242 – LA CARTA QUE CRUZA LAS DUNAS

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LA CARTA QUE CRUZA LAS DUNAS

El desierto de Al-Yavist no perdona. Bajo su sol abrasador, incluso las piedras parecen susurrar advertencias a los viajeros. Y allí, entre dunas infinitas y caminos desdibujados, avanzaba un niño con la capa raída, las sandalias llenas de arena y la determinación ardiente en el pecho.

—Debes encontrarla, Tinín… —le había dicho su padre, Drawets, en un susurro que aún resonaba con claridad en su mente—. Cuando la tormenta lo cubre todo, las pequeñas aves se esconden, y cuesta volver a verlas. Recuerda lo que pasó con el Maelström… o con la maldición de las brujas. No podemos perderla también a ella.

Le había entregado entonces una carta. No le explicó su contenido, solo le pidió que la guardara bien, como si fuera más valiosa que el agua del desierto o el último recuerdo de una noche feliz. La había doblado con cuidado, la había protegido con un pañuelo bordado por su madre y la había escondido, entre sus ropas, junto a su pecho.

— Cuando encuentres al Archimago, dásela tú mismo. No confíes en nadie más. Él sabrá qué hacer.

Tinín había asentido, con la garganta cerrada.

—Y si… si vieras a tu madre —añadió Drawets en voz aún más baja—. Si la vieras por ahí, dile que se esfuerce en volver a casa. Que se lo digo yo. Que anda por todos lados, menos donde tiene que estar.

No hubo reproche en sus palabras, solo un cansancio sereno, como quien ya ha amado demasiado tiempo en silencio. Tinín no entendía del todo aquel tono, pero lo grabó en su memoria como grababa los mapas del cielo.

Desde que Gorrión desapareció tras la activación del Orbe de la Confusión, Tinín no había dejado de caminar. Su padre le había dicho que si alguien sabía algo, era el Archimago, y que la Torre Arkhana de Skuchaín debía ser informada cuanto antes. Nadie más había desaparecido tan rápido, tan silenciosamente, tan… sin rastro. Era como si se la hubiese llevado el mismísimo viento. El mismo viento que ahora golpeaba su rostro con ráfagas secas. 

El joven pícaro caminaba encorvado, con su tirachinas amarrado al cinto y la cabeza cubierta por una bufanda deshilachada. Su sombra apenas se dibujaba sobre la arena abrasadora cuando un grito le hizo detenerse en seco.

Se asomó tras una duna. Abajo, un grupo de bandidos de las arenas rodeaban una figura translúcida que flotaba a unos centímetros del suelo. Llevaba una capa ajada, una espada ceremonial… y una expresión entre asustada y ofendida.

—¡Dejadme en paz, bellacos! ¿Sabéis con quién estáis tratando? ¡Soy Lord Gadeslao Colby, vizconde de la comarca de Azarcón!

Pero los bandidos reían. El hecho de que fuese incorpóreo no parecía disuadirles de burlarse. Uno, con un tatuaje de escorpión en el cuello, lanzó una red que brillaba con polvo de obsidiana.

—¿Y este qué es? —se burló otro, mientras afilaba su alfanje—. ¿Un djinn del viento? ¿O un efreet sin fuego?

—Sea lo que sea, si lo atrapamos y lo vendemos en la Plaza del Eclipse, nos forramos —rió otro, relamiéndose.

Tinín apretó los puños. Sabía que no debía intervenir, pero aquella escena le revolvía el estómago.

Se deslizó por la duna y se escondió tras un promontorio. Sacó su tirachinas y apuntó con una piedrecita envuelta en trapo. Zaz. Un golpe certero a uno de los bandidos en la frente. Recargó rápidamente y Zaz. Otro más, esta vez al que blandía la red.

—¿Eh? ¿Qué ha sido eso?

Pero antes de que pudiera disparar una tercera vez, Tinín lo sintió en la nuca: una presencia pegada a su espalda. La sombra del bandido se deslizó sobre la arena y el brillo del cuchillo apareció por encima de su hombro, listo para caerle en el cuello.

Tinín se giró a medias. El aire se le atascó en la garganta. No tuvo tiempo de gritar.

El golpe no llegó.

Una figura surgió de entre las dunas, vestida con ropajes negros y dorados. El velo le enmarcaba el rostro y sus pasos dibujaban una danza precisa, ardiente, con la belleza peligrosa de una flor de fuego. Su daga cruzó el aire en un arco limpio, y el bandido que iba a matar a Tinín se desplomó sin emitir un solo sonido.

Después, la mujer se movió entre los demás con la misma calma feroz. Un corte. Un giro. Otro destello. Uno tras otro, los atacantes fueron cayendo hasta que el silencio volvió a ocupar la hondonada.

No dejó a ninguno en pie.

—Vaya —dijo la recién llegada, mientras limpiaba la hoja de su daga en la túnica del último asaltante—. Creía que eran demonios… y solo eran idiotas con ambición y poca cabeza.

—¡Nashel! —exclamó Tinín, aún con la respiración entrecortada.

—En carne y hueso —respondió ella—, aunque cada vez cueste más encontrar algo así en este mundo. Desde que el Inframundo se desbordó, hay demonios en caminos, aldeas y fronteras. La gente huye, se esconde o vende lo que sea por sobrevivir, y hasta los vivos empiezan a parecer sombras.

Nashel le recorrió el rostro con la mirada, rápida y calculadora.Luego el gesto se le endureció y la vista se le fue al horizonte, clavada en las dunas.

—Has tenido suerte de encontrarme, joven pícaro —añadió—. No suelo caminar por las inmediaciones de estas ruinas… pero hoy busco a unas de las mías. Desde lo del Orbe han desaparecido varias hermanas. Algo se ha roto.

Nashel lo miró de arriba abajo, como si midiera el polvo de su capa y el cansancio de sus ojos.

—¿No te habrás cruzado con ninguna Hija del Escorpión?

Tinín negó con la cabeza, aún intentando que el corazón le bajara de la garganta.

—No. No he vizto a nadie dezde hace horaz —dijo Tinín—. Zolo arena… y viento.

A unos pasos de allí, la figura translúcida se irguió con dignidad recuperada. Levantó la barbilla, avanzó flotando hacia ellos y se recolocó la capa con solemnidad, con un movimiento amplio, propio de un escenario y no de una emboscada.

—Mi buena dama de las arenas, permítame agradecerle su oportuna intervención. Estaba a punto de ser reducido a polvo por una pandilla de salvajes sin decoro.

La voz de Gadeslao sonó clara y medida, como si cada palabra hubiera sido recitada cientos de veces en salones de gala y tribunales de poesía. Hablaba con seguridad, con el ritmo cadencioso de los grandes oradores, modulando cada sílaba como si se tratase de una nota en una sinfonía.

—La verdad es que me hallaba en la mansión de los Von Vondra, recitando una elegía dedicada a mi palomita, la noble Lady Tilaria, en el salón de los espejos. Todo transcurría con decoro y sentimiento cuando un zumbido quebró el aire.

Hizo una pausa, llevándose una mano al pecho como quien revive una tragedia personal.

—Yo creí que era una bofetada de mi esposa, lo confieso… Ella es una mujer hermosísima, y su furia le queda tan bien que hasta da miedo; además tiene un temperamento tan resuelto que a veces me “premia” la elocuencia con un aplauso en la cara, con la mano abierta y sin previo aviso. Pero aquella sacudida no venía de su muñeca: era una fuerza desconocida. Un remolino de energía me rodeó y, sin entender cómo, fui proyectado más allá del velo de la muerte y de la lógica. No fui llevado por voluntad propia a las ruinas del Templo del Viento de las Arenas, sino arrancado de un instante poético por una fuerza desconocida.

Al decir esto, Gadeslao extendió ambos brazos y giró sobre sí mismo con lentitud, dibujando un remolino en el aire. Su capa se agitó con el gesto y añadió un leve bufido final, como si la energía invisible aún lo persiguiera. El efecto fue inmediato: Nashel, que le observaba con recelo, dio un pequeño respingo y posó la mano sobre el mango de su arma, confundida entre la actuación y una posible amenaza. No obstante, cuando el hombre se quedó quieto de nuevo, con la pose de un cisne herido por la melancolía, no pudo evitar quedarse escuchando. Su historia, absurda y fascinante, le tenía atrapada.

—Me vi de pronto allí, sobre una columna rota, en mitad de aquel sol cegador, sin más compañía que mi lira, mi capa de poeta y el eco de mis propios versos. Fue entonces cuando apareció un sanador errante. Iluso él, trató de devolverme a la vida. Me hizo beber pociones amargas, me cubrió con vendas de loto negro pronunciando letanías que habrían hecho reír a cualquier espíritu decente.

Suspiró, dramático.

—Mi hermano Clemente ya me había advertido de que el Titán Oscuro no permitiría tal cosa. “Lo que ha muerto, muerto debe permanecer”, me decía. Pero… ¿cómo iba a desperdiciar la oportunidad? Yo solo quería volver con mi pichoncito, abrazarla una vez más o, al menos, oírla reír.

Un leve temblor recorrió su voz, aunque era evidente que lo fingía . Un actor sabe cuándo flaquear.

—Por desgracia, todo salió mal. Agradecí al sanador su esfuerzo y, mientras recogía sus ungüentos, me confesó que buscaba a su grupo, al que él llamaba los Cazademonios. Se habían separado porque un tal Amatís de Mora les había tendido una trampa… o eso entendí, porque no le presté demasiada atención: el hombre hablaba con la pasión de quien espera que el mundo se impresione, y a mí me cuesta fingir interés cuando no hay, al menos, un poco de belleza, un buen verso o una tragedia con estilo. Apenas nos habíamos despedido cuando estos bellacos me emboscaron. Me insultaron, intentaron atraparme, ¡y uno me llamó “efreet frustrado”! ¡Efreet, a mí! Y yo ahí, entre esos bandidos, sin más delito que existir con este porte elevado y esta elegancia natural… Yo solo quería que me dejaran tranquilo para poder volver con mi pichoncito…!

Y entonces, con un lamento etéreo que parecía arrastrar siglos de desdicha, rompió a llorar. Se cubrió el rostro con ambas manos y dejó escapar un sollozo contenido, agudo y dolorosamente artificioso.

Tinín asintió con los ojos muy abiertos. —Zería Aldric, el zanador. Él, junto a Ona y Ramia, activó el Orbe  que robaron a laz Amazonaz, el de la Confuzión… 

Nashel alzó una ceja. —Ese orbe… lo conozco. Es ancestral, sagrado para las Amazonas del clan de la Serpiente. Siempre ha estado custodiado por ellas. Su poder nunca debió liberarse.

—Por ezo te dezvanecizte —dijo Tinín, mirando a Gadeslao—. Pero zi dezaparezizte y ahora eztáz aquí… entoncez hay ezperanza para Gorrión.

Luego lo observó en silencio y algo en su interior se quebró. Pensó en Gorrión, en sus risas, en su manera de inventarse palabras y en cómo le daba miedo la oscuridad. Las lágrimas acudieron sin pedir permiso y él no hizo nada por contenerlas.

Nashel los observó a ambos. Se acercó, se arrodilló entre ellos y, sin decir nada, sacó de su zurrón unos dátiles, pan seco y un odre de agua fresca. Les ofreció comida y compañía, y su gesto, sencillo y humano, fue el primer consuelo verdadero en medio de aquel desierto implacable.

—Os escoltaré hasta Skuchaín —dijo por fin—. No podemos permitir que la desesperanza se instale en nuestros corazones. Si hay alguien que tiene respuestas, está en esa torre.

Y así, los tres —el niño con el corazón de oro, el fantasma altivo y la flor del fuego— se adentraron juntos en las arenas, con rumbo a la Torre de Skuchaín. La noche les cayó encima con un frío cortante, y el día siguiente volvió a encender el horizonte. Caminaron entre dunas que cambiaban de forma, compartieron dátiles y silencios, y dejaron atrás un rastro que el viento borró con la misma rapidez con la que lo habían dibujado. Porque cuando la oscuridad amenaza con tragarlo todo, es en las alianzas más inesperadas donde nace la esperanza.


Tras horas de camino, el desierto cedió de pronto, y ante ellos se alzó una torre de magia majestuosa. A su alrededor brillaban estanques de agua quieta, y una arboleda fresca extendía sombras verdes, algo tan inesperado en mitad de Al-Yavist que Tinín se quedó clavado un instante, con la boca entreabierta. La humedad le acarició la piel y el olor a hojas vivas le pareció un milagro. Tinín la contempló con fascinación. Él nunca había pisado una escuela y mucho menos un lugar tan grande, tan distinto a los caminos de polvo y a los refugios improvisados. 

Al llegar a las puertas de Skuchaín, los tres caminantes fueron recibidos por un joven mago de capa verde. Era menudo, con un aspecto frágil y unos ojos decididos. Tenía el cabello azabache, la piel dorada por el sol y una varita que apenas sabía usar, aunque la sostenía con dignidad.

—Mi nombre es Zïru —dijo con una voz más grave de lo que uno esperaría de su cuerpo—. Soy impromago de la casta Natura y de mayor seré un famoso druida. El Archimago me envía a escoltaros.

Era muy pequeño, pero tenía una ilusión desbordante y unos ojos verdes enormes que brillaban como hojas recién nacidas. Apretaba entre sus dedos una varita bastante corta, con la madera aún por pulir, como si acabara de salir del tallado mágico. Su capa verde le caía un poco grande, lo que le daba un aspecto todavía más tierno.

Tinín parpadeó. Gadeslao murmuró algo sobre «si mi hermano Hilario de Duff viera esos ropajes se desmayaría y no podríamos despertarle ni con todos los soplidos de un leviatán borracho…» Nashel se limitó a asentir.

La Torre de Skuchaín era aún más imponente de cerca: sin puertas, sin ventanas, sin sombra. Solo un temblor sutil en el aire marcaba el acceso.

Zïru levantó su varita, la apoyó contra la piedra y susurró una palabra antigua. El muro tembló. Los ladrillos comenzaron a desplazarse con un sonido sordo y profundo, y un portal se abrió ante ellos. Entraron.

Al fondo de una sala cubierta de runas, iluminada por orbes flotantes, aguardaban tres figuras.

Kórux, el Archimago de Skuchaín, con su túnica granate bordada en hilos dorados, observaba un mapa astral suspendido en el aire. Su cabellera rubia, recogida hacia atrás, quedaba sujeta por una cinta de pelo natural oscuro, ceñida a la frente como un lazo salvaje que ondeaba ligeramente con cada movimiento. A juego, llevaba unos brazales formados por mechones del mismo pelo, unidos por una base firme que los mantenía agrupados. Ambos elementos, rudos y primitivos, hablaban de su herencia salvaje, latente bajo la compostura de su figura arcana. A su costado colgaba su varita: un mango en espiral blanco, semejante al nácar. Su porte era imponente, pero su mirada, surcada de cansancio, hablaba de décadas de estudio y vigilancia mágica.

A su derecha, Ukarin K-bum —la viajera del multiverso— ajustaba un artefacto repleto de engranajes y anillos rotatorios. Su rostro estaba cubierto de manchas de hollín y grasa. Llevaba unas gafas de cristal grueso, con montura de latón y correa, apoyadas sobre un gorro de cuero negro y su pelo castaño oscuro caía sobre los hombros, electrizado por algún fallo cuántico reciente. Vestía camisa blanca arrugada, un chaleco marrón con reflejos dorados y correas que sujetaban extrañas herramientas multiversales, y una falda-pantalón robusta. Cruzaba los brazos con firmeza, como quien ya ha sobrevivido a varios cataclismos y no tiene tiempo para explicarlos.

A la izquierda, Grahim, joven impromago con la marca arcana trepando por su sien, giraba entre los dedos una semilla grande y cambiante, cuyo color mutaba con el pulso de la sala. Su túnica era naranja con ribetes negros. Estaba tenso, los labios apretados, los ojos encendidos por la incertidumbre y una determinación que solo quienes conocen el caos pueden cultivar.

Grahim miró a Zïru y le dedicó una sonrisa leve, aunque algo condescendiente.

—Gracias por traerlos, pequeño aprendiz —le dijo—. Sé que la torre puede ser imponente, pero lo has hecho bien. Quédate cerca. Escuchar también es parte del aprendizaje.

Zïru enrojeció, bajó un instante la mirada… y luego la volvió a alzar con dignidad.

—Sí, maestro Grahim —respondió con voz contenida.

—Ha llegado más gente afectada —dijo entonces el Archimago, sin girarse.

—Y cada nuevo caso parece más imposible que el anterior —añadió Ukarin, con voz cansada—. He revisado todas las realidades posibles. El orbe ha creado fisuras incluso en líneas que jamás debieron cruzarse.

—No es el orbe —intervino Grahim con gravedad, sin dejar de observar la semilla—. Es lo que hicieron con él. Nadie lo activó con respeto. Lo forzaron. Y eso tiene consecuencias.

Tinín dio un paso al frente y  sacó un pergamino, cuidadosamente doblado.

—Ezta carta me la dio mi papá, Drawets el pícaro —dijo, extendiéndola al Archimago—. Me dijo que confiara en zu palabra. Que uzted no le debía nada a nadie… ezcepto a él.

El Archimago tomó la carta. La leyó en silencio. Sus labios se apretaron y, por un instante, el brillo de sus ojos pareció más antiguo que la torre misma. Luego, se agachó un poco y sostuvo la mirada del niño.

—Esa niña… Gorrión —dijo al fin—. Si está en algún lugar de este mundo o de los otros, la encontraré.

—¿Lo promete? —susurró Tinín.

—Lo juro por todo lo que aún tiene sentido en este plano —respondió el Archimago—. Lo juro como deuda antigua. Y como viejo amigo de tu padre.

Los presentes guardaron silencio. Incluso Zïru, que no entendía del todo lo que ocurría, bajó la mirada con respeto.

—No estás solo —dijo Nashel, posando con suavidad una mano en el hombro de Tinín—. Tu padre debe saber que estás bien. Y tú necesitas descansar. Yo te escoltaré hasta el final del desierto. No dejaré que nada te ocurra.

Tinín bajó la mirada, indeciso. Le costaba soltar la esperanza recién encendida. Pero, tras unos segundos, asintió en silencio. Luego giró el rostro hacia Zïru. Se acercó a él y lo abrazó con torpeza, pero con un afecto sincero.

—Volverás pronto —dijo el pequeño impromago, aferrándolo con fuerza—. Y yo… yo habré crecido.

Nashel se ajustó el pañuelo sobre la cabeza y, antes de marcharse, alzó la vista hacia la gran cúpula de Skuchaín. Por un instante, se permitió contemplar la majestuosidad de la torre. Luego, con gesto resuelto, tomó a Tinín en brazos, caminó hasta la ventana y, sin pensarlo dos veces, saltó al vacío.

No hubo grito. Solo el sonido de su cuerpo deslizándose con precisión por la pared encantada, rebotando con agilidad entre los salientes mágicos, con una certeza que parecía guiada por la propia torre. Unos segundos después, desaparecieron entre la bruma cálida del amanecer.

El desierto les aguardaba.

—Por mi parte, puedo ayudar también —intervino Ukarin—. Tengo un dispositivo dimensional de recogida retardada. Si lo ajusto bien, puedo devolver a nuestro caballero incorpóreo a la Comarca de Azarcón. Su cuerpo quizá no… pero sí su esencia.

—¿Volver con mi pichoncito? —interrumpió Gadeslao, alzando ambas manos—. ¡Oh, Ukarin! Que el Titán bendiga tus tornillos y resortes. ¡Llévame, sí, llévame ya!

—No es inmediato —puntualizó la inventora—. Tardarás un día o dos en materializarte… pero estarás en casa.

Gadeslao hizo una reverencia flotante, algo exagerada. Luego, desapareció poco a poco entre destellos azulados, como una promesa difuminada por el viento.

El Archimago se volvió entonces hacia Grahim.

—Tú vienes conmigo, partimos al amanecer. Y también tú, Ukarin. Hay cosas que solo podremos resolver sobre el terreno.

Grahim inclinó la cabeza, serio.

—¿Y hacia dónde vamos?

El Archimago giró su varita lentamente entre los dedos. Cuando habló, lo hizo con voz profunda, como si la torre misma hablara a través de él:

—A donde se cruzan las huellas de la confusión con las del alma. Donde se gestó la primera separación.

Ukarin sonrió, encajando sus gafas de aviador sobre los ojos.

—Perfecto. Me encantan los sitios inestables.

Los tres se quedaron en silencio, contemplando cómo la runa de la carta que Drawets había entregado a Tinín comenzaba a desvanecerse en el aire, dejando una estela de ceniza dorada.

Zïru se quedó en el fondo, observando. Sabía que no lo llevarían aún, pero los contempló con los ojos muy abiertos, grabando cada gesto, cada palabra. En su interior, la promesa de convertirse en druida latía más fuerte que nunca.El amanecer traería respuestas.

O nuevas preguntas.