170- LA DAMA BLANCA III

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LA DAMA BLANCA III

Con el paso de los meses, Anya y Karianna se convirtieron en amigas inseparables. Karianna le revelaba a Anya los secretos maravillosos de su mágico mundo, mientras que Anya se aseguraba de que la joven unicornio no se metiera en demasiados líos. Un día, Karianna decidió mostrarle uno de sus rincones favoritos: el Estanque de la Polimorfosis. A pesar de las reticencias iniciales de la guardabosques, debido a que el estanque se ubicaba más allá del territorio de los unicornios, en las lejanas tierras de las hadas, la curiosidad acabó por ganar la partida y ambas se dirigieron a los Jardines Irisados.

Cuando llegaron la guardabosques quedó prendada de la belleza de aquellos salvajes jardines. Ante ellas se extendía un precioso tapiz de margaritas sobre el que se elevaban hermosas y raras flores que nunca antes había visto. Karianna le explicó los diferentes tipos y sus usos: desde la flor de azafrán, útil para pociones de amor, hasta la bella rosa de invierno o la venenosa flor murciélago. Sin duda, el reino de las hadas era tan bello como peligroso. 

Avanzaron con cautela hasta alcanzar un estanque cuyas aguas cambiaban de color, dejando a Anya totalmente embelesada. Ocultas tras una roca, observaron a las hadas interactuar con el estanque, lanzando hojas enrolladas al agua. Según Karianna, se decía que el estanque podía transformar físicamente a quien se bañara en él o cambiar el destino de quien lo deseara, con solo susurrar un deseo a una hoja de cala y lanzarla.

Después de varias horas, apareció un hado con una hoja de cala en mano; su porte era el de un príncipe. De repente, un estruendoso temblor sacudió la paz del jardín haciendo trastabillar al joven. Karianna actuó rápido salvando al hada de caer al estanque. Al mirar a su alrededor, Karianna no vio a Anya por ningún lado.

—¿Qué haces aquí? —le reprochó Hábasar, príncipe de las hadas. Los unicornios no son bien recibidos.

—¿Acaso hubieras preferido que te dejara caer? ¡Insolente hado! —respondió Kariana de forma soberbia.

La tierra tembló nuevamente, pero esta vez, robustas ramas surgieron del suelo envolviendo a la pareja en una fortaleza de hiedra. Claramente, una magia faérica les estaba protegiendo. La barrera se fortaleció, y a medida que el manto de la noche envolvía todo a su alrededor, ambos comenzaron a sincerarse, compartiendo sus verdades y miedos bajo el velo de la oscuridad. Confesaron el deseo común de proteger a sus seres queridos y sus reinos. Con el frío penetrando, se dieron calor mutuamente: la gruesa piel de Karianna protegía a ambos, ya que Hábasar era más vulnerable al frío.

Durante días interminables, la barrera de hiedra se convirtió en un refugio insólito para Karianna y Hábasar, aislándolos del mundo exterior y sus peligros. Esta fortaleza natural era amplia y no solo les ofrecía protección contra las anomalías mágicas que azotaban el Mundo Faérico, sino que también creaba un microcosmos en el que el tiempo parecía detenerse. La hiedra, imbuida de una magia esmeralda antigua y protectora, absorbía y neutralizaba cualquier hechizo maligno que intentara penetrar su densa trama, actuando como un escudo impenetrable ante las fuerzas oscuras que buscaban desestabilizar el reino. Sin embargo, en el corazón de Karianna crecía una preocupación constante por Anya, quien había quedado fuera de esta burbuja de seguridad. La idea de que su amiga estuviera expuesta a los crecientes peligros sin la protección de la barrera la llenaba de una angustia profunda. 

Pasaron los días y la pareja se alimentaba de nutritivas bayas que crecían en la hiedra. Con el tiempo, la rivalidad entre ellos se transformó en afecto, evolucionando desde simples roces a abrazos, besos y luego a encuentros apasionados. ¿Estaría naciendo el amor?

Un mes había transcurrido cuando, al borde del crepúsculo, los murmullos de una multitud comenzaron a tejerse con el viento. Entre ellos, se destacaban las voces de tres Damas Faéricas. La más resonante pertenecía a Kyara, la Dama Blanca, cuyo báculo se elevaba hacia el cielo como un faro de autoridad y esperanza.

—¡Han de estar por aquí!— proclamó la Unicornia con su voz cargada de una mezcla de ansiedad y determinación, desgarrando el silencio de la tarde.

En un acto de unidad y fuerza, un ejército de hadas y unicornios conjuraron su magia para desgarrar el entramado de hiedra que había servido de prisión y protección, revelando finalmente a los jóvenes perdidos. 

—Estaba convencida de que los encontraríamos cerca del lago —anunció Titania, la Dama Irisada—. Sin tus hechizos protectores de hiedra no se hubiesen salvado. Sin duda los faunos deben estar orgullosos de que seas su Dama Esmeralda. Gracias Tyria, que la serenidad de la luz de nácar envuelva vuestros días —expresó con gratitud, mientras el grupo se reunía en torno a los recién liberados.

—Los faunos poseemos un linaje noble. El Espiritu del Bosque me habó y super lo que tenía que hacer. Qué fortuna fue estar a tu lado cuando este embrollo se desató, permitiéndome ofrecer nuestro auxilio —replicó la Dama Esmeralda, con un tono que reflejaba tanto orgullo como alivio.

Sin embargo, la Dama Blanca, con la gravedad tallada en su semblante, interrumpió el breve momento de camaradería.

—No hay tiempo para regodeos. Una sombra de urgencia se cierne sobre nosotros; los elementos del Templo de la Sacerdotisa del Reino de Calamburia se han desestabilizado, perturbando gravemente el equilibrio de nuestro mundo.

Con la seguridad de haber encontrado a los desaparecidos, fueron escoltados de vuelta a sus respectivos hogares. Karianna, acompañada por su madre y su hermana, partió hacia la capital, dejando tras de sí la promesa de que su tía se uniría a ellas tan pronto como Anya fuera encontrada. 

La Dama Blanca, sin tiempo que perder, y en cuanto la situación estuvo estabilizada, convocó a las líderes de todas las facciones faéricas al pie de la majestuosa Aguja de Nácar. 

—Damas, druidas, seres del Mundo Faérico —inició Kyara con respetuosas reverencias—. Los recientes sucesos han iluminado mi percepción, evidenciando mi desfase frente a los cambios mágicos y la emergencia de nuevas adversidades, para las cuales no supe prepararnos. Lamentablemente, reconozco que mi capacidad para salvaguardar nuestro mundo ha mermado. Por esta razón, he convocado este cónclave, no solo para anunciar mi retiro sino también para designar a la siguiente Dama Blanca.

Las damas ocuparon sus lugares en el ancestral círculo de piedras, comenzando un cántico que invocaba a Breena, el espíritu del Bosque Mágico. Este ritual, rara vez celebrado, congregaba a la diversidad del Mundo Faérico en pleno: desde los diligentes enanos y las etéreas hadas hasta los nobles unicornios, pasando por los ardientes efreets, los indómitos faunos y las pacíficas ondinas. Juntas, las damas canalizaban la esencia de sus linajes con un majestuoso canto mientras la luna bañaba el claro en un halo de luz plateada. La melodía de su invocación se extendió por varios instantes hasta que Kyara recitó con voz firme sus últimas palabras como Dama Blanca, las estrofas finales, permitiendo que los rayos lunares bañaran el claro del bosque en el que se encontraban. Desde la distancia, una luz sutil se abría camino entre la arboleda: era Breena aproximándose.

Acto seguido, cada dama, por turnos, manifestó su esencia y la depositó en la urna situada en el altar: la Dama Añil presentó un cristal de tono azulado; la Irisada, un espejo de reflejos cambiantes; la Carmesí, una llama vibrante; la de Acero, un emblema metálico; la Turquesa, una gota acuática proveniente del abismo marino; y la Esmeralda, con un gesto, hizo germinar un árbol encantado a partir de una diminuta semilla. Con los emblemas ya dentro de la urna, llegó el momento de elegir al linaje que lideraría a todos. Una a una, se aproximaron al altar para emitir su voto en silencio, mientras Breena, en su andar, las rodeaba. Tras tomar asiento todas, Kyara levantó la urna, de la cual emergió un brillante rombo azul: el emblema de los unicornios, señalando que, una vez más, eran ellos los designados para regir el Mundo.

La ceremonia en la Aguja de Nácar se encontraba en su momento culminante, y el aire vibraba con una tensión casi palpable. Todas las miradas estaban fijas en Breena, el espíritu del bosque, cuya presencia simbolizaba la ancestral sabiduría de su mundo. Entre las damas reunidas, Karida, la Dama Añil,  resaltaba con una mezcla de esperanza y ansiedad. Había pasado toda su vida anhelando este preciso instante y las demás damas habían elegido de nuevo a los unicornios para que guiarán el mundo faérico.

Junto al resto de los espectadores, Karkaddan observaba la escena con un orgullo desbordante, convencido de que el destino que tanto habían soñado Kárida y él estaba a punto de materializarse. La atmósfera estaba cargada de expectativas mientras Breena se acercaba a la representante de los unicornios, cada paso del espíritu era seguido por miradas expectantes, y el corazón de Kárida latía al ritmo de los pasos del espíritu en forma de Ciervo del Bosque.

Sin embargo, en un giro inesperado, Breena cambió de dirección, desviándose del camino anticipado. Un murmullo de sorpresa se esparció entre los presentes; el espíritu estaba rompiendo el protocolo, dirigiéndose hacia una figura que no podía creer lo que sus ojos veían: Karianna. La joven, tomada por la incredulidad, balbuceó:

— No… no estoy preparada para esto.


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