175 – ESPEJISMOS DEL ABISMO I

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ESPEJISMOS DEL ABISMO I

En las profundidades del Reino Faérico, oculta bajo el velo azul cobalto del océano, yace Tealia, la ciudad sumergida de las Ondinas. Tras un periodo de inesperada y feroz tormenta, donde el mismo mar parecía rebelarse contra su naturaleza, la calma había vuelto a reinar. Durante este tiempo oscuro, las aguas se ennegrecieron con presagios de desastre, los hipocampos galopaban errantes, impulsados por un miedo ancestral, y la Fosa  Abisal, el portal que separa las aguas de Calamburia de las del Reino Faérico, temblaba como si estuviera a punto de desmoronarse. Los habitantes de Tealia, acostumbrados a la armonía de las corrientes y al susurro pacífico del oleaje, se encontraron sumidos en una batalla contra una perturbación invisible y, hasta ahora, invencible.

Sin embargo, tan súbito como el inicio de su tormento, la serenidad retornó. Las aguas recobraron su claridad, tintineando con matices turquesa y destellos de coral, como si todo el océano se regocijara bajo un hechizo de tranquilidad. Los hipocampos, símbolos vivientes de la elegancia y gracia ondina, volvieron a danzar entre los rayos de luz que se filtraban desde la superficie, y el portal, una vez más, se erigía inmutable, guardián entre los mundos.

Tealia, la gema escondida bajo las olas, resplandecía más fuerte que nunca. Sus estructuras, construidas con la magia de los antiguos, reflejaban la luz en un espectáculo de brillantez que competía con el mismísimo sol. Sus calles y plazas, adornadas con corales luminiscentes y algas danzantes, retomaban el pulso de la vida diaria, celebrando el fin del caos como si de un renacimiento se tratara.

Sin embargo, la tranquilidad en Tealia llevaba consigo una sombra de duda. La repentina paz, aunque bienvenida, era un enigma. ¿Qué había desatado tal furia en los dominios del mar, y más aún, qué la había apaciguado con igual rapidez? Las miradas se volvían inquietas hacia la Fosa Abisal. Allí, donde las aguas de ambos reinos se mezclan en un eterno abrazo, había comenzado la perturbación de las corrientes, un misterio que agitaba los pensamientos de los más sabios.

Este retorno a la calma no era visto como el final de la historia, sino como el principio de una búsqueda de respuestas. ¿Qué secretos escondía ese repentino e incesante ajetreo de las aguas a través del abismo que conectaba con el mundo de los tritones? ¿Era acaso un presagio de algo más oscuro aún por revelar? ¿La tortura había acabado?

En el corazón de Tealia, Marilia, La Dama Turquesa, soberana de las aguas y protectora de la ciudad sumergida,  convocó  a sus más fieles consejeros a un cónclave urgente. La memoria de oscuros tiempos pasados aún nublaba su juicio y la reciente e inquietante paz no hacía más que avivar sus temores de una amenaza latente.

Entre los presentes, Airlia destacaba por su rol crucial: tenía la tarea de supervisar la fosa abisal, un punto crítico para la seguridad de Tealia. Sin embargo, Heleas, quien usualmente compartía esta responsabilidad con ella, no pudo unirse a la convocatoria. Se encontraba aún en la Aguja de Nácar cumpliendo con su deber de proteger a la Dama Blanca y a su joven vástago. Esta ausencia dejaba a Airlia sola frente a la tarea de salvaguardar uno de los lugares más importantes y peligrosos del reino, lo que subrayaba la importancia de su misión y el peso que recaía sobre sus hombros.

—Debemos permanecer alerta, esto no ha acabado —anunció la Dama Turquesa con voz firme, aunque teñida de preocupación.

En ese momento intervino Azurina, la joven primogénita de la dama cuyo espíritu alegre y optimista contrastaba con la gravedad del consejo. 

—El reino ha vuelto a la normalidad —terció con una sonrisa que intentaba ser contagiosa—. ¿Por qué tenemos que estar siempre alerta? Debemos reponernos.

—Eras muy niña cuando todo sucedió —explicó Marilia mirando a su hija con una mezcla de admiración y preocupación—; pero hace mucho tiempo ocurrió lo mismo. El mar intentaba avisarnos con su caos, pero no lo comprendimos. Cuando retornó la aparente calma, nos confiamos demasiado y una malvada tritona llamada Anfítrite intentó conquistar Tealia con la ayuda de una poderosa bruja abriendo una enorme grieta. Conseguimos detenerla, pero por mucho que lo intentamos no pudimos cerrar esa grieta por eso, y desde entonces, es misión sagrada de las Ondinas salvaguardarla para que no se descontrole.

—Pero la bruja ya no está. ¡Desapareció! —intervino Azurina con una protesta que rozaba la insolencia.

La tensión del momento se intensificó con la llegada de Heleas, el astuto guardia y representante de Tealia en la Aguja de Nácar.

—Pero puede volver —anunció con solemnidad al entrar a la sala, su voz un eco de advertencia que resonaba con el peso de la experiencia y el conocimiento de que el mal nunca desaparece del todo, sino que a veces, simplemente, aguarda en las sombras.

Todos los presentes se pusieron en pie para recibir al guerrero. Su retorno no era solo una vuelta al hogar, sino el inicio de una misión envuelta en misterio. Durante la ceremonia de renovación del Pacto de Lealtad, un encuentro había marcado el comienzo de una nueva misión para el guerrero ondino: tres representantes destacados del Reino de Calamburia se presentaron en el cónclave: Minerva, al mando de la Torre de Magia; Felix el Preclaro, distinguido por sus aportaciones como erudito e historiador; y, acompañándolos, la impromaga Trai. Esta joven estudiante de magia tenía aspecto interracial. Las escamas de su cara dejaban ver la sangre tritona que había heredado de su madre.

La presencia de Trai en el Reino Faérico tenía un claro objetivo: mostrar que se podían superar las viejas barreras entre seres de orígenes distintos. Su herencia tritona, lejos de ser un problema, brillaba como un ejemplo claro de cómo se pueden unir mundos diferentes.

Durante el ágape de bienvenida la impromaga se acercó a Heleas para hablar con él. 

La conversación pronto giró hacia el tema de la aceptación de las relaciones entre los seres del mar y los del mundo terrenal.  Según le explicó, ella era fruto de un amor prohibido entre una tritona y un humano y, como tal, tenía vetado el acceso a la ciudad de los tritones, Aurantaquía. Los dos congeniaron de inmediato y no se separaron hasta el final de la ceremonia. Sin embargo, antes de partir la joven obsequió al guerrero un alga enrollada.

—Por favor, guárdala a buen recaudo. Cuando alcances aguas mágicas ábrela, pero asegúrate de que nadie más lo vea —le suplicó Trai.

Heleas aceptó de buen grado y siguió sus instrucciones. Descendió las aguas del río del Antojo de Kronos, conocido por su peligrosidad y la caprichosa naturaleza de sus corrientes. Sus caudales marcaban el camino hacia Tealia y su desembocadura que daba paso a la capital sumergida; era uno de los lugares mágicos más sagrados para las ondinas. Miró a su alrededor con cautela y tras comprobar que se encontraba solo se sumergió con la hoja. Bajo el agua, el ambiente cambió repentinamente cuando una luz dorada, similar a la marca de Trai, iluminó el entorno y atrapó al guerrero en un torbellino de agua que parecía bailar a su alrededor. En medio de este remolino, el alga se desenrolló por sí sola, revelando una carta. El misterio estaba comenzando a desvelarse.

Heleas no confesó su secreto a nadie: saludó a sus compañeras ondinas y les relató los pormenores del viaje. Aseguró a su señora que la Dama Blanca y su hijo estaban a salvo y que en la superficie terrestre nada parecía turbar la paz del mágico mundo. 

Al finalizar la reunión la Dama Turquesa despachó al resto de las ondinas, excepto a Airlia. La importancia de este momento requería privacidad y confianza absoluta. Ambas compartieron con Heleas los desafíos a los que Tealia se había enfrentado durante su ausencia. Marilia le confesó, con especial preocupación, que su habilidad para tejer ilusiones mágicas empezaba a tener consecuencias para su salud. El uso sostenido de su capacidad para crear velos ilusorios contra los invasores la había llevado a un estado en el que apenas lograba distinguir entre la realidad y la ilusión. Su distorsión de su percepción no era solo un riesgo para su propio bienestar, sino también para la seguridad de la capital del Reino de las Ondinas.

—Estoy envejeciendo —confesó la Dama con voz cansada—.  Temo que ya no pueda proteger Tealia ni el Mundo Faérico.

—Mi señora, sois la ondina más poderosa del océano. Nadie podría liderarnos como lo hacéis vos —respondió Airlia con la voz cargada de emoción.

—No, querida. Apenas logro crear ilusiones y cuando lo consigo me pierdo en ellas hasta el punto de que cada vez me resulta más difícil regresar —explicó la dama, visiblemente afligida—. Os he elegido a vosotros, mis guerreros más fieles, precisamente por vuestra valentía y lealtad. Cuando la grieta se abrió, todos temimos excepto vosotros. Actuasteis sin vacilar. No puedo pensar en nadie más adecuado para sucederme —afirmó mirando a Airlia con una mezcla de aprecio y resignación.

—Pero, ¿y vuestra hija? Lleváis muchos años preparándola para este momento.

—Mi hija ha cambiado —dijo la dama, sus palabras teñidas de tristeza—. Llevo un tiempo observándola. Desaparece dejando tareas pendientes, descuida a los hipocampos, ignora a las algas enfermas que necesitan ser cortadas, no escucha las mareas… Algo la perturba profundamente, y a pesar de todos mis esfuerzos por comprenderla y ayudarla, su pesar sigue siendo un enigma para mí—hizo una pausa para buscar las palabras adecuadas y continuar—. Su talento para crear ilusiones, que una vez fue motivo de orgullo y asombro, parece haberse esfumado. Era capaz de conjurar imágenes tan vívidas, tan llenas de vida, que incluso yo, su madre, me vi engañada en ocasiones. Recuerdo cómo utilizaba su magia para escapar de pequeñas travesuras… Pero esos días parecen haber quedado atrás. Su brillantez y su potencial se han visto opacados por esta inexplicable sombra.

Mirando a los presentes, la dama suspiró

—Y no puedo, no debo esperar más. He retrasado mi retiro demasiado tiempo ya, esperando verla florecer de nuevo. Pero el bienestar de Tealia no puede quedar en suspenso por más tiempo. Es hora de tomar una decisión por el bien de nuestro pueblo y el suyo propio.

—Lo comprendemos, mi señora de las mareas. Procederé con gusto y sin demora a la ceremonia —dijo Heleas sumido en sus pensamientos.

Los tres amigos siguieron hablando hasta bien entrada la noche, recordando viejas anécdotas y recuerdos de tiempos pasados.

174 – EN BUSCA DEL FUEGO FATUO

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EN BUSCA DEL FUEGO FATUO

Sîyah, el Efreet, volvía al desierto después de un mes rodeado de altivos y remilgados unicornios. Con el regreso de la Dama Blanca a la Aguja de Nácar, se reinstauró la armonía en el Mundo Faérico. En respuesta, las damas de cada raza acordaron nombrar embajadores específicos, encargados de salvaguardar tanto el bienestar de Karianna como el de sus propios pueblos y el equilibrio general del reino. Sîyah fue la elección de su Dama Carmesí para asumir este rol de gran responsabilidad. Como embajador, se encontraba ante la tarea de sumergirse en el complejo tejido de la política faérica. Debería involucrarse activamente en discusiones sobre el estado actual y futuro del mundo faérico, identificar y comunicar los desafíos específicos que enfrentaba su pueblo, y sobre todo, garantizar la seguridad de la Dama Blanca y su joven retoño. 

Se desplazaba cada vez más deprisa, incómodo y acelerado ya que como bien es sabido, los efreets son una raza esquiva que apenas sale del desierto, pues con la humedad del bosque sus llamas pierden su fulgor. Tenía que llevar una importante noticia a su señora y no había tiempo que perder. 

Sîyah no era un efreet cualquiera; su valentía y habilidad lo encumbraban entre los guerreros más legendarios del reino faérico. Héroe de la llama y maestro en el Arte Ígneo, dominaba los fuegos fatuos hasta convertirlos en látigos llameantes que se retorcían a su mando, como serpientes bajo el hechizo de un flautista.

Solo en sus caminatas, su memoria se deslizaba hacia aquel pasado difuso. La Gran Catástrofe que había sacudido el Mundo Faérico le llegaba en ecos, como un ascua que se negaba a extinguirse. En aquel entonces, los Jinnis de la Brea, criaturas de fuego y arena, se habían desbordado en una furia inducida por sombrías magias. Algunos murieron, otros cayeron prisioneros de los zíngaros de Calamburia, los devoraelfos. 


En medio del caos desatado por la lucha contra los jinnis de la brea, donde el desorden reinaba y el peligro acechaba en cada sombra, numerosos efreets empezaron a desvanecerse en el tumulto. Sîyah, aún un niño en aquel torbellino de violencia, se vio separado de sus padres. Fue en ese momento de confusión y miedo cuando una figura sombría y misteriosa, un zíngaro conocido como Arnaldo, emergió de las sombras. Sin previo aviso comenzó a absorber a Sîyah hacia un receptáculo oscuro destinado a encerrar su esencia. Justo cuando todo parecía perdido y Sîyah se encontraba al borde del abismo, lejos de la protección de sus padres desaparecidos, När, la Dama Carmesí, se reveló en todo su esplendor.  Con un rugido de poder que sacudió los cimientos del desierto, invocó una barrera de llamas tan rojas como la sangre y un muro ígneo se alzó con ferocidad entre Sîyah y su captor. Las llamas, alimentadas por la determinación inquebrantable de När, repelieron la oscuridad, desgarraron el velo de la noche y rescataron al joven Sîyah del abismo que lo reclamaba. Esta intervención no solo frustró el oscuro propósito de Arnaldo, sino que también marcó el comienzo de una nueva vida para el joven efreet.

Sîyah encontró en su dama una protectora y mentora. Creció bajo su tutela, su niñez y adolescencia marcadas por un entrenamiento riguroso que lo forjaría como el campeón de la Dama. La compañía de Sörkh, la hija mayor de När, le brindó camaradería y una amistad profunda que perduraría a través del tiempo.

Cuando När se retiró al consejo de ancianas y Sörkh tomó su lugar como Dama Carmesí, Sîyah se mantuvo firme a su lado, derramando una lágrima de fuego en un gesto de orgullo y emoción. Era más que un juramento de lealtad; era la promesa eterna de dos almas entrelazadas por el destino.

Y es por la gran devoción que tenía a su dama, por lo que, aunque Sîyah odiaba las misiones diplomáticas; se emocionó cuando, además de su labor diplomática en la Aguja de Nácar, su señora le encomendó una secreta y delicada tarea.

Meses antes, durante el último cónclave, Elga, conocida entre sus pares como la Dama de Acero, compartió con la señora de los Efreets que estaba en el proceso de dar vida a una creación única: un ser forjado en los fuegos de la forja y el acero, diseñado para ser inquebrantablemente leal y servir como eterno compañero. Elga había alcanzado casi todas las cimas de sus ambiciones. Como soberana indiscutible de los enanos, su genio y su fuerza habían dado forma a los túneles mágicos que serpenteaban a través del corazón de la tierra y su destreza había forjado la varita del primer archimago. Sin embargo, un deseo ardía aún en su interior: el anhelo de crear vida, de insuflar el aliento de la existencia en lo inerte, el último testimonio de su supremacía y su ingenio. Sörkh, que admiraba a Elga por encima de todo, quería obsequiarle con una antigua reliquia de su pueblo: el Rubí de Sangre, una joya ancestral cuyos secretos y poderes latentes prometían la llave para alcanzar la última de las metas de Elga. Pero este obsequio venía acompañado de un misterio, pues ni la efreet ni su ilustre madre habían conseguido desvelar cómo liberar la esencia vital encerrada dentro de la gema. La sabiduría necesaria para despertar el rubí, para hacerlo danzar al compás de la vida, se había perdido con la partida de När al círculo de las sabias ancianas.

Para que no llegara a oídos indiscretos, Sîyah estaba encargado de hacerle saber a la señora de los enanos que ambas se citarían en secreto en el desierto carmesí días más tarde, cuando la luna de fuego estuviese tocando el horizonte. La dama de Acero aceptó el mensaje y prometió acudir al encuentro y aprovechó para transmitirle al efreet una devastadora noticia. A pesar del éxito de su misión, Siyah regresaría a casa con un mensaje  que destrozaría el corazón de sus señora. 

Al otro lado del Reino Faérico, en el Desierto Carmesí, la dama de los efreets esperaba impaciente la llegada de su enviado a la Aguja de Nácar. Sörkh, reconocida como la líder más justa y pragmática que los efreets hubieran conocido jamás, ostentaba con orgullo el título de Dama Carmesí. Hija de Jan Ákavir y När, su linaje era una fusión de coraje y sabiduría, elementos que definieron su reinado. Según contaban en el desierto, sus padres se enamoraron en el mismo instante que se conocieron y, desde entonces, no habían pasado un sólo día separados. Su devoción mutua era tal que la niña solía recelar de la atención que recibía su padre. Los años pasaron y Sörkh halló consuelo aprendiendo a vivir sola. Le gustaba su soledad; le reportaba paz. Con el paso del tiempo, su compañía se limitó a dos figuras imprescindibles: Sîyah, su guardián efreet, cuya lealtad y confianza lo convertían en una presencia constante y protectora, y Elga, la enana cuya resiliencia e independencia encajaban perfectamente con el espíritu indomable de Sörkh.

Cuando era niña, los días de Sörkh solían transcurrir entre las dunas y los misterios que el desierto guardaba celosamente, un escenario que contrastaba con la paz de su soledad. Sin embargo, ese equilibrio se rompió abruptamente cuando, una aciaga tarde, al regresar al palacio, se topó con un escenario caótico. Los guardianes de la dama corrían de un lado a otro; los pequeños efreets normalmente bulliciosos y ardientes, se mostraban apagados y humeantes; y su madre, När, la Dama Carmesí, derramaba lágrimas desconsolada. 

—Madre, ¿qué ha pasado? —preguntó Sörkh sin creer lo que veían sus ojos.

Entre sollozos, När logró articular palabras que helaron el corazón de Sörkh.

—Se lo han llevado —la voz quebrada de su madre resonó con una mezcla de dolor e incredulidad.

—No lo entiendo, ¿quién, madre? ¿A quién se han llevado? —la ansiedad de la joven crecía por momentos temiendo lo peor.

—¡Esa sucia calamburiana, la que se dice la matriarca zíngara, ¡una verdadera guerrera enfrenta a sus enemigos! ¡No ataca por la espalda! 

—¿A quién se ha llevado? —insistió temiendo la respuesta.

La confirmación llegó como un golpe devastador.

—Como las arenas del desierto vuelven a ser moldeadas por el viento, así nos enfrentamos una vez más al torbellino del destino. A tu padre, mi djinn. ¡Se han llevado a tu padre! —När confirmó echándose a llorar bajo el peso de su desesperación y no pudo articular más palabras.

El aire se volvió espeso con el dolor y la incertidumbre. Sörkh estaba conmovida. Aunque no se sentía unida a su padre, comprendía que la captura de un efreet era el peor de los destinos y más aún si era el esposo de la Dama Carmesí. Los genios eran escasos y muy valiosos en Calamburia, pues los encerraban en pequeños objetos atándolos a una eterna servidumbre destinada a cumplir deseos a sus amos bajo un yugo implacable. Muchos desaparecieron durante la Gran Catástrofe, cuando los portales se abrían por doquier y muchos seres seres faéricos estaban imbuidos en una energía tan oscura que ni los más valerosos guerreros pudieron detener. En ese torbellino de desesperación, el destino de ser convertido en esclavo acechaba ahora al padre de Sörkh, presagiando una existencia de servidumbre y desolación.

När enloqueció. Su mente vagaba por dunas tenebrosas, su fuego se descontrolaba, no atendía a su pueblo o al resto de damas. Tal fue su descontrol que durante una pesadilla empezó a quemar las Praderas Añiles y secar el Antojo de Cronos. 

Fue entonces cuando Kyara, La Dama Blanca, con la serenidad que caracterizaba su liderazgo, se reunió con Elga en la penumbra creciente del atardecer. 

—Elga, la situación es insostenible —comenzó Kyara, su voz teñida de preocupación—. Debemos actuar por el bien del Mundo Faérico y el de När.

Elga, cuya determinación era tan férrea como el acero de su forja, asintió con gravedad.

—Entiendo, Kyara. He encontrado estos orbes antiguos, capaces de contener una vasta cantidad de magia. Podríamos usarlos para darle a När el tiempo que necesita para recuperarse.

La unicornio contempló los orbes, su luz parpadeante reflejando la complejidad de la decisión que estaban a punto de tomar.

—Es un camino arriesgado, pero necesario. Con tu ayuda dotaremos a estos orbes de la magia necesaria y crearemos un santuario para När —dijo Kyara tomando uno entre sus manos.

—Y no solo para ella —agregó Elga, su mirada fija en el horizonte—. Instauraremos el Círculo de las Ancianas Faéricas, un lugar de retiro y sabiduría para las damas al final de su ciclo.

Kyara asintió, su resolución fortalecida por la alianza con la enana.

—Entonces, es hora de convocar la Ceremonia del Fuego Fatuo. Elijamos a la nueva Dama Carmesí que guiará a los efreets a través de este torbellino que el destino nos ha presentado nuevamente.

Efreets y diferentes criaturas de fuego y arena de diversas partes del desierto acudieron raudos a la llamada de la Dama Blanca: todos querían presenciar el acontecimiento. Entre las muchas aspirantes a Dama Carmesí, solo cinco fueron elegidas por el consenso del clan, cada una portadora de la fuerza y la sabiduría de su estirpe. Al anochecer todos se reunieron alrededor de una gran hoguera y contaron antiguas historias y leyendas de cada rincón del reino mientras las aspirantes se sumergían en un estado de profunda preparación, conscientes de la prueba que enfrentarían con la primera luz del día. La ceremonia, cargada de tradición y expectativa, no era solo un rito de sucesión, sino también un momento de reflexión sobre el papel que jugarían en el destino de su pueblo.

Sörkh se adentró en la profundidad de la noche para enfrentar su destino. Recordaba cada palabra que När le había dicho sobre la prueba: un desafío que exigía no solo destreza física, sino también una aguda mente y una voluntad indomable. Eran muchas las aspirantes que enloquecían o se consumían en sus propias llamas cuando se las sometía a las pruebas, por eso, para esta ocasión, y para evitar que ocurriera lo mismo que cuando När se enfrentó al ritual, ella misma impuso que sólo las más preparadas elegidas por el clan podrían someterse al reto.

A pesar de no haber dado muestras de cariño, su madre siempre quiso que Sörkh la sucediera y encomendó su educación a Sîyah, el mejor y más avezado guerrero. Esta elección no solo había fortalecido a la joven como guerrera, sino que también había cimentado un vínculo inquebrantable entre ella y el efreet que alguna vez fue su guardián y ahora se había convertido en su más fiel aliado.

Con el amanecer del desierto, bañando en tonos dorados, Sörkh se despertó, hizo unos rituales de concentración y se puso sus amuletos: el collar de acero obsequio de Elga y el brazalete de cuero heredado de su abuela. Al salir de la jaima todos desearon suerte a las valientes y les cubrieron de preciosas rosas del desierto y flores de cactus. 

Las cinco aspirantes marcharon hacia el Oasis de Sensum Privatum, el corazón sagrado donde debían invocar al fuego fatuo. Formando un círculo en su centro, conjuraron una llama que lo cubrió todo de humo, transportándolas a una dimensión donde los sentidos se disolvían. El espíritu había acudido a su llamada. La prueba había comenzado.

Sörkh se levantó con cautela; como su madre le había explicado la mayoría de las aspirantes que perecían lo hacían presas de la rapidez y la desesperación. En la quietud del oasis, con la serenidad que antecede a los momentos decisivos, empezó a caminar. Cuando se sintió preparada, elevó su voz al espíritu del fuego, entrelazando su destino con el del mundo que se disponía a liderar. «Espíritu del fuego, escucha mi llamada. Soy Sörkh, heredera del fuego, tejedora de la realidad a través de las llamas. Mi aprendizaje no ha concluido; aún camino por la senda que mi madre iluminó para mí. Frente a un mundo que desafía nuestra esencia, me postulo como guía de los efreets. Te imploro, manifiéstate y comparte tu sabiduría conmigo.»

De repente notó una extraña sensación. Paró. Era el lugar. Se sentó en la arena y empezó a centrarse en la llama que nacía entre sus manos. Había atraído la atención del espíritu, ahora sólo le quedaba demostrarle de lo que era capaz. Estuvo horas sentada en la penumbra canalizando su fuego interno. La danza de colores en las llamas, una lucha entre el rojo, el dorado y el ocre, era el reflejo de su propia lucha interna: una búsqueda de equilibrio y armonía. La esencia de ser Dama Carmesí exigía de Sörkh un fuego inquebrantable, que no se consumiese por su propia intensidad. No valía de nada hacer arder el oasis entero si luego se quedaba al borde de la muerte, pues la heredera de la llama carmesí debía ser fuerte y hallar siempre un camino para conseguir su objetivo con el menor daño posible. La mayoría de los efreets eran impulsivos, por lo que a menudo se perdían en el ardor momentáneo. Esa era su perdición. Sin embargo, Sörkh era paciente. Sabía que si se concentraba podría canalizar su propia llama interna y controlarla desde la serenidad.

Acercó sus manos haciendo un pequeño recipiente y creó una pequeña llama danzarina. Era irregular y desobediente, pero no salía de sus manos. Poco a poco fue creciendo y ganando forma y colores. El rojo luchaba contra el dorado por salir volando mientras el ocre agonizaba en el fondo de la lumbre. Fue abriendo las manos para que el fuego creciera aún más e iluminase el oasis. La llamarada subía sinuosamente por el claro. Sörkh estaba feliz. Estaba en armonía con su fuego.

De pronto, la llama se despegó de sus manos y empezó a subir al cielo en un estallido de preciosos fuegos artificiales de diferentes colores. La efreet sintió cómo la realidad se reinstauraba a su alrededor, sus sentidos agudizados por la magia del momento. Y allí, en el centro de este torbellino de colores y luz, un caprichoso fuego fatuo realizaba su danza etérea. El espíritu había decidido: Sörkh sería la nueva Dama Carmesí, heredera legítima del fuego y guardiana de su pueblo.

Una voz cálida como el fuego sacó a la dama del emotivo recuerdo y la trajo de nuevo al presente como quien arranca una flor del desierto de la duna más ardiente. Revisitaba habitualmente la ceremonia para encontrar fuerza en los momentos que más la necesitaba, pero ahora tenía asuntos más importantes a los que atender.

—Mi dama, me temo que tengo malas noticias —dijo Sîyah—. Vuestra madre ha abandonado el Círculo de las Ancianas.

—No puede ser, debe tratarse de un error. ¿La Dama Blanca te ha dicho eso?

—Sí, mi señora. Cuando la Dama Turquesa abandonó Tealia permitió a vuestra madre salir del orbe —reveló Sîyah a Sörkh, con voz teñida de preocupación—. La Dama Unicornio creía que los poderes de la ondina calmarían el espíritu de vuestra madre, pero cuando entró en la ilusión y vio a vuestro padre ardió en llamas evaporando las cristalinas aguas mágicas que había convocado la ondina. Marchó a…

—¿A dónde se fue? —insistió temiendo la respuesta.

—A Calamburia, a buscar a vuestro padre —dijo Sîyah preocupado bajando la voz y la mirada.

—Mi madre tenía una gran afección —se lamentó—. La nociva dependencia de mi padre le ha vuelto a nublar el juicio.

Sörkh se sumió en sus pensamientos. ¿Cómo era posible que su madre, la temida Dama Carmesí, se apegase a otro ser con tanta facilidad? Ella nunca permitiría que algo así le nublara el juicio; nunca se casaría o yacería con un hombre. Las mujeres eran mucho más inteligentes, confiables y divertidas.

Los días pasaron y la dama siguió investigando viejos escritos, pero no consiguió nada. Pidió ayuda a los druidas, mando misivas a la Dama Blanca, pero todo parecía inutil. Nadie sabía del paradero de su madre.

Un día recibió una inesperada visita.

—Querida Sörkh, ¿cómo estás? —saludó Elga, la Dama de Acero.

—¡Qué grata sorpresa! ¿No te esperaba tan pronto? —estaba tan absorta en su investigación que no recordaba la cita con la dama de los enanos.

—Perdona querida, he adelantado nuestra cita, y además he aprovechado la ocasión para salir del hastío en el que me encuentro  —confesó—. Mi esposo ha despertado de su ensoñación y quiere que ejerza de mujer y madre. Primero fui a las Praderas Irisadas, pero Titania tenía asuntos urgentes y he adelantado mi viaje al desierto.

—Siempre me pareció una crueldad que te hiciesen desposar un hombre. ¡Es mucho mejor la compañía femenina!

—Depende del hombre —contestó sonriente—. Theodus conocía muy bien la geografía de una dama, ya me entiendes.

—No he tenido el placer de probarlo. Las mujeres somos superiores en este aspecto, por supuesto. 

—¿Hay noticias de tu madre? —preguntó Elga mientras le sostenía la mano.

—No sabemos nada —sentenció Sorkh apartando la mirada para contener las lágrimas—. En verdad agradezco que hayas venido antes, ya que tengo una mala noticia que darte y no podía esperar más —cambió de tono recomponiendose—. El motivo de esta cita secreta es que quería obsequiarte con una antigua reliquia efreet para que pudieras completar tu creación —explicó enseñando una hermosa piedra preciosa—, pero me temo que no sé despertar su poder y mi madre, como bien sabes, tampoco no nos puede ayudar.

—¡El Rubí de Sangre! —exclamó emocionada— ¡Hacía siglos que no lo veía! Creía que se había consumido durante la Gran Catástrofe. 

—Fue un obsequio de los Druidas como agradecimiento por la energía ardiente que les proporcionamos como tributo después de la Gran Catástrofe. Sin embargo, tanto mi comunidad como yo desearíamos que te quedaras con ella y fuera parte de tu anhelado proyecto.

—Te doy las gracias de todo corazón, querida. Quizás no lo sepas, pero este rubí surgió del mismísimo fuego de la Forja Arcana, y es ahí donde aguarda su verdadero despertar —respondió la Dama de Acero con la luz en la mirada de quien reencuentra un tesoro largamente extraviado. Quizás, gracias a su querida amiga, pudiera por fin terminar su proyecto.

173 – ALAS DE OTOÑO

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ALAS DE OTOÑO

Las hadas eran las criaturas más peligrosas del Mundo Faérico, pues bajo su fina y delicada apariencia esconden una pérfida mente ávida de poder. Titania, la actual dama irisada, había vuelto a los Jardines Irisados con renovada ira. La señora de todas las hadas siempre había odiado a los unicornios; había crecido oyendo las funestas historias sobre cómo los unicornios habían causado la extinción de los pegasos. Su madre Melusina, anterior dama y ahora anciana faérica, siempre los había culpado, aunque desde su retiro se había ido ablandando.

—Por la Aguja de Nácar, aún no entiendo cómo el Espíritu del Bosque ha podido escoger a esa insulsa yegua como Dama Blanca —se quejó la Dama Irisada—. ¡Encima ha tenido un hijo! 

—El rencor no te llevará a ningún sitio Titania, hija mía —la reprendió Melusina mientras caminaba hacia ella en vez de volar para evitar el dolor que le producía la atritis de sus alas—. El espíritu se guía por la bondad del alma, no por la sabiduría. Yo misma, hace años, perdí contra su madre, a pesar de que yo era, de entre todas las damas, la más sabia.

—¡Pero la bondad no protege! ¡No nos hace avanzar! ¿¡De qué sirve tener un alma pura si eres una inepta?! —exclamó mientras agitaba sus alas intentando contener su malestar.

De repente, un pequeño hada interrumpió la conversación descendiendo y posándose con gracia en los exuberantes jardines. Su destreza en el vuelo era notoria, mostrándose con orgullo y determinación.

—¡Abuela! —gritó corriendo Carlin, el hijo menor de Titania—. Bienvenida, madre —saludó a su madre inclinando su  cabeza en un gesto de deferencia.

—Mi querido niño, ¡cuánto has crecido! —exclamó la anciana abrazando al más joven de sus nietos.

—Carlin, no sabía que estabas aquí —dijo su madre con tono despectivo—. ¿No tienes a nadie más a quién molestar? Seguro que tu amigo está por ahí. ¡Hijo de Ymodavan, acude de inmediato a hacer compañía a Carlín! 

—¡Que se llama Lirroe! —protestó el pequeño.

—Para aprenderme nombres estoy yo… Su padre y su abuelo se llamaban Ymodavan; es más sencillo así, no tendrían que haberle puesto otro nombre. Los nombres son para la sangre noble, no para los sirvientes.

La dama irisada, Titania, se destacaba por su soberbia. Nunca se tomaba la molestia de aprender los nombres de sus sirvientes, a quienes consideraba hadas inferiores. A pesar de mantener cierta confianza con ellos, siempre mantenía un muro infranqueable. Los llamaba a todos Ymodavan, en un gesto que dejaba claro su indiferencia hacia sus identidades. Esto contrastaba con su madre, Melusina, quien cuando ostentó el título de dama irisada, mostraba una cercanía que su hija Titania había decidido obviar. En su orgullo, Titania parecía haber olvidado el valor de la individualidad, reservando los nombres para la supuesta nobleza de sangre.

En ese momento, apareció un hado, la mirada gacha y el semblante humilde, revelando su posición de menor rango. Aunque solo era algunos años mayor que Carlin, su pelo ya mostraba mechones canosos, inusuales para su juventud. Su conducta era la de alguien bien educado, y aunque su expresión era apagada, su sonrisa irradiaba una luz cálida. Sus alas, notablemente más grandes de lo habitual para alguien de su edad, se desplegaban suavemente detrás de él.

—¿Me llamaba? —contestó Lirroe mientras entraba. 

—Llévate a mi hijo a dar una vuelta, y si de paso puedes cambiarlo por otro más listo, mejor aún —afirmó Titania con un tono cargado de resignación.

Antes de partir, Titania se acercó a su hijo, su gesto serio y su postura recta, reflejando la formalidad de un momento más protocolario que afectivo. Con un breve abrazo, casi mecánico, le dijo, utilizando las palabras prescritas por la tradición de las hadas, aunque sin ningún tipo de cariño:

—Por el viento de la primavera, vuela ligero y sin ataduras.

Su hijo, acostumbrado a tales formalidades, respondió con una inclinación de cabeza y una réplica ensayada:

—Que mi vuelo honre la tradición y la sabiduría de nuestra estirpe, madre.

El abrazo se rompió rápidamente, y Titania se alejó sin mirar atrás, dejando a su hijo en manos de Lirroe. Este intercambio, aunque revestido de las palabras correctas, carecía de la calidez espontánea de los momentos verdaderamente maternales, revelando la distancia emocional mantenida por el protocolo.

Después, inclinándose ligeramente hacia adelante y lanzando una mirada retadora a su anciana madre, añadió en un susurro apenas audible—: Menos mal que tengo a tu hermano mayor, que si no…

Los dos amigos salieron corriendo hacia los jardines de lavanda, donde podían esconderse entre los tallos.

—Hija, ¿no podrías ser un poco más amable con él? —espetó Melusina.

—Si es tonto, es tonto. Tendría que haberlo educado yo, como a su hermano. Tú lo has ablandado y ya poco se puede hacer. 

Tras pronunciar estas palabras, Titania, con un gesto de indignación marcado en su rostro, se levantó bruscamente y abandonó los jardines en un ágil vuelo dejando tras de sí un palpable aire de descontento.

Al otro lado del jardín, los campos ondulantes de lavanda se alzaban como un mar púrpura y sus fragantes flores se mecían suavemente al ritmo de una brisa susurrante que parecía llevar consigo secretos antiguos. En este lugar de ensueño, donde cada pétalo y cada hoja parecían impregnados de magia, el joven príncipe hado Carlín y su amigo Lirroe se entregaban a juegos y risas, sus figuras danzando entre las flores con una alegría que solo la inocencia de la juventud puede conocer. Aquí, en estos jardines, las diferencias de clase y las preocupaciones del mundo exterior se disolvían en el aire perfumado, dejando solo la pura felicidad de dos almas en libertad.

Lirroe, descendiente de Ymodavan, servía como asistente de la Dama Irisada. A pesar de que Ymodavan ostentaba el cargo de consejero y asistente personal de la dama, ambos eran tratados por ella con una frialdad que los relegaba al rango de meros sirvientes. El pequeño había crecido con Carlin y lo quería como a un hermano, aunque los dos eran muy distintos: el joven príncipe  era un soñador convencido de la bondad inherente a todas las criaturas y Lirroe, en cambio,  sostenía firmemente la idea de la supremacía de las hadas sobre el resto de las razas. Su abuelo, al igual que su padre, fue asistente de la Dama Irisada cuando los pegasos aún existían. Según le contaba, cuando la magia empezó a descontrolarse los últimos pegasos cruzaron al continente en busca de ayuda y nunca volvieron. En tiempos pasados, fue Kyara, la anciana de los unicornios, mientras ejercía el cargo de Dama Blanca, la que cerró los portales durante siglos bloqueando la entrada a otros seres. 

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Lirroe por explicarle esto a su amigo y joven príncipe,, él parecía no querer atender a sus razones.

Carlin era un hado distinto a los demás, criado bajo el ala de su abuela Melusina. La educación que recibió el joven príncipe sorprendió al personal del palacio irisado, ya que no era común ver a la antigua dama irisada tener un comportamiento tan comprensivo y sensible. Años atrás, cuando aún era madre y no abuela, Melusina había inculcado en su hija Titania un profundo y arraigado odio hacia los unicornios, perpetuando así un antiguo resentimiento interracial. Este rencor ancestral entre razas se afianzó profundamente en el corazón de la caprichosa Titania y permaneció allí incluso cuando creció y se convirtió en la señora de todas las hadas.  Sin embargo, y a pesar del éxito en la educación de su hija, la perspectiva de Melusina cambió radicalmente cuando sostuvo por primera vez en sus brazos al pequeño hado Habassar, su nieto mayor. Aquel momento fue una revelación: se dio cuenta, ahora que era una anciana sabia, de que su corazón se había consumido por el odio. Durante su crecimiento, intentó influir positivamente en Habassar, y comenzó a transmitirle la idea un mundo faérico más benevolente, libre de antiguos odios, pero la educación impartida por su madre Titania ya había dejado su huella en el joven. Consciente de este ciclo de rencor, y del error cometido en la educación de los otros miembros de la realeza, la abuela Melusina se dedicó a evitar que Carlin, el más pequeño de la familia, siguiera el mismo camino.

En el reino de las hadas la vida transcurría con una tranquilidad cotidiana, un ritmo sereno marcado por las actividades diarias. Titania, inmersa en sus asuntos, compartía su tiempo con Elga, la Dama de Acero y señora de todos los enanos. A pesar de la rigidez y del incipiente reuma en sus alas, Melusina, con una paciencia que rozaba lo heróico, seguía instruyendo al pequeño Carlin en las complejidades y sutilezas de la vida cortesana. 

Hasta que un día algo inesperado ocurrió. El sonido de los carrillones del palacio rompió la monotonía, resonando con una alegría inusitada a través de las salas y los jardines. Era una noticia que llenó de emoción y asombro a todos: Hábasar, el heredero de las hadas, había vuelto a casa. La normalidad se vio interrumpida, sustituida por una efervescencia de júbilo y expectación. 

Los pequeños, al oír las fanfarrias, dejaron sus juegos en los campos de lavanda y volvieron corriendo al palacio a recibir al primogénito e hijo predilecto de la Dama Irisada. Hábasar era astuto, apuesto y altivo. Como su madre, creía en la superioridad de las hadas y culpaba a los unicornios de los problemas de su mágico mundo. El príncipe acababa de llegar de una misión diplomática en la Aguja de Nácar tras la desaparición y posterior reaparición de la Dama Blanca. 

No obstante, para sorpresa de todos, el príncipe heredero no había llegado solo; Drëgo, el aprendiz del venerado y sabio druida Öthyn, lo había acompañado.

Esta aparición conjunta causó un revuelo en la corte. En la recepción, se reveló que durante su estancia en la mágica torre Hábasar y Drëgo habían forjado un vínculo estrecho, convirtiéndose el druida en confidente y consejero del hado.

La complicidad entre los dos era evidente para todos, a pesar de que se trataba de un mago humano y de un hado; sus cuchicheos y miradas cómplices no pasaban desapercibidos. En un momento de discreción, mientras las miradas de la corte se perdían en los preparativos de la celebración, Drëgo se inclinó hacia Hábasar y le susurró con urgencia:

—Aún no es el momento adecuado —su voz era apenas un hilo de sonido cargada de significado—. Que vuestra madre siga creyendo que odiais a los unicornios hasta que se normalicen las cosas y ella misma vea que el proceder de la Dama Blanca es el idóneo. Yo me encargaré de allanar el terreno.

—De acuerdo —convino el hado—. Muchas gracias por tu ayuda, querido amigo.

La celebración de bienvenida para Hábasar se desarrolló con la armonía y el esplendor característicos de los eventos faéricos. Los invitados disfrutaron de un festín repleto de manjares exquisitos, bebidas embriagadoras y danzas que parecían desafiar las leyes de la gravedad. Con el avance de la noche, uno a uno, los asistentes comenzaron a retirarse a sus respectivos aposentos, agotados pero satisfechos. Sin embargo, dos figuras se mantuvieron aparte del resto: Drëgo y Titania.

El druida, consciente del papel crucial que jugaba en los acontecimientos venideros, solicitó una audiencia privada y secreta con la Dama Irisada. En el silencio de la sala, le reveló la noticia de la inminente llegada de la Dama Añil, su marido y el propio maestro de Drëgo. Subrayó la importancia de que la reunión se mantuviera en la más absoluta confidencialidad y que solo ellos dos deberían estar presentes.

Titania, aunque desconcertada por las exigencias y la naturaleza secreta del encuentro, no pudo ocultar su desagrado ante la idea de recibir a la unicornio. Sin embargo, la gravedad de la situación y el peso de las palabras de Drëgo la llevaron a acceder a sus peticiones. 

Al cabo de tres lunas llegó la comitiva. Titania decidió recibirlos en el jardín de las sarracenias, unas peligrosas plantas carnívoras. Tal era el pavor que sentían los hados hacia ese jardín que el lugar había quedado inhóspito y asalvajado. Los unicornios no se hicieron esperar y en seguida  iniciaron la conversación.. 

—Ha llegado a mis oídos que el Hado de Otoño mantiene una secreta relación con mi hermana, la Dama Blanca —informó Kárida, la dama Añil. 

—¡Menuda necedad! —se rió la señora de las hadas— Mi hijo sabe muy bien que los unicornios no son de fiar y que los idilios y romances entre las dos razas están prohibidos.

—No sólo han mantenido una relación, sino que Yardan es el fruto de su romance. —intervino el altivo Karkaddan, consorte añil de los unicornios.

—Eso es imposible —insistió Titanía.

—Es cierto —inquirió Drëgo—. Vuestro hijo planea decíroslo pasado un tiempo. Quiere reconocer a su vástago. ¡Ha enloquecido!

—Mi aprendiz Drëgo, —apostilló Öthyn con tono despectivo— descubrió el secreto y yo personalmente urdí un astuto plan para revelar toda la verdad. Con la ayuda de los poderes de la Dama Añil, señora de los unicornios, podremos conjurar un hechizo que someta la voluntad de vuestro hijo y  que nos cuente toda la verdad. Al ser los unicornios la raza escogida por el resto de las damas deben ser ellos los que descubran el embuste.

Estuvieron deliberando largo y tendido sobre la mejor forma de proceder. Tras analizar la situación a fondo Titania accedió a llevar a cabo el plan de los druidas. Tal era su abstracción que no se percataron de la presencia de Ymodavan, el fiel asistente de la Dama Irisada. Sólo Drëgo pudo distinguir el sútil aleteo de sus viejas alas. ¿Cómo había osado seguirles?

Una vez finalizado el cónclave volvieron al palacio; no tenían tiempo que perder. Drëgo debía ir a buscar al príncipe para llevarlo a las mazmorras, pero antes tenía que encargarse del  curioso asistente. 

Ymodavan entró nervioso a la humilde habitación que compartía con su hijo, Lirroe. Sin perder tiempo despertó al pequeño, le contó los pormenores del cónclave y le mandó ir a las cocinas a por víveres. Si su señora, la dama de las hadas, permitía que un unicornio torturase a su propio hijo, nadie estaría a salvo. Debían huir. Lirroe fue a la cocina mientras su padre preparaba un pequeño zurrón con lo indispensable. De camino pasó por los aposentos de Carlin para avisarle de lo acontecido; su amigo por fin vería la perfidia de los unicornios. Asaltado, el joven Carlín corrió hacia las mazmorras. Debía comprobar si su amigo estaba en lo cierto.

Lirroe volvía a su habitación con varias bayas cuando de pronto oyó la inconfundible voz de Drëgo. Se escondió bajo un recibidor y empezó a escuchar.

—¿De verdad pensabas que te dejaría huir? —desafió el druida.

—No permitiré que le hagan eso al príncipe. ¡Los unicornios no son de fiar y me temo que vos tampoco! ¿Por qué no se permite la unión entre hadas y unicornios? La prohibición es un mandato de los druidas por el bien de nuestro mundo, pero ¿qué mal puede hacer el niño? ¿Es perjudicial para el Mundo Faérico o para vos? —exigió Ymodavan.

—Veo que eres más listo de lo que pareces, pero haces demasiadas preguntas —espetó el druida con desdén.

—Sólo queréis el poder y para ello necesitáis separar a las razas.

—Las damas nunca controlaron la magia o el mundo faérico —rió Drëgo—. Pero tú, querido amigo, sabes demasiado. 

De repente, un sonido atronador, resonó por la estancia seguido por un silencio sepulcral. Drëgo abandonó la estancia con paso decidido. Pasados un par de minutos el niño salió asustado. Temía lo peor. Abrió la puerta, pero no vio a su padre; sólo un rastro de polvo de diferentes colores que poco a poco se iban apagando. Recogió el polvo con lágrimas en los ojos, lo guardó en un pequeño frasco, cogió el zurrón y huyó sin mirar atrás. Hábasar entró en las mazmorras seguido del joven druida. Ahí le esperaban Kárida, Karkaddan, Öthyn y su propia madre. Había sido traicionado. No tenía escapatoria, sólo podía negar los cargos. Por mucho que le preguntasen negaba cualquier idilio con Karianna. De pronto, Öthyn hizo un gesto a la Dama Añil, quien empezó a mover su báculo y a susurrar siniestras palabras. Hábasar sintió un fuerte dolor. Gritaba, se retorcía y pedía clemencia, pero nada cejaba a la unicornio en su tortura. Finalmente logró doblegar al hado.

—Sí, es mi vástago —declaró hipnotizado—. Karianna y yo quedamos encerrados durante el Sueño del Titán y nos enamoramos. Yardan es el fruto de nuestro amor. 

—¡Traidor! ¡Tú no eres mi hijo! —gritó Titania.

Ante la confesión, Kárida rompió el hechizo haciendo a Hábasar caer en un profundo sueño. Drëgo se lo llevó; lo encerrarían en la Aguja de Nácar.

—¡Ahora iré a por esa estúpida niña y…!

—De eso nada —interrumpió Kárida—. Recuerda que ahora me debes lealtad y todo se hará a su debido tiempo. No harás nada que yo no apruebe. ¿Entendido?

La Dama Irisada hizo una sutil reverencia con la que se ponía al servicio de la unicornio. Carlin, que lo había presenciado todo desde su escondite, empezó a sentir una rabia incontrolable. Tenían razón: los unicornios eran unas criaturas despreciables que sólo ansiaban el poder.

172 – LA ARMONÍA FAÉRICA

Personajes que aparecen en este Relato

LA ARMONÍA FAÉRICA

El bosque está triste. El bosque llora. 

Los árboles ya no bailan. El bosque llora. 

Las flores ya no crecen. El bosque llora. 

El río ya no corrre. El bosque llora. 

El liquen ya no trepa. El bosque llora.

Pero no está sólo. El bosque canta. 

En su esencia está la solución. El bosque canta.

Una cierva será su portavoz. El bosque canta.

Encuentra al que traerá la magia, la luz y la esperanza.

En la penumbra del alba, bajo el velo susurrante de la brisa del Bosque Mágico, mi conciencia emerge suavemente. Mi presencia, etérea y antigua, se desvela entre las sombras que danzan al compás de la brisa matinal. No soy como los mortales que caminan sobre dos piernas, ni tampoco una simple bestia del bosque. Soy una cierva, pero no una cualquiera; en mí habita el espíritu de lo faérico, un ser antiguo nacido de la esencia misma de la magia que permea cada hoja y cada susurro del viento entre los árboles. Este bosque, mi hogar eterno, es el núcleo de un mundo donde lo imposible florece con la naturalidad de la primavera.

Desde tiempos inmemoriales, he recorrido estos senderos ocultos, guiada por la luz de estrellas que nunca se ven en el cielo de los humanos. Mi existencia se entrelaza con la del bosque; soy sus ojos cuando la oscuridad cae, sus oídos en el silencio invernal, y su voz cuando la primavera susurra el renacer. Pero esta mañana, algo ha perturbado la armonía ancestral que siempre hemos guardado. Una inquietud se agita en las profundidades, un presagio de cambio, de una perturbación en el delicado equilibrio de nuestro mundo.

Una voz susurrante proveniente de las mismas entrañas del Bosque Mágico me convoca con urgencia, un llamado que no puedo, ni deseo, ignorar. Tengo que ayudarlo. Me pongo en pie, consciente de que cada momento es precioso y no hay segundo que desperdiciar. Desde hace ya un tiempo, somos testigos de un fenómeno inquietante: el tejido mismo de nuestra existencia se sacude con convulsiones, portales se abren sin cesar, desgarrando el velo de la realidad, sembrando el caos. Me pregunto, con una mezcla de temor y asombro, ¿qué tormenta azota a la magia que siempre ha sido nuestra guía y refugio, ahora tan salvaje y errática? ¿Dónde se hallará la Dama Blanca, guardiana de nuestro equilibrio? Siento cómo mi luz interior titila y se debilita, empujándome hacia el claro sagrado de la Aguja de Nácar.

Rápidamente, me aparezco en la penumbra de unos arbustos en frente del Círculo de Piedra, oculta entre las sombras, cuando Kárida, la Dama de los Unicornios, con su presencia imponente, capturó la atención de todos.

—Mi hermana ha sido vilmente asesinada. Una usurpadora de Calamburia, Anya la guardabosques, ha osado quitarle la vida y robar su identidad. He sido yo quien ha destapado esta traición y, en el combate posterior, donde defendía mi vida y nuestro honor, la cúpula del palacio se vino abajo, sellando así su destino.

Aunque su tono buscaba transmitir duelo y justicia, algo en sus palabras no resonaba con sinceridad. Como espíritu del bosque, podía sentir las corrientes de verdad que fluían más allá de las apariencias. La tristeza de la Dama Añil parecía una máscara, una fachada construida para ocultar sus verdaderas intenciones. En mi esencia, sabía que algo más se ocultaba detrás del relato de Karida; la Dama Blanca aún tejía su magia en el mundo, su presencia era un hilo tenue que me llamaba.

El cántico sagrado comenzó a elevarse, una melodía ancestral que resonaba con el poder de los eones, pero en ese momento, las notas parecían teñirse de oscuridad. Lo entendí de inmediato: esto no era más que un golpe de estado disfrazado de ritual. La urgencia me llenó, un llamado feroz y desesperado. Debía encontrar a mi señora. Sin perder un segundo, me deslicé fuera del círculo de piedra, movida por una determinación inquebrantable. La esencia de la Dama Blanca, sutil pero inequívoca, tiraba de mí, guiándome a través del velo de engaños y sombras. Era mi deber, mi propósito como espíritu del bosque, desentrañar la verdad y restaurar el equilibrio. La búsqueda de la verdadera guardiana de nuestro mundo había comenzado, y no descansaría hasta hallarla.

Atravieso la espesura del Bosque Mágico, convencida de que ahí encontraré las respuestas que busco. Interrogo a las majestuosas hayas, centinelas ancestrales del bosque; a los abedules, con sus ojos vigilantes; a los almendros de floración temprana; a los robustos nogales… pero el silencio es la única respuesta. Avanzo hacia las profundidades, hacia el Gran Sauce, corazón de la magia más ancestral, y espero. La urgencia y la necesidad me inundan: Karianna me necesita. ¿Dónde puede estar? Afinando mis sentidos, la visión se aclara: el Estanque de la Polimorfosis, santuario de nuestro encuentro pasado, se revela ante mí. Con la fuerza del bosque fluyendo a través de mí, me manifiesto junto al estanque.

—Mi señora, ¿ha llegado la hora? —pregunto. Y me respondo a mí misma acto seguido:. Sí, ¡está de parto!

—¿Cómo lo sabes…? —balbucea Karianna, sudorosa y débil.

—Fui yo quien envió el presagio a la Dama Esmeralda durante las convulsiones del sueño del Titán, para que os protegiera a ti y a Hábasar con su conjuro de Hiedras—le revelo—. ¿Dónde está el hado?

—Se ha ido a solicitar la ayuda de los druidas, nuestros benefactores. No se lo he dicho a nadie. Me encuentro sola —me confiesa, con una mezcla de resignación y esperanza.

—No, mi señora, yo estoy aquí con vos —le aseguro, ofreciéndole mi apoyo incondicional.

La asisto a respirar pausadamente y a empujar con suavidad. A pesar de su cansancio, siento que tiene la fortaleza para conseguirlo; tengo una corazonada. Pasan las horas y se mantiene estoica, empujando y respirando.

Poco a poco empiezo a ver unas pequeñas pezuñas seguidas por unas patas esbeltas, una cola grácil, y finalmente, un delicado hocico acompañado de las patas delanteras Ante mí tengo un precioso potro tordo con un pequeño cuerno que empieza a brillar con destellos sutiles. Karianna, con ternura, limpia con cuidado a su pequeño recién nacido y se levanta con dificultad. 

—Mi señora, es un potrillo precioso y está sano. Recibid mis más sinceras felicitaciones— susurro mientras mis ojos no pueden apartarse de la mirada inocente del joven unicornio— Y permitidme deciros, con toda la certeza que mi corazón puede albergar, que puede estar tranquila porque este potrillo lleva en sí la apariencia de un unicornio puro, sin el más mínimo atisbo de hada en su ser. Ni en aroma, ni en la delicadeza de flores nacientes sobre su piel se presiente la influencia de las hadas. 

En ese preciso instante, algo en el recién nacido captó toda mi atención, un detalle que no había percibido hasta ahora. Se trataba de una energía que envolvía su pequeña figura, una vibración sutil pero inconfundible que me resultaba extrañamente familiar. No podía comprender el porqué, pero algo en mi interior resonaba con esa presencia, como si alguna parte de mi ser reconociera ese aura, ese halo especial que lo rodeaba. Era como si esa energía me hablara en un lenguaje olvidado, evocando memorias y sensaciones que yacían dormidas en lo más profundo de mi conciencia. ¿Por qué me resultaba conocida? ¿Qué secreto ocultaba esa singular vibración que me atraía y me desconcertaba a partes iguales?

—La energía que emana de él, sin embargo, es inusual —. -Continué, observando cómo la luz del claro del bosque acariciaba su figura, revelando un aura única—. Posee un poder que no se identifica claramente ni con el de las hadas ni con el de los unicornios. Es algo nuevo, el inicio de un poder desconocido hasta ahora. Por cierto, ¿cCuál será su nombre, mi señora?

—Yardan —responde ella, con una voz que resuena con un matiz de fuerza renovada. —Es el nombre de un antiguo protector en las leyendas faéricas, un ser que trascendió las divisiones entre los reinos para unirlos. Creo que es el nombre perfecto para él.

—Gobernará sobre todos nosotros —afirmo, captando su mirada sorprendida—. Así lo ha señalado el bosque: “Del odio ancestral surgirá un nuevo amor y del amor la esperanza”.  Yardan simboliza ese futuro, el puente entre antiguos conflictos y la promesa de unidad y paz.

Ayudo a mi señora y su pequeño a recobrar fuerzas. La batalla no ha acabado. Aún tenemos que ir a la Aguja de Nácar para detener a Kárida y reclamar lo que legítimamente pertenece a Karianna. Al explicarle la situación, ella comprende la gravedad del asunto y, pese a la debilidad que aún la embarga, accede a acompañarme al ancestral círculo de piedra para recuperar su tiara. Con un notable esfuerzo conjunto, logramos materializarnos en el claro del bosque, bajo la mirada atónita de los presentes en el cónclave. La tensión en el aire es palpable, cortada solo por la voz quebrada de Kyara, la anciana faérica de los Unicornios, que reconoce a su hija entre la multitud.

—No puede ser —solloza Kyara—. ¿Eres tú, hija? ¡Te dimos por muerta!

—Soy yo, madre —explica Karianna—. Perdonadme, pero me vi obligada a esconderme por el bien de todo el Mundo Faérico .Confíé en una buena amiga para que adquiriera mi forma durante mi ausencia. Era mi mejor opción porque comprende profundamente el sacrificio, habiendo priorizado el bienestar de nuestro mundo por encima del suyo propio. Su valentía y honor la hacían la candidata perfecta para proteger mi lugar. Pero, ¿dónde se encuentra? ¿qué ha ocurrido con Anya?

—Atacó duramente a tu hermana que solo intentaba vengar tu muerte. Durante el enfrentamiento, hubo un fuerte temblor y el trono se derrumbó sobre ella. No sobrevivió —nos explica Drëgo, el joven druida.

La noticia golpea a Karianna como un rayo, sacudiendo su ser con una tormenta de dolor y furia, avivando en su interior la fuerza de la misma tierra..

—¿Habéis osado quitarle la vida a mi amiga, aquella que se sacrificó por mí, que estuvo a mi lado en mis momentos de más soledad…? —Su voz, cargada de incredulidad y acusación, corta el aire como un cuchillo—. ¿Has sido tú, hermana?

Desde mi posición, invisible a los ojos de los demás asistentes, observo la escena desplegarse, sintiendo el peso de cada palabra, cada emoción.

Kárida, falsamente compungida, responde con una voz que intenta vestirse de dolor y justificación.

—Fue en defensa propia —miente, con una habilidad que hiela la sangre—. Me reprochas por proteger nuestro legado, ¿pero qué hay de ti, hermana, que antepones a una extranjera sobre tu propia familia?

Karkaddan, el consorte de Karida, con su presencia imponente, interviene lleno de reproche y desdén.

—No te preocupas por tu sangre, Karianna. Estuve allí; estuvimos a punto de morir y perder el equilibrio mágico por tu negligencia.

La tensión se corta con el filo del cuerno de un unicornio. Karianna, con una furia que parece emanar de la misma tierra, grita, dejando al descubierto años de resentimiento y dolor.

—¡Siempre me has tenido envidia, Kárida! Esto es solo parte de tu malvado plan. Nunca te has preocupado por nadie; solo me has envidiado desde niña, y ahora, aún más, siendo yo la Dama Blanca

El grito desgarrador de Karianna reverbera a través del círculo de piedra, desatando una ola de emociones que se extiende hasta el más mínimo rincón del bosque. En ese preciso instante, el pequeño Yardan, escondido hasta ahora en las sombras protectoras de su madre, comienza a llorar. Su llanto, impregnado de una energía cálida y pura, resuena con una tristeza empática tan profunda que se anida en los oídos de los presentes, tejiendo un velo de melancolía que envuelve cada corazón.

—¿Y quién es ese potrillo que se oculta tras de ti? —interroga Marilia, la Dama Turquesa de las Ondinas, su voz teñida de curiosidad y cautela.

—Es mi hijo, Yardan. Su nacimiento me obligó a ausentarme, pero he regresado para retomar mis deberes, mientras Breena se encarga de su cuidado —responde, con una firmeza que brota de su recién descubierta maternidad.

—¿Y de dónde ha salido? ¡No me fío! —Elga, la señora de los enanos, lanza su acusación con una mirada desconfiada.

—¿Cómo podemos estar seguros de que no volverás a desaparecer? Los unicornios no son conocidos por ceder el liderazgo fácilmente —indaga la Dama Irisada, su escepticismo flotando en el aire cargado de tensiones antiguas.

En ese momento, siento cómo la energía de Yardan, aunque joven e inexperta, comienza a tejer un manto de calma alrededor nuestro. Emanando desde su pequeño pero firme cuerno, se extiende suavemente por el círculo, tocando a cada uno de los asistentes. Es una calma palpable, un bálsamo que suaviza las aristas de la desconfianza y el escepticismo, envolviendo el ambiente en una atmósfera de paz. Su presencia, pura e inocente promueve un entendimiento tácito entre todos: hay algo en ese pequeño ser que invita a la esperanza y alienta a la unión

—Mi ausencia fue por una causa justa, una dedicada al futuro de nuestro mundo. Yardan no es solo mi hijo; es el símbolo de un nuevo comienzo, la promesa de unión entre nuestras divisiones más profundas. Su presencia aquí no es motivo de discordia, sino una oportunidad para la esperanza y la reconciliación entre todos nosotros —declaro, mirando a cada uno de los presentes, buscando en sus ojos algún atisbo de entendimiento.

El silencio que sigue a mis palabras es tenso, pero en él, también hay espacio para la reflexión. Como Breena, el espíritu del bosque y narradora de esta historia, observo y espero, sabiendo que el destino de nuestro mundo faérico pende de la aceptación y la comprensión de esta nueva realidad. La presencia de Yardan, con su inusual nacimiento y su energía única, podría ser justo lo que necesitamos para curar las heridas antiguas y caminar juntos hacia un futuro de unidad y paz.

—Doy mi palabra de que no volveré a desaparecer ni a desatender mis responsabilidades para con el pueblo faérico —afirma Karianna con solemnidad—. Como muestra de mi compromiso, sugiero que cada dama designe a un guardia de su confianza para residir en la Aguja de Nácar hasta que su señora así lo decida. Estos guardias no intervendrán en asuntos de gobierno, pero servirán como embajadores de sus razas y mantendrán informadas a sus damas sobre los sucesos en la torre.

—Así será. En la luz de Nácar, unidos. —anuncia Kyara, dando por concluida la reunión con un tono que no admite réplica.

Entonces, ya no hay necesidad de continuar con el ritual —declara Tyria, lanzando una mirada cargada de significado hacia Kárida—. La Dama Blanca ha regresado.

Como se había acordado previamente, cada dama elige a uno de sus guardias más fieles para representarla en la Aguja de Nácar: la Ondina eligió al astuto Heleas; la señora de los Efreets, al letal Sîyah; la Dama de Acero, a Isaz, su hijo menor; la Dama de los Faunos, al valeroso Quercus; la Dama Añil, a su esposo; y Hábasar, el hado, se ofreció voluntariamente por las hadas. Tras la presentación de sus respectivos embajadores, las damas y sus comitivas partien hacia sus reinos, y Karianna, junto a su hijo, retoma su lugar en el palacio.

Tras volver del círculo de piedra y en cuanto se despejó la zona, Quercus, uno de los faunos guerreros más fieros del reino Esmeralda, invoca mi presencia a través del antiguo ritual:

—Señora espíritu del bosque, soy Quercus, guardia de la Dama Esmeralda, invoco tu sabiduría y protección en este lugar sagrado. Que la luz de la Aguja de Nácar sea testigo de mi llamado y guíe tu espíritu hasta mí —sus palabras, pronunciadas con reverencia, se mezclaban con los suaves susurros del viento, llevando su petición hacia el corazón del bosque.

—Por supuesto, Quercus. Acompáñame —le respondí, apareciendo de inmediato y guiándolo a un lugar más tranquilo a los pies del Palacio.

—Antes de que mi señora, la Dama Esmeralda se retire al Círculo de Ancianas, Quercus desea asegurarse de que la Dama Blanca tenga todo bajo control — me dice el Fauno, una vez que nos encontramos rodeados por el verdor eterno del bosque.

—¿A qué te refieres exactamente? —pregunto, sintiendo la importancia de sus palabras.

—La Dama Añil se muestra inquieta. Inició el ritual sin permitir que las ancianas faéricas examinaran el cuerpo de la supuesta Dama Blanca caída. Invocó vuestro espíritu, pero no debió recitar las palabras ancestrales puesto que no os presentasteis. Se apoderó del báculo y de la tiara y solicitó al druida supremo que comenzara el Ritual. Su sed de poder es evidente — me explica Quercus, con una gran preocupación que se observa en su mirada.

—Comprendo tus palabras, valeroso Quercus, y te agradezco el aviso. Mantendremos vigilancia sobre la Karida. Por favor, transmite a tu señora esta conversación y mi respuesta —aseguro, consciente del delicado equilibrio que debíamos proteger.

El hecho de que Quercus recurriera a mí, en un lugar tan distante de su hogar, subrayaba la gravedad de la situación. Kárida había deseado el título de Dama Blanca desde su infancia, y su intento de usurpación podría haber tenido consecuencias desastrosas para la magia que sustenta nuestro mundo. A pesar de esto, el encuentro con Quercus reafirmó mi compromiso de custodiar el equilibrio y la armonía en el reino faérico, protegiendo a Karianna y su recién nacida familia de cualquier amenaza, visible o no.

El mes transcurre sin sobresaltos, y la Dama Blanca logra establecer un lazo de confianza con los embajadores de las distintas razas faéricas. Cumplido el periodo de colaboración, los representantes parten hacia sus reinos para informar a sus respectivas damas sobre los progresos realizados. Se ha acordado que cada uno llevará a la dama de su raza un detallado informe de lo discutido y, posteriormente, regresará a la Aguja de Nácar portando las peticiones específicas de cada una. Este procedimiento, propuesto por los druidas, fue acogido positivamente por mi señora, estableciendo un flujo de comunicación y cooperación entre los distintos sectores del reino faérico.

Durante los paseos con Karianna por los jardines del palacio, nos deleitamos en la presencia del pequeño Yardan. En estos momentos de calma, Karianna revela la decisión de Hábasar de asumir su rol como padre, buscando formas de afirmar oficialmente su lazo con el potrillo. Su estrategia incluye solicitar la ayuda de Drëgo, el cordial aprendiz del líder druídico, y de Karkaddan, con quien ha establecido un vínculo significativo. Aunque la sagacidad de Drëgo es innegable, las verdaderas motivaciones de Karkaddan me generan escepticismo. Es mi deber mantener una vigilancia constante sobre él, además de asegurar el bienestar de Yardan. Este encantador potrillo, cuya paz es palpable en sus momentos de descanso, se ha convertido en una luz en nuestras vidas. Cada anochecer, me aseguro de visitarlo para impartir mis bendiciones y entonar la canción de cuna que tanto ama, rodeándolo de un ambiente de cariño y seguridad.

Entonan las ondinas un lindo cantar,

De un ser extinto que ha de resurgir.

Del odio el amor logrará despertar,

Y sobre todo lo oiremos rugir.

Corre pequeño, encuentra tu hogar,

El espíritu del bosque por ti velará.

Vuela mi niño y sé muy feliz,

Pues tu destino es sanar la cicatriz.