111 – JUSTAS DE LA REINA SANCHA (II)

ÓPERA PRIMA

Instántalor se había vestido con sus mejores galas. Las calles se veían pobladas de estandartes y te tiras de tela carmesíes, del color de la corona. Las calles bullían de vida y comerciantes, regateadores, timadores y vende humos recorrían las calles en busca de algún plebeyo incauto con la bolsa llena.

Las Justas de la Reina Sancha III habían atraído a multitud de participantes y curiosos, de todos los confines de Calamburia. Los guardias de la reina hacían la vista gorda y dejaban pasar hasta a los personajes más dudosos y malcarados. Eran unos días de fiesta, celebración y jolgorio.

Más el tiempo nublado y la intermitente llovizna indicaba que por mucho que insistiese, algo oscuro y podrido acechaba por las calles de Instántalor. No importaba cuanto se vistiese o perfumase un cadáver: su interior seguía lleno de gusanos.

De entre todos los grandes villanos de Calamburia, Van Bakari era probablemente el más insidioso y sutíl de todos ellos. No disponía de un poder sobrenatural como las Brujas, o un ejército como los Zíngaros: su influencia se basaba mucho más en el poder de los pequeños detalles.

Durante las Justas, un edificio de los molineros estalló en llamas sin previo aviso. Su sollozante dueña aseguró que nunca usaban fuego, pero de alguna manera, una chispa había prendido en sus reservas de heno. Solo la ayuda combinada de varios Frailes del Dorado Resplandor e Innobles Hidalgos bajo la supervisión de los altaneros Von Vondra pudo salvar el edificio de arder hasta sus cimientos.
Algunos viandantes juraron haber visto a un pelusón gigante desbocado, rebotando entre los puestos de comida y lanzando a la gente por los suelos como vulgares bolos. La criatura fue controlada a duras penas por unos recién nombrados Impromagos y la participación inestimable de algunos héroes que consiguieron calmar a la pobre criatura, por lo general pacífica.

Melindres Von Vondra se vio acorralada por una marea de extraños insectos imbuidos de una magia antinatural, y a pesar de sacrificar varios hortelanos para defenderse, tuvo que recibir el apoyo los participantes de las Justas. Siguiendo la tradición Von Vondra, no dio las gracias a nadie y se fue riendo.

A pesar de pertenecer al bando pirata, Artemis ocupó su sitio habitual en una esquina de la plaza y animó a los transeúntes a declamar en honor de la Reina Sancha III y de cualquier cosa que se les pasase de la cabeza. Como bien explicó al gremio de los Bufones y Saltimbanquis, la trova y la poesía no dependen de la política, sino de la mano que pague.

Ilia y otros hermanos de la orden de los sanadores se encargaban de mitigar las heridas menores, pero su trabajo fue dificultado porque algo o alguien trasteó con todos sus frascos y pociones. Tuvo que confiar en el olfato de sus pacientes para hallar las combinaciones correctas.

Pero no todo fueron desgracias y pequeños accidentes en este día de celebración y jolgorio. Fue un día de oportunidades y de posibles cooperaciones.

Si se realizaban las preguntas adecuadas, seguidores del clan del Ciervo Gris podían guiar a los interesados a un sótano en el que se escondían los Salvajes, que buscaban a cualquier héroe dispuesto a luchar y doblegar un Espíritu de los Primeros hombres para encontrar un remedio contra la maldición del príncipe Juliok. Beatricce recorría la calle no en busca de clientes, sino de mecenas que pudiesen ayudar a levantar el negocio. Felix el Preclaro trataba de educar y enseñar a las masas, pero poca gente estaba interesada en aprender farragosa teoría sobre naturaleza y ciencia. Zora Von Vondra tuvo más éxito enseñando buenos modales a los plebeyos por el simple hecho de que ofrecía una pequeña recompensa en forma de calamburos a todo aquel que le hiciese una reverencia. Incluso la Reina Urraca aprovechó su conocimiento de las calles por su pasado de exiliada para reclutar a pillos, vagos y maleantes para la flamante Guardia de la Reina. Teslo daba tumbos por el mercado, demasiado concentrado en analizar su nuevo invento y a la vez, pidiendo ayuda con todo el que se chocaba.

Era tal la algarabía y el ruido, que a nadie le importó que Mairim, una de las criminales más buscadas de Calamburia, fuese dando saltos por la plaza del Titan, lanzando aviones de papel y ofreciendo calamburos de dudosa procedencia a todo el que tratase de competir con ella.

Pero lo más descarado de todo fue la presencia del mismísimo Van Bakari, como si de un jefe de una macabra orquesta se tratase. Fingiendo inocencia y buenas intenciones, retó a los transeúntes a rápidos juegos de apuesta en las que sus manos ágiles impedían cualquier posibilidad remota de victoria. Disponía del palco de honor perfecto desde el cual ver cómo las Justas estallaban poco a poco en un meticuloso caos.

Y es que el malvado bribón no había hecho más que empezar con los primeros compases de su ópera prima. Los pequeños acontecimientos no eran más que tímidos violines comparados a la fanfarria que tenía preparada el Comerciante de Almas.

Y mientras los rugidos de una poderosa criatura a las afueras de la ciudad atraían la atención de todos los presentes, el Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores se reunían con los Consejeros de la Reina haciéndoles una proposición que no podían rechazar.

¿Acaso el destino de Sancha III ya estaba escrito con sangre y traición? ¿Podría soportar Calamburia volver a tener el Trono de ámbar sin soberano alguno?

Quizás había algo más en juego en estas Justas que una simple celebración de la paz. Quizás, el destino de Calamburia pendía del hilo caprichoso de las Nornas.

110 – JUSTAS DE LA REINA SANCHA (I)

UNA INVITACIÓN REAL

– ¡La estabilidad ha vuelto a Calamburia! El bando pirata parece haber encajado un golpe demasiado fuerte y está refugiado en algún agujero oscuro lamiéndose las heridas. ¡Gloria a la Reina Sancha! ¡Loas y alabanzas a la Reina Urraca! ¡Alcemos nuestras voces para vitorear a nuestras reinas regentes!

En cada esquina recóndita de Calamburia, un portavoz de la Corona se alzaba sobre un montón de cajas para gritar en nombre de las reinas. Todos y cada uno de ellos portaban el mismo mensaje de paz y de concordia.

– ¡Regocijaos Calamburianos, porque ha llegado el momento de festejar! ¡Es por eso que la Reina Sancha ha convocado a las casas más nobles y a los estamentos más variados para participar en las Justas Reales! Acudid a la Plaza del Titán, donde se celebrarán los duelos más legendarios que jamás se hayan visto. ¡Venid, y disfrutad de la paz y el cobijo que aporta la corona!

Mientras los portavoces seguían manipulando la realidad con el poder de la palabra, los mensajeros reales recorrían los caminos con briosos caballos, lanzando una polvareda de tierra a su paso.

Los Caballeros del Lirio Azul recibieron la misiva con una elegante reverencia. Descendientes del linaje de los Rodrigo, una de las sangres más nobles y benévolas de esta tierra, habían ofrecido su vida y su honor para la protección de la estabilidad del reino. Su interés en las justas nada tenía que ver con el deporte y la competición: en un evento tan señalado, la Reina iba a necesitar a alguien que protegiese sus espaldas en tiempos tan aciagos.

La Hermandad Juramentada también fue obsequiada con una participación en las justas. Caballeros andantes, independientes y solitarios, los Hermanos Juramentados se rigen por un estricto código de honor. Son fieles al Titán a la Reina y han consagrado todas sus fuerzas en la erradicación de los grandes males de este reino. Y si los rumores eran ciertos, pronto iban a poder cumplir una de sus más duras pruebas en Instántalor.

Los Frailes del Dorado Resplandor no pudieron más que darle agua al sediento mensajero. A pesar de pertenecer a la Iglesia del Titán, esta lejana rama había hecho votos de pobreza y castidad para poder adorar más fervientemente a su señor el Titán. El rechazo de cualquier petición va en contra de cualquiera de sus dogmas, por lo que procedieron a aceptar la invitación.

La Casa Von Vondra recibió la noticia con una muy bien disimulada sorpresa. Por todos era conocido que había ciertas tiranteces entre la Corona y sus rivales y aspirantes más directos. Como si de una mente colmena se tratase, los Von Vondra urdieron, maquinaron y tejieron decenas de retorcidos planes en cuestión de segundos, mientras daban una respuesta positiva entre encantadoras risas.

El peor día de la vida de uno de los mensajeros fue probablemente el día en el que fue a entregar la misiva al Clan del Ciervo Gris. Perdidos en medio del bosque, vestidos con ropas bastas y pinturas extrañas, los miembros del clan lo recibieron gritando y haciendo agresivos aspavientos con las manos y la cabeza. Tartamudeando y temiendo por su vida, el pobre diablo tuvo que declamar la misiva ya que ninguno de los presentes sabía leer. Cuando entendieron de qué se trataba, el líder de Clan se escupió en la mano y la tendió al recadero al grito de “¡Ciervos, nunca siervos!”. Mientras se alejaba a toda prisa, dedujo que eso era un sí.

El mensajero encargado de entregar la misiva al gremio de bufones y saltimbanquis tuvo mejor suerte. Nada más llegar le invitaron a un espectáculo, a beber cerveza y bailar sobre una mesa. Solo cuando estaba cantando una obscena canción de taberna tambaleándose encima de una silla, recordó que venía para entregar una carta de la reina. Esta invitación fue recibida con gran jolgorio, se alegraban que la reina volviese a contar con ellos (ya sea para humillarlos o disfrutar de su arte, tanto da). O quizás es que estaban beodos perdidos.
Los Innobles Hidalgos se mostraron recelosos, pensando que venían a arrestarlos, pero cuando entendieron que portaba una misiva real, lo recibieron como a un hermano perdido. Le dieron de comer, masajes en los pies y todo tipo de cuidados. Aceptaron de buen grado la invitación para demostrar a la Reina que podían ser auténticos caballeros. Al cerrarse la puerta a sus espaldas, el mensajero se dio cuenta que había sido totalmente desplumado de sus calamburos, sus armas, y sorprendentemente, de su ropa interior.

Las Hijas de la Guerra aceptaron entre ululantes gritos la participación en las justas. Mercenarias a sueldo, grandes seguidoras de cualquier mujer con poder, querían demostrar al pueblo de Calamburia que las mujeres podían igualar y superar a los hombres en combate e ingenio. Y a juzgar por sus saludos de guerra, eran capaces de eso y mucho más.

Los Nómadas tenían como líder a Arishai, el Escorpión de Basalto, pero únicamente a título militar. Son un pueblo independiente, libre de tomar sus propias decisiones y por eso los Nómadas de la Luna Roja aceptaron la invitación para demostrar a todos los bárbaros sureños el honor de un Hijo de la Arena. Nadie podía rivalizar con ellos en combate y lo iban a demostrar.

El mensajero responsable del gremio de Artesanos y Hábiles Constructores fue recibido educadamente por un servil aprendiz, que respondió favorablemente a la invitación. Más en ese mismo momento, en el sótano se estaba dando una reunión mucho más siniestra a la luz de humeantes antorchas.

– ¡Una invitación! ¡La Reina se ríe de nosotros!

– Estamos siendo prácticamente esclavizados reconstruyendo el reino después de las guerras que provoca el Trono de Ámbar!

– ¡No podemos aguantarlo más!

Los encapuchados gritaban furiosamente, ultrajados por el menosprecio que sentía Sancha III hacia las clases bajas. La invitación era un movimiento político, como había sido con los frailes y saltimbanquis: un deliberado insulto para recordar que la corona tenía el poder para imponer la paz al precio que fuese necesario.

– ¡Silencio! – gritó el que parecía ser el líder de los iracundos encapuchados -. Sí, hemos sido vilipendiados por la corte y menospreciados por los nobles. Pero todo va a cambiar. El Titán nos ha brindado una solución.

– Es mucho mejor que el Titán – dijo una figura emergiendo de entre las sombras. Su rostro era una macilenta calavera, congelada en el rictus de una vil sonrisa -. Es vuestro amigo y servidor Van Bakari.

La última frase se extendió como la pestilente brisa del pantano, envolviendo a los presentes en su pegajoso sudario.

– Yo también estoy interesado en que la Reina abandone sus métodos estrictos de liderazgo. Lo he intentado aliándome con los Corsarios, pero me temo que no lo conseguiremos por la fuerza. ¡Más no temáis, mis indignados amigos! Conozco medios mucho más sutiles y efectivos – ronroneó con una sonrisa zalamera, mirando a todos los presentes uno por uno. Nadie se atrevió a decir una palabra.

Con un florido movimiento, el Comerciante de Almas sacó un frasco vacío de su chaqueta. El inquietante recipiente refulgió a la luz de las antorchas.

– Una alquimista me debe un favor con cuantiosos intereses. Por toda la eternidad, podríamos decir. Si le mostráis este frasco, os proporcionara el más letal de los venenos que la mente humana puede concebir, sin mayores preguntas.

– ¡Es imposible acercarse a la reina! Si se pudiese, ya la habríamos matado nosotros mismos – saltó un encapuchado, envalentonado por la adrenalina.

– Sois unos necios sin imaginación. Por eso no lo habéis hecho vosotros mismos. ¡Pero no os preocupéis! Vuestro amigo Van Bakari ha pensado en todo – susurró siniestramente el inquietante personaje –. Los Consejeros de la reina harían cualquier cosa para poder acumular más rumores y extender más y más la influencia de sus pajaritos. Su lealtad podría ser… voluble. Alterable. ¡Sobornable! Y es bien sabido que el ilustrísimo Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores dispone de unas arcas casi inagotables, a pesar de que la Corona os oprima. Yo me puedo encargar de facilitaros el camino y organizar ciertas… distracciones.

Los presentes se removieron incómodos. Su secreto mejor guardado había sido expuesto, pero ninguno de ellos iba a admitirlo.

– ¿Y tú? ¿Qué ganas tú de todo esto, embustero? – le espetó una de los encapuchados.

– Oh. ¿Yo? ¡La satisfacción de vernos liberados de una tirana! – declamó con grandes aspavientos-. Claro que también está el tema de capturar el alma de la Reina de Calamburia en uno de mis fetiches, que siempre es algo que me alegra el día. Espero que mi leve satisfacción no sea un impedimento para vuestros planes… ¿verdad?

El frasco reposaba en la mano tendida de Van Bakari, solícitamente ofrecida al líder del Gremio. La fingida inocencia de este acto era espeluznante, pero con un resoplido, el encapuchado cogió el frasco y lo ocultó en su túnica. Nadie se opuso. Nadie dijo nada. Se habían cansado de aguantar las guerras de los poderosos, a costa de los plebeyos indefensos.

La Reina Sancha debía morir.

109. TÍTERE SIN CABEZA

Todo Calamburiano ansiaba solo una cosa: que terminase la dura jornada de trabajo para poder volver a su acogedor hogar. Pero no todos eran tan afortunados de tenerlo, o al menos, uno que mereciese la pena. Es por eso que muchos acababan amontonados en tabernas como la Taberna Dos Jarras, igual que pelusas arrastradas por el viento.

Generalmente Ébedi Turuncu apostaba por músicos callejeros o saltimbanquis: artistuchos de poca monta fáciles de pagar y de despachar si la situación lo necesita. Pero Edmundo, el nuevo trabajador del local y amante de la Tabernera quería promover otro tipo de entretenimiento. Como fanático de las gestas de caballerías, sabía que no había nada tan épico y tan glorioso como el teatro. Es por eso que, sobre un escenario destartalado al fondo de la taberna, se alzaba un pequeño artefacto con un teatro portátil, del que se descorrieron dos pequeñas cortinas. Una marioneta surgió de sus profundidades, muy emperifollada y empezó a declamar.

– ¡Acercaos buenas gentes, acercaos! Venid a presenciar la trágica historia de un linaje Maldito, de un Rey Desdichado y un sino funesto y cruel.

La muchedumbre se agolpó alrededor del escenario. Los parroquianos del lugar siempre buscaban maneras de matar el tiempo que no fuese mirando su jarra de cerveza.

– Veréis, todo empezó una oscura noche de solsticio de primavera…

El escenario cambió y mostró un fondo de papel y cartón pintados burdamente. Una marioneta que recordaba vagamente al Rey Comosu, por la C de su frente y la torcida corona de su cabeza empezó a caminar por el bosque.

– Antes de ser un hombre portentoso y derrotar a criaturas casi omnipotentes como el Dragón o el Leviatán, nuestro amado Rey fue un niño confuso, desorientado y enfermo. Pasaba sus días refugiado en el bosque y recibiendo toda clase de lecciones y tutelas por parte de los Capellanes, que habían sido bendecidos con tan sagrada misión por parte de la mismísima Curia de la Iglesia del Titán.

Dos marionetas de los capellanes aparecieron brevemente, agitando sus capas rojas con enfado.

– Más aquella noche, el Titán estaba dormido y solo la luna arrojaba su luz sobre el desdichado Comosu. Caminó más lejos que de costumbre, perdido en sus confusos pensamientos, notando la sangre maldita de su linaje latiendo en su interior. Pero sus pasos le llevaron a una oscura cueva, de la que emergía un misterioso y embriagador cántico.

El escenario cambió, oscureciendo el pequeño teatro de títeres. Una voz masculina empezó a entonar una nana por lo bajo.

– Se trataba del hogar de las Nornas, un trio inquietante y veleidoso que podía ver el presente, pasado y futuro. Sus predicciones nunca fallaban, más por desgracia, no eran evidentes de entender para el común de los mortales.

Tres marionetas con túnicas emergieron de las sombras, danzando las unas alrededor de las otras. Sus voces se entremezclaban y era imposible saber a cuál pertenecía exactamente.

– Un joven mortal viene a nuestra cueva.

– Pero no cualquier mortal, el futuro Rey.

– Otro descendiente de los primeros Hombres, que se unirá con una Salvaje.

– No conocerá la felicidad, ni podrá disfrutar del amor.

– ¡Decidme, extrañas criaturas! Parecéis saber mucho sobre mí, pero contestadme a esto: ¿Tendré descendencia? ¿Tendré el privilegio de tener una familia?

Las marionetas empezaron a girar más y más rápido, con sus voces cada vez más aceleradas y agudas.

– ¡Tendrás un hijo, si, fuerte y recio! Más sus madrinas le darán un terrible regalo.

– ¡Tu madre volverá al hogar, sí! Te convertirás en lo que siempre quiso, un instrumento de venganza y se arrepentirá toda su vida.

– ¡Conocerás el amor! Pero nunca podrás disfrutarlo.

– ¡Oh, que terribles noticias, crueles Nornas! ¿Acaso no hay alguna manera de evitar tan siniestro destino?

El público estaba completamente absorto, mirando con fijeza los muñecos de trapo que parecían cobrar vida ante los ojos de borrachos y analfabetos. Un aura casi mágica rodeaba el pequeño teatro de títeres, pero no había nada sobrenatural implicado en todo esto: únicamente arte e ingenio.

– ¡Lo hay! – gritaron todas al unísono –. La única solución es…

– ¡Un giro trágico de acontecimientos! – gritó una marioneta emergiendo detrás de las Nornas.

Apartándolas de un empellón, el nuevo muñeco de trapo ocupó toda la escena, ante la mirada del trastocado Rey Comosu de trapo. Se trataba de una marioneta desgastada, deshilachada y vieja pero que se movía muy ufana por el escenario.

– ¡Saltémonos esta parte aburrida y vayamos al meollo del asunto! Buenas gentes de Calamburia, os hablo del momento en el que el Rey Comosu y sus aliados asaltaron el Palacio de Ámbar, pasando a cuchillo a todo el que oponía resistencia. ¡Si, el niño Rey! Manipulado como otras marionetas, había sido empujado por la Capellanía y su amargada madre a la sala del Trono de Ámbar, donde le aguardaba su padre, medio loco por la pena y la terrible maldición que le poseía y la vil Reina Urraca, viendo como todas sus pesadillas se hacían realidad. Comosu, con la frente latiendo con la marca del Titán, exilió a su padre y a su malvada tía para…

Una figura se incorporó del teatro de títeres a gritos, quitándose de encima telas, hilos y bártulos diversos.

– ¡Janik! ¿Se puede saber qué demonios haces?¡Ese no es el texto! – exclamo el artista bullendo de furia.

Una cabeza se asomó por uno de los costados y le replicó muy contrita.

– ¡Bilko, hermano! ¡No soy yo! Yo estoy con las Nornas…es… es Ziju.

– ¡No me vengas otra vez con la historia de tu estúpida marioneta!

El público empezó a abuchear al entender que no hacía parte del espectáculo. Los borrachos despertaron de su trance y empezaron a lanzar desperdicios sobre los actores.

– ¡Patanes! ¡Incultos! ¡Rufianes analfabetos! – empezó a gritar la pequeña marioneta -. ¡No sabéis nada del arte y del teatro!

Los desperdicios empezaron a llover sobre los actores, se apresuraron a recoger el escenario portátil y empezar su retirada mientras se protegían con sus andrajosas capas. La marioneta seguía encarándose al público insultando a los parroquianos con elaborados versos. Edmundo asomó su espigado cuerpo por encima de la multitud, señalando con gestos la puerta trasera. Los dos artistas se escabulleron por la puertecilla mientras los abucheos se convertían en una auténtica pelea, probablemente causada por algún borracho envalentonado.

Edmundo apareció al rato, cerrando la puerta tras de sí. La salida daba a una cuadra donde los clientes más acaudalados enganchaban sus caballos.

– A mi me estaba gustando mucho vuestro arte, pero es que aquí la gente es mu borrica… – dijo lamentándose Edmundo.

– No se preocupe, Maese Edmundo. Estamos acostumbrados a que no se valore nuestro arte como se merece.

– ¡Si es que eso que hacéis se puede llamar así! No me extraña que salgamos escaldados de todas las tabernas y recintos varios, ¡vuestra prosa dormiría hasta a los Seres del Aire, y eso que llevan aburriéndose miles de años! – escupió con desprecio la marioneta, agitándose con ira en el extremo del brazo de Janik.

– ¡Zulji, no seas tan duro! Las tres voces de las Nornas me estaban saliendo bien por una vez – dijo lamentándose Janik, tratando de agarrar la marioneta con la otra mano con escaso éxito.

Edmundo se quedó absorto mirando aquella pequeña representación, con la marioneta esquivando la mano libre de su dueño e insultándolo con toda clase de coloridos adjetivos.

– Esto… ¿esto pasa mucho? – preguntó extrañado.

– Más de lo que me gustaría – dijo chasqueando la lengua cansado -. Pero desde que nos echó de la corte la Reina Sancha III, Janik es lo único que me queda. Aunque a veces me pregunto si no estaría mejor solo.

Con un grito de triunfo, el comediante logró apresar la marioneta y la sacó de su mano, convirtiéndola en un muñeco de trapo inerte y aparentemente sin vida.

– Pues debo decir que tiene talento – dijo Edmundo sonriendo bobaliconamente.

– ¡No soy yo! Es esa estúpida marioneta que me amarga la existencia. Dice que es el alma de un dramaturgo reencarnado, o qué se yo. Lo único que quería esta noche es cenar caliente y dormir bajo techo – dijo desánimado Janik.

– Brujas, Dragones… y ahora, marionetas que hablan. Lo habré visto todo – dijo Edmundo, bastante satisfecho consigo mismo -. Pero no os podéis quedar aquí, os lincharían. Tomad unos calamburos, espero que tengáis más suerte en la próxima taberna.

La puerta se cerró tras el Tabernero, dejando a los dos comediantes en la penumbra, acompañados por el suave tufo y relinchar de los caballos. Recogieron en silencio sus pertenencias y ajustaron bien el hatillo de ropas y cachivaches que les servía de equipaje. Juntos, con Zulji colgando del cinto, emprendieron su camino en búsqueda de un lecho caliente y un mendrugo de pan seco.

107. LO QUE ACECHA TRAS LA RUTINA

La rutina tiene el poder de sanar todas las heridas. La seguridad y la tranquilidad de los horarios, el amanecer y el anochecer era lo único que permitía a los Calamburianos mantener un símil de cordura y estabilidad, independientemente de quien estuviese en el trono o qué terrible amenaza intentase destruir su tierra.

Pero la rutina nunca elimina por completo los temores, las amenazas, la oscuridad. Y es que, debajo de esa tranquilizadora superficie, se oculta un mar agitado y oscuro que puede descontrolarse en cualquier momento.

Una clara muestra de ello era la Torre de Skuchaín. Incluso inmersos en sus mas grandes conflictos, las clases siguieron impartiéndose sin importar lo que ocurriese en el exterior. Como decía Minerva Sibila, si hay tiempo para una guerra, también hay tiempo para estudiar.

Más la torre no brillaba con su habitual luz. Había rutina, sí. Los estudiantes acudían a sus asignaturas y un ajetreo llenaba constantemente la torre de vida. Pero se trataba de una luz parpadeante, macilenta. Una tensión casi imperceptible recubría las paredes, indicando que algo no iba bien en la Torre.

La llegada de Aurobinda había sorprendido a más de un estudiante y profesor, pero lo cierto es que los rumores hablaban de una conducta intachable por parte de la Bruja. Había ayudado en la recuperación de la Esencia del Fuego con una actitud ejemplar, y además contaba con todo el apoyo de la corona, y lo que es más importante, por Eme y Sirene, los héroes de Skuchaín.

La casa Ténebris, la que luchó con mayor virulencia contra la Maldición de las Brujas, se ofreció voluntaria para vigilar de cerca a Aurobinda, la cual aceptó esta curiosa medida de buen grado. En algún momento que nadie sabe definir, los miembros la casa más marcadamente oscura de Skuchaín empezaron a ejercer papeles de Guardianes de la Conducta, una medida que la Bruja estableció para devolver el decoro y las buenas maneras a la Torre. La razón oficial giraba entorno a devolver a Skuchain el brillo y la sapiencia del pasado y dejar de ser una academia en la que formar magos para la guerra.

relato-calamburia-aurobinda-tenebris-escuchainEsta medida fue recibida con gran alegría por el claustro de profesores, especialmente por los Eruditos, pero con el paso de los meses, el buen humor y el alborozo brillaba por su ausencia.

La sala del claustro era una antigua habitación recubierta de madera, sin ningún toque de piedra como el resto de la torre. Algunas de las superficies de roble habían sido reemplazadas por oscuro ébano para, según Aurobinda, devolver “la seriedad y el respeto que debería infundir esta sala”.

Todos los miembros del profesorado estaban sentados murmurando nerviosos, hasta que la puerta se abrió solemnemente para dar paso a Aurobinda, seguida de cerca por Telina, que sostenía un cuaderno apretado contra su pecho. Aurobinda dedicó una sonrisa de oreja a oreja a toda la sala y se sentó con deliberada lentitud en la silla que presidía la mesa. Dicha silla era llamada La Silla del Archimago, y sólo podía sentarse el Archimago designado para liderar la Torre. Había sido dejada vacía durante largos años, por respeto. El gesto hablaba por sí mismo.

– Muy bien, démonos prisa, tengo una mañana muy ajetreada. La Reina Sancha III me espera para comer y el viaje en cuervo siempre me resulta agotador – dijo con un inocente suspiro la antigua Bruja.

Felix el preclaro se levantó carraspeando y se apresuró a leer la orden del día:

– La preparación de los exámenes de mitad del semestre avanzan con buen ritmo, aunque debo señalar que los alumnos se están quejando por la carga de trabajo y la presión – dijo el Erudito con voz neutra.

– Es normal, son jóvenes y aún no han aprendido a respetar la autoridad – dijo Aurobinda agitando la mano, restándole importancia -. En unos años nos lo agradecerán.

– ¡Las normas se están volviendo demasiado estrictas! Hace escasos días, se rechazó mi presencia en la parte de la biblioteca designada para los libros de magia oscura – dijo la hermana Mitt Clementis, ofuscada.

– Hermana, los tiempos han cambiado. Antes no había ningún tipo de control ni registro sobre el acceso de la biblioteca. Entiendo que hemos sido siempre muy laxos con el acceso de los creyentes del Titán a nuestro cúmulo de saber, pero estoy extirpando de raíz todos los privilegios.

– ¿Privilegios? ¡No debe de haber barreras para los representantes del Titán! ¡Somos los ojos y los oídos de la Alta Curia en esta Torre! Además, vuestra biblioteca es ínfima si la comparamos a la que se halla en nuestras sagradas criptas – dijo con soberbia la religiosa.

– Pues quizás debería volver para hacerles compañía, hermana. Podremos sobrevivir sin un representante espiritual en este claustro. Salude a sus superiores de mi parte – respondió al instante Aurobinda, con una deliciosa sonrisa – ¿Algo más?

– ¡Se está perdiendo la calidad de las clases! – dijo Minerva, levantándose de un salto -. Estamos dejando de lado las clases de cultura general sobre dinastías e historia pasada de Calamburia para centrarnos únicamente en asignaturas de magia y hechicería. Estoy especialmente preocupada por el aumento de clases que giran en torno a la magia oscura, Aurobinda. Las marcas arcanas de algunos alumnos están transformándose en marcas de Ténebris. No puedo hacer oídos sordos a los murmullos que recorren los pasillos.

Una tensión palpable se coló en la sala, como una serpiente insidiosa. Las miradas se volvieron huidizas y el ceño de Aurobinda se pronunció hasta un nivel inquietante.

– Hay que conocer al enemigo para poder luchar eficazmente contra él, Minerva. Yo lo sé bien. Así que os enseñaré todo lo que haga falta para que conozcáis la oscuridad y sepáis diferenciarla de la luz. Cueste lo que cueste – dijo mascando estas últimas palabras. Repentinamente, se giró sonriendo hacia Sirene, que se hallaba sentada a su derecha -. Además, tengo entendido que el consejo de estudiantes está encantado, ¿Verdad?

– ¡Oh, si! – dijo Sirene con entusiasmo mientras sonreía en exceso -. Los alumnos nunca han sido tan contentos y felices, posiblemente aún más que cuando Ailfrid estaba vivo. Para mí fue un cobarde que nunca se atrevió a contarme la verdad, así que quizás tampoco fue tan buen Archimago.

relato-calamburia-aurobinda-escuchainTodos abrieron mucho los ojos y no se atrevieron a hablar. Sirene había descubierto recientemente que el segundo Archimago de la torre era su verdadero padre, pero nadie entendía a qué venía ese arrebato.

– No deberías hablar así, Sirene. Fue tu padre, y querido por todos. Y ya son muchos los estudiantes que me trasladan sus quejas – dijo Minerva muy seria, moviendo la cabeza apesadumbrada.

– Oh, habrán sido los Primus. Ya sabe profe, siguen pensando que esto es una pelea entre Theodus y sus hermanas. ¡Eso es tan de hace unos meses! – dijo riéndose malignamente Sirene.

– ¿Con que los Primus andan susurrando eh? – dijo Aurobinda, casi relamiéndose del gusto -. Telina. Convoca una redada de los Guardianes de la Conducta. Quiero que requisen cada una de las pertenencias de los Primus para que sean examinadas minuciosamente. Haz especial hincapié en Stucco: siempre está al borde de las normas del decoro.

Telina apuntó con rapidez en su cuaderno con una pequeña sonrisa de suficiencia. Acto seguido se dio la vuelta y salió por la puerta de la sala para cumplir sus órdenes.

– Muy bien. Me temo que me voy a tener que ir. ¿Alguna última sugerencia? – dijo la antigua Bruja, sabiendo que nadie se opondría a ella.

– Yo mismo – dijo una voz anciana. Todas las miradas se dirigieron hacia el asiento de Baufren, el Duende Mayor. Levantó la mirada por debajo del sombrero y la clavó en su rival. Se mantuvieron en tensión durante un rato, hasta que finalmente, habló -. Pero como las estatuas, tengo toda una vida por delante. Puedo esperar a la siguiente reunión.

Aurobinda abrió muchos los ojos al entender el insulto, y con un bufido, se levanto de la silla de un empujón y se fue a grandes zancadas de la habitación apartando a quien estuviese en su camino con una mirada asesina.

El claustro fue disuelto y se fueron separando entre murmullos. Sirene, dando saltitos y canturreando siniestramente por lo bajo, fue la última en salir. Mientras cerraba la puerta, una voz la interpeló a sus espaldas:

– Ay mi niña, que difícil es dar contigo. Me dijeron que te encontraría aquí. ¡Tengo una noticia tan maravillosa que contarte!

Sirene se giró y vio la figura achaparrada de Ebedi Turuncu, la tabernera. Sin poder oponerse, recibió un fuerte abrazo de esta que la estrujó como si fuese un trapo.

– Ay mami, no seas tan sobona. ¡Mami! – dijo Sirene, quitándosela de encima.

– ¡Pero como no voy a ser sobona, si ya no te pasas por la taberna! – le respondió sorprendida.

– Bueno mami, ahora estoy muy ocupada. Soy una persona importante aquí y no tengo tiempo que perder con la gente normal – dijo con desdén adolescente la Impromaga.

– ¿Cómo? ¿De dónde has sacado ese genio? ¡A que te doy con el rodillo! – replicó Ebedi, enfadada.

– Si lo haces, te congelaré y te quedarás ahí hasta que te encuentre alguien – dijo con frialdad la joven.

Ebedi se quedó paralizada. Nunca le había hablado así su hija. Es cierto que Ébedi y Ailfrid habían mantenido durante mucho tiempo en secreto que tenían descendencia, pero ahora estaban tan unidas como podría esperarse de una madre y una hija.

– Hija… ¿Estás bien? – dijo preocupada la tabernera.

– ¡Si, mamá, lo estoy! Ahora déjame en paz que tengo que hacer cosas mucho más importantes. No vengas nunca más aquí. Ya iré a verte en la taberna, si es que me entran ganas. Espero que no sigas tonteando con ese Edmundo, que parece el más tonto de toda la taberna – dijo con maldad Sirene.

– ¡Niña! No te consiento que hables así de él. ¡Nos queremos!

– El amor no existe – dijo la niña, poniendo los ojos en blanco -. Adiós mami. Ya nos veremos.

Y sin mirar atrás, Sirene echó a andar dando algún que otro saltito mientras canturreaba por los pasillos. La ira de Ébedi se fue disipando hasta verse invadida de una profunda tristeza. Mirando la espalda de la hija a la que vio crecer desde la distancia sin poder hacer nada para acercarse a ella, susurró:

– Estoy embarazada, hija.
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