179 – EL EXILIO FAÉRICO II

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EL EXILIO FAÉRICO II

Karianna, la Dama Blanca, contempló un instante a su amante Hábasar que, dentro del inestable campo de protección y junto a otros seres faéricos, trataba de liberar el cuerpo del pobre enano que había sido sepultado por el desprendimiento de una enorme columna. Luego, la poderosa unicornia llevó sus ojos a su hijo Yardan, el fruto de su amor prohibido con el príncipe de las hadas, que contemplaba la escena con el estoicismo fruto de la sugestión del hechizo de la ondina. Por él, fruto del más profundo amor, logró Karianna sacar fuerzas de su flaqueza y tomar la determinación de liderar a su pueblo en aquella nueva crisis. «¿Pero cómo?», se preguntó inevitablemente. Si se hallaban ante un nuevo cataclismo y no contaban con el apoyo del Druida Supremo Öthyn y su poderosa magia, ¿cómo iba a salvar a su gente del desastre? Pensó en utilizar todo su poder para tratar de neutralizar el cataclismo, pero sabía que ni siquiera ella, la gran Dama Blanca, podía lograr tal cosa sin ponerse en el más serio de los riesgos. Un torrente lo suficientemente grande de magia pura y desbocada era capaz de consumir a cualquier ser faérico por poderoso que este fuera. Si lo intentaba, se consumiría y moriría irremediablemente. Hábasar no lo soportaría y Yardan se vería obligado a crecer sin una madre. Sin embargo, estaba dispuesta a sacrificar su propia existencia por intentar salvar la de ellos y la de su pueblo.

Alzó el báculo con determinación dispuesta a inmolarse por el bien de todo lo que amaba, pero entonces, en el momento justo, se abrió un portal en el centro de la sala, dentro de la seguridad del hechizo de protección del Círculo de Ancianas. De él, emergió el druida Drëgo, aprendiz de Öthyn, que entró de un salto mientras el portal se cerraba con presteza y rodó por el suelo.

—¡Justo a tiempo! —exclamó Drëgo levantándose mientras se sacudía el polvo.

Al levantar la vista por vez primera, se sintió sorprendido al encontrarse sumido en medio de semejante caos.

—¡Druida! —exclamó la Dama Blanca interrumpiendo su hechizo al recuperar la esperanza de encontrar una alternativa a la muerte—. Menos mal que has llegado. ¿Qué ha sido de Öthyn? ¿Qué sucede? Dinos qué debemos hacer.

Drëgo miró a un lado y a otro, como sopesando la situación y, de repente sus ojos oscuros e inteligentes refulgieron.

—Öthyn, mi maestro, ha muerto víctima del descontrol de la magia —sentenció Drëgo con el gesto afectado—. Apenas ha podido hacer un último esfuerzo por salvarme de una segura destrucción. Estimadas Damas, puede que estemos ante… —hizo una pausa dramática antes de concluir con aire teatral—. ¡Un nuevo cataclismo!

—Pero si el Druida Supremo ya no está entre nosotros. ¿Qué esperanza nos queda? —se lamentó Airilia la Dama Turquesa, mientras trataba de infundir valor en las tres ancianas con su poder de sugestión para que pudieran sostener el hechizo de protección.

—Aún hay una posibilidad —expuso el druida con audacia—. Con mi habilidad para crear portales al instante, viajaré a Calamburia y me reuniré con mis antiguos maestros de la Torre Arcana. Encontraré la forma de devolver los canales de magia a su cauce como, sin duda, hubiera hecho mi sabio maestro Öthyn. ¿Vendrás conmigo, Dama Blanca? —dijo el druida tendiendole la mano con un gesto demasiado pomposo—. Te necesitaré para que des fe de lo sucedido ante las autoridades del otro lado.

—¿Y abandonar a mi pueblo justo ahora? —dudó la Dama Blanca.

—Drëgo solo es un pobre aprendiz —dijo el druida con toda la falsa humildad de la que fue capaz—. Si va solo no le escucharán. Pero vos sois el ser faérico más importante, deberán escucharos y prestaros ayuda.

Estaban todos atrapados en una ratonera. Mientras los enanos hacían fallidos intentos por encontrar una forma segura de abandonar el lugar, el edificio se venía abajo y el propio éter se resquebrajaba. No había escapatoria. Todos ellos estaban condenados a una muerte segura si no abandonaban el lugar de inmediato. Otro temblor agitó la tierra y un rayo de magia especialmente grande perforó la cúpula de protección yendo a caer sobre el joven príncipe Hábasar que, con un ágil batir de sus alas, lo esquivó. En el lugar que hasta hacía un instante había ocupado, ahora había un charco de lava incandescente. Un escalofrío recorrió el espinazo de la Dama Blanca al ver peligrar la vida de su amado. No le costó tomar la decisión.

—De buen grado te acompañaré en este viaje, druida —dijo Karianna—. Pero a condición de que todos ellos vengan con nosotros. No puedo dejarles aquí para que perezcan. Soy su Dama Blanca, su protectora.

—Está bien —claudicó Drëgo a regañadientes—, no creo que tenga muchos problemas para hacer un portal lo suficientemente grande y duradero.

El aprendiz de druida sacó su varita y trazó un símbolo el el aire, se abrió un pequeño portal el cual, al otro lado, dejaba traslucir un extraño y exótico paisaje. Poco a poco, con el visible esfuerzo de Drëgo, el agujero entre los dos mundos fue creciendo. Bajo el liderazgo de Hábasar, todos los seres faéricos fueron cruzando rumbo a un nuevo mundo desconocido mientras, a su alrededor, seguían desprendiéndose partes de la estructura de la Aguja de Nácar. Mientras cruzaba el portal, el joven Carlin lanzó una mirada llena de odio al druida Drëgo que este no llegó a percibir. Aunque había optado por mantenerlo en secreto, ya que consideraba que nadie le creería, no podía olvidar lo que el Calamburiano había hecho con el padre de Lirroe, su mejor amigo, antes de que el joven hado lograra huír. Tenía que encontrar el modo de desenmascarar al retorcido druida, y hacerlo en el momento adecuado. 

Antes de partir, Karianna se volvió hacia su hermana Kárida con la que acababa de reconciliarse tras años de tensiones y rencillas.

—Hermana, tengo que pedirte algo —le dijo en tono solemne.

—Lo que necesites —respondió Kárida casi sin pensar.

—Quédate en el Reino Faérico y avisa al resto de damas del peligro que se cierne —solicitó la Dama Blanca—. Diles que he marchado con Drëgo para tratar de encontrar ayuda en Calamburia y poder dar con la solución a un nuevo cataclismo.   

—Ni hablar, iré contigo, os puedo servir de ayuda —se resistió la Dama Añil.

—No, hermana. Quédate aquí. Si, por lo que fuera, no regresara viva de este viaje, el Mundo Fáerico necesitaría una nueva Dama Blanca —dijo poniendo su delicada mano en el hombro de su hermana—. Avisa a la Tía Kora y que traiga con ella al Lobo Faérico, espíritu protector de nuestra raza. Necesitaremos toda la ayuda de la que podamos disponer.

La besó en la frente y se marchó por el portal con Breena, el Espíritu del bosque, y Airlia, la Dama Turquesa, que aguardaban para cruzar con ella.

—Dama Blanca, debo advertiros de algo —dijo el ciervo humanizado con temor en la voz—. Solo estuve una vez en Calamburia en toda mi vida, y perdí la razón y la cabeza. Ocurrió brevemente durante tu ausencia como dama blanca, bajo el enmascarado mandato de Anya. Estuve a punto de crear un mal mayor y ni los más poderosos guardabosques pudieron contenerme. Creo que los espíritus protectores del reino faérico no podemos cruzar sin caer en la más salvaje de las locuras. Temo ser más un lastre que un apoyo.

—No te preocupes, Espíritu Protector —dijo Airilia, la Dama Turquesa, con aplomo—. Mientras esta humilde ondina esté contigo, no deberás temer. Mi magia de sugestión evitará que caigas en el descontrol que implica abandonar la tierra que te da tu poder. Eres un espíritu faérico puro, sensible a cambios tan bruscos, pero yo haré que nada de eso sea un problema esta vez.

—Te lo agradezco, Dama Turquesa. Las ondinas son sabias y fieles aliadas. La Dama Blanca no olvidará vuestros sacrificios —dijo Karianna con profundo respeto.

—¿Os importaría cruzar ya? —les apremió el druida visiblemente agotado—. Drëgo es bueno con los portales, pero no sois conscientes de lo que cuesta mantener un canal entre dos mundos tanto tiempo…

Y dicho esto, las tres desaparecieron por el portal mientras la burbuja de protección que habían conjurado las ancianas empezaba a desvanecerse. El druida, tras lanzar una locuaz mirada a la Dama Añil, que se la devolvió asintiendo en silencio, cruzó el portal tras la Dama Blanca justo antes de que se cerrara.

Kárida, ya sola en la sala del trono, sintió como la tierra volvía a zarandearse. Se transformó en un poderoso unicornio y descendió por la rampa mientras esquivaba cascotes y el cuerpo inerte de algún guardia. El suelo se resquebrajó ante sus cascos pero ella dio un salto majestuoso salvando la grieta y continuó cabalgando con brío. Debía llegar a tiempo para avisar del peligro al resto de damas, y para comunicar que, en ausencia de su hermana, ella estaría al mando.

Una semana después, en el palacio de Ámbar (Reino de Calamburia)

—Todos somos hijos del Titán, y el Titán nos quiere a todos por igual. Pero tened bien seguro que, si el Titán tuviera un hijo predilecto, ese sería sin duda “Sancho I, el Sabio” —concluyó Inocencio mientras esbozaba con sus manos el gesto sagrado de la C del Titán.

Varios de los presentes lloraban en silencio, pues Sancho había sido en verdad un rey querido. Su jovialidad y buen hacer distaban mucho del agrio carácter de la reina Urraca o las envenenadas sonrisas de la Reina Sancha. Zora Von Vondra dejó escapar una lagrimita, para que la gente percibiera su dolor. Pero, en el fondo, consideraba que la vida de Sancho había sido un sacrificio necesario. Lanzó una mirada furtiva a las salidas del patio de armas, en cada una había apostado un centinela nómada de las arenas. Ya no estaban en guerra, pero Zora seguía insistiendo a Arishai, su amado Escorpión de Basalto, en que se mantuviera defendida en todo momento a la familia real. La nueva Reina Madre sabía además que, entre los presentes, disfrazadas de cortesanas, se encontraban dos hijas del propio escorpión, dos de las más implacables asesinas que hubiera visto el mundo, dispuestas a actuar si era necesario. Los salvajes, por su parte, no habían hecho ademán de actuar. Eso había tranquilizado a la Marquesa, pero era una mujer precavida a la que la vida había enseñado a no confiarse. Por eso, un escalofrío recorrió su espalda cuando oyó el graznido del gigantesco águila.

El ave, con sus imponentes alas desplegadas sobrevoló el patio de armas proyectando su sombra fugaz sobre los presentes. Sobre él parecía haber montada una pequeña figura, parecida a un niño vestido con pieles a modo de harapos y una sonrisa pletórica. Zora pudo ver cómo su amado Arishai, apostado en una torre de vigía, levantó la mano a modo de señal para sus arqueros. Seis de ellos, desde las almenas del castillo tensaron sus arcos, pero el Escorpión mantuvo la mano en alto sin dar aún la señal de disparar.

Justo cuando el águila sobrevoló el ataúd de Ámbar a muchos pies de altura, dejó caer de sus garras un objeto. Luego se marchó como había venido. El Escorpión, al percatarse de que no parecía haberse tratado de un ataque, bajó su mano y los arqueros destensaron sus arcos. El fardo había aterrizado a los pies del cristal anaranjado que contenía el cadáver del difunto rey. Zora corrió rauda hacia el cuerpo de su yerno y vió que el objeto en cuestión era un ramillete. Se le heló la sangre al reconocer aquellas plantas, era Majuelo del Páramo, con sus características bolitas de un naranja vivaz, una extraña planta agreste que solo crecía en las Montañas Cobrizas, en los dominios de los salvajes. Alrededor del obsequio, había una nota inscrita en piel de cabra curtida: “Juliok, tú nombre retronará por siempre en el eco de las montañas y en la memoria de tu pueblo”. Justo debajo, Zora leyó con asombro y pavor la rúbrica que marcaba el origen de ese mensaje.

—Mamá, qué pone en esa nota, ¿quién la envía? ¿Es Dorna? —preguntó angustiada Melindres.

—No, querida —negó su madre con la mirada sombría—. No es la reina de los salvajes. Es algo más peligroso. Dorna tiene otro hijo, él ha firmado la carta.

Un silencio circunspecto envolvió a las dos mujeres, un silencio mayor y más grave que el de los asistentes al funeral de Sancho. El frío silencio que precede a toda tempestad.


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