VI COMBATE – II TORNEO DE IMPROVISACIÓN DE CALAMBURIA

Sexto comabte de Calamburia Impro

El próximo Viernes 7 de Agosto a las 00.15 en La Escalera de Jacob ocurrirá el VI Combate del II Torneo de Improvisación del Reino de Calamburia   ¿Quiénes serán los elegidos por el público?  ¿Cuál de las parejas conseguirá más logros para ganar la Esencia de la Divinidad?


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LA ESCALERA DE JACOB

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39. 201 CANCIONES TROVADAS

-¡Llamad a los trovadores! –se escuchaba por todo el palacio de Ámbar- ¡Llamad a los trovadores, el rey Comosu solicita otra canción!

La noticia volaba por los pasillos, las cámaras, los establos y los jardines. Recorría el recinto amurallado y aún más allá.

-¡El rey Comosu solicita otra canción de los trovadores!

Y se extendía de boca en boca. Pasó a los cocineros y a los cocheros; a los limpiabotas, sastres, palafreneros, chambelanes y pajes. Todos repetían lo mismo, hasta que al fin, la noticia alcanzó los oídos de los trovadores.

Olazir y Artemis se hallaban, como de costumbre, paseando fuera de los límites del palacio, salvando una a una las suaves colinas que lo rodeaban. Les gustaba ir allí de cuando en cuando, pues el solaz de la brisa primaveral, el tacto del rocío en la hierba y los intrincados escorzos de los árboles les inspiraban nuevas melodías de amor.

sala ambar

-¡El Rey desea otra canción! –escucharon que traía el viento; y luego, más de cerca, les fue transmitido por uno de los jardineros.

-El rey Comosu quiere otra canción –les dijo con una reverencia.

-¡¿Otra más?! –Artemis reaccionó ofendido –Ni siquiera ha tenido tiempo de disfrutar la anterior.

-Hace sólo un día que declamamos frente a Su Majestad –señaló Olazir-. ¿Cómo es posible que ya desee otra?

El jardinero se encogió de hombros. Los dos trovadores suspiraron a un tiempo.

-Qué remedio nos queda sino volver a componer –dijo Artemis.

-¿Tienes algo en mente, compañero? –quiso saber Olazir.

-Algo podemos inventar, de camino quizás.

-Pues de camino inventemos, y a ver qué se nos viene a la cabeza.

Hasta el palacio no habrían ni doscientos metros, pero los dos trovadores más famosos de Calamburia no necesitaban más para componer una nueva canción. Cuando cruzaron las puertas ya estaban dando los toques finales a su obra, y apenas pisaron el salón del trono, Artemis rubricó el punto y final.

TROVADORES Y COMOSU

El rey Comosu esperaba con gesto de hastío, de supremo aburrimiento. No se sentaba en el trono, sino que más bien se dejaba caer. La corona le resbalaba a un lado de la cabeza, como si le estuviera grande, y las ropas le colgaban de modo descuidado, sin elegancia. A su alrededor danzaban media docena de saltimbanquis; otros tantos bufones hacían payasadas de todo tipo, pero ninguno captaba su atención. Sólo cuando vio a los trovadores, el Rey cambió su faz.

-¡Os he hecho llamar! –gritó, con aquel tono de niño mimado-. ¿Dónde os habéis metido!

-Componiendo, mi Rey –Artemis hizo una reverencia-. Y para componer es necesario salir al exterior, disfrutar de la vida y la naturaleza, y del amor… cuando hay oportunidad.

-¡Bobadas! –Comosu hizo un aspaviento- El exterior es aburrido. He vivido muchos años ahí fuera, no quiero volver a ver un árbol jamás. El palacio es mejor. Me conformo con los paisajes que vosotros podáis describirme. ¡Adelante, cantad!

Comenzaron los dos trovadores su última canción, pero apenas habían declamado los dos primeros versos, Comosu alzó la mano para que se detuvieran.

-No me gusta –dijo, arrugando el entrecejo.

Los dos trovadores se miraron antes de que Olazir dijera:

-¿No os place, Majestad?

-No, ese comienzo se parece a la canción que me compusisteis la semana pasada.

El Jilguero del Norte tragó saliva.

-Es… es frecuente valerse, de vez en cuando, de un recurso literario en toda canción. Algo que introduzca…

-¡Basta! –Comosu se levantó de un salto- No me interesan vuestras excusas. Quiero que cadacanción suene diferente a la anterior. Totalmente distinta, ¿comprendéis? Todo me aburre dentro de palacio. ¡Todo! Y no puedo permitir que me canse tanto como me cansaba el exterior. Ahora soy el Rey, y debo acostumbrarme a estas paredes. Así pues, debéis entretenerme con vuestra originalidad. Si falláis, ¿para qué os necesito? Tal vez sirváis para otros menesteres… no sé… puedo torturaros…

-¡No será necesario! –reaccionó Artemis- No hay problema, majestad. Tendrá una canción diferente; distinta del todo. Denos unos minutos.

-¡Minutos! Eso es demasiado tiempo. Contaré hasta diez, y para entonces tendréis una canción nueva para mí.

-Pero Majestad –se disculpó Olazir-. Componer una nueva trova en diez segundos es algo que…

-Es algo que podrán hacer los mejores artistas de Calamburia –cortó Comosu-. ¿verdad? No dudo de vuestra creatividad, de modo que comenzaré a contar. Uno….

Los dos trovadores se miraron.

-Dos…

-Doscientas canciones –susurró Olazir a su compañero-. Le hemos compuesto doscientas canciones al Rey. ¿Cómo hacer una que no se parezca a ninguna de ellas?

-Tal vez, si usamos los recursos de las primeras, no recuerde cómo estaba compuesta.

-Tres…

ARTEMIS_con su instrumento -¿Y arriesgarnos? –Olazir apretó los labios- Puede que el Rey no tenga demasiadas luces, pero no dudo de su crueldad. Si por casualidad la recuerda, estamos perdidos.

-¿Compondremos algo nuevo? ¿Desde el principio?

-Desde el principio. Nuevo del todo. En diez segundos.

-Cuatro…

-¡Nos quedan seis segundos, querrás decir! –declaró Artemis.

-¡Pues a ello!

Desenfundaron sus plumas, extendieron el pergamino y comenzaron a escribir, tachar y silabear.

-¡Siete…! –grito Comosu; le divertía tanta presión.

Los trovadores rimaban, buscaban sinónimos, antónimos y figuras retóricas.

-¡Nueve!

Afinaban instrumentos, aclaraban la garganta…

-¡Diez! ¡Cantad!

olacir con su arpa CY cantaron la canción más novedosa, animada, evocadora y deleitosa que se haya escuchado jamás. Cada verso parecía en sí mismo una composición única, y cada rima era más original que la anterior. Los recursos jamás se habían escuchado antes, ni la melodía que acompañaba la letra. Cuando finalizaron, no sólo el Rey tenía la boca abierta, sino los bufones y saltimbanquis que se habían pasado la mañana intentando entretenerle. Prorrumpieron todos en una estruendosa ovación; los dos trovadores respondieron con una elegante reverencia.

-Bravo –dijo Comosu-. Me habéis divertido. Mi enhorabuena. Podéis marchar… hasta mañana.

Olazir y Artemis se secaron el sudor de la frente, se despidieron con una genuflexión y abandonaron la cámara.

-Mañana querrá una composición nueva –el Jilguero del Norte señaló lo evidente-. No podremos continuar con este ritmo para siempre.

-Tal vez deberíamos plantearnos la huida.

-Jamás pensé que diría esto, compañero, pero tengo miedo de componer mi próxima canción trovada.

V COMBATE – II TORNEO DE IMPROVISACIÓN DE CALAMBURIA

IV COMBATE – II TORNEO DE IMPROVISACIÓN DE CALAMBURIAEl próximo Viernes 31 de Julio a las 00.15 en La Escalera de Jacob ocurrirá el V Combate del II Torneo de Improvisación del Reino de Calamburia   ¿Quiénes serán los elegidos por el público?  ¿Cuál de las parejas conseguirá más logros para ganar la Esencia de la Divinidad?


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38. EL AMANTE OLVIDADO

-¡Una caja de música! –gritó Banjuló- ¿Eso es lo que has mangao del mercao, mujer? ¿Nada de más valor? ¿Nada con más chicha?

-Esto no es pa vender. ¿Tenteras? Esto es pa mí, pa mis cosas.ujaranza relato

Ujaranza atrajo la misteriosa caja de música hacia su pecho, como si temiera que su marido se la fuera a quitar y echarla al fuego.

Los dos mercaderes se hallaban en mitad del camino, al abrigo de una hoguera y con la espalda apoyada en su carromato. Los caballos pastaban junto a un árbol, y los dos perros que les servían para guardar sus pertenencias jugueteaban cerca. Sobre la hoguera, los dos mercaderes asaban una liebre raquítica. Así solían hacer cuentas todas las noches, durante los viajes, antes de dirigirse a la taberna Dos Jarras. A su alrededor se agrupaban bolsas de monedas, aparejos de labranza, joyas de poca importancia, prendas de vestir y otros objetos. El único objeto que desentonaba era aquella caja de música.

los mercaderes Ujaranza Banjulo Impro

-No se roba pa uno –dijo Banjuló, señalándose al pecho- Se roba pa los dos. Asín es como ha sio siempre.

-Calla ya, pesao. Pa una cosa que quiero mía, no me la vengas a quitar. Esta caja me gusta y sanseacabó.

-¿Pero qué tiene d´especial esa caja, a ver?

-Me trae recuerdos.

El mercader enarcó una ceja.

-¿Recuerdos? Pero si tú no recuerdas ná. Tienes pérdida de cabeza.

-Se dice “pérdida de memoria”, tarugo.

-¡Lo que sea!

Se produjo un silencio. El crepitar de las llamas ahogaba el canto de los grillos. Banjuló dio media vuelta al conejo de su cena.

-Pues sí –dijo Ujaranza al cabo de un rato-. Hay algo que hace que se me vengan cosas a la memoria.

Banjulo Reino de Calamburia ImproAcarició la caja como si ésta fuera a romperse. Paseó sus dedos por los bordes; cuando sus yemas acariciaron el cierre, no pudo evitar levantarlo. Alzó la tapa. En el interior no había nada, salvo una rueda dentada sobre la que se paseaban diferentes pelos de cobre. Aquel artilugio rudimentario producía una melodía singular. Era simple y, tal vez por eso, conseguía tocar el corazón con una confianza familiar. Casi parecía una canción de cuna, o una de esas melodías que todo el mundo parece tener en la cabeza. Era, sin duda alguna, agradable al oído; y tenía la magia de evocar instantes de felicidad.

Banjuló se sorprendió a sí mismo riendo. Ujaranza, en cambio, no apartaba la vista de aquella rueda con dientes, de su movimiento y de la música que salía de ella.

-Pues no suena mal esta cosa. A uno le dan ganas de reír – confesó el mercader.

Ella no dijo nada.

-Ujaranza –llamó, cansado de esperar-. ¿T´ocurre algo?

-Ná –ella hizo una mueca-. ¿Tú no recuerdas cosas cuando oyes esta música?

-Pues sí –reconoció el otro-. M´acuerdo de cuando era niño. Estaba estudiando pa ser erudito. Fíjate tú, y ahora no sepo ni escribir ni mi nombre bien. Eso sí, de matemáticas y cuentas y dineros me lo sepo todo. A mí no me engaña nadie, ¿A qué sí, Ujaranza?

-Sí…

-¿Y a ti qué se te recuerda?

-Cosas raras –ella torció el gesto-. Cosas que no recuerdo nunca jamás. Me viene a la cabeza un nosequé de un balcón. Yo estoy asomá, como si la casa fuera de mi propiedá. Y debajo mía hay un muchacho bien parecío que me canta… me canta esta canción. Justo esta.

Ujaranza Reino de Calamburia ImproA Banjuló se le encendió el rostro. Se puso en pie de un salto, y a punto estuvo de saltar la hoguera para caer sobre Ujaranza. Lo habría hecho de no ser porque se habría llevado el conejo por delante.

-¡Mecagüen…! ¡Un mozo cantándote! ¿Pa eso quieres tú la música? ¿Pa soñar con amoríos? Trae pa´ca la caja, que la echo al fuego ahora mismo.

Ujaranza se puso en pie, retrocedió un par de pasos, y abriendo los ojos como platos, señaló a su marido.

-Como t´atrevas, Banjuló el mercader, a tocar esta caja, te juro que te corto la virilidá y la vendo como pienso pa cerdos. No me pongas a prueba, ¿eh?

-¿Pero vas a estar soñando con mozos cantarines tol´rato?

-No, pero esta caja es importante. Me ayuda a recordar, que ya sabes que no me recuerdo nada desde hace tiempo y necesito saber muchas cosas. Respeta lo mío y yo respetaré…

Bajó el dedo, y señaló a la entrepierna de tu marido.

-… Y yo respetaré lo tuyo. ¿Estamos?

Banjuló tragó saliva. Había intentado imponerse, pero Uajaranza tenía mucho más carácter que él. Siempre había sido así. Desde luego, tenía los arrestos necesarios para transformarle en eunuco de la noche a la mañana. Volvió a sentarse, se cruzó de brazos y arrugó el rostro como un niño al que le hubieran quitado una chuchería.

-Venga, estamos… Pero no quiero ver esa caja más –dijo él.

-No la verás. Descuida, que no la verás.