158 – RETORNO A LA TIERRA II

Eme abrió los ojos. Aún estaba tendido en el suelo. La conjura de la Pesadilla del Titán le había dejado sin fuerzas. A lo lejos, empezó a oír murmullos de voces conocidas. Intentó incorporarse, pero no podía moverse. A su lado se revolvía una enorme pelusa gris que no le dejaba en paz.

–Por fin despertaste –dijo Eneris–. Pobre Pelusín, no se ha separado de ti ni un momento. Fue quien nos avisó para que viniésemos a buscarte.

–Insignificantes duendes, ¡soltadme ahora mismo! –ordenó el brujo.

–No estás en posición de exigir nada. Además, sólo queremos ayudarte. Llamad rápido al Círculo de los Sabios Duendes – advirtió a sus compañeros.

– Seguimos tus ordenes Eneris. Nunca hemos dudado de tí, valiente duenda Trébol- le contestó Stila Musgo y partió rauda y veloz con sus  compañeras Nanoe Cascada y Agoa Brizna.

Los duendes desaparecieron dejando solos a Eneris, Eme y la que un día fue su mascota. El brujo intentaba librarse de sus ataduras, lanzar hechizos al insolente duende, llamar a la Oscuridad, pero todo era inútil. Según le explicó su captor, le habían dado a beber una infusión de verbena que ataba su magia.

–¿Acaso no entiendes que lo único que queremos es que vuelva nuestro amigo? –explicó–. Recuerdo cuando madre y tú correteabais de un lado para otro planeando vuestra próxima aventura, ayudando a los calamburianos, luchando contra Kashiri. ¡Tú fuiste quién se sacrificó para encerrar a madre cuando las brujas la hechizaron! ¡Por tus venas corre la esencia de Theodus! ¿Acaso no recuerdas nada de eso?

–Claro que lo recuerdo. Era un patético estudiante de la torre que quería llegar a ser archimago. Un estúpido soñador.

–No eras estúpido. Todo el  mundo sabía que tras la muerte de Ailfrid eras el favorito para convertirte en archimago.

–No seas necia. En la torre sólo me veían como una dócil patata.

–Claro, quizá no te acuerdes porque Kálaba te hizo olvidar. No te preocupes, con esto podrás recordar.

De repente vio como se abrian numerosos pequeños portales mágicos de los que aparecía un séquito de duendes. Del vórtice más grande emergía Baufren escoltado por Rida, Fradil y Teo, el Círculo de los Sabios Duendes del reino.

Rida, la guardasalva del conocimiento, llevaba el Libro de la Sabiduría, un ajado manuscritolibro en el que los duendes volcaban todo su conocimiento mágico, mientras que Teo, Fradil y Baufren cargaban con las tres pequeñas botellas de cristal en el que se podían ver liquidos de tres colores relucientes. Sin duda los duendes habían sido muy listos. Como cada noche, mezclarían las tres esencias en el Imagitarro para crear la Esencia de los sueños y la utilizarían para conseguir dormir al mago y hacerle soñar con sus recuerdos más preciados. No en vano, era el brebaje preferido de Defendra. Nunca se acostaba sin antes tomar unas gotas del famoso elixir para poder dormir apaciblemente y tener dulces sueños.

Eme empezó a revolverse entre gritos. Sabía que si le hacían beber del imagitarro su voluntad se doblegaría a la de los duendes y podrían hacer lo que quisieran con él. Gritó, pataleó, arañó y mordió, pero todo fue inútil.

–Es el momento de combinar las esencias para crear el Imagitarro– dijo Rida mientras pronunciaba un hechizo que hizo aparecer un enorme tarro de cristal- tenemos que generar una nueva esencia de los sueños.
–Diversión, Creatividad e Ilusión- entonaron Teo, Fradil y Baufren, uno tras otro componiendo así una docil melodía que era capaz de dormir al más rebelde de los niños.

Musgo, Cascada y Brizna sujetaban con todas sus fuerzas las piernas de Eme mientras Baufren y Eneris le hacían tragar el brebaje sumiéndolo en un profundo sueño.

En el otro extremo del continente, los tres prometedores sobrinos de Minerva iniciaban el viaje de su primera misión. Periandro, prodigioso estudiante de erudición e impromagia, había preparado a conciencia todos los elementos del rito y los canales mágicos a través de los cuáles se comunicarían con la torre. Por su parte, Aurora y Carmélida, portentosas alquimistas, habían estudiado en profundidad las características de la mágica piedra y elaborado un minucioso diario con los posibles problemas y sus soluciones. Su querida tía había confiado en ellos y no podían fallar.

Ensillaron sus caballos, llenaron las alforjas con víveres y todo lo necesario para el ritual y partieron hacia el oeste, la arboleda de Catch-Unsum.

El viaje fue rápido y sin complicaciones. Cuando llegaron los tres hermanos, los duendes lo tenían ya todo preparado. Fradil y Teo custodiaban el Libro de la Sabiduría, mientras Baufren y Eneris vigilaban al tenebroso brujo. Calum aún no había terminado de tratar la piedra, pero ellos debían asegurarse primero de que los sueños de Eme estuviesen libres de oscuridad.

Mientras las hermanas organizaban el trabajo y el ritual, Periandro usó un conjuro que el preclaro le había explicado en secreto para entrar en el mundo onírico del mago. Con sumo cuidado, extrajo un largo hilo negro de su zurrón. Como explicó a Baufren se trataba de un pelo de la cola del último pegaso que habitó el Mundo Faérico. Las leyendas contaban que cuando éste estaba en peligro, el espíritu del Bosque Mágico buscaba un guía espiritual de la magia blanca. No obstante, el bosque era caprichoso y sólo dotaba de dichos honores a un bebé capaz de convertir el odio en amor. Por desgracia, hacía siglos que los pegasos habían desaparecido.

Periandro se tendió en el suelo al lado de Eme mientras Eneris rodeaba con cuidado la cabeza del brujo con el pelo y la unía a la de su compañero. Tras decir unas palabras mágicas el impromago cayó también en un profundo sueño y el pelo empezó a brillar cual hilo de luciérnagas que vuelan por el bosque.

Periandro aterrizó en los jardines de Skuchaín, donde vio a un pequeño Eme jugando con una niña de pelo cobrizo. Después se trasladó a la biblioteca en la que Eneris y Sereni siempre se entretenían cambiando el orden de todos los libros. Rápidamente voló a Azarcón y pudo ver al mago acunar un pequeño tubérculo. Finalmente oscuridad. No vio nada. Sólo oía una voz: Cuando te halles errante en bosques de desconcierto, regresa al claro de tus orígenes y redescubre tu identidad. Allí estaré, firme a tu lado, pues nuestras almas están entrelazadas como raíces profundas en la tierra.

Mientras tanto, Aurora y Carmélida ya habían recibido la piedra y preparado el ritual. Despertaron a su hermano y los tres se colocaron alrededor del brujo junto con los duendes mayores. Alzaron sus manos y varitas y empezaron a recitar un hechizo ancestral. El cautivo fue abriendo poco a poco la boca y elevándose del suelo. De su boca empezaron a brotar ramas de una densa niebla negra que comenzó a tomar la forma de torbellino. Los duendes aunaron su magia y crearon un escudo de protección alrededor de la nube, mientras Periandro volvía con Eme, y Aurora y Carmélida canalizaban su magia hacia la piedra. Tras un duro esfuerzo, la nube fue entrando en la piedra y Eme abrió los ojos.

Un estruendoso rugido inundó Cuna de Oscuridad. Eme había despertado. Aurobinda podía sentir su purificada alma.

–Zabyty –dijo a uno de sus mágicos cuervos– vuela a Azarcón y avisa a Nakali, Öthyn y Drëgo. Eme ha despertado y tendrá que pasar por Azarcón para recuperar energía. Ya sabes: quien nace entre tubérculos, de tubérculos se rodea. Avisadme cuando lo encuentren.

Nada más despertar, Eneris puso a Eme al corriente de todo lo acaecido durante su época oscura. Se había librado de la influencia de las brujas, pero había perdido parte de su memoria y de su magia. Debía reponer fuerzas, pero no tenía tiempo para ello. 

Mandó a Aurora, Periandro y Carmélida de avanzadilla a Skuchaín y, como Aurobinda había supuesto, él se dirigió a Azarcón. Llegó exhausto a su comarca natal. Como había imaginado, el hechizo de transportación lo dejó sin fuerzas. No obstante, la suerte estaba de su lado, pues no tardó en vislumbrar la figura de un antiguo colega de la torre. Se trataba de un druida: el mismísimo guardián de la Aguja de Nácar.

–Öthyn, menos mal que te encuentro –saludó el mago agradecido–. Necesito volver a Skuchaín, tengo que avisar a Félix.

–Sentimos un fuerte temblor en la magia y acudimos de inmediato –explicó–. Drëgo, mi joven discípulo, te ayudará a que vayas recuperando tu magia y puedas reanudar tu camino. Yo iré a buscar unas bayas.

Eme no se imaginaba que bajo la apariencia de un afable anciano se escondía un diablo ávido de venganza. Öthyn fue sigilosamente hacia la muralla norte donde los dos cuervos le esperaban y los mandó ir a buscar a su señora. Cogió unas bayas a las que espolvoreó un azufre paralizante y volvió con su discípulo y el mago.

–Toma, amigo. Te sentarán bien. Al principio te aturdirán un poco, pero en seguida te ayudarán a que recobres fuerzas.

Sin dudarlo, Eme engulló las bayas. Su desesperación le nubló sus sentidos: no vio a los demonios alados volar hacia Cuna de Oscuridad, no olió el hedor de azufre, no sintió su amargor, ni escuchó las entrecortadas risas de los ladinos druidas. No se percató del engaño hasta que fue demasiado tarde.

De repente una nube de cuervos cubrió el cielo y bajo ellos se materializó la temible bruja.

–Querido Eme. ¡Qué placer verte así de nuevo! –dijo entre carcajadas– Tus preciosos ojos brillan de inocencia. El bueno de Eme. ¿Acaso creías que te iba a dejar llegar a tu amada torre?  –preguntaba mientras Eme se revolvía contra los efectos del paralizante–. No lo intentes, querido. Tu antiguo compañero, en el que tanto confiabas, te ha envenenado. Y ahora sólo me queda una cosa por hacer.

Aurobinda le arrebató la piedra donde él mismo había encerrado a Sirene y los magos habían ocultado su oscuridad. Empezó a conjurar un oscuro hechizo con la ayuda de los druidas y, de repente, Eme desapareció. Sólo quedó una redonda y negra piedra.

–¡Perfecto! –exclamó la bruja– Enterradla aquí mismo; que nadie la encuentre nunca. Tengo que marcharme, he sentido la llamada de los Consejeros. Tendré que ponerme mis mejores galas, es hora de hacer una breve parada en el Palacio de Ámbar antes de continuar mi misión en el Inframundo..

157 – UN CORAZÓN ROTO I

En el Vacío.

En mitad del espacio que se extiende en el después de todos los tiempos, dos figuras oscuras y solitarias se movían como dos moscas tratando de escapar sin éxito del tarro de vidrio en el que habían sido atrapadas. Ventisca miró a Kashiri con un gesto cargado de reproche.

—¿Y ahora qué? —dijo la aisea no sin cierta amargura—. Íbamos a demorarnos solo un poco para que tú tuvieras tu estúpida venganza y hemos terminado atrapadas en el peor de los lugares posibles.

—¡Maldigo una y mil veces a esos condenados inventores! —sentenció la Emperatriz del Inframundo desesperada—. Aunque creo que, con el último rayo de mi báculo, he podido alcanzar al menos a uno de ellos… —trató de consolarse en vano. 

—¿Y se puede saber de qué nos sirve si estamos atrapadas? Doblemente atrapadas: atrapadas dentro de un sueño, y atrapadas en el Vacío. Nunca escaparemos de esta cárcel.

—Tiene que haber un modo de salir de aquí —dijo pensativa Kashiri mientras trataba de serenarse—. Por suerte mi fiel báculo sigue conmigo. En su interior habitan los Seis Altos Demonios, los seres más poderosos del inframundo. Mi predecesor los confinó en este arma que yo misma le robé. Ellos son la verdadera clave de mi poder. Los liberaré y, cuando se sepan atrapados aquí con nosotras, se verán obligados a utilizar su poder si no quieren permanecer aquí encerrados por el resto de la eternidad.

—¿Y si se niegan a ayudarte? —objetó Ventisca tratando de usar sus poderes sin éxito para abrir una brecha en el vacío—. Al fin y al cabo deben de haber estado macerando su rencor durante siglos.

—No tendrán opción —sonrió malévola Kashiri—. No creo que quieran quedarse en este agujero por toda la eternidad.

—Pues entonces inténtalo, no quiero pasar aquí ni un minuto más —sentenció la aisea cruzando sus brazos con impaciencia.

—Desactivaré momentáneamente el sello que los retiene y luego los liberaré… 

Movió su mano sobre el báculo y este vibró, su piedra se encendió y, acto seguido, la Emperatriz formuló su petición.

—Oh, Altos Demonios, vosotros que habéis sido mi fuente de poder —comenzó a pronunciar con voz regia—. Abandonad vuestra cárcel y ayudadme a abandonar la mía. Yo que gobierno en el mundo que está debajo del mundo, os lo ordeno. Yo que soy vuestra ama y señora, os exijo. 

Se hizo un silencio en el que pareció escucharse un leve susurro proveniente del propio báculo. Era un murmullo múltiple casi como el de un enjambre de insectos. Finalmente pudo escucharse una respuesta.

—Lo siento, Emperatriz —profirió una voz cavernosa proveniente del mismísimo corazón de aquel bastón mágico—. Los Altos Demonios han deliberado. Ya no nos eres útil. Aquí se separan nuestros caminos. Regresamos a casa. Adiós y buena suerte en vuestro nuevo confinamiento eterno. Acto seguido, el báculo se volatilizó dejando la mano de Kashiri vacía y sus mirada desencajada.

—¿Cómo? —murmuró ella con un hilillo de voz mientras golpeaba el suelo que sonaba desesperadamente opaco—. Traición…

—No puede una fiarse de un demonio —apostilló Ventisca—. Parece que vamos a pasar aquí unas largas vacaciones —comentó examinando aquel sombrío y lúgubre lugar—. Y lo malo es que no me gusta el sitio… ni la compañía —apostilló en voz baja mientras su compañera se desplomaba sobre sus propias rodillas.

En el Inframundo

Grilix y Trillox eran dos pequeños diablillos domésticos de garras retorcidas que servían en el Palacio de la Emperatriz del Inframundo. Limpiaban con espemero el trono de la Kashiri temerosos de que, a su regreso, les castigara si no lo habían mantenido todo impoluto. 

—He pasado una noche horrible —se desahogó Grilix con su compañero sin dejar de sacar brillo—. He soñado que los condenados nos atormentaban a nosotros.

—Yo tampoco he pasado buena noche, la verdad es que últimamente las cosas andan revueltas incluso aquí. ¿Se sabe ya cuándo regresará a casa su Majestad? —preguntó Trillox al otro en un tono que mezclaba el temor con el deseo.

—Partió hace un tiempo con Lady Ventisca, pero supongo que no tardarán en…

Su voz se interrumpió ante la explosión de luz demoníaca les cegó.

—Por todos los condenados de la Sala del Lamento —exclamó Grilix  con voz temblorosa—. ¡La Emperatriz está de vuelta!

Pero lo que apareció en la sala del trono no fue la sinuosa silueta de Kashiri sino seis sombras de aspecto imponente y aterrador. Simultáneamente, en el suelo, se materializó el báculo de Kashiri, sin atisbo de su antiguo brillo. La más corpulenta de las figuras, que llevaba una oscura capucha, rompió el silencio con su voz cavernosa.

—Hermanos, ya estamos de vuelta en casa —sentenció retirándose el capuchón y dejando ver su cráneo pelado. Su perilla azabache enmarcaba una mueca que, en un rostro menos violento, podría haber sido una sonrisa de satisfacción. Se trataba de Abraxas, Señor de mil legiones, el mayor de los seis Altos Demonios. 

—Abraxas querido —susurró su hermano Axbalor poniendo su delicada mano sobre el hombro del más corpulento—. Ahora que Kashiri ha caído, ¿no ha llegado el momento de que los demonios vuelvan a gobernar el Inframundo que les vió nacer?

—Siempre tan codicioso… —susurró la hermosa Luxanna, la más bella de entre los súcubos con un gesto de desprecio—. ¿Te has olvidado del juramento? Vamos, Axbalor, ya hemos pasado por esto.

—No lo he olvidado, es solo que hoy me he levantado, creativo… —dijo el demonio con una sonrisa encantadora.

—Aunque ellos no lo sepan, los emperadores y emperatrices del inframundo son en realidad nuestros sirvientes —apostilló Axbalor lanzando una mirada condenatoria a su hermano

—Como sin duda recordarás, hay dos razones principales —explicó Xezbet, el hermano pequeño, con gesto didáctico. Una es el alimento —añadió mientras parecía empezar a salivar—. Los demonios comunes pueden alimentarse del tormento de un alma cualquiera, pero un Alto Demonio requiere de platos más elaborados.

—Lo sé, lo sé —admitió Axbalor con tono de estar cansado de oír la misma cantinela—. Mis refinados hermanos no degluten cualquier cosa. Tienen que alimentarse del néctar del sufrimiento humano mejor destilado. 

—Exacto —añadió Xanthara, la inteligente súcubo, con su rostro pálido y los ojos muy abiertos—. Recuerdo que fue idea mía, hace milenios. Hartos de pasarnos la eternidad seleccionando las almas más puras y luego atomentándolas y consumiéndolas, inventamos nuestra propia cosecha. ¡Un plan genial!

—Encontrar un alma, una sola, que fuera lo suficientemente pura, tierna y cándida… —apostilló Xezbet—. Y provocar en ella el desgarro definitivo de su alma.

—Lo primero —dijo Luxanna como si recordara una antigua receta de cocina— es encontrar un corazón puro.

—Lo segundo —añadió su hermana Xanthara— es hacer de él un corazón roto.

—Y la última parte de la receta, es concederle el don de la inmortalidad —concluyó Axbalor con retintín demostrando que recordaba el procedimiento al dedillo—. Descubrimos que podíamos alimentarnos durante siglos del sufrimiento de un corazón puro si se había macerado lo suficiente en el sufrimiento. Oh, es como si todavía pudiera degustarlo… 

—Tengo hambre —suspiró Luxanna.

—Y yo —añadió Abraxas frunciendo su poblado ceño.

—Pero la parte más importante era la que yo me inventé —dijo Xezbet, señor del engaño, orgulloso de sí mismo, haciendo caso omiso del rugido de las tripas de sus hermanos—. Nombrar a nuestra víctima Emperador del Inframundo y vivir en su báculo absorbiendo poco a poco el sufrimiento de su alma inmortal. Podemos vivir siglos absorbiendo su esencia hasta que, sin saberlo, se vea completamente consumida y tengamos que deshacernos de ellos. Pero mientras nos son útiles, ordeñamos su sufrimiento mientras viven rodeadas de de una cárcel de oropeles sin saberse prisioneras.

—Es mejor para la pobre Emperatriz —le apoyó su hermana, la inocente Nexara que se había mantenido en silencio hasta entonces—. Y, además, pusimos fin a nuestra guerra gracias a esa gran idea. Fue lo mejor para todos —sonrió la súcubo buscando infructuosamente las miradas de aprobación de sus hermanos.  

—Pero en su afán, los mortales han jugado con fuego y se han terminado quemando —culminó Abraxas tomando del suelo el Báculo de la Emperatriz—. Kashiri se ha condenado a sí misma, por lo que ya no nos sirve. Y ahora…

—Ahora ha llegado el momento de encontrar una nueva víctima, supongo —sugirió Axbalor—. Perdón, quise decir “de coronar una nueva Emperatriz”. A no ser que queramos volver a rebajarnos a atormentar almas de pacotilla todos los días, para rebañar los restos de su ordinario y vulgar dolor.

—Nadie quiere eso —dijo Xezbet—. Ha llegado el momento de encontrar una nueva alma a la que entronar.

—Cierto  —convino Abraxas—. De hecho ya había pensado en ello. Pero nosotros llevamos siglos viviendo en un Báculo, no conocemos este mundo. Puede llevarnos tiempo dar con el alma adecuada.

—Altos Demonios del Inframundo, permitid que me presente ante vosotros. Soy Aurobinda, Señora de los Cuervos. Bruja y fiel sirviente de la Oscuridad.

—¿Y que te trae por nuestro reino sin ser invitada, Aurobinda? —preguntó Abraxas manteniendo las distancias.

— He sentido la presencia del báculo ante la desaparición de Kashiri. He venido a jurar lealtad a la Oscuridad que habita bajo la tierra y no he podido evitar escuchar vuestras necesidades. Necesitáis un corazón puro, ¿no es así? Yo os lo puedo proporcionar e incluso os puedo mostrar como quebrarlo de la forma más rápida y eficiente.

—Me cae bien —observó Axbalor dirigiéndose a sus hermanas.

—¿Y qué ganarías tú con ello, bruja? —inquirió  Abraxas reduciendo su suspicacia.

—Mis huestes han sido mermadas. Kashiri ha sido neutralizada, mi más fiel aprendiz ya no está entre nosotros y el alma de la reina Oscura que crearon los Consejeros ha sido purificada por culpa de ese maldito Archimago. Sinceramente, las cosas no pintan bien. Pero quizás, si las cosas se arreglan en el inframundo, juntos podamos volver a poner en jaque a esos héroes de pacotilla. Necesito un nuevo ser de oscuridad que esté a la altura de Dorna. Y solo una emperatriz del Inframundo puede estar a la altura de la Reina Oscura. Dejadme ayudaros a conseguir vuestro corazón roto: vosotros ganáis, yo gano.

—Está bien, Aurobinda, llévanos ante tan suculento manjar y serás recompensada — la apremió Luxanna relamiéndose los labios.

—Mis apreciados Altos Demonios, los más poderosos íncubos y súcubos del Inframundo —respondió la bruja con una reverencia—, estoy aquí para servir. Y no temáis, vuestro secreto sobre la verdad de las Emperatrices, estará a salvo conmigo —añadió en tono amable pero pero con un brillo siniestro en los ojos.

156 – RETORNO A LA TIERRA I

–Lo que deseo es que toda Calamburia despierte de su dulce sueño, pero sólo para sumergirse de por vida en un Reino de Pesadillas. Un lugar donde todos sus temores se hagan realidad, una noche eterna donde la oscuridad y el terror campen a sus anchas y atormenten a las tiernas y débiles mentes de todos los que pueblan esta tierra.

De pronto se hizo el silencio en la arboleda de Catch-Unsum. Eme, el que tanto había luchado contra la oscuridad, acabó sucumbiendo a ella. El bosque empezó a desaparecer en una densa nube negra cargada de azufre. Seis relámpagos de diferentes colores cayeron sobre el mago con un estruendoso rugido y lo elevaron por encima de los árboles. Artemis echó a correr, pues sabía lo que el tenebroso mago planeaba y necesitaba buscar ayuda. Los calamburianos también huyeron aterrorizados, perseguidos por los oscuros brujos. Sólo quedó Eme, un nuevo receptáculo de la Oscuridad. 

Tras acabar el ritual el mago se desmayó sobre el tocón del primer árbol. A su lado se movía inquieto un viejo amigo; una antigua criatura voladora con forma de pelusa que de tantos problemas le había sacado cuando aún estudiaba en la torre arcana.

Después de una dura travesía Artemis vislumbró la silueta de la mágica torre. Aún había esperanza. Apretó el paso con renovadas fuerzas hasta llegar al portón donde Minerva lo esperaba. Aquella mañana el mágico laúd del trovador había empezado a entonar una preciosa marcha que llamaba a la lucha. Sin duda había notado la inminente llegada de su intérprete. La erudita recibió al viajero, le ofreció un puchero de jabalí y una jarra de vino. Una vez hubo comido y reposado, los dos se dirigieron al despacho de su anfitriona para hablar. 

Durante más de dos horas Artemis le relató los terribles sucesos que había presenciado: cómo Eme lo raptó e intentó matar a los hermanos Flemer, cómo éstos inventaron una máquina del tiempo con la que hicieron desaparecer a las guardianas del Inframundo, cómo el brujo los transportó a la arboleda de Catch-Unsum y cómo utilizó la esencia de la divinidad para sumir al continente en una pesadilla sin fin.

Minerva se alarmó. Ella había hablado con  Teslo y Katurian acerca del diseño del artilugio y, según sus planes, los hermanos deberían haber vuelto al faro hacía una semana, pero no lo habían hecho. No lograba contactar con ellos. Se esperaba lo peor. 

Los profesores de magia Férula y Gónagan irrumpieron alarmados en el despacho de Minerva. Gónagan había tenido una premonición acerca del final del V Torneo y, como de costumbre, había acertado.

–Minerva –dijo Férula– ¡si eso es verdad tenemos que actuar cuanto antes! Las brujas no tardarán en venir a Skuchaín. Al fin y al cabo, es aquí donde se canaliza la magia de la Aguja de Nácar y a donde llega la esencia más pura. ¡Estamos todos en peligro!

–Tienes razón –convino la erudita–, pero tenemos que actuar con cautela. Vosotros os encargaréis de la seguridad de la escuela mientras nosotros buscamos una solución. Por favor, mandad llamar a Félix, Calum, Baufren y mis sobrinos.

La pareja salió a toda prisa a cumplir las órdenes de Minerva. Skuchaín nunca había caído bajo el yugo del mal y no lo haría bajo su mando.

La erudita y el trovador se quedaron en el despacho consultando viejos tratados de magia en busca de una solución, pero los dos sabían que ésta se encontraba lejos del mundo terrenal. 

Tal era su abstracción que ni siquiera se percataron de la llegada del preclaro, el alquimista y el duende mayor.

–¿Nos has llamado? –preguntó Félix

–Sí. Tenemos un problema y necesitamos vuestra ayuda y la del Libro de la Sabiduría –declaró la erudita.

–El libro está en el lugar al que pertenece alejado de las codiciosas manos de los calamburianos. No permitiré que salga del mundo de los duendes –sentenció Baufren.

–Venerable duende –intervino Artemis– se trata de una emergencia. Eme ha absorbido la Oscuridad y temo que pueda absorber parte de la esencia de los grandes demonios. Necesitamos extraer la oscuridad de su alma.

–¡Eso es imposible! –exclamó el alquimista– Están encerrados en el báculo de Kashiri y sólo un poderoso ritual los podrá liberar.

–Temo que la emperatriz haya muerto –aclaró el músico–. Yo mismo vi cómo los inventores luchaban contra las guardianas y las hacían desaparecer.

–No puedo sacar nuestro libro sagrado sin asegurarme de que esté a salvo. 

–Lo entendemos –afirmó Félix–, no utilizaremos el libro hasta el último momento. Lo primero es encontrar a Eme. ¿Podréis encontrarlo los duendes? Podríais usar el poderoso imagitarro para que duerma.

–¿Y en qué puedo ayudar yo? –preguntó Calum–. ¿Sabéis ya dónde encerrarlo?

–Eso es. Félix y yo hemos estado estudiando en secreto la piedra donde Eme encerró a Sirene. Necesitamos que la prepares, ese será el receptáculo.

En ese momento entraron en la sala los tres hermanos y sobrinos de Minerva: Periandro, Aurora y Carmelida.

–Aurora, que bien que hayas llegado. -exclamó Callum-. Me serás de gran ayuda analizando la piedra. Erudita Sybilla, nos pondremos con ella de inmediato y…

 –No –interrumpió Minerva–. Necesitamos ser mucho más rápidos. Aurora irá con Carmélida y Periandro a buscar a Eme y en cuanto lo encuentren y tengamos todo listo les enviaremos la piedra y ellos mismos harán el ritual. Es más rápido y seguro de esta forma.

–Está todo claro. Nos avisaremos con cualquier noticia –sentenció Félix.

Salieron todos del despacho y empezaron con los preparativos del plan de los eruditos.

Mientras tanto, una nueva tragedia se fraguaba en Cuna de Oscuridad, donde Aurobinda y su séquito buscaban sin descanso el báculo de la desaparecida emperatriz.

–¡¿Cómo que no sabéis dónde está!? –gritó Aurobinda–. ¡Estoy rodeada de ineptos! Ya lo decía mi hermana, que Eme era el único brujo con un atisbo de inteligencia. Es un báculo con seis demonios dentro. ¡No puede pasar desapercibido!

–No funcionan los cristales negros –se disculpó Caila–. No podemos percibir su magia. No lo entiendo, mi señora Aurobinda, nunca han fallado los fragmentos del espejo oscuro donde conocisteis a la oscuridad.

–¡¿No lo entendéis?! ¡Necesitamos el báculo!

–Mi Señora de los Cuervos –saludó Ménkara irrumpiendo en la biblioteca escoltada por dos cuervos– ¡Lo hemos encontrado!

Ménkara agitó su varita y con un rápido movimiento las lúgubres aves perdieron su plumaje y se transformaron en dos niños. Tras años de experimentos, Aurobinda logró crear un hechizo para transformar a los niños en yatagarami; poderosos cuervos oscuros que se sometían a la voluntad de su señora. Zabyty y Nakali fueron los primeros en superar los experimentos. Al no tener familia, su alma era muy vulnerable y nadie los buscaría. Desde su transformación se habían convertido en los más hábiles espías de la bruja. Sobrevolaban rápidamente los vastos campos de Calamburia. Nada escapaba a su vista ni, por ende, a la de su señora.

Los dos niños explicaron que los cristales de Caila habían reaccionado en las puertas de las Cuevas del Rechazo por lo que no había duda de que el báculo se encontraba en lo más profundo y oscuro del Inframundo.

–¡Perfecto! –exclamó la bruja con una maquiavélica sonrisa en los labios– Ahora sólo falta traer a Eme y coronar a una nueva emperatriz para el Inframundo. ¡Tesejo! ¡Ménkara! Buscad una nueva guardiana. Una mujer simple a la que nadie eche de menos. Caila quedate en Cuna de Oscuridad e informa a nuestros aliados del mundo faérico. ¡No metáis la pata!

–No, mi señora –respondieron los jóvenes brujos al unísono.

Aurobinda salió de la habitación seguida de cerca por su discípula y los dos niños convertidos de nuevo en cuervos.