115 – EL OCASO DE ÁMBAR (II)

– ¿No creéis que es una medida demasiado radical? – dijo meditabunda la Reina Sancha III -. Probablemente haya una forma más sencilla de hacer esto.

– Mi señora. La paz corre peligro. Y contamos cada vez con menos apoyos. Vuestra decisión de pactar con los piratas fue sabia, pero hay que hacer una demostración de fuerza – dijo Érebos inclinando la cabeza con respeto.

– Mis pajarillos me han informado que los susurros recorren la corte. Los nobles apoyan la paz y la estabilidad, pero me temo que los Von Vondra ya están maquinando para aprovechar la paz y asestar un golpe rastrero – apuntilló Barastyr, consultando sus notas y pergaminos.

– Quizás aprovechen el pacto con los piratas y lo usen en vuestra contra. Necesitamos mostrarles que la corona sigue siendo firme – recomendó Érebos.

La Reina contempló absorta el costado de la tienda de campaña Real, con el ruido sordo del combate de fondo. Un crujido monumental y unos vítores indicaba que la puerta principal había caído. Tamborileó los dedos sobre su rodilla, meditando una decisión.

– Antes de la visita a la Torre Arcana, cuando os mandé a pedir ayuda a los Impromagos y a Aurobinda, no teníais ese pensamiento – preguntó entrecerrando los ojos -. ¿Ha ocurrido algo ahí que os ha hecho cambiar de opinión?

– Mi Reina, la guerra cambia y las situaciones siempre son mutables. Hay que saber adaptarse. Nuestra postura era moderada durante las Justas, pero ahora estamos sitiando el corazón de nuestro propio reino. ¡Debemos imponer el orden! – exclamó Bárastyr.

– Querrás decir… mi reino – aclaró la Reina inclinándose con una mirada peligrosa hacia sus consejeros.

Ambos empezaron a retroceder deshaciéndose en reverencias y excusas varias.

– Mi reina, jamás me atrevería…

– Nos habéis malinterpretado mi reina, solo son consejos…

– Usted es la que decide y dictamina, por supuesto…

– Lo que decida, bien estará, mi reina…

– ¡Basta! No hagáis más el ridículo. No os pago para eso. Ya he tomado mi decisión. Llamad a Aurobinda, quiero que me escolte un escuadrón de Impromagos – exigió saliendo con paso enérgico de la tienda.

Situada en lo alto de una loma, tenía una posición privilegiada para ver el campo de batalla. El ejército se estaba introduciendo por las murallas como el agua por un castillo de arena: imparable y mortal. Probablemente los piratas estuviesen considerando su elegante proposición en estos mismos instantes y se rindiesen pronto. Odiaba perder el tiempo.

– Cread un portal directamente en el palacio. Usadme, yo sé a dónde ir.

Ofreciendo graciosamente su mano, se la tendió a Aurobinda. Con una media sonrisa, tomó la mano de su reina y empezó a mover la varita en el aire. La Reina se concentró y visualizó el lugar al que quería ir. El portal tomó forma y un escuadrón de magos se apresuró a entrar por él, provocando gritos y confusión al otro lado. Cuando el ruido del combate amainó, la Reina dio una orden y entró con sus escoltas.

La habitación estaba repleta de cuerpos de zíngaros y algún Impromago derribado por el suelo. El ataque les había pillado por sorpresa y no pudieron ofrecer una gran resistencia, tal y como había pensado Sancha. Pero lo que no había calculado es a quién se encontraría ahí.

– Vaya, que reunión familiar tan inesperada. Me temo que llegáis en mal momento, no os puedo ofrecer ni té ni pastas – dijo con sorna Sancha.

En una esquina de la habitación, el antiguo Rey Rodrigo el Perturbado, trataba de proteger una figura acurrucada en una esquina. A su lado, Petequia, con una capa que le tapaba parcialmente la cara, amenazaba a todo el que osase acercarse con su látigo.

– Madre. Nunca es un placer verte – escupió con desagrado.

– Es mutuo, querida. ¿Qué te ha traído lejos de tu agujero en el que te ocultabas?

– Ya no me interesan las guerras, las rencillas por el trono. Sólo quiero que mi hijo sea feliz, después de todo el dolor que le he causado – dijo Petequia, con su fortaleza quebrantándose por momentos.

– ¿Te refieres a esa figura que se agazapa tras de ti de manera patética? Míralo. El temible Rey Comosu.

La figura encapuchada se irguió entre temblores y descubrió su rostro. Su mirada huidiza miraba a todos lados y a ninguno. Su mente no parecía estar en este lugar.

– Sí. Yo le obligué a ser el instrumento de mi venganza. Lo utilicé. Y no ha sido el único niño que he utilizado – masculló con pesadumbre -. Pero quiero enmendar mis pecados y los suyos. Quiero recuperar a su hijo y proporcionarle un lugar tranquilo y seguro donde pueda criarlo.

– Nadie puede acceder a la habitación de la criatura. Está protegida por potentes hechizos – dijo muy ufana Aurobinda -. Solo la Reina Sancha puede abrir esas puertas.

– No os voy a dar al bebé – explicó con tranquilidad la Reina Sancha -. Petequia, por mucho que lo intentes, tu pasado ya está manchado y lejos de cualquier redención. Han muerto demasiados por tu culpa. Salvar a un niño no te ayudará. Yo he recorrido el mismo camino que tú, pero tengo la decencia de saber llevarlo. Esa siempre ha sido la diferencia entre tu hermana y tú.

– ¿Por qué, madre? – dijo Petequia mientras lágrimas silenciosas caían de su único ojo -. ¿Por qué preferiste a mi hermana? ¿Por qué le brindaste apoyo a ella?

– Es por una razón sencilla, hija. A tu hermana le mueve el poder. La ambición. El valerse por si misma. Todos tus errores los has cometido por otros: por amor.

– ¿Cómo?

– Tu padre fue un auténtico monstro. El gran Rey Rodrigo IV, además de ser cruel y mezquino, era un inepto gobernando. Pero no supe verlo a tiempo porque estaba irremediablemente enamorado de él. Logró sacarme de mi embriagado estado a base de golpes, vejaciones, e insultos. Rezaba cada noche al Titán para que me diese el poder de viajar en el tiempo, para enmendar mis pecados y decisiones. Pero los dones del Titán no siempre toman la forma que a nosotros nos gustaría. El poder que me otorgó fue el de la claridad. Una mañana, me levanté viendo el mundo como jamás lo había visto: como un rompecabezas, listo para resolver colocando una última pieza.

La cámara se mantenía en silencio, únicamente roto por los suaves gemidos de miedo de Comosu o el ruido lastimero de los moribundos.

– A partir de ese día, empecé a aplicarle pequeñas dosis de veneno. Aprovechaba las noches en las que venía borracho a forzarme, siempre acababa exhausto y se dormía entre horribles ronquidos. Cuando por fin murió, soborné a algunos Sanadores que me eran fieles para que dictaminasen que era una muerte natural, fruto de su vida de excesos. Jamás os volvió a poner una mano encima, ¿o acaso habías olvidado las borracheras de tu padre, tu rey? Logré enmendar a tiempo lo que había contaminado con el amor.

Petequia miraba a su madre, hipnotizada. Rodrigo la abrazó con un gesto de pesar.

– Por eso aconsejé a Urraca que acudiese a los Zíngaros. Vi que su determinación era fuerte, inquebrantable, ajena de las terribles consecuencias del amor. Pero tu siempre fuiste su favorita: caíste prendidamente enamorada de este idiota. No podía consentir que siguieses mí mismo camino – la voz de la Reina tembló un poco -. No fue fácil para mí. Ver como mutilan y destierran a tu hija no es agradable para ninguna madre. Pero por el bien de la estabilidad, había que hacer lo correcto. Me retiré de la corte al ver que mi trabajo había concluido y que tu hermana tomaría el relevo con pericia. Como ves, no eres la única que lo has sacrificado todo, pero nuestra esencia bebe de fuentes distintas. Y eso, hija mía, es lo que marca la diferencia.

Petequia hundió la cabeza entre sus hombros, totalmente derrotada. Años de intrigas, violencia, manipulación…para nada.

– Sancha. Por favor. Danos a mi nieto y nos iremos sin causar problemas. Ya no lo necesitas – dijo Rodrigo, con un tono de súplica.

– De nada sirve entregároslo. Su madre, Dorna, está fuera de sí, y no se detendrá ante nada para recuperarlo. Si os lo doy, os perseguirá hasta el fin de los días y no conoceréis el descanso – dijo Sancha -. Marchaos. Este niño jamás fue de Comosu. No creo que ni sea consciente de que tiene descendencia. Huid lejos de aquí y no volváis a aparecer jamás.

El trio recibió esta última amenaza como si de un golpe físico se tratase. Con la voluntad totalmente quebrantada, Petequia se dio la vuelta y se fue por el pasillo arrastrando los pies. Rodrigo cogió por el hombro a Comosu, pero este se resistió mirando hacia la puerta cerrada. Pareció volver a recuperar la consciencia y sus ojos se iluminaron con furia mientras su frente brillaba de manera incandescente. Dando un paso hacia los Impromagos, alzó una de sus manos, pero fue interrumpido con un rápido gesto de la varita de Aurobinda, que formó un corte superficial en la frente del joven. Comosu trastabilló para atrás mientras se tocaba la cabeza y miraba la sangre recorrer sus dedos. El brillo de furia desapareció de sus ojos y de su frente, sustituido por miedo y debilidad. Su padre lo cogió y se lo llevaba a rastras mientras el antiguo rey de Calamburia miraba a su alrededor desorientado y confuso.

Sancha vio partir al derrotado grupo, con una explosión de sentimientos en su interior. Se sentía más cansada que nunca por lo que iba a hacer, pero debía ser la doncella de hierro que todos veían en ella. Implacable. Feroz. Sólida como una roca. La estabilidad de Calamburia dependía de ella y no podía darle la espalda a su sangre real.

Agarró todos sus sentimientos con un puño imaginario y los quebró en mil pedazos. Solo quedaba la fría determinación con la que se levantó aquella mañana.

Entró en la habitación, abriéndola sin problemas. Se acercó a la cuna y cogió al niño, que dormía plácidamente con un hechizo. Con él en brazos, bajo la mirada atenta de Aurobinda y sus Impromagos, ordenó mientras subía por las escaleras que llevaba a la torre más alta:

– No me sigáis. Hay cosas que una reina debe de hacer sola.


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