175 – ESPEJISMOS DEL ABISMO I

Personajes que aparecen en este Relato

ESPEJISMOS DEL ABISMO I

En las profundidades del Reino Faérico, oculta bajo el velo azul cobalto del océano, yace Tealia, la ciudad sumergida de las Ondinas. Tras un periodo de inesperada y feroz tormenta, donde el mismo mar parecía rebelarse contra su naturaleza, la calma había vuelto a reinar. Durante este tiempo oscuro, las aguas se ennegrecieron con presagios de desastre, los hipocampos galopaban errantes, impulsados por un miedo ancestral, y la Fosa  Abisal, el portal que separa las aguas de Calamburia de las del Reino Faérico, temblaba como si estuviera a punto de desmoronarse. Los habitantes de Tealia, acostumbrados a la armonía de las corrientes y al susurro pacífico del oleaje, se encontraron sumidos en una batalla contra una perturbación invisible y, hasta ahora, invencible.

Sin embargo, tan súbito como el inicio de su tormento, la serenidad retornó. Las aguas recobraron su claridad, tintineando con matices turquesa y destellos de coral, como si todo el océano se regocijara bajo un hechizo de tranquilidad. Los hipocampos, símbolos vivientes de la elegancia y gracia ondina, volvieron a danzar entre los rayos de luz que se filtraban desde la superficie, y el portal, una vez más, se erigía inmutable, guardián entre los mundos.

Tealia, la gema escondida bajo las olas, resplandecía más fuerte que nunca. Sus estructuras, construidas con la magia de los antiguos, reflejaban la luz en un espectáculo de brillantez que competía con el mismísimo sol. Sus calles y plazas, adornadas con corales luminiscentes y algas danzantes, retomaban el pulso de la vida diaria, celebrando el fin del caos como si de un renacimiento se tratara.

Sin embargo, la tranquilidad en Tealia llevaba consigo una sombra de duda. La repentina paz, aunque bienvenida, era un enigma. ¿Qué había desatado tal furia en los dominios del mar, y más aún, qué la había apaciguado con igual rapidez? Las miradas se volvían inquietas hacia la Fosa Abisal. Allí, donde las aguas de ambos reinos se mezclan en un eterno abrazo, había comenzado la perturbación de las corrientes, un misterio que agitaba los pensamientos de los más sabios.

Este retorno a la calma no era visto como el final de la historia, sino como el principio de una búsqueda de respuestas. ¿Qué secretos escondía ese repentino e incesante ajetreo de las aguas a través del abismo que conectaba con el mundo de los tritones? ¿Era acaso un presagio de algo más oscuro aún por revelar? ¿La tortura había acabado?

En el corazón de Tealia, Marilia, La Dama Turquesa, soberana de las aguas y protectora de la ciudad sumergida,  convocó  a sus más fieles consejeros a un cónclave urgente. La memoria de oscuros tiempos pasados aún nublaba su juicio y la reciente e inquietante paz no hacía más que avivar sus temores de una amenaza latente.

Entre los presentes, Airlia destacaba por su rol crucial: tenía la tarea de supervisar la fosa abisal, un punto crítico para la seguridad de Tealia. Sin embargo, Heleas, quien usualmente compartía esta responsabilidad con ella, no pudo unirse a la convocatoria. Se encontraba aún en la Aguja de Nácar cumpliendo con su deber de proteger a la Dama Blanca y a su joven vástago. Esta ausencia dejaba a Airlia sola frente a la tarea de salvaguardar uno de los lugares más importantes y peligrosos del reino, lo que subrayaba la importancia de su misión y el peso que recaía sobre sus hombros.

—Debemos permanecer alerta, esto no ha acabado —anunció la Dama Turquesa con voz firme, aunque teñida de preocupación.

En ese momento intervino Azurina, la joven primogénita de la dama cuyo espíritu alegre y optimista contrastaba con la gravedad del consejo. 

—El reino ha vuelto a la normalidad —terció con una sonrisa que intentaba ser contagiosa—. ¿Por qué tenemos que estar siempre alerta? Debemos reponernos.

—Eras muy niña cuando todo sucedió —explicó Marilia mirando a su hija con una mezcla de admiración y preocupación—; pero hace mucho tiempo ocurrió lo mismo. El mar intentaba avisarnos con su caos, pero no lo comprendimos. Cuando retornó la aparente calma, nos confiamos demasiado y una malvada tritona llamada Anfítrite intentó conquistar Tealia con la ayuda de una poderosa bruja abriendo una enorme grieta. Conseguimos detenerla, pero por mucho que lo intentamos no pudimos cerrar esa grieta por eso, y desde entonces, es misión sagrada de las Ondinas salvaguardarla para que no se descontrole.

—Pero la bruja ya no está. ¡Desapareció! —intervino Azurina con una protesta que rozaba la insolencia.

La tensión del momento se intensificó con la llegada de Heleas, el astuto guardia y representante de Tealia en la Aguja de Nácar.

—Pero puede volver —anunció con solemnidad al entrar a la sala, su voz un eco de advertencia que resonaba con el peso de la experiencia y el conocimiento de que el mal nunca desaparece del todo, sino que a veces, simplemente, aguarda en las sombras.

Todos los presentes se pusieron en pie para recibir al guerrero. Su retorno no era solo una vuelta al hogar, sino el inicio de una misión envuelta en misterio. Durante la ceremonia de renovación del Pacto de Lealtad, un encuentro había marcado el comienzo de una nueva misión para el guerrero ondino: tres representantes destacados del Reino de Calamburia se presentaron en el cónclave: Minerva, al mando de la Torre de Magia; Felix el Preclaro, distinguido por sus aportaciones como erudito e historiador; y, acompañándolos, la impromaga Trai. Esta joven estudiante de magia tenía aspecto interracial. Las escamas de su cara dejaban ver la sangre tritona que había heredado de su madre.

La presencia de Trai en el Reino Faérico tenía un claro objetivo: mostrar que se podían superar las viejas barreras entre seres de orígenes distintos. Su herencia tritona, lejos de ser un problema, brillaba como un ejemplo claro de cómo se pueden unir mundos diferentes.

Durante el ágape de bienvenida la impromaga se acercó a Heleas para hablar con él. 

La conversación pronto giró hacia el tema de la aceptación de las relaciones entre los seres del mar y los del mundo terrenal.  Según le explicó, ella era fruto de un amor prohibido entre una tritona y un humano y, como tal, tenía vetado el acceso a la ciudad de los tritones, Aurantaquía. Los dos congeniaron de inmediato y no se separaron hasta el final de la ceremonia. Sin embargo, antes de partir la joven obsequió al guerrero un alga enrollada.

—Por favor, guárdala a buen recaudo. Cuando alcances aguas mágicas ábrela, pero asegúrate de que nadie más lo vea —le suplicó Trai.

Heleas aceptó de buen grado y siguió sus instrucciones. Descendió las aguas del río del Antojo de Kronos, conocido por su peligrosidad y la caprichosa naturaleza de sus corrientes. Sus caudales marcaban el camino hacia Tealia y su desembocadura que daba paso a la capital sumergida; era uno de los lugares mágicos más sagrados para las ondinas. Miró a su alrededor con cautela y tras comprobar que se encontraba solo se sumergió con la hoja. Bajo el agua, el ambiente cambió repentinamente cuando una luz dorada, similar a la marca de Trai, iluminó el entorno y atrapó al guerrero en un torbellino de agua que parecía bailar a su alrededor. En medio de este remolino, el alga se desenrolló por sí sola, revelando una carta. El misterio estaba comenzando a desvelarse.

Heleas no confesó su secreto a nadie: saludó a sus compañeras ondinas y les relató los pormenores del viaje. Aseguró a su señora que la Dama Blanca y su hijo estaban a salvo y que en la superficie terrestre nada parecía turbar la paz del mágico mundo. 

Al finalizar la reunión la Dama Turquesa despachó al resto de las ondinas, excepto a Airlia. La importancia de este momento requería privacidad y confianza absoluta. Ambas compartieron con Heleas los desafíos a los que Tealia se había enfrentado durante su ausencia. Marilia le confesó, con especial preocupación, que su habilidad para tejer ilusiones mágicas empezaba a tener consecuencias para su salud. El uso sostenido de su capacidad para crear velos ilusorios contra los invasores la había llevado a un estado en el que apenas lograba distinguir entre la realidad y la ilusión. Su distorsión de su percepción no era solo un riesgo para su propio bienestar, sino también para la seguridad de la capital del Reino de las Ondinas.

—Estoy envejeciendo —confesó la Dama con voz cansada—.  Temo que ya no pueda proteger Tealia ni el Mundo Faérico.

—Mi señora, sois la ondina más poderosa del océano. Nadie podría liderarnos como lo hacéis vos —respondió Airlia con la voz cargada de emoción.

—No, querida. Apenas logro crear ilusiones y cuando lo consigo me pierdo en ellas hasta el punto de que cada vez me resulta más difícil regresar —explicó la dama, visiblemente afligida—. Os he elegido a vosotros, mis guerreros más fieles, precisamente por vuestra valentía y lealtad. Cuando la grieta se abrió, todos temimos excepto vosotros. Actuasteis sin vacilar. No puedo pensar en nadie más adecuado para sucederme —afirmó mirando a Airlia con una mezcla de aprecio y resignación.

—Pero, ¿y vuestra hija? Lleváis muchos años preparándola para este momento.

—Mi hija ha cambiado —dijo la dama, sus palabras teñidas de tristeza—. Llevo un tiempo observándola. Desaparece dejando tareas pendientes, descuida a los hipocampos, ignora a las algas enfermas que necesitan ser cortadas, no escucha las mareas… Algo la perturba profundamente, y a pesar de todos mis esfuerzos por comprenderla y ayudarla, su pesar sigue siendo un enigma para mí—hizo una pausa para buscar las palabras adecuadas y continuar—. Su talento para crear ilusiones, que una vez fue motivo de orgullo y asombro, parece haberse esfumado. Era capaz de conjurar imágenes tan vívidas, tan llenas de vida, que incluso yo, su madre, me vi engañada en ocasiones. Recuerdo cómo utilizaba su magia para escapar de pequeñas travesuras… Pero esos días parecen haber quedado atrás. Su brillantez y su potencial se han visto opacados por esta inexplicable sombra.

Mirando a los presentes, la dama suspiró

—Y no puedo, no debo esperar más. He retrasado mi retiro demasiado tiempo ya, esperando verla florecer de nuevo. Pero el bienestar de Tealia no puede quedar en suspenso por más tiempo. Es hora de tomar una decisión por el bien de nuestro pueblo y el suyo propio.

—Lo comprendemos, mi señora de las mareas. Procederé con gusto y sin demora a la ceremonia —dijo Heleas sumido en sus pensamientos.

Los tres amigos siguieron hablando hasta bien entrada la noche, recordando viejas anécdotas y recuerdos de tiempos pasados.


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