I COMBATE – II TORNEO DE IMPROVISACIÓN DE CALAMBURIA

 

34. LA VISIÓN MÁS NEFASTA

Mitt había muerto a manos de la guardia real, pero Ivirng van der List, a quien los años habían dado mayor prudencia, se ocultaba con éxito en Instántalor. Allí se había desprovisto de sus ropas de capellán, y haciéndose pasar por un habitante como otro cualquiera, acechaba los movimientos del enemigo. Las tropas de la ciudad habían puesto precio a su cabeza, pero Irving sabía cómo pasar desapercibido.

Captura de pantalla 2015-06-24 a las 19.00.37Cuando supo que había llegado el momento adecuado, salió de su escondrijo y se decidió a contraatacar.

Él nunca había sido un hombre de armas. Prefería combatir empleando otros medios, como la estrategia y el subterfugio. De este modo, se tomó su tiempo para elegir a su víctima. Estudió sus costumbres, las personas con las que se relacionaba, sus debilidades y vicios… cuando memorizó todos estos elementos, elaboró una forma de matar exenta de flecos. Así era como él trabajaba.

En la soledad de su habitación, en la taberna Dos Jarras, Irving pasó horas elaborando un veneno que resultara mortífero. En su entrenamiento como capellán había aprendido los diferentes venenos que existen en Calamburia. Se les enseñaba a preparar el antídoto, pero en ocasiones éste no se trataba más que una versión reducida del propio veneno. Así pues, tomó la fórmula del llamado sueño de la muerte, un líquido incoloro en insípido que no dejaba rastro, y que eliminaba a aquel que lo consumía en segundos. El sueño de la muerte era llamado así porque quien lo bebía era transportado al reino de los muertos tan rápido, que su alma entraba en contacto con éste y era capaz de predecir muertes futuras.

Captura de pantalla 2015-06-24 a las 19.20.52Cuando tuvo el veneno listo, lo guardó en un pequeño búcaro, y dejando su habitación, descendió al salón de la taberna.

-Una sopa –ordenó a Ebedi.

La tabernera se hallaba ocupada en asuntos de mayor importancia, de modo que llamó a su marido. Yangin se presentó con una sonrisa de oreja a oreja. Irving intentó cubrirse con la capucha de su sobretodo. No deseaba ser reconocido.

-¿Qué desea el señor?

-Una sopa. Se la he pedido a la tabernera. ¿Es que aquí no sirven?

-Mi mujer está ocupada. Si le puedo servir yo…

-Lo mismo da –respondió Irving con una media sonrisa-. Claro, tú también puedes servirme.

Yangin puso rumbo a la cocina. Apareció al poco con un plato de sopa humeante, que dejó en la mesa de Irving.

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-Espero que esté a su gusto, señor –dijo.

Pero apenas se había dado la vuelta para marcharse, el capellán volvió a reclamarle.

-La sopa está fría.

-¿Fría? –respondió Yangin, extrañado-. Eso es imposible. Si la acabo de sacar de…

-¿Dice que miento? –insistió el capellán.

-¡En absoluto! Pero veo cómo humea…

-Está fría. Prúebela.

-No será necesario –se disculpó el tabernero-. Le traigo otro plato ahora mismo y…

-He dicho que la pruebe. Nadie me toma por mentiroso.

-De verdad, no es…

-Pruébela –insistió Irving.

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Yangin quiso marcharse. Había algo en aquella conversación que no le gustaba, pero al mismo tiempo apareció su exagerado sentido por quedar bien con los clientes. No deseaba perder unas monedas, de modo que tomó el plato, acercó la cuchara a sus labios y bebió un sorbo.

-Está… -dijo; no llegó a terminar la frase.

Fue invadido por un terrible dolor de estómago que le arrebató las fuerzas. Cayó al suelo de la taberna, retorciéndose y chillando. Una multitud se agolpó a su alrededor, momento que aprovechó Irving para alejarse de allí. Incluso Ébedi, de quien se decía que por su marido no sentía sino un profundo odio, se preocupó por su estado.

Sin embargo, cuando el capellán estaba a punto de atravesar el umbral de la puerta y desaparecer para siempre, oyó que Yangin gritaba unas declaraciones. Se trataba, sin duda, del presagio provocado por el veneno. Sus palabras le estremecieron:Captura de pantalla 2015-06-24 a las 19.06.21

-¡Escuchad! –dijo, alzando los brazos a la nada- pues la muerte os reclama. Petequia, la desterrada, no dejará que el Rey abandone sus aposentos con vida. Igual que ella fue atacada en su cama, así hará con el hombre que pudo ser su marido, y lo matará.petequia rey

La taberna entera contuvo un suspiro. Irving dejó caer la cabeza. Su Rey, al que todavía guardaba fidelidad, iba a morir en aquella guerra espantosa. Pero Yangin no había terminado aún. Con la voz ahogada por los estertores, añadió:

-Los zíngaros también guardarán luto, pues su general Garth, al que llamaban La sombra de medianoche, verá cómo esas mismas sombras cobran su alma. Morirá atacado por sorpresa por quien menos lo espera: la hortelana Rosi Pelacelgas. Nuestros enemigos son inesperados. ¡Nuestros enemigos están a las puerta! ¡A las puerta!

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Estiró el brazo, y con índice tembloroso señaló al umbral. Los parroquianos dirigieron hacia allí sus miradas, pero no había nadie. Irving ya se había marchado. Se confundió entre la gente y puso rumbo al norte, al Palacio de Ámbar, donde las tropas de los partidarios de la Reina estaban a punto de encontrarse con los defensores del Elegido.

 

La última batalla se hallaba próxima, y tras cobrarse demasiadas muertes, decidiría una nueva etapa en Calamburia.

 

 

X Choque de Heroes y FINAL del Trono de Ámbar

FINAL DE AMBAR CALAMBURIA IMPRO MADRID FINAL

 

 

33. LA VIGILIA DEL ENAMORADO

La Puerta del Este volvía a enfrentarse a las hordas de Kashiri. Antaño, el enorme portón erigido hacía centurias fue destruido, pero la magia del Archimago y los hortelanos contratados por la Reina reconstruyeron la arcada. Ahora, la nueva Puerta del Este ponía a prueba sus defensas –físicas y mágicas- contra el mismo enemigo. Esta vez, los porteros conocían el alcance de su poder, de modo que se habían preparado a conciencia para detenerles. Adonis y Quasi tenían un vínculo telepático como nunca: pensaban y actuaban al unísono, en una comunión perfecta de acciones y reacciones.

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El ejército de Kashiri apareció por el horizonte, precedido por un vendaval que, para Quasi, trajo un aroma embriagador.

–Concéntrate –le indicó su compañero por telepatía.

Quasi obedeció. Amaba a Ventisca, desde siempre. Ella era la única mujer a la que había dedicado sus pensamientos, aquéllos que incluso Adonis desconocía. No obstante, sabía que eran enemigos, que el destino les había colocado en bandos opuestos.

–¡Alcemos las defensas de la Puerta! –indicó a Adonis.

Dos porteros contra todo un ejército. No era la primera vez que lidiaban contra un enemigo que les superaba en número; a decir verdad, aquello era lo habitual. El tamaño del ejército no importaba, siempre y cuando ambos mantuvieran la conexión.

Los demonios que comandaba Kashiri se lanzaron una y otra vez contra la Puerta, y a cada asalto, las defensas mágicas saltaron para repelerles. Los Porteros, incólumes, no movieron ni una ceja. Imps, diablillos, súcubos y demás criaturas del inframundo quedaban reducidas a cenizas, mientras Kashiri, a retaguardia, montaba en cólera.

–¡Son nuestros! –Pensó Quasi, convencido de su victoria.

-Lo son, pero no te desconcentres, amigo.

– No lo haré.

Quasi zanjó aquella conversación con un guiño de camaradería. Las tropas enemigas menguaban a gran velocidad, dejando en su lugar nubes de ceniza. Al final, sólo quedó en pie la Emperatriz Tenebrosa.

Captura de pantalla 2015-06-16 a las 11.41.07Entonces, también apareció Ventisca.

El Avatar del Caos, como así la llamaban desde que descendió de su reino celestial, emergió desde el norte trayendo una tormenta cargada de rayos y truenos. Una densa lluvia llenó el campo de batalla, transformando la ceniza en un barro gris.

–¿Estás bien, amigo? –transmitió Adonis a su compañero, quería asegurarse.

–Muy bien. –respondió el otro- ¡Ataquemos!

Ambos porteros descargaron la magia contenida en la Puerta del Este. Lo hicieron coordinados tan a la perfección, que la magnitud de su conjuro adquirió unas proporciones difíciles de contrarrestar. Un rayo de luz dorada emergió de la arcada, y describiendo un arco chisporroteante, dio contra Kashiri. La Emperatriz cayó al suelo, inconsciente y desposeída de todo su poder. Entonces sucedió algo inesperado.

El control que mantenía sobre Ventisca, aquella hipnosis concedida por la Esencia de la Divinidad, se esfumó. El avatar del caos parpadeó repetidas veces, igual que si despertara de una larga ensoñación, y al instante, sus ropas se tornaron blancas. De nuevo era Brisa, la Dama Celeste. Se observó las manos, incrédula, mientras al otro lado Quasi descubría una belleza que suponía olvidada. Ahí estaba: la misma Brisa de su primer encuentro.

Captura de pantalla 2014-12-26 a las 11.06.42Quasi siempre había pensado que aquella dama de los cielos no podía ser malvada, que la más hermosa de los aiseos era incapaz de hacer el mal. Ahora, con aquella visión, sus sospechas se vieron confirmadas. Raudo, dejó la puerta y echó a correr en busca de su amor verdadero, llamándola a gritos, al tiempo que la vejez se apoderaba sus miembros, pues es sabido que los Porteros sólo conservan su juventud si no abandonan la Puerta del Este.

–¡Quasi! –Llamó su compañero- ¡No abandones la puerta! ¡Quasi! ¡Necesitamos estar juntos para ganar!

La voz de su amigo martilleaba sus pensamientos, pero Quasi la desoyó. Se lanzó a los pies de una Brisa que parecía desorientada, y abrazó sus tobillos con manos de anciano.

-¡Brisa, has regresado! –dijo su voz temblorosa; de sus ojos brotaron sendas lágrimas, que surcaron unas arrugas incipientes-. ¡Brisa!, he estado todo este tiempo profundamente enamorado de ti. Jamás he ocupado mis pensamientos con otra mujer, ni he visto en las dunas del desierto otro rostro más que el tuyo. Te he sido fiel incluso en la guerra. Nunca podría hacerte daño, porque no pertenezco a un bando ni a otro, sino a ti, y sólo a ti… ¡Brisa!, ¿me escuchas?Captura de pantalla 2015-06-15 a las 19.33.04

Ella encaró al portero. Sus ojos brillaron, enternecidos, y de sus labios comenzó a brotar una leve sonrisa.

-¡Brisa! –insistió Quasi-. ¿Me amas?

Ella asintió.

Pero al tiempo que esto sucedía, Kashiri, que estaba muy lejos de ser derrotada, volvió en sí, se incorporó y, tras echar un vistazo a su alrededor, comprendió lo que debía hacer.

Golpeó su báculo contra el suelo; un rayo negro emergió de la punta, directo al pecho de Brisa. La mujer se derrumbó como un muñeco; habría caído al barro, de no ser porque Quasi se ocupó de sostenerla.

-¡No! –suplicó él-. ¡Brisa!

Captura de pantalla 2015-06-15 a las 19.33.50Intentó sostenerla en brazos, buscar un modo de escapar, pero se encontraba muy debilitado por la vejez. Cayó de rodillas, y sólo fue capaz de reunir las fuerzas necesarias para alzar la cabeza de la Dama Celeste, para que sus cabellos no se ensuciaran.

-No… -musitó- Los aiseos no pueden morir. Es imposible, no puedes marcharte.

Ella abrió la boca para hablar, pero no surgió más que un débil murmullo de su garganta, algo que Quasi interpretó como una despedida, pues aunque fuera imposible, la vida escapaba de su cuerpo. Brisa alzó una mano, acarició el pelo encanecido de Quasi, sus mejillas perladas de lágrimas y sus labios entrecortados, y murió.

El Portero podría haber regresado a la Puerta del Este; Adonis no paraba de suplicárselo en sus pensamientos. Habría tenido tiempo, en efecto, pero no lo deseaba. Su cuerpo marchito no podía contemplar un lugar mejor que junto al cuerpo de su amada, y aunque la Puerta le prometía la vida eterna, prefería terminar sus días allí mismo, recogiendo las últimas hebras de calor de la mujer de sus sueños.

De este modo se dejó morir. Exhaló, y sus cenizas fueron arrastradas por un pequeño viento caprichoso.

No lejos de allí, Kashiri sonreía de medio lado mirando en dirección al  Palacio de Ámbar. De un modo u otro, había conseguido la victoria.

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