139 – LAS VENTANAS DEL TIEMPO I: EL PESO DE LA CORONA

Los Inventores viajaron por el tiempo sin control, ya que una fuerza tan poderosa no se puede controlar sino simplemente encauzar. Y vieron acciones que jamás tuvieron testigos, escucharon conversaciones que no estaban destinadas a ellos y sobretodo, descubrieron la verdad entre la luz y la oscuridad. Este relato es un fragmento de lo que vieron, pero muchas más ventanas se abrieron en esta aventura.

El Palacio de Ámbar brillaba como si del propio sol se tratase. Con el calor del verano, el palacio amurallado hacía honor a su nombre y arrojaba destellos dorados hacia el horizonte del atardecer.

En una de las torres más altas del castillo, Rodrigo IV se inclinaba sobre un antiguo pergamino, estudiándolo con detalle. De pronto, una niña entró en la habitación causando un terrible revuelo, como si de un torbellino se tratase. El rey apartó discretamente el documento y lo dejó guardado dentro de su escritorio mientras sonreía a su hija Urraca.

– ¿Te ha gustado el paseo con mi nuevo semental? Es de la raza que entrena los nómadas del desierto de Al Ya-Vist.

– ¡Parecía que volaba, papá! Es el caballo más brioso en el que me he subido nunca – le respondió la pequeña con los ojos haciendo chiribitas – ¡Cabalgar caballos es mi nueva cosa super preferida!

–  Eres toda una Amazona, gorrioncillo. Quizás no deberías ser princesa.

–  ¡Podría ser la reina de las Amazonas! ¡O del mundo! – contestó ella subiéndose a una silla y adoptando una pose heroica.

Rodrigo IV miró a su hija y supo que las decisiones que había tomado habían sido las correctas. Haría cualquier cosa por sus hijas. Su mirada rebosaba cariño cuando le dijo:

– Puedes ser lo que tú quieras.

– ¿Incluso reina de Calamburia? – dijo dando vueltas sobre sí misma, como si fuese una peonza.

Los rasgos de Rodrigo IV se ensombrecieron de repente. La bondad y el cariño se cortaron en seco, reemplazados por algo más oscuro.

– No. Eso no. Sabes que tu hermana Petequia es la primogénita. Ella tiene derecho al trono. La ley es la ley. Hemos tenido esta discusión cientos de veces.

– Pero papá, si Petequia no hace nada, no sabe cabalgar y no sabe mandar. Hasta los soldados se ríen de ella por lo bajo – comentó con maldad, lista para tener otra discusión con su padre. Le enfadaba mucho que siempre pusiese a su hermana por delante por culpa de viejos papeles.

– Pero la ley es la ley. Es como un contrato: una vez que se firma no hay vuelta atrás. Basta ya, no quiero hablar del tema.

– ¡Pues cuando sea Reina, quitaré esa estúpida ley! – dijo dando una patada a la silla, tirándola al suelo y sabiendo que luego se iba a arrepentir.

– ¡No lo serás! – exclamó el rey, levantándose de golpe, apretando los puños con fuerza.

– ¡Sí lo seré! ¡Y tú estarás demasiado viejo y cascarrabias para impedírmelo! – le contestó Urraca, dando pisotones en el suelo, perdiendo el control.

Rodrigo dio dos rápidos pasos y descargó la palma de la mano contra la mejilla de su hija, causando un sonoro tortazo que rebotó por las paredes de la torre.

– ¡He dicho que no lo serás!

Alertada por los gritos, la Reina Sancha se asomó por la puerta. Con un rápido vistazo analizó la situación y fingiendo una calma que no tenía, preguntó:

– ¿A qué vienen esos gritos? ¿Te has tropezado, vida mía?

Urraca se secó las lágrimas con fuerza y se incorporó para enfrentarse a su padre.

–  Estoy bien. Soy fuerte. Mucho más fuerte de lo que creéis. Y tú lo verás, padre. Todos lo veréis.

Acto seguido, la niña se fue corriendo con sus puñitos apretados, decidida a doblegar el mundo a su voluntad. El Rey Rodrigo IV se giró hacia la fuente de vino que descansaba al fondo de la habitación y se sirvió una generosa copa con manos temblorosas.

– ¿Bebiendo de par de mañana? – preguntó Sancha con frialdad

– ¡Soy el rey y hago lo que me place!

– Por supuesto, su majestad – contestó ella con un bufido.

– ¿Tú también me desafías? ¿Tú también quieres sufrir la cólera de tu rey? – Rodrigo se había girado en redondo y miraba a su mujer con ojos desorbitados.

– Puestos a recibir, preferiría la de mi marido. Pero al final lo que está claro es que recibo – contestó Sancha, levantando la barbilla y preparándose para la habitual tunda de golpes. Pero esta vez Rodrigo pareció avergonzado y parpadeó, agitando la cabeza y perdiendo ese combate.

– Yo…perdona. No…no es fácil ser rey. No es fácil tener hijas. No es fácil ser un hombre.

Sancha se acercó suavemente a él, retirando la copa de la mano temblorosa.

– Claro que sí amor mío. El peso de la corona es algo que los dos conocemos bien. Déjame ayudarte. Déjame que comparta el peso del reinado.

– No. Es una carga que debo llevar yo solo. No es tarea para una mujer – el Rey no pudo ver la mirada de desprecio que le dedicó su mujer ante semejante declaración -. Además he estado recibiendo ayuda. Consejos. Favores. Todo irá mejor a partir de ahora.

– ¿Tienes un nuevo consejero? ¿Cómo es que no lo conozco?

Rodrigó lanzó una rápida mirada al escritorio donde había guardado el pergamino.

– Mejor. La nuestra es una relación meramente comercial. Un trueque. Y a cambio, obtengo lo que deseo de sus servicios.

– Suena terrible, querido. ¿En qué andas metido?

– ¡No me juzgues! – respondió de nuevo alzando la voz -. No te atrevas a juzgarme. Nadie puede hacerlo. Soy el rey.

– Muy bien, majestad. Le dejo para que disfrute de su soledad de monarca. Y de su vino.

Lo que no sabía Rodrigo es que esa misma mañana, Sancha se había levantado con la certeza de que iba a envenenar lentamente a su rey y disfrutar con su agonía. Este pequeño incidente, uno de tantos, no hacía más que reforzar la certeza de que Sancha y sus hijas estarían mejor sin el débil de su marido. Y mientras tanto, Rodrigo IV apuraba la copa y volvía a ojear el pergamino, ajeno al presente, demasiado centrado en el futuro.

138 – EL FARO DEL TIEMPO

El faro partido presidía en lo alto de una colina, erguido ante la inmensidad del mar. Antigua estructura construida por los marineros de Calamburia cuyo origen resulta desconocido, cayó en desuso hace decenas de años. Su imponente figura se enfrenta a los elementos, encajando el viento y la espuma con sólido estoicismo, mientras el Ojo de la Sierpe deja manar un constante reguero de espumosa agua bajo sus cimientos.

Muchos creen que ese faro cayó en desuso por la falta de navegación por la zona. Pero en realidad, es porque el faro debía cumplir otro propósito. Nadie lo sabía, pero el faro tenía que guiar a viajeros una vez más, pero no de la manera en la que había sido concebido. De hecho, nada era ya lo que parecía en este faro.

Los inventores residían en él, llenándolo con sus invenciones y cachivaches. Acostumbrados a la soledad y al grito de las gaviotas, estaban un tanto inquietos por tener a tantos invitados dando vueltas por su taller.

– ¡No, no, no, es un invento muy delicado y no testado para ningún tipo de uso! – grito Teslo, quitándo de las manos a Falgrim un enorme taladro.

– ¡Pero si es perfecto! – exclamó el minero -. Con esto seguro que podríamos excavar incluso más allá de los Huesos del Titán!

– ¡No! ¡Es una batidora multiusos! ¡No es un simple taladro! – explicó exasperado Teslo.

Mientras, un poco más allá Katurian mantenía otra conversación muy poco agradable, aunque sus invitados no tenían intención alguna de tocar nada.

– ¿Mantenéis algún registro sobre la financiación recibida por la Corona? Tengo entendido que hace poco realizasteis mejoras sobre la Flota Real – comentó Doña Constanza, mintiendo descaradamente. Como Recaudadora sabía exactamente en qué se había gastado cada Calamburo de las arcas de la Corona.

– Está claro que este sitio necesita de una mejor gestión contable. Debe saber, buen inventor, que para pequeños negocios como el suyo, la Corona ofrece un servicio de gestión contable externalizable por un módico precio, claro – explicó Don Vítulo, como si se tratase de un discurso ensayado.

Katurian palideció como si hubiese visto a la mismísima muerte. Los Inventores tenían mentes brillantes pero los detalles mundanos como el dinero o el orden les parecían tan ajenos como la existencia de tierra más allá de Calamburia.

– ¡Ah, no! Muchas gracias, nos organizamos muy bien así.

Mientras, el resto de la comitiva observaba con recelo el gigantesco taller, lleno de todo tipo de basura y genialidades. Minerva la Erudita se ajustaba las gafas mientras fruncía el gesto ante tanto desorden, acompañada por la mueca de desdén de Galerna, cuya idea de hogar es el de una nube tallada por magia Aisea. En cambio, la novicia Katrina y Brianna la Guardabosques correteaban por el taller, curioseando en ese mar de maravillas. Tras deambular un rato, llegaron a la esquina más alejada del faro. En él se respiraba una extraña quietud, como si el tiempo se detuviese, ajeno a los problemas mundanos. En una esquina descansaba un extraño conjunto de engranajes y pistones, coronado por una delicada cara humana realizada con aleaciones de cobres y diversos engranajes. Los ojos del autómata permanecían cerrados, como si estuviese durmiendo pero listo para despertarse en cualquier momento.

Cuando Katrina estaba a punto de tocarlo, una manta cayó sobre el autómata.

– ¡He dicho que no se tocan nuestras invenciones! Y menos esta – les recriminó Teslo, con los ojos desorbitados.

– ¡Es hermoso! ¿Cómo habéis hecho algo así? – preguntó Brianna.

– ¡No hemos sido nosotros! Y no funciona – dijo escuetamente mientras empujaba a las jóvenes de nuevo hacia la entrada del faro.

Todos se juntaron ante un enorme armatoste del que colgaban numerosas luces apagadas y extraños mecanismos. Parecía una puerta, pero detrás sólo había el resto del taller, por lo que parecía el más inútil de todos los cachivaches de la sala.

– ¡Gracias por venir, queridos mecenas y ayudantes, a la mayor demostración de ciencia jamás presenciada! – exclamó Katurian.

– Por lo menos en esta época – aclaró Teslo.

– ¡Aunque eso pronto también lo sabremos!

El grupo de personas ahí reunidas no compartían su entusiasmo, salvo Katrina, que aplaudió por educación.

– Inventores, no tengo mucho tiempo. Mis deberes como Directora de Skuchaín son una pesada carga y solo he venido aquí porque quiero asegurarme que esto se hace bien. Espero que las piedras mágicas que usamos para contener los portales de las lindes de Skuchaín os hayan servido de ayuda – apuntilló mientras Brianna empezaba a dibujar la máquina con sus carboncillos.

– Sí, la Corona también quiere saber si las ridículas cantidades de oro que habéis pedido han servido para algo o solo se trata de otro pozo sin fondo y sin retorno de inversión – aclaró Don Vito.

– ¡Y si nuestros minerales han sido de utilidad! He tenido que cavar muy hondo para conseguirlos – aseguró Falgrim mientras se rascaba la cabeza.

– ¡Por supuesto! – aclaró nervioso Katurian – Sin ellos no podríamos haber construido semejante milagro de la ciencia. Teslo, échame una mano anda.

Teslo agitó sus brazos como si fuese el maestro de ceremonias de un circo.

– ¡Hoy vais a presenciar un hecho insólito! Vamos a viajar en el tiempo para conocer los entresijos de la historia y de la humanidad.

– Todo eso está muy bien. ¿Pero y cómo sabemos que no vamos a crear otro Caos del Maelstrom? – inquirió Minerva.

Los Inventores se quedaron con la boca abierta, sin saber qué contestar.

– Bueno, pues… porque…simplemente, no va a ocurrir – concluyó Katurian, mirando a su hermano.

Todos suspiraron de frustración. Otra vez los inventores haciendo de las suyas. A veces sus invenciones aciertan pero otras resultan ser una auténtica catástrofe.

– Porque tendrán la esencia del propio Titán. ¡Por eso mismo! – dijo una voz.

En la puerta del faro, a contraluz, se hallaba apoyado con actitud insolente el Pícaro Drawets, sosteniendo un pequeño botellín.

– Veréis, sabéis que condeno el robo y el latrocinio con todas mis fuerzas pero al oír que estabais planeando un experimento temporal, he pensado que quizás necesitaríamos esto.

– ¿Eso es la auténtica esencia de la divinidad? – preguntó Lady Constanza.

– ¡Una gota! Apenas un dedal. Los ganadores del Torneo siempre beben con tantas ansias que a veces no la apuran del todo. Esta es una gotita que guardé de ciertos ganadores, no mucho tiempo atrás – replicó con descaro mientras hacía volar la botellita de una mano a otra -. Estoy dispuesto a cederla por el bien de Calamburia…y para que la Reina Sancha me colme de oro, por supuesto. La vida eterna no estará tan mal si me vuelvo asquerosamente rico.

– Primero veremos si todo este circo funciona. Si es así, habrá recompensas – explicó con una aduladora y falsa sonrisa don Vítulo.

Con gesto teatral, Drawets ofreció el botellín a Teslo, quién lo cogió con reverencia y observó con una de sus lupas.

– Bueno, teniendo esto en cuenta, podemos hacer unas cuantas calibraciones a la máquina. ¡Es posible que facilite las cosas!

– ¿Es posible? ¿Desde cuando la ciencia se basa en posibilidades? – bufó Minerva.

– ¡En las magnitudes en las que vamos a adentrarnos, os aseguro que la ciencia se vuelve una auténtica pieza de artesanía! Pero no os preocupéis, que lo tenemos todo controlado.

Mientras Teslo se afanaba en introducir el contenido del botellín en un matraz que burbujeaba en los costados de la máquina, Katurian pasó a explicar el viaje.

– Bien, hemos cambiado la máquina desde el último intento de salto temporal. Esta vez funcionará como un portal a otros mundos. Vosotros os quedaréis aquí presenciando todo el suceso, como si estuvieseis mirando por una indiscreta mirada por el tiempo y nosotros nos encargaremos de dar los saltos temporales desde dentro.

– ¿Vosotros solos? ¿Nó queréis más ayuda? – preguntó esperanzada Katrina.

– ¡No! Podría ser peligroso. Hay reglas y debemos respetarlas. Nuestra misión es observar los sucesos del pasado para entender el equilibrio entre las fuerzas de la Luz y la Oscuridad. Tendremos que tener en cuenta cientos de parámetros y es posible que tengamos que contactar con las mismas esencias de la Luz y la Oscuridad para ayudarnos, pero creo positivamente que podremos lograrlo.

– No he entendido nada. Pero no necesitamos entenderlo. Cuando antes empecéis, antes podremos irnos. Al menos si sale mal, os afectará a vosotros – comentó Doña Constanza.

-¿Necesitáis ya mi poder o váis a estar discutiendo tonterías de mortales todo el día? Vuestro extraño barco volador no puede despegar sin ayuda – interrumpió Galerna, irritada. Ocupando gran parte del taller, un extraño barco con demasiadas velas colocados en lugares incorrectos parecía esperar pacientemente a que un Titán lo cogiese y lo lanzase por los aires.

Teslo volvió de terminar los últimos preparativos y se giró hacia su hermano.

– ¿Listo para darle al botón, hermano? – preguntó con una sonrisa.

– ¡Por supuesto! – le contestó dirigiéndose a un interruptor.

– ¡No, ese no! – gritó Teslo

– ¿Cómo que no? ¿Cuál va a ser sino?

– ¡Siempre haces lo mismo!

Ambos hermanos se pusieron a discutir acaloradamente mientras los allí presentes se removían incómodos, esperando sinceramente que si algo salía mal afectase sólo a los inventores y no a los invitados a esta aventura.

– ¡He dicho este! – dijo pulsandolo Teslo.

– ¡No, este! – dijo Katurian pulsando otro diferente.

Con un crepitar de energía, la máquina empezó a zumbar y a temblar ligeramente. Poco a poco, las luces fueron girando, los engranajes chirriando y con un sonoro estampido, una grieta se abrió en el centro del portal.

– ¡Ha funcionado! – comentaron al unísono, sorprendidos.

– Por el Titán, que mala espina me da todo esto – dijo Minerva masajeándose el puente de la nariz.

– ¡Recordad, lo veréis todo, pero no toquéis nada! – gritó Katurian, por encima del viento que emanaba de la brecha.

– ¡Y no entréis! Podríais alterar el tejido de la realidad! – comentó Teslo.

Los hermanos subieron apresuradamente por un costado de la aeronave mientras la magia de Galerna envolvía la extraña maquinaria. Los motores de la nave empezaron a rugir lanzando auténticos torbellinos de aire y empezó a levitar. Con un hastiado movimiento, Galerna empujó la aeronave por el portal, atravesando la grieta temporal y volando a los confines del Tiempo.

  Poco a poco, la comitiva se fue acercando para conseguir una vista más completa de la brecha del portal. Una sucesión de imágenes, lugares y personajes desfilaron ante sus ojos.

– Lo han conseguido – susurró Drawets.

– Espero que salgan vivos – masculló Minerva.

Y en atónito silencio, presenciaron escenas que jamás habían sido vistas en su tiempo. Pero no estaban solos, mirando por aquella indiscreta ventana temporal. La propia esencia del Pasado y el Presente y el Futuro se habían materializado junto a ellos. Urd, Skald y Verdandi miraron con atención: este viaje estaba destinado a ocurrir y ya había ocurrido antes, ya que los Calamburianos tenían un don para poner el tiempo patas arriba.

 Así empezaron Las Crónicas del Tiempo.

137 – EL SÉQUITO DE THEODUS

 En el claustro de profesores de Skuchaín reinaba el silencio. Era algo bastante poco habitual, ya que los profesores, Eruditos, Alquimistas y otros profesionales de la magia solían mantener acaloradas discusiones sobre la dirección de la Torre. Pero ese día, no sólo tenían una visita especial, sino que a pesar de que el sol brillaba de nuevo, la derrota pendía por encima de la cabeza de los presentes.

– Abrimos el gabinete de crisis de Skuchaín. Volvemos a la ley marcial que adoptamos durante la Maldición de las Brujas – anunció Felix el Preclaro, con semblante grave.

– Vamos a pasar a informar de los últimos acontecimientos, con la venia de nuestra excelentísima reina Sancha – señaló Minerva, con una leve inclinación de cabeza. Sancha III presidía la mesa y accedió con un leve gesto con la mano.

– La noche pasada, sufrimos una fuga de un centenar de estudiantes. Al parecer, durante todo este tiempo, Aurobinda había estado planeando a nuestras espaldas un reclutamiento de mentes afines a sus ideales – explicó Felix.

Baufren, el Duende Mayor, dio un golpetazo en la mesa y se incorporó furioso.

– ¡Os lo dije! ¡Os lo llevo avisando desde que su propia hermana me intentó convertir en piedra! Mis creadoras no son trigo limpio y os llevo avisando desde entonces – Baufren se giró mirando a todos los presentes, que rehuyeron su mirada -. ¡Ha estado torturando duendes! ¡Y todo porque los humanos sois ciegos!

– Los guardabosques también hemos avisado en varias ocasiones las anomalías encontradas en los portales y cuyo foco parecía tener la propia torre – apostilló Aodhan, el Guardabosques.

– ¡Debemos vengarnos ahora mismo! – gritó Stucco, levantándose de un empellón -. Skuchaín no debe permitir esta traición. Como representante de los Impromagos de la Torre, exijo que aprovechemos la Ley Marcial y carguemos contra Cuna de Oscuridad inmediatamente.

Los distintos representantes de la mesa empezaron a enzarzarse en discusiones y acusaciones, dando golpes y gritos en una especie de competición para ver quién gritaba más fuerte.

– ¡Silencio! ¡Silencio he dicho! – gritó Minerva por encima de todos. Su tono de maestra consumada acalló los gritos, mientras Sancha mantenía un enigmático silencio.

Miró fijamente a cada uno de la mesa, hasta que fueron bajando la mirada avergonzados por el exabrupto.

– Elegimos a Aurobinda por unanimidad. Parecía plenamente reconvertida y todos creimos que la luz podía sobreponerse a la Oscuridad. El propio Theodus lo habría aprobado. Fue solo después, de manera insidiosa, cuando empezó a revelar su verdadera naturaleza. Y aún así, nadie en esta sala puede presumir de tener un pasado intachable sin sangre en las manos. Todos hemos participado en guerras. Nadie es puro e inocente en esta mesa.

El silencio se prolongó un rato más. Stucco se cruzó de brazos, murmurando por lo bajo mientras miraba en derredor en búsqueda de aliados.

– Lo que quiere decir Minerva es que de nada sirve mirar al pasado cuando todos hemos tenido parte de responsabilidad en lo que ha ocurrido y de nada sirve echarnos en cara decisiones que tomamos por unanimidad – aclaró Félix.

La gran mesa se llenó de murmullos y de asientos recolocados con discretos rechinares de patas.

– Como iba diciendo, hemos sufrido la mayor fuga de Impromagos desde la creación de esta noble institución. Aprovechando el amparo de la noche, una centena de alumnos se fugaron tras darse pública la traición de Aurobinda, presenciada por la propia Minerva. Cederé la palabra.

– Como sabéis, aprecio los datos empíricos y descarto cualquier habladuría. Incluso a veces dudo de lo que veo con mis propios ojos. Pero creedme cuando os digo que lo peor que nos podía ocurrir no es nada con lo que yo he presenciado en Cuna de Oscuridad. El castillo por fin ha abierto sus puertas, y sus amos son los Consejeros de la reina Sancha – Minerva hizo una pausa para mirar a su Reina, pero esta se limitó a mirarla fijamente –. Han sido poseídos por la oscuridad y puede que yo misma fuese la que los mandase a su perdición. Y no debemos olvidar el papel crucial que ha cumplido Aurobinda en todo esto.

Los murmullos aumentaron de tono. Los rumores eran entonces ciertos, la antigua Bruja los había traicionado a todos.

– ¡El Comité de Conducta se opone a tan terribles declaraciones! ¡Es un ultraje! La directora estará probablemente de camino para aclarar semejantes acusaciones – protestó Telina indignada, tratando de ocultar su nerviosismo.

– ¿No será que se olvidaron de informarte de la huida y tus amiguitos oscuros te dejaron atrás? – comentó malévolamente Stucco.

– ¡Esos traidores no son mis amigos! Y como vuelvas a sugerir algo así te…. – amenazó la jóven Ténebris.

– ¡Silencio! Compórtate Telina. Todos hemos apreciado el trabajo de los Guardianes de la Conducta, a pesar de vuestro excesivo celo, pero lo que dice Minerva es verdad: los aposentos de Aurobinda están vacíos y hemos encontrado una cámara secreta repleta de duendes torturados. Algunos de los supervivientes confirman nuestras peores sospechas: todo lo que dice Minerva es cierto – aclaró Félix con semblante apesadumbrado.

– Estaba todo milimétricamente planeado. Y hemos caído de lleno en esta aciaga trampa. Pero aún hay esperanza – apuntilló Minerva -. Felix recibió el consejo de las Nornas. Los Inventores están planeando una manera de solucionar este problema y los estoy supervisando personalmente.

– ¿Las Nornas? – dijo Baufren – ¿Y cuál es el precio que hemos de pagar?

– Aún lo desconocemos. Pero no hay vuelta atrás, no tenemos más opciones.

El silencio volvió a aposentarse sobre los presentes, como un inquietante sudario. Cada uno sumido en sus pensamientos. La Reina Sancha habló por primera vez en toda la reunión.

– Bien, si algo me alegra de todo esto es saber que no soy a la única a quien todo esto le ha pillado con las enaguas a medio poner. Creedme cuando os digo que la traición de mis consejeros no solo es algo que jamás olvidaré, sino que además sufrirán la ira de una reina que juró que nunca más se doblegaría ante nadie.

Los ojos de la anciana brillaban como ascuas mientras miraban a todos los presentes.

– Pensé que con la paz iba aportar equilibrio. Pero os he vuelto blandos y quejicosos. No quiero ver un montón de adultos discutiendo, quiero soluciones. Así que a partir de hoy, nombro a Minerva directora de la Torre de Skuchaín por el poder que me da el Titán para reinar y porque parece la única con medio seso en este lugar. Estudiad Cuna de Oscuridad con todos los cachivaches mágicos que tengáis, haced una lista de los Impromagos traidores, entrenad a vuestros estudiantes, porque creedme cuando os digo… – dijo Sancha levantándose lentamente de su silla – … que esto es la guerra.

Los murmullos crecieron de intensidad al girarse todos a mirar a Minerva, la primera sorprendida por este nuevo nombramiento. Los murmullos siguieron aleteando hasta el techo, colándose por un agujero entre las vigas en el que dos pequeños Impromagos se acurrucaban.

– ¿Minerva es ahora la jefa? ¡Que miedo! – dijo Grahim con los ojos muy abiertos

– Es la guerra, Grahim. Por fin vamos a pelear de verdad – dijo Trai apretando su varita -. Tenemos que avisar a los demás. Nuestro plan secreto puede empezar.

– ¿A quién?

– Al resto. Al séquito de Theodus.

136 – LOS OJOS DE LAS TINIEBLAS

Ya hemos comentado en el pasado el poder de la rutina, gentiles amigos. Es un poder que va más allá de la magia y de las energías, el poder aplastante de la normalidad y la repetición. Es esa misma rutina la que había asentado el nuevo inquietante día a día en la mente de los apesadumbrados Calamburianos.

El sol arrojaba unos moribundos rayos de luz sobre los alrededores de Cuna de Oscuridad. Sus lugareños, sombríos y esquivos, habían levantado una pequeña ciudad alrededor del castillo. Como si de una sombría copia de la realidad se tratase, se habían erigido mercados y posadas, pero los transeuntes deambulaban con un propósito fijo y nadie parecía estar demasiado animado. Los habitantes de aquella ciudad casi fantasma habían caído en la rutina de su apesadumbrado corazón y ya nada los podría devolver a su antigua vida. Quizás ya no querían.

Pero cerca de las grandes puertas enrejadas del castillo, aquella monstruosidad que había surgido bajo tierra, un toque de color rompió la rutina y empezó algo diferente. Sin duda un comienzo, pero, ¿hacia dónde?

– ¡Deprisa Grahim! No sabemos cuánto tiempo podemos estar aquí – susurró a gritos Trai. Su compañero Impromago se apresuró a colocarse a la sombra del castillo, temblando visiblemente.

– No corráis, niños. Todo el pueblo sabe que estamos aquí, aunque nadie haya reaccionado. Todo esto resulta muy inquietante, ojalá estuviese Minerva para tranquilizarnos con su mirada sabia – se lamentó Felix el Preclaro.

– ¡La ciencia está de nuestro lado! Solo espero que mis cálculos sean correctos – aseguró Katurian, el Inventor.

El pequeño grupo se reunió, como si intentasen protegerse de la enorme mole del castillo.

– Bien, hemos logrado escabullirnos de Skuchaín sin que nadie nos vea.

– Mi puesto de trabajo está en peligro – masculló Felix -. He apostado mi futuro con esto, pequeños Impromagos.

– ¡Verá como merece la pena, profe! Con las notas del hechizo que Sirene usó para deshacer la Maldición de las Brujas y el misterioso tomo que nos dieron los Consejeros, hemos preparado un hechizo que seguro que disipa la Oscuridad – dijo Grahim, entusiasmado -. Lo que no sé es qué pasará con ese castillo tan tenebroso.

– Las estrellas están alineadas y todos mis cálculos lo confirman: ¡El hechizo debe de hacerse ahora, o puede que no podamos controlar sus efectos! – apuntilló Katurian, siempre encantado de magnificar las consecuencias de sus experimentos.

– Os olvidabais de un amigo. No es lugar para ir dando tumbos – dijo una melosa voz.

El grupo se giró sobresaltado para mirar a los recién llegados, con el corazón en un puño. Se tranquilizaron visiblemente al ver a los Consejeros, acompañando a Ukho, el Niño Olvidado y Niniel, la Elfa.

– Nos los encontramos errando, como las sombras de este oscuro lugar. Pensaba que los Elfos tenían mejor orientación – comentó Barastyr con fingida inocencia.

– El bosque grita. Algo terrible está a punto de pasar y debo de intentar ayudar en lo que pueda – respondió Niniel, como si no hubiese escuchado el comentario.

– ¡Llegáis tarde! – dijo Ukho, muy ufano -. Poneos ya con vuestra cosa de magias para que resolvamos esto de una vez y encuentre a mis amigos.

– Muy bien. El destino del mundo está en nuestras manos, Grahim. No podemos fallar esta vez como ocurrió en la final.

– ¡En la final no fallamos! Algo raro está pasando que no entendemos, Trai. No me gusta nada de nada.

– No te acobardes ahora, Grahim. ¡Tenemos que hacer el hechizo ahora!

Entre refunfuños, ambos empezaron a entonar el conjuro y agitar las varitas. El aire crepitó con energía estática y un viento antinatural empezó a soplar a su alrededor. Una luz parecía emanar de los Impromagos, haciendo que sus sombras aumentasen de manera amenazadora, hasta crear un extraño efecto en el que parecían hundirse en un pozo de sombras. Alzaron sus varitas al cielo y un rayo de sombra se precipitó contra las nubes, provocando un espasmo de energía que las cruzó en un abrir y cerrar de ojos.

Como una ola que choca contra un una roca, la energía del cielo estalló en mil pedazos y retrocedió a toda velocidad hacia sus portadores. Parecía que iba a chocar contra el pequeño grupo, pero se detuvo a escasos metros de sus cabezas, en forma de esfera oscura que irradiaba sombras y rezumaba una fantasmagórica niebla.

– Esto… ¿es lo que se supone que debía pasar? – preguntó extrañada Trai.

– Esto no consta en ninguno de mis libros – respondió Felix.

Un coro de siniestras risas emergieron de los callejones del pueblo, rebotando por las paredes y extendiéndose hacia aquella maligna esfera. Las risotadas fueron acercándose, hasta materializandose en un grupo de mezquinos villanos, apareciendo cada uno en un callejón distinto.

– Pero si son alumnos descarriados y un profesor rebelde. Vamos a tener que darles un castigo ejemplar, Eme – se relamió Aurobinda, muy ufana.

– ¡Aurobinda! ¡Traición! ¿Estabas detrás de todo esto? ¿Después de que te perdonasemos y te dejásemos volver a Skuchain? Tu oscuridad no conoce límites.

– Silencio, “profesor” – escupió con desprecio Eme -. Todo ha cambiado. Eres un necio que no sabe nada.

– ¡Los Impromagos nunca han sabido gran cosa! – gritó ufana Kálaba, agitando sus pañuelos y relamiéndose ante su victoria -. Una vez más, habéis fracasado.

– ¡Los héroes nunca fracasan, contraatacan! – respondió Ukho, sacando su espada de madera. Niniel le agarró de los hombros para sujetarlo.

– Vaya, una Elfa. Jamás me he alimentado de una viva. Ya estoy cansado de sorber a tus hermanos dormidos. ¿Qué ocurrirá si pruebo directamente tu sangre? – susurró una voz a espaldas de Niniel.

La Elfa se giró rápidamente pero la sombra había desaparecido, rauda como una serpiente. Emergió junto a su madre, tomando la forma de un avieso Zingaro, que lamía el filo de su daga.

– Vandala, no juegues con la comida, muchacho – le reprimió jocosamente Van Bakari mientras se toqueteaba sus anillos -. Es de mala educación. Hasta en el pantano tenemos más elegancia.

El siniestro grupo se encaró a la temblorosa luz. Solo un milagro podría haber salvado a nuestros héroes, gentiles amigos. Pero tened cuidado con lo que deseáis, ya que los milagros también les puede ocurrir a otros.

– Esto… creo que tenemos un problema – susurró Katurian

– ¡Pues claro que lo tenemos! – le espetó Trai, sin perder de vista sus enemigos y apretando muy fuerte su varita.

– No, no…me refiero a este problema.

El grupo volvió a girarse espantado, para ver como sus mayores temores cobraban realidad. Durante todo el conflicto, los Consejeros se habían acercado a la esfera de Oscuridad y la habían absorbido con gesto de infinito placer mientras sus cuerpos temblaban, rebosantes de magia oscura. Se movían espasmódicos como títeres, mientras sus manos apretaban sus ojos como si fuesen a salirseles de las órbitas.

– ¡Alejaos! ¡Es peligroso! – gritó Felix.

El grupo se alejó apresuradamente, mientras los villanos miraban extasiados como los consejeros retiraban las manos de sus ojos con un agónico grito y un chorro de oscuridad manaba de sus cuencas con la fuerza de un tifón. Sus cuerpos arqueados de dolor empezaron a levitar, girando sobre sí mismos en una grotesca espiral de dolor y locura. La oscuridad de sus ojos los envolvió y explotó en un espeluznante silencio, llenando la plaza de partículas de oscuridad que se fueron disipando como el humo de un incendio.

Entre las cenizas de la Oscuridad, dos figuras se acercaron a ambos grupos. Los Consejeros habían cambiado: Érebos y Barastyr seguían luciendo su sonrisa sardónica, pero las tinieblas manaban de sus ojos, una ventana a un mundo de locura y ausencia de luz. Sus ropajes se habían tornado carmesíes con un tono regio y sangriento.

– El fin del baile de máscaras – sentenció Érebos.

– El comienzo de una nueva era – anunció Barastyr.

– Somos los heraldos de nuestra Reina Oscura.

– Seguidnos. Tenemos preparativos que hacer.

Ambos empezaron a avanzar hacia las puertas de Cuna de Oscuridad, cuyo portón  enrejada empezó a abrirse por primera vez desde que emergió de la tierra con un siniestro traqueteo.

– ¿Cómo? ¿No vamos a exterminar a nuestros enemigos? – preguntó Vandala.

– ¡Debo cobrarme mi venganza! ¡Por Arnaldo! – siseó Kálaba.

– ¡Silencio, lacayos! – espetó Barastyr, sin apenas girarse -. Vuestras patéticas riñas son motas de polvo comparado al poder de nuestra futura reina. Seguidnos o seréis pasto de los gusanos, como el resto de esta tierra.

Kálaba estuvo a punto de protestar, pero Aurobinda la cogió del codo y la retuvo.

– Cuidado, Kálaba. Tendremos nuestra oportunidad. Agacha la cabeza y humíllate, pero te juro que tendrás tu venganza – susurró Aurobinda mirando las espaldas de los consejeros -. Y yo tendré lo que me merezco por derecho.

El oscuro grupo echó a andar en pos de sus amos. Vandala miró a Niniel con una mirada que implicaba una promesa de futuras y obscenas torturas, mientras Van Bakari hacía superficiales comentarios sobre el castillo, reevaluando secretamente el cambio de poderes que se había obrado en ese lugar. Cuando la siniestra comitiva cruzó la entrada del castillo, las rejas cayeron con un ruido estrepitoso, mostrando la misma amenazadora dentadura de hierro que al principio.

– Cuánto poder… nisiquiera todos juntos podríamos haberlos derrotado – dijo Niniel con los ojos muy abiertos.

– ¡Y no nos han matado! ¡Como si fuesemos insectos! Y se han vuelto fuertes gracias a nosotros. ¡Hemos sido engañados, de nuevo! ¡Te lo dije, Trai! – se quejó amargamente Grahim.

El grupo hundió los hombros, cada uno sumido en sus propios tenebrosos pensamientos. Ukho rompió el silencio.

– ¡Somos héroes! ¡Somos la luz! Y si ahora toda la oscuridad la tienen ellos, eso quiere decir que ya podemos encontrarnos con nuestros amigos. ¡Aún hay esperanza! ¡Tenemos que luchar!

– Pero, ¿Hay algo que realmente podamos hacer? – se preguntó Katurian.

– El futuro ya está escrito. Pero el secreto está siempre en el pasado – dijo una voz entre las sombras.

Todos desenfundaron sus armas de nuevo, con el corazón desbocado. ¿Un nuevo enemigo? ¿Qué más podía pasarles?

– ¡Es Urd, la Norna del pasado! – exclamó Félix.

– Si se me vuelve a aparecer otra persona más por la espalda, juro que inventaré unos anteojos con espejos traseros – comentó Katurian.

– Hay muchas lecciones que aprender en el pasado – repitió Urd.

– ¡Cuéntanoslo! ¡Debemos salvar Calamburia! – suplicó Ukho.

– Los mortales siempre suplicáis por lo mismo. Pero nunca entendéis el precio que hay que pagar.

Y la Norna habló, gentiles amigos. Y nuestros héroes escucharon. No fue lo que querían oír, pero fue lo suficiente para despertar una chispa. Y es que, por pequeña que sea la antorcha, siempre será suficiente para iniciar un incendio, uno que quemará hasta los mismos cimientos del espacio y el tiempo.