111 – JUSTAS DE LA REINA SANCHA (II)

ÓPERA PRIMA

Instántalor se había vestido con sus mejores galas. Las calles se veían pobladas de estandartes y te tiras de tela carmesíes, del color de la corona. Las calles bullían de vida y comerciantes, regateadores, timadores y vende humos recorrían las calles en busca de algún plebeyo incauto con la bolsa llena.

Las Justas de la Reina Sancha III habían atraído a multitud de participantes y curiosos, de todos los confines de Calamburia. Los guardias de la reina hacían la vista gorda y dejaban pasar hasta a los personajes más dudosos y malcarados. Eran unos días de fiesta, celebración y jolgorio.

Más el tiempo nublado y la intermitente llovizna indicaba que por mucho que insistiese, algo oscuro y podrido acechaba por las calles de Instántalor. No importaba cuanto se vistiese o perfumase un cadáver: su interior seguía lleno de gusanos.

De entre todos los grandes villanos de Calamburia, Van Bakari era probablemente el más insidioso y sutíl de todos ellos. No disponía de un poder sobrenatural como las Brujas, o un ejército como los Zíngaros: su influencia se basaba mucho más en el poder de los pequeños detalles.

Durante las Justas, un edificio de los molineros estalló en llamas sin previo aviso. Su sollozante dueña aseguró que nunca usaban fuego, pero de alguna manera, una chispa había prendido en sus reservas de heno. Solo la ayuda combinada de varios Frailes del Dorado Resplandor e Innobles Hidalgos bajo la supervisión de los altaneros Von Vondra pudo salvar el edificio de arder hasta sus cimientos.
Algunos viandantes juraron haber visto a un pelusón gigante desbocado, rebotando entre los puestos de comida y lanzando a la gente por los suelos como vulgares bolos. La criatura fue controlada a duras penas por unos recién nombrados Impromagos y la participación inestimable de algunos héroes que consiguieron calmar a la pobre criatura, por lo general pacífica.

Melindres Von Vondra se vio acorralada por una marea de extraños insectos imbuidos de una magia antinatural, y a pesar de sacrificar varios hortelanos para defenderse, tuvo que recibir el apoyo los participantes de las Justas. Siguiendo la tradición Von Vondra, no dio las gracias a nadie y se fue riendo.

A pesar de pertenecer al bando pirata, Artemis ocupó su sitio habitual en una esquina de la plaza y animó a los transeúntes a declamar en honor de la Reina Sancha III y de cualquier cosa que se les pasase de la cabeza. Como bien explicó al gremio de los Bufones y Saltimbanquis, la trova y la poesía no dependen de la política, sino de la mano que pague.

Ilia y otros hermanos de la orden de los sanadores se encargaban de mitigar las heridas menores, pero su trabajo fue dificultado porque algo o alguien trasteó con todos sus frascos y pociones. Tuvo que confiar en el olfato de sus pacientes para hallar las combinaciones correctas.

Pero no todo fueron desgracias y pequeños accidentes en este día de celebración y jolgorio. Fue un día de oportunidades y de posibles cooperaciones.

Si se realizaban las preguntas adecuadas, seguidores del clan del Ciervo Gris podían guiar a los interesados a un sótano en el que se escondían los Salvajes, que buscaban a cualquier héroe dispuesto a luchar y doblegar un Espíritu de los Primeros hombres para encontrar un remedio contra la maldición del príncipe Juliok. Beatricce recorría la calle no en busca de clientes, sino de mecenas que pudiesen ayudar a levantar el negocio. Felix el Preclaro trataba de educar y enseñar a las masas, pero poca gente estaba interesada en aprender farragosa teoría sobre naturaleza y ciencia. Zora Von Vondra tuvo más éxito enseñando buenos modales a los plebeyos por el simple hecho de que ofrecía una pequeña recompensa en forma de calamburos a todo aquel que le hiciese una reverencia. Incluso la Reina Urraca aprovechó su conocimiento de las calles por su pasado de exiliada para reclutar a pillos, vagos y maleantes para la flamante Guardia de la Reina. Teslo daba tumbos por el mercado, demasiado concentrado en analizar su nuevo invento y a la vez, pidiendo ayuda con todo el que se chocaba.

Era tal la algarabía y el ruido, que a nadie le importó que Mairim, una de las criminales más buscadas de Calamburia, fuese dando saltos por la plaza del Titan, lanzando aviones de papel y ofreciendo calamburos de dudosa procedencia a todo el que tratase de competir con ella.

Pero lo más descarado de todo fue la presencia del mismísimo Van Bakari, como si de un jefe de una macabra orquesta se tratase. Fingiendo inocencia y buenas intenciones, retó a los transeúntes a rápidos juegos de apuesta en las que sus manos ágiles impedían cualquier posibilidad remota de victoria. Disponía del palco de honor perfecto desde el cual ver cómo las Justas estallaban poco a poco en un meticuloso caos.

Y es que el malvado bribón no había hecho más que empezar con los primeros compases de su ópera prima. Los pequeños acontecimientos no eran más que tímidos violines comparados a la fanfarria que tenía preparada el Comerciante de Almas.

Y mientras los rugidos de una poderosa criatura a las afueras de la ciudad atraían la atención de todos los presentes, el Gremio de Artesanos y Hábiles Constructores se reunían con los Consejeros de la Reina haciéndoles una proposición que no podían rechazar.

¿Acaso el destino de Sancha III ya estaba escrito con sangre y traición? ¿Podría soportar Calamburia volver a tener el Trono de ámbar sin soberano alguno?

Quizás había algo más en juego en estas Justas que una simple celebración de la paz. Quizás, el destino de Calamburia pendía del hilo caprichoso de las Nornas.


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