162 – EL ENLACE DE ÁMBAR II

Las antorchas del Palacio de Ámbar alumbraban con una luz cada vez más débil. Grahim el impromago veía como sus defensas iban languideciendo. Sancha se parapetaba tras él evitado el ataque de Dorna, pero su escudo de luz no tardaría en sucumbir ante la arrolladora oscuridad de la salvaje.

–No podré resistir mucho más –advirtió Grahim entre dientes a la Reina Madre Sancha–. Dorna es demasiado poderosa… y demasiado oscura. 

–¡Resiste, impromago, y te juro que te recompensaré! ¡Tendrás todo el oro que quieras! Sabe el Titán que, cuando quiere, Sancha sabe ser generosa –trató de incentivarle la Reina Madre en un intento desesperado por sobrevivir.

Pero el poder de Grahim fue cediendo poco a poco hasta que solo una fina capa de luz les separó del halo oscuro de Dorna que, con su expresión sombría, daba rienda suelta a años de rabia acumulada. 

Y fue entonces, justo en el instante que la última defensa mágica se quebró como si fuera el cristal de una copa, cuando algo inesperado sucedió. Félix, el preclaro, que observaba impotente la escena sintió que alguien establecía con él una conexión telepática, algo que aunque era extraño para él, en el fondo le resultó familiar. Se trataba de la voz de Korugan, el chamán de Dorna que, hierático desde el otro lado de la sala, le miraba directamente, sin mover los labios. 

–Félix, ¿me oyes? –pronunció el Chamán con su voz mental, una voz que solo Félix parecía estar oyendo–. Te hablo a través de los canales del alma, soy Kórugan. Todo este tiempo he intentado controlar a Dorna, pero ya no puedo seguir, su dolor es demasiado grande y la oscuridad va a acabar por hacerla estallar. Su poder es inmenso y ni siquiera la marca del Titán puede retenerla. El mundo tal y como lo conocemos, dejará de existir.

–Pero ¿qué podemos hacer? ¡Tiene que haber un modo! –gritó Felix hacia sus adentros, esperando que Kórugan también pudiera escucharle como él le oía. Había leído cosas acerca de la telepatía, pero nunca había sido objeto de una comunicación de esa naturaleza.

–La hay. Se trata del sacrificio definitivo –afirmó la voz solemne del chamán–. En un universo paralelo tú y yo fuimos parte de un mismo ser. Un ser demasiado poderoso, que los inventores tuvieron que separar. Los espíritus me lo revelaron. En esta realidad somos dos, pero si queremos que el mundo siga existiendo tal y como lo conocemos, deberemos volver a ser uno. ¿Lo entiendes? Ahora que cada uno ha crecido y domina sus poderes y su mente, puede que el ser resultante ya no resulte una amenaza. O quizás sí… –añadió dubitativo– pero en cualquier caso, es nuestra única opción.

–Lo entiendo. Sólo así podremos detener la oscuridad que habita en Dorna antes de que su corazón se rompa y sea demasiado tarde –convino Félix–. Adelante.

Al recibir su aquiescencia, Kórugan juntó sus manos y pronunció unas palabras en un oscuro y arcano idioma mientras andaba hacia Félix. Félix, a su vez, comenzó a dar pasos hacia él y, al tocarse, sus cuerpos parecieron perder su solidez. Se fundieron en uno mientras un potente destello de pura luz les envolvía. Al disiparse el destello cegador, y ante la expectante mirada de la concurrencia, apareció un nuevo ser, igual que ambos, pero muy distinto a cada uno. Con su nuevo atuendo, su túnica de motivos rojos y dorados y sus pieles de aire salvaje. Todos abrieron los ojos absortos, y hasta la mismísima Dorna, que prácticamente había vencido la resistencia de Grahim, miró extrañada al nuevo enemigo que tenía enfrente. Él alzó la mano y en ella se materializó, envuelta en un resplandor una varita muy peculiar que Grahim reconoció inmediatamente por haberla visto tantas veces en los libros de Historia de la Magia.

–¡Es la varita del Primer Archimago, la que fue forjada por los enanos en los fuegos de la Fragua Arcana! –exclamó el impromago atónito–. Dicen que sólo se materializa a voluntad de.. ¡un momento! –dijo atando cabos–. Eso significa que estamos ante…

–¡Saludad a Kórux, el nuevo Archimago! –profirió aquel imponente ser que tenía el mismo rostro que Felix y Kórugan pero un aire mucho más regio. 

Todos le miraron atónitos, incluyendo los oscuros visitantes.

–Detente Dorna, no dejes que el odio te destruya a ti ni a aquellos que más quieres –dijo Kórux con su potente voz y alzó su nueva varita que emanaba toda ella una confortable luz similar a la del sol del verano.

Dorna cesó en su ataque a Sancha y se centró en su nuevo enemigo.

–No sé quién eres ni qué has hecho con Kórugan, pero vas a morir por ello – espetó Dorna con la mirada desencajada y alzó las manos para dirigir hacia él su siguiente y definitivo ataque.

Pero Kórux, con angelical serenidad dirigió su varita hacia Dorna y profirió un hechizo desconocido para todos los presentes:

–¡Mater amantis lumenes impera et obscuritas desterrata!

Una luz deslumbrante emanó de la punta de su varita que fue aumentando su intensidad hasta deslumbrar a todos los presentes que tuvieron que cerrar los ojos.

En ese momento Dorna sintió cómo despertaba de su pesadilla. La luz de un día soleado brillaba en su alcoba, su hijo Juliok, portando la corona de su padre, corría hacia ella dedicándole una de sus más cándidas y encantadoras sonrisas. Ella se la devolvió y ambos se fundieron en un tierno abrazo de luz, mientras a Dorna, le parecía escuchar la voz de su fiel chamán Kórugan que se despedía de ella con el cariño más sincero. Su rostro de salvaje, más sonriente que de costumbre, pareció vislumbrarse a modo de halo de luz purificadora que se grabó en la retina de Dorna. Ese sueño feliz era el último regalo de su mejor y más querido amigo: aquel que nunca, ni siquiera en sus tiempos más oscuros, la había abandonado. Luego la luz lo inundó todo y la salvaje, la madre, la reina… no pudo ver ni oír nada más.

Cuando los presentes abrieron los ojos de nuevo, pudieron ver a un Kórux triunfante y a Dorna en el suelo, arrodillada. Su armadura de oscuridad se había caído al suelo a trozos como los fragmentos del cascarón de un huevo. Su corazón ajado ya no emanaba puro odio, sino que se había colmado de pena. Pena por los años perdidos sin poder criar a su hijo Juliok, sin haberle visto crecer; por ser consciente, de repente de que, ni toda la ira del mundo sería capaz de devolverle los momentos robados. Dorna lloró amargamente al entender que, por pura venganza, una venganza incapaz de arreglar nada ni devolverle lo arrebatado, había estado a punto de destruir el mundo conocido, de acabar incluso con ese hijo querido que un día le fue robado y al que todos estos años había creído muerto.

–Hijo mío… –musitó Dorna con voz temblorosa pensando en Juliok, cuya imagen se había desvanecido de su mente–. ¿Qué he estado a punto de hacer?

Los consejeros, visiblemente contrariados, dieron un paso atrás y se lanzaron una mutua mirada de frustración cómplice.

–Lástima –se lamentó Barastyr–,  esta vez hemos estado tan cerca.

–Quizás haya que recurrir a quien tú ya sabes –matizó Érebos con un atisbo de maligna esperanza–. Menos mal que la oscuridad siempre tiene un plan de emergencia.

El consejero sacó de su manga un orbe translúcido y ambos lo alzaron. La oscuridad que había abandonado a Dorna, yacía por el suelo en forma de cristales rotos que primero se elevaron al son de las oscuras palabras de los Consejeros Umbríos y luego se fueron sublimando hasta convertirse en un gas negruzco y opaco. Ante las risas malignas de aquellos seres, la oscuridad fue volviendo a introducirse en el orbe trasnparente hasta volverlo de nuevo completamente negro y opaco, como un ópalo sin pulir. 

–Por suerte, la oscuridad que ha salido de Dorna ha vuelto al orbe y vuelve a estar operativa –constató la bruja Aurobinda que, por un momento, había temido que todos sus planes hubieran sido definitivamente frustrados. 

–Y está lista para buscar un nuevo receptáculo –añadió Van Bakari el traficante de almas mientras una sonrisa pletórica asomaba tras su calavérica máscara–. Yo tengo al candidato ideal.

Con un gesto sucinto, la bruja agitó su báculo y los cuatro –la propia Aurobinda, Van Bakari y los consejeros– desaparecieron dejando tras de sí tan solo un rastro de humo negro, parecido al hollín de una chimenea.

Dorna seguía en el suelo observando sus propias manos con las que, segundos antes, había estado a punto de destruir el mismísimo universo.

–Mi odio me ha cegado –profirió con arrepentimiento ante la familia real y el resto de los presentes–. He estado a punto de acabar con aquello a lo que más quería por mi pura sed de venganza.

Kórux, emanando todavía una tenue aura de luz, le tendió la mano con aire magnánimo.

–Levántate reina salvaje, pues ya no hay en ti oscuridad.

–Oigo tu voz y me reconforta, Archimago –respondió Dorna. Luego miró a Sancha, la que hasta ahora había sido su eterna enemiga.

–Decidle a mi hijo Juliok que lo siento mucho y que le quiero más que a mi vida. Ahora comprendo que no puedo arrastrarle a mi lado –explicó con sincera frustración–. Me marcharé con mis hermanos y hermanas salvajes a las Montañas Cobrizas. Allí viviré una vida plácida y tranquila, con el consuelo de saber que la sangre salvaje gobierna este reino.

Dorna abandonó el salón con el andar de un alma errante mientras miraba al infinito.

–Claro querida, marcha en paz –se despidió Zora sonriendo entre dientes. Al fin y al cabo, había sido un día bastante provechoso para los von Vondra.

Sancha se quedó taciturna, pensativa, siguiendo a la derrotada Dorna con la mirada hasta que abandonó la estancia.

–Tenía mal carácter –murmuró la reina madre–, pero no te creas que no la voy a echar de menos…

Zora von Vondra dió un paso adelante y puso su delicada mano sobre el hombro de Sancha.

–Efectivamente, Majestad –asintió la marquesa–. Urraca y vos tendréis mucho tiempo para echar de menos los tiempos pasado cuando volváis a Villaolvido, de donde nunca debisteis salir –sentenció Zora con una sonrisa sádica–. Calamburia tiene una nueva Reina Madre y me temo que el reino no sea lo suficientemente grande para albergar a más de una.

A un gesto de Arishai varios soldados ataviados con la tradicional ropa de los nómadas entraron en la sala y rodearon a Sancha.

–¿Cómo? ¿Lo tenías todo planeado? –Sancha se revolvió como un gato rabioso que se sabía rodeado. Tras tantos años de traiciones e intrigas, ¿había osado alguien pagarle con la misma moneda?

–Me parece que yo soy la nueva Reina Madre ahora, querida. Y tú solo eres una traidora y una asesina de bebés –expuso Zora con todo el cinismo que había estado guardado para ese momento–. Me encargaré de que el pueblo y los cronistas sean especialmente conscientes de eso último.

–¡Teníamos un trato! ¡Esto es un ultraje! ¡Soy la Reina Regente! ¡Grahim, haz algo! –gritó Sancha desesperada mientras los guardias nómadas la prendían y se la llevaban.

Pero Grahim el mago, por su parte, se encogió de hombros.

–En los asuntos internos de la familia real, nosotros no nos metemos –expuso incómodo mirando de reojo a Melindres–. Tenemos nuevos reyes y a ellos nos debemos. Skuchaín seguirá fiel a la Corona –añadió lanzando una mirada al nuevo Archimago en busca de aprobación. 

Kórux se limitó a asentir en silencio dando por buenas las palabras del mago.

–No te preocupes, querida. –añadió Zora a modo de despedida cargada de fina ironía mientras perdía de vista a Sancha –. Os iré a visitar… alguna vez… al fin y al cabo, ahora somos familia.

–Esto no va a quedar así, no se le hace esto a una Reina. ¡Os arrepentiréis! ¡Todos! Como que me llamo Sancha que no me arrebataréis todo lo que he construido con mi esfuerzo y sacrificio –gritó en forma de última amenaza mientras salía a empellones por el quicio del gran portón.

Todos los presentes suspiraron con cierto alivio. Había sido un día duro, pero eran conscientes de que aún había mucho por hacer.

–Regocijáos, pues estamos de celebración. Calamburia tiene nuevos reyes –anunció Kórux el nuevo Archimago–. Pero manteneos alerta pues esta guerra no ha terminado. La última batalla está cerca y aún es necesario derrotar a los siete seres de oscuridad. Así que, majestad –dijo haciendo una reverencia ante la joven Melindres–, si me disculpáis, no me quedaré a tomar la tarta de vuestros esponsales, el deber me llama.

El Archimago desapareció con un gesto de su varita dejando de nuevo a los presentes con un cierto desasosiego que se palpó en un silencio más largo de lo habitual.

–¡Vamos! –profirió Zora rompiendo el hielo con un aire forzadamente triunfal–. Bebed, comed y disfrutad. Esto es una fiesta, ¡mi hija se casa!

161 – EL ENLACE DE ÁMBAR I

Era un día gris en Calamburia, como lo habían sido todos desde la final del último torneo. La Pesadilla del Titán conjurada por Eme se cernía sobre el reino como una densa nube negra y, por la noche, agitaba los sueños de toda la corte. De día, los rayos de sol apenas conseguían alcanzar las ventanas y el resultado era una atmósfera similar a la de un eclipse que no se disipaba. Por ello, los candelabros estaban siempre encendidos tratando de expulsar la penumbra de las múltiples estancias del Palacio de Ámbar. La gente estaba triste por muchas razones. La Oscuridad avanzaba y habían llegado las malas noticias. Aprovechando la Pesadilla del Titán, la oscuridad había asesinado a varios de los elegidos de la luz. Ukho el valeroso, el niño olvidado, y Kaju Dabán, el poderoso custodio del Templo de los Elementos –recientemente revelados como dos de los sietes seres de luz que habían de salvar Calamburia– habían sido asesinados a traición. El bando del bien se encontraba en clara desventaja. Pero eso no había impedido la celebración de los esponsales de los jóvenes nuevos reyes en el que la familia von Vondra y las Reinas Regentes no habían reparado en gastos. Era una alianza crucial, imprescindible en los oscuros tiempos que corrían. Y ni siquiera la Pesadilla del Titán era capaz de empañar los planes de las grandes mentes de la alta política.

Zora Von Vondra, miraba melancólica a través de la ventana. Se oían los murmullos de los invitados en el salón de al lado, aunque no parecían exactamente los de una fiesta, pues no había entre ellos risas ni felicidad. Zora miró a lo lejos, pero su vista no alcanzaba a vislumbrar nada más allá de la oscuridad del exterior. Debía ser mediodía y parecía un atardecer del más crudo invierno. La verdad es que la Marquesa de Siahuevo nunca hubiera imaginado que el triunfo, que tantos años había estado tejiendo, no le iba a saber tan dulce como esperaba. Los sirvientes preparaban el enlace entre Melindres von Vondra y el rey Sancho I con tanta eficiencia como desgana y nadie en la corte parecía realmente ilusionado por aquella celebración. ¿Sería culpa de las pesadillas? ¿Del cielo gris plomizo y la asfixiante atmósfera?

En ocasiones, en las frescas noches del desierto de Al-Yavist, mientras yacía en su jaima recostada sobre el poderoso pecho de su amado Arishai, soñaba con el gran día; el día en que casaría a su pequeña Melindres con un pretendiente que estuviera a su altura. Soñaba con el día en que ella, la marquesa Zora von Vondra, la más hermosa, cruel e inteligente aristócrata del reino, recuperara su lugar en la corte, de la que nunca tendría que haberse marchado. Y, al menos en sus sueños, siempre imaginó que eso sucedería un hermoso día de primavera, con las flores abiertas, un cielo sin nubes y una sonrisa radiante por parte de la pequeña Melindres. Pero ninguna de esas cosas se había cumplido. Sin embargo, tampoco se podía quejar, en esencia tenía lo que quería y sus planes habían acabado por cumplirse: su hija sería reina. Pero entonces, ¿por qué ese regusto amargo en su tan colosal victoria?

–Mi dulce rosa de las arenas –murmuró el Escorpión de Basalto que estaba a su lado–. No me siento cómodo con estos ardides. Cuando nosotros los nómadas tenemos que sellar un tratado, nos basta con un cuchillo y el tradicional pacto de sangre –añadió haciendo el gesto de cortarse la palma de la mano–. Es rápido, barato y no implica todo este desperdicio de agua y tiempo. 

–Querido, no refunfuñes –le regañó ella zalamera, olvidando sus preocupaciones–. Nuestra niña ha conseguido llegar más lejos de lo que cualquiera de nosotros ha llegado antes. Ya es la Reina de toda Calamburia –añadió señalando en derredor las estancias del Palacio de Ámbar–. Mi familia y tu gente alcanzarán, por fin, el lugar que por derecho les corresponde. Ahora solo falta que la pócima que le he dado a nuestro yerno Sancho, haga efecto y todo vaya a pedir de boca. Un heredero sellará por siempre esta alianza.

–No entiendo por qué a todos os preocupa tanto ese dichoso trono de Ámbar –dijo Arishai entornando sus ojos almendrados de nómada de las arenas–. Pero, tal y como te prometí, tú y la niña queríais una corona; y aquí tenéis vuestra corona.

En aquel momento, Melindres entró en la estancia visiblemente contrariada. No parecía en absoluto ilusionada con el enlace.

–No lo entiendo, mamá. Más de cinco mil invitados y ni un solo hortelano –se quejó la futura reina arrugando la nariz.

–Cariño, este no es lugar para tus vicios –la reprendió su madre mientras le acariciaba el cabello con dulzura–. Dime hija, ¿estás lista para el encamamiento?

 

–Ya sabéis que no –respondió la joven frunciendo el ceño–. Hubiera preferido a cualquier doncella de la corte antes que a ese pazguato. Esto lo hago por ti, mamá –y añadió en voz baja–. Aunque Sancho me cae bien. Creo que podré aguantar sin matarle hasta que ejecutes todos tus planes. Pero no te prometo que dure mucho más.

–Buena chica –le dijo con ternura mientras la tomaba entre sus brazos–. Tendrás otro hortelano este fin de semana.

La niña sonrió con una mueca que hubiera helado la sangre al mismísimo Titán. Entonces, con su elegante porte aristocrático, la Reina Madre Sancha entró en la estancia con gesto de profunda satisfacción. Se acercó a Melindres y le agarró una mejilla con un gesto efusivamente cariñoso.

–Bueno, bueno, bueno… Así que aquí tenemos a la dulce palomita de los von Vondra –dijo la anciana reina con una sonrisa de todo menos amigable–. ¿No es una cucada mi nueva tatara-nuera?

–Bienvenida, Majestad –la saludó la Marquesa haciendo una leve reverencia–. Tan deslumbrante como siempre… –mintió al más puro estilo de la corte.

–Guárdate tus lisonjas para las jovencitas, Zora y vamos al grano –la atajó la Reina Sancha cambiando su gesto de impostada amabilidad por el de la mujer de política que en realidad era–. Escorpión, ¿cuándo llegarán los nómadas que has aportado como dote al ejército real?

En ese momento se escucharon unas voces, como si alguien se acercara, y todos interrumpieron su conversación. Era bien sabido que, en el palacio de Ámbar, hasta las paredes tenían oídos. Felix el Preclaro, erudito de la Torre Arcana, entró en el salón conversando con Grahim el impromago, su alumno y protegido.

Y entonces he soñado que estaba sentado frente a una hoguera rodeado de zíngaros –le explicaba el joven a su maestro–, y entonces he…

–Que el Titán le guarde, erudito –les saludó Sancha–. ¿Hemos hecho progresos?

–Hemos dejado a su Majestad aprendiendo la lección. Como erudito, le he contado cuáles son sus obligaciones maritales, desde un punto de vista teórico, obviamente –explicó Félix visiblemente incómodo.

–Yo le he contado la parte práctica –añadió orgulloso Grahim, el impromago–. Todo eso que nos explicó Minerva sobre la abeja que se posa sobre la flor y surgen más abejitas. ¡Saqué un diez! Creo que lo ha entendido…

–Y la infusión, ¿se la ha tomado entera? –inquirió Zora con avidez.

–Cierto, señora Marquesa, la Reina Urraca en persona está con él y se ha asegurado de que Sancho se tomara la infusión que usted le preparó. La verdad es que se encuentra mucho más relajado.

La marquesa Zora y la reina Sancha asistieron algo aliviadas e intercambiaron miradas de aprobación.

–¿Cuándo podemos pasar ya a la coronación, mamá? –les interrumpió Melindres impaciente.

–Sancho está descansando, estaba un poco nervioso –la intentó tranquilizar su madre mientras le acariciaba el rostro–. Ya estáis casados ante los ojos del Titán, mañana celebraremos vuestra coronación delante de toda Calamburia.

–Sin ánimo de molestar, mis serenísimas señoras –apuntó Grahim el mago con cierta preocupación–, el conjuro para contener la oscuridad de esta Pesadilla del Titán no promete durar mucho tiempo. Esperemos que Sancho se sobreponga pronto o si no…

Una repentina corriente de aire abrió la pesada puerta del salón. Tras ella había una densa masa de oscuridad que fue atravesada por un guardia que se arrastró agonizante alargando el brazo hacia la reina Sancha. El soldado tenía las venas de la cara ennegrecidas, como si su mismísima sangre se hubiera tornado oscura como la pez.

–Majestad… –murmuró entre estertores– han entrado en Palacio… salvad al heredero…

Seís cuerpos surgieron acto seguido de la nube de oscuridad irrumpiendo en el salón: una reina flanqueada por dos Consejeros Umbríos y, a prudencial distancia, su traficante de almas de cabecera, una bruja de revuelta melena rojiza y un chamán de gesto hosco vestido con pieles negras.

–¿Cómo? ¿Dónde me habéis traído? –preguntó Dorna, la Reina Oscura, levantando una ceja–. ¿Una boda a la que no he sido invitada?

–¡Kórugan! –aulló el chamán apoyando las palabras de su señora.

–Calmaos, mi señora, seguro que los Consejeros tenían un motivo para traernos hasta aquí –apuntó Aurobinda confiando en los designios de la oscuridad.

Los consejeros, con síncronos movimientos se acercaron cada uno a un oído de la Reina Oscura.

–Esta, poderosa Reina Dorna, no es una boda cualquiera –musitó Érebos.

–Son los esponsales de vuestro propio hijo, Majestad, aquel que os fue arrebatado –murmuró Barastyr.

–¿Mi hijo se casa? –preguntó Dorna visiblemente turbada.

–Y ni más ni menos que con el pequeño retoño de los Von Vondra –expuso con redomado cinismo Van Bakari, el traficante de almas–. Dicen que es una chiquita de armas tomar.

Con un solo gesto, regio y contundente de la Reina Oscura, todos los presentes, incluidos sus secuaces, callaron.

–Ahora que he encontrado a Juliok, se consumará mi último deseo por partida doble– sentenció Dorna–. Recuperaré a mi hijo y me vengaré de los que me lo arrebataron.

–A mí no me miréis –trató de excusarse la reina regente Sancha dando un paso atrás–. ¡Yo solo he pagado el convite!

Pero Dorna la miró directamente y sus ojos negros de salvaje relampaguearon.

–Tú, vieja arpía retorcida, serás la primera en morir –dijo ella con una mueca de algo que podría ser interpretado como satisfacción si su alma no estuviera rota–. Tú y tu maquiavélica hija Urraca me hicisteis creer que mi hijo había muerto –parecía que la iba a consumir tan solo con la ira de su mirada–. Ahora, mi poder sumirá a este mundo en la oscuridad eterna. Prepárate para probar el sabor de la derrota, Sancha.

Acto seguido, miró en derredor comprendiendo que ninguno de los presentes suponía ni la más nimia amenaza a sus nuevos y oscuros poderes.

–Pero antes de mataros – anunció Dorna–, traedme a mi hijo Juliok, al que habéis nombrado vuestro rey. Le ofreceré que se una a mí. Juntos, sumiremos al mundo en las tinieblas eternas.

–¡No irá con usted, señora! –exclamó Grahim preso de una furia repentina. Como impromago, era su deber proteger a la corona con su propia vida. Pero además, sentía profunda simpatía por el futuro rey–. ¡Y no le llame Juliok, se llama Sancho!

–Está bien, está bien. Creo que ha llegado el momento de que todos sepan la verdad –convino Sancha resignándose a confesar–. Sancho es, en realidad Juliok, el hijo de Dorna.

–¡Imposible! –objetó Melindres– Yo misma, así como muchos otros, vimos como lo defenestraste desde lo alto de la torre más alta del Palacio de Ámbar.

–Viste a un bebé, es cierto –explicó la anciana reina regente–, pero no viste morir al hijo de Dorna, al verdadero rey de Calamburia. Solo viste morir a un niño plebeyo, un hijo de nadie. Un sacrificio necesario que, sin duda, volvería a repetir.

Dorna esbozó una sonrisa de superioridad.

–Por más que me suma en la oscuridad, nunca me vas a la zaga en maldad, Sancha. Pero no te preocupes, ya no vas a tener que seguir regocijándote en tu culpa. Todo ha acabado, pagarás por lo que nos han hecho y me encargaré de que mi propio hijo te decapite personalmente con la espada de los Rodrigo.

Sancha rió presa de lo que algunos interpretaron como un desesperado arranque de locura fruto de la desesperación.

–Querida Dorna, no te envalentones más de lo necesario. Te he dicho la verdad, pero eso no quiere decir que te vaya a entregar a Sancho. Eso, ¡por encima de mi cadáver!

El gesto de la reina oscura se ensombreció y de sus poros comenzó a manar pura oscuridad, que comenzó a envolverla como si fuera una segunda piel.

–Si no me lo entregas por las buenas –dijo con voz átona–, tendré que obligarte. Y te garantizo que va a doler.

–Uy, uy, uy, aquí se va a liar –lanzó Van Bakari antes de hacer mutis por el foro–. Yo casi que voy tirando a la barra libre.

Érebos y Barastyr, los Consejeros Umbríos, se arrodillaron a ambos flancos de Dorna con posición de absoluta veneración y regocijo.

–Siento como crece, Érebos. La oscuridad insondable y eterna. El huevo está a punto de eclosionar. El Titán Oscuro estará satisfecho –murmuró Basatyr.

–Parece que la semilla oscura está dando sus frutos. La Pura Oscuridad abandona su receptáculo mortal. Las tinieblas, por fin, lo envolverán todo –añadió Érebos.

–Mil veces habéis expulsado a la Oscuridad, y mil veces habrá de volver –espetó la bruja Aurobinda que veía su venganza más cerca que nunca–. ¿Es que nunca aprenderéis, patéticos seres?

–Siempre supe que el mal seguía habitando en ti, ¡bruja del demonio! –le respondió Félix apretando furibundo el libro que portaba bajo el brazo.

–Bruja soy y a mucha honra, maldito ratón de biblioteca –le contestó Aurobinda mostrando su más profundo desprecio en cada palabra–. No eres más que un ser patético que estudia la magia pero que nunca será capaz de dominarla.

Y levantando su báculo y tras pronunciar unas oscuras palabras, lanzó un rayo que arrojó a Félix por los aires.

En ese mismo instante, y elevándose por encima de los murmullos de los presentes, todos pudieron escuchar la cavernosa voz de los consejeros:

–Olvidad de una vez vuestras absurdas disputas terrenales y dad la bienvenida a… –anunció uno de ellos mientras se arrodillaba.

–…la Oscuridad Definitiva –concluyó el otro.

El suelo empezó a temblar mientras la luz de las antorchas se debilitaba.

Sancha, con la voz temblorosa, llamó al impromago.

–Grahim, querido. ¿Recuerdas el juramento que hiciste al entrar en Skuchaín? En el que juraste defender a la Corona…

–Claro, Majestad… –respondió él.

–¡Pues la Corona, soy yo! –alegó justo antes de parapetarse tras él–. Así que ¡vamos, defiéndeme!

–Por supuesto Majestad –dijo Grahim solícito mientras alzaba su varita.

El impromago entonó su mejor conjuro mientras movía al aire su varita. De ella surgió una inmensa esfera de luz y energía que levitó unos instantes frente a ellos, acto seguido Grahim pronunció una sola y certera frase:

–¡Lumines obscuritas redenta!

La bola luminosa se arrojó sobre Dorna con la velocidad de un meteorito pero, al impactar contra la oscuridad que la rodeaba, estalló en mil millones de chispas que fueron absorbidas lentamente por la oscuridad que la envolvía. La Reina Oscura sonrió con gesto de suficiencia. Movió su dedo índice con un sucinto y medido gesto y una cascada de oscuridad surcó el aire abalanzándose sobre Sancha. La anciana reina regente se estremeció pero Grahim el impromago se interpuso creando una barrera de luz con su varita. Sin embargo, la oscuridad empezó a presionar la barrera que fue cediendo paulatinamente.

–No creerán que tus hechizos de pacotilla podrán vencer a la oscuridad de nuestra Reina, ¿verdad? –dijo Érebos con una sonrisa macabra.

–La Oscuridad que reside en su corazón no conoce límites, y es más poderosa que toda la magia de Skuchaín. No os resistáis, es inutil –añadió Barastyr con la misma expresión que su compañero.

Nuestros héroes se miraron aterrados. La implacable oscuridad de Dorna parecía del todo imparable. ¿Se habría logrado imponer esta vez la Oscuridad de forma definitiva?

160 – PLEGARIAS POR LA LUZ II

Ukho marchaba decidido hacia Cuna de Oscuridad. Poco le importaban los oscuros cuervos que revoloteaban a su alrededor clamando muerte, los ensordecedores gritos de los habitantes de las Montañas Cobrizas o las inquietantes visiones de muerte. Tenía un objetivo y lo iba a cumplir: liberar a sus hermanos de las garras de Aurobinda y sus secuaces.

Entró altivo a la fortaleza: sabían que iba y lo estaban esperando. Cruzó el portón y se dirigió a la siniestra torre, donde dos esbeltas figuras guardaban la entrada.

—Vaya, vaya —dijo Érebos, uno de los consejeros oscuros— ¡qué gran honor! ¡El abandonado hijo del mismísimo Drawets! ¿Qué te trae por aquí?

—Ya lo sabéis —declaró iracundo—. No me iré de aquí sin mis amigos. 

—¡Ah! ¿Te refieres a estos? —preguntó Caila mientras conjuraba un hechizo. Ante ellos aparecieron dos yatagarami que según tocaron el suelo se transformaron en Nakali y Zabyty, los antiguos compañeros del pequeño pícaro.

—¡Ukho! ¿Qué haces aquí? —preguntó Zabyty— ¡Vete! ¡Huye! ¡Te esclavizarán a ti también!

—Esclavizar, ¡ja! —exclamó Érebos— Ya tenemos muchos cuervos. Además, Aurobinda tiene otros planes para ti, pequeño pícaro. Luego limpia todo, Caila. Yo me voy a los establos, que ha llegado una nueva hornada de sabrosos ponis.

El consejero se fue dejando solos a los cuatro jóvenes. Nakali y Zabyty miraban a su viejo amigo con una inmensa tristeza: sabían que no tenía salvación. Caila era tan lista como despiadada y odiaba a Ukho con todas sus fuerzas. Los dos eran huérfanos y Ukho, a diferencia de la hechicera, había podido reencontrarse con su padre. A falta de sus padres, ella siempre había querido tener el reconocimiento de sus mentores, pero Eme había muerto y Aurobinda sólo tenía ojos para Tesejo; aquel torpe cuya única habilidad era la de elogiar a las mujeres. Sin embargo, Tesejo estaba distraído y erraba todos sus hechizos. Era su oportunidad y no pensaba desaprovecharla: acabaría con uno de los seres de luz elegidos por el Titán.

Con una malévola sonrisa en los labios Caila empezó a murmurar un hechizo que volvió a transformar a Nakali y Zabyty en dos grandes cuervos. Intentaron revolverse, avisar a su compañero, huir, gritar… pero todo fue inútil. Ménkara había logrado que se sometiesen a la voluntad de los brujos y ahora eran sus siervos. Los dos monstruos alados se elevaron por encima de la hechicera mirando ferozmente a su amigo. Esperaban las órdenes de su señora.

—Conque crees que puedes vencerme, pequeño ingenuo —rió la bruja—. Yo llevo la magia negra en la sangre. Pertenezco a una de las más influyentes familias Tenebris. Con la caída de las brujas mis padres fueron torturados por los grandes héroes. Tu padre me robó a los míos y ahora le quitaré a su querido hijo. ¡Yatagarami! —gritó— Matad.

De pronto, los majestuosos cuervos abrieron las alas y se abalanzaron sobre Ukho. Empezó a hablar con sus amigos y recordarles las aventuras que habían vivido juntos, pero no escuchaban. Luego atacó a Caila; si lograba herir a la bruja podría perder el control y recuperar a sus amigos. Los cuervos fueron más rápidos: empezaron a picotearle los ojos cegándolo. Aterrado, intentó huir y zafarse de sus antiguos compañeros, apelar a su cariño y que recobrasen su cordura. Sin embargo, ya no había rastro de los que tiempo atrás fueron sus amigos. Se habían transformado en dos oscuros monstruos carentes de voluntad. 

Llamó al Titán y la Luz en un último y desesperado intento. De pronto, un rayo de sol rompió la barrera de las oscuras nubes tenebrosas iluminando al pícaro y renovando sus esperanzas. Ukho volvió a invocar al Titán y a implorar a sus amigos que escapasen al control de la bruja. Los pájaros empezaron a descender lentamente; ¡lo había escuchado! No obstante, Caila no se daba por vencida. Centró de nuevo su atención en sus creaciones y empezó a murmurar un hechizo recuperando su control. Las feroces aves empezaron a picotearle la cara al joven pícaro. Le arrancaron las orejas, el pelo, las manos y, finalmente, atacaron su dulce y puro corazón. Ukho cayó al suelo inerte. Ya no respiraba. En lugar de su amigo sólo quedaba un cuerpo desfigurado.

Los dos yatagarami se miraron intensamente. Habían matado a su compañero, a su hermano. No querían vivir. No merecían vivir. Su elegante plumaje se fue cayendo, sus picos perdieron su color, sus ojos se oscurecieron: estaban muertos en vida. Se acercaron el uno al otro observándose con ojos sombríos. Nakali empezó a picotear el torso de Zabyty, mientras éste hundía su afilado pico en la cabeza de su amiga. Tras varios golpes ambos cayeron al suelo a cada lado de su amigo. Al final habían cumplido su sueño: los tres murieron juntos en su última aventura.

—Por Defendra, Ménkara me va a matar —dijo Caila observando la escena con indiferencia—. ¡Con lo que le había costado doblegar a estos dos! Bueno, seguro que encontramos un nuevo huérfano de alma dulce al que corromper. Esta vez alguien que posea magia, así durará más.

Caila entró en la torre y dio la orden de que recogiesen los tres cadáveres y se los enviasen a Drawets. Había consumado su venganza y quería que el pícaro lo supiese.

Ajeno a lo que sucedía en la capital del mal Kaju-Dabán había llegado al Bosque Perdido de la Desconexión. Ante él se elevaban alargados cipreses con el rostro de la desazón grabado en sus troncos. Sus ramas se alzaban al cielo clamando ayuda. Se morían. No obstante, el custodio había llegado trayendo consigo la esperanza. Los árboles no lo dudaron y empezaron a abrirse indicándole el camino hacia el acantilado donde solía jugar una pequeña zíngara de noble sangre. Tan pronto llegó, vislumbró la silueta de una niña danzarina reflejada sobre la luna llena. La dulzura de sus movimientos y la bondad de su alma cautivaron al custodio. ¿Acaso era posible? ¿Una zíngara de alma noble? Se dirigió hacia ella con cuidado y se presentó.

—Hola pequeña, mi nombre es Kaju-Dabán y soy custodio del Templo de los Elementos —dijo—. Te he visto moverte por el bosque y cuidarlo. Le tienes cariño, ¿verdad? —preguntó mientras la niña asentía. No se atrevía a hablar, no sabía quién era ese hombre—. El bosque está en peligro y he venido a salvarlo; pero para ello necesito tu ayuda. Necesito a alguien con el don arcano que se conozca bien el lugar. ¿Querrás ayudarme?

Antes de que la joven pudiese responder salió de entre las sombras la figura de un hombre. Era Vandala; primo mayor de la muchacha y futuro patriarca de la tribu. El asesino se acercó con sigilo al visitante y posó su mortífera daga en el cuello del custodio.

—Vaya, ¡si hemos recibido la visita del custodio de los elementos! —exclamó— ¿A qué debemos tal honor? ¿Acaso has visto tu destino y has decidido pasarte al bando vencedor?

—¡Jamás! Maldito retoño de meretriz. ¡Estáis matando al bosque y yo acabaré con vosotros! —dijo.

—Habrase visto, ¡si resulta que el pusilánime hermano de la guardiana tiene valor! —declaró entre carcajadas—. Pero eso no te servirá de nada aquí. En el bosque lo importante es el poder, no el valor. Y me temo que eso se lo quedó todo tu hermana. ¿Acaso no eres tú el que la sigue cual perrito faldero, procurando que no se rompa una uña? ¡Gran función la del custodio: cuidar de la pedicura de su hermana pequeña! 

Con un ágil movimiento Kaju-Dabán logró zafarse de su captor, mientras Vandala le lanzaba nuevas estocadas. La niña corrió a avisar al resto de los zíngaros que apenas tardaron en llegar. Éstos hicieron un corrillo alrededor de la pelea y empezaron a murmurar un antiguo conjuro destruyendo las barreras de protección del custodio. Asustado, pidió ayuda al bosque, pero los árboles estaban demasiado débiles. Vandala lanzaba nuevas estocadas que Kaju-Dabán lograba esquivar. El viajero sacó una pequeña cimitarra y sus espadas se enzarzaron en una peligrosa danza. Tal era la tensión que apenas se oían el silbido del viento colándose entre los árboles o el arrullo de las olas rompiendo contra la piedra. Todos los zíngaros aguantaron la respiración, pues sabían que el futuro de su tribu estaba en juego: era matar o morir. 

La pelea duró toda la noche hasta que aparecieron los primeros rayos de luz. Vandala, agotado y desesperado, vio su oportunidad: alzó su brillante daga deslumbrando a su oponente. El astuto zíngaro aprovechó el momento y se abalanzó sobre su enemigo clavándole la daga en su fino cuello. Ésta empezó a brillar con una luz especial. Kaju-Dabán cayó al suelo con una mueca de dolor en su rostro. 

Lejos del siniestro bosque se abrió una brecha en el corazón de Kesia. Corrió desesperada a la sala donde reposaban los orbes elementales y los vio apagándose de nuevo. Lo sabía. Había perdido a su hijo y con él la esperanza. 

Sin dudarlo volvió a ponerse los guantes de malla, guardó los orbes en su limosnera y partió hacia la Arboleda de Catch-Unsum a avisar a Naisha.

Llegó rauda a la arboleda y se dirigió al primer tocón donde Drawets lloraba desconsolado. 

—Madre, menos mal que has venido —le saludó Naisha—. Drawets ha perdido a su hijo a manos de Caila. La bruja le ha enviado su desfigurado cadáver con una nota de venganza. Nos disponíamos ahora a darle sepultura.

—Hija, me temo que no traigo buenas noticias —explicó Kesia apesadumbrada—. También hemos perdido a tu hermano. Los orbes se descontrolaron, los transportaron a diferentes lugares y cayeron inconscientes. Cuando volvieron en sí dijeron que las nornas les habían explicado que la pesadilla sólo terminaría cuando la luz venciese a la oscuridad y ambos se fueron a buscar a los elegidos de la Oscuridad, pero temo que el mal haya vencido. No queda esperanza.

—Mi hermano ha caído —murmuró la sacerdotisa llorando. No aceptaba la realidad. No podía.

Las dos se fundieron en un largo abrazo en el que se dijeron todo lo que nunca se habían dicho con palabras: se querían, eran familia.

Los tres estaban destrozados. ¿Después de todo lo que habían luchado se había perdido toda la esperanza? No podía ser. Drawets se levantó y con paso decidido se acercó al tocón. Naisha lo siguió; sin duda el pícaro había tenido una idea y no perdían nada por intentarlo. Los dos se cogieron las manos y se miraron a los ojos.

—Poderoso Titán, señor de Calamburia —dijo el pícaro—. Te imploramos ayuda. La Oscuridad campa a sus anchas por tu reino y no podemos detenerla.

—Poderoso Titán, creador de nuestro mundo —siguió Naisha—. Danos esperanza. Elige entre tus siervos dos nuevos seres de luz que puedan luchar contra el mal y despertar al continente de esta pesadilla. Te lo rogamos. 

De pronto pudieron oír unos lejanos tintineos que se acercaban más y más: el Titán los había escuchado.

159 – PLEGARIAS POR LA LUZ I

Calamburia ya no era segura: la maldad gobernaba en el reino y la Oscuridad en los corazones de sus habitantes. El continente estaba sumido en el caos más absoluto; el mismo caos del que nació. Cada elemento pedía auxilio a su creador: el viento gritaba el nombre de Rea, el fuego crepitaba con el rugido del dragón, los bosques invadían las aldeas y el agua corría corriente arriba hasta alcanzar el sagrado Templo de los Elementos. Los elementos habían despertado e intentaban salir de sus orbes.

Naisha, la sabia protectora, había logrado contenerlos, pero sabía que no resistiría mucho más. Necesitaban ayuda. Fue entonces cuando tuvo una revelación: el titán los ayudaría. Sin dudarlo, mandó a su mentora a buscar al famoso pícaro, el guardián de la Esencia de la Divinidad.

La corta travesía desde el templo hasta la Arboleda de Catch-Unsum se le hizo interminable a Kesia. La Oscuridad se preparaba para su resurrección y los demonios escapaban sin control de las Cuevas del Rechazo. Además, los yatagarami de Aurobinda daban cuenta a su señora de todos los movimientos de los calamburianos y si la bruja se enteraba de los problemas que había en el templo los atacaría sin miramientos.

Nada más cruzar la entrada del majestuoso bosque, sintió un pequeño puñal clavándose en su cuello:

—Estate quieta y no te pasará nada —amenazó el pícaro—. Ahora dime quién eres y qué quieres.

—Soy Kesia, custodia y mentora de la protectora de los elementos —dijo mientras se quitaba la capucha—. Mi señora implora vuestra ayuda. Necesitamos que me acompañéis al templo.

—Perdonad señora, no os había reconocido. Esta maldita pesadilla no nos da tregua y los ejércitos de la oscuridad no cesan de atacar la arboleda. Quieren conseguir la Esencia de la Divinidad.

Kesia explicó a Drawets lo sucedido en el templo y éste, preocupado, accedió a ayudar a la sacerdotisa. No obstante, no podía abandonar el bosque; en ausencia de Laurencia el único que podía extraer y cuidar la Esencia de la Divinidad era Drawets. Tras deliberar largo y tendido decidieron mandar a Ukho —hijo del pícaro y ser de luz elegido por el Titán— a cuidar los orbes con Kaju-Dabán mientras Naisha acudía a la arboleda. Entre los dos hallarían la manera de estabilizar los orbes.

Kesia y Ukho emprendieron el camino de inmediato, pues no disponían de mucho tiempo. De nuevo, la custodia tuvo que ingeniárselas para ocultarse a ella y a su compañero de la vil mirada de los cuervos de la muerte. Tras su peligrosa travesía consiguieron llegar al templo sin incidentes. 

—Mentora —saludó Naisha— veo que no te acompaña el pícaro. ¿Acaso ha sucedido algo?

—Mi padre no puede abandonar la arboleda, señora —contestó Ukho—. Le implora que acudáis vos mientras yo me quedo a cuidar de los orbes. Soy su hijo, Ukho y poseo algunos poderes.

—Sí, eres un ser de luz. Recuerdo tu gran éxito en Cuna de Oscuridad —respondió con sorna—. No me agrada irme, pero veo que no tengo alternativa. Que te asignen unos aposentos. Aséate, come algo y luego ve a ver a Kaju-Dabán para que te explique las normas del templo. Espero que siga en pie a mi vuelta.

Ukho hizo lo que le mandó la protectora elemental: se aseó, comió y fue con Kesia a buscar al custodio. Éste paseaba tranquilamente por los jardines. En cuanto lo vio se sintió reconfortado, como si hubiese encontrado a un viejo amigo.

El custodio invitó al visitante a unirse a su paseo. Hablaron largo y tendido sobre sus aventuras y su plan para vigilar los orbes. Había una complicidad especial entre ambos.

De repente, un fuerte estruendo rompió la armonía del paseo: los orbes estaban en peligro. Los dos echaron a correr hasta llegar a la majestuosa sala donde los elementos descansaban bajo la triste mirada de Kesia. La sala se hallaba en la más triste penumbra: los orbes agonizaban. Su luz se apagaba poco a poco; apenas lograban iluminar las lágrimas que corrían por las mejillas de la mujer.

Ukho y Kaju-Dabán entraron de inmediato. Mientras el segundo consolaba a su madre adoptiva, el primero alargó la mano para coger uno de los orbes. Los custodios intentaron evitarlo, avisarle del peligro que corría, pero no escuchaba. Aterrado, Kaju-Dabán se abalanzó sobre su compañero y ambos cayeron al suelo tirando los orbes. De pronto, estos empezaron a brillar con la intensidad de mil soles: los elementos despertaban y estaban descontrolados. Tal era el descontrol que los jóvenes quedaron encerrados en dos enormes esferas elementales. Los orbes les mostraban aquello que querían ver. Ukho pensó en sus compañeros de aventuras. Llevaba tiempo buscando a Nakali y Zabyty, pero no había logrado dar con ellos. Kaju-Dabán pensaba en una misteriosa voz. No se lo había dicho a nadie, pero en sueños oía un precioso y dulce cántico al son de una pandereta. Esa voz lo hipnotizaba y, por mucho que lo intentara, no lograba acallarla. De nuevo escuchó la magnética voz, pero esta vez pudo ver a una niña que se movía grácilmente entre unos altos y siniestros árboles. Por fin la había encontrado, pero estaba en peligro. Reconoció el lugar: era el Bosque Perdido de la Desconexión, donde vivían los zíngaros absorbiendo la magia de los antiguos elfos transformados en árboles.

Kesia miraba preocupada la situación: los orbes habían aceptado su presencia y los dos parecían felices. Sin embargo, sus sonrisas se tornaron rápidamente en una mueca de terror. Algo iba mal. La mujer se puso los guantes de malla y depositó los orbes en su urna mientras a lo lejos resonaba una misteriosa voz:

La oscura noche siempre acaba con los primeros rayos de luz.

—¡No! —gritó Ukho recobrando la consciencia— ¡Zabyty! ¡Nakali! ¡Tengo que salvarlos!

—¿Qué ha pasado? —preguntó Kesia.

—Una tenebrosa bruja está torturando a mis amigos en una oscura torre llena de cuervos. Van a morir. ¡Tengo que salvarlos!

—No, ¡seguro que es una trampa! —le advirtió Kesia—. Además, necesitamos tu ayuda.

—Lo siento, pero he de ir a salvar a mis compañeros. ¡Son mi familia!

Ukho se dirigió a sus aposentos, empaquetó lo imprescindible y se encaminó a Cuna de Oscuridad. No pensaba, sólo actuaba.

El Templo de los Elementos se había sumido en la desesperación más absoluta: Kaju-Dabán seguía inconsciente, los elementos se movían inquietos y Ukho se iba. Kesia estaba aterrada; ¿qué podía hacer? Empezó a rezar al Titán, le imploró ayuda. Su hijo abrió los ojos repentinamente. En ellos se podía ver fuego, ira y temor. 

—¡Gracias al Titán! —exclamó Kesia.

—Madre, he tenido una visión terrorífica —explicó— ¡Están matando a la luz! ¡Tengo que ayudar!

—Tranquilo, respira —dijo ella preocupada—. Necesitas descansar y recobrar fuerzas. 

—No, ¡tengo que salvarlos! ¡Hay que acabar con los seres de la oscuridad! ¡Sólo así terminaremos con esta pesadilla!

—No puedes dejarme sola, Ukho se ha ido. ¡Por favor!

—No, madre. Las nornas me han hablado: la solución no está en la Esencia de la Divinidad, sino en nuestras manos. Tenemos que acabar con los elegidos de la Oscuridad —declaró.

La mujer intentó detenerlo. Aunque no fuesen familia, ella había encontrado a Naisha y a su hermano cuando aún eran unos bebés. Los había rescatado de las llamas y los había acogido como si fuesen suyos. No podía perder a su pequeño, pero sabía que tampoco podía detenerlo.

El custodio preparó un pequeño hatillo mientras su madre le ofrecía algunos víveres para el viaje. Volvía a quedarse sola y con una sensación de inquietud extrema.