212 – UNA ALIANZA REAL

Personajes que aparecen en este Relato

UNA ALIANZA REAL

El barco surcaba las aguas oscuras bajo un cielo cubierto de estrellas. Navegaba con decisión entre las convulsas mareas del Kal-a-Mar envuelto en un aura luminosa que parecía más una advertencia que una protección. La luz mágica que lo rodeaba mantenía a las criaturas del océano a raya y evitaba que las sombras se acercaran demasiado. En la cubierta, con su habitual porte de control absoluto, Minerva miraba el horizonte con ojos de acero, como si su mente estuviera ya tres pasos por delante.  A su lado, Kórux se movía inquieto, incapaz de disimular su incomodidad. Observaba las aguas con un desagrado que iba más allá de la simple inseguridad. Finalmente, rompió el silencio con un suspiro exasperado.

—¿No podríamos haber hecho esto de otra manera? —preguntó con una voz cargada de impaciencia y frustración—. No me gusta nada navegar, menos aún cuando podríamos teleportarnos.

—Sabes que no podemos arriesgarnos a usar magia en esta situación —respondió Minerva en tono firme sin apartar la vista del horizonte—. Las fuerzas de Amunet están por todas partes; si nos teleportamos, los demonios nos detectarían antes de poner un pie en tierra. Esta es la única forma segura; deben de pensar que seguimos atrincherados en la fortaleza. Esta operación es de suma importancia para el futuro del reino.

Kórux frunció el ceño y cruzó los brazos con resignación. El brillo de las luces mágicas que los protegían contrastaba con la creciente oscuridad a su alrededor.

—Además, está lo de Drëgo —añadió —. La Dama Blanca habrá convocado a las razas para una reunión de emergencia. Espero que esta idea tuya dé sus frutos al final.

Minerva lo miró de reojo sin vacilar.

—Mi plan no tiene fisuras —respondió con firmeza.

—Lo entiendo —suspiró el archimago—, pero cada minuto que pasamos aquí Amunet sigue extendiendo sus hordas de demonios por Calamburia. Desde que las conversaciones diplomáticas fallaron, está arrasando cada rincón y nosotros estamos en un barco. Además, nos estamos perdiendo por primera vez la misa del Descenso e Inocencio ya nos avisó de que había preparado un importante discurso en la Basílica del Titán.

Por primera vez, Minerva apartó la vista del horizonte y lo miró con una media sonrisa cargada de escepticismo.

—Inocencio… —murmuró casi divertida—. Lo más probable es que quiera hablar sobre Amunet, sus demonios, cómo debemos enfrentarlos… o cualquier cosa que le permita sacar más calamburos a la gente. La caída del Titán siempre pone al pueblo en una disposición especialmente generosa. Dudo que sea algo verdaderamente relevante. Lo más destacable de esas celebraciones es la posibilidad de admirar la majestuosidad de la nueva cúpula de la iglesia. Si hay algo que agradecer al reinado de Sancha es su dedicación en la mejora arquitectónica del reino

En tierra, Efraín Jacobs, el temido Ladrón de Barlovento, observaba inquieto desde su puesto en el puerto. El viento cargado de sal acariciaba su piel mientras su mirada seguía fija en el horizonte. Cada tanto levantaba su viejo catalejo con la esperanza de divisar algo más que la nada. Aunque su mente vagaba entre olas de ron, sabía que en ese momento no podía permitirse el lujo de un trago, pues la situación era demasiado delicada. Minerva y Kórux, los directores de la Torre de Skuchaín, habían sido enviados por la reina Melindres y él debía recibirlos. Efraín sabía lo que estaba en juego, pues de esa reunión dependía una alianza que cambiaría el curso de la guerra. Por esa razón, todos los piratas habían hecho un pacto de silencio sobre la reciente desaparición del capitán John Nathaniel. La tensión era palpable, pero mantener la calma frente a Mairim era crucial. No querían alterarla antes de un día tan importante y mucho menos a la pequeña Elora, a quien también habían mantenido al margen. Sabían que cualquier mención de su padre podría desatar una tormenta de emociones que no podían permitirse enfrentar justo ahora, cuando todo pendía de un hilo.

De repente, divisó un barco iluminado que se acercaba lentamente desde la oscuridad del horizonte surcando las aguas del Kal-a-Mar como una antorcha solitaria en la negrura. La reunión se había acordado para esa noche, cuando la luna alcanzase su punto más alto en el firmamento. Sin embargo, desde el levantamiento del Inframundo por parte de Amunet y su temible séquito, era como si la luna y las estrellas se fueran apagando lentamente dejando el cielo en una oscuridad absoluta. Extrañamente, las estrellas de la constelación de Kharadûm, conocidas por su brillo eterno, también se habían apagado, algo que nunca antes había sucedido en la historia de Calamburia.

El futuro de Calamburia dependía de una estrategia mucho más profunda: el matrimonio entre Elora —hija de la reina pirata Mairim— y Rodrigo —hijo de Melindres— no era solo un acuerdo entre dos familias. Esta unión representaba la fusión de dos de los poderes más grandes del reino: la impresionante flota de Kalzaria y los imponentes ejércitos de la corona. Mairim había gobernado las aguas desde la Nación Pirata manteniendo a raya a cualquier amenaza marina. Por su parte, Melindres reinaba con puño de hierro el vasto continente desde el Trono de Ámbar. Juntas podrían formar una alianza imbatible frente al caos que traían las hordas de Amunet, la emperatriz del Inframundo. Sus demonios se extendían por todo el territorio corrompiendo la tierra y devorando a aquellos que se interponían en su camino. El palacio se hallaba asediado, por lo que las alianzas tradicionales no bastarían; la corona de Calamburia necesitaba sumar el control del mar a su propio ejército y la inquebrantable lealtad de la de la Torre de Skuchaín. Este matrimonio, cuidadosamente planeado por Minerva, era el primer paso de un propósito mucho más ambicioso para enfrentar el apocalipsis que se cernía sobre el reino.

El extraño navío se acercó dejando ver su mágica luz tan brillante como un faro, el sello inconfundible de los magos de la torre.

—¡Majestad, venid rápido! —gritó Efraín con un tono de urgencia mientras su cuerpo se movía ágilmente hacia la Tortuga Tuerta, la taberna donde su sobrina aguardaba.

—¡Mairim, por las escamas del Leviatán, los emisarios de la corte están aquí! —gritó de nuevo apresurándose hacia la tasca con una agilidad sorprendente para su edad. La urgencia en su tono revelaba lo mucho que estaba en juego.

Mairim se levantó de inmediato, su rostro iluminado por una mezcla de anticipación y astucia. Sabía que aquella noche debía sellar un acuerdo crucial y no podía evitar esbozar una sonrisa juguetona mientras avanzaba.

—¡Por fin, los emisarios! Espero que traigan buenos regalos… Quizás joyas, un cofre lleno de oro o tal vez algo aún más raro… —murmuró con tono despreocupado contrastando con la importancia de la reunión. 

Bajo esa capa de ligereza e indiferencia, la reina pirata evaluaba cada movimiento, consciente de lo que estaba en juego: el futuro de su hija y el de Calamburia. Sabía perfectamente que aquella noche marcaría el destino de su hija. Pactar el casamiento de su única hija Elora con Rodrigo, el hijo de Melindres y heredero al trono, no era una tarea menor. Aunque la organización y los detalles diplomáticos habían sido manejados por su tío Efraín, ella, como madre de la novia y soberana de la isla, tenía la última palabra. A nadie le extrañaba  que Mairim esperara algo más de esta reunión que el simple acuerdo de boda; al fin y al cabo, ¿qué madre no querría recibir un obsequio significativo cuando estaba entregando a su hija en pos de una alianza de tal magnitud? Sin embargo, criada como pirata, la reina no era ingenua: sabía que los negocios eran duros y las alianzas incluso más.

El barco emergió de entre la neblina y atracó en el puerto con una precisión que solo los emisarios de la torre podían manejar. Con la misma solemnidad de siempre, descendieron Minerva Sibyla y Kórux, directora y archimago de la torre. Siguiendo el protocolo, el afamado Ladrón de Barlovento los recibió con la formalidad que se requería en un momento tan crucial. Los embajadores hicieron un gesto de reconocimiento, sabiendo que el destino de Calamburia podía depender de lo que se acordara aquella noche.

—Estimados embajadores: Archimago… directora Sybila… Bienvenidos a Isla Kalzaria —saludó Efrain Jacobs con una inclinación tan respetuosa como consciente del sombrío panorama que los rodeaba—. Es una pena que haya tenido que ser en estas circunstancias 

—Nos hemos retrasado porque, con toda esta oscuridad, no hemos podido guiarnos por las estrellas —respondió Minerva con un gesto que sugería que las salutaciones ceremoniales no eran necesarias en ese momento—. Menos mal que la varita de Kórux se ha mantenido resplandeciente, de lo contrario quién sabe contra qué escollos habríamos acabado topando.

—No ha sido nada, Minerva —respondió su compañero, aunque su tono mostraba que, pese a su máscara de humildad, disfrutaba secretamente de los halagos—. Reina Mairim, Efraín Jacobs… Una comitiva de lujo, sin duda.

La conversación giró abruptamente hacia la alianza entre los herederos. Ni siquiera habían puesto un pie dentro de la taberna donde habían acordado hablar con mayor discreción, cuando Mairim decidió compartir sus reservas. Ella había gobernado como reina sin necesidad de otorgar el título de rey a ningún hombre y, además, tenía dos opciones si así lo deseaba. Consideraba que su hija también podría hacerlo, si ese era su deseo. Era la esencia del pueblo de Kalzaria: en el mar de la vida cada marinero elegía su ruta. Sin embargo, su tío la interrumpió con suavidad recordándole que dicha boda era algo que ambos querían; algo positivo para el futuro. Le insistió en que, aunque ella era la reina de Isla Kalzaria, su hija tendría la oportunidad de convertirse en la reina de toda Calamburia. Los emisarios apoyaron a Efraín resaltando las virtudes de Rodrigo, el heredero de la Corona de Ámbar, a quien describieron como un partido inmejorable: ávido lector, fervoroso amante, valiente espadachín… Llegaron a asegurar incluso que esta unión no solo fortalecería la alianza entre reinos, sino que traería poder y prestigio tanto a Elora como a su familia.

Sin embargo, para Mairim había un asunto fundamental que aún no había sido aclarado. Con los brazos cruzados, se volvió hacia los emisarios y con una sonrisa pícara lanzó la pregunta que sorprendió a todos:

—¿Sabe nadar?

La pregunta dejó completamente desconcertado al archimago. Kórux había estado presente en múltiples negociaciones de alianzas, en batallas y en acuerdos diplomáticos, pero jamás había surgido la cuestión de si alguien sabía o no nadar. Minerva, intentando recuperar el rumbo de la conversación, trató de redirigirla hacia los términos más formales: aportaciones, beneficios y acuerdos de protección para ambas partes.

—Sí, sabe nadar —dijo la erudita haciendo una pausa dramática—. Tanto él como sus hermanos fueron instruidos en el arte de la natación por su tío, Lord Gadeslao Colby.

Los ojos de Mairim brillaron de interés.

—¿Un fantasma como instructor? —preguntó divertida.

Minerva asintió conteniendo una leve risa.

—Precisamente. Un fantasma es sorprendentemente útil para estas lecciones: no se cansa, no se ahoga y puede acompañar a los infantes en la técnica sin mojarse. Es una de sus muchas… ventajas.

Efraín, que hasta entonces había mantenido una expresión seria, no pudo evitar soltar una carcajada ante la imagen de un fantasma enseñando a los jóvenes príncipes a nadar.

—Bueno, con ese instructor estoy segura de que se las arreglará perfectamente en las aguas de Kalzaria —respondió Mairim con una sonrisa de satisfacción, tranquila por aclarar lo que, para ella, era un tema clave.

Jacobs se sumó satisfecho al ver que su sobrina estaba complacida con la respuesta. Mairim se había tranquilizado, aunque la calma apenas duró un instante en su rostro. 

—Un momento. Hay algo más importante —declaró con tono desafiante—. Si alguien va a desposar a mi hija Elora, antes tendrá que demostrar su poder.

La directora de Skuchaín intercedió rápidamente en nombre del príncipe Rodrigo, quien no se encontraba presente. Le excusó informando de que estaba preparando personalmente los ejércitos para resistir la invasión junto a su abuelo, el Escorpión de Basalto. Sin embargo, esa defensa solo sirvió para inspirar a Mairim: si Rodrigo no estaba allí sus enviados debían luchar en su nombre. Si representaban al príncipe en los acuerdos, entonces también debían hacerlo en la lucha.

—Los emisarios del príncipe deben demostrar que son dignos tanto en diplomacia como en combate —sentenció la reina pirata—. Mi hija no se casará con nadie hasta que su pretendiente demuestre ser digno y, en su ausencia, vosotros lucharéis por él.

Korux frunció el ceño claramente reticente a la idea. No veía sentido a enfrentarse con posibles aliados cuando Amunet y sus hordas demoníacas eran el verdadero enemigo. Buscó la complicidad de Efraín, pero el pirata, con una sonrisa astuta, dejó claro dónde estaban sus lealtades.

—Al fin y al cabo, la niña es la reina y estas son sus reglas. Lo tomáis o lo dejáis —expuso encogiéndose de hombros.

Los visitantes se miraron brevemente compartiendo una misma duda: ambos sabían que el desafío era innecesario, incluso ridículo en medio de una guerra. Además, la reina pirata no era una oponente común. Ambos recordaban perfectamente la reciente reunión en la que había desatado el poder de la Elegida del Titán, un despliegue devastador que había dejado clara su capacidad en combate. Sin embargo, la terquedad de Mairim era legendaria. El archimago suspiró resignado: no tenían otra opción, debían aceptar el reto si querían cerrar el acuerdo. 

—No sé si es peor luchar contra ella o contradecirla —susurró Kórux a Minerva en tono grave.

—Sin duda alguna… es peor contradecirla —respondió con una ligera sonrisa de resignación.

—Vamos a hacer lo que mejor hacemos: trabajar juntos —afirmó el archimago con decisión y confianza.

Korux sonrió, pues aunque la situación no era propicia para las bromas, se sentía más confiado al saber que Minerva estaba a su lado. Los años que habían compartido como eruditos en la Torre de Skuchaín habían forjado entre ellos una complicidad profunda. La directora recordaba bien aquellos días cuando Kórux aún era conocido como Félix, el Preclaro, antes de tener que portar el peso de su título de archimago. Desde entonces, habían aprendido a complementarse a la perfección y esta vez no sería diferente.

Los cuatro se colocaron en posición, listos para el enfrentamiento. Kórux invocó su poder mágico mientras su compañera se mantenía un poco más alejada, observando cada movimiento y analizando las tácticas de sus oponentes. Mairim y Efraín se lanzaron al ataque con la rapidez y la agilidad que caracterizaba a los piratas. Los emisarios de la corona contaban con la ventaja de la magia, pero los piratas eran impredecibles, pues se adaptaban rápidamente a las situaciones. Sin embargo, Minerva no necesitaba lanzar hechizos: su papel era otro. Mientras el archimago mantenía a raya a los corsarios con su varita, ella comenzó a dar órdenes sutiles:

—No sigas el mismo patrón de ataque, cambiarán de táctica en cuanto lo repitas —le advirtió con un tono firme pero sereno—. ¡Apunta más a la derecha, fuerza a Mairim hacia los barriles!

Kórux obedeció sin cuestionar: sabía que Minerva no solo veía el combate, lo analizaba en cada segundo y se adelantaba a las jugadas del enemigo. En efecto, al verse arrinconada, la reina se dio cuenta de que le habían quitado espacio para moverse e intentó redirigir su ataque, pero la presión ejercida por los hechizos de Kórux y las órdenes estratégicas de Minerva la habían acorralado.

Por su parte, Efraín era un combatiente nato y disparaba su trabuco con gran soltura y notable puntería; pero incluso él notó que el combate se estaba inclinando a favor de los emisarios. Cada ataque que intentaba era contrarrestado de manera anticipada, como si Minerva pudiera prever sus movimientos antes de que ocurrieran.

—¡Cuidado, está girando! —gritó la directora al ver cómo Efraín intentaba una maniobra evasiva. La reina de los piratas tenía una aguda habilidad para la estrategia en combate naval y supo que necesitaban una distracción inmediata—. ¡Korux, usa los rayos de tormenta, apunta al cielo y sumámolos más en su propio caos!

Efraín, con su destreza habitual, disparó su trabuco hacia Kórux. El archimago apenas tuvo tiempo de reaccionar, aunque logró esquivar el tiro con una agilidad sorprendente.

—¡Archimago! ¿Tienes tiro? —gritó Minerva, sus ojos centelleando con adrenalina sabiendo que el próximo movimiento sería crucial.

Él afirmó con un gesto determinado. Levantó su varita y, con un rápido movimiento, conjuró una tormenta eléctrica. De pronto, el cielo se oscureció mientras los relámpagos caían en cascada, envolviendo el campo de batalla en una caótica danza de luz y sonido. Las nubes arremolinadas se mezclaron con el rugido de los truenos creando la distracción que necesitaban para cambiar el curso del combate.

Aunque Minerva no era capaz de lanzar un solo hechizo, sus órdenes habían sido la clave para inclinar la balanza del combate. Cada vez que los piratas intentaban una nueva táctica, ella los leía como si estuvieran jugando una partida de ajedrez y movía las piezas a su favor. Con un último y decisivo movimiento, Kórux alzó su varita hacia el cielo y gritó con voz poderosa:

—¡Fulmina Ignis!

El aire se cargó de electricidad y, en un instante, los relámpagos se precipitaron desde las alturas cayendo sobre el campo de batalla y alcanzando a todos los presentes. El poder del hechizo fue devastador y frenó en seco los avances de Mairim y Efraín. La escena se quedó en un silencio ensordecedor. Aturdidos, los piratas intentaron reincorporarse, sus cuerpos temblorosos por el impacto del rayo. Aunque doloridos, se levantaron con determinación mientras Kórux y Minerva, agotados, mantenían una postura digna, como si ese fuera solo otro día en su vida de estrategas.

Sin perder su compostura, la directora se permitió una sonrisa triunfante mientras se dirigía a Mairim:

—Parece que hemos ganado esta ronda, reina. —su tono no era arrogante, sino seguro; como el de alguien que había jugado bien su carta maestra.

Mairim, aún impresionada por la táctica y el despliegue de poder, observó a los emisarios con respeto. La corona de Calamburia no solo ofrecía alianzas diplomáticas, sino también una fuerza real y peligrosa que sería difícil de ignorar.

—¡Jo, que bien me lo he pasado! ¡Echaba de menos luchar así! —exclamó la reina pirata mientras se levantaba con mechones de cabello todavía chisporroteando por la electricidad.

El resto de la comitiva también se incorporó. A pesar del duelo, no había rencor alguno; más bien una conexión renovada entre las partes. La alianza quedó finalmente sellada. El compromiso entre Elora y Rodrigo no solo uniría a sus familias, sino también fortalecería la resistencia frente a la amenaza de la Emperatriz Tenebrosa y sus hordas de demonios. Con su magia agotada y sus vestimentas menos impecables de lo que habían llegado, los emisarios de Calamburia abandonaron la isla con la promesa de que el matrimonio que devolvería la unidad al reino estaba en marcha. Con el tratado, el futuro de Calamburia estaba establecido y la comitiva partió con el viento del mar impulsándolos hacia el incierto futuro.

Observando cómo el mar se calmaba bajo el horizonte, Minerva sonrió levemente.

—La primera parte del plan está hecha. Ahora solo queda esperar.

—¿Esperar? ¿Esperar a qué, Minerva? —preguntó Kórux arqueado una ceja intrigado por el habitual secretismo de su compañera—. Sabes que odio los misterios innecesarios.

—Todo a su tiempo —respondió mirándolo de reojo con una sonrisa cómplice y dejando más preguntas que respuestas.

De pronto, la atmósfera comenzó a cambiar, el barco empezó a tambalearse y una sensación de oscuridad se apoderó del aire. Kórux se acercó a la proa para ver lo que ocurría. A lo lejos, una ominosa luz negra se alzaba desde la cúpula de la Basílica del Titán: algo iba terriblemente mal.

—Minerva… mira eso.

Ambos magos se quedaron congelados observando cómo una energía oscura envolvía la basílica; una visión que nunca habían presenciado en las ceremonias anteriores. El «Descenso del Titán», una de las celebraciones más importantes de Calamburia, parecía haber tomado un giro macabro. El aire mismo pareció desgarrarse por un instante. Durante ese breve segundo, tanto Minerva como Kórux sintieron un corte en la realidad, una energía que los atravesó dejándolos en silencio.

Los ojos de Minerva se tornaron negros por un instante, pero fue algo tan breve que Kórux apenas tuvo tiempo de reaccionar. Luego, como si nada hubiera sucedido, ella retomó la compostura y, con una extraña calma, dijo:

—Cuando lleguemos a la torre tendremos que ser castigados por no haber acudido la ceremonia del Titán Oscuro.

El archimago sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Se giró hacia ella tratando de comprender qué estaba sucediendo.

—¿Qué te ocurre, Minerva? —preguntó con la voz teñida de inquietud—. ¿De qué castigo hablas? ¿Y el Titán Oscuro? ¿Qué está pasando?

Antes de que pudiera procesar más, sus ojos se oscurecieron de repente, cubriéndose de negro por un fugaz instante. Al volver a sí, sus palabras surgieron con una calma tan desconcertante como la de Minerva:

—Tienes razón. Siendo quienes somos, figuras tan importantes… debemos recibir un castigo digno para dar ejemplo al pueblo. Mientras tanto, recemos al Titán… Oscuro.

Minerva asintió y, con un tono suave pero cargado de siniestra devoción, comenzó a recitar al tiempo que el barco, ahora envuelto en las sombras, avanzaba por las oscuras aguas:

Oh, Titán de las sombras, tu poder infinito domina nuestras almas.
Guíanos por los senderos de la penumbra donde tu voluntad es ley.
Acepta nuestros corazones como ofrenda en el sacrificio eterno de tu nombre.
Que tu oscuridad envuelva el mundo y nos bendiga con su fría redención.

Sin comprender del todo lo que le estaba sucediendo, Kórux no pudo evitar unirse a la plegaria, su mente cada vez más perdida en la negrura de aquella nueva realidad.

211 – LOS DONES DE LA FORJA ARCANA

Personajes que aparecen en este Relato

LOS DONES DE LA FORJA ARCANA

La magia que fluye en Calamburia no es autóctona, si no que proviene del Reino Faérico; pero, en su travesía desde la Aguja de Nácar hasta la Torre arcana de Skuchaín, cruza un vasto territorio de piedra y oscuras cuevas subterráneas. Estas cavernas son dominio de los enanos, gobernados por la mano firme de Elga, su Dama de Acero. Los enanos, maestros herreros, son célebres por haber forjado las armas más poderosas del reino, incluida la legendaria varita del mismísimo archimago Theodus; un regalo personal de Elga, fruto de una alianza que perduró en el tiempo.

Es por ello que la reina Melindres, devastada por la pérdida de su hijo Sancho, decidió acudir a la Forja Arcana en busca de ayuda. Aunque Kórux, el archimago, se ofreció a encargarse de la misión, ella no podía permitir que otro lo hiciera en su lugar; no después de todo lo que había sufrido. El reciente enfrentamiento con Amunet había sido un desastre: había desembocado en una guerra que amenazaba con consumir todo el reino. La necesidad de controlar cada detalle de la defensa de Calamburia pesaba demasiado sobre sus hombros.

—Majestad, si me permitís insistir, Kórux podría encargarse de esta misión. Os quitaría parte de la carga —sugirió Cristóforo con respeto.

Melindres se volvió hacia él, su mirada más severa de lo habitual.

—Tú no lo entiendes, Cristóforo —respondió con firmeza—. Esto no es solo una cuestión de armas. Nos preparamos para algo mucho mayor. Ya he perdido a Sancho y esta guerra podría costarme también a Rodrigo o Zoraida. Me reuniré personalmente con esos enanos y, si es necesario, plantaré cara a la mismísima Dama de Acero.

Cristóforo y Periandro habían sido elegidos para acompañar a la reina en la travesía hacia la Forja Arcana, situada en el corazón del reino de los enanos. Ambos sabían que este viaje no era una simple preparación para la guerra, sino una jugada estratégica y decisiva con la que podrían avanzar el siguiente movimiento de Amunet. La reina los miró, consciente de que Zoraida y Rodrigo eran lo único que le quedaba. Esa era la razón por la que ella misma debía comandar la misión.

—¿Estáis listos? —preguntó Melindres con la voz cargada de determinación.

—Siempre a vuestro servicio, Majestad —respondió Cristóforo mientras Periandro asentía en silencio y sacaba su varita.

—Adelante, Periandro; no hay tiempo que perder —ordenó ella.

El mago-erudito levantó su varita, la punta brillando con una luz tenue pero poderosa. Murmuró en un lenguaje antiguo:

Aperiatur via, lumen ducat!

El hechizo trazó un círculo brillante en el suelo y, en un parpadeo, los tres se desvanecieron, reapareciendo en una vasta y oscura cueva. Antorchas alineadas en las paredes iluminaban el camino mientras los símbolos arcanos grabados en las piedras resplandecían con energía propia. Mientras avanzaban, Cristóforo desenvainó su espada al notar una colosal sombra iluminada intermitentemente por una luz roja moviéndose entre las piedras. La tensión llenó el aire hasta que Periandro reaccionó tranquilizando a los presentes.

—¡Alto! ¡Es Serörkh! Está previsto que nos reciba. Es el guardián de la forja.

Cristóforo, con la respiración agitada, bajó lentamente la espada aún mirando con desconfianza al inmenso e intimidante gólem de acero.

—Serörkh indica el camino —dijo el guardián con su voz grave y resonante—. Dama Elga envía saludos a Melindres, reina de Calamburia. Debéis bajar a la forja. Aconsejo cuidado en el descenso.

Periandro, siempre sereno, le dijo a su compañero:

—Si Serörkh hubiera querido atacarnos, ya habríamos sido aplastados bajo su maza. Sus runas le protegen de mi magia y poco tendría que hacer tu espada contra su piel de acero —explicó con cierta fascinación en los ojos—. Dicen que es la creación más avanzada de magia rúnica que jamás ha existido.

El imperturbable gólem se paró y señaló la escalera que descendía hacia las profundidades.

Con cautela, los exploradores comenzaron su descenso por las resbaladizas grutas iluminando su camino con las Lágrimas de Luna que llevaban en las manos. Estos cristales fosforescentes, auténtica magia fosilizada, eran exclusivamente extraídos por los enanos y ocasionalmente adornaban las paredes de las cuevas. Rara vez salían de la Forja Arcana y cuando lo hacían, era como regalos de la Dama de Acero, matriarca y protectora de los enanos. Los ejemplares que portaban fueron entregados al primer archimago, Theodus, como un valorado presente que ,desde entonces, había permanecido en la torre arcana, convirtiéndose en el mejor salvoconducto para acceder a la forja.

Antes de su expedición a las profundidades, Kórux se encargó personalmente de que Melindres y sus compañeros recibieran estas gemas. Las Lágrimas de Luna no eran meras fuentes de luz; también actuaban como un escudo protector contra los peligros que acechaban en lo más profundo de las cavernas, especialmente contra los topos gigantes que merodeaban en la oscuridad. Gracias a estas piedras encantadas, los exploradores podían confiar no solo en su luz, sino en una barrera mágica que los protegía de las criaturas ocultas en la penumbra. Melindres, Cristóforo y Periandro se sentían seguros, amparados por estas joyas que simbolizaban la sólida y antigua relación entre Calamburia y la forja.

Cristóforo, que antaño había formado parte de la tripulación de Efraín Jacobs, con quien había surcado todos los mares de Calamburia, ahora sevía como tutor de la infanta. A lo largo de sus viajes, creía haberlo visto todo. Pero si bien ni el mar ni la corte guardaban secretos para él, esos túneles oscuros y claustrofóbicos lo incomodaban.

—Majestad, Periandro, no estoy seguro de que meternos en estos túneles haya sido una buena idea… —murmuró Cristóforo.

No terminó la frase antes de recibir una mirada fulminante de Melindres.

—El miedo está fuera, en el palacio y en las hordas de demonios que invaden toda Calamburia —dijo la reina con un tono decidido—. De hecho, este lugar es, quizás, el sitio más seguro en el que has estado en los últimos tiempos. Son épocas oscuras, pero no podemos permitirnos tener miedo. No ahora.

—Es un cobarde, majestad, pero puedo garantizar que daría la vida por proteger a vuestra hija Zoraida —comentó Periandro con una media sonrisa intentando aliviar el ambiente.

—Eso espero; porque, como no sea así, le devuelvo a Mairim el «regalo» que nos hizo con Cristóforo y le pido algo más útil, como un trabuco o un barco pirata. Al menos cualquiera de esas cosas sería útil para la defensa.

Periandro, que hasta entonces se había mantenido en la retaguardia, decidió tomar la delantera, varita en mano, para reconducir la conversación hacia un tema menos tenso.

—Majestad, sabemos bien que la seguridad de vuestra hija es prioritaria —respondió con tono suave, pero firme—. Los enanos son maestros en la creación de defensas arcanas mediante magia rúnica y su lealtad ha sido probada durante siglos. Vuestros hijos estarán a salvo con su ayuda.

Melindres asintió, aunque en su interior aún luchaba con la idea de confiar en aquellos seres de las profundidades. A pesar de todo, las artes arcanas de los enanos eran lo que necesitaban para asegurar la protección de los infantes.

—Periandro, ¿estás seguro de que la Dama de Acero comprenderá la magnitud de lo que pedimos? —preguntó la reina—. No me fío fácilmente, pero sé que una madre entiende lo que significa proteger a los suyos.

—Majestad, Elga es conocida por su inflexibilidad, pero también por su elevado sentido del honor —explicó el erudito.

La ruta comenzó a cambiar a medida que avanzaban. Las Lágrimas de Luna ya no eran necesarias, pues una luz cálida emergía al fondo del túnel. El calor que irradiaba la forja reemplazaba la sensación de frío que los había acompañado. Cristóforo, quien había estado inquieto durante el descenso, tomó la delantera alejándose rápidamente de la oscuridad que dejaban atrás.

—Según comentan los eruditos más sabios, la Forja Arcana fue edificada sobre el alma de un volcán —murmuró Periandro mientras observaba las ardientes paredes que los rodeaban—. Es por eso que el calor se incrementa a medida que avanzamos.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Mi tía Minerva y el archimago vienen aquí a menudo. Toman el té con la Dama de Acero o, en su ausencia, con su esposo. Parece que esta es una tradición que mantienen desde hace años.

Justo en ese momento, un enano coronado que portaba un gran báculo emergió de entre las rocas e interrumpió el flujo de su pensamiento.

—Soy Otalan y ellos son mis hijos: Dagaz e Isaz —anunció con una voz profunda que resonaba en la caverna—. Mi esposa, la Dama de Acero, está ocupada en asuntos que no pueden ser postergados.

Isaz, sin poder contenerse, interrumpió:

—Madre no está ocupada. ¡Está esperando al archimago!

Dagaz asintió añadiendo con impaciencia:

—Lo que quiere decir es que, de entre los habitantes de Calamburia, sólo se reúne con el archimago. 

—¡Silencio! —gritó el señor del acero con un tono que, a oídos de los demás, parecía una simple reprimenda. Sin embargo, para sus hijos el sonido retumbó en sus tímpanos como un trueno, una especie de magia enana utilizada para disciplinarlos. Asustados, los dos hermanos intercambiaron una rápida mirada antes de esconderse detrás de su padre, sus tatuajes rúnicos brillando con mayor intensidad. A pesar de la reprimenda, sus ojos seguían fijos en la entrada esperando ansiosamente el regreso de su madre.

Percibiendo la tensión, Melindres dio un paso al frente sin vacilar:

—Soy Melindres, reina y soberana del Trono de Ámbar —proclamó con autoridad—. Postraos ante mí y no tomaremos represalias sobre lo que acabo de oír.

El ambiente en la caverna se tensó. Cristóforo apretó su mano alrededor del mango de su espada preparándose por si la situación se tornaba hostil. Sin embargo, Periandro, siempre diplomático, dio un paso hacia adelante con una inclinación de cabeza.

—Venimos en nombre de la torre arcana —dijo en tono conciliador—. Requerimos el favor de la poderosa Dama de Acero. Estamos aquí como aliados, no como enemigos.

—No necesitamos formalidades en los túneles —respondió Otalan con calma cruzando los brazos—. Sabemos por qué habéis venido, reina de Calamburia. Vuestra presencia tiene nuestra atención, pero será bajo las reglas de la Ley de Acero

—¿La Ley de Acero? —preguntó Melindres con cautela.

—Majestad —se adelantó Periandro para explicar—, la Ley de Acero es una antigua tradición en la Forja Arcana. Para obtener el favor de los enanos, los visitantes deben demostrar que su corazón es tan ardiente como el alma del volcán sobre el que se erige la fragua. Esta prueba no es solo de habilidad, sino de espíritu, resistencia y valor. En el pasado, el primer archimago, Theodus, luchó aquí mismo contra la Dama de Acero. Su combate duró tres días y tres noches. Al final, ambos se ganaron el respeto mutuo y sellaron la amistad entre la Forja Arcana y la torre con la varita que Elga forjó.

Melindres escuchaba con atención mientras Periandro continuaba:

—El desafío será una batalla y solo aquellos con un corazón digno podrán recibir el favor de la Dama de Acero. Es un duelo justo: tres contra tres. No se trata solo de fuerza, sino de unidad. Los enanos respetan tanto la destreza física como la capacidad mágica o el ingenio.

Dagaz, el primogénito de Otalan, interrumpió con una sonrisa desafiante.

—No te olvides, Periandro, de que los tres deben luchar como uno solo. Porque en esta prueba no solo probamos la fuerza individual, sino la capacidad de actuar en conjunto.

—¡Y si uno de vosotros cae, todo estará perdido! No hay lugar para la debilidad  —agregó Isaz, el más joven y jovial.

—¿Estáis preparados? —preguntó el Señor de los Túneles.

Melindres miró a Cristóforo y Periandro viendo el desafío en sus rostros. Sabía que no tenían elección: si querían la ayuda de los enanos tendrían que demostrar que eran dignos.

—Aceptamos la Ley de Acero —dijo la reina con firmeza—. Demostraremos que el Trono de Ámbar sigue ardiendo como el fuego de la montaña.

La batalla comenzó con una explosión de energía. Otalan, con su imponente báculo de poder, lideró a sus hijos en el combate. Dagaz blandía dos hachas con una destreza abrumadora mientras Isaz empuñaba un gigantesco martillo. Frente a ellos, Cristóforo se lanzó al ataque con su espada y su trabuco, al tiempo que Melindres movía su daga encantada con agilidad y Periandro, conjuraba hechizos con su varita.

El combate fue feroz y las llamas del volcán reflejaban el esfuerzo de ambos bandos. Cristóforo esquivó por poco el golpe del martillo de Isaz, disparando su trabuco cuya bala rebotó en el hacha de Dagaz. Mientras tanto, Melindres demostraba ser más que una reina: lanzaba su daga cortando el aire como un relámpago mientras esquivaba las piedras que Otalan conjuraba con su báculo.

Isaz lanzó un nuevo golpe demoledor de su gran martillo hacia Cristóforo, quien logró bloquearlo con su espada. Las chispas volaron mientras los metales chocaban. Dagaz se abalanzó sobre Periandro con sus hachas cortando el aire. El impromago usó su varita para detener los ataques, pero una de ellas logró herir su frente cortando levemente la piel sobre la que brotaba su marca arcana. Esta herida en su marca, la fuente de su poder, lo dejó vulnerable y el enano, notando su estado, alzó las hachas para rematarlo. Si caía, el combate se perdería.

Melindres, con una calma engañosa, percibió el inminente peligro. En un movimiento fluido y casi ceremonial, se quitó su corona, un objeto que nadie sospechaba que ocultaba un secreto letal. Bajo la discreta instrucción previa a Kórux, los rubíes de la diadema habían sido imbuidos con un hechizo de fuego, convirtiéndola en más que una simple joya. Al lanzarla al aire, unas poderosas llamas se desataron, envolviendo la corona en un torbellino de fuego que interceptó a Dagaz en pleno ataque hacia Periandro. Tras bloquear el golpe devastador, la corona se detuvo abruptamente y regresó a las manos de Melindres resplandeciendo como un búmeran incandescente. 

—¡No te rindas, Periandro! —gritó la reina con su tiara aún envuelta en amenazantes llamas.

Él erudito-mago se levantó tan tembloroso como decidido. Aunque la herida en su frente le robaba parte de su magia, reunió las últimas energías que le quedaban para conjurar una barrera de fuego que mantuvo a los hermanos a raya.

Viendo a su equipo al borde de la extenuación, la reina alzó su daga.

—¡Filibustero! Lucha como si el alma de Calamburia dependiera de ello —animó a Cristóforo con un brillo de complicidad y camaradería en los ojos—. ¡No querrás que te devuelva a la Isla Kalzaria!

—¡Lo que ordenéis, Majestad! —le respondió el cansado pirata con afecto y lealtad.

Sonrió y disparó su trabuco hacia Otalan, distrayéndolo lo suficiente para que la reina pudiera retomar su ofensiva. El combate continuó. Ambos bandos luchaban con ferocidad hasta que, cuando las energías de los contrincantes llegaron a su límite,  Otalan levantó su mano.

—Basta —dijo con tono solemne—. Habéis demostrado vuestro valor. Vuestras almas arden con la misma fuerza que el alma del volcán y la Forja os otorgará su favor.

Melindres, aún con la respiración entrecortada, hizo una leve inclinación de cabeza en agradecimiento hacia Otalan. El combate había sido feroz, pero no se había tratado solo de una demostración de poder, sino de respeto mutuo. Los enanos, como era su costumbre, no ofrecían su ayuda a cualquiera y habían sido testigos del compromiso inquebrantable de la reina y su escolta.

El Señor de los Túneles dio un paso adelante observando con respeto a Melindres y sus compañeros.

—Vuestras armas serán llevadas a la fragua —anunció el enano—. El fuego de nuestras forjas las templarán con el poder del volcán y grabaremos las runas de ataque y defensa arcanas como muestra de la alianza entre la Forca Arcana y el Trono de Ámbar.

Dagaz e Isaz se acercaron con solemnidad tomando las armas de Melindres, Cristóforo y Periandro. Mientras lo hacían, la reina observaba con una mezcla de cansancio y alivio: la parte más difícil había pasado, pero todavía quedaba mucho por hacer.

—Tardaremos unos días en completar el trabajo —continuó Otalan—. Mientras tanto, os invito a que descanséis aquí. Las profundidades de la montaña pueden ofrecer un refugio seguro para aquellos que lo necesitan.

—Agradezco vuestra generosidad —respondió Melindres, inclinándose con respeto—. Sin embargo, no podemos quedarnos demasiado tiempo, pues la guerra se acerca y mi pueblo me necesita. Confío en que vuestras manos hábiles y el conocimiento ancestral que poseéis nos darán el poder para enfrentar lo que está por venir.

Otalan con solemnidad comprendiendo la urgencia.

—¡Hijos míos, poned los hornos a toda potencia! —gritó con tal intensidad que la forja misma retumbó, aunque para los presentes el estruendo no fue tan fuerte. Así era el poder de los gritos de los enanos—. La Forja Arcana cumplirá su parte. Con las nuevas armas seréis invencibles —afirmó el enano orgulloso del poder de su propia forja así como de sus propias habilidades—. Pero antes de que partáis, sería un deshonor dejaros ir sin probar el té del corazón ardiente de la montaña y nuestras famosas galletas. Estas sanarán vuestras heridas incluyendo la marca arcana en vuestra frente, Periandro.

Otalan ofreció a Melindres, Cristóforo y Periandro un té especial acompañado de las famosas galletas cocinadas en el corazón ardiente de la montaña. Esas galletas, elaboradas en la misma esencia del volcán, poseían propiedades curativas excepcionales. A medida que las saboreaban sentían cómo sus fuerzas volvían y sus heridas, incluso las más profundas, comenzaban a sanar. Periandro, sorprendido, notó cómo incluso el corte de su marca arcana, cicatrizaba gracias a su magia poderosa.

Con el tiempo justo para recuperar el aliento, los hermanos enanos regresaron con las armas mejoradas. Isaz y Dagaz, aún mostrando las marcas del esfuerzo, caminaban con una energía renovada, sus ojos brillando tras el trabajo bien hecho.

Dagaz, con una sonrisa satisfecha, comentó mientras ajustaba su martillo al cinturón:

—Nada mejor que un trago de Kromak para acelerar el trabajo. ¡Nos dio la fuerza que necesitábamos!

Dagaz, limpiándose el sudor de la frente, agregó:

—Y con el Rûnmar, hemos podido resistir hasta el final.

Primero, Periandro recibió su varita, que ahora ostentaba la runa mística de Okura; un símbolo ancestral que le permitiría conjurar llamas capaces de calcinar las entrañas de sus enemigos. La varita, reforzada con la esencia volcánica, parecía vibrar con un poder latente, como si el mismísimo corazón de la tierra la respaldara. Aunque todavía sentía el rastro del golpe en su frente, su confianza había crecido: ahora poseía un arma digna de un verdadero impromago.

A continuación, Cristóforo recibió con una reverencia su espada. El Acero Abisal con el que la habían forjado era oscuro y profundo como el propio océano. De su hoja emanaba un brillo sombrío, como si la noche residiera en su interior. Los enanos la llamaron Zarikala, una hoja que podía absorber la oscuridad y usarla como un arma. Cristóforo sonrió: ya no tendría motivos para temer a la oscuridad, pues ahora la controlaba.

Finalmente, llegó el turno de Melindres. Otalan extendió la daga hacia la reina y anunció con voz solemne:

—Esta es Ignirian, la Hoja de Fuego Eterno. Forjada con el rubí de los efreets y bañada en el calor del volcán, su poder está ligado a las llamas ancestrales. Ningún poder demoníaco ni magia oscura podrá tocaros mientras la portéis.

La daga brillaba intensamente y el rubí en su empuñadura irradiaba un calor que parecía provenir de las profundidades del propio infierno. Las runas talladas en su hoja danzaban con el fuego reflejando la implacable furia de los efreets. Melindres la empuñó con firmeza, consciente de que portaba un arma imbuida con un poder devastador; una reliquia digna de una reina.

Otalan, satisfecho con las mejoras hechas por sus hijos, observó a los tres con orgullo.

—Cuando llegue la guerra —dijo con voz grave—, las armas que os hemos entregado os harán invencibles.

Con un último intercambio de respeto, Melindres, Cristóforo y Periandro se despidieron. La reina dio media vuelta con su dignidad intacta y comenzó el ascenso por los túneles. Las Lágrimas de Luna que decoraban las paredes iluminaron su camino mientras el grupo se alejaba de las profundidades de la montaña, conscientes de que las armas que habían recibido serían pronto puestas a prueba en el campo de batalla.

Justo cuando los forasteros desaparecieron en la oscuridad del túnel, Serörkh, con voz grave y resonante, entró en la forja llevando un mensaje:

—Serörkh trae mensaje. Dama Blanca convoca a las razas. Reunión extrema urgencia.

Se detuvo un momento evaluando la situación.

—Serörkh informa que ama ocupada reparando los flujos mágicos… alterados por los portales abiertos por el inframundo —añadió con un tono de disgusto hacia las criaturas infernales—. Demonios solo traen problemas. ¡Serörkh aplasta!

Isaz levantó la cabeza al oír aquello

—¿Entonces no acudiremos a la llamada de la Dama Blanca?

Y entonces Serörkh, con algo que en otro rostro podría haber recordado vagamente a una sonrisa sentención:

—Ama dice que vaya Isaz.

El joven enano, aceptó cabizbajo su destino mientras lanzaba un suspiro que buscaba la conmiseración de su padre y su hermano. Sin embargo ellos, esquivaron su mirada aliviados por no haber sido agraciados con aquella misión.

210 – JAQUE DE DAMAS II

Personajes que aparecen en este Relato

JAQUE DE DAMAS II

Cuando los unicornios desaparecieron en el horizonte, Sörkh y Sîyah se giraron y se adentraron en el corazón del Oasis del Sensum Privatum. Allí, donde la Llama Eterna de los efreets crepitaba con un fuego que nunca se extinguía, encontraron consuelo y energía. La llama era la guía para todos los que se perdían en el desierto y ahora también lo sería para el espíritu de När.

La travesía hasta el centro del oasis fue más larga que de costumbre. Sörkh no podía dejar de pensar en lo que acababan de descubrir: su madre había sido asesinada y su padre capturado. Sólo le quedaba Sîyah. Si bien era cierto que todavía se tenían el uno al otro, la pérdida era demasiado grande y el dolor demasiado profundo.

Al llegar a la Llama Eterna, Sörkh se detuvo y miró la lumbre con una mezcla de devoción y tristeza. Su guardián la observaba en silencio, también atrapado en su propio dolor. Tenían un ritual que realizar, uno que permitiría a När descansar en paz. Frente al altar iniciaron los preparativos para el ritual mortuorio. Sîyah, solemne, habló en voz baja:

—Mi madre me enseñó que hay poder incluso en la muerte y que las llamas pueden purificar y liberar lo que queda atrapado en este mundo.

Sörkh asintió y juntos comenzaron a edificar un pequeño túmulo de piedra caliza, tal como dictaba su tradición. El cuerpo de När se materializó una vez edificado el túmulo, emergiendo de las llamas como si hubiera estado esperando ese momento. La figura de la anciana efreet, formada a partir del fuego y del poder contenido en el anillo, fue colocada con reverencia sobre el túmulo con las manos cruzadas sobre su vientre en forma de cuenco.

Sörkh levantó sus manos al cielo y entonó las palabras sagradas:

Ardame ignis, ardame nur, yaa ruuh alnaar, i’tinaa bilhaqi…
(«Arda el fuego, arda la luz, oh espíritu del fuego, tráenos la verdad…»)

Las llamas de alrededor comenzaron a retorcerse y cambiar de color. De entre el fuego, varias piedras aparecieron: los diamantes de fuego para los ojos de la fallecida, espinela para su boca y iolitas y lapislázulis para sus manos. Las gemas surgían de la hoguera como si hubieran sido forjadas en el mismo corazón del desierto. A continuación, sellaron los ojos de su madre con los diamantes de fuego, símbolo de la fuerza y la energía eterna de los efreets. Sobre su boca colocaron la espinela liberando la esencia de su atrapada alma y, finalmente, depositaron el anillo en el que había sido confinada, una iolita y un lapislázuli entre sus manos, para que pudiera contarles todo lo que le había sucedido y encontrar su camino más allá de este mundo.

Mientras Sörkh y Sîyah pronunciaban los versos, las llamas crecían y danzaban alrededor del inerte cuerpo, acariciando primero su cabeza y descendiendo suavemente hasta las manos, donde se detuvieron. Era el momento más sagrado: la ofrenda al espíritu protector de los efreets.

Ya ruhul naar, ta’ali ilayna… quddama safinaat alnaar…
(«Oh espíritu del fuego, ven a nosotros… ante la barca del fuego…»)

De repente, una grácil llama emergió de la lumbre flotando en el aire como una serpiente de luz. Con delicadeza, se adentró en las manos de När y envolvió su cuerpo en una esfera de calor que iluminaba todo el oasis. Los efreets observaron en silencio, sabiendo que la ofrenda había sido aceptada: el fuego fatuo había acudido a su llamada.

En ese instante, Sörkh, Sîyah, När y el espíritu del fuego quedaron conectados en una comunión de energía y memoria, aislados del resto del mundo.

Sörkh abrió los ojos. No sabía dónde estaba: no podía ver ni sentir nada, solo escuchaba. En la penumbra, reconoció una voz: era Marilia, la Anciana Turquesa, cuyo canto de sirena intentaba calmar las impetuosas llamas que ardían a su alrededor. Mientras la canción continuaba, la genio del fuego comenzó a ver una luz que provenía del exterior. Una alta pared de agua cristalina la rodeaba como si estuviera atrapada dentro de una burbuja inquebrantable. Miró su reflejo en aquella superficie líquida, pero lo que vio no era su rostro. Se tocó la cara sintiendo las arrugas que ahora cubrían su piel, observando su canosa cabellera y sus vacíos ojos. Entonces lo entendió: estaba en el cuerpo de su madre. De pronto, un destello en su mirada le hizo saber que no estaba sola. Junto a ella podía sentir la presencia de Sîyah y del espíritu del desierto. El hechizo había funcionado.

Un desgarrador grito rompió la ensoñación de Sörkh, quien vio una poderosa llama brotando desde sus pies hasta su cabeza, elevando su cuerpo por encima del suelo. När estaba atrapada en una prisión acuática y, a su alrededor, Marilia seguía entonando su canto para mantenerla confinada, tranquilizándola y evitando que escapara. La anciana extendía las manos hacia el muro de agua, pues solo quería encontrar a Jan Akavir, su desaparecido esposo. De pronto, Sörkh vio una silueta que le resultaba terriblemente familiar.

La figura se acercaba lentamente. La respiración de Sörkh se agitó al reconocerla: era su padre. Estaba atrapado dentro de una pequeña botella en una habitación llena de objetos extraños y seres mágicos confinados, como si todo formara parte de una colección privada. Se trataba de la casa de un coleccionista de poderosas criaturas. El rostro de su padre, demacrado y marcado por el envejecimiento y la amargura, reflejaba su desesperación. Sus ojos, que alguna vez brillaron como ardientes rubíes, ahora estaban apagados, consumidos por el dolor y la resignación.

La Dama Carmesí sintió un profundo desgarro en su interior. ¿Ese era el dolor que había sentido su madre durante todo ese tiempo? Era un vacío abrumador que la destrozaba desde dentro. De repente lo entendió: När había pasado años buscando a su djinn, prisionera en un anillo lejos de su familia y hogar, obligada a cumplir la voluntad de seres que ni siquiera comprendían su verdadero poder. Sörkh se rebeló iracunda e intentó romper la mágica jaula acuática en la que se hallaba. Gritaba, lloraba y pataleaba; pero nadie la escuchaba. Ahora, fundida con su madre en un mismo cuerpo, por fin pudo sentir el intenso dolor con el que la anciana había vivido. En un esfuerzo sobrehumano logró concentrar toda su energía, absorber el calor del sol y lanzarlo contra la barrera acuática de Marilia, librándose de su prisión.

El estallido de fuego rompió la calma de la Jungla Esmeralda haciendo que la Anciana Turquesa cayese al suelo exhausta por el esfuerzo. Mientras la ondina se recuperaba, När corrió hacia el borde de un barranco y, reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, abrió un pequeño portal hacia Calamburia. 

De pronto, se materializó entre los sinuosos árboles que alzaban sus ramas al cielo en busca de ayuda. Cuando sintió que sus poderes volvían a fluir, lanzó un último hechizo reuniendo cada fragmento de su energía para transportarse directamente al anticuario donde su esposo estaba prisionero. El espacio a su alrededor cambió al instante: Se encontraba en una extraña sala rodeada de objetos antiguos y místicos, muchos de ellos artefactos poderosos y criaturas confinadas. Cuando por fin vio a Jan Ákavir, una tenebrosa y extraña voz resonó en la sala. De repente, todo se oscureció y una ráfaga de viento la lanzó por los aires apagando las pocas llamas que aún envolvían su cuerpo. Frente a ella, una elegante mujer y un niño de mirada siniestra la observaban con una amplia sonrisa en los labios.

—No intentes huir, querida —dijo la mujer con una frialdad escalofriante—. Ahora perteneces a Myrtille LeBeau.

När intentó conjurar un hechizo para escapar, pero su contrincante fue más rápida. Sin piedad, la volvió a confinar en la oscuridad donde no había ni fuego ni esperanza. Esta vez su prisión no era de agua, sino un majestuoso anillo de rubí del cual ya no podría escapar.

La anciana le mostró a su hija una serie de recuerdos fragmentados, imágenes y pensamientos que reflejaban su vida tanto dentro como fuera de su prisión. Sörkh sintió la abrumadora soledad que había acompañado a su madre durante años, una sensación que la carcomía desde dentro mientras su esencia languidecía. Sin embargo, entre esos recuerdos, sobresalía uno en particular: el momento en el que el anillo cambió de manos sellando así distinto. När observaba desde dentro cómo su captora, la elegante y enigmática Myrtille LeBeau, realizaba el intercambio con un hombre de aspecto rudo: un pirata. La coleccionista mantenía su habitual porte distinguido y su astuta sonrisa, como si supiese que iba a salir ganando con el trato.

—Este anillo os dará lo que necesitáis —dijo la mujer con voz suave y aterciopelada mientras extendía su mano al pirata.

El hombre, quien no era otro que Railey, se inclinó hacia adelante con la mirada fija en la joya que brillaba entre los dedos de la mujer. Una sonrisa torva cruzó su rostro mientras lo aceptaba.

—Con este anillo —murmuró el bucanero—, Mairim será mi esposa y no habrá quien se interponga.

Myrtille sonrió levemente, pero no dijo más. Solo lo observaba disfrutando de cada segundo mientras el destino seguía su curso.

—Tened cuidado, querido —añadió en un tono casi juguetón—. Esa joya es muy… especial. En ocasiones se pone demasiado ardiente para manejarlo.

Railey soltó una carcajada interpretando sus palabras con una mirada lasciva.

—Eso es lo que espero que ocurra cuando se lo entregue —replicó insinuando con malicia la pasión que aguardaba tras su promesa y saboreando la idea de una ardiente y desbordante noche.

Volvió a centrarse en su llama interna y a adentrarse en los recuerdos que su madre le estaba mostrando. Los fragmentos de la memoria se agolpaban en su mente cuando, de pronto, una voz conocida resonó con fuerza:

—¡¿Cómo habéis osado, insignificantes humanos, secuestrar a mi hijo?!

Sörkh reconoció de inmediato esa voz: era Karianna, la Dama Blanca. Con el corazón acelerado, comenzó a lanzar destellos rojos desde su prisión, esperando que Karianna la viera, entendiera su súplica y la liberara. Sin embargo, la unicornio estaba demasiado enfocada en la batalla, cegada por la furia. Oyó un fuerte golpe de cascos contra el suelo y supo que estaba lista para desatar su furia, sin intención de mostrar piedad. Con un esfuerzo sobrehumano, När concentró toda la energía que le quedaba y liberó su forma astral en un inmenso halo de fuego. Las llamas brotaron con una intensidad que iluminó todo a su alrededor, envolviendo a los corsarios y protegiéndolos de los embistes de la furiosa yegua. Sabía que no podría mantener esa forma por mucho tiempo.

—¡Por favor, reconocedme! —suplicó dirigiendo sus desesperados pensamientos hacia la Aguja de Nácar y esperando que Karianna y Breena se dieran cuenta de su presencia—. ¡Soy När, no me ataquéis!

Karianna estaba obcecada en su furia y no la reconoció. Sus ojos solo veían enemigos y su determinación la cegaba. No obstante, Breena, el Espíritu del Bosque, detuvo su mirada en el fuego provocando en Sörkh una chispa de esperanza. Breena susurró en voz baja y clara:

—När… Soy yo, Breena. ¿Cómo…? ¿Cómo habéis llegado hasta aquí?

—¡Sacadme de aquí! —gritó sintiendo cómo se debilitaba.

Era demasiado tarde: Karianna adaptó su forma humana, canalizó todo su poder en su báculo y, con un gesto feroz, golpeó la barrera de fuego que När había levantado.

Un grito de dolor, el más desgarrador que Sörkh había escuchado en su vida, atravesó el aire. El rayo del báculo de la Dama Blanca golpeó a När rompiendo su alma en mil pedazos. Su esencia se esparció por el aire disolviéndose en la atmósfera y desintegrando el cuerpo astral de su madre. Solo quedó el anillo: el último vestigio de su ser.

El conjuro terminó. Las llamas abrazaron el cuerpo de När purificándolo y liberando su alma. A medida que el ritual mortuorio llegaba a su fin, Sörkh empezó a sentir una paz desconocida que llenaba el vacío en su corazón. Su madre había encontrado al fin el descanso y la Llama Eterna custodiaría su espíritu por la eternidad. El silencio envolvió la vuelta de Sörkh y Sîyah a la realidad. Se quedaron quietos varios minutos asimilando lo que habían visto, oído y sentido. Su madre se había ido para siempre llevándose consigo la pena de no haber vuelto a reunirse con su familia.

—Karianna… —murmuró Sörkh apretando los puños con tal fuerza que sus uñas se clavaron en sus palmas—. ¡Desobedeció incluso a Breena, el Espíritu del Bosque! ¿Cómo pudo hacerlo?

Sîyah se acercó observando en silencio. Aunque mantenía la compostura de un guerrero, la misma furia brillaba en sus ojos.

—No solo ha traicionado a su pueblo —dijo con gravedad—. Ha roto el equilibrio. El consejo debe saberlo, pero no podemos  ir sin estar preparados.

Un guardia se acercó apresuradamente interrumpiendo la conversación con una noticia urgente.

—Dama Carmesí —anunció con voz entrecortada—, ha llegado un mensaje. La Dama Blanca, ha convocado a todas las damas del Reino Faérico para una reunión urgente.

Sörkh frunció el ceño sintiendo cómo la ira hervía dentro de ella.

—¿Convocatoria? ¿Y espera que me presente como si nada?

—Me temo que la emergencia es por vos, Dama Carmesí —continuó Sîyah con voz solemne—. Pero no deberíais asistir, pues esa traidora tiene oscuros planes y no sabemos qué intenciones esconde. Podría ser una trampa.

Sörkh se quedó en silencio evaluando el peligro de acudir a una reunión bajo el control de su recién descubierta enemiga.

—Si es una reunión de damas no puedo ignorarla sin levantar sospechas —se lamentó con un evidente atisbo de duda en su voz—. Sin embargo, tienes razón. Esa traidora es más peligrosa de lo que imaginamos.

Sîyah dio un paso al frente, decidido.

—Permitidme ir en vuestro lugar. Vigilaré lo que ocurra y estaré alerta. Si algo sale mal, os lo haré saber de inmediato. No debemos exponeros a ella; no hasta conocer sus planes.

Sörkh lo miró en silencio durante unos segundos sopesando la propuesta. Finalmente, asintió.

—Ve entonces, pero mantente alerta en todo momento. No confíes en nadie que esté bajo la influencia de Karianna y, si detectas la más mínima señal de traición… actúa antes de que sea demasiado tarde.

El guerrero inclinó la cabeza con determinación.

—Lo haré. Si llega el momento en que nuestros ejércitos sean necesarios, estaremos listos.

La dama lo vio alejarse. El viento del desierto susurraba a su alrededor, como si le advirtiera de la tempestad que estaba a punto de desatarse.

—La traición de Karianna no quedará sin castigo —murmuró—. El equilibrio será restaurado, cueste lo que cueste.

Luego, en tono frío y decidido, ordenó al mensajero:

—Que preparen los ejércitos. No los utilizaremos aún, pero quiero que estén listos. El viento del desierto me dice que una guerra está por comenzar y estaremos listos.

El mensajero asintió reconociendo la sabiduría en las palabras de Sörkh, en cuyo rostro cruzaba una sombra de preocupación mientras veía, a lo lejos, a su amigo acudiendo a la llamada de la pérfida Dama Blanca.

209 – ANTIGUOS RENCORES MÁGICOS

Personajes que aparecen en este Relato

ANTIGUOS RENCORES MÁGICOS

En las inmediaciones de la Torre de Skuchaín el duende Baufren hacía grandes aspavientos a Grahim, el prefecto y recién nombrado profesor en prácticas que no dejaba de rascarse la cabeza con la punta de la varita, confundido.

―Vuélvamelo a repetir, Duende Mayor y, si puede ser, más despacio para que pueda asimilarlo ―expuso el mago tratando de serenar a su compañero.

―¡El flujo de magia está en peligro! ¡Calamburia está en peligro! Qué digo Calamburia, ¡todos estamos en peligro! ―estalló desesperado dando tremendos saltos a pesar de su avanzada edad. 

Anaid y Tasac, dos jóvenes impromagos, irrumpieron en la escena corriendo apurados, con sus capas naranjas ondeando al viento. Anaid, la más responsable de los dos, se dirigió a su superior.

―Este… profesor Grahim… ―expuso con contenida ansiedad.

―Ahora no, Anaid. ¿No ves que estoy ocupado? ―la reprendió si dejar de mirar al duende―. ¿Y podría ser más específico? Kórux me ha enviado… bueno, nos ―dijo señalando a recién llegados sin mirarlos― ha enviado para ver si podíamos solucionar el problema. Desde que quedaron finalistas en el torneo ―añadió a modo de confidencia mirando con complicidad al duende mayor― Kórux me los mete hasta en la sopa. Dice que son un valeroso activo, pero lo cierto es que a mí me parece que…

―Profesor… los… están llegando los… ―titubeó Tasac intentándolo él esta vez. Los jóvenes estaban cada vez más agitados.

―Impromagos, ¿es que no véis que están hablando los mayores? ―les reprendió sin alzar la vista mientras seguía metido en su conversación―. Veamos, Baufren, ¿qué es eso de la desviación de la energía de los canales mágicos? Se supone que la magia fluye sin más, como siempre ha fluido, ¿no?

―Bueno, eso no es del todo exacto… digamos que hay un equilibrio que une el Mundo Faérico a este. Es algo que idearon Theodus y Öthyn, el primer Druida Supremo ―añadió sin querer entrar en detalles―. No conozco los pormenores del procedimiento, pero lo que sí percibo es que algo o alguien está usando las artes oscuras para alterar el flujo, ¡y eso es peligrosísimo! ¡Podría haber otro cataclismo!

―¡Profesor, sabemos quienes son! ―afirmó Tasac.

―¡Profesor en prácticas! ―matizó remarcando sus palabras―. ¿Y qué vais a saber vosotros? ―preguntó inquisitivo mientras los miraba por primera vez cruzando los brazos con gesto severo.

―Los hemos localizado con el hechizo detectio irredentis ―declaró Anaid orgullosa de sí misma―. Es cosa de los magos oscuros. No cabe duda.

―El caso es que mi sentido de duende percibe algo parecido… ―añadió Baufren―. Parece que alguien está usando la oscuridad para desviar el flujo de magia, vete a saber con qué oscuro propósito.

―Oh, en ese caso… ―admitió finalmente Grahim mesándose su pelirroja barba.

―¡Cuidado, se acercan! ―anunció de repente la joven al oír los pasos de su enemigos―. ¡Invisibilitas totalis! ―añadió con un gesto sucinto de su varita, protegiendo a todos con un manto de invisibilidad.

―¡Oloris neutralia! ―exclamó Tasac a su vez poniendo en marcha un segundo mecanismo de enmascaramiento que impedía que el enemigo los rastreara por el olfato. Anaid le sonrió orgullosa: hacían muy buen equipo y ambos lo sabían. 

―¿Dónde habéis aprendido a hacer eso? ―exclamó sorprendido el profesor en prácticas .

Antes de que pudieran contestar, todos se quedaron en silencio, atónitos. A lo lejos se acercaba el mismísimo Drëgo, el druida, charlando amistosamente con Tesejo, uno de los brujos tenebrosos y Érebos, uno de los consejeros umbríos. ¿Qué clase de conciliábulo era aquel? ¿Y qué retorcidos y oscuros propósitos ocultaba?

―Drëgo conoce el lugar exacto donde se puede absorber la cantidad precisa sin levantar sospechas… —dijo el druida en tono complaciente, su voz impregnada de satisfacción—. Enhorabuena Caila por robar de la mismísima torre arcana el báculo del Druida Supremo para Drëgo. Un paso fundamental para completar nuestros planes.

Hizo una pausa, disfrutando del momento antes de añadir:

―Drëgo acaba de entregar el anillo a los unicornios, el que Aurobinda le confió. La maquinaria empieza a moverse. Todo está en marcha. Si los planes de Drëgo con Aurobinda siguen avanzando este ritmo, los experimentos pronto estarán completos y el flujo mágico se teñirá de oscuridad.

Drëgo sonrió con una satisfacción inquietante.

―Sí, todo va exactamente como Drëgo lo había previsto.

―No puedo creerlo, ¡Drëgo, el druida, es un traidor! ―susurró Grahim atónito.

―Siempre sospeché de él ―dijo Anaid mientras miraba con inquina al traicionero aprendiz de Öthyn.

―Hasta su olor resultaba sospechoso ―añadió Tasac―, por mucho que se esforzase en taparlo con esa colonia. Huele a oscuridad. Se lo dijimos a Minerva, pero nos reprendió duramente. Dijo que la gente tenía prejuicios con Drëgo solo porque era de la casta Ténebris, pero que había servido fielmente a la Corona y a la torre.

―De hecho, llegó a insinuar que era todo un héroe, especialmente en la resolución del problema del último cataclismo, tras la muerte del Druida Supremo ―explicó Anaid mostrando cierto resentimiento―. Me gustaría ver la cara de Minerva ahora.

Aquellos oscuros personajes seguían al druida que, aparentemente, les estaba guiando hacia algún lugar específico.

―¿Y dónde es exactamente el sitio, Drëgo? ―preguntó Érebos, el consejero de pelo plateado, mientras buscaba alguna señal en el suelo.

―No lo pronuncia bien, señor consejero. Mi nombre es Dreeego. ―le corrigió con profundo respeto.

―¿Dreeego? ―tanteó él tratando de pronunciarlo correctamente.

―No, no, es Dreeeeego ―dijo alargando aún más la “e”.

―Bueno, sea como fuere, centrémonos en nuestra misión. Estamos cerca de la torre arcana y hay que dar el golpe antes de que esos mequetrefes de naranja nos encuentren ―le apremió Érebos mirando en derredor con desconfianza.

―Impromagos, ¡que mal visten! ¡Y qué tontos son! ―lanzó Tesejo con su habitual soberbia dibujando en su rostro una sonrisa de superioridad.

―No como tú, ¿verdad Tesejo? Que siempre que te encuentras con ellos les das una soberana paliza ―le recriminó el consejero con su lengua viperina haciendo que el mago se viera obligado a agachar la cabeza.

―Aquí; es exactamente aquí ―interrumpió Drëgo visiblemente emocionado―. Bajo el suelo, hay una arteria mágica. Si pincháis aquí vuestras varitas, absorberéis la cantidad necesaria de…

―¡Revelatio totalis! ―gritó de pronto Grahim rompiendo el hechizo de invisibilidad―. ¡¿Qué está pasando aquí, Drëgo?! ¡¿Qué haces con estos traidores?! ―añadió con gesto acusador― Nunca me fié de tí: los tramposos hacen trampas siempre.

―Drëgo solo pasaba por aquí, Grahim no tiene que preocuparse por Drëgo ―trató de excusarse el druida―. De hecho, ya estaba volviendo al Reino Faérico… Drëgo tiene muchas damas de colores a las que aconsejar…

―Pues nos preocupa ―espetó Anaid―, porque de todos es sabido que los amigos de nuestros enemigos… ¡son nuestros enemigos!

―¿Pero cuándo te he dado permiso yo para que digas la frase molona? ―la reprendió Grahim con mirada de indignación―. Uy que la próxima vez te quedas en casa…

―Ahí ha tenido razón el profesor, Anaid ―convino Tasac sumándose a la indignación―. Hay una jerarquía, una antigüedad…

―Lo siento profesor, yo no pretendía… ―se disculpó profundamente avergonzada.

―Pues la impromaga no está mal… ―murmuró Tesejo pensando en voz alta―. Hola guapa ¿eres nueva? ―añadió seductor mientras ponía ojitos a su enemiga.

―Por favor, Tesejo ―le reprendió Érebos poseído de repente por una profunda vergüenza ajena―, no confundamos el mal con la grosería, ten algo de dignidad.

El mago oscuro agachó las orejas nuevamente: definitivamente no estaba siendo su noche.

―Muy bien, habéis cazado a Drëgo. Drëgo ha sido descubierto ―reconoció el druida encarándose al cuarteto mágico―. Pero ya no importa, Drëgo ha robado suficiente magia del Entremundo para poder enfrentarse a vosotros.

―¡No te saldrás con la tuya, druida corrupto! ―gritó Baufren quitándose su inmenso sombrero, de cuyo interior emanaba una brillante energía azulada. Por experiencias pasadas, tras ser creado por las mismísimas brujas, reconocía rápidamente a los que habían sido seducidos por la oscuridad y la codicia. Era la única cosa que le hacía perder realmente los estribos. El Duende Mayor metió la mano en el gorro y la energía emergió de él tomando la forma de un conejo espectral. El mágico animal saltó de su mano y corrió directamente hacia Drëgo. Tesejo lanzó un par de rayos tratando de contrarrestar el ataque, pero su agilidad superaba la puntería del ténebris. El animal alcanzó en pocos segundos la posición del enemigo y se inmoló, estallando con la fuerza de un barril de dinamita, junto a la mano con la que el druida sostenía su varita. Por suerte para ellos, Érebos había invocado a tiempo un muro de oscuridad pura que los protegió del impacto. Sin embargo, la explosión produjo que esa misma barrera se derrumbara volviendo a dejar a los villanos al descubierto.

―A los pequeñajos dejádmelos a mí ―dijo Tesejo con una media sonrisa de superioridad.

―Ten cuidado, fueron finalistas del torneo ―le advirtió el consejero umbrío mientras trataba de concentrarse en su siguiente invocación…

―También lo fui yo ―sonrió el brujo tenebroso con suficiencia poniendo su varita en posición de batalla.

―Y perdiste contra una pareja de patatas, ¿es tengo que recordártelo todo? ―le espetó cortante Érebos.

―Ahora que lo pienso ―reflexionó Grahim con una sonrisa irónica recordando su propia participación en el torneo―, los impromagos tenemos una extraña tendencia a quedar segundos en el torneo. Es como si el Titán nos estuviera diciendo: «Eh, sois buenos, pero no tan buenos». ¿O quizá el Titán quiere mandarnos un mensaje más profundo?

De pronto, una nueva carga del brujo tenebroso lo sacó de su ensimismamiento. Tesejo, haciendo oídos sordos a las advertencias de Érebos, se abalanzó sobre los dos jóvenes impromagos a la vez; pero a ellos les bastó una mirada cómplice para saber cómo reaccionar. Anaid arrojó al aire su varita en un tiro parabólico, haciendo que sobrevolara la cabeza del enemigo; acto seguido, Tasac pronunció su hechizo.

―¡Mastilis inflatio!

Ante los atónitos ojos de la concurrencia, la varita de Anaid ―aún en el aire―, se convirtió en un inmenso tronco de roble y cayó sobre su atacante aplastándolo y dejándolo fuera de combate.

―Luego dirá que no se lo advertí… ―apuntó Érebos más hastiado que decepcionado. Acto seguido, dedicó una sonrisa sádica a sus rivales―. Pero ahora solo tenéis una varita, impromaguitos.

El consejero señaló con el dedo índice a Anaid que, desarmada como estaba, no pudo hacer nada contra el dardo de oscuridad que la lanzó por los aires. Grahim detectó el punto ciego del consejero y lanzó un feroz ataque en forma de rayo de luz que emanó de la punta de su varita. Érebos no tuvo oportunidad de defenderse; cayó al suelo algo aturdido.

―Aún tenemos dos varitas, consejero… ―sonrió satisfecho el profesor en prácticas.

―Nosotros también tenemos varitas, Grahim ―sentenció Drëgo enseñando sus dientes blancos en una sonrisa macabra mientras alzaba una extraña varita que lucía con un brillo especial―. Y además, con mucha energía acumulada; toda la que Drëgo ha podido robar del Mundo Faérico.

El druida lanzó un inmenso rayo que entrelazaba la magia faérica con zarcillos de pura oscuridad. Grahim recitó un hechizo de protección junto a Tasac, pero el nuevo poder de Drëgo parecía inagotable.

―¿De dónde habrá sacado tanta energía? ―preguntó Grahim haciendo un esfuerzo por contener el inmenso flujo de la magia.

Por suerte, el duende mayor pudo intervenir a tiempo, justo antes de que el rayo de Drëgo los aplastara. Sacó de su sombrero una humilde manzana y la arrojó a los pies del druida. Luego, se lanzó al suelo tapándose los oídos. La fruta produjo una explosión que lanzó a su enemigo por los aires interrumpiendo su furibundo ataque.

―Por poco ―suspiró Grahim secándose el sudor con la manga.

El corrupto druida se levantó y, sacudiéndose el polvo de la ropa, gritó:

―Drëgo volverá cuando haya acumulado aún más magia robada, ¡y entonces será invencible!

―Las sombras siempre encuentran la forma de regresar —advirtió Érebos mientras se recuperaba del golpe— y más ahora que tenemos amigos en el otro lado —añadió señalando al druida.

Mientras Grahim, Baufren y Tasac trataban de ayudar a Anaid a levantarse, Drëgo invocó un portal en un abrir y cerrar de ojos. Érebos apartó el tronco que mantenía a Tesejo inmóvil con una onda de oscuridad y ayudó al brujo a meterse por el portal. El druida los siguió, no sin antes lanzar una mirada cargada de odio a los impromagos.

―Volveremos a vernos ―dijo masticando las palabras.

―No lo dudes, Drëgo ―sentenció Grahim.

―Rápido impromagos ―les apremió el Duende Mayor―. Hay que avisar al Archimago de lo que ha pasado aquí. La Oscuridad está manipulando los flujos de energía que unen los dos mundos: el faérico y Calamburia.

―Y el druida estaba con ellos… ―reflexionó Tasac rascándose la cabeza.

―Hay que avisar a la Dama Blanca para que organice a las demás damas del Reino Faérico —dijo Grahim preocupado—. Solo ellas pueden actuar con rapidez antes de que Drëgo pueda causar más estragos.

―Y habrá que tener cuidado con todos los simpatizantes de los druidas —añadió Tasac—. En el Reino Faérico siempre han sido figuras de reverencia, poder y benevolencia. Son como los guardianes absolutos de la magia y, sin ellos, muchos creen que no podrían sobrevivir. Los veneran casi como salvadores, pensando que jamás podrían corromperse. Pero si Drëgo ha caído, no sabemos cuántos otros podrían seguir el mismo camino oscuro.

―Eso me da muy mala espina ―convino Anaid mientras se acariciaba la espalda dolorida por el golpe―. ¿Se habrá corrompido el guardián del equilibrio del Mundo Faérico? Controlar el flujo de la magia entre los mundos es muy tentador…

―No sería raro ―sentenció Baufren recordando el pasado―. Torres más altas han caído. Válgame el Titán que algo sé sobre eso: yo mismo vi hace años cómo mis creadoras, las mismísimas hermanas del Archimago Theodus, se convertían en seres malignos.

―¿Nos vamos o nos quedamos aquí escuchando lecciones de historia? ―les apremió Tasac.

―Esta juventud ya no respeta nada… ―bromeó Grahim dedicando una sonrisa cómplice al duende mayor.

Finalmente, todos, doloridos pero vivos, comenzaron a caminar rumbo a la Torre de Skuchaín con la misión de llevar a Kórux las nefastas noticias.