El secreto esmeralda

Sobre la conciencia del pueblo fauno siempre ha pendido el miedo de ser considerados la más irrelevante de las razas faéricas. Si bien su armoniosa convivencia con la naturaleza es ejemplo de equilibrio, sus poderes mágicos nunca han sido los más destructivos ni los más vistosos, ni su carácter el más social ni el más inclinado a la política. Pero todo eso cambió cuando Tyria, de los arbóreos, logró unificar a todos los clanes y convertirse en la primera Dama Esmeralda. Tras jurar lealtad a Kyara, la Primera Dama Blanca, demostró el honor y arrojo de su pueblo atajando la gran sublevación de las hadas a manos de la desbocada ambición de Melusina, Dama Irisada de las hadas. Comandando a sus ejércitos con lealtad, sabiduría y estrategia —y siempre bajo el sabio consejo de Vandrell, el Espíritu Protector de los faunos— en la batalla del Bosque Mágico, Tyria no solo logró convertir la fuerza de su pueblo en decisiva: consiguió que su raza volviera a ser respetada por el resto. 

A pesar de ser la secreta artífice del retiro de su madre —a la que causó una ceguera permanente con sus venenos—, Édera supo reconocer el potencial del proyecto que había iniciado la primera Dama Esmeralda. Se convirtió en su sucesora y trabajó duramente por llevarlo un paso más allá. Así fue cómo, tras el retorno de los pegasos, Édera vio su oportunidad. Traicionó a la Dama Blanca jurando fidelidad a Argynnis, a cambio de algo que su madre no parecía haber ambicionado nunca: la independencia del pueblo fauno. Una Jungla Esmeralda libre y gobernada por su melodiosa voz y su firme puño. Sin embargo, algo pareció no salir del todo bien. La Dama Dorada, tras lograr alterar el flujo de la magia y ebria de poder, pareció olvidar su promesa, y exigió que la recién independizada nación fauna le rindiera pleitesía.

Édera, viendo gravemente alterados los términos del acuerdo decidió ser más audaz que su antecesora y tomar la justicia por su mano. A pesar de la oposición del Espíritu Protector, que sugirió encontrar una salida diplomática al conflicto, Édera añadió a su cargo de Dama Esmeralda el de Señora de la Fronda, título usado por los antiguos líderes faunos legendarios. La fauna impuso la ley marcial, abandonó las leyes druídicas e impulsó reformas para volver a las antiguas tradiciones de los primeros faunos; costumbres ancestrales y rudas que ya solo eran mantenidas por los hoscos habitantes de la jungla más profunda. Édera tenía claro que no iba a transigir en cambiar un yugo extranjero por otro. Una pegasa no decidiría el futuro de su pueblo. No se había sacrificado haciendo todas esas cosas horribles para acabar justo como había empezado. Por ello lideró ese doble movimiento de vuelta a las raíces y férrea resistencia contra el invasor. Allí empezó una nueva era en la Jungla Esmeralda: una de orgullo y catarsis colectiva, pero también de guerra y terror.

Día y noche, los cielos se llenaron de mortíferos pegasos que atacaban a la más mínima oportunidad. La primera reacción de los faunos fue replegarse en el corazón de la Jungla donde organizaron sus defensas. Cada árbol milenario se convirtió en una atalaya desde la que los recolectores y los danzarines disparaban sus rudimentarias flechas. Ante una amenaza aérea, la fronda se activaba y los jinetes de verdiplumas salían a hacer frente a los pegasos. Los cielos de la patria fauna se convirtieron día y noche en un campo de batalla.

Fue en ese contexto en el que crecieron Lyrata y Salix. Ambos faunos eran hijos de una sanadora llamada Ilexia y de Quercus, Pezuña de Roble, legendario guerrero y líder de la Guardia de la Fronda. Lyrata había heredado la corpulencia y tozudez de su padre mientras que Salix, más enclenque y enfermizo, se había inclinado hacia la afición de su madre a curar a las bestias del bosque que resultaban heridas en la guerra. La guerra no solo dañaba al bosque sino también a sus criaturas. Ella los llamaba “las víctimas silenciosas”: pájaros, osos, roedores… 

Los pequeños faunos tuvieron una infancia relativamente feliz, cuan feliz puede ser una infancia en un país en guerra. Pero siendo uno de los dos hijos de Quercus, uno de los más grandes guerreros de su pueblo y general del ejército fauno, pronto fueron reclamados para cumplir la más ancestral de sus tradiciones: al haber nacido más de un retoño en su camada, los niños, en cuanto fueran capaces de blandir un hacha, debían batirse los dos en duelo y sólo podía quedar uno. Algunos ancianos nacidos en el corazón de la Jungla decían que esa costumbre ancestral había logrado que los faunos del corazón de la Jungla Esmeralda fueran siempre los más fuertes y preparados.

A pesar de las súplicas de Ilexia, la madre de los niños, que rogó con toda su fuerza ante Quercus, éste desoyó sus peticiones. Era el líder de la recién creada Guardia de la Fronda, y uno de aquellos niños habría de sucederle algún día. Como jefe y como seguidor de las más ancestrales tradiciones faunas, debía dejar que la llamada de la naturaleza siguiera su curso.

Cada niño recibió una pequeña hacha, que parecieron poder sostener sin problema, y fueron rodeados por un círculo de los más grandes guerreros de la jungla profunda. Sonó el cuerno y los asistentes empujaron y jalearon a los tiernos faunos incitándoles a luchar. Lyrata nunca recuerda cuánto duró aquello, pero en su mente fue todo muy rápido y a la vez pasó muy despacio. Lucharon hasta que uno de los dos cayó muerto. Cuando el pequeño cuerpo de Salix se desplomó sin vida, los guerreros vitorearon a Lyrata, reconociéndole como uno de los suyos. Entonces Quercus tomó el hacha del difunto y se la entregó al superviviente: «Lo que los muertos dejan atrás, nos hace más fuertes a los vivos», dijo repitiendo la fórmula ancestral mostrando en el rostro el orgullo de un padre afortunado.

Antes de que el cuerpo de su hermano fuera incinerado y arrojado a los pies de Pentandra, el pequeño Lyrata se las apañó para hacerse con algunas falanges de su difunto hermano. A los presentes no pareció inmortales pues mientras extraía cuidadosamente los huesos, el niño no dejaba de repetir las palabras de su padre. Adhirió los huesos de su hermano a sus mitones y a raíz de aquel episodio Lyrata se convirtió en un joven solitario. Comenzó a pasar sus días hablando con los huesos de su hermano muerto y tratando infructuosamente de sanar a los animales heridos del bosque. Fue entonces cuando Vandrell se apiadó de él. Le atrajo hasta Pentandra y se mostró ante él, le dijo que podía curar su pena pero que, a cambio, debía saber el secreto de aquello que tanto le afligía. Era de todos sabido que Vandrell, el Espíritu Árbol protector de la Raza Fauna, atesoraba los secretos de todo su pueblo y que gracias a ello lograba que pentandra creciera más fuerte y sana. Lyrata habló y Vandrell escuchó. En esa conversación logró empatizar con el pequeño fauno, que lejos de lo que se contaba sobre los sagrados rituales de lucha entre hermanos, nunca quiso matar a Salix. De hecho, cargaba con el peso de su muerte y eso le atormentaba cada día de su vida. Al terminar escuchar, el espíritu se convenció de que el proyecto de Édera había llegado demasiado lejos y se propuso utilizar a aquel pequeño fauno, destinado a ser un gran guerrero, a su favor. Lograría que la alocada deriva del pueblo fauno volviera a su sano juicio, al orden establecido: a la ancestral ley druídica que había abandonado. Para ello, Vandrell no dudaría en usar todo lo que tenía, desde aquel peón con cuernos y pezuñas, hasta los más antiguos secretos que una vez le contó la propia Dama Esmeralda.

Vandrell es tan antiguo como la propia Jungla. Posee la habilidad de comunicarse con los animalitos de la fronda que le trae constantemente información de lo que acontece en la jungla y, en la lucha, tiene el poder de aumentar el tamaño de su cuerpo, hacer crecer sus ramas y convertir su piel en corteza pura. Algunos dicen que es el más sabio de los espíritus faéricos y otros que solo solo es el más cotilla. Sin embargo, Vandrell, que ha vivido largos siglos, considera haber descubierto el verdadero secreto del orden de las cosas: la información es poder. Es por ello que, para poder llevar la riendas del pueblo que juró proteger, se ha dedicado a atesorar la información más jugosa de la Jungla Esmeralda. Además, con sus suculentos secretos mantiene frondosas las ramas de Pentandra, el enorme árbol primigenio que le sirve de cobijo y morada. Dicen que por cada misterio, confesión o confidencia que alguien le revela, en la copa del gran árbol brota una flor. Roja para los secretos pasionales, amarilla para los vergonzantes, negra para los más oscuros… 

Lyrata, en uno de sus melancólicos paseos por el bosque, en los que buscaba un polluelo de verdiplumas herido o una pequeña gárgola de espinas atrapada en una enredadera… vio un día a un extraño ser de sobrecogedora belleza. Era un joven pegaso inconsciente con un ala herida. Su madre le había aconsejado muchas veces que se alejara de los pegasos pues eran peligrosos y asesinos. Pero, a Lyrata, aquel bellísimo ser de resplandor dorado no le pareció ni lo uno, ni lo otro. Lo arrastró hasta su guarida secreta donde lo cuidó y atendió hasta que sus heridas sanaron. Al principio, el pegaso herido, que respondía al nombre de Corinthos, trató de volverse contra él, pero pronto entendió que, en realidad, el joven fauno le había salvado de lo que habría sido una muerte segura. Surgió entre ello una relación tierna y prohibida que duró hasta que el extranjero sanó sus heridas y pudo volar. Tras una tierna despedida, le dejó como recuerdo una de sus doradas plumas junto a la promesa de un futuro reencuentro. Lyrata suspiró al perder de vista en el cielo al ser más maravilloso que jamás había visto. Después de eso, visitó a Vandrell que se quejó por su larga ausencia, y le preguntó por algún secreto nuevo que llevarse a la copa. Pero Lyrata, temiendo que desvelar su secreto le llevara de nuevo a ser obligado a matar a alguien a quien amaba, mintió: Salix y yo hemos sanado a otro pájaro herido. Por deferencia al fauno que tantas veces les había sanado, ningún animal del bosque sacó a Vandrell de su error, por lo que el Espíritu no pudo descubrir que el joven guerrero al que estaba eligiendo para restaurar el Orden Sagrado, había violado flagrantemente la Ley Druídica.


EL SECRETO ESMERALDA

Ellos son la extraña pareja que ha de cambiar el destino de la raza de los faunos. Un espíritu arbóreo milenario y chismoso y un joven guerrero fauno traumatizado por su pasado deberán unirse para salvar la jungla. ¡Balad bien fuerte o agitad vuestras ramas pues aquí llega: el Secreto Esmeralda!


La pareja

Lyrata

Este joven fauno es un implacable guerrero, pero tiene un lado tierno que le hace preocuparse por los animales heridos. Arrastra heridas de su pasado que le acompañan donde quiera que va. ¡Cubríos de la embestida de Lyrata, mitones de hueso!

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Vandrell

Él es el Espíritu Protector de la raza de los faunos. Encarnado en pura vegetación, dicen que es tan sabio como cotilla y que atesora todos los secretos de la jungla y de sus habitantes. ¡Soltad vuestras lenguas pues aquí llega el insaciable oído de Vandrell, el Espíritu Arbóreo!

El amanecer áureo

Según sus propios archivos, la civilización pegasa se remonta a los orígenes del mundo faérico. Se dice que su pureza proviene de su creación misma, fruto de la cristalización de la propia luz en forma de huevo primigenio. Se dice también que ante tal prodigio, incluso las nubes del cielo faérico tomaron conciencia para proteger y acunar al primer y brillante huevo. Esa conciencia celeste en forma de nube se llamó Nymborya y su destino se entretejió para siempre con el de aquella raza convirtiéndose en el Espíritu Protector de los pegasos. 

Cuentan también los Archivos del Palacio Áureo que, al eclosionar, del luminoso huevo surgieron dos gemelos: Leofontes y Quimera. Los dos primeros pegasos se unieron y generaron la gran prole áurea. Pero mientras que Leofontes fue puro y justo, Quimera fue seducida por la primigenia oscuridad y trató de subyugar a las nacientes razas inferiores. Leofontes se vio obligado a enfrentarse a su propia hermana y esposa y, tras vencerla, desterrarla para siempre. Luego, puso bajo su protección y guía a las nacientes razas faéricas formando el Imperio de Leofontes. Desde entonces, y a lo largo de los siglos siempre una hija de la estirpe de Leofontes ostentó el título de Dama Dorada y gobernó sobre el resto de razas con justicia y sabiduría. 

Durante siglos, el Gran Imperio de Leofontes logró guiar a todas las razas inferiores y evitar que se destruyeran mutuamente hasta la llegada de los Druidas. Estos seres de otra realidad que vinieron con su magia y palabrería a sembrar sus insidias. Pero, como se trataba de seres sin cuerno y que ni siquiera podían volar, los pegasos no les consideraron una amenaza. Fueron los tiempos de la Maldición del Pegaso. Nadie sabe cómo ocurrió pero, un buen día, los pegasos empezaron a desaparecer sin razón aparente. Los supervivientes se percataron de la amenaza y, tras sopesar la situación, decidieron abandonar al resto de razas a su suerte y refugiarse en la única parte del reino donde sabían que estarías seguros y podrían esquivar la maldición: el Palacio Áureo, construido sobre la propia encarnación de Nymborya.

Con el tiempo, los exiliados olvidaron los tiempos de esplendor y construyeron una sociedad perfecta, carente de conflicto y guiada por la luz, la justicia y la pureza. Sin embargo, parecía que la maldición no les había abandonado del todo. Los huevos de pegaso empezaron a ser cada vez más escasos y raramente alguno eclosionaba. Por ello, los sabios pegasos decidieron encerrarlos en la cámara Estigia donde serían preservados hasta que llegara el momento de que las nuevas generaciones vieran la luz.

Egan percibió la energía de un nuevo pegaso en la tierra firme que, tras el asesinato de Yardan a manos de su tío, se disipó. Se lo comunicó a Argynnis, que vio en el evento una posibilidad de esclarecer el misterioso declive de nacimientos. Si un pegaso había podido nacer, ¿por qué no iban a poder hacerlo los demás? Al descender, sin embargo, Egan y Argynnis se encontraron un mundo de razas inferiores en guerra y una gran Aguja de Nácar que dirigía la magia hacia otro mundo. Tras una disputa entre las dos pegasas que casi acaba con la escisión definitiva de Nymborya, el Espíritu-Nube protector de la raza, Argynnis y Egan decidieron utilizar todo su poder para invertir la polaridad del flujo de la magia y dirigirla hacia el Palacio Áureo. Este hecho tuvo como efecto la desaparición de la magia arcana de Calamburia (el mundo que se hallaba al otro lado), pero también logró que miles de huevos de pegaso eclosionaran.

El huevo de Argynnis, la Dama Dorada y Egan, era el más grande y brillante de todos. Sin embargo, lo que nadie sabía es que albergaba un asombroso secreto. Por primera vez desde la creación de la raza, había surgido un huevo con dos embriones. Con la alteración del flujo de magia, de su interior surgieron dos gemelos destinados a perpetuar la dinastía y gobernar a las generaciones futuras bajo el refundado Imperio de Leofontes.

Ha dado comienzo la nueva Era del Pegaso, en la que las razas inferiores conocerán por fin, quieran o no, la paz y la prosperidad bajo el justo e implacable dominio de los pegasos. Aunque son muchos los que han visto la esperanza en los brillantes rostros juveniles de Corinthos y Aetheria, no son pocos los que ven en el nacimiento de los gemelos un mal augurio, quizás destinado a repetir el nefasto pasado de los fundadores de su raza.

Corinthos, el Hacha Solar, es un pegaso de cuerpo robusto y alas poderosas para su aún corta edad. Fuertemente influenciado por Argos, su maestro de armas, un viejo guerrero pegaso adscrito a la Órden de la Luz Cegadora, ha sido educado en el principio de la superioridad de su raza. Considera tullido a cualquier ser que no pueda volar y sueña, al igual que su madre y referente Argynnis, con un futuro en el que los pegasos logren esclavizar a todas las razas inferiores por su propio bien.

A pesar de que sus madres les han prohibido expresamente abandonar la Ciudad Áurea por ser el único lugar seguro para la joven prole áurea, Corinthos lidera un grupo de jóvenes pegasos machos que aprovechan la oscuridad de la noche para escapar y descender a la superficie del Reino Faérico. En una de sus incursiones en las que se divertían dando caza a los jóvenes faunos de la Jungla Esmeralda, Corinthos fue abatido por un escuadrón de Verdiplumas. Al caer herido de un ala, entre la frondosa maleza de la selva, sus amigos huyeron dándolo por muerto. Sin embargo, un pequeño fauno llamado Lyrata lo encontró, lo escondió en una gruta y lo sanó con ungüentos y cuidados. Con el tiempo, el pegaso recuperó la movilidad de su ala y decidió regresar al Palacio Áureo. Antes de marchar prometió al pequeño fauno que, aunque su obligación era eliminar a todos los seres inferiores, cuando eso sucediera, respetaría su vida en pago por su ayuda. Corinthos le regaló una pluma de sus doradas alas para que nunca le olvidara. En realidad, los sentimientos de Corinthos y Lyrata en aquellos días en la cueva turbaron a los dos jóvenes generando una relación que en mucho excedía la mera amistad. De hecho, Corinthos se apresuró a marcharse cuanto antes pues notaba que sus sentimientos por el fauno eran más intensos que los que jamás había sentido por su hermana Aetheria, con la que estaba destinado a casarse. SIn embargo, decidió cumplir con su deber para no decepcionar a Argynnis y mantener sus nacientes sentimientos en secreto.

Aetheria, la Saeta de Luz, es una pegasa de presencia fulgurante: ágil y ligera como un halcón es una arquera con vista aguda e impresionante puntería. Futura Dama Dorada y ojito derecho de sus madres, posee una insaciable curiosidad y carece de la legendaria paciencia de su madre Egan. Fue educada por su tía Ifígia (hermana de Egan), una Profeta del Sueño que además de enseñarle a manejar el arco de luz, logró despertar en ella una cierta sensibilidad onírica. Fruto de su impaciente espíritu aventurero una noche descubrió las expediciones de su hermano gemelo, pero en vez de delatarlo, decidió aventurarse por su cuenta a descender contraviniendo los designios de sus madres. Aetheria aterrizó al sureste, sobre las ardientes arenas del Desierto Carmesí. Allí encontró presas a dos espíritus del fuego, dos hermanas que cumplían condena por haberse alzado contra su madre. Aetheria, empatizó con las jóvenes efreets y usó su poder para liberarlas. En agradecimiento una de las espíritus del fuego a la que llamaban Siraj, cautivada por sus resplandecientes ojos de luz, le dio un ardiente beso que despertó en ella una pasión dormida y que nunca olvidará.

De su aventura en el desierto, Aetheria obtuvo varias enseñanzas que no dejan de presentarse en sueños de un modo simbólico. La primera era que ninguna madre debería encerrar a su hija como habían hecho con las efreets y con ella misma. La segunda, que nunca sentiría por su hermano la ardorosa sensación que sintió al juntar sus labios con los labios de una genio del fuego. Y la tercera y más importante, era que quizás todas las historias que tanto Nymborya como sus madres le habían contado sobre los seres “inferiores”, fueran en realidad fruto de la cortedad de miras de los adultos. Quizás la guerra tuviera una solución al fin y al cabo. ¿Cómo podía su corazón estar equivocado? Aunque si algo tenía claro es que no se desposaría con Corinthos de quien, tras el regreso de su cautiverio, le separan más secretos.

Los dos gemelos mantienen una ambigua relación, aunque estuvieron muy unidos en la infancia y se profesan cierto aprecio, ahora en la adolescencia han empezado a dudar de si su destino es realmente unirse como dicta el orden establecido. Por otra parte discrepan fundamentalmente sobre su visión acerca del resto de razas: mientras Corinthos asume la visión de Argynnis respecto a la necesidad de someter a todos los seres inferiores, Aetheria cree haber descubierto en la diversidad que ha encontrado en sus aventuras un nuevo camino para ser otro tipo de Dama Dorada. Ambos, sin embargo, guardan el uno al otro su más profundo secreto: su amor no es algo que sean capaces de dirigir el uno hacia el otro.


EL AMANECER ÁUREO

Ellos son la esperanza de los pegasos. Jóvenes y elegantes guerreros pero mortales en la batalla. Nacieron del mismo huevo y están destinados a unirse para perpetuar la especie y someter a sus enemigos. ¡Cubríos ante el aura cegadora del Amanecer Áureo!


La pareja

Aetheria

Heredera del poder de los pegasos y futura Dama Dorada. Su arco certero es temido tanto en el cielo como en la tierra. De espíritu aventurero, aunque algo impaciente, suele disparar antes de preguntar. ¡Cuidaos del impetuoso espíritu de Aetheria, la Saeta de Luz!


Corinthos

Él es un joven pegaso de musculatura imponente y firmes principios. Sabedor de la superioridad de su raza no dudará en usar su hacha para imponer a los seres inferiores el orden del Imperio. ¡Temblad frente a Corinthos, Hacha Solar!

CALENDARIO IX TORNEO

⚔️ Fechas del IX Torneo de Improvisación del Reino de Calamburia ⚔️

El torneo de improvisación teatral más épico de Madrid ya está aquí. El Reino de Calamburia abre de nuevo sus puertas para acoger la IX edición de su legendario torneo, donde lxs mejores improvisadorxs del reino se enfrentarán en combates escénicos sin guion, creando historias únicas en cada función.

Humor, magia y fantasía se entrelazan en una batalla de impro donde todo se decide en el momento… y donde tú, público valiente, tienes el poder de elegir quién se alzará con la victoria.

Consulta el calendario de fechas, elige tu bando y acompáñanos en esta aventura teatral improvisada como testigo, cómplice y juez.

Porque en Calamburia, la improvisación no es solo un arte… es un combate por la gloria.

¡URIA, URIA! ....

240 – EL ORBE DE LA CONFUSIÓN III

Personajes que aparecen en este Relato

EL ORBE DE LA CONFUSIÓN III

El orbe de la Confusión infundido por la magia de Ramia y controlado por Ona generó un campo de luz de color morado que aisló a los tres cazademonios. Mientras la traficante de almas se consumía, Aldric usaba sus poderes para sanarla y permitirle continuar con su labor. Kiajají alertada por aquella palpable profanación de la reliquia de su pueblo, abandono las gradas y lanzó contra la barrera su lanza con fuerza suficiente como para atravesar a un toro de lado a lado. SIn embargo, el arma revotó mellándose como si hubiera chocado contra una pared de piedra.

Titania, que empezaba a reponerse del combate, se volvió hacia Elga.

—Esos humanos retorcidos lo tenían todo planeado —maldijo la Dama Irisada acariciándose las costillas llenas de cardenales—. ¿Te dije o no te dije que no se podía confiar en ellos?

La enana asintió, con una expresión sombría.

—Sea como sea, este giro de los acontecimientos no le va a gustar nada a la Dama Negra.

Ukarin K-bum, la inventora, preguntó confundida.

—¿Pero qué efecto exacto tiene este Orbe? ¿Cuáles son sus funcionalidades operativas exactas?

Naruik, más directa, añadió.

—Creo que se refiere a si nos va a hacer explotar a todos.

Clemente, con voz grave, respondió.

—Es peor que eso. Si las escrituras son ciertas, la realidad conocida se retorcerá sobre sí misma y todas las parejas se separarán irremediablemente. Las consecuencias son del todo impredecibles.

Efélide, con una pizca de ironía, murmuró.

—Pues a lo mejor no nos viene mal del todo…

Carmélida ya recuperada y sin dejar de mantener aferrada en su mano la Esencia de la Divinidad, le atizó un coscorrón con la mano abierta la joven por su descaro.

—¡Calla, desagradecida! La unidad es nuestra fuerza; separados no somos nada. ¡Que el Titán Oscuro nos ampare!

Ona, consciente de la magnitud de su tarea, se preparó para sufrir y para prevalecer.

—Soy consciente de su poder destructivo y de que nadie de los que lo ha utilizado antes ha logrado sobrevivir —dijo mirando intensamente a Aldric y a Ramia mientras sentía como el desbocado poder de la magia antigua sacudía su cuerpo mortal—. Sufriré como nunca, es cierto, pero gracias a mis compañeros, no moriré. Y el poder del orbe separará a todas las parejas de Calamburia para evitar un mal mayor. Alejada de sus demonios, Amunet será vulnerable.

Un destello de luz y un ruido mágico llenaron el claro. Ona gritó de dolor mientras las manos de Aldric se encendían para sanarla y la varita de Ramia brillaba intensamente alimentando el poder de la reliquia. Una intensa luz morada cegó a los presentes, al disiparse, los dos Ymodavans habían desaparecido así como Ramia y el propio Aldric. Ona, agotada, estaba ahora sola con el orbe aún brillante en las manos.

Drawets miró a Van Bakari, furioso.

—¿Y tú por qué no lo has impedido? ¿Qué clase de padre eres? Es tu hija la que ha estado a punto de morir.

Van Bakari, con una sonrisa calculada, respondió.

—Soy perfectamente consciente de ello, Drawets. Por eso la preparé cada día de su vida para que pudiera cumplir su importante misión. —Entonces abandonó su puesto en la grada y se acercó hacia su hija con una sonrisa plena—. Sí, Ona, hija mía, yo soy Amatis de Mora. Yo robé el Orbe de la Confusión a las Amazonas y junté en secreto al trío de Cazademonios para traer de nuevo el equilibrio al mundo.

Andamana, enfurecida, gritó.

—¡Él es el ladrón, acabemos con él, hermana!

En ese momento, el orbe volvió a destellar con fuerza cegando a los presentes. Al apagarse, Kiajají, Carmélida y Eurídyce desaparecieron.

—¿Hermana? ¿Qué habéis hecho con ella? —gritó Andamana, desesperada.

Clemente, con voz temblorosa, preguntó.

—¿Dónde está la segunda hermana? ¡Esto sin duda es obra de brujería!

Kávila, aterrada, exigió respuestas.

—¿Qué habéis hecho con mi hija? ¡Devolvédmela, degenerados! Mi hija no se va con cualquiera.

Van Bakari sonrió.

—El Orbe está actuando según lo previsto. Las parejas se están rompiendo. Probablemente la mismísima Amunet esté maldiciendo la desaparición de sus demonios ahora mismo.

Otro destello de luz morada envolvió el claro, y la mitad de los participantes desaparecieron. Tinín, llorando, buscó a su hermana.

—Papá, no encuentro a Gorrión —susurró tirando del chaleco de Drawets con los ojos llenos de lágrimas.

Ona, derrotada, miró a su padre con tristeza.

—Ramia y Aldric ya no están. He perdido a todos aquellos que me importaban…

—Haré como que no he oído eso —sonrió el traficante de almas.

—Lo tenías todo planeado desde el principio —le reprochó Ona a su padre—. Nos has utilizado todo este tiempo

Van Bakari asintió.

—Sí, hija, has sido mi marioneta. Pero ten claro que todo ha servido a un bien mayor. Los demonios estaban desatados, y no hay nada que perjudique más al negocio familiar que un bando acapare todas las almas —expuso el traficante de almas con su tono más zalamero—. Pero tampoco podíamos permitir que el bando de la luz se impusiera, pues la paz no da negocio. Así que tramé un plan perfecto, uno que me permitiera devolver el equilibrio pasara lo que pasara. Ahora ven conmigo, el espectáculo no ha acabado. Vamos a asestar el golpe final. Ahora que está sola, Amunet es vulnerable.

Van Bakari tomó a Ona de la mano que, abatida, se dejó arrastrar. Se la llevó aprovechando la desazón general, dejando a Drawets con los pocos participantes que quedaban. Los pocos que quedaban, observaban en silencio al pícaro con gesto grave.

—Las parejas han sido separadas —anunció Drawets, despidiendo el show con solemnidad ante su exiguo público—. El equilibrio ha sido restaurado, pero a un alto precio.

El claro se quedó en silencio, mientras las sombras de la noche cubrían el bosque y los ecos del torneo se desvanecían en la oscuridad. En vez de aplausos y fiestas, solo había un contenido pesar. Todos habían perdido a alguien aquella noche. Todos se sentían un poco más solos; más vulnerables.

Media cuadrilla de carpinteros comenzó a desarmar las gradas mientras el pícaro miraba al infinito pensando cuál habría sido el paradero de Tinín y de Gorrión. Sentía una conexión especial con sus hijos. Con Tinín, su vínculo empezó cuando le vio nacer con ese exótico rabo de cerdo al que siempre vio tantas posibilidades. Con Gorrión, su vínculo empezó a forjarse el día en que se la entregaron siendo solo un bebé. Desde entonces había empezado a querer a la niña como si fuera su propio hijo. En ese momento, algo turbó la melancólica reflexión de Drawets: un pequeño portal se abrió y fue atravesado por un pintoresco visitante que le recordaba ligeramente a un viejo amigo tristemente desaparecido tiempo atrás. “¿Katurian?”, se preguntó el pícaro “no puede ser, Katurian ya no está…”.

El inventor, que lucía una elegante chistera negra y unas gafas protectoras que cubrían sus ojos se quitó las lentes y miró en derredor. Drawets al verle los ojos se percató de que era en realidad Kurian, la variante multiversal de su amigo en la Calamburia 09. El inventor llevaba en la mano un extraño aparato que emitía un cierto brillo.

—¿Es aquí la final del torneo? —preguntó—. ¿Llego demasiado pronto? 

—Más bien demasiado tarde —apuntó el pícaro con tristeza—. Todo era un plan secreto de Van Bakari, han usado el Orbe de la Confusión.

—Qué casualidad, eso también pasó en mi multiverso —sonrió el inventor—. Supongo que le habéis detenido, como hice yo.

—¿Detenerle? Es una reliquia arkhana, ¿cómo íbamos a detenerle?

—Pues con prolita, claro —expuso Kurian mientras sacaba un extraño medidor y extendía sus antenas de captación—. Deberíais haber utilizado la suficiente cantidad de prolita líquida para sumergir el orbe y evitar que… ¡Oh, no! —añadió con creciente preocupación—. Esto es malo, ¡es muy malo! ¿Dónde están Ukarin y Naruik?

—¿Y cómo voy a saberlo? —espetó Drawets irritado—. Te digo que la mitad de los calamburianos han desaparecido, parece que eso incluye a tus amigas. No sabemos dónde están.

—Es una catástrofe, sin ellas no puedo concluir mi misión. ¡Tengo que encontrarlas! —añadió guardando el medidor de nuevo e introduciendo unas extrañas coordenadas en su máquina del tiempo de bolsillo—. Un momento… es como si el panel de control de la máquina se hubiera vuelto loco… ¡qué raro!

—Es el Orbe de la Confusión —apuntó con retintín el pícaro—, ¿te dice algo ese nombre? Seguramente todo el multiverso ande trastornado ahora que lo han activado. ¿Es que no sabes los efectos que puede tener? Pensé que te habías enfrentado a él en tu universo.

—¿Cómo voy a saberlo? Ya te digo que, en mi mundo, lo desactivé antes de que todo esto pasara. Está bien, tendré que jugármela, que sea lo que el Titán quiera —dijo mientras apretaba botones y su máquina emitía sospechosos destellos de colores— Voy a buscarlas aunque sea a ciegas.

—Pero espera, antes de irte… —preguntó Drawets con curiosidad mientras un aura iridiscente envolvía el cuerpo de Kurian—. ¿Qué es eso de la prolita?

—¿Cómo, es que no conocéis la prolita? —preguntó el inventor incrédulo mientras su cuerpo parpadeaba comenzando a desaparecer—. ¿Pero qué diablos le pasa a este cacharro del demo…?

Y desapareció sin dejar rastro dejando al pícaro como un pasmarote en mitad de la arboleda. Ahora no solo sentía pena por su pérdida, sino la inconmensurable sensación de que toda aquella debacle podría haberse evitado.