179 – EL EXILIO FAÉRICO II

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EL EXILIO FAÉRICO II

Karianna, la Dama Blanca, contempló un instante a su amante Hábasar que, dentro del inestable campo de protección y junto a otros seres faéricos, trataba de liberar el cuerpo del pobre enano que había sido sepultado por el desprendimiento de una enorme columna. Luego, la poderosa unicornia llevó sus ojos a su hijo Yardan, el fruto de su amor prohibido con el príncipe de las hadas, que contemplaba la escena con el estoicismo fruto de la sugestión del hechizo de la ondina. Por él, fruto del más profundo amor, logró Karianna sacar fuerzas de su flaqueza y tomar la determinación de liderar a su pueblo en aquella nueva crisis. «¿Pero cómo?», se preguntó inevitablemente. Si se hallaban ante un nuevo cataclismo y no contaban con el apoyo del Druida Supremo Öthyn y su poderosa magia, ¿cómo iba a salvar a su gente del desastre? Pensó en utilizar todo su poder para tratar de neutralizar el cataclismo, pero sabía que ni siquiera ella, la gran Dama Blanca, podía lograr tal cosa sin ponerse en el más serio de los riesgos. Un torrente lo suficientemente grande de magia pura y desbocada era capaz de consumir a cualquier ser faérico por poderoso que este fuera. Si lo intentaba, se consumiría y moriría irremediablemente. Hábasar no lo soportaría y Yardan se vería obligado a crecer sin una madre. Sin embargo, estaba dispuesta a sacrificar su propia existencia por intentar salvar la de ellos y la de su pueblo.

Alzó el báculo con determinación dispuesta a inmolarse por el bien de todo lo que amaba, pero entonces, en el momento justo, se abrió un portal en el centro de la sala, dentro de la seguridad del hechizo de protección del Círculo de Ancianas. De él, emergió el druida Drëgo, aprendiz de Öthyn, que entró de un salto mientras el portal se cerraba con presteza y rodó por el suelo.

—¡Justo a tiempo! —exclamó Drëgo levantándose mientras se sacudía el polvo.

Al levantar la vista por vez primera, se sintió sorprendido al encontrarse sumido en medio de semejante caos.

—¡Druida! —exclamó la Dama Blanca interrumpiendo su hechizo al recuperar la esperanza de encontrar una alternativa a la muerte—. Menos mal que has llegado. ¿Qué ha sido de Öthyn? ¿Qué sucede? Dinos qué debemos hacer.

Drëgo miró a un lado y a otro, como sopesando la situación y, de repente sus ojos oscuros e inteligentes refulgieron.

—Öthyn, mi maestro, ha muerto víctima del descontrol de la magia —sentenció Drëgo con el gesto afectado—. Apenas ha podido hacer un último esfuerzo por salvarme de una segura destrucción. Estimadas Damas, puede que estemos ante… —hizo una pausa dramática antes de concluir con aire teatral—. ¡Un nuevo cataclismo!

—Pero si el Druida Supremo ya no está entre nosotros. ¿Qué esperanza nos queda? —se lamentó Airilia la Dama Turquesa, mientras trataba de infundir valor en las tres ancianas con su poder de sugestión para que pudieran sostener el hechizo de protección.

—Aún hay una posibilidad —expuso el druida con audacia—. Con mi habilidad para crear portales al instante, viajaré a Calamburia y me reuniré con mis antiguos maestros de la Torre Arcana. Encontraré la forma de devolver los canales de magia a su cauce como, sin duda, hubiera hecho mi sabio maestro Öthyn. ¿Vendrás conmigo, Dama Blanca? —dijo el druida tendiendole la mano con un gesto demasiado pomposo—. Te necesitaré para que des fe de lo sucedido ante las autoridades del otro lado.

—¿Y abandonar a mi pueblo justo ahora? —dudó la Dama Blanca.

—Drëgo solo es un pobre aprendiz —dijo el druida con toda la falsa humildad de la que fue capaz—. Si va solo no le escucharán. Pero vos sois el ser faérico más importante, deberán escucharos y prestaros ayuda.

Estaban todos atrapados en una ratonera. Mientras los enanos hacían fallidos intentos por encontrar una forma segura de abandonar el lugar, el edificio se venía abajo y el propio éter se resquebrajaba. No había escapatoria. Todos ellos estaban condenados a una muerte segura si no abandonaban el lugar de inmediato. Otro temblor agitó la tierra y un rayo de magia especialmente grande perforó la cúpula de protección yendo a caer sobre el joven príncipe Hábasar que, con un ágil batir de sus alas, lo esquivó. En el lugar que hasta hacía un instante había ocupado, ahora había un charco de lava incandescente. Un escalofrío recorrió el espinazo de la Dama Blanca al ver peligrar la vida de su amado. No le costó tomar la decisión.

—De buen grado te acompañaré en este viaje, druida —dijo Karianna—. Pero a condición de que todos ellos vengan con nosotros. No puedo dejarles aquí para que perezcan. Soy su Dama Blanca, su protectora.

—Está bien —claudicó Drëgo a regañadientes—, no creo que tenga muchos problemas para hacer un portal lo suficientemente grande y duradero.

El aprendiz de druida sacó su varita y trazó un símbolo el el aire, se abrió un pequeño portal el cual, al otro lado, dejaba traslucir un extraño y exótico paisaje. Poco a poco, con el visible esfuerzo de Drëgo, el agujero entre los dos mundos fue creciendo. Bajo el liderazgo de Hábasar, todos los seres faéricos fueron cruzando rumbo a un nuevo mundo desconocido mientras, a su alrededor, seguían desprendiéndose partes de la estructura de la Aguja de Nácar. Mientras cruzaba el portal, el joven Carlin lanzó una mirada llena de odio al druida Drëgo que este no llegó a percibir. Aunque había optado por mantenerlo en secreto, ya que consideraba que nadie le creería, no podía olvidar lo que el Calamburiano había hecho con el padre de Lirroe, su mejor amigo, antes de que el joven hado lograra huír. Tenía que encontrar el modo de desenmascarar al retorcido druida, y hacerlo en el momento adecuado. 

Antes de partir, Karianna se volvió hacia su hermana Kárida con la que acababa de reconciliarse tras años de tensiones y rencillas.

—Hermana, tengo que pedirte algo —le dijo en tono solemne.

—Lo que necesites —respondió Kárida casi sin pensar.

—Quédate en el Reino Faérico y avisa al resto de damas del peligro que se cierne —solicitó la Dama Blanca—. Diles que he marchado con Drëgo para tratar de encontrar ayuda en Calamburia y poder dar con la solución a un nuevo cataclismo.   

—Ni hablar, iré contigo, os puedo servir de ayuda —se resistió la Dama Añil.

—No, hermana. Quédate aquí. Si, por lo que fuera, no regresara viva de este viaje, el Mundo Fáerico necesitaría una nueva Dama Blanca —dijo poniendo su delicada mano en el hombro de su hermana—. Avisa a la Tía Kora y que traiga con ella al Lobo Faérico, espíritu protector de nuestra raza. Necesitaremos toda la ayuda de la que podamos disponer.

La besó en la frente y se marchó por el portal con Breena, el Espíritu del bosque, y Airlia, la Dama Turquesa, que aguardaban para cruzar con ella.

—Dama Blanca, debo advertiros de algo —dijo el ciervo humanizado con temor en la voz—. Solo estuve una vez en Calamburia en toda mi vida, y perdí la razón y la cabeza. Ocurrió brevemente durante tu ausencia como dama blanca, bajo el enmascarado mandato de Anya. Estuve a punto de crear un mal mayor y ni los más poderosos guardabosques pudieron contenerme. Creo que los espíritus protectores del reino faérico no podemos cruzar sin caer en la más salvaje de las locuras. Temo ser más un lastre que un apoyo.

—No te preocupes, Espíritu Protector —dijo Airilia, la Dama Turquesa, con aplomo—. Mientras esta humilde ondina esté contigo, no deberás temer. Mi magia de sugestión evitará que caigas en el descontrol que implica abandonar la tierra que te da tu poder. Eres un espíritu faérico puro, sensible a cambios tan bruscos, pero yo haré que nada de eso sea un problema esta vez.

—Te lo agradezco, Dama Turquesa. Las ondinas son sabias y fieles aliadas. La Dama Blanca no olvidará vuestros sacrificios —dijo Karianna con profundo respeto.

—¿Os importaría cruzar ya? —les apremió el druida visiblemente agotado—. Drëgo es bueno con los portales, pero no sois conscientes de lo que cuesta mantener un canal entre dos mundos tanto tiempo…

Y dicho esto, las tres desaparecieron por el portal mientras la burbuja de protección que habían conjurado las ancianas empezaba a desvanecerse. El druida, tras lanzar una locuaz mirada a la Dama Añil, que se la devolvió asintiendo en silencio, cruzó el portal tras la Dama Blanca justo antes de que se cerrara.

Kárida, ya sola en la sala del trono, sintió como la tierra volvía a zarandearse. Se transformó en un poderoso unicornio y descendió por la rampa mientras esquivaba cascotes y el cuerpo inerte de algún guardia. El suelo se resquebrajó ante sus cascos pero ella dio un salto majestuoso salvando la grieta y continuó cabalgando con brío. Debía llegar a tiempo para avisar del peligro al resto de damas, y para comunicar que, en ausencia de su hermana, ella estaría al mando.

Una semana después, en el palacio de Ámbar (Reino de Calamburia)

—Todos somos hijos del Titán, y el Titán nos quiere a todos por igual. Pero tened bien seguro que, si el Titán tuviera un hijo predilecto, ese sería sin duda “Sancho I, el Sabio” —concluyó Inocencio mientras esbozaba con sus manos el gesto sagrado de la C del Titán.

Varios de los presentes lloraban en silencio, pues Sancho había sido en verdad un rey querido. Su jovialidad y buen hacer distaban mucho del agrio carácter de la reina Urraca o las envenenadas sonrisas de la Reina Sancha. Zora Von Vondra dejó escapar una lagrimita, para que la gente percibiera su dolor. Pero, en el fondo, consideraba que la vida de Sancho había sido un sacrificio necesario. Lanzó una mirada furtiva a las salidas del patio de armas, en cada una había apostado un centinela nómada de las arenas. Ya no estaban en guerra, pero Zora seguía insistiendo a Arishai, su amado Escorpión de Basalto, en que se mantuviera defendida en todo momento a la familia real. La nueva Reina Madre sabía además que, entre los presentes, disfrazadas de cortesanas, se encontraban dos hijas del propio escorpión, dos de las más implacables asesinas que hubiera visto el mundo, dispuestas a actuar si era necesario. Los salvajes, por su parte, no habían hecho ademán de actuar. Eso había tranquilizado a la Marquesa, pero era una mujer precavida a la que la vida había enseñado a no confiarse. Por eso, un escalofrío recorrió su espalda cuando oyó el graznido del gigantesco águila.

El ave, con sus imponentes alas desplegadas sobrevoló el patio de armas proyectando su sombra fugaz sobre los presentes. Sobre él parecía haber montada una pequeña figura, parecida a un niño vestido con pieles a modo de harapos y una sonrisa pletórica. Zora pudo ver cómo su amado Arishai, apostado en una torre de vigía, levantó la mano a modo de señal para sus arqueros. Seis de ellos, desde las almenas del castillo tensaron sus arcos, pero el Escorpión mantuvo la mano en alto sin dar aún la señal de disparar.

Justo cuando el águila sobrevoló el ataúd de Ámbar a muchos pies de altura, dejó caer de sus garras un objeto. Luego se marchó como había venido. El Escorpión, al percatarse de que no parecía haberse tratado de un ataque, bajó su mano y los arqueros destensaron sus arcos. El fardo había aterrizado a los pies del cristal anaranjado que contenía el cadáver del difunto rey. Zora corrió rauda hacia el cuerpo de su yerno y vió que el objeto en cuestión era un ramillete. Se le heló la sangre al reconocer aquellas plantas, era Majuelo del Páramo, con sus características bolitas de un naranja vivaz, una extraña planta agreste que solo crecía en las Montañas Cobrizas, en los dominios de los salvajes. Alrededor del obsequio, había una nota inscrita en piel de cabra curtida: “Juliok, tú nombre retronará por siempre en el eco de las montañas y en la memoria de tu pueblo”. Justo debajo, Zora leyó con asombro y pavor la rúbrica que marcaba el origen de ese mensaje.

—Mamá, qué pone en esa nota, ¿quién la envía? ¿Es Dorna? —preguntó angustiada Melindres.

—No, querida —negó su madre con la mirada sombría—. No es la reina de los salvajes. Es algo más peligroso. Dorna tiene otro hijo, él ha firmado la carta.

Un silencio circunspecto envolvió a las dos mujeres, un silencio mayor y más grave que el de los asistentes al funeral de Sancho. El frío silencio que precede a toda tempestad.

178 – EL EXILIO FAÉRICO I

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EL EXILIO FAÉRICO I

En el palacio de Ámbar (Reino de Calamburia)

Era un día gris en Calamburia, lo contaban las plomizas nubes y también las frías gotas de lluvia inmolándose contra el suelo del patio de armas del Palacio de Ámbar. Los pájaros no cantaban, ni se veía a simple vista ningún hortelano. Melindres se lamentó: hacía tiempo que su madre no le proporcionaba a ningún hombre-patata para su diversión. Decía que ahora que era reina, y más aún en su estado, no debía someterse a emociones fuertes. Ahora, su vida era siempre tan gris como el más gris de los días. Para acabar de coronar su desgracia, estaban las náuseas. Se levantaba casi todas las noches y sacaba apresurada su dorada palangana para vomitar la cena. Era siempre de forma abrupta, durante el sueño; tan abrupta que sus doncellas apenas tenían tiempo de sujetarle la cabeza. Comía con apetito pero, por las noches no podía evitar acabar por vaciar su estómago. «No te preocupes, reina mía», le decía Zora. A su madre le había dado por llamarla así desde que la coronaron, como recordándole —con la sinuosa dulzura que la caracterizaba— que ahora sus obligaciones eran más importantes que sus placeres.

Frente a la muchedumbre, Inocencio levantó las manos al cielo plomizo. En lo alto del púlpito que los carpinteros habían elevado en el patio de armas, el Supremo Benevolente se mostraba solemnemente afectado; tanto que no parecía importarle mojarse bajo la intensa lluvia. Ante él, en un sarcófago de puro Ámbar, podía intuirse, a trasluz, la figura del difunto rey de Calamburia.

—Sancho, el primero de su nombre, soberano de toda Calamburia, fue un hombre pío y devoto. Él, con su mano viril e implacable, trajo la paz a un reino demasiados años asolado por la crueldad de la guerra. Una paz más duradera de la que nunca antes se conoció —dijo dando énfasis mientras levantaba su huesudo dedo índice ante la melancólica concurrencia—. Él dotó a la Iglesia del Titán de recursos para permitir que mis hermanos y yo vigiláramos el estricto cumplimineto de la moral. Él ofreció los fondos necesarios para concluir la construcción de la Gran Basílica del Titán. Fue, sin duda, digno del sobrenombre con el que la historia lo recordará  “Sancho I, el Sabio”.

«Más bien Sancho I, el Breve», reflexionó Melindres. Era extraño, ni siquiera la muerte del que fue su marido le divertía. Lo cierto era que el pazguato de Sacho no le caía mal. No disfrutó ni un momento dándole muerte. Pero la joven reina era una hija buena y obediente, y su madre sabía mejor que ella las necesidades de la política.

—Él convirtió este reino en un lugar próspero y recto —prosiguió el sacerdote ante la variopinta concurrencia—. Él, con su sabiduría y buen hacer, supo preñar a la reina aquí presente —dijo señalando a Melindres, que asintió con un impostado gesto de pena—, garantizando para el reino un venturoso futuro, con un heredero digno de tomar su testigo. Pues la benevolencia del Titán querrá, como no puede ser de otro modo, que el hijo de los reyes sea varón y herede el trono de su padre. 

«Eso aún está por ver —pensó Melindres mientras arrugaba la nariz con desagrado—. No soporto a los niños. Ojalá sea una niña».

—¡Que el Todopoderoso Titán le acompañe en la noche del descanso eterno! —concluyó el Supremo Benevolente con voz solemne.

Los presentes, con mayor o menor tino, repitieron la fórmula enunciada por Inocencio que, con su mirada circunspecta, incitaba a todos a un lamento comedido. Aquella mañana había llegado una paloma desde los montes cobrizos: Dorna no iba a asistir al funeral. Según decían, la pena por la súbita muerte de su único hijo le había causado un estado de tristeza tan grande que había caído enferma. Los chamanes estaban tratando de ayudarla, pero su debilidad era extrema. Según Zora, eran buenas noticias; parecía que la reina madre había temido la reacción de la salvaje y le tranquilizaba la mala salud de Dorna.

Melindres miró a su alrededor y sintió que, ante tan solemne ceremonia, había algo que no encajaba. La corte estaba trufada de los huéspedes más extraños que jamás había habido en el Palacio. Su madre, aconsejada por el Archimago Kórux, la había convencido de la importancia de acoger a todos aquellos exóticos seres. Pero lo cierto es que no sabía muy bien lo que hacían allí ni qué les había llevado a abandonar su mundo de forma tan abrupta. En el patio de armas, bajo el techado lateral, a cubierto de la lluvia, se encontraban los efreets, con su piel tan radiante que parecía hacer vibrar el aire como el sol del verano. Mojándose bajo la lluvia, estaban las ondinas con sus conchas y escamas, seguramente parientes lejanos de los tritones a los que Melindres sí había conocido. En la parte de atrás del patio central del Palacio, donde estaban los rosales, se hallaban los faunos, con sus cuernos y sus patas peludas, sintiéndose aparentemente más confortables cerca de la vegetación. Y, junto a los representantes de la Torre Arcana, había una serie de seres bajitos y barbudos ataviados con pieles que le recordaban a una versión reducida de los salvajes. Los eruditos se habían referido a ellos como el pueblo enano y los habían identificado como los históricos aliados subterráneos de la Torre de Skuchaín. Melindres los veía por primera vez y no le parecían especiales, conocía a personas del pueblo llano con un aspecto similar. Sin embargo sí que le llamaban la atención las hadas, más grandes de lo que nunca hubiera imaginado, pero con unas alas irisadas tan resplandecientes como las que aparecían en sus sueños infantiles. Eran hermosas y gráciles aunque también algo remilgadas en sus gestos. A una prudencial distancia de estas últimas, la mirada de Melindres se topó con los unicornios, según le habían contado, habían optado por cruzar a Calamburia en su forma humanizada, aunque en sus cuerpos se notaba el gesto altivo y elegante que solo podía corresponder al más noble de los equinos. La reina observó que sus cuernos brillaban menos que el día en que llegaron, posiblemente por deferencia al rey difunto que se encontraba frente al sacerdote, aún de cuerpo presente.

Sin embargo, de entre todos los exiliados, una figura llamaba especialmente la atención, la de aquella unicornia a la que todos conocían como la Dama Blanca. Su elegancia y carismática presencia emanaba un poder sereno pero inconmensurable, su piel parecía emitir un resplandor de magia pura y su rostro angelical transmitía la paz de la justicia y la sabiduría. Todos mantenían el sereno rictus de tratar de mostrar respeto, pero la mayor parte no habían llegado a conocer a Sancho o solo lo habían visto el día de la recepción. 

—Majestad —dijo en voz baja una anciana con dos cuernos que se acercó a Melindres— felicidades por vuestro embarazo. Y, si quiere saberlo, sus trillizos crecerán fuertes y sanos.

—Vamos Tyria, no importunes a la reina en su duelo —la reprendió otra anciana con un cuerno en la frente, mientras se la llevaba del brazo—. Discúlpela majestad, está ya muy mayor y tantos vaivenes la han trastocado.

Ambas se alejaron de la reina que no pudo evitar sonreír ante la descabellada ocurrencia.

«¿Trillizos? ¡Pobre vieja loca! —rió Melindres hacia adentro acariciando su vientre sintiendo de repente un inmenso vacío interior—. Tengo hambre, hoy haré que me sirvan un asado».

Una semana antes, en la Morada de los Druidas (Mundo Faérico)

Drëgo sonrió de nuevo mientras contemplaba el brillante cadáver de su maestro Öthyn. No había sido tan difícil como pensaba. El Druida Supremo era poderoso, pero su adicción a la magia faérica se había convertido en su debilidad. «Drëgo no cometerá el mismo error» se dijo a sí mismo mientras miraba con avidez contenida los múltiples tubos con los que el difunto Öthyn controlaba los flujos de magia faérica. ¿Cómo diablos se las iba a apañar para hacerse con el dominio de toda esa magia? Si no tenía cuidado, podía acabar como el viejo. Con sumo cuidado volvió a colocar el tapón de plata sobre el tubo principal, luego destapó lentamente otro tubo, se acercó con cautela y… no sucedió nada. ¿Cómo era posible? ¿Acaso tras la muerte del Druida Supremo los canales se hubieran alterado? Lo cierto es que no había pensado antes en esa posibilidad. Sin embargo, sabía que Theodus, el primer Archimago, había colocado en el puesto a Öthyn por ser el único capaz de permitir el correcto flujo de la magia entre el Reino Faérico y Calamburia. Drëgo gruñó de frustración dando una patada al brillante e hinchado cadáver de su maestro. Destapó cada uno de los tubos uno a uno, sin percibir ni un atisbo de magia. «¿Cuál era tu secreto, viejo avaricioso?» se preguntó Drëgo con ansiedad creciente. Su sueño se estaba esfumando más rápido de lo que la vida de su maestro se había consumido minutos antes entre estertores de placer. Cogió su varita con las dos manos y golpeó el tubo principal con toda su rabia. Al ver que nada sucedía, cayó sobre sus rodillas lanzando un grito de desesperación. 

—¿Por qué no funcionas, maldito engendro del demonio? —vociferó el druida.

A su maldición, respondió un pequeño ruido en el tubo central como un golpe metálicos seco, seguido de un eco; luego pareció que el resto de tubos se le sumaban con todos sus sonidos característicos. De repente, como un torrente parecido al estallido de la presa de un río, todos los tubos expulsaron a la vez una inusitada cantidad de brillante magia que desbordó la habitación como una densa ola que, sin duda iba a aplastar al pobre Drëgo. Pero el aprendiz era escurridizo, jóven y rápido, y tenía una especial habilidad para generar portales. Fue casi un acto reflejo que le salvó la vida por un solo instante, generó un portal directo a la aguja de Nácar y desapareció por él antes que la gran masa de magia pura desbocada lo hiciera trizas.

Mientras, en la Aguja de Nácar (Mundo Faérico)

—¿Cómo osaste asesinar a mi mejor amiga? —profirió Karianna con serenidad y una mirada de hielo—. Soy la Dama Blanca, me debes obediencia. Debería hacer que te ejecutaran.

Kárida dio un paso atrás, nunca había visto esa frialdad en su hermana pequeña. ¿Sería realmente capaz de acabar con alguien de su propia sangre? Se recompuso y sacó todo su orgullo.

—Creía que se había deshecho de tí y había usurpado el trono. ¡Solo quería vengarte! —dijo mostrándose dolida por la falta de confianza. 

—¡Qué conveniente! —lazó la Dama Blanca con ironía— Mataste a Anya por venganza antes de aclarar las dudas sobre cómo había llegado a suplantarme. Supongo que pensarías que si no llegaba a hablar sería más sencillo proclamarte Dama Blanca y te apresuraste a hacerlo cuanto antes —su tono de reproche traslucía a una gobernante implacable que Kárida no reconocía. ¿Ese era el efecto del poder? Por un momento sintió admiración por su hermana menor, por otra parte, eso no hizo más que reafirmarse en su deseo de llegar a ser algún día Dama Blanca. 

—Mi primer mandato como Dama Blanca iba a ser celebrar en tu honor un funeral digno de una Reina. Honrar tu memoria —enunció la Dama Añil con ojos vidriosos.

—¡No te creo! —lanzó Kariana con una voz que sonó como el restallido de un látigo. Luego se serenó nuevamente y habló con un tono de conmiseración y superioridad moral—. Eres tan codiciosa y retorcida… No es que yo quisiera ser nombrada Dama Blanca, pero a veces entiendo por qué el Espíritu del Bosque no te eligió aún siendo la hija mayor de nuestra madre, como dictaba la tradición. Hay algo oscuro en tu alma, hermana. Aún no sé qué es pero…

El suelo tembló ligeramente. ¿Sería un terremoto? En ocasiones el suelo temblaba por las perforaciones del marido de Elga. Otalan, el Señor de los Túneles, parecía obsesionado por expandir continuamente sus dominios creando nuevas galerías. Acto seguido, un nuevo temblor sacudió la Aguja de Nácar, esta vez más fuerte. La portentosa lámpara de cristales iridiscentes, regalo de la primera Dama Irisada, se agitó como rama al viento haciendo chocar los cristales entre sí; el edificio crujió estrepitosamente.

—¿Qué está pasando? —preguntó la Dama Añil.

—No lo sé, pero noto una perturbación en el equilibrio de los flujos de magia —respondió Karianna entornando los ojos.

La siguiente vibración fue más fuerte y sacudió tanto los cimientos que la lámpara de araña se descolgó lanzando al aire destellos de todos los colores y precipitándose sobre el nuevo trono que ocupaba Karianna, regalo de Elga, la Dama de Acero. 

La lámpara se dirigía hacia la Dama Blanca a gran velocidad; los afilados cristales se precipitaron directamente sobre ella como cuchillos asesinos dispuestos a desgarrar su blanca carne. Al percatarse de la amenaza, Kárida, sin dudarlo, se transformó en un poderoso unicornio en un abrir y cerrar de ojos, mostrando su inmenso poder y el control milimétrico de su magia. De su cuerno emanó un brillo que envolvió la lámpara de araña convirtiendo todos sus cristales en inofensivas mariposas que huyeron revoloteando justo antes de que aplastaran a la Dama Blanca. 

—Hermana… —dijo la Karianna visiblemente conmocionada—. Me has salvado.

—Eres mi hermana, por encima de todo. Eres de mi sangre. Habría hecho cualquier cosa por evitar que alguien te hiciera daño —su voz sonó sincera ante el corazón herido de su señora—. Perdóname hermana, hice mal en precipitarme. Si no fuera tan impulsiva, ahora tu amiga humana estaría viva.

—Kárida, tu impulsividad me ha salvado la vida —reconoció la Dama Blanca—. Veo que, en el fondo, a pesar de la tormenta que azota tu alma, eres un espíritu puro. Te perdono, hermana. Y te estaré eternamente agradecida por lo que acabas de hacer.

Breena, el Espíritu del bosque, irrumpió corriendo en la sala en su forma humanizada.

—La aguja de Nácar tiembla, parece que va a venirse abajo. Hay que evacuar a todos los que haya en las inmediaciones —les apremió visiblemente nerviosa—. Estos temblores me recuerdan a los que dieron comienzo al Cataclismo. Los canales de magia están desbocados. 

Un surtido grupo de seres fáericos entró en la sala en aquel momento, se trataba de seres provenientes de todas partes del reino que habían venido a tratar diversos asuntos con la Dama Blanca y estaban esperando la conclusión de la reunión de esta con la Dama Añil. Se encontraban entre ellos Airilia, la recién nombrada Dama Turquesa de las ondinas y su acompañante el poderosos guerrero Héleas; también Sörkh, la Dama Carmesí de los Efreets, y su fiel lugarteniente Sîyah; e incluso los dos hijos mayores de Titania, Dama Irisada las hadas —los príncipes Hábasar y Carlin— que se encontraban de viaje diplomático para tratar el asunto del descontrol de la plaga de pulgones de luz en los Jardines Irisados. Entre ellos, también se encontraban presentes tres de las reverendas sabias del Círculo de ancianas fáericas: Melusina, el hada, madre de Titania y antigua Dama Irisada retirada debido a la acuciante artritis de sus alas; Tyria, la antigua Dama Esmeralda, madre de Édera y ahora casi ciega; y Kyara, la mismísima madre de Kárida y Karianna, ya retirada de la primera línea debido a su incipiente sordera. Las tres acudían a aconsejar a la Dama Blanca sobre ciertos asuntos políticos, como era costumbre entre las sabias mujeres. Kyara, la antigua Dama Blanca, llevaba de la mano a su pequeño nieto Yardan, con quien siempre aprovechaba para pasar tiempo cuando visitaba la Aguja de Nácar. Había, además entre la extraña comitiva, un par de enviados faunos y tres enanos, que habían acudido a tratar diversos asuntos de gobierno.

—Debemos pedir consejo a los druidas, ellos sabrán lo que hay que hacer —sentenció Kyara, la más sabia de las ancianas—.  El poderoso Öthyn nos guiará como hizo en el pasado en los tiempos de mi madre, la primera Dama Blanca.

—No siento la energía del Druida Supremo —apuntó Breena algo confundida—. Es como si su estela hubiera crecido mucho, hasta llegar a límites insospechados y luego, de repente… se hubiera desvanecido.

Kariana buscaba el apoyo en los ojos de Hábasar, pero el príncipe de la hadas se mostraba algo distante y rehuía el contacto directo con los ojos de su amante. La unicornia no dudó en adjudicarlo a la tensa situación política que estaban viviendo en ese momento. Desconocía que, en realidad, Hábasar había decidido comportarse de un modo voluntariamente esquivo ya que se sentía profundamente culpable. Días antes, había sido obligado a confesar su prohibida relación con ella. Incluso, mediante tortura, los druidas y los unicornios, con la aquiescencia de su propia madre habían conseguido arrancarle su secreto más preciado: la paternidad del joven Yardan. Karianna también desconocía que su hermana y Öthyn habían decidido seguir manteniendo en secreto su inconfesable pecado con el fin de utilizar esa información más adelante.

Otro temblor sacudió la Aguja de Nácar causando la ruptura de los cristales que aún quedaban en pie. Algunos de los presentes gritaron asustados y Yardan comenzó a llorar desconsoladamente.

—¿Qué está pasando, abuelita? —preguntó a Kyara, el inocente niño unicornio— Tengo miedo.

—No te preocupes —dijo la anciana Kyara acariciando el pelo rizado de su nieto, que aún sin oír con claridad sus lamentos a causa de su sordera, percibía claramente sus temores—. Tu madre, la Dama Blanca, nos sacará de esta. Es sabia y poderosa y estoy segura de que sabrá qué hacer en esta situación.

Sin que nadie se percatara, Airilia la dama Turquesa, con su sutil poder de sugestión logró tranquilizar al niño con un leve gesto de su mano.

El suelo se resquebrajó bajo los pies de los presentes haciendo que un fauno cayera al vacío pero, gracias a su poder, Héleas logró volver el tiempo atrás unos instantes, el tiempo suficiente para que Carlin, el más jóven príncipe de la hadas, pudiera alzar el vuelo y rescatar al fauno con un hábil tirabuzón aéreo antes de que el desventurado ser se precipitaba por el agujero. Fruto del esfuerzo, tanto el guerrero ondino como el hado quedaron extenuados cayendo sobre sus rodillas tratando de retomar el aliento.

Entonces fue cuando el propio éter pareció empezar a resquebrajarse como si el aire mismo fuera de cristal. La pura magia desbocada estaba rasgando los distintos planos mágicos y la Aguja de Nácar, precisamente edificada sobre el núcleo de convergencia de todas las fuerzas telúricas, parecía a punto de implosionar con ellos dentro.

Karianna trató de pensar con rapidez. Lanzó una mirada al Espíritu del Bosque buscando una salida posible, pero Breena parecía más confusa que de costumbre y el miedo en sus ojos era un reflejo de la gravedad de la situación.

Un nuevo crujido hizo que un trozo del techo se desplomara. Con un rápido gesto coordinado, la Dama Carmesí y su más poderoso guerrero efreet combinaron sus llamas en una fuerte ráfaga que logró volatilizar los pedazos. Pero no tuvieron tiempo de actuar ante la nueva sacudida que hizo que uno de los pilares de la sala se viniera abajo aplastando a uno de los enanos, que murió en el acto sepultado por la inmensa mole. Todos los presentes se estremecieron.

Las grietas en el éter que surgían por doquier se iban haciendo más grandes y, por ellas empezaban a penetrar destellos de magia pura en forma de rayos que alteraban la estructura de lo que tocaban, un trozo del suelo se convirtió en hierba y luego en hielo, en un abrir y cerrar de ojos uno de los rayos de pura magia volatilizó el brazo de uno de los faunos haciéndolo estallar como una explosión de pura luz. El desdichado dio un grito mirando el hueco que quedaba sobre lo que antes había sido su miembro. Un nuevo rayo de magia atravesó el tejido de la realidad y Sörkh lanzó rauda una ráfaga de fuego para desviarlo, logró cambiar su trayectoria, pero su llamarada se convirtió en escarcha y luego se evaporó. Cada vez había más grietas en el aire como si la realidad fuera a eclosionar al modo de un cascarón de un huevo solo que al revés: hacia dentro y con ellos en su interior.

Ante el creciente peligro, las tres ancianas faéricas, con una velocidad inusitada para su avanzada edad, juntaron sus manos y recitaron un antiguo hechizo que envolvió a los presentes en una burbuja protectora capaz de deflactar los rayos de magia pura desbocada. Era casi transparente pero reflejaba destellos iridiscentes donde predominaban con mayor fuerza los tonos rosados, verdes y azules. Con cada nueva embestida de un rayo de magia pura que chocaba con la barrera, las ancianas parecían sufrir un profundo dolor.

—¡Aguantad, ancianas, aguantad! —gritaba Kyara, la anciana unicornia y antigua Dama Blanca que sentía como la barrera se iba debilitando.

—No podemos hacerlo sin el resto de ancianas, el círculo no está completo… —dijo Melusina apretando los dientes

—No podremos aguantar mucho más, Kyara… —se lamentó Tyria, la anciana fauna.

Contemplando aquella escena, la Dama Blanca maldijo nuevamente la responsabilidad que había caído sobre sus hombros. Acto seguido, alzó su báculo dispuesta a actuar de forma decisiva para el futuro de su pueblo; salvaría el mundo faérico, aunque le fuera la vida en ello.

177 – EL SECRETO DE LOS DRUIDAS

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EL SECRETO DE LOS DRUIDAS

Hay incontables lugares maravillosos en el Mundo Faérico. Dicen los forasteros que raramente lo visitan que cada uno de sus rincones es capaz de grabarse por siempre en tu alma. Los Jardines Irisados, con sus campos de lavanda y sus bosques de hongos gigantescos donde revolotean las jóvenes hadas; las extensas Praderas Añil, en las que los potrillos de unicornio pastan y corren en libertad bajo el cielo más azul; la exuberante frondosidad de la Jungla Esmeralda en que los niños faunos aprenden a refugiarse de las bestias salvajes en cualquier madriguera; las hermosas torres submarinas de la ciudad sumergida de Tealia, morada de las ondinas, en cuyos muros se adhieren las lapas y en cuyas grietas se refugian los cangrejos; el mar de dunas del Desierto Carmesí, hogar de los efreets, del que se cuenta que su paisaje muda con el capricho del viento; o las intrincadas y majestuosas galerías enanas que horadan la profundidad de los Montes de Acero conectando los dominios del mundo subterráneo. Cada maravilla presenta su particular encanto mágico; su singular belleza y sentido.

Pues bien, en lo profundo del Bosque Mágico, en el exacto epicentro de este exótico mundo, hay un monumento ancestral erigido en una era casi olvidada que resulta, al menos a simple vista, mucho menos espectacular. Este santuario megalítico, compuesto por enormes losas de piedra, apiladas sin aparentes señales de cincelado, se alza como testimonio de un pasado místico. Sus gigantescas  planchas de pizarra, dispuestas para formar paredes y techo, delinean un refugio que parece ser el núcleo de convergencia de energías telúricas inmensurables. Algunas de las damas más ancianas afirman que fue elevado por las antiguas razas faéricas, en los tiempos en que los primeros pegasos dominaban el cielo y la tierra. Ahora, al igual que el recuerdo del Gran Imperio de Leofontes, era solo una reliquia olvidada.

Sin embargo, a pesar de que su apariencia era humilde y carecía de las comodidades de los Palacios de las grandes Damas Faéricas, el lugar irradiaba una solemnidad que lo distinguía como el hogar de los venerables druidas. El exterior del monumento, cubierto de musgo y liquen, era una clara señal de que el bosque había adoptado las antiguas planchas de pizarra, integrándolas en su seno. Este sitio, marcado por el tiempo y la naturaleza, se erigía como un punto de conexión profunda entre el reino terrenal y el espiritual, custodiado por aquellos que mejor entendían sus secretos ancestrales.

Los druidas, embajadores de Calamburia en un mundo extraño, protectores del correcto flujo de la magia entre los dos universos, eran reverenciados por los seres faéricos, pero también se mantenía con ellos una cierta distancia que parecía una inconfesable mezcla de respeto y temor. Öthyn, Druida Supremo, se encontraba sentado en su sillón con las rodillas cubiertas por una piel de oso. En su mano, tenía un cáliz vacío que intentaba apurar. Cayó una gota sobre su lengua y la tragó con avidez.

Öthyn era viejo incluso para la forma que tiene de contar el tiempo los seres del mundo faérico, sin embargo, su aspecto, lejos de la decadencia que parecería corresponder a un humano de su edad, era relativamente juvenil. Era ese un detalle que solía pasar desapercibido a los propios seres faéricos, pues su forma de contar la edad era algo distinta. Si bien cada raza tenía su propia esperanza de vida, casi todas solían vivir varios cientos de años.

Mientras trataba de obtener una última gota de su ya apurada copa, Öthyn, Druida Supremo, se acordó de Theodus. No de Theodus el archimago, aquel al que la historia recordaba mediante sus libros y las estatuas que poblaban la Torre Arcana o incluso el Palacio de Ámbar; se acordó del joven Theodus, el chico enclenque y decidido al que un día había conocido cuando llegó a su casa siglos atrás. Le recordaba tratando de convencer al padre de Öthyn —un humilde leñador sin cultura—, de que la marca que había aparecido en la sien de su retoño, y sus recientes habilidades para hablar con los animales o hacer crecer las plantas a asombrosa velocidad, no eran símbolo de ninguna maldición. Cuando oyó, por boca del carismático jóven Theodus que no era un “maldito” sino un mago y que marcharía a la recientemente fundada Torre Arcana de Skuchaín para ser educado como tal, su corazón infantil dio un vuelco. Por mucho que se esforzaba, no recordaba con claridad la cara de su padre más que como una mancha borrosa. Solo le venía a la cabeza su voz átona diciéndole a Theodus “Llévatelo. Y cuanto antes”. También recordaba la dulce cara de Defendra, la hermana pequeña de Theodus: una mujer dotada de un extraordinario poder para la magia y una inusitada belleza. Ella le recibió en la Torre con una sonrisa radiante y pronto se hicieron buenos amigos. Ahora, a pesar del tiempo transcurrido y de saber que llevaba tiempo muerta, Öthyn creía recordar que, por aquel entonces, la había amado. 

El tiempo pasó y el joven Öthyn aprendió a dominar la magia. Se convirtió en la mano derecha del archimago, y posteriormente, fundó la casta Natura, un espacio seguro para los magos amantes de la naturaleza, aquellos que poseían el don de entender el entorno y ser uno con él. Entonces, a su mente errante de anciano, le asaltó un nuevo recuerdo: el del día en que descubrieron la traición de las hermanas de Theodus. Él estuvo en el tribunal y las tuvo que condenar, tal y como hizo el resto. Las pruebas eran irrefutables. Pena de muerte. Pero aquel estúpido idealista y megalómano en que se había convertido el archimago no tuvo agallas para cumplir con su deber. Theodus había devenido, poco a poco, en leyenda; o más bien la leyenda le había engullido. Ese fue el principio de su fin.

Öthyn se frotó la rodilla izquierda bajo la manta. Su cuerpo no era el de un anciano, pues su envejecimiento se había detenido misteriosamente en el esplendor de su adultez, pero los huesos le dolían como si tuvieran los años que en realidad tenían. Trató de apurar de nuevo la copa, de la que ya no cayó ni una sola gota. Tal como esa copa se sentía después de tantos siglos; después de sentir la muerte de todos y cada uno de los seres que alguna vez le habían importado: vacío. 

—¡Relléname la copa, gusano harapiento! —gritó poseído por una ira repentina.

Drëgo, su aprendiz, asomó la cabeza y luego se acercó con sus sinuosos movimientos de lagartija.

—¿Dónde diablos estabas? Llevo mucho con la copa vacía. ¡Sírveme más sangre de pegaso! La rodilla me duele horrores y siento que mi barba empieza a encanecerse —añadió mesándose la barba.

—Maestro —trató de disculparse el aprendiz—, ya no nos queda más. Habéis consumido la última botella.

—¡Mentecato! —le gritó mientras levantaba contra él su báculo de Druida Supremo—. ¡Te dije que la racionaras!

—Drëgo lo ha intentado —dijo cubriéndose con las manos para evitar el golpe de su señor—, pero vuestra avidez ha terminado por acabar con todas las existencias de la bodega.

—¿Cómo te atreves? ¡Sanguijuela inmunda! —gritaba mientras le surtía unos cuantos bastonazos en la cabeza sin ni siquiera levantarse de la silla—. Seguro que te la has bebido tú. Eres codicioso y egoísta, y venderías a tu madre por conseguir lo que deseas.

—No, Drëgo no… Drëgo nunca… —se lamentaba el joven druida tratando de cubrirse la cabeza con las manos.

—Nunca debí haber intercedido por tí. Tendrías que haber acabado en la mina, como justo castigo por ser un tramposo y un embustero retorcido.

Drëgo se mantuvo en el suelo hecho un ovillo tembloroso.

—El maestro sabía la naturaleza de Drëgo antes de salvarle —se excusó el aprendiz—. Drëgo no es perfecto, pero es bueno invocando portales, Drëgo obedece a su maestro.

El Druida Supremo se detuvo, miró largamente a su discípulo y luego a su copa vacía.

—Me das pena, sucia y patética rata —dijo Öthyn poniéndose en pie—. Y yo también siento pena de mí mismo.

Comenzó a andar hacia el centro de la estancia.

—La sangre de pegaso se ha acabado, ¿y qué? —lanzó restándole importancia—. Es cierto que es la quintaesencia de la energía mágica, y que tiene un buen sabor, pero no la necesito. Me basta y me sobro con la energía arcana que fluye por los canales mágicos. Este mundo es, en sí mismo, todo un festín para nosotros —dijo destapando un tubo metálico que salía del suelo. Al hacerlo, un halo plateado salió como si fuera un humo brillante.

—Sí, maestro, somos los guardianes del flujo de la magia, de los canales que unen el mundo fáerico y Calamburia —dijo Drëgo dibujando de repente en su rostro una sonrisa de avidez—. ¿Quién iba a sospechar de nosotros?

—Exacto, mi joven y retorcido aprendiz —dijo el Druida Supremo mientras inspiraba profundamente el resplandeciente humo plateado—. Oh, mira, una sabrosísima bocanada de pura magia proveniente de la mismísima forja arcana. Parece que esa Elga está cocinando algo riquísimo.

Destapó otro tubo, este era una enorme caña de bambú cubierto por un corcho. Brotó de la cavidad un humo verdoso y brillante. Se acercó e hizo una inhalación profunda.

—Me encata… el aroma mágico de la Jungla Esmeralda es de mis favoritos. Con esa presencia de fuertes taninos faéricos y ese retrogusto a oscuridad.

Drëgo se acercó con avidez al tubo, tratando de disfrutar también de aquel secreto y prohibido manjar.

—¡Quita, sanguijuela! —dijo apartándole de un violento empellón—. No sabrías apreciar esto ni en cien años. Además, acabarías enganchado. Antes que tú, hubo un aprendiz, se llamaba Gülo, una noche se escabulló para robar magia de los canales faéricos. Y me lo encontré muerto a la mañana siguiente.

Drëgo dio un paso atrás, más que asustado, parecía fascinado por la historia.

—Es necesario aprender a gozar de esta maravilla sin abusar —expuso didáctico el Druida Supremo—. Por muy magos que seamos, si nos expusiéramos a todos los canales mágicos a la vez, seríamos arrastrados y triturados por ellos. Sin embargo, un poco de energía mágica extra… no hace daño a nadie. Nos mantiene fuertes, sanos y… poderosos. Y como tú decías antes, ¿quién lo va a notar? Al fin y al cabo, he dado mi vida entera para garantizar el fluir de la magia entre los dos mundos. He renunciado a mucho, ¿sabes? A ser archimago, a una vida de lujos y oropeles, incluso al amor… sí, mi querido amigo, me merezco un poco de esto. 

—Maestro, ¿y este tubo blanco y reluciente? —preguntó Drëgo con curiosidad señalando el que tenía un tapón de plata—. Raramente os veo acercaros a él.

—¿Este? Es mi mayor obra, conecta directamente con la mismísima Aguja de Nácar. Pero hay que tener mucho cuidado con él. Es el canal principal, la médula espinal que vincula el Mundo Faérico y la Torre de Skuchaín. Ni siquiera debe retirarse por completo el tapón, su energía mágica es demasiado pura. Sin embargo, en pequeñas dosis, es sin duda el mejor bocado de todos. Así que lo guardo solo para ocasiones especiales. 

El Druida Supremo retiró solo en parte el tapón de plata, salió de él un humo blanco que parecía hecho de pura luz. Öthyn inspiró comedidamente.

—¡Que pureza, que intensidad! —dijo como si degustara la mismísima esencia de la divinidad—. Siento cómo me arrolla un remolino de sensaciones, como crece mi poder y rejuvenece mi piel… y eso solo con degustar una ínfima parte.

—¿Y por qué conformarse con una parte, maestro? —dijo Drëgo esbozando una sonrisa en la que sus dientes blancos se mostraron en todo su esplendor.

—No seas estúpido, Drëgo —comenzó a explicar Öthyn mientras disfrutaba de un embriagador trago aéreo de la magia más pura—. Ya te he dicho que la clave de todo es la mesura y la…Tan absorto se encontraba el sabio y venerable druida en su satisfacción que no percibió cómo Drëgo golpeaba el tubo haciendo saltar por los aires el tapón de plata. Al caer al suelo, hizo un ruido metálico y rodó un tiempo. El suficiente como para que todo sucediera. Öthyn sintió cómo la magia entraba en sus pulmones, en sus ojos y en su piel, al principio como una corriente, después como una ola. Trató de retirar la cabeza, pero Drëgo se la había cogido con fuerza y le retenía frente al tubo. Con su fuerza de hombre joven forzó al anciano a introducir la cara entera en el hermoso tubo nacarado. Öthyn sintió cómo la ola se convertía en un tsunami y luego en un volcán y un tornado y un incendio de mil lenguas de fuego que le quemaba de placer y le hacía sentir todo a la vez en todo su cuerpo y en toda su alma. Recordó los ojos ávidos de Theodus y la dulce sonrisa de Defendra mientras su cuerpo, rebosante de pura energía mágica, emitía un resplandor similar a la explosión lumínica de una estrella y caía inerte al suelo. Repleto de magia, colmado;  ya nunca más vacío.

Drëgo sonrió ampliamente consciente de que ahora ya no era el esclavo de nadie, sino su propio amo, y de que se le abría todo un mundo de posibilidades mágicas por delante. En adelante ya no volvería a ser un gusano inmundo; sería Druida Supremo o, ¿quien sabe?, si era capaz de jugar bien sus cartas y podía almacenar suficiente poder de los canales mágicos antes de que la Torre o la Dama Blanca se percataran de su crimen. ¿Por qué no, Arcano Supremo?

176 – ESPEJISMOS DEL ABISMO II

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ESPEJISMOS DEL ABISMO II

Al despuntar el día, la Dama Turquesa reunió a su pueblo para anunciar su decisión de abdicar, invitando a todas las ondinas a la ceremonia de coronación de quien la sucedería. Los actos tendrían lugar a la mañana siguiente. Mientras tanto, Heleas y Airlia se dirigieron al portal que custodiaban conjuntamente, una tarea que Heleas había extrañado profundamente durante su tiempo en la Aguja de Nácar. Airlia le contó que había tenido problemas para estabilizarlo en su ausencia: un inusual número de peces habían intentado atravesar hacia el mundo mágico y ella había tenido dificultades para mantener el portal estable.

—Algo sucede en Aurantaquía —concluyó Heleas, pensando en Trai y las palabras que había compartido con él—. Si el Mundo Faérico está tranquilo, entonces el origen de nuestros problemas debe estar en Calamburiano.

—Coincido contigo pero, ¿qué podemos hacer? No podemos abandonar el portal. Después de la ceremonia analizaremos nuestras opciones.

Tras una revisión exhaustiva y completar los rituales de protección necesarios, los dos volvieron a Tealia a preparar la ceremonia de elección de la nueva dama. La ciudad fue adornada con corales, anémonas y posidonias, un escenario digno de una ceremonía tan significativa para la sociedad ondina. Todo estaba listo; al alba comenzarían los rituales que marcarían el comienzo de una nueva era bajo la guía de la sucesora de la Dama Turquesa.

La tranquilidad de la noche se vio abruptamente interrumpida por un estruendo que sacudió el silencio, despertando a las ondinas de su reposo. Alarmadas, pudieron distinguir a lo lejos un intenso brillo que rasgaba la oscuridad. Sin dudarlo, los guardianes del portal y la Dama Turquesa corrieron hacia la figura. Al llegar se encontraron con la joven Azurina enfrentándose a una imponente tritona que generaba incontables remolinos.

—¡No puede ser! —exclamó Airlia con los ojos abiertos por la incredulidad al distinguir la figura de Anfítrite, la Bruja del Mar.

—¡El problema era de Aurantaquía! ¿Qué le has hecho a los tritones? —preguntó Heleas, su voz cargada de acusación y sorpresa.

—Yo no he hecho nada —apostilló Anfítrite con una malévola sonrisa—. Aunque mi querido padre ya no nada entre nosotros. Sus propios súbditos han terminado con su vida. Y quién va a sucederle, ¿mi hermano? No, Itaqua no reinará.  Y parece ser que la pequeña Azurina tampoco lo hará aquí.

Azurina miró a Anfítrite con el corazón desbocado. Las palabras de la Bruja del Mar resonaban en su mente, revelando secretos y verdades no dichas. Anfítrite, observando la sorpresa en el rostro de Azurina, continuó:

—He visto el potencial en ti, niña. Tu habilidad para crear ilusiones supera con creces lo que cualquiera en Tealia podría imaginar. No comprendo cómo nadie ha apostado por ti, en lugar de esos guardianes de la Fosa Abisal. Tu madre, me temo, nunca tuvo la intención de nombrarte dama. ¿Acaso piensa que esa guerrera puede superar a su propia descendencia? —su mirada se clavó en Airlia con desdén— Tanto tú como yo, pequeña y dulce ondina, hemos sido traicionadas por nuestra sangre, pero juntas reclamaremos el lugar que nos pertenece por derecho.

Azurina, con el rostro encendido por la ira y la frustración y asombrada por las palabras de  Anfítrite, se volvió hacia su madre.

—¡Sabía que no confiabas en mí!» —exclamó, su voz temblorosa pero llena de una determinación feroz.— Por eso nunca te demostré lo lejos que he llegado con mis ilusiones. He avanzado, madre, mucho más de lo que imaginas. Anfítrite… ella sí ha visto mi potencial, me ha visto de verdad.

El encuentro se cargó de tensión, con el destino de Aurantaquía, Tealia y el Mundo Faérico pendiendo de un hilo. La batalla por la verdad y el futuro de sus reinos acababa de comenzar.

—¡Los tritones jamás te permitirán volver! —exclamó Airlia, su voz resonando con firmeza en el silencio que siguió a la declaración de Anfítrite.

—Es que no se podrán negar, querida mía. No después de tener a las ondinas y sus valiosos poderes bajo nuestro control —declaró la bruja—. Los tritones son unas criaturas simples que nunca sospechan nada. Viven su vida en las profundidades, ajenos a las maquinaciones de la superficie. Incluso Aquilea, que es la única con algo de cabeza, está bajo mi poder en un sitio del que no podrá escapar. Y tú, guerrera de la fosa, cuando la joven ondina y yo seamos las señoras de Tealia, usarás tu mágica habilidad para influir en los demás y convencerles de que somos vuestras verdaderas líderes. 

En un instante de pura malevolencia, Anfítrite se empezó a transformar en una gigante medusa negra; su silueta humana se distorsionó en una danza macabra de sombras y luz bajo el agua. Su piel, antes lisa y resplandeciente, se oscureció y adquirió la textura rugosa de las criaturas abisales, mientras que de su cabeza brotaron tentáculos serpenteantes, sustituyendo su cabello rubio por una maraña viva de apéndices venenosos. Sus ojos se iluminaron con un brillo siniestro y su  sonrisa que deformaba su rostro reveló una hilera de dientes afilados, listos para liberar su toxina mortal.


Mientras la bruja completaba su transformación, Azurina liberó su potencial oculto. Impulsada por un torbellino de emociones, comenzó a tejer su magia en el agua creando espejismos que los sumieron en una profundidad aún más oscura. El agua, normalmente transparente y llena de vida, se convirtió en un escenario de sombras fluctuantes y luces engañosas, donde la realidad y la ilusión se entrelazaban indistinguiblemente.

En ese momento crítico, Heleas comenzó a mover sus manos en un gesto que Marilia, la Dama Turquesa, reconoció de inmediato. Iba a utilizar su habilidad para alterar el flujo del tiempo, retrocediendo unos segundos, con el fin de atraer la atención de Anfítrite hacia él y alejándola de sus compañeras . Airlia observó también a su compañero y fue consciente de los riesgos que implicaba tal acción. Si lograba su cometido, no solo desviaría el peligro inmediato, sino que también les daría una oportunidad para contraatacar y, quizás, cambiar el curso del conflicto que se cernía sobre ellas.

En el momento en que Heleas comenzó a mover sus manos, el agua  empezó a fluir de manera inusual, como si corrientes invisibles estuviesen tejiendo el espacio. Las burbujas se suspendieron flotando sin dirección y los destellos de luz bajo el agua se distorsionaron, creando un efecto visual que simulaba el retroceso de un río en el tiempo. Era como si el océano mismo respirase hacia atrás, llevando a todos los presentes a un momento previo, justo antes de que la confrontación escalase.

—¡El problema era de Aurantaquía! ¿Qué le has hecho a los tritones? —exclamó por segunda vez Heleas, que había logrado retroceder en el tiempo.

En ese momento de confusión, las ondinas se movilizaron rápidamente para sacar provecho de la situación. Airlia, consciente de la importancia de mantener a Azurina alejada de cualquier acción que pudiera desestabilizar aún más la delicada línea temporal recreada, se concentró profundamente en la joven ondina. Con una delicadeza y precisión mágica, empezó a entretejer los pensamientos y emociones de Azurina, buscando guiarla hacia un espacio mental seguro y pacífico.

Visualizó un lugar feliz en la mente de la joven, uno lleno de recuerdos y sensaciones de alegría pura. Imaginó las aguas cristalinas de Tealia en un día calmado, donde jugaba entre los corales y los hipocampos danzaban a su alrededor, cada uno emitiendo brillantes destellos de colores al moverse.

Este paisaje mental, creado con el único propósito de apaciguar y proteger a Azurina, funcionó como un ancla, manteniéndola inmóvil y serena, lejos de la tentación de intervenir. La habilidad de Airlia para navegar y moldear los pensamientos de Azurina reveló no solo su profundo conocimiento de la joven ondina sino también el poder de su propia magia, capaz de brindar calma incluso en medio del caos.

Mientras tanto, Marilia, con la fuerza menguante debido a su constante uso del poder de la ilusión, se enfrentaba a Anfítrite con todas sus energías. Intentó envolver a la bruja en una enorme burbuja, una ilusión de gran alcance que esperaba que fuera la distracción que les diera ventaja. Sin embargo, la fortaleza de la tritona era inmensa, y cuando comenzó a sacudir sus tentáculos, rompiendo las ataduras de la ilusión, quedó claro que la lucha estaba lejos de terminar.

La bruja parecía anticipar cada movimiento de las ondinas. Con la rapidez de un rayo y la precisión de un cazador, Anfítrite giró sobre sí misma, desplegando sus tentáculos en un arco amenazante y peligroso.

Azurina aún se encontraba en este espacio mental: estaba recogiendo conchas en la suave arena del fondo, cada una conteniendo ecos de risas y momentos de felicidad compartidos con su madre. Creaba patrones luminosos que bailaban sobre su piel para esconderse y que no la encontraran. En la ensoñación, su madre que hacía como que no sabía donde estaba,  siempre acababa encontrándola para envolverla en un abrazo cálido y reconfortante. Justo en ese momento, en el arropo del abrazo de una madre, notó cómo el agua de su alrededor empezó a vibrar de forma descontrolada. El agua de la ilusión se estaba desvaneciendo; algo se acercaba a gran velocidad. Era un enorme tentáculo que golpeó a la ondina rompiendo la ilusión que había depositado Airlia en su mente. La medusa, removiendose en mitad de su ataque ejecutó un movimiento brusco y violento, que alcanzó a Azurina, envolviéndola en un abrazo letal. La fuerza del golpe lanzó a la joven ondina hacia atrás, mientras el veneno comenzaba a infiltrarse en su cuerpo, atacándolo con una rapidez devastadora.

A su alrededor, el agua se tiñó de un tono oscuro, una manifestación visible de la ponzoña que ahora corría por sus venas. Los intentos de Airlia y los demás por llegar a tiempo se vieron frustrados por la velocidad del veneno, que actuaba más rápido de lo que cualquiera podría haber anticipado. A pesar de sus poderes y sus intentos de salvarla, se encontraron impotentes ante la agresividad del ataque.

La desesperación se apoderó del grupo mientras se reunían alrededor de Azurina, intentando en vano contrarrestar los efectos del veneno. Anfítrite aprovechó el tumulto y la distracción que su ataque había causado y logró escapar, dejando tras de sí una profunda herida emocional en el corazón de Tealia.

La pérdida de Azurina, una joven llena de vida y promesa, se convirtió en un recordatorio sombrío de la crueldad de Anfítrite y la vulnerabilidad de Tealia ante las fuerzas oscuras que buscaban su destrucción.  Con los corazones destrozados por la pérdida, las ondinas regresaron a la ciudad en silencio. Habían fracasado. No solo no habían detenido a la Bruja del Mar sino que habían perdido a su pequeña.

La ciudad, que horas antes se preparaba para celebrar un acontecimiento de alegría y traspaso de poder, se encontraba ahora sumida en el luto. Anfítrite había logrado no solo cobrarse la vida de una de las suyas, sino también envenenar el espíritu de toda la comunidad. Las decoraciones, antes símbolos de esperanza y renovación, fueron retiradas una a una, dejando a Tealia envuelta en la sombra del duelo. La pérdida de Azurina se convirtió en un recordatorio doloroso de la amenaza que aún acechaba en las profundidades y la superficie, uniendo a todos en un silencioso voto de venganza y justicia.

La coronación de la nueva Dama Turquesa se llevó a cabo bajo circunstancias excepcionales, marcadas por una solemnidad y un luto que envolvían cada aspecto del ritual. La ceremonia, aunque ejecutada con la precisión y el decoro que la tradición demandaba, estuvo impregnada de un silencio profundo, apenas roto por las necesarias palabras del protocolo. Airlia superó cada una de las pruebas que la harían merecedora del título pero, esta vez, no hubo espacio para las risas o las celebraciones habituales; el dolor por la pérdida reciente de Azurina y la amenaza aún latente sobre la ciudad eclipsaron cualquier atisbo de júbilo.

Tealia, que solía vibrar con la alegría de sus habitantes y la belleza de sus corales, ahora estaba de luto. La ausencia de color y música, elementos tan característicos de las celebraciones ondinas, reflejaba el estado de duelo que había capturado el corazón de cada habitante.

La partida de Marilia, la Anciana Turquesa, hacia el círculo de las Damas Faéricas, fue un momento de especial tristeza. Aunque era una transición prevista y parte del ciclo natural de liderazgo en el reino submarino, el contexto en el que se produjo llenó el momento de una melancolía aún más profunda. La comunidad no solo se despedía de su líder y protectora, sino que también enfrentaba la incertidumbre de su futuro en medio de una amenaza que había demostrado ser capaz de tocarlos en lo más profundo de su ser.

La nueva Dama Turquesa asumió su cargo no con el estruendo de las celebraciones, sino con el peso de la responsabilidad que la crisis reciente había impuesto sobre sus hombros. No había conseguido salvar a la pequeña ondina en el ataque de Anfítrite. ¿Sería capaz de proteger a su pueblo de las próximas amenazas? Su primera tarea no sería liderar en tiempos de paz y prosperidad, sino navegar las turbulentas aguas de la reconstrucción y la venganza, buscando justicia para Azurina y seguridad para Tealia. En este contexto de dolor y determinación, Tealia comenzaba a cerrar una página de su historia, preparándose para enfrentar lo que el destino le deparará bajo la guía de su nueva líder.