114 – EL OCASO DE ÁMBAR (I)

El Palacio de Ámbar ya no relucía ante la mirada generosa del titán. Sus altos torreones se veían destruidos o manchados por las conflagraciones de los constantes proyectiles que se estrellaban contra las murallas.

El ejército de las Reinas Regentes había establecido un cerco de contención alrededor de su antigua residencia, amenazando a sus generales para que lograsen penetrar sus defensas si no querían acabar ahorcados y lanzados contra las murallas con catapultas. El ejército y la Guardia de la Reina redoblaba sus esfuerzos, avergonzados por haber sido atrapados por sorpresa y con trucos arteros.

Pero había que reconocer el destello de ingenio demente que impregnaba el plan de los piratas. Fingiendo debilidad y replegándose de los ojos y espías de la Reina Sancha, rodearon la temible armada naval de la Reina Urraca, demostrando su poderío marítimo. Circunvalaron durante semanas las costas de Calamburia. Atracando en unas solitarias y despobladas playas del norte, cruzaron las montañas, guiados por Salvajes convertidos en corsarios, hasta llegar al nacedero de caudalosos ríos.

Los piratas, además de saqueadores y asesinos, también eran hábiles carpinteros. Un verdadero corsario sabía cómo construir cualquier tipo de navío ya que el suyo solía acabar en el fondo del mar con relativa frecuencia. Y así, viajando de noche, amparados por la oscuridad, se dejaron llevar por el Río de Ámbar hasta el puerto de recreo que se encontraba en uno de los laterales del gigantesco palacio. No había ningún tipo de guardia ni ninguna consigna de seguridad. Al fin y al cabo, las montañas estaban casi despobladas y los Salvajes eran demasiado cobardes para atacar al corazón del Reino. ¿Quién habría podido imaginar que existiese alguien lo bastante loco para llevar aquel plan acabo?

Mairim terminó por subir una empinada loma y usó su mano como visera para poder atisbar la batalla a gran escala que se estaba librando a sus pies. Vio como el ejército real se arremolinaba enfrente del gigantesco portalón del palacio, escoltando un enorme ariete portado por cansados Hortelanos. Cada vez que caía uno, diez más lo sustituían. Los efectivos de los Von Vondra parecían casi infinitos y reemplazables.

Los rítmicos golpes en la puerta pusieron de buen humor a Mairim. En las batallas siempre se sentía viva porque tenía a mucha gente con quién jugar. Riendo y sujetándose el sombrero, empezó a correr cuesta abajo. Fue aumentando poco a poco su velocidad hasta que la marca del Titán empezó a brillar con fuerza. Arremetió contra los soldados como un caballo desbocado, lanzándolos varios metros por los aires. Acumuló un poco de impulso y saltó sobre los cuerpos amontonados al pie de la muralla, de cabeza en cabeza hasta coger asidero en una de las escaleras. Volvió a tensar sus músculos y dio un poderoso salto que la hizo sobrevolar la muralla, ante la mirada de los atónitos soldados que seguían trepando por las escaleras de asedio y los vítores de los piratas que defendían las almenas. Al ver a su líder surcar los cielos como un albatros, redoblaron sus esfuerzos y empezaron a repelar a los soldados de la reina que habían logrado llegar a las murallas.

Aterrizó en medio de la Plaza Real, una gran explanada donde antiguamente se habían celebrado grandes y ceremoniales desfiles. Ahora se hallaba repleta de mercenarios armados hasta los dientes, liderados por un Ranulf que chocaba sus hachas entre sí, motivando a su batallón a hacer lo mismo. Mairim los atravesó a toda velocidad, haciendo caso omiso a sus gritos y a sus espaldas, un crujido monumental hizo que las puertas de la plaza se saliesen de sus goznes. Como una marea, la Guardia de la Reina irrumpió en la plaza con su escuadrón acorazado y se lanzó contra los mercenarios. Ranulf respondió al desafío y cargó el primero, partiendo armaduras como si fuesen de papel.

Mairim siguió corriendo por los jardines del palacio, donde otras pequeñas trifulcas se iban creando aquí y allá. Los mineros habían cavado túneles por debajo de las murallas de los que solo podían salir Nómadas de uno en uno. Armados con protecciones de cuero, ligeros y flexibles eran los únicos que podían deslizarse por esos agujeros. Los pocos salvajes que seguían a Dorna intentaban contenerlos, en una terrible batalla entre antiguos hermanos.

Enfiló la Gran Vía Real, un camino que llevaba al palacete central del Palacio de Ámbar. Era tan ancho que podían transitar cuatro carretas por él sin chocarse, pero estaba lleno de piratas, salvajes y zíngaros luchando por su vida. Portales teletransportadores se abrían de manera aleatoria en el aire e iban soltando soldados de manera rítmica y constante. Los zíngaros lograban cerrarlos con éxito, pero más y más portales se abrían por doquier. Mairim vio a Dorna y a Corugan luchando espalda contra espalda contra unos soldados acorazados enormes y les saludó con entusiasmo con la mano, mientras seguía corriendo.

La gran torre del palacio de Ámbar se alzaba ante ella. Calculando distraídamente, saltó contra una columna, usó la inercia para saltar contra otra y se propulsó hacia la vidriera de la Sala de Audiencias. Con un grito triunfal, entró en la sala esparciendo una lluvia de vidrio de colores y aterrizando torpemente en el suelo entre risas.

– ¡Ay que divertido! ¡Debería hacer esto más a menudo! – dijo mientras trataba de no ahogarse de la risa.

– ¡Mairim! ¡Por las pelotas del Titán, casi me matas del susto! – dijo Efrain, al borde del ataque de nervios, pero en el fondo, nada sorprendido por la entrada triunfal de su aleatoria sobrina.

– Hermana, tienes un don especial para hacer mucho ruido – comentó con desagrado Morgana, mientras leía un pergamino desenrollado.

– ¡Deberíamos estar peleando todo el rato! ¡Me encanta cuando todos se lo pasan bien! – dijo sacudiéndose la ropa.

– No es momento de diversión, niña. Estamos perdiendo – afirmó Efraín mientras observaba el campo de batalla con un catalejo.

– ¡Pues nos escapamos y volvemos a intentarlo! – contestó despreocupadamente Mairim, haciendo muecas en un espejo de la sala.

– ¡Ya no podemos seguir con esto, Mairim! – gritó Efrain, parándola en seco. Su tito nunca le había gritado tan duramente -. Tratamos de conquistar este palacio una vez. Y perdimos. Tuvimos una gran batalla naval, y empatamos, pero para los piratas bien puede ser perder. Nos lo hemos jugado todo de nuevo a una sola carta y no somos capaces de parar a la corona. Si seguimos así, nuestros seguidores se amotinarán y nos pasarán por la quilla. Es lo que hacen los piratas cuando las cosas no van bien: matar al capitán y poner a otro.

– ¡No! ¡Tenemos que seguir peleando! – dijo Mairim en otra de sus legendarias pataletas.

– ¡Tú sola no puedes ganar esta guerra, Mairim! ¡Tenemos que retirarnos ahora que podemos! – rugió Efraín.

– ¡Mi mami quería este trono! ¡Le hicieron mucho daño! – replicó tozudamente Mairim – ¡Lo hago por ella!

– Tu madre nunca te quiso, Mairim – susurró Efraín, sintiéndose más viejo que nunca -. Solo has sido un instrumento más de su venganza. Al principio lo permití porque tenía una leve esperanza de que no fuese así, y luego no tuve el valor de decirte la verdad.

Mairim cambió su rostro inmediatamente. Con sus enormes ojos abiertos como platos, intentó balbucear mientras sus labios empezaban a temblar sin control.

– Mi… ¿mami no me quiere? – dijo Mairim con ojos llorosos, mirando el muñeco de palos que llevaba en su cinto.

Efraín se arrepintió al momento. Aunque pareciese una adulta, era todavía tan joven. Con pasos torpes, se acercó a la persona a la que había aprendido a querer.

– No es culpa tuya, pequeña – dijo Efrain, abrazándola con fuerza -. El Trono de Ámbar corrompe a todo el que lo toca. Es el poder, Mairim. El poder les vuelve locos, ahora me doy cuenta. Pero aún tenemos una salida.

Mairim no contestó. Grandes lagrimones caían de sus ojos y se llevaban la suciedad y el polvo de su cara.

– La Reina piensa que tenemos todavía muchos trucos en la manga y no quiere arriesgarse a prolongar la guerra – dijo Morgana, estudiando el pergamino en sus manos -. Propone una tregua, un acuerdo: olvidad el Trono de Ámbar, volved a vuestras islas y os permitirá crear una Nación Pirata, un Reino vecino e independiente de Calamburia.

– ¿Has oído eso Mairim? Podrás tener tu propio trono. Podrás hacer lo que tu quieras, reinar o vivir aventuras. Serás libre de los sueños y las venganzas de la gente mezquina – dijo con una voz llena de ternura Efrain -. Yo me encargaré de eso.

La joven levantó sus ojos enrojecidos y su nariz moqueante, sellando el destino del viejo pirata para siempre. Jamás le fallaría a esos ojos. La protegería para siempre, aunque le costase la vida.

– ¿Podrá ser un trono con calaveras? ¿Y espadas? ¿Y dragones? – preguntó con voz débil, esperanzada.

– Claro que sí, pequeña. Podrá ser todo lo que tú quieras – dijo Efrain secándose los ojos.

– Ahem. Espero que la Nación Pirata no se olvidé de la deuda que tiene contraída con mi compañía de mercenarios. No quisiera tener otro Reino más debiéndome dinero – interrumpió Morgana, incómoda y un poco celosa de una escena tan llena de ternura.

Mairim asintió con una risita y se secó los ojos y la nariz con las mangas mientras se acercaba a la cristalera. Algo pasó a toda velocidad frente a la ventana, continuando su caída al vacío. No le dio importancia.

– Tito, ¡que suene la retirada! Firma lo que sea y vámonos de aquí. ¡Tengo un reino super chuli que montar! – dijo la joven con un brillo en los ojos. Pero bajo ese brillo, un mar de tristeza se escondía en aguas profundas. Quizás nunca desapareciese.

Y así es como por primera vez desde que el Titán cayó de los cielos, surgió un nuevo Reino de Calamburia. Pero no sería la única cosa que cambiaría para siempre ese día.

 


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