146 – LARGA VIDA AL REY

En otros reinos, el alma es una buena excusa para que sabios y eruditos entren en largos debates filosóficos. Pero en Calamburia, las almas son muy reales y contienen las esencias de las personas. Las almas no están ni vivas ni muertas, simplemente existen o dejan de existir. Y cuando dejan de hacerlo, pasan a formar de ese incontrolable torrente de magia del cual se alimentan todas las criaturas de Calamburia, de diversas maneras. 

Si bien las almas suelen realizar un recorrido normal hacia el Inframundo (no todas las secciones de tan tenebroso lugar son horribles. Pero muchas sí), dicho recorrido se puede ver alterado de numerosas formas. Ya sea revirtiendo el proceso con la Piedra de la Resurrección (¿Dónde estará la piedra que dicen que fue el Ojo del Titán?) o capturándolas para absorber su esencia (Los espejos de las cortesanas no son únicamente para empolvarse la nariz), lo cierto es que hay muchas maneras de hacer trampas con el tema de las almas. E incluso… traficar con ellas.

Van Bakari se hallaba meditando en su pequeña choza ritual. La humedad del pantano penetraba a través de los tablones toscos de madera y las macabras decoraciones que pendían del techo llenaba de sombras dispares la habitación. Fetiches, velas y extraños totems abarrotaban la pequeña cabaña. En el centro de esta, un agujero enorme en los tablones se asomaba al pestilente pantano, devolviendo un reflejo de aguas negras de consistencia casi sólida. En el centro de este, flotaba un anillo con una calavera, rotando suavemente sobre sí mismo.

Aunque Van Bakari parecía estar simplemente sentado delante del anillo, estaba a mucha distancia de allí. A mundos de distancia, concretamente. El anillo, antiguo regalo de su maestro (en realidad se lo arrancó de sus temblorosas manos), era más que un simple abalorio: era un receptáculo para almas muy poderosas, uno que servía de cárcel y verdugo para los pobres desgraciados que habían sellado pactos y contratos injustos y que no cumplieron su parte. 

La decoración de la Prisión de Almas no había sido diseñada para la comodidad de sus huéspedes. De hecho, su único propósito era sumirlos en una locura que llevase a la docilidad, de ahí que las escaleras subiesen en ángulos imposibles, los pasillos fuesen laberintos y las esquinas diesen vueltas sobre sí mismas. Una auténtica pesadilla geométrica sin sentido, que permitía al sonido viajar de forma extraña.

Sus prisioneros ya estaban insensibilizados completamente. Las almas no necesitan de agua ni de comida, por lo que solo les quedaba una existencia de aburrimiento. Pero siempre había un sonido que los sacaba de su letargo: una melodía silbada de forma distraída, mientras Van Bakari recorría los pasillos, dando suaves golpes con los nudillos en las paredes.

Los prisioneros se activaron todos a una, lanzándose contra los barrotes de sus cárceles, gritando amenazas, súplicas, insultos y promesas. El Traficante de Almas sonreía abiertamente: para él, esa avalancha de voces desesperadas era como el dulce cantar de un coro angelical.

Sólo una celda merecía su atención y fue hacia ella directamente.

– ¡Hisoka Ronin! – saludó haciendo una burlona reverencia con su sombrero – Hijo del Dragón y de los hombres, Danzante entre las Sombras, Hechicero de Almas y Corazón Oscuro. ¿Podría dedicarme un poco de su tiempo?

La figura del fondo de la celda no respondió. Estaba reposando en una postura típica de los Hijos del Dragón, meditando.

– ¿No le concedería unos minutos de su eterno tiempo a este vil gusano? ¿No podría hacerme ese favor…Maestro? – preguntó con fingida inocencia el carcelero de aquella imposible prisión.

La figura abrió los ojos, que brillaban rojos en la oscuridad como los fuegos del infierno. El fulgor se fue apagando poco a poco, a medida que se levantaba y se acercaba a las rejas de la celda.

– Van Bakari. O cómo te hagas llamar ahora. ¿Qué desea mi prometedor pupilo? ¿Quieres más poder? ¿Más conocimiento? ¿Estás seguro que tu mente podrá abarcarlo? – el Hechicero de Almas miraba a través de las marcas de su cara, deformada por años de magia.

– Oh, no maestro. Con lo que sé ya me es suficiente. Además ya he hecho mis averiguaciones por mi parte. ¡Me temo que te has quedado desfasado! Verás, vengo por otra razón: la Oscuridad te llama.

Hisoka Ronin, el resultado prohibido entre la mezcla de un Hijo del Dragón y un humano, abrió los ojos con sorpresa y volvió a adoptar su enigmática pose. 

– ¿Entonces es cierto? ¿Habéis logrado despertarla?

– Bueno, realmente sólo soy un mecenas, el cuidadoso inversor que vigila todo desde lejos. Pero sí, otros más menesterosos que yo y con bastante sentido del riesgo han ido dando todos los pasos necesarios.

– Por supuesto. Jamás tomarías un papel protagonista – bufó su maestro con desprecio.

– Ya lo intenté una vez con los Elementos. Y la verdad es que prefiero olvidar ese episodio – replicó con fastidio, tamborileando con impaciencia los dedos sobre los barrotes.

– ¿Y qué desea de mí la Oscuridad? 

– Tu libertad – dijo bostezando Van Bakari. Agitó una mano en el aire con teatralidad y los barrotes desaparecieron -. No creo que sea una gran idea, pero yo solo obedezco a mis amos supremos, mientras espero la oportunidad adecuada. Espero que no me guardes rencor, Maestro. ¡Sólo hice lo que me enseñaste!

Van Bakari se plegó sobre sí mismo, rematando con una burlona reverencia. Mientras Hisoka se pensaba si castigar a su discípulo o no, el Traficante de Almas agarraba uno de sus fetiches con fuerza, listo para combatir. Pero con un suspiro, su maestro contestó:

– No puedo guardar rencor a quien logró superarme. Y si la propia Oscuridad llama, debo responder. Tengo la eternidad por delante para planear tu muerte.

Van Bakari se relajó y se incorporó con una sonrisa.

– ¡Perfecto! Podemos dialogar y ponerlo en común, yo también estoy planeando grandes cosas para mi muerte.

Se disponía a darse la vuelta y volver por donde había venido, cuando un brazo salió disparado de una celda vecina y se agarró con desesperación al brazo del traficante.

– ¡Van Bakari! ¡Espera! Puedo seros útil – dijo una voz con un susurro desesperado.

El aludido se giró despacio, maldiciendo entre dientes el haberse descuidado por unos segundos. Miró fijamente al rostro de Rodrigo IV, que se aplastaba contra los barrotes.

– Pero mi querido rey, que aspecto tan desagradable. ¿Qué tienes que podría serme útil en estas circunstancias?

– El pueblo necesita un rey. Aunque la Oscuridad reine, no podréis doblegar a todos con el miedo y el horror. Necesitáis un monarca reconocible por el pueblo, alguien que sepa reinar y seguir las directrices de la Oscuridad.

La voz de Rodrigo fue perdiendo el tono tembloroso y fue ganando en acero y realeza. Poco a poco su porte fue cambiando, sus hombros se cuadraron y su barbilla logró apuntar a lo alto, a pesar de estar entre rejas. Su brazo no cedía la presa.

– Me necesitáis a mi. Alguien que guíe a la gente en la Oscuridad. Alguien a quien conoce y quiere el pueblo. Todavía puedo ser útil. Todavía puedo pagar mi deuda.

Los ojos de Rodrigo ardían con ambición. Eran ojos que habían cometido atrocidades en nombre de un contrato. Y lo volverían a hacer.

Van Bakari meditó unos segundos mientras su mente hacía apresurados cálculos. Rodrigo IV tenía razón: la Reina Sancha tenía los días contados y la Reina de la Oscuridad, Dorna, no parecía interesada en los asuntos mundanos que suponen reinar y gobernar a los simples mortales. La figura de un regente, un rey en funciones, parecía atractiva. Especialmente uno que estuviese atado a él de manera irremediable. Al fin y al cabo, por eso tentó a Rodrigo en el pasado. Ay, qué ganas tenía de ver la cara de esa vieja arpía cuando viese volver a su marido de entre los muertos.

– Bueno, ¿Por qué no? ¡Me encanta improvisar estas cosas! Estoy cansado de los meticulosos planes que llevan gestándose desde milenios. Adelante, Rodrigo. Haz lo que creas necesario para conseguir el trono. Y tendrás el mejor de los consejeros: el único bastardo entre un Hijo del Dragón y una tierna campesina.

– ¿Quieres atar mi destino al de este triste mortal? – escupió Hisoka, sus ojos de nuevo como dos relucientes hornos.

– Recuerda querido Maestro que tu alma aún es mía. Y harás lo que me apetezca – dijo dándose la vuelta. Mientras caminaba, agitó la mano teatralmente y los barrotes de la celda de Rodrigo IV desaparecieron -. Seguidme. ¿O es que queréis quedaros un tiempo más en este dulce paraíso?

145 – LA PIEDRA MÁS ESPECIAL

La cabaña del alquimista más grande que Calamburia había conocido coronaba una pequeña ladera en un valle que rebosaba paz y tranquilidad. La pequeña casa tenía el tejado levemente torcido y algunas paredes se combaban, pero todo tenía un extraño toque hogareño. De la chimenea emergían volutas de humo a intervalos regulares y las ovejas de un campo cercano balaban de manera intermitente, lo cual, unido a la suave brisa, creaba una melodía bucólica y pacífica.

Cualquiera se habría extasiado ante tanta belleza y habría disfrutado de las vistas y el paisaje. Pero había claramente alguien que maldecía a la gran mayoría de los seres vivos de Calamburia.

Aurora, la mejor discípula de alquimia de todo el Reino, caminaba pisoteando el camino como si fuera el culpable de todos los males. Sus ojos echaban chispas y sus puños apretados trataban de canalizar toda su frustración acumulada.

Cuando Callum, la leyenda viva de la alquimia, vino a Skuchaín pidiendo excepcionalmente permiso para apadrinar él mismo a una discípula, no pudo contener su alegría. Fue como si se hubiese tomado una poción de fuerza vigorosa y no pudo dejar de parlotear todo el camino. ¡Qué grandes misterios descubrirán juntos! ¡Qué secretos le contaría! La legendaria piedra filosofal estaba al alcance de su mano, casi podía saborearlo.

Pero desde que habían llegado a ese valle perdido, alejado de toda civilización, su nuevo maestro se había vuelto callado y misterioso. Y solo le mandaba hacer las tareas más estúpidas: ordeñar a las ovejas, recoger la madera e ir a por agua al río cercano. ¡Tareas de sirvientes! Ella era una joven promesa, un diamante en bruto. ¡No iba a permitir tales tropelías! 

Pero su maestro fue implacable. Y durante semanas hizo las tareas más indignas hasta que un día se plantó ante su maestro y le exigió que comenzara su aprendizaje. Este le miró fijamente y tras unos minutos de absoluto silencio en el que Aurora le sostuvo la mirada con firmeza, dijo:

– Quiero que me traigas la piedra más especial de todas.

Desde entonces, y durante las semanas siguientes, Aurora había recorrido todos los alrededores, explorado las cuevas de las montañas y visitado mercados por toda Calamburia. Ágatas, cinabrio, cuarzo, pepitas de oro… nada satisfacía al maestro, quién simplemente giraba la cabeza.

Pero Aurora lucía una sonrisa triunfal al abrir la puerta de un portazo. Una piedra ambarina relucía en su mano, mientras la luz del atardecer dibujaba su silueta en el quicio de la puerta.

– ¡Maestro! Ya he entendido el propósito de la prueba. No era una piedra lo que tenía que buscar. Es por eso que he traído la piedra más especial de todas, una que parece oro pero no es tal cosa, una que tiene el saber de eones grabadas en su interior pero no es un mineral: ¡el ámbar!

El maestro se la quedó mirando fijamente, sin mostrar ninguna emoción. Aurora trató de contener su nerviosismo, ya que al menos no se había dado la vuelta como otras veces.

– No he dejado de pensar que esta prueba era para prepararme para la búsqueda de la Piedra Filosofal. Y el ámbar es un símil perfecto. Porque, en apariencia, parece una piedra pero por dentro es mucho más. A diferencia de los minerales y debido a su origen orgánico, tiene muchas propiedades curativas. Las matriarcas amazonas lucen abalorios compuestos de ámbar por todo su cuerpo y su longevidad está más que constatada. Es además el material del Trono de Calamburia, símbolo de liderazgo y estabilidad en el tiempo.

Aurora fue ganando en fuerza y en confianza mientras soltaba su discurso. Le había dado mil vueltas por el camino y era la solución perfecta al problema. Pero aún no había acabado.

– Y por si fuera poco, esta piedra tiene algo de particular: dentro, tiene abejas atrapadas en su resina, criaturas que vivieron hace miles de años. Esta piedra supuso su muerte, pero también contuvo la vida. La Piedra Filosofal controla la vida y la muerte, el equilibrio vital. Por eso, el ámbar es lo más parecido a esa mítica piedra. Y por eso es la más especial – sentenció triunfante.

El maestro siguió mirándola fijamente. Y por fin, habló:

– Tienes razón. El ámbar, o al menos cierto tipo muy concreto de ámbar, creado en unas circunstancias específicas, es un ingrediente para crear la Piedra Filosofal. Pero no es una piedra especial. Sigue buscando – mientras decía estas palabras, Callum se dio la vuelta y volvió a enfrascarse en uno de sus pesados volúmenes.

Aurora se quedó con la mirada desencajada, con los ojos humedecidos, haciendo lo imposible por no llorar de pura frustración. Semanas de búsqueda, media Calamburia removida de arriba a abajo, trayendo estúpidos minerales a cada cual más exótico… para nada.

La joven discípula salió hecha una furia y en lo alto de la colina, empezó a caminar en círculos, como solía hacer cuando estaba nerviosa. Pero esta vez nada calmaba sus nervios y gritando con desesperación, dio una patada a una piedra. Esta salió rodando colina abajo, arrastrando a otras consigo, creando una avalancha en miniatura que acabó en lo más bajo de la ladera, dejando una ligera nube de polvo. Aurora se quedó mirando la nube de polvo mientras las piezas del puzzle empezaban a encajar en su mente. 

Serenándose, agarrando sus ilusiones con un puño, entró de nuevo con calma en la choza. Su maestro le estaba esperando de pie, con un brillo curioso en la mirada.

– ¿Vienes con la piedra más especial de todas? – preguntó con voz grave y neutra.

– No hay ninguna piedra especial, maestro. Ahora lo entiendo. Todos los minerales se crean con el choque de fuerzas vastamente superiores a todo lo que existe y el resultado es puramente estadístico. Todas ellas son un milagro de la naturaleza y algo que los campesinos pueden confundir con magia. Pero lo cierto es que no hay nada de especial en ello, hay muchas reglas y normas que explican su creación. Por lo tanto, son todas especiales, pero a la vez, ninguna lo es. La Piedra Filosofal también sigue una serie de reglas – recitó con voz queda la alumna, mientras miraba al suelo.

– ¿Y tú eres especial? – preguntó el maestro.

– Lo soy. Pero todos los seres vivos somos el resultado de reglas y estadística. Destaco en alquimia, pero seguro que hay un porquero que también destaca cuidando cerdos. Todos tenemos algo especial. Y por eso ninguno lo somos.

El maestro se quedó mirando a su discípula fijamente. Finalmente asintió y se acercó a ella, poniendo ambas manos sobre sus hombros. Su rostro anormalmente joven para la edad que debería tener reflejaba tristeza y a la vez, un gran orgullo.

– Enhorabuena, Aurora. Has aprendido la primera lección sobre el conocimiento: tenerlo no te hace especial. Destacar sobre el resto no te hace mejor que ellos. Todos tenemos un propósito, hasta el mineral más insulso. La soberbia unida al conocimiento solo puede traernos la ruina. Bien lo sé yo.

Mientras miraba a los jóvenes ojos de su discípula, que lloraba en silencio con una sonrisa, Callum recordó los tiempos en los que fue presa de la soberbia. Recordó cuando su rostro no era tan joven pero sus ojos igual de viejos, o más. Recordó el miedo, recordó su orgullo, recordó su pecado. 

El alquimista más poderoso de toda Calamburia volvió a verse a sí mismo sosteniendo la Piedra Filosofal, la llave de la creación, un producto del hombre que podría desafiar a los dioses. Y teniendo todo ese poder en la mano, empuñando su soberbia y rodeado por el miedo, pidió la eterna juventud. Se creía especial, creía que su conocimiento marcaría la diferencia, pidió más tiempo. Y se le fue concedido.

Solo cuando se disiparon los efectos y vio la piedra consumirse y esparcirse por el cielo, fue consciente de su error. Las cosas que podría haber hecho, los milagros que podría haber alcanzado… ¡los dioses que podría haber despertado! Pero en vez de eso, pidió con miedo y con orgullo algo que le perseguiría cada vez que se mirase en el reflejo. En realidad, con todo su conocimiento, con todo su saber, Callum nunca pudo admitir que como cualquier porquero, tenía miedo a la muerte. Y es que la muerte nos recuerda que nadie es especial: todos la temen por igual.

Volvió a emerger de la profundidad de sus recuerdos. Apretando las manos en los hombros de Aurora, dijo.

– Pongámonos a trabajar, discípula. Tenemos mucho trabajo que hacer.

144 – EL SUEÑO DEL TITÁN. UN CANTO ANCESTRAL

Viajar en el tiempo tiene sus consecuencias. La mente de Teslo no estaba donde debía estar: cientos de futuros y pasados se entremezclaban de forma paralela en su mente, haciéndole dudar de cuáles había vivido realmente y cuáles eran dimensiones posibles basadas en decisiones que nunca tomó o que aún no había tomado.

Recordaba vagamente a los Guardianes del Tiempo, seres ajenos al propio Tiempo y a la vez sus protectores. Recordó haber presenciado la lucha de la Luz y la Oscuridad a través de milenios, y de la existencia de Paladines de cada una de las facciones. Se sentía infinitamente viejo, aunque por fuera seguía siendo joven.

Pero estos confusos sentimientos se despejaban rápidamente al detectar que uno de esos recuerdos era muy real: Van Bakari, destruyendo la lista que habían recopilado con los nombres de los Paladines de la Luz y la Oscuridad. El avieso traficante de almas esperó a que los hermanos Flemer saliesen de la máquina para inutilizarla y destruir la lista de nombres, no sin antes revelar dos: Dorna y Kaju Daban. Dorna era por desgracia bien conocida, pero… ¿Kaju Daban? ¿Quién demonios podía ser? Calamburia era tan grande, y había tan poco tiempo…

Los acontecimientos se habían precipitado. Los Impromagos contactaron con los Inventores al enterarse de su viaje por el tiempo. Al parecer habían reunido a estudiantes fieles al ideal de Theodus y querían poner un punto y final a los Consejeros, como si de un ataque sorpresa se tratase. Katurian había quedado demasiado afectado por el viaje temporal y tuvo que quedarse en el Faro, pero Teslo no estaba mucho mejor. Siguió a la comitiva con aire ausente, dándole vueltas todo el rato al nombre de los elegidos… Kaju y Dorna… ¿Cómo saber cuál de los dos eran aliados de la Luz o la Oscuridad? ¿Qué ocurriría si viajasen a otras dimensiones para ver el futuro? ¿Qué pasaría si..?

De repente, la mirada de Teslo se enfocó. Había vuelto a divagar a causa de la enfermedad de los viajes del tiempo, y parecía que lo había hecho durante los momentos más críticos del enfrentamiento.

La mole de Cuna de la Oscuridad se erguía ante ellos. En la plaza central del grisáceo pueblo, los Consejeros sonreían mientras sus ojos rezumaban Oscuridad.

– ¿Mi hijo? ¿Mi hijo está vivo? – balbuceaba Dorna, de rodillas frente a ellos. Miraba a los lados como un animal enjaulado, debatiéndose entre suplicar o amenazar a los consejeros.

– La Oscuridad lo ve todo, Hija de los Primeros Hombres. Si aceptas nuestro regalo, accederás a un conocimiento sin límites.

Frente a ellos, Trai, Grahim y Ukho gritaban sin osar acercarse a Dorna, sintiendo su agresividad contenida.

– ¡No les escuches! – gritó Ukho – ¡Te lían la cabeza!

– ¡Es muy peligroso! – gimió Grahim mientras se tapaba las orejas.

– No interfiráis, niños. Su poder es demasiado fuerte. Es el momento de descubrir si los Salvajes merecían la extinción o aún hay compasión en sus corazones – les interrumpió Dandelion, el Elfo, con mirada pensativa. 

– Esperaré pacientemente a que los Salvajes revelen su verdadera naturaleza – dijo con frialdad Niniel.

– Además, no hay mucho que podamos hacer con esos de ahí vigilando tan de cerca – señaló Drawets a un siniestro grupo que se hallaba cerca de los Consejeros: Aurobinda, Eme, Van Bakari e Inocencio.

– ¡Pero nosotros tenemos a alguien superfuerte! ¡La propia Sacerdotisa de los Elementos! – dijo emocionada Trai.

Naisha se hallaba en el suelo, con las piernas cruzadas en aparente relajación. Ligeras ondas de poder se arremolinaban a su alrededor, pero aparte de eso, nada más ocurría.

Dorna se irguió temblorosa, apoyándose en su gastada lanza.

– Si es una trampa, si es una sucia mentira, juro que os perseguiré hasta el fin de los tiempos y os arrancaré el corazón – susurró Dorna, mirando fijamente a la Oscuridad. A pesar de sus amenazas, sus ojos transmitían una tristeza sin límites.

– Dánoslo todo, Dorna. Y el abismo te lo devolverá multiplicado con creces – dijo Barastyr, mientras agitaba las manos en una rápida cadencia, abriendo un portal, que flotaba a escasos centímetros del suelo.

– No me queda nada que dar, salvo odio, soledad y venganza.

– Te aseguro querida que con eso bastará – respondió con sonrisa lobuna Érebos.

Sin mirar atrás, Dorna enderezó la espalda y con los puños apretados, cruzó el portal. Los niños gritaron impotentes mientras la Oscuridad engullía a Dorna y los Consejeros se ponían a salmodiar mientras el portal cambiaba de forma.

Naisha abrió los ojos. Levitando, se puso en pie mientras sus ojos despedían chispas de poder.

– Ha elegido. La balanza queda desequilibrada de nuevo. Es mi deber devolver el equilibrio. ¡Sufrid la ira de los elementos!

– ¡Antes tendrás que pasar por nuestro cadáver, Sacerdotisa! – sonrió malignamente Aurobinda.

– Os demostraremos nuestro poder. ¡Más poder que el que jamás habría obtenido Sirene! – gritó Eme.

– Odio pelear. ¡Es tan vulgar! – dijó Van Bakari mientras un cúmulo de almas se desplegaban a su alrededor.

Naisha apuntó con sus manos y soltó una oleada de poder que fue bloqueada por Van Bakari y Aurobinda, parándola a duras penas. Los Impromagos y Ukho se lanzaron a por Eme, quien riendo a carcajadas empezó a atormentarlos con retorcidos hechizos oscuros. Trai y Grahim lo intentaron con todas sus fuerzas, pero Eme tenía un completo control sobre la magia de Theodus y ya no conocía la piedad. Los barrió como hojas en el viento y se apresuró a ayudar a su maestra. Los Elfos, tras terminar de canalizar su poder, apoyaron a la Sacerdotisa, provocando que ambas magias, Luz y Oscuridad, chocasen en el centro de la plaza como un muro implacable de energías centelleantes.

– ¡Es demasiado tarde, pobres mortales! ¡La Oscuridad ya tiene una Consorte! – gritó Barstyr, haciéndose oír por la huracanada plaza, llena de zarcillos mágicos.

– ¡La Oscuridad ya tiene un receptáculo en esta tierra! – gritó Érebos.

– ¡Inclinaros, gusanos, ante la Reina de la Oscuridad! – gritaron al unísono.

Una forma emergió del portal. Portaba ropas que parecían las propias tinieblas. Una siniestra corona de espinas. Una mirada que quemaba, pero que no daba calor alguno. El crisol del odio y de la venganza, un pozo sin fondo de locura y desesperación. Dorna, Hija de los Primeros Hombres, descendiente de los Reyes Errantes, Líder de Clan, Reina legítima de Calamburia, Reina Traicionada y Consorte de la Oscuridad. Salvaje, Reina, paria y ahora, Paladín de las Tinieblas.

Con un golpe de su siniestro bastón, disolvió con una explosión las dos fuerzas que se estaban disputando en el centro de la plaza. Los niños salieron rodando, Naisha dejó de levitar y fue derribada al suelo y los Elfos hicieron crecer enredaderas que les protegieron de la deflagración. Teslo contemplaba todo esto con los ojos abiertos sin poder hacer nada, preso de la confusión temporal.

La maligna comitiva se arrodilló para rendir pleitesía ante la nueva Reina. Los Consejeros bajaron la cabeza en señal de respeto pero la levantaron al ver que una persona se acercaba corriendo para plantar cara al fin de los tiempos.

– ¡La Luz siempre prevalece! ¡Los héroes triunfaremos!

Dorna se giró para encararse a Ukho, frunciendo la cara con expresión de asco. Los Consejeros dieron un paso con una sonrisa sardónica.

– ¿Triunfarán como tu padre, Ukho? ¿Así son los héroes? – preguntó Barastyr.

– O quizás son unos pícaros, unos borrachos, unos mujeriegos que solo piensan en los placeres mundanos – comentó con inocencia Érebos.

– ¡Callad! ¡Mi padre es mucho más que eso!

– Tu padre es escoria. Y de la peor calaña. La Oscuridad los sabe todo, chico. Tu padre brilla tanto como el vaso sucio de una taberna, donde suele pasar sus días. Tu padre es ese despojo de ahí: nada menos que el pícaro Drawets.

Ukho miró nervioso hacia atrás. Su supuesto padre se estaba incorporando, mientras se recolocaba un brazo que se había dislocado en la caída. No parecía dolerle especialmente.

– ¡Mentís! Mi padre…. es… – trató de balbucear mientras la duda ensombrecía sus ojos.

Con un ademán, Dorna hizo flotar por el aire a Drawets y lo lanzó de bruces junto a Ukho, divertida por la desesperación del chico.

– No siempre mentimos. Y menos cuando la verdad puede destruir esa hermosa luz que portas.

Drawets volvió a incorporarse mientras escupía polvo. Trabó su mirada con el chico.

– No les hagas caso, chaval. Esta gente es así. He conocido a cientos de villanos a lo largo de mi vida, y todos tratan de destruirte por dentro. Conmigo no funciona tanto porque soy inmortal así que ya ni lo intentan. Eso y porque soy muy bueno con los juegos de palabras – dijo Drawets, con una mirada bondadosa pero de infinita tristeza -. No se lo que es ser padre, chaval. Pero si fuese el tuyo, me sentiría orgulloso por lo que estás haciendo.

Un rayo pareció atravesar a Ukho mientras miraba con los ojos abiertos a Drawets. Mientras le miraba fijamente, empezó a derramar lágrimas y a moquear, intentando con todas sus fuerzas no llorar. Las nubes del cielo empezaron a brillar con un fulgor dorado.

– Mi padre luchó contra el Leviatan, la Maldición de las Brujas, el Caos del Maelström, el Despertar del Dragón. Tú siempre estuviste ahí, Drawets. Mi único error fue pensar que mi padre, mi héroe, llevaría capa y espada  – se giró hacia los consejeros, mirándolos desde abajo con lágrimas de furia cayendo por sus mejillas. Sus manos empezaron a brillar con una luz cegadora, mientras el bando del bien se levantaba del suelo y veía como las nubes se abrían y un rayo de luz caía sobre el chico -. Mi padre, Drawets es un auténtico héroe, y ahora que nos habéis juntado, ¡seremos imparables!

Una onda de luz rodeó a Ukho mientras apuntaba a los Consejeros con su espada de madera, ahora brillando con una luz justiciera. Ambos se taparon los ojos huyendo de la claridad.

Drawets se quedó mirando aquella pequeña persona que tanto se parecía a él y a la vez, tan diferente era. Se vió reflejado y sonrió, llorando él también.

– Maldita sea, hijo. Dales una buena tunda – susurró mientras apretaba el puño.

Dorna gritó de rabia, sin amedrentarse por la luz y lanzó su bastón contra la espada brillante del muchacho. El golpe resonó como un gong.

– Niniel, me temo que esto ha llegado demasiado lejos. Los Salvajes han proseguido con su camino de la destrucción – dijo Dandelion observando como la Reina de la Oscuridad intercambiaba veloces golpes con el Paladín de la Luz.

– Debemos usar el arma que nunca nos atrevimos a usar: El Sueño del Titán.

– Es arriesgado. Necesitamos el permiso de todo el Consejo de Sabios y la bendición del propio Titán.

– ¡El Consejo son ahora mismo árboles moribundos devorados por esos horribles Zíngaros! ¡Y el Titán claramente le importa poco lo que ocurre en esta tierra maldita!

– ¡Niniel! ¡No hables así!

– No es el momento de discutir. Demuestra que eres un Alto Elfo. Cumple tu deber y dame la mano.

El longevo Elfo se quedó mirando la apabullante escena de Luz contra Oscuridad. Suspirando, tendió las manos hacia su compañera y juntos entonaron una canción élfica prohibida, el mayor arma que les fue entregada de manos de su mismísimo creador: una canción capaz de dormir al corazón más furioso, a la mente más sabia, al brazo más poderoso. Uno a uno, todos los ocupantes de la plaza fueron durmiéndose, incluyendo los Elfos y su efecto se propagó por toda Calamburia. Nada, salvo el propio Titán, podría despertarlos.

La quietud volvió a llenar el aire. Solo el retozar de los animales y la brisa rompía el silencio. Salvo escasos elegidos por el Titán, el hechizo había afectado a todo el continente de Calamburia.

Dos figuras emergieron del portón de Cuna de Oscuridad.

– Mi señor, está todo despejado – dijo un misterioso enmascarado, ataviado de ropajes negros y carmesíes y un extraño bastón.

Con una pose regia, su acompañante apartó la capa y se ajustó levemente la corona.

– Excelente. Dejemos este pueblo de mala muerte y vayamos al Palacio de Ámbar. Debo reclamar lo que me pertenece por derecho – sentenció con firmeza Rodrigo IV de Calamburia.

143 – LAS VENTANAS DEL TIEMPO V: EL FIN DE UN CICLO

Los Inventores viajaron por el tiempo sin control, ya que una fuerza tan poderosa no se puede controlar sino simplemente encauzar. Y vieron acciones que jamás tuvieron testigos, escucharon conversaciones que no estaban destinadas a ellos y sobretodo, descubrieron la verdad entre la luz y la oscuridad. Este relato es un fragmento de lo que vieron, pero muchas ventanas se abrieron en esta aventura.

El extravagante carromato traqueteaba por el camino rechinando y repiqueteando como si llevase la orquesta peor afinada a cuestas. Oscilando incontrolablemente, un cartel apoyado en muelles en el techo leía “Los Increíbles Hermanos Flemer y su Tienda de Maravillas” aunque presentaba una pintura un tanto descascarillada y en general un aire tristón. Subidos al pescante, azuzando sin éxito los escuálidos caballos, un joven Teslo Flemer intentaba sin éxito acelerar su viaje.

– ¡Ea! ¡Ea! ¡Si no vais más rápido encontraré alguna manera de reemplazaros por algún motor! – les increpó sin éxito. Los delgados animales siguieron a paso renqueante.

Katurian se asomó por un costado, increpando a su hermano.

– ¡Deja de saltar así! ¡Es imposible atornillar el descombulador a la placa de controlaje!

– ¡Oh, sí, seguro que soy yo el que te impide atornillar, y no las suspensiones de este estúpido carromato!

– ¿Osas criticar mi sistema de anti-baches que diseñe yo mismo?

– ¡No los hace desaparecer, los magnífica!

Mientras los dos hermanos discutían, los caballos se fijaron en la hierba ligeramente más verde del camino y por decisión propia, se pararon a comer. Teslo les azuzó de lo lindo pero los caballos se mostraron indiferentes, como si de mulas se tratasen.

– No puedo más hermano. Estoy cansado de la vida del nómada. Estoy cansado de carromatos y de salir escopeteados de cada pueblo porque piensan que hacemos magia oscura.

– O que tus invenciones no funcionan – apuntilló Katurian. Pero al ver los hombros caídos de su hermano, trató de animarle -. Mira, el carromato no está tan mal como el que usaban padre y madre, y somos dueños de nosotros mismos. ¡El mundo es nuestro!

– Katurian, tengo que confesarte algo. No hemos venido aquí por casualidad. He seguido la caja.

– ¿Qué? ¡Pensaba que seguías un mapa! ¿Estamos en medio de la nada porque decidiste seguir ese estúpido rompecabezas?

– Es que en realidad, es un mapa. Lo he estado estudiando durante muchas noches y sus indicaciones nos ha estado guiando hasta aquí.

– No sabemos quién colocó ese rompecabezas en nuestro carromato, Teslo. Eres demasiado inocente, ese es tu problema. La gente no es tan amable como las matemáticas. En el mundo real, la gente te miente y te engaña.

– ¡Pero esto no es un engaño! ¿Quién haría viajar a una persona kilómetros solo para desvalijar a dos muertos de hambre como nosotros? Además, nuestro destino se ve por encima de nuestras cabezas.

Katurian se giró y miró por encima de las copas de los árboles. Asomaba la punta de un faro, un tanto destartalado pero erguido ante el horizonte.

– ¿Un faro? ¿Tu rompecabezas llevaba a un faro? Maldita sea Teslo, porque eres mi hermano que si no te juro que te pasaba por el Compresor de Ideas unas cuantas veces.

Entre los dos, apartaron a los caballos de la hierba y se subieron al pescante, sin dejar de discutir ni un instante por quien llevaba las riendas o sobre el destino que les deparaba.

Mientras tanto, en la cima de la colina, en el dintel de la puerta del faro, una figura miraba al lejano carromato. Un Teslo mucho más anciano miraba con ojos cansados pero felices el traqueteo del extravagante vehículo.

– Ha llegado la hora. De que el ciclo vuelva a empezar.

Un canoso Katurian apareció a su lado, limpiándose las manos en un trapo viejo.

– Uno de los ciclos, hermano. Aún quedan muchos por cerrarse.

– Siempre ocurren tan rápido. Nunca nos da tiempo a terminar nada.

– Eso es porque no está en nuestra mano hacerlo. Lo tienen que acabar ellos.

Teslo se dió la vuelta y admiró su taller, lleno de extraños artilugios, sabiendo que en el sótano se escondían aún más tesoros y maravillas. Décadas de trabajo. Y escondido tras montones de invenciones, el autómata, desafiando todavía a los dos Inventores, eludiendo la última incógnita.

– ¿Y si les avisamos, hermano? De todo lo que está por venir. De todo lo que pueden evitar. De lo peligrosos que son los saltos en el tiempo.

– Teslo, hemos tenido esta conversación incontables veces y estamos condenados a repetirla una y otra vez: no podemos alterar el tiempo. Si no, los Custodios del Tiempo podrían detectarnos o…cosas peores.

– Es solo que nos veo tan jóvenes…

– Se harán adultos. Nosotros lo hicimos. Estás posponiendo lo inevitable, Teslo. Sabes lo que tenemos que hacer.

Teslo suspiró, mirando a la gran máquina.

– Sí. Viajar en el tiempo. Poner al límite nuestra cordura. Volver a perder contacto con la realidad.

– Estarán bien, hermano. Siempre lo están. Confía en nosotros. Vamos, dale al botón.

– ¿Qué botón? – preguntó su hermano, repentinamente juguetón, recuperando una chispa de juventud.

– A estas alturas, sabes perfectamente cual es.

Desde el carromato, subiendo la empinada colina, los hermanos Flemer vieron como una intensa luz azulada emanaba de la puerta del faro. Apeándose del carromato, hicieron el resto del trayecto corriendo, pero al introducirse dentro solo vieron montones de basura mecánica y engranajes sin terminar. En una pared humeaba echando débiles chispas una gran máquina que parecía haberse encendido sola y que se había estropeado en el proceso. Los hermanos encontraron obvias pruebas de que alguien había vivido en aquel faro pero que parecía haberlo abandonado recientemente. Teslo siempre tuvo la sospecha de haber visto unas sombras a lo lejos, en el dintel de la puerta del faro, pero nunca se lo confesó a su hermano. Por fin, tras tantos años vagando, tenían un hogar.

Lo que no sabían, es que había sido su hogar desde el principio.