239 – EL ORBE DE LA CONFUSIÓN II

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EL ORBE DE LA CONFUSIÓN II

Titania hizo un movimiento firme con la mano derecha. Era una señal.

—¡Ymodavans! ¡Posición de ataque! —ordenó con decisión.

Sus dos soldados, casi a la vez, reaccionaron algo azorados para no decepcionar a su señora. Ambos extendieron sus manos hacia el follaje que yacía en el suelo del claro y las hojas ocres y amarillas se elevaron como movidas por una ráfaga mágica. A continuación quedaron flotando en el aire como sostenidas por una brisa invisible. Ambos hados se miraron entre sí con una sonrisa de satisfacción y asintieron.

—¡Espíritu otoñal! —gritaron al unísono mientras extendían sus brazos y las hojas salían precipitadas como flechas en dirección a los miembros de la Santa Hermandad.

Los tres religiosos se mantuvieron impertérritos, pero justo antes de que los afilados proyectiles les alcanzaran, Clemente profirió con voz cavernosa:

—Que la oscura llama del Titán os purifique.

En ese momento, las velas que habían colocado frente a ellos se tornaron negras y también lo hicieron sus llamas. El fuego que de ellas emanaba creció de repente elevando un muro contra el que todas las hojas vinieron a impactar, ardiendo irremediablemente.

La Dama Irisada resopló mirando con desprecio a sus lacayos.

—¡Sois unos inútiles! ¿A qué esperáis? ¡Id a por ellos! ¿O es que lo tengo que hacer todo yo?

Uno de los Ymodavan alzó el vuelo y desenvainó su espada dispuesto a cargar desde el aire contra la Santa Hermandad. Al ver aproximarse el filo hacia ella, la Tercera hermana profirió un grito. Pero con un gesto ágil la mano firme de Carmélida se interpuso y contuvo la hoja mientras entonaba un cántico tenebroso. Su mano empezó a sangrar por el filo, pero su sangre, roja al manar, se fué transformando en algo mucho más oscuro al tocar el suelo.

—El Titán Oscuro exige sacrificios —murmuró Carmélida poseída por el fervor de la divinidad. Y su sangre derramada ya oscurecida, coaguló formando una serpiente de sombras que trepó rauda por la pierna del pobre hado. El pobre Ymodavan cayó inmovilizado por aquella macabra y retorcida atadura.

Mientras Efélide vomitaba sin parar por la visión de la sangre, que nunca había podido soportar, el segundo Ymodavan se lanzó con un grito de furia sobre el Primer Hermano que, con un gesto raudo de sus manos, hizo el símbolo del Titán Oscuro:

—Todos seremos castigados por su mano —dijo con su voz cavernosa mientras una gigantesca falange de oscuridad brotaba del suelo del claro del bosque. A esa falange le siguieron los restantes dedos y luego la mano al completo.

El público contuvo la respiración. ¿Qué prodigio era aquel? 

El segundo Ymodavan trató de frenar su embestida para evitar chocar con la gigantesca y oscura mano. Lo logró justo a tiempo. Se paró justo frente a ella y suspiró aliviado mirando al público qu aplaudió sus reflejos, pero en su distracción no pudo ni siquiera ver como era aplastado de un solo golpe por aquella gigantesca y renegrida palma como si fuera un vulgar mosquito.

—Está claro que si quieres que las cosas salgan bien… debes hacerlas tú misma —sentenció Titania impasible ante sus dos pérdidas mientras empezaba a batir las alas con fuerza.

Una vez en el aire, emanó un resplandor iridiscente e invocó cientos de rosas de los más variopintos colores, con afiladas espinas, que flotaban en el aire en torno a ella.

—Ahora probareis el sabor de la derrota. Más hermosa de lo que os merecéis, pero una derrota al fin y al cabo. ¡Dardos de primavera!

Las rosas comenzaron a lanzáse como dardos, una tras otra, contra la gigantesca mano que había invocado Clemente. El primer Hermano abrió los ojos sorprendido. No esperaba que aquel ser faérico fuera tan poderoso. La Mano del Titán Oscuro se disipó como si fuera humo tras varios ataques y entonces Titania, aún desde los aires, se dispuso a ejecutar su ataque final:

—Ahora probaréis el vuelo rasante de la Dama Irisada —sonrió con suficiencia—. Será visto y no visto, y ni siquiera vuestro dios de pacotilla podrá hacer nada para evitarlo.

—Nadie… —comenzó a proferir la Segunda Hermana.

Titania se elevó aún más para tomar impulso.

—Insulta…—prosiguió Carmélida con la mirada llena de odio y fervor mientras sus manos empezaban a ennegrecerse y endurecerse tomando una consistencia pétrea.

El hada se lanzó en picado hacia la segunda hermana a gran velocidad.

—¡…al Todopoderoso Titán Oscuro! —gritó la Segunda hermana mientras contenía el envite de Titania con sus manos ahora endurecidas y negras como el tizón, emanando esencia de pura oscuridad. Sin embargo Titania seguía empujando y batiendo su poderosas alas haciendo retroceder a la hermana que parecía perder terreno poco a poco.

Clemente, que estaba ayudando a incorporarse a la Tercera hermana, susurró:

—¡Oh, no! Su fe es fuerte, pero me temo que la Segunda hermana no resistirá mucho ante el poder de ese engendro faérico, ¡hay que hacer algo! —dijo colocando sus manos en posición de orar.

Pero no tuvo tiempo de intervenir. La Segunda Hermana salió despedida por los aires incapaz de seguir conteniendo la arrolladora fuerza de Titania y vino a dar fuertemente con su espalda contra el suelo.

—¡Noooo, Carmélida! —gritó Efélide mientras una lágrima resbalaba por su rostro. Y entonces una ira inconmensurable se apoderó de ella y un aura de pura energía emanó de su cuerpo. 

Desde la grada, Gorrión sintió que un terrible dolor de cabeza le oprimía el cráneo y su piel escocía como si un fuego interno le recorriese la sangre. Su frente se perló de frías gotas de sudor.

—¿Eztáz bien, hermanita? —le preguntó Tinín preocupado ignorando por un momento el combate.

Mientras, Efélide seguía en el claro del bosque, con los ojos en blanco, como si su cuerpo entero hubiera sido invadido por una extraña presencia. La novicia extendió su mano hacia el hada y una onda de luz salió como cascada de energía en dirección al hada. La energía luminosa impactó sobre ella y proyectó a Titania a gran velocidad como si fuera una vulgar muñeca de trapo con alas. La Dama Irisada fue a estamparse contra la grada partiendo en dos uno de los listones.

El público se quedó mudo. Se habían visto muchos prodigios aquella noche, pero este último había sido especialmente llamativo e inexplicable. ¿Qué diablos era aquel poder que parecía residir en la joven religiosa? Para la mayor parte de los presentes fue solo un exotismo, pero al pícaro Drawets le pareció recordar otros momentos de la historia en los que había contemplado prodigios parecidos, aunque por algún motivo extraño, todo ello parecía bastante borroso en su memoria.

—¡Ya tenemos un trío ganador! —profirió el pícaro señalando a los religiosos.

Tras un silencio de estupefacción, el público estalló en vítores. La Santa Hermandad había ganado el VII Torneo del Titán Oscuro.

Varios seres faéricos, incluidos Elga y su inmenso gólem, abandonaron sus localidades en las gradas para ir a ayudar a la abatida Titania y a sus dos anónimos soldados.

Clemente, por su parte, ayudó a Efélide a levantarse pues casi se había desvanecido tras ese último ataque que les había granjeado la victoria. La joven apenas recordaba lo que había pasado y, mientras ambos acudían en auxilio de Carmélida, el Primer Hermano le contó los detales del prodigio. Una vez recuperado el aliento, los tres acudieron hasta donde se encontraba Drawets el presentador, que les esperaba para hacerles entrega del oscuro brebaje que todos conocían como la Esencia de la Divinidad: el merecido premio para los vencedores.

—Por curiosidad, Hermanos —comentó Drawets—. ¿Qué van a pedir al Todopoderoso Titán Oscuro?

—Que el mundo siga siendo un lugar de orden, como sin duda ya es bajo el mandato de nuestra bienamada Emperatriz Amunet y la guía del Todopoderoso Titán Oscuro —sentenció Clemente con el corazón lleno de gozo.

—Eso y potenciar las buenas y rectas costumbres —añadió Carmélida que aunque aún tenía la espalda dolorida no dudó en dar un paso al frente y tomar de las manos del pícaro la preciada botella —la moral, la castidad y el folklore. 

Pero en ese preciso instante pareció que unas nubes de tormenta oscurecieron la luz del claro. Los tres cazademonios irrumpieron en la escena.

—¡Un momento! —ordenó Ona Bakari, con voz firme—. ¡Cazademonios, en posición!

Los tres renegaron adoptaron cada uno la postura que habían ensayado previamente, listos para actuar.

—¡Un momento, hermana! —rugió Kiajají, la amazona, lanzando una mirada a Andamana —. ¿Ese no es nuestro orbe?

—Este es el plan secreto de nuestro benefactor —dijo Ona a sus compañeros sin que los presentes tuvieran tiempo de reaccionar—. Devolveremos el equilibrio a este mundo de locos. Su mensaje fue claro y contundente —añadió sacando una carta de su zurrón y mostrándola al público. En ese momento, los tres cazademonios recordaron de nuevo en sus mentes su contenido. Ese contenido que tantas veces había releído. Con una elegantísima caligrafía, el mensaje decía:

“Queridos Cazademonios. Yo, vuestro secreto valedor, he urdido el plan definitivo con el que conseguiréis el objetivo para el que vuestro grupo fue creado. Llegado el improbable caso de que no ganéis el Torneo. Ni la luz ni la oscuridad deben prevalecer y allí estaréis vosotros para evitar que ninguna de las dos partes se imponga. He robado una antigua reliquia, el orbe de la Confusión, que os será de gran ayuda. Usadla si gana el bien o si gana el mal. La combinación de vuestros poderes os ayudará. Juntos, seréis imparables. Devolved el justo balance al universo. Firmado: Amatis de Mora.”

En ese mismo instante Ona sacó el orbe, y todos los presentes quedaron boquiabiertos.

—¡Malditos ladrones, es el Orbe Sagrado! ¡Lo habéis robado vosotros! —gritó Kiajají, furiosa.

—Es una de las sagradas reliquias del Clan de la Serpiente. Devolvédnoslo o ateneos a las consecuencias. ¡Pertenece a las Marismas y a su gente! —amenazó Andamana.

Sámara, con las manos sobre los oídos, se quejó con voz temblorosa.

—Siento como vibra, puedo escucharlo en su interior, pero… solo emite ruido.

Kávila explicó, con una expresión preocupada.

—Eso es porque es el Orbe de la Confusión del que hablaban las leyendas Zíngaras. Por suerte, todo el mundo sabe que no se puede usar el orbe sin una fuente de magia arcana y esa pobre traficante de almas no tiene una mísera varita.

Ramia sonrió y sacó su varita lanzando una mirada desafiante a la celestina que la mirada atónita desde la grada.

—Yo soy la fuente de magia arcana, me formé en Skuchaín, ¿recuerdas? —profirió la antigua guardabosques—. Y aquí está mi varita. ¡Orbis alimentatio potentia maxima!

Kálima gritó, alarmada.

—¡Pero, estáis locas! —gritó la zíngara desencajada—. Ese orbe consumirá a quien lo utilice. Muchos magos y zíngaros han muerto intentando usar su poder.

Aldric intervino con determinación.

—Cierto, pero para eso estoy yo aquí. Si el orbe la consume, yo la iré curando de sus heridas —dijo dando un paso al frente y extendiendo sus manos—. ¡Poder de sanación!

Colocó sus palmas en la espalda de Ona, mientras Ramia apuntaba al orbe con su varita. Un aura mística y poderosa rodeó al orbe y les envolvió ante la atónita mirada del público.

238 – EL ORBE DE LA CONFUSIÓN I

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EL ORBE DE LA CONFUSIÓN I

Cada vez más gente iba llegando al Gran Claro de la Arboleda de Catch-Unsum donde se iba a celebrar la final del VII Torneo en honor del Todopoderoso Titán Oscuro. Varios carpinteros terminaban de instalar las gradas de madera mientras seres de todo el mundo acudían al gran evento aprovechando la medida de gracia que Amunet, Emperatriz de los Dos Mundos, había dictado para esa ocasión especial: nadie sería perseguido ni torturado durante la celebración de la competición, incluso sus más temibles enemigos podrían circular libremente sin miedo a represalias. Por ello y, aunque con cierta cautela —pues no todos se fiaban al mismo nivel de la palabra de Amunet—, las parejas habían acudido a la convocatoria sabiendo que su inmunidad sería respetada. Y, al menos por el momento, parecía que la Emperatriz estaba cumpliendo su palabra, pues ningún demonio había penetrado en el sagrado perímetro de la arboleda.   

Pero no todos los participantes se sentían tan seguros. En los bordes del gran claro de la arboleda de Catch-Unsum, oculta entre los setos para no ser vista por nadie, Ona Bakari sostenía un orbe que emitía un ominoso resplandor. La joven cazademonios susurraba palabras en un idioma arcano. El orbe parecía reaccionar a su llamada emitiendo una energía aún más poderosa que la envolvía progresivamente al modo de un aura maligna. De repente, como si un fuego interno le abrasara las entrañas, lanzó un grito desgarrador antes de desplomarse sobre la hierba húmeda. El aire se llenó de tensión cuando Ramia y Aldric dieron con ella, guiados por el grito. La guardabosques se lanzó sobre el cuerpo debilitado de su amiga ayudándola a incorporarse.

—¡Ona! ¿Qué diablos estabas haciendo? —exclamó Ramia Laforet con el ceño fruncido y una mezcla de preocupación y enfado en sus ojos—. Amatis de Mora fue muy claro, debemos ser los tres quienes activemos el orbe llegado el momento.

—Si lo utilizas tú sola, no sobrevivirás, y lo sabes —añadió Aldric, el sanador, con una voz firme y severa—. Es una reliquia arcana; el orbe consume a quien lo usa.

Ona, apartándose de Ramia y apoyando sus dos manos en el suelo para recobrar el aliento, levantó la mirada desafiante.

—Dejadme, yo me sacrificaré. ¡No os necesito!

Ramia, sin perder la calma, se abalanzó sobre Ona y trató de quitarle el orbe pero ella se resistió.

—Déjate de inmolaciones inútiles y cíñete al plan —ordenó, mientras Aldric intentaba apaciguar la situación—. Tenemos una misión y no voy a permitir que lo estropees todo.

Pasaban por esa zona de la arboleda dos pícaros alegres y despreocupados que, por la gracia del Todopoderoso Titán, también había sido llamados a participar en el torneo.

—Mira, Tinín, ¡son los cazademonios! —dijo Gorrión, con entusiasmo—. ¡Son mis participantes favoritos!

—¡Hala, dicen que zon tan valientes que hacen temblar al mizmo infierno! —respondió Tinín, con los ojos brillantes de admiración—. Hola, zeñora Bakari, ¿qué eztá haciendo? ¿Para qué ez eza pelota y por qué brilla en la ozcuridad?

Aldric se volvió hacia los niños, intentando mantener la compostura.

—Niños, dejad en paz a los mayores, que están trabajando.

Un murmullo inquietante llegó desde el otro extremo del claro. Aldric, asustado, reconoció la amenaza:

—¡Oh, no, son ellas, son las Amazonas! ¡Ya están aquí!

Ramia asintió con gravedad y tragó saliva.

—Siguen buscando el Orbe que les robó Amatis. Parece que era una reliquia muy preciada para su clan. Lo encontraron las fundadoras de su tribu al llegar a las Marismas de la Confusión y, al verlo brillar, lo tomaron como una señal para fundar allí su primer asentamiento —la guardabosques aún recordaba las antiguas lecciones de historia que les daba Minerva en la Torre Arkana. Pero eso fue mucho tiempo atrás, cuando ella era todavía una joven estudiante de la casta Natura; mucho antes de ser expulsada de Skuchaín.

Ona se incorporó, aún aferrando el orbe con las dos manos.

—¡Shh! —chistó Ona consciente del peligro—. Será mejor que nos escondamos. Son fieras guerreras y muy peligrosas, y no podemos permitir que recuperen su orbe, al menos no hasta que hayamos llevado a cabo el plan secreto de Amatis de Mora.

Tinín, aún fascinado, no pudo contener su curiosidad.

—¿Hay un plan zecreto? ¿Quién ez Amatizta de la Mora?

Ona se volvió hacia los pícaros con una expresión amenazante.

—¡Vosotros! Ni una palabra a nadie de lo que habéis visto aquí o… —se pasó el dedo por el cuello, imitando una amenaza de muerte.

Los cazademonios se ocultaron rápidamente tras los setos, mientras los pícaros se quedaban en el centro de la escena, tratando de disimular su nerviosismo. Justo en ese momento, las Amazonas alcanzaron aquel borde del claro.

—¿Dónde están esos ladrones? —rugió Kiajají, con su lanza en alto—. Si les agarro, les voy a ensartar como si fueran un vulgar cochinillo. —Se volvió hacia su hermana, Andamana—. ¿Cómo ha podido alguien robar una de nuestras reliquias más preciadas? 

—No lo sé hermana, nuestras guerreras tienen los sentidos más agudos de toda Calamburia —respondió Andamana—. No se me ocurre qué clase de magia pudo utilizarse para entrar en el campamento y salir sin ser visto.

Kiajají frunció el ceño con un gesto asesino.

—No importa, hermanita. Daremos con el culpable o los culpables y seguirá la misma suerte que el cazador.

—Eso, la misma que el cazador… —asintió Andamana agitando el látigo y recordando con satisfacción la muerte de Ranulf.

Kiajají dirigió su mirada entonces hacia los jóvenes pícaros que parecían algo tensos y no dejaban de intercambiar sospechosas miradas.

—Vosotros, ¿no habéis visto a alguien portando un orbe por aquí?

Tinín negó con la cabeza exageradamente.

—¿Nozotros? No, no hemos vizto a nadie con el orbe ni nada, no… —titubeó—. De hecho, ni ziquiera eztábamos aquí.

Su hermana le apoyó con gestos igualmente exagerados. Kiajají resopló, frustrada.

—Está bien, seguiremos buscando.

Las Amazonas se alejaron, dejando a los pícaros atrás. Ellos suspiraron aliviados y lanzaron una mirada al seto tras el que se escondían los Cazademonios. Sin embargo estos no abandonaron su escondrijo, pues sabían que el peligro no había pasado, y sabían que debían evitar el enfrentamiento con las amazonas si querían cumplir con el plan de Amatis de Mora.

En medio del claro, vino a posarse Titania, deslizándose por el aire con gracia etérea ante la atónita mirada de los pícaros que, aunque habían visto ya a mucho seres faéricos a lo largo del torneo, nunca dejaban de quedarse boquiabiertos cada vez que estos aparecían.

—Vaya, así aquí es donde se jugará la final del torneo —observó Titania, con una sonrisa irónica mientras contemplaba el gran claro de la arboleda de Catch-Unsum—. Pues a mí este clarito del bosque se me antoja parecido al resto, excepto por las maderas y los humanos que estan poniendo para decorar —dijo señalando a los espectadores que, justo en el lado opuesto de claro, iban llegando a ocupar sus asientos en las gradas de madera que se habían construido para la ocasión—. Esos humanos son tan feos, rudos y… peludos, ¿verdad, Ymodaváns? —la Dama Irisada giró la cabeza a izquierda y derecha buscando infructuosamente a su criado—. ¡Ymodaváns! ¿Dónde os habéis metido, malditos sirvientes de pacotilla?

La pícara señaló con asombro a la figura resplandeciente de Titania y comentó:

—Mira, Tinín, es un hada, ¡un hada de verdad! ¡Es tan guapa! —dijo Gorrión, con los ojos muy abiertos.

Titania, al escuchar el cumplido, saludó con superioridad.

—Qué monos… Humanos en pequeño.

Antes de que pudieran reaccionar, un agujero se abrió en el suelo y de él salió un gigantesco gólem de acero, en su hombro iba montada Elga, la Dama de Acero de los enanos.

—Vaya, no esperaba encontrar a una compatriota tan lejos de casa. La mismísima Dama Irisada, señora de las Hadas… —dijo Elga, con una sonrisa sarcástica mientras Serörkh la depositaba con reverencia en el suelo.

—¿Elga? ¿Qué haces aquí? —espetó Titania, acercándose a ella con un gesto altivo—. ¿Vienes a robarme el protagonismo?

El gólem arcano se inclinó hacia su señora y le preguntó.

—¿Serörkh aplasta? —preguntó, con una voz grave.

Elga negó con la cabeza.

—No, Serörkh, querido, en esta ocasión no será necesario —dijo la enana con una sonrisa llena de condescendencia—. Sed bienvenida, Titania. Por extraño que parezca, esta vez enanos y hadas estamos en el mismo bando. Ambos servimos a la nueva Dama Negra y a los Druidas, nuestros amados protectores.

Serörkh miró a Elga con confusión.

—¿Entonces Serörkh no aplasta?

Elga resopló, exasperada, mientras los tritones aparecían en el claro.

—¡Ya hemos llegado! Supongo que estas gigantescas algas de secano deben ser aquello que los Calamburianos llaman árboles —comentó Caspio, con un tono de profundo asombro.

—Sí, mi príncipe. Sigue siendo la arboleda de Catch-Unsum. Llevamos semanas aquí y os sigue sorprendiendo todo como el primer día —respondió Traqua, con una sonrisa paciente.

Las inventoras se acercaron con entusiasmo al grupo de participantes que se estaba formando, buscando a su compañero.

—No sé dónde se habrá metido Kurian. Estaba ahí, me he girado y ya no estaba… —dijo Naruik, con preocupación.

—Es como si hubiese desaparecido de repente, ¡como si se lo hubiera tragado la tierra! —añadió Ukarin K-Bum, mirando a su alrededor con desconcierto.

Naruik se fijó en Titania y exclamó emocionada:

—¡Mira, Ukarin, seres extraños! Parecen provenir de realidades exomórficas idiopáticas, ¡tenemos que analizarlos para nuestros experimentos!

Titania arrugó la nariz con disgusto cuando sintió cómo le tocaban un ala.

—Sin tocar, señora, que no somos monos de feria —respondió con desdén la Dama Irisada.

Ukarin, fascinada por la presencia del Pacto de Acero, comentó.

—¡Uy y hay una enana! En mi multiverso tengo la cabeza de cientos de ellos en mi salón subterráneo. ¡Mira qué espécimen más extraño! Se da un aire a Elga, pero no puede ser ella porque esta tiene los dos brazos y muchas menos cicatrices…

La Dama de Acero, más extrañada que asustada, decidió alejarse de aquella trepa de estrambóticos personajes:

—Yo creo que voy a ir cogiendo sitio por ahí al fondo. No quiero juntarme con estos bichos raros. Te veo luego, Titania. Suerte, deja en buen lugar al reino faérico —dijo animando a la finalista—.  ¡Vamos, Serörkh!

El gigantesco Gólem tomó a su ama y la elevó colocándola en su hombro para llevarla hacia las gradas. Por su parte, la Santa Hermandad apareció, con Carmélida y Clemente liderando la marcha, tras ellos la joven Tercera hermana Efélide cerraba la comitiva.

—Primer hermano, seguiré insistiendo a esa amazona para que acepte entrar en nuestra orden. Me ha contado que en su tribu rechazan a los hombres, eso quiere decir que se han entregado al celibato —dijo Carmélida, visiblemente emocionada—. Los caminos del Titán Oscuro son inescrutables. Si una mujer salvaje, inculta y claramente inferior es capaz de entender los beneficios de una vida de rectitud y abstinencia, es que hay esperanza para todos.

—Muy conveniente. El sexo nubla el alma y el entendimiento —respondió Clemente, asintiendo satisfecho mientras contemplaba cómo la gente se iba colocando en sus asientos. La Santa Hermandad había llegado a la final y se disponían a honrar al Titán consiguiendo una victoria para la fe. Solo lamentaba que la Emperatriz Amunet no hubiera acudido en persona a la celebración para contemplar su triunfo, pero acto seguido se arrepintió de su pensamiento pues le pareció pecado de soberbia.

—Bien dicho —añadió Carmélida, sonriendo—. Solo una vida de casta entrega al Titán Oscuro puede colmar un alma de negro gozo.

—Cuanta sabiduría en tan pocas palabras —convino la Tercera hermana con gesto de devoción.

—Y la habilidad de esa joven con el látigo… —expuso la Segunda hermana—. Ni imagino los tormentos a los que podría someter a los infieles…

—Oh, sí, dulces y certeros latigazos… —añadió el religioso mordiéndose el labio inferior.

Ambos se miraron visiblemente alterados y llenos de gozo, pero acto seguido se detuvieron algo turbados, notando que se estaban entusiasmado demasiado y que el resto de participantes les estaban contemplando con gesto de turbación.

Efélide, la Tercera hermana, incómoda con la conversación, intervino para rebajar la tensión:

—Primer hermano, segunda hermana… las Amazonas han dicho que no quieren hacer los votos. A veces sois demasiado insistentes —les reprendió con delicadeza—. La verdadera vocación debe nacer de nuestros negros corazones. No todos tenemos la bendita suerte de recibir la Llamada de la Oscuridad.

Clemente suspiró.

—Disculpadnos, Tercera Hermana, en ocasiones nos puede la fervorosa tenacidad —adujo Clemente contrito.

Carmélida sonrió y señaló hacia el fondo del claro.

—Mirad, es la oportunidad de conseguir nuevas vocaciones. ¡Mira, allá a lo lejos, una enana, pobrecita…! ¡Y viste de negro! ¡Será viuda! —dijo con efusiva compasión—. Vamos, seguro que en su condición considerará ingresar en la Iglesia del Titán Oscuro. ¡Vamos a por ella!

Mientras la Santa Hermandad se alejaba con fervor a la caza de nuevas vocaciones, las Celestinas irrumpieron en el claro con elegancia mientras oteaban el panorama en busca de pingües beneficios.

—Hija, ponte recta, que esto es una final y en los eventos sociales de copetín, todo se llena de pazguatos ricachones a los que embaucar —dijo Kávila, ajustando el vestido de su hija Eurídyce.

—Madre, que nos está mirando todo el mundo —respondió Eurídyce, avergonzada.

—Pues que no miren tanto. ¡Y el que mire, que pague! —ladró ella lanzando a diestro y siniestro miradas desafiantes.

Los Zíngaros llegaron en ese momento, con la matriarca Kálima escoltada por sus dos jóvenes hijos: Sámara y Arnaldo.

—Mirad, hijos míos, en qué se convierten los repudiados del clan —dijo Kálima, con desprecio señalando a las Celestinas y hablando con una voz lo suficientemente alta como para que la oyeran—. Mi propia hermana viéndose rebajada a la más baja de las deshonras… Vámonos de aquí, si no queréis convertiros en parias como ellas. La desvergüenza es como la lepra, si te acercas a un leproso…

—Una vergüenza, madre —afirmó Arnaldo apretando el puño con firmeza—. Cuando yo sea el nuevo patriarca, ninguna zíngara caerá tan bajo. Y si lo hace, pagará con su vida.

Los zíngaros se alejaron indignados, excepto Sámara, quien miraba con curiosidad a las Celestinas.

—Entonces, si esa es nuestra tita Kávila la desterrada… ¿esa de ahí es nuestra prima? —se dijo a sí misma mientras saludaba con la mano con gesto efusivo—. Hola, siempre he querido tener una prima de mi edad.

Su madre la llamó de un silbido y Sámara corrió tras ella, dejando a su prima atrás.

Los cazademonios, aún ocultos tras los arbustos observaban agazapados a los recién llegados y aprovecharon la confusión que había en el claro momentos antes del inicio de la gran final para discutir sus próximos pasos.

—Qué suerte, de momento hemos logrado dar esquinazo a las Amazonas. Por cierto, a nuestro secreto benefactor, ¿cómo os lo imagináis? —preguntó Ramia, con una sonrisa.

—Yo al tal Amatis de Mora me lo imagino como un filántropo —respondió Aldric, pensativo—. Un hombre apuesto, rico y preocupado por el futuro de Calamburia. Y también humilde, ya que no quiere revelar su identidad.

Ona los interrumpió, con una mirada seria que traslucía el peso de una gran responsabilidad:

—Callaos y recordad que pase lo que pase tenemos el Orbe que nos hizo llegar Amatis. Es nuestro as bajo la manga. Pero solo lo usaremos cuando uno de los dos equipos haya ganado y no antes —apuntó Ona Bakari levantando su dedo índice para dar énfasis a su palabras—. Hay que seguir sus instrucciones al pie de la letra, sino todo podría salir mal.

Drawets el pícaro tomó posición en el centro del claro y dio la señal. Era la inequívoca llamada para que los finalistas se colocaran en posición de combate.

—Vamos, no podemos seguir escondiéndonos —sentenció Ona ante  sus compañeros abandonando los matorrales que les habían escondido hasta el momento—. ¿O queréis ver la final como si fuerais unos forajidos?

Ramia y Aldric la siguieron de mala gana. No se fiaban de las Amazonas ni se fiaban de la graciosa tregua de Amunet, pero no podían dejar que se expusiera sola.

En ese momento, el mismísimo Van Bakari, el famoso traficante de almas apareció en el claro, se había hecho con un tentempié y buscaba hueco en las gradas dando codazos a un panadero y un fauno para que le hicieran hueco con una sonrisa despreocupada.

—¡Hola, hola! ¿Es aquí la actuación del Gremio de Bufones y Saltimbanquis? —iba preguntando con ironía mientras se aposentaba. De repente al ver a Drawets a lo lejos le saludó con efusividad.

—¡Drawets! ¡Drawets! —yo le conozco les dijo a un enano y a un panadero—. ¡Drawets! No me ha visto —aclaró al desconocido panadero que le miraba con suspicacia.

—¿Se puede saber qué haces aquí Van Bakari? La Emperatriz aseguró que ningún demonio…

—Oye sin insultar, que vengo en son de paz —expuso a gritos tratando de apaciguar al presentador—. Y no soy ningún demonio, por mucho que te empeñes. Hoy no vengo en calidad de villano, sino de padre atento y bien dispuesto que viene a ver el torneo en el que participa su hija. ¿Que pasa que no puede tener uno una hija en el torneo?

—¿A que tú también tienes una hija participando? —Drawets se relajó ante la aclaración y carraspeó ligeramente, pues sus dos hijos también participaban—. Bueno, pero siéntate y no hagas ninguna de las tuyas que nos conocemos —le advirtió el pícaro mientras daba un trago a su licor de hierbas favorito para aclararse la garganta.

—Mira por cierto, ¡ahí esta! —añadió el traficante señalado a Ona Bakari que trataba de esconderse vergonzosamente tras sus compañeros.

—Ona, ese… ¿es tu padre? —preguntó Ramia algo sorprendida.

—¡Hola, Ona! ¿Cómo estás? Vengo a ver cómo ganas la final del torneo.

—Van Bakari, tú hija no puede ganar la final.

—¿Y eso? —preguntó él indignado.

Drawets se acercó y le explicó con paciencia al traficante que su hija y su grupo de Cazademonios ni siquiera se había clasificado para la final del torneo.

—Pues es una lástima, la verdad, porque es buena, la he educado bien —se lamentó el traficante visiblemente desilusionado— Bueno, si no os importa, me quedaré viendo el partido, que no todos los días uno tiene asientos de primera fila en la Final del Torneo. ¡Ona, cariño, no te preocupes, papá está orgulloso de ti igualmente!

Ona se tapó la cara con vergüenza.

—Papá, qué vergüenza, te dije que no vinieras… —respondió a regañadientes—. Que estoy con mis amigos…

—Y ponte recta, que sino te sale chepa cariño —apostilló el traficante mientras se llenaba la boca de comida.

En el centro del gran claro ya se habían colocado los contendientes que se iban a ver las caras en la gran final. Era una final especial pues, por primera vez, el Titán había permitido que se enfrentaran dos tríos en vez de dos parejas. A un lado, y procedente del mismísimo Reino Faérico, Titania, la Dama Irisada de la hadas, participaba con dos de sus criados a los que llamaba indistintamente “Ymodavan”. Con su grácil figura y su poderoso porte, Titania destacaba sobre sus dos acompañantes como una rival tan implacable como elegante.

En el extremo opuesto, la Santa Hermandad había encendido velas y se preparaba elevando sus preces al Todopoderoso Titán Oscuro. Sus tres miembros —Clemente, el Primer hermano; Carmélida, la segunda hermana y Efélide, la tercera hermana— parecían especialmente inspirados por la gracia de la divinidad y estaban dispuestos a vencer a toda costa para mayor gloria de su señora la Emperatriz de los Dos Mundos.

Van Bakari, ya a salvo de las miradas ajenas, sonrió con astucia mientras el pícaro Drawets daba la señal de inicio del combate. Algo le decía que aquella iba a ser una final tan interesante como llena de sorpresas.

237 – CUANDO LA LUNA PARPADEÓ

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CUANDO LA LUNA PARPADEÓ

La música subía por las paredes como una serpiente borracha. Las cuerdas del laúd, tensas, se mezclaban con las carcajadas, el tintinear de las copas, y los gemidos ahogados tras las cortinas de gasa. Era noche de oro en el lupanar de la Aldea Libre, y todos los salones estaban ocupados: nobles venidos en secreto, mercaderes en busca de consuelo, soldados que pagaban con espadas oxidadas por un momento de carne.

Y en el centro de todo, como un cometa que arrastrase el deseo a su paso, estaba Eurídyce.

Con el cabello ensortijado y suelto, como una cascada salvaje que bailaba con cada giro, y una sonrisa abierta, brillante, que desarmaba a hombres y mujeres por igual, Eurídyce reía como si el mundo fuera un juego y ella supiera todas las reglas. Llevaba un corsé de brocado oscuro con reflejos iridiscentes, ceñido a un cuerpo que no tenía miedo de mostrar. Bajo él, una blusa blanca, generosa, dejaba ver la firmeza de su escote. Alrededor del cuello, una gargantilla de cuentas verdes resaltaba la curvatura de su clavícula como si la naturaleza misma quisiera enmarcarla.

—¿Y tú qué ofreces, aparte de tu espada mellada? —decía, rodeada de admiradores, su voz cálida y burlona—. Porque aquí no se paga solo con monedas…

Era el centro del deseo. La flor más alta del jardín prohibido que Kávila había sembrado años atrás, a fuerza de secretos, sortilegios y desesperación.

La joven no caminaba: deslizaba su cuerpo como si tuviera música propia. Los ojos la seguían. Las manos la buscaban. Y ella dejaba que la adoraran, con la seguridad de quien sabe que posee un poder que no necesita defensa.

Desde lo alto de la escalera, Kávila observaba en silencio, con los brazos cruzados y la espalda recta, oculta entre las sombras. No necesitaba descender. Lo había visto tantas veces… y, sin embargo, esa noche era distinta.

Porque Eurídyce era ella.
O mejor dicho, lo que ella había sido.

Hubo un tiempo en que su piel era tersa, en que su voz arrastraba a los hombres como un conjuro, en que bailaba bajo la luna con el vientre plano y los labios embadurnados de vino rojo. En el campamento del clan del Cuervo, Kávila fue la más deseada entre todas las hermanas, la más inteligente, la más osada.
Y todo eso, se lo arrancaron.

Por eso, al verla así —joven, bella, radiante—, no sintió orgullo.

Sintió temor.

Y un dolor antiguo, profundo, enterrado con piedras y brujerías.

Eurídyce rió de nuevo. Una risa clara, pura, despreocupada. Un hombre cayó de rodillas, fingiendo rendirse a su belleza. Otro le susurró un poema al oído, rozándole el cuello con los labios. Ella lo escuchó divertida, pero cuando volvió la vista a la mesa donde había estado aquel cliente… ya no estaba.

En su lugar, descansaba una pequeña bolsa de terciopelo rojo oscuro, anudada con un cordel dorado.

No era una prenda olvidada ni un pago habitual. Ningún cliente dejaba algo así sin decir palabra. Eurídyce la tomó con delicadeza. Pesaba poco, pero había algo inquietante en su presencia. Como si la tela guardara un secreto demasiado antiguo para ese salón de risas fáciles.

Desde lo alto de la escalera, Kávila lo comprendió al instante.

La señal.
El presagio que había visto en sueños, días atrás.
La marca antes del juicio.

Sin una palabra, giró sobre sus talones. Se retiró sin hacer ruido. Ascendió la escalera de madera crujiente. Entró en su alcoba. Cerró la puerta.

Y entonces, al alzar la vista, la vio.

La luna.

Alta. Blanca. Perfecta.

La luna flotaba en lo alto del cielo, redonda, pálida, intacta. Desde la ventana del viejo lupanar, Kávila la observaba con los brazos cruzados sobre el alféizar de piedra. El viento le despeinaba el cabello, ahora salpicado de canas, y arrastraba hacia ella los ecos apagados del placer comprado. Pero no oía nada. Solo la sentía a ella.

Esa luna.
La primera en traicionarla.

Porque lo vio todo.
Porque no lo impidió.
Porque brilló igual la noche en que su hermana Káluna murió.
Y la noche en que ella fue maldita.

Lo recordaba con una nitidez insoportable. El campamento zíngaro, el olor a madera quemada y piel sudada, el murmullo inquieto de los clanes. La llegada inesperada de Káluna, extenuada, con el rostro pálido y el vientre inflamado. Venía desterrada del Palacio de Ámbar, rechazada por la infanta Urraca y la reina Sancha III, tras saberse su relación con Rodrigo IV.

Todos la recibieron con júbilo.
Todos menos ella.

Kávila también estaba encinta.
Pero no de un rey.
Sino de su cuñado, el patriarca Arnaldo Zin-Garth, esposo de su hermana mayor Kálaba, que la había manipulado, engañado y usado como parte de su retorcido plan.
A Káluna la sedujo el poder.
A Kávila, la forzó el patriarca.

Cuando supo que su hermana no sobreviviría al parto, preparó una pócima. Un remedio piadoso. Algo que acabara con el embarazo antes de que la destruyera. Pero Káluna se negó. Y Kálima, la más joven de las hermanas, la descubrió. Y la delató.

—¡Patriarca! ¡Kávila ha intentado traicionarnos!

El juicio fue rápido.
Arnaldo alzó la voz.
Kálaba calló.

Y Kávila, por primera vez, habló con todo su corazón:

—¡Me violaste, Arnaldo! Me prometiste un destino y me diste una maldición. Me convertiste en recipiente de tu ambición.

Pero nadie escuchó.
Nadie la defendió.

Y entonces, la condena:

—Desde este momento, que cada uno de tus días se acerque a la decrepitud. Que el tiempo te clave cuchillas, y que cada luna te robe la juventud.

Fue expulsada. Maldita. Sola.
Su hijo murió.
Káluna murió.
Y la luna… se apagó.


Ahora, décadas después, esa misma luna brillaba de nuevo.

Pero no igual.

Brillaba con la luz de un ojo ciego. Como si aún llevara en su rostro el luto de aquella noche.

Kávila suspiró. No lloró.
Ya no sabía cómo.

Y entonces, tras ella, la voz que creía enterrada en el tiempo volvió a surgir, suave, contenida:

—Madre… —susurró Eurídyce—. Ha llegado.

Avanzaba despacio, con el cuerpo aún encendido por la danza y los dedos aferrando una pequeña bolsa de terciopelo carmesí, ya desatada. Los ojos que minutos antes reían entre luces cálidas y promesas fingidas, ahora estaban serios, fijos en el objeto que acababa de descubrir.

—No es oro. Ni perfume. Es… es lo que creo que es? —preguntó, sin atreverse a decirlo del todo—. ¿Nosotras…? ¿Podemos entrar? ¿Somos… dignas del torneo?

Kávila se giró, con la lentitud solemne de quien se sabe observada por los dioses.
Extendió la mano.
Eurídyce colocó el contenido sobre su palma.

Una letra.

Una C.

Tallada en marfil. Fría. Silenciosa.
Pero viva.

Kávila cerró los ojos, y durante un instante, pareció estar de nuevo en el bosque, bajo las ramas del exilio, con la sangre aún caliente y el nombre del clan ardiendo entre los labios.

—Es para nosotras.

No era solo una señal.
Ni una invitación.

Era una fisura en el destino.
Una posibilidad —lejana, incierta— de volver a pisar el terreno que les fue negado.
De pronunciar su linaje sin miedo.
De reclamar el derecho que les arrebataron a golpes y maldiciones.
De dejar de ser las condenadas.
De ser, por fin, las que regresan.

Y entonces, la luna parpadeó.
Una sola vez.
Como si, tras todos estos años, también ella concediera su bendición.

236 – EL OTOÑO QUE NO TERMINA

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EL OTOÑO QUE NO TERMINA

Las paredes del Palacio de Cristal brillaban con un fulgor apagado. Las hadas dormían, pero la reina no. Titania, la Dama Irisada, caminaba por la galería de los espejos, donde las estaciones se reflejaban sin cesar. Se hallaba frente a uno de los ventanales, contemplando sus jardines marchitos. Las estaciones no avanzaban. El otoño se había extendido más de lo debido, y si el invierno se retrasaba demasiado, la primavera, su dominio, parecía temer aparecer.

Vestía una túnica de gasa irisada que caía en ondas suaves, como si estuviese tejida con los propios pétalos de la magnolia. Un cinturón de rosas malvas ceñía su cintura, y una corona de flores frescas —aún perladas de rocío— se entrelazaba con su melena oscura, que caía suelta como un velo de medianoche.Sus alas, hechas de cristal ondulante y traslúcido, se desplegaban con una majestuosidad antigua, reflejando los colores del jardín con un fulgor cambiante, líquido, casi irreal. En su piel clara danzaban pecas diminutas, como si las motas de luz de la primavera se hubieran posado sobre ella para no marcharse jamás.Y en sus ojos… en sus ojos habitaba una mirada afilada, serena, inquebrantable.
La mirada de quien ha amado, de quien ha perdido, y de quien jamás se permitirá fallar otra vez.

—Habéis pedido la presencia de Drëgo, mi señora irisada —dijo el druida con su voz terrosa.

Drëgo apareció entre las columnas como si el mismo bosque lo hubiera invocado. Su sonrisa era tan afilada como su mirada, y su cuerpo se movía con la seguridad del que se sabe necesario. Un brillo verdoso emanaba de la piedra de su colgante y de su barita, como si ambas contuvieran un fragmento atrapado de la mismísima naturaleza. Cada uno de sus gestos estaba medido, elaborado, coreografiado con la precisión de quien sabe que, en los Jardines Irisados, tierra de las hadas, la apariencia también es poder. En la frente, grabada en carne y silencio, relucía una antigua marca arkhana: el sello de la casa Ténebris, legado de impromagia incomprensible para las hadas, invisible para quienes jamás pisaron Skuchaín.

Era imposible saber si Drëgo hablaba en serio o en juego, si ayudaba o manipulaba. Era el ocaso de los jardines, y se notaba.

—Ya ha pasado mucho tiempo desde la conversión de Kárida. Y aún no nos hemos repuesto —la voz de Titania era un susurro afilado—. Lo que era una dama representante de pacotilla de los despreciables cuadrúpedos con cuerno ahora ha decidido erigirse en Reina de la Destrucción, y no sé yo si sabe lo que hace… o si simplemente se ha entregado a una furia que ni ella misma puede contener.

En ese instante, se oyó un chasquido leve, casi imperceptible, como si una flor se hubiera cerrado en mitad de la noche. Titania alzó levemente las cejas, con el oído atento.

—¿Has oído eso?

Drëgo se encogió ligeramente de hombros, sin abandonar su media sonrisa.

—Probablemente cualquier viento de este eterno otoño. Ya sabéis cómo susurra entre los salones.

—O cualquiera de mis torpes criados —resopló Titania—. Ymodavans o Hameshas, siempre hacen ruido. No saben caminar sin molestar… en cuanto les invalidas las alas, son tan torpes como un fauno tratando de esconderse entre lirios.

Pero Drëgo sabía perfectamente lo que era. O mejor dicho, quién. La fragancia de las lilas silvestres en el aire, el leve destello rosado en la penumbra, el crujir de una hoja al doblarse con timidez: todo delataba la presencia de Edrielle. No dijo su nombre. No era necesario. Sabía que la heredera de la primavera estaba allí, escondida tras las columnas enredadas de glicinia, escuchando. Y, en lugar de ocultarlo, decidió aprovecharlo.

Titania dudó, pero no se movió. El silencio se hizo espeso, hasta que ella volvió a hablar:

—No quiero más mentiras. Cuando descubrimos que Habassar había engendrado un bastardo con Karianna, lo encerré para proteger el equilibrio. Vos lo sabéis bien. Y aun así, lo liberasteis sin mi permiso para luchar en el Cataclismo.

—Fue necesario liberarlo para que luchara en el Gran Cataclismo. Drëgo lo liberó porque el equilibrio pendía de un hilo. Y vos, mi señora irisada, lo sabéis —la voz del druida sonaba tranquila, casi suave—. Pero os digo esto: podéis estar tranquila. En contra de lo que todo el mundo cree, Drëgo tiene a Habassar en la Morada de los Druidas. Bajo vigilancia. Drëgo lo tiene a salvo.

Entonces, en la sala contigua, algo se movió con fuerza. Como una ráfaga de pétalos en primavera, Edrielle se zafó de su escondite y se lanzó al aire, atravesando el umbral con un aleteo fugaz. Sus alas, finas como el cristal y veloces como el despertar de una flor al alba, trazaron un destello rosado entre las sombras.

Titania apenas tuvo tiempo de volverse cuando la vio desaparecer tras uno de los corredores de lirios flotantes. El silencio volvió a instalarse en la sala, denso, incierto.

Drëgo no la miró. No hizo falta.

—Confiad en mí, mi señora —repitió, esta vez en un tono más bajo, más íntimo, como quien deja caer una semilla en tierra húmeda—. Vuestro secreto está seguro. Y vuestra descendencia… también.

Drëgo se inclinó, y al darse la vuelta, su sonrisa se ensanchó. No era de cortesía. Ni de alivio. Era una sonrisa afilada, antigua, como tallada en obsidiana. Sabía que su plan había comenzado a moverse. Las alas habían escuchado justo lo que debían oír. La semilla estaba plantada en Edrielle, la más joven de la primavera, y el eco de la duda florecería pronto en el corazón de la heredera.

No dejó tras de sí promesas, sino destino. Y un silencio cargado de propósito.

Titania no se movió. Permaneció junto a la vidriera, inmóvil. Su reflejo en el cristal le devolvía una imagen antigua, casi olvidada. Una mujer más joven, valiente, bañada por la luz de mil colores.

Aquel sonido de alas alejándose… le resultaba familiar.

Cerró los ojos. Y recordó.

Hubo otra noche. Una aún más oscura que esta. Una noche en la que las alas también huyeron, pero no de una sala, sino de una vida.

Recordó el jardín de las sarracenias, el olor dulzón de la traición en flor. Recordó los ojos de Kárida, aún no corrompidos del todo, y la voz grave de Karkaddan acusando a su hijo de haber amado a una unicornio. Recordó el momento en que Drëgo, su consejero, se alió con Öthyn y le propuso dejar actuar a la Dama Añil para obtener la confesión. Ella aceptó. Como dama… aceptó.

Y cuando su hijo, entre gritos y hechizos, confesó lo que nunca quiso admitir… Ella lo gritó también.

—¡Traidor! ¡Tú no eres mi hijo! —rugó entonces, llena de rabia, de miedo, de orgullo herido. Y lo mandó encerrar. Como si con un encierro pudiera encerrar también su culpa.

Porque había sido un pecado. Imperdonable. El heredero del otoño no podía engendrar al hijo de una unicornio. No bajo su mandato. No mientras existiera la Ley Druídica. Ella era la gran Titania, señora de las hadas, garante del equilibrio faérico. Si permitía que la tradición se rompiese en su propia sangre, ¿cómo exigiría respeto al resto del reino?

Pero luego vino el silencio. Y el vacío. Y los ojos rotos de Carlín. Y la risa ahogada de Drëgo. Y su propia voz… repitiendo el juicio una y otra vez en sus pensamientos.

No había podido detenerlos entonces. No había protegido a su hijo predilecto. No había creído en él. No había defendido a Carlín, testigo inocente de aquella noche, ni lo abrazó cuando todo ardía por dentro. Fue más dama que madre. Y ese error… aún palpitaba.

Y ahora Edrielle comenzaba a volar, cada vez más lejos, sin saber cuán cerca estaba del mismo abismo.

Las estaciones estaban detenidas. Y la culpa, en movimiento.


El vuelo de Titania surcó los cielos silentes de los Jardines Irisados como una pincelada de luz entre los ocres del eterno otoño. Bajo sus alas, las plantaciones de lavanda y las espirales de crisantemos se doblegaban en un susurro grave, como si también ellas quisieran que el invierno llegara ya. Pero no podía. Porque su hijo Carlín no sabía hacer que el otoño cesara. Y ella no sabía enseñárselo.

El Estanque de la Polimorfosis surgió ante sus ojos como una isla antigua en medio del tiempo. Entre los sauces que lloraban luz, el agua permanecía intacta, clara, viva. Alrededor, pétalos de mil colores flotaban sin moverse, suspendidos en un instante detenido. Y en el centro, como siempre, aguardaba él.

El Panda Rojo.

Su pelaje era fuego suave: rojo otoñal, anaranjado de ocaso, con vetas oscuras como corteza. Sus ojos, grandes y sabios, parecían contener en su reflejo todos los recuerdos del mundo faérico. No caminaba: danzaba. No hablaba: cantaba con palabras. Y cuando sonreía, la naturaleza entera se inclinaba a escuchar.

El espíritu alzó la cabeza desde el cerezo, su guarida, y sonrió con la dulzura de quien ha visto pasar los siglos.

—Dama Irisada —saludó con voz suave, casi líquida—. Hacía tiempo que no venías. ¿Vienes por juego… o por pena?

—Por preocupación —respondió Titania descendiendo lentamente y posándose sobre el arriate de las prímulas, las flores de la primavera—. Mis hijos… están perdidos.

El Panda la observó en silencio. Ella bajó la mirada, por primera vez sin orgullo.

—Habassar sigue bajo custodia. Dicen que está a salvo. Pero lo tienen los druidas, y tú sabes cómo funcionan sus ideas de seguridad. —Titubeó—. No sé si lo protegen… o lo retienen.

—¿Y Carlín?

—No puede cerrar el otoño —dijo con voz apagada—. No lo entiende. No sabe. Y yo… tampoco sé cómo ayudarle. Él es un hado de estación, como su hermano. Y sin ellos… no hay ciclo. Solo estancamiento.

El espíritu se irguió sobre sus patas.

—Tú tampoco estás cambiando, Titania. La transformación empieza en ti. El estanque no se mueve… si quien lo invoca permanece rígido.

Ella calló. Miró el agua, vio su reflejo, lo evitó.

—Entonces dime… ¿qué hago?

—Aceptarlo todo —respondió el Panda—. Incluso lo que más temes: que tu linaje está roto, que tu orgullo lo quebró. Y aun así, puedes sembrar.

El Panda Rojo descendió del cerezo con un movimiento casi danzante. Sus patas, suaves y antiguas, acariciaban la corteza como si cada paso invocara una verdad olvidada.

Titania frunció el ceño, sin saber si aquellas palabras eran una condena o un consuelo. Pero el espíritu no la miraba ya: se había acercado al borde del estanque.

—¿Sabes qué pasa cuando el otoño se resiste? —preguntó con voz traviesa— Que empieza a disfrazarse de sí mismo. A fingirse eterno. Pero el estanque no se traga las máscaras, mi señora.

Y entonces, alzó la pata y la agitó levemente.

Las hojas que aún quedaban en los árboles —doradas, cobrizas, rojizas como sangre vieja— comenzaron a caer. Pero no con la pesadez habitual del final del ciclo, sino con una cadencia coreografiada, como si obedecieran a una música secreta. Una a una, tocaron la superficie del estanque… y no se hundieron.

Flotaron. Giraron. Se reunieron. Y, poco a poco, se unieron en una figura clara, poderosa, innegable.

Una letra.
Una C.

Titania dio un paso hacia el borde, sus ojos brillando. La vio. Y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió algo parecido al orgullo.

—¿Una “C”? —preguntó, con la voz entre la duda y la reverencia.

—Una “C” de «Calamburia», de «Competición», de «Corona»… o de «Cambio» —dijo el Panda, revoloteando con su lengua traviesa—. Pero también es una “C” de «Carta», de «Caminante», o de «Candidata».

—¿Me estás dando la entrada al Torneo? —susurró ella.

—Tú te la has dado sola —rió él—. Pero… no deberías ir sola. Llévala contigo.

—¿A quién?

—A Edrielle —respondió el Panda con naturalidad—. Es tiempo de que vea el mundo. De que aprenda lo que cuesta sostener un reino. De que escuche desde dentro.

Titania se quedó quieta. La C flotaba aún. Pero sus alas dejaron de moverse por un instante.

—No —dijo, sin agresividad, pero con firmeza—. No la llevaré.

El Panda no insistió. Solo la miró, como solo miran los seres que saben demasiado: con ternura… y una leve sombra de decepción.

Nunca supo si aquella negativa nació del deseo de proteger a su hija, o del orgullo de no querer compartir el foco. Ni él, ni nadie, lo sabría jamás.

—Entonces… ¿con quién irás?

—Con mis criados —sentenció Titania—. Los Ymodavans. Saben moverse en silencio. Y no harán preguntas.

El Panda Rojo asintió, sin sonrisa esta vez.

Titania extendió la mano. La letra C se deshizo en pétalos que se posaron sobre su palma. El acceso estaba sellado.

Mientras la Dama Irisada alzaba el vuelo, orgullosa y solemne, una figura oculta entre los lirios se deslizaba de nuevo entre los jardines. Edrielle.

Ella lo había oído todo.
Y en su pecho, algo se encendió.

Tenía un propósito.

Liberar a Habassar del cautiverio druídico.
Arrancar a Carlín de las garras de la oscuridad.
Restaurar el ciclo estacional y hacer que el invierno regresara.

Todo eso… mientras su madre, la gran Titania, conquistaba el otro lado del mundo.