147 – LOS CAMPEONES ELEGIDOS

La magia está descontrolada. Eso es un hecho.

Normalmente, la luz y la oscuridad se hallan en un delicado equilibrio, rodeado de fuerzas elementales de la naturaleza que ayudan a garantizar su estabilidad. Sin embargo, tras la hecatombe de los elementos, la maldición de las brujas, el accidente del Maelström y los ataques del poderoso Dragón y el astuto Leviatán; el restablecimiento de dicho equilibrio resulta un intento de apagar un incendio con odres de vino

Los guardabosques lo saben bien. Siempre ha habido portales a otros mundos que se abren en los alrededores de Skuchaín, pero en los últimos tiempos, su número había aumentado drásticamente. Dichas puertas, antes de ser cerradas, ofrecían un vistazo a otras realidades, a otros mundos, algunos de ellos casi imposibles de imaginar.

Uno de esos mundos es el Reino Faérico, un lugar que no está por encima ni en paralelo a Calamburia, sino bajo ella, en una realidad conectada a través de la Aguja de Nácar, donde la magia actúa como la piedra angular de todo. En este reino, las criaturas han nacido de los elementos de manera mágica y espontánea configurando las seis razas principales: faunos, unicornios, hadas, ondinas, efreets y enanos. Estas razas poseen linajes y poderes antiguos que nacen de la magia misma.

El pueblo faérico tiene una estructura claramente definida. Cada raza está regida por una dama, elegida mediante rituales ancestrales. Sin embargo, en tiempos de crisis, es la Dama Blanca quien asume el control supremo, guiada por la sabiduría del Archimago de Calamburia y asistida por el Espíritu del Bosque. Las reuniones de todas las razas faéricas no son algo común, pero cuando suceden, marcan un momento crucial en la historia mágica.

Un enorme brillo relucía en la base de un árbol. Era el lugar perfecto para convocar un portal, ya que la magia fluía de forma especial a través de ese canal. No sería fácil, pero con una buena cantidad de magia sería posible. Una variopinta multitud se amontonaba frente a este. Astutos faunos de la Jungla Esmeralda, robustos enanos de las cavernas de los Montes de Acero, y galopantes unicornios de las grandes Praderas Añil estaban presentes, apenas separados los unos de los otros pero con una tensión latente en el ambiente.

Pero, más arriba, en las ramas de ese árbol, no parecía que hubiera tensión alguna. Lo que ocurría allí era una discusión entre susurros, el pan de cada día de aquel peculiar grupo de pequeñas criaturas.

—¡Aparta, Kirta, que no veo! —dijo un fauno intentando no caerse de la rama.

—¡Haber cogido el sitio antes, Yrret! ¡Eres un tardón! —replicó su hermana tratando de mantener firme su posición pese a los meneos que el fauno daba a la rama.

—¡Silencio! ¡Vais a hacer que nos descubran! —les reprendió Lien mientras se acomodaba en otra rama.

Mientras discutían, una oleada recorrió la multitud, que se apartó para dar paso a un majestuoso ciervo blanco. Sobre su lomo, con una grácil serenidad, iba la Dama Blanca envuelta en un deslumbrante vestido que competía en brillo con el imponente cuerno en su frente, símbolo inconfundible de su naturaleza unicornia. El cuerno irradiaba una luz pura y poderosa, realzando su porte regio. Con suaves inclinaciones de cabeza, saludaba a los líderes de las razas. Tras ella, tres faunos corpulentos, campeones de su raza, portaban lanzas ceremoniales y alforjas llenas de provisiones y objetos mágicos.

—Haaala. ¿Pero qué les han dado de comer a esos? —preguntó Yrret.

—Son los campeones de la Dama Esmeralda, guerreros entrenados en las artes faéricas y en la defensa de la Aguja de Nácar —susurró maravillada Lien.

—No como tú que te has entrenado en el Pozo de la Comida —le dijo maliciosamente Kirta.

Mientras los dos se enzarzaban en una pelea entre susurros, la Dama Blanca llegó hasta el árbol del cual se desprendía aquella esencia mágica especial y, dándole la espalda, se encaró a la multitud. Los faunos campeones formaron detrás de ella, vigilantes y preparados, como estatuas vivientes.

—Damas y pueblo faérico. Gracias por haber venido en tiempos de necesidad —declaró la dama con solemnidad—. Sé que tenéis grandes preocupaciones, pero ninguna es tan importante como esta. Como sabéis, la oscuridad está despertando y muchos habéis sentido las consecuencias. Sé de dónde proviene: su origen es la tierra de Calamburia.

Los murmullos recorrieron el claro y un líder de clan avanzó para encararse a la Dama Blanca. Un fauno de mirada intensa y gestos nerviosos, con sus astas adornadas por hojas y ramas, se adelantó con determinación. Antes de que pudiera hablar, Tyria, la Dama Esmeralda, alzó una mano delicada y lo detuvo con una mirada tan severa como serena.

—Dama Blanca —saludó Tyria con voz clara, aunque su ceño se fruncía levemente mientras observaba a Karianna. Había algo extraño en su porte, algo que no le recordaba a la unicornia que conocía desde hacía años—. Mis faunos siempre han sido guardianes del equilibrio y la vida en el Reino Faérico. La oscuridad es una amenaza que no podemos ignorar, pero nuestros corazones dudan. ¿Por qué habríamos de intervenir en lo que ocurre más allá de nuestras tierras? No deseamos que nuestra magia ni nuestro pueblo se mezclen en asuntos ajenos.

La multitud parecía estar de acuerdo con sus palabras. Los faunos y otros miembros del pueblo faérico compartían la misma preocupación.

Anya sintió cómo el sudor frío recorría su espalda. Aunque llevaba tiempo haciéndose pasar por Karianna, el peso de su mentira le apretaba el pecho y la presencia de Tyria, que la observaba con creciente suspicacia, no ayudaba. Su corazón latía con fuerza mientras respondía, consciente de que cualquier palabra mal dicha podría delatarla como la impostora que suplantaba a la verdadera Dama Blanca.

–No os estoy pidiendo que luchéis por un reino que no os concierne, sino por el futuro de ambos mundos. La oscuridad que amenaza ahora no distingue reinos, ni conoce fronteras. Todos estamos en peligro y solo juntos podremos vencerla.

La Dama de los faunos mantuvo su minuciosa observación de la supuesta Dama Blanca, notando pequeños detalles en la postura y el tono que no asociaba a Karianna. Algo no encajaba, pero tuvo que asentir.

—Si lo que decís es cierto, Dama Blanca, mis faunos estarán preparados para luchar, pero lo haremos a nuestra manera, protegiendo el equilibrio que tanto valoramos —anunció Tyria mirando a su gente con orgullo, pero aún con una chispa de recelo en sus ojos.

La Dama Blanca, sintiéndose cada vez más vulnerable, agradeció el apoyo con una ligera inclinación de cabeza, esperando que su nerviosismo no la traicionara.

–Os agradezco profundamente a vos, Tyria, y a vuestro pueblo, no solo por vuestra disposición y por haber ofrecido a estos campeones para protegernos, sino también por la inquebrantable lealtad que habéis mostrado en las antiguas batallas, especialmente hacia mi madre. Vuestros sacrificios y valentía han sido esenciales para preservar la paz en nuestros reinos, y sé que, una vez más, responderéis con la misma fuerza y honor.

Un robusto enano de las cavernas de los Montes de Acero habló, y su voz resonó como el eco de una forja en las profundidades de la montaña.

—¿Y por qué no entramos y arrasamos con ese mundo de débiles humanos? Así ya no habrá oscuridad. ¡No habrá nada!

Muchos corearon su aprobación. El pueblo faérico, enfrentado a siglos de combate contra las fuerzas oscuras, estaba cansado de la lucha sin fin. Necesitaban medidas radicales.

—Entiendo vuestra posición, querido pueblo, pero fui escogida para unirnos en los momentos de dificultad y este portal solo podrá soportar un grupo reducido. Gracias a vuestra generosidad, Tyria, y a la de vuestros guerreros, podremos actuar rápidamente —dijo apartándose para que los demás asistentes pudiesen ver a esos tres corpulentos faunos que estaban a su lado, los cuales parecían capaces de partir una lanza con una sola mano.

Anya comenzó a desgranar los logros y la capacidad analítica de los fieros luchadores, las difíciles pruebas que habían superado y cómo, gracias a su estrategia e intelecto, ayudarían a los líderes humanos a combatir con efectividad a la oscuridad. Mientras hablaba, no podía evitar sentir las miradas inquisitivas de Tyria sobre ella.

—Me aburro —suspiró Yrret—. ¡Blablablá! ¡Miradnos, somos faunos perfectos! Uuuh, mira qué pectorales tengo, voy a salvaros de la Oscuridad. ¡Bah!

—Ojalá pudiésemos ayudarlos. Me encantaría ver el mundo de Calamburia —coreó, soñadora, Kirta.

—Podríamos ser de mucha ayuda. Somos pequeños y unos maestros del sigilo —dijo Lien mirando con tristeza el panorama—. Pero ya han elegido.

—¡Pues creo que deberíamos ir! ¡Deberíamos acompañarlos! —exclamó Yrret levantándose de un salto y tratando de mantener el equilibrio.

—¡Pero ya han elegido! Debemos seguir órdenes —trató de explicar Lien.

—¡Qué importan las órdenes! Nosotros también podemos salvar Calamburia. Y lo que venga después.

—¿Y si resulta que no hay comida en Calamburia? —preguntó maliciosamente Kirta agitando la rama a propósito.

—¿Cómo no va a haber? ¡Ey, para! ¡Que me…! —gritó Yrret mientras se precipitaba hacia el suelo.

Justo debajo de él, a unos metros, relucía el portal mágico a Calamburia. El espíritu del bosque, sereno y majestuoso, permanecía en silencio, observando todo con su imponente presencia. De repente, con un movimiento solemne de su cabeza, sus astas resplandecieron aún más intensamente. Una luz de paz y pureza emanó de ellas, estremeciendo el aire a su alrededor. Este era un momento crucial: la magia en el Reino Faérico estaba menguando, y solo quedaba suficiente para abrir un único portal.

El portal se abrió por completo, llenando el claro de un resplandor inmaculado. La multitud permanecía en silencio, consciente de la magnitud de lo que sucedía. Acumular tal cantidad de magia no había sido fácil.

La Dama Blanca y sus campeones seguían frente a ellos, desgranando su larga lista de habilidades. La mirada de miedo de Yrret se volvió firme.

—¡Es el momento! ¡El destino ha elegido por nosotros! —dijo mirando a sus amigas y al portal.

—¡No, Yrret! —gritó Lien extendiendo la mano.

El pequeño fauno las miró con una expresión traviesa y, abriendo la mano, susurró:

—Os veo al otro lado.

Su cuerpo cayó como una piedra, precipitándose hacia el suelo y el portal lo engulló como si nunca hubiese existido. Alguien en la multitud, alertado por el movimiento, empezó a armar revuelo. Los campeones empezaron a mirar confusos a su alrededor.

Tras cruzar Yrret, el portal empezó a chisporrotear con una energía descontrolada, lo que inquietó a las damas, el espíritu del bosque y los asistentes al cónclave. La Dama Blanca miró a Tyria, quien frunció el ceño, claramente desconcertada por lo que acababa de ocurrir.

—¡Lien! ¡Debemos ir con él! —exclamó Kirta.

—¡No podemos! ¡Los campeones! ¡La Dama Blanca!

—Es un fastidio, pero es nuestro hermano —dijo mientras se pellizcaba el hocico como si fuese a zambullirse y saltó al vacío.

Esta vez la multitud sí vio el movimiento y comenzó a señalar hacia el árbol. Los guerreros faunos se dirigieron a su base y empezaron a escalar a toda velocidad, propulsados por sus cuerpos curtidos en mil batallas. La tensión crecía entre las razas faéricas y los murmullos se transformaron en gritos. La situación estaba a punto de descontrolarse.

—¡Oh, cielos¡ ¡Maldita sea! ¡De verdad que me sacáis de quicio! Bueno, cuando ellos crucen, se lo explicaremos todo y volveremos a nuestro mundo sin dar problemas —razonó Lien con fingida tranquilidad mientras saltaba pataleando hacia el portal.

Con impotencia, los todos asistentes a la reunión, vieron cómo una pequeña fauna gritaba dando vueltas y cruzaba la mágica puerta que ya empezaba a cerrarse. Los campeones trataron de bajar a toda prisa del árbol, pero era demasiado tarde: con un breve ruido de succión, el portal se colapsó y desapareció.

El espíritu del bosque bajó la cabeza, la frustración se manifestaba en su postura mientras la magia en el aire se desvanecía. La Dama Blanca suspiró mientras cerraba los ojos, elevando una plegaria al Titán, aunque este no existiese en este mundo.

—Aodhan, querido. Espero que los escuches y no te dediques a perseguirlos —dijo en voz muy queda, para que nadie la oyese. No obstante, tenía mayores problemas con los que lidiar; empezando por contener a la turba enfurecida en la que se había convertido la asamblea.

146 – LARGA VIDA AL REY

En otros reinos, el alma es una buena excusa para que sabios y eruditos entren en largos debates filosóficos. Pero en Calamburia, las almas son muy reales y contienen las esencias de las personas. Las almas no están ni vivas ni muertas, simplemente existen o dejan de existir. Y cuando dejan de hacerlo, pasan a formar de ese incontrolable torrente de magia del cual se alimentan todas las criaturas de Calamburia, de diversas maneras. 

Si bien las almas suelen realizar un recorrido normal hacia el Inframundo (no todas las secciones de tan tenebroso lugar son horribles. Pero muchas sí), dicho recorrido se puede ver alterado de numerosas formas. Ya sea revirtiendo el proceso con la Piedra de la Resurrección (¿Dónde estará la piedra que dicen que fue el Ojo del Titán?) o capturándolas para absorber su esencia (Los espejos de las cortesanas no son únicamente para empolvarse la nariz), lo cierto es que hay muchas maneras de hacer trampas con el tema de las almas. E incluso… traficar con ellas.

Van Bakari se hallaba meditando en su pequeña choza ritual. La humedad del pantano penetraba a través de los tablones toscos de madera y las macabras decoraciones que pendían del techo llenaba de sombras dispares la habitación. Fetiches, velas y extraños totems abarrotaban la pequeña cabaña. En el centro de esta, un agujero enorme en los tablones se asomaba al pestilente pantano, devolviendo un reflejo de aguas negras de consistencia casi sólida. En el centro de este, flotaba un anillo con una calavera, rotando suavemente sobre sí mismo.

Aunque Van Bakari parecía estar simplemente sentado delante del anillo, estaba a mucha distancia de allí. A mundos de distancia, concretamente. El anillo, antiguo regalo de su maestro (en realidad se lo arrancó de sus temblorosas manos), era más que un simple abalorio: era un receptáculo para almas muy poderosas, uno que servía de cárcel y verdugo para los pobres desgraciados que habían sellado pactos y contratos injustos y que no cumplieron su parte. 

La decoración de la Prisión de Almas no había sido diseñada para la comodidad de sus huéspedes. De hecho, su único propósito era sumirlos en una locura que llevase a la docilidad, de ahí que las escaleras subiesen en ángulos imposibles, los pasillos fuesen laberintos y las esquinas diesen vueltas sobre sí mismas. Una auténtica pesadilla geométrica sin sentido, que permitía al sonido viajar de forma extraña.

Sus prisioneros ya estaban insensibilizados completamente. Las almas no necesitan de agua ni de comida, por lo que solo les quedaba una existencia de aburrimiento. Pero siempre había un sonido que los sacaba de su letargo: una melodía silbada de forma distraída, mientras Van Bakari recorría los pasillos, dando suaves golpes con los nudillos en las paredes.

Los prisioneros se activaron todos a una, lanzándose contra los barrotes de sus cárceles, gritando amenazas, súplicas, insultos y promesas. El Traficante de Almas sonreía abiertamente: para él, esa avalancha de voces desesperadas era como el dulce cantar de un coro angelical.

Sólo una celda merecía su atención y fue hacia ella directamente.

– ¡Hisoka Ronin! – saludó haciendo una burlona reverencia con su sombrero – Hijo del Dragón y de los hombres, Danzante entre las Sombras, Hechicero de Almas y Corazón Oscuro. ¿Podría dedicarme un poco de su tiempo?

La figura del fondo de la celda no respondió. Estaba reposando en una postura típica de los Hijos del Dragón, meditando.

– ¿No le concedería unos minutos de su eterno tiempo a este vil gusano? ¿No podría hacerme ese favor…Maestro? – preguntó con fingida inocencia el carcelero de aquella imposible prisión.

La figura abrió los ojos, que brillaban rojos en la oscuridad como los fuegos del infierno. El fulgor se fue apagando poco a poco, a medida que se levantaba y se acercaba a las rejas de la celda.

– Van Bakari. O cómo te hagas llamar ahora. ¿Qué desea mi prometedor pupilo? ¿Quieres más poder? ¿Más conocimiento? ¿Estás seguro que tu mente podrá abarcarlo? – el Hechicero de Almas miraba a través de las marcas de su cara, deformada por años de magia.

– Oh, no maestro. Con lo que sé ya me es suficiente. Además ya he hecho mis averiguaciones por mi parte. ¡Me temo que te has quedado desfasado! Verás, vengo por otra razón: la Oscuridad te llama.

Hisoka Ronin, el resultado prohibido entre la mezcla de un Hijo del Dragón y un humano, abrió los ojos con sorpresa y volvió a adoptar su enigmática pose. 

– ¿Entonces es cierto? ¿Habéis logrado despertarla?

– Bueno, realmente sólo soy un mecenas, el cuidadoso inversor que vigila todo desde lejos. Pero sí, otros más menesterosos que yo y con bastante sentido del riesgo han ido dando todos los pasos necesarios.

– Por supuesto. Jamás tomarías un papel protagonista – bufó su maestro con desprecio.

– Ya lo intenté una vez con los Elementos. Y la verdad es que prefiero olvidar ese episodio – replicó con fastidio, tamborileando con impaciencia los dedos sobre los barrotes.

– ¿Y qué desea de mí la Oscuridad? 

– Tu libertad – dijo bostezando Van Bakari. Agitó una mano en el aire con teatralidad y los barrotes desaparecieron -. No creo que sea una gran idea, pero yo solo obedezco a mis amos supremos, mientras espero la oportunidad adecuada. Espero que no me guardes rencor, Maestro. ¡Sólo hice lo que me enseñaste!

Van Bakari se plegó sobre sí mismo, rematando con una burlona reverencia. Mientras Hisoka se pensaba si castigar a su discípulo o no, el Traficante de Almas agarraba uno de sus fetiches con fuerza, listo para combatir. Pero con un suspiro, su maestro contestó:

– No puedo guardar rencor a quien logró superarme. Y si la propia Oscuridad llama, debo responder. Tengo la eternidad por delante para planear tu muerte.

Van Bakari se relajó y se incorporó con una sonrisa.

– ¡Perfecto! Podemos dialogar y ponerlo en común, yo también estoy planeando grandes cosas para mi muerte.

Se disponía a darse la vuelta y volver por donde había venido, cuando un brazo salió disparado de una celda vecina y se agarró con desesperación al brazo del traficante.

– ¡Van Bakari! ¡Espera! Puedo seros útil – dijo una voz con un susurro desesperado.

El aludido se giró despacio, maldiciendo entre dientes el haberse descuidado por unos segundos. Miró fijamente al rostro de Rodrigo IV, que se aplastaba contra los barrotes.

– Pero mi querido rey, que aspecto tan desagradable. ¿Qué tienes que podría serme útil en estas circunstancias?

– El pueblo necesita un rey. Aunque la Oscuridad reine, no podréis doblegar a todos con el miedo y el horror. Necesitáis un monarca reconocible por el pueblo, alguien que sepa reinar y seguir las directrices de la Oscuridad.

La voz de Rodrigo fue perdiendo el tono tembloroso y fue ganando en acero y realeza. Poco a poco su porte fue cambiando, sus hombros se cuadraron y su barbilla logró apuntar a lo alto, a pesar de estar entre rejas. Su brazo no cedía la presa.

– Me necesitáis a mi. Alguien que guíe a la gente en la Oscuridad. Alguien a quien conoce y quiere el pueblo. Todavía puedo ser útil. Todavía puedo pagar mi deuda.

Los ojos de Rodrigo ardían con ambición. Eran ojos que habían cometido atrocidades en nombre de un contrato. Y lo volverían a hacer.

Van Bakari meditó unos segundos mientras su mente hacía apresurados cálculos. Rodrigo IV tenía razón: la Reina Sancha tenía los días contados y la Reina de la Oscuridad, Dorna, no parecía interesada en los asuntos mundanos que suponen reinar y gobernar a los simples mortales. La figura de un regente, un rey en funciones, parecía atractiva. Especialmente uno que estuviese atado a él de manera irremediable. Al fin y al cabo, por eso tentó a Rodrigo en el pasado. Ay, qué ganas tenía de ver la cara de esa vieja arpía cuando viese volver a su marido de entre los muertos.

– Bueno, ¿Por qué no? ¡Me encanta improvisar estas cosas! Estoy cansado de los meticulosos planes que llevan gestándose desde milenios. Adelante, Rodrigo. Haz lo que creas necesario para conseguir el trono. Y tendrás el mejor de los consejeros: el único bastardo entre un Hijo del Dragón y una tierna campesina.

– ¿Quieres atar mi destino al de este triste mortal? – escupió Hisoka, sus ojos de nuevo como dos relucientes hornos.

– Recuerda querido Maestro que tu alma aún es mía. Y harás lo que me apetezca – dijo dándose la vuelta. Mientras caminaba, agitó la mano teatralmente y los barrotes de la celda de Rodrigo IV desaparecieron -. Seguidme. ¿O es que queréis quedaros un tiempo más en este dulce paraíso?

145 – LA PIEDRA MÁS ESPECIAL

La cabaña del alquimista más grande que Calamburia había conocido coronaba una pequeña ladera en un valle que rebosaba paz y tranquilidad. La pequeña casa tenía el tejado levemente torcido y algunas paredes se combaban, pero todo tenía un extraño toque hogareño. De la chimenea emergían volutas de humo a intervalos regulares y las ovejas de un campo cercano balaban de manera intermitente, lo cual, unido a la suave brisa, creaba una melodía bucólica y pacífica.

Cualquiera se habría extasiado ante tanta belleza y habría disfrutado de las vistas y el paisaje. Pero había claramente alguien que maldecía a la gran mayoría de los seres vivos de Calamburia.

Aurora, la mejor discípula de alquimia de todo el Reino, caminaba pisoteando el camino como si fuera el culpable de todos los males. Sus ojos echaban chispas y sus puños apretados trataban de canalizar toda su frustración acumulada.

Cuando Callum, la leyenda viva de la alquimia, vino a Skuchaín pidiendo excepcionalmente permiso para apadrinar él mismo a una discípula, no pudo contener su alegría. Fue como si se hubiese tomado una poción de fuerza vigorosa y no pudo dejar de parlotear todo el camino. ¡Qué grandes misterios descubrirán juntos! ¡Qué secretos le contaría! La legendaria piedra filosofal estaba al alcance de su mano, casi podía saborearlo.

Pero desde que habían llegado a ese valle perdido, alejado de toda civilización, su nuevo maestro se había vuelto callado y misterioso. Y solo le mandaba hacer las tareas más estúpidas: ordeñar a las ovejas, recoger la madera e ir a por agua al río cercano. ¡Tareas de sirvientes! Ella era una joven promesa, un diamante en bruto. ¡No iba a permitir tales tropelías! 

Pero su maestro fue implacable. Y durante semanas hizo las tareas más indignas hasta que un día se plantó ante su maestro y le exigió que comenzara su aprendizaje. Este le miró fijamente y tras unos minutos de absoluto silencio en el que Aurora le sostuvo la mirada con firmeza, dijo:

– Quiero que me traigas la piedra más especial de todas.

Desde entonces, y durante las semanas siguientes, Aurora había recorrido todos los alrededores, explorado las cuevas de las montañas y visitado mercados por toda Calamburia. Ágatas, cinabrio, cuarzo, pepitas de oro… nada satisfacía al maestro, quién simplemente giraba la cabeza.

Pero Aurora lucía una sonrisa triunfal al abrir la puerta de un portazo. Una piedra ambarina relucía en su mano, mientras la luz del atardecer dibujaba su silueta en el quicio de la puerta.

– ¡Maestro! Ya he entendido el propósito de la prueba. No era una piedra lo que tenía que buscar. Es por eso que he traído la piedra más especial de todas, una que parece oro pero no es tal cosa, una que tiene el saber de eones grabadas en su interior pero no es un mineral: ¡el ámbar!

El maestro se la quedó mirando fijamente, sin mostrar ninguna emoción. Aurora trató de contener su nerviosismo, ya que al menos no se había dado la vuelta como otras veces.

– No he dejado de pensar que esta prueba era para prepararme para la búsqueda de la Piedra Filosofal. Y el ámbar es un símil perfecto. Porque, en apariencia, parece una piedra pero por dentro es mucho más. A diferencia de los minerales y debido a su origen orgánico, tiene muchas propiedades curativas. Las matriarcas amazonas lucen abalorios compuestos de ámbar por todo su cuerpo y su longevidad está más que constatada. Es además el material del Trono de Calamburia, símbolo de liderazgo y estabilidad en el tiempo.

Aurora fue ganando en fuerza y en confianza mientras soltaba su discurso. Le había dado mil vueltas por el camino y era la solución perfecta al problema. Pero aún no había acabado.

– Y por si fuera poco, esta piedra tiene algo de particular: dentro, tiene abejas atrapadas en su resina, criaturas que vivieron hace miles de años. Esta piedra supuso su muerte, pero también contuvo la vida. La Piedra Filosofal controla la vida y la muerte, el equilibrio vital. Por eso, el ámbar es lo más parecido a esa mítica piedra. Y por eso es la más especial – sentenció triunfante.

El maestro siguió mirándola fijamente. Y por fin, habló:

– Tienes razón. El ámbar, o al menos cierto tipo muy concreto de ámbar, creado en unas circunstancias específicas, es un ingrediente para crear la Piedra Filosofal. Pero no es una piedra especial. Sigue buscando – mientras decía estas palabras, Callum se dio la vuelta y volvió a enfrascarse en uno de sus pesados volúmenes.

Aurora se quedó con la mirada desencajada, con los ojos humedecidos, haciendo lo imposible por no llorar de pura frustración. Semanas de búsqueda, media Calamburia removida de arriba a abajo, trayendo estúpidos minerales a cada cual más exótico… para nada.

La joven discípula salió hecha una furia y en lo alto de la colina, empezó a caminar en círculos, como solía hacer cuando estaba nerviosa. Pero esta vez nada calmaba sus nervios y gritando con desesperación, dio una patada a una piedra. Esta salió rodando colina abajo, arrastrando a otras consigo, creando una avalancha en miniatura que acabó en lo más bajo de la ladera, dejando una ligera nube de polvo. Aurora se quedó mirando la nube de polvo mientras las piezas del puzzle empezaban a encajar en su mente. 

Serenándose, agarrando sus ilusiones con un puño, entró de nuevo con calma en la choza. Su maestro le estaba esperando de pie, con un brillo curioso en la mirada.

– ¿Vienes con la piedra más especial de todas? – preguntó con voz grave y neutra.

– No hay ninguna piedra especial, maestro. Ahora lo entiendo. Todos los minerales se crean con el choque de fuerzas vastamente superiores a todo lo que existe y el resultado es puramente estadístico. Todas ellas son un milagro de la naturaleza y algo que los campesinos pueden confundir con magia. Pero lo cierto es que no hay nada de especial en ello, hay muchas reglas y normas que explican su creación. Por lo tanto, son todas especiales, pero a la vez, ninguna lo es. La Piedra Filosofal también sigue una serie de reglas – recitó con voz queda la alumna, mientras miraba al suelo.

– ¿Y tú eres especial? – preguntó el maestro.

– Lo soy. Pero todos los seres vivos somos el resultado de reglas y estadística. Destaco en alquimia, pero seguro que hay un porquero que también destaca cuidando cerdos. Todos tenemos algo especial. Y por eso ninguno lo somos.

El maestro se quedó mirando a su discípula fijamente. Finalmente asintió y se acercó a ella, poniendo ambas manos sobre sus hombros. Su rostro anormalmente joven para la edad que debería tener reflejaba tristeza y a la vez, un gran orgullo.

– Enhorabuena, Aurora. Has aprendido la primera lección sobre el conocimiento: tenerlo no te hace especial. Destacar sobre el resto no te hace mejor que ellos. Todos tenemos un propósito, hasta el mineral más insulso. La soberbia unida al conocimiento solo puede traernos la ruina. Bien lo sé yo.

Mientras miraba a los jóvenes ojos de su discípula, que lloraba en silencio con una sonrisa, Callum recordó los tiempos en los que fue presa de la soberbia. Recordó cuando su rostro no era tan joven pero sus ojos igual de viejos, o más. Recordó el miedo, recordó su orgullo, recordó su pecado. 

El alquimista más poderoso de toda Calamburia volvió a verse a sí mismo sosteniendo la Piedra Filosofal, la llave de la creación, un producto del hombre que podría desafiar a los dioses. Y teniendo todo ese poder en la mano, empuñando su soberbia y rodeado por el miedo, pidió la eterna juventud. Se creía especial, creía que su conocimiento marcaría la diferencia, pidió más tiempo. Y se le fue concedido.

Solo cuando se disiparon los efectos y vio la piedra consumirse y esparcirse por el cielo, fue consciente de su error. Las cosas que podría haber hecho, los milagros que podría haber alcanzado… ¡los dioses que podría haber despertado! Pero en vez de eso, pidió con miedo y con orgullo algo que le perseguiría cada vez que se mirase en el reflejo. En realidad, con todo su conocimiento, con todo su saber, Callum nunca pudo admitir que como cualquier porquero, tenía miedo a la muerte. Y es que la muerte nos recuerda que nadie es especial: todos la temen por igual.

Volvió a emerger de la profundidad de sus recuerdos. Apretando las manos en los hombros de Aurora, dijo.

– Pongámonos a trabajar, discípula. Tenemos mucho trabajo que hacer.

144 – EL SUEÑO DEL TITÁN. UN CANTO ANCESTRAL

Viajar en el tiempo tiene sus consecuencias. La mente de Teslo no estaba donde debía estar: cientos de futuros y pasados se entremezclaban de forma paralela en su mente, haciéndole dudar de cuáles había vivido realmente y cuáles eran dimensiones posibles basadas en decisiones que nunca tomó o que aún no había tomado.

Recordaba vagamente a los Guardianes del Tiempo, seres ajenos al propio Tiempo y a la vez sus protectores. Recordó haber presenciado la lucha de la Luz y la Oscuridad a través de milenios, y de la existencia de Paladines de cada una de las facciones. Se sentía infinitamente viejo, aunque por fuera seguía siendo joven.

Pero estos confusos sentimientos se despejaban rápidamente al detectar que uno de esos recuerdos era muy real: Van Bakari, destruyendo la lista que habían recopilado con los nombres de los Paladines de la Luz y la Oscuridad. El avieso traficante de almas esperó a que los hermanos Flemer saliesen de la máquina para inutilizarla y destruir la lista de nombres, no sin antes revelar dos: Dorna y Kaju Daban. Dorna era por desgracia bien conocida, pero… ¿Kaju Daban? ¿Quién demonios podía ser? Calamburia era tan grande, y había tan poco tiempo…

Los acontecimientos se habían precipitado. Los Impromagos contactaron con los Inventores al enterarse de su viaje por el tiempo. Al parecer habían reunido a estudiantes fieles al ideal de Theodus y querían poner un punto y final a los Consejeros, como si de un ataque sorpresa se tratase. Katurian había quedado demasiado afectado por el viaje temporal y tuvo que quedarse en el Faro, pero Teslo no estaba mucho mejor. Siguió a la comitiva con aire ausente, dándole vueltas todo el rato al nombre de los elegidos… Kaju y Dorna… ¿Cómo saber cuál de los dos eran aliados de la Luz o la Oscuridad? ¿Qué ocurriría si viajasen a otras dimensiones para ver el futuro? ¿Qué pasaría si..?

De repente, la mirada de Teslo se enfocó. Había vuelto a divagar a causa de la enfermedad de los viajes del tiempo, y parecía que lo había hecho durante los momentos más críticos del enfrentamiento.

La mole de Cuna de la Oscuridad se erguía ante ellos. En la plaza central del grisáceo pueblo, los Consejeros sonreían mientras sus ojos rezumaban Oscuridad.

– ¿Mi hijo? ¿Mi hijo está vivo? – balbuceaba Dorna, de rodillas frente a ellos. Miraba a los lados como un animal enjaulado, debatiéndose entre suplicar o amenazar a los consejeros.

– La Oscuridad lo ve todo, Hija de los Primeros Hombres. Si aceptas nuestro regalo, accederás a un conocimiento sin límites.

Frente a ellos, Trai, Grahim y Ukho gritaban sin osar acercarse a Dorna, sintiendo su agresividad contenida.

– ¡No les escuches! – gritó Ukho – ¡Te lían la cabeza!

– ¡Es muy peligroso! – gimió Grahim mientras se tapaba las orejas.

– No interfiráis, niños. Su poder es demasiado fuerte. Es el momento de descubrir si los Salvajes merecían la extinción o aún hay compasión en sus corazones – les interrumpió Dandelion, el Elfo, con mirada pensativa. 

– Esperaré pacientemente a que los Salvajes revelen su verdadera naturaleza – dijo con frialdad Niniel.

– Además, no hay mucho que podamos hacer con esos de ahí vigilando tan de cerca – señaló Drawets a un siniestro grupo que se hallaba cerca de los Consejeros: Aurobinda, Eme, Van Bakari e Inocencio.

– ¡Pero nosotros tenemos a alguien superfuerte! ¡La propia Sacerdotisa de los Elementos! – dijo emocionada Trai.

Naisha se hallaba en el suelo, con las piernas cruzadas en aparente relajación. Ligeras ondas de poder se arremolinaban a su alrededor, pero aparte de eso, nada más ocurría.

Dorna se irguió temblorosa, apoyándose en su gastada lanza.

– Si es una trampa, si es una sucia mentira, juro que os perseguiré hasta el fin de los tiempos y os arrancaré el corazón – susurró Dorna, mirando fijamente a la Oscuridad. A pesar de sus amenazas, sus ojos transmitían una tristeza sin límites.

– Dánoslo todo, Dorna. Y el abismo te lo devolverá multiplicado con creces – dijo Barastyr, mientras agitaba las manos en una rápida cadencia, abriendo un portal, que flotaba a escasos centímetros del suelo.

– No me queda nada que dar, salvo odio, soledad y venganza.

– Te aseguro querida que con eso bastará – respondió con sonrisa lobuna Érebos.

Sin mirar atrás, Dorna enderezó la espalda y con los puños apretados, cruzó el portal. Los niños gritaron impotentes mientras la Oscuridad engullía a Dorna y los Consejeros se ponían a salmodiar mientras el portal cambiaba de forma.

Naisha abrió los ojos. Levitando, se puso en pie mientras sus ojos despedían chispas de poder.

– Ha elegido. La balanza queda desequilibrada de nuevo. Es mi deber devolver el equilibrio. ¡Sufrid la ira de los elementos!

– ¡Antes tendrás que pasar por nuestro cadáver, Sacerdotisa! – sonrió malignamente Aurobinda.

– Os demostraremos nuestro poder. ¡Más poder que el que jamás habría obtenido Sirene! – gritó Eme.

– Odio pelear. ¡Es tan vulgar! – dijó Van Bakari mientras un cúmulo de almas se desplegaban a su alrededor.

Naisha apuntó con sus manos y soltó una oleada de poder que fue bloqueada por Van Bakari y Aurobinda, parándola a duras penas. Los Impromagos y Ukho se lanzaron a por Eme, quien riendo a carcajadas empezó a atormentarlos con retorcidos hechizos oscuros. Trai y Grahim lo intentaron con todas sus fuerzas, pero Eme tenía un completo control sobre la magia de Theodus y ya no conocía la piedad. Los barrió como hojas en el viento y se apresuró a ayudar a su maestra. Los Elfos, tras terminar de canalizar su poder, apoyaron a la Sacerdotisa, provocando que ambas magias, Luz y Oscuridad, chocasen en el centro de la plaza como un muro implacable de energías centelleantes.

– ¡Es demasiado tarde, pobres mortales! ¡La Oscuridad ya tiene una Consorte! – gritó Barstyr, haciéndose oír por la huracanada plaza, llena de zarcillos mágicos.

– ¡La Oscuridad ya tiene un receptáculo en esta tierra! – gritó Érebos.

– ¡Inclinaros, gusanos, ante la Reina de la Oscuridad! – gritaron al unísono.

Una forma emergió del portal. Portaba ropas que parecían las propias tinieblas. Una siniestra corona de espinas. Una mirada que quemaba, pero que no daba calor alguno. El crisol del odio y de la venganza, un pozo sin fondo de locura y desesperación. Dorna, Hija de los Primeros Hombres, descendiente de los Reyes Errantes, Líder de Clan, Reina legítima de Calamburia, Reina Traicionada y Consorte de la Oscuridad. Salvaje, Reina, paria y ahora, Paladín de las Tinieblas.

Con un golpe de su siniestro bastón, disolvió con una explosión las dos fuerzas que se estaban disputando en el centro de la plaza. Los niños salieron rodando, Naisha dejó de levitar y fue derribada al suelo y los Elfos hicieron crecer enredaderas que les protegieron de la deflagración. Teslo contemplaba todo esto con los ojos abiertos sin poder hacer nada, preso de la confusión temporal.

La maligna comitiva se arrodilló para rendir pleitesía ante la nueva Reina. Los Consejeros bajaron la cabeza en señal de respeto pero la levantaron al ver que una persona se acercaba corriendo para plantar cara al fin de los tiempos.

– ¡La Luz siempre prevalece! ¡Los héroes triunfaremos!

Dorna se giró para encararse a Ukho, frunciendo la cara con expresión de asco. Los Consejeros dieron un paso con una sonrisa sardónica.

– ¿Triunfarán como tu padre, Ukho? ¿Así son los héroes? – preguntó Barastyr.

– O quizás son unos pícaros, unos borrachos, unos mujeriegos que solo piensan en los placeres mundanos – comentó con inocencia Érebos.

– ¡Callad! ¡Mi padre es mucho más que eso!

– Tu padre es escoria. Y de la peor calaña. La Oscuridad los sabe todo, chico. Tu padre brilla tanto como el vaso sucio de una taberna, donde suele pasar sus días. Tu padre es ese despojo de ahí: nada menos que el pícaro Drawets.

Ukho miró nervioso hacia atrás. Su supuesto padre se estaba incorporando, mientras se recolocaba un brazo que se había dislocado en la caída. No parecía dolerle especialmente.

– ¡Mentís! Mi padre…. es… – trató de balbucear mientras la duda ensombrecía sus ojos.

Con un ademán, Dorna hizo flotar por el aire a Drawets y lo lanzó de bruces junto a Ukho, divertida por la desesperación del chico.

– No siempre mentimos. Y menos cuando la verdad puede destruir esa hermosa luz que portas.

Drawets volvió a incorporarse mientras escupía polvo. Trabó su mirada con el chico.

– No les hagas caso, chaval. Esta gente es así. He conocido a cientos de villanos a lo largo de mi vida, y todos tratan de destruirte por dentro. Conmigo no funciona tanto porque soy inmortal así que ya ni lo intentan. Eso y porque soy muy bueno con los juegos de palabras – dijo Drawets, con una mirada bondadosa pero de infinita tristeza -. No se lo que es ser padre, chaval. Pero si fuese el tuyo, me sentiría orgulloso por lo que estás haciendo.

Un rayo pareció atravesar a Ukho mientras miraba con los ojos abiertos a Drawets. Mientras le miraba fijamente, empezó a derramar lágrimas y a moquear, intentando con todas sus fuerzas no llorar. Las nubes del cielo empezaron a brillar con un fulgor dorado.

– Mi padre luchó contra el Leviatan, la Maldición de las Brujas, el Caos del Maelström, el Despertar del Dragón. Tú siempre estuviste ahí, Drawets. Mi único error fue pensar que mi padre, mi héroe, llevaría capa y espada  – se giró hacia los consejeros, mirándolos desde abajo con lágrimas de furia cayendo por sus mejillas. Sus manos empezaron a brillar con una luz cegadora, mientras el bando del bien se levantaba del suelo y veía como las nubes se abrían y un rayo de luz caía sobre el chico -. Mi padre, Drawets es un auténtico héroe, y ahora que nos habéis juntado, ¡seremos imparables!

Una onda de luz rodeó a Ukho mientras apuntaba a los Consejeros con su espada de madera, ahora brillando con una luz justiciera. Ambos se taparon los ojos huyendo de la claridad.

Drawets se quedó mirando aquella pequeña persona que tanto se parecía a él y a la vez, tan diferente era. Se vió reflejado y sonrió, llorando él también.

– Maldita sea, hijo. Dales una buena tunda – susurró mientras apretaba el puño.

Dorna gritó de rabia, sin amedrentarse por la luz y lanzó su bastón contra la espada brillante del muchacho. El golpe resonó como un gong.

– Niniel, me temo que esto ha llegado demasiado lejos. Los Salvajes han proseguido con su camino de la destrucción – dijo Dandelion observando como la Reina de la Oscuridad intercambiaba veloces golpes con el Paladín de la Luz.

– Debemos usar el arma que nunca nos atrevimos a usar: El Sueño del Titán.

– Es arriesgado. Necesitamos el permiso de todo el Consejo de Sabios y la bendición del propio Titán.

– ¡El Consejo son ahora mismo árboles moribundos devorados por esos horribles Zíngaros! ¡Y el Titán claramente le importa poco lo que ocurre en esta tierra maldita!

– ¡Niniel! ¡No hables así!

– No es el momento de discutir. Demuestra que eres un Alto Elfo. Cumple tu deber y dame la mano.

El longevo Elfo se quedó mirando la apabullante escena de Luz contra Oscuridad. Suspirando, tendió las manos hacia su compañera y juntos entonaron una canción élfica prohibida, el mayor arma que les fue entregada de manos de su mismísimo creador: una canción capaz de dormir al corazón más furioso, a la mente más sabia, al brazo más poderoso. Uno a uno, todos los ocupantes de la plaza fueron durmiéndose, incluyendo los Elfos y su efecto se propagó por toda Calamburia. Nada, salvo el propio Titán, podría despertarlos.

La quietud volvió a llenar el aire. Solo el retozar de los animales y la brisa rompía el silencio. Salvo escasos elegidos por el Titán, el hechizo había afectado a todo el continente de Calamburia.

Dos figuras emergieron del portón de Cuna de Oscuridad.

– Mi señor, está todo despejado – dijo un misterioso enmascarado, ataviado de ropajes negros y carmesíes y un extraño bastón.

Con una pose regia, su acompañante apartó la capa y se ajustó levemente la corona.

– Excelente. Dejemos este pueblo de mala muerte y vayamos al Palacio de Ámbar. Debo reclamar lo que me pertenece por derecho – sentenció con firmeza Rodrigo IV de Calamburia.