181 – LOS TRES DONES

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LOS TRES DONES

Los meses pasaban y la familia real se había acostumbrado a la presencia de sus inesperados y extraños invitados. Las hadas danzaban alegremente entre las copas de los árboles, mientras los faunos saltaban con los cabritillos entre los matorrales del jardín y los unicornios galopaban desbocados por las dehesas. Tras conocer los horrores del cataclismo, las mágicas criaturas se sentían seguras, liberadas y felices; aunque añoraban su hogar. 

Mientras los jóvenes disfrutaban del aire libre, las ancianas faéricas trabaron una estrecha amistad con la reina Melindres de Calamburia y su querida tía la vizcondesa Tilaria von Vondra. Los excesos de los ritos funerarios hicieron mella en la salud de la regente, a quien el galeno le obligó a guardar cama. Sin embargo, la quietud nunca había sido amiga de Melindres y lo único que le consolaba eran las anécdotas de sus inesperadas invitadas. Admiraba la fortaleza de Melusina, su astucia y su ladino carácter. Por su parte, Tilaria disfrutaba de las historias de guerra de la valerosa Tyria. Ella, que siempre había ansiado comandar su propio ejército, se empapaba de las historias de caballería, especialmente las protagonizadas por valerosas mujeres. Las cinco se hacían mutua compañía mientras Zora gozaba de los lujos de gobernar Calamburia junto con su fiel amante, Arishai, el señor de los nómadas. Sin embargo, conocedora de las envidias e intrigas de la corte, debía asegurar la protección de la corona; pues ¿qué le impediría a Dorna marchar sobre Instántalor con sus hordas de salvajes? Largo y peligroso había sido el camino hacia el trono y ahora no podía echarlo todo a perder.

Esta incertidumbre, unida a la amenaza de una conquista y de un cataclismo en el reino faérico impulsó a Zora a tomar medidas decisivas para asegurar la estabilidad de su reinado. Las ancianas, en sus visiones otorgadas por las estrellas, le habían informado de este cataclismo, un evento de magnitudes insondables que no solo amenazaba la existencia del delicado equilibrio faérico, sino que también poseía el potencial de desestabilizar la armonía mágica de Calamburia.

Consciente de que el tejido de la magia que unía sus reinos era tan frágil como poderoso, Zora entendió que cualquier perturbación en el equilibrio mágico del mundo podría tener consecuencias catastróficas para su pueblo. No era solo una cuestión de defender el trono contra usurpadores o de salvaguardar las fronteras físicas de Calamburia; se trataba de proteger la esencia misma que hacía florecer la vida en su reino, de mantener a raya las sombras que el cataclismo faérico podría desatar.

Como Othÿn, el último gran Druida Supremo, había fallecido años atrás, todas las esperanzas estaban puestas en Drëgo, su aprendiz, el único  poseedor de conocimientos y habilidades cruciales en la estabilidad mágica del reino y del mundo faérico. El druida, siguiendo el plan secreto de Aurobinda, había dedicado los últimos años a realizar un sinfín de intentos de controlar el flujo de magia, pero todos habían sido en vano. Sólo le quedaba una opción: acudir en secreto a las profundidades de la torre de magia Skuchaín. Era esencial llegar lo antes posible y a salvo. Había concertado una  reunión con el Archimago con el fin de adentrarse en los muros de la Torre Mágica para poder, después y en secreto, moverse con libertad sin ser visto. Su éxito podría significar la diferencia entre la supervivencia y el final de Calamburia.

Arishai, con su experiencia en batalla y su lealtad inquebrantable, era el único en quien Zora confiaba plenamente para esta doble tarea. Tras escoltar a Drëgo a Skuchaín, Arishai tenía una segunda misión de igual importancia: dirigirse a las Montañas Cobrizas con su ejército de nómadas. Su objetivo allí era fortalecer las defensas del reino y estar prevenidos en caso de un asalto por parte de Dorna. 

La decisión de separarse nuevamente de su amado no fue fácil para la Reina Madre, pero se trataba de un sacrificio necesario. La seguridad de Calamburia y la protección de la corona estaban en juego, y ambos sabían que su amor debía, una vez más, ceder ante el deber.

La Reina Madre preparó un gran festín para despedir al Escorpión de Basalto  y su ejército de nómadas. Los tés de las más preciadas flores y los licores del cactus del desierto  corrían por el gran salón con la fuerza de la cascada del Ojo de la Sierpe y los elegantes tajines iluminaban la sala con altos montes de dorados manjares preparados con los ingredientes más selectos. Al fondo unas exóticas bailarinas danzaban al dulce son de un ney y un darbuka mientras los fieros guerreros disfrutaban del festín. Zora y Arishai miraban satisfechos la escena; por fin habían cumplido lo que tanto habían anhelado: Calamburia era suya. Mientras los soldados festejaban su partida, los amantes se retiraron a sus aposentos y ahí, en la soledad de la noche, se rindieron a la pasión.

Las luces del alba despuntaron en el horizonte alumbrando a Zora. Arishai miró a su amada con gran devoción. Su sugerente forma se le insinuaba bajo las suaves sábanas de raso; sus curvas lo enloquecían, su sedosa y morena piel brillaba más que el más puro oro de las Montañas Cobrizas y su preciosa cabellera ardía como lo hace hojarasca otoñal al caer un rayo. Ella era su suerte y su perdición; su djinn y su iblis; su vida y su muerte. El emir se quedó tendido en la cama, inmóvil; memorizando cada curva, peca y arruga de la preciosa mujer que yacía a su lado. En ese instante el mundo se paralizó regalándole unos últimos instantes con su precioso Ámbar del desierto. ¡Cuán eternos y rápidos pueden ser cinco minutos cuando uno está enamorado! Arishai bajó las majestuosas escaleras de mármol y salió a las caballerizas; no sin antes aspirar por última vez aquel penetrante aroma a jazmín y lirios del valle, la fragancia de su Zora. 

—¡Padre! —irrumpió Melindres en el patio exhausta por el esfuerzo— ¿A dónde vais? ¡No me dejéis por favor! ¡No me…!

Un ensordecedor aullido de dolor inundó el gran patio y la reina cayó al suelo en un charco de sangre. El nómada se giró hacia su hija al tiempo que Zora acudía alarmada: Melindres estaba de parto. Arishai cogió a su hija en brazos y la llevó hacia sus aposentos mientras Zora avisaba al galeno y a su hermana Tilaria.

—No puedo irme —sollozó el nómada—. No puedo dejarla sola y así. ¿Y si no sobrevive?

—Tu marcha es más necesaria que nunca, querido —explicó la Reina Madre—. Si nuestros enemigos se enteran de su febril estado, ¿qué les impedirá atacarnos? Ahora más que nunca necesitamos que vigiles y protejas las fronteras. Debes irte —sentenció despidiéndose de nuevo de su amado.

Arishai se volvió hacia su hija, le dio un cariñoso beso en la frente y se marchó sin mirar atrás.

Dos parteras y la sanadora Níobe acudieron corriendo seguidas por Tilaria, la madrina y tía predilecta de la reina, y las tres ancianas faéricas. La sanadora acercó un pequeño saco de lavanda a la nariz de la convaleciente para que recobrase el conocimiento. Estaba aturdida; desvariaba, sudaba y gritaba de dolor. Las parteras se colocaron a sendos lados de la cama real con toallas y tinajas de agua caliente mientras la comadrona preparaba una pequeña mesa con sus utensilios. Aprovechando el bullicio, Kyara se acercó a la parturienta y se inclinó posando con delicadeza su mágico cuerno en la frente. Melindres se calmó y empezó a respirar de forma pausada.

Durante varias horas sólo se oyeron los ensordecedores gritos de la reina. Empujaba con tesón, pero Níobe dudaba de sus fuerzas. Ella recordaba bien el carácter  indomable del padre de las criaturas, puesto que lo había educado desde pequeño. Si los niños habían heredado la misma fuerza y energía de su padre Sancho, no iba a resultar tarea fácil para Melindres traerlos al mundo. Las elegantes sábanas de hilo se tiñeron de un intenso rojo que clamaba la muerte. Preocupado, el médico cogió unas grandes pinzas metálicas para ayudar a la parturienta, pero ésta empezó a convulsionar violentamente. La más mayor de las parteras alzó sus brazos al cielo suplicando ayuda al Titán, pues conocía el trastorno que sufría y pocas eran las mujeres que lograban sobreponerse. 

Las tres ancianas habían asistido impotentes a la triste escena, pero no pensaban dejar que muriese. Melusina apartó al sanador y tomó el control de la situación. Tomó uno de los llamadores de sueños que colgaban de su collar, lo abrió y sopló. Un sinfín de polvos de diferentes colores volaron de la pequeña esfera tiñendo la sombría estancia de colores vivos y alegres. Tyria juntó sus manos y de ellas brotó una pequeña rama verde adornada con preciosas flores de jazmín. Finalmente, Kyara agarró con fuerza a la joven hasta que las convulsiones cesaron.

Las mágicas criaturas se desplazaron a los pies de la cama ante las miradas expectantes del resto de los asistentes. Tyria, la Anciana Esmeralda, se inclinó sobre la reina y cogió con suavidad a un pequeño bebé en brazos. Melusina, la Anciana Irisada, se acercó a su vez y tomó a otro pequeño infante. Finalmente, Kyara, la Anciana Añil, se adentró en las entrañas de la soberana y tomó a una pequeña y preciosa infanta. Tras examinar a los recién nacidos los acercaron a Melindres. Por primera vez en la vida, la reina lloró de felicidad, pues su oscuro corazón había sido invadido por el más puro de los amores: el amor por sus hijos.

Las semanas pasaban y los infantes crecían fuertes y alegres. Sus risas henchían el corazón de su madre y de todos los que les rodeaban. La Corte, que había sido la cuna de la más lúgubre tristeza, se había tornado en una fuente de alegría. Con la luna nueva llegaron noticias que colmaron aún más el corazón de la reina: su padre volvía con Inocencio, El Sumo Pontífice de la Iglesia del Titán. Melindres ordenó decorar el palacio con enredaderas de campanillas y jarrones de margaritas y girasoles. La intensa luz del sol que se filtraba por los ventanales alumbraba las doradas flores. Ese día, más de un sol iluminaba las estancias del palacio.

Grandes festejos se sucedieron a la llegada del señor del desierto de Al-Yavist y su comitiva. Zora dispuso que las festividades se prolongasen durante dos semanas. Dos semanas en las que sólo se comería el mejor asado marinado con los vinos más exquisitos y los pasteles más dulces. Dos semanas que culminarían con el bautizo de los infantes. 

Inocencio ofició el sacramento engalanado con sus mejores ropajes. La capilla real había sido decorada con elegantes cirios, esplendorosos candelabros y vivaces flores silvestres. Al evento acudieron los más importantes mandatarios de Calamburia: los Von Vondra, los Colby, los Sibyla… e incluso cinco extraños seres encapuchados a los que el Sumo Pontífice miraba con recelo: Karianna, Yardan y las tres ancianas.

—Rodrigo, hijo de reyes, heredero al Trono de Ámbar y séptimo en tu linaje yo te bautizo en el nombre del Titán —proclamó alzando al primogénito—. Sancho, descendiente del unificador de nuestro reino, tú que llevas el nombre de tu padre y eres el segundo en portarlo, yo te bautizo en el nombre del Titán —anunció levantando al hermano mediano—. Y a ti, Zoraida, astuta como tu abuela, la Reina Madre, y heredera de su nombre, yo te bautizo en el nombre del Titán.

La capilla estalló en gritos de júbilo mientras los trovadores entonaban alegres cánticos. Los festejos continuaron en los jardines del palacio, donde el mayordomo dispuso un sabroso ágape para los invitados.

Drëgo, que había regresado con Arishai y su ejército, y Karianna se acercaron a las antiguas damas faéricas.

—Drëgo ha viajado a Skuchaín y ha encontrado la solución a nuestros problemas —anunció el druida. 

—¡Qué gran noticia! —exclamó Tyria.

—Pero Drëgo no puede hacerlo solo, necesita la ayuda de la poderosa magia de las ancianas —explicó el mago.

Las damas escucharon con atención el plan. Habían vivido un fugaz sueño en la tierra de Calamburia, pero debían volver a la realidad: su mágico mundo se desmoronaba y debían estabilizarlo.

Al finalizar la ceremonia, las mágicas criaturas se dirigieron, como cada noche, a los aposentos de los infantes. Ahí les esperaba Melindres mirando embelesada a sus pequeños.

—Su Majestad —saludó Melusina—. Es conmovedor el amor que proferís por vuestros vástagos.

—Son la luz de mi vida —explicó—. Jamás pensé que pudiese sentir algo así y os agradezco de corazón vuestra ayuda.

—Somos nosotras las que agradecemos vuestra hospitalidad y que nos hayáis dejado estar con los infantes —afirmó Kyara—. Sin embargo, debemos marchar. Nuestro druida ha vuelto de la torre arcana con un hechizo que podría equilibrar los flujos de magia y necesita nuestra ayuda. Nos parte el corazón tener que irnos, pero nuestro mundo agoniza.

—Por supuesto —contestó la reina—. Lo entiendo perfectamente.

—Antes de marchar queríamos pediros un último favor —suplicó Tyria—. Sabemos que los infantes han recibido el bautismo de la Iglesia del Titán, pero en nuestra tierra es costumbre obsequiar a los recién nacidos con un pequeño don. ¿Nos permitiríais hacerles tales regalos?

—Por supuesto —respondió con una sonrisa que hablaba de confianza y de unión entre sus mundos—. Conozco la pureza de vuestros corazones y la nobleza de vuestras intenciones. No tengo duda de que lo que traigáis será recibido no solo como un regalo, sino como una bendición. Adelante, por favor, compartid vuestros dones.

—Gran Rodrigo —dijo Tyria cogiendo al primogénito en brazos—, yo os entrego el don de mi raza y mi clan: el amor por la tierra y lo que crece de ella. Cuidaréis de la tierra que os rodea como si de una caprichosa orquídea se tratara.

—Impetuoso Sancho —anunció Melusina—, en vuestros ojos no veo si no el reflejo de los míos propios. No dejéis que nadie dome vuestro carácter u os haga sombra. Vuestra valía y sacrificio es inconmensurable.

—Astuta Zoraida —anunció Kyara—, sois luz, amor y travesura, como mi pequeña Karianna. Disfrutad de las aventuras que os depara la vida, aunque no olvidéis lo que más importa, velad siempre por la fortaleza y la unión de vuestra familia.

Las ancianas colocaron de nuevo a los niños en sus tronas, despidiéndose de ellos con un brillo de lágrimas en los ojos. Esas lágrimas no eran solo por la despedida, sino por un profundo pesar ante un futuro que, según susurros de las estrellas, se antojaba sombrío para los tres. Sabían de los desafíos y penurias que esperaban a los infantes, un camino marcado por pruebas arduas, cuya mención no hicieron, pero que sus corazones afligidos claramente intuían.

Con cada gesto de cariño y cada obsequio entregado, las ancianas buscaban ofrecer un destello de esperanza, que suavizara de alguna forma el camino que, inexorablemente, los pequeños tendrían que transitar. Sin embargo, a pesar de sus deseos y las protecciones que sus regalos simbolizaban, eran dolorosamente conscientes de que el tejido del destino era algo que escapaba a sus manos. No podían alterar el curso de lo que estaba escrito en los cielos; sólo podían ofrecer su amor y sus bendiciones, esperando que sirvieran de algún consuelo en los tiempos venideros.

Tras un último adiós lleno de amor y una preocupación que sus miradas no podían ocultar, se alejaron. Dejaban atrás la promesa silenciosa de que, aunque el futuro de los niños estaba más allá de su capacidad para cambiarlo, el amor y la esperanza que depositaron en ellos nunca faltaría.

180 – EL APRENDIZ, LA BRUJA Y EL ARDID

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EL APRENDIZ, LA BRUJA Y EL ARDID

Drëgo aprovechó para escabullirse del solemne acto ante el barullo creado por el episodio del águila gigante. Llegó a la armería y comprobó que estaba vacía. El maestro armero habría acudido, sin duda, al sepelio de su rey. Era, sin duda el punto y la hora acordados, pero allí no había más que un grupo de cuervos que lo miraban con suspicacia.

—¡Malditos bichos! —refunfuñó el aprendiz de druida, pues su plumaje negro no hacía más que recordarle al collar de plumas que su maestro, el difunto Öthyn, gustaba tanto lucir como distintivo de su dignidad de Druida Supremo—. ¿Y dónde se habrá metido esta vieja bruja? Llega tarde a la cita.

Drëgo trató de asustar a los oscuros pájaros agitando su varita. Alzaron el vuelo y revolotearon formando una suerte de nube de plumas y garras en el aire que, poco a poco fue tomando más consistencia como atraídos por un único punto de gravedad. De ella surgió Aurobinda, Señora de los Cuervos, con su melena rojiza y una amplia sonrisa.

—La impaciencia siempre fue tu peor defecto, Drëgo —sentenció.

—Maestra —dijo el druida arrodillándose.

—No hace falta que te humilles tanto. Ya no soy tu profesora —dijo la bruja tratando de quitarle solemnidad a aquel encuentro—. ¿Por qué me has hecho venir? ¿Qué pasa? ¿Ese vejestorio avaricioso de Öthyn ha descubierto por fin la rata que en realidad eres y te ha expulsado de la Orden Druídica?

—No, mi señora —explicó Drëgo compungido—. Mi maestro ha fallecido en extrañas circunstancias.

El gesto de Aurobinda cambió de repente volviéndose mucho más circunspecto.

—¿Muerto? ¿El Druida Supremo ha muerto?  —preguntó como si no diera crédito a las palabras de su interlocutor— ¿Y quién controla ahora el flujo de la magia entre los dos mundos?

—Ese es el problema, mi señora… —apuntó el druida—. La magia faérica está descontrolada. Drëgo y algunos seres fáericos hemos logrado huir por los pelos. ¿Será la venida de un Nuevo Cataclismo?

—No seas estúpido, los cataclismos del mundo faérico son un ardid.

—¿Un ardid? —ahora era Drëgo el que parecía confuso.

—Sí, mi hermano Theodus y Öthyn eran muy imaginativos. Y no me refiero solo a la hora de inventar cargos contra nosotras —apostilló la bruja con cierto resquemor—. Idearon todo un sistema de canalización con un solo objetivo: hacer que la magia del mundo faérico llegara de forma controlada y constante a Calamburia. ¡Han estado vampirizando a esas pobres bestias mágicas desde el principio! ¿Y las malas éramos Defendra y yo? —dijo con ironía— Para poder exprimir su magia idearon la Torre de Nácar y construyeron en el extremo opuesto la Torre de Skuchaín. A estas alturas ya te habrás dado cuenta de que son dos puntos de canalización. Con la ayuda de los enanos, crearon un sistema de túneles que los conectara bajo tierra. 

—¿Y el cataclismo? —dijo Drëgo tratando de asimilar la información— Yo mismo he estado a punto de morir por…

—Llaman cataclismo a una desregulación, una interrupción de los canales que hacen que la magia pura se acumule hasta saturar el sistema que ellos mismos han creado —explicó Aurobinda tan didáctica como en sus años de profesora de la Torre—. Creas un problema, luego una solución y, a cambio de ello, obtienes el poder. Es una vieja historia que se repite. Si lo piensas bien, es gracioso, ¿no? ¡Hasta poético, diría yo!

—Pero Theodus era bueno… —espetó el druida resistiéndose a creer lo que oía—. Además, si todo era un ardid, ¿por qué la ausencia de Öthyn iba a desbaratarlo todo? ¡Todo esto no tiene sentido!

—No para ti, mi joven y simple amiguito —rió ella—. El efecto del sistema es parecido al de una presa, Öthyn era el guardián eterno de esa presa, el que mantenía el flujo circulante constante que aliviaba la presión, pero, ¿qué sucede si deja de haber guardián y la presa se obstruye?

 —¿…que acaba por estallar?

—Quizás no seas tan estúpido después de todo —apreció Aurobinda con cierto orgullo.

—Pero Öthyn llevaba años robando la magia de los canales… —apostilló Drëgo.

—Sí, el pobre anciano se mantenía fresco y lozano gracias a la magia faérica como yo me mantengo atractiva y joven gracias a la oscuridad —dijo coqueta mientras se atusaba la melena pelirroja—. Pero Öthyn, tras años de vicioso consumo del poder en estado puro, se hizo adicto a él. Theodus lo sabía, pero hizo la vista gorda, mi hermano era muy bueno haciendo la vista gorda cuando algo le beneficiaba —añadió con desprecio—. No le importaba que Öthyn maltratara a los seres faéricos o desviara parte del botín para su propio beneficio. Pero el anciano se fue consumiendo, a pesar de su aspecto jovial y, poco a poco se fue haciendo débil. Pero esa parte ya la conoces, ¿verdad Drëgo? Y dime, ¿así fue como pudiste matarle?

—¿Cómo sabéis que…? —el aprendiz se sintió desarmado por la inteligente mirada de la bruja.

—Siempre has sido transparente para mí, Drëgo. Recuerda que fui yo quien te enseñé a convocar tus primeros portales —dijo ella con cierto aire de nostalgia—. Eras un buen alumno. Si Öthyn no te hubiera reclamado como aprendiz, te hubiera llevado conmigo a Cuna de Oscuridad. ¡Tenías tanto potencial! Mentiroso, ladino, escurridizo… ¡un Ténebris hasta la médula!

—¿Pero ahora qué podemos hacer? Drëgo ha intentado controlar los canales pero e incapaz —reconoció Drëgo—, por eso recurre a vos.

—Y haces bien, soy la única maga de la Torre que queda viva de esa generación, la única que conocía el secreto de Öthyn para controlar el flujo de la magia —sentenció la bruja con suficiencia. 

—Y, ¿ayudaréis a Drëgo?

Aurobinda calló mientras se miraba las uñas siempre perfectas y brillantes.

—Te confiaré el secreto —dijo moviendo su varita generando en el aire un rollo de pergamino blanco que el druida aferró con la mano derecha—, e incluso permitiré que, al igual que tu maestro, te nutras de la magia faérica hasta el fin de tus días.

—¿Y qué queréis a cambio? —dijo él con un tono algo desconfiado.

—Eres suspicaz, me gusta —sonrió Aurobinda—.  A cambio solo te encomendaré una misión, pero es una misión importante. La magia del mundo faérico surge de los propios seres que lo habitan, ellos son el agua de la presa. Quiero que, al volver al mundo fáerico, inicies un proyecto muy especial —dijo moviendo su varita en el aire y generando de la nada un pergamino negro enrollado que Drëgo tomó con su mano izquierda—, uno que convierta nuestra fuente de agua clara en un agua más oscura y turbia, una que sirva mejor a nuestros propósitos. ¿Podrás hacerlo?

—Por supuesto, mi Señora de los Cuervos —respondió solícito el druida—. Tenemos un trato. ¡Palabra de druida!

—Y no se te ocurra romperlo, ¿eh, granuja? Ya sabes que no dudaría en destruirte —le advirtió la bruja con una sonrisa—. Y me dolería mucho, pues te cogí cariño en tus años de escuela. Eres de esa clase de tramposos que me caen simpáticos. Recuerda siempre que la Oscuridad sabe recompensar a sus sirvientes. Pero, si nos fallas —dijo levantando el índice a modo de advertencia— acabarás como tu maestro.

179 – EL EXILIO FAÉRICO II

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EL EXILIO FAÉRICO II

Karianna, la Dama Blanca, contempló un instante a su amante Hábasar que, dentro del inestable campo de protección y junto a otros seres faéricos, trataba de liberar el cuerpo del pobre enano que había sido sepultado por el desprendimiento de una enorme columna. Luego, la poderosa unicornia llevó sus ojos a su hijo Yardan, el fruto de su amor prohibido con el príncipe de las hadas, que contemplaba la escena con el estoicismo fruto de la sugestión del hechizo de la ondina. Por él, fruto del más profundo amor, logró Karianna sacar fuerzas de su flaqueza y tomar la determinación de liderar a su pueblo en aquella nueva crisis. «¿Pero cómo?», se preguntó inevitablemente. Si se hallaban ante un nuevo cataclismo y no contaban con el apoyo del Druida Supremo Öthyn y su poderosa magia, ¿cómo iba a salvar a su gente del desastre? Pensó en utilizar todo su poder para tratar de neutralizar el cataclismo, pero sabía que ni siquiera ella, la gran Dama Blanca, podía lograr tal cosa sin ponerse en el más serio de los riesgos. Un torrente lo suficientemente grande de magia pura y desbocada era capaz de consumir a cualquier ser faérico por poderoso que este fuera. Si lo intentaba, se consumiría y moriría irremediablemente. Hábasar no lo soportaría y Yardan se vería obligado a crecer sin una madre. Sin embargo, estaba dispuesta a sacrificar su propia existencia por intentar salvar la de ellos y la de su pueblo.

Alzó el báculo con determinación dispuesta a inmolarse por el bien de todo lo que amaba, pero entonces, en el momento justo, se abrió un portal en el centro de la sala, dentro de la seguridad del hechizo de protección del Círculo de Ancianas. De él, emergió el druida Drëgo, aprendiz de Öthyn, que entró de un salto mientras el portal se cerraba con presteza y rodó por el suelo.

—¡Justo a tiempo! —exclamó Drëgo levantándose mientras se sacudía el polvo.

Al levantar la vista por vez primera, se sintió sorprendido al encontrarse sumido en medio de semejante caos.

—¡Druida! —exclamó la Dama Blanca interrumpiendo su hechizo al recuperar la esperanza de encontrar una alternativa a la muerte—. Menos mal que has llegado. ¿Qué ha sido de Öthyn? ¿Qué sucede? Dinos qué debemos hacer.

Drëgo miró a un lado y a otro, como sopesando la situación y, de repente sus ojos oscuros e inteligentes refulgieron.

—Öthyn, mi maestro, ha muerto víctima del descontrol de la magia —sentenció Drëgo con el gesto afectado—. Apenas ha podido hacer un último esfuerzo por salvarme de una segura destrucción. Estimadas Damas, puede que estemos ante… —hizo una pausa dramática antes de concluir con aire teatral—. ¡Un nuevo cataclismo!

—Pero si el Druida Supremo ya no está entre nosotros. ¿Qué esperanza nos queda? —se lamentó Airilia la Dama Turquesa, mientras trataba de infundir valor en las tres ancianas con su poder de sugestión para que pudieran sostener el hechizo de protección.

—Aún hay una posibilidad —expuso el druida con audacia—. Con mi habilidad para crear portales al instante, viajaré a Calamburia y me reuniré con mis antiguos maestros de la Torre Arcana. Encontraré la forma de devolver los canales de magia a su cauce como, sin duda, hubiera hecho mi sabio maestro Öthyn. ¿Vendrás conmigo, Dama Blanca? —dijo el druida tendiendole la mano con un gesto demasiado pomposo—. Te necesitaré para que des fe de lo sucedido ante las autoridades del otro lado.

—¿Y abandonar a mi pueblo justo ahora? —dudó la Dama Blanca.

—Drëgo solo es un pobre aprendiz —dijo el druida con toda la falsa humildad de la que fue capaz—. Si va solo no le escucharán. Pero vos sois el ser faérico más importante, deberán escucharos y prestaros ayuda.

Estaban todos atrapados en una ratonera. Mientras los enanos hacían fallidos intentos por encontrar una forma segura de abandonar el lugar, el edificio se venía abajo y el propio éter se resquebrajaba. No había escapatoria. Todos ellos estaban condenados a una muerte segura si no abandonaban el lugar de inmediato. Otro temblor agitó la tierra y un rayo de magia especialmente grande perforó la cúpula de protección yendo a caer sobre el joven príncipe Hábasar que, con un ágil batir de sus alas, lo esquivó. En el lugar que hasta hacía un instante había ocupado, ahora había un charco de lava incandescente. Un escalofrío recorrió el espinazo de la Dama Blanca al ver peligrar la vida de su amado. No le costó tomar la decisión.

—De buen grado te acompañaré en este viaje, druida —dijo Karianna—. Pero a condición de que todos ellos vengan con nosotros. No puedo dejarles aquí para que perezcan. Soy su Dama Blanca, su protectora.

—Está bien —claudicó Drëgo a regañadientes—, no creo que tenga muchos problemas para hacer un portal lo suficientemente grande y duradero.

El aprendiz de druida sacó su varita y trazó un símbolo el el aire, se abrió un pequeño portal el cual, al otro lado, dejaba traslucir un extraño y exótico paisaje. Poco a poco, con el visible esfuerzo de Drëgo, el agujero entre los dos mundos fue creciendo. Bajo el liderazgo de Hábasar, todos los seres faéricos fueron cruzando rumbo a un nuevo mundo desconocido mientras, a su alrededor, seguían desprendiéndose partes de la estructura de la Aguja de Nácar. Mientras cruzaba el portal, el joven Carlin lanzó una mirada llena de odio al druida Drëgo que este no llegó a percibir. Aunque había optado por mantenerlo en secreto, ya que consideraba que nadie le creería, no podía olvidar lo que el Calamburiano había hecho con el padre de Lirroe, su mejor amigo, antes de que el joven hado lograra huír. Tenía que encontrar el modo de desenmascarar al retorcido druida, y hacerlo en el momento adecuado. 

Antes de partir, Karianna se volvió hacia su hermana Kárida con la que acababa de reconciliarse tras años de tensiones y rencillas.

—Hermana, tengo que pedirte algo —le dijo en tono solemne.

—Lo que necesites —respondió Kárida casi sin pensar.

—Quédate en el Reino Faérico y avisa al resto de damas del peligro que se cierne —solicitó la Dama Blanca—. Diles que he marchado con Drëgo para tratar de encontrar ayuda en Calamburia y poder dar con la solución a un nuevo cataclismo.   

—Ni hablar, iré contigo, os puedo servir de ayuda —se resistió la Dama Añil.

—No, hermana. Quédate aquí. Si, por lo que fuera, no regresara viva de este viaje, el Mundo Fáerico necesitaría una nueva Dama Blanca —dijo poniendo su delicada mano en el hombro de su hermana—. Avisa a la Tía Kora y que traiga con ella al Lobo Faérico, espíritu protector de nuestra raza. Necesitaremos toda la ayuda de la que podamos disponer.

La besó en la frente y se marchó por el portal con Breena, el Espíritu del bosque, y Airlia, la Dama Turquesa, que aguardaban para cruzar con ella.

—Dama Blanca, debo advertiros de algo —dijo el ciervo humanizado con temor en la voz—. Solo estuve una vez en Calamburia en toda mi vida, y perdí la razón y la cabeza. Ocurrió brevemente durante tu ausencia como dama blanca, bajo el enmascarado mandato de Anya. Estuve a punto de crear un mal mayor y ni los más poderosos guardabosques pudieron contenerme. Creo que los espíritus protectores del reino faérico no podemos cruzar sin caer en la más salvaje de las locuras. Temo ser más un lastre que un apoyo.

—No te preocupes, Espíritu Protector —dijo Airilia, la Dama Turquesa, con aplomo—. Mientras esta humilde ondina esté contigo, no deberás temer. Mi magia de sugestión evitará que caigas en el descontrol que implica abandonar la tierra que te da tu poder. Eres un espíritu faérico puro, sensible a cambios tan bruscos, pero yo haré que nada de eso sea un problema esta vez.

—Te lo agradezco, Dama Turquesa. Las ondinas son sabias y fieles aliadas. La Dama Blanca no olvidará vuestros sacrificios —dijo Karianna con profundo respeto.

—¿Os importaría cruzar ya? —les apremió el druida visiblemente agotado—. Drëgo es bueno con los portales, pero no sois conscientes de lo que cuesta mantener un canal entre dos mundos tanto tiempo…

Y dicho esto, las tres desaparecieron por el portal mientras la burbuja de protección que habían conjurado las ancianas empezaba a desvanecerse. El druida, tras lanzar una locuaz mirada a la Dama Añil, que se la devolvió asintiendo en silencio, cruzó el portal tras la Dama Blanca justo antes de que se cerrara.

Kárida, ya sola en la sala del trono, sintió como la tierra volvía a zarandearse. Se transformó en un poderoso unicornio y descendió por la rampa mientras esquivaba cascotes y el cuerpo inerte de algún guardia. El suelo se resquebrajó ante sus cascos pero ella dio un salto majestuoso salvando la grieta y continuó cabalgando con brío. Debía llegar a tiempo para avisar del peligro al resto de damas, y para comunicar que, en ausencia de su hermana, ella estaría al mando.

Una semana después, en el palacio de Ámbar (Reino de Calamburia)

—Todos somos hijos del Titán, y el Titán nos quiere a todos por igual. Pero tened bien seguro que, si el Titán tuviera un hijo predilecto, ese sería sin duda “Sancho I, el Sabio” —concluyó Inocencio mientras esbozaba con sus manos el gesto sagrado de la C del Titán.

Varios de los presentes lloraban en silencio, pues Sancho había sido en verdad un rey querido. Su jovialidad y buen hacer distaban mucho del agrio carácter de la reina Urraca o las envenenadas sonrisas de la Reina Sancha. Zora Von Vondra dejó escapar una lagrimita, para que la gente percibiera su dolor. Pero, en el fondo, consideraba que la vida de Sancho había sido un sacrificio necesario. Lanzó una mirada furtiva a las salidas del patio de armas, en cada una había apostado un centinela nómada de las arenas. Ya no estaban en guerra, pero Zora seguía insistiendo a Arishai, su amado Escorpión de Basalto, en que se mantuviera defendida en todo momento a la familia real. La nueva Reina Madre sabía además que, entre los presentes, disfrazadas de cortesanas, se encontraban dos hijas del propio escorpión, dos de las más implacables asesinas que hubiera visto el mundo, dispuestas a actuar si era necesario. Los salvajes, por su parte, no habían hecho ademán de actuar. Eso había tranquilizado a la Marquesa, pero era una mujer precavida a la que la vida había enseñado a no confiarse. Por eso, un escalofrío recorrió su espalda cuando oyó el graznido del gigantesco águila.

El ave, con sus imponentes alas desplegadas sobrevoló el patio de armas proyectando su sombra fugaz sobre los presentes. Sobre él parecía haber montada una pequeña figura, parecida a un niño vestido con pieles a modo de harapos y una sonrisa pletórica. Zora pudo ver cómo su amado Arishai, apostado en una torre de vigía, levantó la mano a modo de señal para sus arqueros. Seis de ellos, desde las almenas del castillo tensaron sus arcos, pero el Escorpión mantuvo la mano en alto sin dar aún la señal de disparar.

Justo cuando el águila sobrevoló el ataúd de Ámbar a muchos pies de altura, dejó caer de sus garras un objeto. Luego se marchó como había venido. El Escorpión, al percatarse de que no parecía haberse tratado de un ataque, bajó su mano y los arqueros destensaron sus arcos. El fardo había aterrizado a los pies del cristal anaranjado que contenía el cadáver del difunto rey. Zora corrió rauda hacia el cuerpo de su yerno y vió que el objeto en cuestión era un ramillete. Se le heló la sangre al reconocer aquellas plantas, era Majuelo del Páramo, con sus características bolitas de un naranja vivaz, una extraña planta agreste que solo crecía en las Montañas Cobrizas, en los dominios de los salvajes. Alrededor del obsequio, había una nota inscrita en piel de cabra curtida: “Juliok, tú nombre retronará por siempre en el eco de las montañas y en la memoria de tu pueblo”. Justo debajo, Zora leyó con asombro y pavor la rúbrica que marcaba el origen de ese mensaje.

—Mamá, qué pone en esa nota, ¿quién la envía? ¿Es Dorna? —preguntó angustiada Melindres.

—No, querida —negó su madre con la mirada sombría—. No es la reina de los salvajes. Es algo más peligroso. Dorna tiene otro hijo, él ha firmado la carta.

Un silencio circunspecto envolvió a las dos mujeres, un silencio mayor y más grave que el de los asistentes al funeral de Sancho. El frío silencio que precede a toda tempestad.

178 – EL EXILIO FAÉRICO I

Personajes que aparecen en este Relato

EL EXILIO FAÉRICO I

En el palacio de Ámbar (Reino de Calamburia)

Era un día gris en Calamburia, lo contaban las plomizas nubes y también las frías gotas de lluvia inmolándose contra el suelo del patio de armas del Palacio de Ámbar. Los pájaros no cantaban, ni se veía a simple vista ningún hortelano. Melindres se lamentó: hacía tiempo que su madre no le proporcionaba a ningún hombre-patata para su diversión. Decía que ahora que era reina, y más aún en su estado, no debía someterse a emociones fuertes. Ahora, su vida era siempre tan gris como el más gris de los días. Para acabar de coronar su desgracia, estaban las náuseas. Se levantaba casi todas las noches y sacaba apresurada su dorada palangana para vomitar la cena. Era siempre de forma abrupta, durante el sueño; tan abrupta que sus doncellas apenas tenían tiempo de sujetarle la cabeza. Comía con apetito pero, por las noches no podía evitar acabar por vaciar su estómago. «No te preocupes, reina mía», le decía Zora. A su madre le había dado por llamarla así desde que la coronaron, como recordándole —con la sinuosa dulzura que la caracterizaba— que ahora sus obligaciones eran más importantes que sus placeres.

Frente a la muchedumbre, Inocencio levantó las manos al cielo plomizo. En lo alto del púlpito que los carpinteros habían elevado en el patio de armas, el Supremo Benevolente se mostraba solemnemente afectado; tanto que no parecía importarle mojarse bajo la intensa lluvia. Ante él, en un sarcófago de puro Ámbar, podía intuirse, a trasluz, la figura del difunto rey de Calamburia.

—Sancho, el primero de su nombre, soberano de toda Calamburia, fue un hombre pío y devoto. Él, con su mano viril e implacable, trajo la paz a un reino demasiados años asolado por la crueldad de la guerra. Una paz más duradera de la que nunca antes se conoció —dijo dando énfasis mientras levantaba su huesudo dedo índice ante la melancólica concurrencia—. Él dotó a la Iglesia del Titán de recursos para permitir que mis hermanos y yo vigiláramos el estricto cumplimineto de la moral. Él ofreció los fondos necesarios para concluir la construcción de la Gran Basílica del Titán. Fue, sin duda, digno del sobrenombre con el que la historia lo recordará  “Sancho I, el Sabio”.

«Más bien Sancho I, el Breve», reflexionó Melindres. Era extraño, ni siquiera la muerte del que fue su marido le divertía. Lo cierto era que el pazguato de Sacho no le caía mal. No disfrutó ni un momento dándole muerte. Pero la joven reina era una hija buena y obediente, y su madre sabía mejor que ella las necesidades de la política.

—Él convirtió este reino en un lugar próspero y recto —prosiguió el sacerdote ante la variopinta concurrencia—. Él, con su sabiduría y buen hacer, supo preñar a la reina aquí presente —dijo señalando a Melindres, que asintió con un impostado gesto de pena—, garantizando para el reino un venturoso futuro, con un heredero digno de tomar su testigo. Pues la benevolencia del Titán querrá, como no puede ser de otro modo, que el hijo de los reyes sea varón y herede el trono de su padre. 

«Eso aún está por ver —pensó Melindres mientras arrugaba la nariz con desagrado—. No soporto a los niños. Ojalá sea una niña».

—¡Que el Todopoderoso Titán le acompañe en la noche del descanso eterno! —concluyó el Supremo Benevolente con voz solemne.

Los presentes, con mayor o menor tino, repitieron la fórmula enunciada por Inocencio que, con su mirada circunspecta, incitaba a todos a un lamento comedido. Aquella mañana había llegado una paloma desde los montes cobrizos: Dorna no iba a asistir al funeral. Según decían, la pena por la súbita muerte de su único hijo le había causado un estado de tristeza tan grande que había caído enferma. Los chamanes estaban tratando de ayudarla, pero su debilidad era extrema. Según Zora, eran buenas noticias; parecía que la reina madre había temido la reacción de la salvaje y le tranquilizaba la mala salud de Dorna.

Melindres miró a su alrededor y sintió que, ante tan solemne ceremonia, había algo que no encajaba. La corte estaba trufada de los huéspedes más extraños que jamás había habido en el Palacio. Su madre, aconsejada por el Archimago Kórux, la había convencido de la importancia de acoger a todos aquellos exóticos seres. Pero lo cierto es que no sabía muy bien lo que hacían allí ni qué les había llevado a abandonar su mundo de forma tan abrupta. En el patio de armas, bajo el techado lateral, a cubierto de la lluvia, se encontraban los efreets, con su piel tan radiante que parecía hacer vibrar el aire como el sol del verano. Mojándose bajo la lluvia, estaban las ondinas con sus conchas y escamas, seguramente parientes lejanos de los tritones a los que Melindres sí había conocido. En la parte de atrás del patio central del Palacio, donde estaban los rosales, se hallaban los faunos, con sus cuernos y sus patas peludas, sintiéndose aparentemente más confortables cerca de la vegetación. Y, junto a los representantes de la Torre Arcana, había una serie de seres bajitos y barbudos ataviados con pieles que le recordaban a una versión reducida de los salvajes. Los eruditos se habían referido a ellos como el pueblo enano y los habían identificado como los históricos aliados subterráneos de la Torre de Skuchaín. Melindres los veía por primera vez y no le parecían especiales, conocía a personas del pueblo llano con un aspecto similar. Sin embargo sí que le llamaban la atención las hadas, más grandes de lo que nunca hubiera imaginado, pero con unas alas irisadas tan resplandecientes como las que aparecían en sus sueños infantiles. Eran hermosas y gráciles aunque también algo remilgadas en sus gestos. A una prudencial distancia de estas últimas, la mirada de Melindres se topó con los unicornios, según le habían contado, habían optado por cruzar a Calamburia en su forma humanizada, aunque en sus cuerpos se notaba el gesto altivo y elegante que solo podía corresponder al más noble de los equinos. La reina observó que sus cuernos brillaban menos que el día en que llegaron, posiblemente por deferencia al rey difunto que se encontraba frente al sacerdote, aún de cuerpo presente.

Sin embargo, de entre todos los exiliados, una figura llamaba especialmente la atención, la de aquella unicornia a la que todos conocían como la Dama Blanca. Su elegancia y carismática presencia emanaba un poder sereno pero inconmensurable, su piel parecía emitir un resplandor de magia pura y su rostro angelical transmitía la paz de la justicia y la sabiduría. Todos mantenían el sereno rictus de tratar de mostrar respeto, pero la mayor parte no habían llegado a conocer a Sancho o solo lo habían visto el día de la recepción. 

—Majestad —dijo en voz baja una anciana con dos cuernos que se acercó a Melindres— felicidades por vuestro embarazo. Y, si quiere saberlo, sus trillizos crecerán fuertes y sanos.

—Vamos Tyria, no importunes a la reina en su duelo —la reprendió otra anciana con un cuerno en la frente, mientras se la llevaba del brazo—. Discúlpela majestad, está ya muy mayor y tantos vaivenes la han trastocado.

Ambas se alejaron de la reina que no pudo evitar sonreír ante la descabellada ocurrencia.

«¿Trillizos? ¡Pobre vieja loca! —rió Melindres hacia adentro acariciando su vientre sintiendo de repente un inmenso vacío interior—. Tengo hambre, hoy haré que me sirvan un asado».

Una semana antes, en la Morada de los Druidas (Mundo Faérico)

Drëgo sonrió de nuevo mientras contemplaba el brillante cadáver de su maestro Öthyn. No había sido tan difícil como pensaba. El Druida Supremo era poderoso, pero su adicción a la magia faérica se había convertido en su debilidad. «Drëgo no cometerá el mismo error» se dijo a sí mismo mientras miraba con avidez contenida los múltiples tubos con los que el difunto Öthyn controlaba los flujos de magia faérica. ¿Cómo diablos se las iba a apañar para hacerse con el dominio de toda esa magia? Si no tenía cuidado, podía acabar como el viejo. Con sumo cuidado volvió a colocar el tapón de plata sobre el tubo principal, luego destapó lentamente otro tubo, se acercó con cautela y… no sucedió nada. ¿Cómo era posible? ¿Acaso tras la muerte del Druida Supremo los canales se hubieran alterado? Lo cierto es que no había pensado antes en esa posibilidad. Sin embargo, sabía que Theodus, el primer Archimago, había colocado en el puesto a Öthyn por ser el único capaz de permitir el correcto flujo de la magia entre el Reino Faérico y Calamburia. Drëgo gruñó de frustración dando una patada al brillante e hinchado cadáver de su maestro. Destapó cada uno de los tubos uno a uno, sin percibir ni un atisbo de magia. «¿Cuál era tu secreto, viejo avaricioso?» se preguntó Drëgo con ansiedad creciente. Su sueño se estaba esfumando más rápido de lo que la vida de su maestro se había consumido minutos antes entre estertores de placer. Cogió su varita con las dos manos y golpeó el tubo principal con toda su rabia. Al ver que nada sucedía, cayó sobre sus rodillas lanzando un grito de desesperación. 

—¿Por qué no funcionas, maldito engendro del demonio? —vociferó el druida.

A su maldición, respondió un pequeño ruido en el tubo central como un golpe metálicos seco, seguido de un eco; luego pareció que el resto de tubos se le sumaban con todos sus sonidos característicos. De repente, como un torrente parecido al estallido de la presa de un río, todos los tubos expulsaron a la vez una inusitada cantidad de brillante magia que desbordó la habitación como una densa ola que, sin duda iba a aplastar al pobre Drëgo. Pero el aprendiz era escurridizo, jóven y rápido, y tenía una especial habilidad para generar portales. Fue casi un acto reflejo que le salvó la vida por un solo instante, generó un portal directo a la aguja de Nácar y desapareció por él antes que la gran masa de magia pura desbocada lo hiciera trizas.

Mientras, en la Aguja de Nácar (Mundo Faérico)

—¿Cómo osaste asesinar a mi mejor amiga? —profirió Karianna con serenidad y una mirada de hielo—. Soy la Dama Blanca, me debes obediencia. Debería hacer que te ejecutaran.

Kárida dio un paso atrás, nunca había visto esa frialdad en su hermana pequeña. ¿Sería realmente capaz de acabar con alguien de su propia sangre? Se recompuso y sacó todo su orgullo.

—Creía que se había deshecho de tí y había usurpado el trono. ¡Solo quería vengarte! —dijo mostrándose dolida por la falta de confianza. 

—¡Qué conveniente! —lazó la Dama Blanca con ironía— Mataste a Anya por venganza antes de aclarar las dudas sobre cómo había llegado a suplantarme. Supongo que pensarías que si no llegaba a hablar sería más sencillo proclamarte Dama Blanca y te apresuraste a hacerlo cuanto antes —su tono de reproche traslucía a una gobernante implacable que Kárida no reconocía. ¿Ese era el efecto del poder? Por un momento sintió admiración por su hermana menor, por otra parte, eso no hizo más que reafirmarse en su deseo de llegar a ser algún día Dama Blanca. 

—Mi primer mandato como Dama Blanca iba a ser celebrar en tu honor un funeral digno de una Reina. Honrar tu memoria —enunció la Dama Añil con ojos vidriosos.

—¡No te creo! —lanzó Kariana con una voz que sonó como el restallido de un látigo. Luego se serenó nuevamente y habló con un tono de conmiseración y superioridad moral—. Eres tan codiciosa y retorcida… No es que yo quisiera ser nombrada Dama Blanca, pero a veces entiendo por qué el Espíritu del Bosque no te eligió aún siendo la hija mayor de nuestra madre, como dictaba la tradición. Hay algo oscuro en tu alma, hermana. Aún no sé qué es pero…

El suelo tembló ligeramente. ¿Sería un terremoto? En ocasiones el suelo temblaba por las perforaciones del marido de Elga. Otalan, el Señor de los Túneles, parecía obsesionado por expandir continuamente sus dominios creando nuevas galerías. Acto seguido, un nuevo temblor sacudió la Aguja de Nácar, esta vez más fuerte. La portentosa lámpara de cristales iridiscentes, regalo de la primera Dama Irisada, se agitó como rama al viento haciendo chocar los cristales entre sí; el edificio crujió estrepitosamente.

—¿Qué está pasando? —preguntó la Dama Añil.

—No lo sé, pero noto una perturbación en el equilibrio de los flujos de magia —respondió Karianna entornando los ojos.

La siguiente vibración fue más fuerte y sacudió tanto los cimientos que la lámpara de araña se descolgó lanzando al aire destellos de todos los colores y precipitándose sobre el nuevo trono que ocupaba Karianna, regalo de Elga, la Dama de Acero. 

La lámpara se dirigía hacia la Dama Blanca a gran velocidad; los afilados cristales se precipitaron directamente sobre ella como cuchillos asesinos dispuestos a desgarrar su blanca carne. Al percatarse de la amenaza, Kárida, sin dudarlo, se transformó en un poderoso unicornio en un abrir y cerrar de ojos, mostrando su inmenso poder y el control milimétrico de su magia. De su cuerno emanó un brillo que envolvió la lámpara de araña convirtiendo todos sus cristales en inofensivas mariposas que huyeron revoloteando justo antes de que aplastaran a la Dama Blanca. 

—Hermana… —dijo la Karianna visiblemente conmocionada—. Me has salvado.

—Eres mi hermana, por encima de todo. Eres de mi sangre. Habría hecho cualquier cosa por evitar que alguien te hiciera daño —su voz sonó sincera ante el corazón herido de su señora—. Perdóname hermana, hice mal en precipitarme. Si no fuera tan impulsiva, ahora tu amiga humana estaría viva.

—Kárida, tu impulsividad me ha salvado la vida —reconoció la Dama Blanca—. Veo que, en el fondo, a pesar de la tormenta que azota tu alma, eres un espíritu puro. Te perdono, hermana. Y te estaré eternamente agradecida por lo que acabas de hacer.

Breena, el Espíritu del bosque, irrumpió corriendo en la sala en su forma humanizada.

—La aguja de Nácar tiembla, parece que va a venirse abajo. Hay que evacuar a todos los que haya en las inmediaciones —les apremió visiblemente nerviosa—. Estos temblores me recuerdan a los que dieron comienzo al Cataclismo. Los canales de magia están desbocados. 

Un surtido grupo de seres fáericos entró en la sala en aquel momento, se trataba de seres provenientes de todas partes del reino que habían venido a tratar diversos asuntos con la Dama Blanca y estaban esperando la conclusión de la reunión de esta con la Dama Añil. Se encontraban entre ellos Airilia, la recién nombrada Dama Turquesa de las ondinas y su acompañante el poderosos guerrero Héleas; también Sörkh, la Dama Carmesí de los Efreets, y su fiel lugarteniente Sîyah; e incluso los dos hijos mayores de Titania, Dama Irisada las hadas —los príncipes Hábasar y Carlin— que se encontraban de viaje diplomático para tratar el asunto del descontrol de la plaga de pulgones de luz en los Jardines Irisados. Entre ellos, también se encontraban presentes tres de las reverendas sabias del Círculo de ancianas fáericas: Melusina, el hada, madre de Titania y antigua Dama Irisada retirada debido a la acuciante artritis de sus alas; Tyria, la antigua Dama Esmeralda, madre de Édera y ahora casi ciega; y Kyara, la mismísima madre de Kárida y Karianna, ya retirada de la primera línea debido a su incipiente sordera. Las tres acudían a aconsejar a la Dama Blanca sobre ciertos asuntos políticos, como era costumbre entre las sabias mujeres. Kyara, la antigua Dama Blanca, llevaba de la mano a su pequeño nieto Yardan, con quien siempre aprovechaba para pasar tiempo cuando visitaba la Aguja de Nácar. Había, además entre la extraña comitiva, un par de enviados faunos y tres enanos, que habían acudido a tratar diversos asuntos de gobierno.

—Debemos pedir consejo a los druidas, ellos sabrán lo que hay que hacer —sentenció Kyara, la más sabia de las ancianas—.  El poderoso Öthyn nos guiará como hizo en el pasado en los tiempos de mi madre, la primera Dama Blanca.

—No siento la energía del Druida Supremo —apuntó Breena algo confundida—. Es como si su estela hubiera crecido mucho, hasta llegar a límites insospechados y luego, de repente… se hubiera desvanecido.

Kariana buscaba el apoyo en los ojos de Hábasar, pero el príncipe de la hadas se mostraba algo distante y rehuía el contacto directo con los ojos de su amante. La unicornia no dudó en adjudicarlo a la tensa situación política que estaban viviendo en ese momento. Desconocía que, en realidad, Hábasar había decidido comportarse de un modo voluntariamente esquivo ya que se sentía profundamente culpable. Días antes, había sido obligado a confesar su prohibida relación con ella. Incluso, mediante tortura, los druidas y los unicornios, con la aquiescencia de su propia madre habían conseguido arrancarle su secreto más preciado: la paternidad del joven Yardan. Karianna también desconocía que su hermana y Öthyn habían decidido seguir manteniendo en secreto su inconfesable pecado con el fin de utilizar esa información más adelante.

Otro temblor sacudió la Aguja de Nácar causando la ruptura de los cristales que aún quedaban en pie. Algunos de los presentes gritaron asustados y Yardan comenzó a llorar desconsoladamente.

—¿Qué está pasando, abuelita? —preguntó a Kyara, el inocente niño unicornio— Tengo miedo.

—No te preocupes —dijo la anciana Kyara acariciando el pelo rizado de su nieto, que aún sin oír con claridad sus lamentos a causa de su sordera, percibía claramente sus temores—. Tu madre, la Dama Blanca, nos sacará de esta. Es sabia y poderosa y estoy segura de que sabrá qué hacer en esta situación.

Sin que nadie se percatara, Airilia la dama Turquesa, con su sutil poder de sugestión logró tranquilizar al niño con un leve gesto de su mano.

El suelo se resquebrajó bajo los pies de los presentes haciendo que un fauno cayera al vacío pero, gracias a su poder, Héleas logró volver el tiempo atrás unos instantes, el tiempo suficiente para que Carlin, el más jóven príncipe de la hadas, pudiera alzar el vuelo y rescatar al fauno con un hábil tirabuzón aéreo antes de que el desventurado ser se precipitaba por el agujero. Fruto del esfuerzo, tanto el guerrero ondino como el hado quedaron extenuados cayendo sobre sus rodillas tratando de retomar el aliento.

Entonces fue cuando el propio éter pareció empezar a resquebrajarse como si el aire mismo fuera de cristal. La pura magia desbocada estaba rasgando los distintos planos mágicos y la Aguja de Nácar, precisamente edificada sobre el núcleo de convergencia de todas las fuerzas telúricas, parecía a punto de implosionar con ellos dentro.

Karianna trató de pensar con rapidez. Lanzó una mirada al Espíritu del Bosque buscando una salida posible, pero Breena parecía más confusa que de costumbre y el miedo en sus ojos era un reflejo de la gravedad de la situación.

Un nuevo crujido hizo que un trozo del techo se desplomara. Con un rápido gesto coordinado, la Dama Carmesí y su más poderoso guerrero efreet combinaron sus llamas en una fuerte ráfaga que logró volatilizar los pedazos. Pero no tuvieron tiempo de actuar ante la nueva sacudida que hizo que uno de los pilares de la sala se viniera abajo aplastando a uno de los enanos, que murió en el acto sepultado por la inmensa mole. Todos los presentes se estremecieron.

Las grietas en el éter que surgían por doquier se iban haciendo más grandes y, por ellas empezaban a penetrar destellos de magia pura en forma de rayos que alteraban la estructura de lo que tocaban, un trozo del suelo se convirtió en hierba y luego en hielo, en un abrir y cerrar de ojos uno de los rayos de pura magia volatilizó el brazo de uno de los faunos haciéndolo estallar como una explosión de pura luz. El desdichado dio un grito mirando el hueco que quedaba sobre lo que antes había sido su miembro. Un nuevo rayo de magia atravesó el tejido de la realidad y Sörkh lanzó rauda una ráfaga de fuego para desviarlo, logró cambiar su trayectoria, pero su llamarada se convirtió en escarcha y luego se evaporó. Cada vez había más grietas en el aire como si la realidad fuera a eclosionar al modo de un cascarón de un huevo solo que al revés: hacia dentro y con ellos en su interior.

Ante el creciente peligro, las tres ancianas faéricas, con una velocidad inusitada para su avanzada edad, juntaron sus manos y recitaron un antiguo hechizo que envolvió a los presentes en una burbuja protectora capaz de deflactar los rayos de magia pura desbocada. Era casi transparente pero reflejaba destellos iridiscentes donde predominaban con mayor fuerza los tonos rosados, verdes y azules. Con cada nueva embestida de un rayo de magia pura que chocaba con la barrera, las ancianas parecían sufrir un profundo dolor.

—¡Aguantad, ancianas, aguantad! —gritaba Kyara, la anciana unicornia y antigua Dama Blanca que sentía como la barrera se iba debilitando.

—No podemos hacerlo sin el resto de ancianas, el círculo no está completo… —dijo Melusina apretando los dientes

—No podremos aguantar mucho más, Kyara… —se lamentó Tyria, la anciana fauna.

Contemplando aquella escena, la Dama Blanca maldijo nuevamente la responsabilidad que había caído sobre sus hombros. Acto seguido, alzó su báculo dispuesta a actuar de forma decisiva para el futuro de su pueblo; salvaría el mundo faérico, aunque le fuera la vida en ello.