189 – UN PAR DE OJOS EN LA FRONTERA

Personajes que aparecen en este Relato

UN PAR DE OJOS EN LA FRONTERA

La Torre de Scuchaín era un templo del saber en el que aprendices, impromagos y eruditos dedicaban cada día de su vida al estudio del mundo y sus secretos. No obstante, el archimago y la directora de la escuela concedían un único día de descanso al año, en el que todos los residentes de la torre dejaban sus quehaceres y se dedicaban a comer, charlar y bailar: el día de la graduación. Tras aprobar los exámenes finales de la torre, se celebraba una fiesta en honor a los nuevos impromagos, un reconocimiento a su duro trabajo antes de asignarles un destino. Anaid y Tasac habían sido los mejores de su promoción y, como tales, el centro de todas las miradas.

Descendiente de dos de las más prestigiosas familias magas e hija de dos históricos profesores de la propia escuela de magia, Anaid fue un portento desde pequeña. Antes de aprender a caminar, la niña ya podía articular rudimentarios hechizos. Cuando por fin pudo empezar sus estudios, todos los profesores alababan sus habilidades, lo que avivó su sentimiento de superioridad así como el rechazo de sus compañeros. Se convirtió en una niña solitaria a la que sólo le interesaba demostrar que era la mejor. 

Un día, el Archimago le mandó llamar a su despacho. Iba a llegar un nuevo estudiante y quería que ella le enseñase la escuela y le ayudase a integrarse. Él afirmaba que acabarían siendo grandes amigos, como él mismo y Minerva lo fueron desde que entraron en la escuela como jóvenes estudiantes de erudición. Su nombre era Tasac y se trataba de un muchacho esquivo y tan solitario como ella, que provenía de las tierras salvajes. Según le había contado Kórux, su madre había muerto durante el parto y su padre, el chamán más poderoso de Calamburia, había desaparecido recientemente. En los pasillos de la torre, se murmuraba que se había sacrificado para salvar Calamburia dejando huérfano al pobre niño.

Como el archimago predijo, los dos jóvenes encajaron en seguida: mientras él le descubría a Anaid los secretos mágicos de la naturaleza, asignatura algo olvidada en la torre arcana, ella le entrenaba en el uso de la varita. Ella siempre decía que le toleraba porque era “la única mente despierta entre los estudiantes de la escuela”, mientras que él apreciaba la tranquilidad de estar juntos sin tener que prestarse atención. Aunque su orgullo le impedía reconocerlo, se habían convertido en una pareja inseparable que aspiraba a viajar al mundo faérico y estudiar las misteriosas criaturas fantásticas que lo habitaban. Siendo sus padres expertos profesores de la torre, Anaid quería destacar en un campo nuevo en el que no tuviese competencia —como su hermano mayor había hecho eligiendo la Rama Alquímica— y Tasac le había enseñado a apreciar la naturaleza y sus criaturas. Por su parte, su compañero prefería, llegado el momento, vivir en la apacible tranquilidad del Bosque Mágico antes que rodeado del insoportable parloteo de la gente. 

Minerva Sibyla —la directora de la escuela de Impromagia— estaba tranquilamente en su despacho cuando llegó una carta. Era de Aodhan, un antiguo estudiante de la torre que, al no superar los exámenes, fue destinado a dirigir la patrulla de guardabosques que vigilaba las puertas entre Calamburia y el mundo faérico.

Estimada Minerva,

Espero que estéis todos bien en Skuchaín. Sin embargo, me temo que no te escribo con buenas noticias: tras casi diez años de relativa estabilidad, el mundo faérico está volviendo a descontrolarse. Habíamos conseguido estabilizar la situación, pero los portales se abren por doquier a toda clase de criaturas que cruzan a nuestro lado sin control. Temo que esta situación termine  desestabilizando el continente entero e incluso el equilibrio de la magia entre los mundos. Necesitamos ayuda; cada vez somos menos y tenemos más problemas. Mi propia hija está todo el día persiguiendo portales. Os suplicamos que nos enviéis apoyo urgente.

Atentamente,

Aodhan

La directora palideció y fue corriendo en busca de Gónagan y Férula, padres de Anaid. Se los encontró en la sala de profesores preparando sus clases.

—¡Tengo que hablar urgentemente con vosotros! —exclamó sin aliento—. Aodhan, el guardabosques, ha escrito. La situación en la frontera se está descontrolando; cada día se abren decenas de portales de la nada y no son suficientes para cerrarlos. Nos pide ayuda, teme que los seres faéricos invadan Calamburia.

—Si las criaturas faéricas empiezan a cruzar, romperán la estabilidad del continente  —inquirió Férula mientras se colocaba los anteojos—. ¡Hay que procurar cerrarlos lo antes posible, si vuelven a entrar en masa no sé si podremos contenerlos! ¡Podría desencadenarse un nuevo cataclismo!

—Pero querida —apuntó Gónagan, su marido, atusándose el bigote—, nosotros no podemos ausentarnos ahora. Recuerda que este año nos comprometimos a organizar la fiesta de graduación.

—¡Por las barbas de Theodus, lo había olvidado! —se lamentó la directora golpeándose la frente con la palma de la mano—. Necesito que alguien vaya a controlarlo, ¡pero no tengo a nadie! Grahim está supervisando la reparación de los túneles faéricos dañados por la plaga de topos arcanos, Trai al mando de la seguridad de los festejos del décimo cumpleaños de los príncipes, Kórux y yo apagando fuegos por todo el continente y vosotros… —añadió casi con compasión— ya tenéis suficiente con lidiar con esa tropa de adolescentes exaltados.

—Podemos suspender el acto —sugirió Férula—. Tendrán que entender que es una cuestión de prioridades.

—¡De ninguna manera! —se opuso Minerva—. Han trabajado muy duro este año. ¡Se merecen su acto de graduación! Sin tan solo hubiera alguien dispuesto a…

Aunque nadie se había percatado, la joven Anaid se hallaba en el quicio de la puerta, desde donde había escuchado toda la conversación. Estaba más que exaltada. ¡Era su oportunidad! Era su ocasión para ayudar, impresionar a sus padres y, de pasada, ¿quién sabe? Quizás hasta cruzar al mundo faérico. No era propio de ella interrumpir a la directora, pero no podía dejar pasar aquella clara oportunidad.

—¡Iremos nosotros! —exclamó entrando en la habitación—. Tasac y yo estamos preparados y los dos queremos especializarnos en estudios faéricos.

—Pero hija,os perderíais vuestra fiesta —observó Gónagan con tristeza.

—No nos importa, Tasac y yo no soportamos estar con demasiada  gente.

—Pasando por alto vuestra preocupante misantropía, sois demasiado jóvenes —objetó Férula cruzando los brazos—, no tenéis la experiencia necesaria para esta misión.

—Pero el guardabosques sí —respondió la joven—, y si vemos que no podemos controlarlo podemos llamar rápido a Kórux.

—No es muy ortodoxo, pero no es mala idea —convino Minerva que, aunque no quería mandar a dos recién graduados a un lugar tan peligroso, sabía que no le quedaba otra opción. Necesitaban un par de ojos en la frontera—. Pero si ocurre algo raro, llamad a Kórux sin dudarlo. Esto no es negociable.

Aunque Anaid, desde el principio, había decidido evitar recurrir al archimago, aceptó las condiciones de la directora. Sabía que era la única forma de convencerla para que les dejase ir y nadie podía tomarse las advertencias de Minerva Sibyla a la ligera. Fue entonces corriendo al jardín a contárselo a su compañero que, como de costumbre, estaba paseando entre la maleza buscando bayas y hojas para sus pociones. Cuando le dio la noticia, Tasac dio un grito de alegría y, sin atender a más explicaciones, se dirigió a su habitación a preparar el zurrón.

A la mañana siguiente, los dos jóvenes iniciaron su viaje. Decidieron atravesar las Marismas de la Confusión, donde debían encontrarse con el jefe de los guardabosques y continuar el camino con ellos hasta su destino final. Tardaron dos días en llegar al punto de encuentro. Se trataba de un lugar lúgubre, cuyos árboles eran tan altos y frondosos que apenas dejaban pasar la luz del sol. Tuvieron que atravesarlo evitando el poblado de las fieras amazonas, pero pudieron pasar inadvertidos gracias a los conocimientos de Tasac sobre la naturaleza y los bosques. Ahí les esperaban Aodhan y su hija Brianna. Ambos eran altos, él de pelo cano y ella castaña ataviados con ropajes abrigados verdes que les permitía pasar inadvertidos. Tras las debidas presentaciones cenaron, organizaron el resto del viaje y se fueron a dormir. 

Apenas habían cerrado los ojos cuando Tasac oyó el silbido de una cerbatana. Avisó a sus compañeros y todos hicieron un círculo de protección. Una amazona los acechaba desde los árboles. Se movía con tal agilidad que les resultaba imposible acertar sus hechizos. Los dardos volaban por doquier: uno, luego otro, tres más. Estaban acorralados, no iban a resistir mucho más. De repente, Brianna salió del círculo de protección y lanzó un rudimentario hechizo que deslumbró y desorientó a su atacante; pero era demasiado tarde. Se había expuesto y la amazona no había dudado en lanzar un último dardo que fue a parar en el corazón de la joven. Aodhan, destrozado, echó a correr tras la asesina de su hija, pero Anaid lo detuvo con un hechizo del sueño, mientras Tasac lanzaba otro de camuflaje. Aquella amazona era implacable y debían huir. Se zafaron corriendo y salieron de las marismas arrastrando al guardabosques. Estaban a salvo, pero tuvieron que sedar a Aodhan el resto del viaje. 

Tardaron cuatro días más en llegar a su destino y, una vez allí,  informaros al resto de los guardabosques de lo sucedido. Al enterarse de la muerte de la joven, Ranulf, un experimentado cazador al que los guardabosques habían acudido cuando los portales empezaron a descontrolarse, entró en cólera. Amaba a aquella muchacha y aunque ella no le correspondía, siempre había albergado esperanzas de casarse con ella algún día. Esa amazona le había arrebatado lo que más quería y, en respuesta, juró que se vengaría costase lo que costase.  

Tal y como les avisaron, se abrían un sinfín de portales, permitiendo que las criaturas faéricas penetrasen furtivamente en Calamburia. Bandadas de zizzers pululaban en la inmediaciones y algún miembro de la partida afirmó haber visto la cabeza de un jinni de brea tratando de penetrar por un portal demasiado pequeño para su inmenso cuerpo ardiente. Sin más dilación, se pusieron a trabajar en equipo y mientras los guardabosques contenían las puertas, los impromagos evitaban que se abrieran nuevas.

Se hallaban luchando contra unos impetuosos zizzers cuando, de repente, recibieron una misión más urgente desde la Torre Arcana: tenían que abrir de inmediato un portal lo bastante grande y estable para permitir que cruzasen las criaturas faéricas que habían sido llamadas a participar en el Torneo del Titán. A ellos les habría encantado poder acudir y visitar la arboleda de Catch-Unsum, pero ese era un privilegio reservado a unos pocos. Esa mañana abrieron una puerta y de ella salieron varias parejas: estaban convocados los unicornios —la resplandeciente Dama Añil y su consorte—, los faunos —el poderoso Quercus y la altiva Dama Esmeralda—, tres de las reverendas Ancianas Faéricas —Tyria, Kyara y Melusina— y los tres enanos de la forja arcana —Isaz, Dagaz y su padre Otalan, Señor de los Túneles. Todos cruzaron el portal sin incidentes pero, justo antes de cerrarlo, pudieron oír alto y claro una estridente carcajada que heló la sangre de todos los presentes. ¿De donde provendría aquella extraña risa de aire maléfico que parecía retumbar por los canales mágicos? Olvidaron el incidente y pasaron la noche bebiendo cerveza enana al calor de la hoguera, escuchando las canciones de Édera, la dama de los faunos y las historias pretéritas de las ancianas, de cuando cruzaron a Calamburia años atrás antes del II Cataclismo. Aún sin haber cruzado al Mundo Faérico, Anaid y Tasac se sintieron, por una noche, como si ya estuvieran en él. 

A la mañana siguiente, vieron marchar a los seres faéricos con gran pesar, ya que les habría gustado poder conocerlos más, pero tenían que seguir con su misión. Estaban haciendo su ronda matutina cuando, de repente, apareció un jinete misterioso.

—¡Por fin os encuentro! —dijo Minerva Sibyla descubriendo su rostro y desmontando su caballo—. Han llegado estas cartas para vosotros. Tienen la distinción del torneo, ¡creo que son invitaciones!

Los dos se abalanzaron sobre ella para abrir los sobres. En efecto, ¡iban a participar en el Torneo de Calamburia! De repente les invadió la felicidad que se siente al emprender una nueva aventura, a sabiendas de que será la más memorable de las vividas hasta ahora.


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