Al saber que esperaba un niño, Ebedi temió la ira de su padre. Le contó la verdad con tacto y miedo, reuniendo todo el amor que le fue posible. Éste, sin embargo, se lo tomó de la peor forma posible. La buena cerveza escaseaba, y era necesario hacer pactos de matrimonio con gente del mundillo. Había un tan Yanguin Bar, hijo de taberneros del norte, muy interesado en introducirse en el negocio. ¿Qué iba a decirle ahora? Era necesario ocultarle la verdad. Por tanto, Ebedi no volvería a salir de su habitación en los próximos nueve meses. Y cuando el niño naciera… ya se vería.
La joven temió lo peor. Relató a Ailfrid las intenciones de su padre, quien, por su parte, también vivía rodeado de preocupaciones. Arnaldo y sus zíngaras continuaban buscándole, y ya había visto pulular algunos de estos gitanos por la ciudad, estudiando a cada forastero con el que se cruzaban. No podría ocultarse mucho tiempo en Las Dos Jarras. Tarde o temprano le encontrarían.
En aquel instante, los dos enamorados comprendieron que su relación era imposible. Había demasiados peligros, demasiadas complicaciones. ¿Y si el padre de Ebedi llegaba a enterarse de que Ailfrid era perseguido por el Patriarca? Ahora, tras saber que mantenía relaciones con su hija, le odiaba con toda su alma. No resultaba descabellado que delatase su paradero a los zíngaros.No podían seguir juntos. Ya no.
Fue por causa de estos temores que los dos jóvenes urdieron un plan. En los meses siguientes, Ailfrid se encargó de estudiar la magia en sus ratos libres, mientras se ocupaba de que a Ebedi no le faltara de nada. Ella, encerrada en su habitación de la Taberna, escuchaba a diario el trasiego en el piso de abajo, mientras aguardaba paciente la noche, cuando su padre se iba a dormir tras una dura jornada, para reunirse con su joven amante.
Al noveno mes, Ebedi dio a luz en secreto. Era la medianoche del 13 de junio. El mago y la tabernera tomaron a su hija en brazos, la limpiaron y le pusieron nombre. Sirene.
Ebedi apenas tuvo tiempo para nada más. El peligro acechaba por todas partes. Ailfrid la besó por última vez y le prometió dos cosas: que volverían a verse y que cuidaría de la niña. Entonces partió con rumbo noreste, directo hacia la torre de Skuchain, el único baluarte de magia blanca en el que podría protegerse de los zíngaros.
El viaje fue duro, pero Ailfrid se había preparado durante meses para enfrentarse al hambre, la sed y el frío. También aprendió conjuros para cuidar de la niña a quien, desde muy tierna edad, le había nacido una rúbrica floreada cerca del ojo: la marca arcana. La niña, como él, tenía aptitudes para la magia.
Tras dos meses de viaje, Ailfrid llegó a la torre de Skuchain. Los magos que habitaban allí se mostraron reticentes para aceptarle; no se fiaban de un aprendiz del Patriarca Zíngaro. Sin embargo, no tuvieron más remedio que abrirle sus puertas cuando mostró la marca de la niña que llevaba consigo.
Gracias a ello, el aprendiz de Arnaldo se resguardó en Skuchain. Allí estudió nuevos métodos de magia, nuevas formas de conjuración. Allí descubrió un nuevo sendero dominado por la magia buena, mientras su hija crecía a su lado. No obstante, el tiempo apremiaba, y Arnaldo no estaba dispuesto a perdonarle la vida, ni siquiera aunque se resguardara tras los muros de Skuchain.
El combate entre el mago y el zíngaro tuvo lugar. Pero Ailfrid, que había aprendido más rápido que el resto de los magos de la torre, logró vencer. Arnaldo fue expulsado; algunos dicen que murió; otros que su alma fue encerrada, y que las zíngaras han buscando desde entonces devolverle a la realidad del mundo mortal. Sea como fuere, la victoria concedió al aprendiz el título de Archimago, y el dominio sobre la torre de Skuchain.
Y así, año tras año, el Archimago ha estado cuidando de Sirene, su hija secreta. La niña ha heredado sus aptitudes para la magia, y ya destaca por encima de sus compañeros. Con todo, Ailfrid no ha podido volver a reunirse con la tabernera. Las circunstancias aún no se lo permiten. Quizás, en un futuro, la tierra de Calamburia no esté amenazada por los peligros y no sea necesario que nadie vele por su seguridad, entonces, puede que el Archimago se permita abandonar su torre, para descender a la taberna.
Entretanto, no falla a su promesa. Cuida de la niña con todo su corazón, y cada 13 de Junio, sin falta, sube las almenas de la torre y prepara un conjuro muy especial: un cometa de color de jade que sobrevuele la ciudad de Instántalor, para que, desde su habitación en Las Dos Jarras, Ébedi sepa que la pequeña Sirene continúa estando bien, que es atendida, y que no corre ningún peligro.












Sirene y eMe, por su parte, narraron una historia llamada “En lo más íntimo quiero chili”, que tenía a un matrimonio repelente como protagonista, y cómo ella, buscando nuevas experiencias, acababa encontrando la felicidad en un taco picante.

Eme y Urraca, en Musicum Influenza, y con el título “La leche sin lactosa”, representaron la historia de una mujer en busca del tetra brik perfecto, durante su paseo por el supermercado. Las melodías que enriquecieron este relato fueron “The time of my life” y “Single ladies”



El muchacho corrió y corrió, desesperado, sabedor de que el Patriarca le seguía la pista, y convencido de que los árboles jamás le dejarían salir. Fue necesario que empleara hasta la última gota de su energía, y todo lo que conocía acerca de la magia para conseguir escapar.
Las Dos Jarras no tardó en prosperar; por todo Instántalor corrió la voz de que allí se servía una cerveza de sabor inigualable. Los parroquianos no tardaron en hacer cola a sus puertas; pero los toneles traídos del noroeste se agotaban con rapidez, y con ellos, la promesa de prosperidad de la familia, que no tenía otro medio de reproducir tan buena cerveza.