223 – EL CUERNO OSCURO II

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EL CUERNO OSCURO II

—¡Este es un lugar sagrado, no se puede derramar sangre aquí! —gritó Breena, el Espíritu del Bosque, tratando infructuosamente de detenerles.

Pero fue inútil. Carlín alzó el vuelo y cargó con toda su furia en dirección a la Dama Blanca, con sus ojos imbuídos en pura sed de venganza. Quercus, que era un guerrero fuerte y de grandes reflejos, lo embistió a tiempo con sus cuernos desviando su trayectoria y lanzándolo por los aires.

Airlía, la Dama Turquesa, se concentró y utilizó su poder de evocación para envolver a al líder de los enanos en una ilusión con el objetivo de descabezar al batallón. En la mente de Otalan se generó una lluvia torrencial que le hizo creer que el túnel que había cavado se inundaba por momentos. Al instante, el anciano Señor de los Túneles creyó estar ahogándose rodeado de peces, pulpos y caballitos de mar.

—¡No sé nadar! ¡Hijos míos, ayudadme! —gritaba con la voz temblorosa mientras Isaz y Dagaz le ayudaban algo confusos por la extraña situación. El anciano enano movía los brazos en el aire como si tratara infructuosamente de salir a flote.

Édera, la Dama Esmeralda de los faunos, utilizó su voz para conjurar una cúpula protectora de espinos alrededor de la Dama Blanca y su hijo.

—¡Así estaréis más seguros, Karianna! —gritó ella.

Sin embargo, Sïyah, el efreet, aprovechó la ocasión para lanzar sus llamas sobre aquel escudo de vegetación. El espino empezó a arder.

—¡Ahora probaréis la justicia de los efreets, Dama Blanca! —sonrió él.

Por fortuna, una ondina reaccionó a tiempo. Con sus poderes extrajo una gran cantidad de agua del arroyo del claro y apagó el incendio evitando que la dama y su vástago sufrieran ningún daño.

—¡Mamá, tengo miedo! —gritó Yardan mientras su madre le envolvía en un abrazo cargado de magia protectora.

Las ancianas, por su parte, concentraron su magia en atacar al grueso de los ejércitos enemigos. Tyria conjuraba piñas piñoneras envueltas en resina mientras Kyara las cargaba con un fuego azulado que las hacía prender de inmediato. Al lanzarlas sobre los enemigos, estallaban sonoramente aturdiendo a todo el mundo e incluso causando alguna baja entre los enanos. En una ocasión, Isaz logró devolver una de las piñas golpeándola con su inmenso martillo. El proyectil salió disparado hacia el bando rival alcanzando a un fauno que cayó en combate perdiendo una de sus pezuñas.

Por su parte Drëgo, Kárida y Karkaddan, en vez de participar en la contienda, parecían observalo todo desde la barrera con una mueca de satisfacción. ¿Tendrían los traidores acaso un as bajo la manga?

Kyara, la antigua Dama Blanca, corrió a socorrer al fauno con sus poderes curativos evitando que se desangrara. Al contemplar a su compañero caído, el batallón de la Dama Esmeralda alzó sus escudos de roble y, a la señal de Quercus, cargaron contra los enanos, que contuvieron su embestida blandiendo sus hachas. Se produjo una escaramuza que terminó con la retirada de los faunos, que también estaban siendo atacados desde el cielo por las hadas con sus rayos. El claro del bosque se estaba convirtiendo en una batalla mágica campal ante los impotentes ojos de Breena que, como espíritu protector del lugar, sentía como propio todo dolor que estaban infringiendo al Bosque Mágico.

Karianna, que hasta el momento solo había dedicado su magia a garantizar la seguridad de su pequeño, miró a Breena a los ojos:

—Cuida de él. Mi pueblo me necesita.

—Sí, Dama Blanca, podéis confiar en mí —respondió el Espíritu Protector—. Nunca dejaré que nada malo le pase.

Karianna agarró con fuerza su báculo, que pareció tomar una bocanada de magia faérica, apuntó al aire donde las hadas revoloteaban lanzando su magia contra los pobres faunos que se batían en retirada y lanzó un fuerte hechizo. El rayo de su báculo salió a una vertiginosa velocidad fulminando el ala de un hado al que cogió completamente desprevenido. Trató de realizar un aterrizaje de emergencia, pero no pudo controlar su trayectoria y vino a caer a los pies de Drëgo. Una mueca retorcida parecida a una sonrisa se dibujó en su sádico rostro.

—Esto no acaba aquí, Karianna —sentenció Drëgo con una mirada llena de oscuridad—. Drëgo ha estado robando magia durante años, ¿creíais que no iba a hacer uso de ella?

—¡Déjate de palabrería, druida! —le interrumpió la Dama Añil con avidez—. Dame lo que me prometiste para que pueda encargarme de la mequetrefe de mi hermana de una vez por todas.

—Será un placer —convino en druida cuyos ojos parecían rebosar energía mágica mezclada con vetas de oscuridad—. ¿Qué pasaría si canalizo parte de la magia que he acumulado todo este tiempo a vuestra nueva señora? ¡Magia condita tenebris dominabitur creabit! —pronunció alzando el báculo de su maestro con las dos manos y apuntando con decisión hacia Kárida. De pronto, una sombra siniestra comenzó a brotar y a rodear a la unicornia.

—¡Sí! —gritó ella extasiada mientras la oscuridad penetraba en ella por todos los poros de su cuerpo. Estaba alcanzando su objetivo—. El Mundo Faérico será mío, como debió haber sido desde el principio si la mequetrefe de mi hermana no se hubiera inmiscuido. ¡Ya siento el poder en mí, que va creciendo poco a poco! 

—¡Madre, tienes que detenerla! —suplicó Yardan.

—Con mucho gusto —respondió la Dama Blanca tomando con fuerza su báculo—. ¡No corras tanto hermanita, no permitiré que te utilicen para sus malvados fines!

Un rayo certero y luminoso salió del báculo de Karianna y alcanzó a su hermana, que fue arrojada por los aires para acabar impactando en el suelo.

—¡Lo conseguiste! —celebró Breena sin dejar de abrazar a Yardan. 

—¡Maldita metomentodo! —dijo Drëgo borrando la sonrisa de su rostro—, ¿cómo te atreves a interrumpir lo inevitable? ¡Te has ganado ser la primera en morir!

Tomó de nuevo el báculo del Druida Supremo con fuerza y lanzó un oscuro rayo en dirección a la Dama Blanca; pero ella, con sus rápidos reflejos, lanzó otro rayo de luz pura en su misma dirección. Ambos poderes se encontraron y pugnaron durante unos segundos: a veces avanzaba el oscuro y otras el de la luz. El suelo del claro empezó a vibrar ante el choque de semejantes poderes como si se estuviera produciendo un terremoto parecido a los que asolaron el reino durante el último cataclismo. Tal fue la agitación de la propia tierra que todos los presentes tuvieron que echarse al suelo. La unicornia y el druida siguieron haciendo fluir su magia ante los atónitos ojos de los presentes. Sin embargo, tras unos instantes, el tenaz rayo de energía luminosa que emanaba del báculo de Karianna empezó a hacer retroceder al de Drëgo, que observaba contrariado cómo su poder se debilitaba.

—No puede ser… —maldijo el malvado druida—. He empleado demasiada magia en mi proyecto y ahora no puedo doblegar a esa maldita unicornio.

—Haberlo pensado antes —lanzó Karianna triunfante mientras hacía retroceder a su enemigo y lograba desarmarlo—. No te preocupes, tendrás mucho tiempo para meditar sobre tu traición en las mazmorras de la torre arcana. Kórux, el Archimago, se alegrará de volver a verte.

A unos metros de distancia, Karkaddan trataba de reanimar a Kárida.

—Querida, ¿estás bien? —preguntó ante el cuerpo inmovil de su esposa caído al suelo tras el impacto del rayo lanzado por su hermana.

—No siento a la Dama Añil, no percibo su energía —dijo Tyria a Kyara mientras ambas se parapetaban tras un árbol—. Es como si hubiera… desaparecido.

—¿Mi hija ha muerto? ¡Yo os maldigo a todos y cada uno de vosotros! —espetó la antigua Dama Blanca apretando los dientes con rabia.

Sin embargo, en ese mismo momento, la silueta de Kárida comenzó a flotar en el aire envuelta por un halo de oscuridad que parecía haberla hecho tan ligera como una pluma. Sus ropas, lejos del añil que antes lucía, estaban ahora teñidas de negro y su cuerno, antes azulino y resplandeciente, brillaba ahora con un relucía oscuro y tenebroso.

—¡Drëgo lo ha logrado, admirad su creación final! Dad la bienvenida a… —anunció con gesto teatral mientras entregaba con una reverencia el báculo del Druida Supremo a su nueva creación—. ¡La Dama Negra!

La majestuosa unicornia había cambiado su tradicional elegancia por una mirada sádica repleta del más profundo de los odios. Caminó con la suavidad de una pantera hacia su hermana, que aún sostenía el báculo de la Dama Blanca. Tras ella, las damas y sus ejércitos se preparaban para lo peor.

—¿Quién es ahora la que corre demasiado? —murmuró la antigua Dama Añil justo antes de elevar el arma que había recibido de manos de Drëgo. Una onda expansiva de energía oscura lanzó a todo el mundo por los aires e incluso partió algunos troncos de los árboles cercanos. Todas las Damas saltaron por los aires, a excepción de la Dama Blanca, que se mantenía dentro de un escudo protector que los protegía a ella, a su hijo Yardan y a Breena.

—No puede ser, Kárida… —se sorprendió Karkaddan ante el inmenso poder que ahora poseía su esposa.

—Ha derribado a las damas de un solo golpe —advirtió Dagaz mientras se levantaba y se sacudía el polvo.

—Suerte que madre está de su bando —le respondió Isaz utilizando su maza de guerra para levantarse.

—Razas fieles —profirió la Dama Negra tras su evidente muestra de poder—, seguidme. Ignoremos a estos seres insignificantes. Para empezar, acudiremos todos a la Morada de los Druidas donde Drëgo podrá recargar su magia. Allí, las damas reorganizarán su ejército. Luego nos dirigiremos hacia la Aguja de Nácar y tomaremos el trono. La Dama Negra gobernará el Reino Faérico en una nueva era de gloria.

El príncipe Carlin se acercó a algunos de sus compañeros que aún se estaban poniendo en pié:

—Un hado siempre está del lado de los vencedores —sonrió con gesto macabro—. ¡Vamos efreet, avisa a la Dama Carmesí! —dijo a Sîyah, que asintió con rapidez y desapareció en un remolino de llamas—. Y vosotros, enanos, volved a la Forja Arcana y avisad a la Dama de Acero. Yo correré a llevar la gran noticia a la dama de las hadas.

Kárida, Drëgo y sus seguidores abandonaron el claro dejando tras de sí un paisaje desolado. Cuando se hubieron retirado, Karianna clavó una rodilla en el suelo y la barrera protectora se disipó. Estaba agotada y no solo físicamente.

—Es muy poderosa, es necesario que nos reagrupemos —aconsejó Breena ayudando a Édera a ponerse en pie. 


—Nos ha atacado a traición —dijo la Dama Esmeralda—. No hemos podido defendernos, pero la próxima vez estaremos preparadas

—Debemos volver a la Aguja de Nácar antes de que estén listos para su siguiente ataque —sentenció Kyara—. Es necesario alertar al resto de ancianas faéricas. Nos apoyarán en esta guerra.

—Un ataque contra sus iguales, las damas faéricas e incluso contra su anciana madre… —se lamentó Airlia, la Dama Turquesa, mirando con ternura a la Dama Blanca—. Definitivamente vuestra hermana ha cruzado una línea de no retorno.

—Creo que hace tiempo que la cruzó —reflexionó la Dama Blanca, que no solo había confirmado las sospechas respecto a la traición de Kárida, sino que había comprobado que su fidelidad a Drëgo era inquebrantable y su ambición infinita—, pero no será fácil vencerlos ahora que cuentan con tanto poder —dijo cabizbaja.

—Pero es necesario que lo intentemos, madre —dijo Yardán con una convicción que su madre nunca antes había percibido en sus ojos—. El futuro de nuestro mundo está en juego.

222 – EL CUERNO OSCURO I

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EL CUERNO OSCURO I

La luz del sol, filtrada por el denso dosel de árboles centenarios, dibujaba sombras en el manto de hojas del Bosque Mágico. El aire, cargado de magia ancestral, murmuraba historias tan antiguas como el mundo. La Dama Blanca avanzaba con paso firme. Su vestido blanco y vaporoso se movía al compás del viento y su melena dorada, que caía como una cascada de oro sobre sus hombros, brillaba con un resplandor casi etéreo. A su lado, su hijo, el joven Yardan, andaba con más temor que convicción. Miraba a izquierda y derecha a cada rato como si temiera que en cualquier momento fueran atacados por fuerzas oscuras. Frente a ellos, Breena, el Espíritu del Bosque, se deslizaba con elegancia adoptando la forma de un majestuoso ciervo espectral. Su cuerpo, traslúcido y resplandeciente, parecía flotar sobre la hojarasca del suelo iluminando su camino como una estrella errante. 

El claro estaba cerca. Karianna podía sentirlo en el aire: una sensación de tensión que presagiaba la inminente reunión. Kárida, la Dama Añil y hermana mayor de Karianna, aguardaba en aquel lugar. Tal y como se habían desarrollado los hechos en las últimas jornadas, aquel encuentro era más que una simple charla entre hermanas; era una reunión decisiva para tratar de evitar lo que para muchos ya parecía inevitable: que el Reino Faérico se sumiera en una guerra total.

El corazón de Karianna latía con fuerza por una mezcla de miedo y esperanza. Sospechaba que Kárida se habría unido al bando de los druidas, pero aún albergaba en su corazón un rayo de luz. Si podía hablar con ella a solas, si pudiese abrirle su corazón… Las cosas no habían ido muy bien entre ellas en los últimos tiempos, pero, en el fondo, eran hermanas y ese era un vínculo que estaba más allá de cualquier malentendido. Había conseguido, con la mediación de Breena, convocar la audiencia en un claro del Bosque Mágico, a medio camino entre la Aguja de Nácar y la Morada de los Druidas: un territorio neutral. Allí, aunque no sabía aún cómo, trataría de volver a atraer a su hermana hacia su bando antes de que estallara definitivamente aquella guerra fratricida. Sabía que si conseguía que Kárida regresara a su lado, las cicatrices de su pueblo podrían empezar a sanar. «Le contaré la verdad. Le hablaré desde el corazón y tendrá que escucharme». Como muestra de confianza en ella y también para tratar de ablandar su corazón, había llevado a la reunión a su hijo Yardan. 

Cuando finalmente llegaron al borde del claro, donde había un pequeño arroyuelo cristalino, Breena se detuvo. El Espíritu Protector inclinó su majestuosa cabeza, sus ojos brillando con sabiduría ancestral y adoptó su forma humana.

—Es aquí —sentenció.

Karianna respiró hondo sintiendo cómo el peso de la historia, del destino, caía sobre sus hombros. Estaba lista. Frente a ella, las hojas del claro se apartaban lentamente revelando la figura de Kárida. A su lado, como siempre, se dibujaba la silueta del fiel Karkaddan.

—Hermana —dijo la Dama Blanca—. He venido en son de paz a implorarte que me escuches. Sé bien que aprecias a Drëgo, pero créeme: los druidas no son lo que parecen. Los druidas nos han traicionado.

—Puede que seas tú la que no ve las cosas con propiedad —lanzó Kárida con un gesto cínico—, ¿nunca lo has pensado, verdad?

—Dí que sí, querida. Los estrechos de mente siempre creen tener la razón —le apoyó Karkaddan, su consorte.

—¡Tía Kárida, tío Karkadann! —gritó Yardan—. Nos han estado engañando todo este tiempo. En vez de gestionar los flujos de energía mágica, se estaban aprovechando de ellos. 

—Dama Añil —expuso Breena con todo suplicante y conciliador—. Algunas de las razas faéricas se han dejado envenenar, es muy importante que mantengamos la unidad en estos tiempos difíciles. No debe romperse la armonía faérica. Si vos, como dama de los unicornios, os mantenéis fiel a la Aguja de Nácar, muchos os seguirán.

El matrimonio rió abiertamente como si todo aquello les pareciera gracioso. 

—Ya lo sé —expuso Kárida con aire trivial—. Lo he sabido todo este tiempo. No eres la única que está bien informada de lo que pasa en el reino.

—¿Lo sabías y no nos dijiste nada? —murmuró Yardan confuso. Su madre, sin embargo, no se sorprendió. Tan solo confirmó sus peores sospechas.

—Lo sabía —repitió la Dama Añil—. Sabía que los druidas, nuestros bienamados protectores, absorbían la energía de los canales mágicos para su propio beneficio. En un principio me pareció sospechoso, pero al hablar con Drëgo… él me contó la verdad. ¿Y sabes cuál es la verdad? Crees saberla, pero no la sabes.

—No sé qué te han contado, pero…

—Toda la verdad —enfatizó Kárida—; que tus amados amiguitos del otro lado, liderados por ese Archimago al que tanto respetas, son los primeros en aprovecharse de nuestra magia; que la Aguja de Nácar es un invento realizado con el propósito de drenar la energía de nuestro mundo y que los verdaderos traidores siempre han sido los impromagos y su retorcido líder con el que pareces haber congeniado tanto ultimamente.

—Eso no puede ser cierto —lloró Yardan—. ¡El archimago es bueno! Nunca nos engañaría…

—Tranquilo hijo —respondió la Dama Blanca—. Tu tía no está en sus cabales. 

—Oh, sí. Sí lo estoy. De hecho, parece que soy la única que está en sus cabales. Porque tú, hermanita, te has dedicado a asesinar a nuestra gente cuando nadie miraba.

—Yo nunca haría… —comenzó a pronunciar Karianna, pero fue interrumpida.

—¡När, la Anciana Carmesí! ¿Acaso niegas que tú la mataste?

—Fue un… accidente… yo no…—titubeó Karianna mientras una lágrima resbalaba por su mejilla— Yo no quería…

—Así que por fin lo reconoces —dijo su hermana elevando la dureza de su tono—. ¿No sería acaso que la antigua dama había descubierto tus planes con el Archimago para someternos a todos?

—¿Cómo puedes pensar que yo…? —Karianna se sentía desarmada.

—Drëgo fue razonable —prosiguió Kárida—. Me dijo que si le guardaba el secreto compartiría conmigo su nuevo poder. Y que juntos devolveríamos el órden al reino. ¿Te imaginas? —preguntó retóricamente—. Un mundo donde yo fuera la que guiara los destinos de mi pueblo. Y díme, ¿quién en su sano juicio iba a resistirse a poder hacer justicia de una vez por todas?

—Así que era eso, siempre ha sido eso, ¿no? Es la envidia y la ambición la que te han cegado hasta el punto de creer a esa sabandija mentirosa antes que a alguien de tu propia sangre.

Justo en ese momento un portal se abrió detrás de Kárida y Karkadann y Drëgo apareció con expresión exultante.

—No es solo eso, Dama Blanca —se relamió el druida con una sonrisa sádica—. Drëgo tiene que reconocer que no podría haber avanzado tan rápidamente en la acumulación si no hubiera contado con la inestimable ayuda de los unicornios.

—Ya entiendo, no sólo lo sabías. ¡Les has estado ayudando! —dijo Karianna con gesto acusador.

En ese momento apareció un grupo de seres faéricos de entre la maleza.

—El Círculo de las Ancianas Faéricas nos envía para detener esta traición, Kárida —pronunció la Tyria, la anciana fauna—. Lucharemos al lado de la Dama Blanca.

Tras ella apareció Kyara, la madre de las hermanas unicornias, que miró a la Dama Añil con gesto severo.

—¿Tú también, madre? —dijo Kárida con gesto de hastío al verla. 

—Como antigua Dama Blanca no puedo permitir que unos humanos codiciosos rompan nuestro equilibrio —dijo ella—. Y como madre tengo que implorarte que entres en razón.

—¿En serio creéis que necesitábamos el apoyo de esos carcamales? —rió Karkaddan mirando de reojo a la Dama Blanca—. Señoras, retiráos y dejad el mundo a las nuevas generaciones —añadió con fingido respeto hacia las dos ancianas.

Kárida, con una malévola sonrisa que ninguno había visto antes en su rostro, tomó la posición central del claro y habló:

—Con el poder que los druidas han acumulado, seré invencible y me convertiré en la dama que gobierne los destinos del Reino Faérico. Restableceré el orden natural de las cosas y, ¿sabes algo, hermanita? —añadió con una media sonrisa—. Voy a disfrutar con ello como tú disfrutaste manipulando al Espíritu Faérico, a las damas y a nuestra pobre madre. Voy a disfrutar como tu lo hiciste rompiendo la Ley Druídica que prohíbe la mezcla de razas, fornicando con un hado y pariendo a ese engendro —añadió señalando a su sobrino que tembló aferrándose a la pierna de Breena.

Del pequeño arroyo que atravesaba el claro emergieron entonces varias formas acuáticas que tomaron el aspecto de un destacamento de ondinas. A la cabeza del grupo se hallaba de Airlia, la Dama Turquesa.

—Ya hay un orden natural de las cosas y también hay una Dama Blanca. —sentenció. Luego se volvió hacia Karianna haciendo una reverencia—. Todas las ondinas os apoyan.

De entre los árboles apareció un destacamento de faunos ataviados con armaduras de madera, hachas y lanzas. Estaban comandados por Quercus, Pezuña de roble, y la mismísima Dama Esmeralda.

—También los faunos —sentenció Édera con su melodiosa voz—. No nos gusta que los unicornios gobiernen, pero nos gusta menos que lo haga una desequilibrada y unos humanos con ansias de poder. Quercus, habrá que acabar con ellos.

—Pero, mi dama Esmeralda, ¿con todos? —dijo rascándose la cabeza y mirando a todos los presentes—. Si ni siquiera tengo claro cuales son los bandos…

—Los faunos sois valientes; vuestra fama os precede. Agradezco vuestro apoyo —respondió cortésmente la Dama Blanca.

Los soldados faunos y las ondinas se acercaron a Drëgo, Kárida y su consorte con gesto hostil, pero éstos no retrocedieron ni un ápice.

—Madre, ordénales que se rindan —sugirió Yardan—. Los superamos en número.

—Eso tiene solución —rió el druida enseñando sus dientes blancos en una mueca macabra. Alzó su mano hacia el cielo y un báculo se materializó como de la nada. Era la poderosa arma que había pertenecido por siglos a su difunto maestro Öthyn. De repente, su punta brilló lanzando un rayo de luz verdosa que se elevó sobre las copas de los árboles. Era una señal. La tierra sufrió una sacudida y, al instante, se formó una oquedad de la que salió un destacamento de enanos liderados por Otalan, Señor de los Túneles, ataviado con su corona y su báculo. Entre los soldados se encontraban sus fieros hijos, Isaz y Dagaz, cuyas enormes armas relucieron al ver la luz.

—Los enanos también son fieles a la tradición —sentenció Otalan—. No toleraremos que pongáis vuestras sucias manos encima de los druidas.

Isaz y Dagaz entrechocaron sus armas y gritaron con gesto amenazador respondiendo a la proclama de su padre. De pronto, empezó a oírse un revoloteo lejano que se iba acercando. A los pocos instantes aterrizó en el claro del bosque un batallón de hadas pertrechadas para la batalla. Estaban comandadas por el príncipe Carlín, que lanzó una mirada furibunda a la Dama Blanca.

—Aún quedan razas fieles al verdadero orden natural de las cosas. Las hadas lucharán al lado de los druidas, nuestros bienamados benefactores —dijo Carlin con una reverencia que encerraba un profundo rencor.

Sîyah, seguido por otros tres efreets, penetró en el claro como una exhalación, dejando tras de sí un rastro de hierba chamuscada. Se cruzó de brazos y miró a Karianna con gesto acusado.

—También los efreets darán su vida si es necesario. Mi Dama Carmesí así me lo ha encomendado.

—Parece que ahora nuestras fuerzas están igualadas —observó Drëgo satisfecho—. Veamos quién debe decidir el devenir del Mundo Faérico.

221 – EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS II

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EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS II

Al otro lado de las defensas, las fuerzas del Inframundo preparaban su golpe definitivo. El antiguo rey Rodrigo IV, padre de Amunet, se congratulaba admirando cómo las tropas combinadas de demonios y zíngaros habían conseguido, con sus artes oscuras, abrir una pequeña brecha en la barrera mágica de los impromagos. Varios demonios de pequeño tamaño habían conseguido entrar y estaban empezando a picar en los muros del palacio una pequeña grieta. Al percatase de ello, los arqueros del desierto comandados por el Escorpión de Basalto comenzaron a lanzar una lluvia de flechas que logró acabar con varios de los diablillos. Sin embargo, cada vez entraban más y más diablillos por la pequeña apertura, agrandando la rendija del muro.

—Vaya, vaya, qué orgulloso estoy de mi prole —dijo Rodrigo IV divertido ante lo paradójico de la situación—. Está claro que la semilla de los Rodrigo es fuerte. Lo bueno es que, pase lo que pase, mi prole gobernará —se volvió hacia Van Bakari que estaba a su lado mirando la escena con mucho menos entusiasmo que su compañero—. ¿Qué me dices, traficante? Tu plan ha salido a la perfección: pase lo que pase, gana la banca. 

—No os creáis, ex-Majestad —dijo el traficante que acariciaba su anillo mientras reflexionaba en voz alta—, la aparición de ese segundo demonio ha decantado la balanza demasiado rápido… Mi idea era aprovechar la carnicería para hacerme con el mayor número posible de almas, pero esa emperatriz y sus ejércitos infernales lo están acaparando todo.

—¿Y no es lo mejor que nos ha pasado? —sonrió pletórico el antiguo rey mientras arengaba a las tropas demoníacas—. ¡Vamos, vamos! ¡Atacad con fuerza! ¡Hay que ensanchar esa brecha para que puedan entrar los demonios más grandes! 

—Los hombres de negocios y, en esto incluyo a los traficantes de almas —expuso enigmático Van Bakari—, no estamos precisamente a favor de los monopolios. No sé si me explico.

Detrás de él aparecieron, como de la nada, dos sombras susurrantes que se colocaron detrás de cada hombro del traficante.

—Uy, uy, uy… qué feo decir esas cosas de nuestra emperatriz… —murmuró Érebos en tono de reproche juguetón.

—Deberían arrancarte la lengua por eso, Van Bakari… —sonrió Barastyr mientras zarcillos de oscuridad rezumaban por su ojo derecho. 

El traficante de almas, ligeramente sobresaltado por las oscuras presencias, se arrepintió casi al acto de haber hablado de más. ¿Cómo harían los consejeros para aparecer siempre en el momento más incómodo?

—Yo solo hacía una apreciación de tinte… económico, nada más. Recordad que no soy más que un humilde hombre de negocios —se excusó haciendo una reverencia teatral tratando de no perder su habitual aplomo.

—No te preocupes por eso, nuestra señora es benevolente y no olvida los servicios que le has prestado —respondió Barastyr tratando de tranquilizarlo—. Tendrás tu recompensa cuando el palacio caiga.

—La Oscuridad te debe mucho, traficante de almas —añadió Érebos con algo que, de no haber sido proferido por un ser tan siniestro, podría parecer un elogio—. Sin tu idea de utilizar el alma de Rodrigo IV para engendrar a la nueva emperatriz, nada de esto hubiera sido posible.

—¡Eh, que estoy aquí! —dijo el antiguo rey con aire indignado—. A veces hacéis que me sienta como una simple cabeza de ganado… ¡Vosotros! —añadió con rabia dirigiéndose a unos diablillos que no lograban entrar por la recientemente abierta brecha—. ¡Echadle más ganas! ¡Es una orden!

—Bueno, bueno —irrumpió la Emperatriz Tenebrosa con una sonrisa triunfante—. Mis infernales amiguitos haciendo piña. ¡Así me gusta!

Venía seguida de sus dos demonios de confianza: Xezbet, su consorte y Áxbalor, su nueva mano derecha. Parecía que tras la liberación de este último, las tiranteces entre Amunet y sus demonios no solo habían desaparecido, sino que su relación atravesaba un momento de acaramelado cariño mutuo. Los dos Altos Demonios, por su parte, no se separaban de su señora ni un solo momento.

—Mi señora, —anunció Xezbet, Señor del Engaño, como quien entrega un presente fruto del más puro amor— os hemos traído frente a las murallas para que contempléis la conquista final del Palacio de Ámbar.

—Es el regalo de los Altos Demonios para nuestra Emperatriz de los Dos Mundos —apostilló seductor Áxbalor, el demonio de la lujuria.

—Haréis que me ruborice… —respondió ella, quién parecía haber vuelto a la adolescencia que el destino le había arrebatado—. Esperad, ¿quiénes son esas figuras de aspecto siniestro?

A lo lejos, cerca de la pequeña brecha abierta por los demonios, el Supremo Benevolente Inocencio I y sus más cercanos fieles se acercaron hasta la barrera mágica. El Sumo Pontífice apoyó sus manos desnudas sobre aquella mágica barrera de brillo anaranjado y de sus palmas empezó a brotar una oscuridad que abrió una grieta aún más grande que la que habían logrado abrir los demonios. De ella, ante la atónita mirada de Amunet y sus demonios, comenzaron a salir Inocencio y sus acólitos gritando consignas religiosas sobre el Titán Oscuro. Los dos altos demonios se pusieron en guardia, ponderando si aquella irrupción podía ser una amenaza. Sin embargo, Amunet les hizo una señal para que bajaran las armas.

—Vaya, vaya. ¿Esto es otro regalo para mí? —dijo la emperatriz divertida.

Inocencio, que presidía la comitiva, se postró ante ella como acto de vasallaje. 

—La Iglesia del Titán Oscuro ha visto la luz, o mejor dicho, la Insondable Oscuridad —pronunció con su voz profunda y todos los demás le imitaron arrodillándose tras él—. Hemos entendido que vuestra victoria es inevitable y que, por tanto, complace al Titán Oscuro. A partir de ahora contad con mis fieles entre vuestras filas: seremos vuestro ejército.

—Uy, me encanta la gente que sabe cambiar de chaqueta a tiempo —murmuró con ironía Rodrigo IV, el Resurrecto, lanzando una mirada de complicidad que Van Bakari le devolvió con una sonrisa forzada.

—Estimado Inocencio, eres bienvenido a las filas de la Oscuridad —aprobó Érebos con satisfacción.

—Donde siempre debiste estar. El Titán Oscuro está satisfecho —convino Barastyr con el mismo regocijo que su compañero.

—Bueno, no tengo nada en contra de que me rindan pleitesía. Además, estos amables señores han abierto una brecha aún más grande en las defensas —dijo Amunet a sus demonios—. Ahora que nuestros enemigos están expuestos y la oscuridad del Titan se ha extendido por el reino, tomemos el castillo. Tengo un Trono de Ámbar sobre el que sentarme.

Los ejércitos infernales comenzaron a penetrar en masa por las brechas creadas y alcanzaron rápidamente la muralla. Las flechas de los nómadas volaron raudas ensartando a más de un diablillo, pero demonios más grandes empezaron a penetrar en el recinto a medida que las rendijas se abrían. La propia Amunet, seguida por su séquito personal, comenzó a dirigirse rumbo al palacio con paso firme y decidido. No obstante, al alcanzar el patio de armas, un pintoresco grupo de enemigos les hizo frente. Eran dos impromagos: aquel que se hacía llamar Archimago y un joven pelirrojo cuyo nombre no recordaba. 

—¡Un momento, demonios! —rugió Grahim sacando fuerzas de su flaqueza—. Habréis derribado nuestra barrera y la muralla, pero aún no habéis acabado con todos nosotros.

El impromago comenzó a formular un conjuro creando una enorme bola de fuego en el aire.

—Amunet, ahora probarás todo el poder de Skuchaín —dijo el archimago sumándose al hechizo de Grahim,  agrandando la enorme bola incandescente.

—¡Abraxas! —gritó Amunet lanzando un rayo hacia la inmensa bola de fuego que estalló haciendo saltar a los dos impromagos por los aires disipando el hechizo que estaban preparando—. ¿Cuándo aprenderán a no jugar con fuego?

Para sorpresa y regocijo de Amunet, pudo ver que, tras los dos cuerpos que ahora yacían en el suelo algo chamuscados, se encontraba la mismísima Reina Melindres que, al ver a su escolta en el suelo, dió un paso al frente y habló con decisión:

—Amunet, sabes que hemos luchado con valor incluso sabiendo que era inútil oponerse a tu poder. Espero que, al menos, valores nuestra determinación. Has vencido, por lo que te entrego mi corona y mi vida si la quieres tomar —sentenció la reina con solemnidad quitándose la corona de la cabeza y extendiéndola hacia la nueva Emperatriz de los Dos Mundos—.  ¡Ahora deja que mis hijos se marchen en paz! 

—Bla, bla, bla, bla… —dijo Amunet con soniquete burlón—. Siempre con tus monólogos y discursos. ¿Sabes qué, reina de pacotilla? Me he cansado de oírte.

Cogió su báculo con fuerza y lo elevó al cielo gritando un antiguo y poderoso nombre:

—¡Luxanna!

Apuntó hacia la reina lanzándole un rayo oscuro con brillos rojizos. Melindres abrió la boca para pronunciar una nueva súplica, pero no salió de ella ni un leve susurro. Sus labios temblaron en un esfuerzo inútil por formar palabras que ya no existían. Llevó una mano a su garganta sintiendo la piel fría, como si el propio silencio se hubiera enroscado en su interior. Intentó gritar, pero fue en vano. Era como si su lengua hubiera desaparecido, como si jamás hubiera existido. Sus ojos, antes llenos de autoridad, ahora reflejaban puro terror.

Los infantes, que habían visto la escena desde la ventana, salieron al patio de armas corriendo hacia su madre, pero Suhaila y Shuleyma lograron retenerlos. Naisha, a su vez, se interpuso entre la familia real y la emperatriz apretando las palmas de sus manos.

—No vais a cruzar este umbral —dijo Naisha con serenidad mientras en su interior los elementos se preparaban para protejer el último bastión de esperanza de la amenaza definitiva.

Zoraida, sin embargo, se zafó del brazo de Shuleyma. Dio un paso al frente y se encaró a Amunet. 

—¡No puedes matarla, cruel emperatriz! Ni a ella ni a ninguno de los míos —sentenció como si una razón ancestral la amparara y no temiera a aquella mujer.

—Es cierto, Nexara hizo un buen trabajo permitiéndome entrar en esa cabecita tuya a través de tus sueños —dijo acariciando su báculo donde aún guardaba a la menor de las tres súcubas— Has sido la mejor espía que cabría imaginar.

—¡Pero hicimos un pacto inquebrantable! Te entregué mi alma y te dejé entrar en mis pensamientos para que mis ojos y oídos fueran los tuyos a cambio de la protección de la vida de mi familia.

La Emperatriz Tenebrosa dedicó una sonrisa sádica a la joven. 

—Soy consciente de lo que te prometí y eso he hecho querida —dijo Amunet con fingida clemencia—. Ningún miembro de tu familia morirá esta noche. Pero, creo recordar que nadie dijo nada de sus lenguas.

Lanzó una risotada maligna que fue coreada por sus demonios,  su padre y sus consejeros. Sólo  Van Bakari observaba la escena desde las sombras con expresión circunspecta.

Zoraida corrió hasta su madre y la abrazó.

—Madre, siento no haber sido la mejor hija que una reina podía desear, pero no podía soportar perder de nuevo a alguien tan importante para mí… —murmuró la infanta con lágrimas en los ojos—. Por eso ofrecí mi alma al Inframundo a cambio de que no os matara como hizo con Sancho.

Comenzó a andar hacia la Emperatriz y, justo antes de alcanzarla, se volvió hacia su madre.

—Siempre os querré —dijo con voz tierna mientras extendía su mano hacia Amunet y ella la tomó. La pequeña Zoraida desapareció dejando tan solo tras de sí un humo oscuro.

—Bien, su alma ya me pertenece —se congratuló la emperatriz.

Melindres, con lágrimas en los ojos, se quitó la corona y dio un paso al frente. Las damas escorpión se dispusieron a acudir,  pero ella señaló hacia su heredero, su único hijo vivo: Rodrigo. Sin mediar palabra, pero con una mirada dura como el acero, recordó a sus medio-hermanas que su prioridad era proteger el linaje de Ámbar. Avanzó hacia la emperatriz y dejó la corona a sus pies.

—Así es mejor, no es necesaria la violencia si vienes conmigo por las buenas —concluyó Amunet satisfecha—. Ahora te enviaré a tu nueva celda en la Sala de la Condenación; allí podrás ver a tus hijos, pero ya nunca más hablarás con ellos.

Se dispuso a tocar a la reina para mandarla junto a su hija, pero en el último momento lanzó:

—Uy, se me olvidaba. ¡Qué estúpida soy! —dijo la emperatriz fingiendo un descuido—. El rayo con el que maté a tu hijo Sancho maldijo su alma y lo dejó ciego, con lo que él no podrá verte. Va a ser una condena eterna muy divertida, Melindres. Seguro que acabarás deseado haberme dado lo que era mío cuando tuviste la oportunidad.

Melindres se acercó a Amunet con los ojos vidriosos. Nunca, en su larga trayectoria causando sufrimiento ajeno, la pequeña Melindres Von Vondra hubiera imaginado para sí un final tan cruel. Ofreció su mano a la Emperatriz Tenebrosa en señal de derrota, pero antes lanzó a su hijo Doddy una última mirada de ternura. Este último sacrificio lo hacía por sus retoños, por el último que le quedaba; la esperanza de su linaje. Daba su vida por lo único que alguna vez había amado: la sangre de su sangre. Doddy, a su vez, le devolvió la mirada con una expresión de desasosiego que transmitía un sordo y desvalido: «Madre, no me abandones».

Con un toque de su delicada mano, Amunet mandó a la antigua reina al lugar más oscuro del mundo, donde le esperaba el mayor sufrimiento posible.

Imperturbable, Naisha, seguía concentrando su poder en silencio y con los ojos cerrados, focalizada en su único propósito.

—¡Te prometo, madre, que os sacaré del Inframundo! —gritó Doddy con furia tras oír la cruel sentencia de la Emperatriz Tenebrosa.

Desde la distancia, Van Bakari, lanzó una mirada lacónica a Rodrigo IV:

—Madre mía, qué grado de maldad. Hemos creado un monstruo, me horroriza hasta a mí… —dijo tratando de tapar el horror con una máscara de redomado cinismo.

—A mí las hijas siempre me han salido de armas tomar… —se lamentó Rodrigo IV.

—Y ahora me cobraré mi última gran presa: el heredero —se relamió Amunet—. No puedo matarlo, es cierto, pues he firmado ese absurdo pacto —añadió con hastío—. Pero ya habéis visto que todo contrato tiene ciertas lagunas legales. Quizás pueda quitarle también la vista, el oído o incluso dejarlo ciego como a su hermano. ¿Quién querrá un rey en esas condiciones? —preguntó con una sonrisa mientras preparaba el báculo— A ver, ¿por dónde empezaré?

La Emperatriz Tenebrosa invocó de nuevo el poder de Luxanna, pero ningún rayo emanó de su báculo. Parecía muerto, sin vida.

—¡Maldita Sacerdotisa! —gruñó mirando a Naisha con gesto acusador—. ¿Qué magia es esta?

—El poder de los Elementos es impenetrable incluso para ti, Emperatriz Tenebrosa —la voz de Naisha, como un estanque en calma, pronunció las palabras adecuadas y todo el poder que había estado acumulando se desató en un instante—. Totum exiliat.

Ante los ojos nerviosos de Amunet, Doddy se volatilizó, como también lo hicieron las damas escorpión y los maltrechos magos: Grahim y Kórux.

—¡La Oscuridad te lleve, Naisha!, ¿qué has hecho con el heredero? —profirió la emperatriz con una mirada furibunda.

—Ahora el infante y sus guardianas, así como Kórux y Grahim,  se encuentran muy lejos de aquí y fuera de tu alcance. Tienes tu trono, Emperatriz —dijo recogiendo la corona de Melindres del suelo y entregándosela—, pero algún día el legítimo heredero, descendiente de los elegidos por el Titán de la Luz, volverá para recuperar lo que es suyo.

Acto seguido, y antes de que Amunet o sus demonios tuvieran tiempo de reaccionar, el cuerpo de Naisha se desvaneció como si fuera una llama de fuego que se apaga de un simple soplido.

—¡Maldición! —rugió la emperatriz.

—No te preocupes, hija. Era lo que querías, ¿no? —trató de consolarla su padre.

—Tienes tu corona, querida —convino Xezbet— y podremos gobernar Calamburia desde el Trono de Ámbar. Hemos vencido.

—Es cierto, no hay que olvidar que hemos conseguido nuestro objetivo. Todo va bien, si acaba bien —sonrió Áxbalor pensando en todas las almas que ahora podría corromper.

—Y la Iglesia del Titán Oscuro—añadió Inocencio— preparará la Ceremonia de la Coronación, mi tenebrosa señora. La Santa Hermandad velará por implementar un nuevo régimen en que el altar y el trono sean uno. ¡Eterna es la crueldad del Titán Oscuro! —clamó con sus ojos ardiendo con fervor—. ¡Eterna es su justicia! ¡Y que eterno sea también vuestro reinado!

La oscura comitiva de Amunet se alejó del patio de armas rumbo a la sala del trono. El único que se mantuvo quieto y pensativo en el patio de armas fue Van Bakari, el traficante de almas.
«He creado un monstruo ambicioso e insaciable —se lamentó como si la situación hubiera excedido sus cálculos iniciales—. Puede que, por el bien del negocio, alguien deba pararle los pies a la Emperatriz de los Dos Mundos y quizás… —añadió rascándose la barbilla—. Se me está ocurriendo quiénes y cómo podrían hacerlo.

220 – EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS I

Personajes que aparecen en este Relato

EMPERATRIZ DE LOS DOS MUNDOS I

Se respiraba un ambiente sombrío en el Palacio de Ámbar. Los ejércitos de Amunet habían logrado hacer retroceder a las tropas reales hasta obligarlas a refugiarse tras los muros de la imponente fortaleza. Las huestes infernales habían empezado a levantar sus campamentos para prepararse para un largo asedio. Los defensores del castillo, que habían hecho acopio de víveres y agua, se disponían a resistir hasta el final, pero el futuro se auguraba poco halagüeño para aquellos que se mantenían fieles a la corona. No solo Áxbalor, el Alto Demonio, que había sido liberado del báculo, luchaba al lado de la Emperatriz, el clan de los zíngaro había acudido por las noche cubiertos por el manto de la penumbra. Querían unirse a las huestes de Amunet clamando venganza para su antigua matriarca. Incluso Van Bakari, el traficante de almas, se había sumado a las fuerzas infernales con su ejército de redivivos.

Kórux, el Archimago, lanzó un rayo fulminante que redujo a cenizas al esqueleto no-muerto que le impedía el paso. Dió un salto y esquivó la embestida de un diablillo de un solo cuerno que se lanzó sobre él con la desacertada intención de derribarlo. Acto seguido, le lanzó una ráfaga de fuego frío que prendió al tocar su piel. Mientras el ser del Inframundo gritaba desesperado y se revolcaba por el suelo tratando de apagarlo, Kórux alcanzó la barrera protectora y entró a la zona segura. Ya estaba dentro. Varios guardias lo saludaron con sumo respeto y él se dirigió hacia el palacio. 

Notó que la moral de la tropa era notablemente baja; parecía que la esperanza de los defensores iba menguando poco a poco. Sin embargo, vio a los hombres de fe y a gran parte del pueblo llano bastante enfervorecidos gritando consignas religiosas. Sintió cierto orgullo al sentir que el Todopoderoso Titán Oscuro había decidido bendecir al pueblo con su fe. La necesitarían para vencer a Amunet.

Al alcanzar el segundo piso, pudo ver a Grahim, el impromago, coordinar al resto de impromagos desde un elevado balcón para que mantuvieran la defensa mágica.

—¡Vamos, no os durmáis en los laureles! Somos la esperanza de toda esta gente. ¡Quiero que esta barrera resista cueste lo que cueste!

—Grahim, ¡que bien que hayas llegado a tiempo!

—Hace poco, Archimago. He tenido que usar el hechizo de los pies ligeros que nos enseñó Judäthyn y he acabado con las plantas llenas de ampollas —dijo tratando de ocultar el dolor—. Pero, gracias a la benevolencia del Titán Oscuro, he llegado desde la torre arcana en un periquete: justo a tiempo para tratar de coordinar esto —añadió señalando con la varita en derredor con un breve gesto de muñeca. 

—Sí, es una lástima que no podamos teleportarnos… —se lamentó Kórux—. Yo mismo he tenido que encargarme de algunos enemigos para poder entrar en Ámbar. El asedio ha rodeado completamente la ciudad, menos mal que logré que Minerva regresara a Skuchaín con la escolta real. Este sitio ya no es seguro. Tengo que reconocer que habéis hecho un buen trabajo con la barrera protectora, los muros no hubieran resistido mucho tiempo a ese ejército de demonios —le felicitó Kórux mientras miraba satisfecho la gran cúpula protectora que envolvía todo Ámbar con un brillo anaranjado.

—Gracias, Archimago —respondió Grahim tratando de no mostrarse demasiado orgulloso de sí mismo—. Y usted, ¿qué tal en su misión diplomática? ¿Tenemos a los piratas?

—Los tendremos —respondió con tono agridulce—, pero me temo que tardarán en llegar. Kalzaria no está cerca precisamente y las tropas de Amunet se extienden por todo el reino como una mancha de aceite.

—Espero que se den prisa, cada vez son más enemigos —dijo el impromago con cierta preocupación en la voz.

En ese instante, un proyectil de las catapultas enemigas impactó en la cúpula haciéndola vibrar. Grahim se llevó las manos a la cabeza como si temiera que el hechizo no resistiera.

—Me gustaría poder tranquilizarte Grahim, pero lo cierto es que yo mismo, con todo mi poder, empiezo a pensar que puede que perdamos esta batalla —dijo Kórux sin perder la compostura—. Pero recuerda el plan de Minerva: la corona debe sobrevivir. 

Entonces una extraña aparición de brillo cegador interrumpió su conversación. Los magos contemplaron atónitos a un hermoso ser que flotaba muchos pies por encima de las huestes infernales, como mecido por el aire mismo, acercarse al castillo. Aquella entidad atravesó la barrera de protección como si la magia, en vez de repelerla, la abrazara con cariño maternal. La figura se posó con suavidad ante Kórux y Grahim: era Naisha, la mismísima Sacerdotisa de los Elementos, considerada por muchos el ser más poderoso de Calamburia. La solemne guardiana había abandonado finalmente sus dominios para acudir a la batalla. ¿Lograría su repentina aparición devolver el equilibrio a la balanza?

—Os agradecemos que hayáis abandonado vuestro templo, Sacerdotisa —dijo el Archimago con una reverencia.

—No suelo hacer este tipo de cosas —expuso ella con gesto algo sombrío como rasgada por un profundo dolor reciente que aún no había cicatrizado—, pero he perdido a alguien muy querido por culpa de esa emperatriz y sus aliados —dijo lanzando una furibunda mirada al campamento zíngaro que había aparecido en lontananza—. La Oscuridad se está extendiendo. He sentido su influencia e incluso he tenido que enfrentame contra una de sus materializaciones: el Titán Oscuro está más cerca de lo que pensamos.

—Lo lamentamos profundamente, Sacerdotisa —dijo Grahim con gesto doliente—. Cada vez que contemplo las tropelías que cometen los zíngaros con su magia, no puedo evitar avergonzarme de una parte de mí… pero el Titán Oscuro nos protegerá.

Ella se acercó a él en silencio y le dedicó una mirada tierna , pero cargada de preocupación. Sabía que la fe hacia el Titán de la Oscuridad ya se había impuesto en los confines de Calamburia, corrompiendo a las almas más débiles. Sin embargo, no era la batalla que debía librar ahora. Por mucho que esa fe se extendiera, su misión era otra más urgente y no podía permitirse perder el foco.

—No te preocupes, Grahim. Esta no es una cuestión de sangre. Cada ser elige su bando en esta batalla —murmuró poniendo su delicada mano sobre el hombro del aspirante a profesor—. Mi misión no es vengar a mi querida Kesia, aunque es algo que haré con sumo gusto. Vengo a tratar de restaurar el equilibrio. Los elementos están alterados. Alguien ha intentado mancillar su pureza y no tengo ninguna duda de que esa emperatriz tiene la culpa. Además… —añadió con una mueca que escondía cierta nostalgia— parece que Van Bakari, mi viejo enemigo, se ha unido a ellos.

—Así es —confirmó Kórux con gesto de preocupación—. Ese traficante de almas ha estado detrás de esto desde el principio. Él movió los hilos con sus artes oscuras para que Amunet pudiera ser engendrada. 

—Muy propio de él: sembrar el caos y tratar de ganar ventaja en la confusión —sentenció  Naisha con palabras en las que resonaban rencores pasados—. A saber cuántos años lleva trabajando esa retorcida hormiguita para conseguir esto —añadió extendiendo los brazos al inmenso campamento de las huestes infernales y sus aliados. 

—Por eso es de vital importancia que, suceda lo que suceda, se mantenga la línea dinástica —dijo Kórux a Naisha—. Debemos proteger a los herederos a toda costa. Si el joven Rodrigo cae, nada se interpondrá ya en el camino de Amunet.

—No os preocupéis, protegeré al heredero en caso de que esos demonios consigan penetrar en el castillo. El poder de los elementos no permitirá que la Oscuridad rompa la paz de este reino —sentenció la sacerdotisa con decisión.

—Minerva ha insistido en que, para que su plan de reunificación pueda desarrollarse a la perfección, el heredero tiene que sobrevivir pero… ¿qué hay del resto de la familia real? —preguntó Grahim algo incómodo.

—No quiero engañaros. Si la cosa se complica, como creo que va a pasar… —enunció Kórux con resignación— puede que no seamos capaces de salvarlos a todos. Recordad que, en todo caso, la prioridad es siempre proteger al heredero y a la infanta.

De repente, Doddy y Zoraida salieron al balcón azorados corriendo como alma que lleva el diablo.

—¡La baddeda mágica ha caído! ¡Sus oddaz ya están penetdrando en el pedímetdo de Ámbad! —gritó el príncipe aterrorizado con su rostro juvenil perlado de sudor. 

—¡Archimago, Sacerdotisa! —chilló a su vez la infanta Zoraida que corría tras él—. Los demonios han superado la cúpula protectora y ahora están atacando la muralla principal. Se acercan, pero no os preocupéis porque, si estamos juntos, nada malo puede pasarnos…

En ese instante, la infanta profirió un sonoro alarido mientras se llevaba la mano a la cabeza como si le doliera sobremanera. Cayó al suelo sobre sus rodillas como si se hubiera debilitado repentinamente. El Archimago, preocupado, le tendió la mano para ayudarla a levantarse.

—¿Qué os ocurre, Zoraida? —preguntó Kórux.

—Nada, solo un dolor de cabeza —explicó ella tratando de quitarle hierro al asunto—. Nada importante. Debe de ser por el ruido de la guerra; esta noche no he pegado ojo.

—Debéis descansar, infanta —dijo con tono paternal—. Nos esperan a todos jornadas muy duras.

Zoraida se alzó fingiendo estar completamente repuesta.

—Vamos Grahim —ordenó entonces el Archimago—, el ejército necesita de nuestra magia más que nunca. Naisha, os ruego que protejáis a los infantes.

—Seré su guía y su escudo —sentenció la sacerdotisa con una leve inclinación de cabeza. Mientras los observaba partir, pensó en silencio que si había alguna esperanza de devolver a Calamburia la fe en el Titán de la Luz, estaría albergada en esos infantes, descendientes de los elegidos, con su marca grabada en el cuerpo. El poder de la luz aún podía renacer en ellos y sabía que debía protegerlos a toda costa.

Anaid, Tasac y el resto de los impromagos recién graduados se habían quedado protegiendo la torre arcana liderados por Trai y Periandro. La labor más arriesgada, la de proteger el castillo con su magia, había recaído sobre ellos: Kórux, Grahim y algunos de los impromagos más veteranos. Tener a Naisha en la retaguardia protegiendo a la familia real les daba mucho mayor margen de maniobra. Si eran lo suficientemente rápidos y la grieta en el muro no había sido demasiado grande, quizás podrían volver a sellarla a tiempo para evitar que los demonios entraran en el palacio.

Los infantes, haciendo oídos sordos a las advertencias, hicieron ademán de seguir a los adultos al campo de batalla, pero su madre, la reina, apareció de repente agarrando a cada uno un brazo con fuerza.

—Vosotros dos os quedaréis aquí protegidos por Naisha —dijo Melindres—. Sois la única esperanza del Trono de Ámbar. Amunet quiere reclamar la corona para sí y ser proclamada Emperatriz de los Dos Mundos. Si se libra de vosotros dos le habremos allanado el camino, pues será la única heredera posible a la corona.

Doddy y Zoraida tragaron saliva, los ojos oscuros y severos de su madre no parecían admitir réplica alguna. Por si fuera poco, y sin dejar de pensar en el hueco que había dejado la muerte del pequeño Sancho en su corazón, no se conformó con las medidas que había tomado. Se volvió y llamó a sus guardianas personales.

—¡Shuaila! ¡Shuleyma!

Las damas escorpión entraron en la estancia con diligencia pero de forma sigilosa. Al fin y al cabo, eran entrenadas asesinas y hábiles guerreras.

—Hermanas, os libero de vuestro juramento. Ya no tenéis que protegerme —sentenció la reina.

—Pero Majestad, nuestro padre, el Escorpión de Basalto, ordenó… —comenzó a replicar Suhaila.

—Nuestro padre gobierna sobre los nómadas de las arenas, pero no olvides quién es tu reina —la interrumpió secamente Melindres—. Quiero que protejáis a mis hijos con vuestra vida si fuera necesario. 

Hubo un silencio tenso, pero en la mente de las dos nómadas resonó el recuerdo de la muerte de infante que no pudieron evitar. Ambas miraron al suelo durante un instante y finalmente cedieron ante la inquebrantable determinación de la reina.

—Así lo haremos, hermana. Rodrigo y Zoraida vivirán o moriremos todos —acató Shuleyma llevando su daga al pecho a modo de juramento.

—Os lo juramos por el Escorpión Sagrado —añadió Shuaila imitándola.

Mientras las hermanas conversaban, la Sacerdotisa de los Elementos se acercó a la pequeña infanta y le habló en voz baja, con disimulo pero con el gesto grave.

—Sé lo que te ocurre princesa y creo que ha sido un grave error dejar entrar a la emperatriz de los infiernos en tu cabeza. 

Zoraida la miró con una mezcla de sorpresa y vergüenza.

—Sé que es persuasiva y tiene un extraño poder —continuó exponiendo Naisha—. Lo he sentido en mi propia carne no hace mucho, pero debes resistirte. Tienes que saber que un pacto con los demonios nunca trae nada bueno y menos ahora que están potenciados por el Titán Oscuro.

—Ya he perdido a un hermano —susurró la pequeña a modo de respuesta—. Si algo he aprendido de Periandro y Cristóforo es que una princesa siempre tiene que estar dispuesta a hacer lo que sea para proteger a los suyos.