosa, capaz de cambiar el curso de la historia, incluso en un mundo donde lo imposible era cotidiano

Hacía mucho que no tenían noticias de Anya; algunos pensaban que había regresado a su mundo, otros temían lo peor, que hubiera fallecido. Sin embargo, un día, tras el cataclismo que devastó el Mundo Faérico, regresó. Durante este tiempo había encontrado refugio en la espesura del bosque, recurriendo a su conocimiento y hechizos de guardabosques para sobrevivir, mientras esperaba el momento adecuado para hacer su retorno a la Aguja de Nácar.

Al llegar, lo que encontró fue un escenario que nunca habría imaginado. En el centro de la sala del trono, bajo el resplandor suave de la luz que se filtraba a través de las ventanas altas, vio a su amiga acariciando delicadamente a un joven cervatillo. Sin duda era Karianna, pero estaba transformada. La Dama Blanca emanaba una serenidad y un poder que iban más allá de la joven que había conocido. La corona de luz en su cabeza y el báculo que descansaba a su lado no dejaban lugar a dudas sobre su nuevo papel en el Mundo Faérico.

El reencuentro fue un momento suspendido en el tiempo, una pausa en el torbellino de cambios y desafíos que habían enfrentado. Anya, con el corazón henchido de emociones encontradas, dio un paso adelante, su mirada encontrando la de Karianna.

—Has cambiado— dijo Anya en un susurro que llevaba consigo el peso de su viaje, tanto físico como emocional.

Karianna le sonrió, una sonrisa que era a la vez la misma y completamente diferente.
—Y tú has sobrevivido —respondió con un brillo de orgullo y cariño en sus ojos—. Juntas, enfrentaremos lo que venga.

En ese instante, entre las ruinas de lo que una vez fue y la promesa de lo que podría ser, se forjó un nuevo vínculo. No solo era el reencuentro de dos amigas, sino también el nacimiento de una alianza entre la Dama Blanca y la guardabosques, unidas por el deseo compartido de reconstruir y proteger un Mundo Faérico que emergía, renacido de sus cenizas.

Pero, con el tiempo, la salud de Karianna comenzó a flaquear; el sueño le era esquivo, las mañanas la recibían con malestar y su concentración se dispersaba como niebla al sol. En busca de respuestas, recurrió a Anya.


—¿Qué me está pasando? —sollozó, confundida—. Quizás el nombramiento como Dama Blanca fue un error. ¿Se habrá equivocado el espíritu del bosque, y estoy sufriendo las consecuencias ahora?

—No, mi señora —respondió Anya, con una sonrisa dulce y comprensiva—. La razón es otra: vais a ser madre.

—Eso es imposible —replicó Karianna, negando con la cabeza—. No puede ser verdad.

—Recordad la noche de vuestra coronación; desde entonces, la luna no ha marcado su ciclo en vos —recordó Anya, tratando de aliviar la tensión con su sonrisa—. ¡Enhorabuena!

—¡No, Anya! Eso está contra las normas —protestó Karianna con desesperación.

A continuación, compartió su secreto con Anya: su amor oculto por Hábasar, príncipe de las hadas. Revelar su relación significaría enfrentarse a un destino fatal, dada la enemistad ancestral entre hadas y unicornios. Es más, había antiguas leyes que prohibían el amor entre razas faéricas. Por todo ellos forjaron un plan audaz: Anya tomaría el lugar de Karianna como Dama Blanca durante su ausencia. Después del nacimiento del bebé, la unicornia retomaría su puesto y ayudaría a Anya a volver a Calamburia con su familia. Para lograrlo, Karianna entregó a su amiga una ampolla que contenía agua del Lago de la Polimorfosis, un regalo cuidadosamente provisto por el hado Hábasar. Este líquido mágico permitiría a Anya cambiar de forma de manera permanente, hasta que decidiera revelar su verdadera identidad.

Ahora, Karianna se encontraba ante la encrucijada de su promesa solitaria bajo la última luna llena. Aquella promesa, hecha en soledad y silencio, se veía amenazada por el inesperado giro de su destino, poniendo en juego no solo su posición como Dama Blanca sino el futuro de todo lo que amaba.

En la actualidad.


—Invoca a tu preciado Titán si así lo deseas, insignificante mortal —despreció Kárida con un tono cargado de veneno—. Pero no escaparás de este lugar con vida.

Con un brillo de determinación en sus ojos, la Dama Añil adoptó la forma de un unicornio majestuoso y formidable. Con una fuerza que resonaba como truenos, comenzó a martillear el suelo con su pezuña, desencadenando un estruendoso temblor.

Fue entonces cuando Anya, con la determinación ardiente en sus ojos, convocó la esencia profunda de su ser de guardabosques. Con palabras cargadas de poder antiguo, liberó hechizos formidables, una marea de energía verde que brotó de la tierra buscando protegerla, escudos de naturaleza que crecían en un intento desesperado por detener la embestida.

Karkaddan no tardó en sumarse al conflicto fusionando sus propios ataques con los de Kárida para intensificar el temblor que amenazaba con devorar todo a su paso. La batalla se convirtió en un espectáculo épico de magias enfrentadas, una danza de poder que retumbaba a través de la sala.

Sin embargo, el techo de la sala, víctima de la colosal lucha de voluntades, no pudo sostener la embestida combinada y cedió, desplomándose en una lluvia de escombros hacia Anya, quien, sorprendida no tuvo tiempo de realizar ningún hechizo para crear una barrera protectora sobre sí.

En el caos que siguió, nadie fue testigo del trágico destino de Anya. Bajo el manto del derrumbe, su lucha llegó a un fin silencioso. Kárida, con el báculo de la Dama Blanca ahora en sus manos, abandonó la escena sin mirar atrás, decidida a enfrentarse al resto de las damas y reclamar el título que creía le había sido injustamente negado. En el torbellino de emociones que acompañaban la anticipación de su coronación, parecía que los nervios habían eclipsado cualquier pensamiento sobre el posible fallecimiento de su hermana. Kárida nunca había sido de aquellas que se detienen en el pasado; su mirada siempre estuvo fija en el futuro, especialmente si este prometía favorecerla.

170- LA DAMA BLANCA III

Personajes que aparecen en este Relato

LA DAMA BLANCA III

Con el paso de los meses, Anya y Karianna se convirtieron en amigas inseparables. Karianna le revelaba a Anya los secretos maravillosos de su mágico mundo, mientras que Anya se aseguraba de que la joven unicornio no se metiera en demasiados líos. Un día, Karianna decidió mostrarle uno de sus rincones favoritos: el Estanque de la Polimorfosis. A pesar de las reticencias iniciales de la guardabosques, debido a que el estanque se ubicaba más allá del territorio de los unicornios, en las lejanas tierras de las hadas, la curiosidad acabó por ganar la partida y ambas se dirigieron a los Jardines Irisados.

Cuando llegaron la guardabosques quedó prendada de la belleza de aquellos salvajes jardines. Ante ellas se extendía un precioso tapiz de margaritas sobre el que se elevaban hermosas y raras flores que nunca antes había visto. Karianna le explicó los diferentes tipos y sus usos: desde la flor de azafrán, útil para pociones de amor, hasta la bella rosa de invierno o la venenosa flor murciélago. Sin duda, el reino de las hadas era tan bello como peligroso. 

Avanzaron con cautela hasta alcanzar un estanque cuyas aguas cambiaban de color, dejando a Anya totalmente embelesada. Ocultas tras una roca, observaron a las hadas interactuar con el estanque, lanzando hojas enrolladas al agua. Según Karianna, se decía que el estanque podía transformar físicamente a quien se bañara en él o cambiar el destino de quien lo deseara, con solo susurrar un deseo a una hoja de cala y lanzarla.

Después de varias horas, apareció un hado con una hoja de cala en mano; su porte era el de un príncipe. De repente, un estruendoso temblor sacudió la paz del jardín haciendo trastabillar al joven. Karianna actuó rápido salvando al hada de caer al estanque. Al mirar a su alrededor, Karianna no vio a Anya por ningún lado.

—¿Qué haces aquí? —le reprochó Hábasar, príncipe de las hadas. Los unicornios no son bien recibidos.

—¿Acaso hubieras preferido que te dejara caer? ¡Insolente hado! —respondió Kariana de forma soberbia.

La tierra tembló nuevamente, pero esta vez, robustas ramas surgieron del suelo envolviendo a la pareja en una fortaleza de hiedra. Claramente, una magia faérica les estaba protegiendo. La barrera se fortaleció, y a medida que el manto de la noche envolvía todo a su alrededor, ambos comenzaron a sincerarse, compartiendo sus verdades y miedos bajo el velo de la oscuridad. Confesaron el deseo común de proteger a sus seres queridos y sus reinos. Con el frío penetrando, se dieron calor mutuamente: la gruesa piel de Karianna protegía a ambos, ya que Hábasar era más vulnerable al frío.

Durante días interminables, la barrera de hiedra se convirtió en un refugio insólito para Karianna y Hábasar, aislándolos del mundo exterior y sus peligros. Esta fortaleza natural era amplia y no solo les ofrecía protección contra las anomalías mágicas que azotaban el Mundo Faérico, sino que también creaba un microcosmos en el que el tiempo parecía detenerse. La hiedra, imbuida de una magia esmeralda antigua y protectora, absorbía y neutralizaba cualquier hechizo maligno que intentara penetrar su densa trama, actuando como un escudo impenetrable ante las fuerzas oscuras que buscaban desestabilizar el reino. Sin embargo, en el corazón de Karianna crecía una preocupación constante por Anya, quien había quedado fuera de esta burbuja de seguridad. La idea de que su amiga estuviera expuesta a los crecientes peligros sin la protección de la barrera la llenaba de una angustia profunda. 

Pasaron los días y la pareja se alimentaba de nutritivas bayas que crecían en la hiedra. Con el tiempo, la rivalidad entre ellos se transformó en afecto, evolucionando desde simples roces a abrazos, besos y luego a encuentros apasionados. ¿Estaría naciendo el amor?

Un mes había transcurrido cuando, al borde del crepúsculo, los murmullos de una multitud comenzaron a tejerse con el viento. Entre ellos, se destacaban las voces de tres Damas Faéricas. La más resonante pertenecía a Kyara, la Dama Blanca, cuyo báculo se elevaba hacia el cielo como un faro de autoridad y esperanza.

—¡Han de estar por aquí!— proclamó la Unicornia con su voz cargada de una mezcla de ansiedad y determinación, desgarrando el silencio de la tarde.

En un acto de unidad y fuerza, un ejército de hadas y unicornios conjuraron su magia para desgarrar el entramado de hiedra que había servido de prisión y protección, revelando finalmente a los jóvenes perdidos. 

—Estaba convencida de que los encontraríamos cerca del lago —anunció Titania, la Dama Irisada—. Sin tus hechizos protectores de hiedra no se hubiesen salvado. Sin duda los faunos deben estar orgullosos de que seas su Dama Esmeralda. Gracias Tyria, que la serenidad de la luz de nácar envuelva vuestros días —expresó con gratitud, mientras el grupo se reunía en torno a los recién liberados.

—Los faunos poseemos un linaje noble. El Espiritu del Bosque me habó y super lo que tenía que hacer. Qué fortuna fue estar a tu lado cuando este embrollo se desató, permitiéndome ofrecer nuestro auxilio —replicó la Dama Esmeralda, con un tono que reflejaba tanto orgullo como alivio.

Sin embargo, la Dama Blanca, con la gravedad tallada en su semblante, interrumpió el breve momento de camaradería.

—No hay tiempo para regodeos. Una sombra de urgencia se cierne sobre nosotros; los elementos del Templo de la Sacerdotisa del Reino de Calamburia se han desestabilizado, perturbando gravemente el equilibrio de nuestro mundo.

Con la seguridad de haber encontrado a los desaparecidos, fueron escoltados de vuelta a sus respectivos hogares. Karianna, acompañada por su madre y su hermana, partió hacia la capital, dejando tras de sí la promesa de que su tía se uniría a ellas tan pronto como Anya fuera encontrada. 

La Dama Blanca, sin tiempo que perder, y en cuanto la situación estuvo estabilizada, convocó a las líderes de todas las facciones faéricas al pie de la majestuosa Aguja de Nácar. 

—Damas, druidas, seres del Mundo Faérico —inició Kyara con respetuosas reverencias—. Los recientes sucesos han iluminado mi percepción, evidenciando mi desfase frente a los cambios mágicos y la emergencia de nuevas adversidades, para las cuales no supe prepararnos. Lamentablemente, reconozco que mi capacidad para salvaguardar nuestro mundo ha mermado. Por esta razón, he convocado este cónclave, no solo para anunciar mi retiro sino también para designar a la siguiente Dama Blanca.

Las damas ocuparon sus lugares en el ancestral círculo de piedras, comenzando un cántico que invocaba a Breena, el espíritu del Bosque Mágico. Este ritual, rara vez celebrado, congregaba a la diversidad del Mundo Faérico en pleno: desde los diligentes enanos y las etéreas hadas hasta los nobles unicornios, pasando por los ardientes efreets, los indómitos faunos y las pacíficas ondinas. Juntas, las damas canalizaban la esencia de sus linajes con un majestuoso canto mientras la luna bañaba el claro en un halo de luz plateada. La melodía de su invocación se extendió por varios instantes hasta que Kyara recitó con voz firme sus últimas palabras como Dama Blanca, las estrofas finales, permitiendo que los rayos lunares bañaran el claro del bosque en el que se encontraban. Desde la distancia, una luz sutil se abría camino entre la arboleda: era Breena aproximándose.

Acto seguido, cada dama, por turnos, manifestó su esencia y la depositó en la urna situada en el altar: la Dama Añil presentó un cristal de tono azulado; la Irisada, un espejo de reflejos cambiantes; la Carmesí, una llama vibrante; la de Acero, un emblema metálico; la Turquesa, una gota acuática proveniente del abismo marino; y la Esmeralda, con un gesto, hizo germinar un árbol encantado a partir de una diminuta semilla. Con los emblemas ya dentro de la urna, llegó el momento de elegir al linaje que lideraría a todos. Una a una, se aproximaron al altar para emitir su voto en silencio, mientras Breena, en su andar, las rodeaba. Tras tomar asiento todas, Kyara levantó la urna, de la cual emergió un brillante rombo azul: el emblema de los unicornios, señalando que, una vez más, eran ellos los designados para regir el Mundo.

La ceremonia en la Aguja de Nácar se encontraba en su momento culminante, y el aire vibraba con una tensión casi palpable. Todas las miradas estaban fijas en Breena, el espíritu del bosque, cuya presencia simbolizaba la ancestral sabiduría de su mundo. Entre las damas reunidas, Karida, la Dama Añil,  resaltaba con una mezcla de esperanza y ansiedad. Había pasado toda su vida anhelando este preciso instante y las demás damas habían elegido de nuevo a los unicornios para que guiarán el mundo faérico.

Junto al resto de los espectadores, Karkaddan observaba la escena con un orgullo desbordante, convencido de que el destino que tanto habían soñado Kárida y él estaba a punto de materializarse. La atmósfera estaba cargada de expectativas mientras Breena se acercaba a la representante de los unicornios, cada paso del espíritu era seguido por miradas expectantes, y el corazón de Kárida latía al ritmo de los pasos del espíritu en forma de Ciervo del Bosque.

Sin embargo, en un giro inesperado, Breena cambió de dirección, desviándose del camino anticipado. Un murmullo de sorpresa se esparció entre los presentes; el espíritu estaba rompiendo el protocolo, dirigiéndose hacia una figura que no podía creer lo que sus ojos veían: Karianna. La joven, tomada por la incredulidad, balbuceó:

— No… no estoy preparada para esto.

169- LA DAMA BLANCA II

Personajes que aparecen en este Relato

LA DAMA BLANCA II

En el salón del trono de la Aguja de Nácar, Anya, la guardabosques, sintió cómo la desesperación se adueñaba de ella al darse cuenta de que su final estaba cerca. Su engaño había sido descubierto: había vivido entre ellos disfrazada de Karianna, usurpando el título de La Dama Blanca.

Kárida, la Dama Añil, empuñaba con firmeza el báculo de su hermana, apuntando hacia ella con determinación. Las esperanzas de Anya de regresar a su hogar, de volver a los brazos de su amado Aodhan y de ver crecer a  su hija, se desvanecían tan rápido como las sombras al amanecer. En esos momentos decisivos, un torrente de recuerdos sobre su llegada al Mundo Faérico la inundó, rememorando días cargados de maravilla e inocencia que, ahora, parecían pertenecer a un pasado distante.

Un año antes en la lejana tierra de Calamburia…

—¡Hay que cerrar el portal! —gritó Aodhan, el guardabosques, luchando con todas sus fuerzas mientras controlaba un enjambre furioso de zizzers. Estas pequeñas pero temibles criaturas, con sus escamas relucientes y alas membranosas, revoloteaban en el aire creando un zumbido ensordecedor. Emitían descargas eléctricas que chisporroteaban en el aire, intentando frenéticamente atravesar el portal.

A su alrededor, los demás guardabosques, agotados y sobrepasados, trataban de contener el caos desatado por la maldición de las brujas. La torre de magia estaba casi a su alcance, pero la fatiga y el incesante ataque de los zizzers les hacía cada vez más difícil avanzar.

—¡Es el momento de que conjures un manto de Luz y Eco! —exclamó Anya con urgencia dirigiéndose a su hija Brianna que luchaba valientemente contra el enjambre de zizzers. Los portales entre Calamburia y el Mundo Faérico se abrían por doquier y no conseguían estabilizarlos.

—Hay demasiados, madre. —respondió Brianna con una voz que oscilaba entre la determinación y la desesperación—. No lograremos contenerlos por mucho tiempo.

Anya, como una de las mejores guardabosques de Skuchain, conocía bien la gravedad de la situación. Mirando a su alrededor, sabía que la única solución era cerrar los portales desde dentro. Con el corazón en un puño y guiada por el deseo de proteger tanto a su familia como a los mundos que estaba destinada a guardar, tomó una difícil decisión.

Miró una última vez a su marido Aodhan y a su hija Brianna, que luchaban valientemente contra el enjambre de zizzers y se lanzó hacia uno de los portales adentrándose en el Bosque Mágico. Allí, conectando de forma profunda con la naturaleza, canalizó la magia ancestral de los guardabosques. Comenzó a conjurar un hechizo poderoso y antiguo, uno que requería de todo su ser para cerrar todos los portales y salvaguardar ambos mundos.

El aire vibró con la energía de su hechizo. Un torbellino de luz y poder que emanaba de Anya conectó cada portal con un hilo de magia pura. Mientras el hechizo se fortalecía, la figura de Anya se tornaba cada vez más etérea, como si estuviera sacrificando parte de su propia esencia para completar el ritual.

Mientras Anya se adentraba en el portal, Aodhan lanzaba un último ataque contra los zizzers, dispersándolos con un poderoso conjuro de guardabosques. Pero ya era tarde: Anya había desaparecido, sacrificando su propia libertad para salvar los dos mundos.

Finalmente, con un último esfuerzo sobrehumano, Anya logró sellar todos los portales. El Mundo Faérico y Calamburia quedaron protegidos. Exhausta y debilitada por la magnitud del poderoso hechizo, Anya cayó en un profundo sueño: su cuerpo y espíritu estaban consumidos por la magnitud de su sacrificio. La guardabosques descansaba, habiendo asegurado la seguridad de su hija Brianna, su amado Aodhan y de los mundos que había jurado proteger.

Karianna, la joven unicornia e hija menor de la Dama Blanca, vagaba por los límites de las Praderas Añil cuando vio a una mujer tendida en el suelo. Sin dudarlo corrió a socorrerla. Adoptó su forma humana y cogió a la desconocida entre sus brazos. La mujer estaba alarmantemente débil, y Karianna, movida por un instinto de compasión, decidió compartir su luz mágica con ella. Su cuerno empezó a brillar con un resplandor suave y curativo, transfiriendo energía vital a la extraña. A medida que el brillo del cuerno iluminaba el rostro de la desconocida, esta comenzó a recobrar su color y su semblante. Era fascinante: salvo por el cuerno, las dos eran como dos gotas de agua. Rubias, hermosas, de ojos claros y con un rostro pálido y radiante. Karianna, con la paciencia y serenidad que caracterizaba a los de su especie, esperó a que la mujer despertara. Se preguntaba quién podría ser y qué circunstancias habrían llevado a una criatura tan similar a ella a caer en un estado tan vulnerable en las praderas.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estoy? —preguntó Anya confundida y desorientada.

—Tranquila —respondió la unicornia con suavidad—. Soy Karianna, hija de la Dama Blanca. Te encontré inconsciente en el suelo. Debiste caer en uno de los portales. ¿Cómo te llamas?

—Soy Anya. Soy guardabosques —explicó—. Estaba con mi esposo y mi hija intentando estabilizar los portales y entré en uno para cerrarlos desde dentro… y ahora… estoy atrapada aquí. ¡No podré volver a ver a mi familia!

La guardabosques rompió a llorar desconsolada mientras Karianna enjugaba sus lágrimas con un elegante pañuelo blanco. Se quedó todo el día junto a ella hasta que el cielo comenzó a oscurecerse. Al caer la noche, Karianna decidió llevar a Anya a su hogar, un lugar seguro donde podrían cuidarla. Al llegar, Kora, la tía de Karianna, les dio la bienvenida. Esta mágica unicornia, más joven que su madre tenía un cuerno único y elegante que se retorcía hacia la izquierda en una espiral iridiscente, reflejando destellos de colores como un arcoíris encerrado. En el reino añil, Se rumoreaba que la peculiaridad de su cuerno reflejaba su intensa vinculación con el Reino de las Hadas, algo no bien visto entre los de su especie. Kora recibió a las visitantes con una mezcla de sorpresa y preocupación. Rápidamente, preparó una habitación para Anya, asegurándose de que estuviera cerca de la suya para poder atenderla durante la noche. Exhaustas por los eventos del día las tres se retiraron a descansar. Necesitaban recuperar fuerzas para poder afrontar el día siguiente. Entonces tendrían tiempo para hablar más detenidamente y buscar una solución a la difícil situación de Anya. La guardabosques, aunque agradecida por la hospitalidad, no podía dejar de pensar en su familia y en su hogar, esperando encontrar una manera de regresar con ellos.

El sol entraba por los ventanales del precioso palacio de la hermana menor de la Dama Blanca, despertando a las mujeres. Aquella mañana, Anya se dirigió a reunirse con su anfitriona, tal y como habían acordado el día anterior. Durante su conversación Kora le compartió detalles sobre la familia real de los unicornios. Le explicó que su hermana, la Dama Blanca, y su sobrina, la Dama Añil, residían en la Aguja de Nácar, mientras que a ella le habían encomendado la responsabilidad de educar a la hija menor. Sin embargo, la tarea no había resultado tan fácil como cabría esperar. Si bien Karianna era una dulce y alegre potrilla, también era bastante traviesa. Solía salir a trotar por las praderas, la meseta, el Bosque Mágico e incluso iba al Estanque de la Polimorfosis a espiar a los incautos que decidían bañarse en sus aguas. La joven necesitaba protección, pero odiaba que su tía la acompañase a todas partes. Por eso, la anfitriona de Anya le propuso una solución: que la guardabosques acompañara a su sobrina en sus aventuras. De esta manera, Karianna tendría la compañía y protección que necesitaba y Anya podría informar rápidamente de cualquier problema que surgiera. La calamburiana aceptó de buen grado; la potrilla le transmitía una inmensa ternura y estaba segura de que disfrutaría de su compañía.

Mientras el sol se ocultaba tras las colinas tiñendo el cielo de tonos rosados y dorados, Anya contemplaba el horizonte desde el palacio. A su lado, Karianna, con su habitual alegría y energía, hablaba entusiasmada de sus planes para el día siguiente. Sin embargo, en el corazón de Anya un profundo anhelo seguía ardiendo: el deseo de reunirse con su familia. Aunque la separación era dolorosa, la presencia de su nueva amiga le brindaba consuelo y esperanza. La joven unicornia había traído un pequeño rayo de luz a su vida, y en su compañía, la calamburiana encontraba la fortaleza para enfrentar cada nuevo amanecer. Con cada aventura que compartían, crecía su convicción de que algún día encontraría el camino de regreso a su hogar y a sus seres queridos. Por ahora, se aferraba a la esperanza y a la amistad que había florecido en este inesperado rincón del mundo mágico. Con la mirada fija en el cielo que cambiaba de color, la guardabosques sabía que, mientras estuviera junto a Karianna, nunca estaría sola en su búsqueda.

168 – LA DAMA BLANCA I

Personajes que aparecen en este Relato

LA DAMA BLANCA I

En las profundidades del Reino Faérico, se erigía la Aguja de Nácar, un palacio de esplendor inigualable, morada de la Dama Blanca. Karianna, una unicornia de pelaje tan resplandeciente como la misma luz de la luna, gobernaba desde allí sobre todas las demás razas faéricas. Su trono, tallado en el más puro nácar, brillaba con un fulgor suave, acogiendo no solo el poder de la tierra sino también la bondad y sabiduría para gobernar.

En este día, la cámara del trono resonaba con voces de deliberación. La Dama de Acero, señora de los enanos y forjadora de destinos, se presentó ante Karianna con una firme petición. Su baja estatura, propia de su raza, no menguaba en ningún caso su determinación y su presencia.

—Necesitamos más magia para la Forja Arcana —demandó Elga con voz firme—. Los druidas están siendo demasiado conservadores en su administración. Mis hijos y yo requerimos más libertad para forjar las varitas de los nuevos impromagos licenciados del reino de Calamburia.

—Me encargaré personalmente de ello —prometió Karianna con la serenidad que la caracterizaba—. No os preocupéis, la Forja Arcana brillará bajo vuestros martillos sin impedimento alguno.

—Gracias, Dama Blanca. Que la luz de la Aguja de Nácar ilumine nuestro camino.—entonó la Dama de Acero mientras se inclinaba hacía Karianna.

—Y que la sabiduría de los druidas nos guíe hacia el amanecer —respondió la Dama Blanca dándole su bendición.

Las palabras de despedida de las Damas aún resonaban en el aire cuando una silueta conocida atravesó el umbral de la sala del trono. Se trataba de Kárida, la Dama Añil, hermana mayor de Karianna. Tiempos atrás, su hermana pequeña le había arrebatado el título de Dama Blanca, privándola de la oportunidad de gobernar a pesar de ser la mayor de las dos hijas de Kyara la anterior líder y, por tanto, su sucesora natural. Incluso los sabios druidas se habían quedado perplejos ante tal giro de los acontecimientos.

—Hermana, tu mandato deja mucho que desear —espetó Kárida, sus ojos destellando con un brillo de desafío—. Bajo mi gobierno, querida, el Reino Faérico florecería más allá de lo que tu blando corazón soñaría con imaginar.

Kárida, con la sospecha anidada en su pecho, estudiaba con atención cada gesto, cada palabra, porque tenía un pálpito. Algo era diferente en la unicornia que tenía delante. En cierto modo, parecía que se encontraba ante alguien que se hacía pasar por su hermana. Conocía a Karianna mejor que nadie; sabía cómo la luz de la verdad brillaba en sus ojos y cómo la compasión modelaba sus expresiones. Sin embargo, lo que vio frente a ella era una imitación superficial, una actuación que solo podría engañar a quien no conociera a la verdadera Dama Blanca.

El momento decisivo llegó con un gesto aparentemente insignificante. La impostora, en un intento de emular la elegancia de Karianna, extendió su mano para acariciar a un cervatillo que se había aventurado en la sala del trono, un acto que habría sido natural para la unicornia. Pero el animal, en lugar de acercarse con confianza, retrocedió con temor. Kárida recordó entonces las palabras de su madre: «Los animales del Reino Faérico son los primeros en conocer la verdadera esencia de un alma.» En ese instante supo con certeza que la figura que se mostraba ante ella no era su hermana, sino una humana, una impostora que suplantaba la identidad de la verdadera Karianna.

Sin revelar su descubrimiento, Kárida se retiró de la sala. Su mente estaba tejiendo las primeras hebras de un plan de venganza. Buscó a Karkaddan, su compañero, cuya astucia y fuerza eran rivales solo de su lealtad. Le relató su descubrimiento, cómo esa impostora había usurpado el lugar de su hermana, y juntos, en la penumbra de su consejo, forjaron un plan.

—Debemos actuar con rapidez y decisión —dijo Karkaddan con voz susurrante cargada de determinación—. Esta afrenta no solo es contra ti, sino contra todo el Reino Faérico. La usurpadora debe ser desenmascarada y tu legítimo lugar como Dama Blanca debe ser restaurado.

La noche se cernía sobre la Aguja de Nácar mientras Kárida y Karkaddan se sumergían en las sombras, listos para iniciar su juego de venganza y justicia. El destino del Reino Faérico pendía de un hilo, un hilo que ellos estaban decididos a tejer en dirección a la restauración de la verdad y el orden legítimos.

Consumida por una sed de justicia, Kárida avanzó con paso firme hacia el salón del trono de Nácar. Movida por la convicción de que su hermana, la legítima Dama Blanca, había sido vilmente asesinada, se veía a sí misma como la única heredera capaz de restaurar el equilibrio y la justicia en el Mundo Faérico. En su mente, la figura de Anya, la impostora humana, se erigía como la usurpadora y asesina de Karianna. La adoración que todos profesaban hacia su hermana menor, desde su madre hasta los unicornios, se tornaba ahora en un recuerdo doloroso, un legado arrebatado no solo por la traición sino por un acto imperdonable de violencia.

—El título más preciado, el de Dama Blanca, y con él, la tiara de luces, ha caído en manos de una extranjera sin derecho alguno a nuestro mundo mágico—, se dijo Kárida, con el corazón encogido por el duelo y la ira. La determinación de vengar a Karianna y reclamar su lugar como gobernante legítima del Reino Faérico la impulsaba más allá del miedo y la duda.

Al ingresar al salón del trono, donde creía que la falsa Dama Blanca esperaba, desprevenida del ataque, Kárida, con el corazón pesado por el duelo pero firme en su propósito, se posicionó no solo como vengadora de su hermana sino como guardiana del legado del Reino Faérico. La batalla que se avecinaba no era solo por el trono, sino por el alma de un mundo que había sido sacudido hasta sus cimientos por la traición más oscura.

Afortunadamente para la dama añil, no se encontraba sola; desde las sombras, se comenzó a vislumbrar una luz brillante que procedía de un elegante cuerno de unicornio. Era Karkaddan, su compañero unicorno y confidente, cuya lealtad y astucia no conocían igual. Su silueta, tanto ágil como amenazante, precedió un ataque sorpresa. Se lanzó hacia el báculo mágico, emitiendo una risa siniestra que resonó por el salón. Anya, la guardabosques, al verse descubierta y superada, comprendió la gravedad de su situación: la venganza de Kárida era inminente, y su capacidad para defenderse, nula.