227 – LA NUEVA TRIARQUÍA

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LA NUEVA TRIARQUÍA

El sol empezaba a esconderse tras las Cuevas del Rechazo al tiempo que se encendían las antorchas. Aquel era un día especial en la tribu de las amazonas, pues iban a recibir a las nuevas guerreras. Aquella noche la chamana les haría jurar lealtad a la tribu y les daría sus armas de batalla a dos jóvenes que habían alcanzado por fin la edad adulta: Kiajají y Andamana.

Kiajají era la inconfundible hija de Majají, una de las jefas del clan. De ella había heredado no sólo su belleza, si no también su destreza en combate y la gran lealtad hacia la tribu. Andamana era una huérfana que Majají había encontrado en las marismas cuando era un bebé. No dudó en adoptar a la pequeña y cuidarla como a su propia hija, aunque su origen era todo un misterio. Los árboles susurraban variopintas historias que dejaban más preguntas que respuestas. ¿Podría ser un bebé no deseado de la ilustre familia Colby? ¿De alguna hermana descarriada del Monasterio Cóncavo? ¿Podría tratarse de un vástago olvidado del infame Van Bakari? Nadie sabía de dónde había salido la pequeña, pero había una cosa clara: había en ella algo especial, pues el Orbe de la Confusión siempre se iluminaba en su presencia.

Las dos muchachas crecieron como hermanas, demostrando su gran valía al resto de mujeres del clan. Eran tan letales como bondadosas; siempre cuidaban la una de la otra. Kiajají, de naturaleza enamoradiza, se encaprichaba de sus amantes y le costaba deshacerse de ellos; pero su hermana siempre le hacía entrar en razón. Por su parte, ella intentaba controlar los ataques de cólera de Andamana, su hermana pequeña, que había tenido que demostrar ser merecedora de su condición de amazona.

Las jóvenes estaban tan nerviosas como emocionadas. ¡Por fin iban a ser guerreras! La ceremonía estaba llegando a su fin; sólo tenían que jurar sobre el Orbe de la Confusión, la sagrada reliquia de la tribu que Akanni —la primera matriarca— encontró en las marismas cuando abandonó su territorio con sus compañeras. Ahí fue donde formaron su nuevo hogar. Tras el solemne juramento, Majají les dio sus armas: una lanza para Kiajají y un látigo para Andamana. Ya eran guerreras.

Todo el clan estalló en vítores de alegría y encendieron una gran hoguera alrededor de la cual corrían el Cocuy —un fuerte alcohol que ellas mismas destilaban— y la música. Las horas pasaron mientras las mujeres bailaban alegremente y disfrutaban de sus esclavos hasta que, de repente, se oyó un gran estruendo seguido de una gutural carcajada. Se pusieron en guardia. Tenían que comprobar que todas estuviesen a salvo, por lo que registraron cada una de las cabañas hasta llegar a la de las jefas: el orbe sagrado había desaparecido, en su lugar sólo había un trozo de un vendaje. Las amazonas se miraron descorazonadas. ¡Habían perdido su posesión más preciada! ¡Lo único que les quedaba de su fundadora!

Ainía, la compañera de Majají y la más impulsiva de las matriarcas, no dudó ni un segundo y salió corriendo en busca del ladrón. Cinco kilómetros al oeste pudo vislumbrar la luz de una pequeña hoguera con la que se calentaban cuatro foráneos: dos impromagos y otras dos personas. ¡Debían de ser ellos! ¡Seguro que los impromagos intentaban utilizar su orbe! Se deslizó entre los árboles y lanzó un primer dardo con su cerbatana. Uno de los impromagos la oyó y puso sobreaviso al resto que, rápidamente se levantaron en posición defensiva. La amazona y los visitantes se enzarzaron en un baile frenético: ella lanzaba sus dardos y ellos los esquivaban con sus hechizos. De repente, vio su oportunidad: una de las jóvenes se adelantó saliendo de la protección del resto. Lanzó un último dardo antes de que una luz le cegase y se desorientase. Cuando pudo recuperar la consciencia, los extranjeros ya se habían ido. Volvió derrotada al campamento en busca de consuelo de sus compañeras. 

Pasaron los meses y la normalidad parecía estar volviendo a la tribu. Nada sospechaban de que estaban siendo observadas por los expertos ojos de un cazador que buscaba venganza. Al enterarse de la muerte de su amada a manos de una amazona, Ranulf, avezado cazador, decidió ir a las marismas para vengarla. Aprovechó la caída del sol para deslizarse al interior de la cabaña de las matriarcas y asestó una mortal estocada en el pecho de una de ellas al tiempo que se despertaba la otra. Al ver a su hermana Níaia muerta, Ainía entró en cólera y se lanzó encima del atacante arañándole y mordiéndole la cara. Le mordió con tanta fuerza que le arrancó la oreja. Él respondió tirándose de espaldas encima de una mesa haciendo que ambos rodaran por el suelo entre patadas y puñetazos. Ella intentaba buscar ayuda, pero él le clavó un cuchillo en el tobillo. Entonces, la amazona le empujó la cabeza y la mano contra las ascuas, pero Ranulf aprovechó para agarrarlas y tirárselas a los ojos. Con los ojos quemados, Ainía intentó salir de la cabaña, pero su verdugo fue más rápido y le clavó un puñal en el cuello dejando que se desangrase lentamente.

En ese momento entró Majají seguida por sus hijas. Las tres estaban destrozadas. Kiajají y Andamana inmovilizaron al cazador haciendo acopio de las pocas fuerzas que tenían, pues lloraban desconsoladas: ellas habían perdido a sus tías, pero su madre había perdido a su compañera de armas y su hermana. Los días siguientes fueron los más tristes que se recuerdan en el clan: no sólo les habían robado su orbe, si no que también les habían arrebatado a dos de las tres matriarcas; la Triarquía había sido descabezada. Como era costumbre, las amazonas organizaron grandes funerales para sus jefas. Ataviadas con siemprevivas y amapolas, las guerreras decoraron la aldea con antorchas e hicieron dos grandes túmulos señalados por las armas de las difuntas jefas.

—Hemos perdido a dos de nuestras hermanas —empezó a decir Majají desconsolada—, dos valientes guerreras, tan fuertes como generosas. Aunque no de sangre, eran mis hermanas y siempre las querré. Ahora pueden descansar en paz con nuestras antepasadas. ¡Que Akanni os acoja en su seno!

—¡Que Akanni os acoja en su seno! —coreó el resto de la tribu dando por terminado el funeral.

Como dictaba la tradición amazónica, al finalizar el funeral se quitaron las flores y dieron comienzo a la ceremonia de coronación de las dos nuevas matriarcas que compondrían la triarquía. La chamana salió de su cabaña con un cuenco de pintura roja que representaba la sangre de las fallecidas y empezó a pintar a Kiajají, Andamana y Majají.

—Kiajají, hija del Clan de la Serpiente —dijo pintándole los brazos—, yo te nombro Cuerpo de la Serpiente, matriarca del clan. Que el espíritu de la matriarca Ainía entre en ti y te guíe.

—¡Que Akanni y Ainía me guíen! —respondió la muchacha.

—Andamana, hija adoptiva del Clan de la Serpiente —repitió la chamana pintándole las piernas—, yo te nombro Cola de la Serpiente, matriarca del clan. Que el espíritu de la matriarca Níaia entre en ti y te guíe.

—¡Que Akanni y Níaia me guíen! —respondió a su vez la menor.

—Majají, hija del Clan de la Serpiente —repitió por última vez mientras le pintaba la cara—, guía y apoya a tus hijas como lo hiciste con tus hermanas.

—¡Que Akanni me guíe! —respondió la madre.

—Ellas son la cabeza, el cuerpo y la cola de la serpiente —prosiguió la chamana—, nuestras matriarcas. ¡Que Akanni las guíe!

—¡Que Akanni las guíe! —corearon todas las amazonas.

—Traed al cazador —ordenó la chamana.

Como era costumbre, una nueva jefa de la triarquía debía dar muerte al asesino de su predecesora, por lo que las hermanas debían matar al cazador. Tres jóvenes sacaron al prisionero maniatado, lo colocaron delante de las jefas y le desataron las manos y los pies. Andamana cogió su látigo y Kiajají su lanza. Mientras Andamana le daba latigazos en la espalda, su hermana mayor le clavaba la lanza en el pie. No podía escapar, ni siquiera podía moverse. Más latigazos. Otro grito de dolor. De los pies pasaron a las piernas, los brazos y finalmente el torso. La mayor le clavó su lanza en el pecho y Ranulf aulló de nuevo. Un nuevo latigazo alcanzó su cuello, enroscándose como si de una soga se tratase. El cazador ya no gritaba, no aullaba, no se quejaba. Estaba muerto. Una vez comprobaron que había dejado de respirar, lanzaron un grito de guerra y echaron su cuerpo al río para que sirviese de alimento a las alimañas.

Pasaron varios años y el clan iba recuperando su vida normal, aunque seguían sintiendo un gran vacío en su corazón por la muerte de sus hermanas y la desaparición de su más preciada reliquia. Una buena mañana, Majají mandó un recado urgente a sus hijas. En cuanto llegaron a la puerta, vieron dos grandes serpientes naranjas entrelazadas formando una C. Sus problemas estaban resueltos: asistirían al Torneo de Calamburia, ganarían la Esencia de la Divinidad y pedirían recuperar su orbe. Asimismo, hablaron sobre el futuro de la tribu: las marismas se les estaban quedando pequeñas y sólo les traían malos recuerdos y apenas quedaban animales a los que cazar… Era el momento: tenían que abandonar las marismas, ese había sido siempre el sueño de Ainía. 

226 – LA ORDEN DEL TITÁN OSCURO

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LA ORDEN DEL TITÁN OSCURO

—… No olvidéis, pobres pecadores: el Titán Oscuro siempre vigila. ¡Feliz Día del Descenso!

Carmélida Sibyla miraba maravillada al nuevo representante de la Iglesia. Como de costumbre, había ido con su familia a las celebraciones en conmemoración de la victoria de los calamburianos sobre los hijos del dragón. Año tras año había escuchado a Inocencio hablar de la importancia de la fe y la Iglesia, pero este año fue diferente. Para dar a conocer la nueva hermandad, el sumo pontífice había delegado el sermón en Clemente, el jefe de la orden. Éste habló de la rectitud del alma, la herejía y la pureza y ella era impía, pues descendía de un linaje históricamente vinculado a la magia. Obnubilada por el discurso, Carmélida decidió ingresar en la orden para aprender del Primer Hermano.

Clemente, con su cabello largo y rubio cayendo sobre su túnica de lino, tenía un aire imponente y sereno. Su presencia irradiaba un aura de severidad que pocos osaban cuestionar y sus palabras parecían resonar con una pureza inquebrantable. Como segundo hijo de la influyente familia Colby, había renunciado a la vida noble para abrazar el servicio religioso. Fue discípulo de Inocencio y destacó rápidamente por su fervor y rectitud. Sus votos de pobreza y devoción le otorgaron el respeto del Sumo Pontífice y pronto se le confiaron responsabilidades mayores.

Carmélida no tuvo que esperar mucho para poder hablar con Clemente; aquella tarde ambos acudieron al ágape en honor al Sumo Pontífice que se celebraba en la mansión Sibyla.

 —Venerable hermano —le saludó mientras le besaba la mano—, no he podido dejar de pensar en vuestro sermón. Ha sido muy inspirador. Disculpad mi osadía, pero me preocupa mi alma y me gustaría ingresar en la Santa Hermandad como vuestra discípula.

—Nunca es osado, hija mía, velar por el alma de los pobres pecadores que vagan por nuestro mundo. Cuéntame más de ti. Eres una Sibyla, por lo que supongo que tendrás sangre arcana.

—Sí —respondió apesadumbrada—, soy estudiante de Skuchaín. Estudio alquimia, aunque mis especialidades son la elaboración de pociones y la disección de animales. Sé que no soy merecedora, pero quiero enderezar mi alma y la de los que me rodean. 

Clemente aceptó sin dudar. A pesar de ser estudiante de la infame escuela y sobrina de la directora, Carmélida poseía ciertas habilidades que podrían resultar de utilidad. Como Primer Hermano de la Santa Hermandad debía contar con alguien que le asistiera en las torturas de los herejes y las habilidades de la joven podrían serle de gran ayuda. Esa misma noche lo anunció en la mansión familiar: Carmélida sería la Segunda Hermana de la orden.

Pasaron los meses y la joven se convirtió en una experta en toda clase de torturas. Tal era su fama que los herejes confesaban hasta sus más sórdidos secretos con sólo oír su nombre. Dominaba las pociones más peligrosas y la maquinaria más sanguinaria; aunque su instrumento favorito era un pequeño aplastapulgares que recibió el día que tomó los hábitos. Por fin había descubierto su vocación y era feliz.

Una fría mañana de invierno apareció un hombre encapuchado en la puerta del monasterio acogiéndose a sagrado. No hizo falta que mostrase su faz para reconocerlo: era su hermano Periandro. 

—Por favor hermana, necesito tu ayuda —dijo mientras mostraba un pequeño bebé que llevaba oculto bajo su capa—. Es mi hija. Necesito que la acojas.

—¿¡Cómo?! —exclamó la hermana—. ¿Qué te hace pensar que me voy a encargar de tu retoño? ¿Acaso no tiene madre?

—Su madre murió en el parto y yo no puedo ocuparme de ella en la torre —explicó—. Ni siquiera posee la marca arcana, por lo que Skuchaín no es su sitio. No puedo llevarla conmigo y tampoco con nuestra hermana Aurora; no ahora que ha vuelto a la torre.

—¡Pero es hija del pecado! ¡Está tan perdida como tú!

—Por favor —suplicó Periandro—, yo sólo quiero que viva. Además, mi alma está perdida, pero la suya todavía no. Te doy la oportunidad de salvar su alma y guiarla en el santo camino del Titán Oscuro. Quizás puedas inculcar en ella la fe que no pudiste hacer florecer en mí.

Carmélida aceptó. A pesar de no gustarle la vida de su hermano, le sedujo la idea de poder criar a la niña a su imagen y semejanza. Crecería bajo los preceptos del Titán Oscuro y sería un ejemplo de rectitud. Lo que la hermana ignoraba era que no se trataba de su sobrina, si no de una de las gemelas de Rodrigo VII y Elora, los reyes en el exilio. Siguiendo el plan de su tía Minerva, Periandro había decidido refugiar a la pequeña en el mismísimo corazón del mal: la Santa Hermandad que, tras la coronación de Amunet como Emperatriz de los Dos Mundos, se había convertido en su más fiel brazo ejecutor. ¿Quién buscaría ahí?

Efélide, como llamaron a la niña, fue creciendo bajo el ala de Carmélida, quién le contó que era una huérfana a la que abandonaron en la puerta del monasterio. Acudía todas las mañanas con la Segunda Hermana a recoger bayas y otros enseres para la elaboración de venenos y filtros coagulantes. Por las tardes, le ayudaba en el diseño de nuevas formas de evangelización y por la noche escuchaba los sermones de Clemente. No obstante, a pesar de su tesón, la pequeña no tenía habilidad alguna para la tortura: no aguantaba los gritos, la sangre le mareaba, era torpe y tampoco entendía los más simples mandamientos de la iglesia. 

Carmélida era una tutora aplicada, pero su pupila resultaba desesperante. Siempre le hacía preguntas absurdas, como por qué el Titán era oscuro; por qué, si era todopoderoso, no volvía a Calamburia; y la peor “¿Por qué, si es perfecto, se cayó? ¿Acaso se tropezó?” Tras la lección fue a hablar con el Primer Hermano en busca de una solución. Clemente escuchó paciente y, entre los dos, elaboraron un plan de acción que pondrían en marcha aquella noche.

—Efélide —dijo el religioso—, la Segunda Hermana y yo hemos estado deliberando sobre tu futuro y creemos que es hora de que tomes los hábitos.

—¿De verdad? —preguntó la niña emocionada.

—Como sabes, se acerca el Día del Descenso —explicó Clemente—. Nos ayudarás en las celebraciones y, tras ellas, el Sumo Pontífice te entregará tus hábitos.

—Muchísimas gracias, ¡juro sobre el Todopoderoso Titán Oscuro que no os defraudaré!

La comitiva tardó dos días en llegar a Instántalor, donde se encontraba la antigua Catedral, solo superada en majestuosidad por la nueva Basílica del Titán Oscuro que se había construido recientemente en Ámbar. Por petición expresa de Amunet, la celebración se había trasladado a Instántalor, la ciudad más poblada del reino, ya la Emperatriz quería que el mayor número de sus súbditos gozara unos fastos religiosos tan moralmente edificantes. El templo ya estaba casi listo para las celebraciones, a falta de algunos enseres menores. Efélide paseaba por la plaza con su tutora para comprar cirios negros para la misa, pero las calles estaban abarrotadas. Gente de todo el reino había acudido a presenciar la ceremonia. De repente, algo chocó con Carmélida; un extraño niño con cola de cerdo. Miró su bolsa y comprobó que le faltaba la saca del dinero. Sin dudarlo, la Segunda Hermana echó a correr tras el truhán dejando a su pupila sola.

—Buenos días pequeña  —oyó Efélide tras de sí. Al girarse vio a una mujer entrada en años ataviada con una sucia falda y una ajada camisa— ¿Estás sola?

—Eso parece —contestó— busco a mi tutora. 

—¿Y tus padres?

—No tengo —respondió la niña.

—Pobrecilla —dijo la mujer—. Acompáñame, mi marido y yo te daremos de comer y te ayudaremos a buscarla.

Carmélida perseguía al ladrón sin percatarse de que había perdido a su pupila. Al verse sola, acudió a la catedral y preguntó por ella, pero nadie sabía dónde estaba. El propio Inocencio le encargó encontrar a la joven y le proporcionó algunos hombres de su guardia personal, pues el Supremo Benevolente consideraba que cualquier posible agresión contra un miembro de la Iglesia era una agresión contra el mismísimo Titán Oscuro al que representaban. A pesar de haber jurado no volver a usar sus artes arcanas, la Segunda Hermana se dirigió a las cocinas y elaboró una potente poción que le permitiría averiguar su paradero. Los rastros le llevaron a un viejo molino destartalado. 

Sin dudarlo, cogió su bolsa y se encaminó al viejo molino, donde se agazapó bajo la ventana y pudo escuchar hablar a los molineros. Aquellos idiotas retenían a la novicia contra su voluntad y pretendían que la niña trabajase en el molino mientras ellos disfrutaban de la vida. ¡Cómo osaban!

—Rezad cuanto sepáis, porque vuestro final será lento y doloroso —irrumpió Carmélida ante la asustada mirada de los molineros.

—¡Segunda Hermana! Os perdí y esta buena mujer me iba a ayudar a buscaros.

—Mi señora, no sabíamos que era su discípula —se disculpó Don Juancho, el molinero—. De haberlo sabido…

—¡Calla! —Gritó la hermana.

—Os imploro misericordia —dijo la mujer—, somos unos pobres molineros y hemos perdido a nuestra hija. No nos valemos solos.

—Conozco muy bien la historia de los infames molineros de Azarcón. Vuestra mera respiración contamina el aire; pero no os preocupéis, pronto dejará de ser un problema.

Esta vez nada pudieron hacer los molineros para zafarse de los soldados. Los llevaron directamente a las mazmorras del Monasterio Cóncavo a la espera de su “juicio”.

Tras el incidente, las celebraciones recobraron su oscuro color y Efélide tomó los hábitos bajo la bendición de Inocencio. Al acabar las fiestas, los tres miembros de la Santa Hermandad volvieron al monasterio, donde retomarían sus labores. A su regreso, Carmélida fue directamente a visitar a los presos. Como esperaba, estaban sucios, hambrientos, sedientos y con heridas de mordeduras de las ratas. Volvió satisfecha a sus aposentos; al día siguiente los interrogaría junto con Efélide. 

Las dos hermanas se presentaron en los calabozos al amanecer, donde los carceleros habían preparado todos los instrumentos necesarios.

—Se os acusa de haber conspirado contra la Iglesia y, por ende, contra la mismísima Emperatriz de los Dos Mundos —dijo Carmélida mientras la novicia tomaba apuntes.

—No hemos hecho tal cosa, ¡debéis creernos! —imploró Bénedi, la molinera.

—¡Silencio! Sólo hablaréis cuando os pregunte. ¿Acaso negáis haber tratado de seducir, secuestrar y asesinar a la Tercera Hermana?

—¡No le hemos hecho daño a nadie! —insistió.

Ante la negativa de la mujer, Carmélida se dirigió a su mesa, cogió una pequeña guillotina y le cortó un dedo del pie. Bénedi aulló de dolor al tiempo que Efélide palidecía. La hermana reanudó el interrogatorio, pero no daban su brazo a torcer. Otro dedo. Otro. Otro más. De repente, Efélide se desplomó. Hastiada por la debilidad de su pupila, la Segunda Hermana mandó llevar a la joven a sus aposentos y decidió proseguir el interrogatorio por su cuenta.

—No me dejáis alternativa —dijo la sanguinaria monja—. Seguro que el machacapulgares os hace entrar en razón.

Abrió su bolsa para buscarlo, pero no lo halló. El ladronzuelo de cola de cerdo debió habérselo llevado.

Efélide despertó unas horas más tarde en su catre. Seguía mareada, pero ya podía andar. Fue a la palangana a echarse un poco de agua en la cara y, de pronto, vio algo que brillaba en su escritorio, debajo de unos papeles. Se trataba de un anillo anudado a una nota que ponía “guárdalo en secreto”. Al cogerlo empezó a oír su propia voz, pero ella no estaba hablando. Gritó asustada. 

—¿Quién anda ahí? —preguntó la misteriosa voz— ¡Da la cara, cobarde!

—¿Dónde estás? —replicó Efélide intentando localizar el origen del sonido—. ¡No te veo!

Un murmullo se deslizó por el aire como un susurro que apenas lograba tomar forma.

—No puede ser… Viene del anillo…

Efélide miró la enigmática joya. En efecto, la voz provenía de ahí. De repente, ésta empezó a brillar con una deslumbrante intensidad y le sobrevino un dolor desgarrador en el hombro. Se rasgó el vestido entre gritos. ¡El hombro le ardía! Los desesperados alaridos alertaron a Clemente y Carmélida que acudieron corriendo. Al entrar en la habitación no percibieron el anillo o el eco en la voz de la niña; sólo vieron una gran C en su hombro desnudo . No había duda: la Santa Hermandad participaría en el Torneo de Calamburia.

225 – ALUCINO, LANGOSTINO

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ALUCINO, LANGOSTINO

La marea estaba apacible en Aurantaquía, el reino sumergido. Los tritones vivían tranquilos alejados de la vorágine de oscuridad que reinaba en Calamburia. Como de costumbre, la reina Egea observaba maravillada los coloridos jardines de coral del palacio por los que su hijo y su inseparable amigo nadaban. Ahí estaban, perturbando la paz de los pobres peces que los rodeaban. Bajó la escalinata hacia el jardín y los llamó.

—Por el Titán, ¿queréis dejar a los pobres peces tranquilos? —les recriminó.

—Perdonad madre, ya paramos —respondió Caspio acercándose hacia ella con su compañero.

Caspio era el primogénito de Egea e Itaqua, los amados reyes de Aurantaquía. Se trataba de un travieso niño que se pasaba las horas buscando nuevas aventuras que vivir. Había luchado contra fieros meros, escurridizos lenguados y terroríficos rapes. La reina sonreía divertida: padre e hijo eran como dos gotas de agua. Todas las noches los dos se reunían en el salón Mussidae alrededor del Gran Coral Cerebro y se contaban sus andanzas. El pequeño se sentaba en el regazo de su padre y lo miraba con unos enormes y preciosos ojos curiosos. “Alucino” repetía siempre el niño, a lo que su padre le hacía rabiar respondiéndole “langostino”. Sin duda, era uno de los momentos preferidos de Egea. Ese y ver a su travieso hijo y a su amigo Traqua volver al palacio manchados de cola a cabeza.

Traqua era el hijo menor de la familia Attina, la más prestigiosa de la más alta casta del reino y, como tal, tenía una estrecha relación con la familia real. Aunque las familias habían tenido sus diferencias en el pasado, éstas cayeron en el olvido cuando Itaqua se ciñó la corona, o eso creía el rey. En la actualidad los niños eran inseparables: Traqua cubría las trastadas de Caspio y lo consolaba cuando sus padres lo reñían y Caspio defendía a su amigo cuando sus hermanos mayores y sus primos lo acosaban por confraternizar con el príncipe, al que su familia odiaba en secreto. Eran como hermanos; dos alocados niñitos que soñaban con protagonizar peligrosas aventuras.

—Sentaos —dijo la reina—, os contaré una historia.

—¡Qué bien! —gritaron los niños mientras se sentaban; les encantaba cuando la reina les contaba viejas leyendas.

—Hace mucho tiempo —comenzó—, mucho antes del despertar del Leviatán, el rey Arqua gobernaba Aurantaquía. El pueblo lo amaba por su carácter noble e indulgente, aunque no titubeaba a la hora de impartir justicia. El Titán lo bendijo con dos preciosos gemelos: Itaqua —tu padre— y Anfítrite. No obstante, mientras Itaqua había heredado el dulce y justo carácter de su padre, su hermana rebosaba maldad y envidia. Se entretenía torturando a los vasallos y masacrando a los seres que nadaban por entre los corales. Decía que oía voces dentro de su cabeza. Desesperado, el rey recurrió a los mejores sanadores del reino para tratar de curar la atormentada mente de su hija que, conforme crecía, se volvía más y más oscura. Un día, la pérfida princesa descubrió que la grieta del este lindaba con el pueblo de las ondinas del mundo faérico. Guiada por las voces de su cabeza salió a la superficie para visitar a una poderosa bruja de pelo verde esmeralda. Ella le prometió la corona de ambos pueblos a cambio de una reliquia: la caracola que habría recogido las últimas lágrimas del Leviatán cuando cayó al mar. Un objeto con tanto poder que sólo podía ser anulado por la Guardiana de los Elementos. Sin dudarlo, se dirigió a la Gran Fosa Abisal, frontera con el reino ondino, donde abrió una enorme brecha que hizo temblar las profundidades del Kal-a-Mar. Alertado por los ecos de guerra que llegaban al palacio, Arqua partió con sus mejores guerreros y, tras una cruenta batalla, le arrebató el tridente a su hija y la condenó a vagar por los mares del norte. Desde entonces se la conoce como la bruja del mar.

—¡Hala! —exclamó Traqua fascinado.

—¡Alucino langostino! —apostilló Caspio tan fascinado como cuando escuchaba los relatos de su padre. Sin duda le preguntaría por ello esa misma noche—. ¿Y nunca volvió?

—Nunca se ha vuelto a saber de ella —declaró la reina.

Lo que la reina ignoraba era que la bruja del mar nunca encontró la reliquia que necesitaba, porque el patriarca de la familia Attina la había encontrado años atrás. La caracola tenía el poder de cambiar la densidad de los líquidos, habilidad que el padre de Traqua utilizó para asesinar fríamente al rey Arqua y después incriminar a la secta del Pez Volador. Este secreto familiar era conocido por Traqua y le atormentaba día tras día, ya que quería a su amigo como si de un hermano se tratara.

Pasaron los años y los jóvenes seguían tan unidos como cuando eran niños. Traqua ayudaba al príncipe en su tediosa formación real. Caspio era un adolescente soñador que ansiaba viajar y vivir aventuras como cuando su padre participó en el III Torneo de Calamburia. Odiaba tener que aprenderse los nombres de todas las especies de seres acuáticos o sus costumbres. Traqua le ayudaba a estudiar y le hacía ver que si demostraba a sus padres que se aplicaba, éstos le dejarían viajar en misiones diplomáticas. Por su parte, Caspio consolaba a su amigo cuando lloraba por los constantes desencuentros con sus padres, que no entendían que quisiese ser el guarda personal del «maldito heredero». Los Attina querían que dirigiese su propio escuadrón, como Aquílea, pero él sólo quería cuidar a su amigo. Tal era el odio que la familia sentía hacia los gobernantes, que fueron ellos los que orquestaron el asesinato del rey Arqua, padre de Itaqua; secreto que atormentaba profundamente al joven Traqua Attina.

Tras varios años de entrenamiento, Traqua cumplió su deseo y lo nombraron guardia personal del príncipe. Los reyes montaron una gran celebración en su honor y, tras pasar toda la noche bailando, el homenajeado volvió a casa donde su padre lo estaba esperando. Lo llevó a su despacho y de un gran arcón sacó una preciosa caracola con retoques dorados que se iluminaba al soplarla. Era la Caracola Áquata, la que había recogido las últimas lágrimas del Leviatán y la que su padre había usado para asesinar al rey Arqua. Al recibir el regalo, el joven no pudo evitar soltar lágrimas de alegría por su éxito y el reconocimiento de su padre y de remordimientos por llevar consigo el arma que acabó con la vida del abuelo de su amigo.

A la mañana siguiente, la corte recibió una inesperada visita. Heleas, fiero guerrero ondino, apareció seguido por una gran multitud de asustados animales para solicitar una audiencia urgente con el rey:

—Tenemos un problema —explicó a los reyes, Caspio y Traqua—, una horda de monstruos abisales están saliendo de la fosa sembrando el descontrol por doquier. ¡Necesitamos ayuda!

¿La Grieta del Este que comunica los dos mundos está en peligro? —preguntó Itaqua preocupado.

—Sí, no sabemos cuánto más la vamos a poder proteger —apostilló el extranjero—. Además, más de una ondina ha visto tentáculos escondiéndose entre las rocas; tememos que la bruja del mar haya regresado con más poder  que nunca.

—No puede ser —inquirió el rey—. ¡Tengo que ir a investigarlo de inmediato! ¡Caspio, tendrás que retrasar tu viaje! ¡Traqua, convoca a los mejores hombres! Tú te quedarás aquí cuidando de la familia real. En mi ausencia, Egea se queda al mando de Aurantaquía.

Los guerreros se prepararon rápidamente y marcharon en dirección a la Grieta del Este mientras Egea, Caspio y Traqua se quedaban en el palacio velando por la seguridad del pueblo. 

Cuando Itaqua y sus hombres llegaron a la grieta, el ambiente ya era tenso. Se percibía un aura ominosa y las aguas de alrededor se habían oscurecido. No mucho después, una figura se hizo visible entre las sombras: Azurina, la ondina aliada de Anfitrite, apareció ante ellos entrelazando sus manos en hilos de luz, distorsionando la realidad.

Itaqua dio un paso adelante sosteniendo su tridente con firmeza.

—Azurina, ¿qué es lo que tramas? —increpó, su voz resonando en la caverna acuática.

—Simplemente he venido a ayudar a mi aliada a reclamar lo que le pertenece —respondió ella con una sonrisa calculadora.

De entre las sombras surgió Anfitrite, la Bruja del Mar, con ojos centelleantes de una maldad oscura. Sin mediar palabra, Aquílea, la leal guerrera de Itaqua, se lanzó al ataque, pero Azurina, rápida como el rayo, manipuló las aguas y la envolvió a en un remolino de espejismos. Las sombras de Azurina confundieron a la guerrera, dejándola sin oportunidad de defensa. La tritona cayó envuelta en ilusiones y quedó tendida e indefensa.

—Te has dejado consumir por la oscuridad, Anfítrite —declaró con voz firme y ojos ardientes en la penumbra del océano—. No eres digna del trono que nuestro padre honró con su vida.

El rey no esperó y, blandiendo el tridente, invocó un torrente de energía que se enfrentó a las oleadas de magia oscura que Anfítrite dirigía hacia él. Ambos combatientes se encontraron envueltos en un duelo de poder y voluntad, un choque de luces que se reflejaban en las aguas profundas y vibraban en el eco del abismo.

En el fragor de la lucha, Itaqua no advirtió el peligro detrás de él. Azurina, con astucia, había creado una ilusión, ocultando la Gran Fosa Abisal justo en el lugar donde el rey de los tritones daba un paso hacia atrás. Con un último y desesperado intento por proteger a Aquílea de un golpe mortal, Itaqua perdió el equilibrio y cayó en la fosa. El agua fría y oscura lo envolvió, mientras el tridente se sumergía junto a él. Sin embargo, la corona se desprendió de su cabeza ascendiendo lentamente hacia la figura de Anfítrite, quien la tomó entre sus manos, proclamando así su victoria.

—Este es mi reino ahora, Itaqua —susurró observando cómo desaparecía en las profundidades oscuras.

Con él fuera del camino, Anfítrite se volvió hacia la inconsciente Aquílea. Sin piedad, la Bruja del Mar usó su magia para sellarla en una prisión de coral y rocas, encerrándola en una cueva marina tan profunda que nadie podría escuchar su voz. La leal guerrera de Itaqua quedó desterrada y Anfítrite, con la corona entre sus manos, proclamó su victoria sobre las aguas de Aurantaquía.

Pasaron días, semanas, incluso meses y no tenían noticias del monarca o de su guardia. La congoja se había instalado en el corazón de los tritones y nada parecía poder consolarlos. Desesperada, Egea le pidió a su hijo que se ciñese la corona, pero Caspio sentía que su padre aún seguía vivo y debía encontrarlo. Por más que la reina lo intentaba, el príncipe se negaba a darse por vencido. Finalmente, Egea aceptó y mandó preparar la expedición de rescate. Al día siguiente, Caspio y Traqua emprendieron su primera expedición escoltados por un pequeño ejército.

Recorrieron los vastos campos de coral y las preciosas parcelas de perejil marino; atravesaron el frondoso bosque de algas, el banco de medusas y el arrecife de las mantarrayas; lucharon contra las despiadadas anguilas y, por fin, llegaron a la grieta que unía los dos pueblos submarinos. Ahí les esperaban Airlia, la dama turquesa. Tras recibir a los visitantes con un pequeño ágape los condujo hacia la Gran Fosa Abisal. 

—¡Aquí es! —anunció Airlia sombría—. Aquí yacen los restos de Anfítrite. No podíamos permitir que la maldad de sus tentáculos siguiese contaminando nuestro mundo. Hemos perdido mucho por su culpa. Incluso muerta, sus brazos aún nos han dañado. Fue muy duro llevar su cuerpo hasta las profundidades de la fosa. Perdimos a Escila, una gran guerrera… una gran amiga.

—Lo lamento mucho —intervino Caspio.

—Os lo agradecemos —respondió Airlia—. Sin embargo, al borde  de la fosa encontramos algo que creemos que os pertenece.

A una señal de la dama, dos ondinas trajeron un gran cofre alargado y lo posaron frente a Caspio. Airlia lo abrió con cuidado mostrando el majestuoso tridente y la imponente corona  del Rey de los tritones: su padre. 

—Son su tridente y su corona —sollozó el príncipe—. ¿Dónde están mi padre y su escolta?

—Lo lamento, pero sólo encontramos sus pertenencias —explicó Airlia—. No había rastro alguno de vida, ni de vuestro padre ni de Aquílea.

Caspio se quedó paralizado; no sabía qué hacer. Traqua intentó convencerle para volver a casa, pero el príncipe se negaba: necesitaba desesperadamente encontrar a su padre. Vagaron durante meses en su busca pero no hallaron rastro alguno de ellos. Tras meses de desesperada rastreo, Traqua logró convencer al heredero para volver al palacio. 

Los guerreros volvieron a casa abatidos. Todos, salvo el joven Caspio, habían perdido la esperanza de encontrar al rey con vida. Egea los recibió con cariño y concertó una reunión con su hijo para deliberar sobre el futuro del reino.

—Tienes que coronarte —empezó a decir la reina—, no podemos esperar más.

—No, madre —respondió el joven con lágrimas en los ojos—. Sé que padre sigue vivo.

—¡Aunque estuviese vivo, no podemos correr más riesgos!

—¿A qué os referís?

—Es hora de que te cuente la verdad sobre la muerte del rey Arqua —declaró la reina—. Cuando tu padre volvió del continente trajo consigo un gran número de historias maravillosas sobre la vida en la tierra: grandes tesoros, brillantes metales y deliciosos manjares. Los tritones de las castas inferiores se sublevaron y, ante la negativa del rey de abandonar los mares, lo asesinaron mientras dormía. Varios miembros de la secta del Pez Volador se infiltraron en el palacio y lo descuartizaron con dagas oxidadas. ¡La peor humillación posible para un miembro de la realeza! Aurantaquía te necesita.

—No, madre. No puedo —sentenció el joven—. Cuidaré del reino en nombre de padre, pero no me ceñiré su corona.

Sin embargo, no tuvo que esperar mucho tiempo para encontrar la solución a sus problemas, pues a los dos días llegó un pequeño cofre de madera con una «C» dorada grabada. ¿Sería posible? ¿Podría encontrar a su padre? Con esperanzas renovadas llamó a su madre y su guardián:

—Madre, hermano —empezó a decir—. ¡Estamos salvados! Han llegado dos invitaciones para participar en el VII Torneo en honor al Titán.

224 – EN EL EXILIO REAL

Personajes que aparecen en este Relato

EN EL EXILIO REAL

—¡Rayoz y centellaz! —gritó Elora mientras sudaba y respiraba fuertemente—, ¿dónde diabloz está mi zable?

—Majestad, relajáos —dijo la comadrona—. No debéis alteraros en vuestro estado. Además, ¿para qué queréis un sable ahora?

La pirata se incorporó sobre la cama mirando a los ojos de aquella mujer con una expresión iracunda y apremiante.

—Yo no pregunto zobre vueztroz azuntoz, ¿verdad? ¡Dadme mi zable, brujaz del demonio!

La más joven de las comadronas salió de la estancia y entró al instante con el sable de la reina. Ella lo cogió con decisión y se introdujo la empuñadura en la boca mordiéndola con fuerza. Zora, desde la distancia, contemplaba la escena con cierta sorpresa.

—Reina Madre, Elora es fuerte, pero me temo que el parto será difícil, pues el niño se resiste a salir— expuso la comadrona preocupada.

—No es un niño, es un futuro rey de Calamburia y fluye por sus venas la sangre de los Rodrigo  —dijo Zora—. El bebé debe vivir, os jugáis todas la vida —añadió en tono amenazante.

 —Elora hará bien su parte, querida  —dijo Mairim con tono tranquilizador mientras entraba en la habitación. Su porte ya no era el de la niña-pirata que buscaba una corona. Había crecido y se había hecho más sabia

—Reina Mairim —dijo la Zora von Vondra haciendo una sutil reverencia a la monarca de los piratas y, por tanto, la anfitriona de lo que quedaba de la Corte de Ámbar.

—Mi hija tiene una fuerza que supera a la de diez marineros experimentados —explicó con confianza la reina pirata.

 —El Titán Oscuro os oiga, Majestad…  —murmuró Zora sin convencimiento.

Su mente, siempre tendente a ver varias jugadas por delante del resto en el tablero del poder, seguía estando inquieta. En los últimos meses, tras el exilio y su apresurada boda, la Reina Madre había visto a Doddy caer en la más profunda de las melancolías y había terminado por poner todas sus esperanzas en la nueva vida que estaba por venir. No soportaría perder a un miembro más de su familia y mucho menos que la única esperanza que le quedaba a su dinastía se truncara antes siquiera de haber visto la luz.


Doddy contemplaba taciturno la puesta de sol desde el embarcadero mientras tiraba migas de pan a los peces. Sabía que a esas horas la reina Elora ya debería estar dando a luz. Las comadronas no le habían permitido quedarse en la alcoba. Según ellas, la presencia del padre en el parto traía mala suerte. Intentó rebatir esa opinión, pero ni siquiera su recién heredado título de rey logró que aquellas mujeres transigieran. Quizás, como monarca en el exilio, carecía ya de la autoridad para hacer que su voluntad imperara; o quizás, tras tanto luchar, había batallas que había decidido dar por perdidas.

Ya hacía un año que Doddy y lo que quedaba de su corte habían abandonado el palacio dejando el Trono de Ámbar a merced de la Emperatriz de los Dos Mundos. Pensó en su madre y su hermana e incluso dedicó un recuerdo a su hermano Sancho. A veces pensaba en cómo hubiera sido la historia del reino si tan solo Sancho, el valiente y luchador Sancho, no hubiera dado su vida por salvarlo en aquella ocasión. ¿Sería ahora el rey de Calamburia? Con su instinto de salvaje, su arrojo y gallardía, ¿habría logrado Sancho resistir a las huestes infernales? Nunca lo sabría. La realidad era la que era y no había más. De pronto, vio a lo lejos una nube de gaviotas. Era la señal de que un barco se acercaba. Le extrañó, en las últimas semanas muy pocos barcos habían abandonado o arribado al puerto. Ahora que el continente entero era pasto de los demonios, no tenía mucho sentido abandonar el refugio que suponía Kalzaria. Sin embargo, al atisbar el estandarte del barco que llegaba, algo recorrió su espinazo. Fue una sensación extraña. Quizás se tratara de un espejismo, pero la bandera que ondeaba sobre el palo mayor no era otra que el estandarte de los Rodrigo. ¿Era aquello posible o era fruto de su destrozada imaginación?

Doddy se acercó al barco mientras este atracaba y pudo ver los uniformes, aunque algo raídos, del antiguo cuerpo de Hombres del Rey que un día sirvieron a su bisabuelo, el rey Rodrigo V. En el centro del puente de mando observó a un viejo lobo de mar que ocultaba parte de su cabello rizado y gris bajo un gorro pirata algo raído. Llevaba ropajes de marinero y tenía el rostro moreno y cuarteado, como si hubiera pasado años en alta mar. Su barba era abundante y entrecana, pero su cuerpo aún fuerte y su imponente porte hacían de él un personaje extrañamente carismático. Además, Doddy pudo comprobar cómo todos los soldados parecían tratarle con un respeto especial. Casi hipnotizado por el carisma de aquel marinero, el rey subió por la pasarela y se plantó frente a aquel hombre con mirada curiosa.

 —¿Quién sois?  —preguntó Doddy apreciando un aire familiar en aquel viejo navegante.

El hombre rió con una sonrisa abierta y sincera.

 —Debería haceros la misma pregunta, joven. ¿Con quién tengo el placer de estar hablando? Si respondéis a mi pregunta primero, tendré a bien satisfacer vuestra curiosidad —dijo el lobo de mar con aire divertido.

 —Con Doddigo V, dey de toda Calambudia —sentenció con menos convicción de la que le gustaría.

 —Oh, comprendo  —sonrió el misterioso marinero—. Así que tú eres aquel al que vengo buscando.

 —¿Me buscáis a mí?  —dijo Doddy extrañado— ¿Pada qué?

 —Para conoceros en persona y presentaros mis respetos —expuso el desconocido quitándose el viejo sombrero pirata en señal de respeto—. Pero no debería sorprender tanto a un rey que alguien le busque.

—Últimamente no he decibido muchas… visitas… —dijo Doddy compungido.

—Pues eso acaba de cambiar. Tened a bien acompañadme a mi camarote, joven rey y quizás os pueda levantar el ánimo con una botella del mejor ron y alguna historia de este viejo lobo de mar. Bailan —dijo a uno de sus hombres en tono afable—, podéis ir a la taberna esta noche. Retomad fuerzas antes de nuestro próximo viaje.

—¿Y vos? —dijo el soldado preocupado.

—Estaré bien, parece que mi amigo y yo tenemos mucho que contarnos —dijo el marino mientras seguía a sus hombres con la mirada

—Como deseéis, señor —respondió Balian Renoir—. Aprovecharé para pasar cuentas con el Ladrón de Barlovento; a ese filibustero que aún nos debe una caja de botellas del mejor ron de Kalzaria por el último cargamento que le trajimos. ¡Ya me decía mi abuelito que no me fiara de ese viejo zorro!

Dicho esto, abandonó el barco con sus compañeros. Cuando el marino se quedó solo en cubierta con Doddy, le habló con sincero afecto.:

—Quizás, mi querido tocayo, si tenéis tiempo podáis escuchar los humildes consejos de alguien que arrastró la misma carga que hoy arrastráis vos…


—¡Es una niña! —gritó la comadrona mientras el llanto de la bebé estallaba llenando de vida la estancia—. ¡Una niña sana y fuerte!

—¿Una niña? —preguntó Zora arrugando la nariz. Sabía que era algo probable, pero lo cierto es que no se lo esperaba.

—¿Qué hay de malo? —preguntó Mairim—. Hace años que nos conocemos Zora, ¿acaso después de todo lo que habéis vivido seguís creyendo que el sexo determina la capacidad de un gobernante?

—No me preocupa su capacidad —dijo la Reina Madre—. Es solo que el mundo es especialmente cruel con las mujeres. Debemos luchar más que cualquier hombre para conseguir alcanzar las mismas metas. Además, estando como están las cosas, ya sabéis que esta niña no lo va a tener fácil.

Ambas mujeres fueron interrumpidas de nuevo por los intensos resoplidos de Elora que apretaba fuertemente con los dientes el mango de su sable.

—¡Viene otro! ¡Son mellizos! —se oyó gritar a otra comadrona.

Los ojos de Zora se iluminaron de repente. «¡Claro —se congratuló la Reina Madre—, la sangre de los Rodrigo suele obrar este tipo de milagros!».

—¡Es otra niña! ¡Y también parece que está sana! —gritó la misma comadrona.

La recién nacida arrancó a llorar sumándose a coro al llanto de su hermana, mientras la tierna esperanza que había brotado se marchitaba en el pecho de Zora Von Vondra. «Mis niñas… mis pobres niñas… No saben el mundo que reciben en herencia».


—¡Es un placed conocedos en pedsona! —estalló con repentina alegría el joven Doddy mientras alzaba la copa a la salud de su antepasado—. He oído tantas leyendas sobde vos. La historia os ha tdatado tan injustamente…

—Es cierto que fui un juguete del destino pero, si algo debo decir en mi defensa, es que espero que se me recuerde como alguien que supo cuál era su momento —suspiró y dió un trago a su vaso de ron—. Alguien que supo retirarse a tiempo y dejar paso a las nuevas generaciones.

—Hablando de nuevas genedaciones —dijo el joven visiblemente emocionado—. Quedido bisabuelo, ¿sabes? ¡Voy a sed papá!

—Eso he oído y te felicito por ello. Debes esforzarte en ser un buen padre para tu hijo. Es importante —respondió Rodrigo V con los ojos vidriosos por la emoción.

La ilusión del joven Doddy le recordó al antiguo rey su propia sensación cuando, años atrás, supo que iba a tener un descendiente. Sin embargo, visto con perspectiva, Rodrigo V sabía que no fue el padre que su hijo Comosu necesitó. En parte, se seguía culpando por su locura y seguía barruntando si, de haber sido una figura paterna más presente, habría logrado que su hijo no acabara como acabó. Sin embargo, les había abandonado para emprender sus viajes. Había llegado a asfixiarse con el opresivo ambiente de rencor y paranoia que reinaba entre Comosu y Petequia. Ese era uno de los motivos por los que Rodrigo prefería la libertad del mar y la compañía de sus hermanos de armas.

Sin embargo, hacía un par de semanas que otro barco con bandera de Kalzaria les encontró y les comunicó la trágica noticia: Comosu había muerto de unas fiebres. Según le dijeron, poco después, la pena se había llevado a Petequia tras pasar días negándose a comer. Visitar la tumba de su hijo y de la única mujer a la que llegó a amar de verdad era uno de los motivos por los que Rodrigo había vuelto a la isla tras su última aventura. La otra razón era conocer personalmente al último de sus descendientes, el joven Doddy, y tener ocasión de prestarle consuelo por sus no pocas pérdidas.

—Mis hombres y yo hace tiempo que nos convertimos en cazadores de tesoros —explicó Rodrigo con pasión en la mirada—. Viajamos por lo ancho y largo de este mundo en busca de aventuras, matamos demonios y nos enfrentamos a las inclemencias del Kal-a-Mar. Ya no echo de menos los tiempos en los que el peso de la corona cayó sobre mis hombros, ni aquellos en los que me vi obligado a mendigar por las calles de Instántalor… pero de una cosa sí que estoy contento.

—¿De qué?

—De que mi sangre haya seguido en el mundo como legado, de que ahora tenga un bisnieto alto, fuerte, valiente y dispuesto a seguir la estela de lo que un día empezaron sus ancestros —dijo el antiguo rey con solemnidad—. Además, ¿sabes una cosa?

Doddy lo miró expectante.

—Si algo he aprendido en mis años de marino; algo que me hubiera gustado que alguien me contara cuando fui rey por un breve periodo de mi existencia, es que…

—¿Qué? —preguntó el joven rey con sus ojos refulgentes con la avidez por atesorar la sabiduría de su predecesor.

—Que en la vida hay que tener el empuje de una vela —dijo con la pose misteriosa de un viejo lobo de mar.

—¿De una vela? ¿Una vela… pada dad luz… al deino? —el joven parecía algo confuso.

—No, mi pequeño descendiente —sonrió bondadoso Rodrigo V señalando en dirección al palo mayor de su nave—. La vela de un barco. A veces el viento soplará a favor y otras en contra, Doddy. Sin embargo, siempre tienes que tener claro que el único barco que nunca llega a puerto es el que nunca se atreve a desplegar las velas.

—Compdendo… —dijo Doddy rascándose la barbilla—. Lo que quedéis decid es que no puedo quedadme de brazos cduzados lamiéndome las hedidas podque eso solo hadá que mi badco se hunda. ¡Tengo que decuperad el tdono! —añadió con convicción.

—¡Así me gusta Doddy! Eres digno de tu sangre —apreció el antiguo rey con orgullo.

—No me llames Doddy, bisabuelo. Doddy ha muedto —sentenció el monarca exiliado—. Ahora soy Rodrigo VII y voy a recuperar el Trono de Ámbar.


Elora sostenía a una de sus hijas con cada brazo mientras sonreía con plenitud.

—Será mejor que nos dejéis a las niñas, Majestad —le aconsejó la nodriza—. Habéis hecho un gran esfuerzo y debéis reposar.

—Tonteríaz, ellaz quieren eztar conmigo y yo con ellaz —sentenció cortante la reina pirata.

Luego miró con ternura a una de sus hijas, que ya esbozaba lo que parecía una sonrisa y le habló como si la comprendiera.

—A tí, que erez tan travieza y juguetona, te llamaré Urraca. Ez un nombre de reina. Una mujer ambicioza, pero también decidida. Y ahora mizmo corren buenoz tiempoz para la gente que tiene dezizión y arrojo.

La niña pareció hacer una mueca de agrado ante la sonoridad del nombre. Luego, Elora volvió el rostro hacia su otra hija que parecía hacer pucheros con el ceño fruncido.

—A ti, que haz nacido con la energía de un trueno en mitad de la tormenta y la ira de un huracán, te llamaré Petequia —la recién nacida rompió a llorar con toda la fuerza de sus pulmones y su madre la meció para tranquilizarla—. Petequia era mi abuela, triztemente fallecida. Nació para zer reina y también tuvo que luchar por reinar. Ambaz fueron mujeres fuertez que cargaron en zuz hombroz con el pezo del deztino de un reino. ¿Y sabéis? Ambaz fueron hermanaz, como vozotraz. Zolo que, zi ellaz nacieron con el nefazto destino de dividir al reino; vozotraz habéis nacido con el deztino de volver a juntarlo.

A varios metros, Zora y Mairim contemplaban la escena con ternura y emoción, por lo que la entrada de Minerva en la habitación les sentó como un jarro de agua fría. La erudita se colocó al lado de ellas y contempló la escena, pero su gesto era mucho más adusto que el de las dos mujeres. Habló en voz baja para que la recién parida no la escuchara.

—¿Lo sabe ya? —dijo con frialdad.

—No lo sabe aún, Minerva. Cree que podrá criarlas ella —dijo Zora con una voz que mostraba cierto reproche velado.

—Es necesario —expuso implacable la directora de Skuchaín—. Además, siendo dos, hay el doble de posibilidades de que mi plan dé resultado, pero todo debe de hacerse tal y como está trazado. Es la única forma de que la sangre de los Rodrigo perdure.

—¿No podría quedarse con ellas al menos hasta mañana? —preguntó Mairim con aire melancólico.

—Sea, pero mañana el barco partirá y las princesas y yo iremos en él. Es extremadamente importante que nadie nos siga —sentenció Minerva con un tono que no parecía admitir réplica—. Es por su bien y por el bien del reino —añadió con un destello de humanidad del que logró librarse antes de dar la vuelta y abandonar la sala.