173 – ALAS DE OTOÑO

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ALAS DE OTOÑO

Las hadas eran las criaturas más peligrosas del Mundo Faérico, pues bajo su fina y delicada apariencia esconden una pérfida mente ávida de poder. Titania, la actual dama irisada, había vuelto a los Jardines Irisados con renovada ira. La señora de todas las hadas siempre había odiado a los unicornios; había crecido oyendo las funestas historias sobre cómo los unicornios habían causado la extinción de los pegasos. Su madre Melusina, anterior dama y ahora anciana faérica, siempre los había culpado, aunque desde su retiro se había ido ablandando.

—Por la Aguja de Nácar, aún no entiendo cómo el Espíritu del Bosque ha podido escoger a esa insulsa yegua como Dama Blanca —se quejó la Dama Irisada—. ¡Encima ha tenido un hijo! 

—El rencor no te llevará a ningún sitio Titania, hija mía —la reprendió Melusina mientras caminaba hacia ella en vez de volar para evitar el dolor que le producía la atritis de sus alas—. El espíritu se guía por la bondad del alma, no por la sabiduría. Yo misma, hace años, perdí contra su madre, a pesar de que yo era, de entre todas las damas, la más sabia.

—¡Pero la bondad no protege! ¡No nos hace avanzar! ¿¡De qué sirve tener un alma pura si eres una inepta?! —exclamó mientras agitaba sus alas intentando contener su malestar.

De repente, un pequeño hada interrumpió la conversación descendiendo y posándose con gracia en los exuberantes jardines. Su destreza en el vuelo era notoria, mostrándose con orgullo y determinación.

—¡Abuela! —gritó corriendo Carlin, el hijo menor de Titania—. Bienvenida, madre —saludó a su madre inclinando su  cabeza en un gesto de deferencia.

—Mi querido niño, ¡cuánto has crecido! —exclamó la anciana abrazando al más joven de sus nietos.

—Carlin, no sabía que estabas aquí —dijo su madre con tono despectivo—. ¿No tienes a nadie más a quién molestar? Seguro que tu amigo está por ahí. ¡Hijo de Ymodavan, acude de inmediato a hacer compañía a Carlín! 

—¡Que se llama Lirroe! —protestó el pequeño.

—Para aprenderme nombres estoy yo… Su padre y su abuelo se llamaban Ymodavan; es más sencillo así, no tendrían que haberle puesto otro nombre. Los nombres son para la sangre noble, no para los sirvientes.

La dama irisada, Titania, se destacaba por su soberbia. Nunca se tomaba la molestia de aprender los nombres de sus sirvientes, a quienes consideraba hadas inferiores. A pesar de mantener cierta confianza con ellos, siempre mantenía un muro infranqueable. Los llamaba a todos Ymodavan, en un gesto que dejaba claro su indiferencia hacia sus identidades. Esto contrastaba con su madre, Melusina, quien cuando ostentó el título de dama irisada, mostraba una cercanía que su hija Titania había decidido obviar. En su orgullo, Titania parecía haber olvidado el valor de la individualidad, reservando los nombres para la supuesta nobleza de sangre.

En ese momento, apareció un hado, la mirada gacha y el semblante humilde, revelando su posición de menor rango. Aunque solo era algunos años mayor que Carlin, su pelo ya mostraba mechones canosos, inusuales para su juventud. Su conducta era la de alguien bien educado, y aunque su expresión era apagada, su sonrisa irradiaba una luz cálida. Sus alas, notablemente más grandes de lo habitual para alguien de su edad, se desplegaban suavemente detrás de él.

—¿Me llamaba? —contestó Lirroe mientras entraba. 

—Llévate a mi hijo a dar una vuelta, y si de paso puedes cambiarlo por otro más listo, mejor aún —afirmó Titania con un tono cargado de resignación.

Antes de partir, Titania se acercó a su hijo, su gesto serio y su postura recta, reflejando la formalidad de un momento más protocolario que afectivo. Con un breve abrazo, casi mecánico, le dijo, utilizando las palabras prescritas por la tradición de las hadas, aunque sin ningún tipo de cariño:

—Por el viento de la primavera, vuela ligero y sin ataduras.

Su hijo, acostumbrado a tales formalidades, respondió con una inclinación de cabeza y una réplica ensayada:

—Que mi vuelo honre la tradición y la sabiduría de nuestra estirpe, madre.

El abrazo se rompió rápidamente, y Titania se alejó sin mirar atrás, dejando a su hijo en manos de Lirroe. Este intercambio, aunque revestido de las palabras correctas, carecía de la calidez espontánea de los momentos verdaderamente maternales, revelando la distancia emocional mantenida por el protocolo.

Después, inclinándose ligeramente hacia adelante y lanzando una mirada retadora a su anciana madre, añadió en un susurro apenas audible—: Menos mal que tengo a tu hermano mayor, que si no…

Los dos amigos salieron corriendo hacia los jardines de lavanda, donde podían esconderse entre los tallos.

—Hija, ¿no podrías ser un poco más amable con él? —espetó Melusina.

—Si es tonto, es tonto. Tendría que haberlo educado yo, como a su hermano. Tú lo has ablandado y ya poco se puede hacer. 

Tras pronunciar estas palabras, Titania, con un gesto de indignación marcado en su rostro, se levantó bruscamente y abandonó los jardines en un ágil vuelo dejando tras de sí un palpable aire de descontento.

Al otro lado del jardín, los campos ondulantes de lavanda se alzaban como un mar púrpura y sus fragantes flores se mecían suavemente al ritmo de una brisa susurrante que parecía llevar consigo secretos antiguos. En este lugar de ensueño, donde cada pétalo y cada hoja parecían impregnados de magia, el joven príncipe hado Carlín y su amigo Lirroe se entregaban a juegos y risas, sus figuras danzando entre las flores con una alegría que solo la inocencia de la juventud puede conocer. Aquí, en estos jardines, las diferencias de clase y las preocupaciones del mundo exterior se disolvían en el aire perfumado, dejando solo la pura felicidad de dos almas en libertad.

Lirroe, descendiente de Ymodavan, servía como asistente de la Dama Irisada. A pesar de que Ymodavan ostentaba el cargo de consejero y asistente personal de la dama, ambos eran tratados por ella con una frialdad que los relegaba al rango de meros sirvientes. El pequeño había crecido con Carlin y lo quería como a un hermano, aunque los dos eran muy distintos: el joven príncipe  era un soñador convencido de la bondad inherente a todas las criaturas y Lirroe, en cambio,  sostenía firmemente la idea de la supremacía de las hadas sobre el resto de las razas. Su abuelo, al igual que su padre, fue asistente de la Dama Irisada cuando los pegasos aún existían. Según le contaba, cuando la magia empezó a descontrolarse los últimos pegasos cruzaron al continente en busca de ayuda y nunca volvieron. En tiempos pasados, fue Kyara, la anciana de los unicornios, mientras ejercía el cargo de Dama Blanca, la que cerró los portales durante siglos bloqueando la entrada a otros seres. 

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos de Lirroe por explicarle esto a su amigo y joven príncipe,, él parecía no querer atender a sus razones.

Carlin era un hado distinto a los demás, criado bajo el ala de su abuela Melusina. La educación que recibió el joven príncipe sorprendió al personal del palacio irisado, ya que no era común ver a la antigua dama irisada tener un comportamiento tan comprensivo y sensible. Años atrás, cuando aún era madre y no abuela, Melusina había inculcado en su hija Titania un profundo y arraigado odio hacia los unicornios, perpetuando así un antiguo resentimiento interracial. Este rencor ancestral entre razas se afianzó profundamente en el corazón de la caprichosa Titania y permaneció allí incluso cuando creció y se convirtió en la señora de todas las hadas.  Sin embargo, y a pesar del éxito en la educación de su hija, la perspectiva de Melusina cambió radicalmente cuando sostuvo por primera vez en sus brazos al pequeño hado Habassar, su nieto mayor. Aquel momento fue una revelación: se dio cuenta, ahora que era una anciana sabia, de que su corazón se había consumido por el odio. Durante su crecimiento, intentó influir positivamente en Habassar, y comenzó a transmitirle la idea un mundo faérico más benevolente, libre de antiguos odios, pero la educación impartida por su madre Titania ya había dejado su huella en el joven. Consciente de este ciclo de rencor, y del error cometido en la educación de los otros miembros de la realeza, la abuela Melusina se dedicó a evitar que Carlin, el más pequeño de la familia, siguiera el mismo camino.

En el reino de las hadas la vida transcurría con una tranquilidad cotidiana, un ritmo sereno marcado por las actividades diarias. Titania, inmersa en sus asuntos, compartía su tiempo con Elga, la Dama de Acero y señora de todos los enanos. A pesar de la rigidez y del incipiente reuma en sus alas, Melusina, con una paciencia que rozaba lo heróico, seguía instruyendo al pequeño Carlin en las complejidades y sutilezas de la vida cortesana. 

Hasta que un día algo inesperado ocurrió. El sonido de los carrillones del palacio rompió la monotonía, resonando con una alegría inusitada a través de las salas y los jardines. Era una noticia que llenó de emoción y asombro a todos: Hábasar, el heredero de las hadas, había vuelto a casa. La normalidad se vio interrumpida, sustituida por una efervescencia de júbilo y expectación. 

Los pequeños, al oír las fanfarrias, dejaron sus juegos en los campos de lavanda y volvieron corriendo al palacio a recibir al primogénito e hijo predilecto de la Dama Irisada. Hábasar era astuto, apuesto y altivo. Como su madre, creía en la superioridad de las hadas y culpaba a los unicornios de los problemas de su mágico mundo. El príncipe acababa de llegar de una misión diplomática en la Aguja de Nácar tras la desaparición y posterior reaparición de la Dama Blanca. 

No obstante, para sorpresa de todos, el príncipe heredero no había llegado solo; Drëgo, el aprendiz del venerado y sabio druida Öthyn, lo había acompañado.

Esta aparición conjunta causó un revuelo en la corte. En la recepción, se reveló que durante su estancia en la mágica torre Hábasar y Drëgo habían forjado un vínculo estrecho, convirtiéndose el druida en confidente y consejero del hado.

La complicidad entre los dos era evidente para todos, a pesar de que se trataba de un mago humano y de un hado; sus cuchicheos y miradas cómplices no pasaban desapercibidos. En un momento de discreción, mientras las miradas de la corte se perdían en los preparativos de la celebración, Drëgo se inclinó hacia Hábasar y le susurró con urgencia:

—Aún no es el momento adecuado —su voz era apenas un hilo de sonido cargada de significado—. Que vuestra madre siga creyendo que odiais a los unicornios hasta que se normalicen las cosas y ella misma vea que el proceder de la Dama Blanca es el idóneo. Yo me encargaré de allanar el terreno.

—De acuerdo —convino el hado—. Muchas gracias por tu ayuda, querido amigo.

La celebración de bienvenida para Hábasar se desarrolló con la armonía y el esplendor característicos de los eventos faéricos. Los invitados disfrutaron de un festín repleto de manjares exquisitos, bebidas embriagadoras y danzas que parecían desafiar las leyes de la gravedad. Con el avance de la noche, uno a uno, los asistentes comenzaron a retirarse a sus respectivos aposentos, agotados pero satisfechos. Sin embargo, dos figuras se mantuvieron aparte del resto: Drëgo y Titania.

El druida, consciente del papel crucial que jugaba en los acontecimientos venideros, solicitó una audiencia privada y secreta con la Dama Irisada. En el silencio de la sala, le reveló la noticia de la inminente llegada de la Dama Añil, su marido y el propio maestro de Drëgo. Subrayó la importancia de que la reunión se mantuviera en la más absoluta confidencialidad y que solo ellos dos deberían estar presentes.

Titania, aunque desconcertada por las exigencias y la naturaleza secreta del encuentro, no pudo ocultar su desagrado ante la idea de recibir a la unicornio. Sin embargo, la gravedad de la situación y el peso de las palabras de Drëgo la llevaron a acceder a sus peticiones. 

Al cabo de tres lunas llegó la comitiva. Titania decidió recibirlos en el jardín de las sarracenias, unas peligrosas plantas carnívoras. Tal era el pavor que sentían los hados hacia ese jardín que el lugar había quedado inhóspito y asalvajado. Los unicornios no se hicieron esperar y en seguida  iniciaron la conversación.. 

—Ha llegado a mis oídos que el Hado de Otoño mantiene una secreta relación con mi hermana, la Dama Blanca —informó Kárida, la dama Añil. 

—¡Menuda necedad! —se rió la señora de las hadas— Mi hijo sabe muy bien que los unicornios no son de fiar y que los idilios y romances entre las dos razas están prohibidos.

—No sólo han mantenido una relación, sino que Yardan es el fruto de su romance. —intervino el altivo Karkaddan, consorte añil de los unicornios.

—Eso es imposible —insistió Titanía.

—Es cierto —inquirió Drëgo—. Vuestro hijo planea decíroslo pasado un tiempo. Quiere reconocer a su vástago. ¡Ha enloquecido!

—Mi aprendiz Drëgo, —apostilló Öthyn con tono despectivo— descubrió el secreto y yo personalmente urdí un astuto plan para revelar toda la verdad. Con la ayuda de los poderes de la Dama Añil, señora de los unicornios, podremos conjurar un hechizo que someta la voluntad de vuestro hijo y  que nos cuente toda la verdad. Al ser los unicornios la raza escogida por el resto de las damas deben ser ellos los que descubran el embuste.

Estuvieron deliberando largo y tendido sobre la mejor forma de proceder. Tras analizar la situación a fondo Titania accedió a llevar a cabo el plan de los druidas. Tal era su abstracción que no se percataron de la presencia de Ymodavan, el fiel asistente de la Dama Irisada. Sólo Drëgo pudo distinguir el sútil aleteo de sus viejas alas. ¿Cómo había osado seguirles?

Una vez finalizado el cónclave volvieron al palacio; no tenían tiempo que perder. Drëgo debía ir a buscar al príncipe para llevarlo a las mazmorras, pero antes tenía que encargarse del  curioso asistente. 

Ymodavan entró nervioso a la humilde habitación que compartía con su hijo, Lirroe. Sin perder tiempo despertó al pequeño, le contó los pormenores del cónclave y le mandó ir a las cocinas a por víveres. Si su señora, la dama de las hadas, permitía que un unicornio torturase a su propio hijo, nadie estaría a salvo. Debían huir. Lirroe fue a la cocina mientras su padre preparaba un pequeño zurrón con lo indispensable. De camino pasó por los aposentos de Carlin para avisarle de lo acontecido; su amigo por fin vería la perfidia de los unicornios. Asaltado, el joven Carlín corrió hacia las mazmorras. Debía comprobar si su amigo estaba en lo cierto.

Lirroe volvía a su habitación con varias bayas cuando de pronto oyó la inconfundible voz de Drëgo. Se escondió bajo un recibidor y empezó a escuchar.

—¿De verdad pensabas que te dejaría huir? —desafió el druida.

—No permitiré que le hagan eso al príncipe. ¡Los unicornios no son de fiar y me temo que vos tampoco! ¿Por qué no se permite la unión entre hadas y unicornios? La prohibición es un mandato de los druidas por el bien de nuestro mundo, pero ¿qué mal puede hacer el niño? ¿Es perjudicial para el Mundo Faérico o para vos? —exigió Ymodavan.

—Veo que eres más listo de lo que pareces, pero haces demasiadas preguntas —espetó el druida con desdén.

—Sólo queréis el poder y para ello necesitáis separar a las razas.

—Las damas nunca controlaron la magia o el mundo faérico —rió Drëgo—. Pero tú, querido amigo, sabes demasiado. 

De repente, un sonido atronador, resonó por la estancia seguido por un silencio sepulcral. Drëgo abandonó la estancia con paso decidido. Pasados un par de minutos el niño salió asustado. Temía lo peor. Abrió la puerta, pero no vio a su padre; sólo un rastro de polvo de diferentes colores que poco a poco se iban apagando. Recogió el polvo con lágrimas en los ojos, lo guardó en un pequeño frasco, cogió el zurrón y huyó sin mirar atrás. Hábasar entró en las mazmorras seguido del joven druida. Ahí le esperaban Kárida, Karkaddan, Öthyn y su propia madre. Había sido traicionado. No tenía escapatoria, sólo podía negar los cargos. Por mucho que le preguntasen negaba cualquier idilio con Karianna. De pronto, Öthyn hizo un gesto a la Dama Añil, quien empezó a mover su báculo y a susurrar siniestras palabras. Hábasar sintió un fuerte dolor. Gritaba, se retorcía y pedía clemencia, pero nada cejaba a la unicornio en su tortura. Finalmente logró doblegar al hado.

—Sí, es mi vástago —declaró hipnotizado—. Karianna y yo quedamos encerrados durante el Sueño del Titán y nos enamoramos. Yardan es el fruto de nuestro amor. 

—¡Traidor! ¡Tú no eres mi hijo! —gritó Titania.

Ante la confesión, Kárida rompió el hechizo haciendo a Hábasar caer en un profundo sueño. Drëgo se lo llevó; lo encerrarían en la Aguja de Nácar.

—¡Ahora iré a por esa estúpida niña y…!

—De eso nada —interrumpió Kárida—. Recuerda que ahora me debes lealtad y todo se hará a su debido tiempo. No harás nada que yo no apruebe. ¿Entendido?

La Dama Irisada hizo una sutil reverencia con la que se ponía al servicio de la unicornio. Carlin, que lo había presenciado todo desde su escondite, empezó a sentir una rabia incontrolable. Tenían razón: los unicornios eran unas criaturas despreciables que sólo ansiaban el poder.

172 – LA ARMONÍA FAÉRICA

Personajes que aparecen en este Relato

LA ARMONÍA FAÉRICA

El bosque está triste. El bosque llora. 

Los árboles ya no bailan. El bosque llora. 

Las flores ya no crecen. El bosque llora. 

El río ya no corrre. El bosque llora. 

El liquen ya no trepa. El bosque llora.

Pero no está sólo. El bosque canta. 

En su esencia está la solución. El bosque canta.

Una cierva será su portavoz. El bosque canta.

Encuentra al que traerá la magia, la luz y la esperanza.

En la penumbra del alba, bajo el velo susurrante de la brisa del Bosque Mágico, mi conciencia emerge suavemente. Mi presencia, etérea y antigua, se desvela entre las sombras que danzan al compás de la brisa matinal. No soy como los mortales que caminan sobre dos piernas, ni tampoco una simple bestia del bosque. Soy una cierva, pero no una cualquiera; en mí habita el espíritu de lo faérico, un ser antiguo nacido de la esencia misma de la magia que permea cada hoja y cada susurro del viento entre los árboles. Este bosque, mi hogar eterno, es el núcleo de un mundo donde lo imposible florece con la naturalidad de la primavera.

Desde tiempos inmemoriales, he recorrido estos senderos ocultos, guiada por la luz de estrellas que nunca se ven en el cielo de los humanos. Mi existencia se entrelaza con la del bosque; soy sus ojos cuando la oscuridad cae, sus oídos en el silencio invernal, y su voz cuando la primavera susurra el renacer. Pero esta mañana, algo ha perturbado la armonía ancestral que siempre hemos guardado. Una inquietud se agita en las profundidades, un presagio de cambio, de una perturbación en el delicado equilibrio de nuestro mundo.

Una voz susurrante proveniente de las mismas entrañas del Bosque Mágico me convoca con urgencia, un llamado que no puedo, ni deseo, ignorar. Tengo que ayudarlo. Me pongo en pie, consciente de que cada momento es precioso y no hay segundo que desperdiciar. Desde hace ya un tiempo, somos testigos de un fenómeno inquietante: el tejido mismo de nuestra existencia se sacude con convulsiones, portales se abren sin cesar, desgarrando el velo de la realidad, sembrando el caos. Me pregunto, con una mezcla de temor y asombro, ¿qué tormenta azota a la magia que siempre ha sido nuestra guía y refugio, ahora tan salvaje y errática? ¿Dónde se hallará la Dama Blanca, guardiana de nuestro equilibrio? Siento cómo mi luz interior titila y se debilita, empujándome hacia el claro sagrado de la Aguja de Nácar.

Rápidamente, me aparezco en la penumbra de unos arbustos en frente del Círculo de Piedra, oculta entre las sombras, cuando Kárida, la Dama de los Unicornios, con su presencia imponente, capturó la atención de todos.

—Mi hermana ha sido vilmente asesinada. Una usurpadora de Calamburia, Anya la guardabosques, ha osado quitarle la vida y robar su identidad. He sido yo quien ha destapado esta traición y, en el combate posterior, donde defendía mi vida y nuestro honor, la cúpula del palacio se vino abajo, sellando así su destino.

Aunque su tono buscaba transmitir duelo y justicia, algo en sus palabras no resonaba con sinceridad. Como espíritu del bosque, podía sentir las corrientes de verdad que fluían más allá de las apariencias. La tristeza de la Dama Añil parecía una máscara, una fachada construida para ocultar sus verdaderas intenciones. En mi esencia, sabía que algo más se ocultaba detrás del relato de Karida; la Dama Blanca aún tejía su magia en el mundo, su presencia era un hilo tenue que me llamaba.

El cántico sagrado comenzó a elevarse, una melodía ancestral que resonaba con el poder de los eones, pero en ese momento, las notas parecían teñirse de oscuridad. Lo entendí de inmediato: esto no era más que un golpe de estado disfrazado de ritual. La urgencia me llenó, un llamado feroz y desesperado. Debía encontrar a mi señora. Sin perder un segundo, me deslicé fuera del círculo de piedra, movida por una determinación inquebrantable. La esencia de la Dama Blanca, sutil pero inequívoca, tiraba de mí, guiándome a través del velo de engaños y sombras. Era mi deber, mi propósito como espíritu del bosque, desentrañar la verdad y restaurar el equilibrio. La búsqueda de la verdadera guardiana de nuestro mundo había comenzado, y no descansaría hasta hallarla.

Atravieso la espesura del Bosque Mágico, convencida de que ahí encontraré las respuestas que busco. Interrogo a las majestuosas hayas, centinelas ancestrales del bosque; a los abedules, con sus ojos vigilantes; a los almendros de floración temprana; a los robustos nogales… pero el silencio es la única respuesta. Avanzo hacia las profundidades, hacia el Gran Sauce, corazón de la magia más ancestral, y espero. La urgencia y la necesidad me inundan: Karianna me necesita. ¿Dónde puede estar? Afinando mis sentidos, la visión se aclara: el Estanque de la Polimorfosis, santuario de nuestro encuentro pasado, se revela ante mí. Con la fuerza del bosque fluyendo a través de mí, me manifiesto junto al estanque.

—Mi señora, ¿ha llegado la hora? —pregunto. Y me respondo a mí misma acto seguido:. Sí, ¡está de parto!

—¿Cómo lo sabes…? —balbucea Karianna, sudorosa y débil.

—Fui yo quien envió el presagio a la Dama Esmeralda durante las convulsiones del sueño del Titán, para que os protegiera a ti y a Hábasar con su conjuro de Hiedras—le revelo—. ¿Dónde está el hado?

—Se ha ido a solicitar la ayuda de los druidas, nuestros benefactores. No se lo he dicho a nadie. Me encuentro sola —me confiesa, con una mezcla de resignación y esperanza.

—No, mi señora, yo estoy aquí con vos —le aseguro, ofreciéndole mi apoyo incondicional.

La asisto a respirar pausadamente y a empujar con suavidad. A pesar de su cansancio, siento que tiene la fortaleza para conseguirlo; tengo una corazonada. Pasan las horas y se mantiene estoica, empujando y respirando.

Poco a poco empiezo a ver unas pequeñas pezuñas seguidas por unas patas esbeltas, una cola grácil, y finalmente, un delicado hocico acompañado de las patas delanteras Ante mí tengo un precioso potro tordo con un pequeño cuerno que empieza a brillar con destellos sutiles. Karianna, con ternura, limpia con cuidado a su pequeño recién nacido y se levanta con dificultad. 

—Mi señora, es un potrillo precioso y está sano. Recibid mis más sinceras felicitaciones— susurro mientras mis ojos no pueden apartarse de la mirada inocente del joven unicornio— Y permitidme deciros, con toda la certeza que mi corazón puede albergar, que puede estar tranquila porque este potrillo lleva en sí la apariencia de un unicornio puro, sin el más mínimo atisbo de hada en su ser. Ni en aroma, ni en la delicadeza de flores nacientes sobre su piel se presiente la influencia de las hadas. 

En ese preciso instante, algo en el recién nacido captó toda mi atención, un detalle que no había percibido hasta ahora. Se trataba de una energía que envolvía su pequeña figura, una vibración sutil pero inconfundible que me resultaba extrañamente familiar. No podía comprender el porqué, pero algo en mi interior resonaba con esa presencia, como si alguna parte de mi ser reconociera ese aura, ese halo especial que lo rodeaba. Era como si esa energía me hablara en un lenguaje olvidado, evocando memorias y sensaciones que yacían dormidas en lo más profundo de mi conciencia. ¿Por qué me resultaba conocida? ¿Qué secreto ocultaba esa singular vibración que me atraía y me desconcertaba a partes iguales?

—La energía que emana de él, sin embargo, es inusual —. -Continué, observando cómo la luz del claro del bosque acariciaba su figura, revelando un aura única—. Posee un poder que no se identifica claramente ni con el de las hadas ni con el de los unicornios. Es algo nuevo, el inicio de un poder desconocido hasta ahora. Por cierto, ¿cCuál será su nombre, mi señora?

—Yardan —responde ella, con una voz que resuena con un matiz de fuerza renovada. —Es el nombre de un antiguo protector en las leyendas faéricas, un ser que trascendió las divisiones entre los reinos para unirlos. Creo que es el nombre perfecto para él.

—Gobernará sobre todos nosotros —afirmo, captando su mirada sorprendida—. Así lo ha señalado el bosque: “Del odio ancestral surgirá un nuevo amor y del amor la esperanza”.  Yardan simboliza ese futuro, el puente entre antiguos conflictos y la promesa de unidad y paz.

Ayudo a mi señora y su pequeño a recobrar fuerzas. La batalla no ha acabado. Aún tenemos que ir a la Aguja de Nácar para detener a Kárida y reclamar lo que legítimamente pertenece a Karianna. Al explicarle la situación, ella comprende la gravedad del asunto y, pese a la debilidad que aún la embarga, accede a acompañarme al ancestral círculo de piedra para recuperar su tiara. Con un notable esfuerzo conjunto, logramos materializarnos en el claro del bosque, bajo la mirada atónita de los presentes en el cónclave. La tensión en el aire es palpable, cortada solo por la voz quebrada de Kyara, la anciana faérica de los Unicornios, que reconoce a su hija entre la multitud.

—No puede ser —solloza Kyara—. ¿Eres tú, hija? ¡Te dimos por muerta!

—Soy yo, madre —explica Karianna—. Perdonadme, pero me vi obligada a esconderme por el bien de todo el Mundo Faérico .Confíé en una buena amiga para que adquiriera mi forma durante mi ausencia. Era mi mejor opción porque comprende profundamente el sacrificio, habiendo priorizado el bienestar de nuestro mundo por encima del suyo propio. Su valentía y honor la hacían la candidata perfecta para proteger mi lugar. Pero, ¿dónde se encuentra? ¿qué ha ocurrido con Anya?

—Atacó duramente a tu hermana que solo intentaba vengar tu muerte. Durante el enfrentamiento, hubo un fuerte temblor y el trono se derrumbó sobre ella. No sobrevivió —nos explica Drëgo, el joven druida.

La noticia golpea a Karianna como un rayo, sacudiendo su ser con una tormenta de dolor y furia, avivando en su interior la fuerza de la misma tierra..

—¿Habéis osado quitarle la vida a mi amiga, aquella que se sacrificó por mí, que estuvo a mi lado en mis momentos de más soledad…? —Su voz, cargada de incredulidad y acusación, corta el aire como un cuchillo—. ¿Has sido tú, hermana?

Desde mi posición, invisible a los ojos de los demás asistentes, observo la escena desplegarse, sintiendo el peso de cada palabra, cada emoción.

Kárida, falsamente compungida, responde con una voz que intenta vestirse de dolor y justificación.

—Fue en defensa propia —miente, con una habilidad que hiela la sangre—. Me reprochas por proteger nuestro legado, ¿pero qué hay de ti, hermana, que antepones a una extranjera sobre tu propia familia?

Karkaddan, el consorte de Karida, con su presencia imponente, interviene lleno de reproche y desdén.

—No te preocupas por tu sangre, Karianna. Estuve allí; estuvimos a punto de morir y perder el equilibrio mágico por tu negligencia.

La tensión se corta con el filo del cuerno de un unicornio. Karianna, con una furia que parece emanar de la misma tierra, grita, dejando al descubierto años de resentimiento y dolor.

—¡Siempre me has tenido envidia, Kárida! Esto es solo parte de tu malvado plan. Nunca te has preocupado por nadie; solo me has envidiado desde niña, y ahora, aún más, siendo yo la Dama Blanca

El grito desgarrador de Karianna reverbera a través del círculo de piedra, desatando una ola de emociones que se extiende hasta el más mínimo rincón del bosque. En ese preciso instante, el pequeño Yardan, escondido hasta ahora en las sombras protectoras de su madre, comienza a llorar. Su llanto, impregnado de una energía cálida y pura, resuena con una tristeza empática tan profunda que se anida en los oídos de los presentes, tejiendo un velo de melancolía que envuelve cada corazón.

—¿Y quién es ese potrillo que se oculta tras de ti? —interroga Marilia, la Dama Turquesa de las Ondinas, su voz teñida de curiosidad y cautela.

—Es mi hijo, Yardan. Su nacimiento me obligó a ausentarme, pero he regresado para retomar mis deberes, mientras Breena se encarga de su cuidado —responde, con una firmeza que brota de su recién descubierta maternidad.

—¿Y de dónde ha salido? ¡No me fío! —Elga, la señora de los enanos, lanza su acusación con una mirada desconfiada.

—¿Cómo podemos estar seguros de que no volverás a desaparecer? Los unicornios no son conocidos por ceder el liderazgo fácilmente —indaga la Dama Irisada, su escepticismo flotando en el aire cargado de tensiones antiguas.

En ese momento, siento cómo la energía de Yardan, aunque joven e inexperta, comienza a tejer un manto de calma alrededor nuestro. Emanando desde su pequeño pero firme cuerno, se extiende suavemente por el círculo, tocando a cada uno de los asistentes. Es una calma palpable, un bálsamo que suaviza las aristas de la desconfianza y el escepticismo, envolviendo el ambiente en una atmósfera de paz. Su presencia, pura e inocente promueve un entendimiento tácito entre todos: hay algo en ese pequeño ser que invita a la esperanza y alienta a la unión

—Mi ausencia fue por una causa justa, una dedicada al futuro de nuestro mundo. Yardan no es solo mi hijo; es el símbolo de un nuevo comienzo, la promesa de unión entre nuestras divisiones más profundas. Su presencia aquí no es motivo de discordia, sino una oportunidad para la esperanza y la reconciliación entre todos nosotros —declaro, mirando a cada uno de los presentes, buscando en sus ojos algún atisbo de entendimiento.

El silencio que sigue a mis palabras es tenso, pero en él, también hay espacio para la reflexión. Como Breena, el espíritu del bosque y narradora de esta historia, observo y espero, sabiendo que el destino de nuestro mundo faérico pende de la aceptación y la comprensión de esta nueva realidad. La presencia de Yardan, con su inusual nacimiento y su energía única, podría ser justo lo que necesitamos para curar las heridas antiguas y caminar juntos hacia un futuro de unidad y paz.

—Doy mi palabra de que no volveré a desaparecer ni a desatender mis responsabilidades para con el pueblo faérico —afirma Karianna con solemnidad—. Como muestra de mi compromiso, sugiero que cada dama designe a un guardia de su confianza para residir en la Aguja de Nácar hasta que su señora así lo decida. Estos guardias no intervendrán en asuntos de gobierno, pero servirán como embajadores de sus razas y mantendrán informadas a sus damas sobre los sucesos en la torre.

—Así será. En la luz de Nácar, unidos. —anuncia Kyara, dando por concluida la reunión con un tono que no admite réplica.

Entonces, ya no hay necesidad de continuar con el ritual —declara Tyria, lanzando una mirada cargada de significado hacia Kárida—. La Dama Blanca ha regresado.

Como se había acordado previamente, cada dama elige a uno de sus guardias más fieles para representarla en la Aguja de Nácar: la Ondina eligió al astuto Heleas; la señora de los Efreets, al letal Sîyah; la Dama de Acero, a Isaz, su hijo menor; la Dama de los Faunos, al valeroso Quercus; la Dama Añil, a su esposo; y Hábasar, el hado, se ofreció voluntariamente por las hadas. Tras la presentación de sus respectivos embajadores, las damas y sus comitivas partien hacia sus reinos, y Karianna, junto a su hijo, retoma su lugar en el palacio.

Tras volver del círculo de piedra y en cuanto se despejó la zona, Quercus, uno de los faunos guerreros más fieros del reino Esmeralda, invoca mi presencia a través del antiguo ritual:

—Señora espíritu del bosque, soy Quercus, guardia de la Dama Esmeralda, invoco tu sabiduría y protección en este lugar sagrado. Que la luz de la Aguja de Nácar sea testigo de mi llamado y guíe tu espíritu hasta mí —sus palabras, pronunciadas con reverencia, se mezclaban con los suaves susurros del viento, llevando su petición hacia el corazón del bosque.

—Por supuesto, Quercus. Acompáñame —le respondí, apareciendo de inmediato y guiándolo a un lugar más tranquilo a los pies del Palacio.

—Antes de que mi señora, la Dama Esmeralda se retire al Círculo de Ancianas, Quercus desea asegurarse de que la Dama Blanca tenga todo bajo control — me dice el Fauno, una vez que nos encontramos rodeados por el verdor eterno del bosque.

—¿A qué te refieres exactamente? —pregunto, sintiendo la importancia de sus palabras.

—La Dama Añil se muestra inquieta. Inició el ritual sin permitir que las ancianas faéricas examinaran el cuerpo de la supuesta Dama Blanca caída. Invocó vuestro espíritu, pero no debió recitar las palabras ancestrales puesto que no os presentasteis. Se apoderó del báculo y de la tiara y solicitó al druida supremo que comenzara el Ritual. Su sed de poder es evidente — me explica Quercus, con una gran preocupación que se observa en su mirada.

—Comprendo tus palabras, valeroso Quercus, y te agradezco el aviso. Mantendremos vigilancia sobre la Karida. Por favor, transmite a tu señora esta conversación y mi respuesta —aseguro, consciente del delicado equilibrio que debíamos proteger.

El hecho de que Quercus recurriera a mí, en un lugar tan distante de su hogar, subrayaba la gravedad de la situación. Kárida había deseado el título de Dama Blanca desde su infancia, y su intento de usurpación podría haber tenido consecuencias desastrosas para la magia que sustenta nuestro mundo. A pesar de esto, el encuentro con Quercus reafirmó mi compromiso de custodiar el equilibrio y la armonía en el reino faérico, protegiendo a Karianna y su recién nacida familia de cualquier amenaza, visible o no.

El mes transcurre sin sobresaltos, y la Dama Blanca logra establecer un lazo de confianza con los embajadores de las distintas razas faéricas. Cumplido el periodo de colaboración, los representantes parten hacia sus reinos para informar a sus respectivas damas sobre los progresos realizados. Se ha acordado que cada uno llevará a la dama de su raza un detallado informe de lo discutido y, posteriormente, regresará a la Aguja de Nácar portando las peticiones específicas de cada una. Este procedimiento, propuesto por los druidas, fue acogido positivamente por mi señora, estableciendo un flujo de comunicación y cooperación entre los distintos sectores del reino faérico.

Durante los paseos con Karianna por los jardines del palacio, nos deleitamos en la presencia del pequeño Yardan. En estos momentos de calma, Karianna revela la decisión de Hábasar de asumir su rol como padre, buscando formas de afirmar oficialmente su lazo con el potrillo. Su estrategia incluye solicitar la ayuda de Drëgo, el cordial aprendiz del líder druídico, y de Karkaddan, con quien ha establecido un vínculo significativo. Aunque la sagacidad de Drëgo es innegable, las verdaderas motivaciones de Karkaddan me generan escepticismo. Es mi deber mantener una vigilancia constante sobre él, además de asegurar el bienestar de Yardan. Este encantador potrillo, cuya paz es palpable en sus momentos de descanso, se ha convertido en una luz en nuestras vidas. Cada anochecer, me aseguro de visitarlo para impartir mis bendiciones y entonar la canción de cuna que tanto ama, rodeándolo de un ambiente de cariño y seguridad.

Entonan las ondinas un lindo cantar,

De un ser extinto que ha de resurgir.

Del odio el amor logrará despertar,

Y sobre todo lo oiremos rugir.

Corre pequeño, encuentra tu hogar,

El espíritu del bosque por ti velará.

Vuela mi niño y sé muy feliz,

Pues tu destino es sanar la cicatriz.

171 – LA DAMA BLANCA IV

Personajes que aparecen en este Relato

LA DAMA BLANCA IV

La ceremonia en el sagrado círculo de piedra había capturado la atención de todos los presentes, dejándolos en un estado de asombro colectivo. La elección del Espíritu del Bosque había desafiado todas las expectativas: en lugar de seguir la tradición de confirmar a la candidata predestinada por su raza, había otorgado el título a una candidata inesperada. Aunque la elegida era, efectivamente, una unicornio, conforme al resultado de la votación, no se trataba de la que había ocupado el cargo de Dama Añil, sino de su hermana menor. Este inusual giro de los acontecimientos sembró desconcierto entre las congregaciones faéricas, que no lograban comprender la decisión tomada por el venerado espíritu.

En el corazón palpitante del claro, bajo la bóveda celeste que se teñía con los últimos destellos del atardecer, se alzaba la figura imponente de Öthyn. A su alrededor, el aire vibraba con la magia ancestral que fluía libre y salvaje en el Mundo Faérico. El cuello de Öthyn, adornado con una cascada de plumas verdes, cada una capturando y reflejando la luz en un espectro de tonalidades vivas, proclamaba su estatus único: él era el Druida Supremo. Este distintivo, junto con su regia capa y su báculo de poder, era portado únicamente por aquellos que habían alcanzado el cenit de la sabiduría y el poder druídico. Su cuello de plumas era más que un adorno; era un símbolo de su unión inquebrantable con las fuerzas primordiales de la naturaleza, que le daba autoridad y poder para controlar y gestionar los flujos de magia entre los reinos, una promesa de protección y guía para todos los seres faéricos.

Heredero de las responsabilidades mágicas del ritual tras el lamento por la muerte de Alfrid, el último Archimago, su figura se erigía como un pilar de sabiduría y calma. Su presencia era un faro de luz en tiempos de incertidumbre, un recordatorio de que incluso en la más profunda oscuridad, la sabiduría y el coraje podían forjar un camino hacia el amanecer.

Cuando su voz resonó en el claro, cada palabra cargada de poder y promesa, hizo evidente que no solo dictaba el destino de una nueva Dama Blanca, sino que también tejía el futuro del Mundo Faérico. Y con la solemnidad que el momento requería, proclamó:

—El Espíritu del Bosque ha hablado, ¡tenemos nueva Dama Blanca!

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el viento que susurraba entre las hojas. Todos los ojos estaban ahora puestos en Karianna, cuyo destino acababa de tomar un rumbo inesperado, marcando el comienzo de una nueva era para el Mundo Faérico bajo su liderazgo. La conmoción de Kárida y el desvanecido orgullo de Karkaddan se entrelazaban con el asombro generalizado, mientras el Mundo Faérico se enfrentaba a la revelación de su nueva guardiana. En ese momento de tensión y sorpresa, el curso del futuro se había trazado con la elección inesperada del Espíritu del Bosque.

La euforia de la coronación de Karianna como Dama Blanca se extendió durante semanas, sumiendo al Palacio de Nácar en un remanso de júbilo y celebración.

El momento de la despedida había llegado, teñido de solemnidad y emoción contenida. Kyara y Karianna, madre e hija, se encontraban frente a frente en los vastos jardines del Palacio de Nácar, bajo el etéreo resplandor de una luna llena que parecía más grande de lo habitual. La brisa nocturna, cargada de los aromas del bosque, envolvía la escena en un abrazo suave y frío. Kyara, con la dignidad y la gracia que la caracterizaban, posó sus manos sobre los hombros de Karianna, mirándola directamente a los ojos, esos espejos del alma que tanto habían compartido y que ahora reflejaban una mezcla de orgullo, tristeza y esperanza.

—Recuerda, hija mía —comenzó Kyara, con una voz firme pero cargada de emoción—, en cada decisión que tomes, en cada camino que elijas recorrer, deja que este consejo ancestral de nuestro linaje te guíe: ‘Que la verdad de tu corazón sea el faro en la oscuridad y la compasión, tu escudo ante la adversidad’. Los unicornios hemos vivido por eones bajo este precepto, permitiéndole a nuestra esencia permanecer pura y justa.

Las palabras resonaron en el aire, como un legado vivo que trascendía generaciones. Karianna asintió, las lágrimas asomando en sus ojos, consciente del peso de la responsabilidad que ahora recaía sobre sus hombros y del amor incondicional de su madre. Kyara le ofreció una última sonrisa, un gesto de infinito amor y confianza, antes de girarse y caminar hacia el Círculo de Ancianas Faéricas, lugar donde continuaría su viaje espiritual.

Karianna permaneció en silencio, observando la silueta de su madre desvanecerse entre los árboles, sintiendo la fuerza de sus palabras anidar en su alma. Ahora, como la nueva Dama Blanca, estaba lista para liderar a su gente con el corazón y la sabiduría, custodiando el Mundo Faérico hacia un futuro prometedor.

La despedida de Kyara, marcada por la entrega de sabiduría y confianza, contrastaba profundamente con el secreto que Karianna guardaba. La joven Dama Blanca se encontraba ahora en una encrucijada de emociones, luchando por reconciliar su deber con el deseo de su corazón. El consejo de su madre resonaba en ella, pero ¿cómo seguir el faro de su verdad cuando esa misma verdad podría llevarla a la perdición?

La relación con Hábasar, que continuaba floreciendo en la clandestinidad, se había convertido en su refugio y su tormento. Cada encuentro, cada momento compartido, era un recordatorio de lo que estaba en juego. El amor que sentía por el hado era un desafío a las antiguas leyes que regían el Mundo Faérico, un desafío que podría desencadenar consecuencias devastadoras para ambos.

Así, con la luna como único testigo, Karianna se prometió a sí misma encontrar un camino que pudiera unir su destino con el de Hábasar sin traicionar el legado de su linaje ni el bienestar del Mundo Faérico. La tarea no sería fácil, pero el amor y la verdad que compartían le daban esperanza. En la profundidad de su ser, Karianna sabía que el amor verdadero era una fuerza poderosa, capaz de cambiar el curso de la historia, incluso en un mundo donde lo imposible era cotidiano

Hacía mucho que no tenían noticias de Anya; algunos pensaban que había regresado a su mundo, otros temían lo peor, que hubiera fallecido. Sin embargo, un día, tras el cataclismo que devastó el Mundo Faérico, regresó. Durante este tiempo había encontrado refugio en la espesura del bosque, recurriendo a su conocimiento y hechizos de guardabosques para sobrevivir, mientras esperaba el momento adecuado para hacer su retorno a la Aguja de Nácar.

Al llegar, lo que encontró fue un escenario que nunca habría imaginado. En el centro de la sala del trono, bajo el resplandor suave de la luz que se filtraba a través de las ventanas altas, vio a su amiga acariciando delicadamente a un joven cervatillo. Sin duda era Karianna, pero estaba transformada. La Dama Blanca emanaba una serenidad y un poder que iban más allá de la joven que había conocido. La corona de luz en su cabeza y el báculo que descansaba a su lado no dejaban lugar a dudas sobre su nuevo papel en el Mundo Faérico.

El reencuentro fue un momento suspendido en el tiempo, una pausa en el torbellino de cambios y desafíos que habían enfrentado. Anya, con el corazón henchido de emociones encontradas, dio un paso adelante, su mirada encontrando la de Karianna.

—Has cambiado— dijo Anya en un susurro que llevaba consigo el peso de su viaje, tanto físico como emocional.

Karianna le sonrió, una sonrisa que era a la vez la misma y completamente diferente.
—Y tú has sobrevivido —respondió con un brillo de orgullo y cariño en sus ojos—. Juntas, enfrentaremos lo que venga.

En ese instante, entre las ruinas de lo que una vez fue y la promesa de lo que podría ser, se forjó un nuevo vínculo. No solo era el reencuentro de dos amigas, sino también el nacimiento de una alianza entre la Dama Blanca y la guardabosques, unidas por el deseo compartido de reconstruir y proteger un Mundo Faérico que emergía, renacido de sus cenizas.

Pero, con el tiempo, la salud de Karianna comenzó a flaquear; el sueño le era esquivo, las mañanas la recibían con malestar y su concentración se dispersaba como niebla al sol. En busca de respuestas, recurrió a Anya.


—¿Qué me está pasando? —sollozó, confundida—. Quizás el nombramiento como Dama Blanca fue un error. ¿Se habrá equivocado el espíritu del bosque, y estoy sufriendo las consecuencias ahora?

—No, mi señora —respondió Anya, con una sonrisa dulce y comprensiva—. La razón es otra: vais a ser madre.

—Eso es imposible —replicó Karianna, negando con la cabeza—. No puede ser verdad.

—Recordad la noche de vuestra coronación; desde entonces, la luna no ha marcado su ciclo en vos —recordó Anya, tratando de aliviar la tensión con su sonrisa—. ¡Enhorabuena!

—¡No, Anya! Eso está contra las normas —protestó Karianna con desesperación.

A continuación, compartió su secreto con Anya: su amor oculto por Hábasar, príncipe de las hadas. Revelar su relación significaría enfrentarse a un destino fatal, dada la enemistad ancestral entre hadas y unicornios. Es más, había antiguas leyes que prohibían el amor entre razas faéricas. Por todo ellos forjaron un plan audaz: Anya tomaría el lugar de Karianna como Dama Blanca durante su ausencia. Después del nacimiento del bebé, la unicornia retomaría su puesto y ayudaría a Anya a volver a Calamburia con su familia. Para lograrlo, Karianna entregó a su amiga una ampolla que contenía agua del Lago de la Polimorfosis, un regalo cuidadosamente provisto por el hado Hábasar. Este líquido mágico permitiría a Anya cambiar de forma de manera permanente, hasta que decidiera revelar su verdadera identidad.

Ahora, Karianna se encontraba ante la encrucijada de su promesa solitaria bajo la última luna llena. Aquella promesa, hecha en soledad y silencio, se veía amenazada por el inesperado giro de su destino, poniendo en juego no solo su posición como Dama Blanca sino el futuro de todo lo que amaba.

En la actualidad.


—Invoca a tu preciado Titán si así lo deseas, insignificante mortal —despreció Kárida con un tono cargado de veneno—. Pero no escaparás de este lugar con vida.

Con un brillo de determinación en sus ojos, la Dama Añil adoptó la forma de un unicornio majestuoso y formidable. Con una fuerza que resonaba como truenos, comenzó a martillear el suelo con su pezuña, desencadenando un estruendoso temblor.

Fue entonces cuando Anya, con la determinación ardiente en sus ojos, convocó la esencia profunda de su ser de guardabosques. Con palabras cargadas de poder antiguo, liberó hechizos formidables, una marea de energía verde que brotó de la tierra buscando protegerla, escudos de naturaleza que crecían en un intento desesperado por detener la embestida.

Karkaddan no tardó en sumarse al conflicto fusionando sus propios ataques con los de Kárida para intensificar el temblor que amenazaba con devorar todo a su paso. La batalla se convirtió en un espectáculo épico de magias enfrentadas, una danza de poder que retumbaba a través de la sala.

Sin embargo, el techo de la sala, víctima de la colosal lucha de voluntades, no pudo sostener la embestida combinada y cedió, desplomándose en una lluvia de escombros hacia Anya, quien, sorprendida no tuvo tiempo de realizar ningún hechizo para crear una barrera protectora sobre sí.

En el caos que siguió, nadie fue testigo del trágico destino de Anya. Bajo el manto del derrumbe, su lucha llegó a un fin silencioso. Kárida, con el báculo de la Dama Blanca ahora en sus manos, abandonó la escena sin mirar atrás, decidida a enfrentarse al resto de las damas y reclamar el título que creía le había sido injustamente negado. En el torbellino de emociones que acompañaban la anticipación de su coronación, parecía que los nervios habían eclipsado cualquier pensamiento sobre el posible fallecimiento de su hermana. Kárida nunca había sido de aquellas que se detienen en el pasado; su mirada siempre estuvo fija en el futuro, especialmente si este prometía favorecerla.

170- LA DAMA BLANCA III

Personajes que aparecen en este Relato

LA DAMA BLANCA III

Con el paso de los meses, Anya y Karianna se convirtieron en amigas inseparables. Karianna le revelaba a Anya los secretos maravillosos de su mágico mundo, mientras que Anya se aseguraba de que la joven unicornio no se metiera en demasiados líos. Un día, Karianna decidió mostrarle uno de sus rincones favoritos: el Estanque de la Polimorfosis. A pesar de las reticencias iniciales de la guardabosques, debido a que el estanque se ubicaba más allá del territorio de los unicornios, en las lejanas tierras de las hadas, la curiosidad acabó por ganar la partida y ambas se dirigieron a los Jardines Irisados.

Cuando llegaron la guardabosques quedó prendada de la belleza de aquellos salvajes jardines. Ante ellas se extendía un precioso tapiz de margaritas sobre el que se elevaban hermosas y raras flores que nunca antes había visto. Karianna le explicó los diferentes tipos y sus usos: desde la flor de azafrán, útil para pociones de amor, hasta la bella rosa de invierno o la venenosa flor murciélago. Sin duda, el reino de las hadas era tan bello como peligroso. 

Avanzaron con cautela hasta alcanzar un estanque cuyas aguas cambiaban de color, dejando a Anya totalmente embelesada. Ocultas tras una roca, observaron a las hadas interactuar con el estanque, lanzando hojas enrolladas al agua. Según Karianna, se decía que el estanque podía transformar físicamente a quien se bañara en él o cambiar el destino de quien lo deseara, con solo susurrar un deseo a una hoja de cala y lanzarla.

Después de varias horas, apareció un hado con una hoja de cala en mano; su porte era el de un príncipe. De repente, un estruendoso temblor sacudió la paz del jardín haciendo trastabillar al joven. Karianna actuó rápido salvando al hada de caer al estanque. Al mirar a su alrededor, Karianna no vio a Anya por ningún lado.

—¿Qué haces aquí? —le reprochó Hábasar, príncipe de las hadas. Los unicornios no son bien recibidos.

—¿Acaso hubieras preferido que te dejara caer? ¡Insolente hado! —respondió Kariana de forma soberbia.

La tierra tembló nuevamente, pero esta vez, robustas ramas surgieron del suelo envolviendo a la pareja en una fortaleza de hiedra. Claramente, una magia faérica les estaba protegiendo. La barrera se fortaleció, y a medida que el manto de la noche envolvía todo a su alrededor, ambos comenzaron a sincerarse, compartiendo sus verdades y miedos bajo el velo de la oscuridad. Confesaron el deseo común de proteger a sus seres queridos y sus reinos. Con el frío penetrando, se dieron calor mutuamente: la gruesa piel de Karianna protegía a ambos, ya que Hábasar era más vulnerable al frío.

Durante días interminables, la barrera de hiedra se convirtió en un refugio insólito para Karianna y Hábasar, aislándolos del mundo exterior y sus peligros. Esta fortaleza natural era amplia y no solo les ofrecía protección contra las anomalías mágicas que azotaban el Mundo Faérico, sino que también creaba un microcosmos en el que el tiempo parecía detenerse. La hiedra, imbuida de una magia esmeralda antigua y protectora, absorbía y neutralizaba cualquier hechizo maligno que intentara penetrar su densa trama, actuando como un escudo impenetrable ante las fuerzas oscuras que buscaban desestabilizar el reino. Sin embargo, en el corazón de Karianna crecía una preocupación constante por Anya, quien había quedado fuera de esta burbuja de seguridad. La idea de que su amiga estuviera expuesta a los crecientes peligros sin la protección de la barrera la llenaba de una angustia profunda. 

Pasaron los días y la pareja se alimentaba de nutritivas bayas que crecían en la hiedra. Con el tiempo, la rivalidad entre ellos se transformó en afecto, evolucionando desde simples roces a abrazos, besos y luego a encuentros apasionados. ¿Estaría naciendo el amor?

Un mes había transcurrido cuando, al borde del crepúsculo, los murmullos de una multitud comenzaron a tejerse con el viento. Entre ellos, se destacaban las voces de tres Damas Faéricas. La más resonante pertenecía a Kyara, la Dama Blanca, cuyo báculo se elevaba hacia el cielo como un faro de autoridad y esperanza.

—¡Han de estar por aquí!— proclamó la Unicornia con su voz cargada de una mezcla de ansiedad y determinación, desgarrando el silencio de la tarde.

En un acto de unidad y fuerza, un ejército de hadas y unicornios conjuraron su magia para desgarrar el entramado de hiedra que había servido de prisión y protección, revelando finalmente a los jóvenes perdidos. 

—Estaba convencida de que los encontraríamos cerca del lago —anunció Titania, la Dama Irisada—. Sin tus hechizos protectores de hiedra no se hubiesen salvado. Sin duda los faunos deben estar orgullosos de que seas su Dama Esmeralda. Gracias Tyria, que la serenidad de la luz de nácar envuelva vuestros días —expresó con gratitud, mientras el grupo se reunía en torno a los recién liberados.

—Los faunos poseemos un linaje noble. El Espiritu del Bosque me habó y super lo que tenía que hacer. Qué fortuna fue estar a tu lado cuando este embrollo se desató, permitiéndome ofrecer nuestro auxilio —replicó la Dama Esmeralda, con un tono que reflejaba tanto orgullo como alivio.

Sin embargo, la Dama Blanca, con la gravedad tallada en su semblante, interrumpió el breve momento de camaradería.

—No hay tiempo para regodeos. Una sombra de urgencia se cierne sobre nosotros; los elementos del Templo de la Sacerdotisa del Reino de Calamburia se han desestabilizado, perturbando gravemente el equilibrio de nuestro mundo.

Con la seguridad de haber encontrado a los desaparecidos, fueron escoltados de vuelta a sus respectivos hogares. Karianna, acompañada por su madre y su hermana, partió hacia la capital, dejando tras de sí la promesa de que su tía se uniría a ellas tan pronto como Anya fuera encontrada. 

La Dama Blanca, sin tiempo que perder, y en cuanto la situación estuvo estabilizada, convocó a las líderes de todas las facciones faéricas al pie de la majestuosa Aguja de Nácar. 

—Damas, druidas, seres del Mundo Faérico —inició Kyara con respetuosas reverencias—. Los recientes sucesos han iluminado mi percepción, evidenciando mi desfase frente a los cambios mágicos y la emergencia de nuevas adversidades, para las cuales no supe prepararnos. Lamentablemente, reconozco que mi capacidad para salvaguardar nuestro mundo ha mermado. Por esta razón, he convocado este cónclave, no solo para anunciar mi retiro sino también para designar a la siguiente Dama Blanca.

Las damas ocuparon sus lugares en el ancestral círculo de piedras, comenzando un cántico que invocaba a Breena, el espíritu del Bosque Mágico. Este ritual, rara vez celebrado, congregaba a la diversidad del Mundo Faérico en pleno: desde los diligentes enanos y las etéreas hadas hasta los nobles unicornios, pasando por los ardientes efreets, los indómitos faunos y las pacíficas ondinas. Juntas, las damas canalizaban la esencia de sus linajes con un majestuoso canto mientras la luna bañaba el claro en un halo de luz plateada. La melodía de su invocación se extendió por varios instantes hasta que Kyara recitó con voz firme sus últimas palabras como Dama Blanca, las estrofas finales, permitiendo que los rayos lunares bañaran el claro del bosque en el que se encontraban. Desde la distancia, una luz sutil se abría camino entre la arboleda: era Breena aproximándose.

Acto seguido, cada dama, por turnos, manifestó su esencia y la depositó en la urna situada en el altar: la Dama Añil presentó un cristal de tono azulado; la Irisada, un espejo de reflejos cambiantes; la Carmesí, una llama vibrante; la de Acero, un emblema metálico; la Turquesa, una gota acuática proveniente del abismo marino; y la Esmeralda, con un gesto, hizo germinar un árbol encantado a partir de una diminuta semilla. Con los emblemas ya dentro de la urna, llegó el momento de elegir al linaje que lideraría a todos. Una a una, se aproximaron al altar para emitir su voto en silencio, mientras Breena, en su andar, las rodeaba. Tras tomar asiento todas, Kyara levantó la urna, de la cual emergió un brillante rombo azul: el emblema de los unicornios, señalando que, una vez más, eran ellos los designados para regir el Mundo.

La ceremonia en la Aguja de Nácar se encontraba en su momento culminante, y el aire vibraba con una tensión casi palpable. Todas las miradas estaban fijas en Breena, el espíritu del bosque, cuya presencia simbolizaba la ancestral sabiduría de su mundo. Entre las damas reunidas, Karida, la Dama Añil,  resaltaba con una mezcla de esperanza y ansiedad. Había pasado toda su vida anhelando este preciso instante y las demás damas habían elegido de nuevo a los unicornios para que guiarán el mundo faérico.

Junto al resto de los espectadores, Karkaddan observaba la escena con un orgullo desbordante, convencido de que el destino que tanto habían soñado Kárida y él estaba a punto de materializarse. La atmósfera estaba cargada de expectativas mientras Breena se acercaba a la representante de los unicornios, cada paso del espíritu era seguido por miradas expectantes, y el corazón de Kárida latía al ritmo de los pasos del espíritu en forma de Ciervo del Bosque.

Sin embargo, en un giro inesperado, Breena cambió de dirección, desviándose del camino anticipado. Un murmullo de sorpresa se esparció entre los presentes; el espíritu estaba rompiendo el protocolo, dirigiéndose hacia una figura que no podía creer lo que sus ojos veían: Karianna. La joven, tomada por la incredulidad, balbuceó:

— No… no estoy preparada para esto.