Los Redivivos

En la tierra de Calamburia existen muchas especies y razas diferentes, e incluso dentro de la categoría de los humanos los hay sorprendentes, excéntricos, aterradores o, simplemente, raros. Pero sin duda, pocos seres son tan imposibles de categorizar como los Redivivos.

Al verlos, es imposible no hacerse preguntas, ¿qué pretenden? ¿Cuál es su objetivo? Y la pregunta más importante de todas: ¿están vivos o muertos? Por desgracia, ésta última tiene una difícil respuesta.

La forma más aproximada para definir a los redivivos es que ninguno está vivo, mi muerto… del todo. Así, su cuerpo habita la tierra de Calamburia, mientras que su alma transita entre el mundo de los mortales y el de los espíritus. Se halla en los dos lugares al mismo tiempo, y ninguno más que en otro. Sí, está claro que es complicado de explicar.

Pocos se han atrevido a preguntar al doctor Van Bakari sobre los entresijos que esconde su propia existencia. De él se dicen muchas cosas, y ninguna parece del todo cierta. Sin embargo, una de las teorías que más fuerza ha tomado es que Bakari desciende de los salvajes del norte, de quienes tomó, hace mucho, mucho tiempo, parte de sus artes chamánicas. Sin embargo, quienes han tenido el valor para contrastar esta información preguntando a Corugán, no han recibido más que una colección de gruñidos encolerizados y algún que otro golpe de bastón.

Lo único que parece cierto, es que Bakari estuvo plenamente vivo en algún momento de su pasado, que aprendió artes mágicas prohibidas, y que para aumentar su poder hizo un aborrecible pacto con alguien… o con algo. Ese ser, -unos piensan que fue el Dragón, otros que fue el demonio que habitaba el inframundo antes de la llegada de Kashiri-, le permitió acceder a la famosa Piedra de la Resurrección. Bakari estudió la naturaleza de este artefacto, hasta comprender sus secretos, y se los apropió.

Con ellos, se transformó en un traficante de almas. Así, cuando fallecía alguien de mucho estatus en el mundo de los vivos, Bakari viajaba al Inframundo y guardaba su alma para aumentar su poder. A veces, los espíritus quedaban recluidos en alguno de sus muchos receptáculos mágicos (un bastón, una caja, un anillo…); otras veces, Bakari encerraba las almas en los cuerpos que habitaron antaño. Así fue como llegó a resucitar a Lord William von Vondra.

Lord William, padre de Zora, fue conocido por ser un auténtico libertino. Pasó su gobierno entre fiestas, recreos, bacanales y asuetos. No se conoció en él ninguna inversión, ni ninguna obra de bien para sus tierras, y cuando murió aún joven –de sífilis-, lo hizo entre carcajadas, burlándose de la misma parca, y jurando regresar porque “había hecho un pacto” con alguien. Con Bakari, por supuesto.

En efecto, Bakari cumplió su promesa, y cuando William viajó al inframundo, el doctor halló su alma y la trajo de vuelta al mundo de los vivos, permitiendo que ésta habitara su antiguo cuerpo, que ya se pudría en la tumba. A partir de entonces, ambos se transformaron en aliados. Bakari juró no usar el ánima de William para aumentar su poder, siempre y cuando éste sirviera a sus propósitos. Y éste aceptó, a condición de poder continuar dándose algún exceso de cuando en cuando.

Así pues, ¿en qué consiste el plan de Bakari? La mayoría cree que el Traficante de Almas, como así le llaman, no desea otra cosa que más poder; y están en lo cierto. Bakari continúa recolectando almas que pertenecieron a gente poderosa, y encerrándolas en sus muchos receptáculos. Aún no ha hecho otra cosa que dedicarse a esta tarea, pero está claro que se empeña con dedicación, tal vez, midiendo su poder y comparándolo con el de los otros entes mágicos de Calamburia, hasta el momento en el que se crea superior a ellos.

La pareja

Van Bakari. El traficante de almas.

Se dice que es un poderoso hechicero. Alguien capaz de robar almas al mismísimo inframundo y guardarlas en contenedores mágicos. Maneja los poderosos hechizos de la muerte y la vida, y hasta se cree que guarda su propia alma en un poderoso amuleto personal. ¡Saludad al doctor Van Bakari! El traficante de almas.

 

 

 

 

Lord William von Vondra

Hace cincuenta años que falleció, según dicen, por causas naturales. No obstante, ha regresado del inframundo como muerto viviente gracias a las artes del doctor Bakari. Unos dicen que viene a recuperar sus antiguas posesiones; y otros, que sólo ha regresado para darse una última juerga entre los vivos. ¡Él es Lord William von Vondra!

 

Los Protectores Elementales

 Antes de que la tierra de Calamburia adorara al Titán, e incluso antes de que éste y el poderoso Dragón se enfrentaran en una encarnizada batalla por el control de la tierra, el continente, y todo cuanto existía, estaba dominado por los elementos.

Los cuatro elementos: aire, tierra, fuego y agua, no tenían una conciencia, por así decirlo, ni una voluntad. Existían sin más, y gracias a ellos, o por la combinación de dos o más de ellos, todo cuanto existía pasaba del plano espiritual al material y obtenía una forma.

De este modo se creó la tierra, que fue horadada por los caudales de agua. El cielo también tomó su parte de territorio, perlando de nubes el espacio que la tierra no quiso para sí. El último en aparecer fue el fuego. Le tocó el espacio alojado bajo la tierra, en el Inframundo, donde estableció su reinado.

Y de este modo, los cuatro elementos se mezclaron para formar la materia, de la cual nació la esencia de la vida: plantas, animales, humanos y monstruos. Todo salió de los elementos, y todo, a su debido momento, tendría que regresar a ellos.

Los primeros seres eran poderosos: el Dragón y el Titán contenían en su interior gran parte de la esencia elemental. Uno era de fuego y el otro de tierra. Ambos pelearon, liberando la furia de los elementos, y cuando el Titán ganó, fue bajo la tierra para dormir, arrullado por su propio elemento natal, pero ya erigido como dios supremo de Calamburia.

Así, los elementos pasaron a un segundo plano, pues existía un Titán al que adorar. No obstante, cada uno de los cuatro ha estado muy presente en todo cuanto existe hoy día. Siguen a nuestro alrededor, manteniendo el orden en cuanto nos rodea, inmersos en el estado de neutralidad más absoluto.

Los elementos, al no tener voluntad consciente, nunca han reclamado adoradores, ni sacerdotes. Su poder es tan elevado que están por encima de esas cosas. Sin embargo, unos pocos seres vivientes, conscientes del alcance de su poder, han decidido adorarles desde tiempos inmemoriales.

Los protectores de los elementos conforman una casta privilegiada y muy escasa que reside en las marismas de Calamburia. Se originaron hace muchos años, en la época en la que los adoradores del Dragón y los del Titán aún peleaban entre sí. En aquella época, unos pocos supieron ver lo que había antes de estas dos criaturas, y le ofrecieron devoción.

Los cuatro elementos jamás han necesitado rezos, ni cánticos, ni loas. Pero cuando estos pocos hombres se las ofrecieron, decidieron, en su absoluta sabiduría, concederles un don: así nacieron los protectores elementales.

Los protectores vigilan que los cuatro elementos que conforman la realidad sigan manteniéndose en un estado equitativo entre ellos, y que nunca, bajo ningún concepto, uno quede por encima del otro, ni invada un territorio alejado del que le corresponde.

Para que esto pueda ser así hasta el fin de los tiempos, los elementos designan una sacerdotisa cada cierto tiempo. La sacerdotisa, elegida desde niña, es adoctrinada por su predecesora en el arte de la manipulación elemental. Puede jugar con el viento, crear fuego, protegerse tras un muro de piedra o liberar un torrente de agua. Sin embargo, la sacerdotisa nunca debe tomar partido en las decisiones de los hombres. No ha de decantarse políticamente… a menos que los elementos corran peligro. Si alguien amenaza con horadar la tierra, consumir el fuego, malgastar el aire o contaminar el agua, ella saldrá de su encierro para actuar.

Además de manipular los elementos, la sacerdotisa puede convocar un soldado elemental: medio humano, medio ser formado por los cuatro elementos. El soldado tiene como labor custodiarla y protegerla ante cualquier peligro, esgrimiendo una fuerza, agilidad y resistencia como pocas veces se ha visto.

El mal que castiga la tierra de Calamburia: los constantes peligros, las guerras y las amenazas de destrucción, han hecho que Naisha Denali, la sacerdotisa elemental, y su guardaespaldas, Nimai Kalu, hayan abandonado el templo de los elementos en las marismas y recorran la tierra buscando restaurar el orden. Lo harán a cualquier precio, incluso si éste se halla por encima de las vidas de los más famosos héroes. Pero que nadie confunda sus intenciones: en realidad no pertenecen ni al bien ni al mal, sino que enarbolan la bandera de la neutralidad, buscando, siempre, que el universo regrese a su equilibrio imperturbable.

LOS TRITONES

Presentación

Han sido designados por antiguas fuerzas primigenias para vigilar el orden y la preservación de los elementos. Son la caricia de una suave brisa y el freso arrullo del agua. Pero también representan la dureza inquebrantable de la tierra y, desde luego, la indómita rabia del fuego. ¡Ellos son, los protectores elementales!


La pareja

 

Naisha

De niña, fue elegida para guardar los cuatro elementos. Puede conjurar cualquiera de los elementos a placer, y si alguien la enfada demasiado, es capaz arrebatar toda el agua de su cuerpo con un chasquido de sus dedos. ¡Un honorable saludo para Naisha Denali, la Sacerdotisa de los Ementos!

 

 

Nimai

Es el guardia personal de la sacerdotisa, mitad humano, mitad elemental. Se dice que su piel tiene las características de la piedra, que su brazo posee la fuerza de un torrente de agua, y que su corazón palpita con una llama incombustible. ¡Él es Nimai Kalu, La espada insomne!

 

 

 

107. LO QUE ACECHA TRAS LA RUTINA

La rutina tiene el poder de sanar todas las heridas. La seguridad y la tranquilidad de los horarios, el amanecer y el anochecer era lo único que permitía a los Calamburianos mantener un símil de cordura y estabilidad, independientemente de quien estuviese en el trono o qué terrible amenaza intentase destruir su tierra.

Pero la rutina nunca elimina por completo los temores, las amenazas, la oscuridad. Y es que, debajo de esa tranquilizadora superficie, se oculta un mar agitado y oscuro que puede descontrolarse en cualquier momento.

Una clara muestra de ello era la Torre de Skuchaín. Incluso inmersos en sus mas grandes conflictos, las clases siguieron impartiéndose sin importar lo que ocurriese en el exterior. Como decía Minerva Sibila, si hay tiempo para una guerra, también hay tiempo para estudiar.

Más la torre no brillaba con su habitual luz. Había rutina, sí. Los estudiantes acudían a sus asignaturas y un ajetreo llenaba constantemente la torre de vida. Pero se trataba de una luz parpadeante, macilenta. Una tensión casi imperceptible recubría las paredes, indicando que algo no iba bien en la Torre.

La llegada de Aurobinda había sorprendido a más de un estudiante y profesor, pero lo cierto es que los rumores hablaban de una conducta intachable por parte de la Bruja. Había ayudado en la recuperación de la Esencia del Fuego con una actitud ejemplar, y además contaba con todo el apoyo de la corona, y lo que es más importante, por Eme y Sirene, los héroes de Skuchaín.

La casa Ténebris, la que luchó con mayor virulencia contra la Maldición de las Brujas, se ofreció voluntaria para vigilar de cerca a Aurobinda, la cual aceptó esta curiosa medida de buen grado. En algún momento que nadie sabe definir, los miembros la casa más marcadamente oscura de Skuchaín empezaron a ejercer papeles de Guardianes de la Conducta, una medida que la Bruja estableció para devolver el decoro y las buenas maneras a la Torre. La razón oficial giraba entorno a devolver a Skuchain el brillo y la sapiencia del pasado y dejar de ser una academia en la que formar magos para la guerra.

relato-calamburia-aurobinda-tenebris-escuchainEsta medida fue recibida con gran alegría por el claustro de profesores, especialmente por los Eruditos, pero con el paso de los meses, el buen humor y el alborozo brillaba por su ausencia.

La sala del claustro era una antigua habitación recubierta de madera, sin ningún toque de piedra como el resto de la torre. Algunas de las superficies de roble habían sido reemplazadas por oscuro ébano para, según Aurobinda, devolver “la seriedad y el respeto que debería infundir esta sala”.

Todos los miembros del profesorado estaban sentados murmurando nerviosos, hasta que la puerta se abrió solemnemente para dar paso a Aurobinda, seguida de cerca por Telina, que sostenía un cuaderno apretado contra su pecho. Aurobinda dedicó una sonrisa de oreja a oreja a toda la sala y se sentó con deliberada lentitud en la silla que presidía la mesa. Dicha silla era llamada La Silla del Archimago, y sólo podía sentarse el Archimago designado para liderar la Torre. Había sido dejada vacía durante largos años, por respeto. El gesto hablaba por sí mismo.

– Muy bien, démonos prisa, tengo una mañana muy ajetreada. La Reina Sancha III me espera para comer y el viaje en cuervo siempre me resulta agotador – dijo con un inocente suspiro la antigua Bruja.

Felix el preclaro se levantó carraspeando y se apresuró a leer la orden del día:

– La preparación de los exámenes de mitad del semestre avanzan con buen ritmo, aunque debo señalar que los alumnos se están quejando por la carga de trabajo y la presión – dijo el Erudito con voz neutra.

– Es normal, son jóvenes y aún no han aprendido a respetar la autoridad – dijo Aurobinda agitando la mano, restándole importancia -. En unos años nos lo agradecerán.

– ¡Las normas se están volviendo demasiado estrictas! Hace escasos días, se rechazó mi presencia en la parte de la biblioteca designada para los libros de magia oscura – dijo la hermana Mitt Clementis, ofuscada.

– Hermana, los tiempos han cambiado. Antes no había ningún tipo de control ni registro sobre el acceso de la biblioteca. Entiendo que hemos sido siempre muy laxos con el acceso de los creyentes del Titán a nuestro cúmulo de saber, pero estoy extirpando de raíz todos los privilegios.

– ¿Privilegios? ¡No debe de haber barreras para los representantes del Titán! ¡Somos los ojos y los oídos de la Alta Curia en esta Torre! Además, vuestra biblioteca es ínfima si la comparamos a la que se halla en nuestras sagradas criptas – dijo con soberbia la religiosa.

– Pues quizás debería volver para hacerles compañía, hermana. Podremos sobrevivir sin un representante espiritual en este claustro. Salude a sus superiores de mi parte – respondió al instante Aurobinda, con una deliciosa sonrisa – ¿Algo más?

– ¡Se está perdiendo la calidad de las clases! – dijo Minerva, levantándose de un salto -. Estamos dejando de lado las clases de cultura general sobre dinastías e historia pasada de Calamburia para centrarnos únicamente en asignaturas de magia y hechicería. Estoy especialmente preocupada por el aumento de clases que giran en torno a la magia oscura, Aurobinda. Las marcas arcanas de algunos alumnos están transformándose en marcas de Ténebris. No puedo hacer oídos sordos a los murmullos que recorren los pasillos.

Una tensión palpable se coló en la sala, como una serpiente insidiosa. Las miradas se volvieron huidizas y el ceño de Aurobinda se pronunció hasta un nivel inquietante.

– Hay que conocer al enemigo para poder luchar eficazmente contra él, Minerva. Yo lo sé bien. Así que os enseñaré todo lo que haga falta para que conozcáis la oscuridad y sepáis diferenciarla de la luz. Cueste lo que cueste – dijo mascando estas últimas palabras. Repentinamente, se giró sonriendo hacia Sirene, que se hallaba sentada a su derecha -. Además, tengo entendido que el consejo de estudiantes está encantado, ¿Verdad?

– ¡Oh, si! – dijo Sirene con entusiasmo mientras sonreía en exceso -. Los alumnos nunca han sido tan contentos y felices, posiblemente aún más que cuando Ailfrid estaba vivo. Para mí fue un cobarde que nunca se atrevió a contarme la verdad, así que quizás tampoco fue tan buen Archimago.

relato-calamburia-aurobinda-escuchainTodos abrieron mucho los ojos y no se atrevieron a hablar. Sirene había descubierto recientemente que el segundo Archimago de la torre era su verdadero padre, pero nadie entendía a qué venía ese arrebato.

– No deberías hablar así, Sirene. Fue tu padre, y querido por todos. Y ya son muchos los estudiantes que me trasladan sus quejas – dijo Minerva muy seria, moviendo la cabeza apesadumbrada.

– Oh, habrán sido los Primus. Ya sabe profe, siguen pensando que esto es una pelea entre Theodus y sus hermanas. ¡Eso es tan de hace unos meses! – dijo riéndose malignamente Sirene.

– ¿Con que los Primus andan susurrando eh? – dijo Aurobinda, casi relamiéndose del gusto -. Telina. Convoca una redada de los Guardianes de la Conducta. Quiero que requisen cada una de las pertenencias de los Primus para que sean examinadas minuciosamente. Haz especial hincapié en Stucco: siempre está al borde de las normas del decoro.

Telina apuntó con rapidez en su cuaderno con una pequeña sonrisa de suficiencia. Acto seguido se dio la vuelta y salió por la puerta de la sala para cumplir sus órdenes.

– Muy bien. Me temo que me voy a tener que ir. ¿Alguna última sugerencia? – dijo la antigua Bruja, sabiendo que nadie se opondría a ella.

– Yo mismo – dijo una voz anciana. Todas las miradas se dirigieron hacia el asiento de Baufren, el Duende Mayor. Levantó la mirada por debajo del sombrero y la clavó en su rival. Se mantuvieron en tensión durante un rato, hasta que finalmente, habló -. Pero como las estatuas, tengo toda una vida por delante. Puedo esperar a la siguiente reunión.

Aurobinda abrió muchos los ojos al entender el insulto, y con un bufido, se levanto de la silla de un empujón y se fue a grandes zancadas de la habitación apartando a quien estuviese en su camino con una mirada asesina.

El claustro fue disuelto y se fueron separando entre murmullos. Sirene, dando saltitos y canturreando siniestramente por lo bajo, fue la última en salir. Mientras cerraba la puerta, una voz la interpeló a sus espaldas:

– Ay mi niña, que difícil es dar contigo. Me dijeron que te encontraría aquí. ¡Tengo una noticia tan maravillosa que contarte!

Sirene se giró y vio la figura achaparrada de Ebedi Turuncu, la tabernera. Sin poder oponerse, recibió un fuerte abrazo de esta que la estrujó como si fuese un trapo.

– Ay mami, no seas tan sobona. ¡Mami! – dijo Sirene, quitándosela de encima.

– ¡Pero como no voy a ser sobona, si ya no te pasas por la taberna! – le respondió sorprendida.

– Bueno mami, ahora estoy muy ocupada. Soy una persona importante aquí y no tengo tiempo que perder con la gente normal – dijo con desdén adolescente la Impromaga.

– ¿Cómo? ¿De dónde has sacado ese genio? ¡A que te doy con el rodillo! – replicó Ebedi, enfadada.

– Si lo haces, te congelaré y te quedarás ahí hasta que te encuentre alguien – dijo con frialdad la joven.

Ebedi se quedó paralizada. Nunca le había hablado así su hija. Es cierto que Ébedi y Ailfrid habían mantenido durante mucho tiempo en secreto que tenían descendencia, pero ahora estaban tan unidas como podría esperarse de una madre y una hija.

– Hija… ¿Estás bien? – dijo preocupada la tabernera.

– ¡Si, mamá, lo estoy! Ahora déjame en paz que tengo que hacer cosas mucho más importantes. No vengas nunca más aquí. Ya iré a verte en la taberna, si es que me entran ganas. Espero que no sigas tonteando con ese Edmundo, que parece el más tonto de toda la taberna – dijo con maldad Sirene.

– ¡Niña! No te consiento que hables así de él. ¡Nos queremos!

– El amor no existe – dijo la niña, poniendo los ojos en blanco -. Adiós mami. Ya nos veremos.

Y sin mirar atrás, Sirene echó a andar dando algún que otro saltito mientras canturreaba por los pasillos. La ira de Ébedi se fue disipando hasta verse invadida de una profunda tristeza. Mirando la espalda de la hija a la que vio crecer desde la distancia sin poder hacer nada para acercarse a ella, susurró:

– Estoy embarazada, hija.
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