226 – LA ORDEN DEL TITÁN OSCURO

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LA ORDEN DEL TITÁN OSCURO

—… No olvidéis, pobres pecadores: el Titán Oscuro siempre vigila. ¡Feliz Día del Descenso!

Carmélida Sibyla miraba maravillada al nuevo representante de la Iglesia. Como de costumbre, había ido con su familia a las celebraciones en conmemoración de la victoria de los calamburianos sobre los hijos del dragón. Año tras año había escuchado a Inocencio hablar de la importancia de la fe y la Iglesia, pero este año fue diferente. Para dar a conocer la nueva hermandad, el sumo pontífice había delegado el sermón en Clemente, el jefe de la orden. Éste habló de la rectitud del alma, la herejía y la pureza y ella era impía, pues descendía de un linaje históricamente vinculado a la magia. Obnubilada por el discurso, Carmélida decidió ingresar en la orden para aprender del Primer Hermano.

Clemente, con su cabello largo y rubio cayendo sobre su túnica de lino, tenía un aire imponente y sereno. Su presencia irradiaba un aura de severidad que pocos osaban cuestionar y sus palabras parecían resonar con una pureza inquebrantable. Como segundo hijo de la influyente familia Colby, había renunciado a la vida noble para abrazar el servicio religioso. Fue discípulo de Inocencio y destacó rápidamente por su fervor y rectitud. Sus votos de pobreza y devoción le otorgaron el respeto del Sumo Pontífice y pronto se le confiaron responsabilidades mayores.

Carmélida no tuvo que esperar mucho para poder hablar con Clemente; aquella tarde ambos acudieron al ágape en honor al Sumo Pontífice que se celebraba en la mansión Sibyla.

 —Venerable hermano —le saludó mientras le besaba la mano—, no he podido dejar de pensar en vuestro sermón. Ha sido muy inspirador. Disculpad mi osadía, pero me preocupa mi alma y me gustaría ingresar en la Santa Hermandad como vuestra discípula.

—Nunca es osado, hija mía, velar por el alma de los pobres pecadores que vagan por nuestro mundo. Cuéntame más de ti. Eres una Sibyla, por lo que supongo que tendrás sangre arcana.

—Sí —respondió apesadumbrada—, soy estudiante de Skuchaín. Estudio alquimia, aunque mis especialidades son la elaboración de pociones y la disección de animales. Sé que no soy merecedora, pero quiero enderezar mi alma y la de los que me rodean. 

Clemente aceptó sin dudar. A pesar de ser estudiante de la infame escuela y sobrina de la directora, Carmélida poseía ciertas habilidades que podrían resultar de utilidad. Como Primer Hermano de la Santa Hermandad debía contar con alguien que le asistiera en las torturas de los herejes y las habilidades de la joven podrían serle de gran ayuda. Esa misma noche lo anunció en la mansión familiar: Carmélida sería la Segunda Hermana de la orden.

Pasaron los meses y la joven se convirtió en una experta en toda clase de torturas. Tal era su fama que los herejes confesaban hasta sus más sórdidos secretos con sólo oír su nombre. Dominaba las pociones más peligrosas y la maquinaria más sanguinaria; aunque su instrumento favorito era un pequeño aplastapulgares que recibió el día que tomó los hábitos. Por fin había descubierto su vocación y era feliz.

Una fría mañana de invierno apareció un hombre encapuchado en la puerta del monasterio acogiéndose a sagrado. No hizo falta que mostrase su faz para reconocerlo: era su hermano Periandro. 

—Por favor hermana, necesito tu ayuda —dijo mientras mostraba un pequeño bebé que llevaba oculto bajo su capa—. Es mi hija. Necesito que la acojas.

—¿¡Cómo?! —exclamó la hermana—. ¿Qué te hace pensar que me voy a encargar de tu retoño? ¿Acaso no tiene madre?

—Su madre murió en el parto y yo no puedo ocuparme de ella en la torre —explicó—. Ni siquiera posee la marca arcana, por lo que Skuchaín no es su sitio. No puedo llevarla conmigo y tampoco con nuestra hermana Aurora; no ahora que ha vuelto a la torre.

—¡Pero es hija del pecado! ¡Está tan perdida como tú!

—Por favor —suplicó Periandro—, yo sólo quiero que viva. Además, mi alma está perdida, pero la suya todavía no. Te doy la oportunidad de salvar su alma y guiarla en el santo camino del Titán Oscuro. Quizás puedas inculcar en ella la fe que no pudiste hacer florecer en mí.

Carmélida aceptó. A pesar de no gustarle la vida de su hermano, le sedujo la idea de poder criar a la niña a su imagen y semejanza. Crecería bajo los preceptos del Titán Oscuro y sería un ejemplo de rectitud. Lo que la hermana ignoraba era que no se trataba de su sobrina, si no de una de las gemelas de Rodrigo VII y Elora, los reyes en el exilio. Siguiendo el plan de su tía Minerva, Periandro había decidido refugiar a la pequeña en el mismísimo corazón del mal: la Santa Hermandad que, tras la coronación de Amunet como Emperatriz de los Dos Mundos, se había convertido en su más fiel brazo ejecutor. ¿Quién buscaría ahí?

Efélide, como llamaron a la niña, fue creciendo bajo el ala de Carmélida, quién le contó que era una huérfana a la que abandonaron en la puerta del monasterio. Acudía todas las mañanas con la Segunda Hermana a recoger bayas y otros enseres para la elaboración de venenos y filtros coagulantes. Por las tardes, le ayudaba en el diseño de nuevas formas de evangelización y por la noche escuchaba los sermones de Clemente. No obstante, a pesar de su tesón, la pequeña no tenía habilidad alguna para la tortura: no aguantaba los gritos, la sangre le mareaba, era torpe y tampoco entendía los más simples mandamientos de la iglesia. 

Carmélida era una tutora aplicada, pero su pupila resultaba desesperante. Siempre le hacía preguntas absurdas, como por qué el Titán era oscuro; por qué, si era todopoderoso, no volvía a Calamburia; y la peor “¿Por qué, si es perfecto, se cayó? ¿Acaso se tropezó?” Tras la lección fue a hablar con el Primer Hermano en busca de una solución. Clemente escuchó paciente y, entre los dos, elaboraron un plan de acción que pondrían en marcha aquella noche.

—Efélide —dijo el religioso—, la Segunda Hermana y yo hemos estado deliberando sobre tu futuro y creemos que es hora de que tomes los hábitos.

—¿De verdad? —preguntó la niña emocionada.

—Como sabes, se acerca el Día del Descenso —explicó Clemente—. Nos ayudarás en las celebraciones y, tras ellas, el Sumo Pontífice te entregará tus hábitos.

—Muchísimas gracias, ¡juro sobre el Todopoderoso Titán Oscuro que no os defraudaré!

La comitiva tardó dos días en llegar a Instántalor, donde se encontraba la antigua Catedral, solo superada en majestuosidad por la nueva Basílica del Titán Oscuro que se había construido recientemente en Ámbar. Por petición expresa de Amunet, la celebración se había trasladado a Instántalor, la ciudad más poblada del reino, ya la Emperatriz quería que el mayor número de sus súbditos gozara unos fastos religiosos tan moralmente edificantes. El templo ya estaba casi listo para las celebraciones, a falta de algunos enseres menores. Efélide paseaba por la plaza con su tutora para comprar cirios negros para la misa, pero las calles estaban abarrotadas. Gente de todo el reino había acudido a presenciar la ceremonia. De repente, algo chocó con Carmélida; un extraño niño con cola de cerdo. Miró su bolsa y comprobó que le faltaba la saca del dinero. Sin dudarlo, la Segunda Hermana echó a correr tras el truhán dejando a su pupila sola.

—Buenos días pequeña  —oyó Efélide tras de sí. Al girarse vio a una mujer entrada en años ataviada con una sucia falda y una ajada camisa— ¿Estás sola?

—Eso parece —contestó— busco a mi tutora. 

—¿Y tus padres?

—No tengo —respondió la niña.

—Pobrecilla —dijo la mujer—. Acompáñame, mi marido y yo te daremos de comer y te ayudaremos a buscarla.

Carmélida perseguía al ladrón sin percatarse de que había perdido a su pupila. Al verse sola, acudió a la catedral y preguntó por ella, pero nadie sabía dónde estaba. El propio Inocencio le encargó encontrar a la joven y le proporcionó algunos hombres de su guardia personal, pues el Supremo Benevolente consideraba que cualquier posible agresión contra un miembro de la Iglesia era una agresión contra el mismísimo Titán Oscuro al que representaban. A pesar de haber jurado no volver a usar sus artes arcanas, la Segunda Hermana se dirigió a las cocinas y elaboró una potente poción que le permitiría averiguar su paradero. Los rastros le llevaron a un viejo molino destartalado. 

Sin dudarlo, cogió su bolsa y se encaminó al viejo molino, donde se agazapó bajo la ventana y pudo escuchar hablar a los molineros. Aquellos idiotas retenían a la novicia contra su voluntad y pretendían que la niña trabajase en el molino mientras ellos disfrutaban de la vida. ¡Cómo osaban!

—Rezad cuanto sepáis, porque vuestro final será lento y doloroso —irrumpió Carmélida ante la asustada mirada de los molineros.

—¡Segunda Hermana! Os perdí y esta buena mujer me iba a ayudar a buscaros.

—Mi señora, no sabíamos que era su discípula —se disculpó Don Juancho, el molinero—. De haberlo sabido…

—¡Calla! —Gritó la hermana.

—Os imploro misericordia —dijo la mujer—, somos unos pobres molineros y hemos perdido a nuestra hija. No nos valemos solos.

—Conozco muy bien la historia de los infames molineros de Azarcón. Vuestra mera respiración contamina el aire; pero no os preocupéis, pronto dejará de ser un problema.

Esta vez nada pudieron hacer los molineros para zafarse de los soldados. Los llevaron directamente a las mazmorras del Monasterio Cóncavo a la espera de su “juicio”.

Tras el incidente, las celebraciones recobraron su oscuro color y Efélide tomó los hábitos bajo la bendición de Inocencio. Al acabar las fiestas, los tres miembros de la Santa Hermandad volvieron al monasterio, donde retomarían sus labores. A su regreso, Carmélida fue directamente a visitar a los presos. Como esperaba, estaban sucios, hambrientos, sedientos y con heridas de mordeduras de las ratas. Volvió satisfecha a sus aposentos; al día siguiente los interrogaría junto con Efélide. 

Las dos hermanas se presentaron en los calabozos al amanecer, donde los carceleros habían preparado todos los instrumentos necesarios.

—Se os acusa de haber conspirado contra la Iglesia y, por ende, contra la mismísima Emperatriz de los Dos Mundos —dijo Carmélida mientras la novicia tomaba apuntes.

—No hemos hecho tal cosa, ¡debéis creernos! —imploró Bénedi, la molinera.

—¡Silencio! Sólo hablaréis cuando os pregunte. ¿Acaso negáis haber tratado de seducir, secuestrar y asesinar a la Tercera Hermana?

—¡No le hemos hecho daño a nadie! —insistió.

Ante la negativa de la mujer, Carmélida se dirigió a su mesa, cogió una pequeña guillotina y le cortó un dedo del pie. Bénedi aulló de dolor al tiempo que Efélide palidecía. La hermana reanudó el interrogatorio, pero no daban su brazo a torcer. Otro dedo. Otro. Otro más. De repente, Efélide se desplomó. Hastiada por la debilidad de su pupila, la Segunda Hermana mandó llevar a la joven a sus aposentos y decidió proseguir el interrogatorio por su cuenta.

—No me dejáis alternativa —dijo la sanguinaria monja—. Seguro que el machacapulgares os hace entrar en razón.

Abrió su bolsa para buscarlo, pero no lo halló. El ladronzuelo de cola de cerdo debió habérselo llevado.

Efélide despertó unas horas más tarde en su catre. Seguía mareada, pero ya podía andar. Fue a la palangana a echarse un poco de agua en la cara y, de pronto, vio algo que brillaba en su escritorio, debajo de unos papeles. Se trataba de un anillo anudado a una nota que ponía “guárdalo en secreto”. Al cogerlo empezó a oír su propia voz, pero ella no estaba hablando. Gritó asustada. 

—¿Quién anda ahí? —preguntó la misteriosa voz— ¡Da la cara, cobarde!

—¿Dónde estás? —replicó Efélide intentando localizar el origen del sonido—. ¡No te veo!

Un murmullo se deslizó por el aire como un susurro que apenas lograba tomar forma.

—No puede ser… Viene del anillo…

Efélide miró la enigmática joya. En efecto, la voz provenía de ahí. De repente, ésta empezó a brillar con una deslumbrante intensidad y le sobrevino un dolor desgarrador en el hombro. Se rasgó el vestido entre gritos. ¡El hombro le ardía! Los desesperados alaridos alertaron a Clemente y Carmélida que acudieron corriendo. Al entrar en la habitación no percibieron el anillo o el eco en la voz de la niña; sólo vieron una gran C en su hombro desnudo . No había duda: la Santa Hermandad participaría en el Torneo de Calamburia.