216 – UN DEMONIO HA SIDO LIBERADO I

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UN DEMONIO HA SIDO LIBERADO I

Si Calamburia cae, los elementos también lo harán.

El eco de las palabras de Minerva aún resonaba en la mente de Naisha. Como sacerdotisa del Templo de los Elementos, había sido instruida en la neutralidad, en no inclinarse hacia ninguno de los bandos de las guerras que asolaban el mundo terrenal. Sin embargo, esta vez era diferente: si los demonios lograban dominar Calamburia, el ardiente fuego del Inframundo consumiría todo a su paso. La luz y la oscuridad debían mantenerse siempre en equilibrio y Naisha lo sabía mejor que nadie. Con cada latido, sentía cómo ese delicado equilibrio se desmoronaba.

Sus dedos, pálidos y temblorosos, pasaban página tras página del Códice Elemental, el venerado tomo en el que cada guardiana había depositado su conocimiento sobre los orbes y los antiguos hechizos para controlarlos. Las palabras bailaban frente a sus ojos cargadas de poder, pero también de advertencias. «No es tiempo de actuar» se decía, pero el temor que crecía en su interior la empujaba a hacer lo contrario. Sentía la tensión en cada página mientras el peso de su deber crecía con cada respiración.

El Templo de los Elementos había sido tanto el refugio como la fortaleza de Naisha, pero ahora la paz que había conocido comenzaba a tambalearse. Kesia, quien había sido su cuidadora durante años, también percibía la misma amenaza que se cernía sobre ellos. Con una voz grave, rompió el silencio del momento:

—Naisha, si los demonios alcanzan el templo no quedará nada que podamos proteger —dijo con tono firme, sin dejar lugar a dudas.

Sus ojos, que normalmente irradiaban serenidad, mostraban ahora la misma inusitada inquietud que Naisha llevaba en su corazón.

—Esto no puede continuar así —insistió con la voz más baja de lo habitual—. Los custodios estamos preocupados; también hemos escuchado los rumores y visto las señales. Mirad los cielos,  las estrellas de la constelación de Kharadûm se ha apagado justo hoy, en el Día de la Caída del Titán. Es un mal presagio, mi señora. Si Amunet logra conquistar el Palacio de Ámbar, el próximo objetivo será este templo. No podemos quedarnos de brazos cruzados.

—Debemos mantenernos al margen, Kesia —respondió con un tono que intentaba parecer resuelto, pero que sonaba vacío. Se aferraba a la idea de que su deber no era intervenir en los conflictos del mundo exterior, aunque, incluso mientras pronunciaba esas palabras, sentía cómo el miedo comenzaba a deshacer su convicción.

Sumida en sus pensamientos, Naisha no se percató de la llegada de Nimai, su fiel escolta elemental, hasta que su voz profunda rompió el silencio.

—¿Sigues leyendo el códice? —preguntó con tono preocupado—. Las huestes de Amunet están rodeando el Palacio de Ámbar: necesitamos saber qué está pasando.

La sacerdotisa cerró lentamente el libro alzando su mirada hacia el guerrero. Sabía que tenía razón, pero el miedo a intervenir y cometer un error fatal la retenía.

—Nimai tiene razón: tenemos que actuar—dijo Kesia con voz firme—. El destino de Calamburia está en nuestras manos.

—No podemos abandonar el templo —declaró con firmeza, aunque su voz traicionaba una duda oculta—. Presiento que algo terrible va a suceder. No podemos permitirnos el lujo de perder los orbes. Si caen en manos del Inframundo… —su voz se apagó dejando en el aire la sombra de lo que no se atrevía a decir.

—Pero si no hacemos nada será aún peor —insistió Nimai—. Tenemos que actuar.

La sacerdotisa sentía el peso de la verdad en las palabras de su escolta, pero la responsabilidad la abrumaba. Invocar a los elementos para ver lo que ocurría en Ámbar no sería un acto sin consecuencias; drenaría su energía y la dejaría debilitada durante días, quizás semanas. Aun así, la incertidumbre sobre el destino del reino se hacía insoportable. Sabía que no podía quedarse al margen. La necesidad de intervenir en la batalla superó sus temores, empujándola finalmente a tomar acción.

Con un suspiro de rendición, Naisha se levantó, se acercó al altar de los cuatro orbes elementales y colocó sus manos sobre ellos. Invocar a los elementos no era tarea sencilla y, aunque su conexión con ellos era profunda, sabía que esta vez exigirían más de lo habitual. Cerró los ojos concentrándose en la esencia que fluía de cada orbe: el aire, el fuego, el agua y la tierra. Sintió cómo el poder la atravesaba uniendo su ser con las fuerzas primordiales del mundo.

—Señores del Vacío, que domináis el aire, el fuego, el agua y la tierra… —susurró sintiendo el peso inmenso de la invocación—. Escuchad mi llamado. Mostradme lo que mis ojos no pueden ver. Mostradme lo que acontece en el Palacio de Ámbar.

Los orbes reaccionaron de inmediato, como si los propios elementos respondieran a su protectora. La esencia del aire emitió un resplandor frío cargado de antiguos vientos que acariciaban su piel. El orbe del fuego empezó a chisporrotear con energía viva llenando la sala de un calor abrasador. El orbe del agua proyectó destellos azules evocando la pureza de un océano primigenio, mientras que la esencia de la tierra pulsaba firme y pesada, resonando con una fuerza que emergía desde lo más profundo del mundo.

El aire a su alrededor se tornó denso y pesado. Naisha sintió cómo su energía vital comenzaba a fluir hacia los orbes debilitándola poco a poco. Sus piernas temblaron bajo el peso del ritual, pero se mantuvo firme ignorando el creciente dolor en su pecho, pues sabía que no debía interrumpir la conexión. De pronto, los orbes comenzaron a proyectar su poder al centro del altar y unas figuras borrosas del Palacio de Ámbar empezaron a formarse ante sus cansados ojos. Los contornos de la fortaleza surgieron como si el propio aire tejiera las imágenes. Al principio la visión era confusa y turbia, pero poco a poco los detalles comenzaron a definirse: vio las tropas demoníacas rodeando el castillo con sus oscuros estandartes y sus figuras sombrías avanzando sin piedad bajo el mando de Amunet.

Naisha contuvo la respiración. Sabía que lo que estaba viendo no era una simple visión: era una advertencia, una señal de lo que no tardaría en llegar. El peligro era real y se hallaba más cerca de lo que jamás hubiera imaginado.

Los contornos del Palacio de Ámbar se hicieron más nítidos ante sus ojos. Sus muros, que antaño se alzaban majestuosos, ahora estaban agrietados; tras días de asedio, las llamas del Inframundo ya se cernían sobre ellos. Naisha sintió un escalofrío recorrer su espalda: la tensión del aire crecía y el peso del conjuro comenzaba a doblegarla, pero no podía apartar la mirada.

En la sala del trono, Melindres permanecía de pie frente al gran ventanal. Su rostro estaba exhausto por el peso de una guerra que la había sobrepasado. Zora la observaba con una mezcla de desesperación y esperanza.

—Dejadme en paz —susurró Melindres sin volverse—. No quiero ver a nadie.

Zora dio un paso adelante.

—Hija, tienes que salir al balcón. Las tropas te esperan: desde los nómadas del desierto hasta los piratas de Isla Kalzaria se han comprometido a acudir a la batalla. ¡Hasta Tilaria ha mandado a sus huestes como prometió! —dijo la reina madre con una voz que vibraba con la urgencia de quien se sabe al borde de la derrota.

Melindres se giró mostrando una mirada oscura y turbada.

—Yo no he elegido esto. Nunca pedí ser reina.

—Tienes que aguantar un poco más… —insistió la reina madre desesperada.

Melindres la miró con un cansancio profundo en los ojos.

—Llevo años aguantando, madre. No estoy aquí por mi ambición, sino por la tuya. ¡Por esa misma ambición Sancho me fue arrebatado! Ya no me quedan fuerzas… solo quiero que el infierno nos consuma a todos.

—¿Vas a rendirte? —retrocedió decepcionada—. ¿Vas a darte por vencida ahora que hemos llegado tan lejos?

Antes de que Melindres pudiera responder, Doddy irrumpió en la sala, su joven voz cargada de determinación:

Madde, los demonios se acedcan al palacio. ¡Hoy ez el día en que vengademoz a Zancho!

La reina se arrodilló y abrazó a su hijo alimentándose de su inocente valentía. Levantó la vista y habló con una resolución renovada:

—Voy a comandar las tropas. Defenderé este castillo con mi vida; pero no lo haré por ti, madre, ni por la corona que jamás deseé… Lo haré por Sancho y porque no permitiré que la vida de mis hijos se vuelva un infierno.

La reina Melindres salió al balcón de su majestuoso palacio con la vista fija en las tropas que la aguardaban abajo. El peso de la guerra la consumía, pero había algo que pesaba aún más en su corazón: las tropas de Kalzaria. Los piratas aún no habían llegado y, sin ellos, quién sabe cuánto más podrían resistir. Frente a ella, se activó un antiguo artilugio mágico, una esfera de cristal rodeada de runas brillantes. El invento, creado años atrás por los impromagos, había sido diseñado para amplificar la voz de los reyes en tiempos de crisis, permitiéndoles llegar a todos los rincones del reino. Hoy, más que nunca, Melindres necesitaba que su voz fuera escuchada. Respiró hondo y dejó que la magia del artefacto proyectara su voz con fuerza.

—Hombres y mujeres de Calamburia —comenzó a decir con un tono que resonó por todo el campo—. Nos enfrentamos a un enemigo que quiere arrebatarnos todo. No os mentiré: estamos rodeados y las llamas del Inframundo acechan nuestras puertas. Y lo que es peor: nuestras fuerzas no están completas, pues las tropas de Kalzaria aún no han llegado y, sin ellas, será difícil aguantar.

La reina observó los rostros de su ejército. Sabía que la verdad pesaba, pero no podía mentirles. Doddy la miraba desde atrás esperando la promesa de un futuro mejor.

—Yo no elegí esta corona ni esta guerra. He perdido a un hijo, como muchos de vosotros habéis perdido a los vuestros. Pero estamos aquí porque lo que amamos está detrás de nosotros esperando que no desfallezcamos.

Su voz, amplificada por el mágico artefacto, resonó con claridad tocando el corazón de cada soldado.

—Hoy no luchamos por poder ni por gloria: luchamos por nuestros hogares, por nuestros hijos, por aquellos que ya no están. El Inframundo nos quiere débiles, quiere nuestra rendición. ¡Pero no la tendrán!

El viento frío acarició su rostro mientras las tropas la observaban inmóviles, atentos a cada palabra.

—Hoy peleamos por lo que amamos. ¡No cederemos ni un solo paso! ¡Lucharemos hasta el último aliento! —gritó con voz regia—. ¡Por Sancho! ¡Por nuestros hijos! ¡Por Calamburia!

De pronto, cientos de vítores ensordecedores la envolvieron al tiempo que miles de espadas se alzaban al cielo. Sus soldados la miraban con rostros endurecidos por la determinación de quienes no iban a dejarse vencer. Melindres supo entonces que, a pesar del peligro, el amor por su tierra y su gente les daría la fuerza que necesitaban para resistir.

Naisha observaba el discurso de Melindres desde la proyección de los orbes. Las palabras de la reina encendían el espíritu de las tropas. No obstante, a pesar de la determinación de los soldados, la sacerdotisa sabía que la situación seguía siendo peligrosa. Sin las tropas de Kalzaria, la resistencia no duraría mucho. Se estremeció, pues la llegada de los demonios no solo significaba la caída del palacio, sino algo mucho peor. La seguridad de los elementos estaba en juegos y si Amunet se hacía con ellos, el poder del Inframundo sería imparable.

La visión cambió de nuevo. Amunet apareció ante sus ojos envuelta en un manto de niebla oscura. Su fría belleza y su poder maligno emanaban de cada poro de su piel. Xezbet, su consorte, permanecía cerca observando con su inquietante mirada, buscando algo más allá de lo visible. Junto a ellos estaba Rodrigo IV, el padre de la oscura emperatriz y antiguo rey que antaño había gobernado todo el reino. Sin embargo, lejos habían quedado sus años de bonanza, pues su semblante, ahora oscurecido, mostraba el poder corrupto del Inframundo. Cerca aguardaban en silencio Erebos y Barastyr, sus leales y oscuros consejeros. Las sombras parecían envolverlos mientras ellos esbozaban dos maléficas sonrisas.

Rodrigo IV, con voz firme, dio la primera orden:

—Erebos, Barastyr, id a ver a Aurobinda y a la matriarca de los zíngaros y aseguraos de que todo sigue según lo planeado. Decidles que el Trono de Ámbar caerá pronto en nuestras manos.

Ambos asintieron sin decir una palabra y se desvanecieron en las sombras dejando tras de sí un rastro de oscuridad. Tras cerciorarse de su marcha, Rodrigo IV se volvió hacia su hija.

—Nunca imaginé que llegaría este día, Amunet —dijo con voz grave y teñida de orgullo—. Ahora estás lista para reclamar lo que es tuyo por derecho.

Con su mirada fría y calculadora, la joven levantó los brazos hacia el horizonte señalando las huestes infernales que aguardaban su orden.

—¿Has visto, padre? —dijo con una sonrisa de satisfacción—. Desde esta colina se pueden ver todas mis huestes: más de diez mil demonios listos para tomar el Palacio de Ámbar.

El rugido de sus tropas resonó en el aire, ominoso y cercano. Rodrigo IV observó la escena con su rostro endurecido, aunque había en sus ojos una mezcla de orgullo y resignación.

A su lado, Xezbet, el demonio del engaño, se regocijaba ante la inminente victoria.

—Es una gran noticia, mi pérfida señora. Recuperaréis el trono de vuestro padre y seréis por fin la Emperatriz de los Dos Mundos.

Amunet soltó una risa fría, su mirada cargada de crueldad se clavó en Xezbet.

—Querido, me he cansado de ti. En algún momento llegué a sentir algo parecido al amor, pero hace tiempo que no siento nada —su sonrisa se amplió—. Casi destrozas todos nuestros planes cuando visitamos el palacio y provocaste una absurda pelea que pudo acabar en desastre. No sería difícil destruirte con un rayo… —Xezbet palideció, viendo cómo su confianza se desvanecía—. O tal vez podría encerrarte en mi báculo con el resto de tus hermanos.

Rodrigo IV observaba en silencio la tensión creciente. Desesperado, el demonio  murmuró unas palabras en una lengua antigua antes de que Amunet pudiera cumplir su amenaza. El tiempo se congeló dejando a la emperatriz inmóvil con el báculo levantado. Con manos temblorosas, el alto demonio encendió una luz roja en la palma de su mano y la deslizó sobre el báculo. El aire vibraba con una energía oscura. Xezbet pronunció el nombre que cambiaría el curso de la batalla:

—Áxbalor… despierta.

Naisha contuvo el aliento. El nombre resonó en su mente como un trueno, sacudiendo cada fibra de su ser. Sabía quién era Áxbalor: el demonio de la lujuria, una de las criaturas más antiguas y poderosas del Inframundo.

Las luces rojas que envolvían el báculo comenzaron a parpadear con una intensidad abrumadora, el cielo se oscureció aún más y la niebla que rodeaba a Amunet tomó forma. Del interior del cetro surgió una figura alta y espeluznante de ojos llameantes y sonrisa cruel. Áxbalor había vuelto y con él, un nuevo mal se cernía sobre Calamburia.

Tanto Amunet como Rodrigo IV se habían quedado petrificados, como si el tiempo se hubiera detenido alrededor de ellos. Sus miradas vacías, congeladas en el aire, reflejaban la poderosa influencia del recién llegado. La magia oscura que se desprendía del báculo había atrapado sus voluntades por completo inmovilizándolos en una prisión invisible.

Con su habitual ironía, Áxbalor miró a su libertador y soltó una carcajada.

—Hermanito… No creerás que te guardo rencor por haberme encerrado en este báculo todos estos años, ¿verdad? —se acercó para darle un abrazo al tiempo que Xezbet retrocedía asustado—. Si yo soy todo amor. Ninguna humana, ni siquiera Amunet, te querrá tanto como tu familia.

Xezbet, con el rostro ensombrecido por el miedo y el dolor, susurró:

—No he olvidado lo que me hicisteis; fueron siglos de tormento. Me humillasteis por ser el pequeño, el demonio menos poderoso…

Áxbalor sonrió restando importancia a sus palabras.

—Y tú nos encerraste en el báculo de tu señora. No te culpo, yo habría hecho lo mismo.

—Entonces, ¿estamos en paz? —preguntó aferrándose a su última esperanza.

El lujurioso íncubo rió levantando una mano con gesto despreocupado.

—Palabra de demonio. Ahora dime, hermanito, ¿qué te ha llevado a liberarme justo en este momento? —miró en dirección a Amunet y una sonrisa burlona se extendió por su rostro—. Oh, no… ¿La princesita ha escapado de tu control?

—El dolor ha consumido su alma —confesó Xezbet abatido—. Ya no puedo controlarla. Necesito tu ayuda, hermano.

Sin perder la sonrisa, Áxbalor se acercó lentamente a la emperatriz, quien seguía congelada en el tiempo con expresión inmóvil. Se inclinó sobre ella y le susurró unas palabras al oído. Sin embargo, su embriagador susurro alcanzó también a Rodrigo IV.

—Confía en mí, Amunet. Todo volverá a ser como antes. Tú y Xezbet… juntos de nuevo. —su voz estaba impregnada de una magia oscura y seductora que tejía sus hilos alrededor de sus mentes.

Amunet despertó del encantamiento parpadeando lentamente. Una sonrisa astuta apareció en sus labios.

—Querido cuñado, qué elegante estás hoy —dijo con una dulzura fingida que contrastaba con la frialdad de sus ojos.

—Tenía que estarlo, querida emperatriz. Hoy es vuestro gran día y estoy aquí para serviros. —respondió Áxbalor satisfecho.

El hechizo comenzó a surtir efecto. Rodrigo IV, que hasta entonces había permanecido en silencio, asintió con una mirada grave que se suavizaba ligeramente, como si una parte de su voluntad hubiera cedido al poder del poderoso íncubo.

—Recuperaremos el Trono de Ámbar. —murmuró con una convicción renovada cargada de una nueva sumisión hacia su hija y Xezbet.

Áxbalor sonrió con satisfacción. El hechizo había comenzado a restaurar el lazo entre Amunet, Rodrigo IV y Xezbet, sellando su plan de recuperar el control de la joven. Con ellos unidos bajo su influencia, Xezbet no solo sería perdonado, sino que volvería a ganarse la confianza y el afecto de su esposa. El demonio de la lujuria sabía que ahora era él quien controlaba la verdadera fuerza de dicha unión. Aunque la reina del inframundo aún no lo comprendiera del todo, cada acción que realizaría a partir de ese momento estaría teñida de su magia. Eso era todo lo que necesitaba para manipularlos desde las sombras.

—Juntos somos imparables, querida Amunet. —susurró Áxbalor con su suave y venenosa voz.

La emperatriz entrelazó su brazo con el de Xezbet mientras las tropas rompían la muralla del palacio, olvidando el desprecio que había mostrado hacia él momentos antes. El hechizo estaba completo.

—Juntos somos imparables.

Con el corazón latiendo con furia, Naisha intentó apartar la mirada, pero sus ojos permanecieron fijos en la escena. Amunet seguía congelada con una sonrisa sádica curvando sus labios. Sabía que estaba siendo observada. De repente, sus pérfidos ojos se clavaron en Naisha a través del espejo de hielo, como si la conexión entre ambas se hiciera más fuerte.

—Tú… no deberías estar viendo esto —le advirtió la emperatriz del inframundo con una voz tan aterciopelada como ponzoñosa.