Las Nornas

Cuentan algunos antiguos libros que las Nornas son una de las fuerzas primigenias de la creación, aparecidas al mismo tiempo que los elementos tomaban forma. El pasado, presente y futuro tomaron conciencia de sí mismos y, por tanto, decidieron existir en forma física. Durante los incontables eones de la creación, las así llamadas Nornas existieron en múltiples formas adaptadas a su entorno. Hasta que, finalmente, cuando la tierra de Calamburia fue creada, descendieron para adoptar una apariencia humana. Allí se ocultaron, en uno de los rincones más apartados de la arboleda de Catch Unsum, aguardando sin más, dejando que el tiempo, su tiempo, transcurriera.

Pasado, presente y futuro no tenían ninguna necesidad de entablar relaciones con los seres que habitaron Calamburia en años siguientes, pero lo cierto es que empezaron a circular leyendas sobre su existencia, y sobre cómo los viajeros que acudían a ellas podían consultar su porvenir. Las Nornas nunca temieron a los humanos, a aquéllos que les preguntaban les revelaban lo que le iba a suceder, pero exigían un pago: pues conocer el futuro lo alteraba necesariamente ,y un devenir positivo de los acontecimientos podía acabar derivando en una tragedia.

Poco a poco, el rumor de que existían estos seres fue extendiéndose entre los humanos, y las Nornas, que nunca habían deseado intervenir más de lo que fuera necesario, creyeron conveniente variar su forma.

Así han hecho desde entonces: cada vez que se sabe quiénes son, las Nornas cambian de apariencia para dificultar ser encontradas. La cruda realidad es que no todo el mundo puede conocer su futuro. De hacerlo, el universo colapsaría y regresaría el caos. Por eso, para preservar la estabilidad de todo lo creado, las Nornas sólo pueden ser conocidas por unos pocos.

¿Quiénes han llegado a consultarlas? Este secreto es bien guardado por aquéllos que han disfrutado de sus predicciones, aunque se rumorea que personajes como la reina Urraca o Galerna han acudido a ellas.

Sea como fuere, lo que está claro es que, a menos que ellas mismas deseen detener su existencia, las nornas -el mismo tiempo- no pueden morir. Cualquiera que ha intentado acabar con ellas se ha encontrado con que sólo es capaz de destruir su forma física, pero las Nornas reaparecen al cabo de poco con otra apariencia diferente… y dispuestas a tomar venganza.



LAS NORNAS

Presentación

Son la representación de una de las fuerzas primigenias del universo: el mismo tiempo. Ellas viven en el pasado, presente y futuro al mismo tiempo. Pueden ver lo que ha sucedido, lo que está sucediendo y sí, también pueden ver lo que está por suceder. Sólo unos pocos son merecedores de preguntarles por su futuro… pero cuidado, pues conocer el porvenir tiene un precio, y ellas nunca olvidan cobrar lo que les corresponde. ¡Ellas son las Nornas!


El trio

Urd. El pasado

Ella representa el pasado. Los hechos que sucedieron. Es la fuerza del mismísimo destino, pues aquellas cosas que hicimos en el pasado serán las que determinen nuestras acciones el día de mañana. ¡Un saludo para Urd, El pasado!

 

 

Verdandi. El presente

Es la dueña del momento. Ella toma entre sus dedos el mismo instante y, al instante siente, lo suelta para que forme parte del pasado. Es la dueña de cada segundo, de cada latido y de cada hálito de vida, pues es quien decide cuándo una vida se acaba. ¡Ella es Verdandi, El presente!

 

Skald. El futuro

Ella predice los acontecimientos que han de suceder. Es a ella a quien acuden los monarcas y los grandes héroes para conocer su porvenir, pues sus ojos otean más allá del presente, hacia los próximos días, meses o incluso años que se sucederán. Sus predicciones siempre aciertan, pero quien la consulte ha de saber que tendrá que pagar un alto precio por ello. ¡Ella es Skald, El futuro!

115 – EL OCASO DE ÁMBAR (II)

– ¿No creéis que es una medida demasiado radical? – dijo meditabunda la Reina Sancha III -. Probablemente haya una forma más sencilla de hacer esto.

– Mi señora. La paz corre peligro. Y contamos cada vez con menos apoyos. Vuestra decisión de pactar con los piratas fue sabia, pero hay que hacer una demostración de fuerza – dijo Érebos inclinando la cabeza con respeto.

– Mis pajarillos me han informado que los susurros recorren la corte. Los nobles apoyan la paz y la estabilidad, pero me temo que los Von Vondra ya están maquinando para aprovechar la paz y asestar un golpe rastrero – apuntilló Barastyr, consultando sus notas y pergaminos.

– Quizás aprovechen el pacto con los piratas y lo usen en vuestra contra. Necesitamos mostrarles que la corona sigue siendo firme – recomendó Érebos.

La Reina contempló absorta el costado de la tienda de campaña Real, con el ruido sordo del combate de fondo. Un crujido monumental y unos vítores indicaba que la puerta principal había caído. Tamborileó los dedos sobre su rodilla, meditando una decisión.

– Antes de la visita a la Torre Arcana, cuando os mandé a pedir ayuda a los Impromagos y a Aurobinda, no teníais ese pensamiento – preguntó entrecerrando los ojos -. ¿Ha ocurrido algo ahí que os ha hecho cambiar de opinión?

– Mi Reina, la guerra cambia y las situaciones siempre son mutables. Hay que saber adaptarse. Nuestra postura era moderada durante las Justas, pero ahora estamos sitiando el corazón de nuestro propio reino. ¡Debemos imponer el orden! – exclamó Bárastyr.

– Querrás decir… mi reino – aclaró la Reina inclinándose con una mirada peligrosa hacia sus consejeros.

Ambos empezaron a retroceder deshaciéndose en reverencias y excusas varias.

– Mi reina, jamás me atrevería…

– Nos habéis malinterpretado mi reina, solo son consejos…

– Usted es la que decide y dictamina, por supuesto…

– Lo que decida, bien estará, mi reina…

– ¡Basta! No hagáis más el ridículo. No os pago para eso. Ya he tomado mi decisión. Llamad a Aurobinda, quiero que me escolte un escuadrón de Impromagos – exigió saliendo con paso enérgico de la tienda.

Situada en lo alto de una loma, tenía una posición privilegiada para ver el campo de batalla. El ejército se estaba introduciendo por las murallas como el agua por un castillo de arena: imparable y mortal. Probablemente los piratas estuviesen considerando su elegante proposición en estos mismos instantes y se rindiesen pronto. Odiaba perder el tiempo.

– Cread un portal directamente en el palacio. Usadme, yo sé a dónde ir.

Ofreciendo graciosamente su mano, se la tendió a Aurobinda. Con una media sonrisa, tomó la mano de su reina y empezó a mover la varita en el aire. La Reina se concentró y visualizó el lugar al que quería ir. El portal tomó forma y un escuadrón de magos se apresuró a entrar por él, provocando gritos y confusión al otro lado. Cuando el ruido del combate amainó, la Reina dio una orden y entró con sus escoltas.

La habitación estaba repleta de cuerpos de zíngaros y algún Impromago derribado por el suelo. El ataque les había pillado por sorpresa y no pudieron ofrecer una gran resistencia, tal y como había pensado Sancha. Pero lo que no había calculado es a quién se encontraría ahí.

– Vaya, que reunión familiar tan inesperada. Me temo que llegáis en mal momento, no os puedo ofrecer ni té ni pastas – dijo con sorna Sancha.

En una esquina de la habitación, el antiguo Rey Rodrigo el Perturbado, trataba de proteger una figura acurrucada en una esquina. A su lado, Petequia, con una capa que le tapaba parcialmente la cara, amenazaba a todo el que osase acercarse con su látigo.

– Madre. Nunca es un placer verte – escupió con desagrado.

– Es mutuo, querida. ¿Qué te ha traído lejos de tu agujero en el que te ocultabas?

– Ya no me interesan las guerras, las rencillas por el trono. Sólo quiero que mi hijo sea feliz, después de todo el dolor que le he causado – dijo Petequia, con su fortaleza quebrantándose por momentos.

– ¿Te refieres a esa figura que se agazapa tras de ti de manera patética? Míralo. El temible Rey Comosu.

La figura encapuchada se irguió entre temblores y descubrió su rostro. Su mirada huidiza miraba a todos lados y a ninguno. Su mente no parecía estar en este lugar.

– Sí. Yo le obligué a ser el instrumento de mi venganza. Lo utilicé. Y no ha sido el único niño que he utilizado – masculló con pesadumbre -. Pero quiero enmendar mis pecados y los suyos. Quiero recuperar a su hijo y proporcionarle un lugar tranquilo y seguro donde pueda criarlo.

– Nadie puede acceder a la habitación de la criatura. Está protegida por potentes hechizos – dijo muy ufana Aurobinda -. Solo la Reina Sancha puede abrir esas puertas.

– No os voy a dar al bebé – explicó con tranquilidad la Reina Sancha -. Petequia, por mucho que lo intentes, tu pasado ya está manchado y lejos de cualquier redención. Han muerto demasiados por tu culpa. Salvar a un niño no te ayudará. Yo he recorrido el mismo camino que tú, pero tengo la decencia de saber llevarlo. Esa siempre ha sido la diferencia entre tu hermana y tú.

– ¿Por qué, madre? – dijo Petequia mientras lágrimas silenciosas caían de su único ojo -. ¿Por qué preferiste a mi hermana? ¿Por qué le brindaste apoyo a ella?

– Es por una razón sencilla, hija. A tu hermana le mueve el poder. La ambición. El valerse por si misma. Todos tus errores los has cometido por otros: por amor.

– ¿Cómo?

– Tu padre fue un auténtico monstro. El gran Rey Rodrigo IV, además de ser cruel y mezquino, era un inepto gobernando. Pero no supe verlo a tiempo porque estaba irremediablemente enamorado de él. Logró sacarme de mi embriagado estado a base de golpes, vejaciones, e insultos. Rezaba cada noche al Titán para que me diese el poder de viajar en el tiempo, para enmendar mis pecados y decisiones. Pero los dones del Titán no siempre toman la forma que a nosotros nos gustaría. El poder que me otorgó fue el de la claridad. Una mañana, me levanté viendo el mundo como jamás lo había visto: como un rompecabezas, listo para resolver colocando una última pieza.

La cámara se mantenía en silencio, únicamente roto por los suaves gemidos de miedo de Comosu o el ruido lastimero de los moribundos.

– A partir de ese día, empecé a aplicarle pequeñas dosis de veneno. Aprovechaba las noches en las que venía borracho a forzarme, siempre acababa exhausto y se dormía entre horribles ronquidos. Cuando por fin murió, soborné a algunos Sanadores que me eran fieles para que dictaminasen que era una muerte natural, fruto de su vida de excesos. Jamás os volvió a poner una mano encima, ¿o acaso habías olvidado las borracheras de tu padre, tu rey? Logré enmendar a tiempo lo que había contaminado con el amor.

Petequia miraba a su madre, hipnotizada. Rodrigo la abrazó con un gesto de pesar.

– Por eso aconsejé a Urraca que acudiese a los Zíngaros. Vi que su determinación era fuerte, inquebrantable, ajena de las terribles consecuencias del amor. Pero tu siempre fuiste su favorita: caíste prendidamente enamorada de este idiota. No podía consentir que siguieses mí mismo camino – la voz de la Reina tembló un poco -. No fue fácil para mí. Ver como mutilan y destierran a tu hija no es agradable para ninguna madre. Pero por el bien de la estabilidad, había que hacer lo correcto. Me retiré de la corte al ver que mi trabajo había concluido y que tu hermana tomaría el relevo con pericia. Como ves, no eres la única que lo has sacrificado todo, pero nuestra esencia bebe de fuentes distintas. Y eso, hija mía, es lo que marca la diferencia.

Petequia hundió la cabeza entre sus hombros, totalmente derrotada. Años de intrigas, violencia, manipulación…para nada.

– Sancha. Por favor. Danos a mi nieto y nos iremos sin causar problemas. Ya no lo necesitas – dijo Rodrigo, con un tono de súplica.

– De nada sirve entregároslo. Su madre, Dorna, está fuera de sí, y no se detendrá ante nada para recuperarlo. Si os lo doy, os perseguirá hasta el fin de los días y no conoceréis el descanso – dijo Sancha -. Marchaos. Este niño jamás fue de Comosu. No creo que ni sea consciente de que tiene descendencia. Huid lejos de aquí y no volváis a aparecer jamás.

El trio recibió esta última amenaza como si de un golpe físico se tratase. Con la voluntad totalmente quebrantada, Petequia se dio la vuelta y se fue por el pasillo arrastrando los pies. Rodrigo cogió por el hombro a Comosu, pero este se resistió mirando hacia la puerta cerrada. Pareció volver a recuperar la consciencia y sus ojos se iluminaron con furia mientras su frente brillaba de manera incandescente. Dando un paso hacia los Impromagos, alzó una de sus manos, pero fue interrumpido con un rápido gesto de la varita de Aurobinda, que formó un corte superficial en la frente del joven. Comosu trastabilló para atrás mientras se tocaba la cabeza y miraba la sangre recorrer sus dedos. El brillo de furia desapareció de sus ojos y de su frente, sustituido por miedo y debilidad. Su padre lo cogió y se lo llevaba a rastras mientras el antiguo rey de Calamburia miraba a su alrededor desorientado y confuso.

Sancha vio partir al derrotado grupo, con una explosión de sentimientos en su interior. Se sentía más cansada que nunca por lo que iba a hacer, pero debía ser la doncella de hierro que todos veían en ella. Implacable. Feroz. Sólida como una roca. La estabilidad de Calamburia dependía de ella y no podía darle la espalda a su sangre real.

Agarró todos sus sentimientos con un puño imaginario y los quebró en mil pedazos. Solo quedaba la fría determinación con la que se levantó aquella mañana.

Entró en la habitación, abriéndola sin problemas. Se acercó a la cuna y cogió al niño, que dormía plácidamente con un hechizo. Con él en brazos, bajo la mirada atenta de Aurobinda y sus Impromagos, ordenó mientras subía por las escaleras que llevaba a la torre más alta:

– No me sigáis. Hay cosas que una reina debe de hacer sola.

La Alta Curia

Las crónicas de Calamburia nos cuentan cómo el Rey Comosu fue entrenado en secreto por dos capellanes (Mitt Clementis e Irving van der List) que le enseñaron a ser rey para, más tarde, motivar una de las guerras por el trono que ha vivido el continente.

Finalmente Comosu derrocó a la reina y se alzó con el poder. Fue entonces que los capellanes fueron perseguidos, detenidos y encarcelados… sin embargo, la fe en el Titán que profesaba cada calamburiano no menguó.

Estaba claro que volvía a ser necesaria una figura representativa del Titán. Alguien que guiara al pueblo y le consolara en los momentos difíciles. Sin embargo, esta vez la reina Sancha III no deseaba caer en el error de dar libertad a los capellanes. Ya habían tenido demasiada, y era necesario establecer cierto control sobre su estamento.

Así pues, Sancha III no tardó en instaurar un sistema jerárquico para controlar un estamento que hasta ahora funcionaba de manera independiente, sin regular y únicamente guiado por la fe de sus componentes.

La Alta Curia fue diseñada para controlar la religión al Titán. Ahora ellos son los encargados de nombrar nuevos capellanes, controlar la fe en los fieles, combatir la herejía… y, por supuesto, obedecer los mandatos de la corona, pues en última instancia están supeditados a ella.

Para este nuevo cargo, Sancha III escogió a dos capellanes de confianza. Ella, llamada Juana, bautizó en el pasado a Urraca y Petequia. Él, Inocencio, fue antaño su propio confesor. Las dos figuras eran perfectas para el nuevo cargo que iba a crearse.

En la actualidad, la Alta Curia aparenta ser fiel al Titán, pero en secreto sigue las órdenes de la Corona, confabula con ella, y se dedica a preservar el trono de Sancha III.

En los últimos años algo ha debido pasar con Juana, porque ha sido destinada como misionera a las marismas para predicar la fe del Titán y la devoción a la Corona a las mismísimas amazonas. Decir que esta tarea es peligrosa es quedarse corto, de modo que hay quien murmura que Sancha ha podido detectar que Juana no estaba dedicándole toda la fidelidad que exigía, y la ha mandado a una muerte segura.

Su lugar lo ocupa ahora a la hija menor de la familia Colby, Katrina. De muchos es sabido que los Colby no tienen mucho dinero, y no han podido darle dote a su hija, ni casarla con ningún varón  pues ,sospechosamente, los ha rechazado a todos.

Katrina ha pasado a ser la acólita de Inocencio I, pero está muy lejos de perseguir la fe al Titán o las confabulaciones que éste hace para preservar a las actuales reinas en el trono. Esta vida impuesta está muy alejada de sus sueños, que no son otros que convertirse en marinera, vivir aventuras y viajar a la isla Kalzaria para conocer, muy de cerca, a la reina Mairim Lancaster. Por eso, en secreto, se ha enrolado en el barco del capitán Walter Kennedy.

Por el momento, Inocencio no sospecha nada de esta doble vida, Katrina ha sabido muy bien representar su papel de devota acólita… pero tal vez sea cuestión de tiempo que se entere, y cuando lo haga, quizás haya otro horrible lugar al que destinar a la muchacha como misionera.


LA ALTA CURIA

Presentación

Son los representantes de la religión en Calamburia. Ellos dirigen la iglesia al Titán, ordenan nuevos sacerdotes y se preocupan de preservar la fe de los ciudadanos. Lo que pocos saben es que en realidad han sido colocados por la corona, y que bajo su fachada de aparente bondad, se ocultan oscuros y maquiavélicos intereses. ¡Un devoto saludo para la Alta Curia!


La pareja

Inocencio I 

El Supremo Benevolente es su título. Él es la cabeza de la iglesia. Legiones de fieles se arrodillan a su paso y piden su bendición. E incluso hay quien le ha atribuido diferentes milagros. No obstante,l guarda una aspiración secreta: gobernar un día Toda Calamburia.

Él Es Inocencio I.

 

 

Katrina 

Una acólita procedente de familia noble. Acata las órdenes de la curia cuando alguien vigila… pero hay quien dice que se fuga del monasterio cuando puede para hacerse a la mar como grumete.

¡Ella es Katrina, la entregada a la fe!

!

114 – EL OCASO DE ÁMBAR (I)

El Palacio de Ámbar ya no relucía ante la mirada generosa del titán. Sus altos torreones se veían destruidos o manchados por las conflagraciones de los constantes proyectiles que se estrellaban contra las murallas.

El ejército de las Reinas Regentes había establecido un cerco de contención alrededor de su antigua residencia, amenazando a sus generales para que lograsen penetrar sus defensas si no querían acabar ahorcados y lanzados contra las murallas con catapultas. El ejército y la Guardia de la Reina redoblaba sus esfuerzos, avergonzados por haber sido atrapados por sorpresa y con trucos arteros.

Pero había que reconocer el destello de ingenio demente que impregnaba el plan de los piratas. Fingiendo debilidad y replegándose de los ojos y espías de la Reina Sancha, rodearon la temible armada naval de la Reina Urraca, demostrando su poderío marítimo. Circunvalaron durante semanas las costas de Calamburia. Atracando en unas solitarias y despobladas playas del norte, cruzaron las montañas, guiados por Salvajes convertidos en corsarios, hasta llegar al nacedero de caudalosos ríos.

Los piratas, además de saqueadores y asesinos, también eran hábiles carpinteros. Un verdadero corsario sabía cómo construir cualquier tipo de navío ya que el suyo solía acabar en el fondo del mar con relativa frecuencia. Y así, viajando de noche, amparados por la oscuridad, se dejaron llevar por el Río de Ámbar hasta el puerto de recreo que se encontraba en uno de los laterales del gigantesco palacio. No había ningún tipo de guardia ni ninguna consigna de seguridad. Al fin y al cabo, las montañas estaban casi despobladas y los Salvajes eran demasiado cobardes para atacar al corazón del Reino. ¿Quién habría podido imaginar que existiese alguien lo bastante loco para llevar aquel plan acabo?

Mairim terminó por subir una empinada loma y usó su mano como visera para poder atisbar la batalla a gran escala que se estaba librando a sus pies. Vio como el ejército real se arremolinaba enfrente del gigantesco portalón del palacio, escoltando un enorme ariete portado por cansados Hortelanos. Cada vez que caía uno, diez más lo sustituían. Los efectivos de los Von Vondra parecían casi infinitos y reemplazables.

Los rítmicos golpes en la puerta pusieron de buen humor a Mairim. En las batallas siempre se sentía viva porque tenía a mucha gente con quién jugar. Riendo y sujetándose el sombrero, empezó a correr cuesta abajo. Fue aumentando poco a poco su velocidad hasta que la marca del Titán empezó a brillar con fuerza. Arremetió contra los soldados como un caballo desbocado, lanzándolos varios metros por los aires. Acumuló un poco de impulso y saltó sobre los cuerpos amontonados al pie de la muralla, de cabeza en cabeza hasta coger asidero en una de las escaleras. Volvió a tensar sus músculos y dio un poderoso salto que la hizo sobrevolar la muralla, ante la mirada de los atónitos soldados que seguían trepando por las escaleras de asedio y los vítores de los piratas que defendían las almenas. Al ver a su líder surcar los cielos como un albatros, redoblaron sus esfuerzos y empezaron a repelar a los soldados de la reina que habían logrado llegar a las murallas.

Aterrizó en medio de la Plaza Real, una gran explanada donde antiguamente se habían celebrado grandes y ceremoniales desfiles. Ahora se hallaba repleta de mercenarios armados hasta los dientes, liderados por un Ranulf que chocaba sus hachas entre sí, motivando a su batallón a hacer lo mismo. Mairim los atravesó a toda velocidad, haciendo caso omiso a sus gritos y a sus espaldas, un crujido monumental hizo que las puertas de la plaza se saliesen de sus goznes. Como una marea, la Guardia de la Reina irrumpió en la plaza con su escuadrón acorazado y se lanzó contra los mercenarios. Ranulf respondió al desafío y cargó el primero, partiendo armaduras como si fuesen de papel.

Mairim siguió corriendo por los jardines del palacio, donde otras pequeñas trifulcas se iban creando aquí y allá. Los mineros habían cavado túneles por debajo de las murallas de los que solo podían salir Nómadas de uno en uno. Armados con protecciones de cuero, ligeros y flexibles eran los únicos que podían deslizarse por esos agujeros. Los pocos salvajes que seguían a Dorna intentaban contenerlos, en una terrible batalla entre antiguos hermanos.

Enfiló la Gran Vía Real, un camino que llevaba al palacete central del Palacio de Ámbar. Era tan ancho que podían transitar cuatro carretas por él sin chocarse, pero estaba lleno de piratas, salvajes y zíngaros luchando por su vida. Portales teletransportadores se abrían de manera aleatoria en el aire e iban soltando soldados de manera rítmica y constante. Los zíngaros lograban cerrarlos con éxito, pero más y más portales se abrían por doquier. Mairim vio a Dorna y a Corugan luchando espalda contra espalda contra unos soldados acorazados enormes y les saludó con entusiasmo con la mano, mientras seguía corriendo.

La gran torre del palacio de Ámbar se alzaba ante ella. Calculando distraídamente, saltó contra una columna, usó la inercia para saltar contra otra y se propulsó hacia la vidriera de la Sala de Audiencias. Con un grito triunfal, entró en la sala esparciendo una lluvia de vidrio de colores y aterrizando torpemente en el suelo entre risas.

– ¡Ay que divertido! ¡Debería hacer esto más a menudo! – dijo mientras trataba de no ahogarse de la risa.

– ¡Mairim! ¡Por las pelotas del Titán, casi me matas del susto! – dijo Efrain, al borde del ataque de nervios, pero en el fondo, nada sorprendido por la entrada triunfal de su aleatoria sobrina.

– Hermana, tienes un don especial para hacer mucho ruido – comentó con desagrado Morgana, mientras leía un pergamino desenrollado.

– ¡Deberíamos estar peleando todo el rato! ¡Me encanta cuando todos se lo pasan bien! – dijo sacudiéndose la ropa.

– No es momento de diversión, niña. Estamos perdiendo – afirmó Efraín mientras observaba el campo de batalla con un catalejo.

– ¡Pues nos escapamos y volvemos a intentarlo! – contestó despreocupadamente Mairim, haciendo muecas en un espejo de la sala.

– ¡Ya no podemos seguir con esto, Mairim! – gritó Efrain, parándola en seco. Su tito nunca le había gritado tan duramente -. Tratamos de conquistar este palacio una vez. Y perdimos. Tuvimos una gran batalla naval, y empatamos, pero para los piratas bien puede ser perder. Nos lo hemos jugado todo de nuevo a una sola carta y no somos capaces de parar a la corona. Si seguimos así, nuestros seguidores se amotinarán y nos pasarán por la quilla. Es lo que hacen los piratas cuando las cosas no van bien: matar al capitán y poner a otro.

– ¡No! ¡Tenemos que seguir peleando! – dijo Mairim en otra de sus legendarias pataletas.

– ¡Tú sola no puedes ganar esta guerra, Mairim! ¡Tenemos que retirarnos ahora que podemos! – rugió Efraín.

– ¡Mi mami quería este trono! ¡Le hicieron mucho daño! – replicó tozudamente Mairim – ¡Lo hago por ella!

– Tu madre nunca te quiso, Mairim – susurró Efraín, sintiéndose más viejo que nunca -. Solo has sido un instrumento más de su venganza. Al principio lo permití porque tenía una leve esperanza de que no fuese así, y luego no tuve el valor de decirte la verdad.

Mairim cambió su rostro inmediatamente. Con sus enormes ojos abiertos como platos, intentó balbucear mientras sus labios empezaban a temblar sin control.

– Mi… ¿mami no me quiere? – dijo Mairim con ojos llorosos, mirando el muñeco de palos que llevaba en su cinto.

Efraín se arrepintió al momento. Aunque pareciese una adulta, era todavía tan joven. Con pasos torpes, se acercó a la persona a la que había aprendido a querer.

– No es culpa tuya, pequeña – dijo Efrain, abrazándola con fuerza -. El Trono de Ámbar corrompe a todo el que lo toca. Es el poder, Mairim. El poder les vuelve locos, ahora me doy cuenta. Pero aún tenemos una salida.

Mairim no contestó. Grandes lagrimones caían de sus ojos y se llevaban la suciedad y el polvo de su cara.

– La Reina piensa que tenemos todavía muchos trucos en la manga y no quiere arriesgarse a prolongar la guerra – dijo Morgana, estudiando el pergamino en sus manos -. Propone una tregua, un acuerdo: olvidad el Trono de Ámbar, volved a vuestras islas y os permitirá crear una Nación Pirata, un Reino vecino e independiente de Calamburia.

– ¿Has oído eso Mairim? Podrás tener tu propio trono. Podrás hacer lo que tu quieras, reinar o vivir aventuras. Serás libre de los sueños y las venganzas de la gente mezquina – dijo con una voz llena de ternura Efrain -. Yo me encargaré de eso.

La joven levantó sus ojos enrojecidos y su nariz moqueante, sellando el destino del viejo pirata para siempre. Jamás le fallaría a esos ojos. La protegería para siempre, aunque le costase la vida.

– ¿Podrá ser un trono con calaveras? ¿Y espadas? ¿Y dragones? – preguntó con voz débil, esperanzada.

– Claro que sí, pequeña. Podrá ser todo lo que tú quieras – dijo Efrain secándose los ojos.

– Ahem. Espero que la Nación Pirata no se olvidé de la deuda que tiene contraída con mi compañía de mercenarios. No quisiera tener otro Reino más debiéndome dinero – interrumpió Morgana, incómoda y un poco celosa de una escena tan llena de ternura.

Mairim asintió con una risita y se secó los ojos y la nariz con las mangas mientras se acercaba a la cristalera. Algo pasó a toda velocidad frente a la ventana, continuando su caída al vacío. No le dio importancia.

– Tito, ¡que suene la retirada! Firma lo que sea y vámonos de aquí. ¡Tengo un reino super chuli que montar! – dijo la joven con un brillo en los ojos. Pero bajo ese brillo, un mar de tristeza se escondía en aguas profundas. Quizás nunca desapareciese.

Y así es como por primera vez desde que el Titán cayó de los cielos, surgió un nuevo Reino de Calamburia. Pero no sería la única cosa que cambiaría para siempre ese día.