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EL PALACIO DE LA CONFUSIÓN
El crepúsculo se mantenía aferrado al cielo. Hacía días que el sol no volvía a Calamburia. Las estaciones se confundían, los relojes dejaban de marcar lo mismo para todos y, de aldea en aldea, se extendía un susurro contenido, dicho a media voz y con el temor clavado en los ojos: el Palacio de Ámbar, corazón de la capital, latía ahora al ritmo de otra soberana.
Sobre sus torres ondeaba un estandarte negro, liso, sin escudo ni emblema. Tampoco lo necesitaba. En cuanto alguien lo veía, comprendía quién había ocupado el poder.
Amunet. Hija de Rodrigo IV y de Evolet, la Guardiana. Heredera del Inframundo. Emperatriz de los Dos Mundos.
Desde que su ejército infernal tomó la capital, el palacio permanecía en vigilia constante. Durante la noche, los pasillos se poblaban de sombras alargadas. Las puertas crujían sin manos que las empujaran. Los sirvientes avanzaban con pasos contenidos, evitando alzar la mirada. Quien cruzaba el umbral del gran salón comprendía de inmediato que había dejado atrás Calamburia… y que había entrado en algo mucho más oscuro.
Amunet permanecía sentada en el trono, con la espalda recta y las manos cruzadas sobre el regazo. Sostenía la mirada sin prisa, como si el tiempo en aquella sala le perteneciera. Su presencia marcaba la distancia: nadie se acercaba más de lo necesario, nadie alzaba la voz más de la cuenta.
Frente a ella, reunido en consejo, se encontraba su círculo más cercano.
A su derecha, Rodrigo IV observaba a su hija con una admiración quieta, casi orgullosa. El que había sido rey de Calamburia seguía ahí, entero y altivo, con el aplomo de quien ha visto cambiar las tornas más de una vez. No alardeaba. Bastaba con que estuviera para recordar lo que fue… y lo que aún podía pesar en los cimientos del palacio.
A un lado del salón, de pie, aguardaban Xezbet y Áxbalor. Xezbet, demonio de la mentira y la manipulación y esposo de Amunet, mantenía un gesto sellado, difícil de leer, pero su palabra permanecía siempre a punto, preparada para sembrar duda o forjar convicción según conviniera. Áxbalor, en cambio, no se imponía con discursos: se imponía con pulsos. Tenía el don de inocular emociones en los humanos, de encender la lujuria o el odio, de hundir el miedo hasta volverlo instinto, y lo hacía de una forma visceral, desbordada, sin delicadeza ni control.
Fue el único al que la Emperatriz liberó del báculo. Su regreso no formó parte de un plan trazado con calma: lo invocó Xezbet en un arrebato de necesidad, cuando sintió que el control amoroso sobre Amunet empezaba a resbalarle entre los dedos.
Detrás, en la penumbra, aguardaban los consejeros Barastyr y Érebos. No necesitaban presentación. Siempre atentos, siempre al margen, sabían cuándo hablar y cuándo desaparecer. Su lealtad era práctica. Y, hasta el momento, útil.
Amunet alzó la voz. Lo hizo con calma. Sin necesidad de gritar.
—El VII Torneo se celebra en este momento. Que se diviertan. La Santa Hermandad será quien obtenga la victoria y extienda nuestra fe en el Titán Oscuro y mi poder por toda Calamburia. Clemente y Carmélida no pueden fallar. Y si esas hadas de colores creen que podrán detenerlas con polvo brillante y frases bonitas… están muy equivocadas.
Xezbet sonrió. Áxbalor soltó una breve carcajada.
—¿Y si pierden? —preguntó Erebos, alzando apenas la voz.
—Siempre nos quedará la vasija de cristal que requisamos juntos en el anterio torneo. Ahora está en el palacio del Inframundo, sobre el antiguo asiento de nuestra señora. Dentro permanece intacta la esencia de la divinidad —dijo Barastyr, como si ese detalle bastara para espantar la derrota.
—No lo harán. No perderán —respondió Amunet—. Su fe y su lealtad hacia mí son inquebrantables.
Barastyr dio un paso adelante. Su voz, como siempre, era baja pero firme.
—Hay un asunto que no podemos seguir posponiendo —dijo—. El príncipe Rodrigo.
Rodrigo VII. El último descendiente legítimo. El único que no ha muerto, ni ha sido doblegado, ni se ha arrodillado. El único que aún puede reclamar el trono.
—Debemos encontrarlo —insistió Érebos—. Capturarlo. Y cuando lo tengamos, traerlo aquí. Que vea con sus propios ojos cómo su linaje ha sido arrastrado al Inframundo. Que vea cómo su madre, Melindres, se consume en la Sala del Lamento.
Barastyr inclinó apenas la cabeza, como si la imagen le resultara agradable.
—Permanece encerrada allí —murmuró, y su satisfacción se le notó en la calma—. Luxanna le robó la voz, pero el golpe verdadero está en lo demás: Melindres ve a su hijo. Lo tiene a unos pasos, lo mira moverse, lo mira esperar, y no puede llamarlo. Cada vez que Sancho se acerca a esa puerta, ella se tensa con una esperanza torpe, casi infantil, y cada vez esa esperanza se le rompe dentro. El cuerpo sigue respirando, pero por dentro se va quedando vacía.
—Y ahí entra Zoraida —añadió Érebos, con una sonrisa leve—. Entra cada día, le sujeta la mano, le habla al oído, le insiste en que aguante, le trae recuerdos de Ámbar y de días más sencillos… y al mismo tiempo le señala a Sancho, porque Sancho está ahí. Siempre ahí. Lo nombra, lo llama, le suplica que mire.
—Y Melindres lo mira —retomó Barastyr—, porque ella sí puede verlo. Pero solo le alcanza con los ojos. Tiene esa mirada rota de madre que no llega a tocar a su hijo ni con la voz.
—Sancho cruza el umbral —continuó Érebos— y solo percibe una sala vacía. Luxanna lo dejó ciego a la presencia de su madre, así que oye a su hermana jurar una y otra vez que Melindres está delante… y lo único que recibe es silencio.
—Ese silencio lo muerde por dentro —concluyó Barastyr—. Le hace dudar de sí mismo, de la sala, y acaba dejándolo incapaz de creer a Zoraida. Cada día se aferra a la idea de que su hermana se ha quebrado, y cada día se hunde un poco más.
Barastyr suspiró y alzó la vista hacia Amunet, y su admiración sonó casi devota.
—Emperatriz… vuestro plan es exquisito. Una madre viendo a su hijo sin poder alcanzarlo, y un hijo viviendo a un palmo de su madre sin poder creer a su hermana. No hace falta un verdugo cuando la esperanza trabaja para vos.
—Podríamos mostrarle eso —añadió Erebos, con una sonrisa apenas contenida—. Podríamos hacer que Rodrigo vea a su madre rota, a su hermana desesperada, a su hermano perdido. Solo entonces entenderá que no queda nada por lo que luchar.
Amunet no contestó de inmediato. Apoyó una mano sobre el brazo del trono. Los demonios la miraron, esperando.
—Lo he intentado —dijo por fin—. Muchas veces.
El silencio fue inmediato. Todos sabían a qué se refería.
—Nexara, una de las súcubas que habita en mi báculo, me permite entrar en los pensamientos y deslizarme por los sueños de mis enemigos. Puedo atrapar a los débiles mientras duermen… —expuso, y sus dedos recorrieron el arma con una caricia lenta, casi propietaria—. Pero con Rodrigo no funciona. He tanteado su mente, he seguido su rastro en la oscuridad del sueño, y cada vez que estoy a punto de alcanzarlo…
La frase se le quedó suspendida. Amunet apretó apenas la mandíbula y retomó la voz con un control aún más frío.
—Algo lo oculta. Algo lo protege. Hay una barrera, un hechizo arcano, trazado con una magia demasiado precisa para ser fruto del azar. Tal vez sea obra del maldito Archimago… o de esa guardiana elemental que se los arrancó de delante de mí cuando ya tenía a la estirpe entera al alcance.
Fue Áxbalor quien rompió el silencio.
—Podríamos dejar de perder el tiempo con hechizos y sueños —gruñó—. Si el príncipe se oculta, que se esconda. Hay formas más rápidas de terminar esta guerra.
Amunet lo observó con un interés sereno, midiendo la propuesta antes de abrirle la puerta.
—¿A qué te refieres?
—A Abraxas —intervino Xezbet, recogiendo la idea con una calma afilada—. Si devolvemos a mi hermano al plano material, la resistencia se va a deshacer. Ni torneos, ni guardianes, ni elementos. Con él podríamos arrasar naciones enteras antes de que la primera muralla termine de levantarse.
Rodrigo IV alzó una ceja. Por primera vez desde el inicio del consejo, el gesto le ensució el aplomo.
—Traer de vuelta a Abraxas es peligroso. Sabéis, hija mía, que desde que lo encerrasteis en el báculo ha tenido tiempo de sobra para fermentar rencor. Es poderoso, y su ambición no conoce límites. Acompañó a tu madre como mano derecha en más de una batalla… y, en cuanto vio una oportunidad, encabezó un complot contra ella.
—Lo sabemos —respondió Xezbet, sin alterar su voz, recordando que en realidad fue él mismo quien convenció con sus artimañas a sus odiosos hermanos para asesinar a la anterior Emperatriz—. Y también sabemos cómo controlarlo. Esta vez no será como antes.
—¿Y si se vuelve contra nosotros? —preguntó Barastyr.
—No lo hará —afirmó Áxbalor—. Nos tendrá a nosotros.
—Yo haré que crea que es el más fiel de vuestros sirvientes —afirmó rotundo Xezbet.
—Y yo haré que os ame —dijo Áxbalor, dejando caer las palabras como quien ofrece un dulce envenenado—. No sería la primera vez que alguien confunde su voluntad con la mía.
Amunet se incorporó en el trono, pensativa.
—No me asusta Abraxas. Pero tampoco soy estúpida.Si lo traemos de vuelta, será bajo nuestras condiciones. En cuanto se manifieste, lo encerraremos en un círculo de anclaje. No dará un paso sin permiso.
—Déjalo en nuestras manos —dijo Xezbet, acercándose un paso—. Áxbalor y yo lo sujetaremos. Lo guiaremos. Y, si hace falta, lo alimentaremos.
—Y si intenta resistirse —añadió Áxbalor—, aprenderá quién manda ahora en el Inframundo.
Hubo un silencio. Uno largo. Uno que pesó sobre todos los presentes.
Amunet asintió despacio y se levantó. Descendió del trono con una calma medida. Su rostro no ofrecía emoción alguna; sostenía una ferrea determinación.
—Ha llegado el momento —dijo.
El gran salón quedó en silencio. Rodrigo IV no se movió. Barastyr entrecerró los ojos. Y el báculo de Amunet empezó a vibrar con un zumbido grave, denso, como si algo en su interior hubiese reconocido la llamada incluso antes de oírla.
Amunet avanzó hasta el centro de la sala con una calma segura. Clavó el cetro contra el suelo con una delicadeza medida y dejó los dedos reposando un instante sobre el metal, recreándose en el temblor que le devolvía, lento y constante, como una confirmación. Sabía que era arriesgado. Precisamente por eso, el gesto le despertó un placer contenido, una chispa íntima que le tensó la sonrisa. Cuando habló, lo hizo con una voz dulce y susurrante, casi cercana, como si le recordara al mundo cuál era su lugar. En su mirada se asentó un brillo tibio y complacido: no buscaba una victoria puntual, sino un poder que no tuviera que disputarse nunca más.
—Abraxas… despierta —susurró Amunet, con una dulzura medida. Pronunció el nombre despacio, paladeando el riesgo que llevaba dentro, y dejó que la última sílaba quedara suspendida en el aire, como un anzuelo.
Las luces palidecieron, una a una. Las sombras se alargaron por las paredes y treparon por las columnas con una lentitud deliberada. Del suelo se alzó una niebla roja, espesa, que empezó a girar en espiral alrededor del báculo, cada vuelta más cerrada, más cercana. La magia oscura no estalló: latió. Su pulso, grave e invisible, golpeó el pecho de los presentes y les robó el aire un instante.
Y entonces, desde el centro del vórtice, surgió una voz cavernosa, profunda, cargada de rencor.
—He esperado tanto tiempo…
Un hombre alto emergió entre la niebla como si el mismo Inframundo se abriera en la sala. Su figura imponía un respeto inmediato: la cabeza desnuda, sin un solo cabello, como si el fuego la hubiese purificado; la mirada dura; la barba cerrada. Vestía un abrigo negro, de cuero bruñido, con correas cruzadas que caían hasta las botas. En los hombros, detalles rojos como runas selladas con sangre vibraban con energía oscura, como si latieran al ritmo de una guerra lejana.
Pero lo más sobrecogedor era la franja carmesí que le cubría los ojos. No era una máscara ni un adorno de batalla, sino carne viva, desgarrada y transformada por la magia: una venda sangrante que palpitaba como un corazón maldito. Era el castigo de un traidor. Una cicatriz abierta, sellada sobre sus ojos, no por haber fallado… sino por haber tenido éxito.
Abraxas había mirado al abismo, lo había comprendido… y lo había dominado. Y fue entonces cuando los suyos, temerosos de su poder, lo encerraron. Aquella franja no ocultaba sus ojos. Los contenía.
Abraxas. Señor de mil legiones. Ejecutor de Evolet. El general de las antiguas campañas. Aquel que fue sellado por los suyos… porque su poder ya no servía a nadie salvo a sí mismo.
Sus botas resonaron con firmeza al dar el primer paso.
—¿Otra vez vosotros? —murmuró con desprecio.
Su voz era grave. Humana. Pero cargada de algo que no pertenecía a este mundo.
Se detuvo frente a Amunet, sin inclinar la cabeza.
—Así que eres tú la que se sienta ahora en el Trono de Ámbar.
—He pronunciado tu nombre y has venido. Eso te basta para entender quién manda. Y tu, demonio de la guerra, me obedecerás.
Una sonrisa lenta, torcida.
—¿Obedecerte…? —Abraxas bajó la mirada al báculo—. Ese báculo era de ella. Y ahora… lo sostienes tú.
Xezbet dio un paso, tenso.
—No estás en condiciones de elegir.
—No —dijo Abraxas, girando lentamente la cabeza—. Pero tampoco vosotros, lo sé porque si no nunca me hubieseis liberado.
Fue entonces cuando ocurrió.
Sin previo aviso, el aire del salón comenzó a doblarse. Las imágenes se distorsionaron. Amunet se duplicó por un instante. El trono pareció fundirse con la pared.
—¿Qué es esto? —gruñó Abraxas, alzando la voz—. ¿Quién osa…?
Pero no pudo terminar la frase.
Xezbet fue el primero en ser arrastrado. Apenas tuvo tiempo de mirar a Amunet antes de desvanecerse como si alguien hubiera arrancado su esencia del plano material.
Áxbalor intentó sostenerse, resistir la fuerza de la distorsión, pero fue en vano. Su cuerpo se evaporó en un remolino de sombras.
Érebos se descompuso entre destellos violetas, tragado por la fractura. Y por último, Abraxas, con el rostro encendido de furia, fue absorbido en silencio.
Todo ocurrió en un instante. Y después… nada.
El gran salón quedó inmóvil. El mármol, agrietado. El báculo de Amunet, todavía humeante.
Rodrigo IV se llevó una mano al pecho. Barastyr no se atrevía a respirar.
Amunet permanecía de pie, sola mientras la niebla se disipaba lentamente.
—¿Qué ha pasado? —susurró Barastyr.
Ella no respondió de inmediato. Sus ojos, fijos en el vacío.
Finalmente, en voz baja, lo dijo:
—No lo sé… pero no ha sido obra mía.
Ninguno de ellos lo sabía aún, pero la explicación no estaba en el báculo, ni en Abraxas, ni siquiera en Amunet.
Muy lejos de allí, en el corazón de la arboleda de Catch-Unsum, Ona Bakari actuaba junto a los Cazademonios. Cumplía, paso por paso, el verdadero plan de Van Bakari. Habían robado la reliquia de las Amazonas y la habían activado sin titubeos: el Orbe de la Confusión.
El poder del orbe seguía activo. No se veía. No se oía. Se colaba. Alteraba el flujo de la realidad con una paciencia inquietante y mantenía abierta la grieta que nació en el Torneo, invisible pero viva. Y esa grieta ya no obedecía a un lugar: rozaba las leyes más profundas del mundo, deformaba el aire, partía los conjuros y se llevaba a los poderosos con la misma facilidad con la que arrastra a los débiles.
Pasaron los días. El Palacio de Ámbar se mantenía en pie, pero había perdido su pulso. Las sombras ya no se movían como antes. Las puertas cerradas de los aposentos infernales continuaban sin abrirse. Xezbet. Áxbalor. Érebos. Abraxas. Todos habían desaparecido, sin dejar más rastro que el eco de sus nombres. Y como si el destino quisiera cebarse aún más con los que quedaban, llegó un mensaje de su otro palacio: la esencia de la divinidad arrebatada antaño a los unicornios también había desaparecido del Inframundo.
Amunet fingía serenidad, pero el silencio se estaba volviendo una presencia en sí mismo, denso, casi material. Un murmullo sin voz comenzaba a horadar su pensamiento. No era miedo. Aún no. Pero sí la sospecha de que algo estaba ocurriendo más allá de su mirada. Algo que escapaba a su control.
Fue entonces cuando el aire cambió.
No hubo un estruendo, ni un crujido de puertas. Fue más sutil: una vibración mínima, como el leve roce de un pensamiento no propio. Las antorchas titilaron. No por viento, sino por algo más profundo, más arcano. El palacio, por un instante, pareció respirar distinto.
Y Amunet lo supo.
Antes de que se oyera nada, antes de que el eco se posara entre los muros, ya había comprendido que no estaba sola.
No eran pasos lo que se acercaban. Era una presencia que arrastraba consigo el peso de los años, de las deudas sin saldar. Una presencia con nombre.
Kávila.
La Emperatriz no se levantó. La observó desde lo alto del trono. Ambas mujeres eran rubias, pero en Kávila el cabello caía como un velo fatigado, sin brillo. Las huellas de la maldición zíngara comenzaban a marcar su rostro: arrugas en la comisura de los ojos, venas apagadas bajo la piel clara. No era solo el precio de una vida errante, sino el castigo de su hermana Kálaba, quien la había condenado a envejecer más rápido que el resto del clan.
—No esperaba visitas del lupanar, desterrada —dijo Amunet, sin apartar la mirada.
—Y yo no esperaba que la hija de Evolet necesitara llenar de silencio un trono que aún no domina —replicó Kávila, sin elevar la voz.
Amunet entrecerró los ojos.
—¿Vienes a tentar mi paciencia o a ofrecer algo que valga la pena?
—Conocimiento —respondió Kávila—. Del tipo que no se encuentra ni en tu báculo, ni en el poder de tus demonios, ni en el mismísimo Inframundo.
Amunet hizo un leve gesto con la mano y Kávila comprendió.
—Van Bakari te utilizó. El Orbe activado en Catch-Unsum no fue casualidad. Fue su plan. Quería a tus demonios lejos. Tu poder era demasiado para él.
Amunet bajó ligeramente la mirada.
—No debí confiar en ese mísero traficante.
Kávila se encogió de hombros.
—A veces, la traición es solo una forma más directa de llegar al núcleo del poder.
—¿Y tú qué quieres, entonces?
—A mi hija. Eurídyce ha desaparecido. No me dejaron despedirme. Encuéntrala… y tendrás mi lealtad.
Amunet arqueó una ceja.
—¿Y por qué habría de creerte?
Kávila dio un paso más.
—Porque puedo darte algo que nadie más sabe. Rodrigo, el joven infante, tuvo dos hijas hace años. Dos niñas. Herederas legítimas al trono. Están ocultas. Ni siquiera él las ha vuelto a ver.
—¿Cómo lo sabes?
—Una noche, en el lupanar, el viejo Capitán Flick bebió más de la cuenta. Habló de su nieta, embarazada en algún rincón escondido. Dijo que sería abuelo de las futuras herederas del Trono de Ámbar. Que no le dejaron verlas, pero que él lo sabía… porque escuchó el grito de Elora al parir. Un grito tan fiero, tan vivo, que no podía venir de otra sangre que no fuera la suya. El eco de ese alarido aún resuena en la memoria de los piratas.
Amunet no dijo nada durante varios segundos.
Entonces se incorporó, despacio. Una nueva certeza comenzaba a nacer en su interior.
—Tendrás a tu hija —dijo finalmente—. Y tú me ayudarás a encontrar a las que se denominan verdaderas herederas del trono.
Kávila asintió y esta vez no hubo arrogancia. Solo el pacto implícito entre dos mujeres que conocían el precio de la pérdida.
Después se marchó sin añadir nada.
Amunet se quedó sola de nuevo. Pero ya no había oscuridad en su gesto. Tenía una aliada para la guerra, una nueva pieza en el tablero. Y al menos, por ahora, no todo estaba perdido.
