173 – ALAS DE OTOÑO

Personajes que aparecen en este Relato

ALAS DE OTOÑO

Las hadas eran las criaturas más peligrosas del Mundo Faérico, pues bajo su fina y delicada apariencia esconden una pérfida mente ávida de poder. Titania, la actual dama irisada, había vuelto a los Jardines Irisados con renovada ira. La señora de todas las hadas siempre había odiado a los unicornios; había crecido oyendo las funestas historias sobre cómo los unicornios habían causado la extinción de los pegasos. Su madre Melusina, anterior dama y ahora anciana faérica, siempre los había culpado, aunque desde su retiro se había ido ablandando.

—Por la Aguja de Nácar, aún no entiendo cómo el Espíritu del Bosque ha podido escoger a esa insulsa yegua como Dama Blanca —se quejó la Dama Irisada—. ¡Encima ha tenido un hijo! 

—El rencor no te llevará a ningún sitio Titania, hija mía —la reprendió Melusina mientras caminaba hacia ella en vez de volar para evitar el dolor que le producía la atritis de sus alas—. El espíritu se guía por la bondad del alma, no por la sabiduría. Yo misma, hace años, perdí contra su madre, a pesar de que yo era, de entre todas las damas, la más sabia.

—¡Pero la bondad no protege! ¡No nos hace avanzar! ¿¡De qué sirve tener un alma pura si eres una inepta?! —exclamó mientras agitaba sus alas intentando contener su malestar.

De repente, un pequeño hada interrumpió la conversación descendiendo y posándose con gracia en los exuberantes jardines. Su destreza en el vuelo era notoria, mostrándose con orgullo y determinación.

—¡Abuela! —gritó corriendo Carlin, el hijo menor de Titania—. Bienvenida, madre —saludó a su madre inclinando su  cabeza en un gesto de deferencia.

—Mi querido niño, ¡cuánto has crecido! —exclamó la anciana abrazando al más joven de sus nietos.

—Carlin, no sabía que estabas aquí —dijo su madre con tono despectivo—. ¿No tienes a nadie más a quién molestar? Seguro que tu amigo está por ahí. ¡Hijo de Ymodavan, acude de inmediato a hacer compañía a Carlín! 

—¡Que se llama Lirroe! —protestó el pequeño.

—Para aprenderme nombres estoy yo… Su padre y su abuelo se llamaban Ymodavan; es más sencillo así, no tendrían que haberle puesto otro nombre. Los nombres son para la sangre noble, no para los sirvientes.

La dama irisada, Titania, se destacaba por su soberbia. Nunca se tomaba la molestia de aprender los nombres de sus sirvientes, a quienes consideraba hadas inferiores. A pesar de mantener cierta confianza con ellos, siempre mantenía un muro infranqueable. Los llamaba a todos Ymodavan, en un gesto que dejaba claro su indiferencia hacia sus identidades. Esto contrastaba con su madre, Melusina, quien cuando ostentó el título de dama irisada, mostraba una cercanía que su hija Titania había decidido obviar. En su orgullo, Titania parecía haber olvidado el valor de la individualidad, reservando los nombres para la supuesta nobleza de sangre.

En ese momento, apareció un hado, la mirada gacha y el semblante humilde, revelando su posición de menor rango. Aunque solo era algunos años mayor que Carlin, su pelo ya mostraba mechones canosos, inusuales para su juventud. Su conducta era la de alguien bien educado, y aunque su expresión era apagada, su sonrisa irradiaba una luz cálida. Sus alas, notablemente más grandes de lo habitual para alguien de su edad, se desplegaban suavemente detrás de él.

—¿Me llamaba? —contestó Lirroe mientras entraba. 

—Llévate a mi hijo a dar una vuelta, y si de paso puedes cambiarlo por otro más listo, mejor aún —afirmó Titania con un tono cargado de resignación.

Antes de partir, Titania se acercó a su hijo, su gesto serio y su postura recta, reflejando la formalidad de un momento más protocolario que afectivo. Con un breve abrazo, casi mecánico, le dijo, utilizando las palabras prescritas por la tradición de las hadas, aunque sin ningún tipo de cariño:

—Por el viento de la primavera, vuela ligero y sin ataduras.

Su hijo, acostumbrado a tales formalidades, respondió con una inclinación de cabeza y una réplica ensayada:

—Que mi vuelo honre la tradición y la sabiduría de nuestra estirpe, madre.

El abrazo se rompió rápidamente, y Titania se alejó sin mirar atrás, dejando a su hijo en manos de Lirroe. Este intercambio, aunque revestido de las palabras correctas, carecía de la calidez espontánea de los momentos verdaderamente maternales, revelando la distancia emocional mantenida por el protocolo.

Después, inclinándose ligeramente hacia adelante y lanzando una mirada retadora a su anciana madre, añadió en un susurro apenas audible—: Menos mal que tengo a tu hermano mayor, que si no…

Los dos amigos salieron corriendo hacia los jardines de lavanda, donde podían esconderse entre los tallos.

—Hija, ¿no podrías ser un poco más amable con él? —espetó Melusina.

—Si es tonto, es tonto. Tendría que haberlo educado yo, como a su hermano. Tú lo has ablandado y ya poco se puede hacer. 

Tras pronunciar estas palabras, Titania, con un gesto de indignación marcado en su rostro, se levantó bruscamente y abandonó los jardines en un ágil vuelo dejando tras de sí un palpable aire de descontento.

Al otro lado del jardín, los campos ondulantes de lavanda se alzaban como un mar púrpura y sus fragantes flores se mecían suavemente al ritmo de una brisa susurrante que parecía llevar consigo secretos antiguos. En este lugar de ensueño, donde cada pétalo y cada hoja parecían impregnados de magia, el joven príncipe hado Carlín y su amigo Lirroe se entregaban a juegos y risas, sus figuras danzando entre las flores con una alegría que solo la inocencia de la juventud puede conocer. Aquí, en estos jardines, las diferencias de clase y las preocupaciones del mundo exterior se disolvían en el aire perfumado, dejando solo la pura felicidad de dos almas en libertad.

Lirroe, descendiente de Ymodavan, servía como asistente de la Dama Irisada. A pesar de que Ymodavan ostentaba el cargo de consejero y asistente personal de la dama, ambos eran tratados por ella con una frialdad que los relegaba al rango de meros sirvientes. El pequeño había crecido con Carlin y lo quería como a un hermano, aunque los dos eran muy distintos: el joven príncipe  era un soñador convencido de la bondad inherente a todas las criaturas y Lirroe, en cambio,  sostenía firmemente la idea de la supremacía de las hadas sobre el resto de las razas. Su abuelo, al igual que su padre, fue asistente de la Dama Irisada cuando los pegasos aún existían. Según le contaba, cuando la magia empezó a descontrolarse los últimos pegasos cruzaron al continente en busca de ayuda y nunca volvieron. En tiempos pasados, fue Kyara, la anciana de los unicornios, mientras ejercía el cargo de Dama Blanca, la que cerró los portales durante siglos bloqueando la entrada a otros seres. 

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Lirroe por explicarle esto a su amigo y joven príncipe,, él parecía no querer atender a sus razones.

Carlin era un hado distinto a los demás, criado bajo el ala de su abuela Melusina. La educación que recibió el joven príncipe sorprendió al personal del palacio irisado, ya que no era común ver a la antigua dama irisada tener un comportamiento tan comprensivo y sensible. Años atrás, cuando aún era madre y no abuela, Melusina había inculcado en su hija Titania un profundo y arraigado odio hacia los unicornios, perpetuando así un antiguo resentimiento interracial. Este rencor ancestral entre razas se afianzó profundamente en el corazón de la caprichosa Titania y permaneció allí incluso cuando creció y se convirtió en la señora de todas las hadas.  Sin embargo, y a pesar del éxito en la educación de su hija, la perspectiva de Melusina cambió radicalmente cuando sostuvo por primera vez en sus brazos al pequeño hado Habassar, su nieto mayor. Aquel momento fue una revelación: se dio cuenta, ahora que era una anciana sabia, de que su corazón se había consumido por el odio. Durante su crecimiento, intentó influir positivamente en Habassar, y comenzó a transmitirle la idea un mundo faérico más benevolente, libre de antiguos odios, pero la educación impartida por su madre Titania ya había dejado su huella en el joven. Consciente de este ciclo de rencor, y del error cometido en la educación de los otros miembros de la realeza, la abuela Melusina se dedicó a evitar que Carlin, el más pequeño de la familia, siguiera el mismo camino.

En el reino de las hadas la vida transcurría con una tranquilidad cotidiana, un ritmo sereno marcado por las actividades diarias. Titania, inmersa en sus asuntos, compartía su tiempo con Elga, la Dama de Acero y señora de todos los enanos. A pesar de la rigidez y del incipiente reuma en sus alas, Melusina, con una paciencia que rozaba lo heróico, seguía instruyendo al pequeño Carlin en las complejidades y sutilezas de la vida cortesana. 

Hasta que un día algo inesperado ocurrió. El sonido de los carrillones del palacio rompió la monotonía, resonando con una alegría inusitada a través de las salas y los jardines. Era una noticia que llenó de emoción y asombro a todos: Hábasar, el heredero de las hadas, había vuelto a casa. La normalidad se vio interrumpida, sustituida por una efervescencia de júbilo y expectación. 

Los pequeños, al oír las fanfarrias, dejaron sus juegos en los campos de lavanda y volvieron corriendo al palacio a recibir al primogénito e hijo predilecto de la Dama Irisada. Hábasar era astuto, apuesto y altivo. Como su madre, creía en la superioridad de las hadas y culpaba a los unicornios de los problemas de su mágico mundo. El príncipe acababa de llegar de una misión diplomática en la Aguja de Nácar tras la desaparición y posterior reaparición de la Dama Blanca. 

No obstante, para sorpresa de todos, el príncipe heredero no había llegado solo; Drëgo, el aprendiz del venerado y sabio druida Öthyn, lo había acompañado.

Esta aparición conjunta causó un revuelo en la corte. En la recepción, se reveló que durante su estancia en la mágica torre Hábasar y Drëgo habían forjado un vínculo estrecho, convirtiéndose el druida en confidente y consejero del hado.

La complicidad entre los dos era evidente para todos, a pesar de que se trataba de un mago humano y de un hado; sus cuchicheos y miradas cómplices no pasaban desapercibidos. En un momento de discreción, mientras las miradas de la corte se perdían en los preparativos de la celebración, Drëgo se inclinó hacia Hábasar y le susurró con urgencia:

—Aún no es el momento adecuado —su voz era apenas un hilo de sonido cargada de significado—. Que vuestra madre siga creyendo que odiais a los unicornios hasta que se normalicen las cosas y ella misma vea que el proceder de la Dama Blanca es el idóneo. Yo me encargaré de allanar el terreno.

—De acuerdo —convino el hado—. Muchas gracias por tu ayuda, querido amigo.

La celebración de bienvenida para Hábasar se desarrolló con la armonía y el esplendor característicos de los eventos faéricos. Los invitados disfrutaron de un festín repleto de manjares exquisitos, bebidas embriagadoras y danzas que parecían desafiar las leyes de la gravedad. Con el avance de la noche, uno a uno, los asistentes comenzaron a retirarse a sus respectivos aposentos, agotados pero satisfechos. Sin embargo, dos figuras se mantuvieron aparte del resto: Drëgo y Titania.

El druida, consciente del papel crucial que jugaba en los acontecimientos venideros, solicitó una audiencia privada y secreta con la Dama Irisada. En el silencio de la sala, le reveló la noticia de la inminente llegada de la Dama Añil, su marido y el propio maestro de Drëgo. Subrayó la importancia de que la reunión se mantuviera en la más absoluta confidencialidad y que solo ellos dos deberían estar presentes.

Titania, aunque desconcertada por las exigencias y la naturaleza secreta del encuentro, no pudo ocultar su desagrado ante la idea de recibir a la unicornio. Sin embargo, la gravedad de la situación y el peso de las palabras de Drëgo la llevaron a acceder a sus peticiones. 

Al cabo de tres lunas llegó la comitiva. Titania decidió recibirlos en el jardín de las sarracenias, unas peligrosas plantas carnívoras. Tal era el pavor que sentían los hados hacia ese jardín que el lugar había quedado inhóspito y asalvajado. Los unicornios no se hicieron esperar y en seguida  iniciaron la conversación.. 

—Ha llegado a mis oídos que el Hado de Otoño mantiene una secreta relación con mi hermana, la Dama Blanca —informó Kárida, la dama Añil. 

—¡Menuda necedad! —se rió la señora de las hadas— Mi hijo sabe muy bien que los unicornios no son de fiar y que los idilios y romances entre las dos razas están prohibidos.

—No sólo han mantenido una relación, sino que Yardan es el fruto de su romance. —intervino el altivo Karkaddan, consorte añil de los unicornios.

—Eso es imposible —insistió Titanía.

—Es cierto —inquirió Drëgo—. Vuestro hijo planea decíroslo pasado un tiempo. Quiere reconocer a su vástago. ¡Ha enloquecido!

—Mi aprendiz Drëgo, —apostilló Öthyn con tono despectivo— descubrió el secreto y yo personalmente urdí un astuto plan para revelar toda la verdad. Con la ayuda de los poderes de la Dama Añil, señora de los unicornios, podremos conjurar un hechizo que someta la voluntad de vuestro hijo y  que nos cuente toda la verdad. Al ser los unicornios la raza escogida por el resto de las damas deben ser ellos los que descubran el embuste.

Estuvieron deliberando largo y tendido sobre la mejor forma de proceder. Tras analizar la situación a fondo Titania accedió a llevar a cabo el plan de los druidas. Tal era su abstracción que no se percataron de la presencia de Ymodavan, el fiel asistente de la Dama Irisada. Sólo Drëgo pudo distinguir el sútil aleteo de sus viejas alas. ¿Cómo había osado seguirles?

Una vez finalizado el cónclave volvieron al palacio; no tenían tiempo que perder. Drëgo debía ir a buscar al príncipe para llevarlo a las mazmorras, pero antes tenía que encargarse del  curioso asistente. 

Ymodavan entró nervioso a la humilde habitación que compartía con su hijo, Lirroe. Sin perder tiempo despertó al pequeño, le contó los pormenores del cónclave y le mandó ir a las cocinas a por víveres. Si su señora, la dama de las hadas, permitía que un unicornio torturase a su propio hijo, nadie estaría a salvo. Debían huir. Lirroe fue a la cocina mientras su padre preparaba un pequeño zurrón con lo indispensable. De camino pasó por los aposentos de Carlin para avisarle de lo acontecido; su amigo por fin vería la perfidia de los unicornios. Asaltado, el joven Carlín corrió hacia las mazmorras. Debía comprobar si su amigo estaba en lo cierto.

Lirroe volvía a su habitación con varias bayas cuando de pronto oyó la inconfundible voz de Drëgo. Se escondió bajo un recibidor y empezó a escuchar.

—¿De verdad pensabas que te dejaría huir? —desafió el druida.

—No permitiré que le hagan eso al príncipe. ¡Los unicornios no son de fiar y me temo que vos tampoco! ¿Por qué no se permite la unión entre hadas y unicornios? La prohibición es un mandato de los druidas por el bien de nuestro mundo, pero ¿qué mal puede hacer el niño? ¿Es perjudicial para el Mundo Faérico o para vos? —exigió Ymodavan.

—Veo que eres más listo de lo que pareces, pero haces demasiadas preguntas —espetó el druida con desdén.

—Sólo queréis el poder y para ello necesitáis separar a las razas.

—Las damas nunca controlaron la magia o el mundo faérico —rió Drëgo—. Pero tú, querido amigo, sabes demasiado. 

De repente, un sonido atronador, resonó por la estancia seguido por un silencio sepulcral. Drëgo abandonó la estancia con paso decidido. Pasados un par de minutos el niño salió asustado. Temía lo peor. Abrió la puerta, pero no vio a su padre; sólo un rastro de polvo de diferentes colores que poco a poco se iban apagando. Recogió el polvo con lágrimas en los ojos, lo guardó en un pequeño frasco, cogió el zurrón y huyó sin mirar atrás. Hábasar entró en las mazmorras seguido del joven druida. Ahí le esperaban Kárida, Karkaddan, Öthyn y su propia madre. Había sido traicionado. No tenía escapatoria, sólo podía negar los cargos. Por mucho que le preguntasen negaba cualquier idilio con Karianna. De pronto, Öthyn hizo un gesto a la Dama Añil, quien empezó a mover su báculo y a susurrar siniestras palabras. Hábasar sintió un fuerte dolor. Gritaba, se retorcía y pedía clemencia, pero nada cejaba a la unicornio en su tortura. Finalmente logró doblegar al hado.

—Sí, es mi vástago —declaró hipnotizado—. Karianna y yo quedamos encerrados durante el Sueño del Titán y nos enamoramos. Yardan es el fruto de nuestro amor. 

—¡Traidor! ¡Tú no eres mi hijo! —gritó Titania.

Ante la confesión, Kárida rompió el hechizo haciendo a Hábasar caer en un profundo sueño. Drëgo se lo llevó; lo encerrarían en la Aguja de Nácar.

—¡Ahora iré a por esa estúpida niña y…!

—De eso nada —interrumpió Kárida—. Recuerda que ahora me debes lealtad y todo se hará a su debido tiempo. No harás nada que yo no apruebe. ¿Entendido?

La Dama Irisada hizo una sutil reverencia con la que se ponía al servicio de la unicornio. Carlin, que lo había presenciado todo desde su escondite, empezó a sentir una rabia incontrolable. Tenían razón: los unicornios eran unas criaturas despreciables que sólo ansiaban el poder.


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