165 – EL FIN DE LA PESADILLA II

En el corazón de la arboleda, se alzaban árboles desnudos, cuyas ramas negras y retorcidas se entrelazaban como dedos esqueléticos en un macabro baile. La luz del sol parecía haber cejado en su interés de penetrar en la espesura de este dominio de pesadilla. El aire, pesado y frío, llevaba consigo un silencio opresivo, roto solo por el caprichoso y fantasmagórico juego del viento.

Évolet, la nueva Emperatriz Tenebrosa, extendía sus brazos triunfantes, mientras de su báculo emanaba una tétrica aura demoníaca. Su turbadora belleza contrastaba con el tétrico paisaje. La insaciable sed de venganza de su corazón roto la habían convertido en un ser constituido de pura maldad. A su alrededor, el resto de los Seres de Oscuridad aguardaba las órdenes de su lideresa para lanzarse al ataque.

―Y ahora que ya estamos todos, vamos a poner a estos aprendices en su sitio de una vez por todas ―sentenció con una media sonrisa que mostraba su insaciable ansia de destrucción―.  Vamos, seres de Oscuridad, acabemos con esto de una vez por todas.

―Se hará como digáis, poderosa Emperatriz del Inframundo ―respondió Vandala, el asesino de las sombras―. Los zíngaros han venido a luchar.

En frente de los Siete abyectos seres se encontraban los seis héroes elegidos de la profecía: los Seres de Luz. Pero, por un capricho del destino, el último de los héroes no había acudido a la llamada. ¿Habría recibido la señal? ¿Habría muerto antes de poder cumplir su cometido como les había pasado previamente a Ukho o Kaju Dabán?

―Pero… ¿qué ha podido salir mal? ―se lamentó Baufren, el Duende Mayor―. Solo somos seis y deberíamos ser…

En ese instante preciso y antes de que el duende pudiera siquiera terminar su lamento, una luz cegadora iluminó la escena. Todos, Seres de Luz y Seres de Oscuridad, quedaron momentáneamente deslumbrados. Cuando el resplandor se disipó, los presentes pudieron contemplar a un ser que para todos era desconocido, pero a muchos resultaba familiar. Se trataba de Kórux, el nuevo Archimago, que había aparecido envuelto en un aura dorada que reflejaba la inmensidad de su poder mágico. Era un ente superior, el resultado de la fusión de dos seres separados al nacer: Félix el Preclaro, el más sabio de los Eruditos y Córugan, el más poderoso de entre los chamanes salvajes de las Montañas Cobrizas.

―¡Siete! ―dijo levantando la mano como respuesta al lamento de Baufren―. Perdonad el retraso, había ciertos asuntillos en una boda que requerían de mi presencia.

Níniel la elfa se acercó con su característico sigilo y acercó la mano a Kórux sin llegar a tocarle.

―Noto su fuerza desmedida, la magia bulle en él ―sentenció francamente sorprendida.

―¿Profesor Félix? ¿Es usted? ―preguntó Baufren el duende como si reconociera ligeramente el semblante del Archimago

―¡Cómo no había caído antes! El Archimago es el séptimo elegido. ¡Es aquel que ha de liderar a los Siete seres de Luz!

Los demás elegidos le miraron algo confusos.

―Se parece a Félix, el Preclaro pero no es él ―explicó didáctico el impromago que había vivido horas antes su transformación, aunque dentro de la pesadilla parecieran haber pasado siglos―. Es un ser mucho más poderoso, ¡y está de nuestro lado!

―Efectivamente, Grahim ―asintió sonriente aquel poderoso ser―. Soy Kórux el nuevo Archimago de la Torre Arcana y el ser de luz que viene a inclinar la balanza ―acto seguido se dirigió a los Seres de Oscuridad empuñando la brillante punta de su varita―. ¿Qué me dices, Emperatriz del Inframundo, estás dispuesta a luchar en igualdad de condiciones o acaso tenéis miedo?

Caila, la astuta bruja tenebrosa, sintió al instante el rebosante poder de aquel recién llegado y, sin dudarlo advirtió a su señora.

―Tenemos que tener cuidado, mi señora, sea lo que sea ese ser, es muy poderoso.

―Lo he notado ―convino la Emperatriz adquiriendo una posición de batalla pero sin perder su sonrisa―. Es mucho más fuerte que los otros y eso me gusta. Supondrá un reto. Eso sólo hará la victoria más dulce.

Vandala fue el primero en abalanzarse sobre el Achimago pero, su certera puñalada, lejos de penetrar en el costado de Kórux pareció ser bloqueada por una barrera invisible que protegía su cuerpo. En ese momento, Galerna usó su poder causando una potente ráfaga de viento que lanzó al zíngaro a varios metros de distancia yendo a aterrizar sobre un arbusto de espinos.

―Tened cuidado con el Archimago, parece que las armas convencionales no pueden dañarle ―advirtió Vandala secándose un hilillo de sangre que emanaba de la comisura de su labio―. Y no olvideis vigilar a la aisea: también es poderosa.

El zíngaro se levantó de un salto y lanzó en la distancia un puñal dirigido hacia Galerna. Pero Fecu, la hortelana, lo interceptó con un movimiento certero de su horca, quedando clavado en ella.

Los Consejeros comenzaron a farfullar un extraño salmo que helaba la sangre y una espesa masa de oscuridad que salía del suelo empezó a rodear a Galerna, pero Níniel la elfa comenzó a susurrar un antiguo hechizo arcano que hizo que los zarcillos de oscuridad cayeran fácidos al suelo deshaciéndose como si fueran puro humo. En su lugar, aparecieron unos hermosos crisantemos blancos.

―¡Condenados elfos! ―maldijo Érebos viendo frustrado su intento de neutralizar a la aisea.

―Son el peor invento de ese falso Titán desde que creó los domingos soleados y las familias felices ―convino Rodrigo IV  mientras se mantenía en la retaguardia.

Évolet tomó su báculo con las dos manos y lanzó un rayo directo al corazón del Archimago, que lo desvió con un gesto sucinto de su varita. El rayo mortal fue a impactar en la base de un negro y retorcido roble que se desplomó en el acto. Caila dió un paso al frente y con un gesto firme de su varita, elevó el tronco caído varios metros sobre el aire, con el objetivo de aplastar a los seres de luz. Sin embargo, antes de que pudiera arrojarlo sobre ellos, Grahim lanzó un hechizo que retuvo el tronco en el aire impidiendo que cayera. Baufren el duende, a su vez, movió sus dedos mágicos convirtiendo el tronco del árbol caído en miles de coloridas mariposas que se dispersaron volando sobre sus cabezas. 

―¡Maldición! Parece que nuestras fuerzas están igualadas ―maldijo Caila mientas analizaba la batalla en busca de un punto débil en el bando rival.

―Pero debemos perseverar. La luz no puede prevalecer ―convino Barastyr haciendo lo mismo.

Lord William, jaleado por Rodrigo IV, se abalanzó sobre Mairim, la niña-reina de Kalzaria. Ella, con una sonrisa en los labios, le propinó un puñetazo que hizo volar su cabeza por los aires, y fue a caer justo a los pies de Évolet. La emperatriz miró al redivivo con desprecio y dió una patada a su noble testa..

―Tengo migraña, hoy no salgo ―sentenció la cabeza de Lord William Von Vondra separada de su cuerpo mientras rodaba por el suelo..

―Estoy rodeada de inútiles, está claro que si quiero acabar con esos Seres de Luz, tendré que hacerlo yo misma ―dijo Évolet notablemente molesta con sus compañeros.

A una señal de la Emperatriz del Inframundo, todos los villanos dieron un paso atrás. Cuando Kórux hizo lo mismo, los suyos le imitaron.

―Esto es algo entre tú y yo, Archimago. ¿O necesitas a tu circo de amiguitos para derrotarme? Yo también tengo un amiguito, uno que vive dentro de mi báculo. ¡Ahora Abraxas!

Un rayo salió del báculo de la Emperatriz y otro de la varita del impromago, y chocaron en el aire produciendo una explosión que hizo caer al suelo a ambos atacantes. En aquel momento todos pudieron escuchar claramente las voces en su cabeza, eran timbres conocidos, los de las Nornas, seres atemporales que existían fuera de toda pesadilla. Les hablaban alto y claro.

Siempre hay quien gana y quién pierde. La fortuna es caprichosa ―dijo la voz de Vernandi, la Norma del Presente.

Pero en el juego de luces y sombras, la moneda no siempre cayó del mismo lado ―añadió Urd, la Norma del Pasado.

Pero el futuro… (grita de dolor) No puedo verlo… por primera vez se abren ante mí dos caminos. Uno que les mantendrá sumidos por siempre en el olvido dentro de la Pesadilla del Titán. Y otro que logrará restablecer la realidad tal y como la conocemos.

El presente es el que es ―recordó la maternal Verdandi.

El pasado está escrito ―apuntó la anciana Urd.

Pero el futuro… ―titubeó la hermosa Skald― aún es incierto.

¿Serán capaces de unirse para encontrar la salida? ―recitaron al unísono las tres Nornas.

Volvió a hacerse el silencio preludiando la calma que precede a la tempestad y entonces el suelo tembló.

―¿Qué está pasando? ―dijo la Emperatriz a los suyos, pero parecían igual de confusos. ¿De quién eran esas voces que hemos escuchado?

―Son las voces de las Nornas. Antiguas y poderosas, ellas son la voz de la Providencia. Aquello que estuvo siempre, antes de los hombres, de los elfos y puede que antes del mismísimo Titán  ―explicó Níniel la elfa a los presentes.

―Parece que algo ha salido mal, Évolet ―dijo el archimago a su mortal enemiga―.  Nuestra lucha tenía que acabar con la Pesadilla del Titán, pero parece que ninguno de los bandos ha conseguido vencer y ahora el mundo de pesadilla se desmorona con nosotros dentro.

Se produjo otro temblor que resquebrajó el suelo bajo los pies de los contendientes.

―Parece que tienes razón, Archimago ―admitió la Emperatriz contrariada―. Pensé que todo volvería a la normalidad cuando uno de los bandos saliera derrotado.

―Y así había de ser, luz u oscuridad derrotarían a la Pesadilla, pero… seguimos atrapados ―evidenció Caila tratando de no caer al suelo por los temblores de tierra.

―¡No puede ser cierto! ―anunció Vandala como si recordara de repente algo importante―. El espíritu del patriarca tenía razón, por primera vez desde hace centurias la magia blanca y la magia oscura van a tener que unirse para vencer a un mal mayor. Nunca creí que ese sueño fuera a ser cierto.

―Pero Aurobinda nunca nos ha enseñado un hechizo para tal fin ―se lamentó Caila la bruja impotente―. ¿Eso significa que vamos a morir?

―El patriarca, en sueños, me enseñaba un conjuro ancestral que creó junto a Ailfrid, el anterior Archimago ―explicó Vandala a todos los presentes―. Se trataba de un conjuro que les permitió unir fuerzas. En sueños, el patriarca decía “Unio lucis et tenebrarum…” pero no consigo recordar el final. “Unio lucis et tenebrarum…” ―volvió a decir.

―“…finem visio nocturna” ―terminó por él Grahim el mago, que por todos era sabido que poseía sangre zíngara―. ¡Yo he tenido el mismo sueño! No lo había entendido hasta ahora.

―No hay tiempo, antes de que la pesadilla nos devore para siempre, debemos pronunciar el hechizo ―les apremió Galerna.

―No podemos esperar más ―les azuzó Baufren el duende― La magia está descontrolada, los portales faéricos están desbocados. La pesadilla ha durado demasiado y no sé si la Dama Blanca podrá seguir soportando el canal que une nuestros dos mundos.

―Tienes razón, Duende Mayor ―asintió Grahim―. El equilibrio es débil. Necesitamos que el vínculo no se rompa. Parece que los druidas no están consiguiendo cumplir su cometido. ¿Qué pasará si el vínculo se rompe definitivamente?

―¿Que qué pasará? Que… ―tartamudeó Baufren― ¡Que ya no habrá magia en toda Calamburia!

Entendiendo la gravedad de la situación, Kórux se volvió hacia Évolet y le habló con sinceridad. 

―Évolet, sé que dentro de tu oscuro corazón sabrás hacer lo correcto ―dijo el Archimago tendiendo la mano a su enemiga―. ¿Cooperaremos para librar a Calamburia de la Pesadilla del Titán?

―No me malinterpretes ―respondió ella mirando su mano un segundo. Luego puso la suya encima―. Esto no es un tratado de paz, Archimago. Volveremos a encontrarnos y acabaré con vosotros. Pero por el momento os necesito.

Todos los presentes entrelazaron sus manos y pronunciaron el hechizo que los zíngaros habían recibido a través de los sueños. Mientras las palabras del conjuro resonaban en el aire, la Emperatriz Tenebrosa levantó su báculo, cargado con el poder de seis demonios. Al mismo tiempo, el Archimago sostuvo su varita, una reliquia que una vez perteneció a Theodus. Su unión originó un torbellino donde luz y oscuridad se entrelazaban, cada una modificando y equilibrando a la otra, mostrando así que incluso poderes antagónicos pueden complementarse y coexistir en una frágil armonía.

Poco a poco, cada uno volvía a dormirse sabiendo que se despertaría en un mundo mejor que el que dejaba atrás. En ese instante de duermevela, se escucharon en sus cabezas de nuevo las voces de las tres Nornas.

El presente es el que es ―sentenció la voz Verdandi―. La unión de los contrarios logra acabar a veces con las pesadillas.

El pasado está escrito. El dolor de un corazón roto, genera males insondables añadió la temblorosa voz de la anciana Urd.

Pero el futuro… ―titubeó la jóven Sklad como si soportara en su cabeza todo el dolor del universo― …el futuro depara una fuerte alianza real en el inframundo, un eclipse en el corazón de un mago y el renacer de una raza que se creía extinta. Y todo ello lo soportará la tierra.

―…la tierra de Calamburia ―concluyeron a modo de sentencia las tres a coro.


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