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LA NUEVA TRIARQUÍA
El sol empezaba a esconderse tras las Cuevas del Rechazo al tiempo que se encendían las antorchas. Aquel era un día especial en la tribu de las amazonas, pues iban a recibir a las nuevas guerreras. Aquella noche la chamana les haría jurar lealtad a la tribu y les daría sus armas de batalla a dos jóvenes que habían alcanzado por fin la edad adulta: Kiajají y Andamana.
Kiajají era la inconfundible hija de Majají, una de las jefas del clan. De ella había heredado no sólo su belleza, si no también su destreza en combate y la gran lealtad hacia la tribu. Andamana era una huérfana que Majají había encontrado en las marismas cuando era un bebé. No dudó en adoptar a la pequeña y cuidarla como a su propia hija, aunque su origen era todo un misterio. Los árboles susurraban variopintas historias que dejaban más preguntas que respuestas. ¿Podría ser un bebé no deseado de la ilustre familia Colby? ¿De alguna hermana descarriada del Monasterio Cóncavo? ¿Podría tratarse de un vástago olvidado del infame Van Bakari? Nadie sabía de dónde había salido la pequeña, pero había una cosa clara: había en ella algo especial, pues el Orbe de la Confusión siempre se iluminaba en su presencia.
Las dos muchachas crecieron como hermanas, demostrando su gran valía al resto de mujeres del clan. Eran tan letales como bondadosas; siempre cuidaban la una de la otra. Kiajají, de naturaleza enamoradiza, se encaprichaba de sus amantes y le costaba deshacerse de ellos; pero su hermana siempre le hacía entrar en razón. Por su parte, ella intentaba controlar los ataques de cólera de Andamana, su hermana pequeña, que había tenido que demostrar ser merecedora de su condición de amazona.
Las jóvenes estaban tan nerviosas como emocionadas. ¡Por fin iban a ser guerreras! La ceremonía estaba llegando a su fin; sólo tenían que jurar sobre el Orbe de la Confusión, la sagrada reliquia de la tribu que Akanni —la primera matriarca— encontró en las marismas cuando abandonó su territorio con sus compañeras. Ahí fue donde formaron su nuevo hogar. Tras el solemne juramento, Majají les dio sus armas: una lanza para Kiajají y un látigo para Andamana. Ya eran guerreras.
Todo el clan estalló en vítores de alegría y encendieron una gran hoguera alrededor de la cual corrían el Cocuy —un fuerte alcohol que ellas mismas destilaban— y la música. Las horas pasaron mientras las mujeres bailaban alegremente y disfrutaban de sus esclavos hasta que, de repente, se oyó un gran estruendo seguido de una gutural carcajada. Se pusieron en guardia. Tenían que comprobar que todas estuviesen a salvo, por lo que registraron cada una de las cabañas hasta llegar a la de las jefas: el orbe sagrado había desaparecido, en su lugar sólo había un trozo de un vendaje. Las amazonas se miraron descorazonadas. ¡Habían perdido su posesión más preciada! ¡Lo único que les quedaba de su fundadora!
Ainía, la compañera de Majají y la más impulsiva de las matriarcas, no dudó ni un segundo y salió corriendo en busca del ladrón. Cinco kilómetros al oeste pudo vislumbrar la luz de una pequeña hoguera con la que se calentaban cuatro foráneos: dos impromagos y otras dos personas. ¡Debían de ser ellos! ¡Seguro que los impromagos intentaban utilizar su orbe! Se deslizó entre los árboles y lanzó un primer dardo con su cerbatana. Uno de los impromagos la oyó y puso sobreaviso al resto que, rápidamente se levantaron en posición defensiva. La amazona y los visitantes se enzarzaron en un baile frenético: ella lanzaba sus dardos y ellos los esquivaban con sus hechizos. De repente, vio su oportunidad: una de las jóvenes se adelantó saliendo de la protección del resto. Lanzó un último dardo antes de que una luz le cegase y se desorientase. Cuando pudo recuperar la consciencia, los extranjeros ya se habían ido. Volvió derrotada al campamento en busca de consuelo de sus compañeras.
Pasaron los meses y la normalidad parecía estar volviendo a la tribu. Nada sospechaban de que estaban siendo observadas por los expertos ojos de un cazador que buscaba venganza. Al enterarse de la muerte de su amada a manos de una amazona, Ranulf, avezado cazador, decidió ir a las marismas para vengarla. Aprovechó la caída del sol para deslizarse al interior de la cabaña de las matriarcas y asestó una mortal estocada en el pecho de una de ellas al tiempo que se despertaba la otra. Al ver a su hermana Níaia muerta, Ainía entró en cólera y se lanzó encima del atacante arañándole y mordiéndole la cara. Le mordió con tanta fuerza que le arrancó la oreja. Él respondió tirándose de espaldas encima de una mesa haciendo que ambos rodaran por el suelo entre patadas y puñetazos. Ella intentaba buscar ayuda, pero él le clavó un cuchillo en el tobillo. Entonces, la amazona le empujó la cabeza y la mano contra las ascuas, pero Ranulf aprovechó para agarrarlas y tirárselas a los ojos. Con los ojos quemados, Ainía intentó salir de la cabaña, pero su verdugo fue más rápido y le clavó un puñal en el cuello dejando que se desangrase lentamente.
En ese momento entró Majají seguida por sus hijas. Las tres estaban destrozadas. Kiajají y Andamana inmovilizaron al cazador haciendo acopio de las pocas fuerzas que tenían, pues lloraban desconsoladas: ellas habían perdido a sus tías, pero su madre había perdido a su compañera de armas y su hermana. Los días siguientes fueron los más tristes que se recuerdan en el clan: no sólo les habían robado su orbe, si no que también les habían arrebatado a dos de las tres matriarcas; la Triarquía había sido descabezada. Como era costumbre, las amazonas organizaron grandes funerales para sus jefas. Ataviadas con siemprevivas y amapolas, las guerreras decoraron la aldea con antorchas e hicieron dos grandes túmulos señalados por las armas de las difuntas jefas.
—Hemos perdido a dos de nuestras hermanas —empezó a decir Majají desconsolada—, dos valientes guerreras, tan fuertes como generosas. Aunque no de sangre, eran mis hermanas y siempre las querré. Ahora pueden descansar en paz con nuestras antepasadas. ¡Que Akanni os acoja en su seno!
—¡Que Akanni os acoja en su seno! —coreó el resto de la tribu dando por terminado el funeral.
Como dictaba la tradición amazónica, al finalizar el funeral se quitaron las flores y dieron comienzo a la ceremonia de coronación de las dos nuevas matriarcas que compondrían la triarquía. La chamana salió de su cabaña con un cuenco de pintura roja que representaba la sangre de las fallecidas y empezó a pintar a Kiajají, Andamana y Majají.
—Kiajají, hija del Clan de la Serpiente —dijo pintándole los brazos—, yo te nombro Cuerpo de la Serpiente, matriarca del clan. Que el espíritu de la matriarca Ainía entre en ti y te guíe.
—¡Que Akanni y Ainía me guíen! —respondió la muchacha.
—Andamana, hija adoptiva del Clan de la Serpiente —repitió la chamana pintándole las piernas—, yo te nombro Cola de la Serpiente, matriarca del clan. Que el espíritu de la matriarca Níaia entre en ti y te guíe.
—¡Que Akanni y Níaia me guíen! —respondió a su vez la menor.
—Majají, hija del Clan de la Serpiente —repitió por última vez mientras le pintaba la cara—, guía y apoya a tus hijas como lo hiciste con tus hermanas.
—¡Que Akanni me guíe! —respondió la madre.
—Ellas son la cabeza, el cuerpo y la cola de la serpiente —prosiguió la chamana—, nuestras matriarcas. ¡Que Akanni las guíe!
—¡Que Akanni las guíe! —corearon todas las amazonas.
—Traed al cazador —ordenó la chamana.
Como era costumbre, una nueva jefa de la triarquía debía dar muerte al asesino de su predecesora, por lo que las hermanas debían matar al cazador. Tres jóvenes sacaron al prisionero maniatado, lo colocaron delante de las jefas y le desataron las manos y los pies. Andamana cogió su látigo y Kiajají su lanza. Mientras Andamana le daba latigazos en la espalda, su hermana mayor le clavaba la lanza en el pie. No podía escapar, ni siquiera podía moverse. Más latigazos. Otro grito de dolor. De los pies pasaron a las piernas, los brazos y finalmente el torso. La mayor le clavó su lanza en el pecho y Ranulf aulló de nuevo. Un nuevo latigazo alcanzó su cuello, enroscándose como si de una soga se tratase. El cazador ya no gritaba, no aullaba, no se quejaba. Estaba muerto. Una vez comprobaron que había dejado de respirar, lanzaron un grito de guerra y echaron su cuerpo al río para que sirviese de alimento a las alimañas.
Pasaron varios años y el clan iba recuperando su vida normal, aunque seguían sintiendo un gran vacío en su corazón por la muerte de sus hermanas y la desaparición de su más preciada reliquia. Una buena mañana, Majají mandó un recado urgente a sus hijas. En cuanto llegaron a la puerta, vieron dos grandes serpientes naranjas entrelazadas formando una C. Sus problemas estaban resueltos: asistirían al Torneo de Calamburia, ganarían la Esencia de la Divinidad y pedirían recuperar su orbe. Asimismo, hablaron sobre el futuro de la tribu: las marismas se les estaban quedando pequeñas y sólo les traían malos recuerdos y apenas quedaban animales a los que cazar… Era el momento: tenían que abandonar las marismas, ese había sido siempre el sueño de Ainía.

