106. SANGRE EN LA ESPUMA

Teslo había visto muchas cosas imposibles a lo largo de su corta vida. Ser un hombre de ciencia y tratar de descubrir los mecanismos que mueven nuestra realidad siempre puso a prueba todo lo que sabía sobre Calamburia. Su propio hogar, bajo el faro de la costa, estaba lleno de ingenios y maravillas que podrían cambiar el futuro de su tierra, pero los inocentes Calamburianos no estaban preparados para semejante salto. Si supieran que los dos hermanos Flemer habían acabado por error en otro plano de la realidad y capitaneado una revolución para poder volver a su tiempo actual, alterando así todo el espacio tiempo de Calamburia y sentando las bases del Caos del Maelstrom, no se los tendría en alta estima.

Pero no caigamos en la trampa de la divagación. Es fácil hacerlo cuando se trata de estos dos misteriosos hermanos.

Como decía, a pesar de las maravillas que había presenciado y en las atrocidades que él mismo había impulsado, Teslo no podía más que mirar boquiabierto el espectáculo que tenía ante sí.

Ningún hombre de ciencia estará preparado para entender el caos estremecedor de la guerra.

Ante él, cientos de barcos enzarzados en un mortal abrazo llenaban el mar hasta donde alcanzaba la vista. Un mar de mástiles, velas y arreos, todos entremezclados en un batiburrillo que rezumaba actividad. Tras horas de danza letal los unos alrededor de los otros, escupiendo andanadas de polvo y hierro, los capitanes de los navíos habían optado por lanzarse contra el enemigo hasta que las proas atravesaron cubiertas y aplastando cientos de marineros por el camino. Ambas flotas enemigas se habían fusionado en un peligroso escenario de madera y hierro en el que un grumete habilidoso podía cruzar de un barco a otro con simples y cortos saltos.

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La lucha se volvía más y más encarnizada por momentos. El campo de batalla no parecía tener un orden fijo, pero se podía distinguir a los enemigos por el diseño de sus barcos. La Gran Armada, el orgullo de la Reina Sancha, construida específicamente para limpiar los mares de escoria, tenía decoradas sus proas con una efigie de la Reina Urraca en actitud amenazadora. Todos los barcos lucían las mismas decoraciones y poseían cientos de cañones a babor y estribor, por ahora inutilizados debido al mortal abrazo de los barcos: si hundían sus enemigos, los arrastrarían con ellos.

Los barcos piratas eran fáciles de distinguir: una amalgama aleatoria y sorprendentemente creativa de barcos, lanchas y esquifes con una tripulación que corría alrededor como las hormigas en pánico alrededor de su hormiguero.

A pesar de la elegante armada de las Reinas Regentes y sus cientos de cañones, culebrinas y demás armas de fuego, resultaban ser totalmente inútiles en el cuerpo a cuerpo. Los corsarios y filibusteros los sabían bien y por eso habían sacrificado muchos de sus hombres para alcanzar las distancias cortas y hacer lo que mejor se les daba: apuñalar a traición a sus enemigos.

Se trataba de tiempos atípicos y confusos y esta gran batalla marítima era una prueba de ello. Hordas de Hortelanos de la Nueva Milicia del Trono de Ambar asaltaban los barcos piratas usando pasarelas con fuertes ganchos y palancas que las fijaban en la cubierta enemiga. Aunque apenas sabían empuñar un arma y preferían estar arando la tierra, la nueva corona de Calamburia había amenazado con prender fuego a sus tierras, por lo que cambiaron azadas y palas por roñosas espadas y lanzas melladas por el tiempo. Ellos eran la carne de cañón que moría en el primer embate. Seguidos de estos, desfilaban con precisión militar el ejército de la Alianza de las Arenas, una mezcla de veteranos de mil combates y nómadas de Arishai, el Escorpión de Basalto, cuyos grandes alfanjes proporcionaban una extraña ventaja en las refriegas que se daban aquí y allá. Ellos eran el puño que chocaba contra las filas enemigas y presionaban a los supervivientes hasta tirarlos al agua, huyendo en pos de su libertad. Por desgracia para los ilusos que optaban por esa vía, patrullas de Tritones nadaban sigilosamente por aquellas aguas turbulentas y asesinaban a todo el que trataba de huir.

A pesar de la gran habilidad de los piratas para poder salir indemnes de cualquier situación, el combate parecía estar inclinado claramente hacia el bando de la corona. Pero los lobos de mar son criaturas traicioneras que se revuelven como una anguila y devuelven el mordisco con todas sus fuerzas.

Detrás de las filas de la corona, en el horizonte, surgió un gigantesco barco nacido de la nada. Era un barco colosal, cuatro veces más grande que cualquier galeón de la corona. Se trataba del Arca del Rey Rodrigo, un navío nacido de sus delirios de grandeza y de libertad que ahora estaba siendo usado por el bando pirata. En su proa, Los Hombres del Rey Rodrigo y una turba de mercenarios sedientos de sangre gritaban y agitaban sus lanzas, mientras que, entre las velas, flotaba Ventisca, el Avatar del Caos, propulsando el barco a una velocidad sobrenatural.

La embarcación cubrió las leguas que le separaban de la escaramuza marina, cerrando la trampa mortal sobre el bando de la corona. Los soldados de Urraca y Sancha descubrieron con horror que no estaban machacando a sus enemigos, sino que los piratas eran el yunque y que los mercenarios eran un poderoso martillo que se estrellaba contra sus filas.

El choque fue monumental e hizo tambalearse la gigantesca estructura precaria de barcos enganchados el uno al otro. La onda de choque hizo que varios barcos se hundiesen aplastados, con toda su tripulación dentro, mientras que otros salían despedidos por la presión y destrozando todo cuanto se encontraban a su paso.

Los mercenarios emergieron del barco como una nube de moscas y se apresuraron a darse un festín sobre el cadáver de su víctima. Atacaron la retaguardia con una virulencia extrema y pasaron a cuchillo a todo desdichado que no huyese a su paso.

Ventisca, una vez finalizado su cometido, reunió sus fuerzas para hundir tanto a aliados como a enemigos, poco le importaba, solo ansiaba la destrucción. Más algo blanco emergió de entre las deshilachadas velas de los navíos: Galerna, la hermana de Brisa. Ambas se miraron con un rictus de profundo odio y empezaron a girar la una alrededor de la otro, arremolinando nubes tenebrosas a su alrededor e intercambiando potentes golpes.

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– ¡Hermano! ¿Qué haces ahí parado? ¡Tenemos que ayudarles o nos aplastarán! ¡Rápido, dales luz verde! – le gritó Katurian a Teslo, sacándolo de su aterrorizado estupor.

Teslo agitó la cabeza tratando de borrar de su mente aquella escena dantesca y se giró hacia su escuadrón de hortelanos armados. Llevaban armaduras experimentales y armas de electricidad muy poco fiables, pero gracias a su equipo eran capaces de saltar varios metros, aunque el artilugio podía estallar en cualquier momento. La Reina Sancha había insistido en sacrificar la seguridad del usuario a favor de la máxima destrucción del enemigo. Hizo un gesto y los pobres desgraciados desaparecieron dando brincos y ofreciendo asistencia en los diferentes focos.

No fueron los únicos en reaccionar, sino que Impromagos de la casa Ténebris, los más experimentados en combate y las artes oscuras, emergieron de los castillos de popa de los enormes galeones para lanzar a sus enemigos por los aires y hundirlos en el agua. Eme y Sirene capitaneaban a sus compañeros, riendo entre estruendosas y estridentes carcajadas.

El contraataque del bando pirata no se hizo esperar. Grupos de salvajes totalmente enajenados eran lanzados por los aires gracias a unas extrañas catapultas y caían sobre las líneas enemigas poseídos por una extraña rabia ciega. No importaba cuanto se les cortase o empalase con armas, seguían luchando hasta que se les cortaba la cabeza. Sembraron el miedo entre las filas de la corona, cuya moral estaba francamente al límite.

– Tanta violencia… tanta destrucción… ¿Para qué? – susurró Teslo, mientras sacudía la cabeza apesadumbrado.

– Tienes razón, inventor. Esta es una de las razones por las que las Sacerdotisas de los Elementos nos alejamos del resto de la humanidad, en nuestro Templo– dijo Naisha apoyándose en la barandilla del barco comandante de la Corona-.  Ya no sentimos ninguna empatía por nuestra gente. Y viendo esto, no creo que la merezcáis.

El silencio se instauró entre los dos, un silencio tenso y lleno de pesar. Teslo sabía que no era inocente y que él mismo había puesto el destino de Calamburia en peligro muchas veces.

– ¿Cuál es tu papel aquí? – dijo preocupado Teslo, sabiendo que se hallaba en presencia de un ser poderoso al que tribus primitivas podrían haber adorado como a un Dios.

– Estoy cansada de vuestras riñas. Los elementos siguen siendo inestables y las energías que se están desatando pueden despertar y liberar presencias de otros planos que os aseguro que no queréis atraer aquí.

– ¿Te refieres a otras realidades? – La mente de Teslo funcionaba a toda velocidad. Al fin y al cabo, los enigmas para él, eran como la luz para las polillas.

– No me refiero a universos alternativos con los que os gusta coquetear. Me refiero a planos de existencia. De donde provienen criaturas poderosas como el Leviatán, que asoló estos mismos mares. Pero te aseguro que ahí residen mentes aún más malignas que, de pisar estas tierras, nos condenarían a todos. Voy a interrumpir este estúpido combate, no por vuestro bien, sino por el bien de esta tierra.

Y con esa sencilla afirmación, Naisha, la Protectora Elemental abrió las manos y los mares empezaron a borbotear. Separando lentamente los brazos, fue alejándolos más y más y los mares imitaron sus movimientos. Las aguas se empezaron a separar, desenganchando los barcos los unos de los otros, hundiéndolos y zarandeándolos sin piedad. Entre ambos bandos, surgió un gigantesco abismo carente de agua, dos desfiladeros acuáticos interminables que se sumergían en las profundidades de la tierra. Dos olas enormes empezaron a propulsar ambos bandos lejos el uno del otro, mandándolos dando tumbos hacia el horizonte.

Nadie sabe cómo habría acabado ese combate, si es que alguien podía declararse vencedor de semejante carnicería. Probablemente solo podían salir ganando los Pícaros y demás pilluelos que saqueasen los cadáveres resultantes de esta escaramuza. Pero lo que si es cierto es que algo quedó claro: a pesar de que los Protectores Elementales apoyaban la estabilidad de la corona, no iban a permitir combates apoteósicos para conseguir el Trono de Ámbar. En todo caso, no si implicaban el desencadenamiento de algo mucho peor. Es por eso que, en los libros de historia, esta infructuosa batalla quedo registrada como La Batalla de la Tregua.

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