192 – LA ECDISIS DEL ESCORPIÓN II

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LA ECDISIS DEL ESCORPIÓN II

A la mañana siguiente, Shuaila y Shuleyma siguieron las instrucciones de su hermana Nashel; debían abandonar el lupanar e ir a Síahuevo de Abajo, marquesado de la Reina Madre y hogar de su hermana Tilaria, a aprender todo acerca de la corte y sus protocolos.

Se dirigieron al oeste hacia la suntuosa fortaleza de Zora Von Vondra. A pesar del odio que sentían los Von Vondra hacia los nómadas, Lady Tilaria los admiraba. Siempre había querido vivir aventuras y batallar en guerras. Además, sabía de la lealtad de los habitantes del desierto hacia la familia y que las jóvenes serían las más fieras protectoras de Melindres.

—Sed bienvenidas al Marquesado de Síahuevo de Abajo —dijo Lady Tilaria—. Aquí estaréis bajo mi cuidado, como corresponde a vuestra dignidad espero no haya ni un solo altercado. Aquí aprenderéis a comportaros como señoritas de alta alcurnia —explicó sin dejar hablar a sus invitadas—. Hilario de Duff, mi secretario personal y experto en protocolo, os enseñará lo que debéis saber para moveros en la corte como un pez en el agua. Espero que se os contagie algo de su sabiduría.

Hilario de Duff, uno de los gemelos Colby, era el más joven de los cinco hermanos, aunque ambos gemelos compartían esa posición. Desde hacía años, había sido el secretario personal de la vizcondesa, difunta mujer de su hermano Gadelaso. A veces afirmaba ver a su hermano en apariciones fantasmales, un recordatorio constante de su trágica muerte. Hilario, altivo y cínico, no era muy extrovertido, pero era muy educado y cordial. Seguía a su señora con paciencia y resignación y, aunque lo sabía todo sobre el protocolo de la corte tanto para hombres como para mujeres, tenía que sufrir que a menudo su señora hiciera oídos sordos a sus consejos protocolarios.

—Bienvenidas, jóvenes. Aquí aprenderéis mucho. Debajo de esta sonrisa, se esconde una gran fuente de conocimiento riguroso —dijo Hilario con una sonrisa sardónica—. Vuestra formación no será igual que la que habéis tenido con la mujer gitana. No solo basta con un corazón valiente, sino que deberéis aprender a moveros con astucia y elegancia, ser tan sutiles como el viento y tan calculadoras como un estratega; pues formar parte de la corte requiere un juego constante de máscaras y sombras.

La formación de las jóvenes comenzó a la mañana siguiente. Hilario les enseñaba diferentes materias como Cultura general, Literatura, Dicción, Protocolo, Música y Estrategia. Como había indicado la reina, las jóvenes debían ser capaces de atar cabos de todo cuanto veían y oían e integrarlo en un plan mayor. Debían prevenir los celos de los altos nobles de la corte, unir conversaciones aparentemente inconexas, leer lo que no está escrito y, finalmente, prever complots antes de que pudiesen suceder.

—Espero que prestéis atención a cada detalle. En esta corte nada es lo que parece. Siempre hay pequeñas mentiras —dijo Hilario mientras enseñaba a las hermanas cómo identificar señales sutiles en el comportamiento de los cortesanos.

Mientras Shuaila destacaba en cuestiones de estrategia, Shuleyma poseía un verdadero don para la música. Como amante de la música, Hilario la adiestró en canto e interpretación musical, y la joven se convirtió en todo un prodigio del canto lírico.

Pasaron dos años en el marquesado hasta que estuvieron preparadas. Las dos muchachas se habían convertido en unas refinadas señoritas e Hilario de Duff ya no tenía nada que enseñarles. 

Por fin había llegado la tarde antes del décimo cumpleaños de los infantes y las trompetas sonaron anunciando la llegada del séquito real. Abrían el paso la Reina Melindres, con su madre Zora Von Vondra, y su guardia personal liderada por el valeroso Hernand Delohan Colby, hermano mayor de Hilario.

Los invitados se asentaron en el palacio de Tilaria y las presentaciones formales comenzaron con un aire de solemnidad. Melindres contemplaba con orgullo a su corte.

—Mi reina, es todo un honor teneros aquí —dijo Hilario con una reverencia profunda—. Al observar vuestro porte y vuestra belleza, Majestad, herederos de la gracia y elegancia de vuestra madre, la misma Zora, sé de qué están hechos los sueños.

—Gracias, Hilario. Es un placer estar aquí y ver cómo nuestro legado se mantiene fuerte y noble —respondió Zora, con una sonrisa llena de orgullo y satisfacción.

—Permitidme presentar a las protectoras que hemos preparado especialmente para vos —continuó Hilario.

Melindres miró a Shuaila y Shuleyma con una mezcla de sorpresa y curiosidad, y justo cuando iba a hablar, un estruendo ensordecedor resonó por todo el patio. Los infantes habían dado un portazo al bajar del carruaje, interrumpiéndola bruscamente. De repente, los tres niños se acercaron a formar junto a la comitiva con su madre. Sancho, con gesto protector, se colocó delante de su hermano mayor Rodrigo y su hermana pequeña Zoraida. Pero, en un abrir y cerrar de ojos, la escurridiza infanta se había separado del grupo y estaba abrazando a alguien imaginario.

—¿Qué haces, Zoraida? —preguntó Sancho extrañado.

—Estoy abrazando al tito Gades —respondió ella con naturalidad.

Tilaria, percibiendo el desconcierto e intentando ocultar el secreto a gritos de las apariciones fantasmales de su difunto marido, la tomó rápidamente en brazos y la colocó de nuevo junto a su madre en la protocolaria formación.

—Disculpad el comportamiento de mis hijos, parece que Hilario tendrá mucho trabajo estos días en las clases de Protocolo —se disculpó Melindres con una sonrisa—. Madre —dijo a Zora—, si no os importa, id avanzando sin mí y que Rodrigo comience a practicar sus ejercicios de Dicción.

—Así que sois mis medio-hermanas —dijo Melindres intentando contener la emoción que crecía en su pecho.

—Sí, majestad, estamos aquí para servir y proteger a vuestra familia —respondió Shuaila con un tono firme.

—Hemos sido entrenadas para esta misión y estamos listas para cualquier desafío —añadió Shuleyma con determinación.

—Espero que sean tan formidables como prometes, Hilario —respondió Melindres mirando a sus hermanas con interés—. Mis hijos necesitan a las mejores guardianas.

Al caer la noche, las escorpionas se escabulleron hacia la ventana del balcón de los aposentos privados de la reina. En el quicio del balcón, Shuaila y Shuleyma se arrodillaron.

—Mi reina —empezó Shuaila—, permiso para entrar. Traemos un mensaje de gran importancia para vos y vuestros hijos.

—Veo que sois sigilosas y ágiles, ojalá yo lo hubiera sido en mi juventud cuando me entretenía cazando hortelanos. Entrad —ordenó Melindres.

—Es una profecía —dijo Shuaila—. Kávila, una poderosa zíngara, nos advirtió de que esta premonición solo podría ser entregada la luna antes del décimo cumpleaños de los niños.

—Hablad —ordenó Melindres con voz firme.

—La profecía dice que «el infante no llegará a adulto y que, por sus acciones, morirá ejecutado por alguien de sangre real» —dijo Shuleyma con voz temblorosa pero clara.

Melindres se quedó en silencio y su rostro se endureció aún más, pero una sombra de dolor cruzó sus ojos.

—Mis hijos… —murmuró cerrando los ojos por un momento—. No permitiré que sufran ningún daño. Gracias por traerme el mensaje. Vuestra lealtad será recompensada. Hablaré con mi madre sobre la profecía. Me alegra saber que pasaréis a formar parte de mi guardia secreta cuando volvamos al Palacio de Ámbar.

—Juramos por el Aguijón del Escorpión que protegeríamos a los infantes con nuestras vidas —respondió Shuaila con determinación.

Al alba siguiente, antes de las festividades, emprendieron el camino de vuelta al desierto para hacer una parada antes de su partida al Palacio de Ámbar.

Todo el clan nómada celebró la llegada de sus valientes guerreras con un gran festín alrededor de una hoguera. Shuaila y Shuleyma se prepararon para partir hacia el Palacio de Ámbar, asegurándose de que todas las responsabilidades y deberes estuvieran atendidos. Aprovecharían para despedirse del resto de sus hermanas, pues eran conscientes de que no las volverían a ver en mucho tiempo.

Antes de salir del asentamiento, se proveyeron de víveres y fueron a abastecerse de agua al lago del oasis. Decían que los escorpiones siempre bebían el agua del oasis antes de la batalla y el viaje, para llevar consigo la fuerza del desierto. Según se agacharon al lago a llenar sus provisiones, dos preciosos nenúfares naranjas brotaron de las profundidades del mismo. Al alcanzar la superficie, las flores se abrieron mostrando en su centro una gran «C» negra. Una nueva aventura se sumaba a su importante misión: el Titán les había seleccionado para participar en el Torneo de Calamburia.

191 – LA ECDISIS DEL ESCORPIÓN I

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LA ECDISIS DEL ESCORPIÓN

La noche se cernía sobre el desierto de Al-Yavist y todas las hijas del Escorpión de Basalto se habían reunido para jurar lealtad a Nashel, la mayor de ellas. El comandante del desierto se había ausentado años atrás, tras el enlace de su primogénita Melindres con el difunto rey Sancho y, tras años de búsqueda, Nashel había decidido ceder a las presiones de los nómadas y aceptar su jefatura. 

Ella era la segunda hija del temido Arishai y la que siempre le ayudaba con las cuestiones organizativas del clan. Melindres, su primogénita e hija de la Marquesa Von Vondra, había conseguido el ansiado Trono de Ámbar y el señor del desierto había legado la comandancia de los nómadas a su querida Nashel. Desde el día de su nacimiento la niña encandiló al peligroso guerrero, que no dudó en pedir a su djinn y protector personal una bendición para ella. Éste le lanzó un poderoso hechizo que dotó a la pequeña de magia para dar forma a las arenas a su voluntad. Durante el ritual, a la bebé le empezaron a brillar los ojos con la intensidad de un incendio. Es por ello que la apodaron la flor de fuego, la primera de las flores del desierto.

Los años pasaron y Nashel demostraba día a día ser digna hija de su padre. Asistía siempre a las reuniones de gobierno y con los jefes de otros clanes y compartía su ambición de gobernar toda Calamburia. A la tierna edad de quince años, ya se había convertido en una experta estratega y diplomática. Desde entonces su padre delegaba en ella cuestiones menores del clan o la jefatura del mismo cuando él se iba a batallar, hasta el día que partió para asistir al enlace de Melindres con el Rey Sancho y nunca regresó. Esa vez, temiendo por su seguridad, le hizo jurar lealtad hacia la reina Melindres y prometer que los nómadas siempre la protegerían. Aunque ella odiaba a su hermana mayor, a la que su padre tanto admiraba, cumplió su promesa.

Siguiendo los deseos de su padre, Nashel decidió preparar a dos de sus más hábiles hermanas para enviarlas al Palacio de Ámbar a asegurar el bienestar de la joven reina. Mandó llamar a Shuaila y Shuleyma, quienes se presentaron de inmediato en la jaima de la nueva jefa. Eran las más astutas de las Diez elegidas, el grupo de guerreras de élite que protegían al comandante de los nómadas.

Las dos hermanas nacieron en el mismo momento en la misma jaima, pero de distintas madres. Ya de niñas demostraron tener grandes habilidades en la lucha y pronto se convirtieron en las más fieras guerreras del batallón. Bajo su sensual y delicada apariencia, se escondían dos letales e implacables mujeres.

Shuaila era una verdadera maestra en el uso de cuántas armas caían en sus manos, aunque el puñal era su favorita. Ella fue la encargada de adiestrar al resto de sus hermanas en el combate. Por su parte, Shuleyma nació con un gran talento para las artes, especialmente la música. Con apenas diez años ya hablaba siete idiomas, que había aprendido escuchando a los comerciantes y viajeros que atravesaban el desierto. No obstante, soñaba con convertirse en una de las mejores guerreras de Calamburia. Es por ello que empezó a observar a su padre y a su hermana Shuaila y rápidamente aprendió a imitar todos sus movimientos de combate.

—¡Shuaila, Shuleyma! —dijo Nashel con firmeza— Tengo una importante misión para vosotras.

—Dinos, hermana —respondió Shuaila con curiosidad.

—Como sabréis, Melindres dio a luz hace cinco años y teme que los nobles de la corte puedan urdir alguna intriga que ponga en peligro el bienestar de los tres infantes. Ahora que son solo unos niños de cinco años, están protegidos entre muros y nodrizas, pero en cuanto empiecen a salir al mundo estarán expuestos a mayores peligros —explicó Nashel—. Por eso, la reina ha solicitado que prepare a conciencia a un par de fieles guerreras para que, cuando sus hijos alcancen la juventud y comiencen a abandonar la seguridad de su aposentos, sean  protegidos en todo momento.

—¿Qué debemos hacer? —preguntó Shuleyma ansiosa por conocer los detalles.

—Tendréis que instruiros —declaró la comandante—. Será una misión en la que tendréis que prepararos a fondo durante el próximo lustro. Sois astutas, hábiles y letales, pero habréis de pasar desapercibidas. Nadie deberá saber que sois las hermanas de la reina. Os haréis pasar por cortesanas y, desde la cercanía con los infantes que os dará vuestra posición, cuidaréis de nuestra hermana y su familia. Además —continuó— tengo otra misión especial para vosotras. Quiero que seáis mis ojos y mis oídos en la corte. Quiero saber absolutamente todo lo que ahí acontece. ¿Lo tenéis claro?

—Sí, hermana —asintieron las dos al unísono.

A la mañana siguiente, Shuaila y Shuleyma prepararon un pequeño zurrón y emprendieron la marcha hacia la Aldea Libre, donde comenzarían su preparación. El lugar indicado por Nashel era un famoso lupanar donde recibirían la primera parte de su instrucción. También recibieron una lista de ingredientes que debían recoger por el camino, parte del pago que Nashel había pactado con la que sería su anfitriona.

Atravesaron las peligrosas Marismas de la Confusión, donde Van Bakari y las temidas amazonas reinaban con terror. Gracias a sus habilidades, pasaron desapercibidas y pudieron recoger lirios de agua, flores de loto, nenúfares y diversos tipos de juncos en el sinuoso río; según imaginaron, hierbas necesarias para preparar elixires de fertilidad, abortivos y filtros de amor.

Al llegar, fueron recibidas por Kávila, una preciosa mujer rubia de severos ojos castaños, zíngara exiliada del clan que ahora trabajaba como celestina y regentaba el lupanar. Kávila aceptó instruir a las hermanas a cambio de protección, ingredientes para sus pociones y la recuperación de cierta reliquia zíngara.

Tras entregar la carta de Nashel, la celestina las condujo a su habitación.

—Como os ha informado vuestra hermana —declaró Kávila— estaréis a mi cuidado hasta que os convirtáis en verdaderas expertas en las artes amatorias. A cambio, deberéis cumplir con la entrega de las hierbas e ingredientes necesarios para mis brebajes y, al final de vuestra instrucción, la reliquia zíngara que me habéis prometido.

Las lecciones comenzaron de inmediato. Kávila les proveyó de ropajes cortesanos y les enseñó exóticas danzas y trucos de seducción. Shuleyma destacó en la danza donde brillaba por sus sensuales y sinuosos movimientos; mientras Shuaila se mostró especialmente capaz en persuadir a los clientes para que cumplieran sus deseos.

Durante los tres años que estuvieron al servicio de la zíngara en el lupanar, las hermanas aprendieron todo sobre el arte de la seducción, perfeccionando sus habilidades para la misión que Nashel les había encomendado.

Finalmente, llegó la última noche. El aire estaba cargado de una expectación mágica y misteriosa cuando Kávila se acercó a ellas, esperando el cumplimiento final del trato. Con reverencia, Shuaila y Shuleyma presentaron la reliquia: una antigua baraja de cartas zíngaras, llena de símbolos y runas, que emanaba una magia oscura y poderosa.

—Por fin han vuelto a mí las cartas de mi clan. Esta vez, nadie podrá arrebatármelas de nuevo —dijo Kávila, sus ojos brillando con una mezcla de alegría y determinación.

—Nuestro padre pagó un alto precio a Myrtille Lebeau, la coleccionista, para conseguirla —dijo Shuaila mientras entregaba la baraja con una voz cargada de tensión.

—Tuvo que entregarle una antigua piedra que estaba en posesión de los zíngaros desde hacía muchas generaciones. Se dice que esta formada de un mineral originario del mismo inframundo —añadió Shuleyma con una mezcla de solemnidad y resignación en su tono. Ambas hermanas sabían que el sacrificio de su padre había sido grande y que el intercambio no les favorecía, pero la importancia de su misión requería tales actos.

—Gracias, hijas de las arenas. Todos saben que no está en mi naturaleza de celestina hacer regalos —dijo irónicamente Kávila—, pero os habéis ganado mi favor. Permitidme ofreceros una visión del futuro para vuestra hermana, la reina.

Antes de que Suhaila y Shuleyma pudieran responder, Kávila abrió la baraja y, al instante, la atmósfera cambió. Un humo oscuro y denso llenó la habitación, sombras danzaban en las paredes y el aire se cargó de una energía siniestra. La celestina comenzó a pronunciar salmos antiguos de los zíngaros, sus ojos se pusieron en blanco y su voz resonó como si viniera desde las profundidades del Bosque de la Desconexión. Tomó tres cartas de la baraja y volteó las dos primeras: la carta del sol coronado y la del árbol cortado.

—“El infante no llegará a adulto —profirió con una voz cavernosa que ni siquiera recordaba a la que las hermanas estaban acostumbradas a escuchar en ella— y, por sus acciones, morirá ejecutado por alguien de sangre real.”

—Juramos por el Aguijón del Escorpión que transmitiremos la profecía a la reina —dijo Shuaila, y Shuleyma asintió con determinación.

—No tan deprisa, aún falta una carta —dijo volteando la última de trío que había extraído: la luna carmesí. La miró largamente y con curiosidad.

—Mmm… interesante —murmuró la zíngara.

—¿Qué sucede? —apremió Shuleyma.

—¿Son malas noticias? —preguntó a su vez Shuaila con expectación.

—Según esta carta —expuso Kávila— debéis tener en cuenta que solo podréis entregar el mensaje a la reina la luna antes del décimo cumpleaños de los infantes. Hasta entonces, deberéis mantener este conocimiento en secreto. Si no respetáis esta condición, os arriesgáis a que caiga sobre ellos una terrible maldición  —les advirtió con una voz cargada de misterio.

Las palabras flotaron en el aire antes de que la atmósfera volviera a la normalidad, y el humo y las sombras se disiparon como si hubieran sido absorbidos por los naipes. Las hermanas dialogaron con solemnidad.

—Entendido, maestra —asintió la Shuleyma con firmeza intercambiando una mirada con su hermana—. Guardaremos la profecía y la entregaremos en el momento justo.

—Nos aseguraremos de cumplir con esta misión, por el bien de nuestra hermana y de sus hijos —añadió Shualia reafirmando su compromiso.

Sabían que esta visión quizás podría evitar el infausto destino de su hermana y de los nómadas, y con esta nueva información, se prepararon para continuar su viaje y cumplir su misión.

190 – VIENTOS DE CAMBIO

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VIENTOS DE CAMBIO

Los aiseos estaban de celebración: las estrellas resplandecían con un color especial en el cielo de Calamburia, algo que nunca había sucedido antes. En el III Torneo, Galerna y Bóreas habían conseguido recuperar a Brisa, quien se desdobló de Ventisca, su alter ego del Inframundo. La familia se preparaba para regresar a Caelum y celebrar su victoria, pero justo cuando estaban a punto de emprender el viaje, la arboleda se oscureció con una bruma espesa y tormentosa. Peligrosos rayos serpentearon en el cielo y las brujas aparecieron de repente, extendiendo una maldición que los separó a todos, incluidos Galerna y Bóreas, dispersándolos por distintos rincones del reino.

La alegría se desvaneció rápidamente, reemplazada por la desesperación y el caos. Los aiseos estaban consternados y, a pesar de su calmado semblante, los consejeros reales empezaron a albergar dudas sobre la fortaleza del rey, temiendo que su estancia en el continente lo hubiese debilitado.

Pasaron meses de incertidumbre y búsqueda frenética. Galerna, usando su astucia y fuerza de voluntad, finalmente logró romper la maldición y regresar a Caelum. Su llegada fue recibida con alivio y alegría, aunque la ausencia de Bóreas seguía siendo una sombra sobre las celebraciones. Los días pasaron lentamente hasta que, un día, Bóreas también logró regresar, marcando el fin de la maldición de las brujas y un reencuentro lleno de emociones intensas y lágrimas de felicidad​.

El tiempo trajo consigo momentos de paz y celebración en Caelum. En medio de esta tranquilidad, el valeroso Eolo no dudó en organizar una gran fiesta para conmemorar el regreso del rey Bóreas.

Eolo, conocido por su destreza en el manejo de los vientos y su lealtad inquebrantable, era uno de los guerreros más valientes y respetados del reino celestial. Hijo de una línea noble de aiseos, había demostrado su valor en innumerables batallas y misiones. Su capacidad para manipular las corrientes de aire con una precisión letal lo hacía un aliado poderoso y un enemigo temido. Más allá de su maestría en combate, Eolo era admirado por su sabiduría y su profundo sentido del deber. Su figura, siempre erguida y majestuosa, inspiraba confianza y respeto entre los suyos. Cada uno de sus movimientos era una danza con el viento, una muestra de su afinidad innata con los elementos. Era, sin duda, el soltero más cotizado del reino.

Galerna, que nunca había sido inmune a los encantos del guerrero, no dudó en comenzar un romance. El amor entre Eolo y Galerna no fue solo una alianza estratégica para fortalecer el reino, sino una unión basada en un profundo afecto y respeto mutuo. Desde jóvenes, sus caminos se habían cruzado en diversas misiones y aventuras, forjando una conexión inquebrantable. La valentía de la princesa y su determinación para proteger a su pueblo habían capturado el corazón de Eolo. Por su parte, ella encontraba en el guerrero un apoyo constante, un compañero cuya lealtad y amor la impulsaban a ser mejor. Su relación era una danza de vientos donde cada uno complementaba las fuerzas y debilidades del otro, creando una sinfonía perfecta de poder y amor. Finalmente, en medio de la alegría y los festejos, Galerna y Eolo se unieron en matrimonio, consolidando aún más la unidad y fortaleza del reino. La ceremonia, cargada de simbolismo y bendecida por los vientos celestiales, fue un evento que los aiseos recordarían por generaciones.

Sin embargo, la aparente calma fue pronto interrumpida. Durante una incursión en el Templo de los Elementos, Galerna sufrió un accidente que casi le costó la vida. Rodeada de energías caóticas y fuerzas elementales descontroladas, cayó en un abismo oscuro. En ese momento crítico, cuando todo parecía perdido, una luz celestial la envolvió, conectándola directamente con Rea, la Titán del Aire.

La experiencia fue sobrecogedora. Transportada a un plano superior, la princesa se encontró con Rea, majestuosa y poderosa. La titán, con una voz resonante llena de sabiduría, le mostró visiones del pasado y del futuro, revelándole el verdadero poder y destino de los aiseos. Le habló del linaje sagrado de su raza, de su deber de proteger los cielos y de la necesidad de mantener su pureza y fortaleza. Galerna sintió cómo su cuerpo y su alma se llenaban de un poder renovado, una fuerza divina que le otorgaba la capacidad de controlar los elementos con una precisión y un poder nunca antes vistos. Al regresar al mundo mortal, había cambiado; no solo había sobrevivido a la prueba, sino que había emergido de ella más fuerte y más determinada que nunca.

El regreso de Galerna y sus revelaciones sacudieron Caelum. Aunque algunos se maravillaron con su nueva fuerza y determinación, el Consejo Real comenzó a desconfiar aún más de Bóreas. Creían que el tiempo que pasó en el continente lo había hecho más débil y susceptible a las influencias de los calamburianos, seres a los que los aiseos consideraban insignificantes.

Convencidos de que el rey ya no era apto para gobernar, los consejeros urdieron un plan arriesgado. Sabedores del odio que sentían las herederas hacia los terráneos y las ansias de Galerna por gobernar, convocaron un cónclave secreto en la suntuosa biblioteca del palacio. Allí, juraron fidelidad a la princesa si conseguía que su padre abdicase. La intriga y el suspense llenaban los pasillos del palacio creando un ambiente cargado de tensión y conspiraciones.

—¿Qué vamos a hacer, hermana? —preguntó Brisa tras la marcha de los consejeros.

—Quiero a Padre tanto como a ti —respondió Galerna—, pero es verdad que se ha desviado del camino. Su debilidad está desestabilizando el reino y los consejeros no dudarán en arrebatarle la corona. Además, ¡los calamburianos empiezan a vernos como a iguales y esto no puede ser!

—Padre no va a abdicar y lo sabes —aclaró la Dama Celeste—. Me ha confesado que está preocupado por ti y que no sabe si te cederá el trono. 

—Padre no ve la realidad. Jamás me ha creído y no creo que lo haga nunca —declaró Galerna dolida—. Cuando la Guardiana del Inframundo te engañó le avisé de que seguías viva y no me creyó hasta el último momento, cuando estuviste a punto de morir. He de confesarte algo: cuando bajamos al Templo de los Elementos y cogí el orbe del aire, se me apareció Rea, la Titán del aire. Me dijo que habíamos olvidado que era nuestra verdadera diosa y que la habíamos abandonado. Llevo desde entonces trabajando con Eolo para buscar una manera de liberar su esencia del orbe. 

—¿Rea se te apareció? —exclamó Brisa— Cuando estuve en el Inframundo leí algo sobre ella, pero no creía que fuese real. ¿Por qué no me dijiste nada antes?

—Porque temía que creyeses que estaba loca, como padre —sentenció Galerna.

Las dos hermanas estuvieron hablando hasta que vieron asomarse el sol por el este de la balaustrada de la biblioteca. Urdieron un plan secreto por el que Galerna heredaría la corona. A pesar de ser la hermana pequeña, era la única a la que los aiseos seguirían, pues el paso de Brisa por el Inframundo aún resonaba en los lugares más recónditos del reino.

No tuvieron que esperar mucho para poner en marcha su traición, ya que una semana después llegaron noticias sobre Calamburia: los Consejeros Oscuros habían hecho emerger un castillo tenebroso y habían coronado a Dorna, la destronada reina consorte, como soberana de la Oscuridad. Bóreas, preocupado por los sucesos y su posible repercusión en Caelum, hizo llamar a sus hijas para contarles lo sucedido y proponerles volver a bajar al continente. No obstante, las jóvenes no estaban dispuestas a abandonar el reino.

—No volveremos a bajar a Calamburia —se quejó Galerna mientras Brisa asentía—. Es una tierra maldita que debe desaparecer.

—Atended a razones —intentó explicar el rey. 

—¡No! —interrumpió Galerna— ¡Atiende tú a razones! ¡Este es nuestro reino y de aquí no nos moveremos! No me dejas otra salida, ¡tenemos que encerrarte!

—Hija, no tienes suficiente poder.

—Te equivocas —inquirió Galerna con los ojos humedecidos—. Cuando fuimos a recuperar los orbes elementales, se apareció Rea ante mí y me otorgó poderes inimaginables.

Con lágrimas en los ojos, Galerna comenzó a conjurar un ancestral hechizo que Rea le enseñó, encerrando al viejo rey en un trozo de nube que ambas hermanas guardaron con cariño en una cajita en su despacho. 

—Lo siento mucho, padre, no nos has dejado otra opción —sollozó la hermana menor.

Convocaron de nuevo a los consejeros reales para comunicarles la desaparición del rey y planear la coronación en secreto,  pues el resto de seres del aire debían creer que su padre se había retirado. Dos días después coronaron a Galerna reina de Caelum y a Eolo rey consorte.

Poco después del día de la ceremonia, la reina quedó encinta. No obstante, poco duraron las celebraciones. De repente apareció Brisa en el gran salón. Estaba muy alterada, decía que Ventisca, su alter ego del Inframundo, trataba de comunicarse con ella e informarle de un inminente peligro. Tenía que volver a bajar al continente para solucionar el problema. En ese mismo instante, los reyes y los sirvientes empezaron a cerrar los ojos y caerse al suelo en un profundo sueño. En su arrogancia, habían dejado de prestar atención a los sucesos del continente, creyendo que estos nunca les afectarían a ellos; pero en ese momento los elfos habían lanzado un conjuro de sueño que alcanzó desde el lugar más recóndito de los mares hasta los mismísimos cielos​.

Pasaron varios meses hasta que despertaron desorientados. Galerna fue desesperada en busca de su hermana, aunque no creía que le fuese a encontrar, pues no sentía su presencia. Sumida en su depresión, la reina desatendió sus quehaceres, a su marido y hasta su embarazo.

Mientras tanto, Brisa había desaparecido en su búsqueda de Ventisca, observando escondida los terribles eventos que ocurrían en el Inframundo. Cuando finalmente regresó, su mirada reflejaba los horrores que había presenciado. Brisa reveló a Galerna y a los consejeros que Ventisca estaba atrapada en el tiempo y el espacio, y que los demonios habían elegido a una nueva Guardiana del Inframundo. Esta nueva emperatriz ya no contaba con Ventisca como consejera y nunca la podrían recuperar. Poco a poco, al desconectarse de su maligno alter ego, Brisa fue recuperando la luz que nunca debió abandonarla​.

Galerna, impulsada por la urgencia de la situación y a pesar de su embarazo avanzado, se encontró un día escuchando un tintineo de campana que resonaba en su mente. Ese sonido la condujo a la Arboleda de Catch-Unsum, donde fue elegida como Ser de Luz. A pesar de su estado, la dueña de las borrascas decidió ir sola a la arboleda para enfrentarse a las fuerzas oscuras. Allí, en medio de la batalla, conoció a Evolet, la Emperatriz de la que le había hablado su hermana​.

La batalla fue feroz, con los seres de la oscuridad desplegando todo su poder. Sin embargo, Galerna se erigió como un faro de luz en medio de la oscuridad, blandiendo el poder otorgado por Rea. Sus ataques eran precisos y devastadores, y con cada movimiento, parecía encarnar la furia de los vientos y la pureza de los cielos. Su embarazo no fue un impedimento, sino un catalizador que intensificó su deseo de proteger su reino y a su familia.

Después de una ardua pelea, los seres de la luz prevalecieron. La victoria fue amarga, pues muchos valientes cayeron, pero el reino de Caelum se salvó de una destrucción segura. Exhausta pero victoriosa, Galerna regresó al palacio, donde dio a luz a su hijo, Céfiro. Se trataba de un niño de unos preciosos ojos azules al que todo el mundo quería. Todos los aiseos celebraron con júbilo el nacimiento del que algún día heredaría el trono celestial.


Los años pasaron y el pequeño príncipe fue creciendo rodeado de amor y todo tipo de lujos. Pasaba los días con su padre, de quien aprendía Historia, Diplomacia, Vuelo, Conjuración de Vientos y otros menesteres propios de los gobernantes celestes. Por las noches, siempre acudía su tía Brisa a relatarle las maravillosas aventuras que su madre había vivido cuando bajó al continente para salvarle de las garras de la Guardiana del Inframundo. A él le fascinaban esas historias tanto como los terráneos a los que siempre observaba desde la balaustrada de la biblioteca. A su corta edad de cinco años ya había decidido seguir los pasos de su madre: bajaría a Calamburia y la recorrería entera. Sólo tenía que convencer a sus padres.

—Cuando sea mayor bajaré al continente, como madre —solía decir.

—Calamburia es un reino muy peligroso —le explicaba su padre— y sus habitantes son seres inferiores. No debemos mezclarnos con ellos. No olvides nunca que fueron ellos los que corrompieron las almas de tu tía y tu abuelo.

Sus padres le hablaban siempre acerca de los peligros que acechaban bajo los cielos y la corrupción en el alma de los terráneos, pero a él le fascinaba la vida de aquellos seres. Mientras el resto de niños se divertían jugando entre las nubes, el pequeño Céfiro observaba el mundo de abajo y se inventaba heroicas historias en las que dejaba Caelum, luchaba contra monstruos, surcaba los mares o simplemente cosechaba la tierra. Tal era la obsesión que tenía el muchacho por los calamburianos, que un día el Consejo Real pidió a la reina que le encomendase la educación del infante al propio consejo en lugar de su padre, al que consideraban demasiado indulgente​.

Fue entonces cuando Galerna decidió hablar con su marido durante la cena para contarle la propuesta. Sin embargo, el rey era conocedor del gran desprecio del Consejo Real hacia los calamburianos y anticipaba el rechazo que el pequeño sentiría hacia sus nuevos tutores. Había que buscar una solución.

—Sólo van a conseguir que se obceque aún más en bajar a Calamburia —dijo Eolo mirando a su hermosa mujer.

—Lo sé —respondió la reina apenada—, pero, ¿qué otra cosa podemos hacer?

—Bajar a Calamburia y que lo vea con sus propios ojos —respondió Eolo.

—¿Te has chocado con un cumulonimbo? —exclamó Galerna— ¿No recuerdas lo que les pasó a mi hermana y a mi padre? ¡Se corrompieron y nunca volverán a ser los mismos!

—Lo sé, pero se pasa el día entero soñando con las historias que le cuentan sobre tu familia y cuando bajasteis al continente. Además, es igual de testarudo que tú y si no cortamos rápido su obsesión es capaz de escaparse él solo. O aún peor, si consigues detenerle, ¿qué sucederá cuando sea rey y ya no podamos controlarlo?

—No puedo dejaros bajar a Calamburia —apostilló ella—. Es un reino perdido que debería desaparecer. No sale nada bueno de ahí y nunca lo hará. Vuestro lugar está en el cielo con el resto de aiseos.

Galerna dio la discusión por zanjada y ambos fueron, como cada atardecer, a darle las buenas noches a su pequeño. Como siempre, lo encontraron asomado a la balaustrada de la biblioteca, mirando las luces del continente que se extendía a millas bajo sus pies.

—¡Creo que hay una fiesta! Hay más luces de lo habitual —dijo el pequeño—. ¿Fuiste a celebraciones cuando bajaste al Continente?

—Debe ser el anuncio del Torneo —respondió Galerna agotada. 

—¿El torneo en el que participaste? ¿Cómo es ir a la arboleda y ver al resto? ¿Qué sentiste al ganar? ¿A qué sabe la Esencia de la Divinidad? ¡Necesito saberlo todo!

Céfiro empezó a emocionarse mucho, sus ojos resplandecían aún más, dejando ver la admiración que sentía hacia su madre y su deseo de vivir las mismas aventuras que ella. Su boca se abría en una gran sonrisa imposible de borrar, sus mejillas se sonrojaban por la excitación, su respiración era cada vez más agitada, como si en cualquier momento fuese a salir volando hacia la Arboleda de Catch-Unsum​.

Céfiro y Eolo serían los representantes de los aiseos en el torneo, listos para enfrentar cualquier desafío que se les presentara. Galerna, aunque preocupada, sabía que esta era una oportunidad crucial para que su hijo conociera el mundo que tanto anhelaba conocer y demostrara su valía como futuro líder. La decisión estaba tomada, y con un último abrazo lleno de esperanza y fortaleza, los tres se despidieron sabiendo que el destino de Caelum y Calamburia estaban en juego.
Mientras los veía alejarse, las dudas invadieron su mente. ¿Era correcto seguir los designios del falso Titán, que no era Rea? La conexión con su diosa le había otorgado poderes y visión, pero también le había mostrado la fragilidad de sus decisiones. Reflexionaba sobre el equilibrio entre proteger a su pueblo y cuestionar la autoridad de aquellos que no veneraban a la Titán del Aire.

Galerna observaba la partida de su familia, su figura destacándose entre las nubes de Caelum. En sus manos sostenía la nube en la que había encerrado a su padre, símbolo de las difíciles decisiones que había tomado por el bien del reino. Los vientos susurraban a su alrededor, llevando sus pensamientos y oraciones hacia los valientes que se dirigían al Torneo del Titán. Con cada paso que daban, sentía una mezcla de orgullo y temor, confiando en que regresarían triunfantes y fortalecidos.

189 – UN PAR DE OJOS EN LA FRONTERA

Personajes que aparecen en este Relato

UN PAR DE OJOS EN LA FRONTERA

La Torre de Scuchaín era un templo del saber en el que aprendices, impromagos y eruditos dedicaban cada día de su vida al estudio del mundo y sus secretos. No obstante, el archimago y la directora de la escuela concedían un único día de descanso al año, en el que todos los residentes de la torre dejaban sus quehaceres y se dedicaban a comer, charlar y bailar: el día de la graduación. Tras aprobar los exámenes finales de la torre, se celebraba una fiesta en honor a los nuevos impromagos, un reconocimiento a su duro trabajo antes de asignarles un destino. Anaid y Tasac habían sido los mejores de su promoción y, como tales, el centro de todas las miradas.

Descendiente de dos de las más prestigiosas familias magas e hija de dos históricos profesores de la propia escuela de magia, Anaid fue un portento desde pequeña. Antes de aprender a caminar, la niña ya podía articular rudimentarios hechizos. Cuando por fin pudo empezar sus estudios, todos los profesores alababan sus habilidades, lo que avivó su sentimiento de superioridad así como el rechazo de sus compañeros. Se convirtió en una niña solitaria a la que sólo le interesaba demostrar que era la mejor. 

Un día, el Archimago le mandó llamar a su despacho. Iba a llegar un nuevo estudiante y quería que ella le enseñase la escuela y le ayudase a integrarse. Él afirmaba que acabarían siendo grandes amigos, como él mismo y Minerva lo fueron desde que entraron en la escuela como jóvenes estudiantes de erudición. Su nombre era Tasac y se trataba de un muchacho esquivo y tan solitario como ella, que provenía de las tierras salvajes. Según le había contado Kórux, su madre había muerto durante el parto y su padre, el chamán más poderoso de Calamburia, había desaparecido recientemente. En los pasillos de la torre, se murmuraba que se había sacrificado para salvar Calamburia dejando huérfano al pobre niño.

Como el archimago predijo, los dos jóvenes encajaron en seguida: mientras él le descubría a Anaid los secretos mágicos de la naturaleza, asignatura algo olvidada en la torre arcana, ella le entrenaba en el uso de la varita. Ella siempre decía que le toleraba porque era “la única mente despierta entre los estudiantes de la escuela”, mientras que él apreciaba la tranquilidad de estar juntos sin tener que prestarse atención. Aunque su orgullo le impedía reconocerlo, se habían convertido en una pareja inseparable que aspiraba a viajar al mundo faérico y estudiar las misteriosas criaturas fantásticas que lo habitaban. Siendo sus padres expertos profesores de la torre, Anaid quería destacar en un campo nuevo en el que no tuviese competencia —como su hermano mayor había hecho eligiendo la Rama Alquímica— y Tasac le había enseñado a apreciar la naturaleza y sus criaturas. Por su parte, su compañero prefería, llegado el momento, vivir en la apacible tranquilidad del Bosque Mágico antes que rodeado del insoportable parloteo de la gente. 

Minerva Sibyla —la directora de la escuela de Impromagia— estaba tranquilamente en su despacho cuando llegó una carta. Era de Aodhan, un antiguo estudiante de la torre que, al no superar los exámenes, fue destinado a dirigir la patrulla de guardabosques que vigilaba las puertas entre Calamburia y el mundo faérico.

Estimada Minerva,

Espero que estéis todos bien en Skuchaín. Sin embargo, me temo que no te escribo con buenas noticias: tras casi diez años de relativa estabilidad, el mundo faérico está volviendo a descontrolarse. Habíamos conseguido estabilizar la situación, pero los portales se abren por doquier a toda clase de criaturas que cruzan a nuestro lado sin control. Temo que esta situación termine  desestabilizando el continente entero e incluso el equilibrio de la magia entre los mundos. Necesitamos ayuda; cada vez somos menos y tenemos más problemas. Mi propia hija está todo el día persiguiendo portales. Os suplicamos que nos enviéis apoyo urgente.

Atentamente,

Aodhan

La directora palideció y fue corriendo en busca de Gónagan y Férula, padres de Anaid. Se los encontró en la sala de profesores preparando sus clases.

—¡Tengo que hablar urgentemente con vosotros! —exclamó sin aliento—. Aodhan, el guardabosques, ha escrito. La situación en la frontera se está descontrolando; cada día se abren decenas de portales de la nada y no son suficientes para cerrarlos. Nos pide ayuda, teme que los seres faéricos invadan Calamburia.

—Si las criaturas faéricas empiezan a cruzar, romperán la estabilidad del continente  —inquirió Férula mientras se colocaba los anteojos—. ¡Hay que procurar cerrarlos lo antes posible, si vuelven a entrar en masa no sé si podremos contenerlos! ¡Podría desencadenarse un nuevo cataclismo!

—Pero querida —apuntó Gónagan, su marido, atusándose el bigote—, nosotros no podemos ausentarnos ahora. Recuerda que este año nos comprometimos a organizar la fiesta de graduación.

—¡Por las barbas de Theodus, lo había olvidado! —se lamentó la directora golpeándose la frente con la palma de la mano—. Necesito que alguien vaya a controlarlo, ¡pero no tengo a nadie! Grahim está supervisando la reparación de los túneles faéricos dañados por la plaga de topos arcanos, Trai al mando de la seguridad de los festejos del décimo cumpleaños de los príncipes, Kórux y yo apagando fuegos por todo el continente y vosotros… —añadió casi con compasión— ya tenéis suficiente con lidiar con esa tropa de adolescentes exaltados.

—Podemos suspender el acto —sugirió Férula—. Tendrán que entender que es una cuestión de prioridades.

—¡De ninguna manera! —se opuso Minerva—. Han trabajado muy duro este año. ¡Se merecen su acto de graduación! Sin tan solo hubiera alguien dispuesto a…

Aunque nadie se había percatado, la joven Anaid se hallaba en el quicio de la puerta, desde donde había escuchado toda la conversación. Estaba más que exaltada. ¡Era su oportunidad! Era su ocasión para ayudar, impresionar a sus padres y, de pasada, ¿quién sabe? Quizás hasta cruzar al mundo faérico. No era propio de ella interrumpir a la directora, pero no podía dejar pasar aquella clara oportunidad.

—¡Iremos nosotros! —exclamó entrando en la habitación—. Tasac y yo estamos preparados y los dos queremos especializarnos en estudios faéricos.

—Pero hija,os perderíais vuestra fiesta —observó Gónagan con tristeza.

—No nos importa, Tasac y yo no soportamos estar con demasiada  gente.

—Pasando por alto vuestra preocupante misantropía, sois demasiado jóvenes —objetó Férula cruzando los brazos—, no tenéis la experiencia necesaria para esta misión.

—Pero el guardabosques sí —respondió la joven—, y si vemos que no podemos controlarlo podemos llamar rápido a Kórux.

—No es muy ortodoxo, pero no es mala idea —convino Minerva que, aunque no quería mandar a dos recién graduados a un lugar tan peligroso, sabía que no le quedaba otra opción. Necesitaban un par de ojos en la frontera—. Pero si ocurre algo raro, llamad a Kórux sin dudarlo. Esto no es negociable.

Aunque Anaid, desde el principio, había decidido evitar recurrir al archimago, aceptó las condiciones de la directora. Sabía que era la única forma de convencerla para que les dejase ir y nadie podía tomarse las advertencias de Minerva Sibyla a la ligera. Fue entonces corriendo al jardín a contárselo a su compañero que, como de costumbre, estaba paseando entre la maleza buscando bayas y hojas para sus pociones. Cuando le dio la noticia, Tasac dio un grito de alegría y, sin atender a más explicaciones, se dirigió a su habitación a preparar el zurrón.

A la mañana siguiente, los dos jóvenes iniciaron su viaje. Decidieron atravesar las Marismas de la Confusión, donde debían encontrarse con el jefe de los guardabosques y continuar el camino con ellos hasta su destino final. Tardaron dos días en llegar al punto de encuentro. Se trataba de un lugar lúgubre, cuyos árboles eran tan altos y frondosos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Tuvieron que atravesarlo evitando el poblado de las fieras amazonas, pero pudieron pasar inadvertidos gracias a los conocimientos de Tasac sobre la naturaleza y los bosques. Ahí les esperaban Aodhan y su hija Brianna. Ambos eran altos, él de pelo cano y ella castaña ataviados con ropajes abrigados verdes que les permitía pasar inadvertidos. Tras las debidas presentaciones cenaron, organizaron el resto del viaje y se fueron a dormir. 

Apenas habían cerrado los ojos cuando Tasac oyó el silbido de una cerbatana. Avisó a sus compañeros y todos hicieron un círculo de protección. Una amazona los acechaba desde los árboles. Se movía con tal agilidad que les resultaba imposible acertar sus hechizos. Los dardos volaban por doquier: uno, luego otro, tres más. Estaban acorralados, no iban a resistir mucho más. De repente, Brianna salió del círculo de protección y lanzó un rudimentario hechizo que deslumbró y desorientó a su atacante; pero era demasiado tarde. Se había expuesto y la amazona no había dudado en lanzar un último dardo que fue a parar en el corazón de la joven. Aodhan, destrozado, echó a correr tras la asesina de su hija, pero Anaid lo detuvo con un hechizo del sueño, mientras Tasac lanzaba otro de camuflaje. Aquella amazona era implacable y debían huir. Se zafaron corriendo y salieron de las marismas arrastrando al guardabosques. Estaban a salvo, pero tuvieron que sedar a Aodhan el resto del viaje. 

Tardaron cuatro días más en llegar a su destino y, una vez allí,  informaros al resto de los guardabosques de lo sucedido. Al enterarse de la muerte de la joven, Ranulf, un experimentado cazador al que los guardabosques habían acudido cuando los portales empezaron a descontrolarse, entró en cólera. Amaba a aquella muchacha y aunque ella no le correspondía, siempre había albergado esperanzas de casarse con ella algún día. Esa amazona le había arrebatado lo que más quería y, en respuesta, juró que se vengaría costase lo que costase.  

Tal y como les avisaron, se abrían un sinfín de portales, permitiendo que las criaturas faéricas penetrasen furtivamente en Calamburia. Bandadas de zizzers pululaban en la inmediaciones y algún miembro de la partida afirmó haber visto la cabeza de un jinni de brea tratando de penetrar por un portal demasiado pequeño para su inmenso cuerpo ardiente. Sin más dilación, se pusieron a trabajar en equipo y mientras los guardabosques contenían las puertas, los impromagos evitaban que se abrieran nuevas.

Se hallaban luchando contra unos impetuosos zizzers cuando, de repente, recibieron una misión más urgente desde la Torre Arcana: tenían que abrir de inmediato un portal lo bastante grande y estable para permitir que cruzasen las criaturas faéricas que habían sido llamadas a participar en el Torneo del Titán. A ellos les habría encantado poder acudir y visitar la arboleda de Catch-Unsum, pero ese era un privilegio reservado a unos pocos. Esa mañana abrieron una puerta y de ella salieron varias parejas: estaban convocados los unicornios —la resplandeciente Dama Añil y su consorte—, los faunos —el poderoso Quercus y la altiva Dama Esmeralda—, tres de las reverendas Ancianas Faéricas —Tyria, Kyara y Melusina— y los tres enanos de la forja arcana —Isaz, Dagaz y su padre Otalan, Señor de los Túneles. Todos cruzaron el portal sin incidentes pero, justo antes de cerrarlo, pudieron oír alto y claro una estridente carcajada que heló la sangre de todos los presentes. ¿De donde provendría aquella extraña risa de aire maléfico que parecía retumbar por los canales mágicos? Olvidaron el incidente y pasaron la noche bebiendo cerveza enana al calor de la hoguera, escuchando las canciones de Édera, la dama de los faunos y las historias pretéritas de las ancianas, de cuando cruzaron a Calamburia años atrás antes del II Cataclismo. Aún sin haber cruzado al Mundo Faérico, Anaid y Tasac se sintieron, por una noche, como si ya estuvieran en él. 

A la mañana siguiente, vieron marchar a los seres faéricos con gran pesar, ya que les habría gustado poder conocerlos más, pero tenían que seguir con su misión. Estaban haciendo su ronda matutina cuando, de repente, apareció un jinete misterioso.

—¡Por fin os encuentro! —dijo Minerva Sibyla descubriendo su rostro y desmontando su caballo—. Han llegado estas cartas para vosotros. Tienen la distinción del torneo, ¡creo que son invitaciones!

Los dos se abalanzaron sobre ella para abrir los sobres. En efecto, ¡iban a participar en el Torneo de Calamburia! De repente les invadió la felicidad que se siente al emprender una nueva aventura, a sabiendas de que será la más memorable de las vividas hasta ahora.