24. UN ECO EN LA NOCHE

En la profundidad del Inframundo, allí donde ni siquiera las alimañas de Calamburia se atreven a poner el pie, Ventisca tiene su hogar. Es una caverna fría, con muchos pequeños agujeros a través de los que silba el viento. Ventisca se sienta en el centro y aguarda hasta que llegue su momento, hasta que Kashiri, la Emperatriz Tenebrosa, decida el siguiente movimiento a tomar.

La Guerra de Calamburia finalizó, y las fuerzas del bien triunfaron. Ambas Guardianas del Inframundo fueron expulsadas a su reino y encerradas allí. Sólo ahora, con la amenaza del Leviatán, han vuelto a hacerse notar. La destrucción del mundo también las afecta.

Pero en los ratos en los que Ventisca pasa sola, se entretiene en sus pensamientos. Son pocos esos momentos de paz, cuando no la reclaman las necesidades del torneo, ni hay almas a las que guiar por el Inframundo. Entonces Ventisca desciende muy profundo, a esa caverna en la que sopla el viento, y piensa.

Antaño tenía otro nombre: la Dama Celeste. Eran años que en su memoria se nublan. No obstante, todavía puede evocar días en los que jugaba con las nubes, paseaba al lado de otros seres de su raza y… y reía.

Sí, Ventisca cree recordar que antaño era feliz, y que no existían deseos amargos. Reía porque no tenía males en su corazón, y porque amaba. No era un amor perfecto, por supuesto. Tenía sus defectos, pero era amor.

El amor ahora le resulta un sentimiento imposible de recuperar. Observa su alrededor, a los agujeros pequeños de la caverna, por los que silba el aire, como si a través de ellos se hubieran colado esas sensaciones que la aproximaban a la humanidad. Pero a pesar de sus esfuerzos, sabe que nunca podrá volver a enamorarse.

Muchos hombres la persiguieron cuando era la Dama Celeste, y todavía quedan algunos que se atreven a sentir algo por ella. El último fue Quasi, uno de los porteros. Le confesó que ella era la primera y la única; que no había ninguna otra a quien dedicar sus sueños, y que no la habría jamás. Lo hizo justo antes de caer rendido ante el Avatar del Caos, pues Ventisca, inmisericorde, no se dejó vencer por aquellas palabras.

Ahora, en su caverna, donde el viento la envuelve, recuerda cómo sintió pena por aquel amor. No porque lo correspondiera, sino por ver cómo se había adueñado de la lealtad de su enemigo. Le había hecho débil, y por eso, Ventisca triunfó.

En esa caverna donde no alcanza ninguna luz, se escucha una risa. Es Ventisca, alegrándose de haberse desprendido de aquellos sentimientos. La hacían débil, pero ahora es fuerte. Ahora es invencible.

Sin embargo, el viento continúa silbando en su oído, y con un cosquilleo se cuela en sus oídos una frase: “¿No lo echas de menos?” Le dice una voz que nadie más escucha. “¿No querrías volver a amar de verdad?”, añade.

Ventisca queda un instante en silencio; enmudece su risa y escucha el mensaje del viento, y las palabras en su cabeza que una y otra vez se repiten: “¿No querrías volver a amar?”.

Mira a los agujeros, a su alrededor. Sus ojos escudriñan la oscuridad. Con ella no hay nadie, sólo sus pensamientos, sus recuerdos. Sólo ella misma.

-No –responde a viva voz, y el eco hace que su respuesta se extienda por todo el Inframundo.

23. EL SUSURRO DEL REY RODRIGO

El Palacio de Ámbar era hermoso durante el día. El sol despertaba un fulgor anaranjado en sus muros, visible desde varios kilómetros de distancia, capaz de alegrar el corazón de cualquier ciudadano. Pero durante la noche, cuando no había sirvientes corriendo de un lado a otro, y sólo la guardia paseaba por el adarve, el interior recogía un poderoso halo de misterio. Era como si las paredes, los tapices y los suelos cobraran vida durante el día; y en cambio, al caer la noche, hallaran la muerte.

Así opinaba el hermano Irving van der List. Visitar el palacio era una tarea que le desagradaba. Si de él dependiera no saldría de su monasterio; dedicaría horas al estudio y poco a viajar. No obstante, su profesión exigía que tuviera que trasladarse allí donde fuera requerido. En este caso, la misma Reina le había mandado llamar.

Sólo el eco de sus pisadas le acompañaba aquella noche, mientras pasillo a pasillo, habitación tras habitación, acortaba distancias con la sala del trono. Dos guardias le dieron acceso a la misma. En su interior, la reina ocupaba el trono que debía corresponder a su marido, el rey Rodrigo. Hacía mucho que habían intercambiado los sitios.

-Hermano Irving… -saludó la Reina, junto a un calculado ademán.

-Mi señora. ¿Me habéis llamado? –Irving se inclinó en una reverencia.

-Y habéis acudido. Siempre tan servicial.

-Es mi deber.

-Claro… es tu deber obedecerme.

Urraca alzó una ceja. Irving, que todavía no se había incorporado de su reverencia, sintió un escalofrío incómodo. Era la punzante sensación de sentirse estudiado. La Reina continuó:

-Dentro de unos días, y por gracia del azar, Capellanes y Reyes tendremos que competir en el Torneo.

-Lo sé, mi señora.

-Supongo que no habrás olvidado el juramento que cada capellán realiza al entrar en la orden.

-No lo he olvidado.

-Has de obedecerme en todo.

-Así es.

-En todo, Irving.

El capellán sostuvo unos segundos la mirada de Urraca.

-En todo, mi señora.

Urraca dejó salir un leve suspiro.

-Está bien. Veo que lo tienes claro. Puedes retirarte.

Irving asintió, dio media vuelta y dejó la sala. Mientras recorría de vuelta aquellos corredores solitarios, donde la luna entraba con timidez a través de las ventanas, volvió a sentir otro de aquellos escalofríos. ¿Sabría la reina sus verdaderas intenciones? Ella quería que los capellanes la dejaran vencer, por supuesto. Pero él no pensaba obedecerla; en realidad nunca lo había hecho. Su juramento de lealtad a la Corona seguía vigente, pero no dedicado a Urraca, sino al rey Rodrigo.

Al evocar aquel nombre, Irving detuvo sus pasos, varió el rumbo y, atravesando un claustro, se adentró en los aposentos del Rey. No abrió la puerta, sino que llamó con una contraseña. Del otro lado respondió una voz.

-Irving…

-Mi Rey –dijo éste, en un susurro, vigilando que no hubiera nadie en los alrededores.

-¿Qué te ha dicho mi esposa? –se escuchó desde el otro lado de la puerta.

-Quiere que la dejemos ganar.

-No lo permitas, Irving.

-Sabe que no me someteré a su voluntad. Eso jamás.

-Me alegra escuchar eso… ¿y mi hijo?

-Está sano, y feliz. Continúo enseñándole en Villaolvido. Pronto estará listo para reclamar el trono.

-Qué gran noticia, Irving. ¡Tengo tantas cosas que agradecerte!

-Es mi cometido. Yo sirvo a la Corona, a la verdadera.

-Nos veremos en el torneo.

-Nos veremos, Majestad. Mantenga las fuerzas y siga fingiendo su locura. Ya queda menos para restaurar al verdadero Señor de Calamburia.