108. UN GRITO DE AYUDA

El ambiente bajo la tienda hecha de pieles y carcasas de animal era agobiante y opresivo. El humo de la fogata central invadía el habitáculo y escocía los pulmones de los presentes, pero nadie tosía. Nadie movía un solo músculo, de hecho.

Las criaturas ahí congregadas eran extrañas y antinaturales. Un oso, un lobo tuerto y un águila ocupaban la mayor parte de la tienda, aunque aún quedaba sitio para dos criaturas más. Frente a ellos estaba sentada Dorna, con la barbilla alzada en un gesto desafiante.

– Honramos la memoria de los ancestros – dijo el oso con una voz grave y profunda.

– La honramos – repitieron los tres a coro.

– Invocamos la sabiduría de nuestro padre, el Titán.

– Guíanos, padre.

– Lloramos la partida de nuestros hermanos.

– Escorpión y Serpiente, los Exiliados.

– Habla pues, Dorna, hija de los Reyes Errantes – dijo el oso lanzando algo a la hoguera que chisporroteó y cambió las llamas a un color azulado.

La escena cobró un tinte antinatural a luz de aquel frío color. Pero Dorna no se amilanó.

– Jefes de clan, acudo en vuestra ayuda. Los sureños nos comen terreno cada día y ponen en peligro nuestra misma existencia.

– ¿Lo hacen, antigua Jefa de Clan? – graznó el águila.

– ¿O quizás tenemos que buscar más cerca, entre los nuestros? – ladró el lobo mostrando los dientes.

– ¡No habéis visto lo que yo he visto! Los sureños viven en auténtica decadencia. Tienen casas de placer donde satisfacer sus vicios, usuarios de la magia campan por doquier… sus líderes son corruptos, agresivos, sedientos de sangre.

– Tú llegaste a ser su líder, Dorna. ¿Acaso no estás tu también sedienta de sangre? – preguntó el Oso, aunque parecía sentenciar.

– ¡Solo busco recuperar lo que me robaron! ¡Mi hijo! ¡Un Salvaje, como vosotros! ¡Un Hijo del Titán, una semilla de la mismísima tierra! – gritó Dorna, casi abalanzándose sobre sus interlocutores.

– La venganza solo lleva a la destrucción, antigua Jefa de Clan – dictaminó el Oso -. Tu cuerpo rebosa de ella y el hedor pestilente de la violencia te acompaña allá donde vas.

– ¿Qué sabréis vosotros? ¡Yo fui elegida por el Titán! ¡Me entregó su marca! He tratado de tomar las decisiones más sabias entre las opciones que el destino ha mostrado ante mí. Fui fuerte donde cualquiera habría sido débil. Fui piedra cuando el resto decidió ser agua. Fui un tifón cuando mis semejantes fueron una leve brisa.

– El débil medita sus acciones y sus consecuencias – graznó el águila.

– El agua termina erosionando la piedra tras el paso de los eones – aulló el lobo.

– La leve brisa es aceptada por los árboles y las criaturas. Todos aborrecen la destrucción del tifón – resopló el oso.

– ¿Qué soy entonces, Jefes de Clan? ¿Una necia?

– Eres la Líder de Clan que se convirtió en Princesa de los Reyes Errantes por primera vez en muchas centurias. Guiaste a parte de nuestro pueblo más allá de las montañas y bajaste a las llanuras para evitar el descontrol de los sureños. Fuiste esperanza – recordó el águila.

– Eres la primera Salvaje en ocupar un trono sureño desde que el mundo es mundo. Uniste ambos mundos sin consultarlo con el resto de tu pueblo, fruto de tu ambición. Fuiste duda – puntualizó el lobo.

– Eres la primera Salvaje humillada públicamente con el peor de los castigos: la pérdida de su descendencia. No solo eso, sino que usaste al pueblo Salvaje para recuperar a tu hijo en incontables batallas y masacres. Los cuerpos de muchos llenan el fondo del mar, sus espíritus jamás podrán descansar en la tierra. Otros se han mezclado con esa escoria a la que llaman piratas y han olvidado nuestro modo de vida, y todo por culpa de tu sed de venganza desmedida. Eres decepción – sentenció el oso, inclinándose hacia adelante, con sus dientes brillando a la luz azulada de la fogata.

Dorna se quedó sin habla. No supo que responder ante esas acusaciones, porque eran todas ciertas. Lo único que le importaba en este mundo era recuperar a su hijo. Es cierto que antes había tenido otros objetivos, pero ahora Juliok era como una antorcha que guiaba su camino y que amenazaba con consumir todo lo que la tocase.

– ¿No me ayudareis entonces, Jefes de Clan? – dijo Dorna, con los dientes apretados por la furia y la humillación.

– El Clan de los Picos Nevados no te ayudará – repuso el águila.

– El Clan de los Lobos de Hielo no te apoyará – dijo el lobo.

– El Clan del Oso Pardo no lo consentirá – dijo el oso -. Tú y tus seguidores quedáis expulsados de estas montañas. Sufrirás el mismo destino que nuestras hermanas del pantano, la Serpiente y nuestros hermanos del desierto, el Escorpión. Has aprovechado los recursos de tus hermanos y hermanas hasta sorberles el tuétano. Pero nunca más te seguiremos. Los Jefes de Clan han hablado. El Titán vigila.

– El Titán vigila – corearon los tres.

Dorna no esperó a que los tres acabasen la ceremonia y se levantó con furia agarrando su cayado. Levantando las pieles de un empellón, salió de la tienda hirviendo de rabia.

Corugan se levantó del tocón en el que se hallaba sentado. De un solo vistazo, entendió el estado de ánimo de su reina y su mirada se entristeció asemejándose a la de un cachorro abandonado. Al verla a la luz de las estrellas aguantando las lágrimas de frustración, gruñó con un ruido sordo y se dirigió hacia la tienda de campaña.

– No, Corugan. Esos viejos estúpidos no tienen la culpa de estar anclados en la tradición.

El belicoso chamán la miró preocupado e intentó ponerle una mano en el hombro. Dorna se zafó violentamente.

– ¡Déjame! Vine aquí en búsqueda de mi pueblo, pero veo que estoy sola. Siempre lo he estado – escupió la Salvaje mirando amenazadoramente a la luna. No vio como su chamán se encogía como si le hubiesen dado un golpe físico y la miraba con una mirada de infinita tristeza.

Sin mirar atrás, dejando caer su cayado, Dorna echó a correr. Corugan ni siquiera hizo amago de seguirla, sumido en sus pensamientos.

Corrió como hacía años que no lo hacía, cuando perseguía a sus presas por cañadas y precipicios. Corrió bajo la luz de la luna, con su larga melena azabache al viento, sus pies martilleando el suelo y su respiración agitada perdiéndose en el gélido aire nocturno.

Finalmente se detuvo en un tenebroso claro, donde los rayos de la luna iluminaban con timidez y aprensión. Se derrumbó en el suelo y aporreó la tierra con saña. Nadie entendía su pérdida. Nadie entendía que le habían arrebatado una parte de su ser. Ni siquiera la tierra entendía lo que sentía, ni sus semejantes pensaban ayudarla. La antorcha de su interior prendió aún más fuerte, amenazando con consumir su misma alma, poco le importaba.

– ¡Maldito seas, Titán! ¿De qué me sirve ser tu elegida si no escuchas? ¿De qué me sirve mi sangre si nadie oye? ¿De qué sirven mis actos si para ti no existo? ¡Nunca nadie me ha escuchado! – gritó al cielo, vomitando toda su rabia hacia los astros que titilaban en la bóveda celeste.

Sus gritos rebotaron por entre los árboles. Dorna se acurrucó en el suelo, temblando, presa de una repentina debilidad. Estaba sola. Sus gritos habían sido vanos y sus sueños rotos.

Pero notó una presencia. Alzó la cabeza poco a poco y miró por entre sus cabellos enmarañados. En el centro del claro, había una forma, tapada por las sombras.

Dorna pensaba que sus gritos jamás serían escuchados por el Titán. Y estaba en lo cierto. Fue otra cosa la que se vio interesada por su ambición.

La Oscuridad, como siempre hace, escuchó.

107. LO QUE ACECHA TRAS LA RUTINA

La rutina tiene el poder de sanar todas las heridas. La seguridad y la tranquilidad de los horarios, el amanecer y el anochecer era lo único que permitía a los Calamburianos mantener un símil de cordura y estabilidad, independientemente de quien estuviese en el trono o qué terrible amenaza intentase destruir su tierra.

Pero la rutina nunca elimina por completo los temores, las amenazas, la oscuridad. Y es que, debajo de esa tranquilizadora superficie, se oculta un mar agitado y oscuro que puede descontrolarse en cualquier momento.

Una clara muestra de ello era la Torre de Skuchaín. Incluso inmersos en sus mas grandes conflictos, las clases siguieron impartiéndose sin importar lo que ocurriese en el exterior. Como decía Minerva Sibila, si hay tiempo para una guerra, también hay tiempo para estudiar.

Más la torre no brillaba con su habitual luz. Había rutina, sí. Los estudiantes acudían a sus asignaturas y un ajetreo llenaba constantemente la torre de vida. Pero se trataba de una luz parpadeante, macilenta. Una tensión casi imperceptible recubría las paredes, indicando que algo no iba bien en la Torre.

La llegada de Aurobinda había sorprendido a más de un estudiante y profesor, pero lo cierto es que los rumores hablaban de una conducta intachable por parte de la Bruja. Había ayudado en la recuperación de la Esencia del Fuego con una actitud ejemplar, y además contaba con todo el apoyo de la corona, y lo que es más importante, por Eme y Sirene, los héroes de Skuchaín.

La casa Ténebris, la que luchó con mayor virulencia contra la Maldición de las Brujas, se ofreció voluntaria para vigilar de cerca a Aurobinda, la cual aceptó esta curiosa medida de buen grado. En algún momento que nadie sabe definir, los miembros la casa más marcadamente oscura de Skuchaín empezaron a ejercer papeles de Guardianes de la Conducta, una medida que la Bruja estableció para devolver el decoro y las buenas maneras a la Torre. La razón oficial giraba entorno a devolver a Skuchain el brillo y la sapiencia del pasado y dejar de ser una academia en la que formar magos para la guerra.

relato-calamburia-aurobinda-tenebris-escuchainEsta medida fue recibida con gran alegría por el claustro de profesores, especialmente por los Eruditos, pero con el paso de los meses, el buen humor y el alborozo brillaba por su ausencia.

La sala del claustro era una antigua habitación recubierta de madera, sin ningún toque de piedra como el resto de la torre. Algunas de las superficies de roble habían sido reemplazadas por oscuro ébano para, según Aurobinda, devolver “la seriedad y el respeto que debería infundir esta sala”.

Todos los miembros del profesorado estaban sentados murmurando nerviosos, hasta que la puerta se abrió solemnemente para dar paso a Aurobinda, seguida de cerca por Telina, que sostenía un cuaderno apretado contra su pecho. Aurobinda dedicó una sonrisa de oreja a oreja a toda la sala y se sentó con deliberada lentitud en la silla que presidía la mesa. Dicha silla era llamada La Silla del Archimago, y sólo podía sentarse el Archimago designado para liderar la Torre. Había sido dejada vacía durante largos años, por respeto. El gesto hablaba por sí mismo.

– Muy bien, démonos prisa, tengo una mañana muy ajetreada. La Reina Sancha III me espera para comer y el viaje en cuervo siempre me resulta agotador – dijo con un inocente suspiro la antigua Bruja.

Felix el preclaro se levantó carraspeando y se apresuró a leer la orden del día:

– La preparación de los exámenes de mitad del semestre avanzan con buen ritmo, aunque debo señalar que los alumnos se están quejando por la carga de trabajo y la presión – dijo el Erudito con voz neutra.

– Es normal, son jóvenes y aún no han aprendido a respetar la autoridad – dijo Aurobinda agitando la mano, restándole importancia -. En unos años nos lo agradecerán.

– ¡Las normas se están volviendo demasiado estrictas! Hace escasos días, se rechazó mi presencia en la parte de la biblioteca designada para los libros de magia oscura – dijo la hermana Mitt Clementis, ofuscada.

– Hermana, los tiempos han cambiado. Antes no había ningún tipo de control ni registro sobre el acceso de la biblioteca. Entiendo que hemos sido siempre muy laxos con el acceso de los creyentes del Titán a nuestro cúmulo de saber, pero estoy extirpando de raíz todos los privilegios.

– ¿Privilegios? ¡No debe de haber barreras para los representantes del Titán! ¡Somos los ojos y los oídos de la Alta Curia en esta Torre! Además, vuestra biblioteca es ínfima si la comparamos a la que se halla en nuestras sagradas criptas – dijo con soberbia la religiosa.

– Pues quizás debería volver para hacerles compañía, hermana. Podremos sobrevivir sin un representante espiritual en este claustro. Salude a sus superiores de mi parte – respondió al instante Aurobinda, con una deliciosa sonrisa – ¿Algo más?

– ¡Se está perdiendo la calidad de las clases! – dijo Minerva, levantándose de un salto -. Estamos dejando de lado las clases de cultura general sobre dinastías e historia pasada de Calamburia para centrarnos únicamente en asignaturas de magia y hechicería. Estoy especialmente preocupada por el aumento de clases que giran en torno a la magia oscura, Aurobinda. Las marcas arcanas de algunos alumnos están transformándose en marcas de Ténebris. No puedo hacer oídos sordos a los murmullos que recorren los pasillos.

Una tensión palpable se coló en la sala, como una serpiente insidiosa. Las miradas se volvieron huidizas y el ceño de Aurobinda se pronunció hasta un nivel inquietante.

– Hay que conocer al enemigo para poder luchar eficazmente contra él, Minerva. Yo lo sé bien. Así que os enseñaré todo lo que haga falta para que conozcáis la oscuridad y sepáis diferenciarla de la luz. Cueste lo que cueste – dijo mascando estas últimas palabras. Repentinamente, se giró sonriendo hacia Sirene, que se hallaba sentada a su derecha -. Además, tengo entendido que el consejo de estudiantes está encantado, ¿Verdad?

– ¡Oh, si! – dijo Sirene con entusiasmo mientras sonreía en exceso -. Los alumnos nunca han sido tan contentos y felices, posiblemente aún más que cuando Ailfrid estaba vivo. Para mí fue un cobarde que nunca se atrevió a contarme la verdad, así que quizás tampoco fue tan buen Archimago.

relato-calamburia-aurobinda-escuchainTodos abrieron mucho los ojos y no se atrevieron a hablar. Sirene había descubierto recientemente que el segundo Archimago de la torre era su verdadero padre, pero nadie entendía a qué venía ese arrebato.

– No deberías hablar así, Sirene. Fue tu padre, y querido por todos. Y ya son muchos los estudiantes que me trasladan sus quejas – dijo Minerva muy seria, moviendo la cabeza apesadumbrada.

– Oh, habrán sido los Primus. Ya sabe profe, siguen pensando que esto es una pelea entre Theodus y sus hermanas. ¡Eso es tan de hace unos meses! – dijo riéndose malignamente Sirene.

– ¿Con que los Primus andan susurrando eh? – dijo Aurobinda, casi relamiéndose del gusto -. Telina. Convoca una redada de los Guardianes de la Conducta. Quiero que requisen cada una de las pertenencias de los Primus para que sean examinadas minuciosamente. Haz especial hincapié en Stucco: siempre está al borde de las normas del decoro.

Telina apuntó con rapidez en su cuaderno con una pequeña sonrisa de suficiencia. Acto seguido se dio la vuelta y salió por la puerta de la sala para cumplir sus órdenes.

– Muy bien. Me temo que me voy a tener que ir. ¿Alguna última sugerencia? – dijo la antigua Bruja, sabiendo que nadie se opondría a ella.

– Yo mismo – dijo una voz anciana. Todas las miradas se dirigieron hacia el asiento de Baufren, el Duende Mayor. Levantó la mirada por debajo del sombrero y la clavó en su rival. Se mantuvieron en tensión durante un rato, hasta que finalmente, habló -. Pero como las estatuas, tengo toda una vida por delante. Puedo esperar a la siguiente reunión.

Aurobinda abrió muchos los ojos al entender el insulto, y con un bufido, se levanto de la silla de un empujón y se fue a grandes zancadas de la habitación apartando a quien estuviese en su camino con una mirada asesina.

El claustro fue disuelto y se fueron separando entre murmullos. Sirene, dando saltitos y canturreando siniestramente por lo bajo, fue la última en salir. Mientras cerraba la puerta, una voz la interpeló a sus espaldas:

– Ay mi niña, que difícil es dar contigo. Me dijeron que te encontraría aquí. ¡Tengo una noticia tan maravillosa que contarte!

Sirene se giró y vio la figura achaparrada de Ebedi Turuncu, la tabernera. Sin poder oponerse, recibió un fuerte abrazo de esta que la estrujó como si fuese un trapo.

– Ay mami, no seas tan sobona. ¡Mami! – dijo Sirene, quitándosela de encima.

– ¡Pero como no voy a ser sobona, si ya no te pasas por la taberna! – le respondió sorprendida.

– Bueno mami, ahora estoy muy ocupada. Soy una persona importante aquí y no tengo tiempo que perder con la gente normal – dijo con desdén adolescente la Impromaga.

– ¿Cómo? ¿De dónde has sacado ese genio? ¡A que te doy con el rodillo! – replicó Ebedi, enfadada.

– Si lo haces, te congelaré y te quedarás ahí hasta que te encuentre alguien – dijo con frialdad la joven.

Ebedi se quedó paralizada. Nunca le había hablado así su hija. Es cierto que Ébedi y Ailfrid habían mantenido durante mucho tiempo en secreto que tenían descendencia, pero ahora estaban tan unidas como podría esperarse de una madre y una hija.

– Hija… ¿Estás bien? – dijo preocupada la tabernera.

– ¡Si, mamá, lo estoy! Ahora déjame en paz que tengo que hacer cosas mucho más importantes. No vengas nunca más aquí. Ya iré a verte en la taberna, si es que me entran ganas. Espero que no sigas tonteando con ese Edmundo, que parece el más tonto de toda la taberna – dijo con maldad Sirene.

– ¡Niña! No te consiento que hables así de él. ¡Nos queremos!

– El amor no existe – dijo la niña, poniendo los ojos en blanco -. Adiós mami. Ya nos veremos.

Y sin mirar atrás, Sirene echó a andar dando algún que otro saltito mientras canturreaba por los pasillos. La ira de Ébedi se fue disipando hasta verse invadida de una profunda tristeza. Mirando la espalda de la hija a la que vio crecer desde la distancia sin poder hacer nada para acercarse a ella, susurró:

– Estoy embarazada, hija.
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106. SANGRE EN LA ESPUMA

Teslo había visto muchas cosas imposibles a lo largo de su corta vida. Ser un hombre de ciencia y tratar de descubrir los mecanismos que mueven nuestra realidad siempre puso a prueba todo lo que sabía sobre Calamburia. Su propio hogar, bajo el faro de la costa, estaba lleno de ingenios y maravillas que podrían cambiar el futuro de su tierra, pero los inocentes Calamburianos no estaban preparados para semejante salto. Si supieran que los dos hermanos Flemer habían acabado por error en otro plano de la realidad y capitaneado una revolución para poder volver a su tiempo actual, alterando así todo el espacio tiempo de Calamburia y sentando las bases del Caos del Maelstrom, no se los tendría en alta estima.

Pero no caigamos en la trampa de la divagación. Es fácil hacerlo cuando se trata de estos dos misteriosos hermanos.

Como decía, a pesar de las maravillas que había presenciado y en las atrocidades que él mismo había impulsado, Teslo no podía más que mirar boquiabierto el espectáculo que tenía ante sí.

Ningún hombre de ciencia estará preparado para entender el caos estremecedor de la guerra.

Ante él, cientos de barcos enzarzados en un mortal abrazo llenaban el mar hasta donde alcanzaba la vista. Un mar de mástiles, velas y arreos, todos entremezclados en un batiburrillo que rezumaba actividad. Tras horas de danza letal los unos alrededor de los otros, escupiendo andanadas de polvo y hierro, los capitanes de los navíos habían optado por lanzarse contra el enemigo hasta que las proas atravesaron cubiertas y aplastando cientos de marineros por el camino. Ambas flotas enemigas se habían fusionado en un peligroso escenario de madera y hierro en el que un grumete habilidoso podía cruzar de un barco a otro con simples y cortos saltos.

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La lucha se volvía más y más encarnizada por momentos. El campo de batalla no parecía tener un orden fijo, pero se podía distinguir a los enemigos por el diseño de sus barcos. La Gran Armada, el orgullo de la Reina Sancha, construida específicamente para limpiar los mares de escoria, tenía decoradas sus proas con una efigie de la Reina Urraca en actitud amenazadora. Todos los barcos lucían las mismas decoraciones y poseían cientos de cañones a babor y estribor, por ahora inutilizados debido al mortal abrazo de los barcos: si hundían sus enemigos, los arrastrarían con ellos.

Los barcos piratas eran fáciles de distinguir: una amalgama aleatoria y sorprendentemente creativa de barcos, lanchas y esquifes con una tripulación que corría alrededor como las hormigas en pánico alrededor de su hormiguero.

A pesar de la elegante armada de las Reinas Regentes y sus cientos de cañones, culebrinas y demás armas de fuego, resultaban ser totalmente inútiles en el cuerpo a cuerpo. Los corsarios y filibusteros los sabían bien y por eso habían sacrificado muchos de sus hombres para alcanzar las distancias cortas y hacer lo que mejor se les daba: apuñalar a traición a sus enemigos.

Se trataba de tiempos atípicos y confusos y esta gran batalla marítima era una prueba de ello. Hordas de Hortelanos de la Nueva Milicia del Trono de Ambar asaltaban los barcos piratas usando pasarelas con fuertes ganchos y palancas que las fijaban en la cubierta enemiga. Aunque apenas sabían empuñar un arma y preferían estar arando la tierra, la nueva corona de Calamburia había amenazado con prender fuego a sus tierras, por lo que cambiaron azadas y palas por roñosas espadas y lanzas melladas por el tiempo. Ellos eran la carne de cañón que moría en el primer embate. Seguidos de estos, desfilaban con precisión militar el ejército de la Alianza de las Arenas, una mezcla de veteranos de mil combates y nómadas de Arishai, el Escorpión de Basalto, cuyos grandes alfanjes proporcionaban una extraña ventaja en las refriegas que se daban aquí y allá. Ellos eran el puño que chocaba contra las filas enemigas y presionaban a los supervivientes hasta tirarlos al agua, huyendo en pos de su libertad. Por desgracia para los ilusos que optaban por esa vía, patrullas de Tritones nadaban sigilosamente por aquellas aguas turbulentas y asesinaban a todo el que trataba de huir.

A pesar de la gran habilidad de los piratas para poder salir indemnes de cualquier situación, el combate parecía estar inclinado claramente hacia el bando de la corona. Pero los lobos de mar son criaturas traicioneras que se revuelven como una anguila y devuelven el mordisco con todas sus fuerzas.

Detrás de las filas de la corona, en el horizonte, surgió un gigantesco barco nacido de la nada. Era un barco colosal, cuatro veces más grande que cualquier galeón de la corona. Se trataba del Arca del Rey Rodrigo, un navío nacido de sus delirios de grandeza y de libertad que ahora estaba siendo usado por el bando pirata. En su proa, Los Hombres del Rey Rodrigo y una turba de mercenarios sedientos de sangre gritaban y agitaban sus lanzas, mientras que, entre las velas, flotaba Ventisca, el Avatar del Caos, propulsando el barco a una velocidad sobrenatural.

La embarcación cubrió las leguas que le separaban de la escaramuza marina, cerrando la trampa mortal sobre el bando de la corona. Los soldados de Urraca y Sancha descubrieron con horror que no estaban machacando a sus enemigos, sino que los piratas eran el yunque y que los mercenarios eran un poderoso martillo que se estrellaba contra sus filas.

El choque fue monumental e hizo tambalearse la gigantesca estructura precaria de barcos enganchados el uno al otro. La onda de choque hizo que varios barcos se hundiesen aplastados, con toda su tripulación dentro, mientras que otros salían despedidos por la presión y destrozando todo cuanto se encontraban a su paso.

Los mercenarios emergieron del barco como una nube de moscas y se apresuraron a darse un festín sobre el cadáver de su víctima. Atacaron la retaguardia con una virulencia extrema y pasaron a cuchillo a todo desdichado que no huyese a su paso.

Ventisca, una vez finalizado su cometido, reunió sus fuerzas para hundir tanto a aliados como a enemigos, poco le importaba, solo ansiaba la destrucción. Más algo blanco emergió de entre las deshilachadas velas de los navíos: Galerna, la hermana de Brisa. Ambas se miraron con un rictus de profundo odio y empezaron a girar la una alrededor de la otro, arremolinando nubes tenebrosas a su alrededor e intercambiando potentes golpes.

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– ¡Hermano! ¿Qué haces ahí parado? ¡Tenemos que ayudarles o nos aplastarán! ¡Rápido, dales luz verde! – le gritó Katurian a Teslo, sacándolo de su aterrorizado estupor.

Teslo agitó la cabeza tratando de borrar de su mente aquella escena dantesca y se giró hacia su escuadrón de hortelanos armados. Llevaban armaduras experimentales y armas de electricidad muy poco fiables, pero gracias a su equipo eran capaces de saltar varios metros, aunque el artilugio podía estallar en cualquier momento. La Reina Sancha había insistido en sacrificar la seguridad del usuario a favor de la máxima destrucción del enemigo. Hizo un gesto y los pobres desgraciados desaparecieron dando brincos y ofreciendo asistencia en los diferentes focos.

No fueron los únicos en reaccionar, sino que Impromagos de la casa Ténebris, los más experimentados en combate y las artes oscuras, emergieron de los castillos de popa de los enormes galeones para lanzar a sus enemigos por los aires y hundirlos en el agua. Eme y Sirene capitaneaban a sus compañeros, riendo entre estruendosas y estridentes carcajadas.

El contraataque del bando pirata no se hizo esperar. Grupos de salvajes totalmente enajenados eran lanzados por los aires gracias a unas extrañas catapultas y caían sobre las líneas enemigas poseídos por una extraña rabia ciega. No importaba cuanto se les cortase o empalase con armas, seguían luchando hasta que se les cortaba la cabeza. Sembraron el miedo entre las filas de la corona, cuya moral estaba francamente al límite.

– Tanta violencia… tanta destrucción… ¿Para qué? – susurró Teslo, mientras sacudía la cabeza apesadumbrado.

– Tienes razón, inventor. Esta es una de las razones por las que las Sacerdotisas de los Elementos nos alejamos del resto de la humanidad, en nuestro Templo– dijo Naisha apoyándose en la barandilla del barco comandante de la Corona-.  Ya no sentimos ninguna empatía por nuestra gente. Y viendo esto, no creo que la merezcáis.

El silencio se instauró entre los dos, un silencio tenso y lleno de pesar. Teslo sabía que no era inocente y que él mismo había puesto el destino de Calamburia en peligro muchas veces.

– ¿Cuál es tu papel aquí? – dijo preocupado Teslo, sabiendo que se hallaba en presencia de un ser poderoso al que tribus primitivas podrían haber adorado como a un Dios.

– Estoy cansada de vuestras riñas. Los elementos siguen siendo inestables y las energías que se están desatando pueden despertar y liberar presencias de otros planos que os aseguro que no queréis atraer aquí.

– ¿Te refieres a otras realidades? – La mente de Teslo funcionaba a toda velocidad. Al fin y al cabo, los enigmas para él, eran como la luz para las polillas.

– No me refiero a universos alternativos con los que os gusta coquetear. Me refiero a planos de existencia. De donde provienen criaturas poderosas como el Leviatán, que asoló estos mismos mares. Pero te aseguro que ahí residen mentes aún más malignas que, de pisar estas tierras, nos condenarían a todos. Voy a interrumpir este estúpido combate, no por vuestro bien, sino por el bien de esta tierra.

Y con esa sencilla afirmación, Naisha, la Protectora Elemental abrió las manos y los mares empezaron a borbotear. Separando lentamente los brazos, fue alejándolos más y más y los mares imitaron sus movimientos. Las aguas se empezaron a separar, desenganchando los barcos los unos de los otros, hundiéndolos y zarandeándolos sin piedad. Entre ambos bandos, surgió un gigantesco abismo carente de agua, dos desfiladeros acuáticos interminables que se sumergían en las profundidades de la tierra. Dos olas enormes empezaron a propulsar ambos bandos lejos el uno del otro, mandándolos dando tumbos hacia el horizonte.

Nadie sabe cómo habría acabado ese combate, si es que alguien podía declararse vencedor de semejante carnicería. Probablemente solo podían salir ganando los Pícaros y demás pilluelos que saqueasen los cadáveres resultantes de esta escaramuza. Pero lo que si es cierto es que algo quedó claro: a pesar de que los Protectores Elementales apoyaban la estabilidad de la corona, no iban a permitir combates apoteósicos para conseguir el Trono de Ámbar. En todo caso, no si implicaban el desencadenamiento de algo mucho peor. Es por eso que, en los libros de historia, esta infructuosa batalla quedo registrada como La Batalla de la Tregua.

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105. UNA DESESPERADA ALIANZA

La derrota puede ser más amarga que la hiel en la boca de muchos guerreros. Grandes héroes del pasado no han podido soportar el sabor del fracaso y han abandonado gestas épicas que habrían hecho las delicias de cualquier trovador. Pero cuando se es un cobarde, una víbora traicionera, un cambiacapas, en definitiva, un pirata, el fracaso es sólo la oportunidad de vivir un día más.

El golpe de estado pirata había fracasado estrepitosamente. Sancha III se había incrustado en el trono con aún más fuerza. La Torre de Skuchain había radicalizado en sus métodos. La milicia de Calamburia, formada por innumerables hortelanos, patrullaban las calles de Instántalor en búsqueda de cualquier villano malcarado. La Reina Urraca proclamaba que todos los recursos del Palacio de Ámbar serían destinados a crear una armada invencible que arrasaría la isla Kalzaria, hogar de los piratas, con sangre y justicia. Todo pintaba bastante mal.

Y es por eso que la rebelión pirata estaba emborrachándose con todas sus fuerzas, celebrándolo como si hubiesen ganado. Lo cierto es que habían perdido una rebelión, pero ahora eran todos inmensamente ricos con el saqueo del Palacio de Ámbar.

La taberna más bulliciosa de la isla, La Tortuga Tuerta, rebosaba de chusma de la misma manera que una jarra mal servida rebosaba espuma. La sala principal de la taberna, con gigantescos candelabros cubiertos de velas que goteaban sobre sus comensales, olía a sudor, alcohol y depravación. Los cambios políticos en Calamburia habían tastocado la rutina de muchos Calamburianos, que parecían estar adaptándose a la nueva situación. En algunas mesas se podían ver grupos de salvajes haciendo círculos de cómbate, retando a los piratas, los cuales, tambaleándose, entraban a recibir un buen puñetazo en los morros y perder todo lo apostado. En las esquinas más sombrías, zíngaros y otros personajes de siniestra silueta con máscara y fetiches jugaban a tensas partidas de dados en el que lo extraño era no tener las manos ágiles. También se podía ver aquí y allá hortelanos que demostraban que su habilidad de regateo con las zanahorias también podía aplicarse al reparto de botines y saqueos. Y por encima de todo ese caos y locura, en una pequeña plataforma junto a la barra, dos Trovadores tocaban una alegre jiga a la que nadie hacía ningún caso.

Por encima del salón principal, en los reservados el segundo piso, otra reunión bastante menos festiva estaba desarrollándose con una violencia poco contenida.

– ¡Este lugar apesta a civilización! ¿Por qué no estamos marchando hacia la capital y salvando a mi hijo? ¡Mi hijo! – dijo Dorna dando un puñetazo a la mesa, rompiendo uno de sus tablones.

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– Créeme, a mí esto me gusta tan poco como a ti. Pero han desplegado el Ejército Real, y no podemos luchar contra ellos cara a cara. Esto iba a ser un golpe de estado limpio y sencillo – dijo Efraín eructando tras beberse todo su vaso de golpe -. Pero todo lo que incluye a mi sobrina nunca lo es.

– ¡Estás hablando de un golpe de estado a MI reinado! – escupió Dorna mientras Corugan, situado de pie a sus espaldas, gruñía amenazadoramente.

– ¡Já! Las cosas cambian, salvaje. Un día eres el capitán de un barco temido por todos los mares y al día siguiente te pasan por la quilla. Es la ley de la sal – respondió con una risotada Efrain.

– ¡Tito! ¡Yo quería el trono! ¡Es mío mío mío! – dijo enfuruñada Mairim mientras se cruzaba de brazos. La marca del Titán palpitaba con suavidad en su pecho.

– Y la malvada Reina Urraca vuelve a estar en el trono. Somos una deshonra para el Rey Rodrigo – dijo Pierre Renoir mientras unas lágrimas viriles caían por su rostro.

Una fusta se estrelló en la mesa con fuerza, provocando una mirada recelosa en todos los presentes.

– Panda de lavanderas acongojadas, ¿Para esto me sacáis de mi reclusión? ¿Para ver cómo fracasan vuestros planes y observar el deplorable estado de mi hijo medio loco? – dijo Petequia con aire furibundo -. Os merecéis lo que os ha ocurrido. Haced como yo, aceptadlo, buscad un lugar apartado y bebed todo lo que podáis.

– ¡No mamá! ¡No te vuelvas a ir por favor! Me portaré muy bien y conseguiré ese trono que brilla y haré que todos te quieran – dijo Mairim mientras se incorporaba de un salto. La C de su pecho relucía con aún más fuerza -. Quiero que tú y papá os sintáis orgullosos de mí y que seamos una familia genial de nuevo, así que no te preocupes que lo voy a conseguir. Cueste lo que… ¡CUESTE!

El grito de Mairim recorrió la habitación como un huracán y casi arroja de la silla a sus asistentes. El aspecto inocente de la niña siempre les hacía olvidar que estaban ante una bomba de relojería que debían de tratar con mucho cuidado.

Unos golpes fuertes resonaron en la puerta, provocando que todos desenfundasen sus armas en un abrir y cerrar de ojos. La puerta se abrió y la enorme silueta de Ranulf Matabestias llenó el umbral. Morgana, la antigua pirata y ahora mercenaria, se asomó por uno de sus costados.

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– Perdonad, no hemos podido evitar escuchar que teníais necesidades y que todo dependía de un precio.

– ¡Hermanita! – dijo Mairim con alegres saltos -. ¡Es mi primera reunión de familia con tanta gente!

– Estoy que me desmayo de la alegría – espetó Petequia con una mueca de asco -. Saluda de mi parte al idiota de tu padre y recuérdale que me debe dinero.

– La vida disoluta de Petequia desde que no está con nuestro amado Rey Rodrigo me parece cuestionable – murmuró Pierre a Balian sin que nadie le escuchase.

– ¡Quién seré yo para cuestionar la vida de libertinaje, mi buen amigo! – le respondió Balian atusándose el bigote – Mi padre estuvo en la tripulación del Capitán Flink, el padre de ambas. Fue un temido filibustero, así que probablemente se trate de algún tipo de alianza oculta.

– No tengo nada que ver con mi padre. Estará emborrachándose en algún prostíbulo, poco me importa. Lo que quiero es oír ofertas – dijo Morgana zanjando la cuestión.

– Cazar humanos es como cazar bestias para mí. Poned un precio y nos encargaremos de juntarnos con otros mercenarios para ayudaros en lo que sea – Ranulf escupió al suelo con una mueca al ver a los salvajes – Necesito destrozar cosas para olvidar mi pasado.

– Pagaré lo que haga falta para salvar a mi hijo. Aunque sea con sangre – dijo Dorna enseñando los dientes.

– Con cantidades obscenas de oro nos basta, muchas gracias – dijo Morgana con una sonrisa de suficiencia.

– Haced lo que queráis. Yo me voy de vuelta a mi islote a cuidar de la locura de mi hijo. A pesar de que me expulsó y me repudió, no puedo dejar de ser su madre – dijo Petequia mientras salía de la sala con un leve toque de tristeza en la voz.

– ¡No se preocupe Milady! ¡Nosotros cuidaremos del legado del Rey Rodrigo! – dijo Balian incorporándose de un salto de manera totalmente innecesaria ya que la hermana de la Reina Urraca cerró la puerta tras de sí.

Corugan gruñó intrigado mirando a Dorna. Esta le respondió apartando la mirada.

– Sí, Corugan. Me aliaré también con Zíngaros, Pícaros, Redivivos… incluso hablaré con las Guardianas del Inframundo. Lo que haga falta para recuperar a mi vástago. Poco me importa ahora el Reino de Calamburia, como si se hunde en llamas – masculló Dorna con la voz tensa y la mirada perdida -. Dejamos las montañas por ellos. Nos adaptamos a sus bárbaras costumbres. Traté de traer algo bueno siguiendo los designios del Titán. Pero nos han abandonado, como a perros. He perdido la fe en este pueblo que apoya la nueva monarquía y todo lo que me queda ahora es ira y venganza – masculló Dorna con la voz tensa y la mirada perdida.

– ¡Muy bien, decidido! Tito, págales con todas las cosas brillantes que robamos del castillo. Tenemos que conseguir ese trono para que mamá esté contenta y yo pueda jugar con todas mis amigas y hermanas en el palacio – sentenció Mairim mientras aplaudía con alegría.

Efrain miró el fondo de su vaso. En él vio un futuro en el que el corsario era un feliz hortelano, arando todo tipo de tubérculos y disfrutando de espumosa cerveza al atardecer como recompensa de sus esfuerzos. Con un sonoro escupitajo, hizo desaparecer ese futuro y se preparó a sacrificar de nuevo su vida por su sobrina. Una vez más.

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