225 – ALUCINO, LANGOSTINO

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ALUCINO, LANGOSTINO

La marea estaba apacible en Aurantaquía, el reino sumergido. Los tritones vivían tranquilos alejados de la vorágine de oscuridad que reinaba en Calamburia. Como de costumbre, la reina Egea observaba maravillada los coloridos jardines de coral del palacio por los que su hijo y su inseparable amigo nadaban. Ahí estaban, perturbando la paz de los pobres peces que los rodeaban. Bajó la escalinata hacia el jardín y los llamó.

—Por el Titán, ¿queréis dejar a los pobres peces tranquilos? —les recriminó.

—Perdonad madre, ya paramos —respondió Caspio acercándose hacia ella con su compañero.

Caspio era el primogénito de Egea e Itaqua, los amados reyes de Aurantaquía. Se trataba de un travieso niño que se pasaba las horas buscando nuevas aventuras que vivir. Había luchado contra fieros meros, escurridizos lenguados y terroríficos rapes. La reina sonreía divertida: padre e hijo eran como dos gotas de agua. Todas las noches los dos se reunían en el salón Mussidae alrededor del Gran Coral Cerebro y se contaban sus andanzas. El pequeño se sentaba en el regazo de su padre y lo miraba con unos enormes y preciosos ojos curiosos. “Alucino” repetía siempre el niño, a lo que su padre le hacía rabiar respondiéndole “langostino”. Sin duda, era uno de los momentos preferidos de Egea. Ese y ver a su travieso hijo y a su amigo Traqua volver al palacio manchados de cola a cabeza.

Traqua era el hijo menor de la familia Attina, la más prestigiosa de la más alta casta del reino y, como tal, tenía una estrecha relación con la familia real. Aunque las familias habían tenido sus diferencias en el pasado, éstas cayeron en el olvido cuando Itaqua se ciñó la corona, o eso creía el rey. En la actualidad los niños eran inseparables: Traqua cubría las trastadas de Caspio y lo consolaba cuando sus padres lo reñían y Caspio defendía a su amigo cuando sus hermanos mayores y sus primos lo acosaban por confraternizar con el príncipe, al que su familia odiaba en secreto. Eran como hermanos; dos alocados niñitos que soñaban con protagonizar peligrosas aventuras.

—Sentaos —dijo la reina—, os contaré una historia.

—¡Qué bien! —gritaron los niños mientras se sentaban; les encantaba cuando la reina les contaba viejas leyendas.

—Hace mucho tiempo —comenzó—, mucho antes del despertar del Leviatán, el rey Arqua gobernaba Aurantaquía. El pueblo lo amaba por su carácter noble e indulgente, aunque no titubeaba a la hora de impartir justicia. El Titán lo bendijo con dos preciosos gemelos: Itaqua —tu padre— y Anfítrite. No obstante, mientras Itaqua había heredado el dulce y justo carácter de su padre, su hermana rebosaba maldad y envidia. Se entretenía torturando a los vasallos y masacrando a los seres que nadaban por entre los corales. Decía que oía voces dentro de su cabeza. Desesperado, el rey recurrió a los mejores sanadores del reino para tratar de curar la atormentada mente de su hija que, conforme crecía, se volvía más y más oscura. Un día, la pérfida princesa descubrió que la grieta del este lindaba con el pueblo de las ondinas del mundo faérico. Guiada por las voces de su cabeza salió a la superficie para visitar a una poderosa bruja de pelo verde esmeralda. Ella le prometió la corona de ambos pueblos a cambio de una reliquia: la caracola que habría recogido las últimas lágrimas del Leviatán cuando cayó al mar. Un objeto con tanto poder que sólo podía ser anulado por la Guardiana de los Elementos. Sin dudarlo, se dirigió a la Gran Fosa Abisal, frontera con el reino ondino, donde abrió una enorme brecha que hizo temblar las profundidades del Kal-a-Mar. Alertado por los ecos de guerra que llegaban al palacio, Arqua partió con sus mejores guerreros y, tras una cruenta batalla, le arrebató el tridente a su hija y la condenó a vagar por los mares del norte. Desde entonces se la conoce como la bruja del mar.

—¡Hala! —exclamó Traqua fascinado.

—¡Alucino langostino! —apostilló Caspio tan fascinado como cuando escuchaba los relatos de su padre. Sin duda le preguntaría por ello esa misma noche—. ¿Y nunca volvió?

—Nunca se ha vuelto a saber de ella —declaró la reina.

Lo que la reina ignoraba era que la bruja del mar nunca encontró la reliquia que necesitaba, porque el patriarca de la familia Attina la había encontrado años atrás. La caracola tenía el poder de cambiar la densidad de los líquidos, habilidad que el padre de Traqua utilizó para asesinar fríamente al rey Arqua y después incriminar a la secta del Pez Volador. Este secreto familiar era conocido por Traqua y le atormentaba día tras día, ya que quería a su amigo como si de un hermano se tratara.

Pasaron los años y los jóvenes seguían tan unidos como cuando eran niños. Traqua ayudaba al príncipe en su tediosa formación real. Caspio era un adolescente soñador que ansiaba viajar y vivir aventuras como cuando su padre participó en el III Torneo de Calamburia. Odiaba tener que aprenderse los nombres de todas las especies de seres acuáticos o sus costumbres. Traqua le ayudaba a estudiar y le hacía ver que si demostraba a sus padres que se aplicaba, éstos le dejarían viajar en misiones diplomáticas. Por su parte, Caspio consolaba a su amigo cuando lloraba por los constantes desencuentros con sus padres, que no entendían que quisiese ser el guarda personal del «maldito heredero». Los Attina querían que dirigiese su propio escuadrón, como Aquílea, pero él sólo quería cuidar a su amigo. Tal era el odio que la familia sentía hacia los gobernantes, que fueron ellos los que orquestaron el asesinato del rey Arqua, padre de Itaqua; secreto que atormentaba profundamente al joven Traqua Attina.

Tras varios años de entrenamiento, Traqua cumplió su deseo y lo nombraron guardia personal del príncipe. Los reyes montaron una gran celebración en su honor y, tras pasar toda la noche bailando, el homenajeado volvió a casa donde su padre lo estaba esperando. Lo llevó a su despacho y de un gran arcón sacó una preciosa caracola con retoques dorados que se iluminaba al soplarla. Era la Caracola Áquata, la que había recogido las últimas lágrimas del Leviatán y la que su padre había usado para asesinar al rey Arqua. Al recibir el regalo, el joven no pudo evitar soltar lágrimas de alegría por su éxito y el reconocimiento de su padre y de remordimientos por llevar consigo el arma que acabó con la vida del abuelo de su amigo.

A la mañana siguiente, la corte recibió una inesperada visita. Heleas, fiero guerrero ondino, apareció seguido por una gran multitud de asustados animales para solicitar una audiencia urgente con el rey:

—Tenemos un problema —explicó a los reyes, Caspio y Traqua—, una horda de monstruos abisales están saliendo de la fosa sembrando el descontrol por doquier. ¡Necesitamos ayuda!

¿La Grieta del Este que comunica los dos mundos está en peligro? —preguntó Itaqua preocupado.

—Sí, no sabemos cuánto más la vamos a poder proteger —apostilló el extranjero—. Además, más de una ondina ha visto tentáculos escondiéndose entre las rocas; tememos que la bruja del mar haya regresado con más poder  que nunca.

—No puede ser —inquirió el rey—. ¡Tengo que ir a investigarlo de inmediato! ¡Caspio, tendrás que retrasar tu viaje! ¡Traqua, convoca a los mejores hombres! Tú te quedarás aquí cuidando de la familia real. En mi ausencia, Egea se queda al mando de Aurantaquía.

Los guerreros se prepararon rápidamente y marcharon en dirección a la Grieta del Este mientras Egea, Caspio y Traqua se quedaban en el palacio velando por la seguridad del pueblo. 

Cuando Itaqua y sus hombres llegaron a la grieta, el ambiente ya era tenso. Se percibía un aura ominosa y las aguas de alrededor se habían oscurecido. No mucho después, una figura se hizo visible entre las sombras: Azurina, la ondina aliada de Anfitrite, apareció ante ellos entrelazando sus manos en hilos de luz, distorsionando la realidad.

Itaqua dio un paso adelante sosteniendo su tridente con firmeza.

—Azurina, ¿qué es lo que tramas? —increpó, su voz resonando en la caverna acuática.

—Simplemente he venido a ayudar a mi aliada a reclamar lo que le pertenece —respondió ella con una sonrisa calculadora.

De entre las sombras surgió Anfitrite, la Bruja del Mar, con ojos centelleantes de una maldad oscura. Sin mediar palabra, Aquílea, la leal guerrera de Itaqua, se lanzó al ataque, pero Azurina, rápida como el rayo, manipuló las aguas y la envolvió a en un remolino de espejismos. Las sombras de Azurina confundieron a la guerrera, dejándola sin oportunidad de defensa. La tritona cayó envuelta en ilusiones y quedó tendida e indefensa.

—Te has dejado consumir por la oscuridad, Anfítrite —declaró con voz firme y ojos ardientes en la penumbra del océano—. No eres digna del trono que nuestro padre honró con su vida.

El rey no esperó y, blandiendo el tridente, invocó un torrente de energía que se enfrentó a las oleadas de magia oscura que Anfítrite dirigía hacia él. Ambos combatientes se encontraron envueltos en un duelo de poder y voluntad, un choque de luces que se reflejaban en las aguas profundas y vibraban en el eco del abismo.

En el fragor de la lucha, Itaqua no advirtió el peligro detrás de él. Azurina, con astucia, había creado una ilusión, ocultando la Gran Fosa Abisal justo en el lugar donde el rey de los tritones daba un paso hacia atrás. Con un último y desesperado intento por proteger a Aquílea de un golpe mortal, Itaqua perdió el equilibrio y cayó en la fosa. El agua fría y oscura lo envolvió, mientras el tridente se sumergía junto a él. Sin embargo, la corona se desprendió de su cabeza ascendiendo lentamente hacia la figura de Anfítrite, quien la tomó entre sus manos, proclamando así su victoria.

—Este es mi reino ahora, Itaqua —susurró observando cómo desaparecía en las profundidades oscuras.

Con él fuera del camino, Anfítrite se volvió hacia la inconsciente Aquílea. Sin piedad, la Bruja del Mar usó su magia para sellarla en una prisión de coral y rocas, encerrándola en una cueva marina tan profunda que nadie podría escuchar su voz. La leal guerrera de Itaqua quedó desterrada y Anfítrite, con la corona entre sus manos, proclamó su victoria sobre las aguas de Aurantaquía.

Pasaron días, semanas, incluso meses y no tenían noticias del monarca o de su guardia. La congoja se había instalado en el corazón de los tritones y nada parecía poder consolarlos. Desesperada, Egea le pidió a su hijo que se ciñese la corona, pero Caspio sentía que su padre aún seguía vivo y debía encontrarlo. Por más que la reina lo intentaba, el príncipe se negaba a darse por vencido. Finalmente, Egea aceptó y mandó preparar la expedición de rescate. Al día siguiente, Caspio y Traqua emprendieron su primera expedición escoltados por un pequeño ejército.

Recorrieron los vastos campos de coral y las preciosas parcelas de perejil marino; atravesaron el frondoso bosque de algas, el banco de medusas y el arrecife de las mantarrayas; lucharon contra las despiadadas anguilas y, por fin, llegaron a la grieta que unía los dos pueblos submarinos. Ahí les esperaban Airlia, la dama turquesa. Tras recibir a los visitantes con un pequeño ágape los condujo hacia la Gran Fosa Abisal. 

—¡Aquí es! —anunció Airlia sombría—. Aquí yacen los restos de Anfítrite. No podíamos permitir que la maldad de sus tentáculos siguiese contaminando nuestro mundo. Hemos perdido mucho por su culpa. Incluso muerta, sus brazos aún nos han dañado. Fue muy duro llevar su cuerpo hasta las profundidades de la fosa. Perdimos a Escila, una gran guerrera… una gran amiga.

—Lo lamento mucho —intervino Caspio.

—Os lo agradecemos —respondió Airlia—. Sin embargo, al borde  de la fosa encontramos algo que creemos que os pertenece.

A una señal de la dama, dos ondinas trajeron un gran cofre alargado y lo posaron frente a Caspio. Airlia lo abrió con cuidado mostrando el majestuoso tridente y la imponente corona  del Rey de los tritones: su padre. 

—Son su tridente y su corona —sollozó el príncipe—. ¿Dónde están mi padre y su escolta?

—Lo lamento, pero sólo encontramos sus pertenencias —explicó Airlia—. No había rastro alguno de vida, ni de vuestro padre ni de Aquílea.

Caspio se quedó paralizado; no sabía qué hacer. Traqua intentó convencerle para volver a casa, pero el príncipe se negaba: necesitaba desesperadamente encontrar a su padre. Vagaron durante meses en su busca pero no hallaron rastro alguno de ellos. Tras meses de desesperada rastreo, Traqua logró convencer al heredero para volver al palacio. 

Los guerreros volvieron a casa abatidos. Todos, salvo el joven Caspio, habían perdido la esperanza de encontrar al rey con vida. Egea los recibió con cariño y concertó una reunión con su hijo para deliberar sobre el futuro del reino.

—Tienes que coronarte —empezó a decir la reina—, no podemos esperar más.

—No, madre —respondió el joven con lágrimas en los ojos—. Sé que padre sigue vivo.

—¡Aunque estuviese vivo, no podemos correr más riesgos!

—¿A qué os referís?

—Es hora de que te cuente la verdad sobre la muerte del rey Arqua —declaró la reina—. Cuando tu padre volvió del continente trajo consigo un gran número de historias maravillosas sobre la vida en la tierra: grandes tesoros, brillantes metales y deliciosos manjares. Los tritones de las castas inferiores se sublevaron y, ante la negativa del rey de abandonar los mares, lo asesinaron mientras dormía. Varios miembros de la secta del Pez Volador se infiltraron en el palacio y lo descuartizaron con dagas oxidadas. ¡La peor humillación posible para un miembro de la realeza! Aurantaquía te necesita.

—No, madre. No puedo —sentenció el joven—. Cuidaré del reino en nombre de padre, pero no me ceñiré su corona.

Sin embargo, no tuvo que esperar mucho tiempo para encontrar la solución a sus problemas, pues a los dos días llegó un pequeño cofre de madera con una «C» dorada grabada. ¿Sería posible? ¿Podría encontrar a su padre? Con esperanzas renovadas llamó a su madre y su guardián:

—Madre, hermano —empezó a decir—. ¡Estamos salvados! Han llegado dos invitaciones para participar en el VII Torneo en honor al Titán.