Los espías de la corte

Tras años de cruenta guerra por el dominio de la prolita, el rey Rodrigo VII fue traicionado por la reina Elora y sus piratas. Como decisión estratégica y para poder asestar el necesario golpe de gracia a la coalición de los Pueblos Primigenios, Doddy se vio obligado a abdicar en su hija Petequia y su yerno, el rey Caspio de Aurantaquía.

Bajo el mandato de los nuevos reyes los dos reinos se unificaron y la nueva capital de ambos se estableció en Ámbar donde los canales se extendieron convirtiéndola en una ciudad anfibia. Sin embargo, varios acontecimientos pospusieron la que parecía una inevitable victoria definitiva de la corona en la guerra contra los salvajes. La primera fue la desaparición de la magia, derivada de ciertos conflictos en el Mundo Faérico. El hecho convirtió a los magos en peleles inservibles, que seguían consumiendo recursos sin aportar su histórico valor decisivo en las batallas. Por todo ello, la corona no sintió como una especial pérdida que la Torre Arkhana de Skuchaín se declarara en rebeldía. Sin embargo, el fin de la magia y su efecto estratégico en la guerra fue el balón de oxígeno que los mermados pueblos salvajes necesitaban para resistir y continuar hostigando a la corona. Por otro lado, los licenciosos piratas acogieron en su seno a la princesa Urraca y encontraron en ella su propia candidata al trono de Calamburia.

Caspio y Petequia, obligados a gobernar un mundo inestable y dividido, se centraron en dos cometidos: hacer de la religión la palanca necesaria de la unión de su reino y lograr la integración efectiva de humanos y tritones en una sola sociedad. En esa tesitura nació el primer hijo de los reyes. Rodrigo fue un bebé sano y fuerte, con escamas de tritón y branquias. Sin embargo, nadie sospechaba del funesto destino que aguardaba al heredero. Una noche de tormenta, una sombra penetró en la torre del Palacio en la que se hallaban las dependencias de la familia real. Alguien secuestró al primogénito en mitad de la noche y sin dejar rastro. Los reyes peinaron cielo, tierra y mares, pero no dieron con el niño ni con una sola pista del secuestrador.

A pesar de la pena que les embargó, los reyes se dispusieron a cumplir su deber nuevamente y Petequia volvió a quedar encinta. Así nació Aralia, una niña mitad humana mitad tritona destinada a heredar el trono y que fue siempre el ojito derecho de su padre Caspio. Él se encargó de llenarle la cabeza con historias sobre Aurantaquía, la ciudad sumergida de los Tritones donde su padre y, antes que él, su abuelo, gobernaron con sabiduría y bondad. La niña creció soñando con las maravillas de aquel sitio que nunca había visitado: los Jardines Coralinos, el Gran Bosque de Anémonas y la asombrosa Fosa Abisal. Sin embargo, el miedo de sus progenitores a que su heredera le fuera nuevamente arrebatada, hizo que nunca le permitieran salir del Palacio. La refinada baronesa Isolda Hain der Ness la educó en protocolo y el arte del gobierno. Ella logró hacer de Aralia toda una princesa que dominara no solo las danzas de moda sino el arte de leer las abyectas intenciones de sus enemigos. A su vez, su padre Caspio quiso que Traqua, su padrino, la entrenara en las artes acuáticas (natación, generación de corrientes y lucha con tridente), en las que pronto demostró ser una alumna aventajada.

Y a Aralia le siguió el pequeño Zoran, también mitad tritón y el favorito de su madre, que le ha convertido en su pequeño proyecto personal. Como era el menor de sus hijos, Petequia encargó su educación a su madrina Carmélida y su padrino Clemente, quienes le formaron en la más estricta de las morales y observancias de la Fe del Titán. Fruto de esa educación se convirtió en un amante de la austeridad y la autoflagelación. Cuando cumplió los 5 años, Zoran, en un sueño vívido producido por el ayuno autoimpuesto, recibió el mensaje del Todopoderoso Titán. Era una revelación que le anunciaba que era en realidad un profeta, el elegido para llevar la fe a un nuevo estadio de desarrollo que acabara con el pecado y la perversión del mundo. Contó su sueño a Clemente y Carmélida que no dudaron en creerle. Le llevaron ante Inocencio el cual lo sometió a una ordalía: puso ante él una vela encendida y le obligó a acercar la mano. Lejos de quemarse, el niño no sufrió dolor alguno demostrando que, por algún motivo, se hallaba bajo la protección del Todopoderoso Titán. La cúpula de la iglesia decidió que aquello era algo que debían mantenerse en secreto. Al fin y al cabo, si los enemigos de la corona habían sido capaces de secuestrar a Rodrigo sin ser detectados, ¿cómo iba a estar seguro Zoran si se descubría quién era en realidad? Según él mismo afirma, el Titán se le aparece y le da instrucciones concisas que él transmite a los religiosos como la voluntad de la divinidad, e incluso a veces habla a través de él con una voz cavernosa. Desde que empezó a comunicarse con él, Zoran vive convencido de que es el profeta del Titán y que tiene una misión fundamental.

Hubo un tiempo en que el nombre Haines inspiraba respeto entre la nobleza de Calamburia. Era linaje noble, guerrero y leal a la corona, que rozó el cielo con los dedos el día en que Rodrigo de Haines, el hijo mayor de Gonzalo de Haines, fue prometido con la princesa Petequia, heredera al trono. Sin embargo, todo cambió cuando Urraca, la hermana menor de la heredera, urdió un plan para arrebatarle a su hermana todo lo que tenía: su felicidad, su futuro trono y hasta a su futuro marido. Cuentan que la ambiciosa princesa Urraca recurrió a la magia zíngara para conseguir un embrujo de amor y otro de olvido con el que apoderarse del prometido de su hermana y convertirlo en su rey consorte. Don Gonzalo de Haines, el padre de Rodrigo trató de advertirle de la naturaleza retorcida de Urraca, pero el joven rey desoyó sus advertencias. Por miedo a que la casa de Haines ejerciera influencia sobre su esposo y lo volviera en su contra, Urraca hizo que su ejército de sicarios se fuera encargando de sus familiares más cercanos uno por uno. Don Gonzalo de Haines fue encontrado muerto en su bañera, su madre comió marisco en mal estado y un hermano pequeño de Rodrigo falleció en un desafortunado accidente de cacería. Rodrigo de Haines, cada vez más melancólico, aislado y aturdido por el conjuro de magia zíngara acabó por transformarse en un mero títere de Urraca. Allí empezó el final de la casa Haines, cuyas propiedades pasaron directamente a engrosar las pertenencias de la corona. Y, debido a la incapacidad de Urraca para concebir, el apellido Haines fue maldito y condenado al olvido.

Pero no todos los Haines desaparecieron. Una niña sobrevivió. Isolda, la hermana menor de Rodrigo, doncella de la corte, olvidada por su insignificancia política y su disposición siempre complaciente, fue rescatada del palacio por un viejo criado leal a la casa de Haines. Antes de sacarla del Palacio, el criado le confió una única misión: encontrar a Petequia y protegerla, a ella y al niño que crecía en sus entrañas: la esperanza de la casa da Haines y el verdadero heredero de la corona de Calamburia, hijo primogénito de Petequia y Rodrigo. 

Guiada por ese propósito, Isolda escapó y llegó a Villaolvido, donde Petequia vivía desterrada, oculta entre los escombros de su linaje. Allí fue acogida por Kávila, una zíngara también desterrada que dirigía un lupanar disfrazado de taberna. Bajo su tutela, Isolda aprendió que en los márgenes del poder no ganaba quien más fuerte golpeaba, sino quien mejor escuchaba, observaba y sabía callar. Con el tiempo, se convirtió en una sombra astuta, silenciosa y peligrosa. Además por su atractivo y sus dotes para el amor, se convirtió en una de las chicas más cotizadas del local de la zíngara y su brazo derecho.

Los años pasaron, y cuando Rodrigo V murió en la batalla de Ámbar, Isolda supo que era el momento de ayudar a Petequia y a su hijo a recuperar lo que un día les fue arrebatado. Se escapó del lupanar y guió los pasos de su sobrino para que consiguiera el trono que le correspondía. Con la ayuda de su red de contactos, Comosu derrocó a Urraca —recién enviudada— condenándola al exilio. Urraca, desposeída, fue reducida a la mendicidad y vagó durante años por las calles de Instántalor, donde sobrevivió como un fantasma de lo que fue. Sin embargo, tras los primeros meses de reinado Isolda y la propia Petequia descubrieron en Comosu a un tirano. Ambas fueron desterradas por el nuevo rey a Villaolvido, pero Isolda pobre y con la responsabilidad de mantener a una cada vez más desquiciada Petequia, escapó hasta su antiguo lupanar de la aldea libre donde intentó recuperar su puesto. Kávila, desconfiada tras el primer abandono, le hizo jurar que, si la dejaba volver, no volvería a escaparse. Isolda recuperó su antiguo trabajo con el que pudo mantenerse a sí misma y a Petequia.

Entonces sucedió el colapso el inframundo y Rodrigo V resucitó. Pero, como aún seguía bajo los hechizos de Urraca, volvió con ella y ocupó su puesto a su lado en las calles como rey mendigo. Isolda, que se sentía aún responsable de la deplorable suerte de su hermano, acudió a Kávila e hizo una oferta que esta no pudiera rechazar. Le pidió dos cosas: un permiso temporal y un objeto de magia zíngara que le permitiera liberar a su hermano del hechizo de la reina mendiga. A cambio le hizo un doble juramento: volver a ocupar sus sitio en cuanto hubiera liberado a su hermano y entregarle a su futuro primogénito en el caso de que lo tuviera para que Kávila lo criara como suyo. Kávila, maldita por el patriarca Arnaldo, había perdido a su primer retoño y no podía concebir, por lo que aceptó el trato.

A cambio, le entregó una antigua máscara zíngara: la Colombina del Silencio. El poder de aquel objeto era capaz absorber las maldiciones zíngaras, así como de redirigirlas hacia un nuevo objetivo.

Isolda regresó a las cloacas del reino, mezclándose entre mendigos, desertores y voces apagadas. Fue allí donde, usando una identidad falsa, conoció a Omero y Finín, dos pícaros callejeros que formaban parte de la banda de inadaptados de Urraca. Estos dos rateros ayudaron a Isolda a dar con el paradero de Rodrigo. Isolda utilizó a tiempo la Colombina del Silencio para liberar a Rodrigo del hechizo justo antes de que llegara a Instántalor Sancha I con sus soldados. La reina retirada, al enterarse del paradero y situación de su hija Urraca, regresó y la rescató con sus propias manos. La devolvió al trono y Urraca, como agradecimiento, nombró a Omero y Finín porteros reales. Comosu fue depuesto, apresado y condenado a muerte.

Isolda, a espaldas de la nueva reina, condujo a Rodrigo hasta la Aldea Libre, donde les esperaba Petequia. Allí, en secreto, los tres trazaron un plan para liberar a Comosu, que estaba en espera de ejecución. Juntos —Isolda, Rodrigo y Petequia— y con apoyo de los piratas (declarados antiurraquistas), lograron rescatar a Comosu y refugiarle en Isla Kalzaria. Sin embargo, una vez allí, fue encerrado debido a que su creciente locura empezaba a convertirle en un peligro para los demás y para sí mismo. 

Rodrigo V, al ver cómo había acabado su único hijo, se fue convenciendo de la quimera que suponía la recuperación del trono, olvidó su odio por Urraca y terminó por embarcarse como aventurero buscador de tesoros. Petequia, tras esperarle en vano, acabó rindiéndose al amor del Capitán Flick, un reputado capitán pirata con quien tuvo a su hija Mairim. Petequia halló apoyo entre los marinos y antiguos leales, y formó su gobierno en el exilio en Kalzaria. Debido a la afección de su hijo, empezó a confiar cada vez más en los dotes de su hija, que además, al ser a la vez de sangre pirata y real, fue ganando adeptos como candidata alternativa al trono de Calamburia.

Isolda, por su parte, regresó a la Aldea Libre, para cumplir con su juramento y ocupar de nuevo su lugar en el lupanar. Pasaron los años y su destino se cruzó con el del joven Sancho I, príncipe llevado allí por sus tutores para ser instruido en el arte del placer. Isolda, con toda la experiencia que aumulaba, captó rápidamente la atención del heredero. En la intimidad de sus encuentros, él se sinceró con ella, le habló de sus miedos al haber sido prometido con una mujer peligrosa y se enamoró de ella. Lo que comenzó como un juego de información acabó en un embarazo no planeado.

Fue entonces cuando Kávila reclamó el cumplimiento del pacto: exigió el bebé de Isolda a cambio de los servicios mágicos y terrenales que le había prestado. Prometió criar al niño como si fuera suyo, y esa fue su intención. Pero, al poco tiempo, cuando consiguió concebir a su propia hija Eurydice —sangre de su sangre—, cambió de parecer. Ese niño enclenque no tenía sangre zíngara y poca gracia para trabajar en un lupanar. Por ello, vendió al pequeño a una familia de nobles menores que no podían tener hijos. Sacó por ello una buena bolsa de oro que no tardó en dilapidar.

Isolda herida por haber tenido que entregar a su único hijo y por ver del todo extinguido el legado de los Haines, escapó del lupanar sin saber cuál sería el destino del pequeño que le habían arrebatado. Regresó a Kalzaria para estar junto a su hermano, pero allí encontró un panorama radicalmente distinto: Mairim se había proclamado reina de los piratas y había ayudado a criar a la inquieta y brillante Elora, que ya se preparaba para gobernar toda Calamburia tras su matrimonio con el nuevo rey Rodrigo VII, hijo de del difunto Sancho y Melindres. Lloró amargamente por el joven Sancho por el que sentía una cierta ternura, pero también concluyó que, en apariencia, sus deseos parecían cumplidos: un heredero con sangre de los Haines ocupaba el Trono de Ámbar, y la gloria de su linaje comenzaba a vislumbrarse de nuevo. Isolda, estrechó lazos con la reina Mairim y se convirtió en su consejera de confianza.

Pero entonces llegaron las Guerras de la Prolita, y con ellas, la certeza de que el Reino se estaba torciendo. Desde Kalzaria, se hablaba de manipulación y traiciones palaciegas. Rodrigo VII, la Santa Hermandad y la nueva facción tritona parecían estar desplazando a Elora en la corte. Fue entonces cuando Mairim y Rodrigo V enviaron a Isolda como infiltrada en el palacio donde veló por Elora moviéndose en las sombras. Los fondos de la corona pirata le permitieron hacerse pasar por la Baronesa Jain der Ness, la heredera de un noble de la periferia del reino que poseía una gran fortuna.

Con sus modales nobles, su dinero, astucia y sus legendarias artes de seducción, pronto se hizo un hueco en la corte. Con la ayuda de Elora, que conocía su identidad secreta, ascendió rápidamente como consejera, experta en protocolo del núcleo real y consejera de confianza de Zora Von Vondra. Al lado de la reina madre, se dedicó a sembrar rumores y organizar eventos, haciéndose indispensable entre la nobleza. El objetivo de Isolda seguía siendo conseguir que un heredero con sangre de los Haines gobernara y lo hiciera con justicia, sin olvidar las necesidades de su pueblo. Estando cerca de la familia real, se percató de que la futura reina Petequia, mostraba un carácter autoritario y fundamentalista, alejado de los ideales por los que Isolda, siempre había luchado. Sin embargo, la pequeña Urraca, que se había criado en las calles y sentía como propios los sufrimientos de su pueblo, parecía a todas luces la esperanza de la corona.

Asentada en palacio como colaboradora de la familia real, pero en realidad trabajando para la corona pirata, cuando las cosas se torcieron para la reina, Isolda se convirtió en la llave secreta que permitió la huida de Elora y su hija Urraca hacia Kalzaria, donde estarían a salvo del nuevo orden impuesto por Rodrigo VII y los suyos. Ella, sin embargo, permaneció en la corte fingiendo fidelidad a Zora. Sabía que era más útil a su causa estando dentro del tablero, y no alejándose del juego. Permaneció como doble agente en el corazón del poder mandando información a su hermano y a la reina Mairim, preparando el futuro ascenso de Urraca II. Nadie sospechaba que aquella consejera reservada, elegante y eficaz era en realidad una Haines, ni que cada palabra que pronunciaba formaba parte de un plan mayor.

Así, Isolda se transformó en una espía de altas esferas. Ocultando su verdadero apellido, enterró su historia y jugó el papel que mejor sabía interpretar: el de silenciosa y discreta cortesana, el de seductora y traficante de rumores. Aprovechó el ascenso de Petequia II al trono para consolidarse como anfitriona de confianza, tejedora de alianzas, maestra de las formas, gracias al prestigio que había acumulado bajo el ala de Elora antes de su exilio y se convirtió en mentora de los nuevos príncipes.

Pero el pasado olvidado regresó. Un día en el Palacio, Isolda reconoció entre los coperos a un joven cuyo rostro le resultó insoportablemente familiar. Había algo en su mirada, en su forma de caminar… Mediante una marca de nacimiento, descubrió que aquel muchacho era su hijo perdido, el hijo de Sancho I, el mismo que le había sido arrebatado como pago por el pacto con la zíngara. Según averiguó, aquel meticuloso joven había demostrado un asombroso talento como sirviente de la corte, a la que sus padres adoptivos le habían mandado años antes y ahora se había convertido en copero de la mismísima familia real.

Al principio no reveló la verdad. Le bastaba con tenerlo cerca y saber que estaba bien. Pero poco a poco, terminó por concebir un nuevo  y brillante plan: si su hijo lograba casarse con la princesa heredera, hija de Petequia II y Caspio, la casa Haines volvería a estar unida a la sangre real y su propio hijo Sancho conseguiría alcanzar las más altas cotas de poder del reino. Nadie en la corte sabía que el muchacho era también hijo de Sancho I, lo que lo convertía, cuando el secreto fuera convenientemente desvelado, en un heredero legítimo de la antigua dinastía de los Rodrigo.

Ya no era un niño, sino un joven discreto, inteligente, formado en las sombras de la corte, que sin saberlo se había ganado el respeto de los suyos por su buen hacer. Una noche, en la intimidad del ala este del palacio, donde la luz de las velas era especialmente débil, Isolda se acercó al joven y le contó la verdad. Todo. Desde el pacto con Kávila, hasta su nacimiento, su sangre real, y la traición que les había separado. Él no dijo nada al principio. Solo la escuchó, temblando. Y cuando ella terminó, le miró con unos ojos que ya no eran los de un criado, sino los de un hijo que había reencontrado a su madre: los de un aliado incondicional.

A partir de ese momento, comenzaron a trabajar juntos, en silencio, como sombras que se reconocen entre la multitud. Isolda, establecida como institutriz de los príncipes y consejera de la reina madre, logró mantenerse cerca de la corona. Él continuó como diligente copero, invisible entre las rutinas del palacio, pero atento a cada conversación, a cada gesto, a cada amenaza. Fue un hallazgo para su madre, un sirviente discreto, sobre el que nadie reparaba pero capaz de amasar la más suculenta información.

Isolda quería que su hijo fuera el rey de toda Calamburia… pero él, al que llamaba cariñosamente (y para no levantar sospechas) Chinchín, solo quería ser un buen copero. Era el mejor en su oficio. Y le encantaba su trabajo. No aspiraba a nada más, pero ahora que había encontrado una madre, no quería decepcionarla.

Y aunque el silencio seguía siendo su mayor escudo, esta vez Isolda no estaba sola. Ahora el juego de sombras tenía dos jugadores y un nuevo objetivo; uno propio. Y esta vez, los Haines no pensaban perder.

Isolda es una mujer madura y bregada en protocolo, espionaje, técnicas de lucha y artes amatorias. Apoya la causa del pueblo respecto al elitismo fanático de la actual realeza, pero se considera una mujer pragmática. Es inteligente y posee objetivos múltiples para los que teje enrevesados planes que su hijo no siempre alcanza a seguir. Posee una antigua máscara zíngara, la Colombina del Silencio en la que aún reside una maldición de amor y olvido esperando a ser utilizada.Chichín es un hombre sencillo y copero vocacional, educado por la familia de la pequeña nobleza que le adoptó, se ha formado como un meticuloso sirviente, discreto pero con dotes de asombrosa creatividad en la preparación de brebajes alcohólicos. Conoce de memoria la bebida favorita de todos los miembros de la corte y prepara como nadie el vino frío con canela y limón que tanto le gusta a Zora. Posee el don natural para hacer que la gente hable en su presencia: él lo considera una mezcla justa entre saber escuchar y ser comedidamente complaciente. Mediante su savoir faire, ha logrado atesorar suculenta información a la que no parece dar especial valor, trabajo del cual ya se encarga su sabia progenitora. Está feliz de haber recuperado el vínculo con su madre biológica a la que creía perdida, por lo que se esfuerza por ser un buen hijo, obediente y discreto, como le han enseñado. Posee un carácter más bien inclinado a evitar los problemas por lo que, al serle revelado que en realidad es el heredero al trono de Ámbar, no se atreve a confesar a su madre que preferiría seguir siendo copero, un trabajo que le realiza y le hace feliz. ¿Por qué querría alcanzar el poder alguien que ya ha encontrado su lugar en el mundo?

LOS ESPÍAS DE LA CORTE

Tras la identidad secreta de dos discretos cortesanos, se esconden en realidad una madre y un hijo: ella, una astuta y bregada espía; él un diligente copero de sangre azul. Nadie sabe para quién trabajan, pues sus planes son demasiado enrevesados hasta para ellos mismos. ¡Guardaos las espaldas pues aquí llegan los Espías de la Corte!


La pareja

Chinchín

Este joven sirviente es el paradigma de la profesionalidad. Experto en la preparación de las mejores mezclas, vocacional y discreto donde los haya. ¡Él es el futuro rey Sancho II, el legítimo heredero de… Oh, perdón… él es Chichín, el copero real!



Isolda

Ella es la última esperanza de una estirpe olvidada. Tras años de peripecias ha logrado hacerse un hueco en la corte gracias a su astucia y sus asombrosos dotes de seducción*. ¡Ella es Isolda de Haines…! Oh, disculpen. ¡Ella es la Baronesa Isolda Jain der Ness!

Los herederos de Ámbar

Tras años de cruenta guerra por el dominio de la prolita, el rey Rodrigo VII fue traicionado por la reina Elora y sus piratas. Como decisión estratégica y para poder asestar el necesario golpe de gracia a la coalición de los Pueblos Primigenios, Doddy se vio obligado a abdicar en su hija Petequia y su yerno, el rey Caspio de Aurantaquía.

Bajo el mandato de los nuevos reyes los dos reinos se unificaron y la nueva capital de ambos se estableció en Ámbar donde los canales se extendieron convirtiéndola en una ciudad anfibia. Sin embargo, varios acontecimientos pospusieron la que parecía una inevitable victoria definitiva de la corona en la guerra contra los salvajes. La primera fue la desaparición de la magia, derivada de ciertos conflictos en el Mundo Faérico. El hecho convirtió a los magos en peleles inservibles, que seguían consumiendo recursos sin aportar su histórico valor decisivo en las batallas. Por todo ello, la corona no sintió como una especial pérdida que la Torre Arkhana de Skuchaín se declarara en rebeldía. Sin embargo, el fin de la magia y su efecto estratégico en la guerra fue el balón de oxígeno que los mermados pueblos salvajes necesitaban para resistir y continuar hostigando a la corona. Por otro lado, los licenciosos piratas acogieron en su seno a la princesa Urraca y encontraron en ella su propia candidata al trono de Calamburia.

Caspio y Petequia, obligados a gobernar un mundo inestable y dividido, se centraron en dos cometidos: hacer de la religión la palanca necesaria de la unión de su reino y lograr la integración efectiva de humanos y tritones en una sola sociedad. En esa tesitura nació el primer hijo de los reyes. Rodrigo fue un bebé sano y fuerte, con escamas de tritón y branquias. Sin embargo, nadie sospechaba del funesto destino que aguardaba al heredero. Una noche de tormenta, una sombra penetró en la torre del Palacio en la que se hallaban las dependencias de la familia real. Alguien secuestró al primogénito en mitad de la noche y sin dejar rastro. Los reyes peinaron cielo, tierra y mares, pero no dieron con el niño ni con una sola pista del secuestrador.

A pesar de la pena que les embargó, los reyes se dispusieron a cumplir su deber nuevamente y Petequia volvió a quedar encinta. Así nació Aralia, una niña mitad humana mitad tritona destinada a heredar el trono y que fue siempre el ojito derecho de su padre Caspio. Él se encargó de llenarle la cabeza con historias sobre Aurantaquía, la ciudad sumergida de los Tritones donde su padre y, antes que él, su abuelo, gobernaron con sabiduría y bondad. La niña creció soñando con las maravillas de aquel sitio que nunca había visitado: los Jardines Coralinos, el Gran Bosque de Anémonas y la asombrosa Fosa Abisal. Sin embargo, el miedo de sus progenitores a que su heredera le fuera nuevamente arrebatada, hizo que nunca le permitieran salir del Palacio. La refinada baronesa Isolda Hain der Ness la educó en protocolo y el arte del gobierno. Ella logró hacer de Aralia toda una princesa que dominara no solo las danzas de moda sino el arte de leer las abyectas intenciones de sus enemigos. A su vez, su padre Caspio quiso que Traqua, su padrino, la entrenara en las artes acuáticas (natación, generación de corrientes y lucha con tridente), en las que pronto demostró ser una alumna aventajada.

Y a Aralia le siguió el pequeño Zoran, también mitad tritón y el favorito de su madre, que le ha convertido en su pequeño proyecto personal. Como era el menor de sus hijos, Petequia encargó su educación a su madrina Carmélida y su padrino Clemente, quienes le formaron en la más estricta de las morales y observancias de la Fe del Titán. Fruto de esa educación se convirtió en un amante de la austeridad y la autoflagelación. Cuando cumplió los 5 años, Zoran, en un sueño vívido producido por el ayuno autoimpuesto, recibió el mensaje del Todopoderoso Titán. Era una revelación que le anunciaba que era en realidad un profeta, el elegido para llevar la fe a un nuevo estadio de desarrollo que acabara con el pecado y la perversión del mundo. Contó su sueño a Clemente y Carmélida que no dudaron en creerle. Le llevaron ante Inocencio el cual lo sometió a una ordalía: puso ante él una vela encendida y le obligó a acercar la mano. Lejos de quemarse, el niño no sufrió dolor alguno demostrando que, por algún motivo, se hallaba bajo la protección del Todopoderoso Titán. La cúpula de la iglesia decidió que aquello era algo que debían mantenerse en secreto. Al fin y al cabo, si los enemigos de la corona habían sido capaces de secuestrar a Rodrigo sin ser detectados, ¿cómo iba a estar seguro Zoran si se descubría quién era en realidad? Según él mismo afirma, el Titán se le aparece y le da instrucciones concisas que él transmite a los religiosos como la voluntad de la divinidad, e incluso a veces habla a través de él con una voz cavernosa. Desde que empezó a comunicarse con él, Zoran vive convencido de que es el profeta del Titán y que tiene una misión fundamental.

Por su parte Aralia, destinada a gobernar Calamburia, sueña en realidad con escapar de los muros del palacio y visitar los mares que vieron nacer a sus ancestros. Sin embargo hay cierto malestar entre la nobleza Calamburiana. El hecho de que los herederos sean en realidad mestizos supone un agravio para las más poderosas familias, que han empezado a instigar conductas discriminatorias contra la población tritona, argumentando el trato de favor de la corona. Incluso, en algunos pueblos de la tierra firme del reino ha habido ciertos conatos de violencia contra la población tritona. A fin de calmar los ánimos y lograr una integración plena de las razas, los reyes —aconsejados por la ancestral sabiduría de Zora— han decidido prometer a Aralia con el heredero de alguna casa poderosa de la nobleza Calamburiana. Quizás un Colby, quizás su primo segundo Tilian Von Vondra… Sin embargo, Aralia está en secreto enamorada del apuesto general Traqua, cuyo amor se le antoja imposible por la diferencia de edad, porque es el mejor amigo de su padre y ya que Aralia debe prometerse a otro hombre para cumplir su papel en el tablero político. Bajo apariencia de desinterés, Traqua está profundamente enamorado de la joven princesa, pero no osa dar el paso por no sentir que vuelve a fallar otra vez a su amado rey.

Los dos príncipes han sido educados en valores religiosos,  así como en el dolor de la pérdida de su hermano desaparecido Rodrigo, algo que suelen recordar con asiduidad y ritualizada pena. Su relación es fraternal y ambos quieren el bien del reino, pero Aralia suele sentir que la corona es un fardo que no sabe si está dispuesta a cargar; al menos no si ello implica renunciar a todos sus sueños: el amor, la libertad, vivir bajo el mar… Zoran, por su parte, tiende a juzgar moralmente a su hermana que, según él, debería aceptar su destino con abnegación como él ha aceptado el suyo.

LOS HEREDEROS DE ÁMBAR

Ellos son los hijos de los reyes y un día Calamburia estará en sus manos. Mitad humanos y mitad tritones, tienen la importante misión de mantener el reino unido para lo que no dudarán en usar el poder de la fe y la fuerza de sus ejércitos ¡Postraos ante los Herederos de Ámbar!


La pareja

Aralia

Hermosa, soñadora e implacable luchadora acuática, se debate entre el peso del deber y sus sueños: el deseo de viajar a sus orígenes submarinos y un amor prohibido. ¡Haced una reverencia ante la Princesa Aralia, la Heredera de Ámbar!



Zoran

Él es el príncipe de Calamburia. De moral intachable, es tan devoto y humilde pero, en secreto, también es el instrumento del Titán para redimir al mundo de sus pecados para lo que no dudará en sacrificarlo todo… y a todos. ¡Agachad el rostro ante la arrolladora fe del Príncipe Zoran, el profeta del Titán!

El susurro de las arenas

Nadie en el pueblo nómada duda de que Arishai, el Escorpión de Basalto, fue el líder más poderoso en la historia del clan del Escorpión. Incluso se le recordará como el primer nómada de las arenas que fue capaz de colocar a su propia sangre en el trono de Ámbar. Sin embargo, el legado de Arishai está manchado por varios acontecimientos, traiciones y engaños, casi todos instigados por aquella a la que hoy los nómadas conocen como “la gran embaucadora”: Zora von Vondra. Y es que la historia que se pasa de boca a oreja a los jóvenes del clan, al calor de una hoguera en las frescas noches del desierto, es muy distinta a la que cuentan las crónicas reales.

Lo que en el desierto se cuenta sobre el día en que Zora fue capturada por los nómadas, difiere notablemente de lo que narran las crónicas reales. Según las hijas del Escorpión, precisamente ese día, que aparentemente empezó el resurgir de su clan, también se selló su nefasto futuro. Cuentan las ancianas nómadas contradiciendo la versión de la Reina Madre que, en realidad, la pérfida Von Vondra utilizó sus artes de seducción para someter al mismísimo Escorpión y quedarse embarazada de él. Arrebató así el privilegio de la primogenitura a cualquier mujer nómada y le obligó a engendrar a un bastarda de sangre mestiza, en vez de a una verdadera heredera proveniente de su numeroso harén. Nashel, la Flor de Fuego, era por derecho la verdadera heredera del clan. Ella nunca aprobó la deriva de su padre pero, como buena hija, le obedeció ciegamente. Sin embargo, varios hechos precipitaron la ruptura de los nómadas con el trono que durante tanto tiempo habían ayudado a afianzar.

El primero fue el asesinato de Melindres a manos de Amunet. Muerta su hermana, Nashel consideraba que, en la sangre de sus herederos, el linaje del escorpión se diluiría inevitablemente. El segundo infortunio fue la enfermedad de Arishai. Tras la muerte de su primogénita, el líder del clan cayó terriblemente enfermo. Mientras los galenos de la corte hablaban de una profunda melancolía, los chamanes del desierto barajaban otra teoría. Decían que para cualquier nómada, la lejanía prolongada de sus arenas natales, terminaban por hacer languidecer su alma. Nashel decidió entonces, enfrentándose a la voluntad de Zora, traer a su enfermo padre de nuevo al desierto donde los chamanes tratarían de sanarle.

Pero el último evento, el último engaño de Zora que desataría la ruptura total entre la corona y la estirpe del escorpión, fueron las Guerras de la Prolita. Cegada por su ambición, la Reina Madre promovió que el ejército ocupara la frontera con las tierras salvajes, violando la tregua, en busca del preciado mineral y de nada sirvieron los intentos de Talisha de encontrar al conflicto una salida diplomática. De hecho, en plena misión diplomática, Talisha estuvo a punto de ser asesinada por un sicario de la Reina Madre. Solo su asombroso manejo del “susurro de la arena” pudo despertarla y permitirle matar a su atacante antes de ser acuchillada. Talisha suele esparcir arena por el suelo de la estancia donde duerme para evitar ser sorprendida, si escucha la alerta de la arena, se despierta. Talisha mató a su atacante y logró escapar disfrazada de comerciante hasta el frente de las Montañas Cobrizas, donde los salvajes le dieron cobijo. Allí se hizo amante de Kholontai, el Príncipe Errante. Cuando le fue posible, regresó de nuevo al desierto, donde compartió con Nashel la enésima traición de la Corona. 

Pero la insaciable sed de riquezas y de poder de Zora no acabó ahí, sino que le llevaron a profanar el mismísimo Zócalo de Prolita, la tierra sagrada común a todos los ancestros de los llamados Pueblos Primigenios. Kholontai, el hijo de Dorna, hizo entonces soplar el cuerno, recordando a todos los antiguos clanes, el juramento ancestral que una vez hicieron cuando eran un solo pueblo: defender con su sangre su tierra sagrada común.

Aconsejada por Talisha, Nashel tomó una difícil decisión: declarar la guerra a su propio sobrino Doddy. Y lo hizo aún a sabiendas de la inferioridad numérica y militar de los pueblos primigenios, a la vez que desobedeciendo la voluntad de su propio padre cuyas últimas palabras antes de caer en un profundo letargo habían sido: “hijas mías, juradme ser siempre el baluarte de la corona de vuestra hermana, aunque ella ya no esté”. Pero tras años de sostener la corona de los Rodrigo, los nómadas no solo les abandonaban sino que estaban decididos a clavarles su aguijón aunque ello conllevara su propia aniquilación. Nashel se lanzó a comandar a sus ejércitos dejando a su único hijo atrás, bajo la protección de la tribu.

Sharim, hijo de Nashel y heredero de las arenas, había nacido tras los sucesos del Orbe de la Confusión. Fue un bebé sano y corpulento que poseía en la mirada el ardor de su abuelo. Los sabios de la tribu eligieron al pequeño para ser un día el heredero de la Flor de Fuego. Pasó su infancia en un mundo en guerra, pero al menos una de sus tías se encargó de educarle y guiarle: Talisha, la voz del desierto. Su tía y protectora renunció a acompañar a sus hermanas en la lucha sacrificándose por un proyecto mayor: enseñó a luchar al heredero, a escuchar la arena y trató de inculcarle su odio acérrimo por la corona así como el respeto por las raíces ancestrales de los pueblos primigenios. Desde pequeño Sarim Ibn Nashel creció siendo consciente de su importante papel en el clan: renunciar a sus propios sentimientos y casarse un día para forjar una alianza estratégica que reforzara la posición del clan del escorpión. Las amazonas mostraron interés en el joven desde le principio, incluso le regalaron a Nashel, como ofrenda por su nacimiento, un arma antigua y poderosa perteneciente al clan de la serpiente, conocida como “el Filo de Ofidia”, de la que se decía que su acero siempre estaba envenenado y que producía fiebres a cualquiera que fuera herido, aunque fuera levemente, por su hoja. Pero Talisha, que tenía gran visión política, consideró que, siendo ya sus aliadas, entroncar su linaje con las amazonas no tenía suficiente interés estratégico. Así que se mantuvo ojo avizor hasta que la oportunidad llegó.

Talisha vio en el divorcio entre Elora y Doddy y la separación de las gemelas, una gran oportunidad. La pequeña Urraca contaba con el apoyo de la nación pirata y la simpatía de los pueblos primigenios. Casar a Sharim con la princesa, devolvería a los nómadas su vieja gloria. Pero antes, Talisha debía hacer un guerrero de él, capaz de domesticar a la fiera en la que, según contaban sus espías, se había convertido Urraca, a la en el reino que empezaban a conocer como el Tifón de Kalzaria. ¿Lograría Talisha que su sobrino ocupara su lugar sin convertirse en un nuevo títere como lo fue su padre?

Sharim es un joven que nunca ha abandonado el desierto de Al-Yavist, por lo que su mentalidad es aún tierna y provinciana. Por suerte, cuenta con la hábil guía de su tía que en ausencia de una madre que se pasa el día comandando a sus ejércitos, le educa y le enseña cómo es el mundo de afuera. Corpulento y hábil con su espada pero absolutamente incapaz en el arte de la lectura de la arena, Sharim Ibn Nashel siente que su existencia se caracteriza por dos hechos fundamentales. El primero es su odio acérrimo a la corona así como a la raza tritona a la que considera el símbolo vivo de la decadencia de los Rodrigo. Por otro lado, se siente siempre atormentado por la enorme responsabilidad que pesa sobre sus hombros como heredero y esperanza de su clan lo cual, a pesar de su apariencia poderosa, a veces le hace sentirse desvalido como un cervatillo y buscar consuelo en su tía. Educado por la férrea mano de Talisha, tiene a buscar constante aprobación en ella y pedirle permiso antes de actuar.

Talisha es la más sabia de sus hermanas pero también una de las más estrictas y con un carácter altivo y dominante. Es una de las Diez Elegidas y la que mejor domina las artes de la diplomacia. Gracias a ella, se ha establecido el reciente pacto de no agresión y acuerdo comercial con la renegada Torre Arkhana y, más recientemente, ha conseguido que Sharim se prometa a la Reina Urraca. Talisha es especialmente hábil en una técnica chamánica ancestral de su pueblo llamada “el susurro de la arena” que le permite escuchar lo que el desierto tiene que decir. Es capaz de saber  si el viento va a cambiar, si el enemigo se acerca o si incluso si hay tritones en la costa. Aunque raramente le muestre cariño, en el fondo quiere a Sharim como si fuera su propio hijo y, a pesar de conocer su debilidad de carácter, se ha jurado a sí misma luchar por hacer de él un nuevo Escorpión de Basalto.


EL SUSURRO DE LAS ARENAS

Ellos son los nuevos vientos que soplan en el desierto. Una nómada avezada tanto en la alta política como en la lucha, y su sobrino, un joven guerrero al que ha de convertir en señor de las dunas o puede que incluso en algo más grande. ¡Cubrid vuestros rostros ante el Susurro de las Arenas!


La pareja

Sharim

Él es el heredero del linaje del escorpión y ha sido criado en el odio y la sed de venganza. Su cuerpo es puro acero y su ánimo está lleno de ambición*, pero su tierna alma está aún por templar*. ¡Temblad ante la imponente presencia de Sharim Ibn Nashel, el rugido de la arena!



Talisha

Ella es una de las hijas predilectas del Escorpión. Obsesionada con devolver la gloria perdida a su pueblo, dicen que además de ser la más sabia y diplomática de todas, tiene la extraña habilidad de escuchar los secretos de la arena*. ¡Recibid como se merece a Talisha, la voz del desierto!

El legado maldito

Los seres demoníacos siempre se han alimentado del sufrimiento ajeno, lo cual resulta conveniente para un mundo que recibe constantemente a las almas de los condenados. Sin embargo, el paladar de los Altos Demonios es especialmente refinado y no se conforma con torturar a almas cualesquiera. Por ello idearon una estrategia para garantizarse comida de calidad durante toda la eternidad. ¿El secreto? Un corazón roto. Generación tras generación han utilizado a seres humanos a los que, a cambio de concederles la inmortalidad y un poder sin límites, engañaban convirtiéndoles en sus atormentadas fuentes de alimento. Así nació el plan para coronar a los sucesivos Emperadores y Emperatrices del Inframundo. Évolet, la madre de Amunet, fue la anterior emperatriz. Su corazón fue quebrado cuando sacrificaron a su hermano pequeño ante sus tiernos ojos. Pero, tras años de sabroso dolor, su alma comenzó a sanar con el nacimiento de su hija, la dulce y pequeña Amunet. Entonces Évolet dejó de ser útil a lo demonios que, fingiéndose sus siervos, eran en realidad sus amos.

La entonces pequeña y tierna Amunet fue la siguiente elegida. Fue engañada por Xezbet y obligada a contemplar el asesinato de su amada madre. Así la convirtieron en la despiadada Emperatriz de los Dos Mundos: heredera del trono infernal y del de la propia Calamburia cuya legitimidad real provenía de la sangre de su padre Rodrigo IV.

Sin embargo el juego de mentiras era más complejo de lo que parecía. El resto de los Altos Demonios, fueron en realidad manipulados por el Señor del Engaño, acusados cómo únicos artífices del crimen y encerrados en el Báculo de la Emperatriz. Xezbet se casó con Amunet y gobernó a su lado como consorte mientras se alimentaba en secreto de su atormentado corazón. Juntos conquistaron Calamburia y se coronaron como gobernantes del universo conocido. Sin embargo, tras una larga y cruenta guerra, los ejércitos infernales se vieron obligados a abandonar el reino conquistado y refugiarse nuevamente en el Inframundo. Allí, expulsada por la fuerza del trono de su padre, Amunet se maceró durante años en su propio rencor. Era la situación ideal para los Altos Demonios que, secretamente, consideraban la frustración de su señora como un plato especialmente delicioso. Además, con la conveniente ausencia del iracundo Abraxas y el lascivo Axbalor —que seguían en poder de los Coleccionistas—, los hermanos sabían que tocaban a más delicioso sufrimiento por cabeza. Pero todo cambió cuando la Emperatriz quedó encinta. 

Tras el embarazo de Amunet, algo volvió a cambiar en el inframundo rompiendo el equilibrio demoníaco. Xezbet y sus dos hermanas súcubas —Xantara y Luxana— empezaron a sentir que la calidad de su alimento empeoraba y comenzaron a preocuparse por el futuro. ¿Podría estarse repitiendo la historia como cuando nació la tierna Amunet? ¿Causaría, la llegada del nuevo retoño, el fin del sufrimiento del alma de la Emperatriz Tenebrosa convirtiéndola en inservible para los Altos Demonios? De ese modo, trazaron un plan: convertir al pequeño Xephiret en su nuevo proyecto. Para ello solo tenían que romper su tierno corazón. Sin embargo, los Altos Demonios pronto hallaron ciertas dificultades en su plan. Xephiret, lejos de quebrarse, parecía, no sólo ser inmune al horror sino incluso encontrar en su contemplacion cierto tipo de placer morboso. De hecho, mientras dormía, el heredero abandonaba sonámbulo su cuna y atormentaba a los seres del inframundo que empezaron a temer al joven heredero, un travieso y retorcido niño que, quizás por su sangre demoníaca o quizás como tara de nacimiento, parecía deleitarse de forma inhumana con del sufrimiento de sus congéneres.

En más de una ocasión, aprovechó la noche para robar el mismísimo báculo de la Emperatriz con el que llegó a despertar a golpes al anciano Asmodeo, el demonio de cuernos caídos encargado de la Sala de los Lamentos. Luego por la mañana, la propia Amunet se enternecía contemplando a su angelito chupándose el dedo gordo y agarrándose con fuerza al báculo.

Tras semanas de suplicios incontables, los habitantes del inframundo decidieron solicitar a la Emperatriz su compasión. Amunet meditó durante un tiempo y, finalmente, decidió —contraviniendo las recomendaciones de sus súcubas— liberar a Nexara: señora de la intromisión. Nexara era la única de los altos demonios que aún no había abandonado el báculo desde la muerte de Évolet. La Emperatriz no la había liberado aún debido a los apocalípticos consejos de sus hermanos. En realidad, Nexara era temida por los Altos Demonios por ser, según decían “una maldita entrometida que se introducía en tu cerebro sin pedir permiso”. Con Nexara suelta, ningún demonio tendría intimidad —y Xezbet tendría más problemas para ocultar sus secretos—, pero a Amunet no le importó correr el riesgo e invitó al resto de Altos demonios a que no temieran la liberación de Nexara si no tenía nada que ocultar.

Por su parte, la Señora de la Intromisión, siempre diligente y eficaz, a ser liberada demostró ser la demonia adecuada para hacerse cargo del pequeño heredero. Gracias a sus poderes para inocular pensamientos, logró tejer una red de sueños terroríficos en la tierna mente de Xephiret que, por fin, le hicieron dormir placenteramente. Amunet, enternecida por la imagen del niño durmiendo en el regazo de su tía, y sabiendo que el báculo, que se había convertido en su juguete favorito ya no era más que un contenedor vacío, dejó que el pequeño durmiera todas las noches agarrado a él. Gracias al poder de Nexara y a la tranquilidad que le proporcionaba agarrar con fuerza el báculo de su madre, el niño consiguió sosegarse. Todos los habitantes del inframundo agradecieron la solución y el reino de Amunet pareció volver a convertirse en un lugar en paz. Poco a poco, Nexara empezó a crear un vínculo especial con el pequeño diablillo al que empezaba a querer como si fuera su propio hijo. Todo marchó como una seda hasta que llegaron los atacantes desconocidos.

Una noche, mientras la Señora de la Intromisión tejía su malla de pesadillas capaz de sosegar la psicopática y retorcida mente de Xephiret, un portal se abrió y tres figuras enmascaradas aparecieron junto a la cuna del heredero de los dos mundos. Iban embozados en capuchas negras y llevaban máscaras que les cubrían el rostro y les hacía parecer aterradores buitres carroñeros. Llevaban al cinto extraños aparatos que destelleaban en la oscuridad. Nexara dudó en resistirse pues sabía que cortar su vínculo mental de forma abrupta, podía causar un daño mental irreparable en el bebé y conducirlo a la locura. Dos de los atacantes la tomaron cada una de un brazo mientras el personaje más corpulento, que parecía el líder, trató de tomar al bebé dormido en brazos. Cuando la súcuba tomó la decisión de actuar a pesar del riesgo sobre su sobrino y tratar de dominar la mente de alguno de aquellos atacantes para que se volviera contra sus compañeros, algo inesperado sucedió. El propio báculo, que seguía en la pequeña y regordeta mano de Xephiret cobró vida tomando por primera vez una forma antropomórfica: un enorme y corpulento demonio de grandes cuernos que arrancó al príncipe de las manos de los atacantes. Encarando al líder de los atacantes, cruzó sus manos marcando una X mientras sonreía con una malévola sonrisa. No lo mató, sino que lo marcó con una antigua maldición. «Da igual quien seas, no volverás a acercarte a este niño. Te marcharás de aquí con un recuerdo indeleble del inframundo, que te perseguirá hasta tu inevitable muerte». Acto seguido, formando un círculo con las manos, hizo que el portal absorbiera a los intrusos y se cerrara.

El demonio fue recibido por todos sus congéneres como un héroe. Su nombre era Xalax, Demonio de la Contención y, según contó, era uno de los conocidos como Precursores del Abismo. Los precursores del abismo eran fuerzas demoníacas ancestrales aún más antiguas que los Altos Demonios. Sin embargo, los Precursores del Abismo se caracterizaban por servir a la perpetuación de las tinieblas y por no tener forma de encarnación antropomorfa. La forma en la que cristalizaron tras su surgimiento era la de lugares u objetos. Sin embargo, Xalax, tras años de estar en contacto con humanos, había empezado a desarrollar una forma de conciencia y vínculos que acabó por hacer que, ante el detonante de poder perder a su nuevo Señor, se encarnara con una poderosa forma que le permitiera repeler al agresor.

Xalax, una vez encarnado puede alterar su forma: convertirse de nuevo en báculo o volver a su forma demoníaca. Aunque no lo reconozca, suele mantenerse casi todo el tiempo en su forma antropomorfa de la que se siente especialmente orgulloso, pues considera que luce especialmente aterrador e imponente. Tras ponerse al servicio de Amunet, se convirtió en mentor y protector de Xephiret, rol que empezó a compartir con Nexara, cuya mutua compañía resultaba agradable dado que la súcuba confiaba en él por la sensación de familiaridad que les unía. Quizás los años que Nexara pasó sola viviendo en el interior de la forma de báculo del Demonio de la Contención, hubieran logrado que su relación fuera la de una vieja y mutua confianza.

Debido a su capacidad de introducirse en las mentes ajenas, Nexara ha desarrollado muy a su pesar una inusual capacidad empática poco común en un demonio. Por ello, intenta tratar sus funciones de tortura y alimentación del sufrimiento ajeno como un mero trámite (algo que no siempre consigue con éxito). Además, su contacto con su adorable sobrino está despertando en ella un lado maternal que le repugna y a la vez le gusta. Viviendo su cotidiana contradicción experimenta ciertos cambios de humor que le dan un carácter volátil: a veces dulce, a veces iracunda.

Xephiret es un tierno niño con tendencias psicopáticas y necesidad de constante atención, aunque ha desarrollado la implacable capacidad de pedir perdón en tono adorable, lo cual le ha permitido hasta el momento salir de cualquier atolladero. Disfruta del dolor ajeno como quien goza de un dulce después de la comida. Su madre asegura que es un niño atrapado en el cuerpo de un demonio, pero su padre Xezbet, al que disfruta especialmente atormentando, está convencido de que es justo al revés.

Xalax era un demonio muy antiguo, uno de los llamados Precursores del Abismo, la primera generación de fuerzas demoníacas que pobló el Inframundo. Por su insondable edad, a pesar de su forma joven y saludable, aprovecha la menor ocasión para contar historias de su pasado durante su existencia como báculo. Sin embargo, es consciente de que su despertar no ha sido casual pues la vieja Profecía de los Precursores, una vieja canción que surgió de boca de su comadre Penumbra y que quedó grabada en la bóveda de la Sala de los Lamentos. El texto, ya prácticamente ilegible por el paso de los siglos y el hollín de los fuegos infernales decía:

Y en el día sin nombre, cuando una luna de sangre brille en el cielo,

brotará de vientre profanado un descendiente de sombra y linaje impuro:

sangre real y demoníaca.

Nacerá con la marca del mal inscrita en su alma.

Los Custodios de la Luz Arcana buscarán el Latido de la Concordia,

y abrirán el portal hacia el límite donde el resplandor juró no cruzar.

Mas al desatar el poder de la Piedra Ancestral de los Cantos Antiguos,

romperán el equilibrio que sostiene los mundos, 

y, con ello, darán inicio a la Hecatombe.

Entonces, los Precursores del Abismo comenzarán a despertar,

y su encarnación maldita alzará el rostro…

como heraldo de la Ruina.

En la confluencia de signos: luna, cetro y pesadilla,

los mundos se desgarrarán en su raíz,

y las esferas se eclipsarán unas a otras.

La Muerte tomará forma y nombre,

cuando se encarnen los Precursores.

Y el todo se volverá la nada.

Pero el destino no está aún sellado.

Solo atando los sueños de la semilla del mal

podrá evitarse el inminente final.

Solo la unión de los poderes

del Nexo y la Contención,

podrán evitar que todo perezca.

De entre los calamburianos, solo los Coleccionistas Arcanos conocían la existencia de la profecía que descubrieron transcrita en un viejo grimorio de magia demoníaca. Ese fue el motivo por el que, conscientes de la inminente llegada del fin del mundo, empezaron a capturar a los demonios de Amunet. Sin embargo, tras encerrar a su madre en su propio abanico, Nocna Mora se ha convertido en el único mortal que sabe la verdad. Ahora tratará de evitar él solo el Armagedón. Sin embargo, su plan de plantear un trueque a Xezbet e intercambiar a Axbalor y Abraxas por Nexara y el báculo no surtió efecto. 

Confiando en Nexara por la larga convivencia que les unía, Xalax le reveló la profecía olvidada y le contó el papel que ambos tenían en tratar de evitar el fin del mundo. Nexara, incapaz de cerrar los ojos ante la nueva amenaza juró ayudar a Xalax en su propósito. El niño, desde su cuna, pareció mirarles con una sonrisa tan traviesa como macabra.


EL LEGADO MALDITO

Presentación

Ellos son dos/tres demonios que provienen del mismísimo inframundo. Aunque peligrosos, sádicos y retorcidos, tienen la importante misión de evitar el Armagedón, para lo que no dudarán en usar las malas artes. ¡Temblad porque aquí llega el Legado Maldito!


El trío

Xephiret

Este dulce niño es el hijo de la Emperatriz Tenebrosa con uno de sus Altos Demonios. Destinado a dominar un día el universo, posee un carácter especialmente perverso y macabro, pero un aspecto realmente enternecedor*. ¡Rendid pleitesía ante Xephiret, el Heredero de los Dos Mundos!



Nexara


Esta súcuba tiene un carácter voluble debido a la tensión entre su naturaleza demoníaca y su excesiva empatía. Posee la habilidad de meterse en las cabezas de la gente e inocular pensamientos a su antojo. ¡No intentéis resistiros a los poderes de Nexara, Señora de la Intromisión!

Xalax

Él es un demonio antiguo y poderoso que, tras siglos de ser un báculo, acaba de tomar su actual forma física. Sin embargo, todavía recuerda los tiempos en que fue el soporte de los más grandes Emperadores y Emperatrices. ¡Temblad ante la imponente presencia de Xalax, el Demonio de la Contención!