216 – UN DEMONIO HA SIDO LIBERADO I

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UN DEMONIO HA SIDO LIBERADO I

Si Calamburia cae, los elementos también lo harán.

El eco de las palabras de Minerva aún resonaba en la mente de Naisha. Como sacerdotisa del Templo de los Elementos, había sido instruida en la neutralidad, en no inclinarse hacia ninguno de los bandos de las guerras que asolaban el mundo terrenal. Sin embargo, esta vez era diferente: si los demonios lograban dominar Calamburia, el ardiente fuego del Inframundo consumiría todo a su paso. La luz y la oscuridad debían mantenerse siempre en equilibrio y Naisha lo sabía mejor que nadie. Con cada latido, sentía cómo ese delicado equilibrio se desmoronaba.

Sus dedos, pálidos y temblorosos, pasaban página tras página del Códice Elemental, el venerado tomo en el que cada guardiana había depositado su conocimiento sobre los orbes y los antiguos hechizos para controlarlos. Las palabras bailaban frente a sus ojos cargadas de poder, pero también de advertencias. «No es tiempo de actuar» se decía, pero el temor que crecía en su interior la empujaba a hacer lo contrario. Sentía la tensión en cada página mientras el peso de su deber crecía con cada respiración.

El Templo de los Elementos había sido tanto el refugio como la fortaleza de Naisha, pero ahora la paz que había conocido comenzaba a tambalearse. Kesia, quien había sido su cuidadora durante años, también percibía la misma amenaza que se cernía sobre ellos. Con una voz grave, rompió el silencio del momento:

—Naisha, si los demonios alcanzan el templo no quedará nada que podamos proteger —dijo con tono firme, sin dejar lugar a dudas.

Sus ojos, que normalmente irradiaban serenidad, mostraban ahora la misma inusitada inquietud que Naisha llevaba en su corazón.

—Esto no puede continuar así —insistió con la voz más baja de lo habitual—. Los custodios estamos preocupados; también hemos escuchado los rumores y visto las señales. Mirad los cielos,  las estrellas de la constelación de Kharadûm se ha apagado justo hoy, en el Día de la Caída del Titán. Es un mal presagio, mi señora. Si Amunet logra conquistar el Palacio de Ámbar, el próximo objetivo será este templo. No podemos quedarnos de brazos cruzados.

—Debemos mantenernos al margen, Kesia —respondió con un tono que intentaba parecer resuelto, pero que sonaba vacío. Se aferraba a la idea de que su deber no era intervenir en los conflictos del mundo exterior, aunque, incluso mientras pronunciaba esas palabras, sentía cómo el miedo comenzaba a deshacer su convicción.

Sumida en sus pensamientos, Naisha no se percató de la llegada de Nimai, su fiel escolta elemental, hasta que su voz profunda rompió el silencio.

—¿Sigues leyendo el códice? —preguntó con tono preocupado—. Las huestes de Amunet están rodeando el Palacio de Ámbar: necesitamos saber qué está pasando.

La sacerdotisa cerró lentamente el libro alzando su mirada hacia el guerrero. Sabía que tenía razón, pero el miedo a intervenir y cometer un error fatal la retenía.

—Nimai tiene razón: tenemos que actuar—dijo Kesia con voz firme—. El destino de Calamburia está en nuestras manos.

—No podemos abandonar el templo —declaró con firmeza, aunque su voz traicionaba una duda oculta—. Presiento que algo terrible va a suceder. No podemos permitirnos el lujo de perder los orbes. Si caen en manos del Inframundo… —su voz se apagó dejando en el aire la sombra de lo que no se atrevía a decir.

—Pero si no hacemos nada será aún peor —insistió Nimai—. Tenemos que actuar.

La sacerdotisa sentía el peso de la verdad en las palabras de su escolta, pero la responsabilidad la abrumaba. Invocar a los elementos para ver lo que ocurría en Ámbar no sería un acto sin consecuencias; drenaría su energía y la dejaría debilitada durante días, quizás semanas. Aun así, la incertidumbre sobre el destino del reino se hacía insoportable. Sabía que no podía quedarse al margen. La necesidad de intervenir en la batalla superó sus temores, empujándola finalmente a tomar acción.

Con un suspiro de rendición, Naisha se levantó, se acercó al altar de los cuatro orbes elementales y colocó sus manos sobre ellos. Invocar a los elementos no era tarea sencilla y, aunque su conexión con ellos era profunda, sabía que esta vez exigirían más de lo habitual. Cerró los ojos concentrándose en la esencia que fluía de cada orbe: el aire, el fuego, el agua y la tierra. Sintió cómo el poder la atravesaba uniendo su ser con las fuerzas primordiales del mundo.

—Señores del Vacío, que domináis el aire, el fuego, el agua y la tierra… —susurró sintiendo el peso inmenso de la invocación—. Escuchad mi llamado. Mostradme lo que mis ojos no pueden ver. Mostradme lo que acontece en el Palacio de Ámbar.

Los orbes reaccionaron de inmediato, como si los propios elementos respondieran a su protectora. La esencia del aire emitió un resplandor frío cargado de antiguos vientos que acariciaban su piel. El orbe del fuego empezó a chisporrotear con energía viva llenando la sala de un calor abrasador. El orbe del agua proyectó destellos azules evocando la pureza de un océano primigenio, mientras que la esencia de la tierra pulsaba firme y pesada, resonando con una fuerza que emergía desde lo más profundo del mundo.

El aire a su alrededor se tornó denso y pesado. Naisha sintió cómo su energía vital comenzaba a fluir hacia los orbes debilitándola poco a poco. Sus piernas temblaron bajo el peso del ritual, pero se mantuvo firme ignorando el creciente dolor en su pecho, pues sabía que no debía interrumpir la conexión. De pronto, los orbes comenzaron a proyectar su poder al centro del altar y unas figuras borrosas del Palacio de Ámbar empezaron a formarse ante sus cansados ojos. Los contornos de la fortaleza surgieron como si el propio aire tejiera las imágenes. Al principio la visión era confusa y turbia, pero poco a poco los detalles comenzaron a definirse: vio las tropas demoníacas rodeando el castillo con sus oscuros estandartes y sus figuras sombrías avanzando sin piedad bajo el mando de Amunet.

Naisha contuvo la respiración. Sabía que lo que estaba viendo no era una simple visión: era una advertencia, una señal de lo que no tardaría en llegar. El peligro era real y se hallaba más cerca de lo que jamás hubiera imaginado.

Los contornos del Palacio de Ámbar se hicieron más nítidos ante sus ojos. Sus muros, que antaño se alzaban majestuosos, ahora estaban agrietados; tras días de asedio, las llamas del Inframundo ya se cernían sobre ellos. Naisha sintió un escalofrío recorrer su espalda: la tensión del aire crecía y el peso del conjuro comenzaba a doblegarla, pero no podía apartar la mirada.

En la sala del trono, Melindres permanecía de pie frente al gran ventanal. Su rostro estaba exhausto por el peso de una guerra que la había sobrepasado. Zora la observaba con una mezcla de desesperación y esperanza.

—Dejadme en paz —susurró Melindres sin volverse—. No quiero ver a nadie.

Zora dio un paso adelante.

—Hija, tienes que salir al balcón. Las tropas te esperan: desde los nómadas del desierto hasta los piratas de Isla Kalzaria se han comprometido a acudir a la batalla. ¡Hasta Tilaria ha mandado a sus huestes como prometió! —dijo la reina madre con una voz que vibraba con la urgencia de quien se sabe al borde de la derrota.

Melindres se giró mostrando una mirada oscura y turbada.

—Yo no he elegido esto. Nunca pedí ser reina.

—Tienes que aguantar un poco más… —insistió la reina madre desesperada.

Melindres la miró con un cansancio profundo en los ojos.

—Llevo años aguantando, madre. No estoy aquí por mi ambición, sino por la tuya. ¡Por esa misma ambición Sancho me fue arrebatado! Ya no me quedan fuerzas… solo quiero que el infierno nos consuma a todos.

—¿Vas a rendirte? —retrocedió decepcionada—. ¿Vas a darte por vencida ahora que hemos llegado tan lejos?

Antes de que Melindres pudiera responder, Doddy irrumpió en la sala, su joven voz cargada de determinación:

Madde, los demonios se acedcan al palacio. ¡Hoy ez el día en que vengademoz a Zancho!

La reina se arrodilló y abrazó a su hijo alimentándose de su inocente valentía. Levantó la vista y habló con una resolución renovada:

—Voy a comandar las tropas. Defenderé este castillo con mi vida; pero no lo haré por ti, madre, ni por la corona que jamás deseé… Lo haré por Sancho y porque no permitiré que la vida de mis hijos se vuelva un infierno.

La reina Melindres salió al balcón de su majestuoso palacio con la vista fija en las tropas que la aguardaban abajo. El peso de la guerra la consumía, pero había algo que pesaba aún más en su corazón: las tropas de Kalzaria. Los piratas aún no habían llegado y, sin ellos, quién sabe cuánto más podrían resistir. Frente a ella, se activó un antiguo artilugio mágico, una esfera de cristal rodeada de runas brillantes. El invento, creado años atrás por los impromagos, había sido diseñado para amplificar la voz de los reyes en tiempos de crisis, permitiéndoles llegar a todos los rincones del reino. Hoy, más que nunca, Melindres necesitaba que su voz fuera escuchada. Respiró hondo y dejó que la magia del artefacto proyectara su voz con fuerza.

—Hombres y mujeres de Calamburia —comenzó a decir con un tono que resonó por todo el campo—. Nos enfrentamos a un enemigo que quiere arrebatarnos todo. No os mentiré: estamos rodeados y las llamas del Inframundo acechan nuestras puertas. Y lo que es peor: nuestras fuerzas no están completas, pues las tropas de Kalzaria aún no han llegado y, sin ellas, será difícil aguantar.

La reina observó los rostros de su ejército. Sabía que la verdad pesaba, pero no podía mentirles. Doddy la miraba desde atrás esperando la promesa de un futuro mejor.

—Yo no elegí esta corona ni esta guerra. He perdido a un hijo, como muchos de vosotros habéis perdido a los vuestros. Pero estamos aquí porque lo que amamos está detrás de nosotros esperando que no desfallezcamos.

Su voz, amplificada por el mágico artefacto, resonó con claridad tocando el corazón de cada soldado.

—Hoy no luchamos por poder ni por gloria: luchamos por nuestros hogares, por nuestros hijos, por aquellos que ya no están. El Inframundo nos quiere débiles, quiere nuestra rendición. ¡Pero no la tendrán!

El viento frío acarició su rostro mientras las tropas la observaban inmóviles, atentos a cada palabra.

—Hoy peleamos por lo que amamos. ¡No cederemos ni un solo paso! ¡Lucharemos hasta el último aliento! —gritó con voz regia—. ¡Por Sancho! ¡Por nuestros hijos! ¡Por Calamburia!

De pronto, cientos de vítores ensordecedores la envolvieron al tiempo que miles de espadas se alzaban al cielo. Sus soldados la miraban con rostros endurecidos por la determinación de quienes no iban a dejarse vencer. Melindres supo entonces que, a pesar del peligro, el amor por su tierra y su gente les daría la fuerza que necesitaban para resistir.

Naisha observaba el discurso de Melindres desde la proyección de los orbes. Las palabras de la reina encendían el espíritu de las tropas. No obstante, a pesar de la determinación de los soldados, la sacerdotisa sabía que la situación seguía siendo peligrosa. Sin las tropas de Kalzaria, la resistencia no duraría mucho. Se estremeció, pues la llegada de los demonios no solo significaba la caída del palacio, sino algo mucho peor. La seguridad de los elementos estaba en juegos y si Amunet se hacía con ellos, el poder del Inframundo sería imparable.

La visión cambió de nuevo. Amunet apareció ante sus ojos envuelta en un manto de niebla oscura. Su fría belleza y su poder maligno emanaban de cada poro de su piel. Xezbet, su consorte, permanecía cerca observando con su inquietante mirada, buscando algo más allá de lo visible. Junto a ellos estaba Rodrigo IV, el padre de la oscura emperatriz y antiguo rey que antaño había gobernado todo el reino. Sin embargo, lejos habían quedado sus años de bonanza, pues su semblante, ahora oscurecido, mostraba el poder corrupto del Inframundo. Cerca aguardaban en silencio Erebos y Barastyr, sus leales y oscuros consejeros. Las sombras parecían envolverlos mientras ellos esbozaban dos maléficas sonrisas.

Rodrigo IV, con voz firme, dio la primera orden:

—Erebos, Barastyr, id a ver a Aurobinda y a la matriarca de los zíngaros y aseguraos de que todo sigue según lo planeado. Decidles que el Trono de Ámbar caerá pronto en nuestras manos.

Ambos asintieron sin decir una palabra y se desvanecieron en las sombras dejando tras de sí un rastro de oscuridad. Tras cerciorarse de su marcha, Rodrigo IV se volvió hacia su hija.

—Nunca imaginé que llegaría este día, Amunet —dijo con voz grave y teñida de orgullo—. Ahora estás lista para reclamar lo que es tuyo por derecho.

Con su mirada fría y calculadora, la joven levantó los brazos hacia el horizonte señalando las huestes infernales que aguardaban su orden.

—¿Has visto, padre? —dijo con una sonrisa de satisfacción—. Desde esta colina se pueden ver todas mis huestes: más de diez mil demonios listos para tomar el Palacio de Ámbar.

El rugido de sus tropas resonó en el aire, ominoso y cercano. Rodrigo IV observó la escena con su rostro endurecido, aunque había en sus ojos una mezcla de orgullo y resignación.

A su lado, Xezbet, el demonio del engaño, se regocijaba ante la inminente victoria.

—Es una gran noticia, mi pérfida señora. Recuperaréis el trono de vuestro padre y seréis por fin la Emperatriz de los Dos Mundos.

Amunet soltó una risa fría, su mirada cargada de crueldad se clavó en Xezbet.

—Querido, me he cansado de ti. En algún momento llegué a sentir algo parecido al amor, pero hace tiempo que no siento nada —su sonrisa se amplió—. Casi destrozas todos nuestros planes cuando visitamos el palacio y provocaste una absurda pelea que pudo acabar en desastre. No sería difícil destruirte con un rayo… —Xezbet palideció, viendo cómo su confianza se desvanecía—. O tal vez podría encerrarte en mi báculo con el resto de tus hermanos.

Rodrigo IV observaba en silencio la tensión creciente. Desesperado, el demonio  murmuró unas palabras en una lengua antigua antes de que Amunet pudiera cumplir su amenaza. El tiempo se congeló dejando a la emperatriz inmóvil con el báculo levantado. Con manos temblorosas, el alto demonio encendió una luz roja en la palma de su mano y la deslizó sobre el báculo. El aire vibraba con una energía oscura. Xezbet pronunció el nombre que cambiaría el curso de la batalla:

—Áxbalor… despierta.

Naisha contuvo el aliento. El nombre resonó en su mente como un trueno, sacudiendo cada fibra de su ser. Sabía quién era Áxbalor: el demonio de la lujuria, una de las criaturas más antiguas y poderosas del Inframundo.

Las luces rojas que envolvían el báculo comenzaron a parpadear con una intensidad abrumadora, el cielo se oscureció aún más y la niebla que rodeaba a Amunet tomó forma. Del interior del cetro surgió una figura alta y espeluznante de ojos llameantes y sonrisa cruel. Áxbalor había vuelto y con él, un nuevo mal se cernía sobre Calamburia.

Tanto Amunet como Rodrigo IV se habían quedado petrificados, como si el tiempo se hubiera detenido alrededor de ellos. Sus miradas vacías, congeladas en el aire, reflejaban la poderosa influencia del recién llegado. La magia oscura que se desprendía del báculo había atrapado sus voluntades por completo inmovilizándolos en una prisión invisible.

Con su habitual ironía, Áxbalor miró a su libertador y soltó una carcajada.

—Hermanito… No creerás que te guardo rencor por haberme encerrado en este báculo todos estos años, ¿verdad? —se acercó para darle un abrazo al tiempo que Xezbet retrocedía asustado—. Si yo soy todo amor. Ninguna humana, ni siquiera Amunet, te querrá tanto como tu familia.

Xezbet, con el rostro ensombrecido por el miedo y el dolor, susurró:

—No he olvidado lo que me hicisteis; fueron siglos de tormento. Me humillasteis por ser el pequeño, el demonio menos poderoso…

Áxbalor sonrió restando importancia a sus palabras.

—Y tú nos encerraste en el báculo de tu señora. No te culpo, yo habría hecho lo mismo.

—Entonces, ¿estamos en paz? —preguntó aferrándose a su última esperanza.

El lujurioso íncubo rió levantando una mano con gesto despreocupado.

—Palabra de demonio. Ahora dime, hermanito, ¿qué te ha llevado a liberarme justo en este momento? —miró en dirección a Amunet y una sonrisa burlona se extendió por su rostro—. Oh, no… ¿La princesita ha escapado de tu control?

—El dolor ha consumido su alma —confesó Xezbet abatido—. Ya no puedo controlarla. Necesito tu ayuda, hermano.

Sin perder la sonrisa, Áxbalor se acercó lentamente a la emperatriz, quien seguía congelada en el tiempo con expresión inmóvil. Se inclinó sobre ella y le susurró unas palabras al oído. Sin embargo, su embriagador susurro alcanzó también a Rodrigo IV.

—Confía en mí, Amunet. Todo volverá a ser como antes. Tú y Xezbet… juntos de nuevo. —su voz estaba impregnada de una magia oscura y seductora que tejía sus hilos alrededor de sus mentes.

Amunet despertó del encantamiento parpadeando lentamente. Una sonrisa astuta apareció en sus labios.

—Querido cuñado, qué elegante estás hoy —dijo con una dulzura fingida que contrastaba con la frialdad de sus ojos.

—Tenía que estarlo, querida emperatriz. Hoy es vuestro gran día y estoy aquí para serviros. —respondió Áxbalor satisfecho.

El hechizo comenzó a surtir efecto. Rodrigo IV, que hasta entonces había permanecido en silencio, asintió con una mirada grave que se suavizaba ligeramente, como si una parte de su voluntad hubiera cedido al poder del poderoso íncubo.

—Recuperaremos el Trono de Ámbar. —murmuró con una convicción renovada cargada de una nueva sumisión hacia su hija y Xezbet.

Áxbalor sonrió con satisfacción. El hechizo había comenzado a restaurar el lazo entre Amunet, Rodrigo IV y Xezbet, sellando su plan de recuperar el control de la joven. Con ellos unidos bajo su influencia, Xezbet no solo sería perdonado, sino que volvería a ganarse la confianza y el afecto de su esposa. El demonio de la lujuria sabía que ahora era él quien controlaba la verdadera fuerza de dicha unión. Aunque la reina del inframundo aún no lo comprendiera del todo, cada acción que realizaría a partir de ese momento estaría teñida de su magia. Eso era todo lo que necesitaba para manipularlos desde las sombras.

—Juntos somos imparables, querida Amunet. —susurró Áxbalor con su suave y venenosa voz.

La emperatriz entrelazó su brazo con el de Xezbet mientras las tropas rompían la muralla del palacio, olvidando el desprecio que había mostrado hacia él momentos antes. El hechizo estaba completo.

—Juntos somos imparables.

Con el corazón latiendo con furia, Naisha intentó apartar la mirada, pero sus ojos permanecieron fijos en la escena. Amunet seguía congelada con una sonrisa sádica curvando sus labios. Sabía que estaba siendo observada. De repente, sus pérfidos ojos se clavaron en Naisha a través del espejo de hielo, como si la conexión entre ambas se hiciera más fuerte.

—Tú… no deberías estar viendo esto —le advirtió la emperatriz del inframundo con una voz tan aterciopelada como ponzoñosa.

215 – REESCRIBIENDO EL PASADO III

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REESCRIBIENDO EL PASADO III

Iglesia mayor de Instántalor, Justas de la Reina Sancha.

—Y así —dijo Barastyr señalando orgulloso unos planos extendidos sobre la mesa— quedará la gran cúpula de la nueva basílica del Todopoderoso Titán, donde se celebrarán las futuras Misas del Descenso. Este monumental templo será el mayor de todos y cada misa rendirá homenaje al Titán en su forma más grandiosa.

—Las arcas de la corona han hecho grandes esfuerzos para llevar a cabo este proyecto. Las justas han sido caras y un poco accidentadas —apostilló Érebos con tono serio—. Ha sido una excelente decisión dejar la obra en manos del Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores: su reputación en el reino es impecable. Decidnos, eminencia, ¿estará satisfecha la Iglesia del Titán?

—Lo estará —sentenció Inocencio—. Siendo sincero, no daba un calamburo por el buen hacer de los políticos en estos tiempos que corren, pero tengo que decir que sois tan… eficaces, tan formales, tan rectos… Tenéis mi total agradecimiento y el de todos los fieles, claro. Veréis cuando la hermana Mitt Clementis se entere de esto.

—Es nuestro deber servir al orden establecido —afirmó Érebos inclinando la cabeza.

—Y el bienestar del reino, nuestra única razón de ser —añadió Barastyr.

En la penumbra de la capilla, las luces de las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre los tensos rostros de los consejeros. El eco de las últimas palabras aún resonaba entre las columnas de mármol mientras Inocencio admiraba los detalles de los planos desplegados. La nueva basílica sería el mayor templo jamás visto, una obra monumental destinada a perdurar por generaciones y el símbolo del poder divino y terrenal. El Supremo Benevolente observaba el progreso con satisfacción.

Un lejano eco de instrumentos festivos se deslizaba por los ventanales del templo hasta el interior de la capilla. Las Justas de la Reina Sancha, una idea propuesta por los consejeros para distraer y calmar al pueblo ante las constantes batallas con los piratas, llenaban las calles de Instántalor de vida y color. Multitudes de toda Calamburia habían acudido atraídas por la promesa de un respiro, aunque la amenaza de lluvia y el cielo encapotado insinuaban que no todo estaba en equilibrio. Pese a la música y las risas lejanas, se advertía una sensación de latente oscuridad, como si la festividad no pudiera evitar que algo siniestro estuviera por irrumpir en cualquier momento.

—¡Deteneos! —irrumpió Trai en la capilla flanqueada por Grahim y un confuso Félix, que apenas podía ocultar su incomodidad ante la situación.

Ambos impromagos sostenían sus varitas en alto, listos para atacar a los consejeros, mientras que el erudito, inseguro, se mantenía en una posición más cauta. Félix no estaba convencido de si debían enfrentarse a los poderosos consejeros y al Sumo Pontífice. Sin embargo, ya era demasiado tarde para dar marcha atrás: cualquier duda debía dejarse a un lado.

—¿Pero qué ultraje es este? —se indignó Érebos.

—¿Dos impromagos recién graduados atacando a dos humildes servidores de la corona a traición? —preguntó el otro consejero.

—¡Esto es intolerable! —exclamó el Sumo Pontífice—. Estos buenos hombres son gente honrada y la Iglesia del Titán no permitirá que les pongáis una de vuestras profanas varitas encima.

Barastyr lanzó una mirada burlona a los recién llegados con una sonrisa de autosuficiencia.

—No habréis sido vosotros los que soltasteis un pelusón gigante por la ciudad, ¿verdad? —murmuró haciendo referencia a los rumores de caos que la criatura desbocada había sembrado al inicio de las justas.

Érebos, con un aire de falsa compasión, añadió:

—Y para colmo, vais acompañados de un profesor de la torre… mal, muy mal.

Barastyr no pudo evitar disfrutar del desconcierto que se apoderaba del erudito.

—Profesor Félix, qué vergüenza… si la directora Aurobinda se enterara de que estáis atacando a estos humildes servidores de la corona… —continuó Barastyr con tono mordaz.

—El castigo sería servero —completó Érebos con gesto grave—. Nadie en su sano juicio querría enfrentarse a la ira de una antigua bruja.

El preclaro despejó su mente, desenvainó su elegante espada y se puso en posición de ataque. A su vez, los consejeros sacaron sus dagas y se prepararon para la ofensiva. Durante la batalla, Barastyr y Érebos luchaban con destreza, pero ocultaban un oscuro secreto: ambos estaban imbuidos de la magia del espejo descubierto en las profundidades de las catacumbas de Skuchaín, una poderosa reliquia conectada a las energías oscuras que en su momento intentaron controlar. Aunque la oscuridad les daba fuerza, no podían revelarla frente a Félix e Inocencio, pues arruinarían sus malévolos planes futuros. Cualquier muestra de poder oscuro alertaría a sus enemigos de lo que estaba realmente en juego.

Armados con sus hechizos, los impromagos mantenían la ventaja. Trai y Grahim lanzaban conjuros con entusiasmo:

—¡Terra Tremor! —gritó Grahim provocando un violento terremoto bajo los pies de sus enemigos.

—¡Venenum Exarmamentum! —continuó Trai desarmando a Barastyr, quien perdió su daga mientras caía al suelo.

—¡Gelum Solidum! —añadió su compañero conjurando una placa de hielo que atrapó las piernas de Érebos.

Mientras tanto, Inocencio intentaba desesperadamente convocar el poder del Titán, pero algo iba mal. El flujo de energía sagrada que tanto controlaba parecía bloqueado, debilitado por una fuerza oscura que emergía lentamente del zurrón de Grahim, donde guardaba el Códice Oscuro. Por más que se esforzase, el pontífice no conseguía que el poder del Titán respondiera.

Félix, por su parte, sujetó a Inocencio y lo paralizó mientras los impromagos tomaban ventaja sobre los consejeros. La batalla parecía llegar a su clímax cuando Grahim y Trai lograron atrapar a Érebos y Barastyr inmovilizándolos con sus poderosos hechizos. Con sus varitas en alto, los jóvenes magos estaban a punto de dar el golpe final cuando Félix, superado por la tensión, intervino desesperadamente.

—¡No podéis matarlos! —gritó con un evidente temblor en su voz—. Esto no es lo correcto.

—No lo entiende, profesor… —respondió Grahim con su voz cargada de desesperación—. Es necesario.

—No tenemos otra opción si queremos cambiar todo lo que está por venir —añadió su compañera con la misma intensidad—. Si no actuamos ahora, condenaremos a Calamburia a una era de oscuridad que no puede siquiera imaginar.

De repente, un halo de luz deslumbrante envolvió el sagrado edificio paralizando a todos los presentes. El tiempo mismo parecía haberse detenido. Tres figuras femeninas, cubiertas por largas y resplandecientes capas, emergieron con una presencia que desafiaba lo natural. Las nornas, tejedoras del destino, habían llegado.

Urd, la voz del pasado, habló primero con un tono que resonaba con un eco ancestral.

—Tenéis buen corazón, impromagos; pero nadie puede atravesar los sagrados muros del tiempo sin causar su derrumbe.

Su declaración fue como un juicio inapelable. Verdandi, símbolo del presente, continuó con una sabiduría desconcertante:

—No se puede sembrar el caos, cosechar poder y esperar que no haya consecuencias. Nadie puede beber la fruta, sembrar el jugo, ni descabezar a la sierpe cortando su cola —sentenció enigmática.

Trai y Grahim, todavía con las varitas en alto, se miraron sintiendo la abrumadora presencia de lo inevitable.

Skald, la visión del futuro, los observó con gravedad. Sus ojos eran abismos de posibilidades no exploradas y su voz la sentencia final:

—Tratar de borrar la oscuridad solo la hace más profunda.

Con un gesto fluido, las tres nornas alzaron los brazos moviendo los invisibles hilos del destino. En ese instante, el poder de su magia fue innegable: devolvieron a los jóvenes impromagos a su tiempo. El aire crepitaba mientras la realidad se reajustaba a su flujo natural trayendo la calma consigo.

Félix, los consejeros y el Sumo Pontífice se mantuvieron en su sitio aturdidos por el hechizo de las nornas. El erudito dio un paso al frente con la mirada fija en los consejeros. 

—Os vi —señaló a los consejeros con un dedo acusador—. Algo oscuro os envuelve. Creí que defendíais a la corona, pero ahora veo que hay una sombra detrás de vuestras acciones. Lo sentí durante la batalla… esa energía oscura, esa corrupción. No podéis engañarme.

Los consejeros intentaron mantener la compostura, pero la tensión en el aire era palpable. Sabían que Félix había percibido algo que no podían negar y su acusación pesaba sobre ellos como una condena inminente.

Confuso, Inocencio recogía los planos dispersos del santuario. De pronto, vio algo que destacaba entre los papeles por su intenso color negro. Era el Códice Oscuro que, en la refriega de la batalla, se había caído del zurrón de Grahim sin que nadie se diera cuenta. La presencia del libro llenaba el ambiente de una sensación densa y ominosa. Cuando Inocencio lo abrió, una sombra se extendió por toda la capilla. Sus ojos se agrandaron mientras leía antiguas palabras llenaban su mente. Finalmente, con voz temblorosa, murmuró:

—Solo hay un Titán… y es el Titán Oscuro.

El tiempo mismo pareció detenerse. Cada figura de la capilla, atrapada en su propio movimiento, se volvía transparente, como si se fundieran con el aire. Una oscuridad inquietante llenó el espacio y de ella surgieron dos seres altos y solemnes con ropajes rojos y negros. Sus prendas ornamentadas con engranajes y relojes brillaban con un fulgor antiguo, como si cada hebra estuviera tejida con los secretos del tiempo.

Sus rostros, marcados por runas y profundas líneas rojas, los hacían parecer guardianes de una era lejana. Sus ojos, vacíos de emoción y llenos de sabiduría, recorrían la sala. Había en ellos una majestuosidad innegable. Sus pasos resonaban como ecos en un pasillo eterno y su mera presencia parecía desvanecer el sentido del ahora.

El primero de ellos levantó una mano y el aire mismo respondió temblando bajo su poder.

—¡Deteneos, Supremo Benevolente! —exclamó—. Ese libro no pertenece a vuestro tiempo y, como tal, no debe ser utilizado.

Inocencio, aún sorprendido por la escena que se desplegaba ante él, respondió con voz temblorosa:

—¿Cómo osáis dar órdenes a la máxima autoridad de la Iglesia del Titán? —replicó sorprendido—. ¿Y qué habéis hecho con el profesor y los consejeros?

—Ellos han sido paralizados en el tiempo —dijo uno de los guardianes con tono gélido—. Hemos entrado en sus mentes y les hemos hecho olvidar lo que ha pasado. Cada uno regresará a su tiempo y forma tal y como era antes de estos eventos. Todo lo demás será inalterable.

Inocencio observó con una creciente frustración mientras los guardianes continuaban su advertencia:

—Somos los Guardianes del Tiempo y vigilamos que los viajeros no cambien el destino de Calamburia antes de su debido momento, tal como lo hicieron los inventores al crear una realidad alternativa. El poder que habéis encontrado no pertenece a este momento y, aunque podéis usarlo, nadie debe conocer jamás la existencia de este poderoso libro. Si alguien lo descubriese las consecuencias serían catastróficas para el multiverso.

El otro Guardián se adelantó y explicó con voz grave antes de desaparecer:

—Sólo cuando se apaguen las estrellas de la constelación de Kharadûm, en la víspera del Día del Descenso, sabréis que ha llegado el momento. Al amanecer siguiente, cuando ya no sean visibles en el cielo, podréis usar el poder del libro. Ese será el instante clave en que el destino de Calamburia estará listo para cambiar.  

Ambos guardianes se miraron con algo que, en rostros más expresivos, hubiera sido una mirada de respetuoso temor. Finalmente concluyeron al unísono.

—…la paradoja temporal.

Aunque a regañadientes, el sumo pontífice supo que no tenía elección. El poder del libro lo embriagaba, pero sabía que debía esperar.

—Sea —afirmó finalmente dando la reunión por zanjada.

Mientras las figuras de los guardianes se desvanecían, las nornas, observando desde su reino etéreo, sintieron el peso del cambio. Urd, la tejedora del pasado, vio cómo sus hilos se tensaban y rompían desgarrando de golpe siglos de historia. Verdandi, atrapada en el dolor del presente, sintió la tensión reverberar a través del tiempo. Skald, la del futuro, cayó de rodillas con lágrimas oscuras en sus ojos, al ver cómo su obra se desmoronaba.

El grito que emanó de las tres fue desgarrador; un alarido que retumbó en los confines del tiempo. Los hilos que una vez controlaban, se torcían y quebraban con violencia, reescribiendo el destino sin su control. Retorciéndose de dolor, Skald intentó reanudar el tejido del futuro, pero sus manos temblaban incapaces de reparar lo que había sido alterado. Cada puntada del tapiz del destino traía consigo un eco de sufrimiento, un desgarro que resonaba con los errores del pasado y los peligros del futuro. «Otra vez… se ha roto» musitó Urd con los ojos apagados. Verdandi, incapaz de soportar el peso del presente, cayó a su lado. Debían aceptar el nuevo y oscuro hilo del telar de Calamburia: el Titán Oscuro comenzaba a escribir su historia.

Mientras tanto en la Iglesía del Titán, Inocencio permaneció unos segundos más observando cómo Félix se desvanecía lentamente mientras los consejeros retomaban su conversación sobre los planos de la cúpula, completamente ajenos a lo que acababa de suceder. Algo poderoso fluía ahora por sus venas: el oscuro poder del Titán. Lo sentía de manera palpable, como nunca antes. Nunca más flaquearía en la batalla; la energía oscura lo rodeaba dándole una seguridad inquebrantable y la convicción absoluta de que el nuevo orden estaba a punto de nacer bajo su guía.

«Yo, vuestro humilde siervo, juro por siempre ser el instrumento de vuestra voluntad. Vuestra Iglesia preparará vuestra venida, oh señor de las tinieblas. ¡Y vuestros santos inquisidores sembrarán vuestras palabras allá donde antes reinaba el caos! ¡Crearé para vos un nuevo orden: la Santa Hermandad!»

En la actualidad en Skuchaín

Los impromagos regresaron a la torre con sentimientos encontrados: habían logrado detener a los consejeros oscuros, pero no sirvió de nada. Mientras procesaban su fracaso, el profesor Gónagan irrumpió:

—¿Qué hacéis aún aquí? ¡Os habéis perdido la Misa del Descenso y las alabanzas al Titán Oscuro! —añadió con un gesto fervoroso—. ¡Se ha nombrado a Clemente Primer Hermano de la nueva orden: la Santa Hermandad! 

—¿Titán… Oscuro? —preguntó Trai desconcertada.

Un tenebroso susurro envolvió a la impromaga. Sus ojos se tornaron negros un segundo antes de volver a la normalidad y la sombra que había caído sobre Calamburia comenzó a afectarles.

—Nos castigaremos por haber faltado, profesor. No hemos sido dignos —dijo con una voz que no parecía propia.

—Me temo que nuestra aventura en el pasado ha traído graves consecuencias al presente —sentenció Grahim justo antes de que sus ojos también se oscurecieran—. Tienes razón, Trai… nuestro castigo debe ser acorde a nuestros actos.

214 – REESCRIBIENDO EL PASADO II

Personajes que aparecen en este Relato

REESCRIBIENDO EL PASADO II

Cuando abrieron los ojos ya no estaban en la sala. El aire que los rodeaba era denso y vibraba con una energía completamente distinta; la atmósfera del pasado los envolvía transportándolos a una Calamburia que aún no había sido tocada por las tenebrosas manos de Amunet ni envuelto en el caos de la Oscuridad. La Esencia de Cronopio y el hechizo del códice había cumplido su función y ahora Trai y Grahim se encontraban en la época de las Justas de la Reina Sancha.

—Lo conseguimos —susurró Trai intentando calmar los nervios que la agitaban. Aún no podía creer lo que acababan de hacer: viajar al pasado era algo prohibido por todas las leyes impromágicas, pero no podían permitir que la Oscuridad destruyera el futuro. Miró a Grahim, quien parecía igual de asombrado, pero rápidamente recuperó su compostura.

—Tenemos que movernos rápido —dijo él en voz baja—. No podemos permitir que nuestros yos del pasado nos vean.

Su primer objetivo era contactar con Félix, el Preclaro, antes de que ocurriera cualquier desliz que pudiera alterar la línea temporal de forma irremediable. Mientras se movían por los intrincados pasillos y pasadizos de la Torre de Skuchaín, Trai y Grahim intentaban no ser vistos. Aquel día, la torre se sentía más vacía de lo habitual. Muchos magos, eruditos y alquimistas habían viajado a Instántalor para asistir a las Justas en honor a la Reina Sancha. Aunque aún había estudiantes de distintas casas en la torre, su número era considerablemente menor.

Mientras avanzaban, Grahim no pudo evitar sentirse abrumado por los recuerdos. Se le había olvidado lo oscura y apagada que se veía la escuela durante los años de Aurobinda como directora. El ambiente de Skuchaín en aquellos tiempos estaba lleno de tensión y desconfianza. La magia que vibraba en el aire siempre parecía estar teñida por una sombra que emanaba de la dirección de la Señora de los cuervos. Aquella poderosa bruja había gobernado la escuela con mano de hierro y su traición, aunque ahora descubierta, había dejado una cicatriz profunda en la historia de la escuela. Afortunadamente, en el tiempo de donde venían, la torre había recuperado todo su esplendor, su magia ya no era opacada por aquella oscuridad persistente.

—Por aquí —dijo Grahim señalando una entrada lateral que conducía a los archivos subterráneos. Sabían que este lugar, raramente utilizado, les permitiría moverse sin ser detectados por sus yos del pasado que, en ese momento, seguramente estarían asistiendo a alguna lección. Entraron sigilosamente y avanzaron a través de los fríos pasillos de piedra, escuchando sus pasos resonar en la distancia.

Llegaron a una de las más recónditas salas de estudio, donde se detuvieron de golpe alarmados por unas voces. Trai reconoció una de inmediato: era su madre, Aquílea. Se escondieron detrás de una estantería observando en silencio la escena que se desplegaba ante ellos. La poderosa guerrera tritona estaba conversando con Félix. En sus manos llevaba una pequeña caja adornada con conchas marinas y estrellas plateadas.

—Este regalo es para Trai —dijo Aquílea con su imponente voz pero con una dulzura contenida—. Le ayudará a recordar siempre su origen y el amor que tiene en las profundidades. Es una estrella especial, una reliquia de los antiguos mares que tiene el poder de iluminar los caminos más oscuros.

La impromaga, que observaba agazapada, sintió una punzada en el corazón al ver ese momento del pasado. Recordaba perfectamente cuando Félix le entregó esa estrella diciéndole que era un presente de su madre, quien llevaba tiempo sin visitarla.

—Es la estrella que llevo ahora —susurró tocando suavemente el broche que sujetaba su cabello.

—Debemos irnos antes de que se den cuenta —murmuró Grahim sacándola de su ensueño—. No podemos intervenir.

De pronto, se vieron a sí mismos acercándose peligrosamente. La posibilidad de ser descubiertos aumentaba con cada segundo y aquello sería lo peor que podía pasar. Si sus versiones del pasado los veían, quién sabe qué impredecibles consecuencias podrían desencadenarse en el flujo temporal. La tensión era palpable.

—¡Esto no puede pasar! —murmuró la joven sintiendo el peso de la situación. Manteniendo la calma, movió su varita con precisión convocando una multitud de pequeños seres compuestos por motas de polvo flotantes:

—¡Pulvis Mirus! —pronunció. Al instante, una nube de diminutos pelusines comenzó a correr por la sala llenando cada rincón y creando una distracción—. ¡Eso debería mantenerlos ocupados! —dijo Trai aliviada y satisfecha por haber recordado el famoso encantamiento de Sirene.

El Grahim del pasado, con los nervios a flor de piel, agitó su varita con fuerza.

—¡Contine Instantalor Creatura! —gritó esperando detener el caos que había creado. El hechizo fue potente, pero algo no salió como esperaba.

—¡Acabas de enviarlo a Instántalor! ¡No lo has contenido! —exclamó la tritona viendo cómo desaparecían las pelusas— ¡Justo a la capital y en plena celebración de las Justas de la Reina Sancha! Ahora tendremos que teleportarnos.

—¿Televex…? —comenzó Grahim.

—Cállate, me encargo yo —le interrumpió la impromaga levantando su varita—. Vexere Locorum!


Los impromagos del pasado, recién graduados y todavía en pánico por lo ocurrido, se teleportaron directamente a Instántalor con el hechizo de Trai. Su desaparición fue tan repentina que ni siquiera pudieron evaluar la magnitud de su error. Mientras tanto, los impromagos del futuro, ocultos tras una esquina, no pudieron evitar sonreír con ironía al recordar aquel momento.

—¿Recuerdas ese día? —susurró el Grahim conteniendo una carcajada—. Creíamos que habíamos dominado todo y no teníamos ni idea del caos que íbamos a provocar.

—Demasiado bien lo recuerdo —respondió su compañera con una sonrisa—. Y pensar que ese pelusón arrasará las Justas…

Sin más dilación, los impromagos del futuro se dirigieron a la sala donde sabían que encontrarían a Félix. A medida que avanzaban por los pasillos de la Torre de Skuchaín, evitaban cuidadosamente cualquier cruce con sus compañeros del pasado. Llegaron al despacho y entraron de una forma rápida y abrupta. El erudito, erguido detrás de su mesa llena de pergaminos, frunció el ceño ante la inesperada interrupción.

—Profesor Félix —dijo Trai con tono firme—, sabemos que esto puede parecer confuso, pero debemos hablar. Hay algo que necesitáis saber.

El erudito miró a los magos quieto y endureciendo la mirada. Grahim intervino con rapidez percibiendo la tensión en la atmósfera.

—Venimos del futuro y necesitamos vuestra ayuda para detener a la Oscuridad —afirmó con seriedad—. Erebos y Barastyr, antiguos eruditos, han sido corrompidos por el espejo que se rompió durante la misión que Minerva les encomendó.

Félix, siempre racional y escéptico, alzó una ceja con incredulidad.

—¿Espejo roto? ¿Oscuridad? —murmuró dejando escapar un suspiro exasperado—. Está claro que habéis sido presa de un hechizo que os ha hecho perder la cabeza. Tendré que castigar severamente a Eme por volver a torturar a los alumnos con sus locuras transitorias.

Trai se adelantó con un brillo de determinación en los ojos.

—De donde venimos, usted es archimago porque se ha fusionado con un poderoso chamán y Amunet está a punto de hacer su próximo movimiento. Lo hemos visto, ¡es real!

—¡Ya basta de tonterías! —interrumpió Félix cruzando los brazos—. Marchaos de mi despacho antes de que os tenga que castigar por maleducados.

Grahim, desesperado por hacerle entender la gravedad de la situación, habló bruscamente.

—¡Tenemos el Códice Oscuro!

El cambio en la postura de Félix fue instantáneo y un atisbo de preocupación en su mirada se hizo evidente.

—¿Cómo habéis conseguido algo tan peligroso? —preguntó visiblemente alarmado—. Esto merece un castigo ejemplar. Vais a hablar con Telina y le explicaréis cómo habéis osado robarlo. Es intolerable.

—Sí, lo hemos robado, pero era necesario para detener la Oscuridad —respondió Grahim intentando justificar su acto desesperado.

Viendo pasar una última oportunidad de ganarse la confianza del profesor, Trai levantó la mano mostrando la estrella que llevaba en el cabello.

—¡Ya lo tengo! Reconocéis esto, ¿verdad? —dijo señalando el objeto que brillaba suavemente—. Es el mismo regalo que acaba de recibir para mí de parte de Aquílea, mi madre.

Félix observó la estrella con una mezcla de asombro y confusión. Todavía no se la había dado a la Trai de su tiempo, la estrella estaba guardada en su escritorio, en la caja en la que la tritona se la había entregado momentos antes. Era imposible que Trai la tuviera ya en su cabello y, sin embargo, allí estaba; brillando como si nunca hubiera estado encerrada.

—¿Cómo… es posible? —preguntó con la mirada perdida.

Trai, viendo su oportunidad, sonrió.

—¿Lo entiende, profesor? Esta estrella que llevo es la misma que tiene ahora guardada en su caja. Usted me la entregó en el pasado y ahora… aquí está conmigo en el futuro.

Visiblemente desconcertado, Félix abrió la caja y comparó ambas estrellas. Eran idénticas, no cabía duda. El profesor leyó la dedicatoria en voz baja mientras Trai la recitaba al unísono:

—»Para mi querida Trai. Que esta estrella te guíe por las corrientes del mundo, tanto en la luz como en las sombras. Recuerda siempre que, aunque no nade a tu lado, mi espíritu siempre estará contigo.»

El silencio que siguió fue palpable. Félix no podía negar lo evidente: estaban ante una anomalía temporal.

—No… es posible —dijo en un susurro—. Venís del futuro… esto es real.

Justo en ese momento, la puerta del despacho se abrió de golpe.

—¿Qué ocurre aquí? —preguntó una fría y autoritaria mujer mirando a los impromagos—. ¿Por qué estáis aquí con el profesor Félix? ¿Qué está pasando?

Aurobinda, la directora de la escuela de magia, acababa de entrar en la sala llenando el ambiente con una tensión palpable. Todos los presentes sintieron la presión de su autoridad.

—Estamos… hablando con el profesor Félix sobre las posibles prácticas de Grahim cuando termine sus estudios superiores como druida —respondió rápidamente Trai intentando sonar convincente.

Aurobinda entrecerró los ojos, claramente desconfiada.

—¿Druida, dices? —repitió cruzando los brazos frente a su pecho—. Öthyn es muy exquisito a la hora de escoger aprendices. Actualmente ha elegido a Drëgo bajo su tutela

—¿Pero Drëgo no había sido expulsado, directora?— preguntó la perspicaz impromaga intentando insinuar que Drëgo no era de fiar, consciente de que en el futuro traicionaría a la torre.

—Cierto, querido Félix. Pero Öthyn y yo nos reunimos y me convenció de su increíble potencial. El chico es un Ténebris de la cabeza a los pies y maneja la invocación de portales con asombrosa habilidad. He decidido que se le conceda el indulto por sus errores del pasado. 

—Pues a mí me parece que Drëgo es un… —empezó a decir Grahim con una mirada suspicaz.

Antes de que pudiera continuar, Trai, viendo lo que se venía, reaccionó con rapidez.

—¡Un druida increíblemente prometedor! —interrumpió dando un paso al frente y poniendo una mano sobre el hombro de Grahim, que la miró confuso—. Y su habilidad con los… eh… portales es tan impresionante como su… gusto por los postres. ¿Sabían que hace una tarta de ruibarbo deliciosa? —añadió Trai con una sonrisa nerviosa mientras pellizcaba discretamente a Grahim para que no siguiera hablando.

—¿Eh? ¿Postres? —Grahim la miró sin entender nada, pero al sentir el pellizco en el costado entendió la indirecta—. ¡Ah, claro! ¡La famosa tarta de Drëgo! Dicen que es tan buena que podría, eh… derretir la oscuridad misma, ¿verdad? —improvisó intentando seguirle la corriente a Trai.

Trai asintió rápidamente sintiéndose aliviada por haber redirigido la conversación. Pero aun así, sabía que su verdadero propósito seguía sin resolverse. Félix, por su parte, permanecía en silencio intentando procesar lo que acababa de ocurrir con la estrella y la información que le habían revelado.

—Esperamos que Grahim también pueda tener esa oportunidad —dijo Félix ofreciendo una pequeña reverencia—. Es algo que él espera con gran anticipación y es un muy buen alumno.

De repente, los ojos de Aurobinda se posaron en un objeto en la mesa que no había estado allí antes: el Códice Oscuro.

—¿Y por qué el Códice Oscuro está sobre la mesa? —preguntó con frialdad, sus ojos ahora perforando la mirada de Félix.

Félix, que no era el mejor mentiroso, intentó buscar una salida.

—Eh… estaba revisando el códice porque… es el mejor libro jamás escrito con la mayor sabiduría mágica del mundo —se apresuró a decir, aunque nunca se le había dado bien mentir —. Todos y cada uno de los alumnos deberían admirar el trabajo que usted y su hermana realizaron, señora directora.

Aurobinda pareció sorprendida, pero el halago logró desviar su sospecha.

—Hum… tienes razón, Félix. A veces incluso yo olvido la magnitud de ese trabajo. ¡Nos costó años recopilar todos esos hechizos! —murmuró antes de dirigirles una última mirada a todos—. Y ahora me marcho, tengo mucho que hacer. Tengo cientos de informes en mi despacho. Mis Ténebris están haciendo un gran trabajo disciplinario anotando cada infracción que se comete y tengo que elegir los castigos para los denunciados.

Con una última mirada evaluadora, la directora se marchó dejándolos nuevamente solos. El silencio que siguió fue casi tangible.

—Eso ha estado… demasiado cerca —murmuró Grahim mientras respiraban aliviados.

Félix, ahora más consciente de la gravedad de la situación, asintió lentamente.

—Está bien, lo entiendo —dijo—. Si los consejeros están bajo la influencia de la Oscuridad, debemos detenerlos de inmediato.

Trai y Grahim intercambiaron miradas de alivio: por fin Félix los había comprendido.

—Los consejeros deben estar en la iglesia de Instántalor, explicando a Inocencio los presupuestos que la Reina Sancha ha asignado a la construcción del nuevo templo —anunció Félix. 

El erudito se acercó al antiguo baúl con una mezcla de nostalgia y resolución. Lo abrió dejando ver una espada cuidadosamente guardada entre telas de terciopelo. La levantó con calma admirando su brillo.

—Mi padre me entregó esta espada el día en que me convertí en erudito —murmuró—. «El conocimiento te guiará, pero cuando las palabras no sean suficientes, que sea tu espada la que hable por ti». Vámonos, no podemos perder más tiempo. Debemos salvar el Reino de Calamburia —sentenció con autoridad mientras echaba un último vistazo a la estrella de Trai. El futuro del reino estaba en sus manos.

213 – REESCRIBIENDO EL PASADO I

Personajes que aparecen en este Relato

REESCRIBIENDO EL PASADO I

El viento helado sacudía las ropas de las tres nornas que observaban el vasto tapiz del destino. Sus ojos esc,rutaban la realidad, pero algo iba mal. Muy mal.

—¡El futuro! ¡No veo el futuro! —exclamó Skald, la más joven de las tres hermanas, con una expresión de pánico en su rostro—. Algo está alterando la línea temporal.

—No veo el presente —informó Verdandi mirando a Urd.

Urd, la mayor y más sabia, permanecía en silencio mientras sus manos se movían con lentitud tejiendo con sus dedos los destinos de todos los seres. El sino de Calamburia parecía desvanecerse como si alguien hubiera arrancado los hilos del tiempo.

—La respuesta está en el pasado. Algo está cambiando; algo que nunca debió haber sido alterado —sentenció con sus ojos encontrándose con los de sus hermanas—. El pasado no debe ser modificado.

Las tres nornas se acercaron al tapiz buscando la causa de esta perturbación. Sus tres pares de ojos, inclinados sobre el telar, pudieron advertir la causa de todo.Dos jóvenes impromagos que, escuchaban a escondidas una reunión del claustro de la Torre Arcana sobre los avances de Cuna de Oscuridad. A pesar de ser profesores en prácticas, no habían sido convocados a esa reunión, lo que solo incrementaba su curiosidad. Kórux y Minerva, los directores de la escuela, habían partido en una importante misión y dejado la dirección de forma temporal a Férula y Gónagan, pero ellos eran demasiado cautos para emprender ninguna acción antes de su regreso.

—¡Tenemos que actuar! —exclamó Grahim con desesperación en los ojos.

—Ya has oído al profesor —declaró Trai, su compañera medio tritona, intentando mantener la calma—. La reina Melindres ha ido a la Forja Arcana a buscar ayuda y Kórux y Minerva están negociando con posibles nuevos aliados. Debemos aguardar. 

—No podemos esperar. Férula tiene razón: la colaboración de la Dama de Acero en un conflicto que no afecta al reino faérico es poco probable. Además, conozco a personalmente a sus hijos y te aseguro que no se equivoca en esto.

Los jóvenes se quedaron largo tiempo buscando una solución al avance de Amunet y su ejército de demonios. Aún recordaban cuando uno de los antiguos prefectos,  Eme, poseído por la oscuridad, sumió al continente en una terrorífica pesadilla. No podían permitir que algo similar volviese a pasar. El mal no podía triunfar.

—¡Lo tengo! —exclamó Grahim—. En la biblioteca de los Ténebris hay un antiguo libro donde Aurobinda y Defendra escribieron todos sus conjuros: el Códice Oscuro. Ningún miembro de las otras castas ha podido entrar nunca allí pero ahora… —añadió pensativo mientras acariciaba su barba pelirroja—. Es el del Descenso y toda la escuela estará en la Basílica del Titán. ¡No hay nadie que los vigile!

—¿Con eso podremos destruir Cuna de Oscuridad? —preguntó su compañera—. Si lo lográramos, Amunet perdería a sus mayores aliados en Calamburia.

—No podemos destruir el castillo, pero si viajamos al pasado podremos evitar que surja. Fueron los consejeros umbríos los que desearon su aparición al final del IV Torneo: lo amañaron con su don del convencimiento y envenenaron nuestras mentes.

—Si todo eso, tan solo… no hubiera sucedido… —se lamentó Trai que se arrepentía cada día de no haber podido doblegar a los consejeros en aquella ocasión.

—¡Por las barbas de Theodus, tienes razón! —exclamó el impromago—. Y no solo eso, también podríamos evitar la pesadilla del Titán, el alzamiento de Amunet o incluso detener al traidor de Drëgo a tiempo. ¿Estás pensando lo mismo que yo?

Trai lo observaba con atención, pero una duda cruzaba por su mente.

—Sí, pero… ¿Cómo pretendes viajar al pasado? Te recuerdo que la máquina del tiempo de los hermanos Flemer desapareció con ellos —dijo Trai, frunciendo el ceño.

—No nos hace falta ninguna máquina —replicó Grahim, sonriendo con determinación—. Esta idea es perfecta. No sé si saldrá como esperamos, pero el hechizo de negación, mezclado con un potenciador temporal, no solo negará el avance del tiempo, sino que acelerará nuestro viaje al pasado.

—Es lo más lúcido que te he oído decir —respondió Trai, con una mezcla de asombro y preocupación—. Es peligroso, pero podría funcionar.

—¡Claro! y ese hechizo está en el Códice Oscuro —exclamó la tritona—. ¿Cómo no se me había ocurrido? Tú prepara la esencia y yo iré por él. Ahora que tenemos acceso a toda la escuela será mucho más sencillo.

Aunque ambos impromagos pertenecían a diferentes castas, su nuevo rol docente les permitía moverse libremente por las áreas de la torre. Pertenecer a castas distintas les había dado acceso privilegiado a sus propios dominios, pero también los había mantenido alejados de los secretos de las demás. Grahim, como mago Natura, había pasado sus años de formación entre la exuberancia verde de su casa, donde la vida brotaba en cada rincón y las criaturas mágicas convivían en perfecta armonía con una flora inmortal. Sin embargo, sus pasos rara vez lo habían llevado más allá de las zonas comunes de la torre y las oscuras estancias de otras castas seguían siendo un misterio para él. Trai, por su parte, era una orgullosa Excelsit nacida y formada para valorar la destreza mágica y la diplomacia por encima de todo. Los Excelsit destacaban por su elegancia, su dominio de las artes arcanas más refinadas y su papel como mediadores entre todas las castas. A pesar de su afinidad por el control de hechizos y maldiciones, Trai nunca había pisado las temidas estancias de los Ténebris, cuyos corredores oscuros evocaban leyendas de traidores y seres de sombra.

Trai avanzó rápidamente por las estancias de la torre que pertenecían a la casta de capas negras. Lucían bastante desoladas desde que una parte de ellos se había ido con Aurobinda a Cuna de Oscuridad, traicionando a Skuchain y al Archimago. Al final de un largo pasillo se encontraba la biblioteca que custodiaba Telina, prefecta de los Ténebris .Las oscuras paredes llenas de libros le susurraban historias de antiguas batallas entre impromagos y seres de la oscuridad. Ante ella, un gran portón de acero decorado con grabados negros se alzaba imponente custodiando los conocimientos más tenebrosos de la casta. Los grabados recordaban el Juicio de las brujas, cuando Theodus las confinó en un espejo.

Pura Redimet —susurró la joven.

El siniestro portón se abrió de par en par revelando una suntuosa sala de techos altos y oscuras paredes repleta de objetos mágicos y amplios cuadros. En el centro de la sala, una lámpara de araña forjada en oro y adornada con cristales negros iluminaba tenuemente el ambiente frío. Al fondo, una valiosa vitrina destacaba entre el resto de los objetos. Telina había guardado dentro de ella las reliquias más preciadas de la casta: la pluma de Aurobinda y el libro que las hermanas habían escrito con ella, el Códice Oscuro.

Cuando Trai estaba a punto de alcanzar el libro, un frío estremecedor recorrió la sala. De las sombras, una figura espectral comenzó a materializarse lentamente frente a ella. Era la efigie de Telina, la poderosa bruja de la casta Ténebris que, mediante algún hechizo secreto de su casta, había ligado parte de su esencia a la protección de esas reliquias. Su forma etérea flotaba en el aire con una mirada fija y penetrante que parecía traspasar el alma de Trai. Sin embargo, lo más aterrador fue cuando esa única figura se multiplicó en varias copias de sí misma rodeando a la impromaga por completo. De pronto, la joven se vio atrapada en un tenebroso círculo de espectros con posturas amenazantes y oscuras risas que resonaban en la sala.

—¿Crees que puedes tomar el Códice Oscuro sin pagar el precio? —dijo uno de los entes, su voz distorsionada por la magia—. ¡Debes demostrar que eres digna!

Las copias de Telina atacaron a la vez invocando sombras serpenteantes que llenaban el aire y comenzaban a envolverse alrededor de Trai. La tritona apenas tuvo tiempo de reaccionar: lanzó un hechizo de protección formando un escudo de energía que apenas lograba mantener a raya las oscuras entidades que se arremolinaban a su alrededor.

—¡Scutum Imparabilis! —gritó invocando una barrera de luz cegadora que logró repeler a las primeras sombras. Sin embargo, las siluetas continuaban multiplicándose, lanzando hechizos oscuros que llenaban la sala de susurros infernales y ecos macabros. A medida que la batalla se intensificaba, Trai sentía cómo su energía se agotaba. Intentaba repeler los ataques, pero las sombras eran implacables. De pronto, brotaron del suelo zarcillos de oscuridad que comenzaron a moverse enredándose alrededor de sus pies y atándola al suelo.

—¡Expurgare Nebulae! —exclamó invocando una ráfaga de luz que barrió las sombras a su alrededor despejando el terreno momentáneamente. Sin embargo, la verdadera esencia de Telina se preparaba para lanzar un hechizo devastador, oculta entre las copias.

Trai sabía que el tiempo se le acababa. Con cada segundo que pasaba los espectros se fortalecían. Fue entonces cuando recordó el conjuro que había aprendido en clase de Hechizos de la Magia Antigua II con Periandro. Si no lo usaba ahora podría perder su única oportunidad de salir viva de aquella sala maldita.

Potestas Ligabis! —gritó con toda su fuerza pronunciando las palabras arcanas mientras su varita brillaba intensamente.

Unas cadenas de energía pura emergieron del suelo enredándose en las sombras y atrapando a las copias de Telina una por una. Las figuras espectrales intentaron liberarse, pero las cadenas eran demasiado fuertes. Cada copia de la bruja fue siendo arrastrada de vuelta al plano de donde había emergido. Una por una fueron desapareciendo hasta que sólo quedó la verdadera esencia de Telina que luchaba por mantenerse a salvo.

—Has vencido… por ahora —susurró la bruja espectral mientras las cadenas la envolvían—, pero el poder que buscas traerá consecuencias… ya lo descubrirás.

Con esas últimas palabras, la imagen de Telina se desvaneció y la sala volvió a quedar en un silencio sepulcral. Trai, jadeante pero victoriosa, tomó el Códice Oscuro de la fragmentada vitrina, abandonó la biblioteca y se dirigió al sótano de la escuela, hogar de sus más célebres travesuras.

Entretanto, Grahim se dirigió a su habitación a coger bolsas y frascos para guardar los ingredientes de la poderosa pócima. Salió al jardín trasero, hacia un pequeño estanque donde vivían las criaturas marinas más extrañas del continente. Para la Esencia de Cronopio necesitaba hojas de romero, pensamientos, ramas de cáñamo y lágrimas de tortuga laúd. Estas tortugas eran esquivas; apenas se dejaban ver por los visitantes. No obstante, Grahim era un poderoso impromago de la casta Natura y, como tal, tenía facilidad para encontrar las plantas y los animales más extraños.

Se sentó en la orilla del estanque y extrajo un puñado de algas luminiscentes de su zurrón. Echó unas pocas al agua y esperó pacientemente a que una tortuga fuese a comer. No tuvo que esperar mucho, pues la más anciana de todas aguardaba siempre cerca de la orilla esperando que algún estudiante arrojase algo para comer. Era una hermosa tortuga color índigo con pequeñas motas blancas que recordaban al más precioso cielo estrellado. Nadó hasta la superficie y, tras reconocer al muchacho que la había alimentado, salió del estanque. Grahim había ido muchas veces a estudiarla y darle de comer, pero este momento siempre le traía un recuerdo especial. Cuando solo era un niño nuevo en la escuela y sin muchos amigos, Ménkara, su primera mentora, le acompañaba cada tarde al estanque. La bruja, experta en animales fantásticos, lo guiaba con paciencia mostrándole la belleza y complejidad de las criaturas que habitaban en aquel rincón mágico.

Entre las algas escondió una pequeña semilla de lima, un truco que Ménkara le había enseñado y que pocos magos conocían: el fruto provocaba el llanto en las tortugas laúd. En efecto, tan pronto mordió el manojo de algas, unas preciosas y brillantes lágrimas brotaron de sus cansados ojos. El mago se acercó con cautela y recogió unas pocas mientras le daba más comida como agradecimiento, recordando con nostalgia a su antigua mentora y aquellos días en los que aún no había abrazado la oscuridad.

Dejó a su amiga comiendo y se dirigió hacia la parte este del jardín a recoger el resto de ingredientes. Al borde de la rosaleda encontró varios pensamientos amarillos y morados y, al fondo, la pequeña huerta del profesor Gónagan con las plantas de romero. Finalmente, se adentró en el bosque para buscar el mágico cáñamo, que sólo se mostraba ante los magos de su casta.

Escucha la tierra, hay tanto que sentir —canturreaba mientras observaba atentamente los movimientos de las plantas y los árboles.

De pronto, una pequeña planta bailarina emergió de entre el manto de hojas secas. Grahim se agachó, cortó un par de tallos y los guardó en su zurrón. Había conseguido los ingredientes y ahora sólo le quedaba hacer la poción tal y como Trevi la detalló en su Tratado sobre pócimas y brebajes.

Se dirigió al sótano y dispuso todo para su nueva aventura.

—¿Grahim? ¿Estás ahí? —preguntó Trai—. Está todo muy oscuro.

—¡Sí! ¿Tienes el Códice de la Oscuridad?

—¡Lo tengo! ¿Y tú el frasco de la Esencia de Cronopio?

—¡Claro!

—Oye, ¿no te preocupa que nos descubran?

—Estoy harto de seguir siempre las normas —se quejó el mago—. Esta vez tenemos la ocasión de arreglar las cosas a nuestra manera, así que cojamos el frasco de Cronopio y el maldito Códice de la Oscuridad y…

De repente, una imponente figura se mostró en el umbral de la puerta. Su rostro expresaba seriedad y su porte una rigidez acentuada por la luz tenue que iluminaba el sótano.

—¿He oído algo sobre usar el Códice de la Oscuridad? —irrumpió Gónagan—. No creáis que vuestro reciente nombramiento a profesores en prácticas os permite seguir con vuestras prohibidas aventuras. Nadie, bajo ningún concepto, debe abrir ese libro. Eso traería funestas consecuencias. Además, ¿no deberíais estar ya de camino a la basílica? Sabéis que no podéis faltar a la misa de Inocencio I por el Día del Descenso.

—No se preocupe. Sólo estábamos hablando de una historia que oímos contar a un bardo. Una leyenda sobre un libro, una princesa de piel oscura… —explicó Trai—. En cuanto terminemos de limpiar las pociones saldremos hacia la basílica.

Gónagan los observó por unos instantes con la desconfianza reflejada en sus ojos, pero, finalmente, suspiró y asintió como si intentara disipar sus dudas.

—Menos mal —dijo con una sonrisa tensa—. No sé en qué estaba pensando para desconfiar de vosotros. Os dejo terminar, entonces —añadió dando media vuelta y marchándose con paso firme mientras la puerta se cerraba detrás de él.

El silencio invadió la sala por un instante y Grahim se giró lentamente hacia su compañera con el ceño fruncido, visiblemente confundido.

—¿Qué historia? ¿Qué bardo? —preguntó como si realmente esperara una respuesta coherente.

Trai rodó los ojos y soltó un suspiro de resignación, pero sin perder la paciencia.

—Calla y coge el libro ahora que se ha ido —dijo con firmeza, ignorando la ingenuidad de su compañero.

—La verdad, Trai. A veces me asustas… —murmuró mientras ambos se preparaban para beber la Esencia de Cronopio, con Grahim aún creyendo en la absurda historia del bardo y Trai haciendo malabares con su paciencia.

Ambos inclinaron los frascos hacia sus labios y bebieron el contenido de un solo trago. Al instante, una sensación cálida les recorrió el cuerpo como si una oleada de fuego líquido atravesara sus venas. Sus corazones comenzaron a latir más rápido, como si se sintonizaran con un pulso cósmico que resonaba en todo Calamburia.

La sala comenzó a vibrar levemente, las paredes parecían distorsionarse. Un vórtice de energía los rodeó, las luces en la sala parpadeaban con un ritmo frenético y sus cuerpos comenzaron a perder la conexión con el presente. Las sombras de la habitación se alargaron fusionándose con destellos de luz dorada que envolvieron a Grahim y Trai como si el tiempo mismo estuviera abriéndose paso ante ellos.

—¡Mira! ¡Está funcionando! —exclamó Grahim mientras sus cuerpos se volvían etéreos.

—¡Claro que está funcionando! ¿Acaso lo dudabas? —respondió Trai, su voz temblando ligeramente. No sentía miedo, sino expectación por la inmensidad de lo que estaban experimentando.

De repente, todo se tornó en un caos sensorial. Sentían como si estuvieran atravesando miles de momentos en una fracción de segundo: vislumbraron paisajes desmoronándose y construyéndose a la vez, estrellas naciendo y muriendo y las voces del pasado y del futuro hablando al mismo tiempo.

Y entonces llegó el silencio. Un eco profundo resonó en sus cabezas y todo quedó en calma. Cuando abrieron los ojos ya no estaban en la sala. El aire era diferente, denso y cargado con la energía de otro tiempo. Estaban en el pasado, en una Calamburia que todavía no conocía el caos de Amunet ni la Oscuridad. La Esencia de Cronopio había cumplido su función.