178 – EL EXILIO FAÉRICO I

Personajes que aparecen en este Relato

EL EXILIO FAÉRICO I

En el palacio de Ámbar (Reino de Calamburia)

Era un día gris en Calamburia, lo contaban las plomizas nubes y también las frías gotas de lluvia inmolándose contra el suelo del patio de armas del Palacio de Ámbar. Los pájaros no cantaban, ni se veía a simple vista ningún hortelano. Melindres se lamentó: hacía tiempo que su madre no le proporcionaba a ningún hombre-patata para su diversión. Decía que ahora que era reina, y más aún en su estado, no debía someterse a emociones fuertes. Ahora, su vida era siempre tan gris como el más gris de los días. Para acabar de coronar su desgracia, estaban las náuseas. Se levantaba casi todas las noches y sacaba apresurada su dorada palangana para vomitar la cena. Era siempre de forma abrupta, durante el sueño; tan abrupta que sus doncellas apenas tenían tiempo de sujetarle la cabeza. Comía con apetito pero, por las noches no podía evitar acabar por vaciar su estómago. «No te preocupes, reina mía», le decía Zora. A su madre le había dado por llamarla así desde que la coronaron, como recordándole —con la sinuosa dulzura que la caracterizaba— que ahora sus obligaciones eran más importantes que sus placeres.

Frente a la muchedumbre, Inocencio levantó las manos al cielo plomizo. En lo alto del púlpito que los carpinteros habían elevado en el patio de armas, el Supremo Benevolente se mostraba solemnemente afectado; tanto que no parecía importarle mojarse bajo la intensa lluvia. Ante él, en un sarcófago de puro Ámbar, podía intuirse, a trasluz, la figura del difunto rey de Calamburia.

—Sancho, el primero de su nombre, soberano de toda Calamburia, fue un hombre pío y devoto. Él, con su mano viril e implacable, trajo la paz a un reino demasiados años asolado por la crueldad de la guerra. Una paz más duradera de la que nunca antes se conoció —dijo dando énfasis mientras levantaba su huesudo dedo índice ante la melancólica concurrencia—. Él dotó a la Iglesia del Titán de recursos para permitir que mis hermanos y yo vigiláramos el estricto cumplimineto de la moral. Él ofreció los fondos necesarios para concluir la construcción de la Gran Basílica del Titán. Fue, sin duda, digno del sobrenombre con el que la historia lo recordará  “Sancho I, el Sabio”.

«Más bien Sancho I, el Breve», reflexionó Melindres. Era extraño, ni siquiera la muerte del que fue su marido le divertía. Lo cierto era que el pazguato de Sacho no le caía mal. No disfrutó ni un momento dándole muerte. Pero la joven reina era una hija buena y obediente, y su madre sabía mejor que ella las necesidades de la política.

—Él convirtió este reino en un lugar próspero y recto —prosiguió el sacerdote ante la variopinta concurrencia—. Él, con su sabiduría y buen hacer, supo preñar a la reina aquí presente —dijo señalando a Melindres, que asintió con un impostado gesto de pena—, garantizando para el reino un venturoso futuro, con un heredero digno de tomar su testigo. Pues la benevolencia del Titán querrá, como no puede ser de otro modo, que el hijo de los reyes sea varón y herede el trono de su padre. 

«Eso aún está por ver —pensó Melindres mientras arrugaba la nariz con desagrado—. No soporto a los niños. Ojalá sea una niña».

—¡Que el Todopoderoso Titán le acompañe en la noche del descanso eterno! —concluyó el Supremo Benevolente con voz solemne.

Los presentes, con mayor o menor tino, repitieron la fórmula enunciada por Inocencio que, con su mirada circunspecta, incitaba a todos a un lamento comedido. Aquella mañana había llegado una paloma desde los montes cobrizos: Dorna no iba a asistir al funeral. Según decían, la pena por la súbita muerte de su único hijo le había causado un estado de tristeza tan grande que había caído enferma. Los chamanes estaban tratando de ayudarla, pero su debilidad era extrema. Según Zora, eran buenas noticias; parecía que la reina madre había temido la reacción de la salvaje y le tranquilizaba la mala salud de Dorna.

Melindres miró a su alrededor y sintió que, ante tan solemne ceremonia, había algo que no encajaba. La corte estaba trufada de los huéspedes más extraños que jamás había habido en el Palacio. Su madre, aconsejada por el Archimago Kórux, la había convencido de la importancia de acoger a todos aquellos exóticos seres. Pero lo cierto es que no sabía muy bien lo que hacían allí ni qué les había llevado a abandonar su mundo de forma tan abrupta. En el patio de armas, bajo el techado lateral, a cubierto de la lluvia, se encontraban los efreets, con su piel tan radiante que parecía hacer vibrar el aire como el sol del verano. Mojándose bajo la lluvia, estaban las ondinas con sus conchas y escamas, seguramente parientes lejanos de los tritones a los que Melindres sí había conocido. En la parte de atrás del patio central del Palacio, donde estaban los rosales, se hallaban los faunos, con sus cuernos y sus patas peludas, sintiéndose aparentemente más confortables cerca de la vegetación. Y, junto a los representantes de la Torre Arcana, había una serie de seres bajitos y barbudos ataviados con pieles que le recordaban a una versión reducida de los salvajes. Los eruditos se habían referido a ellos como el pueblo enano y los habían identificado como los históricos aliados subterráneos de la Torre de Skuchaín. Melindres los veía por primera vez y no le parecían especiales, conocía a personas del pueblo llano con un aspecto similar. Sin embargo sí que le llamaban la atención las hadas, más grandes de lo que nunca hubiera imaginado, pero con unas alas irisadas tan resplandecientes como las que aparecían en sus sueños infantiles. Eran hermosas y gráciles aunque también algo remilgadas en sus gestos. A una prudencial distancia de estas últimas, la mirada de Melindres se topó con los unicornios, según le habían contado, habían optado por cruzar a Calamburia en su forma humanizada, aunque en sus cuerpos se notaba el gesto altivo y elegante que solo podía corresponder al más noble de los equinos. La reina observó que sus cuernos brillaban menos que el día en que llegaron, posiblemente por deferencia al rey difunto que se encontraba frente al sacerdote, aún de cuerpo presente.

Sin embargo, de entre todos los exiliados, una figura llamaba especialmente la atención, la de aquella unicornia a la que todos conocían como la Dama Blanca. Su elegancia y carismática presencia emanaba un poder sereno pero inconmensurable, su piel parecía emitir un resplandor de magia pura y su rostro angelical transmitía la paz de la justicia y la sabiduría. Todos mantenían el sereno rictus de tratar de mostrar respeto, pero la mayor parte no habían llegado a conocer a Sancho o solo lo habían visto el día de la recepción. 

—Majestad —dijo en voz baja una anciana con dos cuernos que se acercó a Melindres— felicidades por vuestro embarazo. Y, si quiere saberlo, sus trillizos crecerán fuertes y sanos.

—Vamos Tyria, no importunes a la reina en su duelo —la reprendió otra anciana con un cuerno en la frente, mientras se la llevaba del brazo—. Discúlpela majestad, está ya muy mayor y tantos vaivenes la han trastocado.

Ambas se alejaron de la reina que no pudo evitar sonreír ante la descabellada ocurrencia.

«¿Trillizos? ¡Pobre vieja loca! —rió Melindres hacia adentro acariciando su vientre sintiendo de repente un inmenso vacío interior—. Tengo hambre, hoy haré que me sirvan un asado».

Una semana antes, en la Morada de los Druidas (Mundo Faérico)

Drëgo sonrió de nuevo mientras contemplaba el brillante cadáver de su maestro Öthyn. No había sido tan difícil como pensaba. El Druida Supremo era poderoso, pero su adicción a la magia faérica se había convertido en su debilidad. «Drëgo no cometerá el mismo error» se dijo a sí mismo mientras miraba con avidez contenida los múltiples tubos con los que el difunto Öthyn controlaba los flujos de magia faérica. ¿Cómo diablos se las iba a apañar para hacerse con el dominio de toda esa magia? Si no tenía cuidado, podía acabar como el viejo. Con sumo cuidado volvió a colocar el tapón de plata sobre el tubo principal, luego destapó lentamente otro tubo, se acercó con cautela y… no sucedió nada. ¿Cómo era posible? ¿Acaso tras la muerte del Druida Supremo los canales se hubieran alterado? Lo cierto es que no había pensado antes en esa posibilidad. Sin embargo, sabía que Theodus, el primer Archimago, había colocado en el puesto a Öthyn por ser el único capaz de permitir el correcto flujo de la magia entre el Reino Faérico y Calamburia. Drëgo gruñó de frustración dando una patada al brillante e hinchado cadáver de su maestro. Destapó cada uno de los tubos uno a uno, sin percibir ni un atisbo de magia. «¿Cuál era tu secreto, viejo avaricioso?» se preguntó Drëgo con ansiedad creciente. Su sueño se estaba esfumando más rápido de lo que la vida de su maestro se había consumido minutos antes entre estertores de placer. Cogió su varita con las dos manos y golpeó el tubo principal con toda su rabia. Al ver que nada sucedía, cayó sobre sus rodillas lanzando un grito de desesperación. 

—¿Por qué no funcionas, maldito engendro del demonio? —vociferó el druida.

A su maldición, respondió un pequeño ruido en el tubo central como un golpe metálicos seco, seguido de un eco; luego pareció que el resto de tubos se le sumaban con todos sus sonidos característicos. De repente, como un torrente parecido al estallido de la presa de un río, todos los tubos expulsaron a la vez una inusitada cantidad de brillante magia que desbordó la habitación como una densa ola que, sin duda iba a aplastar al pobre Drëgo. Pero el aprendiz era escurridizo, jóven y rápido, y tenía una especial habilidad para generar portales. Fue casi un acto reflejo que le salvó la vida por un solo instante, generó un portal directo a la aguja de Nácar y desapareció por él antes que la gran masa de magia pura desbocada lo hiciera trizas.

Mientras, en la Aguja de Nácar (Mundo Faérico)

—¿Cómo osaste asesinar a mi mejor amiga? —profirió Karianna con serenidad y una mirada de hielo—. Soy la Dama Blanca, me debes obediencia. Debería hacer que te ejecutaran.

Kárida dio un paso atrás, nunca había visto esa frialdad en su hermana pequeña. ¿Sería realmente capaz de acabar con alguien de su propia sangre? Se recompuso y sacó todo su orgullo.

—Creía que se había deshecho de tí y había usurpado el trono. ¡Solo quería vengarte! —dijo mostrándose dolida por la falta de confianza. 

—¡Qué conveniente! —lazó la Dama Blanca con ironía— Mataste a Anya por venganza antes de aclarar las dudas sobre cómo había llegado a suplantarme. Supongo que pensarías que si no llegaba a hablar sería más sencillo proclamarte Dama Blanca y te apresuraste a hacerlo cuanto antes —su tono de reproche traslucía a una gobernante implacable que Kárida no reconocía. ¿Ese era el efecto del poder? Por un momento sintió admiración por su hermana menor, por otra parte, eso no hizo más que reafirmarse en su deseo de llegar a ser algún día Dama Blanca. 

—Mi primer mandato como Dama Blanca iba a ser celebrar en tu honor un funeral digno de una Reina. Honrar tu memoria —enunció la Dama Añil con ojos vidriosos.

—¡No te creo! —lanzó Kariana con una voz que sonó como el restallido de un látigo. Luego se serenó nuevamente y habló con un tono de conmiseración y superioridad moral—. Eres tan codiciosa y retorcida… No es que yo quisiera ser nombrada Dama Blanca, pero a veces entiendo por qué el Espíritu del Bosque no te eligió aún siendo la hija mayor de nuestra madre, como dictaba la tradición. Hay algo oscuro en tu alma, hermana. Aún no sé qué es pero…

El suelo tembló ligeramente. ¿Sería un terremoto? En ocasiones el suelo temblaba por las perforaciones del marido de Elga. Otalan, el Señor de los Túneles, parecía obsesionado por expandir continuamente sus dominios creando nuevas galerías. Acto seguido, un nuevo temblor sacudió la Aguja de Nácar, esta vez más fuerte. La portentosa lámpara de cristales iridiscentes, regalo de la primera Dama Irisada, se agitó como rama al viento haciendo chocar los cristales entre sí; el edificio crujió estrepitosamente.

—¿Qué está pasando? —preguntó la Dama Añil.

—No lo sé, pero noto una perturbación en el equilibrio de los flujos de magia —respondió Karianna entornando los ojos.

La siguiente vibración fue más fuerte y sacudió tanto los cimientos que la lámpara de araña se descolgó lanzando al aire destellos de todos los colores y precipitándose sobre el nuevo trono que ocupaba Karianna, regalo de Elga, la Dama de Acero. 

La lámpara se dirigía hacia la Dama Blanca a gran velocidad; los afilados cristales se precipitaron directamente sobre ella como cuchillos asesinos dispuestos a desgarrar su blanca carne. Al percatarse de la amenaza, Kárida, sin dudarlo, se transformó en un poderoso unicornio en un abrir y cerrar de ojos, mostrando su inmenso poder y el control milimétrico de su magia. De su cuerno emanó un brillo que envolvió la lámpara de araña convirtiendo todos sus cristales en inofensivas mariposas que huyeron revoloteando justo antes de que aplastaran a la Dama Blanca. 

—Hermana… —dijo la Karianna visiblemente conmocionada—. Me has salvado.

—Eres mi hermana, por encima de todo. Eres de mi sangre. Habría hecho cualquier cosa por evitar que alguien te hiciera daño —su voz sonó sincera ante el corazón herido de su señora—. Perdóname hermana, hice mal en precipitarme. Si no fuera tan impulsiva, ahora tu amiga humana estaría viva.

—Kárida, tu impulsividad me ha salvado la vida —reconoció la Dama Blanca—. Veo que, en el fondo, a pesar de la tormenta que azota tu alma, eres un espíritu puro. Te perdono, hermana. Y te estaré eternamente agradecida por lo que acabas de hacer.

Breena, el Espíritu del bosque, irrumpió corriendo en la sala en su forma humanizada.

—La aguja de Nácar tiembla, parece que va a venirse abajo. Hay que evacuar a todos los que haya en las inmediaciones —les apremió visiblemente nerviosa—. Estos temblores me recuerdan a los que dieron comienzo al Cataclismo. Los canales de magia están desbocados. 

Un surtido grupo de seres fáericos entró en la sala en aquel momento, se trataba de seres provenientes de todas partes del reino que habían venido a tratar diversos asuntos con la Dama Blanca y estaban esperando la conclusión de la reunión de esta con la Dama Añil. Se encontraban entre ellos Airilia, la recién nombrada Dama Turquesa de las ondinas y su acompañante el poderosos guerrero Héleas; también Sörkh, la Dama Carmesí de los Efreets, y su fiel lugarteniente Sîyah; e incluso los dos hijos mayores de Titania, Dama Irisada las hadas —los príncipes Hábasar y Carlin— que se encontraban de viaje diplomático para tratar el asunto del descontrol de la plaga de pulgones de luz en los Jardines Irisados. Entre ellos, también se encontraban presentes tres de las reverendas sabias del Círculo de ancianas fáericas: Melusina, el hada, madre de Titania y antigua Dama Irisada retirada debido a la acuciante artritis de sus alas; Tyria, la antigua Dama Esmeralda, madre de Édera y ahora casi ciega; y Kyara, la mismísima madre de Kárida y Karianna, ya retirada de la primera línea debido a su incipiente sordera. Las tres acudían a aconsejar a la Dama Blanca sobre ciertos asuntos políticos, como era costumbre entre las sabias mujeres. Kyara, la antigua Dama Blanca, llevaba de la mano a su pequeño nieto Yardan, con quien siempre aprovechaba para pasar tiempo cuando visitaba la Aguja de Nácar. Había, además entre la extraña comitiva, un par de enviados faunos y tres enanos, que habían acudido a tratar diversos asuntos de gobierno.

—Debemos pedir consejo a los druidas, ellos sabrán lo que hay que hacer —sentenció Kyara, la más sabia de las ancianas—.  El poderoso Öthyn nos guiará como hizo en el pasado en los tiempos de mi madre, la primera Dama Blanca.

—No siento la energía del Druida Supremo —apuntó Breena algo confundida—. Es como si su estela hubiera crecido mucho, hasta llegar a límites insospechados y luego, de repente… se hubiera desvanecido.

Kariana buscaba el apoyo en los ojos de Hábasar, pero el príncipe de la hadas se mostraba algo distante y rehuía el contacto directo con los ojos de su amante. La unicornia no dudó en adjudicarlo a la tensa situación política que estaban viviendo en ese momento. Desconocía que, en realidad, Hábasar había decidido comportarse de un modo voluntariamente esquivo ya que se sentía profundamente culpable. Días antes, había sido obligado a confesar su prohibida relación con ella. Incluso, mediante tortura, los druidas y los unicornios, con la aquiescencia de su propia madre habían conseguido arrancarle su secreto más preciado: la paternidad del joven Yardan. Karianna también desconocía que su hermana y Öthyn habían decidido seguir manteniendo en secreto su inconfesable pecado con el fin de utilizar esa información más adelante.

Otro temblor sacudió la Aguja de Nácar causando la ruptura de los cristales que aún quedaban en pie. Algunos de los presentes gritaron asustados y Yardan comenzó a llorar desconsoladamente.

—¿Qué está pasando, abuelita? —preguntó a Kyara, el inocente niño unicornio— Tengo miedo.

—No te preocupes —dijo la anciana Kyara acariciando el pelo rizado de su nieto, que aún sin oír con claridad sus lamentos a causa de su sordera, percibía claramente sus temores—. Tu madre, la Dama Blanca, nos sacará de esta. Es sabia y poderosa y estoy segura de que sabrá qué hacer en esta situación.

Sin que nadie se percatara, Airilia la dama Turquesa, con su sutil poder de sugestión logró tranquilizar al niño con un leve gesto de su mano.

El suelo se resquebrajó bajo los pies de los presentes haciendo que un fauno cayera al vacío pero, gracias a su poder, Héleas logró volver el tiempo atrás unos instantes, el tiempo suficiente para que Carlin, el más jóven príncipe de la hadas, pudiera alzar el vuelo y rescatar al fauno con un hábil tirabuzón aéreo antes de que el desventurado ser se precipitaba por el agujero. Fruto del esfuerzo, tanto el guerrero ondino como el hado quedaron extenuados cayendo sobre sus rodillas tratando de retomar el aliento.

Entonces fue cuando el propio éter pareció empezar a resquebrajarse como si el aire mismo fuera de cristal. La pura magia desbocada estaba rasgando los distintos planos mágicos y la Aguja de Nácar, precisamente edificada sobre el núcleo de convergencia de todas las fuerzas telúricas, parecía a punto de implosionar con ellos dentro.

Karianna trató de pensar con rapidez. Lanzó una mirada al Espíritu del Bosque buscando una salida posible, pero Breena parecía más confusa que de costumbre y el miedo en sus ojos era un reflejo de la gravedad de la situación.

Un nuevo crujido hizo que un trozo del techo se desplomara. Con un rápido gesto coordinado, la Dama Carmesí y su más poderoso guerrero efreet combinaron sus llamas en una fuerte ráfaga que logró volatilizar los pedazos. Pero no tuvieron tiempo de actuar ante la nueva sacudida que hizo que uno de los pilares de la sala se viniera abajo aplastando a uno de los enanos, que murió en el acto sepultado por la inmensa mole. Todos los presentes se estremecieron.

Las grietas en el éter que surgían por doquier se iban haciendo más grandes y, por ellas empezaban a penetrar destellos de magia pura en forma de rayos que alteraban la estructura de lo que tocaban, un trozo del suelo se convirtió en hierba y luego en hielo, en un abrir y cerrar de ojos uno de los rayos de pura magia volatilizó el brazo de uno de los faunos haciéndolo estallar como una explosión de pura luz. El desdichado dio un grito mirando el hueco que quedaba sobre lo que antes había sido su miembro. Un nuevo rayo de magia atravesó el tejido de la realidad y Sörkh lanzó rauda una ráfaga de fuego para desviarlo, logró cambiar su trayectoria, pero su llamarada se convirtió en escarcha y luego se evaporó. Cada vez había más grietas en el aire como si la realidad fuera a eclosionar al modo de un cascarón de un huevo solo que al revés: hacia dentro y con ellos en su interior.

Ante el creciente peligro, las tres ancianas faéricas, con una velocidad inusitada para su avanzada edad, juntaron sus manos y recitaron un antiguo hechizo que envolvió a los presentes en una burbuja protectora capaz de deflactar los rayos de magia pura desbocada. Era casi transparente pero reflejaba destellos iridiscentes donde predominaban con mayor fuerza los tonos rosados, verdes y azules. Con cada nueva embestida de un rayo de magia pura que chocaba con la barrera, las ancianas parecían sufrir un profundo dolor.

—¡Aguantad, ancianas, aguantad! —gritaba Kyara, la anciana unicornia y antigua Dama Blanca que sentía como la barrera se iba debilitando.

—No podemos hacerlo sin el resto de ancianas, el círculo no está completo… —dijo Melusina apretando los dientes

—No podremos aguantar mucho más, Kyara… —se lamentó Tyria, la anciana fauna.

Contemplando aquella escena, la Dama Blanca maldijo nuevamente la responsabilidad que había caído sobre sus hombros. Acto seguido, alzó su báculo dispuesta a actuar de forma decisiva para el futuro de su pueblo; salvaría el mundo faérico, aunque le fuera la vida en ello.


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