El próximo Domingo 4 de Junio a las 21.30 en La Escalera de Jacob ocurrirá el XXXVII Choque de Héroes del Reino de Calamburia – La Maldición de las Brujas ¿Podrán frenar las malvadas intenciones de las hermanas? ¿Serán capaces de devolver a Calamburia a la normalidad? ¿Quién será el ganador de este enfrentamiento?
Autor: El Cronista
90. LOS SEÑORES DEL VACÍO
Muchos calamburianos se lamentan pensando en los aciagos tiempos en los que viven. Mas si supieran cómo eran los oscuros tiempos antiguos, enmudecerían de inmediato y mirarían su jarra de cerveza con cara de pánico y desearían no haberlo sabido jamás.
Hubo una época salvaje y animal donde no existían las leyes ni criaturas como el Titán o el Dragón. La vida bullía sin control, como un caldo de cultivo borboteante que creaba criaturas y las exterminaba sin ningún tipo de orden ni de compasión. Los elementos campaban a sus anchas, cambiando el mundo a su aleatorio antojo. Fuego, Aire, Tierra y Agua, todos ellos en equilibrio en una intrincada armonía que convirtió el caos del vacío en una tierra rica y fértil y con un propósito.
Nadie sabe de dónde vienen ni si tienen realmente consciencia. Hace mucho que duermen latentes, deseando que no se les molesten. Su hogar es de donde provienen, el vacío inconmensurable que llena los huecos entre las estrellas.
Pero, por una vez, ese vacío estaba siendo ocupado por una solitaria figura. Se trataba de una muchacha con un aire sereno y elegante, cubierta de largos ropajes. Parecía una sacerdotisa. Flotaba en el vacío como una titilante y frágil vela, pero no había debilidad en la seguridad de su mirada.
– ¡Heme aquí, Señores del Vacío! ¡Mostraos ante mí y superad mi desafío! – gritó Naisha.
Su voz rebotó por el vacío, haciendo que las estrellas titilasen. De pronto, una de ellas brilló con aún más fuerza y empezó a crecer y acercarse a la joven. Se trataba de una gigantesca bola incandescente de fuego y magma.
Naisha pareció ignorar el insoportable calor que la rodeaba y cerró los ojos mientras realizaba rápidos gestos con las manos en una secuencia imposible de seguir. Los abrió de golpe e impulsó de sus manos un torrencial chorro de agua que se ensanchó y serpenteó por el aire hasta chocar con la estrella, causando una nube expansiva de vapor que amenazaba con quemarla viva.
En ese mismo instante, conjuró un fuerte viento que le hizo esquivar un rayo que iba prácticamente a la velocidad de la luz. Al hacerlo, se propulsó directamente hacia una lluvia de asteroides congelados con amenazantes aristas. Girando sobre sí misma, unas alas de fuego se formaron a su espalda y le hicieron volar como un cometa, deshaciendo todos los pedazos de hielos en su camino.
El vacío entero parecía estar tratando de exterminarla, pero ella era elusiva como el agua, resistente como la tierra, ágil como el viento y explosiva como el mismísimo fuego. Esquivaba estrellas incandescentes, planetas, meteoritos, la totalidad del cosmos. Explotaba satélites, congelaba los proyectiles, llenaba el vacío con rayos de poder inconmensurable.
El vacío ya no era tal, estaba lleno de energía primaria, una energía antigua y poderosa.
De pronto, todas las energías parecieron retirarse para acumularse y entremezclarse entre ellas. El vacío entero fue succionado y las estrellas se apagaron. En el centro del universo se concentraba una energía de tamaño inconcebible. Una bola de fuego, entremezclada con aros de agua, rayos eléctricos y asteroides del tamaño de pequeñas galaxias que giraban sin control. Todo ello fue cogiendo velocidad y se precipitó sobre la minúscula forma de Naisha. Era como ver las olas tragarse una piedra. Como un grano de arena contra una montaña. Como una hormiga contra el más grande de los gigantes. Era imposible.
Naisha tocó su frente y empezó a gesticular rápidamente con su otra mano. Los cuatro elementos giraron en espirales alrededor de su mano hasta crear una figura con forma humana. Ya no eran energías descontroladas, tenían un propósito. Mitad humano, mitad energía ancestral: se trataba de Nimai, el guardián personal de Naisha. Ambos se miraron con calma a los ojos, se agarraron de las manos y encararon la descomunal amenaza.
Abriendo los brazos, empezaron a entonar un mantra repetitivo y rítmico que hizo relucir sus cuerpos ligeramente. No hicieron nada más que entonar y recibir el fin de sus vidas con los brazos abiertos.
La colisión fue imperceptible, eran una mota de polvo en el firmamento. Pero de pronto, la gigantesca bola de energía empezó a ser recorrida por espasmos, como si la realidad se fuese deformando. Poco a poco, fue reduciéndose como de un globo deshinchándose se tratase, mientras meteoritos, chorros de agua y electricidad salían despedidos por los aires. La totalidad de la energía primitiva del cosmos fue absorbida por ambas figuras, que seguían repitiendo monótonamente el mantra hipnótico.
Finalmente, el silencio. Nada quedaba ya en el vacío, salvo nuestros dos visitantes. Los ojos de Naisha relucían de poder y en ellos se podía ver todas las energías que componen la vida, luchando entre sí, pero en precario equilibrio.
– Renovamos nuestro pacto una vez más, Sacerdotisa de los Elementos – dijeron cuatro voces provenientes de ningún sitio en concreto, al unísono-. Has superado todas las renovaciones del pacto hasta ahora, pero pronto se acerca la más dura de las pruebas.
Naisha frunció el ceño extrañada. Esta inesperada declaración se salía de todos los protocolos del ritual.
– ¿A qué os referís, Señores del Vacío?
– No sabemos cuándo pasará, el tiempo no existe para nosotros. Pero nuestra misma esencia peligra. Cumple tu promesa, Sacerdotisa, honra tu pacto y salvaguarda la esencia del universo a cualquier precio.
El vacío en el que se hallaban empezó a girar de forma violenta, un huracán en el que ambos protectores se vieron inmersos y que no cesó hasta que abrieron los ojos.
La Sala del Apeiron, el núcleo central y más recóndito del Templo de los Elementos, estaba iluminado por una cálida penumbra. Naisha, Protectora de los Elementos se hallaba sentada en el centro con las piernas cruzadas en estado de meditación. A su alrededor, las cuatro esencias de los elementos descansaban en sus altares, reluciendo cada una con su color, unidas por líneas de poder que recorrían el suelo y que convergían todas donde meditaba la joven.
Sus ojos recorrieron los murales del templo que mostraban la historia de generaciones de Protectores que había realizado periódicamente el Pacto. Se trataba de un ritual en el que se renovaba los votos de protección y servidumbre para los Señores del Vacío, los cuatro elementos que componen la vida.
– No es normal. Nunca había ocurrido esto, Naisha – dijo Nimai mientras andaba alrededor de ella con un gesto de preocupación. Su figura de poderoso guerrero era imponente, pero las energías que se arremolinaban detrás de sus ojos eran aún más amedrentadoras.
– No está contemplado en los protocolos del ritual que los elementos se comuniquen conmigo, en efecto.
– Han hablado de una amenaza. Debemos investigar y descubrir qué es lo que ocurre. No creo que tenga que ver con esas patéticas mortales, las Brujas. Sus intereses son demasiado superficiales – bufó con desprecio.
– Sin duda, no deben ser ellas. Son niñas jugando con poderes ridículos y banales comparado a los elementos. No, el mal que nos acecha debe de ser mucho más artero… y antiguo.
– Busquémoslo y erradiquémoslo. ¡Acabemos con quien ose enfrentarse a la esencia de la vida!
– Calma, Nimai. No dejes que tu parte humana tome el control – le interrumpió suavemente mientras se incorporaba con gracilidad Naisha–. Somos Protectores Elementales. Nuestro deber es proteger, no atacar. Somos el escudo que protege la vida de su propia autodestrucción. Debemos conservar la serenidad.
– Como desees, Sacerdotisa. Pero tengo un mal presentimiento sobre esto – dijo meditabundo Nimai mientras guiaba sus pasos a las profundidades del templo.
¿Sería acaso una visión sin sentido? ¿Es posible que los cuatro elementos hayan perdido la cordura tras tantos milenios de existencia? ¿Acaso una sombra más larga y oscura se disponía a hundir a Calamburia más profundamente en las tinieblas?
La respuesta no iba a tardar mucho en llegar. Para desgracia de todo Calamburia.
LXIII y LXIV – COMBATE – LAS GUERRAS DE CALAMBURIA: LA MALDICIÓN DE LAS BRUJAS
El próximo Viernes 2 de Junio y el Sábado 3 de Junio a las 00.15 en La Escalera de Jacob ocurrirá el LXIII y el LXIV Combate de las Guerras de Improvisación del Reino de Calamburia – La Maldición de las Brujas ¿Podrán frenar las malvadas intenciones de las hermanas? ¿Serán capaces de devolver a Calamburia a la normalidad?
89. UN REGALO DIGNO DE UN PRÍNCIPE II
Kálaba amagó un golpe con una de sus peligrosas dagas y esquivó rápidamente el contragolpe brutal de Dorna. La Salvaje arremetía con todas sus fuerzas, moviendo su cayado en complejos molinetes, manteniendo siempre las dagas lejos de su cuerpo e impidiendo que la Zíngara completase ningún hechizo.
– Por eso los sureños sois tan… ¡Débiles! – resolló Dorna mientras combatía con saña -. Confiáis demasiado en la magia. Nunca sobreviviríais a un invierno en las montañas rocosas.
Kálaba no respondió a la provocación y siguió defendiéndose de los golpes mirando hacia las sombras de los árboles, buscando algún tipo de respuesta en ellos. A sus espaldas, gigante y lagarto seguían intercambiando titánicos golpes que hacían retumbar todo el claro. De pronto, la cara de la Zíngara se iluminó con una malévola sonrisa.
– Los Zíngaros no necesitamos fuerza o habilidad, porque nunca estamos solos – sentenció Kálaba.
Dorna sintió un escalofrío en su espalda y se giró rápidamente para detener un golpe de espada corta de un Zíngaro que había surgido aparentemente de la nada. Se hallaba rodeada de otros dos más, por lo que realizó un barrido espectacular a su alrededor para ganar un poco de espacio. Estaba totalmente acorralada.
– Sucias víboras traicioneras – escupió Dorna con desprecio.
– ¡Estas sucias víboras van a acabar con tu vida!
– ¡Yo lo impediré! ¡Atrás, mi señora! – dijo Sir Finnegan, colocándose entre ambos-. El pánico me tiene prácticamente paralizado, pero cuando una damisela está en peligro, ¡no hay nada que pueda interponerse entre mí y la gloria!
Dorna puso los ojos en blanco y calculó qué ángulos le permitían usar al joven como escudo humano. Kálaba resopló con sorna y empezó a mascullar un hechizo mientras agitaba las manos.
– Oh, mequetrefe, acabas de ganarte una muerte entre terribles sufrimientos – masculló Kálaba. Terminó el hechizo y apuntó hacia su víctima, soltando un chorro de energía verde. En el último instante, Sir Finnegan , encogido patéticamente a la espera de su muerte, fue empujado por una figura que encajó de lleno el hechizo. Cayó al suelo, muerta y humeante mientras los Zíngaros reían con malignidad.
– ¡Cuánta gente está deseosa de morir hoy! Habrá regalos para todos, sin duda – dijo Kálaba mientras se preparaba para lanzar un nuevo hechizo.
– Ay. Esto mañana va a ser peor que una resaca de vino de Sangre de Titán– dijo quejumbrosa la irreconocible figura del suelo.
Como uno solo, todos los presentes miraron con incredulidad a la persona que se iba incorporando trabajosamente del suelo. Su cuerpo empezó a brillar con un leve fulgor dorado que fue sanando todas las quemaduras y devolviendo la ropa a su estado original. Finalmente, Drawets giró el cuello hacia los lados haciendo crujir sus vértebras.
– ¡Tú! ¡Deberías estar muerto… dos veces! – exclamó incrédula Kálaba.
– Ah. ¿No lo sabes? – dijo Drawets mientras pateaba el suelo para comprobar que las piernas estaban en orden – El Titán me convocó para presentar todos los partidos de improvisación de Calamburia. No puedo morir mientras quede un partido por presentar, y por las barbas del Archimago, lo he intentado con muchas fuerzas. ¡No hay manera!
El silencio invadió al grupo. Un pedazo de piedra cayó cerca, sobresaltándolos a todos y sacándolos de su estado de estupor. Ellos se habían detenido, pero las criaturas seguían intercambiando feroces golpes.
– Generalmente no suelo implicarme en estas cosas. Pero he tenido que declinar numerosas ofertas indecentes para presentarme a esta reunión. Y habéis intentado matarme. Dos veces – dijo con una mirada peligrosa a Kálaba, mientras sacaba una daga de su cinto –. Y nadie, me oyes, ¡nadie! le roba el protagonismo a Drawets, ¡pícaro entre los picaros!
Tras decir eso, se abalanzó sobre los Zíngaros y se enzarzaron en un cruel combate cuerpo a cuerpo. Dorna aprovechó el caos para cargar sobre Kálaba, haciéndola retroceder para que no pudiesen ayudar a sus subordinados. Sir Finnegan retiró las manos de su cabeza y descubrió que aún seguía vivo y que decididamente, ser un heroico caballero era un tanto estresante. Escuchó un grito entre los árboles y vio a Katurian, el inventor, subido a una de las ramas más altas con un extraño aparato.
– ¡Katurian! ¡Has vuelto! – gritó emocionado.
– ¡Así es! Esas brujas no van a arruinar mi día, no señor. Tuve que ir a coger un inventillo que quizás nos pueda ser útil. Lo dejé cargándose bajo una tormenta pero no sé qué tal funcionará. ¡Nunca lo he probado! – gritó entusiasmado mientras apuntaba con el alargado y extraño aparato hacia las Brujas, que seguían mirando entusiasmadas el combate titánico del centro del claro. Sin previo aviso, disparó una brutal ráfaga de energía eléctrica como si de rayos tormentosos se tratase, impactando aleatoriamente alrededor de las dos hermanas.
– ¡Funciona! ¡Eureka! No me esperaba este resultado, la energía eléctrica es fascinante aunque un tanto aleatoria – gritó Katurian dando saltitos de emoción que amenazaban su precario equilibrio sobre la rama -. Me pregunto qué pasará si trato de enviar varios a la vez.
Un racimo de rayos se precipitó sobre ambas brujas, que empezaron a desviarlos con furiosos gestos de la mano. Trataban de contraatacar, pero la maquina era inagotable y seguía escupiendo rayos sin ningún tipo de control ni puntería, pero suponía una amenaza que no podían desestimar.
– Oh, hermana. Ya no me estoy divirtiendo. Me aburro, vámonos ya de aquí – dijo con voz somnolienta Defendra mientras desviaba los rayos que más se acercaban a ella.
– De acuerdo. Pero no nos olvidemos de nuestro regalo. Cúbreme, hermana.
Aurobinda fue presa de terribles arcadas que la hicieron encogerse y derrumbarse. Los sonidos guturales eran horrendos, hasta que finalmente expulsó una pequeña y alargada serpiente negra. En cuanto tocó el suelo, la serpiente empezó a deslizarse con una rapidez espeluznante hacia el campo de batalla. Pasó entre la hierba quemada y pisoteada de la Arboleda. Serpenteó con agilidad entre las piernas del gigante de piedra. Esquivó Drawets y sus contrincantes y rodeó el cuerpo tembloroso de Sir Finnegan, hasta llegar a la pierna de Dorna, mordiéndola con maligna avidez.
El grito de Dorna fue desgarrador. Aplastó la serpiente con su cayado pero sintió como sus fuerzas se esfumaban y se quedaba paralizada en el acto, dejando caer su cayado. Kálaba aprovechó la ocasión y se abalanzó sobre la Reina de Calamburia, posando su mano en su vientre.
– Este será nuestro regalo, oh mi reina. No deseamos tu muerte, eres demasiado útil viva. Ahora la luz que portas en tu interior, el futuro de Calamburia, está maldito. Crecerá sano y fuerte, pero nunca jamás podrá tomar la decisión correcta. Está condenado a seguir propagando el caos y el descontrol, y lo mejor de todo, es que lo hará siempre desde la mejor de las intenciones.
La mano de Kálaba palpitó con una energía verdosa y produjo una serie de espasmos incontrolados en el cuerpo de Dorna, haciéndola caer como un fardo.
– Bueno, vámonos de aquí. Creo que nadie ha llegado a escuchar eso –dijo Defendra tirando de su manga-. Ya se darán cuenta cuando nazca. ¡Vamos a cazar algún Duende para entretenernos!
Entre risas, sus formas empezaron a difuminarse y a girar creando un oscuro vórtice. El vórtice succionó la figura de Kálaba , que se despidió de sus contrincantes con una sonrisa de suficiencia y victoria, cerrándose sobre sí mismo. Los Zíngaros dieron un salto hacia atrás, lanzaron una especie de nube de humo que extrajeron de unos sacos que colgaban de sus caderas y desaparecieron. La criatura escamosa miró hacia el cielo y batió sus alas furiosamente para elevarse entre rugidos y desaparecer por entre las copas de los árboles. Una extraña calma invadió el claro, como después de una tormenta, dejando al guardián de piedra inmóvil a la espera de nuevos peligros. Sir Finnegan trataba de despertar a su Reina, pero poco sabían que el despertar de Dorna no iba a traer más que tristeza y miseria a Calamburia.
¿Es que la maligna influencia de las Brujas nunca iba a tener fin?






