161 – EL ENLACE DE ÁMBAR I

Era un día gris en Calamburia, como lo habían sido todos desde la final del último torneo. La Pesadilla del Titán conjurada por Eme se cernía sobre el reino como una densa nube negra y, por la noche, agitaba los sueños de toda la corte. De día, los rayos de sol apenas conseguían alcanzar las ventanas y el resultado era una atmósfera similar a la de un eclipse que no se disipaba. Por ello, los candelabros estaban siempre encendidos tratando de expulsar la penumbra de las múltiples estancias del Palacio de Ámbar. La gente estaba triste por muchas razones. La Oscuridad avanzaba y habían llegado las malas noticias. Aprovechando la Pesadilla del Titán, la oscuridad había asesinado a varios de los elegidos de la luz. Ukho el valeroso, el niño olvidado, y Kaju Dabán, el poderoso custodio del Templo de los Elementos –recientemente revelados como dos de los sietes seres de luz que habían de salvar Calamburia– habían sido asesinados a traición. El bando del bien se encontraba en clara desventaja. Pero eso no había impedido la celebración de los esponsales de los jóvenes nuevos reyes en el que la familia von Vondra y las Reinas Regentes no habían reparado en gastos. Era una alianza crucial, imprescindible en los oscuros tiempos que corrían. Y ni siquiera la Pesadilla del Titán era capaz de empañar los planes de las grandes mentes de la alta política.

Zora Von Vondra, miraba melancólica a través de la ventana. Se oían los murmullos de los invitados en el salón de al lado, aunque no parecían exactamente los de una fiesta, pues no había entre ellos risas ni felicidad. Zora miró a lo lejos, pero su vista no alcanzaba a vislumbrar nada más allá de la oscuridad del exterior. Debía ser mediodía y parecía un atardecer del más crudo invierno. La verdad es que la Marquesa de Siahuevo nunca hubiera imaginado que el triunfo, que tantos años había estado tejiendo, no le iba a saber tan dulce como esperaba. Los sirvientes preparaban el enlace entre Melindres von Vondra y el rey Sancho I con tanta eficiencia como desgana y nadie en la corte parecía realmente ilusionado por aquella celebración. ¿Sería culpa de las pesadillas? ¿Del cielo gris plomizo y la asfixiante atmósfera?

En ocasiones, en las frescas noches del desierto de Al-Yavist, mientras yacía en su jaima recostada sobre el poderoso pecho de su amado Arishai, soñaba con el gran día; el día en que casaría a su pequeña Melindres con un pretendiente que estuviera a su altura. Soñaba con el día en que ella, la marquesa Zora von Vondra, la más hermosa, cruel e inteligente aristócrata del reino, recuperara su lugar en la corte, de la que nunca tendría que haberse marchado. Y, al menos en sus sueños, siempre imaginó que eso sucedería un hermoso día de primavera, con las flores abiertas, un cielo sin nubes y una sonrisa radiante por parte de la pequeña Melindres. Pero ninguna de esas cosas se había cumplido. Sin embargo, tampoco se podía quejar, en esencia tenía lo que quería y sus planes habían acabado por cumplirse: su hija sería reina. Pero entonces, ¿por qué ese regusto amargo en su tan colosal victoria?

–Mi dulce rosa de las arenas –murmuró el Escorpión de Basalto que estaba a su lado–. No me siento cómodo con estos ardides. Cuando nosotros los nómadas tenemos que sellar un tratado, nos basta con un cuchillo y el tradicional pacto de sangre –añadió haciendo el gesto de cortarse la palma de la mano–. Es rápido, barato y no implica todo este desperdicio de agua y tiempo. 

–Querido, no refunfuñes –le regañó ella zalamera, olvidando sus preocupaciones–. Nuestra niña ha conseguido llegar más lejos de lo que cualquiera de nosotros ha llegado antes. Ya es la Reina de toda Calamburia –añadió señalando en derredor las estancias del Palacio de Ámbar–. Mi familia y tu gente alcanzarán, por fin, el lugar que por derecho les corresponde. Ahora solo falta que la pócima que le he dado a nuestro yerno Sancho, haga efecto y todo vaya a pedir de boca. Un heredero sellará por siempre esta alianza.

–No entiendo por qué a todos os preocupa tanto ese dichoso trono de Ámbar –dijo Arishai entornando sus ojos almendrados de nómada de las arenas–. Pero, tal y como te prometí, tú y la niña queríais una corona; y aquí tenéis vuestra corona.

En aquel momento, Melindres entró en la estancia visiblemente contrariada. No parecía en absoluto ilusionada con el enlace.

–No lo entiendo, mamá. Más de cinco mil invitados y ni un solo hortelano –se quejó la futura reina arrugando la nariz.

–Cariño, este no es lugar para tus vicios –la reprendió su madre mientras le acariciaba el cabello con dulzura–. Dime hija, ¿estás lista para el encamamiento?

 

–Ya sabéis que no –respondió la joven frunciendo el ceño–. Hubiera preferido a cualquier doncella de la corte antes que a ese pazguato. Esto lo hago por ti, mamá –y añadió en voz baja–. Aunque Sancho me cae bien. Creo que podré aguantar sin matarle hasta que ejecutes todos tus planes. Pero no te prometo que dure mucho más.

–Buena chica –le dijo con ternura mientras la tomaba entre sus brazos–. Tendrás otro hortelano este fin de semana.

La niña sonrió con una mueca que hubiera helado la sangre al mismísimo Titán. Entonces, con su elegante porte aristocrático, la Reina Madre Sancha entró en la estancia con gesto de profunda satisfacción. Se acercó a Melindres y le agarró una mejilla con un gesto efusivamente cariñoso.

–Bueno, bueno, bueno… Así que aquí tenemos a la dulce palomita de los von Vondra –dijo la anciana reina con una sonrisa de todo menos amigable–. ¿No es una cucada mi nueva tatara-nuera?

–Bienvenida, Majestad –la saludó la Marquesa haciendo una leve reverencia–. Tan deslumbrante como siempre… –mintió al más puro estilo de la corte.

–Guárdate tus lisonjas para las jovencitas, Zora y vamos al grano –la atajó la Reina Sancha cambiando su gesto de impostada amabilidad por el de la mujer de política que en realidad era–. Escorpión, ¿cuándo llegarán los nómadas que has aportado como dote al ejército real?

En ese momento se escucharon unas voces, como si alguien se acercara, y todos interrumpieron su conversación. Era bien sabido que, en el palacio de Ámbar, hasta las paredes tenían oídos. Felix el Preclaro, erudito de la Torre Arcana, entró en el salón conversando con Grahim el impromago, su alumno y protegido.

Y entonces he soñado que estaba sentado frente a una hoguera rodeado de zíngaros –le explicaba el joven a su maestro–, y entonces he…

–Que el Titán le guarde, erudito –les saludó Sancha–. ¿Hemos hecho progresos?

–Hemos dejado a su Majestad aprendiendo la lección. Como erudito, le he contado cuáles son sus obligaciones maritales, desde un punto de vista teórico, obviamente –explicó Félix visiblemente incómodo.

–Yo le he contado la parte práctica –añadió orgulloso Grahim, el impromago–. Todo eso que nos explicó Minerva sobre la abeja que se posa sobre la flor y surgen más abejitas. ¡Saqué un diez! Creo que lo ha entendido…

–Y la infusión, ¿se la ha tomado entera? –inquirió Zora con avidez.

–Cierto, señora Marquesa, la Reina Urraca en persona está con él y se ha asegurado de que Sancho se tomara la infusión que usted le preparó. La verdad es que se encuentra mucho más relajado.

La marquesa Zora y la reina Sancha asistieron algo aliviadas e intercambiaron miradas de aprobación.

–¿Cuándo podemos pasar ya a la coronación, mamá? –les interrumpió Melindres impaciente.

–Sancho está descansando, estaba un poco nervioso –la intentó tranquilizar su madre mientras le acariciaba el rostro–. Ya estáis casados ante los ojos del Titán, mañana celebraremos vuestra coronación delante de toda Calamburia.

–Sin ánimo de molestar, mis serenísimas señoras –apuntó Grahim el mago con cierta preocupación–, el conjuro para contener la oscuridad de esta Pesadilla del Titán no promete durar mucho tiempo. Esperemos que Sancho se sobreponga pronto o si no…

Una repentina corriente de aire abrió la pesada puerta del salón. Tras ella había una densa masa de oscuridad que fue atravesada por un guardia que se arrastró agonizante alargando el brazo hacia la reina Sancha. El soldado tenía las venas de la cara ennegrecidas, como si su mismísima sangre se hubiera tornado oscura como la pez.

–Majestad… –murmuró entre estertores– han entrado en Palacio… salvad al heredero…

Seís cuerpos surgieron acto seguido de la nube de oscuridad irrumpiendo en el salón: una reina flanqueada por dos Consejeros Umbríos y, a prudencial distancia, su traficante de almas de cabecera, una bruja de revuelta melena rojiza y un chamán de gesto hosco vestido con pieles negras.

–¿Cómo? ¿Dónde me habéis traído? –preguntó Dorna, la Reina Oscura, levantando una ceja–. ¿Una boda a la que no he sido invitada?

–¡Kórugan! –aulló el chamán apoyando las palabras de su señora.

–Calmaos, mi señora, seguro que los Consejeros tenían un motivo para traernos hasta aquí –apuntó Aurobinda confiando en los designios de la oscuridad.

Los consejeros, con síncronos movimientos se acercaron cada uno a un oído de la Reina Oscura.

–Esta, poderosa Reina Dorna, no es una boda cualquiera –musitó Érebos.

–Son los esponsales de vuestro propio hijo, Majestad, aquel que os fue arrebatado –murmuró Barastyr.

–¿Mi hijo se casa? –preguntó Dorna visiblemente turbada.

–Y ni más ni menos que con el pequeño retoño de los Von Vondra –expuso con redomado cinismo Van Bakari, el traficante de almas–. Dicen que es una chiquita de armas tomar.

Con un solo gesto, regio y contundente de la Reina Oscura, todos los presentes, incluidos sus secuaces, callaron.

–Ahora que he encontrado a Juliok, se consumará mi último deseo por partida doble– sentenció Dorna–. Recuperaré a mi hijo y me vengaré de los que me lo arrebataron.

–A mí no me miréis –trató de excusarse la reina regente Sancha dando un paso atrás–. ¡Yo solo he pagado el convite!

Pero Dorna la miró directamente y sus ojos negros de salvaje relampaguearon.

–Tú, vieja arpía retorcida, serás la primera en morir –dijo ella con una mueca de algo que podría ser interpretado como satisfacción si su alma no estuviera rota–. Tú y tu maquiavélica hija Urraca me hicisteis creer que mi hijo había muerto –parecía que la iba a consumir tan solo con la ira de su mirada–. Ahora, mi poder sumirá a este mundo en la oscuridad eterna. Prepárate para probar el sabor de la derrota, Sancha.

Acto seguido, miró en derredor comprendiendo que ninguno de los presentes suponía ni la más nimia amenaza a sus nuevos y oscuros poderes.

–Pero antes de mataros – anunció Dorna–, traedme a mi hijo Juliok, al que habéis nombrado vuestro rey. Le ofreceré que se una a mí. Juntos, sumiremos al mundo en las tinieblas eternas.

–¡No irá con usted, señora! –exclamó Grahim preso de una furia repentina. Como impromago, era su deber proteger a la corona con su propia vida. Pero además, sentía profunda simpatía por el futuro rey–. ¡Y no le llame Juliok, se llama Sancho!

–Está bien, está bien. Creo que ha llegado el momento de que todos sepan la verdad –convino Sancha resignándose a confesar–. Sancho es, en realidad Juliok, el hijo de Dorna.

–¡Imposible! –objetó Melindres– Yo misma, así como muchos otros, vimos como lo defenestraste desde lo alto de la torre más alta del Palacio de Ámbar.

–Viste a un bebé, es cierto –explicó la anciana reina regente–, pero no viste morir al hijo de Dorna, al verdadero rey de Calamburia. Solo viste morir a un niño plebeyo, un hijo de nadie. Un sacrificio necesario que, sin duda, volvería a repetir.

Dorna esbozó una sonrisa de superioridad.

–Por más que me suma en la oscuridad, nunca me vas a la zaga en maldad, Sancha. Pero no te preocupes, ya no vas a tener que seguir regocijándote en tu culpa. Todo ha acabado, pagarás por lo que nos han hecho y me encargaré de que mi propio hijo te decapite personalmente con la espada de los Rodrigo.

Sancha rió presa de lo que algunos interpretaron como un desesperado arranque de locura fruto de la desesperación.

–Querida Dorna, no te envalentones más de lo necesario. Te he dicho la verdad, pero eso no quiere decir que te vaya a entregar a Sancho. Eso, ¡por encima de mi cadáver!

El gesto de la reina oscura se ensombreció y de sus poros comenzó a manar pura oscuridad, que comenzó a envolverla como si fuera una segunda piel.

–Si no me lo entregas por las buenas –dijo con voz átona–, tendré que obligarte. Y te garantizo que va a doler.

–Uy, uy, uy, aquí se va a liar –lanzó Van Bakari antes de hacer mutis por el foro–. Yo casi que voy tirando a la barra libre.

Érebos y Barastyr, los Consejeros Umbríos, se arrodillaron a ambos flancos de Dorna con posición de absoluta veneración y regocijo.

–Siento como crece, Érebos. La oscuridad insondable y eterna. El huevo está a punto de eclosionar. El Titán Oscuro estará satisfecho –murmuró Basatyr.

–Parece que la semilla oscura está dando sus frutos. La Pura Oscuridad abandona su receptáculo mortal. Las tinieblas, por fin, lo envolverán todo –añadió Érebos.

–Mil veces habéis expulsado a la Oscuridad, y mil veces habrá de volver –espetó la bruja Aurobinda que veía su venganza más cerca que nunca–. ¿Es que nunca aprenderéis, patéticos seres?

–Siempre supe que el mal seguía habitando en ti, ¡bruja del demonio! –le respondió Félix apretando furibundo el libro que portaba bajo el brazo.

–Bruja soy y a mucha honra, maldito ratón de biblioteca –le contestó Aurobinda mostrando su más profundo desprecio en cada palabra–. No eres más que un ser patético que estudia la magia pero que nunca será capaz de dominarla.

Y levantando su báculo y tras pronunciar unas oscuras palabras, lanzó un rayo que arrojó a Félix por los aires.

En ese mismo instante, y elevándose por encima de los murmullos de los presentes, todos pudieron escuchar la cavernosa voz de los consejeros:

–Olvidad de una vez vuestras absurdas disputas terrenales y dad la bienvenida a… –anunció uno de ellos mientras se arrodillaba.

–…la Oscuridad Definitiva –concluyó el otro.

El suelo empezó a temblar mientras la luz de las antorchas se debilitaba.

Sancha, con la voz temblorosa, llamó al impromago.

–Grahim, querido. ¿Recuerdas el juramento que hiciste al entrar en Skuchaín? En el que juraste defender a la Corona…

–Claro, Majestad… –respondió él.

–¡Pues la Corona, soy yo! –alegó justo antes de parapetarse tras él–. Así que ¡vamos, defiéndeme!

–Por supuesto Majestad –dijo Grahim solícito mientras alzaba su varita.

El impromago entonó su mejor conjuro mientras movía al aire su varita. De ella surgió una inmensa esfera de luz y energía que levitó unos instantes frente a ellos, acto seguido Grahim pronunció una sola y certera frase:

–¡Lumines obscuritas redenta!

La bola luminosa se arrojó sobre Dorna con la velocidad de un meteorito pero, al impactar contra la oscuridad que la rodeaba, estalló en mil millones de chispas que fueron absorbidas lentamente por la oscuridad que la envolvía. La Reina Oscura sonrió con gesto de suficiencia. Movió su dedo índice con un sucinto y medido gesto y una cascada de oscuridad surcó el aire abalanzándose sobre Sancha. La anciana reina regente se estremeció pero Grahim el impromago se interpuso creando una barrera de luz con su varita. Sin embargo, la oscuridad empezó a presionar la barrera que fue cediendo paulatinamente.

–No creerán que tus hechizos de pacotilla podrán vencer a la oscuridad de nuestra Reina, ¿verdad? –dijo Érebos con una sonrisa macabra.

–La Oscuridad que reside en su corazón no conoce límites, y es más poderosa que toda la magia de Skuchaín. No os resistáis, es inutil –añadió Barastyr con la misma expresión que su compañero.

Nuestros héroes se miraron aterrados. La implacable oscuridad de Dorna parecía del todo imparable. ¿Se habría logrado imponer esta vez la Oscuridad de forma definitiva?

160 – PLEGARIAS POR LA LUZ II

Ukho marchaba decidido hacia Cuna de Oscuridad. Poco le importaban los oscuros cuervos que revoloteaban a su alrededor clamando muerte, los ensordecedores gritos de los habitantes de las Montañas Cobrizas o las inquietantes visiones de muerte. Tenía un objetivo y lo iba a cumplir: liberar a sus hermanos de las garras de Aurobinda y sus secuaces.

Entró altivo a la fortaleza: sabían que iba y lo estaban esperando. Cruzó el portón y se dirigió a la siniestra torre, donde dos esbeltas figuras guardaban la entrada.

—Vaya, vaya —dijo Érebos, uno de los consejeros oscuros— ¡qué gran honor! ¡El abandonado hijo del mismísimo Drawets! ¿Qué te trae por aquí?

—Ya lo sabéis —declaró iracundo—. No me iré de aquí sin mis amigos. 

—¡Ah! ¿Te refieres a estos? —preguntó Caila mientras conjuraba un hechizo. Ante ellos aparecieron dos yatagarami que según tocaron el suelo se transformaron en Nakali y Zabyty, los antiguos compañeros del pequeño pícaro.

—¡Ukho! ¿Qué haces aquí? —preguntó Zabyty— ¡Vete! ¡Huye! ¡Te esclavizarán a ti también!

—Esclavizar, ¡ja! —exclamó Érebos— Ya tenemos muchos cuervos. Además, Aurobinda tiene otros planes para ti, pequeño pícaro. Luego limpia todo, Caila. Yo me voy a los establos, que ha llegado una nueva hornada de sabrosos ponis.

El consejero se fue dejando solos a los cuatro jóvenes. Nakali y Zabyty miraban a su viejo amigo con una inmensa tristeza: sabían que no tenía salvación. Caila era tan lista como despiadada y odiaba a Ukho con todas sus fuerzas. Los dos eran huérfanos y Ukho, a diferencia de la hechicera, había podido reencontrarse con su padre. A falta de sus padres, ella siempre había querido tener el reconocimiento de sus mentores, pero Eme había muerto y Aurobinda sólo tenía ojos para Tesejo; aquel torpe cuya única habilidad era la de elogiar a las mujeres. Sin embargo, Tesejo estaba distraído y erraba todos sus hechizos. Era su oportunidad y no pensaba desaprovecharla: acabaría con uno de los seres de luz elegidos por el Titán.

Con una malévola sonrisa en los labios Caila empezó a murmurar un hechizo que volvió a transformar a Nakali y Zabyty en dos grandes cuervos. Intentaron revolverse, avisar a su compañero, huir, gritar… pero todo fue inútil. Ménkara había logrado que se sometiesen a la voluntad de los brujos y ahora eran sus siervos. Los dos monstruos alados se elevaron por encima de la hechicera mirando ferozmente a su amigo. Esperaban las órdenes de su señora.

—Conque crees que puedes vencerme, pequeño ingenuo —rió la bruja—. Yo llevo la magia negra en la sangre. Pertenezco a una de las más influyentes familias Tenebris. Con la caída de las brujas mis padres fueron torturados por los grandes héroes. Tu padre me robó a los míos y ahora le quitaré a su querido hijo. ¡Yatagarami! —gritó— Matad.

De pronto, los majestuosos cuervos abrieron las alas y se abalanzaron sobre Ukho. Empezó a hablar con sus amigos y recordarles las aventuras que habían vivido juntos, pero no escuchaban. Luego atacó a Caila; si lograba herir a la bruja podría perder el control y recuperar a sus amigos. Los cuervos fueron más rápidos: empezaron a picotearle los ojos cegándolo. Aterrado, intentó huir y zafarse de sus antiguos compañeros, apelar a su cariño y que recobrasen su cordura. Sin embargo, ya no había rastro de los que tiempo atrás fueron sus amigos. Se habían transformado en dos oscuros monstruos carentes de voluntad. 

Llamó al Titán y la Luz en un último y desesperado intento. De pronto, un rayo de sol rompió la barrera de las oscuras nubes tenebrosas iluminando al pícaro y renovando sus esperanzas. Ukho volvió a invocar al Titán y a implorar a sus amigos que escapasen al control de la bruja. Los pájaros empezaron a descender lentamente; ¡lo había escuchado! No obstante, Caila no se daba por vencida. Centró de nuevo su atención en sus creaciones y empezó a murmurar un hechizo recuperando su control. Las feroces aves empezaron a picotearle la cara al joven pícaro. Le arrancaron las orejas, el pelo, las manos y, finalmente, atacaron su dulce y puro corazón. Ukho cayó al suelo inerte. Ya no respiraba. En lugar de su amigo sólo quedaba un cuerpo desfigurado.

Los dos yatagarami se miraron intensamente. Habían matado a su compañero, a su hermano. No querían vivir. No merecían vivir. Su elegante plumaje se fue cayendo, sus picos perdieron su color, sus ojos se oscurecieron: estaban muertos en vida. Se acercaron el uno al otro observándose con ojos sombríos. Nakali empezó a picotear el torso de Zabyty, mientras éste hundía su afilado pico en la cabeza de su amiga. Tras varios golpes ambos cayeron al suelo a cada lado de su amigo. Al final habían cumplido su sueño: los tres murieron juntos en su última aventura.

—Por Defendra, Ménkara me va a matar —dijo Caila observando la escena con indiferencia—. ¡Con lo que le había costado doblegar a estos dos! Bueno, seguro que encontramos un nuevo huérfano de alma dulce al que corromper. Esta vez alguien que posea magia, así durará más.

Caila entró en la torre y dio la orden de que recogiesen los tres cadáveres y se los enviasen a Drawets. Había consumado su venganza y quería que el pícaro lo supiese.

Ajeno a lo que sucedía en la capital del mal Kaju-Dabán había llegado al Bosque Perdido de la Desconexión. Ante él se elevaban alargados cipreses con el rostro de la desazón grabado en sus troncos. Sus ramas se alzaban al cielo clamando ayuda. Se morían. No obstante, el custodio había llegado trayendo consigo la esperanza. Los árboles no lo dudaron y empezaron a abrirse indicándole el camino hacia el acantilado donde solía jugar una pequeña zíngara de noble sangre. Tan pronto llegó, vislumbró la silueta de una niña danzarina reflejada sobre la luna llena. La dulzura de sus movimientos y la bondad de su alma cautivaron al custodio. ¿Acaso era posible? ¿Una zíngara de alma noble? Se dirigió hacia ella con cuidado y se presentó.

—Hola pequeña, mi nombre es Kaju-Dabán y soy custodio del Templo de los Elementos —dijo—. Te he visto moverte por el bosque y cuidarlo. Le tienes cariño, ¿verdad? —preguntó mientras la niña asentía. No se atrevía a hablar, no sabía quién era ese hombre—. El bosque está en peligro y he venido a salvarlo; pero para ello necesito tu ayuda. Necesito a alguien con el don arcano que se conozca bien el lugar. ¿Querrás ayudarme?

Antes de que la joven pudiese responder salió de entre las sombras la figura de un hombre. Era Vandala; primo mayor de la muchacha y futuro patriarca de la tribu. El asesino se acercó con sigilo al visitante y posó su mortífera daga en el cuello del custodio.

—Vaya, ¡si hemos recibido la visita del custodio de los elementos! —exclamó— ¿A qué debemos tal honor? ¿Acaso has visto tu destino y has decidido pasarte al bando vencedor?

—¡Jamás! Maldito retoño de meretriz. ¡Estáis matando al bosque y yo acabaré con vosotros! —dijo.

—Habrase visto, ¡si resulta que el pusilánime hermano de la guardiana tiene valor! —declaró entre carcajadas—. Pero eso no te servirá de nada aquí. En el bosque lo importante es el poder, no el valor. Y me temo que eso se lo quedó todo tu hermana. ¿Acaso no eres tú el que la sigue cual perrito faldero, procurando que no se rompa una uña? ¡Gran función la del custodio: cuidar de la pedicura de su hermana pequeña! 

Con un ágil movimiento Kaju-Dabán logró zafarse de su captor, mientras Vandala le lanzaba nuevas estocadas. La niña corrió a avisar al resto de los zíngaros que apenas tardaron en llegar. Éstos hicieron un corrillo alrededor de la pelea y empezaron a murmurar un antiguo conjuro destruyendo las barreras de protección del custodio. Asustado, pidió ayuda al bosque, pero los árboles estaban demasiado débiles. Vandala lanzaba nuevas estocadas que Kaju-Dabán lograba esquivar. El viajero sacó una pequeña cimitarra y sus espadas se enzarzaron en una peligrosa danza. Tal era la tensión que apenas se oían el silbido del viento colándose entre los árboles o el arrullo de las olas rompiendo contra la piedra. Todos los zíngaros aguantaron la respiración, pues sabían que el futuro de su tribu estaba en juego: era matar o morir. 

La pelea duró toda la noche hasta que aparecieron los primeros rayos de luz. Vandala, agotado y desesperado, vio su oportunidad: alzó su brillante daga deslumbrando a su oponente. El astuto zíngaro aprovechó el momento y se abalanzó sobre su enemigo clavándole la daga en su fino cuello. Ésta empezó a brillar con una luz especial. Kaju-Dabán cayó al suelo con una mueca de dolor en su rostro. 

Lejos del siniestro bosque se abrió una brecha en el corazón de Kesia. Corrió desesperada a la sala donde reposaban los orbes elementales y los vio apagándose de nuevo. Lo sabía. Había perdido a su hijo y con él la esperanza. 

Sin dudarlo volvió a ponerse los guantes de malla, guardó los orbes en su limosnera y partió hacia la Arboleda de Catch-Unsum a avisar a Naisha.

Llegó rauda a la arboleda y se dirigió al primer tocón donde Drawets lloraba desconsolado. 

—Madre, menos mal que has venido —le saludó Naisha—. Drawets ha perdido a su hijo a manos de Caila. La bruja le ha enviado su desfigurado cadáver con una nota de venganza. Nos disponíamos ahora a darle sepultura.

—Hija, me temo que no traigo buenas noticias —explicó Kesia apesadumbrada—. También hemos perdido a tu hermano. Los orbes se descontrolaron, los transportaron a diferentes lugares y cayeron inconscientes. Cuando volvieron en sí dijeron que las nornas les habían explicado que la pesadilla sólo terminaría cuando la luz venciese a la oscuridad y ambos se fueron a buscar a los elegidos de la Oscuridad, pero temo que el mal haya vencido. No queda esperanza.

—Mi hermano ha caído —murmuró la sacerdotisa llorando. No aceptaba la realidad. No podía.

Las dos se fundieron en un largo abrazo en el que se dijeron todo lo que nunca se habían dicho con palabras: se querían, eran familia.

Los tres estaban destrozados. ¿Después de todo lo que habían luchado se había perdido toda la esperanza? No podía ser. Drawets se levantó y con paso decidido se acercó al tocón. Naisha lo siguió; sin duda el pícaro había tenido una idea y no perdían nada por intentarlo. Los dos se cogieron las manos y se miraron a los ojos.

—Poderoso Titán, señor de Calamburia —dijo el pícaro—. Te imploramos ayuda. La Oscuridad campa a sus anchas por tu reino y no podemos detenerla.

—Poderoso Titán, creador de nuestro mundo —siguió Naisha—. Danos esperanza. Elige entre tus siervos dos nuevos seres de luz que puedan luchar contra el mal y despertar al continente de esta pesadilla. Te lo rogamos. 

De pronto pudieron oír unos lejanos tintineos que se acercaban más y más: el Titán los había escuchado.

159 – PLEGARIAS POR LA LUZ I

Calamburia ya no era segura: la maldad gobernaba en el reino y la Oscuridad en los corazones de sus habitantes. El continente estaba sumido en el caos más absoluto; el mismo caos del que nació. Cada elemento pedía auxilio a su creador: el viento gritaba el nombre de Rea, el fuego crepitaba con el rugido del dragón, los bosques invadían las aldeas y el agua corría corriente arriba hasta alcanzar el sagrado Templo de los Elementos. Los elementos habían despertado e intentaban salir de sus orbes.

Naisha, la sabia protectora, había logrado contenerlos, pero sabía que no resistiría mucho más. Necesitaban ayuda. Fue entonces cuando tuvo una revelación: el titán los ayudaría. Sin dudarlo, mandó a su mentora a buscar al famoso pícaro, el guardián de la Esencia de la Divinidad.

La corta travesía desde el templo hasta la Arboleda de Catch-Unsum se le hizo interminable a Kesia. La Oscuridad se preparaba para su resurrección y los demonios escapaban sin control de las Cuevas del Rechazo. Además, los yatagarami de Aurobinda daban cuenta a su señora de todos los movimientos de los calamburianos y si la bruja se enteraba de los problemas que había en el templo los atacaría sin miramientos.

Nada más cruzar la entrada del majestuoso bosque, sintió un pequeño puñal clavándose en su cuello:

—Estate quieta y no te pasará nada —amenazó el pícaro—. Ahora dime quién eres y qué quieres.

—Soy Kesia, custodia y mentora de la protectora de los elementos —dijo mientras se quitaba la capucha—. Mi señora implora vuestra ayuda. Necesitamos que me acompañéis al templo.

—Perdonad señora, no os había reconocido. Esta maldita pesadilla no nos da tregua y los ejércitos de la oscuridad no cesan de atacar la arboleda. Quieren conseguir la Esencia de la Divinidad.

Kesia explicó a Drawets lo sucedido en el templo y éste, preocupado, accedió a ayudar a la sacerdotisa. No obstante, no podía abandonar el bosque; en ausencia de Laurencia el único que podía extraer y cuidar la Esencia de la Divinidad era Drawets. Tras deliberar largo y tendido decidieron mandar a Ukho —hijo del pícaro y ser de luz elegido por el Titán— a cuidar los orbes con Kaju-Dabán mientras Naisha acudía a la arboleda. Entre los dos hallarían la manera de estabilizar los orbes.

Kesia y Ukho emprendieron el camino de inmediato, pues no disponían de mucho tiempo. De nuevo, la custodia tuvo que ingeniárselas para ocultarse a ella y a su compañero de la vil mirada de los cuervos de la muerte. Tras su peligrosa travesía consiguieron llegar al templo sin incidentes. 

—Mentora —saludó Naisha— veo que no te acompaña el pícaro. ¿Acaso ha sucedido algo?

—Mi padre no puede abandonar la arboleda, señora —contestó Ukho—. Le implora que acudáis vos mientras yo me quedo a cuidar de los orbes. Soy su hijo, Ukho y poseo algunos poderes.

—Sí, eres un ser de luz. Recuerdo tu gran éxito en Cuna de Oscuridad —respondió con sorna—. No me agrada irme, pero veo que no tengo alternativa. Que te asignen unos aposentos. Aséate, come algo y luego ve a ver a Kaju-Dabán para que te explique las normas del templo. Espero que siga en pie a mi vuelta.

Ukho hizo lo que le mandó la protectora elemental: se aseó, comió y fue con Kesia a buscar al custodio. Éste paseaba tranquilamente por los jardines. En cuanto lo vio se sintió reconfortado, como si hubiese encontrado a un viejo amigo.

El custodio invitó al visitante a unirse a su paseo. Hablaron largo y tendido sobre sus aventuras y su plan para vigilar los orbes. Había una complicidad especial entre ambos.

De repente, un fuerte estruendo rompió la armonía del paseo: los orbes estaban en peligro. Los dos echaron a correr hasta llegar a la majestuosa sala donde los elementos descansaban bajo la triste mirada de Kesia. La sala se hallaba en la más triste penumbra: los orbes agonizaban. Su luz se apagaba poco a poco; apenas lograban iluminar las lágrimas que corrían por las mejillas de la mujer.

Ukho y Kaju-Dabán entraron de inmediato. Mientras el segundo consolaba a su madre adoptiva, el primero alargó la mano para coger uno de los orbes. Los custodios intentaron evitarlo, avisarle del peligro que corría, pero no escuchaba. Aterrado, Kaju-Dabán se abalanzó sobre su compañero y ambos cayeron al suelo tirando los orbes. De pronto, estos empezaron a brillar con la intensidad de mil soles: los elementos despertaban y estaban descontrolados. Tal era el descontrol que los jóvenes quedaron encerrados en dos enormes esferas elementales. Los orbes les mostraban aquello que querían ver. Ukho pensó en sus compañeros de aventuras. Llevaba tiempo buscando a Nakali y Zabyty, pero no había logrado dar con ellos. Kaju-Dabán pensaba en una misteriosa voz. No se lo había dicho a nadie, pero en sueños oía un precioso y dulce cántico al son de una pandereta. Esa voz lo hipnotizaba y, por mucho que lo intentara, no lograba acallarla. De nuevo escuchó la magnética voz, pero esta vez pudo ver a una niña que se movía grácilmente entre unos altos y siniestros árboles. Por fin la había encontrado, pero estaba en peligro. Reconoció el lugar: era el Bosque Perdido de la Desconexión, donde vivían los zíngaros absorbiendo la magia de los antiguos elfos transformados en árboles.

Kesia miraba preocupada la situación: los orbes habían aceptado su presencia y los dos parecían felices. Sin embargo, sus sonrisas se tornaron rápidamente en una mueca de terror. Algo iba mal. La mujer se puso los guantes de malla y depositó los orbes en su urna mientras a lo lejos resonaba una misteriosa voz:

La oscura noche siempre acaba con los primeros rayos de luz.

—¡No! —gritó Ukho recobrando la consciencia— ¡Zabyty! ¡Nakali! ¡Tengo que salvarlos!

—¿Qué ha pasado? —preguntó Kesia.

—Una tenebrosa bruja está torturando a mis amigos en una oscura torre llena de cuervos. Van a morir. ¡Tengo que salvarlos!

—No, ¡seguro que es una trampa! —le advirtió Kesia—. Además, necesitamos tu ayuda.

—Lo siento, pero he de ir a salvar a mis compañeros. ¡Son mi familia!

Ukho se dirigió a sus aposentos, empaquetó lo imprescindible y se encaminó a Cuna de Oscuridad. No pensaba, sólo actuaba.

El Templo de los Elementos se había sumido en la desesperación más absoluta: Kaju-Dabán seguía inconsciente, los elementos se movían inquietos y Ukho se iba. Kesia estaba aterrada; ¿qué podía hacer? Empezó a rezar al Titán, le imploró ayuda. Su hijo abrió los ojos repentinamente. En ellos se podía ver fuego, ira y temor. 

—¡Gracias al Titán! —exclamó Kesia.

—Madre, he tenido una visión terrorífica —explicó— ¡Están matando a la luz! ¡Tengo que ayudar!

—Tranquilo, respira —dijo ella preocupada—. Necesitas descansar y recobrar fuerzas. 

—No, ¡tengo que salvarlos! ¡Hay que acabar con los seres de la oscuridad! ¡Sólo así terminaremos con esta pesadilla!

—No puedes dejarme sola, Ukho se ha ido. ¡Por favor!

—No, madre. Las nornas me han hablado: la solución no está en la Esencia de la Divinidad, sino en nuestras manos. Tenemos que acabar con los elegidos de la Oscuridad —declaró.

La mujer intentó detenerlo. Aunque no fuesen familia, ella había encontrado a Naisha y a su hermano cuando aún eran unos bebés. Los había rescatado de las llamas y los había acogido como si fuesen suyos. No podía perder a su pequeño, pero sabía que tampoco podía detenerlo.

El custodio preparó un pequeño hatillo mientras su madre le ofrecía algunos víveres para el viaje. Volvía a quedarse sola y con una sensación de inquietud extrema.

158 – RETORNO A LA TIERRA II

Eme abrió los ojos. Aún estaba tendido en el suelo. La conjura de la Pesadilla del Titán le había dejado sin fuerzas. A lo lejos, empezó a oír murmullos de voces conocidas. Intentó incorporarse, pero no podía moverse. A su lado se revolvía una enorme pelusa gris que no le dejaba en paz.

–Por fin despertaste –dijo Eneris–. Pobre Pelusín, no se ha separado de ti ni un momento. Fue quien nos avisó para que viniésemos a buscarte.

–Insignificantes duendes, ¡soltadme ahora mismo! –ordenó el brujo.

–No estás en posición de exigir nada. Además, sólo queremos ayudarte. Llamad rápido al Círculo de los Sabios Duendes – advirtió a sus compañeros.

– Seguimos tus ordenes Eneris. Nunca hemos dudado de tí, valiente duenda Trébol- le contestó Stila Musgo y partió rauda y veloz con sus  compañeras Nanoe Cascada y Agoa Brizna.

Los duendes desaparecieron dejando solos a Eneris, Eme y la que un día fue su mascota. El brujo intentaba librarse de sus ataduras, lanzar hechizos al insolente duende, llamar a la Oscuridad, pero todo era inútil. Según le explicó su captor, le habían dado a beber una infusión de verbena que ataba su magia.

–¿Acaso no entiendes que lo único que queremos es que vuelva nuestro amigo? –explicó–. Recuerdo cuando madre y tú correteabais de un lado para otro planeando vuestra próxima aventura, ayudando a los calamburianos, luchando contra Kashiri. ¡Tú fuiste quién se sacrificó para encerrar a madre cuando las brujas la hechizaron! ¡Por tus venas corre la esencia de Theodus! ¿Acaso no recuerdas nada de eso?

–Claro que lo recuerdo. Era un patético estudiante de la torre que quería llegar a ser archimago. Un estúpido soñador.

–No eras estúpido. Todo el  mundo sabía que tras la muerte de Ailfrid eras el favorito para convertirte en archimago.

–No seas necia. En la torre sólo me veían como una dócil patata.

–Claro, quizá no te acuerdes porque Kálaba te hizo olvidar. No te preocupes, con esto podrás recordar.

De repente vio como se abrian numerosos pequeños portales mágicos de los que aparecía un séquito de duendes. Del vórtice más grande emergía Baufren escoltado por Rida, Fradil y Teo, el Círculo de los Sabios Duendes del reino.

Rida, la guardasalva del conocimiento, llevaba el Libro de la Sabiduría, un ajado manuscritolibro en el que los duendes volcaban todo su conocimiento mágico, mientras que Teo, Fradil y Baufren cargaban con las tres pequeñas botellas de cristal en el que se podían ver liquidos de tres colores relucientes. Sin duda los duendes habían sido muy listos. Como cada noche, mezclarían las tres esencias en el Imagitarro para crear la Esencia de los sueños y la utilizarían para conseguir dormir al mago y hacerle soñar con sus recuerdos más preciados. No en vano, era el brebaje preferido de Defendra. Nunca se acostaba sin antes tomar unas gotas del famoso elixir para poder dormir apaciblemente y tener dulces sueños.

Eme empezó a revolverse entre gritos. Sabía que si le hacían beber del imagitarro su voluntad se doblegaría a la de los duendes y podrían hacer lo que quisieran con él. Gritó, pataleó, arañó y mordió, pero todo fue inútil.

–Es el momento de combinar las esencias para crear el Imagitarro– dijo Rida mientras pronunciaba un hechizo que hizo aparecer un enorme tarro de cristal- tenemos que generar una nueva esencia de los sueños.
–Diversión, Creatividad e Ilusión- entonaron Teo, Fradil y Baufren, uno tras otro componiendo así una docil melodía que era capaz de dormir al más rebelde de los niños.

Musgo, Cascada y Brizna sujetaban con todas sus fuerzas las piernas de Eme mientras Baufren y Eneris le hacían tragar el brebaje sumiéndolo en un profundo sueño.

En el otro extremo del continente, los tres prometedores sobrinos de Minerva iniciaban el viaje de su primera misión. Periandro, prodigioso estudiante de erudición e impromagia, había preparado a conciencia todos los elementos del rito y los canales mágicos a través de los cuáles se comunicarían con la torre. Por su parte, Aurora y Carmélida, portentosas alquimistas, habían estudiado en profundidad las características de la mágica piedra y elaborado un minucioso diario con los posibles problemas y sus soluciones. Su querida tía había confiado en ellos y no podían fallar.

Ensillaron sus caballos, llenaron las alforjas con víveres y todo lo necesario para el ritual y partieron hacia el oeste, la arboleda de Catch-Unsum.

El viaje fue rápido y sin complicaciones. Cuando llegaron los tres hermanos, los duendes lo tenían ya todo preparado. Fradil y Teo custodiaban el Libro de la Sabiduría, mientras Baufren y Eneris vigilaban al tenebroso brujo. Calum aún no había terminado de tratar la piedra, pero ellos debían asegurarse primero de que los sueños de Eme estuviesen libres de oscuridad.

Mientras las hermanas organizaban el trabajo y el ritual, Periandro usó un conjuro que el preclaro le había explicado en secreto para entrar en el mundo onírico del mago. Con sumo cuidado, extrajo un largo hilo negro de su zurrón. Como explicó a Baufren se trataba de un pelo de la cola del último pegaso que habitó el Mundo Faérico. Las leyendas contaban que cuando éste estaba en peligro, el espíritu del Bosque Mágico buscaba un guía espiritual de la magia blanca. No obstante, el bosque era caprichoso y sólo dotaba de dichos honores a un bebé capaz de convertir el odio en amor. Por desgracia, hacía siglos que los pegasos habían desaparecido.

Periandro se tendió en el suelo al lado de Eme mientras Eneris rodeaba con cuidado la cabeza del brujo con el pelo y la unía a la de su compañero. Tras decir unas palabras mágicas el impromago cayó también en un profundo sueño y el pelo empezó a brillar cual hilo de luciérnagas que vuelan por el bosque.

Periandro aterrizó en los jardines de Skuchaín, donde vio a un pequeño Eme jugando con una niña de pelo cobrizo. Después se trasladó a la biblioteca en la que Eneris y Sereni siempre se entretenían cambiando el orden de todos los libros. Rápidamente voló a Azarcón y pudo ver al mago acunar un pequeño tubérculo. Finalmente oscuridad. No vio nada. Sólo oía una voz: Cuando te halles errante en bosques de desconcierto, regresa al claro de tus orígenes y redescubre tu identidad. Allí estaré, firme a tu lado, pues nuestras almas están entrelazadas como raíces profundas en la tierra.

Mientras tanto, Aurora y Carmélida ya habían recibido la piedra y preparado el ritual. Despertaron a su hermano y los tres se colocaron alrededor del brujo junto con los duendes mayores. Alzaron sus manos y varitas y empezaron a recitar un hechizo ancestral. El cautivo fue abriendo poco a poco la boca y elevándose del suelo. De su boca empezaron a brotar ramas de una densa niebla negra que comenzó a tomar la forma de torbellino. Los duendes aunaron su magia y crearon un escudo de protección alrededor de la nube, mientras Periandro volvía con Eme, y Aurora y Carmélida canalizaban su magia hacia la piedra. Tras un duro esfuerzo, la nube fue entrando en la piedra y Eme abrió los ojos.

Un estruendoso rugido inundó Cuna de Oscuridad. Eme había despertado. Aurobinda podía sentir su purificada alma.

–Zabyty –dijo a uno de sus mágicos cuervos– vuela a Azarcón y avisa a Nakali, Öthyn y Drëgo. Eme ha despertado y tendrá que pasar por Azarcón para recuperar energía. Ya sabes: quien nace entre tubérculos, de tubérculos se rodea. Avisadme cuando lo encuentren.

Nada más despertar, Eneris puso a Eme al corriente de todo lo acaecido durante su época oscura. Se había librado de la influencia de las brujas, pero había perdido parte de su memoria y de su magia. Debía reponer fuerzas, pero no tenía tiempo para ello. 

Mandó a Aurora, Periandro y Carmélida de avanzadilla a Skuchaín y, como Aurobinda había supuesto, él se dirigió a Azarcón. Llegó exhausto a su comarca natal. Como había imaginado, el hechizo de transportación lo dejó sin fuerzas. No obstante, la suerte estaba de su lado, pues no tardó en vislumbrar la figura de un antiguo colega de la torre. Se trataba de un druida: el mismísimo guardián de la Aguja de Nácar.

–Öthyn, menos mal que te encuentro –saludó el mago agradecido–. Necesito volver a Skuchaín, tengo que avisar a Félix.

–Sentimos un fuerte temblor en la magia y acudimos de inmediato –explicó–. Drëgo, mi joven discípulo, te ayudará a que vayas recuperando tu magia y puedas reanudar tu camino. Yo iré a buscar unas bayas.

Eme no se imaginaba que bajo la apariencia de un afable anciano se escondía un diablo ávido de venganza. Öthyn fue sigilosamente hacia la muralla norte donde los dos cuervos le esperaban y los mandó ir a buscar a su señora. Cogió unas bayas a las que espolvoreó un azufre paralizante y volvió con su discípulo y el mago.

–Toma, amigo. Te sentarán bien. Al principio te aturdirán un poco, pero en seguida te ayudarán a que recobres fuerzas.

Sin dudarlo, Eme engulló las bayas. Su desesperación le nubló sus sentidos: no vio a los demonios alados volar hacia Cuna de Oscuridad, no olió el hedor de azufre, no sintió su amargor, ni escuchó las entrecortadas risas de los ladinos druidas. No se percató del engaño hasta que fue demasiado tarde.

De repente una nube de cuervos cubrió el cielo y bajo ellos se materializó la temible bruja.

–Querido Eme. ¡Qué placer verte así de nuevo! –dijo entre carcajadas– Tus preciosos ojos brillan de inocencia. El bueno de Eme. ¿Acaso creías que te iba a dejar llegar a tu amada torre?  –preguntaba mientras Eme se revolvía contra los efectos del paralizante–. No lo intentes, querido. Tu antiguo compañero, en el que tanto confiabas, te ha envenenado. Y ahora sólo me queda una cosa por hacer.

Aurobinda le arrebató la piedra donde él mismo había encerrado a Sirene y los magos habían ocultado su oscuridad. Empezó a conjurar un oscuro hechizo con la ayuda de los druidas y, de repente, Eme desapareció. Sólo quedó una redonda y negra piedra.

–¡Perfecto! –exclamó la bruja– Enterradla aquí mismo; que nadie la encuentre nunca. Tengo que marcharme, he sentido la llamada de los Consejeros. Tendré que ponerme mis mejores galas, es hora de hacer una breve parada en el Palacio de Ámbar antes de continuar mi misión en el Inframundo..